Música

Si lo pensamos detenidamente, ninguna de las bandas de pop-rock y su infinito abanico de variantes cuyos nombres son acrónimos ha tenido nunca la intención de enviar mensajes cifrados o subliminales. 

Recuerdo que, hace ya varias décadas, hubo un intento de hacer creer a la opinión pública que Kiss (“beso” en español), nombre del cuarteto enmascarado más famoso del mundo, era una sigla que escondía propósitos demoníacos (“Knights In Satan’s Services” o “Caballeros al Servicio de Satán”, nada menos) y, también hace años, a algún creativo pionero de las fake news se le ocurrió decir que Ac/Dc significaba “Antes de Cristo/Después de Cristo”, un disparate ya que los hermanos Angus y Malcolm Young no hablaban ni una palabra de español cuando armaron este grupo, en la lejanísima Australia (por cierto, Ac/Dc es la abreviatura en inglés para la indicación del tipo de corriente eléctrica, alterna o directa, que seguro estos músicos vieron desde niños en la cortadora de césped de sus padres). 

En esos tiempos también se decía que Hotel California (Eagles, 1976) era una canción satánica y que si ponías a girar al revés el single Another one bites the dust de Queen, del álbum The game (1981), se escuchaban claramente frases de adoración al diablo y al consumo de marihuana. Épocas en que no existían Google ni Wikipedia para desbaratar esta clase de errores esparcidos por DJs sin ningún rigor informativo. 

Hablando de acrónimos, podemos mencionar casos como el de R.E.M. (Rapid Eye Movement) que hace alusión a un hecho fisiológico relacionado al sueño; O.M.D. (Orchestral Manouvres in the Dark), línea de una de las primeras composiciones del dúo electropop que popularizó temas como Enola Gay o Electricity; E.L.O. (Electric Light Orchestra), otro nombre producto del azar; R.E.O. Speedwagon, que homenajea al pionero de la industria automotriz Ransom E. Olds; W.A.S.P., grupo de heavy metal ochentero que nunca llegó a esclarecer qué significaba su nombre, si una pandilla de degenerados (“We Are Sexual Perverties”) o de protestantes racistas (“White Anglo-Saxon Protestants”); o S.O.D. (Stormtroopers Of Death), el proyecto alterno de Scott Ian y Charlie Benante de Anthrax, cuyo nombre podría ser el de personajes de algún cómic o película de ciencia ficción. Y ni hablar de conjuntos como Abba, Nsync, B.T.O. o CSN&Y, que son las letras de los nombres de sus integrantes.

Pero hay una banda que sí decidió lanzar, desde una sigla, una clara y abierta diatriba contra la sociedad y la política de su tiempo. Formado en Texas y forjado en Los Angeles, a donde se mudaron tras el lanzamiento de sus primeros demos, durante los años duros del gobierno republicano de Ronald Reagan, un cuarteto integrado por el cantante/gritante Kurt Brecht, su hermano Eric en la batería, Dennis Johnson en el bajo y el guitarrista Spike Cassidy, disparó una llamarada de hardcore punk bajo el nombre D.R.I. que, al desplegarse, hizo levantar la ceja a más de uno: Dirty Rotten Imbeciles (“sucios podridos imbéciles”).

Aunque la sigla surgió de algo que decían los demás sobre ellos, por el insoportable ruido que producían sus primeros ensayos, allá por 1981, en el garage de la familia Brecht, el contexto de sus letras respalda la teoría de que, además de ese cinismo autodestructivo, el nombre también funcionaba como un abierto insulto a los destinatarios de sus amargas canciones: los eternos políticos, militares, empresarios, periodistas, personajes de farándula, abogados y sacerdotes que, detrás de sus respetables apariencias, cocinan actos de corrupción, componendas, campañas de desinformación, hipocresías y demás iniquidades, en cualquier país e idioma del mundo. Al margen de todo, D.R.I. se convirtió en una reconocida banda subterránea y, a su manera, dejó un fuerte impacto tanto en la escena del punk extremo como en las huestes del thrash metal que llegaba de la Costa Oeste, con las que estableció fuertes nexos a mediados de la década de los ochenta.

Como todas las bandas seminales del hardcore punk -Black Flag, Minor Threat, Bad Religion y, especialmente, los Dead Kennedys-, D.R.I. arremetió contra el establishment con furibundas letras cargadas de inconformismo nihilista y ese sonido violento que buscaba destruir no solo el concepto original del punk británico de los setenta, más asociado al rock y, en sus últimos tramos, al reggae y el ska; sino también las ondas más estilizadas y potencialmente comerciales de sus dos derivados, el post-punk y la new wave, como nuevos abanderados de la subcultura del “Do It Yourself” (“hazlo tú mismo” o simplemente DIY), ubicada en las antípodas de la sofisticación, tanto sonora como de imagen, que caracterizó a los grupos surgidos tras la caída de los Sex Pistols y The Clash.

De hecho, uno de los primeros logros en la carrera de los D.R.I. fue salir como teloneros de, precisamente, Dead Kennedys, la controversial banda liderada por Jello Biafra que, entre 1978 y 1986 sacudió a su público -y, en menor medida, al público en general, debido a la obvia inexistencia de su grupo en canales de difusión convencionales o no subterráneos-, con sus agresivos, cuestionadores y  malcriados temas que iban del hardcore al punk rock de sonido tradicional, como Holiday in Cambodia (1980) o Too drunk to fuck (1981), ambos de casi nula rotación en radios y televisoras como MTV o BBC. Pero poco después, D.R.I. decidió expandir su estilo y moverse hacia el thrash metal, sin dejar del todo la actitud y la cacofonía de sus inicios.

Sus dos primeros lanzamientos, Dirty Rotten LP (1983) y Dealing with it! (1985, además del EP Violent pacification, en medio de ambos) son unas tormentas de distorsión guitarrera, baterías desordenadas y frenéticas, voces agresivas y casi inaudibles, de urgencia desmedida (Dirty Rotten LP dura menos de 20 minutos y tiene 22 canciones, algunas no llegan ni a los 30 segundos). A partir del tercer álbum, titulado Crossover (1987), es que D.R.I. -con su alineación definitiva: Kurt Brecht, Spike Cassidy, Josh Pappe y Felix Griffin en bajo y batería- comenzó a modificar y pulir su sonido, con canciones más estructuradas y de duración más o menos normal, como los clásicos del thrash Anthrax o Kreator, con quienes solían alternar. En este disco están incluidas dos de sus canciones más representativas, Hooked y The five year plan

El término “crossover”, usado para definir el puente que tendían entre el hardcore punk y el metal -más por cuestiones de intuición visceral que por sesudas pretensiones de cambios estilísticos- se usó a partir de aquel disco para etiquetar un subgénero híbrido, “crossover thrash” o simplemente “crossover” que después usaron, de manera aleatoria, otros grupos como Corrosion Of Conformity, Suicidal Tendencies o Nuclear Assault. Sin embargo, el rótulo no es exclusividad de la música extrema, pues también suele usarse para denominar el cruce de artistas pop que cantan en dos idiomas -José Feliciano, Gloria Estefan, Abba, la generación de baladistas italianos y franceses de los años setenta- y aquellos que combinan lo clásico con el pop, como Plácido Domingo, Josh Groban, Sarah Brightman o Il Divo y sus afines (Il Volo, The Ten Tenors, etc.).

Luego de Crossover, siguieron los álbumes 4 of a kind (1988) que contiene Suit and tie guy y All for nothing, conocidas para cualquier metalero que se respete; Thrash zone (1989), Definition (1992) y Full speed ahead (1995), su última producción oficial. Después, la banda entró en receso debido a que Spike, el guitarrista, fue diagnosticado con cáncer, enfermedad que afortunadamente superó. Después del lanzamiento de un extraño EP de cuatro canciones, But wait… there’s more! (2016), los D.R.I. no han vuelto a ingresar a los estudios, pero sí se han mantenido activos en giras mundiales, como las que los trajeron hasta Lima, en tres ocasiones (2002, 2008 y 2016). 

Las bandas de hardcore punk tienen un propósito muy concreto: gritar verdades a la cara sin el más mínimo filtro ni corrección social o política. Los antivalores que promueven -anarquismo, incredulidad, rabia incontenible, cinismo, apatía hacia el futuro y una abierta postura antisocial- hace que sean difíciles de digerir por el público convencional, que suele reaccionar con comprensible rechazo frente a estos escupitajos de sinceridad gruesa e indignada, cargados de insultos y frases demoledoras e intransigentes. Dicho sea de paso, esta movida informó ampliamente tanto a nuestra primera generación “subte” (Narcosis, Eutanasia, Leusemia, Zcuela Crrada, etc.), como al punk vasco (La Polla Records, Kortatu) y de otros países como Inglaterra (The Exploited, Discharge), Brasil (Ratos de Porão) y un largo etcétera. 

Y, aunque no siempre sea posible suscribir todas y cada una de sus ideas o conductas -muchas de las cuales nacen de una agresiva rebeldía cultivada desde infancias y adolescencias disfuncionales o difíciles- las letras de estas canciones y la subcultura del hardcore, en general, reflejan lo que muchas personas de bien pensamos de personajes como los que llenan nuestras secciones de política local, que encarnan a la corrupción institucionalizada y que parecen siempre capaces de salirse con la suya, solo por el poder de la plata (como cancha). O de publicaciones supuestamente finas que colocan en sus portadas a hombres y mujeres que han amasado fama y fortuna haciendo daño a la sociedad durante años, ya sea desde la televisión o sus oscuros nexos con la política y venden sus imágenes como si se tratara de gente admirable cuando, para describirlos, basta pensar en estas tres letras: D.R.I.

