Películas

En esencia, es una película que ha sido artesanalmente hilvanada y no producida. La calidad del detalle estético es estremecedora. Pero la violencia está acompañada de momentos de dulzura, y en algunos tramos hacen recordar a historias de amor sutiles a pesar de la crudeza de su relato. Me viene a la mente Corazón Valiente de los 90 y ese cine épico y apasionado que producía un espectáculo visual y narrativo perfecto para las salas de cine. Lo que promueve al héroe en su cruzadas es ese desenfreno agresivo producto del amor. 

Roger Eggers logra solidez en una propuesta cercana a lo teatral. No hay otra forma de rodar esta historia. Es como una larga tarima de actuaciones memorables y diálogos sentidos. Logra el espectáculo en esta pregunta clásica de la narrativa de qué tanto están dispuestos a sacrificar por amor o revancha. También atrapa al público con múltiples giros narrativos y el jugar con el elemento de los límites del destino. 

Parece muy fácil hablar mal del estado actual del cine en el mundo y en Estados Unidos en particular. La carencia de una personalidad en su estilo o guión es indiscutible en líneas generales, para muestra cualquier producción regular de Netflix o Amazon. Y entonces uno se cruza con estas películas y merecen tener un valor a partir de sus agallas de propuesta original, ruidosa y compleja. Entonces, existe un halo de esperanza hacia el futuro.

Eggers nos recuerda que aún podemos tener películas audaces y hermosas con altos presupuestos y actores de taquilla. También el cine puede transportarnos a mundos inexplorados, y hay cineastas corajudos capaces de poner todo ello en salas comerciales, aún cuando abiertamente se quejan del exceso de supervisión editorial sobre los guiones y las propuestas artísticas. Al final del día, como todo, el cine es en principio un negocio.

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William Hurt obtuvo el Oscar por ser Luis Molina, personaje que logró empatizar con una sociedad  indiferente frente a las minorías. Este precedente permitió a películas como Milk (2008) Brokeback Mountain (2015) Dallas Buyers Club (2014) alcanzar el reconocimiento también, con personajes LGTBIQ+ o el caso de  Moonlight (2017), Una mujer fantástica (2017) Call me by your name (2017) Bohemian Rhapsody (2018) o la reciente Green Book (2019).

Hurt nunca se consideró una estrella del cine, nunca destacó por hablar en público y se incomodaba frente a las entrevistas.

 

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West Side Story ha recibido siete nominaciones al Oscar, incluido Mejor Película y Director. Spielberg es el primer director en ser nominado al Oscar en seis décadas diferentes, y once de sus películas han sido nominadas al máximo premio.

Pero, como ha sucedido muchas veces, los Oscar no son sinónimo de calidad.  

La obra West Side Story es una historia de romance imposible a lo Romeo y Julieta. Él se encuentra con ella, se conquistan y llegan a amarse aunque pertenezcan a mundos opuestos y enfrentados. Se basa en la idea del amor sublime cuando excede a las banalidades de la sociedad. Una historia así solo funciona si se transmite de manera creíble y con firme convicción. 

Con esa hipotesis en mano, nada menos que Steven Spielberg levanta el telón de un clásico de Broadway y de Hollywood. Estamos en el Nueva York de mitad de siglo, sesenta años atrás. Lincoln Center aún no ha sido construido, viejos townhouses van a ser demolidos para dar terreno a futuros rascacielos y los autos aún no han copado todo con su mundanal ruido. 

Al ritmo conocido del chasquido de dedos, Spielberg nos presenta al primero de los dos mundos en conflicto, el de los hijos de migrantes europeos. Entre ellos está Riff, un joven mujeriego, vehemente y con ganas de defender su territorio en las calles. En el otro lado están los hijos de migrantes latinos. El líder es Bernardo, apasionado luchador, con ganas de hacerse respetar a puñetazos. 

Riff y Bernardo pelean durante toda la película por ver quien es el dueño del territorio habitado por ambos. Pelean por América. Y el protagonismo de ellos me hizo pensar por momentos que al guionista Tony Kushner se la había ocurrido hacer un West Side Story gay. Menudo giro plausible hubiera sido. Pero no. Tarde y desapercibido, hacen su aparición en escena María y Tony. 

