A los 15 años pasó a una panadería de Espira para aprender el oficio de panadero. Allí vivió hasta los 17 años. Su cama estaba en un dormitorio de paso al dormitorio de Jonny, un camarada de oficio 10 años mayor que él que también estado en el hogar infantil de la Engelsgasse. La primera noche, medio borracho, lo asaltó sexualmente, y así ocurrió cada dos días durante dos años, hasta que en un momento Viktor tuvo el valor de defenderse y termino dándole una paliza. Sólo entonces terminó el abuso. Pero Viktor llevaría las huellas de lo sucedido en su cuerpo y en su alma durante el resto de su vida. Angustia, depresiones, falta de concentración, sobrepeso, presión sanguínea alta y diabetes son los males que lo aquejaron, además del fracaso de su matrimonio. Viktor se convirtió en una persona incapaz de soportar la tensión normal que requiere un puesto de trabajo a tiempo completo.

Posteriormente presentó copia de un documento donde estarían listados los nombres de varios niños del hogar infantil y cuánto habían recibido las monjas de los caballeros por cada niño que era violado. Parecía ser una prueba de los abusos sufridos. Lamentablemente, un peritaje concluyó que el documento era una burda falsificación, por lo cual un periodist que entrevistó a Viktor para un documental del Mannheimer Morgen se preguntaba si este hombre de vida arruinada había decidido mentir en su desesperación por disipar toda duda sobre los abusos vividos, o si alguien le habría suministrado el documento con la mala intención de desacreditarlo.

Aún así, los criterios del Tribunal de Seguridad Social para considerar plausible el relato de Viktor se mantienen en pie. En la diócesis de Espira se presentaron 63 casos sospechosos de abuso, de los cuales 31 fueron reconocidos como plausibles y recibieron compensaciones económicas. Además, hubo dos denuncias posteriores, que acusaban al prelado Rudolf Motzenbäcker de abusos, aunque no mencionaban el detalle de las “fiestas sexuales”. Una investigación judicial ya no era posible, dado que Motzenbäcker, tras ser Vicario General de 1959 a 1968 y supremo jurista canónico de 1969 a 1995 en la diócesis de Espira, había fallecido en 1995.

Además, Viktor mostraba reacciones emocionales como miedo, odio y repugnancia cuando hacía un recuento, rico en detalles, de los abusos sufridos. Todo esto hace improbable que la historia sea un mero producto ficticio de su imaginación.

Viktor indicó también que personalmente ya no podía visitar Espira. La última vez que lo hizo se derrumbó. Tampoco puede soportar ver una misa por televisión. Asimismo, a Viktor le fue muy difícil y le tomó mucho tiempo llegar a contar lo sucedido. Todo ello habla de sinceridad y autenticidad en lo que relata, lo cual convenció al tribunal de que Viktor había sufrido fuertes maltratos físicos y psicológicos durante su estadía en Espira, y también en gran medida abusos sexuales, aunque los detalles no podían ser corroborados con pruebas, ni tampoco había la certeza absoluta de que todo hubiera ocurrido exactamente tal como él lo contaba. Los testimonios de varias monjas asegurando que no vieron nada sospechoso no anulan lo narrado por Viktor.

Finalmente, el caso llegó a la prensa sólo gracias a la sentencia de un tribunal civil, casi diez años después de que hubiera sido denunciado ante una autoridad eclesiástica. Y esta sentencia es a la vez un informe minucioso del abuso, que rara vez encontramos en los informes elaborados por instancias eclesiásticas. Por eso mismo, resulta evidente que la Iglesia es incompetente para investigarse a sí misma y son las instancias civiles las que deben asumir esta tarea sin piedad para que se pueda llegar a la verdad completa sobre los abusos. Casi todas las demás declaraciones de intenciones de las altas autoridades eclesiásticas suelen ser puros cantos de sirenas.

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abuso sexual, plausibilidad

La Comisión Independiente para Prestaciones de Reconocimiento (Unabhängige Kommission für Anerkennungsleistungen – UKA) examina la plausibilidad de los testimonios. En el caso de Markus M., Ansgar Schreiner, ex director del juzgado de primera instancia de Germersheim y hasta septiembre del año pasado encargado independiente de abusos de la diócesis de Espira, elevó una solicitud de reconocimiento del sufrimiento padecido a la Comisión para la Atención de Abusos Sexuales (Komission zur Aufarbeitung des sexuellen Missbrauchs), con sede en Bonn. La Iglesia no habla de indemnización, aclara Markus, pues judicialmente los hechos han prescrito.

Markus recibió la suma de 3,000 euros. Ansgar Schreiner logra, tras una conversación con Andreas Sturm, vicario general de la diócesis de Espira, la suma adicional de 2,000 euros, pero nada más. Tienen las manos atadas, asegura la víctima de abusos que dicen las autoridades eclesiásticas. Una solicitud posterior y más detallada a la UKA resultó en el reconocimiento de una prestación de 5,000 euros que, sin embargo, no le fueron transferidos a Markus debido a que ya había recibido dinero anteriormente.

Markus M. es muy crítico respecto a la labor realizada por la Comisión. «La UKA es una organización de coartada de la Conferencia Episcopal», asevera. No es transparente y trabaja muy lentamente. No está claro cuáles son los criterios para determinar los montos a pagar, y las prestaciones inferiores a los 10,000 euros ni siquiera son registradas en el listado público.

Markus es consciente de que cuando una persona es violentada sexualmente, las consecuencias se arrastran durante toda la vida. «Yo me he enterado de cosas inauditas», dice el septuagenario refiriéndose a acontecimientos ocurridos en el hogar infantil de la Engelsgasse en Espira. Hay casos de quienes no pueden ducharse sin antes desatornillar el cabezal de la ducha, porque con este artefacto fueron abusados analmente. A un niño de 8 años le fue arrancado el prepucio de un mordisco. Markus sabe de niños con sangre corriéndoles por las piernas.

Mientras tanto, ha presentado una tercera solicitud para reconocimiento del sufrimiento padecido, ante lo cual el obispo de Espira, Karl-Heinz Wiesemann, lo invitó en febrero a él junto con su mujer al palacio episcopal. De nuevo relató detalladamente lo que le había sucedido. «Eso fue muy doloroso para mí, hasta el punto de derramar lágrimas». Sin embargo, el obispo no tiene la potestad de elevar la suma de la prestación concedida, dice Markus que fue el resultado de la conversación.

A pesar de todo, está convencido de que puede motivar a otros a hablar de sus experiencias de abuso y a confrontar a la Iglesia católica con los reprochables actos de sus dignatarios eclesiásticos. Por eso mismo, ha aceptado a ser uno de los nueve miembros honoríficos del Consejo Consultivo (de Sobrevivientes de Abuso Sexual) de la diócesis de Espira, fundado en abril de 2021 por Bernd Held, entonces de 55 años, quien también fue víctima de abusos a los 13 años por parte de dos religiosos en un liceo de Homburg. El objetivo de este consejo es ayudar a que se vea el abuso desde la perspectiva de los afectados, lo cual no siempre se logra. Como actual presidente del consejo, Held es de la opinión de que el tema del abuso eclesiástico ha obtenido una amplia difusión en los doce años transcurridos desde que en 2010 salieran a la luz los casos del Colegio Canisio de Berlín. Sin embargo, «la Iglesia católica hace como que estuviera procesando el asunto, pero nada resulta de eso».

