[Música Maestro] Nunca dejes de sonar Venezuela

Después de que el dominicano Ángel “Catarey” Andújar, reconocido percusionista integrante de la 4.40, falleciera en un trágico accidente mientras la orquesta estaba de gira por Venezuela, Juan Luis Guerra compuso una dulce canción, Ángel para una tambora (Ojalá que llueva café, 1989). La arrulladora melodía y el sutil acompañamiento vocal que ensambla Guerra con su línea de coristas integrada por Maridalia Hernández, Roger Zayas-Bazán, Mariela Mercado, Marco Hernández y Adalgisa Pantaleón, da vueltas en mi cabeza desde que se conoció el doble terremoto que sacudió la zona norte del país, hace ya dos semanas.

“Venezuela” es actualmente, en el Perú, una mala palabra. Desde que el fenómeno migratorio se convirtió, gracias a la torpeza de PPK, en un problema, junto con aquellas personas decentes que buscaban escape del desastre madurista, también llegó lamentablemente una ola delincuencial incontrolable y sanguinaria, una realidad innegable que nos afecta directa o indirectamente. Sin embargo, en estos momentos solo caben la solidaridad y la empatía con la población venezolana. Muchas de las personas con las que trabajamos o nos cruzamos en las calles, tiendas, mercados o servicios de delivery están sufriendo, mientras lees esto, la pérdida de familiares, amigos, conocidos, entre los escombros. Hacia ellos nuestras oraciones.

Además, hubo un tiempo en que nada fue así entre Venezuela y Perú. En paralelo a las eternas componendas políticas que ensucian a nuestros países desde hace décadas, los artistas y canciones venezolanas nos han hecho bailar, reír, reflexionar y enamorarnos a través de las décadas con géneros y sonidos poseedores de una personalidad propia y reconocible en el entorno de la música en nuestro idioma, que nos trae recuerdos de aquellas buenas épocas en que, por ser niños o adolescentes, aun podíamos respirar sin preocuparnos de las mezquindades con las cuales hoy convivimos -las dictaduras, las corrupciones, los tweets de Perú 21-. Que nunca deje de sonar Venezuela…

Clásicos de todos los tiempos

¿Quién no ha escuchado Caballo viejo? Debe ser una de las canciones en castellano más conocidas, cantadas y bailadas de la historia. Y es de Venezuela. ¿Y Alma llanera? Dicen algunas páginas de internet que existen más de 800 versiones grabadas de este tema, el segundo himno nacional del país sudamericano. Es decir, el equivalente de lo que es para nosotros el vals La flor de la canela o Garota de Ipanema para Brasil. Estoy seguro de que ocho de cada diez personas no tienen la menor idea de quién compuso y a qué época pertenecen. Y como la ignorancia es la verdadera madre de todos nuestros vicios, también estoy seguro de que esas ocho personas votaron por Keiko en segunda vuelta. Les apuesto lo que quieran.

Cronológicamente hablando, el famoso joropo en el que el cantor declara ser “hermano de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol”, es la más antigua. Fue estrenada en el año 1914 como parte de una obra lírica, una zarzuela en un solo cuadro (acto), con versos escritos por el poeta Rafael Bolívar Coronado y música de Pedro Elías Gutiérrez, compositor nacido en La Guaira, la zona devastada por los sismos. Ha sido grabada por todos, desde Plácido Domingo hasta Julio Iglesias, desde Jorge Negrete hasta Juan Diego Flórez.

Por su parte, Caballo viejo –“cuando el amor llega así de esta manera uno no se da ni cuenta…”- apareció por primera vez en el LP Golpe y pasaje (1980) y desde entonces se convirtió en parte de la conciencia colectiva de Venezuela. Su creador, el cantante, compositor y actor Simón Díaz (1928-2014), es la personalidad más importante de la cultura popular llanera. Durante décadas, “El Tío Simón” compuso joropos, boleros, gaitas zulianas y tonadas, antes de que su canción sobre el amor otoñal se volviera masivamente conocida.

Mientras Caballo viejo se hizo patrimonio universal de forma inmediata -la grabaron desde la orquesta de Ray Conniff hasta los Gypsy Kings y todos los que se puedan imaginar también-, una de sus composiciones más profundas, Tonada de luna llena, (LP Tonadas, 1974) logró fama en los noventa en la versión de Caetano Veloso, incluida en la banda sonora de una película del ícono hípster Pedro Almodóvar (La flor de mi secreto, 1995). El brasileño la había grabado originalmente para su aclamado disco de covers latinoamericanos Fina estampa (1994).

Boleros, música instrumental y Navidad

“Con mi burrito sabanero voy camino de Belén” dice uno de los villancicos más populares del cancionero navideño latinoamericano. Y llegó también desde Venezuela. El compositor fue Hugo Blanco (1940-2015) quien además tocaba el arpa. Los más memoriosos seguro recuerdan una canción suya muy popular en la Lima guarachera de los años setenta, un instrumental titulado Agua fresca (1972). Blanco fue quien creó a La Rondallita, conjunto de voces infantiles que grabó El burrito de Belén en su primer LP de 1975, con la voz principal de un niño de 8 años llamado Ricardo Cuenci (hoy tiene 60).

“Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor” entonaba, con un masticado español, el pianista y cantante norteamericano Nat King Cole (1919-1965) y en el elegante acompañamiento orquesta brilla una delicada arpa como instrumento principal. Esa versión es de 1958, para un LP que la estrella de jazz tituló A mis amigos -el segundo de tres que grabó en nuestro idioma para el sello Capitol Records- y es la canción que más representa esa etapa del norteamericano en la que se metió al bolsillo al público latino, aprendiendo la fonética del castellano sin entender lo que decía en realidad. El compositor de Ansiedad fue el venezolano José Enrique “Chelique” Sarabia (1940-2022).

En la era dorada del bolero destacaron tres cantantes, con registros estilísticos totalmente diferentes. Uno fue Gualberto Ibarreto, compositor de joropos, boleros y tonadas de amplia trayectoria local, que en 1986 se hizo conocido en toda Latinoamérica por el bolero Ladrón de tu amor, canción que identificó una sintonizada telenovela, Leonela. El segundo fue Alfredo Sadel (1930-1989), un tenor ligero con aires líricos que lanzó gran cantidad de discos de boleros y melodías latinoamericanas.

Y el tercero fue Felipe Pirela (1940-1972), “El Bolerista de América”, asesinado a tiros en Puerto Rico, a la salida de un recital, cuando apenas tenía 32 años. Héctor Lavoe, gran admirador suyo, grabó en 1979 un LP para Fania Records titulado Recordando a Felipe Pirela, donde interpreta Pobre del pobre o Sombras nada más, éxitos del venezolano. Pirela fue además vocalista de una orquesta muy popular llamada Billo’s Caracas Boys y cuando salió en 1963 para seguir su camino en solitario, fue reemplazado por un jovencito de 20 años llamado José Luis Rodríguez.

“El Puma” y otros baladistas

Venezuela fue proveedora de una enorme constelación de cantantes románticos, hombres y mujeres que durante los años setenta, ochenta y noventa, conquistaron el corazón de todos los públicos con sus talentosas voces y versatilidad pues también actuaban en telenovelas, como varios artistas mexicanos o argentinos. De todos ellos, el más famoso es José Luis Rodríguez “El Puma”, apelativo que lo acompaña desde 1974 debido, precisamente, al papel que interpretaba en una de esas historias que mantenían en vilo a las señoras de ese tiempo. Su personaje, a su vez, estaba basado en una canción del argentino Sandro.

La discografía de “El Puma” tiene muchos puntos elevados, entre los cuales podemos destacar los álbumes Por si volvieras (1978), Dueño de nada (1982) o Señor corazón (1987). A fines de los noventa hizo homenajes al Trío Los Panchos y a José Alfredo Jiménez. Actualmente, con 83 años y tras superar un complejo trasplante de pulmones, sus canciones siguen sonando e incluso son adaptadas a ritmos populares. “El Puma”, recientemente ligado a la televisión local como juez de un programa concurso, es una verdadera leyenda de las baladas en español.

Otros baladistas notables venezolanos son, por supuesto, Ricardo Montaner y Franco de Vita, dos de los artistas más exitosos que surgieron a finales de la década de los años ochenta y que tienen listas larguísimas de canciones conocidas. En un segundo nivel, podemos mencionar a Guillermo Dávila, Jorge Rigó y Carlos Mata, famosos por su participación como actores y cantantes en populares novelas ochenteras. Y en un tercer nivel, aparecen nombres como Rudy La Scala, Yordano -su canción Locos de amor inspiró en un bodrio del “cine” peruano- y el cantautor de origen judío Ilan Chester, cuyas composiciones Un querer como el tuyo y Palabras del alma marcaron toda una época en las radios limeñas.

Las voces femeninas

Entre las cantantes mujeres, “La Primerísima” Mirla Castellanos es un capítulo aparte en la cultura popular venezolana, aunque entre nosotros es una “one-hit wonder”, por la balada Maldito amor (LP del mismo nombre, 1981) que los oyentes de programas como La Hora del Lonchecito reconocen perfectamente. María Conchita Alonso, cubana de nacimiento, fue identificada por mucho tiempo como venezolana pues allí vivió buena parte de sus primeros años.

En 1982 apareció una cantante llamada Marlene que colocó dos canciones escritas por el español Juan Carlos Calderón (Mocedades, Raphael, entre otros) -¿Qué nos pasa esta mañana? y Ámame, incluidas en su LP epónimo Marlene, en la cima de los rankings por su intensidad y romanticismo. Y dos intérpretes muy conocidas, Karina y Melissa, tienen algo en común: ambas nacieron en Perú pero desarrollaron sus carreras en Venezuela, desde donde se hicieron famosas con canciones ochenteras como Sé cómo duele (1985) o No soy una señora (1983).

La relación Perú-Venezuela en los ochenta se hizo fuerte en esos años también a través del público infantil, cuando el simpático payaso “Popy” -nombre artístico del productor y comediante Diony López (1946-2010)- trajo su exitoso programa televisivo a Panamericana Televisión, convirtiéndose en el favorito de los niños y hasta sirviendo de inspiración para un conocido político que saltó a la fama mediática cuando un cómico lo parodió como “Popyvera”. Curiosamente, ambos personajes postularon a la presidencia este año, sin éxito.

Salsa, merengue y trova

Como buen país con influencia del Caribe, Venezuela nos ha regalado también exponentes de primera clase en géneros afrolatinos, representantes de una época en que la musicalidad, la picardía y la elegancia podían entremezclarse sin inconveniente alguno. Desde inicios de los años setenta, con la aparición de la Orquesta Dimensión Latina, surgió una figura que es hasta la actualidad la máxima expresión del “ritmo, sabor y la sandunga”.

Me refiero, desde luego, a Óscar d’León, “El Faraón de la Salsa”, el más grande salsero que ha salido de Venezuela y que, en ese tiempo, salía a cantar y bailar tocando su contrabajo, una poderosa imagen de talento, coordinación y dominio musical. A su lado brilló Wladimir Lozano, eximio cantante de boleros y guarachas. Entre 1973 y 1978, Dimensión Latina brilló con temas como Parampanpan, Sigue tu camino o Llorarás. Desde 1979 hasta ahora, Oscar d’León (83) sigue haciendo gozar al público bailador con su contagioso ritmo y sus canciones -sobre todo las más antiguas- son un placer para los amantes de la buena música latina.

Otros exponentes de la salsa venezolana son Hildemaro, muy popular en los años de la salsa sensual con sus arreglos para baladas de Roberto Carlos y, desde mediados de la década de los noventa, la Orquesta Los Adolescentes bajo la dirección de Porfi Baloa. Para los merengueros, sonarán familiares los nombres de Roberto Antonio y Miguel Moly, ex cantantes de Los Melódicos, legendaria orquesta fundada por Renato Capriles a finales de los años cincuenta y que cosechó éxitos noventeros con canciones como Mi corazón o Zúmbalo, en la voz de Liz Freitez Alvarado, compuestas por el peruano Luis Alva Lescano quien también produjo y compuso éxitos para el conjunto Los Fantasmas del Caribe como Celina o Muchacha triste.

Como olvidar a Nathalie Dias Rodrigues de Graça, más conocida como Natusha, una cantante nacida en Francia de padres portugueses que terminó nacionalizándose venezolana y dedicándose a hacer música para bailar, también bajo la producción de Alva. Cualquier persona que haya ingresado a la universidad a inicios de los noventa y que diga no haber bailado El meneíto (1992) califica para ser asesor de Fuerza Popular, por mentiroso. En esa onda fue también muy popular la canción Mar y luna (1991), en ritmo de lambada, que interpretó un cantante que respondía al alias de Pecos Kanvas (1953-2008) y había sido más o menos conocido como baladista.

También en ese tiempo, la orquesta infantil Salserín logró gran impacto y sus vocalistas principales, los hermanos Servando y Florentino Primera, quisieron continuar como solista con poca suerte. El padre de ambos, Alí Primera, fue un aguerrido trovador identificado con la canción protesta y los movimientos obreros (su historia completa, aquí). Otra destacada figura de la canción social trovadoresca fue la cantautora española-venezolana Soledad Bravo.

Ed Calle, saxofonista de primer nivel en el latin-jazz, nació en Caracas de padres españoles. Integró durante años la orquesta del recordado programa Sábado Gigante. Desde Miami, donde se instaló desde los ochenta, su talento lo ha convertido en uno de los músicos de sesión con más cantidad de grabaciones con grandes estrellas de la música tanto en inglés como en español. Fue alumno de la leyenda del jazz contemporáneo Michael Brecker (1949-2007) y fue apodado «El Monstruo» por Arturo Sandoval.

Música clásica

Gustavo Dudamel es el director latinoamericano más famoso del mundo. Se formó en el proyecto Fundación Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, más conocido como “El Sistema”, fundado en 1975 por el director de orquestas, educador y político José Antonio Abreu (1939-2018), que ha rescatado a miles de niños y niñas de la pobreza a través de la educación musical académica. Dudamel, a sus 47 años, ha trabajado con Disney, con la producción de la saga Star Wars, ha dirigido a la orquesta de su país en los Promps de Inglaterra y es, desde el 2009, director de la orquesta filarmónica de Los Angeles.

Tras los terribles terremotos, Dudamel ha anunciado que viene coordinando la ayuda humanitaria con el PNUD y está “movilizando un concierto internacional para llevar la mayor cantidad de recursos para ayudar a superar este momento tan crítico de mi querida Venezuela”. Todo un ejemplo de solidaridad y conexión con la gente del afamado director que se enfrentó al chavismo tras la muerte de uno de sus colegas en extrañas circunstancias, en el año 2017 durante unas protestas ciudadanas contra el gobierno de entonces.

La tradición de la música clásica en Venezuela tiene un antecedente aun más antiguo, en la pianista, soprano y compositora Teresa Carreño (1853-1917), hija de Manuel Antonio Carreño, el del famoso manual de buenas costumbres, quien fuera apoyada por el general Antonio Guzmán Blanco, presidente de Venezuela entre 1870 y 1888. Por cierto, aquí tenemos otra conexión entre ambas naciones: Guzmán Blanco fue el único gobernante de la región que apoyó a nuestro país tras la derrota en la Guerra del Pacífico. Por ese motivo tenemos una avenida con su nombre en Lima.

Rock venezolano: De lo bueno, poco

Aunque el rock en castellano ha sido históricamente dominado por Argentina y España -en un segundo nivel, México y Chile-, el país de los joropos y el cuatro posee una amplia escena en todos sus géneros y subdivisiones, pero solo dos o tres nombres han destacado de manera concreta, con fieles seguidores que reconocen su calidad e importancia en el panorama general del pop-rock latinoamericano.

