Los lectores de Sudaca pensarán, seguramente, en puertos bloqueados, en la crisis de los contenedores, en anaqueles vacíos, o en cualquiera de las pesadillas logísticas que caracterizan la economía en tiempos de pandemia. Pero, no. Este columnista no entiende nada de esos asuntos. 

“Primero encontré un nido, más adelante un colegio donde ponerlo. Luego vino la academia y posteriormente ingresó, felizmente, a la universidad. El año pasado fue contratado —¡increíble, qué alivio!— en una consultora como practicante, cuando estaba haciendo su último ciclo de contabilidad. Los primeros meses la cosa fue remota, claro, pero ahora les han ofrecido regresar —en su caso va a ser un debut— de manera flexible, ahora le dicen híbrida, a la oficina. Le han dicho hasta 3 días a la semana, pero él no quiere. Yo estoy desesperado porque no veo las horas de que tenga un horario de trabajo fuera de casa. ¡Hasta le he ofrecido llevarlo y traerlo!” Dice un padre, en tono de confesión, a una ejecutiva de alto nivel de una consultora. 

Nido, colegio, academia, universidad y oficina —puede ser también fábrica u otro lugar en el que se labora— son espacios alternativos a los que sirven de vivienda, digamos el hogar. Desde que nuestra vida dejó de ser agrícola y se convirtió en predominantemente urbana, pero sobre todo con la revolución industrial, sirven para albergar a muchísima gente. Últimamente son depósitos, almacenes, de individuos hasta los 23 años que en realidad no producen nada, ni dinero ni hijos, por lo menos del nivel socioeconómico medio bajo hacia arriba y en países de desarrollo intermedio para adelante. Se supone que están aprendiendo a hacerlo, de acuerdo, pero tenerlos todo el tiempo en casa sería, pues, terrible.

Y terrible ha sido. Para ellos y la o las generaciones anteriores. 

Porque más allá de las declaraciones protocolares y románticas que se escucha en los días de la madre, del maestro, que hacen ministros de educación, directores de escuelas, gerentes de recursos humanos y gurús del desarrollo personal, la sabiduría organizacional y el crecimiento colectivo, tener todo el tiempo en casa a los aprendices, digamos, profesionales —esos que en el nido se preparan para la escuela, en la escuela para la academia, en la academia para la universidad, en la universidad para el trabajo y en el primer tramo laboral pichanguean para poder jugar los partidos de verdad—, no sale a cuenta. 

Parte de la energía con la que se propugna el regreso a los mencionados lugares obedece a que deseamos que sus ocupantes vuelvan a un aprendizaje socializado y relevante desde el punto de vista interpersonal, a una experiencia educativa que vaya más allá de lo académico, de los datos y los conocimientos. Recluidos en el hogar dejan de tener vivencias sumamente importantes. Otra parte, sin embargo, deriva de lo que perdemos teniéndolos encima nuestro, interfiriendo con lo que consideramos, a veces con razón, a veces sin ella, es el manejo de aquello que verdaderamente cuenta, define, produce y reproduce.

No es muy glamoroso y hay algo de provocación en haber llamado a nidos, escuelas, academias, universidades y empresas, depósitos y almacenes. Pero tienen mucho de eso, de contenedores, palabra que, dicho sea de paso, también se refiere a contención —control, sujeción, moderación— de energías que en la calle pueden ser subversivas, devastadoras. En casa es enormemente difícil manejarlas. Rompen equilibrios —por ejemplo entre géneros y generaciones, en el hogar y fuera de él— que ha tomado décadas lograr y cuyo futuro, pandémico y pospandémico, no es fácil avizorar.  

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Almacenes, Depósito, vida

23 de abril de 1851. Annie Darwin, la niña de los ojos de su famoso padre, el señor en el título de esta nota, muere en sus brazos. Con el cuerpo de su hija aún caliente, Charles hace una anotación: ¡”estoy tan agradecido al daguerrotipo!”

