[Música Maestro] La semana pasada se estrenaron en nuestra capital dos productos cinematográficos que, por diferentes razones e independientemente de sus particularidades, demuestran que la música popular del pasado sigue siendo una asegurada fuente de entretenimiento y nostalgia. Uno es una película biográfica -una biopic, en el argot cinemero- y el otro, un documental. A nivel mundial, cada uno ha despertado a extensas comunidades de fans de los artistas que inspiran estos largometrajes, las cuales han respondido masivamente a las convocatorias comerciales, convirtiéndolos en taquilleros exitazos.

En general, disfruto más los documentales que las películas basadas en las vidas/trayectorias de músicos, porque ofrecen una mirada real, creíble, exenta de imprecisiones. En todo caso, si un documental cae en desinformación u omisiones, son consecuencia intencional de quien dirige o produce la investigación y no invenciones nacidas de técnicas narrativas cinematográficas justificadas para darle fluidez al guion o facilitar la comprensión tácita de un proceso que, de contarse paso a paso, no acabaría nunca.

Una de las cosas más llamativas de esta coincidencia en cartelera es que se trata de personajes que tuvieron su punto máximo de popularidad en un mismo periodo de tiempo -entre 1981 y 1989- y son referentes absolutos del estilo que cada uno representa. A través de estas películas podemos (re)descubrir los motivos de su importancia y por qué aun hoy mantienen intactos, a pesar de los altibajos que hayan tenido, sus niveles de fama e influencia.

Michael: Una primera parte que pudo ser mejor

En líneas generales, Michael (Antoine Fuqua, 2026), con la actuación sobresaliente de Jaafar Jackson, sobrino de “El Rey del Pop”, hijo de su hermano Jermaine, deja una sensación híbrida en el espectador con conocimientos suficientes como para entender, antes de sentarse a verla, quién fue Michael Jackson. De niño prodigio a superestrella a personaje de hábitos extraños, criminalizado por los peores y más sórdidos escándalos en los que puede verse involucrado un hombre, las acusaciones de presunta violación de menores de edad, el cantante, compositor y bailarín dejó una huella imborrable en el panorama artístico y cultural mundial.

El largometraje cubre dos periodos de la vida de este hombre que apenas llegó a los 51 años y que definieron de manera contundente el último tramo de su paso por el mundo. Pero lo hace a manera de postal navideña, desde una óptica complaciente, sin introducirse en las oscuridades asociadas a esa carrera iniciada cuando solo tenía 6, propulsada por su sorprendente talento natural para cantar y bailar y un padre visionario, pero negativamente ambicioso que decidió explotarlo sin descanso ni mesura. Esto va más o menos de 1967 a 1977, la década en que el pequeño Michael brilló, con su amplia sonrisa e inocente mirada, al frente de The Jackson 5.

El segundo periodo, de 1978 a 1988, está marcado básicamente por las transformaciones físicas de Michael, las primeras fuentes de controversia con respecto a su perfil psicológico supuestamente quebrado por el maltrato infantil al que fue sometido y el estratosférico éxito comercial de sus producciones como solista, con canciones y videoclips que se llevaron todos los premios y rompieron todos los récords. Otra vez, las libertades del guion ofrecen una visión parcial de todos esos traumas y cruces de contradicciones. A pesar de eso, las canciones -inolvidables, algunas superlativamente buenas- hacen que sus dos horas de duración valgan la pena.

Burning ambition: Los cincuenta años de Iron Maiden

Burning ambition (Malcolm Venville, 2026), es una celebración muy merecida. Iron Maiden no inventó el heavy metal, pero sí lo llevó a niveles extraordinariamente altos de popularidad y poder de convocatoria. Aunque su primer álbum oficial se lanzó en 1980, las bodas de oro se calculan desde 1975, cuando Steve Harris concibió, con solo 21 años, un sueño épico de guitarras, bajos galopantes y esa combinación de rebeldía, leyenda y velocidad, en medio de su trabajo como basurero en Londres.

La película tiene todos los elementos para que leales hordas de metaleros se congreguen y conviertan cada proyección en la primera fila de un concierto. El ritual silencioso del cine se quiebra con gritos, cánticos, aplausos. Si bien es cierto hay más entrevistas e imágenes de archivo que canciones, muy valiosas para los más fanáticos, cada extracto hace delirar a las butacas. Cuando fui a verla, la sala estuvo llena y ocho de cada diez personas llevaba puesto un polo de Iron Maiden. Una comunidad que responde a la llamada de la tribu con compromiso y que, al final del metraje, sale satisfecha conversando sobre qué les gustó más.

La celebración de estos cincuenta años de indesmayable carrera metalera coincide además con un hecho largamente esperado por su familia global, la inducción del grupo en el Salón de la Fama del Rock and Roll, veinticinco años después de que se hicieran elegibles para tal distinción. Lamentablemente, no podremos verlos tocar en la ceremonia oficial pues, al realizarse en octubre, agarrará al grupo en medio de su gira Run for your lives, la misma que los traerá por tercera vez al Perú.

Michael Jackson y Iron Maiden: Fenómenos de masas

Recientemente vi, estupefacto, cómo Shakira actuaba en Copacabana ante una multitud narcotizada por su ramplón exhibicionismo, una muchedumbre que le celebra esas majaderías vendidas una y otra vez como símbolos de “empoderamiento femenino”, incluso acompañada por dos íconos de la cultura musical brasileña, Caetano Veloso y su hermana, María Bethânia, ambos octogenarios. Me pareció una metáfora perfecta de la confusión y el empobrecimiento de los gustos populares, atrapados por esa mezcolanza tendenciosa de publicidad, exacerbación de pulsiones primarias y encumbramiento de lo farandulesco que prima en la industria discográfica del siglo XXI.

Hace poco más de cuarenta años, en 1985, Iron Maiden tocó ante aproximadamente 350,000 personas en Rio de Janeiro, durante la primera edición de Rock In Rio que fue, además, la primera visita a Sudamérica del quinteto británico. Ver las imágenes de un festival desbordado por fanáticos del rock duro con letras que hablan de heroísmo, anti belicismo y cuestiones mitológicas, sin celulares en las manos y estrechando lazos con los músicos, contrapuestas a las de egocéntricos gentíos que balbucean mensajes superficiales mientras se graban a sí mismos, es sobrecogedor.

Del mismo modo, recordar la presentación de Michael Jackson en el entretiempo de un evento deportivo emblemático para los Estados Unidos como la final del Super Bowl de 1993 y compararla con las últimas tres o cuatro versiones del mismo acontecimiento, marcadas por baratas vulgaridades y, en la edición más reciente, la supuesta declaración política de un portorriqueño que se apropia de la representatividad de lo latino después de hacer publicidad sexista para Calvin Klein, resulta ilustrativo respecto del peso y sustancia que antes podían alcanzar incluso las manifestaciones más comerciales del pop frente a su actuales ligerezas. Iron Maiden y Michael Jackson son de los últimos fenómenos de masas que también podían presumir de calidad artística y trascendencia.

El pop y el metal: Universos paralelos

Cuando Michael Jackson lanzó Thriller (CBS Records, 1982), más de la mitad de sus canciones se convirtieron en éxitos inmediatos en el mundo entero. Y el Perú, con apenas tres años de haber regresado a la democracia, no fue la excepción. Yo era niño en ese tiempo y recuerdo claramente la fiebre que ocasionaron, de forma escalonada, los videoclips de Billie Jean, Beat it y Thriller, con grupos de jóvenes que se reunían en las calles para replicar las coreografías y familias enteras que esperaban la transmisión de la versión larga, una mini película de terror hecha para televisión.

Casi al unísono, las radios y canales de televisión locales propalaban canciones como Rock with you, She’s out of my life o Don’t stop ‘til you get enough, incluidas en su álbum anterior Off the wall (1979), considerado por todos como el primer LP de Michael Jackson. En realidad, se trataba de su quinta producción discográfica como solista, puesto que Motown Records ya había comenzado a capitalizar el carisma y talento del joven Michael con cuatro discos lanzados entre 1972 y 1975, en simultáneo a su trabajo con The Jackson 5, el grupo que integraba junto a sus hermanos Jackie, Tito, Jermaine y Marlon.

En paralelo, Iron Maiden lanzó al mercado, en aquel mismo 1982, su tercer larga duración The number of the beast, el primero con Bruce Dickinson como vocalista tras la renuncia/despido de Paul Di’Anno. Si bien es cierto eran ya bastante conocidos como líderes de la llamada “Nueva Ola del Heavy Metal Británico” con dos discos previos –Iron Maiden (1980) y Killers (1981)- este LP generó enorme polémica, en particular por el tema-título, con una imaginería que fue de inmediato catalogada como “satánica” por grupos conservadores en su propio país y más allá.

Mientras Jackson se vio obligado a colocar advertencias en el famoso cortometraje en que se convierte en un espantoso hombre lobo, debido a la pertenencia de su familia al grupo religioso de los Testigos de Jehová, los comandados por Steve Harris enfrentaron toda clase de estigmas por sus videos diabólicos y su monstruosa mascota, Eddie, un gigantesco zombie que, desde el álbum debut hasta Senjutsu (2021), el décimo séptimo disco, ha aparecido en todas sus carátulas en un amplio rango de situaciones, desde templos egipcios hasta ciudades futuristas, desde manicomios hasta campos de batalla.

Entretenimiento para grandes y chicos

La historia de Michael Jackson está lejos de ser un ejemplo a seguir. A pesar de que, a raíz de la película -vapuleada por la crítica, acogida por el público- se han vuelto a poner sobre la mesa detalles que desmentirían las graves acusaciones en su contra, hay muchos aspectos que nos hacen dudar sobre si fue o no una persona “normal”, desde sus enfermedades hasta sus obsesiones. Sin embargo, ninguno de esos matices formó nunca parte de lo que ofrecía al público, tanto en sus canciones como en sus videos o actuaciones en vivo.

Lo que generaba en sus apariciones públicas era pura emoción, a veces expresada en casos de auténtica histeria colectiva -como en su momento lo hicieron Elvis Presley o The Beatles- y un universo paralelo en el que confluían la fantasía -el ser poderoso, casi sobrenatural de sus videos- con positivos mensajes universales. Basta con revisar cualquiera de sus producciones audiovisuales, desde Beat it (Thriller, 1982) hasta Earth song (HIStory: Past, present and future, Book I, 1995), o las letras de canciones como Man in the mirror (Bad, 1987) o Black or white (Dangerous, 1991), para hacernos una idea clara de eso.

Incluso el periodo comprendido entre los años 1993 y 2009, marcado a fuego por las denuncias, la destrucción de su rostro con cirugías estéticas, las actitudes erráticas y un anunciado retorno a los escenarios que la muerte frustró y que, supuestamente, será materia de la segunda parte de Michael, dejó varios éxitos comerciales para su carrera artística, como la demostración de la vigencia de su combinación de R&B, soul, pop-rock, funk, disco y electrónica, tanto a través de lanzamientos como Invincible (2001, su último disco oficial) y el recopilatorio Number ones (2003) como del documental This is it, estrenado cuatro meses después de su fallecimiento, que resume los ensayos de la que habría sido su gira de despedida. Eso sin contar los tributos e incontables reproducciones que actualmente registran los videos de todas sus épocas. Solo o con sus hermanos, en videoclips o en conciertos, Michael Jackson es garantía de buen entretenimiento para todos.

Música bien tocada y sin concesiones

El caso de Iron Maiden es, más allá de las evidentes diferencias estilísticas, parecido. Su capacidad para entretener y convocar multitudes es ilimitada, desde el terreno de lo que el público general llama “rock pesado”. La historia de Iron Maiden es una de consecuencia y fidelidad al público, incluidos aquellos momentos en que a la banda no le fue del todo bien, como cuando Dickinson abandonó el grupo y fue reemplazado por Blaze Bayley. Entre 1982 y 1992 la banda grabó siete álbumes que han superado la prueba del tiempo, icónicas grabaciones de heavy metal sin concesiones ni intentos de adaptación a cualquiera de los giros que imponía la moda o el cambio generacional.

Discos como Peace of mind (1983), Powerslave (1984), Somewhere in time (1986), Fear of the dark (1992) o el doble en vivo Live after death (1985) permanecen como un legado incuestionable, llenos de momentos de profunda musicalidad y virtuosismo. Las guitarras de Adrian Smith y Dave Murray estremecen con sus intercambios de roles, armonías gemelas y solos electrizantes, el bajo frenético de Steve Harris y su rotunda presencia escénica emocionan siempre como si fuera la primera vez, la batería de Nicko McBrain sostiene todo como una roca y la voz de Bruce Dickinson, su energía y potencia para conducir a las masas es tan impresionante como su papel de piloto del Ed Force One, el Boeing 757 que todos vimos en Iron Maiden: Flight 666, documental que, otra vez de forma coincidente, se estrenó en el 2009, el mismo año de la muerte de Jackson.

El siglo XXI vio el renacimiento de Iron Maiden, con una formación poco habitual para grupos de heavy metal. Además del retorno de Bruce Dickinson y Adrian Smith, que se había ido en 1990, se quedó Janick Gers, su reemplazante, como tercer guitarrista. Gers aportó, además de su excepcional dominio del instrumento, una extravagancia sobre escenario que incluye malabares al estilo Yngwie Malmsteen y estrambóticos desplazamientos que le sirvieron para ganarse el abrazo del público. Como sexteto, Iron Maiden ha publicado seis álbumes -entre ellos los notables Brave new world (2000), Dance of death (2003) o The book of souls (2015)- y hecho doce giras alrededor del mundo, entre el 2000 y el 2025.

Productos cinematográficos de calidad

Más allá de las agudezas de la fría crítica especializada o de las encendidas pasiones que producen en sus fieles seguidores, estos filmes que se ocupan de dos de los artistas musicales más importantes de los últimos cincuenta o sesenta años promueven el renovado consumo de sus grabaciones, consideradas como piezas de museo por el común de las personas y, en el caso de los hits de Jackson, repeticiones permanentes en la programación radial. En ambos casos, tanto la película biográfica con sus inevitables licencias creativas como el documental y sus enfoques unidimensionales terminan aplaudidos rabiosamente a los dos lados del Atlántico.

