vida

El Dr. Ali Binazir, biólogo de Harvard, hizo un cálculo de la probabilidad de que tu existas, el cual reveló que estas probabilidades son muy bajas. 

Es importante tener en cuenta que la probabilidad de que tu existas es distinta a la probabilidad de que cualquier hijo de tus padres exista. En el primer caso la persona existente eres tú mientras que en el segundo caso pueden ser todas las posibles versiones de hermanos tuyos.

Es un cálculo aproximado, pero nos da una buena idea de las magnitudes y nos permite entender todos los pasos que se debieron dar para que exactamente tú, y no otro, este aquí.

El primer paso es calcular la probabilidad de que tu padre haya conocido a tu madre (o que tu madre haya conocido a tu padre). Digamos que a través de 25 años tu padre podría haber visitado países que comprendan una población total de 200 millones de mujeres, pero que conoció alrededor de 10 mil mujeres. Por ende, la probabilidad de que tu madre estuviera en este grupo y conociera a tu padre es de 1 en 20 mil. 

El segundo paso es calcular la probabilidad de que tus padres, una vez que se conocieron, permanezcan juntos y tengan hijos. Hay una probabilidad de 1 en 10 de que hablen entre sí. Hay una probabilidad de 1 en 10 de que tengan una segunda cita. Hay una probabilidad de 1 en 20 de que después de esa segunda cita permanezcan juntos el tiempo suficiente como para tener hijos. Por lo tanto, la probabilidad de que el encuentro de tus padres resulte en hijos es de 1 en 2 mil.

Hasta ahora, las probabilidades combinadas de que estés aquí son: 1 en 40 millones.

El tercer paso es calcular la probabilidad de que el óvulo y el espermatozoide que te hicieron a ti (y no a tu hermano o hermana) se encuentren. Las mujeres tienen alrededor de 100 mil óvulos en su vida. Los hombres producen alrededor de 4 billones de espermatozoides durante los años en los que podrías haber nacido. Por ende, esta probabilidad es de 1 en 400 mil trillones (aproximadamente la cantidad de granos de arena en todas las playas del planeta).

Podríamos continuar con un cuarto paso que calcule la probabilidad de que cada uno de nuestros antepasados haya vivido hasta la edad reproductiva y se haya reproducido empezando desde el primer Homo habilis (es decir desde hace 2.5 millones de años, lo cual equivale a 100 mil generaciones). Y un quinto paso que calcule para cada generación la probabilidad de que las parejas correctas se encuentren y reproduzcan. Y un sexto paso que calcule la probabilidad de que el esperma correcto se encuentre con el óvulo adecuado para cada uno de esos antepasados. Y un séptimo paso que calcule lo mismo, desde el primer organismo unicelular hasta llegar al Homo habilis (es decir desde hace 4 mil millones de años). Y finalmente un octavo paso que calcule la probabilidad de que la vida se haya podido dar en el planeta Tierra. Pero creo que estos pasos adicionales son innecesarios. Está claro que la probabilidad de que tú, exactamente tú, existas es infinitesimal.

Me gustaría simplificar y que nos concentremos en el tercer paso. Asumamos que tus padres viven, son pareja y deciden tener hijos. La probabilidad de que nazcas tu y no un hermano tuyo es de 1 en 400 mil trillones, es decir un grano de arena entre todos los granos de arena de playa de la tierra. 

¿Cómo entender esa probabilidad? Antes de nacer no existías, naciste y existes. ¿Por qué naciste tu y no tu hermano? ¿Es que todas las personas que existieron y existen ganaron una lotería casi imposible de ganar? Había 400 mil trillones de versiones posibles de hermanos tuyos y la versión que apareció fuiste tu.

Las demás personas en este planeta pueden ser total o parcialmente distintas a ti, eso no suma ni resta a tu existencia. Lo relevante es que tu estés aquí y no una posible versión de tu hermano en vez de ti.

¿Cuáles son las implicancias de este resultado? 