En efecto, uno de los usos más importantes de las fotografías primitivas fue dejar constancia de que alguien había vivido. Sobre todo esas criaturas que tenían existencias efímeras, pasmadas muchas veces ni bien habían comenzado: los niños.

Pocas personas no han escuchado hablar de Darwin. No se necesita haber pasado por un sistema educativo de primer nivel para saber que asestó un golpe mortal a nuestra autoestima, al afirmar que descendemos de los monos. Aunque el asunto es más complicado que eso, todos tenemos claro que su mente produjo una revolución conceptual decisiva para nuestra cabal comprensión de la naturaleza y nuestro lugar en ella.

Una mente formidable, cuyas observaciones y las reflexiones derivadas de ellas —no hubo experimentación de por medio— a lo largo de más de 5 años de una travesía fabulosa, cambiaron la historia intelectual de la humanidad.

Desde que regresó de su trascendente periplo, a los 27 años, su cuerpo no dejó de protestar: cefaleas, palpitaciones, temblores, catarros, artritis, forúnculos, puntos negros en la visión, mareos, dolores abdominales, náuseas, vómitos, flatulencias, insomnio, accesos de furia, depresión y períodos de extremo agotamiento. Hasta su muerte, 45 años más tarde.

¿Trastorno bipolar, enfermedad de Chagas, desorden de ansiedad generalizada? Cualquiera fuere el diagnóstico, sus dolencias no le impidieron escribir 14 libros. Ni ser padre de 10, entre los cuales, Annie, la segunda, era su preferida.

Su frágil salud y la enfermedad de su hija hacen ingresar en escena al doctor que da nombre a esta columna, Gully. Era un médico que alcanzó notoriedad gracias a la cura de agua —hidroterapia— que promovió con mucho éxito.

En el lucrativo retiro situado en el pueblo de Malvern, los pacientes —entre los que se contaron William Wordsworth, Thomas Carlyle, Alfred Tennyson, Charles Dickens, William Gladstone y Florence Nightingale— se sometían a todo tipo de inmersiones a lo largo de las jornadas de internamiento. Además de a amortajamientos con sábanas empapadas de agua fría o caliente. Todo lo anterior era complementado por caminatas y una dieta más bien austera.

Darwin era un usuario fiel de esas técnicas que ahora nos hacen sonreír, aunque es cierto que, no por las razones que planteaba su creador, tenían un efecto general positivo en organismos llenos de grasa, poco activos físicamente y algo reacios, por decir lo menos, al contacto con el líquido elemento.

Y, claro, frente a una medicina convencional que no ofrecía nada a su hija —buena parte de las dolencias infantiles eran atribuidas a… la dentición, y eran enfrentadas con sangrías y el empleo de medicamentos que contenían… mercurio—, al igual que no aliviaba sus propios males, el notable interprete de la naturaleza, se entregó completamente —en realidad de tanto en tanto expresaba su escepticismo— a quienes no tenían la menor idea de como funciona.

Es que cuando enfrentamos agresiones que pueden venir de cualquier lado, en cualquier momento y no las entendemos, ni nuestra sabiduría convencional tiene las armas para prevenirlas, neutralizarlas o eliminarlas y nos matan —peor aun, destruyen a quienes más queremos—, las mentes más lúcidas, incluyendo a quienes cuyo oficio es encontrar la verdad y analizar opciones de manera objetiva, se van por el folclore, la anécdota basada en el ensayo y error, y la lógica de la superstición.

El sometimiento del señor Darwin al doctor Gully es algo muy humano y que viene a pelo cuando todavía estamos sufriendo los embates de la pandemia. Vitaminas, remedios caseros y medicamentos que han servido para otros fines, han sido utilizados y recomendados por aquellos cuya misión es salvar vidas y que llevaron a cabo una labor heroica, así como por líderes de opinión. No ha habido —salvo excepciones, claro, siempre hay pescadores que se deleitan en ríos revueltos—mala fe.

Hasta en las mentes más darwinianas se esconde un doctor Gully.

