Los años veinte fueron un decenio de contenidos, qué duda cabe. Fueron tiempos de ideologías, de encarnizados debates entre diversas cosmovisiones del mundo que pretendían abarcarlo todo. Pero a las aparentes certezas de estas cosmovisiones se les interpusieron corrientes filosóficas relativistas que exigían, lo menos, adecuar el dogma a cada realidad. ¿Qué hacer? ¿cómo aplicarlos? 

Esa herencia la dejaron los marxistas originales. Marx y Engels vaticinaron su propio “fin de la historia” pero discreparon en los caminos, en las circunstancias, en las condiciones. Lenin, y después la Comintern, le metieron más candela al fogón: la revolución y la praxis revolucionaria debían adaptarse a cada realidad. La inquietud se trasladó al Continente Americano, ¿qué hacer con América Latina? ¿cómo conducirla hacia la revolución? 

Durante la polémica entre Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, el célebre trujillano corrió a la izquierda del también célebre moqueguano. Pero el amauta corrió con la Internacional Comunista, mientras que el fundador del APRA en contra de ella: por eso la historia registró a Haya como al revisionista. Lo cierto es para 1928 ninguno de ambos lo fue, al punto que el Haya de 1928, inclusive en su versión indoamericana del marxismo, se inspira en sus fuentes originales:  Karl Marx, Friedrich Engels y Vladimir Lenin.  

El marxismo indoamericano de Víctor Raúl es centrado, aterrizado, interpretado pero ortodoxo al fin y al cabo. Se enfoca más en establecer la estrategia adecuada para sacar adelante una revolución en concreto, continental, situada a la vuelta de la esquina, que anhelaba con impaciencia iniciar y liderar. El no entendió la revolución como la estación final, definitiva, consagratoria, de un proceso interior del trabajador proletario, que integra su ser al socialismo, como al mito espiritual que lo eleva a su estado más puro:  la conciencia de clase. Estas eran las ideas de Mariátegui, muy influenciado por Henry Bergson y George Sorel. 

Para el Haya de 1928, como para el propio Lenin, la cuestión, que no descuidaba la discusión teórica, debía perseguir una meta concreta:  la conquista del poder para luego construir la patria proletaria posiblemente incorporando varios de los tópicos que demandaron la atención e inspiraron notablemente la producción intelectual de Mariátegui. Pero no había tanto que esperar, ni tanto que lucubrar. Al principio,  la cuestión medular es el poder. Y de estos planteamientos no puede colegirse que la interpretación hayista sobre el marxismo y la revolución deban colocarse en un estadio epistemológico inferior al del amauta1.  

Si Mariátegui voló libre a través del marxismo fue por su formación italiana, que resultó de su designación a Génova como agente de propaganda de la dictadura de Augusto B. Leguía, para la que escribió sus célebres “cartas de Italia” que se publicaron en Lima, en el diario La Razón, entonces ya adepto al Oncenio2. Tras esta experiencia, Mariátegui se volcó íntegro a su Defensa del Marxismo* que giró en torno al debate europeo occidental suscitado por la publicación en 1898 del célebre artículo La crisis científica y filosófica del marxismo contemporáneo, de Tomás Masaryk, posteriormente fundador de la república checoslovaca. Las valiosas obras de Antonio Gramsci, Benito Croce, Antonio Labriola y George Sorel enriquecen este debate del que Mariátegui se nutre y participa como el gran intelectual que fue al punto de señalar, en 1928, que dicha crisis fue una invención del susodicho Masaryk3.  

Ideológica y programáticamente, Haya fue un marxista más centrado pues se avocó a encontrar la fórmula precisa para América Latina, su revolución y su transición al socialismo. En este aspecto fue insuperable, no hay otro El Antimperialismo y el APRA4 escrito para aplicarse a la región en aquellos tiempos.  Los rusos, a su turno, no parecen tampoco haberse visto demasiado influenciados por el debate marxista-occidental. De hecho, Lenin tenía un mal concepto sobre George Sorel a quien calificó en su materialismo y empirio-criticismo de 1908, de confusionista bien conocido. 

Pero si el Haya marxista fue más ortodoxo que Mariátegui en el plano ideológico, en el plano político al fundador del APRA le importó poco menos que dos cominos convertirse en instrumento de los rusos. Para él, la revolución indoamericana no ameritaba la sumisión a Moscú. Además, deploró la estalinización, conocida oficialmente como bolchevización, que verticalizó y centralizó todos los canales de decisión de la URSS y la Internacional Comunista: la entendió como la muerte de Lenin después de la muerte de Lenin. 

Haya es un marxista que parte de las fuentes originales y que aterriza en la propuesta de un modelo de Estado de transición hacia el socialismo en Indoamérica, así como en un Plan Insurreccional para llevarlo a cabo. Mariátegui es un marxista muy inspirado, cosmopolita, como recientemente lo ha llamado Martín Bergel5, nutrido de diferentes fuentes que giran alrededor de un debate intelectual que agitó a las izquierdas occidentales. Un marxista, que, finalmente, también sabe aterrizar con éxito a la realidad a través de sus celebérrimos 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicado por entregas en la revista Amauta el 1928 y que ha sido motivo de centenares de nuevas ediciones en diversos idiomas. Los marxismos de Haya y de Mariátegui no eran opuestos, no eran contradictorios, sencillamente eran diferentes. Esto se vincula de manera casi directa con quién era, qué hacía, qué buscaba y cuáles eran las utopías que iluminaban el camino de cada uno de nuestros personajes.

Mariátegui murió el 16 de abril de 1930 en el auge de su marxismo heterodoxo6. Luego de un tiempo de veto estalinista, que también tuvo que padecer el amauta, solo que, cual Cid Campeador, después de muerto, se redescubren su obra y trayectoria y proliferan cientos de estudios interesados en descifrar qué clase de marxista era el intelectual moqueguano.

El caso de Haya es distinto. En 1931 abraza la socialdemocracia desde una mirada aprista, ya en 1928 había roto definitivamente con la Comintern o viceversa. De allí resultó en un paria de todo el comunismo mundial, y, en tanto que tal, catalogado de revisionista, nacional-imperialista, demo-burgués etc. Por ello, la mayoría de los estudios, incluso contemporáneos, reproducen las imágenes que sobre él supo difundir la Comintern en tiempos de la polémica y se ha descuidado un análisis más sistemático y riguroso de su estación marxista.  

Como dijimos en nuestra nota anterior, sí hubo un Haya marxista que en estas líneas, y en nuestra nota pasada, hemos reseñado brevemente. También hubo, a posteriori, un Haya anticomunista, desde que entiende que el cambio debe realizarse en democracia y señala al comunismo como uno de sus peores enemigos, más en los tiempos de José Stalin.

Entre las estaciones en las que se detiene Haya de la Torre, la marxista es fundamental, no sólo por ser la primera, sino porque probablemente fue con aquella que nos legó su corpus ideológico y doctrinal más brillante y trascendental. Por eso han llegado los tiempos de dejar atrás una pugna política-ideológica revitalizada en los años setenta del siglo pasado pero que carece de toda motivación en estos tiempos de post Guerra Fría y de auge de los estudios culturales.  