La experiencia de Markus M. en su búsqueda de una justa compensación económica por los daños sufridos resulta más dolorosa ante uno de los más recientes escándalos en la Iglesia católica alemana, a saber, que el arzobispado de Colonia, según informa la Süddeutsche Zeitung, pagó entre los años 2015 y 2016 las deudas de juego de un presbítero de la arquidiócesis. ¿El monto total, que incluía amortización, intereses e impuestos? Aproximadamente 1’150,000 euros. Y el dinero salió de un fondo especial que sirve, entre otras cosas, para pagar las reparaciones a las víctimas de abusos. Una raya más al tigre para el impresentable cardenal Rainer Maria Woelki, arzobispo de Colonia, que se encuentra ya desde hace tiempo en la cuerda floja. «Cuando se trata de sus clérigos, no hay sacrificio demasiado grande para la Iglesia, su protección y la protección de la imagen de la institución vale casi cualquier precio», comenta, en una entrevista con t-online del 18 de abril de este año, Matthias Katsch, sobreviviente de abusos del Colegio Canisio de Berlín y fundador de Eckiger Tisch, una asociación defensora de los derechos de las víctimas de abuso eclesiástico.

Las cifras sobre abusos son sólo referenciales y no reflejan la verdadera magnitud del abuso sexual en la Iglesia católica, considerando que una inmensa multitud de afectados nunca llegan a verbalizar su experiencia de abusos, manteniendo el silencio al respecto durante toda su vida. Son vidas dañadas cuyo sufrimiento no se puede expresar en cifras, pero cuyas historias merecen ser conocidas sin que sus protagonistas deban temer consecuencias de parte de los abusadores y de la institución que los protege. Por eso mismo, un relato biográfico más, con perfil personal aun cuando el testigo decida proteger su identidad bajo un seudónimo, es un grano más de arena para lograr que las cosas cambien. Una historia más sí importa.

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Iglesia, sociedad

Lo cierto es que, a pesar de las cifras maquilladas que mostraban un desempleo bajo en las estadísticas, la economía alemana empeora notablemente a partir de 1936. Las divisas estaban casi agotadas, debido a que la industria importaba demasiada materia prima y exportaba muy poco. El petróleo, los minerales y el caucho comienzan a escasear. Los ciudadanos se ven obligados a prescindir de ciertos bienes, pues la industria armamentista tiene prioridad. A partir de enero de 1937 se raciona la mantequilla y las grasas animales y vegetales. Dos años después, la fruta y el café. Muy pronto las panaderías sólo venden pan hecho con harina de baja calidad, y también los huevos y el papel son escasos.

En 1938 el forado en las finanzas estatales era de casi diez mil millones de marcos. En marzo de 1938 el Estado se endeuda aún más para cancelar las letras de cambio de la MeFo. La catástrofe financiera es inminente, pero aún así Hitler acelera el proceso de rearme. En marzo de 1939 el banquero Schacht advierte que la expansión de los gastos estatales estaban a punto de destrozar las finanzas del Estado y la moneda. La respuesta de Hitler fue el despido inmediato de Schacht, porque ya no encajaba en el «marco nacionalsocialista».

Lo único que podía impedir la inflación, tan temida por Hitler, era el saqueo más allá de las fronteras alemanas y la rapiña de los países sometidos. Éste habría sido uno de los motivos por el cual Hitler dio inicio a la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto a su proyecto preferido, la red de carreteras, se tuvo que detener su construcción en 1941 debido a falta de medios. Se habían logrado más de 3,800 kilómetros, los últimos de los cuales fueron construidos por prisioneros de guerra y judíos en régimen de trabajo forzado. Alemania tenía las mejores carreteras del mundo, pero estaban vacías, pues el escaso combustible estaba reservado a los vehículos militares y los pocos automóviles particulares tenían prohibido conducir en las autopistas. En 1943 se autorizó su uso por parte de bicicletas. Paradójicamente, los primeros que se beneficiaron enormemente con las carreteras de Hitler fueron las fuerzas aliadas, cuyas caravanas de tanques y vehículos militares pudieron hacer uso de ellas para invadir con facilidad Alemania.

Visto de este modo, las carreteras de Hitler fueron un elefante blanco que el régimen nacionalsocialista usó como espectáculo de propaganda. Y si bien después sirvieron de base para el sistema de circulación vial que existe ahora en Alemania, fue uno de los factores que condujo a Alemania a la ruina y a una espiral bélica con violaciones sistemáticas y atroces de derechos humanos en perjuicio de poblaciones enteras. Y eso es algo que Aníbal Torres debería saber.

NOTA: Este artículo toma datos de un artículo en alemán de Marion Hombach y Joachim Telgenbüscher, aparecido en el N.º 57 (septiembre de 2012) de GEO Epoche, una revista especializada en historia.

 

 

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Adolf Hitler, Alemania, anibal torres, Economía

Siguiendo con el comentario del P. Olivera, en la “devotio moderna”

«la vida misma del alma debe ser sometida a un “esquema”; se trata de un ordenacionismo y un reglamentarismo propio de un espíritu geométrico. Es un “sistema” uniformante del alma cuya rigidez extrema controla hora, días, semanas, meses e incluso años, llevando una fiscalización y una comprobación exhaustiva de todos los movimientos y todas las conductas de la vida cristiana».

Pocas cosas hay tan reglamentadas y esquematizadas como la vida de un sodálite de comunidad subordinado a la obediencia. Además, la espiritualidad sodálite incluye un sistema de virtudes tomado del P. Chaminade, conocido también como la Dirección de San Pedro, mediante el cual toda la vida moral y espiritual del sodálite queda sometida a un esquema que tiene que seguir para supuestamente alcanzar la santidad. Todo el transcurrir cotidiano queda también sometido a una autovigilancia propia, expresada en un horario —donde se estipula qué se debe hacer en cada hora del día— y una exhaustiva hoja de control que debe llenarse a diario antes de acostarse. 

¿Y quién controla que todo esto se cumpla? El director o consejero espiritual que todo sodálite debe tener por obligación. Sobre este tema indica el P. Olivera:

«La metodolatría del espíritu podrá derivar […] en que el alma y estos métodos termine a menudo sujetándose a un director espiritual que obrará más bien como un controlador del trabajo o capataz de estancia, que analiza y regula el trabajo, el sueño, las comidas, las relaciones, etc., llevando al alma a un grado de infantilismo espiritual». 

Hay que considerar que en el Sodalicio los abusos fueron posibles porque se nos impidió madurar como adultos hasta el punto de poder tomar decisiones según nuestra propia conciencia. Era el consejero espiritual quien decidía el rumbo que debían tomar nuestras vidas, aunque a veces se nos quisiera dar la falsa impresión de que éramos nosotros los que tomábamos las decisiones libremente. Se nos mantuvo en un infantilismo permanente, hasta el punto de que puedo testimoniar por experiencia propia que recién comencé a salir de la adolescencia y cerrar una etapa cuando en 1993, a los 30 años de edad, abandoné las comunidades sodálites y tuve que enfrentarme a las vicisitudes de un mundo que se me había convertido en ajeno.