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Charles Darwin, James Gully

En el tercer artículo me referí a la postguerra, ese período cuando nada está demasiado claro, donde si hacer o no hacer no viene acompañado con un manual o, por el contrario, se define frente a regulaciones excesivas, contradictorias y, a la postre, contraproducentes. 

Tuve que viajar. Las razones no fueron ni turismo ni trabajo, sino acompañamiento médico a un familiar. Entre las declaraciones de salud llenadas en línea para el país de tránsito, aquellas que exige el destino final, las pruebas de que uno no tiene el virus, los certificados de vacunación, los hisopados al llegar al aeropuerto, los correos que uno recibe del ministerio de salud, las instrucciones de las líneas aéreas, las opciones de cuarentenas y las maneras de acortarlas, nos encontramos en un estado de confusión permanente. Lo más probable es que las cosas se vayan asentando y los criterios se hagan más sencillos y compartidos por las diferentes burocracias. El hecho es que se extraña la fluidez pre pandémica.  

¿Volverá? 

No en el corto plazo. Habrá que negociar permanentemente las condiciones de nuestros desplazamientos. De acuerdo con los lugares: podrá ser más sencillo ir de A a B, que regresar de B a A, las cosas podrán cambiar en función del estado de contagios, de circunstancias políticas, la edad de los viajeros; habrá momentos o coordenadas geográficas en los que la supervisión será viscosa y presente, mientras en otros los encargados de ejercerla cerrarán los ojos frente a lo que no está perfectamente en orden.

Por ejemplo, aunque recibí un permiso humanitario cuando el país aún tenía las fronteras cerradas a la visita de extranjeros y mi ingreso se produjo con más rapidez que el recojo del vehículo que había alquilado, recibí, no obstante estar vacunado y haber dado negativo al examen de corona —gratuito y cuyos resultados llegaron a mi correo unas horas más tarde— una orden de cuarentena por dos semanas a pesar de que me iba a quedar 10 días. Por cierto que no la cumplí. ¡La levantaron el día que regresaba a casa! 

De todas formas, la circulación por el país visitado, el paso por aeropuertos, el ingreso a los aviones y los trámites de llegada terminaron siendo bastante razonables. Pero todo lo anterior va a estar en revisión permanente y más vale que debamos estar tan atentos a sus avatares como a los del clima. 

De cualquier manera, en parte por la crisis sanitaria, pero no solamente por ella, ir de un lugar a otro va a ser un trámite bastante distante de lo que asumimos sería la libérrima transhumancia propia de la globalización y el “final de la historia”. 

Justamente ahora que el 9 de noviembre celebramos la caída de un muro que simbolizó la división entre personas y cuyo derrumbe auguró la abolición de las barreras para ideas, productos y personas, la pandemia nos regresa a la medievalidad de los ubicuos peajes. Pero, también, a una actitud de enorme recelo ante quienes quieren ingresar a nuestros territorios. 

Vuelven muros y cercos, cuya construcción y mantenimiento, así como la tecnología que permite hacerlos impenetrables, o convierte en barreras muy exigentes los controles migratorios, que están convirtiéndose en verdaderas industrias billonarias. 

Fuera del turismo y el comercio, ingresamos de lleno en una época en la que catástrofes climáticas, guerras y persecución política van a convertir a potenciales migrantes en peligros existenciales que van a ser enfrentados con pocos escrúpulos, además de jugar con ellos para fines geopolíticos, cómo está ocurriendo, entre otros, con los kurdos en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. 

Sí, es la vuelta de los peajes. Algunos en forma de trámites y gastos, otros en forma de muros, todos llenos de tecnologías para identificar al que se queda y al que pasa. Todos seremos indeseables hasta prueba de lo contrario. 

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peajes

Aunque podría parecer fuera de sitio hablar de felicidad en esta época, el tema no ha salido del escenario científico. Se hizo la encuesta mundial sobre felicidad y, en general, no hubo el bajón que vivir una pandemia hubiera hecho esperar. Los escandinavos sonríen, como siempre, en los primeros lugares. Nuestro país, como siempre, más o menos en la mitad de la tabla, ni chicha ni limonada, puesto 63, desde 2019 hasta ahora. 

