[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Desde hace poco ha circulado en redes el testimonio dramático de un padre de familia víctima de una denuncia falsa por parte de su excónyuge, motivo por el cual, entre otras sanciones, fue separado de sus hijas. El vídeo fue difundido por una cuenta vinculada al congresista Alejandro Muñante, de línea radicalmente conservadora lo cual me llevó a plantearme la siguiente cuestión: ¿sólo la derecha más conservadora puede denunciar y evidenciar esta problemática? ¿la izquierda no debería hacer mismo en virtud de su lucha por los derechos fundamentales y humanos?

Respecto de la izquierda,  no existe una preocupación genuina y solidaria con las víctimas de denuncias falsas. No hay ONGs que se ocupen de estos temas y el financiamiento se dirige a las problemáticas que resultan, o mayoritarias, o que han logrado posicionar mejor sus demandas, esto es, la justa lucha de las mujeres por la igualdad y en contra de toda forma de agresión.

Las fuentes vinculadas con las organizaciones del feminismo radical (se trata de una rama dentro del feminismo) sostienen que apenas 0.01% de las denuncias que presentan mujeres por violencia, por ejemplo, en el seno del matrimonio, son falsas. Evidentemente, la cifra es <<inhumana>> puesto que nuestra especie, tanto el hombre como la mujer, no son tan distintos como para proceder unas con la absoluta verdad y los otros con la más reprochable mentira. En realidad, la cifra del 0.01% expresa en caso de las mujeres que fueron objeto de una contrademanda y que la perdieron. Es decir, el % de mujeres condenadas por denunciar falsamente a sus parejas, pero ese no es el número de denuncias falsas.

Pero problematicemos la cuestión. Cualquier izquierda que se precie de ser tal debe incluir en su agenda la problemática de las denuncias falsas. Ya he conocido demasiadas personas dañadas o arruinadas por estas prácticas, también acompasadas por las degradantes cancelaciones y escraches, como para que la izquierda, que se precia de levantar agendas culturales, no se ocupe del tema. El primer paso que tiene que darse en ese sentido es salir de la postura defensiva asumida por el feminismo radical que, reitero, resta importancia a las denuncias falsas manipulando y minimizando su número.

Respecto de las inexistentes ONGs y organizaciones que se ocupen de las denuncias falsas, el tema es dramático. Una persona denunciada falsamente es tratada como culpable aún ante la inexistencia de una denuncia formal: basta un flyer anónimo en redes sociales, sin pruebas, sin denunciante, sin demandante para que un inmenso número de activistas se encargue de pulverizar tu imagen. Y entonces estás solo. No existe un espacio al que puedas acudir, ni una ONG que pueda velar por la situación en que has quedado, el apoyo psicológico y el abogado, por defecto, se le brindan a la denunciante.

Entonces estas solo en el mundo: puedes ir al poder judicial pero enfrentarás una poderosa organización con toda clase de recursos económicos, logísticos y profesionales que te estará esperando para dar batalla con todas sus fuerzas y, en simultáneo, te atacará sin tregua en medios de comunicación y redes sociales. ¿No es este un problema social? Deberíamos entonces cambiar las definiciones y ser solidarios con estas víctimas de injusticias y de abusos de poder.

La guerra que no debe producirse

Muchas veces se confunden las cosas. Denunciar las violentas prácticas del feminismo radical y visibilizar la problemática de los hombres víctimas de denuncias falsas -difamaciones- no supone atacar a las mujeres. Trata más de la defensa de la especie, de la condición humana.

El Perú es un país machista y patriarcal. Yo no voy a caer en la trampa conservadora de negar el feminicidio como figura legal. Cada dos o tres días una mujer es asesinada por serlo, a esto hay que añadir la violencia familiar, que ciertamente tiene fuerte presencia en nuestro medio y no constituye tampoco un error estadístico; el acoso callejero, la discriminación laboral y una serie de otros abusos que sufren, en la cotidianidad, las mujeres de nuestro país y de las que muchos hombres no son ni siquiera conscientes.

Por ello pensamos que un país más justo tiene que ser un país solidario con las mujeres y con los hombres que sufren; y por ello mismo demandamos a los movimientos de izquierda, e inclusive a los movimientos feministas, incluir en sus agendas el drama de las denuncias falsas con el daño irreversible que le produce a sus víctimas. No se trata de conducir a la sociedad al enfrentamiento hegemonista entre  mujeres y hombres, se trata, por el contrario, de tomar el camino de la justicia en su sentido más amplio y reivindicador, para alcanzar la armonía social entre los géneros humanos, incluidos los colectivos LGTBIQ+.