La primera conclusión pareciera ser que somos increíblemente afortunados de estar vivos. Pero sin duda hay implicancias adicionales, más complejas, que no me quedan claras. 

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probabilidades, vida

Los lectores de Sudaca pensarán, seguramente, en puertos bloqueados, en la crisis de los contenedores, en anaqueles vacíos, o en cualquiera de las pesadillas logísticas que caracterizan la economía en tiempos de pandemia. Pero, no. Este columnista no entiende nada de esos asuntos. 

“Primero encontré un nido, más adelante un colegio donde ponerlo. Luego vino la academia y posteriormente ingresó, felizmente, a la universidad. El año pasado fue contratado —¡increíble, qué alivio!— en una consultora como practicante, cuando estaba haciendo su último ciclo de contabilidad. Los primeros meses la cosa fue remota, claro, pero ahora les han ofrecido regresar —en su caso va a ser un debut— de manera flexible, ahora le dicen híbrida, a la oficina. Le han dicho hasta 3 días a la semana, pero él no quiere. Yo estoy desesperado porque no veo las horas de que tenga un horario de trabajo fuera de casa. ¡Hasta le he ofrecido llevarlo y traerlo!” Dice un padre, en tono de confesión, a una ejecutiva de alto nivel de una consultora. 

Nido, colegio, academia, universidad y oficina —puede ser también fábrica u otro lugar en el que se labora— son espacios alternativos a los que sirven de vivienda, digamos el hogar. Desde que nuestra vida dejó de ser agrícola y se convirtió en predominantemente urbana, pero sobre todo con la revolución industrial, sirven para albergar a muchísima gente. Últimamente son depósitos, almacenes, de individuos hasta los 23 años que en realidad no producen nada, ni dinero ni hijos, por lo menos del nivel socioeconómico medio bajo hacia arriba y en países de desarrollo intermedio para adelante. Se supone que están aprendiendo a hacerlo, de acuerdo, pero tenerlos todo el tiempo en casa sería, pues, terrible.

Y terrible ha sido. Para ellos y la o las generaciones anteriores. 

Porque más allá de las declaraciones protocolares y románticas que se escucha en los días de la madre, del maestro, que hacen ministros de educación, directores de escuelas, gerentes de recursos humanos y gurús del desarrollo personal, la sabiduría organizacional y el crecimiento colectivo, tener todo el tiempo en casa a los aprendices, digamos, profesionales —esos que en el nido se preparan para la escuela, en la escuela para la academia, en la academia para la universidad, en la universidad para el trabajo y en el primer tramo laboral pichanguean para poder jugar los partidos de verdad—, no sale a cuenta. 

Parte de la energía con la que se propugna el regreso a los mencionados lugares obedece a que deseamos que sus ocupantes vuelvan a un aprendizaje socializado y relevante desde el punto de vista interpersonal, a una experiencia educativa que vaya más allá de lo académico, de los datos y los conocimientos. Recluidos en el hogar dejan de tener vivencias sumamente importantes. Otra parte, sin embargo, deriva de lo que perdemos teniéndolos encima nuestro, interfiriendo con lo que consideramos, a veces con razón, a veces sin ella, es el manejo de aquello que verdaderamente cuenta, define, produce y reproduce.

No es muy glamoroso y hay algo de provocación en haber llamado a nidos, escuelas, academias, universidades y empresas, depósitos y almacenes. Pero tienen mucho de eso, de contenedores, palabra que, dicho sea de paso, también se refiere a contención —control, sujeción, moderación— de energías que en la calle pueden ser subversivas, devastadoras. En casa es enormemente difícil manejarlas. Rompen equilibrios —por ejemplo entre géneros y generaciones, en el hogar y fuera de él— que ha tomado décadas lograr y cuyo futuro, pandémico y pospandémico, no es fácil avizorar.  