No está claro qué determina el nivel de bienestar con la vida. ¿El dinero? Probablemente tiene algo que ver, pero solo mientras permita financiar aquello que en una sociedad asegura que a la generación siguiente le pueda ir mejor que a la anterior. A partir de un cierto nivel de ingresos, lo que sea que defina en un país la clase media, más riqueza no tiene nada que ver con más felicidad. 

Hay personas que fluyen fácilmente, que se involucran en lo que están haciendo sin mirar al costado, que bailan, por así decirlo, sin mirarse lo pies y pensar en ellos, que miran lo que ocurre con cierto sentido del humor —sobre todo cuando se trata de sí mismos—, sin excesiva solemnidad y sin tomar las cosas de manera demasiado personal. 

Algo, entonces tiene que ver la manera en que cada uno vibra, probablemente determinada por nuestro hardware, más vivir en una sociedad predecible, que ampara sin sobre proteger, donde sus integrantes reciben lo que les corresponde sin hacer un esfuerzo especial y que obtienen ventajas diversas si muestran empeño y persistencia. 

¿Y aquello que ocurre cuando uno está en un tiempo y un lugar determinado? Seguramente no es lo mismo vivir el final de una guerra que pasar la adolescencia en un refugio antiaéreo, una época de crecimiento económico que una de recesión sostenida. O algo debe influir enfrentar circunstancias inesperadas, como enfermedades, agresiones delictivas, desastres. 

Pues nada de lo investigado hasta ahora permite decir que nuestra felicidad depende de lo que nos pasa —influye en estados de ánimo por lapsos relativamente breves, digamos un par de meses— en un sentido u otro. Sacarse la lotería o lo que sea lo contrario de ella, no divide la vida en dos desde el punto de vista del bienestar. 

¿Y qué pasa con ciertos hitos que son parte del ciclo vital convencional? Finalizar la escuela, cumplir la mayoría de edad, el primer trabajo, casarse, son ejemplos de lo anterior. ¿Dan un empujoncito al índice de satisfacción con la vida?

Una instancia de lo anterior es, sin duda, tener hijos. Papá o mamá recién estrenados son casi la definición de la felicidad. Para los responsables de su llegada, un bebé abre las puertas del paraíso. ¿No es que además de plantar un árbol y escribir un libro, la parentalidad es un pasaporte a la trascendencia?

Sí, nos asegura trasladar nuestro genes a la siguiente generación. Pero, ¿felicidad?

De todas las actividades, estar con los niños es de las menos apreciadas, la satisfacción de pareja se va al piso cuando nace un hijo, hasta… que se va de la casa. Alguien dijo que el único síntoma del síndrome de nido vacío es una sonrisa que no cesa. 

No es para menos. Privación de sueño, endeudamiento, discusiones sobre maneras de criar, o, si alguien quiere salir de duda, vivir con un niño de dos que hace pataletas o un adolescente de 15 que amenaza con acudir al juez de menores. 

¡Claro que es difícil! Y mucho depende de las expectativas y de la comprensión de que lo mejor es suficientemente bueno. Y de la suerte de vivir en una sociedad que ofrece ayudas y apoyos a los padres. 

Hay el yo que vivencia. Ese no escogería jamás muchas de las tareas que vienen con la parentalidad. Pero el yo que recuerda, que relata, ese no cambia a su hijo por nada, no acepta un mundo en el que su hijo no está, ese hijo, no otro, con todos sus problemas. En el fondo, nuestros hijos son una casualidad de la que no queremos arrepentirnos. ¡Que diablos la felicidad!