Tengo una posición sobre el conflicto Israel-Palestina y es a favor de Palestina. A estas alturas de mi vida ya no voy a cambiar;  además, a partir de mis conocimientos acerca de dicho evento histórico, que no son pocos, he sacado mis propias conclusiones. Pero en historia la soberbia es mala consejera. 

Esto lo aprendí en el dictado de clases, más específicamente cuando enseñaba el periodo del Conflicto Armado Interno o la lucha contra el terrorismo (1980 – 1995). Sucedía que entre mis alumnos, siempre alguno provenía de la familia militar o policial y su narrativa, como puede comprenderse, era distinta a la que se difunde desde el conocimiento académico, que no por ser tal resulta poseedora de la verdad absoluta. Alguna vez,  uno de ellos me relató que, en aquellos tiempos, la preocupación en su hogar era que su padre volviese con vida a casa pues había sido destacado a la zona de emergencia.  

Situaciones como esta me plantearon un dilema más ético que epistemológico, máxime si mi postura frente al conocimiento histórico es narrativista: no se trata de la verdad, de la exactitud, se trata de interpretaciones con contenidos de verdad siempre discutibles. Y desde esa premisa me preocupé por conocer la otra mirada sobre este doloroso episodio y también por matizar más mis conclusiones al momento de enseñar la época del terror.

Por cierto, esto me ha sucedido también en relación con el tema central al que he dedicado mi carrera: las relaciones peruano-chilenas. Tuve que viajar a Chile en más de diez ocasiones y multiplicar mis amistades en el vecino país para comprender finalmente que ellas tienen su propia narrativa de nuestra historia en común, de los conflictos pasados que llevamos a cuestas, así como de las relaciones presentes y no solo tienen derecho a tenerla, lo lógico y natural es que la tengan.  

No se trata de someter la mirada propia a la del otro, pero sí de lograr la suficiente apertura de criterio y empatía como para conocer esa otra mirada. Y esto comienza por aceptar que esa mirada existe, no por negarla.

Hoy conversaba con un amigo historiador, es chileno y de origen judío.  El me replicó con mucha ponderación la última nota sobre el conflicto Israelí-Palestino que publiqué en mi block Palabras Esdrújulas. Le respondí algo que reafirmo, que no nos íbamos a poner de acuerdo. Pero entonces me confesó ser parte del problema porque perdió amistades muy valiosas en los atentados de Hamas del 7 de octubre de 2023. 

En dicho atentado, Hamas asesinó a casi 1200 personas, la mayoría jóvenes que disfrutaban de un concierto y tomó de rehenes a otras 251 que parecen importarle poco tanto al grupo terrorista como a la administración de Benjamín Netanyahu, cuyo sionismo radical denuncio aquí una vez más. El tema es que nosotros no le restemos importancia a esos crímenes.

Mi postura general sobre el asunto no cambia. Hablando en términos bíblicos, me parece evidente que  hay un Goliat expoliando a un David en ese territorio desde mediados del siglo pasado y que esa es la madre del cordero. Pero más allá de posturas políticas o históricas, nadie gana en un conflicto así, más bien todos sufren y sufren también los judíos quienes tienen derecho a narrar su historia desde sus propias coordenadas, igual que todos los demás.  

Link de mi artículo en Palabras Esdrújulas, referido en esta nota: 

http://blog.pucp.edu.pe/blog/daupare/2025/06/04/israel-ataca-de-nuevo-una-reflexion-a-base-de-historia-y-principios/

[El Corazón de las Tinieblas] Recién revisé, por generoso envío del amigo Fernando Bryce, el libro El robo de la historia, de Jack Goody. Ya tiene sus años, data de 2006. Pero lo encontré absolutamente polémico y sugerente en relación con estos tiempos contemporáneos de Donald Trump, la rivalidad sino-americana y la inteligencia artificial. 

Cada vez soy más el convencido de que los historiadores somos narradores de historias y poco más. Teorizamos claro, pero al final de cuentas contamos una historia, y la dinámica del poder influye en la redacción final, así como separa las memorias históricas dominantes de las subalternas. 

Luego, ¿será Occidente el ladrón singular y exclusivo de la historia? ¿o será que desde la escritura cuneiforme y los jeroglifos siempre hubo un vencedor que se situó en posición de imponer su narrativa sobre todas las demás? Además, se trae a colación el tema del conocimiento y se denuncia el monopolio Occidental de la epistemología ¿cómo negarlo? pero ¿podría ser de otro modo? 

