bienestar

Estamos atravesando un período de turbulencia política que no le hace bien a la economía. La incertidumbre genera postergaciones de compras e inversiones que desaceleran la reactivación y el aumento del empleo.

Hoy más que nunca está claro que la política influye en la economía; no voy a caer en el deporte nacional de buscar culpables como si eso arreglara algo. Aquí no se trata de culpar a unos o a otros; el problema es que no confiamos en nadie ni en nada y en ese contexto es imposible que progresemos como sociedad.

Veamos a los países exitosos, entendiendo por exitosos aquellos que brindan altos niveles de bienestar a todos sus habitantes. Son países con alto nivel de confianza interpersonal. Entonces todo fluye. El gran reto que tenemos como sociedad es volver a confiar, si es que alguna vez lo hicimos.

Lo que pasa es que la economía no funciona en un vacío, sino en una realidad concreta. Y esa realidad se caracteriza por una desconfianza casi total. Entonces nos dedicamos a insultar y agredir a todos aquellos que piensan diferente. No somos una sociedad deliberante, en la que el debate alturado y basado en evidencia empírica nos lleve a lo más cercano a la verdad. La mitad quiere convencer a la otra mitad y si no lo logra, entonces la insulta.  No nos damos cuenta que así nos alejamos más unos de otros.

La cooperación puede hacer en economía que 2 más 2 sea 5. El conflicto hace que la misma suma sea 3. Vean como funcionan las sociedades con alta calidad de vida. Funcionan tanto el mercado como el estado, tanto el sector privado como el público. ¿Cómo así? Pues el mercado produce riqueza y beneficia directamente a través de buenos empleos a aquellos que tuvieron la suerte de estudiar, entre otras ventajas que les brindó la lotería de la vida. El estado cobra impuestos y con el dinero invierte en aquellos que no se pueden integrar tan fácilmente al mercado, a través de una educación de calidad, salud de primer nivel, seguridad ciudadana, acceso a agua potable y desagüe, etc. Son sociedades libres de corrupción. No se busca lograr cosas con trampa, sino se espera el turno. Son estados que usan bien el dinero que tienen en beneficio de todos.

Nuestra pregunta creo que tendría que ser, ¿cómo hacemos para que el entorno dentro del cual funciona la economía sea conducente a elevar el bienestar? Cada cinco años creemos que lo logramos en una en elección, para luego desilusionarnos. Los mismos que apoyaron a la persona que ganó se le voltean. Es historia vieja. Para desarrollar debemos crecer y reformar, pero por encima de todo, volver a confiar.

Lo que rodea a la economía es tan importante como la economía misma. Necesitamos mejores instituciones y aumentar el capital social, que simplemente se refiere a la confianza, tanto interpersonal como a aquella que tenemos en nuestras instituciones. Es urgente volver a creer para volver a crecer.

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La pandemia va a pasar y, con ello, la economía entrará a un proceso de reactivación, que de algún modo ya comenzó. Reactivar es volver a crecer. Y crecer significa producir más. En 2020 la economía cayó 11.1% y con ello el empleo. En diciembre de 2020 crecimos 0.5% pero, debido a la segunda ola y el confinamiento consiguiente, volvimos a caer en enero y febrero de 2021.  Lo positivo es que en marzo crecimos 18.7%.

Volver a crecer es bueno, pero insuficiente para que se refleje en el bienestar de todos los ciudadanos. Crecer no asegura una mejor salud, educación, sistema de pensiones, seguridad ciudadana, simplificación del Estado, formalización, etc. Para ello hay que hacer reformas. Son cambios en la manera en la que funciona un sector. Y antes de transformarlo hay que entenderlo. No es simple comprender los complejos sistemas de salud y educación, ni tampoco la excesiva burocratización del Estado.

La crisis nos brinda la oportunidad de hacer reformas, pues ha desnudado todas las dificultades que tienen la mayoría de peruanos en una serie de aspectos. Para ello opino que la disciplina macroeconómica se debe mantener, pues es el equivalente a los cimientos de una casa. Puedes tener buenos cimientos, pero lo que genera bienestar es la construcción de la casa. Esto último se logra con reformas. Reformar es construir, pero hay que hacerlo sobre la base de cimientos sólidos.