La Guerra Fría terminó. Al igual que Mariátegui, Haya es patrimonio del Perú, también debe serlo para nuestra intelligentzia. Su aporte al marxismo continental merece rigurosos estudios, mejores investigaciones históricas y las más profundas reflexiones filosóficas7. 

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1 Augusto Ruiz Zevallos, en un sugerente artículo recientemente publicado (2023) sostiene que Por la Emancipación de América Latina es compilada por Haya en 1927 con la intención de convertirlo en un libro para la revolución. Creemos que este análisis, al que dedica la mitad de su reflexión, debió seguirles la pista a los siguientes pasos de Haya en ese sentido, a la escritura en México de El Antimperialismo y el APRA, así como a la puesta en marcha del Plan de México, que resulta la concreción del proyecto revolucionario que Haya anunciase en su recordado libro de 1927. Sin embargo, el artículo de Ruíz Zevallos da súbitamente un giro en sentido contrario e intenta desmontar el proyecto revolucionario de Haya desde que este tuviese que enfrentar a Mariátegui en la célebre polémica. Ruiz Zevallos realiza este ejercicio a través de una bastante forzada crítica a mi artículo LIMA NO RESPONDÍA. El fracaso del plan insurreccional planteado en México explicado en carta de Víctor Raúl Haya de la Torre a Wilfredo Rozas, fechada el 22 de septiembre de 1929. Investigaciones Históricas. Época Moderna Y Contemporánea, #42, 2022. 

https://revistas.uva.es/index.php/invehisto/article/view/6914  

En su réplica, Ruíz Zevallos sostiene, entre otros tópicos, que Haya se sitúa epistemológicamente por debajo de Mariátegui. Al final, este inesperado giro en el trabajo de Ruíz Zevallos, que, a nuestro entender debió ser sinérgico al nuestro, lo lleva a ofrecer conclusiones contradictorias y poco comprensibles. Ruiz Zevallos, Augusto. Un libro para la revolución. Por la emancipación de América Latina y el Plan Político del joven Haya de la Torre, 1923–1927 En Revista del Instituto Seminario de Historia Rural Andina # 11, 2023.

2La designación de José Carlos Mariátegui como agente de propaganda del régimen dictatorial de Leguía es hasta hoy polémica. Sus seguidores sostienen que se trató de un exilio disimulado que le permitió evitar la cárcel y ampliar, como efectivamente lo hizo, su bagaje intelectual. Es positivamente cierto que hoy no disfrutaríamos de lo más fundamental de la obra de Mariátegui sin su experiencia europea. Nosotros nos hemos limitado a señalar el motivo del viaje de Mariátegui a Europa. No emitiremos ningún juicio de valor. 

3Mariátegui refiere y cuestiona las tesis de Marasyk respecto de la crisis del marxismo en el #17 de la Revista Amauta publicada en 1928. 

4Escrito en 1928, El Antimperialismo y el APRA recién pudo publicarse en Chile en 1936, a través de la Editorial Ercilla. Es posible que Haya modificase el texto original considerando su adhesión a las ideas socialdemócratas desde una mirada aprista a partir de 1931. Sin embargo, el texto mantiene la propuesta de un marxismo adaptado a la realidad latinoamericana. 

5 Bergel, Martín. El socialismo cosmopolita de José Carlos Mariátegui. En Nueva Sociedad #293, 2021.

6 Del marxismo heterodoxo de José Carlos Mariátegui se ocupó, la década pasada, Sosa, Paula. José Carlos Mariátegui. Lecturas heterodoxas del marxismo desde el tercer mundo. Jornadas Nacionales de Investigación en Ciencias Sociales de la Universidad de Cuyo, 2016. 

7 Actualmente asistimos a una saludable renovación temática de los estudios acerca de la historia del APRA gracias al enfoque de las historias intelectual y conceptual. En este nuevo ambiente, la inclusión de estudios más acuciosos sobre las diferentes estaciones ideológicas de Haya de la Torre es tarea pendiente y fundamental.

*Al hablar de Defensa del Marxismo jugamos con el nombre con que el amauta denominó su última compilación publicada en vida. No obstante, en el artículo referimos de manera puntual la encomiable lucha de Mariátegui en defensa de la vigencia del marxismo frente a los cuestionamientos que recibió en su tiempo desde corrientes relativistas y otras más.  

Las posturas ideológicas de Haya de la Torre han generado un interminable debate, que deviene inútil cuando se sugiere que por abrazar el marxismo al comenzar su trayectoria, debió mantenerse siempre dentro de sus cauces. En el Perú estamos llenos de pregoneros del dogma inamovible, de guardianes celosos de doctrinas pasadas, de relojeros del ayer intentando que las manecillas de la historia giren en sentido inverso para retornar a utopías que jamás existieron

A todos ellos se los llevó la fábula, se los llevó rápido o se los llevará pronto. A Haya no, porque Haya comprendió al tiempo, comprendió al espacio y comprendió la historicidad. Cuando el leninismo se convirtió en estalinismo -léase la dictadura más larga, sangrienta y represiva de la historia- Víctor Raúl buscó mejores rumbos para América Latina, felizmente. Y no tuvo que esperar a que Karl Popper publicara La Sociedad Abierta en 1945. Víctor Raúl se le adelantó una década con su Sinopsis filosófica del aprismo. Pero no importa: si la academia no lo valida entonces no existe, como no existe la realidad española cuando no aparece publicada en la edición matutina del diario El País.

Pero sí hubo un Haya marxista, que coincidió casi exactamente con la trayectoria socialista de José Carlos Mariátegui. Ambos tuvieron una feliz y valiente coincidencia: a los dos les parecía que el marxismo debía adaptarse a la realidad local. Por eso la Internacional Comunista los botó a patadas a ambos. Primero a Haya en 1927 y después a Mariátegui en 1929, aunque luego Rabines limó asperezas entre el Partido Socialista del amauta y la Internacional a cambio de cambiarle el nombre a Comunista y someterlo sumisamente a sus designios.  

Un marxista en formación 

Perú hablemos del Haya marxista. A diferencia de su palpable desinterés por los bienes materiales, sus planes no eran para nada austeros. Sus viajes al interior del país, en 1917 y 1920, y a Argentina, Uruguay y Chile en 1922 lo convencieron de que había nacido para liderar la revolución latinoamericana. Víctor Raúl era demasiado líder, demasiado magnético, demasiado convincente y estas demasías resultaron a la postre un arma de doble filo. Un hombre, un ser humano y un líder pueden lograr muchas cosas, pero no basta la mera voluntad para cambiar los destinos de un continente.

Haya estudió la revolución mexicana, estudió la revolución rusa, estudió la teoría marxista en las mejores escuelas de Londres; se tomó muy en serio su formación para convertirse en ese líder cuyo destino manifiesto era la unidad de América Latina. Víctor Raúl miró a la Comintern, entendió que nadie podía ofrecerle mayores apoyos que los rusos. Ese fue el objetivo principal de su viaje a la Meca del comunismo y entonces las cosas comenzaron a complicarse. Viejos y duchos revolucionarios, los jerarcas soviéticos se admiraron del talento del impetuoso joven peruano pero notaron también su voluntarismo. Aprobaron sus planteamientos sobre América Latina pero apuntaron que aún no existía el partido para pasar de inmediato de la teoría a la praxis.  