Michael y Burning ambition -ambas de los estudios Universal-, como productos audiovisuales, nos dejan claro que los cambios en la industria musical han ido en dirección opuesta al buen gusto y al sano entretenimiento. No hay forma de considerar una “evolución” las modernas preferencias de las masas, capaces de delirar por artistas que solo se dedican a estimular de forma canallesca aspectos relacionados al lujo conseguido a cualquier costo, la hipersexualización de todo y un uso elemental del lenguaje, tanto en inglés como en castellano. Me pregunto si en el 2076 pasará lo mismo con películas acerca de Bad Bunny, Rosalía o Shakira, si a alguien se le ocurre la malísima pero potencialmente rentable idea de producirlas. Felizmente, no estaré vivo para verlas.

[OPINIÓN]  Aun cuando en esas épocas la población mundial era cuatro veces menor, el célebre filósofo español, casi un Nostradamus del siglo XX, ya avizoraba la catástrofe ocasionada por la premisa democrática que permite a todos la posibilidad de airear su opinión.

Antes de aquello, solo opinaban quienes estaban capacitados para hacerlo. Aunque en los términos relativistas actuales eso puede sonar discriminador y hasta fascista, la degradación evidente de los discursos en la actual esfera pública le da la razón al prolífico autor fallecido en 1955.

Décadas más tarde y ya en los últimos tramos de su vida, otro influyente pensador, el italiano Umberto Eco dijo, palabras más palabras menos -cito de memoria- que la omnipresencia de las redes sociales era como si todas las conversaciones de cantinas de mala muerte, en esencia charlas privadas cuya naturaleza impedía que vieran la luz más allá de sus pisos pegajosos y puertas de acero semicerradas, de repente y por arte de magia se convirtieran en noticia, titulares de periódicos, columnas de opinión.

Quienes tenemos la costumbre de interactuar en comunidades virtuales con amigos del barrio, del colegio y la universidad, por razones de nostalgia y entretenimiento la mayor parte del tiempo, padecemos esa degradación en carne viva, cada campaña electoral.

Si para los procesos del 2011 y 2016 los principales medios de comunicación online eran los correos electrónicos, los chats del Messenger y los toma-y-daca de comentarios en Facebook y Twitter -ahora X, a pesar de que todos le sigamos diciendo Twitter-, en los dos siguientes, 2021 y 2026, son los grupos de WhatsApp los contenedores de esas cantinas y esos sótanos que Eco y Ortega prefiguraron en el pasado.

La diversión y los recuerdos de esquina son reemplazados, durante las campañas de primera y segunda vuelta, por una retahíla de necedades que van en todos los sentidos y son de todos los colores e intensidades. Claro, quienes apoyan las teorías fraudistas sentirán eso de quienes las rechazamos con violencia.

Y quienes militamos en el antifujimorismo más radical sentimos lo propio de esas monsergas en las que se repiten términos como “caviar”, “rojete”, “cojudigno”, “no al comunismo”, “zurdos de mierda” y demás variables -cada una peor que la anterior- escritas por quienes son, desde diferentes niveles, lo que mi buen amigo Wilder González Ágreda define como “pobres de derecha”.

El problema es que no se trata de una sencilla y, hasta cierto punto, comprensible dicotomía en la que ambas partes, contrapuestas y enfrentadas, tienen las mismas probabilidades de tener buenos o malos resultados.

Lamentablemente para todas esas barras bravas que atacan con uñas y dientes, con retorcida ironía e incluso con agresivas y vulgares ofensas cuando se ven cercados, la información aquí es clara y contundente, digan lo que digan.

No se trata de un inocuo y hasta saludable, para nuestra gimnasia sináptica, dilema filosófico -ya quisiéramos, para seguir releyendo a mentalidades geniales como las del par de filósofos citados- sino de que, de un lado, tenemos a una opción política relativamente predecible, la de Roberto Sánchez que, sin ser ni por asomo la maravilla, ofrece menos riesgos que aquella otra opción que manda a los medios convencionales a engañar a las grandes mayorías presentando a uno de sus asalariados como analista neutral.

Se trata de ver cómo Keiko Fujimori “pide perdón” a las familias puneñas afectadas por la matanza del 2022-2023 mientras que, en paralelo, uno de sus principales perros de presa, anclado en este congreso y en el que viene, anuncia con una robustez digna de mejores causas que ha presentado leyes para eximir de responsabilidad a todos los policías involucrados en esas situaciones.

Mientras, por el otro lado, el actual líder de Juntos por el Perú, con todas las dudas que es capaz de generar, integra a su equipo al fiscal que estuvo a punto de llevar a la cárcel a la eterna candidata de Fuerza Popular, heredera de Alberto Fujimori.

El cálculo político detrás de las dos agrupaciones que disputarán en catorce días la segunda vuelta pone al electorado nacional en la misma disyuntiva que enfrentó los tres procesos anteriores -2011, 2016, 2021- pero, cuando aplicamos lentes de aumento a la situación, las cosas no son exactamente iguales.

Ese cálculo político ha alcanzado en esta oportunidad a la enorme cantidad de perdedores que, de forma casi fellinesca, ejecutó la semana pasada un acto político tan aparatoso como inútil, la enésima presentación de un “frente” que solo logró llamar la atención de sus propios miembros y de uno que otro medio noticioso -Rosa María Palacios, La Encerrona- pero que pasará absolutamente inadvertido para la población.

Y ni hablar del voto viciado/en blanco, una opción que sea individual o en la forma de llamados a la acción colectiva, no va a tener mayor impacto en el resultado final. Y si acaso lo tiene, será negativo pues contribuirá a una mayor dispersión del voto antifujimorista y su posible reducción, lo cual sería desastroso.

Lo único en común que tiene esa segunda vuelta con las tres pasadas es lo obvio, la presencia de Keiko en el balotaje y la posibilidad de que el voto anti se active al final, ya no 24 horas sino, literalmente, en las colas de los locales de votación, para definir -por lo menos es lo que deseamos con todo el corazón- su cuarta y quizás definitiva derrota.

En el entretiempo, seguiremos viendo cómo las cantinas del Twitter y de los grupos privados de WhatsApp siguen llevando cada vez más al límite nuestra capacidad de tolerancia a la estupidez, desde el lado de los tontos útiles, y soportar la mala intención de los verdaderos operadores de grupos de poder político y económico que salivan con la idea del triunfo de Keiko Fujimori. El panetón JP tiene solo dos semanas para revertir eso.

 

IN MEMORIAM: Abel “Walo” Carrillo Milla (76), baterista peruano de bandas históricas como Telegraph Avenue, Tarkus, Dr. No, Tlön, entre otras, fallecido la semana pasada, fue -como yo- herreriano (ex alumno del colegio nacional Bartolomé Herrera). Q.E.P.D.

[Música Maestro]

La tarde del domingo 17 de mayo la comunidad de seguidores y admiradores de la obra musical de Frank Zappa recibimos una triste noticia. Ike Willis, cantante y guitarrista que, entre 1978 y 1988, fue uno de los colaboradores más cercanos del genio de Baltimore, falleció a los 70 años. Desde el 2024, por lo menos, se venían difundiendo informaciones -muchas de ellas por parte de su propia familia, específicamente de su hija Leah- que daban cuenta de que el buen Ike, gran cantante, excepcional guitarrista, venía luchando valientemente con un invasivo cáncer de próstata. Incluso ella tuvo que salir en redes sociales más de una vez a desmentir rumores de que su padre había muerto.

Sin embargo, en esta ocasión era verdad, como se fue confirmando con el transcurrir de las horas. El primero en avisar a la comunidad mundial de fans del universo zappesco fue Arthur Barrow, quien fuera bajista de la banda entre 1978 y 1980 y después, hasta 1982, se desempeñó como director musical o “Clone Meister”. Barrow y Willis fueron las columnas vertebrales de la primera banda ochentera de Frank, la misma que lanzó icónicos discos como Joe’s Garage (1979), You are what you is o Tinsel town rebellion (ambos de 1981), grupo por el que también pasaron luminarias de la música mundial como Steve Vai (guitarra), Vinnie Colaiuta (batería), entre otras. André Cholmondeley, uno de sus mejores amigos y líder de Project/Object, fue uno de los primeros en reaccionar: “Él era como mi hermano. Y todo lo que he hecho en la música en los últimos 30 años comenzó gracias a haberlo conocido…”

Quienes conocemos el catálogo de Frank Zappa de arriba a abajo, recordamos sus magistrales interpretaciones de temas que pertenecían a otras épocas de aquella amplia discografía, como la versión de 1988 de Dickie’s such an asshole -dedicada originalmente a Richard Nixon y, en esta ocasión, a Ronald Reagan- o la relectura de Village of the sun, incluida en el disco Saarbrücken 1978, parte del primer volumen de la colección de bootlegs Beat the boots I (1991). Pero también llegan a la mente canciones escritas para su abaritonada y brillante voz como Lucille has messed my mind up, Why does it hurt when I pee? o Outside now, uno de los puntos climáticos de la historia de Joe. O, por supuesto, el jazz al estilo crooner de Yo’ cats (Frank Zappa meets The Mothers of Prevention, 1985) y el psicótico blues Bamboozled by love, clásico del Tinsel town rebellion.

Una de las mejores grabaciones en vivo de Ike Willis es, sin duda, el medley de tres canciones de los Beatles que pudimos escuchar de forma oficial en el álbum doble Zappa ’88: The last U.S. show (2021) que es, como dice su nombre, la grabación del último concierto de aquella gira que canceló en medio de polémicas internas.

En ese cover, Zappa altera las letras de tres gemas de Leoon/McCartney, Norwegian wood (The bird has flown), Strawberry fields forever y Lucy in the sky with diamonds, para ridiculizar a los tele-evangelistas, a partir de los escándalos de un conocido predicador, Jimmy Swaggart, fallecido a los 90 años en julio del 2025, quien fue encontrado entre 1986 y 1988 con prostitutas, a las que pagaba miles de dólares con lo que recaudaba en su televisado “ministerio” religioso. La voz de Ike, sus inflexiones y tonalidades, convierten en un clásico del humor negro a esta pieza que podríamos aplicar a tantos otros sacerdotes o gurúes que esconden sus bajas pasiones detrás de una careta espiritual.

¿Cómo llega Ike Willis a la banda de Zappa?

“Conocí a Frank en 1977, cuando mi esposa y yo estábamos en la universidad, en Washington. Había venido a dar un concierto y yo formaba parte del equipo técnico del local. Casualmente, lo conocí después de la prueba de sonido. Empezamos a hablar. Nos caímos muy bien, me hizo tocar y cantar para él. Me dijo que le gustaría que hiciera una audición para su banda. Básicamente, después de la gira de ese año -parte de la cual podemos escuchar en los álbumes Sheik yerbouti (1979) y Baby snakes (1983)- me llamó cuando todavía estaba en la universidad y me dijo que me iba a pagar el viaje para la audición. Volé una semana después y entré en la banda”. El resto es historia. Así recordaba Isaac “Ike” Willis, natural de St. Louis, Missouri, el comienzo de su relación con Frank Zappa, que se extendió hasta 1988, lo cual convierte en el músico que más tiempo ha permanecido en su banda.

La carrera de Ike Willis está íntegramente definida por su trabajo con Zappa. Participó en todos los álbumes ochenteros del grupo -siete en estudio, seis en concierto e infinidad de lanzamientos tanto oficiales como póstumos- y fue parte fundamental en el ensamblaje vocal de las giras de 1978, 1979, 1984, 1986 y 1988, con un hiato entre 1980 y 1982 en que pidió licencia por el nacimiento de sus hijos. Desde 1993, año de la muerte de Frank, Ike ha mantenido vigente el legado musical de su mentor a través de sus colaboraciones con diversas bandas de tributo a Zappa alrededor del mundo, entre ellas The Central Scrutinizer (Brasil), Ossi Duri (Italia) o The Ed Palermo Big Band (EE.UU.).

Además, estuvo presente en la formación original de The Band From Utopia -actualmente Banned From Utopia-, junto a Robert “Bobby” Martin, (voz, saxo, teclados), Tommy Mars (teclados), Arthur Barrow (bajo, guitarra), los hermanos Tom y Bruce Fowler (bajo y trombón), Kurt McGettrick (saxos, clarinetes), Ed Mann (percusión) y Chad Wackerman (batería), todos ex alumnos de Frank. Algunos años después, colaboró con Project/Object, banda norteamericana fundada por el virtuoso guitarrista André Cholmondeley.

Joe’s Garage y Thing-Fish: Los legados vocales de Ike

Conocido como el “barítono biónico” -así figura en los créditos del álbum The man from Utopia (1983)– Ike Willis se estableció como figura central de la banda desde su aparición en el disco conceptual Joe’s Garage (1979), en el que interpreta a Joe, protagonista de la historia. En esta obra, originalmente editada en tres vinilos, Joe, un atribulado aspirante a músico de rock, hace un viaje de descubrimiento y redención artística y personal, no sin antes atravesar una serie de experiencias bizarras que ponen a prueba su temple, desde la tiranía y superficialidad del music business hasta extraños encuentros con máquinas y robots, todo al estilo irreverente y audaz de Zappa.

Asimismo, Willis se encarga del rol principal de otra de las producciones de esa década, Thing-Fish (1984). Se trata de un cuento que es mitad ciencia ficción y mitad cómic, donde el personaje central es una  extraña criatura con cabeza de papa, pico de pato y exagerado acento negro llamada Thing-Fish, una alegoría caricaturesca inventada por Zappa para lanzar duras críticas contra la discriminación y la homosexualidad, el establishment norteamericano, los prejuicios y los tele-evangelistas, entre otros temas recurrentes en su obra.