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bienestar, felicidad, hijos, vida

¿Preparando un viaje? Con toda la tranquilidad de una vacuna que se va haciendo universal, menos angustia alrededor de las salidas y encuentros, nos disponemos a apretar las rodillas sobre los flancos de Rocinante. ¡Pero vaya que encontramos molinos del viento en varios puntos del camino! Debe haber un concurso entre nostálgicos de los peores momentos, buscando ganar el premio al trámite más enrevesado. ¡Si cuando el  SRAS-CoV-2 hacía de Pac-Man con nosotros era más sencillo desplazarse!

Y, sí, los especialistas de la salud mental en medio de la carnicería pandémica tuvimos que hacer frente a numerosos casos de ansiedad generalizada, ataques de pánico y cuadros depresivos severos, pero nunca la seguidilla de intentos de suicidio ocurrida cuando las cosas parecen ir mejor. 

Y, espero no ser pájaro de mal agüero, este día de las brujas con jarana criolla, podría dejar a un grupo que no se atreve a sacar la nariz, terriblemente frustrado; y a otro que ha estado —me consta— preparando disfraces, con el hígado bastante maltratado y el rostro desfigurado en alguna bronca monumental. 

¿Qué pasa? Bueno, algo que podríamos calificar de posguerra. Me remito a un relato que escuché muchas veces durante mi adolescencia. 

Inicios de 1945. Habían sacado a los prisioneros de Auschwitz para transferirlos a otros campos. Los soldados alemanes conducían las marchas de la muerte para alejarse del avance aliado. Al atardecer de cada día los encerraban en graneros y en la madrugada los despertaban para continuar. 

Pero ese día no pasó nada. La puerta permaneció cerrada. Y siguió cerrada una, dos, tres horas. Nadie osó abrirla. Los barrotes del cautiverio también habitaban la mente. El ejército rojo los retiró. Mi interlocutora inició el camino de retorno. Lo recorrió como pudo en un mundo que ya no estaba en guerra. 

Fue, según ella, más terrible que el campo de concentración. Una experiencia borrosa en un escenario agitado más que alegre, sin reglas, lleno de personajes que podían pasar de la bondad a la maldad, y de regreso, de manera impredecible. Un interregno pleno de injusticias en nombre de la justicia, venganzas, acaparamientos, delaciones, apropiaciones y expropiaciones. La autoridad estaba escondida mientras los festejos y el desorden encubrían un todo vale cruel. 

Algo como lo que está pasando a estas alturas de la plaga. ¿Por qué ahora que el virus afloja y las calles se abren?

Quizá no sabemos aún qué reglas aplicar. Las que rigieron hasta hace no mucho parecían sencillas, eran dicotómicas, definían mapas con fronteras claras y límites precisos. Aún dentro de la informalidad que caracteriza nuestro país, el espíritu dominante era la protección, el recelo, el evitamiento, la reclusión. Se salía, sí, pero como exploradores a partir de una base de operaciones, para regresar rápido al refugio seguro. 

No es que las condiciones hayan cambiado de manera radical. Nadie en su sano juicio puede declarar que hemos derrotado a la peste. Incluso es posible afirmar que hay indicadores sanitarios que preocupan, como el aumento de las hospitalizaciones. Pero parece que vemos al virus como una suerte de francotirador agazapado que sigue matando porque no se ha enterado del final de las grandes batallas. Hay un estado de ánimo postbélico asumido por una colectividad que se lanza a a vivir sin cortapisas, digan lo que digan ministros, alcaldes y otras autoridades, o las voces sensatas. 

En ese entorno quedan los que no se mueven y siguen encerrados, los que salen a recorrer las calles y visitar las trincheras humeantes, los grupos que se rediseñan y buscan nuevas pertenencias y señales distintivas, así como ritos de iniciación y pasaje que aún no se consolidan. 

Muchos se han quedado sin explicaciones para algunas de sus conductas más estrafalarias en el sentido de la contracción autista o de la expansión transgresora. Nos quedamos frente a tareas pendientes, en todos los momentos del ciclo vital y en todos los papeles y funciones, que se habían trastocado o dejado en pendientes. 