Los conocedores del rock progresivo deben recordar a La Ofrenda, banda liderada por el músico austriaco-venezolano Vytas Brenner (1946-2004). Su primer álbum, llamado convenientemente La Ofrenda de Vytas (1973, cuyo primer tema se titula Morrocoy, un homenaje a nuestra ridícula «campaña» presidencial), es un simpático compendio de ritmos venezolanos e instrumentación rockera, una pieza de colección. Brenner produjo algunos álbumes más, entre los que destacan En vivo (1977), El vals del mar (1986) o Amazonía (1990).

Caramelos de Cianuro, activos desde inicios de los noventa, consolidaron un sonido propio de pop-rock alternativo con fuertes letras y actitud relajada, produciendo hasta nueve discos entre 1992 y 2021. Por su parte, Los Amigos Invisibles llevaron las cosas a otro nivel, tocando funk y acid jazz de alto calibre y exhibiendo un nivel de desparpajo que deja a Ilya Kuryaki & The Valderramas (Argentina) y Rabanes (Panamá) varios escalones por debajo. Para los amantes del ska irreverente y combativo, Desorden Público compite con Los Fabulosos Cadillacs aunque su fama a nivel regional no sea tan extensa como la de los genios del dub.

Entre los artistas venezolanos más populares de los últimos años podemos mencionar a los reggaetoneros Rawayana y Danny Ocean, los merengueros Chyno y Nacho, el rapero Canserbero (1988-2015) o el cantautor de indie-folk Devendra Banhart, nacido en Texas (EE.UU.) de madre venezolana

 

[Música Maestro] Entusiasmado por el triunfal retorno del trío canadiense Rush a los escenarios, recuperé de mis archivos un antiguo artículo que publiqué en la fenecida revista Freak Out!, titulado Santísimas trinidades: El ensamble perfecto (edición #8, diciembre 2005), en el que hice una aproximación a la evolución del formato de trío a través de los años en la escena pop-rock.

Hoy, corregido y (ligeramente) aumentado, lo reedito mientras me lamento una y mil veces de que Geddy Lee, Alex Lifeson y la extraordinaria baterista Anika Nilles -convertidos en cuarteto con la inclusión del tecladista Loren Gold- no hayan incluido al Perú en su paso por Sudamérica, programado para enero y febrero del próximo año (solo harán Argentina, Brasil y Chile).

Un poco de historia

Con el rock and roll, nacieron durante los años cincuenta del siglo pasado diversos conjuntos que crearon una nueva estética dentro de la música popular. Pero no fueron Eddie Cochran, Bill Haley o Elvis Presley, apoyados en grupos que iban desde un cuarteto hasta una orquesta completa, quienes hicieron que el formato de trío, aun sin ser una estructura definida, se desvinculara del jazz y del country (géneros en los que siempre existieron tríos de configuraciones variables, que pueden ser materia de otro estudio).

Desde 1961, año del cenit de ritmos como el soul, el doo-wop y los primeros destellos del Philly Sound y Motown Records, surgieron algunos tríos vocales, generalmente femeninos. Los más representativos: The Ronettes -bajo la batuta de Phil Spector (1939-2021), Martha & The Vandellas y The Supremes, alma máter de Diana Ross. Esta conformación ha mantenido vigencia con distintos niveles de calidad a través del tiempo, desde las talentosas The Pointer Sisters hasta las prefabricadas Destiny’s Child.

Paralelamente, en la escena rockera de esos años -en USA la música surf, la psicodelia; en UK, la invasión británica, el blues eléctrico- aparecían minuto a minuto bandas con un mínimo de cuatro integrantes: The Beatles, The Rolling Stones, The Byrds, The Beach Boys, The Turtles, The Doors…

Cream y el nacimiento del “power trio”

El rock sesentero se movía entre parámetros bastante cerrados. Un cantante, una o dos guitarras y una sección rítmica repetitiva y estática. Las excepciones llegaron a través de músicos más avezados, que forzaban las limitaciones expresivas de sus instrumentos expandiendo de paso un género que, a pesar de su origen rebelde y transgresor, fue incapaz de alcanzar en sus primeros años de vida la libertad creativa que ofrecían las largas y complejas improvisaciones del bebop y el free-jazz.

Pero, en 1966, algo cambió. Tres músicos, relativamente desconocidos, provenientes de la escuela de blues británica, desconcertaron al público con sus inagotables recursos técnicos y su actitud eminentemente rockera, estableciendo un punto de quiebre que iniciaría casi sin percibirlo una nueva forma de concebir el rock and roll. Cream, formado por Jack Bruce (voz, bajo), Ginger Baker (batería) -ambos ex integrantes de las bandas de Alexis Korner y Graham Bond, respectivamente-; y Eric Clapton (voz, guitarra), anteriormente con The Yardbirds y los Bluesbreakers de John Mayall; se constituyó en el primer power trio de la historia del rock.

El término -power trio- denota la fuerza interpretativa que cada uno de los músicos desplegaba sobre el escenario, con extensos contrapuntos, intercambios instrumentales y una perfecta combinación del purismo del blues, la naturaleza aventurera del jazz y un atronador volumen. Estos elementos convirtieron a Cream en el grupo en vivo más sorprendente de ese momento.

The Jimi Hendrix Experience y otros tríos

A pesar de su corta vida (1966-1969), Cream sentó las bases para la aparición no solo de otros tríos, sino también de nuevos estilos, desde el hard-rock de Led Zeppelin hasta las jam sessions de The Allman Brothers Band. Seis meses después del lanzamiento de su álbum debut Fresh cream (1966), apareció The Jimi Hendrix Experience. Aquella terna estaba liderada por un extravagante guitarrista zurdo que, luego de iniciar su carrera como músico de apoyo de Little Richard, sorprendió al público con una descarga de furibundos latigazos distorsionados en el LP Are you experienced?, uno de los estrenos discográficos más importantes de todos los tiempos.

The Experience -Jimi Hendrix (voz, guitarra), junto a los ingleses Noel Redding (bajo) y Mitch Mitchell (batería)- hizo eco a Clapton y compañía con su fusión de psicodelia, funk y blues, y en poco tiempo se estableció como la entente máxima del rock, con discos decisivos como Axis: Bold as love (1967) y Electric ladyland (1968). Tras el debande, Hendrix armó otro trío, The Band of Gypsies, esta vez junto a Buddy Miles (batería) y Billy Cox (bajo), con quienes fue protagonista del Festival de Woodstock, en agosto de 1969.

El éxito comercial de Cream y The Jimi Hendrix Experience consolidó al trío como una unidad rockera de alto nivel, ya que la reducida cantidad de instrumentistas dejaba poco espacio para la falta de preparación. Asimismo, el concepto de “power trio” fue explotado por otras bandas cuyas características eran un sonido rudo, fuertes bases blueseras y tendencia al virtuosismo. Como ejemplos podemos mencionar a Blue Cheer, Glass Harp, Budgie y The James Gang, liderada por Joe Walsh, quien luego se hizo mundialmente conocido como guitarrista de Eagles.

También aparecieron uniones esporádicas de músicos de otras bandas, originando otro concepto de esa época, “el supergrupo”. Ejemplos de ello son Beck, Bogert & Appice, el guitarrista Jeff Beck junto a la sección rítmica de Cactus, Tim Bogert (bajo) y Carmine Appice (batería) que, en solo un año (1973), lanzaron un disco en estudio y uno en vivo, ambos alucinantemente buenos; o West, Bruce & Laing -Jack Bruce de Cream y los fundadores de Mountain, Leslie West y Corky Laing- que se juntaron apenas tres años para producir dos discos en estudio y uno en concierto, el electrizante Live ‘n’ kickin’ (1974).

Tríos vocales: CS&N y los Bee Gees

Por otro lado, en California, tres cantantes, ex integrantes de celebrados grupos como The Byrds, Buffalo Springfield y The Hollies, fundaron uno de los tríos más influyentes de la época, Crosby, Stills & Nash. Armados de guitarras, voces y poética hippie, (David) Crosby, (Stephen) Stills y (Graham) Nash resumieron los postulados del anti belicismo sesentero, con su epónimo primer LP (1969) antes a volverse cuarteto un año después con el ingreso del canadiense Neil Young, conocido por su actitud errática y personalidad combativa. Aunque no encajaban en el concepto de “power trio” por ser los tres vocalistas y dejarle las tareas del bajo y batería a otros, estos músicos adicionales no eran percibidos como integrantes fijos.

Un caso parecido es el de los hermanos Barry, Robin y Maurice Gibb, los famosísimos Bee Gees, un fenómeno cultural que impactó en la vida de millones de personas desde sus primeras apariciones en programas de televisión siendo todavía niños. Tanto en su etapa como baladistas de pop y R&B con fuertes influencias beatlescas (1965-1974) hasta su reinvención con álbumes como Children of the world (1976) y la banda sonora de Saturday night fever (1977), que los transformó en dioses del disco y más allá, los Bee Gees fueron siempre reconocidos como un trío, aunque hubiera más personas tocando con ellos, respaldando su extraordinario talento para construir finas armonías vocales.

Tríos de prog-rock y rock instrumental

Emerson Lake & Palmer, pilares del rock progresivo, le quitó protagonismo a la guitarra para dárselo a la artillería pesada de teclados y sintetizadores de Keith Emerson quien, junto a Greg Lake (guitarra/bajo, voz) y Carl Palmer (batería, percusiones) redefinió el naciente rock progresivo combinando sus raíces psicodélicas con música clásica en serio, una movida que convirtió a ELP a una de las bandas más admiradas/odiadas del género.

Genesis, tradicionalmente un quinteto, tituló su noveno álbum … And then there were three… (1978) -que significa “y entonces solo fueron tres”- en referencia a que, tras las salidas de Peter Gabriel y Steve Hackett, quedaban convertidos en trío, algo que se cumplió únicamente en los estudios de grabación. En concierto -como en los casos de Bee Gees y CS&N- Phil Collins, Mike Rutherford y Tony Banks se acompañaron siempre de dos integrantes más.

Por su parte, King Crimson editó el último disco de su primera etapa, el emblemático Red (1974), en formato de trío: Robert Fripp (guitarras, mellotrones), Bill Bruford (batería) y John Wetton (bajo, voz). Otros miembros de la familia crimsoniana también optaron por esta configuración instrumental comprimida. Por un lado, Adrian Belew formó junto a los hermanos Eric y Julie Slick (batería y bajo), The Adrian Belew Power Trio -nombre poco original- con quienes produjo varios álbumes entre 2006 y 2009. Tony Levin, bajista, ha integrado varios tríos. Entre los más célebres están su proyecto personal Stick Men -junto a Mark Reuter y Pat Mastelotto- y Bozzio Levin Stevens, con Terry Bozzio (batería) y Steve Stevens (guitarra).

Un caso aparte es el de Rush, terna canadiense que, luego de establecerse como uno de los conjuntos más respetados de la escena hard-rock con sus primeros álbumes, asumió un estilo más cercano al rock progresivo, con amplia presencia de sintetizadores. Triumph -Rik Emmett (voz, guitarras, teclados), Mike Levine (bajo, teclados) y Gil Moore (batería, percusión, voz)- también llegó desde Canadá con un vertiginoso estilo que pasaba del hard-rock/heavy metal al prog-rock, con discos como el epónimo debut Triumph (1976), Allied forces (1981) o el alucinante disco en vivo Stages (1985).

En el rock instrumental destacan dos prominentes bandas del siglo XXI fuertemente influenciadas por artistas virtuosos como Joe Satriani o Steve Vai. Por un lado, tenemos a The Winery Dogs, supergrupo formado por tres pesos pesados: Richie Kotzen (guitarra), Billy Sheehan (bajo) y Mike Portnoy (batería) y, por el otro, The Aristocrats, cuyos integrantes son el británico Guthrie Govan (guitarra), el norteamericano Bryan Beller (bajo) y el alemán Marco Minnemann (batería), de los mejores instrumentistas de su generación.

Punk, hard-rock y heavy metal

En el ámbito del hard-rock y heavy metal, los tríos más famosos son Motörhead, cuya formación clásica, Lemmy (voz, bajo), Eddie “Fast” Clarke (guitarra) y Phil «Philthy Animal» Taylor (batería), sacudió al rock duro entre 1976 y 1982. Posteriormente, Clarke y Taylor fueron cubiertos por Phil Campbell y Mikkey Dee, para eternizar el mito del trío más ruidoso de la historia. Por esa misma época aparecieron Venom (Inglaterra), Coroner (Suecia) o Sodom (Alemania), representantes tripartitos del metal extremo.

No debemos olvidar que la escena clásica del punk nos ha brindado también importantes tríos como The Jam (con Paul Weller a la cabeza), XTC, Violent Femmes, Sleater-Kinney, entre otros quienes inspiraron, dos décadas después, la aparición de Green Day o Blink-182, exponentes de una versión más ligera del punk. Cómo no mencionar aquí a los Beastie Boys, quienes hicieron de las suyas tanto en el hardcore punk como en el rap y hasta el jazz, con una versatilidad alucinantemente buena.

Otros tríos notables de hard-rock y heavy metal: Blue Murder, del guitarrista de Whitesnake y Thin Lizzy, John Sykes; Sleep, herederos de Black Sabbath que aparecieron a fines de los noventa; o los sorprendentes Russian Circles, post-rock instrumental de alto octanaje.

Los setenta y ochenta

En los setenta surgieron muchos tercetos con la llamada “formación básica”: guitarra, bajo y batería, dejando el rol de vocalista a cargo generalmente de uno de los dos primeros, estableciendo el carácter particular del trío dentro del pop-rock, en una época en la cual aumentar el número de integrantes era la principal tendencia. Así, tenemos a Grand Funk Railroad -hasta 1972-, ZZ Top y America, grupos que se abrieron camino en medio del auge del country-rock, cuyas bandas solían ser combos de cinco integrantes como mínimo.

Los ochenta fueron propiedad de The Police. Pese a provenir de la escena inglesa del punk, los dirigidos por Sting (voz, bajo) supieron combinar sus extremadas habilidades musicales con los géneros de moda: pop emparentado con new wave, algo de reggae, ska y ligeros coqueteos con el jazz. Completaban la banda Stewart Copeland (batería) y Andy Summers (guitarra). Desde su definitiva separación en 1986, los rumores acerca de una reunión de The Police, siempre desmentidos por ellos mismos, no dejaron de aparecer cada cierto tiempo hasta que, en el 2007, el sueño de muchos se hizo realidad con una gira que incluso llegó a Latinoamérica, con fechas en México, Costa Rica, Chile, Argentina y Brasil.

Aunque The Cure ha pasado la mayor parte de su carrera con cuatro y cinco integrantes -a veces, hasta seis- hubo un periodo inicial en que funcionaron como trío. Robert Smith (voz, guitarra), Michael Dempsey (bajo) y Lawrence Tolhurst (batería) aparecieron bajo el nombre Easy Cure en plena avalancha post-punk. En 1979, tras el lanzamiento de Three imaginary boys The Cure se transformó en cuarteto con el ingreso de Simon Gallup (bajo) y Matthieu Hartley (teclados), quien se retiró al poco tiempo. The Cure permaneció triangular hasta 1982, año en que lanzó una de sus mejores producciones, Pornography. A partir de entonces, el grupo abandonó el formato de trío, al cual ya no volvería nunca más.

Mención especial para los escoceses Cocteau Twins -Robin Guthrie (guitarra), Simon Raymonde (bajo) y la vocalista Elizabeth Fraser. Aunque es imposible definirlos como un trío “power”, fueron precursores definitivos de tendencias asociadas a la new wave, la música experimental, el shoegazing y demás subgéneros de la vanguardia de entonces, con sus atmosféricos y etéreos sonidos. Álbumes como Garlands (1982), Treasure (1984), Victorialand (1988) o Blue bell knoll (1989) son verdaderos clásicos de los ochenta.

Durante esa década, también aparecieron tríadas de distintas raleas y alcances estilísticos. Stray Cats (rockabilly), Minutemen (punk), The Outfield (pop-rock), The Melvins (hard rock) o los influyentes Hüsker Dü (indie rock) son solo algunos de los nombres más destacados.