“Joe’s Garage -dijo Ike alguna vez- es mi álbum favorito desde el punto de vista sentimental. Fue el primero que hice, tenía 22 años y trataba de absorber y aprenderlo todo. Por su parte, Thing-Fish fue la cosa más larga y compleja que he hecho con Frank. El tema central era muy difícil y había cantidades de material. El álbum cobró vida propia y comenzó a crecer, los libretos cambiaban día a día y siempre aparecían letras nuevas”.

Zappa en los ochenta: Armonías vocales

En esa década, pasado el furor del jazz-rock y sus rutinas humorísticas, la música de Frank Zappa se orientó mucho hacia la construcción de complicadas armonías vocales, producto de la afición por el doo-wop y la música soul que cultivó desde su adolescencia en los años cincuenta. Por otro lado, a partir de esa época Frank comenzó a limitar su trabajo al de compositor, arreglista y productor de su material.

Para eso, contó con el apoyo valioso de Ike Willis, quien se convirtió en su mano derecha: “Él buscaba nuevos vocalistas porque ya no quería cantar más. Extrañaba las armonías, tú sabes, el doo-wop y todo eso. Trataba de cambiar de dirección musicalmente, las combinaciones ya no estaban funcionando bien. Es decir, siempre hubo músicos increíbles en sus bandas, pero él ya no se estaba divirtiendo mucho. Cuando me contrató, las cosas comenzaron a cambiar”.

Desde el principio, Zappa vio algo especial en Willis, y se lo hizo saber de inmediato: “Cuando entré por la puerta para mi audición, había una fila de unas treinta o cuarenta personas. Él ya lo tenía todo preparado, en lugar de probarme, me dio un fajo de letras de canciones y me pidió que le ayudara a hacer las audiciones a los demás. Eso fue un martes, y no hice mi propia audición hasta dos días después. Solo duró unos veinte segundos, luego seguimos haciendo pruebas a otras personas y me contrató antes del fin de semana”.

En el DVD Does humor belong in music? (1986) se puede apreciar a una de las mejores secciones vocales de Zappa. Junto a él están Ray White, Bobby Martin y por supuesto, Ike Willis. Del mismo modo, en la tríada de discos en concierto Broadway the hard way (1988), The best band you never heard in your life y Make a jazz noise here (ambos de 1991), que registran oficialmente las actuaciones de lo que finalmente fue la última gira de Frank Zappa antes de su voluntario retiro de los escenarios, Ike Willis integra junto con Bobby Martin, Mike Keneally y Frank, el cuarteto de voces con el que recrearon su amplio catálogo en aquellos conciertos realizados entre febrero y junio de 1988.

Ike Willis y su afilada guitarra

Aunque es más conocido por sus aportes como cantante, Willis también colaboró como guitarrista rítmico en los distintos ensambles de los que fue parte. Como solista grabó dos álbumes, firmados como The Ike Willis Band: Shoulda gone before i left (1988) y Dirty pictures (1998), en los que demuestra todo lo aprendido de Frank: compone y produce su material, tiene un sentido del humor político muy agudo, construye pasajes instrumentales muy interesantes y posee los derechos de todas sus grabaciones. Además, su estilo con las seis cuerdas tiene ese sonido tan reconocible y un particular gusto por lo complejo, polirrítmico y disonante, como su maestro.

Ike Willis se mantuvo siempre de gira, tocando la música de Zappa donde se lo pidieran, y fue invitado a varias ediciones del Festival Zappanale, que se realiza desde 1993 en la ciudad alemana de Bad Doberan, ya sea con Project/Object o acompañando a otros músicos, como los europeos Zappatika o bandas más jóvenes como The Z3 o The Furious Bongos, quienes también han anunciado homenajes para la persona con quien compartieron más de una vez los escenarios, rindiendo homenaje perpetuo a la música de Frank. En este concierto de Project/Object, del 2004, Ike Willis comparte escenario con el saxofonista y cantante Napoleon Murphy Brock (en la banda entre 1973 y 1976), una de sus grandes inspiraciones. “De él aprendí a cómo moverme en el escenario”.

Siempre afirmó sentirse orgulloso de seguir tocando la música de Frank y que eso no le generó nunca problemas legales, pues estaba cumpliendo un pedido que el mismo compositor le hizo antes de fallecer en diciembre de 1993. “No estoy ganándome la vida con su música. Solo estoy cumpliendo la voluntad de un viejo amigo. Al final me dijo: “Sal allá afuera y mantén la música viva como puedas. No cambios de tono, no nuevos arreglos. Anda y toca mis canciones tal y como te las enseñé”. Y eso es lo que estoy haciendo”.

Como músico, Ike Willis coincide con quienes han declarado que trabajar con Zappa era sumamente exigente: “No puedes tocar su música si estás distraído saludando a las chicas o fumando marihuana. Había partes muy complejas e intrincadas. Él era increíblemente perfeccionista. Ensayábamos ocho horas diarias, seis días a la semana. Algunos miembros de la banda no se divertían tanto como yo. Para mí, era como estar permanentemente en una escuela de música, aprendiendo cosas increíbles”.

Sobre los sucesos que acabaron con el grupo de 1988, Ike Willis no comparte la opinión de Frank, según la cual la banda se autodestruyó: “El responsable fue Scott Thunes. Estaba tan alocado que nadie quería tocar con él. Él es salvajemente talentoso e inteligente, pero nadie quería estar cerca de él por cómo actuaba”, mencionó Ike, refiriéndose a los hábitos exagerados del bajista a quien Frank había nombrado director musical. “Esa fue la mejor banda de Frank en la que estuve. Teníamos la combinación perfecta de personas. Si Frank hubiera estado de un ánimo distinto, estoy seguro de que habría despedido a Scott y continuábamos con otro bajista. No era un buen tiempo para Frank, estaba comenzando a sentirse mal y simplemente mandó todo a rodar”.

Un trabajo que se convirtió en amistad

Con los años, la relación entre Ike Willis y Frank Zappa se hizo más personal, ya que detrás de las exigencias del trabajo en la banda, se desarrolló una gran amistad. “Mi esposa y yo lo seguíamos desde nuestras épocas de estudiantes y posteriormente, ella me acompañó a todas las giras”. Cuando Frank se enteró que padecía de cáncer, Ike fue la única persona que no era de su familia a quien se lo contó. “Me lo dijo dos años antes de anunciarlo a la prensa. Después de la gira del ’88 me mudé a Portland y al año siguiente me llamó y me dijo: “Ya no vamos a salir”. Cuando le pregunté el motivo me dijo que se estaba sintiendo mal, y que después de consultar a cuatro doctores, el quinto le confirmó que tenía cáncer y que era terminal. “No puedo hacer nada al respecto” fue lo que dijo”.

En julio de 1993 Frank lo llamó con una ambiciosa idea en mente: hacer planes para preparar el vigésimo quinto aniversario del álbum 200 Motels, que se iba a cumplir dos años después, en 1995, con una gira mundial que reuniría varias etapas de su carrera, con invitados especiales y hasta una orquesta filarmónica. El vocalista, entusiasmado con esa posibilidad de regresar al ruedo, lo apoyó completamente: “Me llamó y me dijo: “¡Oye, me estoy sintiendo mejor!”.

Al parecer la enfermedad había entrado en una especie de receso y Frank se sintió en condiciones para regresar. Estaban planeándolo todo cuando de repente recayó, eso fue en noviembre. “Fue todo muy rápido. Mi madre había fallecido de cáncer a la misma edad de Frank durante la gira del ’88. Fue un golpe muy duro para mí, apenas tuve tiempo para hablar con él antes de morir”.

Ike Willis fue una de las personas que más cerca estuvo de Frank como ser humano: “No importa lo que hayan escuchado acerca de él, que era una mierda o un estúpido. Frank es el ser humano más inteligente que he conocido, un hermoso ser humano. Era realmente un buen tipo, amable, divertido y espontáneo. Su personalidad pública es solo una de esas tantas dicotomías, complejidades por las que se le conocía”.

Cuando le preguntaron en el 2006, durante el gobierno de George W. Bush, qué clase de música habría escrito Zappa en ese momento, Ike Willis comentó: “Dios mío, me encantaría que Frank aun estuviera aquí. Este sería su gran momento. Es decir, primero Bush, luego Clinton y ahora… ¡otro Bush! Hay cantidades de material. ¡Hubiera sido genial!”. También habría sido genial escucharlo hoy, en tiempos de personajes como Elon Musk, Marco Rubio y Donald Trump, como lo aluciné el año pasado en esta columna.

 

[Música Maestro] En el desarrollo del rock clásico como fenómeno cultural existen, al igual que en otras disciplinas artísticas, deportivas o académicas, lo que en inglés se denomina “unsung heroes” que vendrían a ser, en nuestro castellano, los “héroes anónimos”, aquellas personalidades que, a pesar de haber realizado contribuciones notables, muchas incluso reconocidas en su momento como excelentes, hoy pasan inadvertidos por todos los recuentos y rankings que van de lo obvio a lo repetitivo a pesar de su influencia e importancia, en este caso, musical.

Traffic, la banda inglesa activa entre 1967 y 1974 -con ciertos espasmos en el medio de esa trayectoria de siete años- es uno de esos casos. A pesar de haber sido uno de los conjuntos más importantes de la “Invasión Británica” con impresionantes álbumes que combinaron destreza, creatividad y talento en diversos subgéneros, además de dejar por lo menos cuatro clásicos del rock que no deberían faltar en ningún listado de las mejores canciones de su época, el nombre de Traffic es siempre pasado por alto y su sonido, sofisticado e irreverente a la vez, se ha perdido en un injusto olvido.

Steve Winwood, uno de los cantantes, compositores y multi-instrumentistas más importantes del periodo iniciático del blues-rock producido en Gran Bretaña, cumple hoy 12 de mayo, 78 años. Y Dave Mason, guitarrista, compositor y cantante, habría llegado a los 80 el último domingo de no ser porque la muerte lo alcanzó tres semanas antes, el pasado 19 de abril. Ambos, junto con el saxofonista/flautista Chris Wood y el baterista/cantante Jim Capaldi -ambos fallecidos en 1983 y 2005 respectivamente- fueron la formación original de Traffic. Aquí algo de su historia y legado.

1967: La psicodelia

Entre 1963 y 1967, Steve Winwood se hizo conocido como un adolescente prodigio, tocando guitarra y teclados en The Spencer Davis Group, al que ingresó cuando apenas tenía 14 años. Además, el muchacho era el cantante principal, colocando su potente y maduro tono vocal en tres álbumes y varios exitosos singles, entre ellos dos canciones compuestas por él mismo, I’m a man y Gimme some lovin’, que en años posteriores se convirtieron en genuinos standards del rock clásico, versionados por Chicago y The Blues Brothers, en 1969 y 1980, respectivamente.

Para cuando Steve se separó del grupo dirigido por Spencer Davis, un guitarrista y arreglista que le llevaba diez años -en el que además tocaba el bajo su hermano mayor, Muff Winwood- sus inquietudes musicales lo llevaron a juntarse con gente más contemporáneos con él. Así fue como conoció, en su natal Birmingham, a Dave Mason, Jim Capaldi y Chris Wood, en esas tocadas cargadas de improvisación y otras sustancias. Los cuatro conectaron de inmediato y, cuando llegó la hora de ponerle nombre al grupo, este se les apareció en medio de un problema cotidiano, las demoras para cruzar la esquina hacia la sala de ensayo que se encontraban por culpa del tráfico.

Las primeras canciones de Traffic se inscriben en la onda del rock psicodélico que también comenzaban a hacer, en otras latitudes, los Grateful Dead y los Beatles. Las flautas de Wood y las cítaras de Mason le dan a Paper sun un sonido enigmático y etéreo a este tema grabado en los históricos estudios Olympic de Londres. En el mismo camino fueron Hole in my shoe, Smiling phases y Here we go round the Mulberry Bush. Aunque ninguna de las tres fue incluida en su LP debut, son hasta ahora de las más reconocidas de su catálogo.

1968-1969: El blues-rock

A finales de 1967 apareció Mr. Fantasy (Island Records), el primer disco oficial de Traffic, en el que extienden las ideas desarrolladas en sus primeras grabaciones, con temas de sonido volátil y misterioso como Coloured rain, Heaven is in your mind o No face, no name, no number, mientras que el instrumental Giving to you y, especialmente, la bluesera Dear Mr. Fantasy dan señales de un ligero cambio en la propuesta musical, abriéndose paso dentro de la escena del naciente blues-rock británico, que tenía en los Yardbirds y la escuelita de John Mayall a sus puntas de lanza.

Todo esto ocurría en un ambiente musical anglosajón extremadamente diverso y creativo. El periodo 1967-1968 estuvo marcado por lanzamientos que tenían tanto de esoterismo musical como de luminosidad rockera, entre los que podríamos mencionar álbumes como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles), Anthem of the sun (Grateful Dead), Absolutely free, We’re only in it for the money (The Mothers Of Invention) o Their Satanic Majesties request (The Rolling Stones), solo por mencionar unos cuantos. Por eso, cuando Traffic lanzó su segundo disco epónimo, en 1968, las cosas comenzaron a caer por su propio peso.

El álbum muestra una evolución musical interesante que coloca a Traffic a la altura de otros grandes nombres del blues-rock como Cream o Fleetwood Mac. La profunda eficiencia de Winwood en guitarra, bajo y teclados da a las canciones un sonido experto y emocionante. Temas como Pearly queen -cuyo intermedio recuerda a otros hijos pródigos de Birmingham, Black Sabbath- o Means to an end tienen la personalidad de Winwood por todos lados. Sin embargo, dos temas semiacústicos, compuestos y cantados por Mason, se impusieron como principales éxitos de esta etapa del cuarteto. You can all join in y, especialmente, Feelin’ alright? -que Joe Cocker llevó a otro nivel de popularidad con su versión de 1969- es Traffic en estado puro. Hasta Mongo Santamaría, el gigante percusionista de latin-jazz, la grabó en 1970 para su disco del mismo nombre.