Como dicen los pilotos, ¡a amarrarse los cinturones de seguridad!

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Covid-19, Salud Mental, Vacunación

Frente a un público citamos a alguien —muy importante y reconocido— que habla pestes, valga la ironía, sobre la generación joven, aquellos que irrumpen en la vida adulta y comienzan a enfrentar las tareas de producción y reproducción; a hacer sus pininos en las artes plásticas, la literatura, la música, el talento escénico; a hacerse de preseas en los distintos deportes; a desembarcar en empresas y crear negocios. 

Que se la quieren llevar fácil, que son pusilánimes, que son displicentes, que son estrambóticos, que son perversos en sus usos y costumbres, que no tienen gusto, en fin, que son jóvenes bárbaros sitiando, tratando de destruir, los templos de la cultura universal. Y luego de que nuestras audiencias de ex muchachos asienten aprobando las anteriores afirmaciones, desvelamos a los citados: algunos vivieron hace cientos, incluso miles, de años. 

La relación entre generaciones, en todas las épocas, son complejas, llenas de ambivalencia y no poca agresividad. No es precisamente sorprendente. Están en juego las 3 dimensiones centrales de la vida humana: placer, poder y saber. Quien las controla —y en todas las culturas están reguladas— hace más copias de sus genes, acumula más pertenencias, deja más recuerdos, la pasa mejor. 

Es lógico que quienes están de subida y los que están de bajada, quienes juegan en la cancha y quienes esperan en la banca, se midan, cooperen y compitan; muestren envidia, recelo, admiración; aprovechen cuando sienten que tienen el mango de sartén y busquen refugio cuando están desconcertados o temerosos. 

En pocas ocasiones lo anterior es más evidente que cuando acaece un evento universal devastador, de esos que hacen tambalear los presupuestos colectivos, que generan un sentimiento compartido de fragilidad e impotencia, que abolen el largo plazo, que hacen peligrar la continuidad de la vida, que cancelan la convicción de que somos los dueños del planeta  y su destino. 

¿Quiénes saben?

¿No era que los mayores tienen la suficiente experiencia para resolver todos los retos y enfrentar todos los peligros? Nos han dado clases acerca de qué se hace y cómo se hace, nos hacen pasar por todo tipo de exámenes y selecciones antes de darnos la licencia para realizar toda suerte de actividades. Ahora resulta que están perdidos, no tienen la menor idea de lo que está pasando. 

¿Quiénes son débiles?

Pues esta vez —no ha sido así en otros ataques virales— los menores recibieron el encargo de congelar sus vidas en aras de no contagiar a sus padres y abuelos. Dejaron, por órdenes explícitas y regulaciones draconianas, de hacer todo aquello que define la adolescencia y la juventud. En nuestro país y en todas las culturas latinas, donde la familia extensa es una realidad masiva y muy relevante desde todos los puntos de vista, la cosa fue más allá de saludar desde lejos. Significó un reordenamiento de toda la vida y sus protocolos y un enfrentamiento casi cotidiano a dilemas morales dolorosos. 

En estos días en los que los objetivos ya no son sobrevivir, no contagiarse y no contagiar —la próxima semana trataré sobre lo que ello significa, que no es sencillo— las alteraciones en las relaciones de poder entre las generaciones, que hemos vivido durante casi dos años van a hacer sentir sus consecuencias. 

Hay algo de eso que ocurre cuando un pequeño se zafa de las manos de quien lo cuida y se acerca al borde de una terraza que se encuentra en el quinto piso o al de una autopista: mamá o papá se abalanzan con el corazón en la boca. Lo detienen, lo toman en brazos, sienten el enorme alivio de verlos a salvo. Pero, inmediatamente, les gritan y hasta, lo he visto más de una vez, les pegan. Pasado el peligro, la rabia domina el resto de los sentimientos. Solamente que en esta ocasión es el pequeño quien evitó la tragedia al mayor. 