En realidad, la respuesta es absolutamente afirmativa pero dependerá de la propia dinámica de la historia. Jack Goody denuncia una gran verdad: la Europa feudal fue periférica, tanto que sus caballeros andantes compraban sus armas en los grandes talleres de Córdoba, España. Los árabes tenían mejor tecnología por lo que señores y vasallos de toda Europa viajaban al califato ibérico a adquirir espadas, armaduras, cascos, yelmos, etc. Ese mundo árabe nos regaló el álgebra, Las mil y una noches, la Alhambra de Granada donde Felipe II, si mal no recuerdo,  mandó construir un ridículo castillete circular en medio, solo para mostrar que había reconquistado la península. Y del mismo modo impuso una narrativa a la medida de las nuevas circunstancias. ¿Alguna vez fue distinto?

El dominio Occidental no es viejo, es nuevo, no es desde Cristóbal Colón: la lucha con los árabes fue ardua hasta el siglo XVIII. El maquinismo del siglo XIX decidió el enfrentamiento. De allí vinieron Michelet, la Historia Universal de las cuatro eras que en realidad es historia de Europa. Pero ahora los asiáticos parecen dominar mejor la tecnología que encumbró a Occidente, que los propios occidentales. ¿Qué sucederá en cincuenta años? ¿cuál será la narrativa dominante? ¿de qué centro de poder provendrá? ¿será China acaso? ¿quién se convertirá en el nuevo ladrón de la historia?

El concepto de historicidad es clave para descifrar el jeroglifo. Si situamos el acontecer en un tiempo caracterizado por el cambio y la discontinuidad, difícilmente señalaremos buenos y malos. Nos volveremos relativistas y comprenderemos que lo más que podemos hacer es administrarnos lo mejor posible para no ser englutidos. Así como Corea o los tigres del Asia, pero bajo nuestras propias pautas culturales, cómo no. Pero nuestra eficacia depende de nosotros, no del imperio viejo o del que está por venir.

Parece casi triste reducirlo todo al concepto de eficacia pero parece lo mejor que podemos oponer a la historicidad y, aun así, nada nos garantiza no acabar en el estómago del nuevo pez grande que seguro arrasará con todo a su paso.  

[El Corazón de las Tinieblas] Soy un hombre del siglo XX, adaptado al siglo XXI a regañadientes. Crecí con los debates de la Asamblea Constituyente del 78, con el rock de los ochenta, deslumbrado por Freddie Mercury y su Bohemian Rhapsody; y henchido de nacionalismo al entonar el criollísimo Contigo Perú, interpretado por el zambo Arturo Cavero y, cada tanto, potenciado por la aguardientosa voz de Oscar Avilés y su peruanísimo pulsar de la guitarra. 

Todo parecía emoción entonces. Entre el caos absoluto, la migración masiva, la imparable inflación y sangrientos atentados terroristas, había cierta coherencia que nos hacía creer que formábamos parte, que construíamos algo, así fuesen castillos en el aire, no importaba. 

Y vaya que nos opusimos a Mario Vargas Llosa en 1990. El mundo de las ideologías del corto siglo XX, como se dio a llamarlo Eric Hobsbawm, había concluido súbitamente tras el derrumbe a combazos de un histórico muro pero era muy pronto para que nos diéramos cuenta. 

Por eso creímos que la utopía socialista debía enfrentar de nuevo la amenaza neoliberal, pero había más que eso. Mario se equivocó de país, o, en todo caso, se equivocaron sus asesores de campaña. En realidad, nos equivocamos todos y el error lo pagamos todos. 

Una parte del Perú, aproximadamente el 25%, ya se había desgajado de nuestro Perú político, el de la Constituyente del 78 y la frágil democracia de los años ochenta. Nadie vio que había un país informal por fuera de los marcos ideológicos imperantes, pero lo había y llevó a Alberto Fujimori a la segunda vuelta, contra un Fredemo de Vargas Llosa que obtuvo muchísimo menos de lo esperado.

En la izquierda y el APRA descorcharon eufóricos las botellas de champán. Sus votaciones sumadas a la de Fujimori aseguraban sobradamente la derrota del consagrado literato la segunda vuelta y con él, la del programa neoliberal. Pero aquí también había más, había el gustito de verlo, y verlos – a los pitucos del Perú- derrotados, humillados, y así sucedió, efectivamente. 

De esos días han pasado 37 años. Los historiadores somos generales después de la batalla y bastante antipáticos. Debimos votar a Vargas Llosa en 1990. Hubiésemos tenido una política económica bastante similar a la de Fujimori -que aunque rechine parte de la izquierda, era la que el Perú requería y a gritos- pero la hubiésemos tenido en democracia y de eso la mayor garantía no era otra más que nuestro propio nobel de literatura. Ciudadano moderno, demócrata a carta cabal, de los pocos que se creían el sueño de fundar aquí una república que funcione a base de sus instituciones, pulcras, al servicio del bien común. En suma, lo contrario al fango en el que nos hundimos hace treinta años sin saber hasta hoy si la ciénaga tiene fondo.  

