[El dedo en la llaga] NOTA ACLARATORIA: El siguiente texto es el epílogo de mi libro inédito sobre el Sodalicio de Vida Cristiana. Si todo sale bien, el libro será publicado en el transcurso de este año.

El Sodalicio de Vida Cristiana ciertamente jugó un papel importante en la conformación de mi identidad personal. Yo no sería quien soy si no es porque en un momento de mi vida esta línea torcida de Dios me salió al encuentro y se convirtió en un camino para descubrir realidades que en ese momento no percibía, cuando era solamente un joven desorientado, insatisfecho, buscándole sentido a un mundo que parecía no tenerlo. El Sodalicio me permitió adentrarme en ese libro misterioso que escribe Dios de manera invisible, ese laberinto de páginas incomprensibles, rompecabezas incompletos y renglones entrecruzados que llamamos vida y que sólo cobra sentido desde la perspectiva de la eternidad insondable. Gracias al Sodalicio descubrí la fe cristiana de una manera intensa y vibrante en un momento en que podría haberla perdido, y se despertaron en mí las inquietudes intelectuales que me han acompañado a lo largo de mi vida. Aunque he de confesar que este redescubrimiento de la fe ya se había iniciado un año antes, cuando yo tenía 14 años de edad, gracias a un atípico profesor de religión, de talante bohemio, que tuve en el Colegio Alexander von Humboldt, quien tuvo la valentía, con un estilo desenfadado, de cuestionar mis seguridades de adolescente omnisciente, hacer que tomara conciencia de lo burgueses y conformistas que eran mis actitudes rebeldes y abrirme las puertas a una búsqueda que tocaría puerto un año después.

En el Sodalicio aprendí a nutrirme de esa visión de eternidad que otorga la fe, a mirar a Jesús de manera novedosa y vital, a abandonarme en las manos maternales de Santa María Virgen, a preferir los bienes que se pueden atesorar en el corazón a los bienes materiales que uno atesora en la tierra, a hablar con sinceridad y a huir de todo tipo de hipocresía y doblez del alma, a tomar conciencia de los talentos que Dios me ha concedido para compartirlos con mis semejantes, a entender la vida como un acto de amor y servicio que se ofrece gratuitamente y que lleva al sacrificio de las propias comodidades y seguridades, a vivir la dinámica de lo provisional sin hacerme muchas preocupaciones por el futuro y alegrándome por los dones que ofrece el presente, a no rendirme nunca ante las adversidades, a querer amar hasta el extremo, a alegrarme con las cosas sencillas, a ver el dolor como parte del recorrido que uno tiene que hacer en esta tierra de sombras, a sentirme siempre en la presencia de Dios, cuya luz se vislumbra en todo lo que ocurre y no permite nunca que perdamos la esperanza.

En el Sodalicio conocí a muchas personas de gran calidad humana, buena voluntad, conciencia recta e integridad moral, y también hice muchos amigos, a los que sigo mirando con aprecio y respeto y hacia los cuales siempre tendré el corazón abierto, cual habitación pequeña pero abrigada, donde puedan entrar y calentarse al fuego, mientras toman el vino que les ofrezco y se olvidan por un momento de las inclemencias que trae la vida. Pues la lealtad franca y abierta hacia las personas que confían en uno y que no ocultan trastiendas en sus almas es algo que también aprendí en el Sodalicio.

El Sodalicio que yo conocí en los 70 estaba muy lejos de esa imagen de personas tiesas, formales, de trato cortés pero distante, adscritas a un idealismo religioso que los aleja del común de los mortales. Es cierto que la manera de participar en las celebraciones litúrgicas comenzaba a alimentar esa imagen. Ya desde entonces se tenía la costumbre de usar traje azul en las festividades solemnes, cantar con voz fuerte y estilo marcial, cuidar los detalles en la presencia física —pulcritud, sobriedad de gestos, contención— y actuar todos de manera similar. Pero en ese entonces este tipo de solemnidades eran relativamente escasas, y lo que reinaba era un espíritu de informalidad y camaradería ajeno a las formalidades asociadas a lo religioso. El lenguaje que se utilizaba no retrocedía ante las expresiones más crudas y obscenas. Yo nunca estuve acostumbrado a ese lenguaje, cosa rara entre los jóvenes de mi medio social, y tuve que aprenderlo para comunicarme con mis compañeros de camino en el Sodalicio. Fue así que el inicio de mi compromiso cristiano coincidió con mi iniciación en el lenguaje vulgar y malsonante, que por lo general había estado ausente de mi vida, por educación y por decisión propia.

Conformado en ese entonces por jóvenes que estaban a lo más en la mitad de sus años veinte ‒quien más edad tenía era Luis Fernando Figari, que superaba la treintena‒ no faltaban las locuras juveniles propias de esa edad. Había, por ejemplo, quien conducía su coche por las calles de Lima a velocidades que llegaban a los 80 kilómetros por hora. Teníamos a veces conversaciones nocturnas en las que hablábamos sobre libros y películas críticas de la sociedad, muchas veces en cafés pintorescos de la noche limeña, algunos de los cuales ya no existen. Hermann Hesse era uno de los autores más comentados, cuyos libros Demian y Siddharta eran de lectura casi obligada para quienes nos adentrábamos en la dimensión profunda de la existencia. Mi afición por el buen cine también se afianzó en aquella época, cuando las inquietudes despertadas me hicieron acudir a a las salas de cine y cine clubes en busca de algo más que entretenimiento. Recuerdo que vi en ese entonces obras memorables del Séptimo Arte como “El extranjero” (“Lo straniero”, Luchino Visconti, 1967), “La naranja mecánica” (“A Clockwork Orange”, Stanley Kubrick, 1971), “Un hombre de suerte” (“O Lucky Man!”, Lindsay Anderson, 1973), “Alguien voló sobre el nido del cuco” (“One Flew Over the Cuckoo’s Nest”, Milos Forman, 1975), “El show debe seguir” (“All That Jazz”, Bob Fosse, 1979) y “Estados alterados” (“Altered States”, Ken Russell, 1980), que luego fueron objeto de largas disquisiciones para atrapar los significados que se me escapaban e iluminarlos desde la perspectiva cristiana rebelde que asumíamos.

El Sodalicio era un espacio de aventura que canalizaba nuestras ansias rebeldes y nos permitía ver la realidad desde una perspectiva distinta, a la vez que se erigía como proyecto para transformar el mundo y reconducirlo hacia su centro, convirtiéndolo de salvaje en humano, y de humano en divino, partiendo de la transformación de las personas a través de su conversión a la fe cristiana. He de admitir que en el Sodalicio se iniciaron recorridos personales maravillosos, trayectorias que enrumbaron a muchos jóvenes inquietos, voluntariosos y llenos de buenas intenciones por caminos que de otra manera hubieran terminado en la mediocridad de existencias pequeño burguesas y rutinarias, sin mayores alicientes.

¿Cuándo comenzó a irse a pique este sueño? ¿En qué momento aparecieron las primeras señales de decadencia? ¿O acaso no estuvieron presentes desde un inicio? ¿Como cuando se sometía a las personas a rondas de preguntas en grupo, forzándolas a ventilar ante otros problemas privados y personales? ¿O cuando, a fin de lograr los objetivos propuestos en el apostolado proselitista, en algunos casos se les hizo beber licor a algunos jóvenes hasta emborracharlos, a fin de de que bajaran sus defensas psíquicas y estuvieran mejor dispuestos a que se abordara sus secretos personales sin restricciones? ¿O cuando en algunos retiros se aplicaba una dinámica de grupo, en que todos los participantes se echaban sobre el piso con los ojos cerrados, y uno de los miembros del equipo se hacía pasar por un enfermo terminal de cáncer y contaba una historia desgarradora, a fin de generar miedo y angustia ante la muerte en los jóvenes menores de edad que escuchaban y, de esta manera, inducirlos a aceptar el mensaje de salvación que ofrecía el Sodalicio? ¿O cuando se nos pedía que no contáramos a nuestros padres las cosas que hacíamos, veíamos y escuchábamos en las reuniones sodálites, fomentando incluso la desobediencia hacia ellos mediante el argumento de que ellos no sabían lo que era bueno para nosotros puesto que no tenían un compromiso cristiano de veras sino mediocre y, como pertenecían al mundo, no iban a entender de qué iba lo nuestro? ¿O cuando eran aplicados tests psicológicos a jóvenes menores de edad, sin conocimiento ni consentimiento de sus padres, por parte de sodálites sin formación profesional ad hoc, a fin de lograr la adhesión de los jóvenes al grupo, además de otras dinámicas orientadas a controlar la psique de las personas y hacerlas dependientes de los sodálites mayores? ¿O cuando a un joven menor de edad su consejero espiritual le pidió que se desnudara por completo e hiciera como que fornicaba una silla, para ver si así lograba romper sus barreras psicológicas? ¿O cuando ya en esa época se presentaba a Luis Fernando Figari como una especie de iluminado y se consideraba cualquier conversación con él como una experiencia que necesariamente iba a contribuir a la propia transformación dentro del camino hacia la santidad deseada? ¿O cuando en los dos primeros Convivios, congresos de estudiantes católicos organizados por el Sodalicio para jóvenes de 16 y 17 años en edad escolar, realizados en 1977 y 1978 respectivamente, se iniciaron las sesiones del primer día, viernes en la noche, con la exhibición de películas clasificadas para mayores de 18 años por su alto contenido de violencia, a saber, Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) —clásico moderno que, sin embargo, no deja de ofrecer una visión deprimente de un entorno social determinado y termina en un baño de sangre de violencia inusual para la época— y Centinela de los malditos (The Sentinel, Michael Winner, 1977) —película de terror que presenta escenas de gran impacto, sórdidas y repugnantes, con personajes salidos del infierno—? ¿Y que la exhibición de estas películas en ambos Convivios tenía la intención de generar en los jóvenes participantes una especie de ablandamiento psicológico mediante una especie de terapia de shock, a fin de hacerlos tomar conciencia de los “males del mundo” y hacerlos más receptivos al mensaje que se les quería transmitir? ¿No se parece todo lo descrito anteriormente a las técnicas de control mental y manipulación de conciencias que han practicado varias sectas?

¿Eran estas señales de decadencia o solamente errores juveniles producto de la falta de experiencia? ¿Y lo que vino después en los 80? ¿Cuántos saben que el primer sodálite de vocación matrimonial que se casó tuvo una misa de bodas que fue celebrada con gran solemnidad, a lo grande, y que al final terminó migrando con su esposa a los Estados Unidos y se desvinculó completamente del Sodalicio? ¿Cuántos saben que Alberto Gazzo, el único sacerdote sodálite ordenado por el Papa Juan Pablo II en 1985 terminó colgando los hábitos y separándose de la institución, y que el número de la revista Alborada donde aparecía su foto junto con el Papa fue requisado y sacado de circulación, a fin de que nadie se acordara nunca más de él? ¿Quién recuerda a Virgilio Levaggi, aquel miembro de la cúpula sodálite ‒actualmente exsodálite‒ que fue confinado por un tiempo en una de la comunidades por haber cometido una falta grave que nunca se nos quiso revelar, y que se nos dijo que era referente a la obediencia, aunque las circunstancias adjuntas hacen sospechar más bien de una falta como aquellas que muchos jerarcas de la Iglesia han solido ocultar, dizque a fin de evitar escándalos? ¿Y qué pasó con aquel joven que vivía en una de las comunidades de formación de San Bartolo y al que un día le dijeron que no era apto para la vida en comunidad y que no creían que tuviera vocación, y por lo tanto debía regresar a vivir a casa de su padres, de cuya azotea se habría lanzado al vacío meses después para encontrar una muerte temprana por propia mano? ¿Y las huidas entre gallos y medianoche de quienes ya no querían vivir en comunidad, y que preferían aprovechar las horas nocturnas para retornar a una vida normal, antes que manifestar su deseo de forma abierta a los superiores, pues ello implicaba pasar meses de meses en estado de discernimiento obligatorio, sometidos a observación y a una dura disciplina, antes de que por fin se les permitiera salir al mundo, y siempre con el estigma de haber fracasado, que no es mucho peor que el estigma de “traidores” que se les colgaba en secreto a quienes se largaban “por la puerta trasera”?