Pero Haya no quería esperar. Sentía que ya estaba listo. Era el jinete sobre un veloz caballo de carrera que se desplazaba a todo galope con rumbo a la revolución. Nada ni nadie lo iba a parar y así decidió continuar su camino sin los rusos. 

El marxismo de Haya y sus enemigos

Los planteamientos de Haya no fueron menos marxistas que los de la Comintern. Su ímpetu revolucionario lo llevó a superar en radicalidad a los moscovitas. La Comintern creía en la revolución en dos etapas: la primera demo-burguesa y recién la segunda socialista. 

En cambio, en 1928, Haya lanzó el Esquema del Plan de México, proyecto revolucionario para derrocar al dictador Leguía y que prácticamente postula la dictadura del proletariado. ¿Y por qué Haya no lo llamó socialismo entonces? Porque pensaba que la revolución debía exportarse al resto de América Latina pues al imperialismo yanqui solo se le podía derrotar en bloque. Mientras tanto, había que actuar a la defensiva, nacionalizar y socializar la producción, gobernar el país verticalmente. Es el Estado Antimperialista modelo que Haya explica en el sétimo capítulo de El Antimperialismo y el APRA.

Y el caballo de Haya seguía cabalgando en dirección de la revolución pero al margen de la Comintern. Ese fue el pecado original, la imperdonable herejía que lo convirtió en blanco del comunismo internacional y de sus lugartenientes latinoamericanos. Entonces lo acusaron de nacionalista, de desviacionista demo-burgués,  de apóstata por incluir a las clases medias en la revolución. Curioso, una somera mirada a las conclusiones del V y el VI Congreso de la Internacional* (1924 y 1928) demuestran que dichas alianzas las proponía la propia Comintern. El problema era político: lo que estaba en juego no era Marx sino el control de la izquierda continental. 

Esta encarnizada confrontación, de la que forma parte la polémica con Mariátegui, casi destruye al APRA y al propio Víctor Raúl. Exiliado a Berlín a fines de 1928, Haya está a miles de millas del escenario de las hostilidades. El terreno queda a merced de sus enemigos. La Comintern, con Julio Antonio Mella en México y José Carlos Mariátegui en el Perú, como disciplinados portaestandartes, golpean una y otra vez al APRA, reclutan a sus cuadros, confunden a sus bases. La meta: la total destrucción de la organización cuyo líder languidecía al otro lado del Atlántico. En Lima, el dictador Leguía se frotaba las manos. Divide et impera. 

Haya tras Stalin

En su segundo periplo europeo, Haya comprendió que no había socialismo soviético y menos socialismo latinoamericano digitado desde Moscú. Sólo había estalinismo, “bolchevización”, absoluta verticalidad, obsecuente sumisión y mecánica repetición de fórmulas importadas.  Entonces tornó su mirada hacia la socialdemocracia, la de Eduard Bernstein, esa que planteaba un socialismo sin marxismo, en democracia. La que sostenía que las organizaciones obreras y campesinas podían alcanzar la “utopía comunista” sin acabar con el capitalismo sino negociando con él, presionándolo, invadiéndolo,  interviniéndolo para elevar el nivel de vida de obreros y campesinos como nunca pudieron ni la URSS de Stalin, ni mucho menos la China de Mao. 

Víctor Raúl, visionario, le atinó una vez más a la hora de la historia. Desde 1931 le planteó a la militancia del Partido Aprista Peruano conceptos como el de Democracia Funcional en la línea de la internacional socialdemócrata (llamada también socialista). Al mismo tiempo, siguió teorizando acerca de la unión latinoamericana, desde su original mirada aprista. 

Conclusión: el legado marxista de Haya de la Torre

Hubo un Haya marxista que se gestó el 7 de mayo de 1924, cuando compartió con las juventudes mexicanas la bandera de un enorme y emancipador movimiento continental que nunca llegó a realizarse. Este Víctor Raúl dejó una literatura inestimable, cuyas máximas expresiones las constituyen Wath is the APRA (1926), Por la emancipación de América Latina (1927), El Antimperialismo y el APRA (1928) y el Esquema del Plan de México (1928). 

Aunque no mantuvo estas posturas hasta el final de su trayectoria, Víctor Raúl Haya de la Torre es el primer marxista de América. Nadie como él nos legó una doctrina, un modelo de Estado y un plan insurreccional marxistas, basados en sus rigurosos estudios de los textos fundamentales de Karl Marx, Friedrich Engels y Vladimir Lenin, los que adaptó de manera brillante a la realidad continental. 

Una trayectoria política de 60 años necesariamente se divide en etapas. Lástima que algunos no lo entiendan y quieran encerrar a los grandes ideólogos en campos de concentración intelectual, que aprisionan la libertad de pensamiento como aprisionaron y apagaron la vida de millones de seres humanos aquellos Gulags en los que José Stalin purgó a todo aquel que, en su imaginación, amenazaba su ilimitado poder. 

A 100 años de la fundación del APRA, no olvidemos al Haya marxista, y a su obra, que constituye un aporte fundamental a la filosofía política latinoamericana. 

* El V Congreso de la Internacional Comunista apoyó abiertamente la conformación de frentes multiclasistas para derrotar al enemigo imperialistas en las colonias, bajo la estrategia denominada “a las masas” la que se difundió desde el III Congreso realizado en 1921. A su turno, el VI Congreso lanzó la estrategia “clase contra clase” impulsó el liderazgo del proletariado en la revolución y advirtió que las alianzas con las clases medias debían ser supervisadas pues sus miembros podían a convertirse en cuadros revolucionarios o contrarrevolucionarios. En todo caso, no descartó de plano la participación de estos sectores en la revolución. 

Foto de centro: Haya vestido a la usanza de un militante bolchevique, Moscú 1924

Foto de fondo: Portada de revista aprista Indoamérica, publicada en México, 1928

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Apra, haya marxista

El APRA no se fundó oficialmente el 7 de mayo de 1924. Como sucede con diversas organizaciones políticas y hasta con países, sus procesos constitutivos son complejos y no es fácil establecer la fecha exacta de su instauración pues no existe una que resulte definitiva. Sucede así con las independencias del Perú y Chile. En nuestro caso elegimos el 28 de julio de 1821 debido a las proclamaciones de San Martín en Lima, pero la emancipación solo se logró tras la victoria de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824. Chile celebra el primer grito, la instauración de la Junta de Gobierno de Santiago el 18 de septiembre de 1810, a pesar de que entonces sus miembros no habían siquiera decidido abrazar la causa independentista. 

Un elemento común a estos casos es que las fechas fundacionales se deciden a posteriori y con un afán instrumental. Hacen falta unas efemérides, una celebración, una conmemoración anual que marca el inicio de algo, y si no está suficientemente clara la fecha se tiende a seleccionar uno entre varios eventos posibles. 

En esas estuvo Haya de la Torre entre los años 1925 y 1926. Repasemos la historia. Si algo tenía claro Víctor Raúl al desembarcar en México en 1924, luego de ser exiliado del Perú por el presidente Augusto Leguía en octubre de 1923, es que quería liderar la revolución latinoamericana contra el imperialismo, en un contexto en el que ya existían redes políticas y diversas ligas que se aglutinaban en torno a esta meta. 