Por eso los fundamentos macroeconómicos deben mantenerse: estabilidad monetaria y manejo responsable de las finanzas públicas. Eso no es negociable porque sería equivalente a construir una casa con cimientos débiles. A partir de esa solidez, deben implementarse las reformas que permitan que la mencionada estabilidad macroeconómica se refleje en el bienestar de todos los ciudadanos. La evidencia empírica mundial apunta en ese sentido. El crecimiento es un medio y no un fin en sí mismo. No importa si la postura política es de izquierda o de derecha.

Además, la economía no funciona en un vacío, sino en una realidad concreta, con características institucionales, sociales, culturales, políticas, entre otras. Si no conocemos aunque sea algo ese entorno, tampoco podremos comprender lo que pasa con una economía. Por eso muchas recomendaciones son fáciles de hacer; lo difícil es pensar cómo las insertamos en una determinada realidad. Basarnos en datos y evidencia empírica para mejorar las políticas públicas y hacer reformas es clave.

¿Cómo comprender la evolución actual de la economía sin tomar en cuenta la pandemia o la turbulencia política por la que estamos pasando? ¿No será que lo que hay que mejorar no está en los indicadores macroeconómicos, desde un punto de vista estricto, sino en el entorno? Y en eso, digamos en el aspecto político, ¿no somos todos responsables? ¿Respetamos las reglas más elementales del comportamiento humano? ¿No deberíamos ser un poco más tolerantes y averiguar bien antes de hacer cualquier comentario? ¿No será que hemos perdido la humildad y creemos tener las soluciones a todo?

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En una empresa, los costos de salud disminuyen pues los trabajadores felices buscan hábitos que promueven el bienestar físico, mental y emocional.

 

Contar con trabajadores felices, motivados y comprometidos con la empresa y sus valores significa contar con un equipo más productivo. Acudir al trabajo pasa de ser una obligación a algo que deseamos hacer, una actividad en la que estamos contentos y nos agrada.

Para conseguirlo es importante aplicar la gestión de la felicidad. Muchas veces esta se tangibiliza mediante un Gerente de Felicidad o un Chief Happiness Officer. Se trata de la persona que tiene que dirigir al equipo y promover las condiciones que faciliten la creación de un buen ambiente laboral.

Bumeran y el Instituto de Desarrollo Económico de ESAN, brindan algunos beneficios de la gestión de la felicidad que pueden aplicar las empresas e incrementar la productividad de los colaboradores.

Incrementa el compromiso y productividad

Un trabajador feliz ha encontrado el sentido y la utilidad a su labor. Por ello, la realiza con optimismo y compromiso, siempre con gran disposición para resolver problemas. Además, conoce su potencial y sabe manejarlo para sacar adelante cualquier proyecto. Tiene menos probabilidades de equivocarse, pues piensa menos en los errores y eso le ayuda a no cometerlos.

Reduce los niveles de ausentismo y rotación

Los trabajadores felices no necesitan cambiar de trabajo. Si lo hacen, será por motivos mayores.  Estos se convierten en embajadores de su centro laboral, pues hablarán bien de su institución, ayudando a que otros y mejores talentos busquen trabajar allí también.

Disminuye costos de salud

El bienestar humano también es influenciado por el ámbito laboral. Los trabajadores felices buscan hábitos que promueven el bienestar físico, mental y emocional. Esto ayuda a prevenir desde las enfermedades más comunes como las indigestiones y resfriados, hasta los males de la era moderna como el estrés o la ansiedad, cuyo impacto es severamente perjudicial en la salud física y mental.

Minimiza tiempos improductivos

Los malos hábitos no suelen ser parte de los trabajadores que se sienten felices en la empresa. Vivir comparándose con los demás y envidiando aquello que no se tiene es algo que el bienestar laboral evita. La gestión de la felicidad impulsa a los trabajadores a enfocarse en sus metas y ser capaces de alegrarse con los logros de otros, permitiéndoles adaptarse a distintas personalidades y poder trabajar muy bien en equipo. Esto evita conflictos y chismes entre los equipos.

Reduce costos por robos

Los trabajadores de una empresa que se encarga de gestionar la felicidad respetará y cuidará su centro laboral como si se tratara de su propia casa. Además, estará alerta a comportamientos extraños o sospechosos.

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