1969: Primer paréntesis

Dave Mason mostró desde el principio una forma de ser un tanto autoritaria, algo que se reflejó inmediatamente en la dinámica de Traffic. Si bien el 90% de las canciones se desarrollaban en conjunto a partir de ideas que cada uno aportaba, cuando era su turno Mason llegaba al estudio, según recuerda Winwood, “con canciones completas y nos indicaba a cada uno qué hacer, como si nosotros trabajáramos para él”. Eso llevó a su inevitable despido, en buenos términos por supuesto, tras el lanzamiento del segundo LP.

Con la primera disolución de Traffic, Winwood se involucró en otro capítulo importante del rock inglés. Junto con Eric Clapton (guitarra), Ginger Baker (batería) y Ric Grech (bajo), pasó todo el año 1969 ensayando, grabando y presentando uno de los primeros supergrupos de la historia del rock. Blind Faith y su único álbum epónimo -el de la famosa y, en su momento, controversial carátula que muestra a una niña de 11 años- registró temas alucinantemente buenos como Presence of the lord -escrita por Clapton- o Sea of joy y Can’t find my way home, ambas de Winwood.

Ese mismo año, una selección de singles que no habían alcanzado a ingresar al disco Traffic del año anterior, se recopilaron para Last exit, que incluye dos temas más de Dave Mason quien, entre otras cosas, se fue a realizar trabajos en sesiones para The Jimi Hendrix Experience -la guitarra acústica de doce cuerdas de All along the watchtower la toca él- y Delaney and Bonnie. Just for you, uno de los dos títulos de Mason, es una de las mejores del grupo, con un trabajo impresionante de Winwood en el bajo que se replica en dos temas indispensables de la banda, Shanghai noodle factory y Medicated goo, con su contagioso ritmo y esa letra chamánica que simboliza la onda de la época.

En el lado B del LP original, aparecen dos temas de la banda en vivo en el legendario auditorio Fillmore de San Francisco, un blues de la década de los cuarenta, Blind man, y el standard de jazz Feeling good, escrito originalmente en 1964 para un musical británico. Este tema ha sido grabado por todos, desde Nina Simone y John Coltrane hasta George Michael, aunque quizás la versión más conocida por públicos modernos sea la del crooner canadiense Michael Bublé, incluida en su álbum It’s time (2005). El tratamiento que le dan Winwood, Mason, Wood y Capaldi a este tema es simplemente alucinógeno.

1970-1974: El jazz y el prog-rock

En 1970, Steve Winwood pensó lanzarse como solista pero, pero ante la dificultad de encontrar músicos adecuados para las sesiones de grabación, terminó convocando a dos de los tres miembros originales de Traffic -Jim Capaldi y Chris Wood- y se dio forma a la reunión de la banda, a través del que se convirtió en su cuarto LP oficial, John Barleycorn must die, título tomado de una melodía tradicional del siglo XVIII. John Barleycorn es la personificación de un tipo de cereal (maíz Barley) a partir del cual se fabricaban diversas bebidas alcohólicas como cerveza y whisky. En la canción, un clásico del folk británico, se narran las penurias que atraviesa John durante los procesos de siembra, cultivo, cosecha y transformación en licor, utilizando como fondo una evocadora melodía juglaresca que juega con las guitarras acústicas, los vientos y las armonías vocales.

Pero si esta viñeta acústica los acerca a bandas como Thin Lizzy, Jethro Tull y Fairport Convention, también se da una evolución hacia el jazz y el prog-rock, con temas como el instrumental Glad, que abre el disco o Empty pages y Freedom rider, ambas muy frescas y dinámicas, con órganos Hammond, bases rítmicas definidas y la voz de Winwood peligrosamente parecida a la de Peter Gabriel (Genesis). Un año después llegó un extraordinario álbum en vivo, Welcome to the canteen (1971), con un breve retorno de Dave Mason y la ampliación del grupo que pasó de cuarteto a septeto con la inclusión de Ric Grech (bajo), Jim Gordon (batería) y el ganés Rebop Kwaku Baah (percusión).

La etapa final de Traffic, antes de su segunda separación -hasta el regreso veinte años después, en el festival de Woodstock 1994- está conformada por tres álbumes de buena factura. The low spark of high heeled boys (1971) -donde brilla el tema-título, una de las canciones emblemáticas del grupo, a la distancia-, Shoot out at the fantasy factory (1973) y When the eagle flies (1974). Mientras que los dos primeros repiten la alineación del Welcome to the canteen, con excepción de Dave Mason quien ya no volvería a reunirse con sus compañeros, en el último la sección rítmica Grech-Gordon fue reemplazada por David Hood/Rosko Gee (bajo) y Roger Hawkins (batería).

A este periodo pertenece la única grabación en concierto en video del grupo en sus mejores tiempos, un concierto de 1972 en el auditorio de Santa Monica (California), donde vemos a Winwood y Capaldi compartiendo roles vocales y Rebop Kwaku Baah puesto al frente con su arsenal de percusiones. En 1973 apareció otro disco en vivo, On the road, con esta formación, la última del Traffic histórico.

1994: Traffic vuelve al ruedo

En 1977, luego de dedicarse tres años a sesiones de grabación con otros artistas, Steve Winwood inició una exitosa carrera en solitario que lo mantuvo vigente durante toda la década siguiente, con álbumes de excelente recordación como Steve Winwood (1977), Arc of a diver (1980), Talking back to the night (1982), Back in the high life (1986) y Roll with it (1988), con canciones muy populares a nivel mundial -incluso en nuestras radios locales, aun se pueden escuchar temas como Higher love -con los coros de Chaka Khan-, Valerie, Roll with it o While you see a chance– que los nuevos públicos no asociaban al legendario músico que había sido protagonista del pasado.

Jim Capaldi y Dave Mason, por su lado, también tuvieron extensas discografías individuales, aunque nunca con el éxito de su compañero, y Chris Wood se dedicó a sesiones y trabajos como productor hasta su prematura muerte en 1983. En cuanto a los demás colaboradores de la alineación final, Rosko Gee y Rebop Kwaku Baah se integraron, entre 1977 y 1979, a la banda de música experimental Can, aportando mucho más ritmo a la maquinal sonoridad de esta banda que fuera punta de lanza del krautrock, la electrónica y el rock progresivo alemán.

Para 1994, veinte años después de su segunda separación, apareció el álbum Far from home (Virgin Records) bajo el nombre de Traffic, una selección de diez temas nuevos escritos por Steve Winwood y Jim Capaldi, con Winwood haciéndose cargo de todos los instrumentos y voces principales, mientras que Capaldi grabó baterías, percusiones y coros. El disco contiene excelentes temas como Here comes a man, Mozambique o Riding high que se inscriben fácilmente el catálogo de Traffic como un cierre de lujo para una carrera caracterizada por la excelencia musical.

El último respiro de Traffic

La gira promocional de Far from home quedó registrada en el DVD The last great traffic jam, con la alineación de Traffic integrada por Steve Winwood (voz, guitarra, teclados), Jim Capaldi (voz, batería, percusión), un viejo conocido, Rosko Gee (bajo), el cubano-americano Walfredo Reyes Jr., famoso por su trabajo con Santana en esa década (batería) y dos colaboradores frecuentes del camino en solitario de Winwood, Randall Bramblett (vientos, teclados) y Michael J McEvoy (teclados, guitarra, armónica). Jerry García, líder de los Grateful Dead, incorpora su guitarra en una alucinante versión de Dear Mr. Fantasy.

Esta misma formación participó de la edición especial de 25 aniversario del Festival de Woodstock, con uno de los conciertos estelares del tercer día (14 de agosto de 1994) compartiendo escenario con otros pesados como Country Joe McDonald o The Allman Brothers Band. Anunciada como el gran retorno de Traffic, la presentación sirvió para ver a Winwood y Capaldi, entonces de 46 y 50 años, aplicando toda su experiencia y recorrido a himnos de su repertorio como Pearly queen, The low spark of high heeled boys, Empty pages, Rock and roll stew, Dear Mr. Fantasy, Medicated goo, entre otros.

Smiling phases, un CD doble lanzado en el año 1991, es hasta el día de hoy la mejor recopilación de temas de este conjunto de extraordinarios y creativos músicos, héroes anónimos del rock, que cubre toda su actividad entre 1967 y 1974 y permite apreciar en orden cronológico la evolución de su sonido, desde los aires psicodélicos de Paper sun o Withering tree hasta los roces progresivos de Freedom rider pasando por clásicos que no deben faltar en ninguna colección rocanrolera como Rock and roll stew, Medicated goo, Dear Mr. Fantasy o Feeling alright?

 

 

[OPINIÓN]  Como todos sabemos, estamos ya en campaña de segunda vuelta. Una campaña deslucida y algo silenciosa, con una eterna candidata haciéndose la muertita para que las profundas grietas de su perfil político, caracterizado por la desconfianza y visceral rechazo que generan, no afloren tan temprano; y un candidato que parece desconectado de su responsabilidad histórica, apareciendo por aquí y por allá -con el Curwen, con José Domingo Pérez- pero sin consolidar un posible triunfo, casi como si no quisiera que pase, además de mostrarse incapaz de hacerse cargo, con responsabilidad y empatía, de un evento luctuoso que involucró directamente su liderazgo.

Las respuestas de Roberto Sánchez Palomino frente a la lamentable muerte del político de izquierda y poeta Dante Castro Arrasco (“Dante Andante” para quienes lo conocían), ocurrida durante las actividades de cierre de su campaña de primera vuelta, no han sido satisfactorias por decir lo menos. Más bien fueron evasivas y hasta irresponsables, como dejan ver los testimonios de los hijos del fallecido candidato al Senado por Juntos por el Perú, quienes han levantado la voz, en medio de su inconmensurable dolor, señalando las inconsistencias en las circunstancias de un hecho que, en un partido político medianamente organizado, habrían estado 100% claras.

Además de ese tema, cubierto por varios periodistas -Pedro Salinas y Juliana Oxenford, solo por mencionar a dos de ellos, les dieron espacios amplios a los deudos- hay otro hecho que marca diferencias entre la notoriedad en medios que viene acumulando Juntos por el Perú frente a la de Fuerza Popular, algo que finalmente es positivo para el amplio sector antifujimorista que está esperando el momento preciso para activarse.

Me refiero a la presencia en diversas entrevistas de Antauro Humala Tasso, líder del etnocacerismo. Fúrico con Milagros Leiva, sarcástico con Rosa María Palacios, nostálgico con Carlos Cornejo, Antauro reacciona según la actitud de su interlocutor con una habilidad y autenticidad de las que otros políticos carecen, independiente de que sus dichos estén en la mayoría de los casos más cercanos del disparate que de cualquier otra cosa.

Pero más allá de la personalidad de Antauro, siempre impredecible, divertida y peligrosa a la vez, sus apariciones han traído de regreso a la esfera pública local una palabra que, seguramente, suena arcana para los votantes más jóvenes: el etnocacerismo. El público peruano consumidor de noticias políticas conoció masivamente este término allá por el año 2005, hace poco más de dos décadas, cuando el hermano mayor de Antauro, Ollanta Humala, anunció su candidatura a la Presidencia de la República, la misma que perdió en segunda vuelta frente a Alan García. Pero yo sabía de la existencia de esta ideología que combina nacionalismo con reivindicaciones étnicas andinas e históricas, por un evento fortuito que me ocurrió mientras estudiaba en la universidad.

Quienes se formaron, como yo, en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la San Martín durante los años noventa, cuando estaba en Jesús María, recordarán que toda la esquina de las avenidas Brasil y Bolívar estaba ocupada por una cafetería muy conocida, llamada Di Romeo Caffe, que para nosotros era simple y llanamente “El Romeo”. Su salón de estilo tradicional -como el Rovegno o el Berisso- nos servía tanto de sala de reuniones para planificar trabajos de grupo como de centros de conciliación y resolución de conflictos de incipientes parejas, en medio de las clases.

En una ocasión, estábamos yo y una compañera de aula tomándonos un café y disfrutando de una deliciosa tartaleta de fresa, uno de los clásicos del Romeo. En medio de nuestra animada charla, que tenía de esto y de aquello -parafraseando a Denegri-, comenzamos a intercambiar pareceres respecto de un trabajo que nos habían dejado acerca del racismo en el Perú. Corría el año 1994 si mal no recuerdo, ambos apenas acabábamos de cruzar la barrera de los veinte años. De repente, un señor mayor sentado en una de las mesas contiguas pidió, muy educadamente, permiso para conversar con nosotros. Era Isaac Humala Núñez, ideólogo absoluto del etnocacerismo.

Nosotros no teníamos idea de quién era, pero sonaba muy solvente en el tema. Se presentó como abogado y profesor de San Marcos, lo cual abrió más nuestro interés. En pocos minutos, nos habló, por supuesto, de Andrés Avelino Cáceres, del regreso del inca y de la división de las razas. En lo personal, recuerdo que nos impactó mucho, intelectualmente, su uso del término “cobrizo” para describir la raza andina y, desde ese momento, lo incorporé a mi bagaje de conversaciones sobre el tema, en casa y entre amigos.

Al provenir yo de una familia clasemediera limeña, marcada por la fuerte influencia de mi rama paterna afroperuana que ostentaba un profundo e histórico talante discriminador hacia lo indígena, del cual ya me había distanciado hacía tiempo, la descripción me pareció pertinente, precisa y respetuosa. Y ella, cuya procedencia familiar y nivel socioeconómico estaba unos escalones más arriba, también reaccionó positivamente a aquello de lo cobrizo aplicado a la raza india nacional.

Como estudiantes de pregrado de miras elevadas y con algunas lecturas encima, de inmediato entendimos que, más allá de las evidentes excentricidades de su pensamiento, muchas de las cosas que nos dijo tenían un profundo sentido. Tanto así que lo comprometimos para que, al día siguiente, en el mismo café, nos reuniésemos nuevamente, esta vez para entrevistarlo. Cosa que hicimos, con mucho entusiasmo, en el Romeo. Hasta hace unos años, antes de las múltiples mudanzas que hemos tenido, rodaba entre mis cajones un viejo cassette Samsung, esos de etiqueta blanquinegra, de los más baratos, con la voz grabada de Isaac Humala explicándonos sus teorías que navegaban entre lo historicista, los sociológico y lo genético.