Mario ha muerto, antes de irse obtuvo, para todos nosotros, el nobel de literatura, y un asiento de privilegio en la Academia de las Letras de Francia. Mario es nuestro peruano universal, por encima de Garcilaso, Arguedas y Mariátegui. Por nadie nos conocerán en el mundo más que por Mario Vargas Llosa. 

Pero el siglo XXI, ese que vivo a regañadientes, tiene malas costumbres, o costumbres a las que no me acostumbro y la redundancia es toda mía. Las redes sociales marcan el cambio, la cancelación trastoca los valores. 

Antes al muerto se le respetaba, había un silencio, una constricción ante la muerte. Así como el presidente tiene un periodo de gracia, el finado también gozaba de él. Si acaso había algo que señalar algo crítico, se informaba como antes se leían los titulares de los noticieros al caer la noche, discretamente, sin pestañear, sin entonación: a fulano también se le recuerda por una controversial participación en ….

Pero estamos en tiempos de ajusticiamiento popular, de disección pública, de turba punitiva y entonces la emprenden contra Mario porque apoyó a Keiko Fujimori contra Pedro Castillo en 2021. Yo jamás hubiese realizado dicho llamamiento pero ¿realmente se justifica el escrache, el linchamiento? ¿acaso una opción no era igual de apocalíptica que la otra? ¿de verdad pensábamos que un proyecto marxista-leninista era la solución para todos los males del país? ¿o se le apoyó a Castillo porque se pensó que lo que se tenía enfrente era aún peor?

¿Esto es lo que juzgan los impolutos autoproclamados? ¿los que subieron al “pedestal de la verdad” perpetrando un golpe de Estado en contra de la libertad? ¿los robespierres y robespierras de la moral pública? 

La última novela de Mario Vargas Llosa se tituló Le Dedico Mi Silencio. La crítica no le hizo mucho caso y es una pena. Pocos han penetrado con tanto sentimiento y profundidad una cultura que la quieres o ignoras, si acaso no la rechazas con posturas análogamente estúpidas y moralizantes.

A la cultura criolla hay que quererla. Su guitarra, sus acordes y disonancias, sus punteos y sus trinos te hacen llorar o te resultarán básicamente indiferentes. Vargas Llosa se situó entre los primeros. Pero hay algo más, otra vez: el título, Le Dedico Mi Silencio. Lalo Molfino, protagonista de la novela, es un virtuoso guitarrista criollo, el mejor de todos, a tal punto que cuando pulsa la guitarra genera un silencio admirado, absorto e ilimitado. 

Al concluir una de sus presentaciones, antes de retirarse, le musita al oído a una dama embelesada por su música: “le dedico mi silencio”, ese que solo su interpretación de la guitarra podía suscitar, ese mismo que nos envolvió cuando leímos una novela de Mario sentados en el sofá de la sala, solos él y cada uno de nosotros, silencio que representa el mejor homenaje que podríamos brindarle en los días afligidos de su partida.

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5 de abril, Alberto Fujimori, Le dedico mi silencio, Mario Vargas Llosa, Neoliberalismo, wokismo

[El Corazón de las Tinieblas] 

Un estudiante me preguntó alguna vez por qué algo tan natural como el intercambio cultural resulta hoy cuestionado y tildado de apropiación cultural por el wokismo. Le mencioné el ejemplo de la mujer blanca que eventualmente decide usar trenzas africanas o box braids y que podría ser interceptada en las calles de USA por un activista para enrostrarle su frivolidad, o por tomar como moda una costumbre ancestral.  

¿Se justifica la actuación de la activista? ¿debieron los hippies arreciar contra las multitudes que vistieron pantalones acampanados y que sin embargo no vivían en casas rodantes ni de acuerdo con sus pautas contraculturales? Felizmente, los animadores de Woodstock preferían la paz y el amor. Mencionarlo no es baladí: sobre el odio no podemos construir nada. <<La violencia solo engendra violencia, muerte y destrucción>> nos dijo el Papa Juan Pablo II cuando visitó el convulsionado Perú en Febrero de 1985, entre apagones generales, torres derrumbadas, pobreza extrema y migración masiva. 

La cara opuesta al ejemplo del estudiante lo acaba de vivir la congresista Susel Paredes. A la reportera de un medio televisivo conservador no se le ocurrió nada peor que emplazarla en la puerta del baño de damas del Congreso, impidiéndole el paso, increpándole que si se creía hombre debía acudir al baño de varones. Desde nuestra mirada, el solo hecho amerita la suspensión indefinida de la periodista. Más allá de eso, y más allá de que Susel le aclaró -con el aplomo que solo otorga décadas de lucha- que ella era homosexual y no trans, la abierta discriminación en contra de la orientación sexual de la representante es el agrio sabor que nos deja un incidente que jamás debería repetirse. 