Tríos de los años noventa y más allá

A finales de los ochenta comenzó a gestarse la escena del llamado “rock alternativo”, con bandas decididas a cambiarle el rostro, una vez más, al ya variopinto mundo del rock and roll. Tríos como los ya mencionados Hüsker Dü, Dinosaur Jr. y su heredero, Sebadoh, ya entrados los noventa, o Galaxie 500 figuran como los más representativos. En esos años, la asociación del trío con la destreza musical perdió algo de fuerza. Que Nirvana sea el terceto más representativo de esa época es una clara prueba de eso. Aprovechando el filón comercial del grunge, Kurt Cobain (voz, guitarra), Chris Novoselic (bajo) y Dave Grohl (batería) dejaron su huella en el espectro musical con más escándalo que virtuosismo.

Una excepción es Primus -Les Claypool (voz, bajo), Larry LaLonde (guitarra) y Tim “Herb” Alexander (batería), con una discografía sorprendente que cubre un amplio periodo, de 1990 a 2017. En medio de otros proyectos, Claypool armó un supergrupo con Trey Anastasio (Phish) y Stewart Copeland (The Police) llamado Oysterhead que, en la tradición de los primeros power trio setenteros, lanzó un solo disco -The grand pecking order (2001)- para luego reunirse esporádicamente en festivales. En esa misma línea podemos mencionar a otro supergrupo más o menos reciente, Them Crooked Vultures, integrado por Dave Grohl (Nirvana), Josh Homme (Queens of the Stone Age) y John Paul Jones (Led Zeppelin).

Caso aparte es el de los norteamericanos Yo La Tengo -Ira Kaplan (voz, guitarra), su esposa Georgia Hubley (batería, voz) y James McNew (bajo), quienes supieron combinar sus innovadoras ideas con una clarísima obsesión por The Velvet Underground. Si bien es cierto su carrera se inició en la segunda mitad de los ochenta con Ride the tiger (1986), fue durante la siguiente década que se consolidaron como una de las bandas más respetadas del indie rock, con álbumes como Fakebook (1990, disco de covers), Electr-O-Pura (1995), entre otros.

Siguen firmas triangulares…

En 1995, apareció Gov’t Mule, la banda que más ha respetado la tradición de Cream y The Jimi Hendrix Experience, dos ex miembros de la última generación de The Allman Brothers Band, el guitarrista Warren Haynes y el bajista Allen Woody, más Matt Abts como baterista. Entre 1994 y 2000 lanzaron varios álbumes, la gran mayoría de ellos en concierto -con un elenco revolvente de invitados-, de blues eléctrico y funk rock. El repentino fallecimiento de Woody interrumpió un tiempo al grupo que regresó luego, convertido en cuarteto.

Los últimos 30 años ha visto el surgimiento de diversos tríos, algunos de ellos decididamente “power” como The Jon Spencer Blues Explosion o Black Rebel Motorcycle Club y otros no tan identificados con ese concepto pero igual de importantes, como los norteamericanos Low -por la senda de Cocteau Twins- o las hermanas Este, Danielle y Alana Haim, con cuatro luminosos álbumes en el mercado desde su debut en el 2013. También podemos mencionar a los británicos Muse (prog-pop) o Khruangbin -Laura Lee (voz, bajo), Mark Speer (guitarra) y Donald «DJ» Johnson (batería)-, una sorprendente terna norteamericana que reivindica el rock instrumental de forma impecable.

[Música Maestro] OTROSÍ: Mientras preparaba este artículo, me enteré del fallecimiento, a los 81 años, del saxofonista y flautista Walter Parazaider, uno de los fundadores de Chicago. Además de dominar todos los instrumentos de viento, tocaba también teclados y guitarra, especialmente en las baladas ochenteras del famoso grupo. El mundo sigue quedándose sin músicos de calidad, a merced de las simplonerías de Shakira y los reggaetoneros de pacotilla.

Peabo: Una voz espectacular

Para nadie es un secreto la capacidad vocal de los artistas afroamericanos, tanto hombres como mujeres, en cualquier época y estilo. Desde Stevie Wonder y Chaka Khan hasta Whitney Houston y D’Angelo, las voces negras han destacado siempre por su potencia, afinación y calidez, motivo de orgullo para los Estados Unidos. En ese amplio ecosistema de voces superdotadas, la de Robert “Peabo” Bryson brilló como ninguna otra durante la primera mitad de los noventa, cuando se hizo mundialmente conocido por colocar su poderoso y alto rango de tenor en dos inolvidables baladas que fueron temas centrales de exitosas películas animadas de los estudios Disney.

En una época en que la humanidad aun no desechaba del todo el romanticismo como fuente de inspiración y donde el entretenimiento para niños servía también para adultos en búsqueda de emociones y sentimientos blancos, estas canciones y filmes lograron convertirse en clásicos modernos, símbolos de todo lo que hoy muere diariamente bajo las aplastantes montañas de bosta reggaetonera y exhibicionismo barato que llegan desde cualquier parte del mundo.

Peabo Bryson falleció el pasado 2 de junio, a los 75 años, pocos días después de sufrir un infarto. Fue muy querido en Chile, pues participó en dos ocasiones en el Festival Viña del Mar, representando a Francia con la canción Let me try again, con la que se llevó la Gaviota de Plata en la competencia internacional el 2001 y luego, al año siguiente, como jurado, ocasión en la que ofreció un concierto donde junto a Andrea Tessa y Rachel, dos cantantes muy conocidas localmente, interpretó emblemáticas canciones de su repertorio.

Del R&B y el funk a las baladas cinematográficas

Entre 1976 y 1991, Peabo Bryson publicó trece álbumes, la mayoría de ellos para el sello Capitol Records, con los que fue abriéndose camino en el competitivo mundo del R&B, el soul y el funk. Bryson se integró a una ola de artistas capaces de conmover por la sensualidad y energía de sus voces, en géneros clásicos de la canción popular afroamericana. Hablamos de una época en que brillaban nombres como Earth Wind & Fire, Barry White, Lou Rawls o Marvin Gaye, muchos de los cuales venían desde más atrás, con un terreno ya conquistado.

En ese sentido, a pesar de la innegable calidad de su voz, Peabo solo logró colocar algunas de sus composiciones en los rankings como, por ejemplo, Feel the fire (Reach out for the sky, 1977), I’m so into you (Crosswinds, 1978) o If ever you’re in my arms again (Straight from the heart, 1984), probablemente su tema más difundido hasta ese momento y que, hasta ahora, puede escucharse en radios norteamericanas de música del recuerdo. Además de escribir baladas “para ayudar a los hombres a ser más sensibles”, Bryson se daba el tiempo para cortes más rítmicos, como Move your body (I am love, 1981), Underground music (Peabo, 1976) o Crosswinds (Crosswinds, 1978), con aires sofisticados que lo acercaban al cool-jazz de George Benson, Ray Parker Jr. o Al Jarreau.

A ese periodo pertenece el dueto Tonight I celebrate my love, otra de sus interpretaciones más destacadas, grabada junto a Roberta Flack para un LP titulado Born to love (1983). Tres años antes, el cantante ya había lanzado con la intérprete de Killing me softly with his song, fallecida el año pasado, el doble en vivo Live & more (1980). Pero después de 1991, el cantante y pianista pasó de ser medianamente conocido a convertirse en una superestrella del pop global gracias a dos temas de película.

Peabo Bryson y los estudios Disney

Cuando los compositores de Beauty and the beast, Alan Menken y Howard Ashman propusieron a Celine Dion para grabar la versión pop del tema central de la película de dibujos animados del mismo nombre lo hicieron pensando que la joven canadiense de 24 años lo haría sola. Sin embargo, en una inteligente movida comercial, los productores decidieron convertir la canción que, en el largometraje, es interpretada por Angela Lansbury (1925-2022) -encargada de la voz de uno de los personajes animados- en un dúo para explotar la naturaleza romántica de aquella icónica escena en que las almas de la bella y la bestia se encuentran por primera vez.

“Fue muy generoso conmigo en todo el proceso y me apoyó mucho pues recién estaba aprendiendo a cantar en inglés” recordó Celine Dion, tras conocerse la noticia de su muerte. La tierna balada -que ganó el Oscar a Mejor Canción Original en 1991- fue incluida en el segundo disco angloparlante de la cantante, titulado simplemente Celine Dion (Epic Records, 1992). También recibió el Grammy a la Mejor Interpretación de Solista o Dúo. Aquí los vemos en vivo, durante la premiación cinematográfica, junto a la famosa actriz británica de la era dorada de Broadway y Hollywood, recordada también por su trabajo en la teleserie ochentera Reportera del crimen. Por su parte, Bryson publicó el tema en su décimo cuarto disco Through the fire (1994), donde también destacó un dúo con el saxofonista Kenny G, By the time this night is over y el tema-título, cover de un éxito de Chaka Khan.

Al año siguiente, el vocalista repitió el plato en los Oscar, esta vez con la versión radial de A whole new world, canción central de Aladdin (1992), a dúo con Regina Belle, excelente cantante de soul y R&B con quien ya había ingresado a las listas gringas con Without you (Positive, 1988). Otra elegante balada pop, escrita por Alan Menken y Tim Rice para la secuencia principal del cuento, entre exóticos castillos medio orientales y fabulosas alfombras mágicas, uno de los momentos que definieron el género del cine animado a comienzos de los años noventa. Entre 1996 y 2026 lanzó cinco discos más, tras superar diversos problemas financieros en los que incluso llegó a perder las estatuillas que había ganado.

Dee Palmer: El arma secreta de Jethro Tull

Un mes antes de cumplir 88 años falleció, el pasado 13 de junio, en su casa en la ciudad inglesa de Shropshire, muy cerca de la frontera con Gales, Dee Palmer (antes David). Entre 1968 y 1980 fue integrante fundamental de Jethro Tull, primero como arreglista y, posteriormente, como miembro estable del grupo, segundo tecladista y director de los ensambles orquestales que usaban constantemente en los estudios de grabación.

Para quienes deseen ubicarlo en fotos y videos, solía aparecer con una enorme pipa en la boca y vestido elegantemente, en la época en que el aspecto de la banda era un cruce entre personajes de Robin Hood, Sherlock Holmes y Monty Python. Ian Anderson, su gran amigo, lo despidió con esta frase: “Mis recuerdos personales favoritos son, en su mayoría, de aquel cómplice creativo, de voz grave y gran fumador, con quien disfruté de muchos curris picantes y buenas charlas bajo nubes ondulantes. Descansa en paz David/Dee, creo que no podrás fumar allá en el cielo… “

En ese tiempo, Palmer escribió todos los arreglos para cuerdas que caracterizaron a las clásicas grabaciones de Jethro Tull, dotándolas de esa aura sinfónica que encajaba siempre a la perfección con las olas electroacústicas del sonido entre lo celta, el blues y el prog-rock que puso a la banda en el centro de atención de una escena rockera altamente exigente.

La increíble historia de Dee Palmer

La historia de Dee Palmer no tiene antecedentes en el mundo del rock anglosajón (en nuestro país su equivalente es, desde luego, la cantante y guitarrista de JAS, Sergio/Fiorella Cava). Cuando se conoció, hace casi tres décadas, fue ignorada por los medios locales a pesar de tener elementos noticiosos de peso: no solo se trataba del miembro de una de los grupos más admirados de los años dorados del prog-rock británico, sino que además había tomado tan trascendental decisión… ¡a los sesenta años!

Aunque algunos sí llegaron a informar sobre su caso. Recuerdo un tímido recuadrito en la sección “C” del diario El Comercio, en tiempos en que todavía valía la pena a pesar de sus siempre zigzagueantes posturas políticas, que decía algo así como “reconocido músico británico cambia de sexo” (y para ilustrar la nota, colocaron erróneamente una foto de John Evan, demostrando la falta de rigor para informar sobre el tema…). Pero, en líneas generales, la sensación era de temor y velado rechazo frente a una situación desconocida.

Nació como David Palmer en Londres, en julio de 1937. Sus estudios los realizó en el prestigioso Royal Conservatory of Music, especializándose en composición, piano y clarinete. Luego de hacer arreglos para Nicola (1967), el cuarto álbum del guitarrista folk Bert Jansch (1943-2011), Palmer fue convocado para trabajar con un naciente combo de blues-rock que tenía una particularidad: su líder era un flautista con pinta de pordiosero que tocaba parado en una sola pierna. Hablamos, por supuesto, de Jethro Tull.

Palmer y los años dorados de Jethro Tull

Su facilidad para escribir refinadas partituras para cuerdas y vientos aseguró su colaboración con el grupo hasta convertirse en “el sexto Jethro Tull”, apareciendo en todos sus álbumes entre 1968 y 1976 como arreglista oficial. Sus primeras incursiones en la discografía oficial del grupo fueron en las canciones Move on alone (This was, 1968) y A Christmas song, grabada ese mismo año pero lanzada como lado B de Love story, otra que quedó fuera de aquel álbum debut. Ambas fueron incluidas en el LP recopilatorio Living in the past (1972).

Una de las canciones preferidas de quienes somos fanáticos de Jethro Tull lleva de fondo una exquisita línea de violines. Me refiero a Reasons for waiting (Stand up, 1969), cuatro minutos de etéreas flautas, guitarras acústicas y poética letra. Entre otros clásicos de Anderson y compañía en los que brillaron los arreglos de Palmer tenemos Sweet dream, The witch’s promise (singles de 1969), Sossity; you’re a woman (Benefit, 1970), Bungle in the jungle (War child, 1974), One white duck / 010 = Nothing at all (Minstrel in the gallery, 1975) o Too old to rock’n roll too young to die (LP del mismo nombre, 1976), así como sus tres obras maestras conceptuales Aqualung (1971), Thick as a brick (1972) y A passion play (1973).

En 1976 se unió a tiempo completo a la banda como segundo tecladista, para una nueva trilogía de discos que mantendrían el prestigio de Jethro Tull: Songs from the wood (1977), Heavy horses (1978) y Stormwatch (1979). Para este último, Palmer escribió dos canciones, King Henry’s madrigal que no entró a la versión final del vinilo y Elegy, delicado instrumental que formaba parte de un proyecto que Palmer escribió junto a Ian Anderson y Martin Barre, titulado The water’s edge, a pedido de una compañía escocesa de ballet clásico. En esta versión en vivo de Velvet green (Songs from the wood, 1977) vemos a Anderson y Palmer interactuar musicalmente de manera brillante.

A este periodo también pertenece el extraordinario álbum doble en vivo Bursting out (1978) en que, además de compartir rol de tecladista con John Evan, toca saxofón en la coda acelerada de Too old to rock’n roll too young to die. Antes de interpretar Skating away on the thin ice of the new day (del LP War child, 1974), al presentarlo al público, podemos escuchar a Ian Anderson decir “directamente desde la Real Escuela de Música de Londres, el señor David Palmer… acaba de irse a orinar, pero regresa en un ratito, no se preocupen…”

Carrera como solista

Aunque su trabajo en Jethro Tull acabó formalmente cuando la alineación clásica setentera -Ian Anderson (voz, flautas, guitarras acústicas), Martin “Lancelot” Barre (guitarras), John Glascock (bajo), John Evan, David Palmer (pianos, teclados) y Barriemore Barlow (batería, percusión)- se desintegró al final de esa década, Palmer se mantuvo siempre en contacto con sus compañeros, con quienes cruzó caminos artísticos en más de una ocasión a lo largo del tiempo.