El Sodalicio tenía potencial para ser grande y su misión prometía tener alcance universal. La energía y el ímpetu de jóvenes dispuestos a los más grandes sacrificios por seguir a Jesús el Señor, a comprometerse con la Iglesia y a actuar como levadura cristiana de buena calidad en la sociedad estaba presente. Y sinceramente, agradezco por lo que significó esa etapa de mi vida en todo aquello bueno que contribuyó a mi desarrollo personal y por haber significado para mi el inicio del seguimiento de Jesús en el Pueblo de Dios que es la Iglesia. Agradezco por todas las personas buenas que conocí y por las amistades que todavía mantengo. Agradezco por haber despertado en mí inquietudes intelectuales y haberme impulsado a hacer de mi vida una continua búsqueda preñada de una nostalgia entrañable de eternidad. Agradezco por todos los momentos de alegría, de tristeza, de incertidumbre y esperanza compartidos con tantos compañeros en la brega, hayan estado hasta el final en Sodalicio o se hayan ido antes. No obstante todas estas cosas buenas y positivas, lamentablemente los gérmenes de decadencia también estaban presentes e hicieron su labor. 

El Sodalicio se convirtió un cuerpo enfermo aquejado de autoritarismo, verticalismo, anquilosamiento intelectual y espiritual, ceguera histórica, espíritu sectario, aburguesamiento institucional y falta de tolerancia y de libertad. Y ése ha sido el caldo de cultivo donde han germinado los peores abusos.

Parece que la dolencia era terminal, considerando que los síntomas principales de la enfermedad institucional persistieron hasta el final. Y no obstante los intentos de curar al enfermo, lo único que se hizo fue lavarle la cara y darle al sistema una fachada de salud aparente.

En el Sodalicio siguieron creyendo en la existencia de su “carisma fundacional”, ese don que el Espíritu Santo otorga a un fundador de un instituto de vida consagrada para darle una tarea y una orientación, que finalmente se traduce en un beneficio espiritual para la Iglesia. Considerando que el fundador Figari —«mediador de un carisma de origen divino» según la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (carta del 30 de enero de 2017)— era un pecador redomado que podría no haber vivido el carisma, éste habría pasado actualmente a los miembros de la comunidad, lo cual se manifestaría en las obras buenas de las cuales hace gala el Sodalicio.

Sin embargo, ¿qué carisma podría haber tenido un hombre que creó una institución que funcionó como una secta desde sus principios, secuestrando las mentes de jóvenes menores de edad para luego abusar sexualmente de algunos? ¿Qué carisma pueden haber recibido los miembros actuales, que relativizaron la verdad y maltrataron a muchas víctimas desconociendo la veracidad de sus testimonios, además de haber impedido que se conozca todo el alcance de los abusos? ¿Que obras y frutos buenos puede mostrar el Sodalicio, cuando por cada sodálite en actividad que había deben haber varias personas —entre las cuales me cuento yo— que han visto sus vidas afectadas negativamente? ¿Qué carisma puede ser aquel que ha dañado la imagen de la Iglesia católica y ha hecho que muchas personas pierdan su fe religiosa?

Un recuento de quiénes fueron los miembros de aquello que Luis Fernando Figari llamaba “generación fundacional” del Sodalicio, conformada en su mayoría por escolares que terminaban el colegio en el año 1973, nos debería llevar a la misma conclusión. ¿Quiénes estuvieron, además de Germán Doig? Mons. José Antonio Eguren, arzobispo emérito de Piura y Tumbes, quien ha sido expulsado del Sodalicio por el Papa Francisco. El exsodálite Virgilio Levaggi, quien también cuenta con graves acusaciones de abuso sexual. El sacerdote Jaime Baertl, que cometió un abuso sexual sin contacto físico en perjuicio mío cuando yo tenía tan sólo dieciséis años de edad, lo cual ha sido descartado como inverosímil por los representantes del Sodalicio hasta el día de hoy. El sacerdote Emilio Garreaud, quien en el año 2019 fue denunciado por abuso sexual contra un mayor de edad en el Tribunal Eclesiástico Provincial de Costa Rica, denuncia que nunca se investigó a fondo y terminó siendo archivada. El laico consagrado Alfredo Garland y el exsacerdote y exsodálite Alberto Gazzo, quienes han sido señalados por el obispo emérito de la prelatura de Ayaviri y exsodálite Mons. Kay Schmalhausen como sus abusadores sexuales cuando el era aún un adolescente menor de edad (el mismo Schmalhausen cuenta que, ya siendo mayor de edad, abusaron sexualmente de él tanto Figari como Doig). El laico consagrado José Ambrozic, también expulsado del Sodalicio por el Papa Francisco. El laico casado Raúl Guinea, quien colaboró en la administración de los cementerios del Sodalicio, un negocio lucrativo libre de impuestos debido al uso ilegítimo y abusivo del Concordato entre la Santa Sede y el Estado Peruano. Franco Attanasio, quien fuera el primer sodálite casado y luego se separó de la institución, se mudó a los Estados Unidos con su mujer, y que ha sido incluido en el Registro de Agresores Sexuales de Michigan, en virtud de cuatro sentencias por conducta sexual criminal en cuarto grado emitidas en el año 2021. De este grupo sólo se salvan el exsodálite Juan Fernández, quien hizo carrera en la Marina de Guerra del Perú, y el exsacerdote y exsodálite Luis Cappelleti.

¿Quién puede creer aún que una pandilla de abusadores hayan sido portadores de un carisma del Espíritu Santo para bien de toda la Iglesia?

Figari ya ha sido expulsado de la institución que él fundó y el Sodalicio ha sido suprimido. El decreto de supresión hace referencia a la inmoralidad del fundador Figari como indicio de la inexistencia de un carisma fundacional, y por tanto, de la falta de legitimidad eclesial para la existencia de la institución. En otras palabras, ya la Santa Sede ha reconocido oficialmente que Figari no fue guiado por un poder divino, ni es fundador en ningún sentido, ni el Sodalicio era una obra querida por Dios.

Por el bien de la Iglesia y de la humanidad —y por el bien de muchos sodálites de buena voluntad que aún seguían sometidos al sistema ideológico y disciplinario de la institución— el Sodalicio fue condenado a desaparecer.

Este libro busca ser una contribución para ponerle un epitafio a la historia infamante de una institución que fracasó en la misión que decía tener —evangelizar a los jóvenes, evangelizar la cultura y solidarizarse cristianamente con los pobres y marginados— y que funcionó como una secta desde sus inicios, como una moledora de conciencias y destinos humanos, produciendo o bien seres fantasmales cortados todos con una misma tijera, o bien sobrevivientes de una experiencia que deja heridas en el alma y la tarea de una vida entera a rehacer desde sus cimientos, para hacerla auténticamente humana después de las salvajadas a que fue sometida.

Descansa en paz, Sodalicio. Descansa en paz en tu sepulcro y que duermas bien. Por los siglos de los siglos. Amén.

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[El dedo en la llaga] «CitizenGO es un lobby, encuadrado en posiciones ultraconservadoras, constituido en España como fundación en el año 2013 por la asociación HazteOir, que posteriormente se diluyó dentro de la propia CitizenGO. Con sede en España, la plataforma promueve peticiones en oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo, al aborto y la eutanasia en un ámbito internacional».

Así describe actualmente la Wikipedia en español lo que es CitzenGO, organización polémica en su ideología y sus métodos, fundada por el ultraconservador Ignacio Arsuaga.

Más interesante es lo que reseña la Wikipedia en inglés sobre quiénes dirigen y financian esta plataforma:

«The CitizenGO Foundation Board of Trustees is composed of Ignacio Arsuaga, Walter Hintz, Blanca Escobar, Luca Volontè (Unione dei Democratici Cristiani politician), Brian S. Brown (president of the anti-LGBT rights National Organization for Marriage), Gualberto García, Alexey Komov (Russian Representative of the pro-Christian right World Congress of Families, considered a close ally of pro-Vladimir Putin oligarch Konstantin Malofeev), Alejandro Bermudez, and John-Henry Westen».

«El Patronato de la Fundación CitizenGO está compuesto por Ignacio Arsuaga, Walter Hintz, Blanca Escobar, Luca Volontè (político de la Unione dei Democratici Cristiani), Brian S. Brown (presidente de la organización anti derechos LGBT National Organization for Marriage), Gualberto García, Alexei Komov (representante ruso del World Congress of Families, de derecha pro-cristiana, considerado un aliado cercano de Konstantin Malofeev, oligarca pro-Vladimir Putin), Alejandro Bermúdez y John-Henry Westen».

A destacar el nombre de Alejandro Bermúdez, miembro expulsado del Sodalicio de Vida Cristiana y autoproclamado periodista. Wikipedia ha tomado esta información de una fuente del año 2017. Si bien a día de hoy la lista de nombres, según la página web de CitizenGO, es un poco más reducida —Ignacio Arsuaga, Blanca Escobar, Luca Volontè, Brian Brown, Gualberto García y Carlos Polo—, en un artículo publicado en inglés el 24 de enero de 2022 en el portal informativo polaco Reset Obywatelski, “Ordo Iuris and the Kremlin: Evidence presented by Klementyna Suchanow”, se muestra que el nombre de Bermúdez seguía apareciendo en la versión en polaco de la web de CitizenGO, junto al nombre de Alexei Komov.

La presencia de Alexei Komov no es casualidad. Se le considera el embajador del Kremlin entre los fundamentalistas. Es hijo de un exoficial de la KGB, el servicio secreto soviético. Komov padre trabajó encubierto como periodista en Los Angeles (es decir, en Hollywood). Más tarde, la URSS le asignó misiones en Londres y La Habana.

Su hijo, Alexei Komov, es cercano a figuras clave de los movimientos nacionalistas y fundamentalistas en Europa, especialmente en Italia. En diciembre de 2013 participó en un congreso de la Lega Nord (Liga Norte), cuando este grupo separatista radical renunció a su separatismo para transformarse en un partido político nacional italiano. Luego se reveló que Putin financió a la Lega. Un escándalo similar ocurrió en Francia, donde se descubrió que el jefe de Komov, Konstantin Malofeev, “prestó” grandes sumas de dinero al partido ultraderechista Front National de Marine Le Pen. Además, Alexei Komov participó en las actividades de Agenda Europe, una organización coordinadora europea de más de 100 organizaciones que presenta el matrimonio homosexual, los derechos trans, la libertad reproductiva y los esfuerzos contra la discriminación LGBTQI como ataques al cristianismo y busca promover posiciones extremistas conservadoras.

Komov no sólo ha estado en las juntas directivas del World Congress of Families (WCF) —organización estadounidense que promueve internacionalmente valores e ideas del cristianismo conservador— y CitizenGO, sino que también contribuyó a crear esta última plataforma desde sus inicios. Esta relación data de 2012, cuando el congreso del WCF fue organizado por Ignacio Arsuaga, director de HazteOir, en Madrid. La representación rusa fue fuerte en ese evento, encabezada por Natalia Yakunina y Alexei Komov. Inmediatamente después, Arsuaga tuvo la idea de fundar una plataforma de peticiones que promoviera acciones en defensa de los valores cristianos y en contra de “innovaciones” como el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto y la eutanasia. Sin embargo, no tenía dinero y estaba buscando patrocinadores. Fue entonces cuando los rusos entraron en escena. 

Menos de un mes después, una descripción del proyecto llamado CitizenGO fue enviada por Arsuaga no a Komov, sino a su jefe, el oligarca ruso Malofeev. Arsuaga proponía que el ruso ayudara a financiar el proyecto CitizenGO. Solicitaba 100,000 euros, tal como consta en un memorando del 23 de marzo de 2013. Gracias a los hackers del grupo ACAB Gang, quienes irrumpieron en la computadora del presidente de las organizaciones españolas HazteOir y CitizenGO a finales de 2016 o principios de 2017, accediendo a unos 17,000 documentos, tenemos confirmación de una transferencia de esa suma de Malofeev a Arsuaga. Estos documentos, publicados en el verano de 2021 por Wikileaks, incluyen acuerdos, transferencias, invitaciones, cartas, planes estratégicos y memorandos que arrojan nueva luz sobre toda la relación de la internacional conservadora con la Rusia de Putin. El mismo Ignacio Arsuaga confirmó la autenticidad de los documentos publicados por Wikileaks. Entre ellos se encuentra un acuerdo entre CitizenGO y la Fundación San Basilio el Grande, dirigida por Malofeev, por 100,000 euros.

La suma de 100,000 euros se destinaría a las actividades de CitizenGO «que promueven los derechos humanos y protegen los valores de libertad, democracia y tolerancia frente a los abusos y ataques a los que están sometidos a nivel internacional, mediante el lanzamiento de una plataforma web para campañas pro-vida y pro-familia de naturaleza global». El acuerdo también establecía que CitizenGO “asistirá” a la fundación de Malofeev en el aumento de «su base de apoyo social para lograr los objetivos que comparten ambas entidades». Además, se aseguró la capacidad de influir en CitizenGO con la cláusula de que la fundación de Malofeev «se unirá al órgano de gobierno (Patronato) de la Fundación CitizenGO». Esto ocurrió precisamente con la persona de Komov, quien se convirtió en miembro de la junta directiva de la organización tras la firma del acuerdo.

