[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Su victoria, además, consolida las posiciones de la derecha global, muy especialmente de la latinoamericana y repercute en el Perú, ad portas de sus próximas elecciones generales de abril. Los variopintos candidatos libertarios de nuestro espectro político  estarán saltando en una pata.

De cara a la región, la presencia y el control norteamericanos sobre las reservas petroleras venezolanas- pues para Trump, esto nunca se trató de la democracia- generan un contrapeso a la aventura china iniciada en 2025 al inaugurar el puerto de Chancay. El error chino, más allá de las siempre amables palabras de XI JinPing, es no asociar su presencia en Sudamérica con ningún proyecto de desarrollo para la región, un puerto chino, solo un puerto chino, a fuer de sus pingües inversiones mineras. Entonces los herederos del Imperio del Dragón no tiene aliados en la región, solo observadores, solo expectativas, solo incertidumbres.

Europa es un eterno dilema. Humillada tanto o más que a finales de la Segunda Guerra Mundial, se muestra inerme. Depende tanto de los Estados Unidos que se ha convertido en un ente incapaz de cualquier iniciativa propia, al punto de que nadie se plantea firmemente una Europa sin americanos, una OTAN sin Estados Unidos, o la posibilidad de convertirse en una potencia cuatro o cinco veces menor en poder económico y militar pero con voz propia en el mundo. To be or not to be, sabias palabras de Shakespeare.

En España, siempre un tanto disparatada, se han escuchado las voces usualmente trasgresoras de Pablo Iglesias  e Irene Montero llamando a romper con Europa, con la OTAN, con el mundo. Es que en la península aún no se enteran de que su desarrollo económico, de los servicios y la infraestructura se los financiaron Alemania y Francia desde que se fundó la UE en 1993, ellos apuestan por la autárquica ínsula Barataria donde gobernaría, de seguro, una versión bastante alternativa y woke de Sancho Panza.

Vamos a las ideas, crecimos, crecí, en el antimperialismo yanqui, me revienta, lo rechazo, pero la idea del progreso estalló después de la Segunda Guerra Mundial. No existe eso de que cuanto más nos adentramos en el tiempo más superamos las taras del pasado, como los desembarcos de Marines yanquis y las obscenas dictaduras bananeras. Nada de eso, las armas serán más sofisticadas, pero el hegemón lo seguirá siendo, las oficinas públicas contarán con internet pero nuestras democracias son tan frágiles como en tiempos de la  fundación republicana.

Europa no puede, o no quiere, o se ha acomplejado tanto que ha perdido hasta el élan vital del que nos hablaba Henry Bergson hace un siglo. ¿Qué podrá América Latina? los pequeños pececillos siguen nadando despreocupados en el mar en el  que se alimenta el tiburón del imperialismo, las cálidas aguas del mar caribe, si hasta la analogía no nos lo parece ya tanto.

¿Es posible la Patria Grande? He seguido mucho a Haya de la Torre que dedicó su vida al proyecto de unir Indoamérica pensando que así podría equiparar fuerzas con el gigante del norte. En el concepto llevaba razón, pero no en la realidad: nunca nos pondremos de acuerdo. Más sensato es el camino solitario o las pequeñas o medianas alianzas sinérgicas, de interés. Más sensato es mirar a la minúscula Corea, examinar su milagro. No hablo de copiarla pero sí de inspirarnos en su ejemplo. Más sensato es ver a las naciones que cambiaron su destino porque un buen día tomaron la decisión de hacerlo pues en el mundo contemporáneo no existe otro camino para los peces chicos y nadie les prestará ayuda para convertirse en megalodones.

Breve actualización: Conforme a sus últimas declaraciones, a Donald Trump no le interesa la democracia en Venezuela. Ahora los venezolanos se quedan sin petróleo y probablemente con la misma dictadura pero sumisa a USA. El plan imperialista perfecto le ha funcionado a Trump y los defensores de una «invasión democrática» hacen el ridículo mundial. Lo que se viene es un protectorado norteamericano en el país llanero, ya sea directo con un gobernador gringo, o indirecto con un representante de la actual dictadura al frente. Edmundo González y María Corina Machado no son una opción. Diosdado Cabello podría convertirse en el próximo Anastasio Somoza regional. El asunto es que el petróleo le llegue rápido a USA y ya no más a los chinos. Si está es la lógica de Trump, solo queda esperar sus siguientes pasos en busca de recuperar la hegemonía perdida.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Siempre me manejé a base de ideas e ideologías, también de marcos teóricos. Comprendo la realidad como un universo que requiere ser interpretado en busca de una inalcanzable verdad, que no se puede alcanzar por un motivo intrínseco a su naturaleza: se mueve. La historicidad, la temporalidad obligan a modificar el diagnóstico cada cierto tiempo, obligan a verdades de corta y mediana duración, nunca absolutas, el cambio marca la pauta, la adecuación es inexorable.