Mientras Anderson y Barre grababan el disco A (1980), con una versión totalmente renovada del grupo, Palmer y Evan se unieron en un proyecto denominado Tallis -nombre que homenajeaba a un compositor británico del siglo XVI, Thomas Tallis- para trabajar varias composiciones conjuntas que recién fueron publicadas cuarenta años después, en el álbum In alia musica spero (A New Day Records, 2021). En 1985, Palmer dirigió a la Orquesta Sinfónica de Londres para el disco A classic case, una selección de diez clásicos de Jethro Tull con arreglos suyos y participaciones especiales de Ian Anderson, Martin Barre y dos de los nuevos integrantes del grupo, Dave Pegg (bajo) y Peter-John Vettese (teclados).

Durante la década siguiente, David Palmer se dedicó a escribir arreglos instrumentales de canciones de Yes, Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Queen y los Beatles. Además, su álbum Norske popklassikere (1996) llegó a ser #1 en Noruega con una recopilación de populares melodías folklóricas y contemporáneas de ese país nórdico. El disco incluye una versión del éxito de a-ha, Hunting high and low, tema-título del segundo LP del famoso trío de pop electrónico noruego. Sería su última producción discográfica oficial como David Palmer.

Cambio de sexo: De David a Dee

En 1998, David Palmer sorprendió al mundo convertido en una distinguida mujer de 61 años. Sus primeras declaraciones sirvieron para informar a sus descolocados seguidores: “Soy intersexual -la “I” del famoso acrónimo LGTBI-. Esta disforia de género me acompaña desde muy joven”. Tras la muerte de su esposa Margaret, en 1995, su condición “comenzó a reaparecer” hasta materializarse en el complejo procedimiento quirúrgico que le cambió la vida. Había nacido Dee Palmer.

Elegantemente vestida, Dee retomó su carrera con múltiples proyectos, entre ellos su primer álbum en solitario titulado Through darkened glass (2018), nueve composiciones propias entre las que destacan Forever Albion, Urban apocalypse y Emmanuelle, en las que participa como guitarrista su gran amigo y ex compañero en Jethro Tull, Martin Barre, además de Things we said today, un cover de los Beatles (LP A hard day’s night, 1964). De hecho, Dee Palmer se integró como tecladista a la banda de Barre entre 2019 y 2022.

“Quiero ser juzgada únicamente por mis habilidades musicales”, comentó Dee en una entrevista del 2018, mientras promocionaba ese disco. La transición de Dee Palmer es sorprendente porque, tras años de haber tenido toda una vida como hombre -tocó clarinete en la banda del ejército inglés, tuvo cuatro hijos con Margaret y fue parte de un colectivo rockero 100% orientado al público masculino- cumplió con el sueño que tenía desde niño, sin importar los prejuicios y superando, definitivamente, múltiples conflictos personales internos con valentía y fortaleza emocional. «Me he sentido mujer desde los tres años. No solo los gays quieren hacer esto, ser una mujer es mucho más que eso”, declaró en aquella ocasión.

Con la muerte de Peabo Bryson y Dee Palmer, se apagan, por un lado, una voz espectacular que quedó registrada en los corazones de toda una generación y, por el otro, una estrella del rock progresivo y la orquestación sinfónica. Ambos fueron artistas que brillaron en sus respectivos estilos con humildad, elegancia y alta musicalidad, aspectos que hoy los melómanos del mundo echamos tantísimo de menos en las programaciones radiales y el internet.

[Música Maestro] Según cálculos conservadores, aproximadamente un millón de personas debe haber asistido al velorio público de Carlos Alberto “El Indio” Solari (77), realizado en un local del barrio de Avellaneda el pasado domingo 7 de junio, organizado a la carrera por su familia tras la negativa de Javier Milei, el estrafalario presidente de Argentina, de ceder los salones del Congreso y la Casa Rosada para ello aduciendo que no “era suficiente” a pesar de que otros eventos de esa naturaleza se han desarrollado allí sin inconvenientes.

Las imágenes que circularon al día siguiente de conocerse el fallecimiento del vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, son igual de impresionantes. Decenas de miles de fanáticos se congregaron orgánica y pacíficamente en la Plaza de Mayo, en el corazón de Buenos Aires, como puede verse en impactantes tomas hechas con drones. Banderolas gigantes, revoleo de polos –“remeras” como dicen ellos-, cánticos enfervorizados y llantos desconsolados dieron forma a un evento que remeció las bases de la sociedad argentina.

El Indio Solari falleció el 5 de junio en su casa de Parque Leloir, un barrio bonaerense conocido como zona de retiro, tras varios años padeciendo del “Sr. Parkinson”, como él se refería a la enfermedad degenerativa que le diagnosticaron el 2017. En esa casa solariega había montado su residencia y los estudios de Del Cielito Records, desde donde sacó sus últimos temas con un proyecto llamado El Mister y Los Marsupiales Extintos, entre 2022 y 2025. Lo lloran, además de su esposa Virginia “Viru” Mones y su hijo Bruno, actualmente de 25 años, desde anónimas muchedumbres hasta reconocidas figuras públicas de distintos ámbitos en su país.

Futbolistas como Lionel Messi y Juan Román Riquelme -a quien lo unía una gran amistad como buen hincha de Boca Juniors-, políticos como Cristina Fernández, el gobernador de Entre Ríos, Rogelio Frigerio y, por supuesto, colegas musicales como David Lebón, Fito Páez, Víctor Heredia, Ricardo Mollo, Fabiana Cantilo y un larguísimo etcétera, han expresado tristeza por su partida y admiración por su legado. Su cómplice en Los Redondos, el guitarrista Skay Beilinson, escribió en sus redes sociales: «Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje mi querido amigo, hasta siempre».

Indio Solari: Un fenómeno argentino

Como mencionó el sociólogo Pablo Semán, en una de las tantas notas que se han publicado en estos días, en los principales diarios locales -Clarín, La Nación, Página 12- y en el portal Infobae, es un fenómeno que solo pueden entender los argentinos, como la devoción por Diego Armando Maradona o Evita Perón. De hecho, hay quienes ya comentan que las masivas reacciones de dolor generadas por la muerte del Indio Solari han sido tan grandes como las de la recordada política y la del astro del fútbol.

Carlos Alberto Solari, “El Indio” -mote inspirado en un jugador setentero de Estudiantes de La Plata, Jorge “El Indio” Solari-, nacido en la provincia de Entre Ríos, en la región del Paraná, no era la típica estrella de rock. Vestido siempre de manera muy sencilla, con su característica calvicie y lentes oscuros, conquistó a las multitudes con letras poéticas que cubrían desde sus situaciones personales hasta de represión, procesos sociales y política. En su voz cálida y clara había cercanía, sencillez, rebelde sentido del humor y aguda sensibilidad, suficientes elementos para generar un vínculo irrompible con la gente de abajo.

En el documental Tsunami: Un océano de gente, que registra los preparativos para un concierto ante más de 200,000 personas en Tandil, en el año 2016, el periodista y productor Mario Pergolini le hace una extensa entrevista donde expresa agradecimiento hacia sus fieles “ricoteros”, una familia gigante que, diez días después, sigue despidiéndose de él y colocando en obituarios impresos, en lugar del año 2026, el símbolo matemático del infinito (∞) como su fecha de muerte, señal inequívoca de que lo tendrán presente por siempre.

Redondos: Los Grateful Dead sudamericanos

Entre 1984 y 1994, las emisoras radiales y programas de videos musicales en Lima deben haber repetido hasta el cansancio cientos de canciones de rock en español, la mayoría de grupos argentinos. Ni una sola fue de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota quienes durante esa década consolidaron su estatus como banda de culto con una fanaticada en constante crecimiento gracias al boca-a-boca y ninguna promoción por parte de la industria musical argentina oficial ni presencia en el canal musical MTV, versión Latinoamérica.

A inicios de los noventa, sus recitales comenzaron a hacerse cada vez más grandes. Para ellos era normal llenar de tope a tope -cancha y tribunas- estadios de fútbol -de Gimnasia y Esgrima, Huracán, el Monumental de River-, sin que sus canciones compartieran rankings con aquellas de Soda Stereo, Enanitos Verdes, Charly García o Fito Páez y, a diferencia de estos grandes nombres del rock gaucho, jamás hicieron giras fuera de Argentina con la excepción de Uruguay.

Sus masivas presentaciones en vivo eran conocidas como “misas ricoteras” donde las mareas humanas coreaban todas y cada una de las canciones, sin descanso. Como ocurrió con la banda norteamericana Grateful Dead, caravanas iban de ciudad en ciudad siguiéndolos, en un peregrinaje musical que por momentos adquiría ribetes místicos. Las grabaciones de sus conciertos pasan de mano en mano desde hace décadas. Y, para mayor asociación de ideas, los seguidores de Los Redondos se hacían llamar “Ricoteros”, nombre equivalente a los “Deadheads” del fabuloso conjunto psicodélico hippie dirigido por Jerry García y Bob Weir.

Patricio Rey sus Redonditos de Ricota: La prehistoria

Todo comenzó en la ciudad de La Plata entre 1976 y 1978, cuando se formó un colectivo artístico que, en medio de la dictadura de Videla, decidió armar “quilombos” contraculturales que tenían de todo, desde actos circenses, monólogos y bailes exóticos hasta rock and roll. Los miembros de la banda eran entonces Carlos “El Indio” Solari (voz), Eduardo “Skay” Beilinson, Alberto “Beto” Verne, Basilio Rodrigo, Iche Gómez (guitarras), Daniel Fenton (bajo), Ricky Rodríguez (violín), Bernardo Rubaja (teclados), Juan Carlos Barbieri (batería) y el maestro de ceremonias, Sergio “Mufercho” Martínez.

La mitología del grupo se comenzó a gestar en esos primeros recitales en el Teatro Lozano (“Los Lozanazos”), donde además de música había payasos, acróbatas y el “Ballet Ricotero”, tres muchachas que según crónicas de la época “dejaban poco a la imaginación”. Esas actuaciones de las cuales no hay registros fílmicos, les trajeron varios problemas con la policía, por lo que Solari y Beilinson decidieron concentrarse más en el aspecto musical.

En esos años solían repartir a los espectadores unos buñuelos redondos rellenos de queso ricota, ingrediente de origen italiano muy común en la gastronomía platense, que preparaban siguiendo la receta de una conocida cocinera local, Patricia Rey, de donde terminó saliendo el nombre del grupo pero masculinizando al personaje central, aunque existe otra leyenda urbana según la cual “Patricio Rey” era el pseudónimo de una especie de gurú callejero, un vendedor humilde que la banda habría conocido en sus inicios.

1982-1989: Los primeros discos

Entre 1978 y 1982, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota siguieron realizando giras, bajo el liderazgo musical de Indio Solari y Skay Beilinson y la mano administrativa de Carmen “La Negra Poli” Castro, pareja del guitarrista. Ellos tres formaban el núcleo de la banda, al que se sumó el pintor Ricardo “Rocambole” Cohen -de una comuna hippie argentina llamada La Cofradía de la Flor Solar que albergaba músicos, artesanos y artistas plásticos- como diseñador de las carátulas de todos sus álbumes, quien combinaba su críptico estilo con referencias a hechos históricos mundiales y de Argentina, así como a artistas clásicos como Caravaggio o Goya.

Aquel 1982, el cantante ítalo-británico Luca Prodan (1953-1987), líder de Sumo, reemplazó al Indio Solari en un recital de Los Redondos en La Plata, un momento único en la historia del rock argentino. La afinidad entre ambas bandas terminó en una sólida amistad y admiración mutuas, al punto que una letra escrita por Solari se convirtió en Mejor no hablar de ciertas cosas, clasicazo del LP debut de Sumo, Divididos por la felicidad (1985).

En 1985 se publicó Gulp! (Wormo Discos), el debut en estudios de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, entonces integrado por Indio Solari (voz), Skay Beilinson, Tito Fargo (guitarras), Daniel “Semilla” Bucciarelli (bajo), Willy Crook (saxo) y Juan “Piojo” Ábalos (batería). Siguieron tres álbumes más, el excelentemente político Oktubre (1986), Un baión para el ojo idiota (1988) y ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado (1989), con Sergio Dawi (saxo) y Walter Sidotti (batería) reemplazando a Crook y Ábalos, respectivamente.

1991-2001: La década ricotera

A partir del quinto disco La mosca y la sopa (1991), que incluye Un poco de amor francés, uno de los favoritos en concierto, sus recitales comenzaron a tener enormes niveles de convocatoria, con públicos que superaban las 25,000 o 35,000 personas. Aunque ya en 1989 habían llenado el complejo deportivo Obras Sanitarias de Buenos Aires -algo que solo había logrado Soda Stereo, con quienes la prensa inventó una inexistente rivalidad-, es en la primera mitad de los noventa que las llamadas “misas ricoteras” adquieren proporciones épicas.

Lamentablemente, tales aglomeraciones de gente siempre traen consecuencias, algunas de ellas graves. La banda, cuyo estilo rocanrolero había influenciado a otros conjuntos como Los Piojos, Ratones Paranoicos, La Renga y Divididos, generaba momentos de euforia colectiva y enfrentamientos con las autoridades. En 1991, durante un espectáculo, precisamente, en Obras, la policía detuvo a decenas de personas, entre ellas un jovencito de 17 años, Walter Bulacio, quien falleció cinco días después en extrañas circunstancias, después de haber sido abandonado por los agentes federales en una ambulancia. No sería el único incidente de violencia relacionado a Los Redondos durante la década.

Los siguientes discos Lobo suelto, cordero atado Vol. 1 y 2 (1993), que incluye otro himno ricotero, Un ángel para tu soledad, y Luzbelito (1996), cimentaron su estatus de culto con más recitales multitudinarios y permanentes desencuentros con las autoridades con El Indio Solari convertido en un verdadero ídolo de masas. Los álbumes finales en estudio, Último bondi a Finisterre (1998) y Momo sampler (2001), les trajeron algunas críticas por su incorporación de sonidos electrónicos, aunque siguieron llenando estadios tanto en Argentina como en Uruguay.

Otra tragedia aceleró el proceso de separación de la banda, iniciado por una discusión entre Indio Solari y la pareja Skay Beilinson/La Negra Poli por la tenencia de videos de sus conciertos. En una de sus presentaciones, ante 45,000 personas en el Estadio Chateau Carreras (Córdoba), un espectador murió al caer desde una de las tribunas. Al conocerse los hechos, el grupo decidió separarse, una historia que se cuenta en el libro La última noche de Patricio Rey, escrito por los periodistas Martín Correa, Humphrey Inzillo y Pablo Marchetti. Aquel concierto, realizado el 4 de agosto de 2001, fue el último de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

El sonido de Los Redondos

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota son, básicamente, una banda de rock. La complicidad musical existente entre el cantante Indio Solari y el guitarrista Skay Beilinson es responsable de esos himnos que desataron más de una vez el pogo más grande del mundo ejecutado por decenas de miles de argentinos hartos de la inconsistencia moral de sus autoridades, la discriminación social y la incertidumbre por un futuro sin oportunidades.

Canciones como Superlógico, La bestia pop (Gulp!, 1985), Preso en mi ciudad, Música para pastillas (Oktubre, 12986), Todo preso es político, Vencedores vencidos, Vamos las bandas (Un baión para el ojo idiota, 1988), La parabellum del buen psicópata o Maldición, va a ser un día hermoso (¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, 1989) son buenos ejemplos de clásicos ricoteros. Pero, de todas ellas, la más representativa es Ji ji ji (Oktubre, 1986), con la que solían cerrar sus conciertos, cuya letra tiene más de una interpretación debido a su tono oscuro y misterioso. El único disco oficial en concierto, En directo (1992), contiene actuaciones en Buenos Aires y Montevideo con la formación definitiva: El Indio Solari (voz), Skay Beilinson, Gabriel Jolivet (guitarras), Daniel “Semilla” Bucciarelli (bajo), Walter Sidotti (batería) y Sergio Dawi (saxo).