Es muy difícil que Alejandro Bermúdez no haya tenido conocimiento de todo esto. Perteneció al Patronato de Citizen GO durante años, al igual que Carlos Polo Samaniego, director de la oficina para América Latina del Population Research Institute (PRI), otra organización ultracatólica que se opone al aborto y a toda política y estrategia que promueva la anticoncepción. Polo es además amigo muy cercano de Bermúdez y participó también del Movimiento de Vida Cristiana, otra de las instituciones fundadas por Luis Fernando Figari que, al igual que el Sodalicio, fue suprimida por orden del Papa Francisco.

En esencia, CitizenGO ha operado como un “clon” del World Congress of Families, sirviendo como un instrumento para difundir valores conservadores y anti-progresistas que coincidían con los objetivos más amplios de Rusia para desestabilizar las estructuras democráticas occidentales y debilitar la unidad europea. Esto subraya el papel de estas organizaciones en una lucha geopolítica más grande, con implicaciones que van mucho más allá de sus supuestas metas de protección de la familia y de las libertades religiosas.

El World Congress of Families, Agenda Europe, CitizenGO, Ordo Iuris y muchos otros: todos son elementos de una máquina fundamentalista, alimentada por el Kremlin, que se solapan entre sí. Todas las organizaciones mencionadas anteriormente comenzaron a estar intensamente activas alrededor del mismo tiempo. Es decir, entre 2012 y 2013, cuando la posición de Putin comenzó a decaer. El dictador ruso decidió entonces contraatacar a sus oponentes occidentales. La presencia de oligarcas y activistas rusos como patrocinadores y animadores de la máquina indica que el Kremlin decidió aprovechar esta oportunidad para infiltrar a los radicales religiosos occidentales.

¿Para qué lo necesitaría el Kremlin? Para apoderarse de gobiernos en Europa, o al menos para llevar a Occidente al borde de una guerra religiosa e ideológica. Notemos que en esa misma época Putin se proclamó líder de los conservadores y defensor de los “valores cristianos”. Por supuesto, a Putin no le importa el amor evangélico hacia el prójimo. Al igual que en los tiempos del comunismo soviético, este tipo de ideología sería sólo una tapadera para realizar objetivos geopolíticos imperialistas. El Kremlin planea cumplir estos objetivos con la ayuda de una Internacional, modelada según la de la era comunista, pero representando esta vez el fascismo y el fundamentalismo.

¿De qué objetivos geopolíticos estamos hablando?

 • Levantar las sanciones impuestas a los dignatarios de la Federación Rusa por atacar Ucrania.

 • Debilitar y desintegrar la Unión Europea.

 • Debilitar y desintegrar la OTAN.

La primacía de la ley nacional sobre la ley internacional que predican los fundamentalistas es una norma añadida a la constitución rusa por Putin, defensor de una democracia de fachada. Una idea similar está tomando fuerza en Estados Unidos y en varios países europeos y latinoamericanos. Confiamos en que todo esto salga a la luz y algún día el conservadurismo sea asociado con la traición a los derechos humanos fundamentales y la sumisión al Kremlin.

Mientras tanto, hay que añadir que no sería la primera vez que Alejandro Bermúdez se sitúa en un entorno ultraconservador apoyando agendas políticas cuestionables de características clandestinas. Me constan las vinculaciones que tuvo el Sodalido desde la década de los 70 con la Organización Nacional del Yunque, organización secreta paramilitar, ultracatólica y de extrema derecha de origen mexicano y de alcance internacional. ¿Qué tipo de colaboración hubo con Manuel Díaz Cid y Federico Müggenburg —a quienes conocí personalmente—, yunquistas de las primeras generaciones y amigos cercanos de los sodálites Virgilio Levaggi y Alfredo Garland (primer y segundo director de ACI – Agencia Católica de Informaciones respectivamente), de Luis Fernando Figari (fundador del Sodalicio de Vida Cristiana), de Germán Doig (vicario general del Sodalicio hasta su muerte prematura) y también de Bermúdez, quien tomaría la posta de ACI en el año 1987? El mismo Díaz Cid, ya fallecido, reconoció públicamente que perteneció al Yunque hasta 1998, cuando decidió salir de la organización por discrepancias ideológicas y por desacuerdo con sus formas de actuar. No nos consta que Bermúdez haya sabido con anterioridad de la pertenencia al Yunque de estos dos personajes, que siempre se presentaban como miembros de organizaciones de fachada, así como tampoco considero probable ni verosímil que Bermúdez pertenezca al Yunque. Más aún, ni siquiera el historiador español Santiago Mata, en un artículo en Aleteia del 18 de febrero de 2015, ha afirmado que Alejandro Bermúdez pertenezca al Yunque, sino que lo incluyó en una lista de personas y entidades favorables de una u otra manera al Yunque. Como dijo el mismo Mata, «que estén aquí no significa que sean del Yunque, pero sí que conocen su existencia y lo apoyan y justifican».

El mismo Bermúdez respondió al respecto en su podcast Punto de Vista del 20 de febrero de 2015:

«Yo pertenezco al Sodalicio de Vida Cristiana. ¿De dónde voy a pertenecer al Yunque? ¿Para qué voy a pertenecer a una organización secreta que se dedica supuestamente a hacer lo que yo hago públicamente? ¿Qué razón tendría para estar en una organización secreta cuándo en esa organización secreta no haría más ni mejor que lo que ya estoy haciendo a vista y paciencia de todo el mundo?»

Lo interesante de estas declaraciones es que Bermúdez admitió que hay coincidencia entre lo que él hacía públicamente y lo que hace el Yunque. No extraña, pues, que suelte la siguiente afirmación: «¿Cómo una persona supuestamente inteligente piensa que el Yunque es un problema?»

Así como el Yunque se ha dedicado a manipular desde dentro ciertas organizaciones de ideario católico tradicional, a fin de generar impacto en la sociedad copando parcelas de poder político e influencia mediática, de manera similar Alejandro Bermúdez, partiendo de los mismos principios ideológicos y coincidiendo en los objetivos, se ha dedicado a manipular la información sobre la Iglesia y el mundo a fin de impulsar su agenda ideológica y su peculiar manera de entender el catolicismo, que en varios aspectos difiere de la nueva perspectiva más acorde con los Evangelios que ha buscado aplicar el Papa Francisco. Por eso no debería sorprendernos que Bermúdez haya apoyado todas las iniciativas que presenten indicios de estar infiltradas por miembros del Yunque —como las plataformas de Ignacio Arsuaga— o que aprueben los medios y fines de esta sociedad secreta. Al igual que en los últimos tiempos, consciente o no de ello, habría estado apoyando la ofensiva ideológica y la agenda política del Kremlin.

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[El dedo en la llaga] Nadie puede ser discriminado por su origen, religión, género u orientación sexual. Es un principio básico de toda democracia auténtica, también en Alemania. Sin embargo, la realidad en las calles alemanas es diferente para muchas minorías, sobre todo para musulmanes, que han estado enfrentando un aumento de hostilidades durante años. Según datos de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea de 2024, el 68% ha experimentado discriminación racial.

Hoy, lunes 17 de marzo de 2025, se pondrá en marcha en el estado federado de Renania del Norte-Westfalia una oficina estatal dedicada exclusivamente a acoger denuncias por racismo contra musulmanes, la primera de su género en todo el país. Se ha invertido más de 375,000 euros en este proyecto.

Se trata de una medida importante, pues la policía no cuenta con un sistema unificado para registrar incidentes de racismo antimusulmán, considerando que las víctimas no son discriminadas sólo por su religión sino principalmente por su fisionomía étnica. En los informes del Ministerio del Interior federal todavía se utiliza el término “islamofobia”. Con esto, en primer lugar, se hace referencia a un motivo basado en la afiliación religiosa. En consecuencia, los casos sin una connotación religiosa visible quedan fuera del registro y sólo se consideran los delitos de relevancia penal.

Por lo general, la discriminación se dirige contra individuos, y en la mayoría de los casos, contra mujeres. Los 1,926 casos documentados en el año 2024 representan sólo la punta del iceberg, ya que muchos incidentes no se denuncian. En muchos casos, el racismo ya se ha normalizado o las personas desconocen sus derechos. Además, muchas víctimas no acuden a la policía por miedo y por falta de confianza en las autoridades públicas o en las instituciones. He aquí algunos incidentes antimusulmanes típicos en Alemania: insultos en plena calle, velos arrancados por la fuerza a las mujeres, o que un hombre sea llamado terrorista e incluso agredido físicamente.

Parece que el racismo no sólo existe a nivel individual y de manera marginal, sino que también está estructural e institucionalmente arraigado en la sociedad alemana. Una muestra de ello es la diferencia en el trato mediático cuando ocurre un atentado con múltiples víctimas, muy diferente dependiendo de si el autor del atentado es un migrante musulmán o un ciudadano nativo de nacionalidad alemana.

Ocurrió en Mannheim, ciudad situada a unos 15 km de dónde resido actualmente, en la céntrica Plaza del Mercado (Marktplatz). El 31 de mayo de 2024 un migrante afgano residente en Alemania, de 29 años de edad, intentó apuñalar a Michael Stürzenberger, presidente de la filial bávara del movimiento de extrema derecha Pax Europa, conocido por su postura islamófoba. En el transcurso del atentado un policía fue herido de muerte en la cabeza. Además, sufrieran heridas Stürzenberger y otras cuatro personas que se interpusieron en el camino del autor del atentado. Inmediatamente se habló de una motivación política del hecho, el autor fue señalado como un presunto terrorista y los grupos de extrema derecha aprovecharon la ocasión para mostrar su alarma sobre los supuestos peligros de la migración musulmana. Lo que la mayoría de los medios pasaron por alto es que dos de los heridos que intentaron detener al afgano también tenían un trasfondo migratorio: un musulmán nacionalizado alemán proveniente de Kazajistán y un cristiano arameo de Irak.

En cambio, un trágico incidente reciente, ocurrido el lunes 3 de marzo de 2025 también en Mannheim, tuvo otra connotación. Un ciudadano alemán residente de Ludwigshafen, de 40 años edad, condujo un automóvil Ford Fiesta a toda velocidad en la zona peatonal, matando a dos personas e hiriendo a otras catorce.

Los investigadores inicialmente determinaron que el atentado no tenía un trasfondo político. En cambio, señalaron que existían indicios concretos de que el detenido padecía una enfermedad mental. Sin embargo, según el grupo de investigación antifascista Exif, también hay indicios de que el hombre de 40 años estuvo políticamente activo en el pasado, dentro de la escena de extrema derecha. Según estas informaciones, hay fotografías que lo muestran participando en una marcha de extremistas de derecha y Reichsbürger (Ciudadanos del Reich, grupo de extrema de derecha que le niega toda legitimidad a la República Alemana) en octubre de 2018 en Berlín. En aquel entonces, alrededor de 1,300 personas se sumaron a la manifestación organizada por la alianza “Wir für Deutschland” (“Nosotros por Alemania”), poco después de los disturbios de extrema derecha en Chemnitz (Sajonia).

Sin embargo, la Fiscalía de Mannheim subrayó que, «según el estado actual de las investigaciones, no hay indicios de que el acto en cuestión tuviera un motivo extremista o político». También señaló que estaban al tanto de los vínculos del autor del atentado con el entorno de extrema derecha en 2018. Añadió que, en cambio, basándose en un extenso historial médico y en «numerosos testimonios que se corroboran entre sí», se presumía que el sujeto padece una enfermedad mental «desde hace muchos año»”. Había recibido tratamiento psiquiátrico de forma regular, incluso siendo hospitalizado el año pasado. Según el diario Bild, en aquel momento el sujeto acudió a un hospital en Ludwigshafen afirmando que planeaba rociarse con gasolina y prenderse fuego.

Que el centro de Mannheim, donde ocurrió el atentado , suele estar lleno de personas de distintas nacionalidades con trasfondo migratorio tampoco parece ser relevante para la Fiscalía, ni tampoco para los medios. Ni tampoco que el día elegido por el autor del atentado haya sido el lunes de carnaval, cuando las calles de las principales ciudades de la cuenca del Rin suelen estar repletas de gente.

Parecería que hay un doble rasero para catalogar a los autores de atentados. Si es un migrante musulmán, se sospecha de una motivación política y se califica el atentado como un acto terrorista. Pero si el autor del atentado es alemán nativo, entonces se presume en él un trastorno psiquiátrico. ¡Como no! Un alemán en todos sus cabales sería incapaz de cometer semejante atrocidad. Y aunque haya indicios y evidencias, se descarta de antemano una motivación política. Como si el odio contra seres humanos con trasfondo migratorio fuera algo accidental que no tendría mayor influjo sobre las decisiones criminales que toma un ciudadano alemán, sobre todo cuando decide enfilarse contra la multitud en el centro de una ciudad multicultural como es Mannheim.