El moralismo voluntarista es otros de los defectos de la “devotio moderna” que se hace extremo en el Sodalicio, es decir, una moral no basada en discernimientos y análisis de conciencia, sino en la observancia y conocimiento de los deberes de estado y las leyes eclesiásticas, sin conocimiento de razones y motivaciones. «“Esto se hace, esto no se hace, esto hay que hacerlo, esto no hay que hacerlo, esto es así, esto no es así”; y sin dar los fundamentos últimos», señala el P. Olivera.

Hay otras características de la “devotio moderna” que terminan contaminando la espiritualidad sodálite, como su tendencia antiespeculativa (desconfianza de la razón), su consideración de la Biblia como un reservorio de ejemplos morales sin mayor análisis del contexto literario e histórico, una especie de subjetivismo interiorista (donde la búsqueda de la santidad interior es lo primero, aunque el mundo se venga abajo). Sría muy largo explayarnos en cada uno de estos aspectos.

De este modo, en el Sodalicio se ha configurado una espiritualidad tóxica que, más que ayudar a las personas a alcanzar su madurez humana, ha contribuido a hacerlas vulnerables a abusos físicos, psicológicos y, en algunos casos, sexuales. La doctrina espiritual sodálite se suma así a las interpretaciones ideológicas religiosas que se han considerado a sí mismas como auténticamente católicas, pero que en realidad han traicionado la esencia del mensaje evangélico y han sido veneno para sus seguidores. Interpretaciones ancladas en pretendidas tradiciones milenarias que en realidad han sido inventadas mucho tiempo después del siglo I, que han absorbido con frecuencia elementos ajenos a las enseñanzas del Jesús en los Evangelios y, de alguna manera, han permitido y legitimado graves violaciones de los derechos fundamentales de la persona. En el pasado fueron la esclavitud, las guerras santas y la libertad para matar “infieles”, la pena de muerte, la censura del libre pensamiento (recuérdese el Índice de Libros Prohibidos), y ahora todavía persiste la discriminación de las mujeres, de las personas con diversidad sexual, además del rechazo de cualquier atisbo de democracia en las estructuras eclesiásticas, sin mencionar el maltrato de las víctimas de abusos por parte de personas con autoridad dentro de la estructura eclesiástica, que permanecen impunes y son protegidas por la institución.

Lo cierto es que siempre han habido formas tóxicas de interpretar el núcleo del mensaje cristiano. Y la espiritualidad del Sodalicio es una de ellas.

 

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sociedad, Sodalicio

Incluso ha contribuido a la narrativa de la defensa del Estado ruso y de la población rusoparlante en otros países con su concepto de la “seguridad espiritual”. Siempre subraya el carácter distinto del mundo ruso y sus valores en contraposición al “Occidente decadente”. De este modo, también pone en cuestión los derechos humanos universales. Las intervenciones militares, ya sea en el Donbás o en Siria, así como la anexión de Crimea, son justificadas con una explicación metafísica y elevadas a a categoría de “lucha sagrada”. Se defiende no sólo militarmente el país y a su población de supuestos peligros, sino también los propios valores, la propia espiritualidad y tradición, que son mucho más valiosas que la vida humana. Las guerras rusas en la historia son presentadas por la autoridad eclesiástica siempre como guerras defensivas y las acciones militares de los soldados son mitificadas insistentemente como hechos heroicos.

A esto se suma que el patriarca siempre ha dependido del Estado. Pero su nivel de sumisión y falta de libertad en la actual situación es particularmente chocante, pues muestra el enorme miedo que le tiene al gobernante y evidentemente su falta de fe en Dios. Por otra parte, el patriarca está cautivo de su propia propaganda. Padece, al igual que Putin, de una enorme pérdida del sentido de la realidad. Ambos se han recluido en los últimos años debido a la pandemia y viven palpablemente en su burbuja, manteniendo contacto sólo con un reducido círculo de personas. Ya no tienen la capacidad de estimar adecuadamente la situación en Ucrania, ni siquiera en el mundo entero.

Sea como sea, el poder religioso que establece alianzas con los poderes políticos, económicos y fácticos, además de perder su libertad de acción y traicionar el mensaje de Jesús consignado en los Evangelios, termina siendo el aval de las más perversas atrocidades y se convierte en una amenaza para la humanidad. La historia así lo demuestra.

 

 

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Iglesia, Rusia, sociedad

Afortunadamente, el P. Teullet no se dejó doblegar. Casi tres años después vuelve a la carga, esta vez con todo lo que había averiguado sobre Figari, y el 10 de mayo de 2012 le comunica a Baertl lo siguiente sobre el caso en cuestión:

«Para algunos, las autoridades no lo han abordado como se debe para que explique las cosas malas que hizo. Creo que de allí parte todo. Entonces creo que lo que debo pedir antes que nada (pues lo demás se dará por su propio peso) es una investigación formal y oficial de LFF [Luis Fernando Figari] en materia sexual, de actos ilegales, y de maltrato y abuso. Para todo ello hay ejemplos y hermanos que están dispuestos a firmar. Creo por lo menos, eso veo, ir a la verdad para bien de todos: de la verdad, de la Iglesia y el SCV [Sodalitium Christianae Vitae]».

Baertl le responde el mismo día, replicando que mida «bien esto de “muchos hermanos”… ¿¿¿cuántos son muchos??? ¿¿¿qué significa disgustados???» Asimismo, le indica al respecto:

“Estas denuncias formales lo único que hacen es enrarecer el ambiente… no es así como creo que se sanan las heridas, sino con más caridad y reconciliando con cariño a todos… eso de que la verdad sana y nos hace libres es verdad, pero hay que discernir, pues también la verdad dicha en un mal momento o en tal o cual circunstancia puede hacer mucho daño y tú lo sabes bien. […] Lo de Erwin yo estoy seguro de que no estará en el próximo consejo (si está en éste, ya te dije que yo soy el culpable, pues fui yo el que lo sugerí). Así que la investigación hará explícito lo que ya se sabe: que trató mal a tal o cual, que dividió, que chuponeó y ya… nada nuevo…”

Esto explicaría por qué las autoridades del Sodalicio nunca presentaron ninguna denuncia canónica contra Luis Fernando Figari ni contra ninguno de los abusadores que formaron o forman parte de la institución. Eso explicaría también por qué cuando comencé a publicar mis textos de denuncia del Sodalicio en noviembre de 2012 a través de mi blog Las Líneas Torcidas, me enviaron a una persona que trató de convencernos a mí y a mi mujer de que yo sufría de una forma de autismo —el síndrome de Asperger—, por lo cual poseía una inteligencia social disminuida y no era consciente del daño que hacía a muchas personas con mis escritos.

Eso explicaría también por qué los Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (febrero de 2017) de los tres expertos internacionales (Ian Elliott, Kathleen McChesney y Monica Applewhite) buscaron lavarle la cara a los principales responsables de encubrimiento, afirmando que respecto a la conducta abusiva de Figari «sólo un pequeño número de sodálites, por ejemplo, Doig, Regal, el P. Jaime Baertl, y algunos de los secretarios más cercanos a Figari, se sintieron empoderados para confrontarlo sobre su conducta». Y eso tal vez explique por qué el actual Superior General del Sodalicio, el colombiano José David Correa, quien nunca ha salido públicamente a dar la cara como representante de la institución y tampoco ha accedido a dialogar con ninguna de las víctimas, parece una marioneta donde son otros los que jalan los hilos. Entre ellos probablemente el P. Jaime Baertl, quien sería actualmente el poder en la sombra, el titiritero en ese grand guignol de ilusiones que es el Sodalicio.