En los estudios, por su parte, contaron con la colaboración de grandes personajes del rock argentino. El más notable es, definitivamente, Lito Vitale, quien fue ingeniero de sonido en sus primeros discos y posteriormente colocó su piano y teclados en varios momentos hasta 1998. Cantantes como Claudia Puyó y Fabiana Cantilo, famosas por su asociación artística con el rosarino Fito Páez, hicieron coros en varias grabaciones ochenteras de Los Redondos, lo mismo que Las Blacanblus, cuarteto femenino que fue parte de las giras desde 1995 en adelante.

El Indio Solari después de Los Redondos

Desde el 2003, Carlos “El Indio” Solari volvió a los escenarios al frente de una nueva banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, llevándose consigo la devoción masiva por sus letras y gestos, con enormes públicos coreando letras políticas como Pabellón Séptimo (Relato de Horacio) o personales como Y mientras tanto el sol se muere…. Solari siguió remeciendo los estadios de Argentina con sus presentaciones cargadas de emotividad y fibra rockera, combinando temas nuevos con clásicos ricoteros de todas sus épocas. El flaco Skay, por su lado, siguió tocando música de Los Redondos con su banda Los Fakires, ante públicos más reducidos.

En esta nueva banda estuvo acompañado por Gaspar Benegas, Baltasar Comotto (guitarras), Marcelo Torres (bajo), Pablo Sbaraglia (teclados, guitarras, coros), Hernán Aramberri (batería), Sergio Colombo (saxo) y Miguel Ángel Tallarita (trompeta), además de Luciana Palacios y Deborah Dixon, una de las Blacanblus, como coristas. En el 2007, Marcelo Torres, ex bajista de Spinetta y Los Socios del Desierto, fue reemplazado por Fernando Nalé y Hernán Aramberri dejó su puesto al ex baterista de los metaleros A.N.I.M.A.L., Martín Carrizo.

Precisamente, una de las acciones que mejor describe el carácter solidario del Indio Solari tiene que ver con Carrizo. Cuando fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica, Solari recaudó fondos para su colaborador y amigo a través de distintas campañas e incluso donó toda la recaudación de uno de sus multitudinarios conciertos para cubrir gastos de su tratamiento. Finalmente, la terrible ELA acabó con la vida de Carrizo, quien falleció el 2022 a los 50 años.

Junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Solari publicó los siguientes discos: El tesoro de los inocentes (2004), Porco Rex (2007), El perfume de la tempestad (2010), Pajaritos, bravos muchachitos (2013), En vivo (2015) y El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), este último lanzado cuando ya había decidido retirarse de los escenarios al anunciar que tenía Parkinson y la banda seguía tocando con Pablo Sbaraglia asumiendo el rol de vocalista.

Su último recital fue en marzo del 2017, en un lugar llamado La Colmena en la ciudad bonaerense de Olavarría. Este concierto batió todos los récords de asistencia en Argentina, entre 300 mil y 400 mil personas que hicieron realidad aquello del “pogo más grande del mundo”. Lastimosamente, el saldo fue de dos personas muertas, decenas de heridos y detenidos. La última aparición pública de Carlos Alberto “El Indio” Solari fue en el 2022 cuando recibió el grado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Buenos Aires. Tres años antes, Indio Solari publicó una jugosa autobiografía titulada Recuerdos que mienten un poco, que se convirtió en uno de los libros más vendidos en la historia de Argentina.

[OPINIÓN] Las proyecciones de quienes, por diferentes razones que van desde la revisión obsesiva-compulsiva de las actas publicadas en el portal oficial hasta la posibilidad de recibir información anticipada a través de contactos por aquí y por allá, vaticinan que esa mínima distancia irá creciendo, casi hasta alcanzar la misma que Pedro Castillo le sacó a Keiko en ese otro final de fotografía, el de hace cinco años.

A estas proyecciones, en apariencia imparciales, se vienen sumando distintas informaciones que señalan denuncias concretas de acciones extrañas en el procesamiento de los votos de peruanos en el extranjero. Audios de conocidos operadores del fujimorismo, la aparición de Alfredo Torres anticipando posibles errores de su infalible encuestadora, videos en redes sociales. El semanario Hildebrandt en sus Trece tiene un par de piezas muy detalladas sobre esa situación.

Para quienes, desde distintos ámbitos, hemos contribuido de forma anónima, constante y desinteresada -sin promesas de cargos o remuneraciones, sin atajos para conseguir beneficios de ningún tipo- a la lucha ciudadana para combatir al fujimorismo, este revés electoral, esta derrota anunciada antes que acaben los conteos oficiales, constituye un golpe personal, una afrenta, un pisoteo de todo lo que creímos que había comenzado a erradicarse el 2001 con la salida de Alberto Fujimori y su posterior captura, cuatro años después.

Se trata de una victoria electoral construida a cuentagotas con los votos indiferentes de dos bandos específicos, hermanados por la indiferencia y ese regodeo por defender incomprensibles posturas racistas y clasistas no basadas en ideología sino en la más auténtica ignorancia y el desprecio por el otro, astutamente disfrazado de oposición al «comunismo».

Por un lado, los votos de “la desquiciada masa capitalina” como apuntó el caricaturista Carlos “Carlín” Tovar hace unos días. Tanto Lima Metropolitana, desde San Isidro/San Borja hasta Ate/San Juan de Lurigancho, desde Surco hasta Villa El Salvador; y su anexo histórico, el Callao, como las demás provincias de la región Lima, con excepción de Yauyos, Oyón y Huarochirí, han votado masivamente por Keiko Fujimori, lo cual extiende sobre ellos un manto de vergüenza que alguna vez, en el futuro inmediato, les quitará el sueño y cuestionará sus conciencias, si acaso tienen.

Y, por el otro lado, los hoy famosos y determinantes votos de los peruanos en el extranjero que en elecciones pasadas eran casi parte de la anécdota. La mayoría de los peruanos en el extranjero es una “raza distinta” que, habiéndose desconectado de la realidad de su país, por necesidad extrema, por superficial cosmopolitismo o cualquier otra combinación de factores, termina dirimiendo sobre lo que va a pasar los próximos cinco años en el lugar donde eligieron no vivir, de espaldas a esos compatriotas a quienes no reconocen como tales y condenándolos de manera infraterna, insolidaria, a la oscuridad que ellos no sentirán allá en Buenos Aires, en Madrid, en Tokio o en Nueva York.

En ese sentido, la tienda ganadora, la de Fuerza Popular, tiene en realidad muy poco qué celebrar, más allá del reduccionismo idiota del “jojolete” que probablemente, como en los grupos de WhatsApp que compartimos con amigos del colegio y la universidad, terminará manifestándose de una u otra forma entre algunos actores políticos y mediáticos, interesados en seguir presentando este proceso desordenado, viciado desde su origen por vacíos de la ley electoral, como si fuera la simplona dicotomía de un partido de fútbol o una competencia infantil.

Ha sido un triunfo el de Fuerza Popular, sí. Pero un triunfo agónico, logrado en los días finales, en momentos en que ni ellos mismos lo creían posible. Ya habrá tiempo para análisis más profundos, revisión de estrategias, develación de misterios, establecimiento de responsabilidades. Lo que se ve ahora, en este primer tramo del final, es que no parece una victoria de la que los ganadores puedan sentirse muy orgullosos.

Porque después de todo, que el partido que reivindica al Fujimorato (1990-2001) vaya a ganar por apenas 40 o 50 mil votos teniendo todo a su favor –“la gran prensa”, el empresariado, ocho de cada diez personas de cada grupo privado de WhatsApp hablando de comunismo y calificando a quienes se oponían  Fuerza Popular de “rojetes”, “caviares” y demás ñoñeces desinformadas- da cuenta del rechazo que genera en, casi literalmente, la mitad menos uno de electores en el Perú, en términos porcentuales.

Pero si esa certeza puede funcionar como una especie de bálsamo para quienes estamos viviendo días de desasosiego, de una pena casi equiparable a la que produce la muerte de un familiar, un vacío en el pecho que crece cuando uno se pone a pensar en los años noventa o en todo lo ocurrido en el decenio 2016-2026, si esa constatación numérica, digo, permite atravesar con entereza este duelo electorero, hay otra que indigna, que rebela y revuelve el estómago.

Esa otra certeza es ver cómo la mitad más uno de nuestros compatriotas, en zonas urbanas de Lima y regiones de la costa norte, costa sur y oriente, esos que sí viven aquí, prefirió darle sus votos a Fuerza Popular sin detenerse a reflexionar, dejándose llevar por el frenesí del falso y tendencioso temor que les vienen infundiendo desde hace años, de que cualquier agrupación que esté orientada hacia la izquierda -que, en este proceso, se llamó Juntos por el Perú- es sinónimo de terrorismo. Con todos sus resquemores y justificados cuestionamientos, no se acercaba ni por asomo a la amenaza nociva y dictatorial del fujimorismo.

No estamos hablando aquí de opiniones personales sino de hechos investigados y confirmados, pero sobre todo padecidos por trabajadores peruanos que ven cómo los dueños se siguen enriqueciendo sin que sus situaciones cambien, por familias peruanas cuyos hijos fueron desaparecidos. No importa si fue en 1992 o en el 2022, si fue en algún caserío de Huancavelica o Ayacucho, o en la Plaza Francia, en el centro histórico de Lima. No importa si fue el Grupo Colina o los militares bajo las órdenes de Dina Boluarte, a quien la bancada naranja protegió mientras le fue útil. Hay cientos de páginas web con los detalles, las fechas y los nombres, los testimonios y los números.

A todo eso, la mitad más uno del Perú le acaba de entregar el último bastión de lo que podría haber sido contrapeso a la acumulación de poder que ya ostentaba, el Poder Ejecutivo. Y la mitad menos uno, entre acongojada y confundida, se pregunta: “¿Y ahora… qué?” Esa mitad menos uno está en pleno proceso de reconstrucción de su ánimo, para sobrellevar la avalancha de celebraciones que, en cuestión de días, Perú 21 y El Comercio, Willax y Panamericana Televisión, encabezarán sonrientes como si se tratara de un “gran triunfo democrático” y negando, como ya lo vienen haciendo algunos “líderes de opinión”, todo el daño que Fuerza Popular y su aplanadora congresal ha venido haciéndole al Perú.

En el entorno digital y las redes sociales, donde se libró la verdadera contienda, estuvo la voz de los que no tienen voz, de quienes no la tendrán en el próximo quinquenio. Y quién sabe, más allá.

En medio de ese ecosistema nuevo, de comunicadores valientes -algunos provenientes de la prensa tradicional- y combativos, se alzó la figura del politólogo y YouTuber Carlos León Moya quien actuó, primero, como parte del equipo de asesores de los contrincantes de Fuerza Popular en primera y segunda vuelta -Ahora Nación y Juntos por el Perú, respectivamente-; donando para ello su tiempo y experiencia en anteriores campañas políticas. Y luego, como contención emocional para esa mitad menos uno, poniendo su unipersonal de humor negro político “Voto Irresponsable” en una posición aparentemente desventajas en términos algorítmicos, dando información para entender los resultados y apoyo moral para asestar el golpe con hidalguía.

A diferencia de sus pares, León Moya puso a un lado la comprensible necesidad de monetización y la cauta neutralidad de sus colegas para comportarse como la gente de a pie que ve la injusticia frente a sus ojos y no puede hacer nada. Se la jugó y su público le brindó, en respuesta, genuinas expresiones de agradecimiento, del mismo modo en que lanzó reproches, también genuinos -sin consignas políticas de por medio, sin ser troles pagados por algún candidato- a quienes no se la jugaron.

Toca aceptar los resultados, demostrando talante democrático y alejándose de posturas fraudistas que, en otros procesos, mostraron desembozadamente quienes hoy ganan con las justas. Incluso con todas estas nuevas informaciones que revelarían el operativo montado para convertir a los otrora intrascendentes votos del extranjero en el puntito extra que necesitaban para convertirse en el 50.01%, suficiente para quedarse por delante del 49.99% del contrario.

Y tocará también estar vigilantes, pero de forma más cínica y lejana, porque habrá luchas desiguales en las que el rol protagónico deberán tenerlo los mismos jóvenes que ayudaron al triunfo de quien les arrebatará, probablemente, hasta el último brote de esperanza que les quede.

El Perú no pertenece a ninguna de las dos mitades. Que la mitad más uno celebre y la mitad menos uno llore es síntoma de que seguimos sin darnos cuenta de que nuestra nación está rota, está enferma. Y, como ocurre con toda enfermedad, si realmente queremos combatirla, hacerla retroceder, aceptarla es es lo primero que deberíamos hacer para comenzar a recuperarnos, algo que seguramente no pasará en los próximos cinco años.

[Música Maestro] OTROSÍ: Tres noticias de primer nivel esta semana en el mundo de la música popular: el 2 de junio falleció Peabo Bryson (75), una de las mejores voces de su generación, ganador del Oscar por icónicas baladas para películas de Disney. El sábado 6, Rush regresó a los escenarios y dejó deslumbrado a su público. Y el viernes 5, el pueblo argentino quedó conmocionado por el fallecimiento del Indio Solari (77), vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, movilizando multitudes en su despedida. Más de esos eventos en las próximas semanas…

Boards of Canada: Un regreso brillante

Después de trece años, Boards Of Canada edita un disco nuevo que ha alborotado a los amantes de la electrónica y la música no convencional. El dato, que es definitivamente notorio, es solo la confirmación de que los hermanos escoceses suelen tomarse las cosas con calma, puesto que para sus álbumes previos se demoraron, respectivamente, ocho, siete y cuatro años. Claro, este es el hiato más largo entre lanzamientos, pero tampoco es que deba sorprendernos tanto su espaciada periodicidad.

Inferno es el título de este álbum -¿el infierno de Dante? ¿el infierno en la tierra? ¿Gaza?-, el quinto de su discografía oficial, décimo si tomamos en cuenta los cinco EP que, como suelen hacer las bandas independientes, Boards of Canada lanza de cuando en cuando -décimo primero si nos fijamos en Acid memories (1989), una de las joyas perdidas a la que solo han tenido acceso familiares, amigos cercanos y los más fanáticos-; y contiene todos los elementos que han convertido al dúo en un acto de culto global, con ciudades como Londres, Tokio, Nueva York y Amsterdam rindiéndose ante esta nueva selección de sonidos espectrales y nostálgicos, brillantes y misteriosos.

Hace unas semanas, con motivo de la promoción de este álbum, más de una hora de música espacial, relajante y, por momentos, conmovedora, se difundió una nota en que el tándem había expresado su malestar por el uso de una de sus grabaciones en videos propagandísticos nada menos que de la Casa Blanca, lo cual les dio bastantes titulares alrededor del mundo.

Previamente, los hermanos Sandison y sus cómplices en Warp Records, su casa discográfica desde el debut de 1998, el sorprendente Music has the right to children, habían puesto en marcha una de esas idiosincráticas estrategias de suspenso con las que acostumbran crear expectativa cada vez que deciden exponer sus creaciones musicales. Pero, ¿quiénes son Boards of Canada?

Una banda de hermanos

Michael (55) y Marcus Sandison (53) nacieron en Escocia, en una pequeña villa, Cullen, ubicada en la costa superior del país del whisky, las gaitas y los hombres en falda, teniendo como frontera el Mar del Norte, esa extensión del Atlántico que baña sus costas. Pero vivieron casi dos años, cuando ambos tenían 9 y 7 aproximadamente, en la ciudad de Calgary, la más grande de Alberta, una de las más provincias más importantes del lado anglófono de Canadá.

¿La razón? Su padre trabajaba en el sector construcción y fue destacado allá para integrarse al equipo que levantó una de las edificaciones más conocidas del país norteamericano, el Scotiabank Saddledome -llamado así porque su techo tiene forma de una montura de caballo-, arena en la que se realizan conciertos masivos y eventos importantes de alto nivel como los juegos olímpicos de invierno.