Otro dato relevante del caso es que quien impidió que este sujeto hiciera más daño fue un migrante musulmán nacionalizado alemán, el taxista Afzal Muhammad, de 44 años, natural de Pakistán. Al ver pasar el Ford Fiesta a toda velocidad, se subió a su taxi y emprendió la persecución, hasta que pudo interponerse en el camino del automóvil usado como arma asesina y evitar que siga avanzando. El sujeto tuvo que bajarse del auto y le disparó al taxista con una pistola de fogueo, dándose luego a la fuga. Muhammad salió ileso del incidente, pero tuvo que ser internado porque cayó en estado de shock y tuvo problemas respiratorios debido a la excitación nerviosa del momento. El sujeto, en cambio, fue detenido en la zona portuaria de Mannheim por la policía, después de herirse él mismo en la boca con la pistola de fogueo, por lo cual también tuvo que ser hospitalizado.

Dos días después Afzal Muhammad fue honrado en la municipalidad por el alcalde, Christian Specht, como “el héroe de Mannheim”. Éstas fueron las palabras del taxista: «No me veo como un héroe. Soy un simple padre de familia, un taxista, un musulmán, un habitante de Mannheim, un ciudadano alemán». ¿Por qué había hecho lo que hizo, poniéndose él mismo en riesgo? Llevándose lentamente la mano al pecho, replicó: «Mi corazón. No puedo soportar cuando las personas mueren. Eso me duele en el corazón. Soy musulmán, ésa es mi labor». Se había guiado por un principio fundamental del Corán: «Quien salva una vida es como si salvase a toda la humanidad».

Hace unos 90 años la sociedad alemana, siguiendo los dictados de un fanático extremista como Adolf Hitler, estigmatizó a los judíos, con las trágicas consecuencias que ya conocemos. Hoy en día, quienes son estigmatizados con frecuencia, en base a absurdas teorías de la conspiración, son los migrantes musulmanes. Si bien es difícil que se llegue a los extremos de hace décadas, es necesario tomar medidas para que la discriminación, sea cual sea, no vuelva a repetirse.

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[El dedo en la llaga]  El 14 de febrero de 2025, en el marco de la Conferencia de Seguridad realizada en Múnich (Alemania), el actual vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, lanzó un discurso criticando a las democracias europeas sobre todo por haber permitido una migración masiva y limitar la libertad de expresión de sus ciudadanos. En sus propias palabras, «la amenaza que más me preocupa en Europa no es Rusia, no es China, no es ningún otro actor externo. Y lo que me preocupa es la amenaza desde dentro: el retroceso de Europa en algunos de sus valores más fundamentales. Valores compartidos con los Estados Unidos».

Lo paradójico del asunto es que las críticas provienen de una autoridad política de un país (Estados Unidos) que ocupa el puesto 29 en el Índice de Democracia 2024 de la revista The Economist —siendo catalogado como una democracia deficiente—, mientras que Alemania, país anfitrión de la Conferencia de Seguridad, ocupa actualmente el puesto 13 y es considerado una democracia plena. Es algo así como que el discípulo le quiera enseñar algo al maestro, escueleándolo con arrogancia. Porque este último ingrediente, compartido por quienes tiene la sartén por el mango en la administración Trump, no suele faltar en las intervenciones de esa cúpula ultraderechista y conservadora, como se evidenció recientemente —el viernes 28 de febrero— en las conversaciones públicas de Donald Trump y JD Vance con el presidente de Ucrania Volodímir Zelenski en la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Regresando a Múnich, esto es lo que dijo JD Vance sobre el tema de la libertad de expresión:

«Me temo que la libertad de expresión está retrocediendo. Y, queridos amigos, en aras del humor, pero también de la verdad, estaré dispuesto a admitir que, a veces, las voces más fuertes a favor de la censura no provienen de Europa, sino de mi propio país, donde la administración anterior amenazó e intimidó a las redes sociales para que censuraran lo que ella llamaba desinformación. Desinformación, como por ejemplo la idea de que el coronavirus probablemente se había escapado de un laboratorio en China. Nuestro propio gobierno animó a las empresas privadas a silenciar a las personas que se atrevían a decir lo que resultó ser una verdad evidente».

Parece que JD Vance considera la libertad de expresión como un derecho absoluto, cuando en realidad en todas las legislaciones de países democráticos —incluso en los Estados Unidos— está sujeta a ciertas limitaciones. En muchos países se imponen restricciones cuando ciertas personas se amparan en la libertad de expresión para difamar, incitar al odio, a la violencia o para afectar derechos de terceros, entre ellos el derecho a la privacidad, sobre todo cuando ésta carece de todo interés público.

La desinformación atenta contra el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad, pues niega o tergiversa hechos que han sido debidamente probados o corroborados. O determina hechos basándose en supuestos o creencias sin contar con ninguna evidencia anclada en la realidad. Como la misma afirmación que hace JD Vance de que el coronavirus se originó en un laboratorio en China, lo cual no sólo nunca ha sido demostrado ni corroborado, sino que resulta altamente improbable.

En el ámbito periodístico, cuando se presentan noticias existe la obligación de enfocarse en la objetividad y en la presentación de hechos verificables. Pero cuando se trata de opiniones, se trata de interpretaciones subjetivas, análisis, suposiciones sobre aquello que aún no se sabe o no ha sido debidamente aclarado, y en esto se goza de libertad plena. Siempre habrán opiniones distintas y alternativas. Peo lo que no puede haber son hechos alternativos, donde se presenta una narrativa distinta a hechos debidamente corroborados, simplemente porque no se ajustan a la propia ideología. Parece que se quisiera aplicar lo que decía el filósofo inglés John Locke (1632-1704), uno de los padres del liberalismo clásico: «si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad». La desinformación no puede tener carta libre en una sociedad democrática, pues atenta contra el derecho a saber la verdad.

Ignorando no sólo este principio sino también las legislaciones de países democráticos al respecto, JD Vance prosigue:

«Y creo que, en el fondo, permitir que nuestros ciudadanos expresen su opinión los hará aún más fuertes. 

Lo que, por supuesto, nos lleva de vuelta a Múnich, donde los organizadores de esta conferencia prohibieron a los legisladores que representan a los partidos populistas de izquierda y derecha participar en estas conversaciones.

Ahora bien, tampoco estamos obligados a estar de acuerdo con todo o parte de lo que dicen las personas, pero cuando las personas, cuando los líderes políticos representan a un distrito importante, al menos tenemos la responsabilidad de dialogar con ellos. Sin embargo, para muchos de nosotros, al otro lado del Atlántico, todo esto se parece cada vez más a viejos intereses bien establecidos que se esconden detrás de palabras horribles de la era soviética como desinformación y mala información, y que simplemente no les gusta la idea de que alguien con un punto de vista diferente pueda expresar una opinión distinta o, Dios no lo quiera, votar de manera diferente o, peor aún, ganar una elección».

JD Vance parece estar aquí defendiendo la libertad de expresión que ejerció Adolf Hitler, cuando le echaba la culpa a los judíos de los males que sufría Alemania, sin ningún sustento en la realidad. Hitler era un maestro de la desinformación, y basándose sobre ella fomentó el odio contra grupos determinados de la sociedad alemana de la época, no sólo contra los judíos, sino también contra los gitanos, los comunistas, los homosexuales y los discapacitados.

En la Alemania contemporánea, la negativa a colaborar con partidos populistas —como, por ejemplo, la Alternativa para Alemania— se justifica en el rechazo a discursos que fomentan el odio y el desprecio hacia determinadas minorías, los cuales constituyen delito. Atribuirle a la migración la crisis económica o el aumento de la delincuencia no condice con los datos que manejan los expertos. Más bien, la migración ha contribuido a que Alemania mantenga cierto nivel económico, siendo las causas de la crisis otras distintas, causas que no ha sabido enfrentar adecuadamente el gobierno del saliente canciller Olaf Scholz. La libertad de expresión no debe tolerar que se busque un chivo expiatorio y se fomente el odio contra migrantes —muchos de ellos musulmanes— sólo por no encajar con el perfil de “lo alemán”, entelequia ideológica de los partidarios de la ultraderecha, similar en muchos puntos al concepto de “lo ario” que manejaba el nazismo.

Eso nos recuerda la paradoja de la tolerancia que planteaba el filósofo austriaco-británico Karl Popper (1902-1994) en el año 1945:

«La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes».

JD Vance termina su discurso de la siguiente manera:

«Creer en la democracia es comprender que cada uno de nuestros ciudadanos tiene sabiduría y voz. Y si nos negamos a escuchar esa voz, incluso nuestras luchas más fructíferas no llegarán a ninguna parte. Como dijo una vez el papa Juan Pablo II, que en mi opinión es uno de los mayores defensores de la democracia en este continente y en cualquier otro, no tengan miedo. No debemos tener miedo de nuestro pueblo, incluso cuando expresa opiniones que no están de acuerdo con sus líderes».

Coherente con su incoherencia, el vicepresidente estadounidense culmina su discurso con información falsa, pues el tema de la democracia apenas aparece en los discursos de Juan Pablo II y durante su pontificado se aprobó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde la palabra “democracia” brilla por su ausencia.

Y si bien es preocupante el avance de la extrema derecha en Alemania, en una cosa le doy la razón a JD Vance. El domingo 23 de febrero el pueblo alemán expresó su voluntad en las urnas. Y cerca del 80% de los votantes le dieron la espalda a la ultraderechista Alternativa para Alemania.

[El dedo en la llaga] El MVC, o Movimiento de Vida Cristiana, fundado en 1985 por Luis Fernando Figari y aprobado en 1994 como asociación internacional de fieles de derecho pontificio por el ahora extinto Pontificio Consejo para los Laicos. Desde septiembre de 2016 hasta su supresión en enero de 2025, el MVC dependió del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. De las asociaciones fundadas por Luis Fernando Figari, todas ellas suprimidas por la Santa Sede por falta de carisma fundacional, el MVC era la más numerosa, pues para pertenecer al MVC el único requisito era participar de sus actividades, repartidas en diferentes grupos asociados: Agrupaciones Marianas, Familia de Nazaret (para parejas de esposos), Betania (para mujeres adultas), Emaús (para varones adultos), Simeón y Ana (para personas de edad avanzada), iniciativas de acción social como Solidaridad en Marcha,  Pan para mi Hermano, Christ in the City, y otras asociaciones diversas.

Poco se ha sabido de abusos cometidos en el MVC, pues durante un tiempo, después de la publicación del libro reportaje “Mitad monjes, mitad soldados” de Pedro Salinas y Paola Ugaz en octubre de 2015, se creyó que los abusos se restringían al Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica integrada por laicos consagrados y sacerdotes que vivían en comunidades pequeñas. Sin embargo, en febrero de 2016 me llegó el testimonio de un exmiembro del MVC, que detallaba abusos cometidos en su mayoría por emevecistas. La víctima no quería en ese momento perjudicar al MVC haciendo público su testimonio, no obstante los abusos sufridos. Pero dado que el MVC ha sido suprimido junto con el Sodalicio de Vida Cristiana, ese reparo carece actualmente de objeto. Se respeta el deseo de la víctima, proveniente de un estrato social de clase media baja, de permanecer anónima. Asimismo, para evitar que se la identifique, se han cambiado los nombres de la mayoría de las personas implicadas en esta historia. Los lugares mencionados son todos localidades ubicadas dentro de Lima metropolitana. 

* * *

Tuve una gran excusa, en mi caso, para no adquirir el libro “Mitad monjes, mitad soldados”: la cuestión económica. Además —esto era lo más importante—, consideraba que lo “poco” revelado del libro en los medios me bastaba para iniciar y culminar un proceso de sanación interior. Pero casualmente lo vi en Lince en versión pirata y creo que también, por la vergüenza de verlo expuesto, lo adquirí. Mis disculpas a Pedro Salinas y a todos los implicados en la edición.

Todos los testimonios apuntan a lo mismo. Incluso el único testimonio positivo trata de un sistema que procuró el sometimiento, que atentó contra la libertad, hizo daño y perjudicó en el tiempo la vida de muchas personas, siendo las primeras víctimas los mismos miembros. Y aunque hubo diferencias respecto al MVC, ¿acaso no hubo también victimas allí?