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Ahora, en medio de la crisis de valores artísticos que atraviesa la música latina, el nombre de La Sonora Ponceña suena casi como de culto, conocido por una minoría de viejos nostálgicos y músicos activos -o frustrados, como quien esto escribe- incapaz de competir en popularidad y masificación con las babosadas reggaetoneras, el oligofrénico latin-pop, la escandalosa timba cubana y sus bailes grupales achorados. Pero hubo un tiempo en que sus canciones eran éxitos en las radios locales y fijas en las fiestas de Año Nuevo. 

La Sonora Ponceña y El Gran Combo, los Beatles y los Stones de la salsa portorriqueña, fueron el bastión que mantuvo vivo al género en una década, la de los ochenta, dominada por las primeras asonadas del cambio generacional que se trajo abajo el sonido clásico de la década anterior -la “salsa sensual” de Eddie Santiago e Hildemaro- y los estilos como el crossover de los Estefan y su Miami Sound Machine, el merengue hip-hop de Lisa M y el proto-reggaetón de El General que, casi sin quererlo, iniciaron el proceso de degradación del sonido latino que hoy muchos padecemos y lamentamos.

Con casi setenta años de trayectoria, La Sonora Ponceña -nombre que es un doble homenaje: a Ponce, su ciudad de origen, “La Perla del Sur” de los boricuas; y a La Sonora Matancera, madre nodriza de los ritmos afrocaribeños- sigue en pie. Pocos saben que este conjunto es, básicamente, un emprendimiento familiar, un trabajo de padre e hijo que, gracias al brillante talento de un niño prodigio, destacó de forma independiente en una escena controlada por un solo sello discográfico -Fania Records- que, después, y debido a ese fulgor propio, lo adoptó a su catálogo.

Enrique “Quique” Lucca fundó, en 1944, el Conjunto Internacional, inspirado en la Sonora Matancera y las orquestas de Arsenio Rodríguez, el ciego maravilloso de la música cubana pero, ante el reducido impacto, la desactivó poco después. Para su segundo debut, a mediados de los años cincuenta, ya como La Sonora Ponceña, don Enrique contó con un arma secreta, su pequeño hijo de 12 años, Enrique, un virtuoso del piano que sorprendía a las audiencias con su precisión y velocidad. Siempre de la mano de su padre, que dirigía la orquesta y tocaba la guitarra, el joven Enrique, a quien todos en casa llamaban “Papo”, fue evolucionando hasta convertirse en un creativo arreglista y extraordinario multi-instrumentista.

Como pianista, Papo Lucca es un verdadero monstruo, al nivel de otros grandes del piano salsero como Richie Ray, Larry Harlow o los hermanos Eddie y Charlie Palmieri. Rubén Blades llegó a referirse a él como “el mejor pianista del mundo”. Su inventiva le dio sonido propio a La Sonora Ponceña que, bajo su dirección, ha producido un total de 34 álbumes, la mayoría de ellos grabados bajo el sello Inca Records, luego absorbido por la empresa discográfica de Jerry Masucci. Lucca incluso tocó con la Fania All-Stars, reemplazando a Larry Harlow cuando se concentró más en su rol de productor, en alucinantes álbumes como Fania All-Stars Live (1978), Habana Jam (1979), Lo que pide la gente (1984), entre otros.

Entre 1968 y 1983, La Sonora Ponceña impuso su estilo muscular e intenso con serias descargas de salsa y latin jazz de alto calibre, al estilo de otras orquestas de la época como La Selecta de Raphy Leavitt, los Hermanos Lebrón o el grupo de Willie Rosario, sin olvidar a los ya mencionados El Gran Combo, sus compadres y cómplices. Temas como Prende el fogón (Desde Puerto Rico a Nueva York, 1973), Bomba carambomba, El pío pío (Musical conquest, 1976), Boranda (El gigante del sur, 1977, escrita por el guitarrista brasileño Edu Lobo), Canto al amor (Explorando, 1978), Timbalero (New heights, 1980), Ramona (Night raider, 1981), Remembranza (Unchained force, 1981), Yambequé (Determination, 1982), son clásicos del cancionero salsero, marcados por la fuerte presencia de la sección metales, conformada por los trompetistas Delfín Pérez, Ramón “El Cordobés” Rodríguez, Ángel Vélez, Humberto Godineaux, entre otros. 

Pero de todos esos éxitos destaca, por supuesto, Fuego en el 23, composición original de Arsenio Rodríguez que se convirtió en su marca registrada, gracias a los poderosos arreglos de Papo Lucca. El tema, que da título al segundo LP de la Ponceña, publicado en 1969, fue grabado en aquella ocasión por los cantantes Luigi “El Negrito del Sabor” Texidor y el colombiano Tito Gómez (quien, años más tarde, sería vocalista principal del Grupo Niche). Años después, en el LP Jubilee (1985), hicieron una nueva versión que reactualizó su popularidad. También fueron vocalistas en aquella primera etapa Miguel Ortiz, Antonio “Toño” Ledee y Yolanda Rivera, una de las pocas cantantes femeninas de salsa de esa época, quien estuvo en la Ponceña entre 1977 y 1983, registrando éxitos como Ahora sí, Hasta que se rompa el cuero o Madrugando, con un timbre muy parecido al de Celia Cruz. De hecho, la recordada sonera cubana alternó también con la banda en el LP La ceiba (1979), que incluyó temas como Soy antillana, La ceiba y la siguaraya y una adaptación del vals Fina estampa, de Chabuca Granda.

Pero si en esos quince años La Sonora Ponceña se estableció como una fuerza vital de la música afro-latino-caribeño-americana (como seguro diría Luis Delgado Aparicio Porta, “Saravá”), a partir de la segunda mitad de los ochenta cosechó una imparable cadena de éxitos, siempre gracias al empuje de los Lucca, quienes recompusieron la orquesta y armaron un nuevo y carismático cuarteto de cantantes, integrado por Héctor “Pichie” Pérez, Manuel “Mannix” Martínez, Edwin Rosas y Danny Dávila, con álbumes como Jubilee (1985), Back to work (1987) y On the right track (1988). A esta época pertenecen temas como Te vas de mí, Sola vaya, Como amantes o Yaré, de amplia rotación en las programaciones radiales de esos años. 

La Sonora Ponceña desarrolló, además, una fórmula que le dio personalidad única a sus lanzamientos discográficos. Desde 1980 en adelante, todos sus discos llevaron títulos en inglés aun cuando su contenido estuviese cantado, al 100%, en español. Por otro lado, sus carátulas presentaban creativas ilustraciones de estética cómic, con personajes entre mitológicos y caballerescos -soldados medievales, con escudos, espadas y yelmos, dragones, caballos alados, guerreros tribales-, firmadas por el artista neoyorquino Ron Levine, que trabajó extensamente para Fania Records, particularmente en diseños de LPs de Willie Colón, Ismael Miranda y Héctor Lavoe.

Papo Lucca es, además de habilidoso pianista, muy eficiente con el tres y la trompeta. En las grabaciones ochenteras de la Ponceña, introdujo además los sintetizadores. Por otro lado, enriqueció el catálogo de su orquesta adaptando al lenguaje salsero composiciones del trovador cubano Pablo Milanés como Canción (más conocida como De qué callada manera, del álbum Back to work, 1987); Sigo pensando en ti (On the right track, 1988, que Milanés tituló simplemente Ya ves); o El tiempo, el implacable, el que pasó, del LP Into the 90’s (1990).

Canción para mi viejo (Birthday party, 1993), fue el primer homenaje que Papo Lucca hizo a su padre. Luego vendría el disco 10 para los 100 (Pianissimo Records, 2012), para celebrar el centenario de don Enrique “Quique” Lucca-Caraballo, fundador de La Sonora Ponceña (finalmente fallecería poco antes de cumplir 104 años, el 9 de octubre del 2016). También han fallecido el cantante Antonio “Toñito” Ledee (1986), el bajista y fundador Antonio “Tato” Santaella (1989), el timbalero Jessie Colón (2005), el sonero Tito Gómez (2007) y, recientemente, otros dos de sus ex integrantes: el bajista Luis “Papo Valentín” Martínez y el cantante Manuel “Mannix” Martínez, en julio y diciembre del 2021, respectivamente.

Aunque su discografía es esencialmente salsera, La Sonora Ponceña ha grabado también boleros, merengues y, sobre todo, piezas instrumentales de latin-jazz, como Nocturnal (1977), A night in Tunisia (1980, clásico de Dizzy Gillespie), Woody’s blue (1984), Capuccino (1988, original de Chick Corea) u Homenaje a tres grandes del teclado (1990). Como solista, Papo Lucca, el pequeño gigante del piano, ha lanzado dos discos de música instrumental, Latin Jazz (1993) y Papo Lucca and The Cuban Jazz All-Stars (1998, que incluye versión especial del clásico del pop ochentero Sweet dreams de Eurythmics), en los que demuestra su alto nivel de destreza, combinando ataques arrebatados y sutiles. Además, ha grabado con estrellas de la salsa como Ismael Quintana, Alfredo de la Fe, Pete “El Conde” Rodríguez y muchos otros (ver aquí al maestro Papo Lucca en acción junto a Larry Harlow y Eddie Palmieri).

El siglo 21 encontró a la orquesta con mucha actividad, en especial por sus conciertos de aniversario, los famosos “Jubileos”, con la participación de ex integrantes de distintas etapas e invitados especiales como los cantantes Andy Montañez y Carlos “Cano” Estremera, los pianistas Danilo Pérez y Luisito Carrión o el mismísimo Johnny Pacheco. Discos como 45 Aniversario (en vivo, 2000), Back to the road (2003) o Trayectoria + Consistencia (2010) no hacen más que confirmar el estatus de leyenda que poseen, merecidamente, Papo Lucca, actualmente de 75 años, y su entrañable orquesta. 

El último año, ya con personal totalmente renovado, La Sonora Ponceña editó dos álbumes: Hegemonía musical y Christmas Star. En el primero, Papo Lucca añade títulos nuevos al catálogo ponceño con temas como Salsa que cura to’ (sobre la pandemia), Nadie toca como yo y el instrumental Caminando con mi padre; y el segundo es la cuarta producción navideña de este conjunto que ha hecho bailar a toda Latinoamérica por casi siete décadas y sigue produciendo salsa dura con clase, música latina de calidad. De esa que ya no hay.