En aquellos años infantiles, los hermanos se hicieron fanáticos de los documentales y programas para niños producidos por la Oficina Nacional de Cine de Canadá (National Fim Board of Canada, en inglés) por lo que el nombre de su proyecto musical, que iniciaron a mediados de los años ochenta ya de vuelta en su país natal -esta vez en Edimburgo, una de sus principales ciudades-, es una íntima y directa conexión con sus años de libertad, crecimiento y desarrollo socioemocional.

Música electrónica inteligente

Se puede pensar en varias cosas a la vez cuando uno recorre las grabaciones de Boards of Canada. Más allá de las diferencias y cambios anímicos que motivan a los músicos en cada lanzamiento, hay varios temas en común que le dan a su discografía unicidad y coherencia. No se trata de dos improvisadores que juguetean con aparatos y tecnología para conseguir lo que no podrían usando instrumentos tradicionales. Ambos son bastante eficientes en guitarras, bajos, teclados y baterías -crecieron en una familia muy musical- y eso lo mezclan con su dominio de herramientas tecnológicas.

Su manipulación sonora tiene más que ver con llevar el arte musical un paso adelante, como en su momento lo hicieron pioneros de la música electrónica como Vangelis (Grecia), Jean Michel Jarre (Francia), Wendy Carlos (Estados Unidos) o Conny Plank (Alemania), solo por mencionar a cuatro personajes fundamentales para la evolución de este género a mediados de los años setenta, es decir hace más de cinco décadas. Y los Boards of Canada lo vienen haciendo desde hace ya más de un cuarto de siglo.

La IDM -Intelligent Dance Music- es una rama de la música electrónica cuyos orígenes podemos trazar en el trabajo de artistas no relacionados al pop-rock convencional, como el japonés Ryuchi Sakamoto en sus tiempos ochenteros junto a Yellow Magic Orchestra o la ola alemana del krautrock más espacial, aquella que inspiró a Brian Eno en su paso por Harmonia. Boards of Canada han declarado en más de una oportunidad su devoción por estos experimentadores, así como por personalidades más contemporáneas como Aphex Twin, Autechre -que fueron algo así como sus padrinos- u Orbital, otro dúo de hermanos.

Post-rock, techno-folk, psicodelia y progresivo

Pero las producciones de Boards of Canada también pueden conectarse con otras vertientes de la música popular contemporánea no convencional, como por ejemplo los extremos más volátiles y etéreos del rock progresivo -el kosmische rock, por ejemplo, o el ya mencionado kraut- en conjunción con ritmos más asociados al techno, el trip-hop y géneros más modernos/alternativos como el post-rock. Desde los norteamericanos Tortoise hasta los islandeses Sigur Rós, lo de Boards of Canada se inscribe en esa (ya no tan) nueva generación de músicos que fluye al margen de Taylor Swift y Ed Sheeran.

En varios pasajes de sus siempre extensos discos -canciones básicamente instrumentales, conectadas muchas veces por viñetas de menos de un minuto y uso masivo de voces, conversaciones y efectos de sonido que van desde aleteos hasta el vuelo de helicópteros- hay ecos de Pink Floyd y Massive Attack, de Seefeel y Pet Shop Boys, de The Cure y de Mogwai, de Moby y Tangerine Dream. Especialmente, ciertas atmósferas creadas en sus canciones -especialmente las electroacústicas- me traen a la memoria a bandas como Mojave 3 o Fleet Foxes, representantes del indie-folk o, como suelen rotular otros, “pop de cámara”.

El diablo está en los detalles

Así se titula uno de los temas de Geogaddi (2002), el segundo disco de larga duración de Boards of Canada y, probablemente, lo mejor que han hecho hasta antes del estrenado Inferno, dentro de una discografía que es, en líneas generales, bastante consistente con la calidad y el trabajo serio de estos todavía jóvenes compositores y multi-instrumentistas que se colaron, casi desde el anonimato, en las preferencias de amplios sectores de público interesado en lo experimental y lo contemplativo, en la música que activa emociones y que está abierta a interpretaciones múltiples.

Ese álbum, en el que se mostraron un poco más oscuros e indescifrables que en su aclamado debut, con una serie de mensajes subliminales incrustados en las canciones a manera de sampleos de audios -voces distorsionadas extraídas de fuentes diversas -programas antiguos de televisión, voces de niños, entrevistas científicas- al estilo de los que hizo Pink Floyd en Dark side of the moon (1973), solo por citar una referencia más o menos reconocible por todos.

Conexiones con la numerología, la filosofía ambientalista, el ocultismo y la combinación de naturaleza y tecnología que, como decíamos, los liga al trabajo auroral de creadores como Vangelis o Jarre, terminan siendo novedosas en un mundo como el de hoy, que en los aspectos más superficiales del arte y específicamente de la industria musical, está más preocupado por generar estímulos hacia afuera, con poco o nulo espacio para una verdadera introspección y para el surgimiento de emociones dicotómicas -tranquilidad/angustia, relajación/tensión, seguridad/incertidumbre- capaces de ocasionar respuestas tanto sensoriales tanto psíquicas.

En una entrevista que concedieron al diario y web británica The Guardian, con respecto a los mensajes casi apocalípticos de su tercera producción oficial, The campfire headphase (2005), Michael Sandison deja más o menos clara la posición que adopta Boards of Canada como artistas frente al mundo del siglo XXI y su inevitable declive: “Nos hemos vuelto más nihilistas con el pasar de los años. De alguna manera estamos celebrando la idea de un colapso en lugar de resistirnos a ella”.

El culto por Boards of Canada

Artistas importantes surgidos en la década de los noventa como Björk o Radiohead han declarado ser seguidores de Boards of Canada y de su enigmática forma de afrontar su papel como artistas musicales. Pero, además de estas adhesiones obvias -por afinidades sonoras, por contemporaneidad- una de las cosas más sorprendentes es la cantidad creciente de público que ha abrazado la propuesta del dúo escocés, una extensa minoría de seres humanos que no sienten ninguna conexión con las banalidades del pop actual.

Conocidos mundialmente por su carácter elusivo, casi antisocial, los hermanos Sandison establecieron su perfil desde el comienzo. En ninguno de sus lanzamientos muestran sus rostros y difícilmente han concedido entrevistas, más allá de una que otra a medios prestigiosos The Guardian o especializados -y también prestigiosos- como NME y Pitchfork, para las cuales ponen estrictas reglas como, por ejemplo, nunca hacerlas en persona, solo por correo electrónico ni juntos desde el mismo lugar.

Tampoco hacen conciertos -una decisión que, por ejemplo, hizo conocida en los setenta y ochenta a una gran experimentadora, la británica Kate Bush- y sus campañas promocionales suelen ser misteriosas y creativas: vinilos con extraños audios en los anaqueles de las tiendas, códigos de barras que deben ser descifrados, envío de cintas de VHS por correo a los domicilios de quienes compraron su disco anterior.

Todo esto, además de la innegable calidad de su música, hacen de Boards of Canada una banda atractiva, ligeramente oscura y humanamente cálida a la vez, virtudes que promueven vínculos de identificación y complicidad emocional con sus oyentes, un fenómeno similar al que generaron en los noventa otros escoceses, los reyes del indie-pop, Belle & Sebastian.

Un sonido que une pasado y presente

Michael y Marcus tienen un sistema de trabajo muy cuidadoso pero, a la vez, relajado, como ellos mismos detallan: “En el estudio, no hay roles necesariamente definidos, nos vamos lanzando ideas de ida y vuelta. A veces tocamos sobre una base principal, otras uno de nosotros comienza algo y lo va armando, o viceversa. No tenemos un solo método ni funciones particulares, porque cambia de canción a canción. Ambos escribimos melodías pero también ambos manejamos aspectos técnicos, de modo que el proceso es impredecible y algo caótico”.

En cuanto la instrumentación, los Sandison son la mejor fuente de información: “Definitivamente, somos fanáticos de los equipos viejos, estilo vintage. Todo lo que usamos es decrépito. Nuestro estudio está rodeado de cosas de madera y luces LED. Hacemos todo lo posible por conseguir un instrumento específico solo para obtener un sonido particular. En cuanto a nuestra percusión, nunca es solo una caja de ritmos o un sampleo, ponemos mucha batería o percusiones reales en vivo, entretejidas en las pistas rítmicas”.

Desde las atmósferas electrónicas de su primer EP, Twoism (1995) hasta las ondas electroacústicas de The campfire headphase (2005); desde los golpes rítmicos y los efectos vocales de Geogaddi (2002) hasta los vuelos casi new age de Trans Canada highway (2006, el extended play que precede a sus dos últimos larga duración); del trip-hop semi-psicodélico de Music has the right to children (1998) a la diversidad instrumental de Inferno (2026), la música de Boards of Canada, descrita por el periodista Simon Reynolds como “un sonido difuso de tonos de sintetizador borrosos y una producción analógica deteriorada, sostenido por ritmos pacientes y sonámbulos, cargados de nostalgia”, es siempre una caja de sorpresas que une pasado y presente en una corriente fluida de sonidos y sensaciones agradables.

Música de colores

Esa melancolía casi asociada a la sinestesia -escuchar el turquesa, oler el marrón claro, saborear el verde- se apoya también en el aspecto visual de las carátulas de sus discos, otra de las características que comparten con sus compatriotas Belle & Sebastian. El uso de imágenes alteradas digitalmente -los rostros borrados de los personajes del primer álbum, los árboles de incandescentes tonos naranjas del segundo- con una tipografía limpia y escenas brumosas, se combina con las referencias a su propio paquete de influencias artísticas.

Así, tenemos que la carátula de Twoism (1995) nos remite a Daft Punk mientras que la de Trans Canada highway es una mención evidente a Kraftwerk. La foto del horizonte en Tomorrow’s harvest (2013) nos hace recordar al álbum Cluster & Eno (1977), a pesar de que reemplazan los simbióticos arbustos por los fríos edificios de San Francisco. Y las letras que usan para el nombre de la banda en Inferno, su más reciente disco, nos remite tanto al pop-rock psicodélico de los años setenta como a la estética de los programas de televisión de la época, como los que producían Transtel (Alemania) o la NHK (Japón).

Para trabajar, Boards of Canada se interna en sus propios estudios de grabación, llamados The Hexagon Sun, un bunker ubicado en Pentland Hills, una zona rural de Escocia. Desde allí cocinan estas maravillosas oleadas de tecnología retro, creatividad instrumental y conceptos que van de lo espiritual a lo fantasioso, intercambiando bajos, teclados, guitarras y baterías con un manejo electrónico inspirado en los padres del género. Como ellos mismos dicen: “Definitivamente, preferimos trabajar fuera de la ciudad porque en entornos urbanos es imposible evitar que te recuerden el año actual, las noticias, la música que suena en las radios, las modas, etc.”

[Música Maestro] Durante la primera semana de diciembre del año pasado, los salseros y melómanos lamentamos el fallecimiento del fundador y líder de El Gran Combo de Puerto Rico, don Rafael Ithier, como reseñamos en este artículo. Una noticia triste pero predecible a la vez para la comunidad salsera, pues el carismático director de orquesta y pianista tenía 99 años. Es decir, en términos prácticos, no era un acontecimiento extraordinario, como sí lo es que, hace apenas un mes, otro gigante de la salsa haya llegado a la sorprendente edad de 102 años.

Me refiero a Willie Rosario, conocido como “Mr. Afinque”. Aquí me atrevo a deslizar una duda: casi nadie, incluso entre salseros modernos, debe saber qué significa ese alias que repiten y repiten cada vez que lo mencionan. El caballero de los eternos lentes oscuros y la barba recortada, con sus casi dos metros de estatura, sigue dándole a los timbales, aunque por supuesto ya no como hace treinta, cincuenta o setenta años. Hace solo un par de meses, el director, productor y arreglista estuvo en el Perú con su orquesta, en un festival titulado Una noche de salsa, en su tercera visita a nuestro país.

En una edición de febrero de este año del programa de YouTube Más salsa que podcast, conducido por el periodista venezolano Beni Márquez, Willie Rosario ofrece una entrevista en la que se le aprecia lúcido, despierto, con los recuerdos de su amplísima trayectoria a flor de piel. El representante más longevo de la música latina conversa con soltura y pausa, compartiendo esa sabiduría y elegancia propia de quien construyó -junto con tantos otros músicos afrocaribeños, casi todos ya fallecidos- la salsa desde sus más elementales cimientos.

Willie Rosario y su orquesta la salsa quería empezar…

El nombre de Willie Rosario es muy poco mencionado por los comentaristas no especializados. Ni siquiera cuando escuchan la famosa salsa de El Gran Combo, No hay cama pa’ tanta gente, se dan cuenta de que está entre las célebres personalidades presentes en ese imaginario festín navideño organizado en casa de Octavio “Tavín” Ramos Pumarejo, un legendario comediante portorriqueño de los setenta y ochenta. Para ser exactos, se le nombra abriendo la segunda parte de la canción, luego del primer coro en que Charlie Aponte, Jerry Rivas y Luis “Papo” Rosario exclaman el mantra “¡pa’ fuera… pa’ la calle! que identifica esta popular canción del LP Nuestra música de 1985, escrita por Víctor Morales.

Nacido en 1924, el mismo año en que nacieron el cineasta armenio Sergei Parajanov, el actor norteamericano Marlon Brando o el guitarrista peruano Óscar Avilés, Fernando Luis Rosario Marín decidió dedicarse a la música desde muy joven. Luego de probar con el piano y la guitarra, quedó atrapado por los timbales, después de ver a Tito Puente en vivo en Nueva York. Al mismo tiempo, tomó una decisión que marcaría a fuego su estilo, ir en sentido contrario al virtuosismo sobrecargado del “Rey del Timbal” y dar protagonismo al ensamble para complacer a los bailadores.

Poco a poco, Rosario fue haciéndose un camino en la escena de música latina en la Gran Manzana. Incluso llegó a tocar, a finales de la década de los años cincuenta, con la orquesta de jazz del flautista Herbie Mann (1930-2003) y, paralelamente, estudió periodismo. Hasta condujo programas radiales, enfocándose en entrevistar a sus ídolos de entonces, como el cantante y director Tito Rodríguez (1923-1973) o el bajista Johnny Seguí (1922-2019), a cuya orquesta se integró. A inicios de los años sesenta ya estaba organizando su propio grupo para dar rienda suelta a sus innovadoras ideas musicales.

Latin-jazz, salsa y boogaloo

El sonido de la orquesta de Willie Rosario suele asociarse, con justicia, a lo que comúnmente se denomina “salsa dura”, sinónimo de lo que sería, para hablar con más propiedad, la salsa clásica. En otras ocasiones, he leído y escuchado a quienes se aventuran a llamarla “salsa progresiva”, tomando prestado un término proveniente del rock, debido a los arreglos complejos para metales, las líneas instrumentales sólidas y una relación permanente con el jazz.

Sin embargo, si queremos rotular su estilo, lo más preciso es incluirlo en la segunda generación de músicos de latin-jazz, aquella que combinó el mambo, el danzón, el guaguancó y otros ritmos afrocubanos con la música norteamericana que, en esas épocas, también poseía un brillo inmenso gracias a músicos de gran talento que venían llevándola del cool, el free-jazz y el bebop a fusiones más arriesgadas, en simultáneo con la edad dorada de crooners como Frank Sinatra, Tony Bennett y otros.

La orquesta de Willie Rosario grabó, entre 1963 y 1969, excelentes álbumes inscritos en dos subgéneros muy populares en su época, el boogaloo y el shing-a-ling, variaciones de ese latin-jazz que habían comercializado Tito Puente, Machito, entre otros, como en su momento también lo hicieron el flautista Johnny Pacheco, el conguero Ray Barretto o los pianistas portorriqueños Richie Ray y Eddie Palmieri. Además, en la tradición de La Sonora Matancera, hay en esos discos una amalgama de tonalidades, desde bailables y agresivas rumbas -como la alucinante Mi chamaco de 1967- hasta románticos boleros, muchos de ellos escritos por don Willie, a quien ya en ese tiempo se le conocía como “Mr. Afinque”.