 

 

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sociedad, Sodalicio

 

Desde octubre de 2015, cuando se destaparon casos de abusos mediante el libro “Mitad monjes, mitad soldados”, el Sodalicio nunca ha admitido ninguna responsabilidad institucional en las fechorías cometidas. Las declaraciones públicas de algunos de sus representantes pidiendo perdón se han limitado a disculpas por los abusos cometidos por algunos sodálites, que supuestamente habrían cometido actos incompatibles con los fines y el espíritu de la institución. Porque — repitiendo el esquema que se ha solido aplicar en toda la Iglesia católica ante la proliferación de casos de abusos— la institución siempre se ha considerado a sí misma como impecable y santa, y sólo algunos de sus miembros —cual “manzanas podridas”— habrían cometido actos repudiables, atribuibles a que “ también son humanos” y designados generalmente no como delitos sino como errores, faltas, deslices o simplemente pecados debidos a la fragilidad de la carne.

A fin de sellar y certificar esta impecabilidad institucional, el Sodalicio convocó a una comisión de tres expertos internacionales (Ian Elliott, Kathleen McChesney y Monica Applewhite) supuestamente para investigar los abusos y resarcir a las víctimas, pero que en realidad sólo sirvió para lavarle las manos a un sistema enfermo que muestra señales de putrefacción en su organismo.

Eso se hace evidente en la carta de Alessandro Moroni, entonces Superior General del Sodalicio, del 14 de febrero de 2017, que sirve de presentación a los informes de los expertos del 10 de febrero del mismo año.

Cuando habla de la «investigación completa de las acusaciones contra miembros o exmiembros del Sodalicio llevada a cabo por un equipo de expertos internacionales», resalta que «se trata de hechos en su mayoría ocurridos en un pasado distante», lo cual «hace difícil poder sustentarlos con una evidencia probatoria irrefutable y señalar concluyentemente la responsabilidad penal de los agresores», aunque «la consistencia de los testimonios recibidos y el rigor metodológico de los investigadores nos permiten reconocer frente a las víctimas la verosimilitud de sus testimonios».

Moroni se atreve a decir que «el último presunto acto de abuso de un menor de edad por un sodálite ocurrió […] en el año 2000», aunque poco antes ha señalado que «en 2007, un sodálite [Daniel Murguía] fue arrestado por el abuso sexual de un menor, y fue inmediatamente expulsado del Sodalicio». ¿Por qué no incluye este caso en su estadística? ¿Porque fue absuelto por el Poder Judicial debido a un tecnicismo judicial? ¿O simplemente porque ya no es sodálite? Los hechos que se le atribuyen son verosímiles y aparecen como comprobados en la misma sentencia absolutoria: llevar a un niño de la calle, un menor de 11 años, a un cuarto de hotel, hacer que se desnude y tomarle fotografías. Esto ya constituye un abuso sexual, aunque la ley no lo tipifique. Lo que adicionalmente habría ocurrido y que no se llegó a aclarar sólo lo saben el menor y el mismo Murguía.

De manera estratégica, Moroni soslaya el tema de los abusos psicológicos y físicos que habrían sufrido personas mayores de edad en la institución, las cuales se hallaban en situación vulnerable debido al control mental que se habría ejercido sobre ellas gracias a un régimen disciplinario característico de las sectas y el ejercicio de una obediencia absoluta que restringía su libertad personal y su capacidad de decisión. Y aunque abusos sexuales en perjuicio de adultos también los hubo en el Sodalicio, Moroni sólo considera los abusos contra menores de edad para poner una fecha límite, con una certeza de visos cuasi-proféticos.

Si bien admite que «los expertos identificaron ciertos elementos dentro de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera, permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir», a la vez señala que en la última década ha habido mejoras significativas.

En resumen, los abusos en el Sodalicio pertenecerían a un pasado ya remoto; la responsabilidad respecto a ellos recaería únicamente sobre unos cuantos sodálites y exsodálites que habrían cometido estas acciones. Las razones para dar a conocer el informe, según Moroni, serían «para poder reparar adecuadamente a las personas que han sufrido a causa de lo que aquí se relata, para que hechos como esos no se repitan y para hacer justicia a los sodálites y miembros de nuestra familia espiritual que son personas de bien, íntegras y comprometidas con el anuncio del Evangelio y el servicio a los demás».

En fin, la perfecta lavada de manos para una institución que tendría unos cuantos miembros sucios pero mantendría el cuerpo limpio e impecable. Y donde ya se habrían tomado todas las medidas a través de «un programa permanente para contribuir a la sanación y reconciliación de las personas que han sido víctimas de cualquier abuso o maltrato relacionado con nuestra comunidad y trabajar para que nunca vuelvan a ocurrir hechos de esta naturaleza».

Todo muy bonito, a no ser por que ese “programa permanente” prácticamente no existe. Con el informe de los expertos internacionales el Sodalicio habría considerado cerrado y concluido el proceso de reparación de las víctimas, sin evaluar la posibilidad de que haya muchas más de las que la institución ha reconocido oficialmente. Además, el proceso no parece haber sido tan limpio y justo como pretende Moroni.

El informe preliminar (julio de 2019) de Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores de Edad en Organizaciones, del Congreso de la República del Perú, presidida por el congresista Alberto de Belaúnde, recoge algunos testimonios sobre el proceso de reparación encargado por el Sodalicio, que estuvo a cargo del irlandés Ian Elliott.

Félix Neyra, por ejemplo —de cuya herencia materna se apropió el Sodalicio—, declaró que Elliott

«me citó para una segunda reunión. Me dijo que era una víctima del Sodalicio. Me garantizó que podían devolverme lo de mi herencia. Eran veinte mil dólares. […] Demoraron como 2 meses y nunca llegó el abono. Hubo correos con idas y vueltas con Ian y [José] Ambrozic. […] Después de estos dos meses me llamó Carlos [Neuenschwander], que era el encargado de la plata. Me citó a una reunión. También citó a Elliott. Me comunicó con ellos por Skype y me dice [Carlos] que han evaluado mi caso y que han llegado a la conclusión que no soy víctima en ningún aspecto. No hay pruebas de ese dinero ni voucher de depósitos. No me van a reparar con nada».

Algunos de las víctimas que quisieron negociar con Elliott el monto de su reparación se toparon con la barrera del idioma, pues Elliott se comunicaba en inglés y no manejaba la lengua castellana. El testimoniante “Arturo” cuenta:

«Yo pedí traductora la segunda vez que hablé con él, y la traductora nunca llegó. Tuve que traer a mi hermana para poder conversar. […] Me dio un monto y me dijo que no era negociable, pero que si quieres puedes ir por la vía judicial, aunque no me iban a dar mucho».

Del carácter no negociable de la reparación ofrecida por el Sodalicio también da cuenta “Mario”:

«Ian [Elliott] te escuchaba y luego el Sodalicio te hacía una oferta de “tómala o déjala”».