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80s, El Gran Combo, Música, Sonora Ponceña, Stones

UNO

“Ponlo de una vez, quiero escucharlo completo” le dije. Fue mi primera vez con el Álbum Blanco. Corría el año 81 y estaba en la casa de mi causita Memo. En ese tiempo, vivía en Mangomarca, un barrio mesocrata, con hileras de casas blancas y patios delanteros.

Dos horas antes, en una tarde soleada, Guillermo tocó la puerta de casa.

  • “Oye tengo el Álbum Blanco
  • No jodas, contesté
  • ¿Quieres escucharlo conmigo?”
  • Seeeeeeeeeee

Mandé a la mierda la tarea de aritmética y fuimos a su casa que estaba a la vuelta. Puso cuidadosamente el disco y nos dispusimos a escucharlo sentados en el jardín de su casa. Colocó un parlante, en la ventana, para que todo el vecindario sepa que estábamos escuchando. Durante más de hora y media, quedamos inmóviles y sin aliento. Eran temas casi sin pausa. Uno mejor que otro. 

Iniciaba con un rocksurfer de los cincuenta “Back in the URSS” (homenaje a Chuck Berry y los Beach Boys); una pequeña muestra de reggae en “Obladi-oblada”; otra llena de galimatías “Glass Onion”; dos pastoriles “Mother Natures Son” y “Blackbird”; y otra descarnadamente sexual “Why dont we doing in the road”. El contraste era evidente. Luego se ahondaba con“Yer Blues”, “Helter Skelter” y “Everybody Hide Something Except me and my monkey” (el bajo de Paul es grandioso); una mística y religiosa “Long, long, long”; la intimista “While my guitar Wently weeps” que confirma el genio de George. Es una de las mejores del álbum. Ah, y el homenaje al music hall “Honey Pie”

La letra, de varias canciones, era de tal complejidad y una belleza poética que aún asombra. 

“La mitad de las cosas que digo no tienen sentido, 

solo las digo para alcanzarte”

o tomaba posiciones políticas:

“Me preguntas por mi contribución
Bien, tu sabes
Nosotros haremos lo que podamos

Pero si quieres dinero para gente cuya mente está llena de odio

Lo único que te puedo decir hermano, es que te esperes”

Y denostaba a los politicos (¿peruanos?)

“Con la vida asegurada en sus pocilgas

no les importa lo que pasa fuera

en sus miradas falta algo

y lo que necesitan es una buena paliza”

Pasaban de un género a otro sin pausas. Más country –¿o western? – “Rocky Raccoon” y “Dont Pass me by”; el rock festivo de “Bhirtday”; la acústica “I Will”; a la surrealista e iridiscente “Happines is a warm gun”. Para muchos, los mejores tracks del álbum son “Happines …” junto con “Im so tired”, donde se logra impregnar un ambiente cansino. Al final del disco, sucedía lo insólito: la antonimia perfecta, como dijo un crítico inglés: te generaban pesadillas y en el último track te mandan a dormir (“Good Night”). 

Memo y yo parecíamos hipnotizados, solo se movían nuestros rostros para asentir y afirmar, sin palabras, que era un álbum de la puta madre. 

DOS

Había escuchado mucho acerca de este álbum en los años anteriores. En 1978, encontré, en la casa de mi abuelo paterno, la revista Life en español. Justamente de diciembre del 68, en donde Los Beatles presentaban el álbum en mención. Junto al artículo venia las letras de varias de las canciones. Leí el artículo embelesado. Como no tenía el money (era misio) para comprarlo, entonces hacia lo más lógico en aquel tiempo: escuchaba la radio para cazar cuando una emisora trasmitía algún tema. Generalmente lo escuchaba en programas dedicados a los 4 de Liverpool (sábados de 11 am a 12 am en Radio El Sol). Pero nunca el álbum completo, hasta aquella tarde de 1981.

Lo regio de todo este asunto es que muchos de los temas eran simplemente para eso: escucharlos, como la música clásica. A tal grado de madurez había llegado el rock, en aquellos años, que había trocado en música culta

La portada es icónica. Minimalista, la antítesis del Sargento Pimienta. Adentro había un collage de fotos. En la versión americana, venía con fotos incluidas, de tamaño mediano, de los Fabfour. Mientras la versión latina (al menos la que vino al Perú) carecía de esas fotos; ergo, tampoco tenía impresa la letra de las canciones (una huevada).

Ahora la generación actual no compra discos. No lo necesita, todo lo tienen a un clic de distancia. Eso sí, los jóvenes de ahora, no han contado con la experiencia de tener un vinilo en sus manos, palparlo, olerlo y emocionarse por ser dueño de un elepé. Cancherear a tus amigos, en voz alta, en plena tertulia musical “Yo ese álbum lo tengo”. Eso es algo que nosotros los cincuentones hemos experimentado y nunca olvidado: amar a un vinilo y cuidarlo in extremis Llegué a forrar con papel contact las portadas, comprar papel forro para hacer lo mismo con los discos y limpiarlos cuidadosamente con alcohol.

TRES

Cuando vuelvo a escuchar el disco, en mención, concluyo que es atemporal. No ha envejecido un ápice. Logra conmoverme a pesar de mis 55 años. Eso sucede con la música, te brinda solaz, sosiego, trasladándote a tiempos pretéritos. Pero el disco de The Beatles hace algo más: escarba en tu vida y te deja expuesto. Te permite elucubrar, tonificándote para enfrentar la agitada vida cotidiana.

Algunos críticos indicaron que era un álbum desorganizado, que no era la suma de un trabajo grupal, sino todo lo contrario. Años después, nos enteramos que efectivamente fue así. Lo cual engrandece la obra. Aún peleados, Los Beatles eran capaces de dar un salto para atrás y luego atomizarse. Definiendo la música que vendría más adelante. Salió a la venta el 30 de noviembre del 68 en EE.UU. e Inglaterra. En América Latina llegó en marzo del año siguiente. Insólito.

Al terminar de escucharlos los 2 discos Memo y yo quedamos de una pieza y como nunca nos había sucedido: Sin habla. 

Luego, de tragar saliva, Memo me preguntó en voz bajita. 

¿“Lo escuchamos de nuevo”?  Asentí moviendo la cabeza. 

 

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álbum Blanco, Música

Hace solo un par de semanas, el 19 de diciembre, el mundo del llamado pop operístico o crossover quedó sorprendido por la noticia de la muerte de Carlos Marín, barítono de 53 años edad e integrante del exitosísimo cuarteto vocal Il Divo, creado en el 2004 por el conocido productor británico Simon Cowell. Marín, español nacido en Alemania, falleció por complicaciones del COVID-19, hecho que dejó aun más atónitas a sus miles de seguidoras pues se trataba de una persona joven, con un estilo de vida saludable y con todas las condiciones para mantenerse a salvo de esta atroz pandemia.

Y, a pesar de que la lista de nombres es profusa, lo más probable es que muchos no sean tan reconocibles a la primera mención, salvo casos demasiado notables como el baterista Charlie Watts (24 de agosto, 80), legendario baterista de los Rolling Stones, sin lugar a dudas la muerte que más titulares y obituarios produjo. Otros rockeros de su generación, como su compatriota Gerry Marsden, líder de Gerry & The Pacemakers -pioneros de la primera Invasión Británica- o el vocalista y guitarrista de The Monkees, Michael Nesmith, una de las personalidades fundamentales de la radio y la televisión sesentera en los EE.UU., fallecieron a los 78 años ambos, el 3 de enero y el 10 de diciembre, respectivamente.

En líneas generales, podemos decir que la música en español ha sido protagonista en cuanto a notas luctuosas. Desde emblemáticas figuras como el cantante mexicano Vicente Fernández (12 de diciembre, 81); los dominicanos Johnny Pacheco (15 de febrero, 85) y Johnny Ventura (28 de julio, 81), importantes figuras de la salsa y el merengue; hasta los trovadores Vicente Feliú (17 de diciembre, 74) y Patricio Manns (25 de septiembre, 84), muy conocidos en Cuba y Chile como azuzadores de los movimientos de canción-protesta desde finales de los sesenta, tenemos una variopinta relación de estrellas de la música que han dejado su huella imborrable este 2021.

El rock argentino ha perdido varias luminarias: Gabriel Ruiz Díaz, energético bajista y fundador de Catupecu Machu (23 de enero, 45); el saxofonista y cantante Willy Crook (27 de junio, 55); los históricos Rodolfo García (4 de mayo, 75), baterista de Almendra, banda auroral de rock en español creada por Luis Alberto Spinetta y luego fundador de Aquelarre; y Rinaldo Rafanelli (25 de junio, 71), bajista que tocó con Sui Generis, Color Humano, Seleste y Polifemo, estas dos últimas lideradas por David Lebón. Por cierto, el célebre guitarrista y cantante sufrió este año la pérdida de su hijo Tayda, artista trans que se suicidó el 14 de octubre. Por su parte, los peruanos amantes del rock latino lloraron la muerte del vocalista de Los Violadores, Enrique Chalar, más conocido por todos como Pil Trafa. Pero si hablamos de históricos, no podemos olvidar a Billy Cafaro, quien a inicios de los sesenta impuso éxitos rocanroleros como Personalidad o Pity, pity. Cafaro falleció a los 84 años, el 4 de septiembre.