En 1994, cuando yo 15 años de edad y ya tenía dos años de agrupado mariano, conocí en la Urbanización Apolo al P. Antonio Santarsiero, quien llegaría a ser obispo de Huacho, en ese entonces rector del seminario “Casa de San José”. Yo iba a rezar de vez en cuando a la capilla que tenían allí. Él conocía a Germán Doig. Conversamos varias veces, incluso me propuso crear una agrupación con los acólitos (menores que yo), además de ver lo de mi vocación religiosa, pues desde niño he tenido una inquietud religiosa, y no sabría decir si en ese entonces era por una cuestión intelectual, espiritual o quizá psicológica, ya que no he vivido con mi padre y siempre esperaba que regresara a casa.

En esa época yo iba al Centro Apostólico San Juan Apóstol en La Victoria. Emocionado por lo de formar una agrupación, se lo comenté a César Salazar y él, a su vez, a Humberto del Castillo, quien opinó que no era algo prudente. César me lo dijo y asumí que tenía que dejar las cosas tal como estaban. No volví a ir a la capilla. Antes busqué a JQ, quien hacía poco había dejado de ser mi animador, y le conté sobre el P. Santarsiero y lo de mi inquietud religiosa. Me dijo que yo era muy joven y que no me preocupara todavía.

Mi primer animador estuvo discerniendo tres años en una “casa” para ser consagrado emevecista o sodálite. Cabe mencionar que no era ni blanco, ni alto ni tenía plata. Mis referentes eran también Miguel Saravia, Santiago Garcés y Francisco Almonte, el primero por ser alguien cercano, el segundo por ser radical y el tercero, porque me parecía místico. Por lo mismo, yo quería ser consagrado del MVC, sin saber que en realidad las cosas no estaban definidas. Esperaba con ansias terminar la educación secundaria y empezar a discernir en aquellas “casas”.

En 1996, ya con 17 años le comunico a LFLL, mi animador en ese tiempo, que quería discernir. Se alegró, se lo comunicó supongo que a VP, quien quería que yo fuera sodálite, y fue éste último, no mi animador, quien me dijo que la instancia en el MVC para el tema de discernimiento era Miguel Saravia. Yo esperaba un cambio de grupo, no porque quisiera separarme de mis hermanos de agrupación, sino porque me parecía lo adecuado, pues ninguno más quería renunciar a ser casado, por decirlo de algún modo, y después ir a vivir a una de esas “casas”.

Empecé a conversar con Miguel. Al año siguiente ingresé al Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC) para ser profesor de religión. También empiezo a hacer apostolado, primero en la parroquia y luego en un barrio. Es allí donde me presentan a quien ahora es mi esposa. Pasados unos meses, nos hicimos enamorados. Yo lo veía como algo también querido por Dios, pues sólo conversaba con Miguel y me encontré con ella haciendo apostolado.

Sucedió que hubo en mi casa un problema grave y mi madre ya no pudo seguir ayudándome a pagar las pensiones del ISPEC, de modo que tuve que retirarme. José Pablo del Nogal, quien era entonces mi nuevo animador, iba a vender libros de la editorial Vida y Espiritualidad (VE) al ISPEC. Al enterarse de mi salida, habla con Alan Patroni, quien entonces era director del instituto, y éste ofrece ayudarme. Yo tenía buenas notas y también era delegado del salón, y creo que le caía bien a la Hna. Julia, directora de estudios del ISPEC. José Pablo del Nogal me avisa y me dice que regrese y vaya al ISPEC, Alan Patroni incluso era mi profesor. Al tercer día me llama la secretaria donde la Hna. Julia y ésta me reclama gritándome que por qué estaba allí si yo mismo había pedido mi retiro (pues fue a ella a quien le había contado del grave problema en mi casa) y además que quién se cree el sodali (así llamaba a los sodálites y José Pablo del Nogal usaba barba [aunque era sólo emevecista]), que aquí mando yo y ni siquiera el cardenal se puede meter. Sorprendido y triste, me retiré. Se lo conté a José Pablo y se molestó, así que volví otro día a hablar con el mismo Patroni. Él, con un poco de vergüenza o malestar, me dijo que no podía hacer nada y que las cosas dependían de la Hna. Julia. José Pablo le dijo a todos los de mi agrupación que yo era un quedado, que la monja me puso mala cara y que yo me fui. Esta fue la primera vez de muchas que él manifestó un prejuicio hacia mí.

Al poco tiempo me encuentro con el P. Santarsiero en la parroquia. Habían pasado tres años desde nuestra ultima conversación. Así que en la sacristía, después de Misa, nos pusimos a conversar y me da trabajo en el seminario. Tuve una fuerte experiencia de oración, pues el trato era que me presentara una hora antes para rezar. Le conté lo del ISPEC y también que tenía enamorada. Conversé mucho con él y otra vez me propuso lo del discernimiento. Yo no sabía qué decidir, qué hacer y se lo preguntaba a Dios. ¿Y el MVC? Porque yo creía que Él me había llamado al Movimiento. Y así pasaron los días y algunas semanas, hasta que decidí terminar con mi enamorada y luego conversar con mi animador José Pablo. Éste me dijo que el Padre me estaba manipulando, ofreciéndome cosas y que tú te tienes que quedar con nosotros, que Dios te ha llamado aquí, etcétera, etcétera. Así que el Padre era el malo de la película, e incluso le envié una carta perdonándolo por haberme manipulado.

José Pablo no se lo consultó a nadie, lo decidió en el momento en el que nos encontramos. El Padre fue prudente al decirme lo siguiente: “Si no es tu vocación, aquí lo vas a descubrir y el estudio te va a quedar. Si estudias bien, también podrías ir a Italia”. Incluso después de contarle de la grave situación de mi casa, hizo a un lado su propuesta inicial y me dijo con cierta pena y empatía: “Conozco al embajador… puedes viajar a Italia, trabajar y ayudar a tu familia”. A decir verdad, no le puse atención a esto, pues mi prioridad era saber dónde quería Dios que me quedara. Cuando el Padre me acompañó a mi casa para conversar con mi madre, no la encontramos. Ahora que recuerdo, en el MVC a mí jamás me preguntaron ni siquiera de refilón por mi familia.

De modo que dejé al Padre y seguí en el MVC. No regresé durante casi dos meses con mi chica y en aquel tiempo —antes de regresar con ella— las cosas siguieron igual: esperé a que me dijeran que converse con un sacerdote sodálite o algún consagrado, o que pasara a algún grupo de discernimiento, y nada. Regresé con ella y decidí formarme para el matrimonio. Así que busqué material para estudiarlo y a ella busqué involucrarla en el MVC, pero no se sentía a gusto, de modo que se dedicó a la parroquia. Ella me llevó algunas veces a la casa que las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta tienen en La Parada. Con Óscar Alvarado fui varias veces al Hospital del Niño.

Lo que encontré fueron los folletos que editó VE [Vida y Espiritualidad] con la Conferencia Episcopal Peruana. El de Luis Fernando Figari se agotó. Aún así lo pude leer, al igual que el de Pedro Morandé, y lo que fue para mí como el descubrimiento del fuego por el tema de la fenomenología (que me acompaña hasta el día de hoy pero ésa es otra historia) fue el folleto de Alfredo García Quesada. Por decirlo de alguna manera, consideraban las cosas desde la cúspide de la estructura humana sin considerar la afectividad y sus reacciones, así como la sensualidad y la necesaria y posible reorientación de estas dos esferas de las que también se compone el hombre. A pesar de mi esfuerzo, considerando todo lo que un emevecista normalmente hacía, no pude evitar las reacciones. Más aún cuando lo único que había aprendido o recibido respecto al tema se reducía a “la guerra contra la lujuria la ganan los cobardes, los que huyen”. No me excuso, pero también estaba el desconcierto y el voluntarismo, el no saber qué hacer, pues sí nos queríamos, hubo amor entre nosotros (yo y mi enamorada) en todas sus dimensiones. Rezar más, leer más, más ejercicio…. Después de más de un año, pasó lo que no quería.

Luego de aquella primera experiencia busqué a VP. Su comentario al verme y escucharme sobre lo sucedido fue: “Tranquilo, mis hermanos le dan duro”. Si bien yo le tenía respeto a aquella agrupación mayor, lo que me dijo no redujo para nada mi turbación y sentimiento de culpa. José Pablo del Nogal, cuando se enteró, me dijo: “¡Ah, ya te la cachaste!” Me puso un ultimátum. “Si vuelve a pasar, la dejas”. Miguel Saravia no estaba de acuerdo con esto último, pero me dijo algo aún más perturbador: “Tienes que entender que las relaciones sexuales entre los no casados es una especie de masturbación de a dos”.

Fue en el año 1999 cuando se creó el Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación [bajo gestión del Sodalicio de Vida Cristiana]. Allí me encontraba, el mejor año de mi vida en cuánto al estudio, cuando José Pablo me planteó: “O la dejas, o te vas”. Para sorpresa de todos, me fui por primera vez de la agrupación. Pensé: “Otra vez no le voy a hacer caso”, creyendo también que iba a poder solo con un problema que no sabía como resolver. Y de repente ocurrió lo del embarazo.

A aquellos que me trataron con indiferencia o rencor, que me cerraron puertas y me juzgaron, empezando por mis hermanos de agrupación, que luego ante situaciones similares lograron evitar los embarazos, pues la prudencia tuvo forma de condones y pastillas, los seguí estimando y respetando.

Durante varios años pedí apoyo moral para casarme y se me decía que no. Muchas veces se me presentaba el siguiente dialogo con mi enamorada:

Ella: Tú me amas.

Yo: Yo te amo.

Ella: Y si me amas, ¿por qué no te casas conmigo?

Yo: Tú no entiendes….

Y se generaban los conflictos externos e internos.

Por ese entonces, el Centro Apostólico San Juan Apóstol alquiló después del año 2000 por segunda vez una casa en Balconcillo. Yo la cuidaba. Me lo permitió Roberto Gálvez, coordinador del Centro y el último animador de agrupación que tuve. Me instalé allí antes de la inauguración. La casa estaba sucia y ocupada con muebles viejos. En el último piso había un palomar. Aparte del polvo y del olor a excremento de palomas, creía yo que eran éstas las que hacían ruidos en la madrugada. Pero se trataba de una rata, que fue descubierta y matada por Homero Álvarez después de limpiar, pocos minutos después que Iván Torres me preguntara que cómo había pasado las noches y yo le hablara de los ruidos de las palomas en la madrugada. Algunas veces cortaron la luz eléctrica, una vez el agua y por varios días. Lo más incomodo fue cuando cambiaron la cerradura y no me avisaron, y estuve hasta muy tarde tratando de abrir la puerta para entrar a descansar.

En una oportunidad trajeron una botella de ácido muriático y la dejaron en el baño. Llegué en la noche y la vi, la cogí y pensé en matarme de una vez y acabar así con todo. Hacía tiempo que padecía de una depresión. Mi vida en ese tiempo era triste y no le veía salida. Me sentía mal, las culpas me pesaban demasiado, me creía un traidor, traidor al llamado que el Señor me había hecho y un fracasado. Ciro Beltrán, quien conversaba conmigo, me llegó a decir que yo padecía una especie de SIDA espiritual, porque mis defensas estaban bajas. Mis hermanos de agrupación me trataban mal, especialmente uno. El motivo era que yo ya tenía un hijo. Mi enamorada salió embarazada después de dos años de relación.

Tomé la botella de ácido y la abrí. Hacía poco Ciro Beltrán me había regalado un par de anteojos con lentes de resinas. Me acerqué al wáter y eché el ácido sobre los lentes. Al ver lo que ocurrió, me arrepentí de lo que pretendía hacer.

Por una discusión que tuvimos, Ciro ya percibía que yo estaba mal, y me envío a hablar con Santino Moreno. No sabía cómo contarle las cosas, pues yo mismo no consideraba la pena, la angustia, el dolor de años respecto también al Plan de Dios para mí. Y le conté de mi supuesta homosexualidad, enquistada por el temor de mi madre desde que tengo memoria y de la amenaza de mi novia, porque había salido embarazada otra vez y decía que iba a abortar, ya que no nos casábamos. Aun así, conversar con Santino me alejó de aquella idea del suicidio.

Al poco tiempo me fui, experimentando todo lo que implica haber participado durante años, añorando volver y lamentándome, pero quedarme en mi agrupación era ya insoportable para mí.

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Abusos, Catolicismo, Iglesia católica, movimiento de vida cristiana, sodalicio de vida cristiana, suicidio

[El dedo en la llaga] José Luis Pérez Guadalupe (nacido el 8 de abril de 1965 en Chiclayo, capital de la región Lambayeque en el Perú) es todo un personaje. Tiene títulos académicos de licenciado y magíster en Sagrada Teología (Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima), licenciado en Ciencias Sociales (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma), licenciado en Educación (Pontificia Universidad Católica del Perú), maestría en Criminología (Universidad del País Vasco), maestría en Antropología (Pontificia Universidad Católica del Perú), doctor en Ciencias Políticas y Sociología (Universidad de Deusto, del País Vasco). A partir de 1986 se desempeñó como agente de pastoral carcelaria en el Establecimiento Penitenciario de Lurigancho. Esta experiencia lo llevó a realizar investigaciones en el campo penitenciario y criminológico, que tuvieron como resultado que en el año 2011 le fuera confiada la presidencia del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), que desempeñó hasta febrero de 2015, cuando fue nombrado Ministro del Interior en el gobierno de Ollanta Humala, culminando este encargo en julio de 2016.