Luego está la crítica, la interpretación y su enorme repercusión en la epistemología. Una sola verdad, en un solo tiempo, igualmente será desafiada y, en simultáneo, diferentes teorías e ideologías se disputan el pedestal del conocimiento comúnmente aceptado. Ni siquiera los totalitarismos pudieron detener estas dos pulsiones ineludibles: la historicidad y la crítica.

Yo me formé en casa de un velasquista, mi padre Ezio, relacioné a Velasco con la justicia, con devolverle a los pobres lo que les había sido arrebatado, la parte de la dictadura del GRFA no la entendí muy bien por aquellos años. Precisamente en 1980, cuando cursaba primero de secundaria, ya sin generales en Palacio de Gobierno, cayó en mis manos Haya de la Torre y el APRA de Luis Alberto Sánchez.

Entonces mi base ideológica se completó. Volví a ese libro tres décadas después y comprendí por qué pensaba como pensaba, por qué me consideraba de izquierda sin ser comunista, porque creía fervientemente en la justicia social y porque entendía la democracia como una utopía que debía defenderse por encima de cualquiera otra. Quién mejor que Sánchez para legar la posta, perseguido por dictaduras desde Sánchez Cerro hasta Odría. Nadie como los apristas de la generación fundacional y la siguiente, la de Andrés Townsend y Armando Villanueva, para comprender por qué son importantes la democracia y el orden constitucional como marco de referencia para construir la justicia social y para comprender que el siglo XX peruano se truncó precisamente por lo contrario: por los tanques, los fusiles, el olor a pólvora, la represión política y la conculcación de la libertad.

Los tiempos universitarios me alejaron de un APRA en la que no militaba y del desastre de su primera gestión, y me acercaron a la Izquierda Unida, donde me caractericé por ser demasiado moderado e independiente. Había otra utopía en muchos de esos bravos compañeros que yo no alcanzaba a compartir, desde el lenguaje, el enfoque, la mirada, la propia ideología: el marxismo. Yo creía, como dijo Haya, en un país en el que se crease la riqueza para el que no la tiene y no tanto en quitársela al que la tenía.

Lo señalado no obsta que promueva una  política tributaria más justa y una redistribución por parte del Estado que suponga la revolución de sus servicios y de su infraestructura para promover el desarrollo: creo en llevar a nuestra burguesía tomada por las orejas, por un Estado rector, a comprometerse con dicho desarrollo, pero no creo en maniqueísmos. No creo en buenos y malos, ni en odios ancestrales, ni en revanchismos. No es el camino que lleva a la justicia, no para mí.

Después leí a Jürgen Habermas y su optimista Más allá del Estado Nacional  en el que ofrece una mirada alternativa a El fin de la historia de Francis Fukuyama. Para el alemán, tras la caída del muro, eran la democracia y los derechos el hombre los que finalmente habían vencido al autoritarismo y al nacionalismo. Por consiguiente, aquellos eran también los llamados a vivir para siempre, y no el mercado sin atadura de ningún tipo, tras su victoria sobre la economía dirigida.

Al final, Francis Fukuyama no tuvo razón, pero tuvo más razón que Habermas. Desde el flanco progresista, la democracia y los derechos del hombre fueron atacados por un excéntrico movimiento que se denominó woke o wokista y que obtuvo similar e identitaria respuesta de una derecha bíblica y puritana, cuando no libertaria, lo que inició la batalla cultural. Flanqueada a la derecha y a la izquierda por movimientos básicamente anti-derechos -o que en su empeño por promover los de algunos colectivos, podrían conculcar los de todos los demás- la esencia de la democracia, su espíritu deliberante, el alma de sus grandes teóricos, desde los padres griegos, hasta Jefferson y Hamilton, pasando por Rousseau, Locke y Montesquieu estallaron en mil pedazos. Solo quedaron el esqueleto de una maquinaria electoral y las ruinas de viejas instituciones que funcionan ora para financiar los sueños alucinados de unos, ora para fungir como infinita fuente de enriquecimiento ilícito de otros.

Hace unas décadas, Hugo Neira hablaba del Perú, de su inexorable camino hacia Tartaria, de sus leyes no escritas que son las que, finalmente, rigen nuestros destinos. Pero me temo que la asincronía es planetaria y no local, que la inmensa brecha que existe entre las ruinas de las instituciones y la política real explica por qué casi cuatro décadas después de la caída del muro no emerge aún otro paradigma, otra episteme.