La salsa también sufrió duros golpes este año. Además de los ya mencionados Pacheco y Ventura, nos dejaron este 2021 el sonero portorriqueño Paquito Guzmán (9 de diciembre, 82), intérprete de conocidas salsas ochenteras como Cinco noches y Doce rosas; el bongosero y bailarín Roberto Roena, líder de la Apollo Sound e integrante original de la Fania All Stars (23 de septiembre, 81) y el extraordinario pianista norteamericano Larry Harlow, alias “El Judío Maravilloso”, columna vertebral del sonido de la salsa dura (20 de agosto, 82). El 1 de septiembre falleció, víctima del COVID-19, la leyenda de la salsa cubana Adalberto Álvarez, con una larga trayectoria dirigiendo orquestas de salsa, son y timba. Otros personajes notables: Ralph Irizarry (5 de septiembre, 67), timbalero de Seis del Solar, la orquesta ochentera de Rubén Blades; Héctor “Tempo” Alomar (9 de mayo, 70), conocido en nuestro medio por la canción Cómo te hago entender que grabara en 1996 con la orquesta de Roberto Roena; Manuel “Mannix” Martínez (29 de diciembre, 66), vocalista de La Sonora Ponceña entre 1983 y 1996, periodo de éxitos como Canción, Sigo pensando en ti, Sola vaya, entre otros.

En nuestro país, recordamos a los siguientes destacados músicos: Filomeno Ballumbrosio (18 de marzo, 59), reconocido por su trabajo junto a Miki Gonzáles en los ochenta; el bolerista Guiller (25 de junio, 79); el promotor de conciertos de rock Eduardo “El Mono” Chaparro (2 de febrero); y el vocalista de Actitud Frenética, considerada la primera banda grunge del país, Ronald “Ronieco” Padilla (12 de diciembre, 50). Otros músicos de la región: el quenista argentino Jorge Cumbo (28 de octubre, 78); el cantautor César Isella (28 de enero, 82), ex integrante de Los Fronterizos y compositor del himno latinoamericano Canción con todos (1969); el pianista clásico brasileño Nelson Freire (1 de octubre, 77); y el saxofonista mexicano Eulalio “Sax” Cervantes (14 de marzo, 52), miembro de La Maldita Vecindad y Los Hijos del 5to. Piso, quien falleciera víctima de COVID-19.

El 5 de julio, a los 74 años, la diva italiana del pop, Rafaella Carrá, dejó a sus fans una estela de sentimientos encontrados, la tristeza por su partida y la algarabía de ver cómo públicos modernos escuchaban con reverencia sus vanguardistas alegatos de libertad sexual femenina. Milva, otro tipo de diva italiana, dejó el mundo físico a los 81 años, el 23 de abril. Maria Ilva Biolcati, su verdadero nombre, será recordada por sus sofisticadas grabaciones acompañada por grandes de la música mundial como el argentino Astor Piazzolla, el italiano Enio Morricone o el griego Mikis Theodorakis quien, por cierto, también partió este año, el 2 de septiembre, a los 96. Y Georgie Dann, autor e intérprete de Moscú, éxito radial de 1980, falleció en Madrid a los 81 años, el 3 de noviembre.

Chick Corea (9 de febrero, 79), poseedor de una impresionante discografía como solista y líder de bandas como Return To Forever y The Chick Corea Akoustic/Electrik Band, pasó a la historia como uno de los tecladistas de Miles Davis durante su etapa más eléctrica, en álbumes como In a silent way (1969) o Bitches brew (1970). Otros nombres importantes incluyen al director cubano de orquestas de latin-jazz Arturo “Chico” O’Farrill (27 de junio, 79); el pianista de bebop Dr. Lonnie Smith (28 de septiembre, 79) que recordaba a Sun Ra por sus extravagantes turbantes; el guitarrista y compositor Pat Martino (1 de noviembre, 77). George Wein, productor de conciertos y fundador de los festivales de Newport y New Orleans, falleció el 13 de septiembre, a los 95.

Pero si hablamos de productores, Phil Spector será el más recordado por crear el llamado Muro de Sonido (Wall Of Sound) a través de densos arreglos orquestales que le dieron sello particular a cientos de producciones musicales de soul, R&B y rock por más de 40 años, especialmente para artistas como The Righteous Brothers, The Ronettes, Ike & Tina Turner y, en 1970, el álbum Let it be de los Beatles, al cual recubrió de grandiosidad sinfónica para desmayo de Paul McCartney. Marcado por una vida violenta y desordenada, Spector murió preso, a los 81 años, el 16 de enero, mientras cumplía una condena a 19 años por asesinato. Herbie Herbert (73), productor de Santana y Journey, banda a la que formó en 1973, dejó de existir el 25 de octubre debido a una prolongada enfermedad. Finalmente, Marsha Jean Ruttenberg, más conocida en el mundo del metal como Marsha Zazula (10 de enero, 68), quien fundara junto a su esposo John Z el sello Megaforce Records, donde surgieron las principales bandas de thrash como Metallica, Anthrax, Overkill, entre otras.

Mick Rock (18 de noviembre, 72) es parte de la historia gráfica del rock. Sus fotografías ilustraron la escena musical en sus años más brillantes, como aquella que sirvió de carátula al LP Queen II (1972) y que hasta ahora identifica al cuarteto británico. David Bowie, Iggy Pop, Lou Reed, Sex Pistols, todos pasaron por su ojo visionario. Por su parte, el documentalista Leon Gast, director de Our latin thing (1972), que cuenta la historia de la Fania All-Stars y The Grateful Dead Movie (1974), un acercamiento a la residencia de cinco fechas que tuvo la banda de Jerry García en el festival de Winterland en San Francisco, murió a los 85, el 8 de marzo.

La escena del pop-rock mundial cuenta, entre sus nuevos ángeles, al bajista y cantante Joe Michael “Dusty” Hill, del trío tejano ZZ Top (27 de julio, 72); Tim Bogert, también bajista de Vanilla Fudge y Cactus, bandas históricas del periodo psicodélico (13 de enero, 76); B. J. Thomas (29 de mayo, 78), famoso por su interpretación de Raindrops keep falling on my head, exitazo de 1969; Don Everly (21 de agosto, 84), del influyente dúo The Everly Brothers, creadores de Wake up little Susie o Bye bye love; Hilton Valentine, guitarrista de The Animals (29 de enero, 77); John Lawton (29 de junio, 74), vocalista que reemplazó desde 1976 a David Byron en Uriah Heep; el violinista de Kansas Robbie Steinhardt (17 de julio, 71), cuyas intensas líneas en el clásico de 1977 Dust in the wind aun escuchamos; Alan Lancaster (26 de septiembre, 72), bajista de Status Quo; Dennis “DT” Thomas, saxofonista original de Kool & The Gang (7 de agosto, 70); y la cantautora Margo Guryan (8 de noviembre, 84), que logró presencia en radios en 1968 con el single Sunday mornin’.

Siguen firmas. David Longdon, cantante y multi-instrumentista de la banda británica de neo-progresivo Big Big Train, falleció a los 56 años, el 20 de noviembre, tras un extraño accidente casero. Meses antes, el 26 de julio, el baterista original de Slipknot, Joey Jordison, murió de una rara afectación neurológica, apenas a los 46. Dos exponentes del metal extremo, el guitarrista finés Alexi Laiho (4 de enero), de Children Of Bodom; y Lars-Göran Petrov (7 de marzo), de los noruegos Entombed, perdieron la vida a los 41 y 49 años, respectivamente. Por su parte, el guitarrista de Cinderella, Jeff LaBar, dejó de existir a los 58 años, el 14 de julio.

Un nivel más profundo en la escala de conocedores, podemos mencionar por ejemplo a personalidades como John Goodsall (11 de noviembre, 68), guitarrista y factótum de Brand X, super combo británico de jazz-rock y progresivo que tuvo entre sus filas, entre 1975 y 1979, a Phil Collins como baterista; Rick Laird (4 de julio 80), bajista irlandés de The Mahavishnu Orchestra, otra importante exponente del jazz-rock liderada por el británico John McLaughlin; Richard H. Kirk (21 de septiembre, 65), miembro fundador de Cabaret Voltaire, uno de los colectivos de música electrónica de vanguardia más longevos, activos desde 1973; Emmett Chapman (1 de noviembre, 85), músico norteamericano inventor del Chapman Stick, instrumento cordófono que integra guitarra y bajo, usado extensamente por Tony Levin (Peter Gabriel, King Crimson), Nick Beggs (Kajagoogoo, Steven Wilson), entre otros; Paddy Moloney (11 de octubre, 83), multi-instrumentista y líder de The Chieftains, grupo señero del folklore celta; Graeme Edge, batrista original de The Moody Blues (11 de noviembre, 80); Mary Wilson (8 de febrero, 76), vocalista de The Supremes; y Billy Conway (19 de diciembre, 65), baterista de la oscura y poco conocida banda de jazz-rock Morphine.

Finalmente, el reggae se vio severamente golpeado por la muerte este año. Dos leyendas del género, Bunny Livingston Wailer (2 de marzo) y Lee “Scratch” Perry (29 de agosto) fallecieron a los 73 y 85 años, respectivamente. El primero conformó, junto a Peter Tosh y Bob Marley, el corazón de The Wailers. El segundo inventó el dub a partir de su prodigioso sentido del oído y del ritmo, que lo llevó a ser uno de los productores más solicitados en la escena pop-rock de los setenta y ochenta. Ub40, el grupo más famoso de reggae, perdió a dos de sus integrantes fundamentales, el cantante y MC Terence “Astro” Wilson (6 de noviembre, 64) y el saxofonista Brian Travers (22 de agosto, 62). El percusionista cubano-jamaiquino Alvin “Seeco” Patterson, también de la etapa clásica de Bob Marley & The Wailers, falleció a los 90, el 1 de noviembre. Los días 8 y 9 de diciembre partieron, de manera sucesiva, otras dos importantes figuras de la onda rastafari: el bajista Robbie Shakespeare (68) quien, junto al baterista Sly Dunbar formaron una solicitada base rítmica conocida como Sly & Robbie; y Garth Dennis (72), fundador de los pioneros del dub y el dancehall Black Uhuru.