Pero también fue uno de aquellos a los que el Sodalicio les declaró personalmente la guerra, declarándolo enemigo de la institución, ya desde aquellos años en la década de los 80 en que era un simple estudiante de teología, al igual que yo, en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Era conocido coloquialmente como “el Diablo” entre nosotros sodálites.

En septiembre de 1992 la Conferencia Episcopal Peruana le publicó el libro ¿Por qué se van los católicos? El problema de la “migración religiosa” de los católicos a las llamadas “sectas”. Este libro, si bien se centraba en lo que Pérez Guadalupe llama Nuevos Movimientos Religiosos (NMR), en su mayoría de impronta evangélica, también incluía en una parte una crítica a ciertos movimientos católicos —entre ellos la Renovación Carismática Católica, el Camino Neocatecumenal y el Sodalitium Christianae Vitae— por sus características sectarias, o más bien, elitistas.

La crítica al Sodalicio no era por abusos cometidos —de los cuales no se sabría públicamente nada hasta que el año 2000 José Enrique Escardó escribiera una serie de artículos en la revista Gente, dando a conocer por primera vez abusos que él mismo había sufrido en la institución—. Pérez Guadalupe, sin considerar al Sodalicio necesariamente como algo malo, resaltaba —en el marco de una crítica general que incluía a otros movimientos católicos— su carácter exclusivista y elitista, que no se compaginaba con la esencia de lo que es católico.

He aquí lo que decía:

«Es innegable que en las últimas décadas nuestra Iglesia católica ha experimentado una efervescencia laical manifestada fundamentalmente en la aparición de diversos grupos y movimientos apostólicos. Estos grupos, que definitivamente son una bendición para nuestra Iglesia, también tienen, como todo grupo humano, sus originalidades y excesos. Algunas personas están viendo en algunos de estos grupos rasgos sectarios muy parecidos al de los grupos no católicos; algunos autores inclusive comienzan a hablar de ‘sectas católicas’».

En una sustanciosa nota a pie de página precisaba este concepto:

«Aunque la definición de ‘secta’ en la actualidad es un problema todavía no resuelto, personalmente creo que podemos llamar ‘secta’ (o actitud sectaria) a todo grupo religioso que se cree el único que ha recibido la revelación de Dios y el único que va a ser salvado por él. En este sentido me parece que no podemos hablar de ‘sectas católicas’ sino más bien de ‘élites católicas’; entiendo por ‘élite’ (o actitud elitista) a todo grupo religioso que cree ser el mejor intérprete de la revelación de Dios, y cree que su forma de vivir la religión y practicarla es la mejor. Queda claro que en mi opinión la actitud sectaria es la que cree ser la ‘única’; y la ‘actitud elitista’ es la que cree ser, no la única, pero sí la ‘mejor’. En este sentido, según mi opinión, es más exacto hablar al interior de nuestra Iglesia de ‘Élites Católicas’ que de ‘Sectas Católicas’. Cabe indicar que, cuando digo ‘Élites Católicas’, no quiero decir que sean realmente élites, sino que se creen élites. En este sentido tomo el término como una ‘actitud’ (elitista) y no como una realidad».

Pero donde llegaba la crítica más aguda y punzante de este pequeño libro era en el siguiente texto:

«Los movimientos apostólicos que han logrado cohesionar e integrar la experiencia personal y la experiencia comunitaria son los que precisamente tienen más desarrollo pastoral, por ejemplo: la Renovación Carismática Católica, las comunidades neocatecumenales, Sodalitium Christianae Vitae, etc. Pero en estos 3 grupos mencionados justamente por su cohesión comunitaria, hay un peligro inminente de que surja un espíritu exclusivista y de superioridad sobre el resto de católicos».

Y en nota a pie de página desarrollaba aún más esta idea:

«Uno de los rasgos más patentes de este sentimiento de superioridad y exclusivismo es su ‘sentimiento de intocabilidad’; muchas veces los miembros de estos grupos se creen los intocables, y creen que su grupo es intocable. No se les puede hacer ninguna alusión y menos una crítica. Muchas veces se creen, no parte de la Iglesia, sino la (verdadera) Iglesia, llegando inclusive algunos carismáticos a decir que la Renovación Carismática no es un movimiento de la Iglesia, la “la Iglesia en movimiento” y algunos neocatecúmenos dicen que ellos no son un movimiento de la Iglesia, sino “el camino de salvación”. Estas mismas características también se pueden apreciar en algunas facciones del Opus Dei».

La conclusión a la que llegaba era demoledora:

«Este sentimiento de identificación más grupal que eclesial, llega a un grado realmente inadmisible cuando lo encontramos en algunos sacerdotes: ya no son sacerdotes de la Iglesia, sino de su movimiento. Si llegan a ser párrocos, la cosa se vuelve inaudita, ya que desgraciadamente formarán parroquias carismáticas, o neocatecúmenas, o sodálites, pero ya no parroquias católicas.

Hasta aquí podemos ver que ese espíritu ‘sectario’ o ‘elitista’ que vemos en los grupos no católicos, es un fenómeno hasta cierto punto normal y comprensible, pero de ninguna manera aceptable».

En ese entonces Pérez Guadalupe no sospechaba que iba a suceder con su libro lo que él mismo había escrito en él: «No se les puede hacer ninguna alusión y menos una crítica». Pues de inmediato la maquinaria sodálite se puso en marcha para acallar el texto. Los sacerdotes sodálites José Antonio Eguren y Jaime Baertl movieron sus influencias eclesiásticas. El Vicario General del Sodalicio, Germán Doig, afirmó que la presentación del libro, suscrita por el obispo auxiliar de Lima Mons. Oscar Alzamora, no podía haber sido redactada por él. En otras palabras, que esa presentación era una falsificación, no obstante que el mismo Mons. Alzamora afirmó después qué él sí la había escrito, pues el libro no contenía ningún error doctrinal. Finalmente, el libro fue retirado de los estantes en el local de la Conferencia Episcopal Peruana y vetada su venta.

¿Quién consumó esta censura? Pues nada menos que Mons. Miguel Cabrejos, quien entonces era obispo auxiliar de Lima y secretario general de la Conferencia Episcopal Peruana. El mismo que llegaría ser presidente de la Conferencia Episcopal Peruana y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). El mismo que se limitaría a emitir comunicados tibios sobre el Sodalicio, sin organizar ninguna atención pastoral a las víctimas. El mismo que diría falsamente que la Conferencia Episcopal Peruana bajo su mandato había repetido que el Sodalicio no tenía carisma fundacional, como declaró sin vergüenza alguna al diario La República en una entrevista publicada el 22 de enero de este año:

«Un segundo punto muy importante, que no es nada nuevo, es que a partir de la constatación de la falta de un carisma fundacional, y esto la Conferencia Episcopal lo viene repitiendo años y años atrás; entonces, frente a la falta de un carisma fundacional con el señor Luis Fernando Figari y, además de eso hemos escuchado las causas, los pormenores y las consecuencias de este acontecimiento para las diócesis del Perú y de la decisión del Papa Francisco, que ya es conocida, de suprimir dicha sociedad de vida apostólica».

Posteriormente, de 1999 a 2011, Pérez Guadalupe fue director de la Comisión Diocesana de Pastoral Social de la Diócesis de Chosica (al este de la arquidiócesis de Lima) y del Instituto de Teología Pastoral Fray Martín, colaborando con el obispo Mons. Norberto Strotmann. Fue en el año 2000, cuando yo aún mantenía vínculos con el Sodalicio, que Pérez Guadalupe me invitó participar como docente del Curso de Teología a Distancia, dirigido principalmente a catequistas y profesores de religión de provincias. Acepté gustosamente, y fue allí donde tuve una experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios como nunca antes la había tenido, lo cual contribuyó a mi proceso de desintoxicación de la mentalidad sodálite, que culminaría recién en el año 2008.

En las conclusiones de su libro censurado, Pérez Guadalupe escribía lo siguiente:

«Aunque yo personalmente prefiero no utilizar el término ‘sectas católicas’ sino más bien el de ‘élites católicas’ (indicando con esto la actitud grupal de superioridad frente al resto de católicos), es indiscutible que cada vez aumenta el número de autores católicos que no sólo han comenzado a hablar de actitudes sectarias dentro de la Iglesia sino que inclusive llaman ‘sectas’ a nuestros Movimientos Apostólicos. Es indudable que hay algunos grupos al interior de la Iglesia que están creando problemas justamente por su actitud cerrada y exclusivista. Habría que investigar aquí, hasta qué punto estos grupos están formando pequeñas iglesias al interior de la católica, o hasta qué punto estos grupos, moderadamente, son el futuro de nuestra pastoral católica».

Aunque tardíamente, las investigaciones ya se están haciendo o se han hecho parcialmente. Y las palabras de Perez Guadalupe resultaron proféticas: los grupos con actitudes cerradas y exclusivistas, como el Sodalicio, resultaron ser menos católicos de lo que se pensaba.

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[El dedo en la llaga] El anuncio de la obra teatral “María Maricón” de Gabriel Cárdenas Luna en el marco del festival de artes escénicas “Saliendo de la Caja” organizado por el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) ha generado reacciones airadas de parte de colectivos católicos, la Conferencia Episcopal Peruana, el Ministerio de Cultura, el Congreso de la República y diversos personajes vinculados a las tendencias más ultraconservadoras del catolicismo peruano. ¿Está justificada esta reacción que no sólo pretenderse quedarse en protestas declarativas, sino que busca una censura de la obra, a fin de que no sea representada ante el público de ninguna manera?

El resumen del contenido de la obra que aparece en el folleto del festival no parece ser motivo suficiente para estas reacciones hiperventiladas:

«Obra escénica testimonial que explora el conflicto entre la religión y el género, a través de la deconstrucción de diferentes vírgenes y santas católicas. Utilizando danzas folklóricas peruanas, cantos y textos religiosos y populares, además de la experiencia de vida personal del performer principal quien es homosexual, la obra teje una narrativa compleja y emotiva que desafía las normas establecidas y celebra la diversidad».

Lo que ha suscitado tantas iras santas es el título mismo de la obra, y sobre todo el afiche, donde aparece un hombre vestido con una ornamentación que suelen vestir las imágenes sagradas de la Virgen María en el panteón de la devoción católica.

En esta línea va el comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana, que dice defender «la libertad de expresión. Sin embargo, consideramos, que no es un derecho absoluto y tiene límites, sobre todo cuando riñen con otros derechos como la libertad religiosa, la fe y la devoción del pueblo peruano. Estos límites adquieren mayor rigor si tenemos en cuenta que la PUCP es una universidad católica y pontificia que debe transmitir los valores cristianos y está sujeta a las Enseñanzas y Magisterio Pontificio». Por otra parte, el Ministerio de Cultura «invoca el respeto por los símbolos religiosos, que son patrimonio de nuestro país. El título de la obra y la forma en que se presenta el afiche, con la imagen de un varón que reemplaza la figura de María de Nazareth, atenta contra tres elementos de la fe católica que se recogen en la Sagrada Tradición de la Iglesia Católica, la Sagrada Escritura y el propio Magisterio de la Iglesia». 

Lo que no queda claro es cómo una obra de teatro —o su promoción mediante un afiche— puede atentar contra la libertad religiosa, si consideramos el inciso 3 del artículo 2 de la Constitución Política del Perú:

«Toda persona tiene derecho: A la libertad de conciencia y de religión, en forma individual o asociada. No hay persecución por razón de ideas o creencias. No hay delito de opinión. El ejercicio público de todas las confesiones es libre, siempre que no ofenda la moral ni altere el orden público».

¿Acaso la obra y su afiche impiden que los católicos puedan ejercer libremente sus creencias religiosas? Lo que sí atenta contra libertades constitucionales es censurar la obra e impedir que puedan acceder a ella los que quieran verla. Soy católico, pero no comparto la necedad de Mons. Miguel Cabrejos, quien firma el comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana en su calidad de presidente de esa entidad.