En Moscú, donde permaneció entre junio y octubre de 1924, Haya inició su formación marxista, participó, entre otros eventos, del V Congreso de la Internacional Comunista, tomó buena nota de sus conclusiones y comenzó a buscar el apoyo de los jerarcas de la revolución soviética a su propio proyecto revolucionario. El intercambio referido se agudiza en el año 1925, encontrándose Haya en Londres, pero finalmente la IC presentará varios reparos a su Plan Insurreccional a través del suizo Edgard Wood, también conocido como camarada Stinner y especialista en asuntos de América Latina. El primero: no contar con una organización para llevarlo a cabo. El segundo: el mayor interés conmiteriano en la promoción de revoluciones en los países de la Europa Occidental. 

Eventualmente, las conversaciones pudieron continuar, pues el diálogo no se rompió del todo, pero Haya tomó la crucial decisión de llevar a cabo su proyecto al margen de la Comintern. Desde entonces la labor fue titánica. Se formaron células apristas en París, México, Buenos Aires, La Paz, La Habana, Santiago, Lima y algunas provincias del Perú. El modelo no fue otro más que el de la propia Comintern, entendida como un partido político mundial con secciones en los diferentes países del mundo. Así por ejemplo, desde 1930, el Partido Comunista del Perú sería la sección peruana de la Internacional Comunista, bajo el liderazgo de Eudocio Ravines. 

Es en medio de estos trajines que Haya elige el 7 de mayo de 1924 como la fecha fundacional del APRA, o de La APRA, como se le llamaba durante sus primeros años. ¿Por qué el 7 de mayo de 1924? Porque en dicha fecha se inauguró la Primera Liga Antimperialista Panamericana en México, y en ella Haya entregó a las juventudes la bandera roja con el mapa de Indoamérica trazado en amarillo. Se trataba de la germinación de un proyecto de unión continental aún en ciernes y al que Haya se avocó de inmediato. Como hemos señalado, a los pocos días zarpó hacia Europa con destino a la URSS, la Meca del Comunismo Mundial, en busca de apoyos para revolucionar todo el continente desde Río Bravo a Tierra de Fuego y así insertarlo en un periodo de transición hacia el socialismo. 

El derrotero elegido por Haya lo colocó necesariamente en el terreno de las contiendas políticas e ideológicas. El solo hecho de formar un movimiento continental de izquierda, alternativo a la Comintern, fuera de sus cauces, y con postulados que competían en radicalidad con los esgrimidos por los Congresos de la IC, inició una guerra sin cuartel cuyo mayor teatro de operaciones -no el único- fue México. La Comintern era mucho más poderosa que la APRA. Esta, más bien, era endeble y embrionaria.  Julio Antonio Mella, primero, y decisivamente José Carlos Mariátegui después, se encargaron de definir la confrontación a favor de los rusos. La célebre polémica Haya-Mariátegui tiene por telón de fondo la cruda disputa entre la Comintern y el APRA.

Las narrativas historiográficas

En el plano de las narrativas historiográficas, la elección del 7 de mayo de 1924 como fecha fundacional del APRA ha motivado ácidas críticas en contra de su fundador. Se señala que la selección de unas efemérides para su partido-alianza es un acto de manipulación de la historia, cuando no una mentira. 

Nosotros vemos este acontecimiento, que se genera en la voluntad de Haya de otorgarle un origen a su proyecto político, como algo natural y que se explica en el propio proceso formativo de esta organización germinal, que resulta de un proceso muy complejo. Para validarlo, Haya y los demás líderes del movimiento requerían unas efemérides y el 7 de mayo de 1924, elegido por las razones que ya hemos esgrimido, nos parece un acierto al punto que logró enclavarse en la narrativa que refiere al APRA hasta el día de hoy. En otras palabras, también se trata de política. 

La fecha de la fundación del APRA contiene una dimensión instrumental pero sucede lo mismo con la mayoría de efemérides. Distinto fue el caso de la fundación del Partido Aprista Peruano, el 20 de septiembre de 1930 en Lima, como resultado de una reunión de militantes cuya expresa finalidad era crearlo. Dato curioso, Haya no estuvo presente esta vez por continuar aún en la agitación de su exilio europeo.  

A partir de la fundación del PAP en 1930, declina el partido-frente continental y se fortalece el partido de masas peruano. Comienza una segunda etapa en la historia del APRA, la del Partido Aprista Peruano.  

* Este artículo inicia una saga de relatos cortos que presentaremos semanalmente sobre la historia del APRA, con énfasis en su periodo fundacional e internacional (1924 – 1930) debido a la conmemoración del centenario del APRA (1924-2024).

Si el mundo fuese racional, en 1947 Israel y Palestina hubiesen dividido territorios. No digo que hubiese sido la solución más justa, sino una que hubiese combinado justicia y poder. Los palestinos ocupan ese lugar hacemiles de años, los judíos fueron expulsados por los romanos a inicios de la era cristiana.

En el siglo XIX, con la explosión de los nacionalismos, surgió el movimiento sionista, que llamó al pueblo judío a formar un hogar nacional en la Tierra Santa de Moisés, es decir, volver 1900 años después. Y así comenzaron paulatinamente a repoblarla, pero allí, reitero, estaban los palestinos, desde siempre. Cuando en 1948 se fundó Israel de manera unilateral y pateando el tablero de las negociaciones que venía realizando la ONU, 10% de la población era judía pero también es verdad que, por lo mismo, los palestinos tampoco querían saber nada con la partición del territorio.

Una clave fundamental es el Islam. Cuando Mahoma en el siglo VII viajó de La Meca a Medina y fundó una nueva religión monoteísta que pobló de adeptos gran parte de Asia, África, y algo de la Europa occidental y balcánica, los judíos hacía siglos que vivían su diáspora. Hacía siglos se habían dispersado por el mundo, más por Europa Central y del Este debido a las prohibiciones del emperador Justiniano en el siglo VI de nuestra era, quien pretendía que todo su Imperio abrase el cristianismo.

En suma, en lo que hoy se conoce como Israel quedaron los palestinos, la mayoría de ellos musulmanes, y una minoría cristiana de la que proviene la mayor parte de la colonia palestina en el Perú. Y alrededor todo el mundo árabe y musulmán con algunos bolsones de cristianismo desperdigados aquí y allá que se hicieron más grandes durante las cruzadas -siglos XI a XIII- y que luego se redujeron hasta la mínima expresión cuando cayó Constantinopla, la otra capital del Imperio Romano, en 1453. Por ello, poco después, Vlad Lepes, o Vlad Dracul, señor feudal de Transilvania tuvo que enfrentar las huestes turcas con métodos poco ortodoxos, hasta que a Bram Stocker se le ocurrió convertirlo en vampiro y situarlo en la convulsa Londres de finales del siglo XIX, revoloteando entre Lucy y Mina.

Por esos mismos años, cuando los judíos comienzan a volver a la Tierra Santa de Moisés, las cosas finalmente estaban parejas entre Occidente y el mundo árabe, había cierto equilibrio estratégico a pesar del apabullante neocolonialismo industrial europeo. Pero en 1948, con la creación del Estado de Israel se rompió de nuevo el equilibrio y volvimos a dar vueltas en círculo, a veces con y a veces en contra de las manijas del reloj de la historia.

