Ucrania

¿Quién no ha pensado, al escuchar Nathalie, aquella inolvidable balada de 1982 del español Julio Iglesias (del LP Momentos) en una melodía rusa? Quizás los más jóvenes no -ni siquiera la de Julio Iglesias deben haber escuchado-, pero quienes venimos del pasado sabemos, perfectamente, que ese coro se basa en una conocida canción folklórica. Su nombre original, en grafía cirílica, es О́чи чёрные, castellanizado comúnmente como “Ochi chernia” que significa, literalmente Ojos oscuros, compuesta a mediados del siglo 19 por el poeta y músico Yevgeny Grebyonka. Y pensábamos, por supuesto, que provenía de Rusia o la URSS que, para nosotros, era lo mismo. Resulta que Grebyonka nació en Ucrania en 1812, en pleno apogeo de los zares, quienes gobernaban a su antojo desde Moscú y San Petersburgo, en tiempos en los que aún no se avizoraba la llegada de ninguna revuelta proletaria. Vladimir Ilych Ulianov, Lenin, nacería 58 años después.

Mientras recorríamos, en octubre del 2015, los estrechos pasillos y salones de la fantástica Catedral de San Basilio, en la Plaza Roja de Moscú, escuché a lo lejos un fantástico coro masculino que hacía retumbar una de las capillas del ancestral templo bizantino. Cuando llegamos al umbral, aparecieron frente a nosotros cuatro extraordinarios vocalistas elegantemente vestidos de negro. Se hacían llamar Doros y eran, desde luego, una atracción turística que recoge una de las tantas formas de música rusa pre-socialista: el canto coral. El mismo que inspiró aquella hilarante rutina de los entrañables Les Luthiers, titulada Oiga Doña Ya! (1977), en la que un conjunto de presuntos barqueros del Volga juega con palabras en español que simulan la característica fonética rusa. 

La música rusa ha estado más cerca de nosotros que su país de origen, con canciones populares como Moscú (1980) grabada en español por el francés Georgie Dann, fallecido el año pasado. Sin embargo, la versión original fue registrada primero en alemán y luego en inglés por el conjunto de pop electrónico germano Dschinghis Khan, en 1979. Moscú es una adaptación pop de Kozachok, una saltarina composición del siglo 16 que identifica a los cosacos y es la pieza musical más representativa del folklore tradicional de Ucrania, tocado con balalaikas, acordeones y panderetas.

En cuanto a la música clásica, sus obras maestras siguen vigentes. Por ejemplo, el ballet navideño Cascanueces (1876), El lago de los cisnes (1892), presente en largometrajes como Black swan (2010) o Billy Elliott (2000), o la atronadora Obertura 1812 (1880), popular entre los amantes del cómic por su uso en la versión fílmica de V for Vendetta (2005), todas de Tchaikovsky. El vuelo del abejorro (1899) de Rimsky-Korsakov, identificó a la serie de televisión setentera El avispón verde. Cuadros de una exhibición (1874) de Mussorgsky, fue transformada en una suite rockera por el trío británico Emerson, Lake & Palmer en 1972. La sinfonía infantil Pedro y el lobo (1936), de Prokofiev, y sus usos educativos. La lista podría continuar.

A los ecos de la grandilocuencia sinfónica del siglo 19 se sumó la desafiante creatividad de un colectivo de autores que, entre 1856 y 1870, se apartó del concepto tradicional de la música orquestal para crear sonidos más radicales, incorporando conceptos nacionalistas y orientalistas. Me refiero al famoso «grupo de los cinco»: Mily Balakirev (Novgorod, Rusia, 1837-1910), César Cui (Vilnius, Lituania, 1835-1918), Alexander Borodin (San Petersburgo, Rusia, 1833-1887), Modest Mussorgsky (Karevo, Rusia, 1839-1881) y Nikolai Rimsky-Korsakov (Tikhvin, Rusia, 1844-1908), quienes, con un promedio de edad que iba de los 18 a los 25 años, fueron sentando las bases para la música instrumental contemporánea de autores como Sergei Prokofiev (Donetsk, Ucrania, 1891-1953), Nicolas Slonimsky (San Petersburgo, Rusia, 1894-1995) y, especialmente, Igor Stravinsky (San Petersburgo, Rusia, 1882-1971), el más influyente autor de música sinfónica neoclásica y serialista. Aquí, un pasaje de La historia de un soldado (1918), una de sus más reconocidas óperas.

Las referencias a la música rusa están por todas partes: desde la balada Nathalie (1964) del divo francés Gilbert Bécaud hasta Caballos caprichosos (1971), poderosa canción acústica de Vladimir Vysotsky (Moscú, Rusia, 1938-1980), maestro del canto gutural, usada en White nights (1985), película protagonizada por los bailarines Mikhail Barishnikov (Riga, Letonia, 1948) y el norteamericano Gregory Hines. Asimismo, rockeros como The Beatles, Elton John o Scorpions han rendido homenaje a la historia y tradiciones rusas en canciones como Back in the U.S.S.R. (1968), Nikita (1985) o Wind of change, respectivamente. Por otra parte, las familias de los integrantes de System Of  A Down, banda de metal moderno formada en 1998 en California, provienen de Armenia, tan golpeada tras la Primera Guerra Mundial. Su vocalista Serj Tankian declaró en el 2013 que “Ucrania y Armenia, como todas las demás ex repúblicas soviéticas, merecen la verdadera independencia, no solo de la influencia rusa sino también de toda esa manipulación táctica y mercantil de Occidente”.  