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generaciones

Así, en plural. Me refiero a la vuelta a la oficina, a la vuelta a los salones de clase, a esa tan mentada nueva normalidad, cuando la pandemia amaina y parece enfilarse hacia la endemia.

Se supone que todos estamos saltando en un pie: madres y padres hartos de actuar varios guiones distintos en el mismo escenario, por fin exonerados de ser asistentes de aula impagos. Los chicos eximidos de esa cercanía sofocante —he escuchado a varios que juran “la siguiente epidemia no me agarra ni de a vainas en la casa de mis viejos”— que puso entre paréntesis las promesas de independencia y autonomía.

Pero no…, por lo menos no así de sencillo, ni unánime.

Acompañé a pacientes de todas las edades en los varios matices del encierro y las múltiples tonalidades del miedo. Ahora voy siguiendo los sentimientos encontrados camino a los espacios pre covídicos, no solo de individuos, sino también de grupos de ejecutivos que trabajan en organizaciones de todo tipo y en varios países.

Los hay claustrofóbicos y otros claustrofílicos, los hay que se sienten cómodos con colegas bidimensionales y otros que añoran la carne y el hueso de los pasillos. Pero si los mandamases en los directorios y quienes dirigen los departamentos de recursos humanos creen que se va a imponer una talla única, se equivocan groseramente.

Muchos la tienen clara: el contacto importa, pero la reunionitis compulsiva es una pérdida de tiempo y energías. Nada justifica desplazamientos que en algunas ciudades se miden en horas. La identidad organizacional no depende de una sede central llena de rituales y señales que tienen que ver más con jerarquía y control que con innovación y productividad. Se puede trabajar desde cualquier lugar, por lo menos parte del tiempo.

Todos saben que lo que se extraña de las empresas y colegios —encuentros casuales, intercambio de información interpersonal, vale decir, chismes y recreos de todo tipo— es justamente lo que estará fuera de límites y que el resto es, más o menos, lo que se hacía en casa o cualquier otro lugar, solo que… con mascarilla.

Pero, sobre todo, un número apreciable de quienes estudian y trabajan, han comenzado a redefinir lo que significan esas dos actividades y su contribución a la identidad de las personas y están llegando a la conclusión de que por lo menos algunos protocolos educacionales y profesionales no son más que estupideces consagradas por la tradición y la autoridad.

Ya se dieron cuenta.

Los más creativos y capaces ofrecerán sus talentos a organizaciones —públicas y privadas, con y sin fines de lucro— que acepten lo anterior y ofrezcan flexibilidad, así como reconocimiento a maneras distintas de hacer las cosas; que combinen lo presencial con lo remoto, la circulación de personas e ideas por espacios diversos sin que dejen, por ello, de pertenecer a culturas institucionales vigorosas.

El COVID-19 causa una enfermedad, SARS-CoV-2, que se volvió pandemia. Habíamos olvidado que las pestes nos han acompañado desde que se nos ocurrió erigir la torre de Babel, mítico emprendimiento bíblico, símbolo de nuestra soberbia.

Hemos podido más que nuestros ancestros cuando sufrieron los embates de las plagas ateniense, antonina, justiniana, la muerte negra, la gripe rusa y la española, para solo mencionar algunas. Con celeridad extraordinaria desarrollamos vacunas eficaces y las venimos aplicando a pesar de las dificultades —que han terminado siendo más ideológicas, basadas en ideas, que logísticas—, así como estrategias comportamentales individuales y colectivas que limitan los contagios.

Sin embargo, no hay bala de plata: todos los países, no importa el sistema político que los gobierna ni los perfiles culturales que los definen, han pasado por cimas y simas en sus indicadores pandémicos.

Independientemente de lo anterior, el estado de ánimo colectivo —que ya venía groggy desde 2008— ha cambiado para peor. Sin entender los nuevos sentidos del trabajo, lo que esperamos de la vida, lo que define a los individuos, la identidad colectiva, el significado de salud y enfermedad, el balance entre protección y libertad, la palabra regreso es una cáscara vacía.

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