La historia de la humanidad es la historia de los imperios, desde que se cayó la semilla del árbol, fecundó en la tierra y la civilización se hizo civilización, es decir, se sedentarizó. Los Egipcios conquistaron a todos a su alrededor, esclavizaron a los judíos, los romanos conquistaron a los egipcios, los incas conquistaron a chancas y huancas, los españoles a todos ellos, también aaztecas etc.

En el siglo XX, ni la democracia, ni los derechos humanos cambiaron eso. Atenas, la madre de la democracia antigua, conquistó por la fuerza todas las polis del Egeo. USA, la madre de la democracia moderna, conquistó al mundo después de la Gran Guerra de 1914, pobló de dictaduras su patio trasero -es decir Latinoamérica- durante la Guerra Fría y ahora lucha por mantener su imperio, China arremete. Pero si fuésemos racionales, y si la lógica del Estado moderno no remitiese necesariamente a Maquiavelo, Hobbes y Weber, partiríamos a Israel en dos mitades, una para los judíos, que se llamará Israel y otra para los palestinos, que se llamará Palestina. ¿No es esa la enseñanza del rey Salomón?

Esta solución, que es humanamente imposible porque el hombre prefiere imperar antes que razonar, no traería la paz inmediata. Los fanáticos de cada bando se atacarían un tiempo más, aunque es posible que, con el tiempo, terminasen acostumbrándose. Igual son pamplinas, Estados Unidos está allí para impedirlo. Si algo nos enseñala historia es que el genocidio nunca se interpuso a losintereses materiales.

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Islam, Tierra Santa

Recién la Municipalidad de Lima Metropolitana ha planteado la demolición del parque-escultura EL OJO QUE LLORA, de la artista plástica Lika Mutal, que constituye un lugar de la memoria que recuerda a las víctimas de la época de la violencia en el Perú, que unos llaman lucha contra la subversión y otros conflicto armado interno. 

Desde luego, en este espacio rechazamos la medida desde la premisa de que los lugares de la memoria deben ser preservados al margen de su significado, pues refieren un evento del pasado que genera un recuerdo y una reflexión al mismo tiempo, ya sea para honrar a sus protagonistas,  para discutirlos y eventualmente desaprobarlos. Los paradigmas cambian constantemente. Lo que una época constituía norma o costumbre súbitamente deja de serlo en otra y así desde los inicios de la civilización. Entonces no se trata de eliminar el pasado: no se puede. Se trata de resignificarlo o de mirarlo, interpretarlo y discutirlo con otros ojos, los del presente, para así comprender que el curso de la historia siempre ha venido acompañado por el cambio.

Cuando visité Berlín, el conjunto monumental que más llamó mi atención fue el parque dedicado al soldado ruso, que se ubica en lo que, durante la Guerra Fría, fue Berlín Oriental. Este memorial, erigido por los propios rusos cuando ocuparon Alemania celebra hasta hoy la toma de la capital del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial, en la Batalla de Berlín de inicios de 1945. Sin embargo, no puede dejar de evocar, al mismo tiempo, los atroces abusos cometidos por los soldados rusos, entre ellos la sistemática violación de mujeres alemanas como injustificable revancha por los análogos abusos nazis durante la Operación Barbarroja, 1941-1942. 

Alemanes y rusos, al final de la Guerra Fría, cuando los segundos desocuparon tierras germánicas, acordaron que el monumento debía mantenerse en su lugar. Y allí está, recordando a los alemanes quienes fueron sus vencedores, sus invasores y sus verdugos, pero también trayendo al presente las terribles consecuencias que le trajo al mundo entero el régimen nacionalsocialista. 

En 2021, sucedió lo contrario en New York, cuando su ayuntamiento retiró de su sala de sesiones la estatua del prócer Tomás Jefferson. El retiro se produjo en el contexto del movimiento Black Lives Matter (las vidas de los negros importan) debido al brutal asesinato del ciudadano afroamericano George Floyd a manos de un policía local. Jefferson independizó USA pero, al mismo tiempo, fue propietario de más de 600 esclavos, actividad legal y normalizada en el siglo XVIII, cuando se produjo la gesta emancipadora de la potencia del norte.

La estatua, de aprox. dos metros de alto, no fue desechada, sino “trasladada a la Sociedad Histórica de Nueva York, que ha aceptado el préstamo, con el fin de «proteger el trabajo artístico y proporcionar las oportunidades de exhibirla en un contexto educativo e histórico»”**. Otros monumentos no corrieron con la misma suerte. Un caso emblemático es el del rey Leopoldo II de Bélgica, quien lideró la colonización de El Congo con la que se llevó la vida y libertad de millones de congoleses. Leopoldo II no actuó en el vacío, sino en un periodo histórico denominado neocolonialismo en el que las emergentes potencias industriales europeas convirtieron toda el África y parte del Asia en sus colonias políticas, administrativas y económicas. Entonces se produjeron toda clase de execrables abusos en contra de la población local. 

Los últimos años, decenas de monumentos y cuadros que representan al controversial rey han sido destruidos o vandalizados, los que han podido salvarse han sido transferidos al Museo Real de África Central. Su director,  Guido Gryseels, espera que su museo no se convierta en un cementerio de obras de arte alusivas al viejo y colonialista monarca. 

Un monumento, busto, estatua, pintura o escultura con contenido histórico no deben comprenderse necesariamente como un reconocimiento o condecoración al evento o personaje que evocan. Nuestra lógica debe ser que la interpretación presente del pasado es siempre cambiante.  Además de constituir obras de arte -y el arte debe ser preservado- estos lugares nos recuerdan lo sucedido, con lo que tiene de bueno y de malo, mientras que paradigmas y significados van cambiando. Pero al pasado no lo podemos destruir, por más que queramos. Así por ejemplo, Auschwitz, el espeluznante campo de exterminio nazi se preserva porque tiene un mensaje que darle al presente, acerca de lo que no debe suceder nunca más, y así en cada caso. 

Los contenidos de las placas conmemorativas que explican una obra de arte o monumento, estatua, etc., sí que pueden cambiar, pueden contener disclaimers, el presente tiene todo el derecho de resignificar un lugar de la memoria conforme a los valores vigentes. Eventualmente se le puede cambiar de lugar, como la estatua de Jefferson, si ocupa uno socialmente muy discutido. Pero de lo que se trata es de explicar, compartir, resignificar, hacer docencia con el pasado. Al pasado no se puede destruir, hacerlo es a la sociedad lo que la amnesia a la memoria humana.  

Recordemos a los pobladores del tórrido Macondo, en Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez, absolutamente desorientados, inconscientes de sus propios nombres pues olvidaron quienes eran y de dónde provenían. El presente fue concebido por el pasado ¿se les puede separar?

*Tomado del título de la película argentina del mismo nombre, véase: https://www.youtube.com/watch?reload=9&v=hKa8U-8vsfU

**Véase: 

https://www.nytimes.com/es/2020/06/22/espanol/mundo/estatuas-protestas.html  

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El ojo que llora, estatua, Lika Mutal, Lugar de la Memoria, victimas del conflicto

La noche del 29 de septiembre de 2023 falleció en Islay, Perú, el exvicepresidente del Congreso Hernando Guerra García. El político de Fuerza Popular sufrió una descompensación. Su seguro de salud era de los mejores pero la cobertura solo alcanzaba a Lima y algunas capitales regionales. Guerra García, indefenso en una provincia ni tan remota ni tan lejana, se convirtió súbitamente en un peruano de a pie y murió como tal: sin servicios de salud que lo amparen. 