A “Mario” se le ofreció sólo el 12% de lo que en justicia pedía y le correspondía, por lo cual concluye que el proceso fue una «burla absoluta hacia las víctimas, porque te hacen ir a contarle tu vida privada a un desconocido con la esperanza de cerrar un capítulo de tu vida y no les interesa lo que tienes por decir».

Martín Balbuena, víctima de abusos no sexuales, describe un trato parecido:

«Ian [Elliott] me trató muy mal. Fue muy mala experiencia. Me hizo ir dos veces, me prometió muchas cosas que nunca me las dio. Me manipuló».

“Santiago”, por su lado, declaró:

«También estuve en la comisión Elliott. No hubo negociación, no estuve satisfecho. Ha sido una maldad lo que han hecho. La segunda comisión no le hace caso a las recomendaciones de la primera, contratan a unos gringos religiosos. Me entrevistó Elliott. Él considero que mi historia era creíble y me indemnizó. No puedo decir el monto. No me sirve ni para pagar buenas terapias. Me pareció autoritaria e insuficiente. Me dijeron: “tenemos esto, si quieres lo recibes, sino está ahí guardado para ti, cuando quieras vuelves”».

El testimoniante “Silvio” explica el motivo por el cual acepta una reparación que no le parece justa:

«Yo acepto esa reparación cuando llego a entender que no va a haber justicia, y que lo que debo hacer, además siendo manipulado por Elliott, es de que es mejor algo que nada. Eso, además, me lo escribe el mismo Elliott en un e-mail que me manda en este proceso, donde yo intento negociar, pero no hay ninguna negociación en el fondo».

El testimoniante “Sergio” tampoco estuvo satisfecho con la reparación ofrecida:

“Me dijeron que me pagarían unas terapias. Yo hasta ahora le pido al psicólogo que me dé el informe y no me lo ha dado. Fue un chiste. Yo creo que ellos revisaron mi sistema financiero. Yo tenía deudas. Eran bastante agresivos. Yo llegue a la Notaría Rivera creo, firmé y me dieron el cheque”.

Rocío Figueroa, víctima de abusos sexuales por parte de Germán Doig, también recibió una reparación. Su papel clave en el develamiento de los abusos sexuales en el Sodalicio fue convenientemente omitido en los informes de los expertos internacionales. Al respecto, comentó lo siguiente:

«También hablé en la segunda comisión, pero se portaron pésimo, no pusieron mi historia, pusieron que ellos hicieron todo. Me dijeron: “Debes estar molesta”. Les dije que sí, que los habían comprado. No esperaba mucho, recibí una reparación. Me ofrecieron una porquería y me dieron el doble. A mí me tienen miedo. Me hicieron firmar un acuerdo de confidencialidad, pero me importa un pepino. Nadie te puede callar».

“Rodrigo”, uno de los pocos que se manifestó relativamente satisfecho con la reparación que recibió, manifiesta sin embargo lo siguiente:

«A mí me indemnizaron, me pagaron los años de terapia que yo había usado, me lo reconocieron y me pagaron un año de psicoanálisis. Pero a mí me trataron como rey, comparado a otros que han sufrido muchísimo más y han sido muchísimo más abusados».

Cabe resaltar que una condición para conceder una reparación era la firma de un acuerdo de confidencialidad, por el cuales la víctima debía comprometerse «a mantener absoluta reserva y confidencialidad sobre las conversaciones y negociaciones sostenidas para arribar a esta transacción, sobre el contenido del presente acuerdo, incluyendo los montos indemnizatorios comprendidos (asistencia e indemnización), los hechos que lo motivan y las personas involucradas en ellos» (texto tomado de de uno de esos acuerdos de confidencialidad), además de renunciar a cualquier demanda futura y a reclamar ningún monto adicional.

José Enrique Escardó, el primer denunciante del Sodalicio en el año 2000, comentó al respecto ante la Comisión De Belaúnde:

«[…] muy orondamente salieron una vez a decir que creo que habían utilizado dos millones de dólares, ¿no? Para reparación, dijeron ellos. En realidad no lo han utilizado para reparación; lo han utilizado para silenciar víctimas con manipulaciones, con mentiras, con falsas promesas. Han hecho firmar a varias víctimas —en condiciones muy vulnerables, en depresión, con situaciones económicas muy lamentables, muy tristes— acuerdos extrajudiciales en los cuales han exigido el silencio de la persona y han pagado dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil dólares por ese silencio de toda la vida, y para que no les vuelvan a pedir nunca nada, ni un centavo».

Lo que finalmente hizo el Sodalicio es conceder a las víctimas que les dio la gana de reconocer —entre las cuales no me incluyeron a mí— una compra mafiosa de su silencio, a fin de limpiar su imagen institucional. De este modo, se ha lavado las manos utilizando las estrategias de una nada santa organización criminal, de un organismo pútrido hasta la médula.

 

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El cardenal Ratzinger, quien como Papa asumió el nombre de Benedicto XVI, tiene fama entre los círculos conservadores de haber sido quien comenzó a tomar medidas severas para enfrentar el problema de la pederastia clerical. El informe sobre abusos sexuales en la arquidiócesis de Múnich-Frisinga del 20 de enero de 2021, elaborado de manera independiente por el bufete de abogados muniquense Westpfahl Spilker Wastl, echa una sombra sobre ese prestigio. Pues Ratzinger estuvo a la cabeza de esa arquidiócesis de marzo de 1977 a febrero de 1982, y el informe documenta cuatro casos en que protegió y encubrió a abusadores sexuales.

 

Para quienes están debidamente informados, esto no constituyó ninguna sorpresa. Pues ya en el año 2021 la teóloga Doris Reisinger —ella misma víctima de abusos en una congregación que contaba con el beneplácito de Ratzinger— y el cineasta y documentalista Christoph Röhl habían publicado un libro desmontando el mito de un Ratzinger que habría combatido de manera efectiva los abusos sexuales dentro de la Iglesia católica. El libro lleva el título de “Sólo la verdad salva: El abuso en la Iglesia católica y el sistema Ratzinger” (“Nur die Wahrheit rettet: Der Missbrauch in der katholishen Kirche und das System Ratzinger”, Piper, München 2021).

 

Basta con conocer, a manera de ejemplo, cómo Ratzinger manejó el caso del P. Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, para darse cuenta de la leyenda que se ha creado en torno a un Papa incompetente que se vio obligado a renunciar a su cargo.

 

Existe evidencia de que cuando Ratzinger aun era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tomó conocimiento de las acusaciones que había contra el P. Marcial Maciel, pero se negó a abrirle un proceso canónico.

 

A dos de las víctimas de Maciel, José Barba y Arturo Jurado Guzmán, se les presentó el 17 de octubre de de 1998 la oportunidad de declarar en la misma Congregación de la Doctrina de la Fe, solicitando la apertura de un proceso canónico contra el P. Maciel, siendo acompañados por la abogada canonista Martha Wegan, de nacionalidad austríaca. Quien los recibió no fue Ratzinger, sino su secretario Gianfranco Girotti. El principal delito del cual se acusaba a Maciel, a diferencia de los abusos sexuales, no había prescrito: se trataba de la absolución del cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento, dado que después de abusar de sus víctimas, Maciel solía confesarlas y darles la absolución sacramental. No obstante, Ratzinger decidió archivar el caso por presiones del cardenal Angelo Sodano, protector de Maciel, según llegó a averiguar la abogada Martha Wegan.