Como vemos, este recuento nos viene dejando una idea clara, desde hace prácticamente una década: estamos asistiendo a la desaparición física de aquellos creadores que fueron referentes de diversas épocas y estilos. Para quienes consideramos la música como parte fundamental de la vida, esto constituye un serio golpe a la sensibilidad de un mundo cada vez más corroído por la viruta de lo banal, lo grosero y lo burlesco. Se van los talentosos, los innovadores, los referentes. Se quedan los reggaetoneros, la gritona cumbiamba de los conductores de Yo Soy y Esto Es Guerra, la farándula grotesca del Grammy Latino.

 

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In Memóriam, Música

Examinar a profundidad los siete discos que conforman el boxset The Roxy Performances (2018) revela los altos niveles de meticulosidad y adicción al trabajo que podía alcanzar Frank Zappa (1940-1993) cuando se trataba de manipular cintas analógicas y construir, como un complicado rompecabezas, una pieza sonora diferente, única, a partir de múltiples fuentes.

Todos los que hemos escuchado el álbum Roxy & Elsewhere compulsivamente, hasta aprendérnoslo de memoria, sabemos que no es un disco en vivo, propiamente dicho. Se trata, más bien, de un fino trabajo de edición para combinar cinco conciertos diferentes, realizados en tres días, entre el 8 y el 10 de diciembre de 1973, en un legendario nightclub del Sunset Strip, en Los Ángeles, California, el Roxy.

Pero no solo es que se intercalan canciones completas de un show con las de otros. Eso sería tan simple como cuando uno hacía una de esas mixtapes (selección de canciones de diferentes artistas) para regalar a alguien especial en los años del cassette y el disco compacto. En el trabajo de laboratorio sonoro que hizo FZ para Roxy & Elsewhere –una práctica común en su discografía desde 1967-, hay tracks en los que la presentación hablada corresponde al concierto 1, la primera sección al concierto 4, el solo de guitarra comienza a la mitad de lo que realmente tocó en el concierto 2, la siguiente sección instrumental regresa a la del concierto 3 (… o 1, o 4…), y así, con tal nivel de precisión que el oyente promedio es incapaz de detectar los cortes. 

Roxy & Elsewhere, el disco, apareció en su versión original de LP doble el 10 de septiembre de 1974, bajo el sello discográfico DiscReet Records, creado por el mismo Frank como una extensión de sus dos anteriores emprendimientos empresariales, Bizarre y Straight Records. Esto significa que Zappa pasó nueve meses completos, entre enero y septiembre, escuchando, escogiendo, editando, mezclando, encerrado en un estudio junto a su ingeniero de sonido Kerry McNabb. Un trabajo titánico en esos años, que hoy se resuelve en segundos con el copy-paste que las nuevas generaciones usan para unir y desunir fragmentos en mp3.

Sobre todo si consideramos que, en ese período de tiempo, no solo se dedicó a la confección del disco, sino que siguió de gira -de hecho, en Roxy & Elsewhere hay un par de temas de conciertos en dos lugares más, en Pennsylvania y Chicago (de allí el “Elsewhere” del título)- e inició los registros, en dos estudios distintos, de los álbumes Apostrophe (‘) y One size fits all (en marzo y agosto de ese mismo año). Si pensamos en el nivel de detalle de arreglos, overdubs, ensayos, traslados y etcétera de actividades en cada etapa del proceso de composición y grabaciones, sin mencionar los temas de índole administrativa -trato con managers, periodistas, administradores, sonidistas, cuestiones familiares- uno se pregunta ¿a qué hora dormían estas personas?

The Roxy Performances nos da, por primera vez, la oportunidad de escuchar cómo fue realmente cada una de esas noches. La expectativa de los minutos previos, la interacción entre Frank y sus músicos, o los diálogos con el público, poseen un nivel de calidez que, si bien es cierto también se siente en la edición de 1974, se diluyen un poco en medio de los intencionales cortes y la secuencia artificial del vinilo original. Fueron, en total, cinco shows: uno el sábado 8 y dos por noche, los días restantes (9 y 10 de diciembre). Otra vez, la capacidad de trabajo de Zappa y su grupo –la cuarta y final encarnación de The Mothers Of Invention- parece sobrenatural y totalmente diferente a la forma de operar que desarrollaron otros famosos músicos de aquel período glorioso que hoy todos llamamos “rock clásico”.

Pero lo más importante y valioso de esta colección son los conciertos en sí mismos, con una banda extremadamente capaz y entrenada, en su mejor momento, que echaba humo por donde iba. George Duke (teclados, voz), Ruth Underwood (vibráfono, percusiones), los hermanos Bruce y Tom Fowler (trombón y bajo), Napoleon Murphy Brock (voz, saxo, flauta) y los bateristas Ralph Humphrey y Chester Thompson realizan proezas instrumentales de alto calibre técnico con una actitud dinámica, relajada y divertida, a casa llena (el Roxy tenía, en ese época, un aforo máximo de aproximadamente 500 personas).

Esa breve residencia de Zappa y The Mothers en el Roxy -que aquel diciembre de 1973 apenas tenía dos meses abierto- debe haber sido uno de los eventos musicales más importantes de la década. El local, que aun sigue activo como bar y sala de conciertos, es parte de la historia del West Hollywood. El productor David Geffen, fundador de importantes sellos discográficos como Asylum Records, Geffen Records y la compañía cinematográfica DreamWorks, fue uno de los dueños del conocido teatro. Hoy Geffen, de 78 años de edad, es uno de los magnates más importantes de la industria musical, con una fortuna que supera los 10 billones de dólares.

Además de los diez temas que conforman el álbum Roxy & Elsewhere (ocho en realidad, pues Son of Orange County y More trouble every day provienen de los conciertos adicionales mencionados, que se realizaron en mayo de 1974), que aquí aparecen tal y como se tocaron, sin intervención alguna, hay una serie de alucinantes sorpresas para el fan de FZ. Por cierto, algunas ya habían sido vistas y oídas en Roxy: The Movie, un lanzamiento del 2015 en DVD y CD, editado por Joe Travers y la familia de Zappa, para conmemorar los 30 años de su lanzamiento. La calidad del material interpretado esas noches es oro en polvo para quienes conocen y admiran esta etapa de la extensa discografía del genio de Baltimore.

Por ejemplo, la presentación en sociedad de Cosmik debris, antes de grabar la versión definitiva del disco Apostrophe (‘), con cínica dedicatoria a L. Ron Hubbard, líder y fundador de la Cientología (en dos extraordinarias versiones); la punzante Dickie’s such an asshole, sobre Richard Nixon y el entonces reciente escándalo de Watergate, con la que cerró tres de los cinco conciertos; o las contundentes rendiciones de Montana y I’m the slime, temas del que era su más reciente disco en estudio en ese momento, Over-nite sensation (lanzado en septiembre de 1973), son algunos de los puntos estables en cada setlist.

Una conexión inesperada con el Perú: en la introducción de Inca roads, también de estreno y a una velocidad totalmente diferente a la que quedó registrada, dos años después, en One size fits all (1975), Frank habla de los Caminos del Inca y las Líneas de Nasca como fuentes de inspiración para esta alocada historia sobre naves extraterrestres que aterrizan en los Andes.

Roxy & Elsewhere comprime, en 68 minutos, todos los elementos que hicieron especial a Zappa: humor negro, crítica al establishment, jazz, blues y rock de alta calidad, participación del público y harta complejidad instrumental. En las casi ocho horas de música de The Roxy Performances (que también incluye un disco de ensayos y rarezas) estos elementos aumentan en progresiones geométricas.

Si el segmento Echidna’s arf (of you)/Don’t you ever wash that thing? te sorprendió cuando lo escuchaste por primera vez en el vinilo de 1974, espera a oír Dupree’s Paradise -muy común en los setlists de Zappa de esa época, en YouTube puede verse una versión en vivo de 1973 con Ian Underwood y Jean-Luc Ponty aún en la banda-, RDNZL o T’Mershi Duween, inéditas hasta ahora. Todas estas composiciones, que Zappa estrenó en esta época, diez o doce años antes de lanzarlas oficialmente al mercado, tienen aquí una frescura especial y muestran los aspectos más afilados de su versátil y preparada banda.

Por otro lado, The Mothers se dieron tiempo para tocar algunos clásicos de su repertorio como The idiot bastard son (We’re only in it for the money, 1967), The dog breath variations/Uncle meat (Uncle meat, 1969), Big swifty (Waka jawaka, 1972) y un medley de tres temas del periodo 1969-1970: King Kong, Chunga’s revenge y Son of Mr. Greene Genes. Aunque la gente le pide temas como Peaches en regalia -se escucha a un hombre gritar “play Regala!” a lo que FZ responde “it’s not regala, is regalia!”- y hasta The Mud Shark, aquella rutina con la que hizo bailar al Fillmore East en 1971, Frank no accede y presenta, en cambio, el Be-bop tango, de estructura similar que incluye la participación del público. En una de las dos versiones del boxset, Zappa se burla del ícono del jazz Miles Davis y su conocida costumbre de tocar dándole la espalda al público.

En una entrevista publicada hace unos meses en la revista Rolling Stone, el baterista Chester Thompson (72) recuerda que, durante su tiempo con Zappa, casi no dormía transcribiendo y ensayando sus partes. También cuenta que fue un trabajo sumamente satisfactorio y, sobre todo, divertido, pues Frank estaba “en una fase muy feliz de su vida”. Según Chester, quien después alcanzaría fama mundial junto a Genesis y Phil Collins –quien se decidió a llamarlo tras escuchar el dúo de batería que hace con Ralph Humphrey para cerrar Don’t you ever wash that thing?-, el guitarrista, conocido por su carácter elusivo y hasta antisocial, pasaba mucho tiempo con el grupo, entre ensayos, grabaciones y conciertos, bromeando y pasándola bien. Esa buena onda se nota en estos fabulosos conciertos del Roxy, que puedes escuchar aquí.