La triste muerte de Nano me ha recordado algunos pasajes de la novela 1984 de Orwell. Aquella distopía transcurre en una sociedad dividida en dos: la vinculada con el Estado, que se beneficia de sus prebendas pero al mismo tiempo es vigilada al milímetro por un omnipotente sistema de inteligencia y reprimida con monstruosas torturas; y el pueblo llano, al que su pobreza e insignificancia sitúan fuera de la esfera del poder. Por ello, la pareja protagonista se refugia en ese ignorado paraje para así respirar un halo de libertad.  

He meditado sobre dos recientes artículos, uno de Alberto Vergara y el otro de Javier Díaz Albertini. Vergara plantea el caos, no hay instituciones, no hay ley, no hay representatividad, vivimos en un sálvese quien pueda. Díaz Albertini añade algo más: a nadie le importa, hemos perdido hasta la empatía. 

En una mirada de corta duración es posible sostener que los últimos años hemos trocado la crisis de la legalidad y del Estado por su absoluta desconexión de la realidad cotidiana. Podría decir más: la coyuntura iniciada en 2016 por el enfrentamiento entre los poderes ejecutivo y legislativo, y el posterior destape de los cuellos blancos demolieron las ruinas sobre las que yacía una bicentenaria república nonata. Este escenario generó una situación inesperada, que algunos interpretan como una transformación estructural y otros como una nueva coyuntura: a los intereses ilícitos, y sus representantes en la política, no les quedó más remedio que mostrarse como tales, de allí el nuevo rostro adolescente de nuestra política y nuestro país, parafraseando a Luis Alberto Sánchez y Carlos Contreras. 

Sin embargo, desde la larga duración me pregunto: ¿hay motivo para sorprenderse? ¿alguna vez instituimos un orden constitucional que funcione como tal? Es posible que ahora estemos aún peor pero cuando Vergara refiere la dicotomía entre crisis y equilibrio crítico no señala el advenimiento de una circunstancia nueva sino un estado de cosas permanente. En el Perú nunca fuimos lo que algunos creen que recientemente dejamos de ser. Enorme oxímoron, salvo que comencemos a preguntarnos cómo se construye una república que nunca existió.

Los trabajos de Cristóbal Aljovín acerca de nuestros inicios republicanos son reveladores: no hubo república, lo que sí hubo fue una anárquica combinación entre la nueva institucionalidad y la praxis cotidiana que permitió la revitalización de la vieja relación casuística colonial entre sociedad y Estado. De esta manera, la percepción del Erario Público como botín y de la función pública como enriquecimiento ilícito anteceden a la fundación política del país. Está en la costumbre hace quinientos años. Por eso, la otra pregunta que se suma a la ecuación es la misma de 1821: ¿cómo se construye una república donde la sociedad es consuetudinariamente antirrepublicana?

Carmen Mc Evoy desentrañó la maquinaria política de Ramón Castilla a mediados del siglo XIX: la presenta como una cadena de dones y contradones. El clientelismo en su máxima expresión, yo te doy, tu me das, y todo sale del Estado, de sus recursos, de sus contribuyentes, del tonto que vive de su trabajo y el vivo que vive del tonto, etc.  El siglo XX fue una feria de exuberantes dictadores civiles y militares, el uno más tórrido que el otro. Todos gobernaron sin la molestia de instituciones que fiscalicen la farra fiscal. Hoy ya contamos con “democracias” sin fiscalización, pero a nadie le importa. 

Al fin y al cabo, quizá las últimas dos décadas sí hayamos construido un nuevo sistema, uno que engrana acabadamente costumbre y política. ¡Al fin terminamos el trabajo! ¡Pensar que tomó 200 años! Hasta 2016 mantuvimos un atisbo de pudor republicano. Ahora que matamos al pudor, solo queda el matrimonio por conveniencia que contrajeron la sociedad y el Estado en el siglo XVI y que se reproduce más vigoroso que nunca. 

¿Todo acabará en un inesperado divorcio? Admirarse de un antiquísimo matrimonio para constatar que sus nocturnos ritos amatorios siguen siendo los mismos de siempre no le sirvió de mucho ni a Mariátegui, ni a Sánchez, ni a todos los que vinieron después. ¿Cómo se rompe una relación tóxica de quinientos años? ¿qué pacto conyugal viene después de la ruptura? Ahora tenemos a Orwell y sus distopías solo que con inteligencia -y respiración- artificial. Si queremos pensar y resolver al Perú -¿no será este otro oxímoron?- la mirada diacrónica es indispensable. 

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Islay, Nano, Nano Guerra García

El pasado sábado 10 de marzo, el presidente chileno Gabriel Boric fue entrevistado por el Diario El País de España. Este diálogo encontró al joven mandatario en el mediodía de su gestión, luego de despertar enormes expectativas por representar el encumbramiento de una nueva generación de la izquierda latinoamericana. Sin embargo, la frustrada constitución, los conflictos sociales, el álgido debate político, y la cuestión de la inseguridad ciudadana, novísima en el vecino país, nos muestran a un mandatario más reflexivo y autocrítico, pero siempre optimista. 

1.Son cuatro las lecciones que Boric le deja a la región y, principalmente, a sus izquierdas. La primera tiene que ver con la vuelta a la tolerancia política, a la recuperación del diálogo y el talante democráticos. Se destaca su autocritica, enunciada en su discurso de homenaje pronunciado durante las exequias al trágicamente fallecido presidente Sebastián Piñera. Entonces dijo Boric que sus invectivas fueron más allá de lo razonable, al comparar al desaparecido mandatario con el dictador Augusto Pinochet. Admitió que  “comparar al presidente Piñera, con quien tuve muchas diferencias, con lo que fue la dictadura, banaliza lo que fue la dictadura”.

Esta autocrítica ofrece mucho en el plano metatextual. En el mundo, y en América Latina, ya no dialogamos, ya no intercambiamos posturas, no creemos en la quimera del bien común, ni nos guiamos por el sentido común democrático. La república democrática se ha convertido en un marco formal en la que se desenvuelven acciones, contenidos y formas autoritarias absolutamente aberrantes. Esto sucede tanto a la derecha como a la izquierda. 

2. Una segunda lección que nos deja Boric es el llamado a la moderación de la izquierda. Por ello considera imprescindible “para que avancen las ideas progresistas de justicia social e igualdad que la izquierda y la centroizquierda trabajen unidas”. El mandatario chileno ha cuestionado las agendas maximalistas de la izquierda radical, contrastándolas con lo posible y con la voluntad de la mayoría de los chilenos.

Para Boric, la aplastante derrota del proyecto constitucional de la izquierda en el referéndum del 4 de septiembre de 2022 convoca a hacer política sin fanatismos. Este llamado contiene otro aún más relevante. En Chile ya existe una derecha extrema plenamente constituida, liderada por José Antonio Kast, quien alcanzó la segunda vuelta en las últimas presidenciales. 