 

A principios del año siguiente, Carlos Talavera, obispo de Coatzacoalcos (México), le lleva personalmente a Ratzinger una carta del P. Alberto Athié, redactada por recomendación del nuncio apostólico en México, Mons. Justo Mullor. En ella Athié relataba el caso del sacerdote legionario Juan Manuel Fernández Amenábar, quien antes de morir le confesó que había sido víctima del P. Maciel. Una de las cosas que le dijo el moribundo fue la siguiente: «te pido que en mi funeral les digas que yo he perdonado, pero que pido justicia».

 

El mismo Alberto Athié, en una entrevista que concedió para el libro “Marcial Maciel: Historia de un criminal”, de la periodista Carmen Aristegui (Penguin Random House Grupo Editorial México, 2010), cuenta lo que pasó después:

 

«El caso es que Talavera se va a Roma y de regreso lo busco para preguntarle cómo le había ido y si había podido entregar la carta. Le respuesta de Talavera es muy importante, tanto por el contenido de la respuesta de Ratzinger como por la actitud del mismo Talavera. Talavera es un obispo cien por ciento institucional, un hombre que además me enseñó o trató de enseñarme la obediencia como el valor más importante de un sacerdote. Me dijo dos frases que encuadran exactamente lo que vivió. La primera fue: “Alberto, me quedé helado”. Y entonces me cuenta lo que pasó: le entregó la carta y Ratzinger la leyó delante de él. A continuación viene la respuesta del cardenal: “Monseñor, lo lamento mucho pero el padre Maciel es una persona muy querida del Santo Padre y ha hecho mucho bien a la Iglesia. No es prudente abrir el caso”. Y Talavera me dice su segunda frase: “¡Se me cayó Ratzinger!” Que él diga eso es tremendo».

 

Lo cierto es que el caso del P. Maciel estaría más de cinco años en stand-by, sin que Ratzinger hiciera absolutamente nada, hasta que el 2 de diciembre de 2004 José Barba y Arturo Jurado reciben una carta de la doctora Martha Wegan preguntándoles si querían continuar con el caso en contra de Maciel. Así lo cuenta José Barba en una entrevista para el libro “Marcial Maciel: Historia de un criminal”:

 

«Le respondimos que sí, que por supuesto, admirados de que nos lo preguntara. Aquí es muy importante el análisis de las fechas. Piensen en los tiempos: Maciel organiza los festejos de los 60 años de su ordenación sacerdotal, que se cumplen el 24 de noviembre de 2004. Preparan todo a la manera legionaria; es un homenaje verdaderamente faraónico en San Pablo Extramuros, Santa María la Mayor y San Pedro. La logística fue impresionante. Lo impío de Maciel en todo esto es que quiso aprovechar los últimos días de vida del Papa, ya tan en decadencia, para que le diera el último espaldarazo público; porque él calculaba que si lograba esto, después ya no habría quien moviera una piedra en su contra. Yo creo que invitaron al cardenal Ratzinger, así como invitaron a Angelo Sodano y a otros muchos que encubrieron a Maciel durante años, y que él debe haberles dicho: “No lo hagan”, porque tenía conocimiento de las denuncias, y me parece que aquella ceremonia tan fastuosa tiene que haberle parecido indignante en grado absoluto. La carta de la doctora Wegan está fechada días después. Ella nos contó posteriormente, al doctor Jurado y a mí, en su propio departamento, que el día 8 de diciembre, en el encuentro que tiene todos los años en el Cementerio Teutónico la comunidad de habla alemana en Roma, el cardenal Ratzinger —que era el invitado de honor— se le acercó a Martha Wegan y le dijo: “Esta vez, doctora, sí vamos a ir a fondo en el caso de Marcial Maciel”. Ahí fue el quiebre de Ratzinger con Maciel. De ahí vienen los visitadores y la investigación de Scicluna, que después condujo a la decisión del Vaticano de enviar a Maciel al retiro, para llevar una vida “de oración y penitencia”.”

 

La celebración del 60° jubileo sacerdotal del P. Maciel ciertamente había sido fastuosa. 37 jóvenes legionarios recibieron la ordenación sacerdotal en la Basílica de San Pablo. El Vaticano aprobó los estatutos de la congregación. Maciel participó de la audiencia pontificia en la Plaza de San Pedro y le fue permitido dirigirse a la multitud, donde enfatizó su convicción de que la unidad con el Vicario de Cristo era unidad con Cristo mismo y que los Legionarios de Cristo ponían toda la energía de su carisma al servicio de la Iglesia. El anciano y enfermo Papa Juan Pablo II le dijo a la multitud allí reunida que la obra de Maciel estaba llena del Espíritu Santo. Maciel fue aclamado como “nuestro Padre” por unos 4000 Legionarios y miembros del Regnum Christi, que habían viajado a Roma expresamente para la ocasión.

 

Por ese entonces Ratzinger estaba preocupado, pues los testimonios de las víctimas en Internet se multiplicaban y él mismo era acusado de encubrir al P. Maciel, motivo por el cual encargó una investigación preliminar a Mons. Charles Scicluna, un prelado que hasta el día de hoy sería clave en la investigación de abusos sexuales cometidos por clérigos y religiosos.

 

Pero quizás lo decisivo fue un acontecimiento escandaloso ocurrido en el Irish Institute en Roma, el mismo día del jubileo sacerdotal del P. Maciel. Ahí se habían reunido unas 300 mujeres consagradas del Regnum Christi, algunos pocos varones y el secretario privado de Maciel, Rafael Moreno. Durante el evento una joven muchacha de apenas 20 años bailó la jota para Maciel. La sensualidad del baile ya era suficiente para escandalizar a las consagradas presentes. Pero cuando la joven se sentó sobre las piernas de Maciel y lo abrazó, el escándalo fue perfecto. Los presentes estaban atónitos, no obstante Maciel les hizo un señal, indicándoles que todo estaba en orden. Pero quien estaba particularmente alarmado era Rafael Moreno, pues él sabía exactamente quién era la muchacha: le decían Normita y era la hija carnal de Maciel. También se hallaba presente la madre de la muchacha.

 

Esto ya fue demasiado para Moreno, quien ya había intentado infructuosamente en el año 2003 informar al Vaticano sobre la verdadera vida del fundador de los Legionarios de Cristo. En esta ocasión sí tuvo éxito. Fue donde el cardenal Franc Rodé, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y le contó lo que sabía, presentando como pruebas varias fotografías y amenazando con ir a la prensa si no se tomaban las medidas correspondientes. El cardenal Rodé habría hablado posteriormente con Ratzinger, el cual ordenó hacer las investigaciones que devendrían en mayo de 2006, cuando Ratzinger ya se había convertido en el Papa Benedicto XVI, en la orden de que Maciel se retirara a una vida de oración y penitencia, aunque sin indicar claramente los motivos. Más aun, recién en febrero de 2009, un año después de la muerte de Maciel en enero de 2008, los Legionarios de Cristo harían público que el P. Maciel había tenido una doble vida y cometido abusos, como reacción a una nota periodística publicada el 4 de febrero de 2009 en el New York Times.