Ese apelativo proviene de un uso boricua del verbo castizo “afincar”. Mientras que, en países de Sudamérica como el nuestro, el vocablo significa “establecerse o fijar residencia”, en la isla borinqueña es una expresión coloquial que sirve para describir a una pareja que baila muy pegada, apretada, “afincada”. Por eso se expandió la noción, al escuchar esas canciones cortas pero contundentes, de que el conjunto de Rosario tocaba “afincado” -léase apretado- y de ahí nació el alias de “Mr. Afinque” o “Señor Afinque”.

Inca Records y TH: Los años setenta

Sus primeros álbumes –El bravo soy yo (1963), Fabuloso fantástico (1965) o el espectacular Boogaloo & guaguancó (1967)- los grabó para Alegre Records y Discos BMC. Pero luego inició una larga relación con Inca Records, subsidiario de Fania, sello matriz del naciente género. Entre 1969 y 1977, Willie Rosario se consolidó como uno de los líderes de la salsa no producida directamente por Jerry Massucci y Johnny Pacheco -aunque cruzaron siempre sus caminos- y entregó discos de muy buena factura como Más ritmo (1972), Infinito (1973) -en el que destacan Juventud siglo 20 y Arrepentíos pecadores-, Otra vez (1975) y Gracias mundo (1977), conservando todavía el sonido entre lo tribal y lo jazzeado de sus inicios.

Para entonces ya eran una marca registrada en el sonido de Willie Rosario los tonos arrugados y graves del saxo barítono, un instrumento que adaptó para emular a uno de sus ídolos, el músico de jazz Gerry Mulligan (1927-1996), cuyos solos había escuchado en más de una ocasión en Nueva York. Canciones como La esencia del guaguancó (El bravo de siempre, 1969, también grabada por Johnny Pacheco), De Barrio Obrero a la 15 (Mr. Rhythm, 1971, tema que inició una estrecha relación con Cali, ciudad colombiana donde se ubica ese barrio) o Qué humanidad (Two too much, 1968) sirven como ejemplo de sus primeros usos de ese saxo infaltable en cada uno de sus álbumes y que, más tarde, influenciaron a orquestas como el Grupo Niche (Colombia), Los Adolescentes (Venezuela) e inspiraron canciones como Bailemos otra vez, del dominicano José Alberto “El Canario” (Mis amores, 1990).

La última mitad de los setenta los pasó con la disquera venezolana Top Hits, para lanzar interesantes discos como From the depth of my brain (1978), cuya carátula es una psicodélica ilustración sobre fondo anaranjado de un Rosario fantasmal con los brazos y la mirada hacia lo alto, emergiendo de un cerebro. En ese sello se quedaría hasta 1982, registrando álbumes de enorme éxito comercial como El rey del ritmo (1979), El de a 20 de Willie (1980), The portrait of a salsa man (1981) o Atízame el fogón (1982), con temas que actualmente siguen sonando en las pocas radios salseras que quedan.

Los primeros cantantes de Willie Rosario

En su primera etapa, alternaron en los micrófonos dos personalidades de amplio recorrido artístico con importantes bandas de la música afrolatina primigenia. El panameño Miguel Ángel Barcasnegras, más conocido como “Meñique”, había trabajado junto a Tito Puente; mientras que el portorriqueño Eladio Pequero Vega, más conocido como Yayo El Indio, aparece en cada álbum grabado por Rosario entre 1971 y 1982, aunque nunca como vocalista principal sino como corista. Yayo El Indio, como saben los más acuciosos, fue vocalista fijo de La Sonora Matancera entre 1971 y 1994, nada menos.

Hasta mediados de los años setenta, los vocalistas fueron Adalberto Santiago, famoso por sus grabaciones con Ray Barretto, Louie Ramírez, Larry Harlow y, por supuesto, la Fania All-Stars, Frankie Figueroa y José “Junior” Toledo, estos últimos los más identificados con el sonido muscular de Rosario en esos años. Luego, entre 1977 y 1979 el dúo de Junior Toledo y Guillermo “Guillo” Rivera fue el sonido definitivo de la orquesta, intercambiando y alternando roles con Yayo El Indio y Bobby Concepción.

Gilberto y Tony: Las estrellas

En los años ochenta ingresan dos jóvenes que causaron sensación tanto en la orquesta de Rosario como en sus trabajos posteriores, como solistas. Me refiero a Tony Vega, conocido por éxitos personales como Yo me quedo (1988, composición original de Pablo Milanés) o Lo mío es amor (1990), entre otras, quien llegó a los 23 años en 1980, proveniente de La Selecta de Raphy Leavitt y, algunos meses después, ya en 1981, Gilberto Santa Rosa quien con solo 19 años se unió a la línea delantera luego de pasar por la orquesta de otro grande de la salsa boricua, Tommy Olivencia. Ambos reemplazaron a Toledo y Rivera que, en 1980, lanzaron un LP titulado Se fugaron, en clara alusión a su salida de la orquesta.

Cuando Bobby Concepción decidió seguir otros proyectos por fuera, Vega y Santa Rosa quedaron como dúo hasta el álbum Nueva cosecha (1986). A este periodo pertenecen las canciones más populares de Willie Rosario como Mi amigo el payaso (El de a 20 de Willie, 1980, voz de Tony), La mitad (The portrait of a salsa man, 1981, voz de Gilberto), Busca el ritmo (The salsa machine, 1983, voz de Tony), Botaron la pelota (Afincando, 1985, voz de Gilberto) o Lluvia (Nuevos horizontes, 1985, cantada por ambos), una composición del cantante y pianista cubano Adalberto Álvarez (1948-2021) que también había sido grabada, un año antes, por la orquesta de Louie Ramírez y Ray de la Paz, para un LP titulado ¡Con caché! (Discos Caimán, 1984).

Gilberto Santa Rosa y Tony Vega brillaron como líderes de sus propias orquestas, cuando la salsa sensual o romántica, que el maestro Rosario llamaba “salsa monga”, comenzó a entrar en declive. Durante los noventa, ambos compartieron rankings con sus canciones y, posteriormente, Santa Rosa despuntó como uno de los artistas latinos más famosos en el mundo, interpretando salsas y boleros con elegancia y un estilo propio para el soneo que lo convirtieron en “El Caballero de la Salsa”. Ambos reconocen en el disciplinado Willie Rosario a su principal mentor y maestro como se aprecia en esta entrevista del 2024, realizada para promocionar el concierto Los 100 Años de Willie Rosario, realizado el 27 de abril de ese año en el Coliseo José Miguel Agrelot de Puerto Rico, en el que ambos soneros participaron.

Posteriormente, llegaron Josué Rosado, Bernie Pérez y Primitivo “Primi” Cruz, quienes le dieron una nueva personalidad vocal a la orquesta en discos como The salsa legend (1988), Unique (1989) o Viva Rosario! (1990), en el que Cruz hace famosa la salsa Anuncio clasificado/Dámelo, una de las que más se escuchan actualmente en radios salseras. Santa Rosa y Vega se reunieron nuevamente con su padrino artístico en el disco Back to the future (1999), con canciones como Que siga el afinque (Vega) o El apartamento (Santa Rosa). Para sus últimas producciones oficiales, La banda que deleita (2006) y Evidencia (2016), tuvo cantantes nuevos como Rico Walker y Alex de Castro.

Willie Rosario y Bobby Valentín: Una profunda amistad

Aunque su género base en más de ochenta años de carrera es la salsa, “Mr. Afinque” siempre ha incorporado el jazz en sus grabaciones, contando para ello con la colaboración extraordinaria de su gran amigo, el músico portorriqueño Bobby Valentín. Reconocido por los salseros como “El Rey del Bajo” por su trabajo con la Fania All-Stars y su propia orquesta, Valentín también nació artísticamente con Rosario, primero como trompetista y después como arreglista. Además, lo jaló para su sello Bronco Records, en el periodo de 1983 a 1991. El dato curioso es que nunca tocó su famoso bajo para Rosario.

“Valentín es el mejor arreglista de salsa de todos los tiempos” dice don Willie en Más salsa que podcast. Por su parte Bobby, quien actualmente tiene 84 años, considera a Rosario como “su hermano mayor”. Además de Valentín, tuvo otros arreglistas asociados como José Madera, Louie Ramírez, Humberto Martínez, José Febles, entre otros, quienes lo ayudaron a construir esa propuesta salsera en la que el protagonista central siempre es el sonido en bloque de la orquesta, estricto y condensado, como en el instrumental Rosario’s beat, composición de Valentín incluida en el CD Evidencia (20106).

Ese afinque estuvo siempre asegurado, gracias al aporte de músicos como, entre otros, Carlos Rondán (bajo), Ricky Rodríguez (piano), Jimmy Morales (congas), Obed Tirado o David “Piro” Rodríguez (trompetas), su línea inconfundible de cuatro trompetas y ese característico saxo barítono que estuvo a cargo de varios destacados músicos, entre los cuales destacaron el norteamericano Shep Pullman (de 1971 a 1975) -integrante de la orquesta con la que Tito Puente registró en 1962 su exitazo Oye cómo va-, Santiago “Chago” Martínez (de 1978 a 1981) y José “Beto” Tirado (de 1982 a 1990).

Los covers de Willie Rosario

Aparte de sus propias composiciones, guarachas, descargas y boleros incluidas en sus primeros álbumes, y de interpretar a clásicos compositores afrolatinos como Catalino “Tite” Curet Alonso, Roberto Angleró, José Luis Cruz o el argentino Artie Azenzer, pianista y arreglista conocido por su trabajo en Hollywood, Willie Rosario tiene un catálogo de versiones de clásicos del jazz, el bossa nova y otros géneros musicales, en los que sus orquestas demuestran enorme versatilidad y amplitud de recursos.

Solo por tomar algunos ejemplos, mencionaré canciones de épocas diferentes: el estándar del jazz My favorite things (Boogaloo & guaguancó, 1967), del musical de Broadway y famosa película The sound of music, que fuera popularizada en 1965 por la cantante británica Julie Andrews y cinco años antes, en 1960, en versión instrumental de John Coltrane; Last tango in Paris (Infinito, 1973), del argentino Leandro “Gato” Barbieri para el filme del mismo nombre; o No more blues (Back to the future, 1999), título en inglés del bossa nova Chega de saudade, escrito originalmente en 1958 por los mismos autores de Garota de Ipanema, los brasileños Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes. En ese mismo disco destaca el instrumental Satin ‘n lace de Philip Sunkel, un clásico del latin-jazz que grabaron, entre otros, La Sonora Ponceña y Tito Rodríguez.

En 1981 transformó en cadenciosa salsa la balada Just the way you are de Billy Joel, con el título Como eres tú y cantada por Bobby Concepción para el LP The portrait of a salsa man. En el disco de 1978, From the depth of my brain, versionaron la conocida ranchera Ojalá te vaya bonito de José Alfredo Jiménez. Y en los álbumes El de a 20 de Willie (1980) y Viva Rosario! (1990), el maestro volvió a revisitar el cancionero de Jobim con sofisticadas versiones de Meditación y Wave, respectivamente. En todas, la elegancia en los arreglos y la fineza instrumental son una constante para entender el alto nivel de Willie Rosario y sus orquestas, un verdadero orgullo latino.

[Música Maestro] La semana pasada se estrenaron en nuestra capital dos productos cinematográficos que, por diferentes razones e independientemente de sus particularidades, demuestran que la música popular del pasado sigue siendo una asegurada fuente de entretenimiento y nostalgia. Uno es una película biográfica -una biopic, en el argot cinemero- y el otro, un documental. A nivel mundial, cada uno ha despertado a extensas comunidades de fans de los artistas que inspiran estos largometrajes, las cuales han respondido masivamente a las convocatorias comerciales, convirtiéndolos en taquilleros exitazos.

En general, disfruto más los documentales que las películas basadas en las vidas/trayectorias de músicos, porque ofrecen una mirada real, creíble, exenta de imprecisiones. En todo caso, si un documental cae en desinformación u omisiones, son consecuencia intencional de quien dirige o produce la investigación y no invenciones nacidas de técnicas narrativas cinematográficas justificadas para darle fluidez al guion o facilitar la comprensión tácita de un proceso que, de contarse paso a paso, no acabaría nunca.

Una de las cosas más llamativas de esta coincidencia en cartelera es que se trata de personajes que tuvieron su punto máximo de popularidad en un mismo periodo de tiempo -entre 1981 y 1989- y son referentes absolutos del estilo que cada uno representa. A través de estas películas podemos (re)descubrir los motivos de su importancia y por qué aun hoy mantienen intactos, a pesar de los altibajos que hayan tenido, sus niveles de fama e influencia.

Michael: Una primera parte que pudo ser mejor

En líneas generales, Michael (Antoine Fuqua, 2026), con la actuación sobresaliente de Jaafar Jackson, sobrino de “El Rey del Pop”, hijo de su hermano Jermaine, deja una sensación híbrida en el espectador con conocimientos suficientes como para entender, antes de sentarse a verla, quién fue Michael Jackson. De niño prodigio a superestrella a personaje de hábitos extraños, criminalizado por los peores y más sórdidos escándalos en los que puede verse involucrado un hombre, las acusaciones de presunta violación de menores de edad, el cantante, compositor y bailarín dejó una huella imborrable en el panorama artístico y cultural mundial.

El largometraje cubre dos periodos de la vida de este hombre que apenas llegó a los 51 años y que definieron de manera contundente el último tramo de su paso por el mundo. Pero lo hace a manera de postal navideña, desde una óptica complaciente, sin introducirse en las oscuridades asociadas a esa carrera iniciada cuando solo tenía 6, propulsada por su sorprendente talento natural para cantar y bailar y un padre visionario, pero negativamente ambicioso que decidió explotarlo sin descanso ni mesura. Esto va más o menos de 1967 a 1977, la década en que el pequeño Michael brilló, con su amplia sonrisa e inocente mirada, al frente de The Jackson 5.

El segundo periodo, de 1978 a 1988, está marcado básicamente por las transformaciones físicas de Michael, las primeras fuentes de controversia con respecto a su perfil psicológico supuestamente quebrado por el maltrato infantil al que fue sometido y el estratosférico éxito comercial de sus producciones como solista, con canciones y videoclips que se llevaron todos los premios y rompieron todos los récords. Otra vez, las libertades del guion ofrecen una visión parcial de todos esos traumas y cruces de contradicciones. A pesar de eso, las canciones -inolvidables, algunas superlativamente buenas- hacen que sus dos horas de duración valgan la pena.

Burning ambition: Los cincuenta años de Iron Maiden

Burning ambition (Malcolm Venville, 2026), es una celebración muy merecida. Iron Maiden no inventó el heavy metal, pero sí lo llevó a niveles extraordinariamente altos de popularidad y poder de convocatoria. Aunque su primer álbum oficial se lanzó en 1980, las bodas de oro se calculan desde 1975, cuando Steve Harris concibió, con solo 21 años, un sueño épico de guitarras, bajos galopantes y esa combinación de rebeldía, leyenda y velocidad, en medio de su trabajo como basurero en Londres.

La película tiene todos los elementos para que leales hordas de metaleros se congreguen y conviertan cada proyección en la primera fila de un concierto. El ritual silencioso del cine se quiebra con gritos, cánticos, aplausos. Si bien es cierto hay más entrevistas e imágenes de archivo que canciones, muy valiosas para los más fanáticos, cada extracto hace delirar a las butacas. Cuando fui a verla, la sala estuvo llena y ocho de cada diez personas llevaba puesto un polo de Iron Maiden. Una comunidad que responde a la llamada de la tribu con compromiso y que, al final del metraje, sale satisfecha conversando sobre qué les gustó más.