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Frank Zappa, Música, The Roxy Performances

El 72.9% de peruanos conectados considera que la música cumple un papel muy importante en sus vidas, sobre todo durante estos tiempos de pandemia, según el estudio TGI Special Pandemic de Kantar IBOPE Media. Si bien la música resulta un buen acompañante, ¿es útil estar acompañados de ella incluso al trabajar?

El psicólogo Arturo Torres explica que quienes recurren a la música en horario laboral ven en la música una herramienta que puede mejorar la concentración, la productividad y la realización de tareas en general. Sin embargo, cuando la tarea que se está realizando requiere de máxima concentración, la presencia de música es un elemento que deberíamos evitar.

¿Por qué evitar la música al trabajar?

Torres indica que entran dos elementos a tallar: el multitasking y el de foco atencional. El multitasking es la capacidad de realizar más de una tarea en paralelo, y está vinculada a la memoria de trabajo, que se encarga de mantener en nuestra mente los elementos con los que trabajamos en tiempo real. El foco atencional es el modo en el que el cerebro orienta procesos mentales hacia la resolución de ciertos problemas. Cuando nos concentramos en algo en específico, gran parte de nuestro sistema nervioso empieza a trabajar para solucionarlo, pero desatiende otras funciones.

En ese sentido, la música es uno de los grandes elementos ante el que la atención acostumbra a sucumbir, pues resulta muy sencillo que nuestro foco atencional se desvincule de las labores para pasar a recrearse en apreciar la melodía y los versos que contiene la canción.

Sin embargo, el psicólogo explica que la música puede resultar útil cuando estamos realizando tareas mecánicas, debido a nuestra memoria motora. Buena parte de los procesos que realizamos al atender a trabajos rutinarios son gestionados por una parte de nuestro cerebro que cumple con los objetivos sin que el foco atencional intervenga.

¿Qué hacer?

El efecto que tiene la música varía según la complejidad de las tareas a cumplir. Para las mecánicas y monótonas, la música puede hacer que hagamos mayores progresos, aunque esto puede no darse en todos los casos y hay ciertas características psicológicas personales que también influyen, como la gestión del foco de atención.

Sin embargo, para las tareas más complicadas, la música puede resultar contraproducente y entorpecer el desarrollo normal. Para este tipo de actividades necesitamos tomar un control total de nuestro foco atencional, de manera que las distracciones no nos resten capacidad sobre los contenidos a asimilar.

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Desmotivación, Incentivo, Motivador, Música

En la semana del Día del Periodista, que desde 1953 se celebra en el Perú cada 1 de octubre, conmemorando la aparición del Diario de Lima, periódico fundado ese día en 1790 por Jaime Bausate y Meza (nombre real: Francisco Antonio de Cabello y Meza), un escritor, abogado y militar español que vivió en nuestro país durante el virreinato de Francisco Gil de Taboada (1790-1796), dedico esta columna a los quijotescos escribas que insisten, desde diversos espacios, en colocar noticias asociadas al mundo de la música en las mentes de un público cada vez más anestesiado por la farándula, la política y el fútbol.

Lester Bangs (1948-1982), el irreverente cronista y entrevistador de los años setenta, prefería iniciar sus diálogos con estrellas de rock con la pregunta más malcriada posible, pues no creía en endiosar a personas comunes y corrientes. Inició su carrera destruyendo el debut de MC5 (que incluye el clásico proto-punk Kick out the jams) y escribió, sobre el primer disco de Black Sabbath, que “sus jams parecen una carrera de locos drogados corriendo a toda velocidad y que jamás llegan a sincronizarse. Como Cream. Pero peor”. Bangs –quien falleció prematuramente a los 33 años-, paseó su implacable pluma por otras publicaciones importantes como Creem, New Musical Express y The Village Voice. Su estilo ácido puede haber sido la causa de que Frank Zappa soltara esta frase, lapidaria contra nosotros, allá por 1977: “La mayoría de periodistas de rock son personas que no pueden escribir, entrevistando a personas que no pueden hablar para personas que no pueden leer”.

En contraste, David Fricke (1952), demostró respeto absoluto por todos los músicos a quienes conoció en sus cuatro décadas escribiendo sobre rock. Como editor general de los mejores años de la revista Rolling Stone, ha entrevistado a todos, desde Joe Strummer y Lou Reed hasta Kurt Cobain y Jack White. Su erudición es oceánica y genuina -no como las posturas sectarias del idolatrado británico Simon Reynolds (1963), uno de los escritores de planta del histórico semanario Melody Maker en los ochenta, hoy convertido en celebridad cultural por sus amplios, profundos y muy documentados ensayos acerca de la cultura retro y la escena moderna- y sus descripciones, lo más parecido a escuchar un disco, conocer a un personaje o asistir a un festival. Desde su oficina en Manhattan, Fricke deja las cosas claras, a sus 69: “Cuando voy a un concierto es mi obligación experimentarlo todo. Si lo grabas desde un Smartphone, eres un idiota”.

La crítica musical apareció en el siglo 19 en Europa. Prominentes compositores como el francés Hector Berlioz (1803-1869) y el alemán Robert Schumann (1810-1856) la ejercieron, cien años antes de la subcultura pop-rock. En el ámbito de la literatura -antaño tan ligada al ejercicio periodístico-, personajes como el cubano Alejo Carpentier (1904-1980), el norteamericano Norman Mailer (1923-2007) o el irlandés George Bernard Shaw (1856-1950) también nos regalaron exquisitas páginas sobre música, con niveles de altura pocas veces replicados en tiempos modernos, salvo las crónicas y perfiles que, de vez en cuando, se publican en The New Yorker (EE.UU.), El Clarín (Argentina) o The Guardian (Inglaterra). Aunque revistas como Melody Maker (pop-rock) y Down Beat (jazz) aparecieron en 1926 y 1934, respectivamente, a partir de los cincuenta/sesenta surgió, en EE.UU. e Inglaterra principalmente, una generación de periodistas que se entregaron, en cuerpo y alma, a la cobertura de las nuevas escenas populares. Publicaciones como New Musical Express (1956), Creem (1969), Rolling Stone (1967) presentaban extensas piezas periodísticas –crónicas, entrevistas, reportajes- sobre artistas marginales, creando un mundo paralelo de códigos propios, cuando el pop-rock era todavía un fenómeno subterráneo y profundamente disruptivo, al margen de industrias más convencionales como el cine y la literatura, permeando poco a poco sus contenidos, acontecimientos y personajes. Un caso aparte fue Billboard, revista que apareció en 1894 hablando de teatro, circo y otras artes escénicas, para luego dedicarse exclusivamente  a la música.

En los ochenta, la evolución del rock y sus derivados se reflejó en Kerrang! (1981) y Metal Hammer (1983); The Wire (1982), Spin (1985) y Q (1986), que competían por una legión de lectores ávidos de información fresca y especializada. En Francia, Les Inrockuptibles (1986) y en España Rockdelux (1984), marcaban la pauta del periodismo musical no anglosajón, combinando sus escenas locales con lo que pasaba afuera. Asimismo, revistas de música clásica, electrónica o sobre instrumentos –Guitar Player (1967), Bass Player (1988), Modern Drummer (1977), entre otras- complementaban sus ediciones con partituras, cassettes y, más adelante, CD recopilatorios (práctica que aquí fue replicada por Caleta, con varios discos que hoy son artículos de colección).

La década siguiente salieron Mojo (1993), Vibe (1993) y Uncut (1997) con una gama cada vez mayor de propuestas musicales. Classic Rock Magazine combina, desde 1998, hondos artículos revisionistas con información sobre artistas nuevos. El equipo editorial TeamRock/Louder Sound, responsable de su edición, lanzó una familia de revistas asociadas: Prog Magazine, Vintage Rock, AOR y Blues Magazine, todas con textos, fotos y diagramaciones de excelente calidad y rigor periodístico. En el 2015 apareció la colección The History Of Rock, que recopila las páginas de Melody Maker y NME, en lujosas ediciones mensuales de 150 páginas, año por año, desde 1965. Cada fascículo permite un acercamiento directo a aquella época en que los artistas abrían sus puertas a la prensa para mostrarse en estado puro, como reflejó la película Almost famous (2000), dirigida por Cameron Crowe. Todas tienen, actualmente, su versión online, uniéndose a websites como Pitchfork, All Music o MetaCritic, solo por mencionar los más visitados. Pero eso no significa que solo existan páginas de pop-rock en inglés. Una simple búsqueda en Google basta para descubrir una infinidad de opciones con información sobre toda clase de artistas, países y géneros.

En Sudamérica, un caso emblemático fue la revista Pelo de Argentina, fundada por el periodista y promotor de conciertos Daniel Ripoll, que impulsó desde 1970 a su rica escena local. Sus vibrantes páginas se publicaron hasta el año 2001 y hoy están alojadas en la web. En nuestro país, en cambio, el periodismo musical es un bicho raro, espacio para la terquedad de quienes tratamos de sostener ese género que tiene de crónica, recuperación y organización de datos, referencias culturales pero también de amor al arte -en todos los sentidos-, hobby que apenas sirve para cubrir algunas cuentas (del alma) y que pugna por encontrar espacios en medio de noticias de farándulas ramplonas y espectáculos masivos.

Aunque no era estrictamente un periodista, Gerardo Manuel Rojas (1946-2020) se convirtió en el principal difusor del rock en radio y televisión nacional. Gerardo Manuel había sido vocalista de pioneras bandas nuevaoleras y psicodélicas como Los Doltons, Los Shain’s, The (St. Thomas) Pepper Smelter y Gerardo Manuel y El Humo, aunque su talento al micrófono era bastante limitado, a decir verdad. Profundo conocedor de los vericuetos del pop-rock, condujo el programa Disco Club, entre 1978 y 1985 de manera ininterrumpida a través del canal del Estado y luego, esporádicamente, en televisión por cable hasta los primeros 2000 aproximadamente, marcando a fuego la cultura musical de toda una generación de jóvenes peruanos. Siguiendo sus pasos, personalidades como Javier Lishner, Sonia Freundt, Diana García de Palacios, Miguel Milla, Cucho Peñaloza, entre otros, crearon espacios de muy breve duración y fuerte impacto entre públicos rockeros, pero siempre como casos aislados, casi místicos. También vale la pena recordar a divulgadores de otros géneros musicales como Jorge Henderson (baladas), Luis Delgado Aparicio “Saravá” y Roy Rivasplata (salsa y latin jazz), Juan Ramírez Lazo (boleros), Roy Morris y Salvador “Speedy” Gonzales (jazz y música “adulto-contemporánea”), Nicomedes Santa Cruz y Manuel Acosta Ojeda (música criolla y folklórica).