Recién Stalisnao Maldonado escribió sobre un tema que hemos atendido en esta columna en varias ocasiones: los excesos de un wokismo que, paradójicamente, nació del liberalismo y los derechos fundamentales pero que devino en su versión más distorsionada e insidiosa. Maldonado llama a recuperar dichos derechos, llama a luchar por las minorías sexuales, por los pueblos originarios pero, al mismo tiempo, a no olvidar que de esos derechos también gozamos todos los demás seres humanos del planeta.

El gran error del wokismo fue pensar que luchar por los derechos de las minorías implica oponerse y negarles esos mismos derechos a las personas situadas fuera de sus reivindicaciones, así como optar por unos derechos fundamentales en desmedro de otros, de acuerdo con su propia agenda política. 

De allí la lista interminable de abusos y atropellos perpetrados a través de la cultura de la cancelación, así como la descomunal criatura engendrada, que apenas sí se abre paso torpemente sobre el mundo, sin importarle lo que destruye con cada pisotón: Donald Trump.

Fuente de la imagen: www.France24.com

Tal vez deberíamos preguntarnos si alguna vez existió, más allá del ágora ateniense. La democracia de los tiempos modernos, la representativa, puede entenderse también como un reemplazo soterrado del monarca absoluto, el Estado ya no soy yo, ahora somos nosotros, pero ese “nosotros” gobierna, casi omnipotente, a todos los demás.

Luego, allí donde rige el Estado de derecho, el sufragio no nos convierte en democracia, ni en el gobierno del pueblo en sentido estricto. Después están los mediadores, primero los sindicatos, después los partidos políticos, luego los organismos no gubernamentales y las asociaciones de la sociedad civil, entre otros, pero el problema que se plantea sigue siendo el mismo.

En tiempos de los grandes partidos, o en las realidades donde todavía existen, lo que sí rige es el Contrato Social: la delegación del poder del pueblo a sus representantes y sin mandato imperativo. Demócratas y republicanos, convencidos de apostar por una forma de vida y organización social en la que creen, votan a sus candidatos y se sienten mediadamente bien representados. Por ello, tienen la percepción de participar de lo que sucede.

Retrocedamos al mundo de “Entre Guerras”, la democracia era más democracia porque la flanqueaban dos totalitarismos, el comunista y el fascista, de dictadura de partido único. Mal que bien, y aunque se cumplan mucho, poco o regular, los derechos fundamentales de las cartas magnas democráticas garantizaban que nadie nos iba a enviar Siberia o al paredón si disentíamos. Entonces la democracia representativa, en tanto que nuevo nosotros gobernante (nosotros = Estado + instituciones) parecía más democracia todavía.

El mejor momento para la democracia en el siglo XX fue 1989. Cayó el muro de Berlín y no solo el capitalismo vencía al comunismo: también la democracia y el liberalismo político derrotaban a la dictadura de partido único que aún se mantenía en pie, la del socialismo real, la fascista fue aniquilada en 1945.

Pero para 1989 no había necesidad de defender la democracia, ni al gobierno del pueblo, con todo lo de real e imaginario que pudiese tener, de ningún enemigo visible y entonces la sabotearon por dentro. Vino el wokismo, una nueva cultura política neototalitaria que se desarrolla en el marco de una democracia que entra en crisis sencillamente porque la civilización occidental la pierde de vista al darla por sentada.

Y entonces la llamaron dictadura de la corrección política y después cultura de la cancelación y todos los progresismos en sus diferentes formas y colores se saltaron la valla de la democracia sin ningún problema: ya no es “o estás conmigo o estás contra mí”, sino “estás conmigo o estás socialmente muerto”.

Los cancelados eran a veces responsables de violencia contra la mujer pero otras veces no. Este fue el caso del célebre actor Johnny Depp, de los pocos que han logrado volver del ostracismo de una cancelación, tras vencer a su exesposa, Amber Heard, en un juicio que presenció el mundo entero y que debilitó seriamente las posiciones del movimiento feminista radical.

La dictadura de la corrección política alcanzó al movimiento LGTBI+, cuyas posturas a favor de apoyar con fármacos y cirugías las transiciones sexuales de niños, prevaleciendo la voluntad del infante -respaldada por la política estatal- por sobre la patria potestad, aumentó considerablemente las filas de quienes corrían a agruparse en la vereda del frente.

Al final del camino, la teoría poscolonial, al mismo tiempo que denuncia con justicia una discriminación que ya lleva medio milenio, plantea como teoría y praxis políticas el reemplazo del principio de la igualdad por el de la guerra tribal o de razas. De esta manera, un ciudadano caucásico en América Latina es, desde que nace, un varón, blanco, heteropatriarcal que goza, ad doc., de una situación de privilegio. El mérito y la performance no influyen en el resultado: ¿dijo más Adolfo Hitler?