Como ocurre con todas las posturas ideológicas no convencionales que pueden llegar a sonar un poco locas, había mucho de romántico y utópico en ese discurso nacionalista, características suficientes para impresionar a dos jóvenes idealistas, con nula experiencia política y un mundo por descubrir. En aquellas grabaciones, el patriarca de los Humala incluso nos habló de sus hijos, de cómo los había formado académica y militarmente para que cualquiera de ellos esté en capacidad de asumir la Presidencia del Perú y hacer realidad el sueño etnocacerista.

En el 2000, Ollanta y Antauro lideraron una rebelión en Locumba (Tacna), en medio de una cadena de hechos que terminaron con la caída del fujimorato. En el 2006, como ya dijimos, postuló en las elecciones generales, en las que también candidateó su hermano mayor, Ulises. Y cinco años después, en el 2011, llegó a Palacio de Gobierno ganándole en segunda vuelta a Keiko Fujimori, la primera de sus derrotas. Pero lo que parecía ser el anhelo cumplido de nuestro amigo don Isaac terminó en una trama tragicómica con su hijo apodado “Cosito” y su rebelde hermano acusándolo de traidor. Las cosas no podrían haber salido peor para las bases fundacionales del etnocacerismo.

Sin embargo, con Ollanta desprestigiado y con el apoyo de su padre, fue Antauro quien asumió la conducción de ese proyecto, aunque ciertamente con un talante mucho más errático y atolondrado que tuvo su génesis antes de la llegada al poder de su hermano, tras los hechos mortales del 2005 de aquel levantamiento conocido como “El Andahuaylazo”. Hoy, luego de casi dos décadas en prisión por ese nuevo intento de rebelión, Antauro y sus huestes etnocaceristas siguen animando la esmirriada escena política local, con estas apariciones que van de la polémica al estigma, de intenciones provocadoras que suelen chocar con sus propias inconsistencias, las mismas que aprovechan sus adversarios para ridiculizarlo más de la cuenta.

A la luz de los hechos, es muy poco lo que se puede rescatar del pensamiento de Antauro Humala, aunque la podredumbre de nuestro sistema partidista exija a veces posturas frontales que dejen atrás la falsa diplomacia y encaren las cosas con ese nivel de agresividad e indignación. Todo lo que vivimos aquel lejano 1994 ha desaparecido: la prédica de don Isaac, hoy de 95 años, ya no alcanza para convertirse en un proyecto real. Ollanta está en la cárcel y Nadine en Brasil bajo la protección de su primer mandatario, Lula. Y Antauro busca reposicionarse a través de su apoyo a Roberto Sánchez, mientras que el líder de Juntos por el Perú, después de utilizarlo para captar a sus correligionarios, ahora intenta hacerlo disimuladamente a un lado.

Mi compañera y yo, casados desde hace doce años, los primeros en escuchar la palabra “etnocacerismo” -después de los alumnos de Isaac Humala en San Marcos y, por supuesto, de su esposa e hijos- siendo aun pueriles estudiantes de comunicaciones, hemos visto la decadencia de la política nacional, del periodismo y del nacionalismo humalista, así como la desaparición de aquellos espacios en que lo conocimos de casualidad.

La esquina de Brasil con Bolívar es ahora un polvoriento tragamonedas con el Romeo sobreviviendo como una fondita casi invisible, de minúscula puerta engullida por los huachafos colores amarillos, turquesas y verdes de las paredes desgastadas por el sol de ese casino, símbolo del despilfarro y el pensamiento mágico. Y la antigua facultad de la Brasil fue demolida hace unos meses para poner en su lugar un inmenso proyecto inmobiliario, actualmente en etapa de excavación, símbolo de la tugurización vertical de nuestra ciudad.

[Música Maestro] En la vigésima quinta edición del Coachella Valley Music and Arts Festival, el espíritu rebelde del rock volvió a acaparar reflectores, gracias a una banda cuya participación rompió con la actual superficialidad de este megaconcierto que se realiza desde 1999 en la localidad de Indio, California. Y no por la expectativa que había ocasionado su regreso al famoso campo de golf después de quince años y con nuevo disco, sino porque hicieron, en su segunda presentación, una declaración política que los puso en el centro de la atención mundial por su valentía y pertinencia.

El festival fue, durante sus primeros años, un espacio donde la irreverencia y la innovación musical ajena al mainstream tuvieron preeminencia, sea desde el rock alternativo, el rock clásico, el rap o la EDM. Sin embargo, los cambios en la industria musical lo hicieron mutar hasta convertirse en un evento aséptico, colorido y fashion que, en sus últimas versiones, genera más postales de Instagram que momentos contraculturales dignos de recordarse. Por eso, el cierre de The Strokes viene siendo descrito como “una de las actuaciones más importantes y controversiales en la historia de Coachella”.

Como se sabe, el festival se desarrolla siempre en abril durante dos fines de semana y cada día -viernes, sábado, domingo- mantiene el mismo cartel en sus ocho escenarios diferentes, repartidos en la inmensa área dedicada a su organización (más de 300 acres entre escenarios, carpas, zonas de campamento, venta de comida y merchandising, etc.). El quinteto neoyorquino, programado para los días sábado 11 y 18 de abril en el escenario principal, no figuraba como cabeza de serie sino que fueron teloneros de Justin Bieber -por cosas así Coachella ha perdido respeto y credibilidad en ciertos sectores. Conscientes de ello, prepararon una sorpresa que será difícil de olvidar.

El rock del siglo XXI

Quienes solemos vivir aferrados al pasado glorioso del rock, vemos y escuchamos con informada desconfianza casi todo lo que se ha producido en ese terreno desde fines de los años noventa. Tras las oleadas de grunge, indie-rock, nu metal, hip-hop y electrónica, que venían influenciadas por todo lo que se había hecho las tres décadas previas, y sus derivados, desde el indie-pop y el shoegaze hasta el trip-hop y metal progresivo, parecía que nada interesante podría pasar de 1999 en adelante.

Por eso, cuando el sonido distorsionado y nostálgico de The Strokes apareció una vez superado el jubileo del siglo XXI -sin que se cayeran los sistemas informáticos ni colapsara el sistema solar- muchos lo sentimos, en su momento, como una suerte de hype, como se dice actualmente, una moda pasajera de impacto promovido a través de la televisión por cable y validado por la ausencia de bandas que, desde la escena más comercial y accesible, generaran el mismo interés que podía intuirse en otras arenas estilísticas con menores posibilidades de difusión.

Is this it? (RCA, 2001) se colocó de inmediato en un lugar privilegiado de las radios y televisiones rockeras, con esa estética sonora y visual que rendía tributo a un amplio abanico de influencias, desde The Doors hasta The Cars, desde MC5 hasta The Knack, desde The Romantics hasta Pixies. La prensa especializada de la época no tardó en considerarlos la nueva gran promesa del rock norteamericano, a medida que las ventas de ese clásico del recién iniciado siglo subieran como la espuma, gracias a la popularidad de canciones como Someday, Hard to explain y, especialmente, Last nite, con un video que recordaba al legendario programa setentero The Midnight Special. Los muchachos crearon el sonido del rock comercial del siglo XXI, y su influencia se siente hasta el día de hoy.

Una banda nueva con una historia clásica

Para cuando The Strokes llegó al ojo público, todavía eran comunes las historias de bandas que se formaban desde sus años adolescentes, con el ideal de que ese colectivo se convertía en una segunda familia -a veces la única- para jóvenes que soñaban con hacer música sin pretensiones comerciales ni anhelos de fama y fortuna. La leyenda del grupo de desadaptados o inconformes que se juntan para recorrer el mundo con sus guitarras a la espalda en una vieja camioneta y que son casi como hermanos se reflejó en este quinteto de forma muy concreta pero, a la vez, contradictoria con los paradigmas del rock y su proveniencia de estratos socioeconómicos, generalmente, deprimidos y disfuncionales.

Para empezar, sus integrantes se conocen, efectivamente, desde su más temprana infancia. Julian Casablancas (voz), Albert Hammond Jr. (guitarras), Nick Valensi (guitarras), Nikolai Fraiture (bajo) y Fabrizio Moretti (batería) estaban todos ingresando a los veinte años cuando decidieron comenzar a tocar sus canciones en los circuitos de clubes nocturnos de New York. Pero no tenían un origen de clase media o baja. Valensi, Fraiture, Moretti -brasileño de nacimiento- y Casablancas estudiaron en uno de los mejores colegios del alto Manhattan, The Dwight School.

Por otro lado, Casablancas era hijo de un exitoso empresario de la moda y Hammond Jr., de un conocido compositor de origen británico, famoso por haber coescrito recordados hits radiales como Nothing’s gonna stop us now (Starship, 1987), The air that I breathe (The Hollies, 1974), la balada que cantan a dúo Julio Iglesias y la leyenda del country Willie Nelson, To all the girls I loved before (1984) y muchos otros. Ambos coincidieron en un exclusivo liceo de Suiza, Institut Le Rosey, siendo adolescentes, enviados por sus padres y se hicieron muy amigos al ser ellos los dos únicos norteamericanos estudiando en esa zona occidental suiza, conocida como el cantón de Vaud.

2001-2005: Los tres primeros discos

Durante ese periodo, The Strokes sentó las bases para todo lo que vendría después en la escena del rock guitarrero comercial, un sonido que comenzó a rotularse como “revival” –“renacimiento” en español- de géneros considerados muertos como el garage rock o el post-punk, aunque de hecho se les debe relacionar menos con este último estilo, más cercano a la música popular que llegaba desde el Reino Unido tras la asonada punk del periodo 1976-1978.

Después de Is this it? -hasta ahora mencionado entre los mejores álbumes debut de todos los tiempos- llegaron Room on fire (2003) y First impressions on Earth (2005). Aunque esos dos conservaron el aura original del primero, no replicaron su éxito en ventas. Sin embargo, su impacto comercial sembró la semilla para toda una ola de grupos, encabezada por The Killers, Arctic Monkeys, Kasabian, Franz Ferdinand, entre otros, quienes hasta ahora los reconocen como su principal inspiración. Dicho eso, es necesario resaltar que no fueron los primeros, pues detrás de ellos venían otros colectivos como The Jon Spencer Blues Explosion, MGMT, Black Rebel Motorcycle Club o The White Stripes que iniciaron esta subcorriente de rock revisionista gringo, pocos años antes de The Strokes.

Para el oyente promedio, estos tres discos funcionan como unidad, aun cuando ligeras variaciones en intención y desarrollo compositivo ya se pueden vislumbrar en cada listado de canciones. La marca registrada del efecto de distorsión en la voz de Casablancas, sumada a las creativas guitarras de Hammond Jr. y Valensi, intercambiando roles de primera y segunda todo el tiempo, además de una base rítmica maquinal y repetitiva, se estableció como sonido inconfundible. Sin embargo, The Strokes ingresó, tras el lanzamiento del tercer álbum, a una etapa menos estable con lanzamientos erráticos y espaciados en el tiempo.

Un largo hiato de seis años

Entre 2005 y 2011, la carrera de The Strokes se vio perjudicada por distintas situaciones que pusieron a prueba su capacidad de adaptación. En aspectos personales, el alcoholismo de Julian Casablancas y los serios problemas de adicción de Albert Hammond Jr., motivaron que el quinteto tomara la decisión de “descansar por un tiempo”. Alejado de su grupo principal, el vocalista se dio tiempo para lanzarse en solitario con un álbum titulado Phrazes for the young (2009) que, en líneas generales, pasó bastante desapercibido.

Hammond Jr., por su parte, lanzó un par de discos en solitario tras su proceso de rehabilitación, con algo más de suerte que su compañero. Con el tiempo, el guitarrista de padre británico y madre argentina demostró ser quien más producciones individuales lanzaría, en los siguientes periodos de inactividad de The Strokes en los estudios, aunque la banda siguió apareciendo en diversos festivales, lo cual disipaba los rumores de separación que, de cuando en cuando, aparecían en la prensa musical.

Recién el año 2011 vio la luz el cuarto disco oficial de The Strokes, titulado Angles, aun bajo la escudería RCA -distribuida en el Perú por la recordada BMG-, a pesar de que ya Casablancas había fundado su propia compañía discográfica, Cult Records, que se iría encargando progresivamente de los lanzamientos posteriores, tanto de The Strokes como de Albert Hammond Jr., y de su propia banda alterna, The Voidz, con quienes lleva hechos tres discos, con una propuesta cercana a la de su grupo matriz pero con enfoque más centrado en temas políticos (letra) y electrónicos (música), sin desviarse de las guitarras que caracterizan a sus composiciones.

Dos años después de Angles -cuya primera canción se titula curiosamente Machu Picchu, aunque no tiene nada que ver con nuestra mítica ciudadela inca- apareció Comedown machine (2013), su quinta producción de estudio, en la cual volvieron a reforzar su vocación por las melodías más etéreas y el uso de sintetizadores, tocados indistintamente por Casablancas, Valensi y Hammond.

Luego comenzó un nuevo hiato, aun más largo que el anterior, en lo relacionado a grabaciones. Como acto en vivo, The Strokes se dedicó a recorrer el mundo y especialmente Sudamérica, tocando en varias ediciones del Lollapalooza de Chile, Brasil y Argentina. En ese periodo, el quinteto llegó por primera y única vez al Perú, el 2019, en el festival Vivo x el Rock. La banda retornó a los estudios siete años después con The new abnormal (2020), su sexta producción discográfica.

The Strokes en Coachella: Celebrado retorno

La noche del sábado 18 de abril era la segunda para The Strokes en Coachella 2026, arena en la que no tocaban desde el año 2011. Ya la primera, el sábado 11, había complacido a sus fans con una selección de emblemáticos temas y un estreno, Going shopping, adelanto de su séptimo álbum Reality awaits, cuyo lanzamiento oficial será el próximo mes de junio. Las guitarras de Hammond Jr. y Valensi sonaron maduras y controladas, ofreciendo un espectáculo de rock moderno que merecía haber sido cabeza de serie y no plato de segunda mesa.