La celebración de estos cincuenta años de indesmayable carrera metalera coincide además con un hecho largamente esperado por su familia global, la inducción del grupo en el Salón de la Fama del Rock and Roll, veinticinco años después de que se hicieran elegibles para tal distinción. Lamentablemente, no podremos verlos tocar en la ceremonia oficial pues, al realizarse en octubre, agarrará al grupo en medio de su gira Run for your lives, la misma que los traerá por tercera vez al Perú.

Michael Jackson y Iron Maiden: Fenómenos de masas

Recientemente vi, estupefacto, cómo Shakira actuaba en Copacabana ante una multitud narcotizada por su ramplón exhibicionismo, una muchedumbre que le celebra esas majaderías vendidas una y otra vez como símbolos de “empoderamiento femenino”, incluso acompañada por dos íconos de la cultura musical brasileña, Caetano Veloso y su hermana, María Bethânia, ambos octogenarios. Me pareció una metáfora perfecta de la confusión y el empobrecimiento de los gustos populares, atrapados por esa mezcolanza tendenciosa de publicidad, exacerbación de pulsiones primarias y encumbramiento de lo farandulesco que prima en la industria discográfica del siglo XXI.

Hace poco más de cuarenta años, en 1985, Iron Maiden tocó ante aproximadamente 350,000 personas en Rio de Janeiro, durante la primera edición de Rock In Rio que fue, además, la primera visita a Sudamérica del quinteto británico. Ver las imágenes de un festival desbordado por fanáticos del rock duro con letras que hablan de heroísmo, anti belicismo y cuestiones mitológicas, sin celulares en las manos y estrechando lazos con los músicos, contrapuestas a las de egocéntricos gentíos que balbucean mensajes superficiales mientras se graban a sí mismos, es sobrecogedor.

Del mismo modo, recordar la presentación de Michael Jackson en el entretiempo de un evento deportivo emblemático para los Estados Unidos como la final del Super Bowl de 1993 y compararla con las últimas tres o cuatro versiones del mismo acontecimiento, marcadas por baratas vulgaridades y, en la edición más reciente, la supuesta declaración política de un portorriqueño que se apropia de la representatividad de lo latino después de hacer publicidad sexista para Calvin Klein, resulta ilustrativo respecto del peso y sustancia que antes podían alcanzar incluso las manifestaciones más comerciales del pop frente a su actuales ligerezas. Iron Maiden y Michael Jackson son de los últimos fenómenos de masas que también podían presumir de calidad artística y trascendencia.

El pop y el metal: Universos paralelos

Cuando Michael Jackson lanzó Thriller (CBS Records, 1982), más de la mitad de sus canciones se convirtieron en éxitos inmediatos en el mundo entero. Y el Perú, con apenas tres años de haber regresado a la democracia, no fue la excepción. Yo era niño en ese tiempo y recuerdo claramente la fiebre que ocasionaron, de forma escalonada, los videoclips de Billie Jean, Beat it y Thriller, con grupos de jóvenes que se reunían en las calles para replicar las coreografías y familias enteras que esperaban la transmisión de la versión larga, una mini película de terror hecha para televisión.

Casi al unísono, las radios y canales de televisión locales propalaban canciones como Rock with you, She’s out of my life o Don’t stop ‘til you get enough, incluidas en su álbum anterior Off the wall (1979), considerado por todos como el primer LP de Michael Jackson. En realidad, se trataba de su quinta producción discográfica como solista, puesto que Motown Records ya había comenzado a capitalizar el carisma y talento del joven Michael con cuatro discos lanzados entre 1972 y 1975, en simultáneo a su trabajo con The Jackson 5, el grupo que integraba junto a sus hermanos Jackie, Tito, Jermaine y Marlon.

En paralelo, Iron Maiden lanzó al mercado, en aquel mismo 1982, su tercer larga duración The number of the beast, el primero con Bruce Dickinson como vocalista tras la renuncia/despido de Paul Di’Anno. Si bien es cierto eran ya bastante conocidos como líderes de la llamada “Nueva Ola del Heavy Metal Británico” con dos discos previos –Iron Maiden (1980) y Killers (1981)- este LP generó enorme polémica, en particular por el tema-título, con una imaginería que fue de inmediato catalogada como “satánica” por grupos conservadores en su propio país y más allá.

Mientras Jackson se vio obligado a colocar advertencias en el famoso cortometraje en que se convierte en un espantoso hombre lobo, debido a la pertenencia de su familia al grupo religioso de los Testigos de Jehová, los comandados por Steve Harris enfrentaron toda clase de estigmas por sus videos diabólicos y su monstruosa mascota, Eddie, un gigantesco zombie que, desde el álbum debut hasta Senjutsu (2021), el décimo séptimo disco, ha aparecido en todas sus carátulas en un amplio rango de situaciones, desde templos egipcios hasta ciudades futuristas, desde manicomios hasta campos de batalla.

Entretenimiento para grandes y chicos

La historia de Michael Jackson está lejos de ser un ejemplo a seguir. A pesar de que, a raíz de la película -vapuleada por la crítica, acogida por el público- se han vuelto a poner sobre la mesa detalles que desmentirían las graves acusaciones en su contra, hay muchos aspectos que nos hacen dudar sobre si fue o no una persona “normal”, desde sus enfermedades hasta sus obsesiones. Sin embargo, ninguno de esos matices formó nunca parte de lo que ofrecía al público, tanto en sus canciones como en sus videos o actuaciones en vivo.

Lo que generaba en sus apariciones públicas era pura emoción, a veces expresada en casos de auténtica histeria colectiva -como en su momento lo hicieron Elvis Presley o The Beatles- y un universo paralelo en el que confluían la fantasía -el ser poderoso, casi sobrenatural de sus videos- con positivos mensajes universales. Basta con revisar cualquiera de sus producciones audiovisuales, desde Beat it (Thriller, 1982) hasta Earth song (HIStory: Past, present and future, Book I, 1995), o las letras de canciones como Man in the mirror (Bad, 1987) o Black or white (Dangerous, 1991), para hacernos una idea clara de eso.

Incluso el periodo comprendido entre los años 1993 y 2009, marcado a fuego por las denuncias, la destrucción de su rostro con cirugías estéticas, las actitudes erráticas y un anunciado retorno a los escenarios que la muerte frustró y que, supuestamente, será materia de la segunda parte de Michael, dejó varios éxitos comerciales para su carrera artística, como la demostración de la vigencia de su combinación de R&B, soul, pop-rock, funk, disco y electrónica, tanto a través de lanzamientos como Invincible (2001, su último disco oficial) y el recopilatorio Number ones (2003) como del documental This is it, estrenado cuatro meses después de su fallecimiento, que resume los ensayos de la que habría sido su gira de despedida. Eso sin contar los tributos e incontables reproducciones que actualmente registran los videos de todas sus épocas. Solo o con sus hermanos, en videoclips o en conciertos, Michael Jackson es garantía de buen entretenimiento para todos.

Música bien tocada y sin concesiones

El caso de Iron Maiden es, más allá de las evidentes diferencias estilísticas, parecido. Su capacidad para entretener y convocar multitudes es ilimitada, desde el terreno de lo que el público general llama “rock pesado”. La historia de Iron Maiden es una de consecuencia y fidelidad al público, incluidos aquellos momentos en que a la banda no le fue del todo bien, como cuando Dickinson abandonó el grupo y fue reemplazado por Blaze Bayley. Entre 1982 y 1992 la banda grabó siete álbumes que han superado la prueba del tiempo, icónicas grabaciones de heavy metal sin concesiones ni intentos de adaptación a cualquiera de los giros que imponía la moda o el cambio generacional.

Discos como Peace of mind (1983), Powerslave (1984), Somewhere in time (1986), Fear of the dark (1992) o el doble en vivo Live after death (1985) permanecen como un legado incuestionable, llenos de momentos de profunda musicalidad y virtuosismo. Las guitarras de Adrian Smith y Dave Murray estremecen con sus intercambios de roles, armonías gemelas y solos electrizantes, el bajo frenético de Steve Harris y su rotunda presencia escénica emocionan siempre como si fuera la primera vez, la batería de Nicko McBrain sostiene todo como una roca y la voz de Bruce Dickinson, su energía y potencia para conducir a las masas es tan impresionante como su papel de piloto del Ed Force One, el Boeing 757 que todos vimos en Iron Maiden: Flight 666, documental que, otra vez de forma coincidente, se estrenó en el 2009, el mismo año de la muerte de Jackson.

El siglo XXI vio el renacimiento de Iron Maiden, con una formación poco habitual para grupos de heavy metal. Además del retorno de Bruce Dickinson y Adrian Smith, que se había ido en 1990, se quedó Janick Gers, su reemplazante, como tercer guitarrista. Gers aportó, además de su excepcional dominio del instrumento, una extravagancia sobre escenario que incluye malabares al estilo Yngwie Malmsteen y estrambóticos desplazamientos que le sirvieron para ganarse el abrazo del público. Como sexteto, Iron Maiden ha publicado seis álbumes -entre ellos los notables Brave new world (2000), Dance of death (2003) o The book of souls (2015)- y hecho doce giras alrededor del mundo, entre el 2000 y el 2025.

Productos cinematográficos de calidad

Más allá de las agudezas de la fría crítica especializada o de las encendidas pasiones que producen en sus fieles seguidores, estos filmes que se ocupan de dos de los artistas musicales más importantes de los últimos cincuenta o sesenta años promueven el renovado consumo de sus grabaciones, consideradas como piezas de museo por el común de las personas y, en el caso de los hits de Jackson, repeticiones permanentes en la programación radial. En ambos casos, tanto la película biográfica con sus inevitables licencias creativas como el documental y sus enfoques unidimensionales terminan aplaudidos rabiosamente a los dos lados del Atlántico.

Michael y Burning ambition -ambas de los estudios Universal-, como productos audiovisuales, nos dejan claro que los cambios en la industria musical han ido en dirección opuesta al buen gusto y al sano entretenimiento. No hay forma de considerar una “evolución” las modernas preferencias de las masas, capaces de delirar por artistas que solo se dedican a estimular de forma canallesca aspectos relacionados al lujo conseguido a cualquier costo, la hipersexualización de todo y un uso elemental del lenguaje, tanto en inglés como en castellano. Me pregunto si en el 2076 pasará lo mismo con películas acerca de Bad Bunny, Rosalía o Shakira, si a alguien se le ocurre la malísima pero potencialmente rentable idea de producirlas. Felizmente, no estaré vivo para verlas.

[OPINIÓN]  Aun cuando en esas épocas la población mundial era cuatro veces menor, el célebre filósofo español, casi un Nostradamus del siglo XX, ya avizoraba la catástrofe ocasionada por la premisa democrática que permite a todos la posibilidad de airear su opinión.

Antes de aquello, solo opinaban quienes estaban capacitados para hacerlo. Aunque en los términos relativistas actuales eso puede sonar discriminador y hasta fascista, la degradación evidente de los discursos en la actual esfera pública le da la razón al prolífico autor fallecido en 1955.

Décadas más tarde y ya en los últimos tramos de su vida, otro influyente pensador, el italiano Umberto Eco dijo, palabras más palabras menos -cito de memoria- que la omnipresencia de las redes sociales era como si todas las conversaciones de cantinas de mala muerte, en esencia charlas privadas cuya naturaleza impedía que vieran la luz más allá de sus pisos pegajosos y puertas de acero semicerradas, de repente y por arte de magia se convirtieran en noticia, titulares de periódicos, columnas de opinión.

Quienes tenemos la costumbre de interactuar en comunidades virtuales con amigos del barrio, del colegio y la universidad, por razones de nostalgia y entretenimiento la mayor parte del tiempo, padecemos esa degradación en carne viva, cada campaña electoral.

Si para los procesos del 2011 y 2016 los principales medios de comunicación online eran los correos electrónicos, los chats del Messenger y los toma-y-daca de comentarios en Facebook y Twitter -ahora X, a pesar de que todos le sigamos diciendo Twitter-, en los dos siguientes, 2021 y 2026, son los grupos de WhatsApp los contenedores de esas cantinas y esos sótanos que Eco y Ortega prefiguraron en el pasado.

La diversión y los recuerdos de esquina son reemplazados, durante las campañas de primera y segunda vuelta, por una retahíla de necedades que van en todos los sentidos y son de todos los colores e intensidades. Claro, quienes apoyan las teorías fraudistas sentirán eso de quienes las rechazamos con violencia.

Y quienes militamos en el antifujimorismo más radical sentimos lo propio de esas monsergas en las que se repiten términos como “caviar”, “rojete”, “cojudigno”, “no al comunismo”, “zurdos de mierda” y demás variables -cada una peor que la anterior- escritas por quienes son, desde diferentes niveles, lo que mi buen amigo Wilder González Ágreda define como “pobres de derecha”.

El problema es que no se trata de una sencilla y, hasta cierto punto, comprensible dicotomía en la que ambas partes, contrapuestas y enfrentadas, tienen las mismas probabilidades de tener buenos o malos resultados.

Lamentablemente para todas esas barras bravas que atacan con uñas y dientes, con retorcida ironía e incluso con agresivas y vulgares ofensas cuando se ven cercados, la información aquí es clara y contundente, digan lo que digan.

No se trata de un inocuo y hasta saludable, para nuestra gimnasia sináptica, dilema filosófico -ya quisiéramos, para seguir releyendo a mentalidades geniales como las del par de filósofos citados- sino de que, de un lado, tenemos a una opción política relativamente predecible, la de Roberto Sánchez que, sin ser ni por asomo la maravilla, ofrece menos riesgos que aquella otra opción que manda a los medios convencionales a engañar a las grandes mayorías presentando a uno de sus asalariados como analista neutral.

Se trata de ver cómo Keiko Fujimori “pide perdón” a las familias puneñas afectadas por la matanza del 2022-2023 mientras que, en paralelo, uno de sus principales perros de presa, anclado en este congreso y en el que viene, anuncia con una robustez digna de mejores causas que ha presentado leyes para eximir de responsabilidad a todos los policías involucrados en esas situaciones.

Mientras, por el otro lado, el actual líder de Juntos por el Perú, con todas las dudas que es capaz de generar, integra a su equipo al fiscal que estuvo a punto de llevar a la cárcel a la eterna candidata de Fuerza Popular, heredera de Alberto Fujimori.

El cálculo político detrás de las dos agrupaciones que disputarán en catorce días la segunda vuelta pone al electorado nacional en la misma disyuntiva que enfrentó los tres procesos anteriores -2011, 2016, 2021- pero, cuando aplicamos lentes de aumento a la situación, las cosas no son exactamente iguales.

Ese cálculo político ha alcanzado en esta oportunidad a la enorme cantidad de perdedores que, de forma casi fellinesca, ejecutó la semana pasada un acto político tan aparatoso como inútil, la enésima presentación de un “frente” que solo logró llamar la atención de sus propios miembros y de uno que otro medio noticioso -Rosa María Palacios, La Encerrona- pero que pasará absolutamente inadvertido para la población.

Y ni hablar del voto viciado/en blanco, una opción que sea individual o en la forma de llamados a la acción colectiva, no va a tener mayor impacto en el resultado final. Y si acaso lo tiene, será negativo pues contribuirá a una mayor dispersión del voto antifujimorista y su posible reducción, lo cual sería desastroso.

Lo único en común que tiene esa segunda vuelta con las tres pasadas es lo obvio, la presencia de Keiko en el balotaje y la posibilidad de que el voto anti se active al final, ya no 24 horas sino, literalmente, en las colas de los locales de votación, para definir -por lo menos es lo que deseamos con todo el corazón- su cuarta y quizás definitiva derrota.

En el entretiempo, seguiremos viendo cómo las cantinas del Twitter y de los grupos privados de WhatsApp siguen llevando cada vez más al límite nuestra capacidad de tolerancia a la estupidez, desde el lado de los tontos útiles, y soportar la mala intención de los verdaderos operadores de grupos de poder político y económico que salivan con la idea del triunfo de Keiko Fujimori. El panetón JP tiene solo dos semanas para revertir eso.

 

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