Y si al progresismo no le importó el cerco democrático y de los derechos fundamentales, el conservadurismo no quiso ser menos. Algunos estados de USA han revertido las leyes proaborto, Donald Trump acaba de señalar que en su país solo hay hombres y mujeres. Inclusive, el dos veces presidente del hegemón americano, siempre grandilocuente y exagerado, no escatima referencias a la pureza de sangre en sus intervenciones públicas. A su turno, en Europa el                         nacional-conservadurismo de remembranzas fascistas avanza imparable y, en América Latina, esa también parece ser la tendencia. ¿Hitler vs Hitler?

Hay un pozo en el fondo en esta crisis paradigmática de la democracia. En USA, latinos y afrodescendientes, presuntas víctimas de las espartanas políticas de Trump, le votan con frenético entusiasmo. En Argentina, un pueblo hambriento por las políticas económicas de Javier Milei no deja de vivar a Javier Milei, a su política económica y a su “carajeada” defensa de la libertad.

¿Se hartó la gente del wokismo, el que a su vez dejó atrás la fase democrática de occidente caracterizada por los derechos fundamentales? Carambolas de la historia. De esta forma lesfacilitaron el trabajo a los conservadores -para quienes los derechos humanos “son una cojudez”- que vinieron justo después y que hoy le imponen al mundo su propia distopía autoritaria. Sin un mínimo consenso democrático mundial, Donald Trump puede decidir unilateralmente la limpieza étnica -por asesinato o desplazamiento- de los palestinos gazatíes con el complacido aplauso de Benjamín Netanyahu.

La historia enseña que al pasado no se vuelve. ¿Podremos recuperar los valores y prácticas democráticos luego de que progresistas y conservadores occidentales los condenasen al ostracismo del pasado? ¿Se trata de volver a la democracia? ¿O el mundo, dialécticamente, tras la primera gran guerra del siglo XXI -que será brutal y brutalmente destructiva- establecerá, renacido una vez más de entre sus ruinas, un nuevo orden político internacional. Pacifista, cómo no, erigido sobre cientos de millones de vidas humanas. Corsi e Ricorsi, dijo Giambattista Vico.

Prepárense, siéntense en familia ante la TV HD de no sé cuántas pulgadas en la sala de su casa y con harto popcorn a ver qué es lo que pasa, o anímense a luchar por una utopía que aún el mundo no nos ha revelado. Complejo dilema del sujeto contemporáneo.

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Hace unos días, en un medio local, el rector de la UNI, Dr. Alfonso López Chau publicó el artículo La Nación, Renán y Mariátegui. Me agrada lo que escribe López Chau por su solvencia intelectual pero, principalmente, porque, siendo líder de un partido político, Ahora Nación, se ocupa de temas que a ningún político contemporáneo le importarían. Y espero no pecar de soberbio al señalar que es posible que varios de los más conspicuos representantes de nuestra caterva política, ni siquiera hubiesen entendido el texto que aludo. Y es una pena.

Las redes sociales –youtube– todavía guardan discusiones entrañables: una entre Alfonso Barrantes y Alfonso Baella en 1984, otra entre Andrés Townsend, Armando Villanueva, Luis Alberto Sánchez y Ramiro Prialé en 1981, en tiempos en que el APRA se dividió tras la muerte de Haya de la Torre. Aquí no se trata de la temática, de la postura, sino de la docencia política, ¡qué nivel de cuadros! El que menos, desde la pantalla chica, escuchaba al contrincante y se quedaba con el placer estético de haber disfrutado de una charla magistral. Y de esto hace 40 años, en realidad no es tanto tiempo.

¿Que son tiempos pasados? ¿que ya fue? ¿que son otros aires que los soplan hoy? No lo sé. Pero los de hoy no son superiores a las épocas que evoco. Entonces teníamos clase política y teníamos partidos políticos que formaban cuadros para hacerse cargo del Estado. No era el mejor de los mundos, la corrupción estaba allí, pero tampoco era el séptimo anillo del infierno de Dante, al que nos han precipitado recientemente. Entonces no se trata de los tiempos, se trata de un hoyo del que hay que salir con absoluta urgencia.

Pero volvamos a López Chau quien definió la nación apelando al viejo Ernest Renán del siglo XIX, la enunció como “sufrir juntos” porque el sufrimiento impone deberes y exige el esfuerzo común, así como supone el deseo de continuar una vida juntos. Estas palabras podrían sonar vacías en nuestros Tiempos Recios, ¿a quién podría importarle una discusión conceptual si los medios titulan los avatares de una supuesta banda de prostitución clandestina que opera en el Congreso de la República?