Luego de hora y media de concierto, las luces se apagaron y detrás de la banda apareció, en las enormes pantallas de alta resolución, una mezquita con sus características cúpulas y minaretes silueteados en incandescentes luces LED. Mientras, Hammond Jr. y Valensi comenzaron la introducción a dos guitarras de Oblivius, uno de los tres temas nuevos que lanzaron en el 2016, en un EP titulado Future present past, en medio de su segundo hiato. De repente, en el momento del coro en que Casablancas -quien viene exponiendo sus opiniones políticas desde hace años, en entrevistas con los filósofos Noam Chomsky y Henry Giroux y, más recientemente, en el podcast SubwayTalks– exclama la frase “what side you standing on?” –“¿de qué lado estás?”- comenzaron a proyectar imágenes de líderes políticos que han sido derrocados por conspiraciones comandadas por la CIA a lo largo de los años.

¿Quiénes aparecieron durante Oblivius?

Es particularmente significativo que el primer personaje en aparecer haya sido Mohammed Mossadegh, quien fuera Primer Ministro de Irán durante el reinado de Reza Pahlavi, el último Sha, derrocado en 1953 por un golpe de Estado apoyado por la CIA y la inteligencia británica. Como sabemos, la hostilidad entre Estados Unidos e Irán está actualmente en boca de todo el mundo por sus implicancias y consecuencias. De todo el mundo menos en el Perú, donde sus candidatos presidenciales se pasaron toda la campaña sin hablar de la coyuntura internacional, como si no estuviera pasando nada fuera de nuestras fronteras.

Desde Salvador Allende, el líder de izquierda chileno que terminó suicidándose durante la invasión del Palacio de La Moneda en 1973, el punto de inicio de la dictadura de Augusto Pinochet, hasta los sospechosos accidentes aéreos que acabaron con las vidas de Omar Torrijos y Jaime Roldós -aunque hubo un error en su apellido, consignado como “Rondos”-, presidentes de Panamá y Bolivia, ambos en 1981. La multitud de Coachella vio también, en pantalla gigante, los rostros del presidente de Bolivia, Juan José Torres, derrocado en 1976 durante la Operación Cóndor; y de Jacobo Árbenz, primer mandatario de Guatemala, sacado por la CIA en 1954 en una serie de eventos que acabaron con él exiliado en distintos países hasta que fue acogido por la revolución cubana de 1959.

Un mensaje potente

Mientras que, en las estrofas, aparecía nuevamente la gigante y luminosa mezquita, símbolo del mundo islámico, durante los coros volvían las alusiones a problemas ocasionados por los servicios secretos estadounidenses. Así, fue el turno del asesinato de Martin Luther King Jr. (1929-1968), uno de los casos conspirativos más famosos y el derrocamiento de Patrice Lumumba en el Congo, orquestado también por la CIA y el gobierno de Bélgica, en 1961. Una foto del histórico abolicionista Frederick Douglass (1818-1895) se unió a las protestas del movimiento Black Lives Matter, cubriendo así las injusticias cometidas contra las poblaciones afroamericanas en un rango de casi 200 años.

Pero lo más impactante llegó a final. Después de mostrar un dato terrible, según el cual más de treinta universidades han sido destruidas en Irán en los recientes bombardeos, la canción acaba con las imágenes de la destrucción de la universidad Al-Israa en Gaza, la última que quedaba en pie en la franja, donde estudiaban cientos de mujeres y hombres palestinos para convertirse en abogados expertos en derechos humanos. El centro de estudios superiores fue tomado por las fuerzas israelíes y demolido en enero del 2024, con el pretexto de ser un refugio para integrantes de Hamas, algo que no ha podido probarse hasta ahora.

Normalmente, son los artistas de la guardia vieja del rock, como Neil Young, Brian Eno o Roger Waters, quienes han levantado su voz frente a los abusos de la política exterior de los Estados Unidos. Por ello, que una banda de ese país cuyos integrantes están apenas por llegar a los 50 años, pase de la metáfora o el sarcasmo habitual a dar una opinión tan clara y contundente es bastante encomiable, sobre todo por las amenazas y ninguneos que esto les puede traer. Con valentía y pertinencia, The Strokes cerró su segunda noche en Coachella 2026 y pasó a la historia moderna del rock and roll.

[Música Maestro] Provengo de una generación para la cual pensar en grandes conciertos en Lima era un sueño imposible. Y no es que nunca nos visitaran artistas de renombre. De hecho, desde los años ochenta los mejores salseros, merengueros, boleristas y baladistas llegaron al Perú para ofrecer recitales en teatros, hoteles, coliseos o El Gran Estelar de la Feria del Hogar. Incluso en la época del boom del rock en castellano, sus máximos exponentes pisaron nuestro que fue, en muchos casos, el inicio de exitosas carreras posteriores. Pero en cuanto a artistas no latinoamericanos, con la excepción de Richard Clayderman y el extraño fenómeno del grupo francés Indochine, nadie pisaba estas tierras ni de casualidad.

El quiebre llegó en la primera mitad de los noventa, con conciertos de estrellas del rock clásico como Jon Anderson (vocalista de Yes), Foreigner o Jethro Tull, los primeros tras las cancelaciones de Bon Jovi y Michael Jackson, por motivos de seguridad relacionados a la situación de violencia armada. Para fines de esa década, sin embargo, el panorama comenzó a cambiar y hoy, recibir conciertos de gran formato es moneda corriente en Lima, tanto de músicos consagrados como de aquellos en plena y ascendente moda mundial, en todos los estilos imaginables.

En simultáneo con la incertidumbre de estas semanas post-electorales, ha habido varios conciertos -y se vienen anunciando otros- que funcionan como consuelo y escapismo, pero también como muestra de que el Perú sigue vivo gracias al poder de la inercia. Como sabemos, la industria de conciertos genera enormes movimientos que van de lo logístico a lo económico y hasta turístico, dependiendo del artista. Así, tanto las masas seguidoras de modas desechables como las minorías fieles a intérpretes con trayectoria -algunas verdaderamente de culto-, tienen motivos para estar contentos y no escatiman esfuerzos -ni gastos- cuando se trata de responder entusiastamente a la diversa agenda de espectáculos musicales en venta.

Mientras las muchedumbres convencionales aguardan con ansiedad a Ricardo Arjona o a BTS, se apelotonan en el Estadio Nacional para un festival de salsa/cumbia/reggaetón o deliran con la enésima visita de Sebastián Yatra, otros celebramos la llegada de icónicos artistas de distintas épocas y registros. En medio, bocanadas de aire fresco como la de los chilenos Candelabro -con un público joven que no dejó de saltar y gritar “¡Fujimori nunca más!”- nos hacen pensar que, por lo menos desde las tribunas musicales, todavía hay quienes nos permiten descargar toda esa frustración que deja la mal habida política y su eterna vocación por lo abiertamente ridículo, pernicioso y corrupto.

Dream Theater: Bajo cielo peruanos

Dieciséis años después de su primera visita, los maestros del metal progresivo ofrecieron una épica noche con lo mejor de su amplio catálogo, el martes 21 de abril. James LaBrie (voz, 62), John Petrucci (guitarras, 58), John Myung (bajo, 59), Jordan Rudess (teclados, 69) y Mike Portnoy (batería, coros, 58) dejaron boquiabiertos una vez más a su público cautivo -aspirantes a músicos, conocedores, fanáticos de la velocidad y la técnica instrumental- con esas reconocidas habilidades que, por momentos, parecen sacadas de una dimensión sobrenatural.

La gira que vienen realizando sirve para presentar en vivo las canciones de su décimo séptimo álbum, Parasomnia (2025), que trajo de vuelta a Portnoy, fundador del grupo que se había alejado el 2010. En sus canciones confluyen con naturalidad las atmósferas etéreas de Pink Floyd con el vértigo de Rush, la vocación melódica de Styx con el peso rotundo de Black Sabbath, la destreza instrumental de Yes con el frenesí de Iron Maiden.

La primera mitad fue un sustancioso recorrido por algunos de sus clásicos -canciones de álbumes como Images and words (1992), Octavarium (2005), Awake (1994) o Metropolis Pt. 2: Scenes from a memory (1999). Durante ese set, destacó Peruvian skies (Falling into infinity, 1997) que, por razones obvias, es una de las favoritas del público local. En el tema introdujeron fragmentos de Pink Floyd (Wish you were here, 1975) y Metallica (Wherever I may roam, 1992). Y para la tercera parte, hicieron volar a sus fanáticos con la suite A change of seasons, tema-título del disco homónimo de 1995.

Isabel Pantoja: 50 años de trayectoria

Una de las intérpretes de baladas en nuestro idioma más exitosas y queridas en el Perú es la española Isabel Pantoja (69), poseedora de un repertorio exquisito y una emotiva voz que conquistó los corazones del público con su décimo LP Marinero de luces (1985), en el que aparecen las canciones que hasta ahora suenan en las emisoras dedicadas a este género musical, compuestas por su compatriota José Luis Perales e inspiradas en un evento extremadamente personal, la trágica muerte de su primer esposo, el torero Francisco Rivera, más conocido como “Paquirri”.

Ayer, lunes 27, Pantoja se reencontró con sus admiradores peruanos en un recital que es parte de las celebraciones por sus cincuenta años de trayectoria. La intérprete de éxitos como Hoy quiero confesarme, Era mi vida él o Marinero de luces entregó todo de sí sobre el escenario, derrochando elegancia y talento. Aun cuando su imagen personal se vio perjudicada por serios problemas judiciales, a raíz de su involucramiento en comprobados casos de corrupción de Julián Muñoz, exalcalde de Marbella quien fuera su pareja, que incluso la llevaron dos años a la cárcel, regresó a los escenarios hace una década, cosechando nuevos logros artísticos en cada país que visitó desde entonces.

Durante la velada, Isabel Pantoja ofreció una amplia selección de canciones, cubriendo tanto las exitosas baladas con la que se hizo famosa en toda Latinoamérica como aquellas con las que inició su camino en el canto andaluz, tonadillas de Sevilla, su ciudad natal, grabadas entre 1971 y 1983, así como boleros y melodías clásicas del cancionero latino incluidas en dos de sus discos más contemporáneos, 10 boleros y una canción de amor (2007) o Canciones que me gustan (2020).

Megadeth: La última despedida

El thrash metal sigue de pie gracias a bandas como Megadeth, liderada por el guitarrista, compositor y vocalista Dave Mustaine, una de las figuras más trascendentales para el desarrollo y la vigencia del rock duro desde que fundó este grupo en 1984, tras su abrupta salida de Metallica. El jueves 23 de abril, mientras los medios confirmaban que no habría “elecciones complementarias”, miles de headbangers bajaron a la Costa Verde para sacudirse una vez más con los intrincados solos y las agresivas canciones de Mustaine quien, a sus 64 años y habiendo superado al cáncer, continúa remeciendo cada escenario que pisa.

Megadeth es, actualmente, una banda multinacional. Dirk Verbeuren, el baterista, es belga, mientras que Teemu Mäntysaari, quien cubre con absoluta justicia el lugar que alguna vez ocuparon los hiper talentosos Marty Friedman, Chris Broderick o el brasileño Kiko Loureiro, llegó desde Finlandia para aportar su impresionante dominio de las guitarras de siete cuerdas. Cierra el cuarteto el bajista norteamericano James LoMenzo, exintegrante de los ochenteros White Lion, recordados por su exitosa power ballad When the children cry (Pride, 1987).

Esta fue la quinta visita de Megadeth al Perú y, como en las anteriores, el público se conectó intensamente con un setlist que tuvo desde temas de su más reciente producción, Megadeth (2026) hasta clásicos como Holy wars… The punishment due, Tornado of souls (Rust in peace, 1990), Peace sells (Peace sells… but who’s buying?, 1986), Mechanix (Killing is my business… and business is good!, 1985), entre muchas otras. Anunciada como la gira despedida de esta poderosa banda metalera, su actuación dejó a todos contentos y exhaustos, pidiendo más.

Caifanes y Bunbury: Rock en español noventero

Para septiembre y noviembre se anuncian dos conciertos que nos traerán la nostalgia de una de las décadas más interesantes para el pop-rock en nuestro idioma. Primero vendrá una de las bandas más importantes de México, liderada por el cantautor y guitarrista Saúl Hernández (62).

Entre 1988 y 1995, Caifanes fue la respuesta del rock alternativo al imperio popular de Maná, con álbumes que sonaban a new wave y post-punk con fuertes dosis de ritmos latinos, algunos de ellos producidos por el guitarrista norteamericano Adrian Belew (Talking Heads, King Crimson). Su versión del clásico guarachero de los años treinta, La negra Tomasa (1988), los posicionó como una rara avis en el panorama del pop-rock en español.

Caifanes llega con tres de sus integrantes originales, Saúl Hernández, Diego Herrera (teclados) y Alfonso André (batería). Los músicos que reemplazan a los históricos Sabo Romo (bajo) y Alejandro Marcovich (guitarra) vienen alternando con ellos desde la reformación de Caifanes en el 2011 y su proyecto hermano, Jaguares. Canciones como Viento, No dejes que…, Aviéntame, Perdí mi ojo de venado, Afuera, entre otras, serán sin duda parte de esta tocada.

Luego llegará Enrique Bunbury (58), o simplemente Bunbury, como se le conoce desde que inició su carrera solista hace casi treinta años. Su combinación de pop-rock, vaudeville, música circense y latinoamericana lo ha convertido en uno de los artistas más interesantes y auténticos de la escena hispanoamericana. Aunque sigue siendo recordado como vocalista de Héroes del Silencio -uno de los grupos más importantes de la historia del rock en España- ya ha triplicado la cantidad de álbumes que hizo con el cuarteto que lideró entre 1987 y 1995.

Helloween y Iron Maiden remecerán Lima

Los metaleros de corazón estamos esperando con ansias las nuevas visitas de dos de las bandas fundamentales de este género que emociona y libera tensiones gracias a su potencia, energía y velocidad, al margen de los sonidos convencionales de las radios y lo suficientemente accesible para no generar rechazo en públicos intermedios.