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Almacenes, Depósito, vida

Aunque podría parecer fuera de sitio hablar de felicidad en esta época, el tema no ha salido del escenario científico. Se hizo la encuesta mundial sobre felicidad y, en general, no hubo el bajón que vivir una pandemia hubiera hecho esperar. Los escandinavos sonríen, como siempre, en los primeros lugares. Nuestro país, como siempre, más o menos en la mitad de la tabla, ni chicha ni limonada, puesto 63, desde 2019 hasta ahora. 

No está claro qué determina el nivel de bienestar con la vida. ¿El dinero? Probablemente tiene algo que ver, pero solo mientras permita financiar aquello que en una sociedad asegura que a la generación siguiente le pueda ir mejor que a la anterior. A partir de un cierto nivel de ingresos, lo que sea que defina en un país la clase media, más riqueza no tiene nada que ver con más felicidad. 

Hay personas que fluyen fácilmente, que se involucran en lo que están haciendo sin mirar al costado, que bailan, por así decirlo, sin mirarse lo pies y pensar en ellos, que miran lo que ocurre con cierto sentido del humor —sobre todo cuando se trata de sí mismos—, sin excesiva solemnidad y sin tomar las cosas de manera demasiado personal. 

Algo, entonces tiene que ver la manera en que cada uno vibra, probablemente determinada por nuestro hardware, más vivir en una sociedad predecible, que ampara sin sobre proteger, donde sus integrantes reciben lo que les corresponde sin hacer un esfuerzo especial y que obtienen ventajas diversas si muestran empeño y persistencia. 

¿Y aquello que ocurre cuando uno está en un tiempo y un lugar determinado? Seguramente no es lo mismo vivir el final de una guerra que pasar la adolescencia en un refugio antiaéreo, una época de crecimiento económico que una de recesión sostenida. O algo debe influir enfrentar circunstancias inesperadas, como enfermedades, agresiones delictivas, desastres. 

Pues nada de lo investigado hasta ahora permite decir que nuestra felicidad depende de lo que nos pasa —influye en estados de ánimo por lapsos relativamente breves, digamos un par de meses— en un sentido u otro. Sacarse la lotería o lo que sea lo contrario de ella, no divide la vida en dos desde el punto de vista del bienestar. 

¿Y qué pasa con ciertos hitos que son parte del ciclo vital convencional? Finalizar la escuela, cumplir la mayoría de edad, el primer trabajo, casarse, son ejemplos de lo anterior. ¿Dan un empujoncito al índice de satisfacción con la vida?

Una instancia de lo anterior es, sin duda, tener hijos. Papá o mamá recién estrenados son casi la definición de la felicidad. Para los responsables de su llegada, un bebé abre las puertas del paraíso. ¿No es que además de plantar un árbol y escribir un libro, la parentalidad es un pasaporte a la trascendencia?

Sí, nos asegura trasladar nuestro genes a la siguiente generación. Pero, ¿felicidad?

De todas las actividades, estar con los niños es de las menos apreciadas, la satisfacción de pareja se va al piso cuando nace un hijo, hasta… que se va de la casa. Alguien dijo que el único síntoma del síndrome de nido vacío es una sonrisa que no cesa. 

No es para menos. Privación de sueño, endeudamiento, discusiones sobre maneras de criar, o, si alguien quiere salir de duda, vivir con un niño de dos que hace pataletas o un adolescente de 15 que amenaza con acudir al juez de menores. 

¡Claro que es difícil! Y mucho depende de las expectativas y de la comprensión de que lo mejor es suficientemente bueno. Y de la suerte de vivir en una sociedad que ofrece ayudas y apoyos a los padres. 

Hay el yo que vivencia. Ese no escogería jamás muchas de las tareas que vienen con la parentalidad. Pero el yo que recuerda, que relata, ese no cambia a su hijo por nada, no acepta un mundo en el que su hijo no está, ese hijo, no otro, con todos sus problemas. En el fondo, nuestros hijos son una casualidad de la que no queremos arrepentirnos. ¡Que diablos la felicidad!

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