¿Hasta qué punto se deben respetar los símbolos religiosos? En la medida en que se respeta a la persona humana y sus creencias. Pero eso no anula la posibilidad de recurrir a la sátira cuando hay motivos suficientes para ello. Y la creación artística abre esas posibilidades. En ese sentido, es legítimo satirizar cualquier símbolo, sea el que fuere. Si se cree que no se puede hacer con los símbolos del catolicismo, entonces no se podría hacer con los del islamismo, del nazismo, del comunismo, del capitalismo, etc. Y en toda sátira hay ineludiblemente una vena crítica que ofende a algunos. Como decía un cura jesuita ya fallecido: son los gajes de la democracia.

¿Significa eso que en el arte todo está permitido? El límite es lo delictivo. Si una obra justifica la discriminación, el racismo y el odio a minorías, o hace apología de conductas criminales, entonces ya no es libertad de expresión sino delito. La valoración de “María Maricón”, una obra que hasta ahora nadie ha visto, debe hacerse sobre la base del contenido de la obra, no del afiche, que no configura ningún delito.

Por otra parte, toda imagen icónica o sagrada de María es una creación humana que se ha generado en determinados contextos sociales e históricos, y ninguna representa fidedignamente a la María de carne y hueso que habría vivido a inicios del siglo I en la pequeña localidad de Nazaret. Si me preguntan, ella debió parecerse más a cualquier mujer palestina que habita la franja de Gaza. Por lo tanto, satirizar artísticamente una imagen de la Virgen María no constituye necesariamente una falta de respeto a la madre histórica de Jesús.

¿Y qué decir de aquellos que exigen que la universidad que está detrás del festival censure la obra porque no es compatible con los valores cristianos que ella representa? Debo aclarar que se llama Pontificia Universidad Católica del Perú, no Pontificia Universidad Católica Conservadora Fundamentalista y Fanática del Perú. La libertad de conciencia está entre uno de los valores fundamentales que, como entidad católica, debe salvaguardar. Además, no se necesita ser católico para estudiar en esa universidad y la libertad de expresión del estudiante debe quedar incólume. Existe el derecho a la crítica y a la sátira, caiga quien caiga.

Hay quien ha hecho el paralelo con sociedades islámicas, donde una falta de respeto a la figura de Mahoma acarrea consigo reacciones violentas y sanciones crueles, incluyendo la muerte. Pero hacer este paralelismo entre católicos y musulmanes es improcedente. La mayoría de los musulmanes que conozco no son así, y eso se da sólo en sociedades teocráticas gobernadas por islamistas radicales y fanáticos. ¿Es que también son así los católicos? La mayoría de católicos no son así, predispuestos al fanatismo y a la violencia verbal … e incluso física.

¿Nos hallamos ante una blasfemia, como ha afirmado el pseudo-periodista Alejandro Bermúdez, expulsado del Sodalicio de Vida Cristiana por el Papa Francisco?

El Catecismo de la Iglesia Católica define así el pecado de blasfemia:

«La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. Santiago reprueba a “los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre ellos” (St 2, 7). La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión».

Es decir, para cometer una blasfemia es requisito creer en Dios, la Iglesia, los santos y las cosas sagradas. Eso no aplica para no creyentes. Manifestar algo ofensivo respecto a cosas en cuya existencia no se cree no califica como blasfemia. Y los creyentes no pueden pretender que a los no creyentes se les aplique las mismas normas morales que valen para ellos.

Además, Bermúdez se olvida de que quien ofendió a la gente religiosa y piadosa de su tiempo fue Jesús mismo, según cuentan los Evangelios. Fue acusado en varios momentos de cometer blasfemia. Tan ofendidos se sintieron los sacerdotes judíos y los fariseos, cumplidores de la Ley, que conspiraron para matarlo y decidieron entregarlo a las autoridades romanas para su ejecución cuando interpretaron una de sus frases ante el Sanedrín como una blasfemia contra Dios.

Lo que sí se puede decir con propiedad es que el Sodalicio es una institución blasfema, pues recurre al nombre de Dios para justificar abusos de todo tipo y prácticas criminales. Y contra esas blasfemias no veo que hayan protestado con tanta vehemencia ni los católicos tradicionales ni la mayoría de los obispos peruanos.

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[El dedo en la llaga] «Quiero confirmarte que el Comité de Reparaciones no te consideró una persona con derecho a recibir una compensación financiera dentro del programa, más allá de asegurar que tu acceso a servicios profesionales para tu salud esté disponible de manera continua. Sé que ya cuentas con el servicio de salud en Alemania. Como sea, esto es una seguridad adicional para ti».

Con estas palabras, en un e-mail del 9 de noviembre de 2016 escrito originalmente en inglés, Ian Elliott —experto contratado por el Sodalicio para lavarle la cara a la institución— me comunicaba que no tenía derecho a ninguna reparación y que, por tanto, no se me consideraba oficialmente víctima del Sodalicio.

El 31 de enero de 2017, Alessandro Moroni —entonces Superior General del Sodalicio— me confirmaba esto en un e-mail, añadiendo algunas explicaciones:

«En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso.

Según refirió el Sr. Elliott, en la entrevista que tuvo contigo no fue relatado ningún episodio específico, sino más bien una serie de opiniones sobre tu experiencia en general, y también sobre las cosas que consideras que están o han estado mal en el SCV y deben cambiar. El Sr. Elliott presentó su evaluación a los demás miembros del comité de reparaciones, en el cual él mismo participa. La conclusión unánime fue que, según los criterios establecidos en un comienzo, no correspondía una reparación en el marco de este programa de asistencia».

Moroni admitió que conocían mi testimonio, pero según se deduce de lo que me dice, Ian Elliott, en una muestra de su incompetencia, no lo habría conocido o no lo habría tenido en cuenta en su informe. Allí se describen, entre otras cosas, abusos psicológicos que me llevarían a pasar mis últimos meses en una comunidad sodálite del balneario de San Bartolo (unos 50 km al sur de Lima) con pensamientos suicidas, entre diciembre de 1992 y julio de 1993.

El episodio presuntamente inverosímil al que se refiere Moroni es aquel cuando Jaime Baertl, antes de ser ordenado sacerdote y siendo mi consejero espiritual, me ordenó desnudarme, colocarme detrás de una silla enorme y simular que me la follaba. Yo tenía entonces 16 años de edad.

Baertl nunca ha negado públicamente que ese hecho ocurriera ni tampoco me ha solicitado que me rectifique para no dañar el honor que cree tener, aun cuando mi testimonio al respecto es de conocimiento público, y yo mismo he descrito al detalle el lugar en que ocurrió, las circunstancias y el contexto, los cuales pueden ser corroborados por otros testigos. Además, se ha tener en cuenta que no fui el único al que su consejero espiritual le solicitó que se desnudara.

Sin embargo, Baertl siempre ha negado el hecho ante varias instancias. Lo hizo ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, convocada por el mismo Sodalicio. Lo hizo el 8 de julio de 2016 ante funcionarios del Ministerio Público. Lo hizo en carta notarial del 24 de octubre de 2024 a la Nunciatura Apostólica en el Perú. ¿Por qué esto último? Porque el hecho descrito, considerado verosímil por la Misión Especial conformada por Mons. Charles Scicluna y Mons Jordi Bertomeu, fue uno de los motivos mencionados —entre otros— en un comunicado del 23 de octubre para justificar la expulsión de Baertl del Sodalicio de Vida Cristiana.

Recalco que se trata de un hecho del que no existen pruebas en sentido judicial, pero cuya verosimilitud es irrefutable ante la cantidad de datos y detalles que he proporcionado al respecto. Y respecto al cual seguiré afirmando que efectivamente sucedió, pues la memoria no me falla.

Aún así, que los expertos contratados por el Sodalicio descartaran este hecho de mi testimonio no anulaba los demás abusos relatados por mí, los cuales dejaron más huellas y cicatrices en mi psique que ese otro incidente que fue reprimido en el desván de mi memoria durante décadas. Lo cierto es que, para proteger a Jaime Baertl —el hombre más poderoso de la institución desde las sombras, tras la renuncia de Figari al cargo de Superior General en el año 2010—, se me negó toda reparación y se desconoció mi status como víctima del Sodalicio.

Tras conocerse la expulsión del Sodalicio de su fundador Luis Fernando Figari mediante decreto vaticano del 9 de agosto de 2024, en la página web de la institución fueron publicadas unas aclaraciones, donde se decía: «Desde el primer momento en que tomó conocimiento de personas que habían sido víctimas de abuso por parte de algunos de sus miembros o exmiembros, el Sodalicio buscó la mejor manera posible de salir a su encuentro y ofrecer un camino de acogida, escucha y reconciliación». Evidentemente se trataba de una mentira, pues eso no ocurrió ni en mi caso ni en el de muchos otros. Y aquellos a los que se les concedió una reparación pecuniaria, tuvieron que firmar acuerdos extrajudiciales con cláusulas de confidencialidad que los obligaban a mantener en silencio el monto de las reparaciones, los motivos —entiéndase abusos— por las cuales se hacían acreedores a ellas, los nombres de los abusadores, tal como se desprende del texto de uno de estos acuerdos:

«El señor [Fulano de Tal] y el SCV se obligan a mantener absoluta reserva y confidencialidad sobre las conversaciones y negociaciones sostenidas para arribar a esta transacción, sobre el contenido del presente acuerdo, incluyendo los montos indemnizatorios comprendidos (asistencia e indemnización), los hechos que lo motivan y las personas involucradas en ellos.

La obligación de confidencialidad antes descrita alcanza a los representantes, asesores u otras personas que hayan intervenido o participado, colaborado o asesorado a cada una de las partes para la suscripción de la presente transacción. El incumplimiento de esta obligación de confidencialidad por parte de alguna de ellas hará responsable a la parte con la que se vincula.

El incumplimiento del deber de confidencialidad, ya sea directamente o por alguno de sus representantes, asesores o colaboradores, habilitará a la otra parte a reclamar la indemnización correspondiente».

Sin muchas esperanzas, el 16 de agosto de 2024 envié una solicitud por correo electrónico —la única vía dispuesta a estos efectos por el Sodalicio— a la Oficina de Escucha y Asistencia. En realidad, sólo esperaba confirmar lo que había ocurrido en el pasado: que a las víctimas se les llenaba de promesas, para al final dejarlas en la estacada.

Sin embargo, esta vez ocurrió algo distinto. La Sra. Silvia Matuk, encargada de la oficina y de mal recuerdo para muchos, esta vez se comportó correctamente e hizo sus esfuerzos para que mi solicitud llegara a buen puerto, lo cual le agradezco de corazón. 

A fin de asegurar la buena marcha del proceso, compartí algunos de los correos electrónicos de la Sra. Matuk y también los míos con algunas personas de confianza, hasta que la misma Sra. Matuk me advirtió que en todo el proceso se debía guardar confidencialidad. Le di la razón en lo que a ella correspondía, pero no en lo que a mí me tocaba, mediante un e-mail del 5 de septiembre de 2024:

«Según lo que hemos conversado ayer por teléfono respecto a su solicitud de que no comparta los mensajes que usted me envía por correo electrónico, le doy la razón, aun cuando un proceso de reparación tiene carácter público porque responde a una exigencia de justicia que tiene consecuencias sobre otros casos similares. Y quiero insistirle sobre este punto: no se trata de un asunto privado entre el Sodalicio de Vida Cristiana y yo, sino de una materia que atañe a todas las víctimas que no han sido debidamente reparadas por la institución.

Sobre la condición de confidencialidad que debería acompañar todo el proceso, eso la obliga a usted como profesional que recibe información de las personas afectadas que recurren a usted, pero esa condición no se le puede imponer a una víctima de abusos, ni siquiera durante el proceso, pues en este caso ese silencio sólo sirve para proteger a la institución o persona abusadora y deja desprotegida a la víctima. Esto mismo lo confirma el Papa Francisco en su carta apostólica “Vos estis lux mundi” (25 de marzo de 2023), donde dice que “al que presenta un informe, a la persona que afirma haber sido ofendida y a los testigos no se les puede imponer alguna obligación de guardar silencio con respecto al contenido del mismo”.

Respecto a su reputación como profesional, no es mi deseo opacarla, pero tampoco es mi deber defenderla, pues eso le corresponde a usted. Será buena si hace lo correcto y cumple con las tareas que le han sido asignadas en consonancia con la justicia debida a las víctimas. Será mala si, al contrario, decide proteger honras no merecidas en perjuicio de las víctimas que buscan acceder a la justicia desde hace tiempo.

El deber de hacer justicia y reparar a las víctimas que tiene el Sodalicio de Vida Cristiana, si bien no está estipulado de manera vinculante en ninguna norma jurídica de la Iglesia católica, sí constituye una obligación moral, tal como lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica:

“1459 Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia”.