A María su hermano Bernardo la quiere emparejar con su amigo Chino, por eso van a un baile. Y a Tony su hermano Riff lo quiere de vuelta en la batalla contra esos latinos mugrosos, por eso irán a arruinar el mismo baile. Pero María y Tony, quienes nunca antes se habían cruzado, apenas y se miran mientras todos bailan, y en dos minutos se aman y se besan. Es el amor fugaz inmediato sin necesidad de conquista, sin ningún esfuerzo. Es como una cita por Tinder o Bumble. Ni se han podido conocer bien entre ellos ni menos los conoce el público, pero ya se aman.

El West Side Story de Spielberg da por sentado el amor, único ingrediente vital para el éxito de su trama. Toda esa idea de Romeo y Julieta se cae pedazos cuando la bandera principal de la película no se trata de desarrollar el vínculo creíble e intenso entre María y Tony. No me creo sus motivaciones para estar juntos, la defensa de su supuesto amor, ni siquiera sus ganas de escapar para poder ser una pareja. 

Ella no es la mujer soñadora y aspiracional en búsqueda de un gran amor, sino parece una chica confundida y frustrada a la espera de una mejor vida para sí misma. Él no es menos egoista. Anhela para sí mismo para la salvación de su pasado y superar sus demonios personales. No es el chico inocente e idealista cuya habilidad para derretir corazones es suficiente pretexto para enamorarse de él. En el frenético juego de cámaras de Spielberg, no hay tiempo para entender su amor de una manera sublime, idealista y existencial. 

Lo empeora todo el error de casting de Rachel Zegler y Ansel Elgort. Hay una innecesaria diferencia de tamaños entre ambos. Ni siquiera se tocan hasta el final de la película y comparten poca pantalla. Ella tiene una mirada muy dura, parece preocupada siempre por algo, como si avisara todos los problemas. Nunca está feliz. Cómo se enamora uno sin alegría, siempre consternado por el siguiente paso desde el primer encuentro. Él tiene una mirada suspicaz y misteriosa, como un galán de película de mafiosos. Y entre los dos, no se construye química alguna. 

Descartada la construcción del amor, el guión se centra en los conflictos sociales. Intenta abanderar todas las causas del presente, aún cuando no se relaciona en nada a la trama. También hay un exceso de interés y pantalla en los personajes secundarios. El protagonismo de Bernardo, Riff, Anita, Valentina, Chino e incluso los policías es exagerado. Con ello, la atención del público se dispersa demasiado. 

Es admirable el tiempo y dedicación puesto a producir esta película. La factura técnica y la calidad de la producción son impecables. Cada detalle ha sido estudiado al milímetro. Y es precisamente ahí donde se identifica la falta de habilidad del director para rodar un musical. Las coreografías son excesivas y exageradas. Son cuerpos arrojados sin delicadeza a bailar en escenografías y planos hermosos, e impide a los personajes presentarse con naturalidad. 

Aplaudo la elección de los diálogos en español, aunque solo sirva para resaltar más el lío social. Pero han hecho algo con el montaje de sonido para exagerar las voces y no parecen salir de la boca de los actores. Sumado a la grandilocuencia de los diálogos, pegoteados sin cuidado de la obra original a pesar de estar a sesenta años de su debut en cines, es como asistir a una función atrapada en el tiempo.

Las películas de Spielberg siempre presentaron hombres ordinarios capaces de superar grandes retos. Y qué si esta versión del famoso musical hubiera dado más énfasis a Tony, su lucha interna por reformarse y la gesta imposible por conquistar el amor de María. Y que a ella también le cueste enamorarlo. Pero después de cuarenta años de carrera, donde el amor es totalmente ajeno al cine de este director, era de esperarse.

Spielberg ha estrellado un clásico al extirparle su esencia y alma. Con su ambición técnica le ha dado rigidez a su propuesta. Y decepciona al ser el cineasta más innovador del siglo pasado. No sorprende tampoco el fracaso en taquilla. Esta película errática no pudo competir jamás con el rezago de la pandemia, Spider-Man y Matrix. Pero tal vez sí, cómo no, ganar unos cuántos Oscar técnicos. Será la película enana de las salas vacías.

 

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Los pronósticos acertaron y El Poder del Perro se vislumbra como la mejor película del año. La Academia anunció los films seleccionados para el Oscar y la cinta de Jane Campion destaca con 12 nominaciones. Llegará a la ceremonia del 27 de marzo como favorita en la gala que se llevará a cabo en el Dolby Theatre de Hollywood.

Jane Campion, se ha convertido en la primera mujer de la historia en ser nominada dos veces como mejor directora. La primera fue por El Piano y ahora por El Poder del Perro.Otro récord que también podría darse de ganar este film, sería el primero producido por Netflix, en llevarse la estatuilla a la mejor película.