Pero la cacocracia, el gobierno de los malvados y de los peores, sólo podrá ser revertida con una nación cohesionada, dotada de un sentido común de bienestar, de desarrollo compartido, de una utopía de patria, de peruanidad. Y ese sentido común, tan maltratado por quienes se estiman en una posición inexpugnable -y que no lo es- debe dar lugar a un gran movimiento de emoción social que salte a la política, que se haga del gobierno y que reconstruya, desde sus cenizas, las instituciones que una vez fueron creadas para servir al ciudadano y a todos quienes formamos parte de ella. Para eso necesitamos a la nación.

Hay una base espiritual, como le gustaba decir a José Carlos Mariátegui, siguiendo a Henry Bergson y George Sorel, en todo esto. Para nuestro amauta el socialismo se lograba con la elevación del trabajador a su máximo estadio de conciencia, lo que implicaba ascetismo, y una vez más, espiritualidad, religiosidad. Ciertamente, no es del socialismo del que hablamos ahora, pero sí de la democracia con justicia social, cuyo prerrequisito pasa por recuperar el Estado para la nación y solo una nación consciente, indignada y fervorosa recuperará el Estado para sí, única y exclusivamente para su beneficio y el de sus ciudadanos.

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En un espacio de los muchos que existen en las redes sociales, un cibernauta despistado cometió un pecado capital: colgó un vídeo en el que Agustín Laje explica lo “woke”. Yo ya sabía lo que se venía, aunque el espacio que refiero es diverso, el unánime rechazo hacia el máximo representante del neoconservadurismo acababa de quebrarse, así, sin más, como quien no quiere la cosa, como un transeúnte que atraviesa sin saberlo una manifestación que enfrenta a un grupo pro-aborto con otro pro-vida. A Laje le he escuchado decir cosas terribles sobre la mujer y sobre los homosexuales, también a Nicolás Márquez con quien publicó un libro que se puso muy de moda hace diez o quince años. 

Yo viví en España al amanecer de este siglo y recuerdo que en la capacitación de un trabajo nos advertían que no podíamos discriminar bajo ningún concepto a las parejas gay, que eso estaba legislado, que existía el delito de discriminación sexual. Me pareció estupendo y pensé cuándo sucederá lo mismo en el Perú donde la discriminación a las personas LGTBI+ y a las mujeres era casi irrefrenable y los avances en la paridad casi imperceptibles.

Pero justo por esos años los movimientos de reivindicación feminista, LGTBI+ y de la lucha contra la discriminación sociocultural iniciaron un profundo proceso de radicalización incubado los años o décadas anteriores. En esta ocasión no voy a detenerme en teorías, voy a señalar sencillamente los métodos y las propuestas más radicales. 

En el primer lugar de la ignominia del progresismo del siglo XXI se empoderó la cultura de la cancelación que nació en las universidades de los Estados Unidos. El motivo podía ser justo pero no siempre el fin justifica los medios. Cayó, al principio, la primera línea de contumaces abusadores sexuales que habían aprovechado sus posiciones de poder para perpetrar todo tipo de tropelías contra mujeres que tenían que someterse a sus deseos más perversos si aspiraban a lograr algo en la vida, inclusive en Hollywood. 

Pero el éxito de la punición pública, mediática y redial, y de la condena a la muerte social a estos deplorables personajes empoderó diversos movimientos y colectivos. A su turno,  los objetivos comenzaron a traspasar largamente la otrora preciada e indiscutible utopía de la igualdad. Entonces, en los planos feminista, LGTBI+ y de las luchas socioculturales se impuso la revancha, la vendetta histórica y, principalmente, la conciencia de que la igualdad era una obsoleta muñeca del pasado: ahora se trataba del poder. 

Por eso, la segunda línea que cayó con la cancelación no era necesariamente responsable de los crímenes que se le imputaba, pero eso no importaba, lo que importaba era que lo pareciese. Se trataba de generar la impresión de vivir en un mundo execrable donde todo hombre constituía un sujeto patriarcal, un abusador latente que podía atacar en cualquier momento. Así se impuso una cultura de la paranoia y de la sospecha, principalmente en la esfera académica.

Es en este nuevo y aterrorizado mundo que surgen personajes como Agustín Laje como una natural antinomia. Y también ante el gigantesco forado académico dejado por una intelectualidad demasiado temerosa de enfrentar un escrache y atreverse a pensar por sí misma nuevamente. Al final, no se distingue al que milita creyentemente del que se alinea por conveniencia. No hay contrapeso sensato, no hay una nueva filosofía del punto medio, aunque este resulte imposible de encontrar.