En vistas de lo anterior, quiero resaltar que la justicia y reparación que supuestamente ofrece el Sodalicio de Vida Cristiana no deben estar sujetas a ninguna condición que se le pretenda imponer a la víctima, como, por ejemplo, el guardar silencio sobre los hechos luctuosos incluidos en su denuncia y sobre cómo va el proceso de reparación. La Iglesia católica lo prohíbe en sus procesos canónicos y, por analogía, se entiende que también está prohibido en procesos análogos iniciados por instituciones aprobadas por la Iglesia católica.

Por todo lo dicho, respetaré su deseo de no compartir los mensajes que me envíe, pero no me pida que guarde silencio en lo demás. Vistos los antecedentes del Sodalicio en casos similares, sería una inmoralidad mantenerse callado».

Tras un intercambio de mensajes, a fin de aclarar algunos puntos de la reparación, se me envió un acuerdo extrajudicial, que firmé el 1° de noviembre de 2024 en el Consulado General del Perú en Frankfurt —a efectos de legalización de la firma del documento— y envié a Lima por correo certificado. A diferencia de los leoninos acuerdos extrajudiciales del pasado, éste no contenía ninguna cláusula de confidencialidad. El monto ofrecido fue transferido a mi cuenta bancaria el 6 de diciembre de 2024. Si bien este monto era algo superior a lo que recibieron otras víctimas, no llega a compensar todos los daños sufridos que tuvieron consecuencias dolorosas en mi vida y un alto costo personal, hasta el día de hoy. Más importante para mí era su significado simbólico. Tras haber sido reconocido como víctima por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en febrero de 2016, el Sodalicio me negó durante ochos años ese status y se negó a reparar el daño producido, entre los cuales puedo mencionar el socavamiento de mis vínculos familiares: con mi madre, con mi ex-mujer, con mi hermano Erwin, que siguió en el Sodalicio y terminó expulsado por haber sido cómplice de las fechorías de la institución.

Si a alguien tengo que agradecer por esta reparación es a la Sra. Silvia Matuk, que hizo lo posible dentro de sus limitaciones y capacidades, y que fue la única persona con la cual tuve comunicación directa, sirviendo de mediadora en este asunto. También recibí algunas cartas impersonales firmadas por José David Correa, actual Superior General del Sodalicio. Y si bien, refiriéndose a experiencias dolorosas en el tiempo en que viví en comunidades sodálites, manifiesta «un sincero pedido de perdón por todos los sufrimientos que todo ello te ha generado, como también por las demoras, deficiencias o insuficiencias que puedan haber ocurrido en la atención que en diversos momentos se te haya dispensado», en ningún momento hizo el amago de querer comunicarse personalmente conmigo. Ni tampoco reconoció problemas objetivos configuradores de una cultura de abuso en la institución, ni mucho menos la verosimilitud de mi relato sobre el abuso sexual cometido en mi perjuicio por Jaime Baertl.

Es moneda corriente que instituciones de la Iglesia comiencen a pagar reparaciones postergadas cuando se encuentran entre la espada y la pared. El Sodalicio no parece ser le excepción. ¿Hay que estar agradecidos cuando uno recibe, tras años de angustiosa espera, lo que le corresponde en justicia? Como dice Gonzalo Valderrama, un sodálite con vocación matrimonial de las primeras generaciones: «Hoy aparecen varios que recibieron inmensos beneficios para ellos, sus hijos, o parientes, y a pesar de todo ello, muerden la mano que con mucho cariño fue extendida para ayudar a solucionar problemas y emergencias». Sabemos a quiénes se refiere. Incluso quienes siguen vinculados al Sodalicio y expresan críticas legítimas a la institución han sido descritos como aquellos que muerden la mano que les da de comer. No hay expresión más clara de lo que se considera ser leal al Sodalicio: ser fiel como un perro. Quién recibe una reparación del Sodalicio y quien recibe una remuneración por servicios prestados, recibe lo que en derecho le corresponde, no un favor. Y quien critica a aquel que lo remunera, está en todo su derecho. Pero para los amantes del Sodalicio las personas vinculadas a la institución deben ser eso: como perros que deben estar siempre agradecidos al amo.

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[El dedo en la llaga] “¿Quién puede matar a un niño?” es una estremecedora película de terror del español Narciso Ibáñez Serrador, estrenada en 1976. Los primeros 8 minutos intercalan los créditos del film con escenas documentales, donde junto con las imágenes reales se nos da cuenta de la cantidad de niños muertos en varios conflictos recientes en ese entonces, a saber:

– en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945): aprox. 14 millones de niños muertos;

– en la Guerra Indopakistaní (1947-1948): aprox. 2 millones de muertos, de los cuales 1.2 millones eran niños;

– en la Guerra de Corea (1950-1953): aprox 1.2 millones de muertos, de los cuales 550 mil eran niños;

– en la Guerra de Vietnam (1955-1975): 3 millones de muertos, de los cuales 1.8 millones eran niños;

– en la Guerra de Biafra, en África (1967-1970) : 500 mil muertos, de los cuales 390 mil eran niños.

Lo que vemos en la cinta de Ibáñez Serrador es la contraparte de esta atroz realidad. Una pareja británica, Tom y Evelyn, llega de vacaciones a una pequeña isla española, para darse con la sorpresa de que las instalaciones que hay en ella están desiertas, salvo por la ocasional presencia de niños. Como si de pronto hubieran desaparecido los adultos, dejando las cosas que estaban haciendo en ese momento. Poco a poco se darán cuenta de que la amenaza proviene de los niños, que —sin razón aparente— han asesinado a todos los adultos, y ellos dos serán las siguientes víctimas. Evelyn morirá con dolores de angustia de una manera inesperada: el niño por nacer que lleva en su vientre le dará muerte, y Tom intentará huir de la isla provisto de un arma de fuego, acosado por una jauría de niños, a varios de los cuales matará en su intento de fuga en un bote, para ser finalmente abatido a tiros por unos policías que llegan en su lancha patrullera y ven al sujeto “atacando” a los menores y no llegan a comprender que está “defendiéndose”. Pues ¿quién en su sano juicio puede matar a un niño?

El director de este desgarrador film parece cuestionar ciertas creencias instaladas soterradamente en las sociedades modernas. El hecho de que los niños asesinen a los adultos se convierte en un elemento narrativo que instaura el terror en nuestras entrañas, como ocurre también en películas de ciencia ficción como “El pueblo de los malditos” (“Village of the Damned”), tanto en la versión de 1960 (Wolf Rilla) como en la de 1995 (John Carpenter). Pero que adultos asesinen a niños —como ha ocurrido muchas veces de manera masiva y sistemática en la realidad— ya no parece asombrarnos. Ante la pregunta: ¿quién puede matar a un niño?, la respuesta debería ser que nadie que tenga una pizca de humanidad en su alma, pero la cruda realidad es que siempre se ha matado niños a mansalva, y a eso se suma la mayoría de quienes no lo han hecho, que se han convertido en cómplices con su silencio y su indiferencia.

Se trata de una práctica que ha acompañado a la humanidad desde sus inicios. Encontramos varias muestras de ello en las narraciones bíblicas. Por ejemplo, durante la conquista de Canaán (la actual Palestina) por los israelitas. Dios les ordena a éstos que cuando tomen una ciudad, eliminen por completo a las naciones que viven en la tierra prometida, lo cual incluye la eliminación de hombres, mujeres, niños y ancianos (Deuteronomio 20,16-18). En la toma de Jericó se relata que los israelitas, tras rodear la ciudad y derrumbar sus muros, eliminaron a toda persona en la ciudad: hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, e incluso animales (Josué 6,21). Muy posteriormente, Dios le ordena al rey Saúl atacar a los amalecitas y matarlos a todos: hombres, mujeres, niños, lactantes, y hasta ganado (1 Samuel 15,3). La orden no fue cumplida en su totalidad por Saúl, lo que llevó a que Dios lo rechazara como rey. Uno de los epítetos de Dios en el Antiguo Testamento es el de “Dios de los ejércitos”.

Aparentemente todas estas acciones que hoy calificarían como genocidio no habrían sido ordenadas por Dios, sino que quienes las protagonizaron buscaron justificarlas de manera religiosa, aduciendo que no eran en verdad crímenes sino expresión de la voluntad divina. Era la manera de darle carta libre a la barbarie y extender un manto de impunidad sobre los hechos que leemos en el Antiguo Testamento, que en su mayor parte no es otra cosa que una historia de colonización efectuada por un pueblo extranjero, los israelitas que venían de Egipto, en perjuicio de quienes ya habitaban esas tierras y que fueron masacrados y desterrados en masa, si creemos lo que cuentan los autores de varios libros del Antiguo Testamento con una narrativa sesgada y parcializada a favor de los ocupantes. ¿No les parece semejante esta historia a lo que ocurre en la realidad actual, cuando el gobierno de Israel y sus representantes justifican sus crímenes contra los palestinos en base a una narrativa religiosa? ¿Una narrativa que puede ser válidamente cuestionada no sólo desde la perspectiva de los derechos humanos sino también desde una perspectiva religiosa auténtica que renuncie a manipular los valores morales de religiosidad auténtica y a favorecer intereses personales y políticos?

En los 14 meses que lleva el conflicto con Gaza han muerto más de 45 mil palestinos, entre ellos unos 14,500 niños. El atroz ataque terrorista sufrido por Israel el 7 de octubre de 2023 le daba derecho a defenderse de las milicias de Hamás, pero no a cometer un genocidio contra el pueblo palestino. Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel y jefe de gobierno, actuaría por motivos meramente políticos, y tendría la necesidad de masacrar y marginar al pueblo palestino que habita en Gaza y Cisjordania para mantener su poder.

Guardando las diferencias, encontramos una historia similar en el Evangelio de Mateo. Allí se nos narra que el rey judío Herodes —quien mantenía su poder gracias al amparo de una potencia extranjera, el Imperio romano—, cuando se entera a través de los sabios de Oriente —a quienes conocemos como los “reyes magos”— que en Judea iba a nacer “el rey de los judíos”, decide tomar acciones para contrarrestar esa amenaza contra su poder. Cuando los sabios, gracias a un aviso celestial, deciden regresar a su tierra de origen por otro camino y no informarle quién era el niño al que habían ido a adorar, Herodes ordena realizar una masacre de niños varones menores de dos años. Hemos de suponer que nadie cuestionó esa orden, que los autoridades romanas se hicieron de la vista gorda y que Herodes cometió impunemente este crimen. Y de paso, quienes integraban la familia conformada por José y María de Nazareth, y el niño Jesús, se convirtieron en refugiados, encontrando asilo en Egipto. Así es la historia que nos ha transmitido la tradición cristiana.

Por todo lo dicho, el hecho de que en el Vaticano se haya instalado un belén o nacimiento de madera tallada de olivo, con el niño Jesús reposando sobre una kufiya palestina, es de un simbolismo enorme. Pues Jesús, el personaje que constituye el núcleo de la fe cristiana, habría nacido en Belén, una localidad de la actual Cisjordania, y habría estado expuesto a todos los sufrimientos del actual pueblo palestino: ser pobre, un refugiado y sobreviviente de una masacre.

Varias figuras proisraelíes acusaron la exhibición del belén de ser un “truco político”, pues consideran que la kufiya es símbolo de la identidad palestina y de la resistencia contra la ocupación israelí. Pero Faten Nastas Mitwasi, una de las artistas detrás del proyecto, rechazó las criticas a través de unas declaraciones a The New Arab, una plataforma de medios de comunicación digital con sede en el Reino Unido: «Esta instalación refleja las múltiples identidades del pueblo palestino, tanto cristianos como musulmanes, al presentar una historia local que tuvo lugar en Belén hace 2000 años, utilizando materiales locales y símbolos nacionales». Según Mitwasi, la kufiya no es un símbolo de violencia. «Es parte de nuestro patrimonio cultural. Considero que quienes la ven como un símbolo de violencia deben aprender más sobre la historia y la cultura palestinas. Como cristiano palestino, debería tener la libertad de crear mi propio belén y utilizar cualquier símbolo palestino que considere adecuado». Así lo entendió el Papa Francisco, al inaugurar el belén el 7 de diciembre de este año: «Estos belenes nos recuerdan a quienes, en la tierra donde nació el Hijo de Dios, siguen sufriendo a causa del drama de la guerra».

Sin embargo, el 11 de diciembre ya había sido retirado el Niño junto con la kufiya. ¿Volverán ser colocados el 24 de diciembre, día en que según la tradición cristiana se coloca al niño Jesús en el pesebre y no antes? No lo sé con certeza. Aunque soy de la opinión de que sí se debería hacer, para expresar lo que constituye el compromiso del Jesús que conocemos a través de los Evangelios: estar al lado de los desposeídos, los marginados, los que lloran, los que viven en pobreza e inseguridad, los que son masacrados sin piedad ni compasión.

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