Vivimos atrapados en una dimensión que se devanea entre dos mundos paralelos, y no creo plantear más que una verdad de Perogrullo que sin embargo debe decirse. En las instituciones vive el Gran Hermano, se devanea ese poder Judicial que nunca le dijo a Josef K. de qué lo estaban acusando; mientras tanto, el espacio público lo ocupa el ciudadano de pie. Allí, cotidianamente, extorsionan a señitos emolienteras en las esquinas de viejos barrios con aroma a menudencia frita. En esas mismas esquinas, cada tanto, asesinan a un microbusero que se negó a pagarle cupo a un sicario, pero estas son cosas de la calle, no son cosas de las instituciones.

Pero estas líneas trataban de una revisión de mis ideas a lo largo del tiempo. Estoy en el lugar de siempre, el de la izquierda democrática, que busca reconciliar al Estado con la sociedad. Y, como buen latinoamericano, estoy a la espera de un caudillo providencial que convierta en realidad mis más anheladas utopías ad portas del año por venir.  ¿O podrá ser un partido?

[OPINIÓN] Existe el feminicidio. Lo digo sin legalismos, no soy abogado. Si un hombre asesina a su pareja o expareja motivado por los celos, despecho, por no aceptar una ruptura, atrapado en la perversa creencia que lo hace ponderar a la mujer como a un objeto o propiedad, entonces ha cometido feminicidio, y en el Perú esta es una situación tan lamentable como cotidiana.

El acoso callejero es otro mal nacional. Las mujeres peruanas, prevalentemente las jóvenes, lo experimentan varias veces por semana: o les gritan obscenidades, o profieren contra ellas ruidos o silbidos absolutamente lascivos, o, lo que es peor, las tocan, cuando no las violan sin más. En este último caso hablamos de un crimen,  situación mucho más grave que el referido acoso.

La desigualdad salarial entre hombres y mujeres es una problemática mundial que también se expresa en el Perú. La razón fundamental que se esgrime no puede ser más discutible: el gasto que para el empleador puede o podría suponer eventualmente la maternidad o futura maternidad de la trabajadora. Argüir los descansos por maternidad, la supuesta imposibilidad de dedicarse al trabajo al 100% en virtud del cuidado de los hijos, supone una regresión retrógrada a los tiempos previos a la ola feminista de los años setenta. Desde entonces, y cada vez más, hombres y mujeres, que conforman un hogar, trabajan los dos y comparten las labores del hogar también los dos, pero el capitalismo parece no haber tomado nota de este cambio fundamental al momento de establecer políticas salariales. Por lo demás ¿no es a través de la maternidad que aseguramos la supervivencia de la especie?

Pero quiero detenerme en el Perú. En nuestro país la misoginia tiene antiguas raíces y clama por la necesidad de un potente proyecto educativo para que los varones dejen de ser educados en la falsa idea de su superioridad sobre las mujeres, o lo que es peor, en la falsa y perversa idea de que una relación sentimental convierte a la pareja en una posesión, punto de partida para que la ruptura concluya en tragedia.

La política pública y educativa debe fomentar el respeto a la mujer desde la educación inicial. Debe incluir el trato, las formas y el fondo, el concepto mismo que el varón desarrolla acerca del género femenino. De esta manera construiremos una sociedad solidaria, educada, en donde prevalezca la defensa del ser humano, sin distingo de su género, en lugar de prejuicios nocivos largamente arraigados.

Luego, la lucha de las mujeres por sus derechos ha logrado visibles triunfos, más en las sociedades desarrolladas: el número de mujeres empleadas supera al de los hombres, principalmente entre los menores de 35 años; el número de mujeres que estudia en la universidad supera largamente al de varones, situación que observo cotidianamente en las aulas universitarias, con casos en los que el 90% de estudiantes matriculados en mis secciones es de sexo femenino.

También en la salud mental, la situación de las mujeres parece más favorable: la incidencia de suicidios, de depresión y de abuso de sustancias es bastante mayor en los varones, estos muchas veces recienten no poder competir contra la denominada discriminación positiva lo que nos lleva al centro de nuestro problema.

Existen líneas que no podemos cruzar y que han sido trazadas por los derechos fundamentales. Resulta discutible proclamarse pro derechos al defender los de la mujer, si, en el empeño, se trasgrede impunemente los del hombre, colocándolo en una posición de inferioridad e indefensión ante la ley.