 

En resumen, Ratzinger se habría visto forzado por las circunstancias a tomar medidas contra el P. Maciel. No parece haber tenido conciencia del sufrimiento de las víctimas, pues ello no le motivó nunca a abrir un proceso contra uno de los mayores abusadores sexuales que ha tenido la Iglesia católica en su historia reciente. Pero el escándalo que podía afectar la imagen de la Iglesia por el hecho de que se supiera que un sacerdote prestigioso y admirado por el el Papa Juan Pablo II tenía mujer y progenie parece haber pesado más en su ánimo. Finalmente, las medidas que se tomaron fueron tibias, pues Ratzinger habría pensado siempre que en el abuso sexual clerical se trataba de casos individuales y nunca admitió hallarse ante un problema estructural y sistémico de la Iglesia católica. Nunca se le abrió un proceso canónico al P. Maciel, arguyendo su edad avanzada. De esta manera, la justicia que se pretendió dar a las víctimas fue parcial e insuficiente.

 

El problema de la pederastia clerical ha seguido avanzando sin solución a la vista y al final, como un boomerang, le ha regresado aparatosamente al anciano Ratzinger a través del informe de Múnich, evidenciándolo como un encubridor más.

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Religión

El “estilo sodálite” era uno de los lugares comunes que continuamente repetía Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio, insistiendo en él como si debiera ser una segunda piel que debían tener todos los sodálites, algo por lo cual se les pudiera identificar con sólo verlos. Y había algo que le gustaba resaltar cuando mencionaba “ese estilo viril que nos caracteriza”: que era un asunto para hombres hechos y derechos, no para débiles, sentimentales y susceptibles que ante cualquier dificultad se echaban para atrás y se comportaban como “hembritas”.

La comparación refleja también la misoginia de Figari, que marcó también desde dentro el estilo sodálite. Tenemos el testimonio de Rocío Figueroa, una de las iniciadoras de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, asociación religiosa femenina vinculada al Sodalicio. Ante la Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores de Edad en Organizaciones, del Congreso de la República del Perú, presidida por el congresista Alberto de Belaúnde, declaró que cuando le solicitó a Figari que fundara oficialmente el grupo, constituido entonces por cinco jóvenes mujeres que querían dedicarse a una vida consagrada al servicio de Dios y de la Iglesia, éste le dijo:

«“Yo no las voy a fundar. Son unas brutas. Son menos inteligentes que los hombres. Sólo se llevan por las emociones. Viven en una casa de porquería en Maranga. Ustedes no tienen vocación ni chicas que las sigan”. Éramos bajo cero. Lo peor de todo era que nos la creíamos. Lo único que hacían era bromear y basurearnos. Era el vacilón: ridículas, sensiblonas y lloronas».

Similar era la concepción que se tenía de los varones gay, a los cuales se les atribuía afeminamiento, cobardía, debilidad y una susceptibilidad extrema. Cualquiera pensaría que eso hubiera llevado a no admitir homosexuales en el Sodalicio, de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia católica, que considera la homosexualidad como una anomalía, una desviación moral. Así lo expresa ya un texto oficial de 1975:

«…esas personas homosexuales deben ser acogidas en la acción pastoral con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su ordenación necesaria y esencial. En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía por esta causa incurran en culpa personal; pero atestigua que los actos homosexuales son por su intrínseca naturaleza desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso.» (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, 8).

Lo que sucedió en la práctica es que los autoridades del Sodalicio no tuvieron ningún problema en admitir homosexuales, mientras esta condición del candidato se mantuviera en secreto. De hecho, yo que estuve casi 30 años vinculado institucionalmente al Sodalicio y viví más de 11 años en comunidades de sodálites de vida consagrada, nunca supe de algún sodálite que fuera homosexual, aunque posteriormente he sabido que lo eran algunas personas con las cuales compartí techo y comida, además de otro número considerable de sodálites. Como también se ha acostumbrado en la Iglesia católica respecto a candidatos al clero sospechosos de ser homosexuales, el secreto estuvo bien resguardado bajo la ley del silencio.

Sin embargo, a pesar de que muchos no supimos de su orientación sexual, estos compañeros de camino, debido a hallarse en un entorno ideológicamente homofóbico, se hallaron en una situación particularmente vulnerable y varios fueron objeto de abusos psicológicos y físicos, y algunos incluso de abuso sexual.

La Comisión De Belaúnde ha recogido algunos testimonios con seudónimos —a fin de proteger a los declarantes— en su informe preliminar.

“Mario”, quien estuvo 15 años vinculado al Sodalicio, cuenta que en 1995 la primera persona en enterarse de su orientación sexual fue su consejero Alfredo Garland, miembro de la generación fundacional del Sodalicio:

 «A la primera persona que le digo fue a mi consejero, le dije que me gustan los hombres. Pensé: “ahora me descalifican, me sacan por mentiroso, por haber entrado como aspirante sin haber hablado de esto antes”. Alfredo Garland lo tomó con la mayor naturalidad, me dijo: “No, no te gustan los hombres, tú eres una persona tímida, estás confundido. Lo que pasa es que tienes una figura paterna débil y una figura materna dominante. No te preocupes, esto se te irá pasando según madures y tiramos para adelante”. Me sentí acogido, se compró mi fidelidad. Mi temor más grande era que me botaran y no lo hizo».

Aún así, se le fue induciendo un sentimiento de culpa por ser homosexual, y en el año 1998 Alejandro Bermúdez, actual director de ACI Prensa, lo remitió al psiquiatra Carlos Mendoza para curarle la homosexualidad. Éste le recetó diversos fármacos. 

 «No me estaba “tratando”, me estaba castrando químicamente. Experimentó conmigo. No hay otra manera de describirlo. Mendoza iba cambiando las pastillas para ver cuál me afectaba menos porque todas me daban sueño, me dejaban hecho zombie, me anulaban, no sentía nada. Ir cambiando de receta de pastillas para tratar enfermedades que ni siquiera tenía con el único fin de ver cuál disminuía mi libido, afectando lo menos posible mi comportamiento, es la definición de experimentar con un paciente».

Carlos Mendoza, quien ha tenido una gran cercanía al Sodalicio gracias a su fervorosa participación  en el Movimiento de Vida Cristiana (MVC), ha negado ante la Comisión De Belaúnde que haya aplicado tratamientos para curar la homosexualidad, no obstante que hay otro testimonio que también lo implica, el de “Manuel”, quien, después de confesarle a Figari que había tenido un encuentro sexual con otro hombre, fue enviado a tratamiento psiquiátrico donde Mendoza, el cual le diagnosticó trastorno bipolar y le recetó hasta siete pastillas diarias.

También Mauro Bartra, ex-emevecista, aun no siendo gay, fue enviado a tratamiento donde Mendoza cuando Jeffery Daniels le hizo dudar de su identidad sexual para confundirlo y hacerlo dudar de que realmente hubiera visto un abuso sexual que el mismo Daniels había cometido.