Desde Inglaterra, por tercera vez y después de década y media, llega “La Doncella de Acero” con toda la fuerza y experiencia para celebrar con el público peruano sus 50 años en la ruta del metal. Run for your lives, paráfrasis del coro de Run to the hills, una de sus canciones clásicas, incluida en su tercer álbum, The number of the beast (1982) es la gira mundial que trae al sexteto conformado por Bruce Dickinson (voz), Dave Murray, Adrian Smith, Janick Gers (guitarras), Steve Harris (bajo) y Simon Dawson (batería), quien reemplaza desde hace un año a Nicko McBrain, quien decidió renunciar tras superar diversos problemas cardiacos. El show será el 17 de octubre, en el Estadio Nacional. La próxima semana tendremos un anticipo con el estreno en salas limeñas del documental Iron Maiden: Burning ambition, sobre sus cinco décadas.

Y, desde Alemania, los reyes del speed metal Helloween nos visitarán también por tercera vez. Considerados por la prensa especializada como la banda europea/no inglesa más influyente del heavy metal, inició su carrera con una tríada de excelentes LP editados por el sello Noise Records: Walls of Jericho (1985) y las dos partes de Keeper of the seven keys (1987 y 1988), con sonidos de influencias sinfónicas e historias épicas que sirvieron para iniciar un nuevo subgénero, el power metal. desde entonces, han lanzado una docena de discos de alto calibre para su legión de seguidores.

La alineación actual de Helloween incluye a los históricos Michael Weikath (guitarras), Markus Grosskopf (bajo) y Andy Deris, Michael Kiske (voz) y al legendario Kai Hansen (guitarras), quien fundara la banda en 1984 y se retirara poco después para dedicarse a Gamma Ray, otra pionera del power metal. Desde hace cinco años, Hansen volvió a Helloween para celebrar los cuarenta años de vida del grupo. El grupo de la calabaza de malévola sonrisa tocará en el Parque de la Exposición el 9 de septiembre.

Korn: El poder del nu metal

Mayo será el mes de la tercera visita de Korn, una de las bandas más representativas del “nu metal”, una corriente que desplazó en popularidad al grunge de Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam, durante la segunda mitad de los noventa. Junto con Limp Bizkit y Deftones, los liderados por el vocalista Johnatan Davis y los guitarristas James «Munky» Shaffer y Brian «Head» Welch -los tres de 55 años- prometen llenar de angustia y catarsis el aire frío de la Costa Verde con sus estruendosos gritos y profundas bases rítmicas.

Entre 1994 y 1999 Korn lanzó los icónicos álbumes Korn (1994), Life is peachy (1996), Follow the leader (1998) e Issues (1999), simbolizando el espíritu de una nueva generación que, poco después, comenzó a generar su propia subcultura, cruzando caminos con otros derivados del grunge como el emo -asociado al punk en sus versiones más melódicas- y el death metal gótico, fenómenos juveniles de raigambre norteamericana que tuvieron enorme resonancia en nuestra región.

El poder vocal de Davis -que pasa de la tensa calma susurrada a intensos y guturales alaridos- y su particular sentido de la estética, siempre con dreads y casacas de cuello alto, se convirtieron en imagen representativa de su propuesta, mientras que el profundo bajo funky de Reginald “Fieldy” Arvizu hacía contraste con las densas guitarras de Head y Munky. Arvizu, uno de los fundadores del quinteto, se retiró lamentablemente de la banda hace algunos años, en el 2021, y su lugar ha sido ocupado por un elenco cambiante de músicos desde entonces.

Public Image Ltd.: La decadencia

La semana pasada cantó, en Barranco, ante un reducido público, una de las personalidades más trascendentales de la subcultura punk, otrora generador de algunos de los momentos más rebeldes y políticamente incorrectos que se hayan visto en setenta años de rock. Irlandés de nacimiento y criado en un barrio londinense de clase trabajadora, John Lydon fue sacado de los tugurios en los que se movía por el empresario Malcolm McLaren (1946-2010), en 1977.

Debido al descuido y la pobreza, sufrió el deterioro de varias de sus piezas dentales, por lo que adoptó un alias de lo más chocante en su época, “Johnny Rotten” (Juancito Podrido) y se convirtió en vocalista de Sex Pistols, cuarteto al que le bastó un solo LP para ingresar a la historia, el corrosivo Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols (1977). Después, Lydon lanzó su propio grupo, Public Image Ltd -o simplemente PiL- con quienes se estableció como pioneros del post-punk.

Entre 1978 y 1992, PiL lanzó ocho discos de consistente rock experimental -los melómanos peruanos recordarán que Cucho Peñaloza usó, en una de las temporadas de su programa TV Rock, la canción Public image (First issue, 1978), al margen del desarrollo comercial de la new wave y electropop, con un sonido más arrugado que se permitía jugar incluso con la electrónica y el dub.

Su llegada a Lima activó a los más nostálgicos, aunque su perfil personal -nacionalizado norteamericano desde el 2013, devenido en participante de realities y actual seguidor de Donald Trump, con todo lo que eso implica- lo ha convertido en una caricatura de sí mismo. A sus 70 años, Johnny Rotten, la voz que causaba temor con himnos anárquicos como Pretty vacant o Anarchy in the UK, ya no asusta a nadie.

[OPINIÓN] La semana pasada comenzó con una marcha dominical convocada por las huestes de Renovación Popular en la que un enajenado Rafael López Aliaga lanzó bravuconerías que, incluso para sus estándares, resultaron extremadamente tóxicas y lascivas, ante los rugidos de su incondicional platea limeña, una muestra de que la degradación de la salud mental en gruesos sectores capitalinos es cada vez más oscura y peligrosa.

Y a mitad de la semana, dos hechos volvieron a remover el panorama inestable, como cuando el micro sacude a los pasajeros que luchan por no perder el equilibrio mientras el conductor enloquecido va en carrera hacia el abismo, pasando a toda velocidad por rompemuelles, tocando sus claxon de buque cada tres segundos y haciendo temerarios zigzags en espacios reducidos y atiborrados de carros, motos y otros micros haciendo lo mismo.

Por un lado, la aceptación de la renuncia de Piero Corvetto, jefe de la ONPE, a pesar de que la ley orgánica de dicha institución dice expresamente que dicho cargo es irrenunciable. A eso siguieron notas informando que la policía lo tenía cercado y, como colofón de la historieta, dos operadores de Willax publicaron en redes sociales información de los hijos menores de Corvetto, vulnerando su privacidad y luego acusaron, después de “lamentar ese error que, por supuesto, corrigieron de inmediato”- a quienes advirtieron la barrabasada.

Y, por el otro, un terremoto en el Poder Ejecutivo actual, que incluyó renuncias de ministros cuyos nombres nadie recuerda, un enredo de anuncios sobre la compra falsamente anulada de aviones a los Estados Unidos con amenazante pataleta del actual embajador de ese país y hasta debates de anulación… ¡de todo el proceso electoral! planteada en dos modalidades, ambas absurdas: elecciones complementarias y nuevas elecciones para el próximo año, cuyo resultado habría sido el gobierno transitorio del actual Congreso, el más desprestigiado en los 205 años de historia republicana del Perú.

Esta última ida-y-vuelta se diluyó poco antes del final de la semana -concretamente, la noche del miércoles- con los primeros anuncios extraoficiales de que esa idea no pasaba y que se continuaría el proceso como está, de forma que hoy, domingo 26 de abril, seguimos esperando que la ONPE, ahora con improvisado jefe nuevo, cierre sus resultados y quede sellada la información que ya es un masivo trascendido: la segunda vuelta será entre Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú).

En estos días hemos visto cómo el Perú nunca deja de sorprender por su capacidad para seguir cavando cada vez que uno cree que ya se ha tocado fondo.

Desde el oportunismo de Jorge Nieto, cuarto lugar en los comicios del 12 de abril, quien no ocultó su entusiasmo  ante la posibilidad de que unas “complementarias” modificaran su ubicación fuera del podio hasta las tonterías que estuvo lanzando el tándem Panamericana/Willax, la sensación de inestabilidad y desorganización comienza a hacerse normal entre la población.

Inestabilidad y desorganización que pronto se transforman en desánimo, hartazgo, ganas de bajar los brazos y dejarse llevar por la corriente de este huaico electoral que cada cinco años nos arrasa y embarra de pies a cabeza.

Una de las últimas escenas de esta tragicomedia está formada por los renovados bríos de Willax TV y sus adláteres para atacar a Alfonso López Chau, el único de los candidatos presidenciales perdedores que reaccionó correctamente. Con sus últimas apariciones en medios y redes, López Chau comenzó a asomar la cabeza como futuro líder de la oposición congresal.

De inmediato, la artillería de la DBA se le tiró encima y, como el terruqueo ya no les funciona por ser un refrito de la primera vuelta, ahora el enfoque es personal. Y de qué tipo. Recordando a los diarios chicha de los noventa, el reportaje que sirvió de play-de-honor para demoler al exrector de la UNI denunciaba que el líder de Ahora Nación “fue visto en un hotel con dos mujeres”. ¿Más obvios no pueden ser?

El Perú está ingresando a la historia como portador de una nueva concepción de democracia, esa en la que solo importan los derechos y no los deberes -como manifestara en 1998, en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura, el portugués José Saramago-, un asunto que también preocupaba a nuestro recordado Marco Aurelio Denegri.

En nombre de esa nueva democracia, acá todos tienen derecho a exigir que se haga lo que ellos quieren, sobre todo si tienen poder. No importa que, en el camino, terminen barriendo con los derechos de los demás, esa entidad abstracta que generalmente conciben como obstáculo para lograr sus sueños, sus resultados, sus victorias electorales.

Los limeños tienen derecho a armar escándalo en la vía pública, celebrando las injurias de su líder. Y también tienen derecho a exigir que el Estado rodee las plazas de policías si lo mismo quieren hacer un grupo de cajamarquinos o puneños. “La Pestilencia” tiene derecho a hostigar y agredir sin que las fuerzas del orden los interrumpan, porque representan a las mentes pensantes de la política nacional con sus griterías, sus piquetes coprolálicos, sus acosos de toda índole.

¿Y sus deberes de respetar la propiedad privada, la integridad física de los otros? ¿Y sus deudas con la justicia? Nada de eso cuenta. En la nueva democracia peruana, los deberes no forman parte de la ecuación republicana.

Y en la segunda vuelta, cuando Keiko Fujimori sea derrotada por cuarta vez, seguramente veremos a sus militantes ignorando su deber de aceptar los resultados y ejerciendo su pleno derecho a reclamar ser víctimas de fraude.

Lo harán de todas las maneras posibles y con todos sus aliados, encabezados por las vociferantes barras bravas de Renovación Popular -en las calles, en redes sociales, en los medios-, porque en la nueva democracia peruana, la derecha limeña tiene solo derechos, especialmente si los resultados no la favorecen, aun cuando hayan hecho todas las movidas posibles para garantizar eso, la última de las cuales es colocar un fusible naranja en el Ministerio de Defensa.

[Música Maestro] A lo largo de la historia del rock hemos conocido casos de bandas cuyos integrantes son irreemplazables, especialmente cuando tiene que ver con su muerte. Ocurrió en los Beatles, en The Doors, en Led Zeppelin, en Queen, aunque estos dos últimos lo intentaron -Led Zeppelin con Phil Collins primero y con el hijo de John Bonham después, Queen con Paul Rodgers primero y con Adam Lambert después- pero conscientes de que se trataba ya de otra cosa y con resultados que no lograron igualar a los originales.

Desde el fallecimiento de Neil Peart, los fanáticos de Rush aceptamos sin cuestionamientos que el paso siguiente era el natural y comprensible fin del camino para el famoso trío. Tras la muerte de “The Professor”, ocurrida el 7 de enero del año 2020, Geddy Lee y Alex Lifeson habían dejado medianamente claras sus intenciones de no volver a tocar bajo el nombre de Rush, una regla que rompieron en el tributo al fallecido baterista de Foo Fighters, Taylor Hawkins, en septiembre del 2022, con el apoyo en batería de Chad Smith (Red Hot Chili Peppers) y Danny Carey (Tool).

En el 2023, Lee publicó su autobiografía titulada My effin’ life (HarperCollins), la misma que presentó con una gira de 19 fechas por Estados Unidos, Canadá e Inglaterra -a veces con Lifeson como invitado- y en ninguna dejó filtrar proyectos de presentaciones en vivo. Por eso cuando se anunció, en octubre del año pasado, que ambos habían escogido en estricto privado a alguien para reemplazar a Peart, de inmediato surgieron especulaciones de todo tipo.

¿Quién podría cubrir a Neil Peart?

Facebook y otras redes sociales se llenaron de encuestas que generaron acaloradas discusiones entre fans y conocedores sobre quién podría ocupar esa importante plaza. Los nombres más mentados fueron los de Mike Portnoy (Dream Theater), Tim Alexander (Primus) y Danny Carey (Tool), tres de las bandas de generaciones posteriores más influenciadas por el sonido de la entente canadiense. Los más especializados soltaron candidatos menos obvios y diferentes, pero igual de interesantes: Simon Philips, Vinnie Colaiuta, Stewart Copeland, Alex Van Halen.

Estos ejemplos demostraban que a nadie se le ocurría pensar en Lee y Lifeson escogiendo a algún baterista nuevo, desconocido, sin prestigio, a pesar de que el ciberespacio está repleto de músicos jóvenes muy talentosos que muestran sus habilidades en YouTube, Instagram o TikTok todos los días. La estatura de Neil Peart era tan alta que solo un baterista de renombre podría ocupar su lugar.

Sin embargo -como ocurrió también con Primus en febrero- la pareja fundadora de Rush sorprendió a todos con una selección inesperada. Un nombre desconocido para la mayoría, treinta años menor que ellos y de otro país, con una trayectoria sólida en la escena del jazz, las clínicas musicales y la fusión, pero casi indetectable para los radares convencionales. Sin embargo, hubo un detalle adicional que literalmente descuadró a propios y extraños. Lee y Lifeson presentaron a su nuevo baterista: una mujer.