Esto ha ocurrido y está ocurriendo en España desde la promulgación de la ley contra la Violencia de Género de 2004. Esta otorga beneficios legales, de salud y económicos a la mujer por el solo hecho de denunciar a un hombre por violencia, generando así un incentivo perverso a favor de denunciar, aún si la acusación fuera falsa. Como contraparte, una vez interpuesta la denuncia, la referida ley condena automáticamente al varón a pasar de una a tres noches en el calabozo, a abandonar el hogar conyugal y le prohíbe ver a sus hijos. Muchas veces, por el ruido social, la denuncia en su contra resulta en la pérdida de su trabajo.  Y todo esto sólo tras la presentación de una denuncia, sin proceso previo, ni condena, es decir, “preventivamente”.

En el Perú no existe tal legislación, pero instituciones privadas aplican reglamentos de género que, ante la sola presentación de una denuncia por violencia, separan de su trabajo al acusado y le ofrecer a la acusadora los servicios de un abogado y asesoría psicológica sufragados por la empresa, todo esto cuando el proceso disciplinario ni siquiera ha comenzado. Diese la impresión, en estos casos, de que la sentencia antecediese al procedimiento. Desde luego, no aplican para el acusado ni la presunción de la inocencia, ni el derecho a la defensa. En todo caso, la institución asegura los servicios de un letrado a la demandante pero no al demandado, quien se ha quedado sin trabajo y debe costearse él mismo los servicios de un abogado defensor.

El último caso que quiero presentar es el del daño psicológico, moral, laboral y social que generan algunas acusaciones falsas al margen de procesos judiciales o disciplinarios. Basta un escrache, una cancelación en redes sociales, basta una página de origen desconocido subida a las redes por un anónimo que no presenta pruebas, ni indicios y que no se identifica jamás, para que sectores radicales acojan la “denuncia” y se plieguen al escarnio público del supuesto agresor. El resultado: le arruinan la vida, si no lo matan, lo hieren. ¿Daño colateral? ¿un ser humano puede considerarse daño colateral?

En este artículo he querido separar dos temas que son muy distintos pero que ciertos sectores activistas quieren presentar como uno solo: la legítima lucha por erradicar la violencia contra la mujer y construir una sociedad más justa en la que todos vivamos en condiciones de igualdad, frente a movimientos que han creado una narrativa de confrontación de mujeres vs hombres, y promueven legislaciones que incluyen discriminación positiva, la que vulnera derechos fundamentales como la presunción de la inocencia, así como los derechos a la legítima defensa, al honor y a la buena reputación.

Sólo sobre la base inalienable e irrenunciable de la defensa de TODOS LOS DERECHOS FUNDAMENTALES, y de su universalidad, podremos defender devota y militantemente la integridad de la mujer y su derecho a la igualdad de oportunidades.  En democracia, no existe otra manera de hacerlo. Finalmente, mujeres y hombres vinimos a este mundo juntos, nos reproducimos juntos, nos amamos juntos y nos lloramos juntos a la hora de partir.

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] No solo la derecha terruquea, y el tema no es exclusivamente peruano. El terruqueo deviene del escrache, de la cancelación, de silenciar a alguien en tiempos de redes sociales, atacándolo brutalmente y negándole la posibilidad de defenderse. Estas prácticas, que son políticas, tienen un objetivo claro: condenar moral o socialmente a alguien y, de esta manera, anularlo, aniquilarlo.

Se trata, pues, de un tema contemporáneo, global, que atañe la batalla cultural, las derechas conservadoras enfrentando a izquierdas progresistas cuyas agendas se imponen con métodos igual de nefastos. El tema es que ninguno dialoga, y menos en las redes sociales.

El problema con el artículo de Alfonso López Chau acerca de Víctor Polay es que proviene del pasado, de la década de los ochenta, de un tiempo en el cual sí se dialogaba y se debatía ideológicamente. Cuando un artículo escrito desde aquellas coordenadas temporales se filtra al presente la derecha gritará: ¡terruco! pero la propia derecha no lo haría en el tiempo en el que dicho artículo fue escrito, de hecho, no lo hizo.

Por eso surgieron de inmediato las contradicciones que derribaron esta narrativa. Una de ellas resultó demoledora: nada menos que en la foto del artículo que López Chau publicó en 1989 figura Fernando Rospigliosi en una reunión junto a Víctor Polay y entonces la campaña de desprestigio estalló: si el candidato de Ahora Nación fuese terruco por deslindar de Víctor Polay sin señalarlo como terrorista            -que es lo que finalmente le reclaman sus detractores-  entonces ¿cómo habría que considerar al hoy conservador Fernando Rospigliosi?