Volviendo al rock, la única revista musical especializada en el Perú fue, por supuesto, Caleta (1995-2002) -sin olvidar a sus antecedentes directos, Esquina (1986 y que siguió, con altibajos, hasta hace poco) y Ave Roq (1983-1986)- que logró reunir, bajo el liderazgo de Percy Pezúa y Julián Rodríguez, a los mejores periodistas musicales del medio, muchos de los cuales aun publican de manera dispersa en diarios, redes sociales y blogs, como John Pereyra (alias Hakim de Merv), en su interesante blog Apostillas desde la disidencia. Hubo otras –mayormente derivadas de Caleta- como SUB, Britania, Interzona, 69 y Freak Out!, de corta duración y siempre bajo el espíritu/formato de fanzine –que merecería una nota aparte, por cierto- por obvias razones presupuestales pero también por rebeldía frente el establishment periodístico limeño. Sucede lo mismo con el fanzine Cuero Negro, dedicado al heavy metal y sus vertientes más extremas. En la prensa convencional, las expertas plumas de Raúl Cachay (Cosas), Ricardo Hinojosa (El Comercio), Fidel Gutiérrez (Diario El Peruano), Rafo Valdizán, entre otros, persisten en este empeño, placentero e ingrato, de escribir para minorías.

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Música, periodistas

Provengo de un tiempo en que las palabras “artista”, “estrella”, “músico” o “cantante” denominaban a un tipo especial de seres humanos, personas que, sobre la base de creatividad, talento, clase y sobre todo, disciplina, eran capaces de despertar emociones, generar ilusión y establecer una relación profunda con los demás, sin importar edades, idiomas o estilos. Siendo niño, aprendí de inmediato a distinguir entre el aspirante con madera y el voluntarioso sin futuro, entre el brillo natural y el falso disfuerzo, entre el artista verdadero y el farsante montado por campañas invasivas de publicidad.

En ese sentido, siempre me han causado desconfianza los programas-concurso que buscan el “talento oculto” de personas comunes y corrientes, ciudadanos que siempre soñaron con subir a un escenario y que, gracias a la magia de la televisión y la aprobación de un jurado (a veces no tan) especializado, se convierten en estrellas del micrófono. No es que no existan esa clase de personas, sino que el montaje televisivo termina siempre armando historias donde termina entrometiéndose la impostura de lo ensayado. Y no solo me refiero a la retahíla de versiones locales de realities surgidos desde los albores del siglo 21, réplicas de franquicias creadas en España (Operación Triunfo, 2001), EE.UU. (American Idol, 2002), Inglaterra (Britain’s Got Talent, 2007/The X Factor, 2004) u Holanda (I Am… /The Voice, 2010).

Desde el set caótico y destartalado de Trampolín a la Fama, con cartones pegados sobre cortinas de plástico y el acompañamiento de un teclado Yamaha; hasta La Voz Perú, con su escenario sofisticado, multicámaras, luces LED y banda completa en vivo, la historia es la misma -insisto, estoy refiriéndome a las versiones peruanas: disfuerzos, chacota, lucimiento excesivo de ciertos anfitriones. Y uno que otro caso aislado en el que se da esa extraña ecuación de talento y naturalidad que logra abrirse camino y destacar, si es que no se mete, en el medio, la “argolla”. Esta mala práctica de peruano cuño extiende una sombra de informalidad que puede convertir a este formato, esencialmente entretenido e inocuo, en una insufrible fuente de injusticias y esa impunidad de la que gozan los que, siempre con una sonrisa en el rostro, deciden quién sigue en carrera y quién no.

Desde que se estrenó en nuestra televisión, en el año 2013, el programa atrapó la atención de las masas. Siguiendo al pie de la letra a su formato matriz The Voice, creado por el promotor de espectáculos y multimillonario holandés John de Mol Jr. (66), que lanzó desde su productora Endemol Shine Group –una gigantesca compañía de distribución y realización que opera en más de 30 países-, La Voz Perú tuvo, como uno de sus principales atractivos, la presencia entre los entrenadores o coaches de uno o dos artistas de renombre internacional. El modelo de franquicia televisiva –concepto extraído de la actividad empresarial y económica- exige que se repliquen, con absoluta exactitud, todos los detalles de la fuente original, con segmentos, terminologías, escenarios y comportamientos repetitivos y estandarizados. Hasta el pegajoso tema que identifica al show, Esta es la voz, es versión en español de This is the voice, escrito por el holandés Martijn Schimmer (46), compositor de jingles para comerciales y programas de televisión. La cancioncita de marras hoy se escucha, en sus respectivos idiomas, en los 145 países –desde Arabia Saudita hasta Brasil, desde Estados Unidos hasta Turquía- en los que se emite The Voice.

Ocurre que, en el Perú -a diferencia de otros países de la región como Argentina, México, Colombia, Venezuela o Chile-, no tenemos artistas que hayan trascendido, realmente, en la escena musical internacional. Incluso si pensamos en personajes como Eva Ayllón (integrante del jurado desde la Temporada 1), Gianmarco Zignago (Temporada 2) o Daniela Darcourt (Temporada 4), han alcanzado fama en otras latitudes pero mucho después –y, en el caso de la joven salsera, muy recientemente-, y no han conseguido despegarse del todo de su perfil localista. Para decirlo de otra manera: artistas como José Luis Rodríguez “El Puma” (Venezuela), Álex Lora (México) o Pimpinela (Argentina) podrían ser jurados o consejeros no solo en sus países sino en cualquier otro de Latinoamérica e inclusive España, merced de su innegable trayectoria y reconocimiento. No podríamos decir lo mismo de Ayllón o Gianmarco, que solo pueden serlo aquí, donde son muy conocidos, pero no en otros lugares, a pesar de sus Grammy Latino, sus ventas millonarias e incluso sus colaboraciones con personalidades de la estatura y popularidad de Pedro Aznar, Alex Acuña, Emmanuel, Tito Nieves o los Estefan.

Hay dos aspectos que resultan especialmente grises en la dinámica de La Voz versión nacional, y ambos tienen que ver, precisamente, con la porción local de coaches, conformada por Eva Ayllón y Daniela Darcourt. El primero es el afán de figuración de ambas, sobre todo durante la primera etapa del show, denominada “Audiciones a Ciegas”. Todo el tiempo trasponen la línea de sus funciones -decidir si voltean o no, aconsejar, analizar cada presentación- y se entrometen a cantar con los participantes –muchas veces desviando la atención hacia ellas y dejando en segundo plano a los concursantes, quienes son (o deberían ser) los absolutos protagonistas de cada emisión. Todo lo contrario ocurre con los otros dos miembros del jurado actual, Tony Succar –talentoso productor y percusionista nacido en Perú que creció en EE.UU., donde desarrolla su carrera desde el año 2015- y el famoso dúo argentino Pimpinela, con 40 años de carrera artística, quienes mantienen una actitud más moderada.

En versiones foráneas no ocurre eso. Los entrenadores, en algunos casos artistas de peso como Alicia Keys (EE.UU.), Rafaella Carra (Italia) o Michael Monroe (Finlandia, vocalista de la legendaria banda de hard-rock y heavy metal Hanoi Rocks), solo ofrecen actuaciones en ocasiones anunciadas como algo especial, e incluso preparan presentaciones con sus pupilos o entre sí, para que los participantes vean a sus profesores hacer lo suyo, a manera de estímulo. El premio final incluye dinero y la posibilidad de grabar un disco con Universal Records, además por supuesto de la fama que llega con la sobre exposición en medios y los ansiados likes en redes sociales.

El segundo aspecto lo mencioné líneas arriba, la sospecha de la “argolla”. Si acaso me leen personas no peruanas, este término coloquial alude al favorecimiento que obtiene un trabajador o aspirante a determinadas posiciones, por tener alguna relación -familiar, amical- con quienes están a cargo de la evaluación que decidirá quién ingresa, quién asciende, quién gana. Y en La Voz Perú -y su reciente spin-off, La Voz Senior, cuya primera temporada está hoy en pleno desarrollo- parecería ser uno de los caminos que asegura, a ciertos candidatos, avanzar en la competencia, lo que constituiría una exhibición descarada de esa odiosa y siempre asolapada conducta que, en el Perú, es moneda corriente en prácticamente toda actividad pública y privada -desde la política hasta el mercado laboral, pasando por el deporte y, por supuesto, la industria del entretenimiento masivo- en la que, en lugar de la meritocracia o la imparcialidad, priman el amiguismo, la ayuda tácita. En el contexto del concurso, existiría una forma de disimular esto: la figura del “robo”. Cuando un concursante es declarado ganador(a) de una “Batalla” –otro de los segmentos estandarizados de la franquicia- sin merecerlo, el perdedor(a), que debió ganar, pasa a otro equipo gracias a que otro entrenador lo incorpora a su equipo –lo “roba”-, y de esta manera sigue en carrera.

La Voz Senior, derivado de La Voz Perú, recibe, como sugiere su nombre, a participantes mayores de 60 años, señores y señoras que ofrecen, en la mayoría de casos, momentos de emoción auténtica, haciendo gala de talento y carisma. Los concursantes nos regalan un agradable menú de otras épocas: boleros, salsas, baladas, valses, huaynos, rock en español y clásicos de la nueva ola, trayendo al horario estelar canciones de aquellos artistas que marcaron la vida de nuestros padres y abuelos, de instrumentaciones sofisticadas y letras inspiradoras, interpretadas de manera sobria y elegante, a diferencia de los exagerados gritos y “melismas”, esas ondulaciones disforzadas de las que suelen abusar los concursantes, hombres y mujeres, de La Voz Perú.