Y luego no solo está Laje. También están Georgia Meloni, Javier Milei y Nayib Bukele. Y de esta manera se configuró un planeta novedoso pero conflictuado que enfrenta a extremismos radicales y en el que el reciente triunfo de Donald Trump le otorga varios cuerpos de ventaja a los conservadores en esta guerra hegemónica -que cuentan con no pocos neofascistas en sus filas- sobre los progresistas. Y entre gritos y recíprocras recriminaciones estamos a punto de comenzar una Tercera Guerra Mundial por lo de Ucrania: ¡bravo! el mundo sigue siendo tan imbécil como siempre. 

Vuelvo a mi red social, anochece, el torbellino producido por la mención a Laje se diluye. Finalmente se leen unas líneas que cierran “salomónicamente” el debate: “Creo, que ya es hora de pensar políticamente como se debe, ¿no crees?” Y entonces volvió la calma y súbitamente recuperamos el consenso. 

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El martes ha ganado Donald Trump en USA, ha ganado de lejos y no ha ganado solo. Su victoria fortalece los nacionalismos y conservadurismos radicales que se multiplican en América y Europa. Con él se fortalecen Georgia Meloni en Italia, Javier Milei en Argentina y, a su modo, Nayib Bukele en El Salvador. 

Las causas principales de la holgada victoria republicana se derivan de la situación económica del país, la inflación de los precios y las sensibles mermas del poder adquisitivo y de la oferta de empleo. En suma, una contracción económica cuya responsabilidad se le adjudica a Joe Biden y que cargó como pasivo electoral su vicepresidenta-candidata Kamala Harris al enfrentar a su inefable y conservador oponente. 

Luego, la política internacional demócrata dejó también mucho que desear. El Gigante del Norte actúa como tal, independientemente de si lo lideran los “rojos” o los “azules”. Pero el sentido común, el tino, la posibilidad de resolver problemas fuera de casa, la inteligencia en el manejo de los asuntos exteriores son claves, pues desde allí se obtienen resultados y se fortalece la posición hegemónica del país, más en tiempos en el que la amenaza china ya se ha convertido en una palpable e indiscutida realidad. 

Biden fracasó en Ucrania y en Israel. En la exrepública soviética las fuerzas de la Alianza Atlántica apenas se sostienen ante el empuje ruso, a lo que hay que sumarle que este enfrentamiento ha acercado mucho a Vladimir Putin con Xi Jinping. Su reciente apretón de mano en la reunión de los BRICS en Kazán lo ha presenciado el mundo entero. 

Israel es otro frente conturbado. A Benjamín Netanyahu nadie lo para, el líder sionista es una bala perdida y amenaza con expandir el conflicto a todo Medio Oriente. Por lo pronto, Irán y Líbano ya están implicados.  Las opciones de Biden eran dos: seguirle el juego o dejar de suministrarle armas, ambas implicaban derrota, optó por la primera. 

Luego, la nueva guerra ideológica o batalla cultural no puede dejarse de lado. Las recientes elecciones USA han dejado claro que el electorado demócrata se aleja cada vez más de lo popular. Su público objetivo está compuesto por profesionales y universitarios, los más inmersos en las agendas woke, muchas de ellas radicales y que la mayoría de los norteamericanos, o no comprende o pondera que distraen la atención de los problemas más urgentes. 

A este nivel hace falta un decisivo debate en las izquierdas democráticas: ¿lo social o lo cultural? Está claro que una amplia agenda progresista puede incluir las dos opciones, pero el punto se encuentra en la prioridad, en lo que se les ofrece a los electores. Algunas políticas que responden a demandas de los colectivos LGTBI+ como la transición sexual de niños es rechazada por grandes mayorías al margen de sus posturas partidarias, lo mismo sucede con el punitivismo, la cancelación feminista y la llamada “dictadura de la corrección política”.  

Forzoso aterrizaje al Perú. Somos el país más conservador de América Latina. Más del 90% de los peruanos o no comprende o ignora la agenda woke. La preocupación se centra en la seguridad y la economía, después viene la inaplazable revolución de los servicios del Estado. No tiene que implicar necesariamente renuncias a banderas políticas pero sí implica establecer prioridades.

El conservadurismo peruano, comenzando por el movimiento fujimorista, no podrá ser confrontado con agendas woke que prioricen el género, las luchas LGTBI+ y el combate del racismo desde la teoría crítica, cuando ni siquiera estamos cerca de lograr la universalidad en el acceso a los servicios básicos del Estado. 

Las sirenas no cantan en vano, hay que saber escuchar lo que dicen y decodificar los mensajes que traen. El Perú necesita desarrollo, servicios y moralización. Sin establecer este punto de partida, seguiremos rodando por el despeñadero. 

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