Por el lado de las actuaciones, el film ha recibido ya muchos reconocimientos. Destaca Benedict Cumberbatch, a la mejor actuación y opción. Compite con Javier Bardem, por Being the Ricardos, Andrew Garfield por Tick, Tick, Boom y otros favoritos como Will Smith por El método Williams y Denzel Washington por La tragedia de Macbeth. Hasta ahora, Cumberbatch y Smith lideran las encuestas del público.

El Poder del Perro además está nominada a mejor montaje, mejor guión adaptado, mejor actor de reparto: Jesse Plemons, mejor actriz de reparto: Kirsten Dunst. Ambos interpretan a una pareja de esposos en esta historia y curiosamente, comparten sus vidas fuera de la ficción. Otra pareja que también ha sido nominada es la de Penelope Cruz por Madres paralelas y Javier Bardem por Being the Ricardos. No participan del mismo film, pero sí de una nominación cada uno.

Kodi Smit-McPhee, por su parte, ya tiene el Globo de Oro por la mejor actuación de reparto. El joven actor que da vida a Peter, es el favorito indiscutible de esta categoría tanto para el Oscar, como para los premios Bafta de Inglaterra. Otro dato curioso es que dos actores de una misma película compiten en esta categoría. Smith-McPhee y Plemons.

La dirección de fotografía es quizás la categoría más reñida. Todos los trabajos seleccionados son de un cuidado minusioso y profundo. Por un lado, la mejor versión de Dune, a cargo de Greig Fraser. Dan Laustsen por El callejón de las almas perdidas, Ari Wegner por El poder del perro, La tragedia de Macbeth, de Bruno Delbonnel. Este último con una propuesta exquisita en blanco y negro y para terminar, Janusz Kaminski, siempre de la mano de Spielberg y hoy con West Side Story. Cinta grandilocuente y sobrevalorada.

Son 10 las nominadas a mejor película:

Belfast.
CODA.
No mires arriba. Drive My Car. Dune.
El método Williams. Licorice Pizza.
El poder del perro.
West Side Story.
El callejón de las almas perdidas.

Drive my car, cinta japonesa que obtuvo el premio del Círculo de Críticos de Nueva York, el Globo de Oro también para la mejor película extranjera. Se convierte en el séptimo film en la historia, en ser nominada tanto como película extranjera como en la categoría principal a mejor película. Hace dos años Parasite se llevó ambas estatuillas. Así que este film podría sorprender.

Belfast por su parte, fue dejada de lado en la categoría de mejor fotografía, pero si va por la mejor película, tanto en el Oscar como en los BAFTA. También apuesta por el blanco y negro en una historia de contrastes entre la guerra y el amor. El actor britanico Kenneth Branagh, se luce en su mejor trabajo como director desde los años 80s.

Denis Villeneuve revivió Dune y la llevó a la pantalla gigante, en una primera parte, con una propuesta moderna, enorme y completamente distante de lo que Lynch realizó el 84. Valen todas sus nominaciones y reconocimientos.

Mientras esperamos el estreno del film de Paul Thomas Anderson: Licorice Pizza. Quien el 2017 nos entregó El hilo fantasma, una de sus mejores obras. Colocando su valla muy alta. Podemos encontrar ya en cartelera la reciente película de Guillermo Del Toro, nominado también esta vez por El callejón de las almas perdidas.

Importantes cintas han sido dejadas de lado en esta celebración, como The French Dispatch, de Wes Anderson, El último duelo de Ridley Scott y Claroscuro de Rebecca Hall. Este lado del continente, también ha sido excluido en la categoría extranjera. Sin embargo, un cortometraje animado permitirá al país vecino de Chile, participar de esta ceremonia nuevamente gracias a Bestia. El año pasado Sergio Chamy, El Agente Topo desfiló por la alfombra roja, gracias a su nominación por la película documental.

El cine se vuelve a celebrar y lejos de los distanciamientos generados por la pandemia, esta vez la Academia regresa a la presencialidad. El 27 de marzo la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas premiará las obras más destacadas del año. Por 93 años consecutivos esta ceremonia ha sabido sobrevivir.

El cine es una industria que se resiste a morir y aunque el debate continúe, las plataformas de streaming nunca podrán reemplazar el placer de la pantalla gigante. Este año regresa el show al que nos tenían acostumbrados, nadie discute que al otro lado del continente, siempre sabrán armar los mejores espectáculos.

 

 

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