Hoy, que el mundo asiste a un nuevo y lamentable capítulo de aquellos conflictos cuyas profundas raíces atraviesan la vida de los habitantes de los países involucrados, con consecuencias que sobrepasan las angurrias de políticos ocasionales, los sonidos rotundos de la música rusa acuden, en bloque, a nuestros oídos como soundtrack perfecto para la confusión, la tristeza, la emoción nacionalista y la desolación, una metáfora de lo que ha sido desde siempre la historia de Rusia, equivalente a las monumentales y desgarradoras narraciones realistas de Fedor Dostoievsky o León Tolstoi, ambos moscovitas (nacidos en Moscú). Como habrán podido notar, los personajes más importantes de la cultura que identificamos como “rusa” no tienen un solo origen, sino que hay rusos, ucranianos, lituanos, georgianos, etc., una diversidad que puede enriquecer la vida en sociedad pero, como es evidente, también puede ser una verdadera maldición cuando se interponen mezquinos intereses económicos y políticos.

 

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Música, Rusia, Ucrania

La pregunta que entonces nos hacemos es: ¿No será acaso, que este realineamiento geopolítico, constituye la ocasión propicia para transformar nuestro equipamiento militar, recurriendo a otros países de la órbita occidental, como Estados Unidos o Francia, o el mismo Israel, que tecnológicamente nos pueden dar equipo militar mucho más avanzado tecnológicamente y que evita el uso de la vida humana, como carne de cañón en caso de una confrontación militar? Es quizás también, la ocasión propicia para preguntarnos: ¿Vamos a seguir comprándole armas a un país como Rusia, con un Putin que encabeza un régimen que exporta desestabilización hacia las democracias? La pregunta se la dejo a los estadistas y a los líderes de las fuerzas armadas del Perú…

Los espero el próximo miércoles. Muchas gracias.

 

 

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Rusia, Ucrania

¿Qué otro tipo de medidas podrían ayudar a que los sectores más golpeados continúen recuperándose? Hasta ahora lo máximo que se ha visto es el Reactiva que no llegó a todas las empresas.

Reactiva ha sido un esfuerzo de tanto el Ministerio de Economía y Finanzas como el Banco Central de Reserva para generar mayor crédito. Este ejemplo tiene que hacerse de una manera mucho más integral. Debería plantearse un esquema de Reactiva, ya no tanto a mediana y gran empresa, que ahora están adecuadamente financiadas. Esto debe ir a las Mypes y Pymes que están sufriendo en términos de generación de caja; estas dependen mucho del capital de trabajo a corto plazo. Ahí viene justamente el tema de la formalización. Debe haber un esfuerzo conjunto entre el Ministerio de Finanzas y el Ministerio de Trabajo para hacer una una visión de política mucho más transversal.

Vamos a la actualidad internacional: el conflicto Rusia –  Ucrania. Se ha hablado del impacto en el Perú sobre el petróleo, el maíz y el trigo. ¿Cuán fuerte podría ser el impacto en el nuestro país?

Si uno efectivamente ve el incremento del precio del petróleo, este ha sido fuerte. Hay una subida fuerte comparada al año pasado de un 40 a 50%. Pero, ¿qué sucede? Las empresas que importan estos productos, por lo general realizan contratos a futuro. Es decir, lo que estamos utilizando hoy son fruto de un contrato de futuro que se hizo, seis meses, tres meses o un año atrás. Entonces el impacto que tiene en precios no es inmediato. Si esta situación persiste en el primer o segundo trimestre, el efecto inflacionario se va a notar.

Entonces debemos tener cierta calma sobre el impacto. Igualmente sobre el dólar que tuvo cierta fluctuación en todos los mercados internacionales debido a este conflicto…

Frente a estas crisis, los mercados financieros y las bolsas son más volátiles. Casi todas las bolsas del mundo han reaccionado negativamente y luego se han recuperado o se han estabilizado. En América Latina, el dólar es una moneda de refugio, igual que el oro. En marzo se iba a reunir el directorio de la Reserva Federal para subir en 25 o 50 puntos la tasa de referencia. Aparentemente, fruto de esta incertidumbre política, no se va a hacer. Entonces, el impacto que si hubiera sido interesante o que podría presionar el alza del dólar, hubiese sido que la Reserva Federal vea una subida de tasas de referencia.  Se espera que esto suceda y va a generar poco a poco que haya mayor demanda por dólares y lógicamente una subida, favoreciendo al dólar y perjudicando el sol. Pero no ha llegado esto todavía.

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Dólar, Rusia, Tercerización, Tercerización laboral, Ucrania
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