En fin, seré breve esta vez. Que este tropiezo de la derecha  nos sirva a todos para recuperar la política, la buena política. Hasta los años ochenta en el Congreso Nacional había marxistaleninistas, pues estaba normalizada su participación electoral en el Perú de entonces, situado en el mundo de la Guerra Fría. Y vaya como polemizaban los marxistas, los apristas y la derecha de entonces; era para quedarse escuchándolos.

Algunos dicen que Alfonso López Chau es “aburrido”, a mi me gusta precisamente porque es doctrinario, porque es ideólogo, porque le gusta confrontar planteamientos como los confrontó contra Polay en su articulo de 1989. Ojalá aparezcan en nuestra variopinta escena electoral otros más como él. Así, durante la campaña, podremos discutir proyectos de país, en medio del griterío ensordecedor de un tiempo en el que los argumentos y las ideas han sido desplazados por la descalificación ramplona y el insulto más soez.

Imagen: Alfonso López Chau, recuerda a los políticos doctrinarios de antes.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] El 23 de agosto de 1960 al canciller Raúl Porras Barrenechea casi se le acababa la vida pero ello no le impidió hacer uso de la palabra en la VII Reunión de Cancilleres de la OEA que se llevó a cabo en Costa Rica, bajo auspicio de Estados Unidos y con la deliberada intención de expulsar a Cuba de la organización, luego del triunfo de su revolución y su acercamiento al régimen socialista de Moscú.

La presión y hegemonía norteamericanas surtieron efecto en la sesión: todas las delegaciones votaron a favor de la expulsión de Cuba o se abstuvieron con excepción de dos, la peruana y la cubana, directamente perjudicada con la medida. Esta historia trae más que esto, Porras actuó desobedeciendo la orden de su gobierno, el de Manuel Prado. Fue el acto principista de un hombre que se moría y que antepuso su dignidad por sobre cualquiera otra consideración.  Y Porras no era socialista, por algo era canciller del conservador Prado, sencillamente creía en el americanismo y en la libre determinación de los pueblos.

Aquél día, en su célebre y recordado discurso señaló que la <<base del sistema democrático debía ser la promoción del desarrollo económico de nuestros pueblos, la elevación del nivel de vida de los trabajadores latinoamericanos continuamente acechada por la agresión económica que significa la política de cuotas y subsidios, y la instauración de un nuevo interamericanismo contrario a todas las formas de explotación, que promueva el mayor adelanto industrial y el amplio disfrute, por parte de nuestros pueblos, de sus riquezas naturales>>.

De esta manera, desde premisas desarrollistas que clamaban por la mejora material de la condición humana en nuestro continente, a través del integracionismo, Porras planteó alcanzar el bienestar compartido, para, al final de su alocución, abogar por una solución pacífica a las divergencias surgidas entre Cuba y Estados Unidos.

He querido rescatar la proactividad de Porras, su capacidad de iniciativa y de enfrentar con propuestas los grandes desafíos regionales porque cobran relevancia en tiempos en los que Donald Trump amenaza abiertamente a la región con repotenciar la vieja doctrina Monroe para defender los intereses de Estados Unidos, aparentemente amenazados por China y eventualmente los BRICS. El viejo y conservador líder tiene motivos por los cuales preocuparse: los chinos son el mayor socio comercial de la mitad de nuestros países y acaban de inaugurar el mega puerto de Chancay con lo cual ya cuentan con una cabecera de puente en la región para sus operaciones comerciales.

Pero también recordaba a Porras debido al tenor quejumbroso de ciertos sectores respecto de las políticas trumpistas que no son novedad,  y no lo son, como el mismo señala, desde que en 1823 su lejano antecesor James Monroe plantease la doctrina a la que hoy se recuerda por su nombre. A primera vista, la intención de esa antigua geopolítica era defender el continente de la agresión de potencias europeas pero, a reglón seguido, quedó claro que la idea, más que altruista, buscaba reservar América Latina como zona de influencia de Estados Unidos, allí donde filibusteros como William Walker pudiesen hacer realidad sus sueños imperialistas más excéntricos.

Después vinieron los demás. A inicios del siglo XX, Theodore Rooselvelt comprendió que el imperio americano no podía estar en manos de aventureros e instituyó el Big Stick para intervenir donde quisiese cada vez que fuese necesario solo que con marines y ya no con corsarios desvariados. Ocho décadas después, las cosas habían cambiado poco.  En 1989, George H. W. Bush invadió Panamá con 27.000 marines y logró que el dictador Manuel Noriega se entregue a las fuerzas de ocupación americanas luego de buscar asilo en la sede episcopal del istmo.