NOTA: Para cualquier melómano que se respete, decir “La Voz” remite a uno de los alias artísticos que, durante décadas, sirvió para identificar a Frank Sinatra (1915-1998), extraordinario vocalista e intérprete norteamericano de jazz, recordado por su elegancia, sus romances y sus nexos con la mafia. A Sinatra, el crooner por excelencia, le decían “The Voice” porque acariciaba las canciones con ese tono de barítono y, cuando quería, las hacía explotar con energía y emoción.

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Not dead yet (en español “Aún he no muerto” o “Aún no muerto” si nos ponemos literales) es el título del libro autobiográfico de Phil Collins, publicado en el año 2016. El lanzamiento editorial coincidió con una serie de problemas de salud que mellaron drásticamente su imagen pública. Desde que se difundieron las primeras noticias, allá por el 2000, de sus caídas y pérdidas de audición, múltiples operaciones y posteriores dificultades para mantenerse de pie y hablar con fluidez (sin mencionar la reincidencia en el alcoholismo tras su tercer divorcio), la sombra del retiro forzado era un tema recurrente entre los seguidores del extraordinario baterista, cantante y productor, uno de los músicos británicos de pop y rock más populares de la historia. Con solo mirarlo, lo más lógico era pensar que su final había llegado.

Sin embargo, ese mismo año, Collins sorprendió al mundo entero cuando anunció una gira mundial de despedida. Casi 100 conciertos en dos años y medio (entre junio del 2017 y octubre del 2019), en 25 países -entre ellos Perú, donde se presentó el 13 de marzo del 2018, en el Jockey Club– parecía un proyecto imposible de cumplir para quienes sabían de su fragilidad, especialmente si pensamos en los detalles: vuelos largos y pesados, entradas y salidas de aeropuertos y hoteles, extenuantes pruebas de sonido, conferencias de prensa y shows de dos horas cada uno, rigores comunes para el rockero activo que pueden volverse una tortura si estás ligeramente fuera de forma. Ese esfuerzo fue muy valorado por el público, que agotó las entradas apenas salieron a la venta. Y Phil Collins enfrentó, con enorme tenacidad, la doble exigencia: no solo luchaba contra su propia corporalidad sino que también se ponía en bandeja para que sus detractores lo destruyeran, acusándolo de dar un espectáculo patético cuando ya no estaba en capacidad de ser el dinámico showman de antes. Y, contra todo pronóstico, lo hizo muy bien. Entonces, surgió la interrogante: ¿Podría repetir la hazaña con Genesis, la banda que lo vio nacer artísticamente a finales de los años sesenta?

Formados en 1967 en los patios de una decimonónica escuela pública llamada Charterhouse, ubicada en Surrey, al sur de Inglaterra, Genesis lanzó su primer álbum, dos años después, From Genesis to Revelation (Decca Records), con carátula absolutamente negra y el nombre en tipografía antigua. Los empleados de las tiendas de discos de entonces, confundidos por el título y la ausencia de fotos, ubicaron aquel auroral LP en los anaqueles de música religiosa. La banda original, integrada por Peter Gabriel (voz, flauta, percusión), Tony Banks (teclados), Mike Rutherford (bajo, guitarra), Anthony Phillips (guitarra) y Chris Stewart (batería), tenía un estilo semi-acústico influenciado por el soul. Esta formación produjo un álbum más, Trespass (Charisma Records, 1970), donde comenzaron a aparecer elementos del estilo por el cual se harían conocidos posteriormente, en temas como The knife y Looking for someone

Con el ingreso, en 1971, de Steve Hackett (guitarra) y Phil Collins (batería, coros), en reemplazo de Phillips y John Mayhew, el segundo baterista, se iniciaría el periodo clásico del grupo. Sobre la base de complejas y extensas composiciones, de letras enigmáticas con referencias a la era victoriana y la mitología, Genesis se convirtió en uno de los principales exponentes del rock progresivo, con fabulosos álbumes como Nursery cryme (1971), Foxtrot (1972) o Selling England by the pound (1973). La personalidad creativa y extravagante de Gabriel, que sorprendía tanto por los textos que escribía como por su intensidad vocal, disfraces y caracterizaciones, combinada con la extremada destreza instrumental del resto, hacían de cada concierto de Genesis una experiencia audiovisual muy poderosa. Canciones como Supper’s ready (duración: 23 minutos y medio), The cinema show, Watcher of the skies, I know what I like (in your wadrobe) o The musical box son algunos ejemplos de aquella extraña propuesta que rompía con todos los paradigmas de la época y obtuvo particular éxito en Gran Bretaña, Francia e Italia, países donde rápidamente alcanzaron estatus de banda “de culto”.

Para 1974, sin embargo, los excesos histriónicos de Peter Gabriel comenzaron a pasar factura a la armonía interna del quinteto. Tras la gira del álbum doble The lamb lies down on Broadway (aquí en versión animada del año 2020), Gabriel decidió renunciar a Genesis para iniciar su propio camino artístico. Como cuarteto, Genesis lanzó dos extraordinarios álbumes, A trick of the tail (1976) y Wind and wuthering (1977), con Phil Collins estrenándose como cantante y líder. Hackett, frustrado porque sus aportes como compositor no eran tomados en cuenta, también renunció, en 1977. Como trío, Genesis dio un viraje radical a su sonido, lo que le permitió acercarse a públicos más amplios. Aun cuando no abandonaron la sofisticación y complejidad instrumental, producciones como Duke (1980), Abacab (1981), Genesis (1983), Invisible touch (1986) o We can’t dance (1991) dividieron a sus seguidores, quienes consideraron que el grupo “se había vendido”, por el sonido más accesible de canciones como Turn it on again, That’s all, Illegal alien o Throwing it all away, influenciadas por la discografía en solitario de Collins. 

Como sabemos bien sus fanáticos, al tradicional debate sobre qué etapa fue mejor -con Peter Gabriel (1968-1975) o con Phil Collins al frente (1976-2007)- se añadió la esperanza de que los cinco integrantes de aquella primera época decidieran juntarse nuevamente. Después de todo, es una de las pocas bandas de los setenta que aún tiene vivos a sus integrantes y, hasta donde se ha sabido, no había mayores desencuentros personales entre ellos. Lo cierto es que, tras las salidas de Gabriel y Hackett, la formación del periodo clásico se ha reunido solo en dos ocasiones: en 1982, para el concierto Six of the Best; y en 1999, en que regrabaron The carpet crawlers, hipnótico tema de 1974, para el CD recopilatorio Turn it on again: The Hits.

Con la llegada del siglo 21, los rumores de una reunión se hicieron mucho más fuertes. Sin embargo, problemas de agenda impidieron que Hackett y Gabriel se comprometieran con tan ansiado proyecto. En cambio, Collins, Rutherford y Banks salieron al ruedo junto a sus habituales compañeros para las actuaciones en vivo, Daryl Stuermer (bajo, guitarra) y Chester Thompson (batería), para la gira Turn It On Again, 48 fechas alrededor de Europa y EE.UU., que incluyó un multitudinario show gratuito y al aire libre, ante medio millón de personas, en el Circus Maximus de Roma, Italia, registrado en el CD+DVD When in Rome (2007), en que hicieron un recorrido por su extenso catálogo, con excelentes versiones de clásicos como In the cage, Ripples, Follow you follow me, Home by the sea o Los endos. Aquella fue la última gira del grupo. Hasta ahora.

En años recientes, nuevos rumores comenzaron a circular por redes sociales. En el documental Genesis: Sum of the parts (BBC, 2014), Peter Gabriel (71) y Steve Hackett (71) manifestaron estar de acuerdo con la idea. Pero la cosa se cayó de nuevo, en especial por el malestar de Hackett tras ver la edición final del largometraje y por las dudas que generaba la salud de Collins. Una cosa era, decían algunos, presentarse como solista, interpretando sus éxitos radiales para públicos masivos y otra, muy distinta, comprometer el legado artístico de un grupo con seguidores extremadamente exigentes. ¿Podría el cantante de Sussudio con este nuevo reto?

Las dudas quedaron absueltas, en enero del 2020, con los primeros anuncios oficiales de The Last Domino?, gira que marcaría el retorno de Genesis a los escenarios, después de 13 largos años. La primera ronda de ensayos tuvo lugar en New York, poco antes del inicio de la pandemia. Precisamente, la crisis mundial del coronavirus hizo que se pospusieran las 20 fechas pactadas para Inglaterra, Canadá y Estados Unidos. Collins (70), Rutherford (70), Banks (71) y Stuermer (68) se han pasado casi todo este tiempo ensayando y cuadrando pruebas de sonido, iluminación y proyección de imágenes para los 37 shows que harán en total, como puede apreciarse en el documental estrenado el 5 de septiembre en YouTube, producido por PBS Network

Ante la ausencia de Chester Thompson (72) -quien no fue invitado a participar- y los problemas físicos de Phil Collins, la batería estará a cargo de Nic, su hijo de 20 años, una tarea que ya viene cumpliendo con la banda solista de su padre, desde el 2015. Otra novedad será la presencia de dos coristas, Daniel Pearce y Patrick Smyth, para apoyar vocalmente a Collins, quien canta desde hace varios años sentado en una silla. La gira The Last Domino? fue reprogramada en dos ocasiones: primero para abril de este año y luego, tras una segunda cancelación, ahora sí arrancará este lunes 20 de septiembre en Birmingham (Inglaterra) y se extenderá, si nada malo pasa, hasta el 15 de diciembre con dos shows en Boston, Massachusetts (EE.UU.) ¿Será la última oportunidad de verlos juntos? Todo parece indicar que sí.

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