En tal sentido, el fenómeno de polarización política que es representado por Donald Trump a nivel mundial, por Jair Bolsonaro en Brasil,  Javier Milei en Argentina, entre otros, ha sembrado sus raíces también en Chile. Para Boric, la salida no es combatir el radicalismo con más radicalismo, sino recuperar la sustancia de la democracia y la deliberación, el concepto de representación plenamente identificado con las demandas del pueblo quien legitima dicha representación. 

3. Aunque Boric no descarta la justa batalla cultural de las mujeres y de las disidencias, encuentra que otra enseñanza legada por el rechazo a los recientes proyectos constitucionales -uno de la izquierda y el otro de la derecha- es la urgencia de atender las agendas económica, social y de la seguridad. Para Boric, la derrota del 4 de setiembre de 2022 ha motivado un impostergable cambio de prioridades, tanto como la exigencia de un reencuentro “con el sentido común del pueblo”. Por ello coloca su énfasis en la mejora material de la calidad de vida de los chilenos y en lograr que los servicios y prestaciones del Estado se sitúen mucho más al alcance de las grandes mayorías.

4. Una cuarta y última lección que nos deja Boric apunta a la condena de la izquierda a todo autoritarismo y violación de los derechos humanos vengan de donde vengan.  A diferencia de otros mandatarios progresistas de la región, el chileno ha condenado las dictaduras y violación de derechos humanos en Cuba, Nicaragua y Venezuela. También lo ha hecho para los casos de El Salvador, de la invasión rusa a Ucrania y de las abominaciones sionistas en Gaza. De lo que se trata, dice Boric, es de colocar los derechos humanos por encima de cualquier color político, lo mismo que la lucha contra la corrupción.

Sobre este último flagelo, el mandatario chileno respondió a la pregunta sobre el caso Convenios, que implicó en investigaciones a su cercano aliado Giorgio Jackson, quien fue separado de su cargo. Ha dicho Boric que las consideraciones de carácter personal deben dejarse de lado en estas circunstancias y que “el ejercicio de la presidencia siempre tiene una dimensión de soledad reflexiva”

 

¿Cuántas veces vimos en el Perú a activistas pseudo-democráticos de izquierda volcarse a favor de Hugo Chávez? Este controvertido viraje motivó algunas reflexiones en el libro Demócratas Precarios de Eduardo Dargent. En sus páginas evoca cómo sus compañeros de lucha contra el régimen fujimorista se convirtieron, súbitamente, en entusiastas defensores de la dictadura chavista. Sucedió lo mismo con políticos de izquierda investigados por corrupción y casi justificados por sus adherentes, como si la corrupción fuese punible solo al provenir del contrincante y en el bando contrario sucede exactamente lo mismo. 

Me quedo con la siguiente idea: tras dos durísimos años al frente del Estado chileno, Gabriel Boric ha constatado que sólo los contenidos y las formas deliberativas de la democracia pueden garantizar una ruta transitable hacia consensos sociales, políticos y económicos imprescindibles para alcanzar el desarrollo y garantizar el bienestar. Adoptar posturas deliberativas y democráticas desde la izquierda podría no obtener una reacción análoga desde la extrema derecha. En cambio, podría aislarla y dejarla sola gritando, descalificando y denostando.

Por ello, para izquierdas y derechas democráticas que comparten la vocación del bien común, recuperar las formas del republicanismo, actualizadas a las exigencias del siglo XXI, podría sustanciar la arena política y dirigir la deliberación hacia un cambio de paradigma: uno más constructivo y alejado del esencialismo y la radicalidad. 

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Boric, Chile, Pinochet

Por mucho tiempo me definí progresista y por mucho tiempo lo fui. Cuando me interesé en la política, hace ya 4 décadas, ser progresista implicaba defender la justicia social. Creíamos que la riqueza debía distribuirse mejor e invertirse mejor. Los progresistas nos llamábamos así porque no éramos comunistas, no nos terminaba de cerrar eso de la dictadura del proletario o del partido único, éramos, si se quiere, más franceses. Es decir, creímos en la libertad, en la igualdad y en la fraternidad.

Entonces no pretendíamos la absoluta igualdad socioeconómica como planteaban los marxistas, creíamos, más bien que no debía haber pobres, o los menos posibles, que el Estado debía encargarse de eso, más que subvencionando, brindando servicios de calidad. Para nadie es un secreto que una buena educación y un buen servicio de salud, más que un gasto, es una inversión con enorme valor agregado y con mucho dinero que revertirá luego en el desarrollo humano y en la propia sociedad. Lo mismo la infraestructura, el transporte terrestre, vial y ferroviario, pero no solo el transporte, sino la base tecnológica para aventurarnos en el desarrollo a través de la industria, las comunicaciones y otros rubros.  

Creímos en los derechos de la mujer, defendíamos la igualdad, deplorábamos el machismo y acompañábamos las marchas feministas. El tema LGTBIQ era solo LGTB entonces, apenas aparecía, pero desde el progresismo también apoyábamos esta agenda cultural. Seguro manteníamos, sin darnos cuenta, muchos prejuicios heredados de las generaciones anteriores. Nos antecedían apenas los Hippies que fueron absolutamente liberales pero también las generaciones anteriores a ellos y más en el Perú. Nuestros padres y madres eran buenos, entrañables, pero seguro eran machistas sin darse cuenta, al menos para ojos contemporáneos. Entonces nos encontrábamos en una transición. Existía la familia patriarcal, con el padre trabajador y sustento económico del hogar y la madre ama de casa. Pero al mismo tiempo, el propio capitalismo y la ampliación de la educación superior, comenzaron a crear hogares igualitarios en donde padre y madre trabajaban, y luego, además, compartían las tareas del hogar. 

En el debate político, también la izquierda que participaba de la democracia mostraba vocación por el diálogo. A todos nos gustaba debatir, intercambiar ideas. En la universidad había debates antes de las elecciones gremiales, hablaba el uno, hablaba la otra. “Bajaban” los grupos políticos a las secciones, de diferentes tendencias, los estudiantes preguntaban, los activistas respondían, convocaban. Y se trataba de tiempos en donde lo que estaba en juego era nada menos el sistema político económico y social que debía regirnos, pues los marxistas querían socialismo y el socialismo -no la socialdemocracia- es la transición hacia el comunismo. El tema es que nadie te mandaba a callar, ni te “fusilaba” por pensar diferente, salvo Sendero, claro está.

Por todo lo dicho me cuesta aceptar las formas de hacer política que nos impone la realidad contemporánea. De pronto debo haberme convertido en un dinosaurio del Cretácico. Las razones sobran: defiendo el diálogo, la tolerancia, me opongo a la cultura de la cancelación, a la dictadura de lo políticamente correcto, a la rama radical del feminismo que usa las redes sociales como una hoguera sin verificar responsabilidades. Giambattista Vico lo señaló claramente y Friedrich Nietzsche lo ratificó: todo vuelve, nada es realmente original, corsi e ricorsi: la cacería de brujas nunca se fue del todo, siempre volvió cada cierto tiempo, como sucedió con las tropelías y los impunes ajusticiamientos de los nazis en la noche de los cristales rotos el 9 de noviembre de 1938. Hay una pulsión totalitaria en la especie, la refrenamos, pero vuelve a aparecer.