Ahora es el turno de Donald Trump: entre supuestos narco-botes hundidos con misiles teledirigidos, reiteradas amenazas a la soberanía venezolana, aranceles por las nubes y la evocación a James Monroe para expulsar a los chinos de la región, el inefable líder mundial cavila una nueva y gran aventura imperialista sobre América Latina.

Pero a mí lo que me molestan son las lamentaciones. Los Estados Unidos no son el malo del cuento, mucho menos el bueno: es un hegemón que actúa como tal. A pesar de algunos periodos de acercamiento con la región como la Buena Vecindad de F.D. Roosevelt o la Alianza para el Progreso de J.F.Kennedy, el hegemón seguirá siendo tal -léase un imperio- que velará por sus intereses y por los de nadie más. China hace los mismo, pero es más sutil, la diplomacia de Xi Jinping hacia el Tercer Mundo es la mano extendida, pero es hegemón al fin y al cabo, salvo que los orientales, en virtud de su cosmovisión del mundo, le den una vuelta de tuercas a las teorías sobre el poder y la razón de Estado que manejamos desde los tiempos de Nicolás Maquiavelo y Tomas Hobbes. Pero la historia dice otra cosa.

La verdadera pregunta, en medio de tantas lamentaciones, es qué estamos dispuestos a hacer para cambiar la historia de América Latina y obtener nuestro lugar en el mundo, porque el hegemón no va a cambiar, así como en la naturaleza de un depredador estará siempre serlo

Y no me refiero a revoluciones trasnochadas, ni a bloques regionales endebles y temporales que se sostuvieron en los altos precios del petróleo en los mercados internacionales. Me refiero a cómo integrar mercados, a cómo integrar economías, a cómo integrar tecnologías, con quién hacerlo y hasta qué punto, pensando en la funcionalidad del proyecto. Estoy pensando en llevar la Alianza del Pacífico, tan golpeada recién por los conflictos con México, al plano del desarrollo de la industria y la tecnología, estoy pensando en la propia China y en Corea del Sur hace setenta años, cuando eran países tan tercermundistas cómo nosotros. Algo hicieron al respecto ¿verdad? Y lo hicieron solos, por iniciativa propia, y lograron que el mundo juegue a su favor.

Pero nosotros ni siquiera nos detenemos a pensar en ello, ¿es que no hay en América Latina cuatro o cinco líderes capaces de idear un camino desarrollista de mediano plazo? El triunfo de la patria chica tiene el rostro del  fracaso colectivo mientras que  el hegemón lo seguirá siendo, y no hace falta llorarlo ante nadie.

Imagen: Recordado diplomático Raúl Porras Barrenechea, defendió el interamericanismo, como camino hacia el desarrollo y bienestar compartidos

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Acabo de ver la película Megalópolis, última entrega del reconocido director Francis Ford Coppola estrenada en 2024. El estreno resultó en un rotundo fracaso, la cinta vino acompañada de innumerables críticas y la asistencia a las salas de cine fue exigua. Luego, siempre han existido libros, obras de arte, autores, pintores  que no fueron comprendidos en su tiempo pero sí después como es el caso de Vincent Van Gogh y como creo que lo será  esta obra de Coppola. Lo digo porque me ha dado la impresión de asistir a la presentación de una utopía en tiempo distópicos,  en tiempos en donde el gran público y la gran producción se han volcado hacia la distopía.

La actual predilección por la distopía puede deberse a los tiempos de incertidumbre que vivimos. Por una parte, con las redes sociales hemos transgredido todos los límites y parámetros morales que antes limitaban nuestras acciones y orientaban nuestra convivencia. Solían existir ciertas líneas que jamás se cruzaban y que hoy se cruzan con absoluta normalidad.  Hemos caído en una decadencia cultural en la que se han normalizado las peores bajezas y las descalificaciones más innombrables. Antes se decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios hoy podría decirse que las redes sociales constituyen la continuación de la política por otros medios y que estos pueden ser tan o más obscenos que los de la guerra. En pocas palabras, nos hemos quedado sin paradigmas, acertaron los posmodernos en 1989.

Vivimos entonces en una sociedad sin referentes morales. De una parte, un líder como Donald Trump puede abiertamente humillar a cualquiera otro, ya sea que hablemos de un individuo o de un colectivo, y admitir abiertamente que lo hace porque tiene el poder para hacerlo pero, del otro lado, el wokismo no ha querido quedarse atrás y las cancelaciones y cacería de brujas sobre seres humanos, muchas veces inocentes, escrachados por la turba cibernética a base de acusaciones falsas, han transgredido flagrantemente una serie de derechos que antes se consideraban inalienables. Lo más paradójico es que quienes así proceden dicen obrar en defensa de dichos derechos.