Rush, una banda ¿para hombres?

Desde su aparición en 1974, Rush se posicionó como una banda de público casi exclusivamente masculino. Esto no tiene nada que ver con posturas machistas o discriminadoras, es más bien un dato de la realidad. Según Neil Peart, en las épocas de más éxito del grupo, el público era masculino en un 85-90%, una conclusión a la que llegó observando la ausencia casi total de mujeres en sus conciertos. El dato empírico del baterista fue confirmado luego con estudios estadísticos serios, publicados en revistas especializadas como Rolling Stone o Classic Rock.

Quienes somos fanáticos de Rush, todos esos nerds que nos convertimos en bateristas en el aire cada vez que escuchamos Tom Sawyer (Moving pictures, 1981) y nos sabemos de memoria las líneas de bajo de The spirit of radio o Limelight (Permanent waves, 1980), los cambios rítmicos de Anthem (Fly by night, 1975), los solos de La villa strangiato (Hemispheres, 1978), sabemos que nuestras parejas no comparten nuestra obsesión sonora, elevada pero inútil y escapista a la vez. Pueden hasta disfrutar algunas canciones, pero no les interesan sus detalles, nombres, duraciones ni las historias detrás de cada una. Y tampoco verían con nosotros una y otra vez los videos completos de Xanadu (A farewell to kings, 1977) o Subdivisions (Signals, 1982) con el mismo nivel de compromiso.

Incluso cuando el heavy metal, ese otro subgénero del rock asociado normalmente a la testosterona, comenzó a recibir comunidades enormes de mujeres, Rush se mantuvo como placer musical exclusivo de hombres. Ni siquiera el fútbol o la Fórmula 1 poseen esa particularidad. Por supuesto que hay mujeres fans de Rush, sobre todo en años recientes, pero siempre en números menores. Como se ha analizado en más de una ocasión, las letras que van de lo filosófico a lo fantástico, la ausencia de temas románticos, el aspecto intelectual y carente de glamour de sus tres integrantes y la complejidad de sus arreglos musicales han alejado tradicionalmente al público femenino de Rush, una situación que incluso se trasladó en tonos bromistas a varios sitcoms y películas hollywoodenses.

Por eso, la noticia de que Geddy Lee y Alex Lifeson habían escogido a la baterista alemana Anika Nilles fue una agradable sorpresa por las posibilidades de romper ese estigma. Quizás ahora que sea una mujer quien ejecute los intrincados solos, ritmos y ataques de Rush en The Fifty Something Tour haga que el estereotipo por fin caiga y más público femenino preste oídos a esta extraordinaria música. El inicio de la gira se ha anunciado para la primera semana de junio y llegará a tres países de Sudamérica en enero de 2017. Argentina, Chile y Brasil son los afortunados. ¿Alguna empresa de espectáculos, que no sean los cabeceros de Evolution Concerts, se animará a traer a Rush al Perú? Esperemos que sí.

1974-1978: La etapa esotérica

De principio a fin, la discografía de Rush hace que el oyente se sumerja en un universo paralelo donde solo importan las historias fantásticas, las reflexiones filosóficas y cierto sarcasmo para la crítica sociopolítica de su tiempo, todo envuelto en una incombustible mezcla de hard-rock, rock progresivo y new wave que, en cuatro décadas, mantuvo su personalidad intacta, al margen de modas, cambios en la industria y la dictadura de los gustos masivos, casi siempre ajenos a propuestas artísticas que exijan del público un nivel de atención superior al promedio.

Rush lanzó veinte álbumes en estudio. Desde su debut, la fuerza y dinámica de sus canciones exhibieron un afilado hard-rock en la línea de bandas consagradas como Led Zeppelin, Deep Purple, Cream o Thin Lizzy. Lanzado cuando Geddy y Alex (bajos y guitarras) tenían solo 21 años, el disco epónimo de 1974 contiene un contundente bloque de riffs y solos acompañados por la precisa batería de John Rutsey, de la misma edad, con canciones como Working man, What you’re doing o Finding my way, cantadas por el bajista con inconfundible voz, rotunda y aguda.

Entre 1975 y 1978, el trío se consolidó dentro del prog-rock con largas suites, complejos intermedios instrumentales, uso de bajos y guitarras de doble mástil, pedaleras, instrumentos electroacústicos y letras arcanas, escritas por Neil Peart, el nuevo baterista que, además, enriqueció el proceso creativo por sus espectaculares recursos técnicos que le permitieron incorporar percusiones de todo tipo, desde campanas tubulares y xilófonos hasta sets amplios de tambores acústicos y baterías electrónicas.

A esta etapa pertenecen los extraordinarios discos Fly by night, Caress of steel (1975), 2112 (1976, para muchos su obra maestra), A farewell to kings (1977) y Hemispheres (1978), con temas como Closer to the heart, The trees o A passage to Bangkok, reflexiones propias sobre temas ambientalistas y sociopolíticos; e historias épicas como The fountain of Lamneth, 2112, Xanadu o Cygnus X-1 Book I: The Voyage, con letras inspiradas en escritos de la filósofa rusoamericana Ayn Rand (1905-1982), el autor de El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien (1892-1973), la mitología grecorromana o los textos del poeta y filósofo británico Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), el mismo que inspiró a Iron Maiden para su clásico tema Rime of the ancient mariner (Powerslave, 1984).

1980-1989: Una adaptación efectiva

Como sabemos, el rock progresivo inició una etapa de declive en la segunda mitad de los setenta por la nueva estética, más cruda y desorganizada, de bandas como The Clash y Sex Pistols –“los punks nos hacían ver a nosotros como si fuésemos Beethoven”, declaró recientemente Geddy Lee a The Guardian- y los canadienses supieron adaptarse mucho mejor que sus pares de la onda “progre”. Como se cuenta en el documental Rush: Beyond the lighted stage (2010), Lee, Lifeson y Peart conservaron la complejidad instrumental, dejando atrás la actitud solemne y fantasmagórica de su etapa previa. El resultado fue un sonido igual de sólido y personal, pero en formatos más comprimidos y hasta amigables para las radios de la época.

Desde Permanent waves (1980) hasta Presto (1989), Rush produjo siete álbumes de puro vértigo y adrenalina musical. A su sorprendente capacidad para tocar líneas de bajo potentes y creativas mientras cantaba, Lee añadió un uso masivo de sintetizadores -especialmente Moog y Oberheim- y pedaleras Taurus para ejecutar largas notas graves con los pies. Lifeson, uno de los mejores guitarristas de su generación, se afianzó con riffs y solos que sonaban a prog-rock clásico y power-pop ochentero, mientras que Peart siguió dejándonos con la boca abierta con su estremecedora potencia y precisión. Moving pictures (1981) contiene clásicos como Red barchetta, el instrumental YYZ -código IATA del aeropuerto de Toronto- y, especialmente, Tom Sawyer.

Otros discos como Signals (1982), con Subdivisions -que aborda un tema de extremada vigencia como es la presión social y angustias de los jóvenes en un mundo de apariencias- y New world man -sobre el choque generacional en tiempos de cambio-; Grace under pressure (1984), que produjo los singles Red sector A y Distant early warning, sobre la guerra fría, mensajes aplicables al mundo actual); o Power windows (1985) con temas como Manhattan Project o la confrontacional The big money, demostraron que los etéreos músicos de rock que en 1976 salían con túnicas y kimonos también poseían un aterrizado discurso geopolítico y social.

1991-2012: Peso y experiencia

Luego vino un tercer periodo, el último, donde el peso y la experiencia de Rush se asentaron para ofrecer un sonido contundente, más cercano al hard-rock, pero sin abandonar su identidad progresiva, reconocible en cada desarrollo instrumental y en el tono vocal de Lee que, desde fines de los setenta ya había dejado atrás las notas extremadamente altas para hacerlo más intermedio.

Además, añadieron un elemento nuevo, el humor, incluyendo por ejemplo la melodía de The Three Stooges (Los Tres Chiflados) al inicio de sus conciertos-algo que hacían desde 1988- o interactuando con los personajes de dibujos animados como Family Guy o South Park, cuyos creadores son grandes fanáticos del grupo. Jack Black, estrella de la comicidad, salió una vez al escenario con ellos y metió toda su ropa salvo paños menores, en una de las lavadoras/secadoras que la banda usa como escenografía desde los años dosmiles.

Y, en su discurso de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el 2013 -un hecho que tardó catorce años desde que se hicieron elegibles en 1999- Alex Lifeson, cuyo apellido real es Živojinović, por sus padres llegaron a Canadá desde Serbia, hizo reír al público con dos minutos y medio de «blah blah blah» ironizando respecto de las solemnidad que suele rodear a esas ceremonias. Esa ocasión tocaron Tom Sawyer, The spirit of radio y una versión editada de Overture 2112/The Temples of Syrinx, acompañados por Neil Raskulinecz (bajo), Taylor Hawkins (batería) y Dave Grohl (batería).

Este ciclo arranca con Roll the bones (1991), un disco de transición que tiene de ambas etapas -el vertiginoso instrumental Where’s my thing? que alguna vez usara Canal N como cortina de sus noticieros, la poderosa Dreamline y hasta algo de rap en el tema-título– y termina con Clockwork angels (2012), su última producción en estudio. En el medio, sólidos discos como Counterparts (1993), Test for echo (1996) o Vapor trails (2002) confirmaron su prestigio dentro del rock mundial. En el 2004, el trío se animó a grabar un álbum de covers, Feedback, un homenaje a aquellas bandas que los inspiraron: Cream, The Who, The Yardbirds y Buffalo Springfield.

Una de las particularidades de su discografía son los álbumes en vivo, lanzamientos que sirven para entender la energía, virtuosismo y evolución del grupo en sus distintas etapas. Tanto All the world’s stage (1976), Exit… stage, left (1982) y A show of hands (1988) ofrecen el sonido clásico de Rush en todo su esplendor. A partir del recopilatorio de conciertos Different stages (1998) en adelante, sus discos en directo –Rush in Rio (2003), R30: 30th Anniversary World Tour (2005) o R40 Live (2015)-, funcionan como un muestrario del legado artístico de Rush y un testimonio de su resistencia al paso del tiempo, incluso superando tragedias de toda índole. La decisión de Neil Peart de retirarse de los escenarios, tras la gira del 2015, y su posterior fallecimiento cinco años después, a los 67 años, de cáncer cerebral, parecían los puntos finales de una notable trayectoria. Hasta ahora.

El regreso de Rush en los Juno Awards

El pasado 29 de marzo, Rush hizo su primera aparición con Anika Nilles en batería, durante los Juno Awards, en el TD Coliseum de Ontario. Tocaron Finding my way, el primer tema del primer disco del grupo. La interpretación de Anika es precisa y limpia, mostrando sus credenciales y convenciendo a los seguidores de la banda. El video fue subido a YouTube esa misma noche y actualmente, tres semanas después, supera ya los dos millones de visualizaciones.

La presentación que nadie anticipó -fue una verdadera sorpresa con la que empezó la ceremonia de entrega de los Grammy canadienses- permite ver cómo sonará Rush en The Fifty Something Tour. El bajo de Geddy Lee es perfección absoluta mientras que su voz, aunque suena bien, ya no registra los legendarios alaridos de antaño -sería irracional esperar eso- pero la técnica que usa actualmente le permite llegar a notas altas sin desentonar. Alex Lifeson es garantía de riffs y solos electrizantes. Al lado izquierdo Loren Gold, un joven y experimentado músico de sesión que viene trabajando con todos, desde Hilary Duff hasta The Who y Chicago, apoya en teclados y coros.

Y detrás, Anika, la sorprendente baterista alemana que cumplirá 43 años a fines de mayo y, a juzgar por su presentación en los Juno, ya está lista para afrontar el enorme desafío de cubrir a Neil Peart, uno de los bateristas más admirados en la comunidad mundial de músicos. “En la primera sesión de ensayos, nos dedicamos a hablar de Neil, de cómo captar su forma de pensar, su feeling”, declaró recientemente a Classic Rock. Más allá de una que otra mezquindad publicada en internet, lo que prima entre los seguidores de Rush es la entusiasmada expectativa que ha despertado su presencia.

Anika Nilles: ¿De dónde salió?

Anika Nilles toca batería desde los seis años. Posee un estilo fluido y polirrítmico que fue desarrollando por su dedicación a la práctica y su amor por el jazz fusión. Comenzó a publicar videos en YouTube con sus composiciones en el año 2013, lo que la llevó a realizar cursos, primero en su país Alemania y luego en otros. Desde hace algunos años, es parte del equipo docente del website Drumeo.com, con sede en Canadá. La revista norteamericana DRUM! la eligió la mejor baterista los años 2015 y 2016.

Sus videos tutoriales y canciones la fueron haciendo conocida en la comunidad de bateristas, al punto de ser portada en la revista especializada Modern Drummer, una de las más conocidas del rubro. Nilles tiene su propia banda, Nevell, con la que ha publicado hasta el momento tres álbumes -Pikalar (2017), For a colorful soul (2020) y False truth (2025). Aquí podemos verla en acción, tocando Shine y Pikalar, dos de sus composiciones, donde podemos apreciar su capacidad técnica y sentido del ritmo.

Entre mayo y noviembre del 2022, Anika Nilles se unió a la banda de Jeff Beck para la que sería la última gira del célebre guitarrista, antes de su fallecimiento. El 22 y 23 de mayo del 2023 participó en los dos conciertos-tributo a Beck en el Royal Albert Hall de Londres, en una banda que incluyó a estrellas como Eric Clapton, Billy Gibbons (ZZ Top), Ronnie Wood (The Rolling Stones), Rod Stewart, entre otros. Sobre el desafío de tocar con Rush, Anika explica: “El estilo de Neil Peart era muy enérgico, algo con lo que me siento muy cómoda. También me encanta tocar enérgicamente. Además, siempre ponía cosas nuevas a las canciones, nunca se repetía a sí mismo, eso lo hace más emocionante”.

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