También soy Cretácico porque defiendo la democracia, así como la vigencia de la Constitución y de los derechos humanos universales que consagró la ONU en 1948. Pero defiendo todos los derechos contenidos en dicha carta y también los que se han conquistado después. No voy por ahí seleccionando y jerarquizando unos sobre otros, o pisoteando unos para consolidar otros, ni limitándolos, creyendo que su restricción y el incremento de la punición serán más efectivos que sus garantías. Hace cuarenta años no me gustaba el jacobinismo, de cualquier tinte o color político, tampoco me gusta ahora. 

Como ser humano contemporáneo deploro la esclavitud, la de los griegos, la africana y las terribles formas de esclavitud sexual que han proliferado a la vista y sapiencia de un Occidente que mantiene intacta su vocación por los holocaustos, antes que por combatir flagelos que afectan principalmente a niños y mujeres. Sin embargo, también soy historiador, fui formado en la comprensión del pasado en sus propios términos, a mí no me formaron como un juez del pasado que utiliza en sus sentencias los códices de justicia del tiempo presente. Por eso, me parece torpe cancelar a Thomas Jefferson por haber sido propietario de esclavos en el siglo XVIII. Junto con mi condena a cualquier forma de esclavitud,  sé que Jefferson no era un hombre de estos tiempos, como no lo fueron ni siquiera mis padres, ni mis desaparecidas abuelas, cuya forma de ver el mundo he descifrado, desgraciadamente, bastante después de que partieran. ¿Se trata de condenarlas por vivir conforme a los paradigmas de su tiempo? ¿acaso se escoge la época en la que se vive?

No he hablado de la derecha contemporánea en estas líneas, que peca de las mismas intolerancias que le he señalado al progresismo actual. Seguiré creyendo en la justicia social, en los derechos de todos y todas pero siempre en democracia, siempre en un ágora en la que se confrontan ideas y se adopta, como decisión, aquello que manda la mayoría. Soy un demócrata y no me dan los cambios paradigmáticos para renunciar a serlo. Desde esa mirada -que he actualizado a la luz de los derechos y conceptos que han ido poblando el espacio público las últimas décadas- seguiré el camino de la libertad, la tolerancia y la DEFENSA DE TODOS LOS DERECHOS FUNDAMENTALES. 

No sé si seré retro o vintage. Pero creo que la batalla por la defensa de todos los derechos fundamentales en democracia es una batalla por librar y un espacio político por poblar y ocupar para romper la nociva dicotomía de extremismos de derecha y de izquierda que se ha apoderado de la discusión pública hasta casi obligarnos a tomar partido. 

Por eso hoy no se habla con las palabras, o las palabras suenan a balazos pues su intención es desaparecer al otro, biológica o socialmente. Construyamos una tercera vía democrática contemporánea, derrotemos todo extremismo y, sobre todo, derrotemos el miedo: que nadie te prohíba la libertad de decir lo que piensas sin temer consecuencias por hacerlo, reivindiquemos la libertad de expresión, sin difamar ni violentar la dignidad humana, como un derecho fundamental consagrado en todas las constituciones de Occidente. Si acaso esto le importa a alguien todavía.

“A ti, la torre; y porque no salgas de ella nunca, hasta morir has de estar allí con guardas; que el traidor no es menester siendo la traición pasada” 

(Pedro Calderón de la Barca, La Vida Es Sueño)

Siempre que se habla del controversial Eudocio Ravines, importante político del siglo XX, se resalta que fue un tránsfuga que se pasó del comunismo al anticomunismo. Empeora el relato que junto a José Carlos Mariátegui haya militado en el Partido Socialista del Perú fundado en 1928. Su cercanía con el amauta y fundar seguidamente el Partido Comunista del Perú en 1930 agravan el pecado de su posterior vinculación con la oligarquía en la década de los cuarenta. 

En lo que casi nadie repara es en que la militancia política de Ravines comenzó en el APRA, de la que también fue fundador. Haya de la Torre lo consideraba su hombre de confianza pero en febrero de 1927, en las sobremesas del Congreso Antimperialista de Bruselas, Ravines es captado por la Comintern(1) y se convierte en su agente. A su turno, Haya rompió con la IC a mediados de ese año.

Ravines nunca le confesó a Haya que se había vuelto agente soviético. Al contrario, le hizo creer que seguía militando en el APRA. Por ello conmueve leer las cartas que este le escribe confiado, contándole que iba a iniciar una revolución en el Perú al margen de la IC. Haya no sabía que le estaba mostrando sus cartas al enemigo. 

Ya durante la polémica con Mariátegui, Víctor Raúl sigue creyendo en la fidelidad de Ravines. En la intimidad de la correspondencia ataca duramente al amauta y alude su precaria salud. Por estas expresiones fue muy criticado por la izquierda debido a que Ravines entregó las cartas nada menos que a Mariátegui y cincuenta años después fueron publicadas por el recordado historiador Alberto Flores Galindo. 

Han pasado cien años de la felonía de Ravines contra Haya pero a nadie le importa. Al contrario, se le valora positivamente pues, al fin y al cabo, apoyó a Mariátegui. La traición de Ravines solo se cuestiona cuando abandona el comunismo para servir a la oligarquía.   

Haya, Mariátegui, Ravines: narrativas historiográficas

La realidad no puede ser distinta a su narración, mucho más si se trata del pasado. Entonces la realidad no existe: solo existen relatos que dan cuenta de ella. En su trayectoria, Haya presenta más elementos discutibles que Mariátegui porque la vida del amauta se apagó temprano el 16 de abril de 1930 en plena efervescencia de su socialismo heterodoxo, cosmopolita y a la vez local. Haya siguió su camino hasta 1979, abandonó el marxismo en 1931, y de allí transitó por varias etapas que, según la lectura de la izquierda, constituyen una claudicación a su ideología primigenia. 

En este relato, escrito por “los vencedores”, la izquierda triunfó largamente sobre el APRA. La versión más difundida sobre la trayectoria de Haya y su partido la escribieron sus rivales políticos. Por eso mismo, Eudocio Ravines es un traidor frente al comunismo pero no frente a Haya y su partido. 

En los actuales tiempos, la política y la historia -aunque se relacionan gracias a la nueva historia política – han seguido cada una su camino. El historiador ya no se guía -o no debería- por su ideología como lo hacía en el siglo XX. Por ello es momento de revisar estas viejas narrativas que siguen presentando a Mariátegui como el bueno del cuento y a Haya como el malo, en un esquema maniqueo y epistemológicamente superado.  

Dentro de este esquema, la traición selectiva de Ravines requiere de urgente revisión porque los historiadores ya no establecemos quienes son los héroes y villanos del pasado. Además, es preciso no heredarle a las nuevas generaciones los sesgos ideológicos y antipatías de quienes todavía se guían por enfoques que se cayeron a pedazos junto con el muro de Berlín en 1989.  

1.- Comintern, Internacional e IC son sinónimos, refieren a la Internacional Comunista fundada en Rusia en 1919, cuya misión fue organizar y nuclear a todos los partidos comunistas del mundo. 

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Eudocio Ravines, Haya de la Torre, José Carlos Mariategui
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