Podría continuar largo con esta reflexión que abarca muchos otros temas globales y sociales. Recién hemos asistido, y probablemente sigamos asistiendo, a una redición del holocausto nazi paradójicamente protagonizada por Israel en Gaza. Por otro lado, vivimos en un mundo obsesionado por reducir a la especie humana a la simple condición de consumidor en el mercado. La distopía ya está aquí y lo que nos ofrecen las grandes productoras hollywoodenses son proyecciones perversas y retorcidas de una realidad que ya vivimos, lo cual ha convertido a la utopía en la última y más incierta víctima de la cultura de la cancelación.

Hoy el hombre debe dejar de serlo para transformarse en mero consumidor,  debe convertirse en masa, debe ser pobre, apretujarse en barrios marginales y enfrentarse a otros hombres para subsistir sin plantearse ninguna cuestión existencial. Pensemos en las sagas sobre zombis, ¿no son los zombis la proyección de nosotros mismos? ¿qué son los zombis al fin y al cabo sino una apretujada y acrítica masa de consumidores de carne humana?

De tal modo que la película de Coppola sorprende porque trae un mensaje concreto, un mensaje claro, casi una moraleja, y desde esa premisa, que parece obsoleta, se plantea cuestiones fundamentales. La cinta presenta dos características contradictorias pero sinérgicas: la complejidad y la simpleza. La puesta en escena es básicamente enrevesada, se fusionan en el escenario la New York contemporánea y la antigua Roma, tanto en la arquitectura como en los diálogos y las filosofías políticas. El resultado no siempre es  armónico, la idea central es evidente.

No voy a comentar el  desarrollo de la trama pero sí voy a decir algo, y lo advierto, acerca del final de la cinta. Entre la Antigua Roma y el Mundo Contemporáneo, en el desenlace de Megalópolis resplandece El Renacimiento. Coppola coloca de nuevo al hombre en el centro del universo, al ser humano en el centro de la gravedad newtoniana. Y le dice a la sociedad presente que cuenta con suficientes recursos como para hacernos felices a todos, como para construir un mundo rememorando la Utopía de Tomás Moro. En Utopía, o en Megalópolis,  el ser  humano será valorado por lo que es, por esa materia y espíritu capaces de soñar y de crear lo que nadie más ha creado. Finalmente no utilizar la genialidad y el talento para vivir mejor, para vivir más armónicamente, para procurar la felicidad, no es más que una mala decisión política.

[OPINION] “De lo que hablamos aquí es de la responsabilidad del país asilante, de adecuarse a las disposiciones de la Convención de Caracas, en lugar de violarlas y contravenirlas para favorecer a sus aliados político o ideológicos”

Todos recordamos las desgarradoras escenas de Quasimodo, el jorobado de Notredame, cargando en sus brazos a la bella gitana Esmeralda, luego de salvarla de su ejecución para introducirla a la celebérrima catedral gótica parisina, clamando porque el archidiácono le otorgue asilo. Esmeralda le había dado agua de beber al desafortunado jorobado cuando fue expuesto encadenado en la plaza pública. Ese solo hecho, despertó en él un amor devoto hacia la gitana en un universo urbano marginal, recreado magistralmente por Víctor Hugo, que jamás le había mostrado piedad.

La institución del asilo es muy antigua. Otrora, los perseguidos por diversas causas podían refugiarse en cualquier Iglesia y solicitarlo. Entonces el Estado no podía intervenir en lo que se consideraba una sede pontificia y era el Vaticano el responsable de decidir la suerte del desdichado que solicitaba protección.

En 1949, de manera azarosa y casi espectacular, Víctor Raúl Haya de la Torre logró ingresar a la sede diplomática de Colombia, burlando la vigilancia de la policía secreta de la dictadura de Manuel A. Odría. Colombia concedió el asilo pero el Perú no otorgó el salvoconducto. Esta situación de punto muerto motivó el confinamiento del fundador del APRA durante 5 años en la referida embajada. En octubre de 1954, la presión internacional y el deterioro de la situación interna del Perú, así como la notable merma en la popularidad de su represivo Presidente  obligaron a la dictadura a otorgarle el salvoconducto a Haya de la Torre para que pudiese finalmente abandonar el país.

En 1950, Perú y Colombia decidieron llevar este caso a la CIJ de la Haya, sin embargo esta falló ambiguamente: de una parte señaló que el asilo no había sido concedido en forma, pero de la otra indicó que Bogotá no tenía la obligación de entregarle a su protegido a las autoridades de Lima. Por aquellos tiempos, a Haya de la Torre se le conoció bajo el pseudónimo de Señor Asilo.