Otro caso distinto es el de “Héctor”, quien tomó contacto con el Sodalicio cuando a fines de los 70 estudiaba en la desaparecida Escuela Superior de Educación Profesional (ESEP) “Ernst Wilhelm Middendorf”. Cuando a sus 16 años le cuenta a Virgilio Levaggi, su primer consejero espiritual, la angustia que le ocasionaba su homosexualidad, éste lo deriva a Figari, quien termina echándole la culpa a la madre de Héctor de que él hubiera desarrollado una tendencia homosexual. En dos ocasiones Figari le pide que se desnude, a lo cual “Héctor” accede debido a la confianza que le tenía.

“Una vez me tuve que desnudar. Mientras me estaba mirando, me dijo: “¿Qué parte del cuerpo es la que más te gusta?” Y yo estaba pensando: “¿Cuál será la respuesta correcta? ¿Será que tengo que decir el pene? ¿Será otra parte? ¿Cuál es la respuesta correcta?” Y ahí quedó este incidente”.

“Me dice: “Échate en un sofá y piensa que estás echado encima de un hombre”. Yo estaba pensando: “¿Y ahora? Qué raro todo esto. ¿Qué tengo que hacer: tener una erección? ¿Qué tendría que pasar: tener una erección?” Y nada pasa y ahí quedó la cosa”.

“Héctor” dio testimonio de que en el Sodalicio había una dinámica de manipulación y abuso que  creaba dependencia.

«Nos decían: “eres lo máximo”, se rodeaban de blanquitos, inteligentes, todos nos vestíamos bien, teníamos buen físico».

Tras tener un encuentro sexual con un joven de su edad, Luis Fernando Figari lo castiga con un encierro —es decir, le ordena no salir y rezar continuamente—, el cual duraría unos cinco años. Se le impidió continuar con sus estudios. Le dijeron que tenía que ser un monje contemplativo. Durmió dos años en una cama con tablas para “controlar la lujuria”. No participaba de ninguna celebración, no podía salir ni hablar con ninguna persona fuera de la comunidad.

«Te vas adaptando, pero por otro lado sentía: “me estoy volviendo loco”. Pensaba en sexo, me enamoraba de todos los actores de cine, pensaba: “¿Qué hago aquí?” Además tenía mucho miedo de volverme esquizofrénico como mi hermano. No tenía ninguna ayuda psicológica, me sentía totalmente abandonado y solo».

Ante la presión interior, el dolor y el deseo sexual hacia hombres que no disminuía, “Hector” sale de la comunidad e inicia un viaje para ver si podía ser monje de clausura en España, con los Cartujos. Este viaje le sirvió para encontrarse consigo mismo y aceptar su homosexualidad.

Otra experiencia similar la cuenta “Juan”, quien en 1979 conoció el Sodalicio a los 15 años cuando estudiaba en el Colegio Santa María de Monterrico. Tras pasar por varias etapas de formación, a los 26 años, cuando formaba parte de la comunidad sodálite de Rio de Janeiro (Brasil), tuvo un encuentro sexual con otro hombre. Cuando un año después se le contó al superior Raúl Masseur, fue castigado con aislamiento, como el mismo relata:

 «A mí me encerraron, no solamente no podía abandonar la casa, sino que no podía acercarme a la terraza, pues no podían verme afuera. Se turnaban con las humillaciones, me humillaron en público, no podía escuchar música, me tenían a pan y agua una semana, a lechuga y agua la semana siguiente, no podía hacer absolutamente nada sino rezar y estudiar la Biblia».

Está también el caso de “Manuel”, quien conoció al Sodalicio aproximadamente en 1983, cuando estudiaba en el Colegio Alexander von Humboldt. Que era homosexual se lo confesó a los tres animadores de agrupación mariana que tuvo: Alberto Gazzo, Héctor Velarde y Germán Doig. Este último lo nombró su secretario y, a sus 15 y 16 años, asumió funciones como leer y redactar cartas y apoyar a la agencia de noticias que promovía el Sodalicio, conocida entonces solamente como ACI (Agencia Católica de Noticias).

Doig, quien se convirtió también en su consejero espiritual, le mandó ciertas prácticas que debía aplicar para curarse de su homosexualidad: «no mirar hombres, no masturbarse, usar la técnica del silencio de mente. Significaba aprender a controlar los pensamientos y botar los malos [pensamientos] …un problema que yo tenía era que una actitud afectuosa de un hombre me producía una erección. Eso era un conflicto interior fatal».

En una sesión de consejería Doig trabajó con “Manuel” la dinámica de “la aceptación del cuerpo”. Para esto le plantea un ejercicio y lo lleva a un cuarto donde no había ninguna posibilidad de que entrara nadie.

«Germán me dice: “Tú necesitas trabajar en la aceptación de tu cuerpo, porque todo esto [la homosexualidad] también tiene que ver cómo tú te percibes a ti mismo. ¿Cuál es la parte de tu cuerpo que más te gusta?”, me dijo. Yo le contesté que mis piernas […] Luego me pregunta: “¿Cuál es la parte de tu cuerpo que menos te gusta?”, y le digo mi pene […] “Para ayudarte tengo que ver si es que verdaderamente tienes un problema […] Enséñame una erección […]” No recuerdo si simplemente en ese momento tenía una erección o si tuve que masturbarme. Luego me hizo echarme en el piso y quitarme la ropa. Yo a él no lo miraba, él me estaba mirando a mí. No sé cuánto habrá durado. Me miró y se rio quitándole importancia al tema. Me dijo que me vistiera. No me tocó».

En esos momentos “Manuel”, por la confianza que le tenía a Doig, no consideró lo ocurrido como un abuso sexual.

«Yo nunca me sentí abusado, yo nunca tuve conciencia de ser abusado, sino hasta después de muchísimos años, cuando ya no pertenecía al Sodalicio».

Todo este sistema que favorecía el abuso de personas homosexuales tendría su origen en el mismo Figari, quien parecía tener una homosexualidad no confesada, si se tiene en cuenta que los abusos sexuales que se le atribuyen fueron siempre con varones. Y no tenía ningún reparo en admitir homosexuales en el Sodalicio, no obstante que manejaba un discurso teórico explícitamente homofóbico en consonancia con la enseñanza oficial de la Iglesia católica. El testimonio de “Lucas” sobre Figari ante la Comisión De Belaúnde es revelador:

«Varias veces comentaba que esto se podía controlar y él sentía como que podía encaminar a la gente. Podía incluir a gente con experiencias homosexuales. Él tenía cuidados especiales con homosexuales».

A pesar de esto, la mentalidad homofóbica impregnaba el día a día de los sodálites, según relata “Pedro”: «Te jodían de maricón por cualquier cosa: “cabro, tragasables’”, todos los curas, obispos, ellos más todavía».

De este modo, los varones homosexuales que se vincularon al Sodalicio de Vida Cristiana se encontraron con una institución que, a la vez que los admitía como miembros no obstante conocer su orientación sexual, los obligaba a reprimirla —como si se tratara de una enfermedad vergonzosa— y mantenerla en secreto, colocándolos en una situación vulnerable. Una situación que habrían aprovechado perversamente algunos de los líderes espirituales —entre ellos Luis Fernando Figari, Germán Doig y Virgilio Levaggi— para dar rienda suelta a apetitos sexuales inconfesables y a sus ansias de poder sobre jóvenes incautos.

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