En virtud de esta situación, en marzo de 1954 se reunió en Caracas la Convención Sobre Asilo Diplomático, la que en su artículo I le otorgó al estado asilante la potestad de decidir la procedencia  o no del asilo al sujeto que lo demanda. En tal sentido, el otro Estado, el que persigue al asilado o demandante del asilo, tiene la obligación de acatar dicha decisión.

El referido artículo de la Convención de Caracas ha salvado muchas vidas. En las décadas de 1970 y 1980, decenas sino cientos de perseguidos políticos por implacables dictaduras de izquierda y derecha pudieron salvar sus vidas en virtud de esta salvaguarda. Sin embargo, la Convención de Caracas no es, como se está señalado, un cheque en blanco para el país asilante, o una potestad que pueda ser utilizada indiscriminadamente.

La misma Convención sostiene en su artículo III que los procesados o los sentenciados por delitos comunes que no hubiesen cumplido con sus sentencias no pueden beneficiarse con el asilo político. En otras palabras, esta institución jurídica fue instituida con la finalidad de preservar la seguridad de personas perseguidas en virtud de su actividad o ideas políticas y no con la intención de que puedan acogerse aquellos cuyos casos no revisten dichas características.

Por ello, llamó mucho la atención el asilo diplomático concedido por Brasil a la expareja presidencial Nadine Heredia, sobre quien no existe ninguna persecución política y fue condenada a 15 años de prisión por lavado de activos. Algunos cuestionan la sentencia en su contra, pero si eso bastase para solicitar asilos habríamos pervertido en absoluto el sentido de la institución.

Recién la periodista Rosa María Palacios se pronunció sobre el tema, refiriendo para ello el artículo 36 de la Constitución Política del Perú que señala que “el Estado reconoce el asilo político. Acepta la calificación de asilado que otorga el gobierno asilante”. Y es verdad, y es positivamente cierto que el Perú debía otorgar el salvoconducto a Nadine Heredia y también debe otorgárselo a Betssy Chávez.

Pero de lo que hablamos aquí es de la responsabilidad del país asilante de adecuarse a las disposiciones de la Convención de Caracas, en lugar de violarlas y contravenirlas para favorecer a sus aliados políticos o ideológicos. Este ha sido el caso del indebido asilo otorgado por el presidente de Brasil Ignacio Lula da Silva a Nadie Heredia.

Luego está el caso del ex presidente Alan García Pérez y hay que señalarlo. Su caso guarda similitud con el de Heredia. La diferencia es que García no había sido sentenciado, la expareja presidencial sí. En todo caso, el motivo de Uruguay para no conceder el asilo se sostuvo precisamente en virtud del artículo III de la Convención de Caracas y los seguidores de García tienen derecho a preguntarse ¿por qué no ha sucedido lo mismo con Nadine Heredia?

Si se tratase solamente de los principios y contenidos de la Convención de Caracas,  solo podemos colegir que el asilo político otorgado a la expareja presidencial lastima la esencia de la institución del asilo, la desvirtúa y pervierte. Luego, es mejor que el Perú no actúe como Brasil y que conceda los salvoconductos; que manifieste respeto al derecho internacional, que no deje la mala imagen que dejó hace 75 años al confinar a Haya de la Torre en la embajada de Colombia en tiempos de la dictadura de Manuel Odría.

Sobre Betssy Chávez el caso es fronterizo. No existe en sentido estricto una dictadura persiguiéndola pero sí un gobierno que se devanea entre el autoritarismo y un orden constitucional languideciente. En tal sentido, parecen escasas las garantías de obtener un proceso judicial sin injerencias políticas.

Sobre México, mi preocupación es otra, su respaldo a Pedro            Castillo, desde que este intentase perpetrar un golpe de Estado en contra del  ordenamiento constitucional en el Perú, más parece responder a la teoría progresista de la colonialidad del poder y a posturas ideológicas identitarias que a los motivos que, según la Convención de Caracas, justifican otorgar un asilo político.  Y por esta razón me parece que estamos sometiendo la institución del Asilo Político al gusto de quien quiera utilizarlo por cualquier motivación particular, menos por los principios que la Convención defiende.

Si algo extraño del periodo de la Guerra Fría, es que, con todo y todo, había ciertas reglas, ciertos consensos, ciertas columnas a las cuales aferrarse, aunque no siempre se mantuviesen en pie. Desde la brutalidad de Donald Trump, los excesos del wokismo y la libre interpretación del derecho internacional estamos manifestando la abierta intención de hacer tabla rasa con l´Ancien régime de la Guerra Fría. Me pregunto cómo será el nuevo.

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