Los otros perdones

El perdón a Azul no debe tomarse como un hecho aislado dirigido a una persona en particular. Su simbolismo va mucho más allá. Deja un mensaje: es inaceptable que la policía nacional torture y viole a un ciudadano peruano en virtud de su orientación sexual nos rebaja a los niveles se las más implacables y oscuras dictaduras latinoamericanas del siglo XX, a aquellas salas de terror donde se aplicaba electricidad a los genitales hasta de mujeres embarazadas con tal de hacerles decir lo que ignoraban. La civilización, la era de los derechos debe prevalecer esa es la consigna que Azul debe ayudarnos a hacer prevalecer.

En otras notas he planteado el perdón estatal a los mundos Andino y Amazónico por todos los abusos, servidumbre y semi-esclavitud padecidos en tiempos republicanos, hasta bien entrado el siglo XX y hasta ahora si consideramos la ausencia o precariedad de los servicios estatales en las zonas rurales.

El perdón, per se, es simbólico, pero tiene la cualidad, como en el caso de Azul, de reconocer como propio a quien siempre se tuvo como al otro, el perdón incluye, integra, cierra viejas heridas y puede sentar las bases para forjar finalmente, lo que nos falta para forjar la auténtica comunidad nacional, esa que no forja un ricachón repartiendo dinero, en una magra manifestación, subido sobre un moderno monociclo rodante.

La vuelta a los derechos fundamentales, a la ponderación de los actores políticos, a la palabra argumentada, a la honestidad en el manejo de la cosa pública, es el único camino posible para salir de esta crisis pendular, de extremos, que da la impresión de haber venido para quedarse, pero ni las plagas de Egipto lo hicieron. De seguro se irá algún día, como todos los males en la historia de la humanidad.

Pensemos en el centro político para después de la tormenta.Son dos palabras que hay que poner en valor desde ya, pues en los derechos fundamentales, los de todas y de todos, tan depreciados, se encuentra la salida a esta crisis que no es local sino civilizatoria.

Qué difícil es jugar a ser Dios, los que lo hacen, olvidan a menudo, que, antes que nada – o que todo- Dios es amor, si es que existe, en algún lugar…

*Historiador, Docente en Universidad de Lima, PUCP y UARM

 

Como muchos, soy de los que piensa que la gran mayoría de peruanos, quiere elecciones. Pero el tema no concluye allí, lo que la mayoría de peruanos quiere son elecciones con partidos y candidatos buenos o mínimamente decentes y aceptables, y eso es algo que hoy prácticamente no existe en el país, a no ser por algunos esfuerzos en el centro como los de Francisco Sagasti, solitario Quijote del republicanismo, el abogado Carlomagno Salcedo, Secretario General del recién fundado Confluencia Perú y el aún vigente Partido Morado, que, bajo la conducción del también abogado Luis Durán, busca recuperar popularidad ya que su organización es de las más organizadas del país.

Hablo del centro también, porque, visto el panorama mundial, y el ambiente de polarización que vive Italia, con la elección de la ultraderechista Georgia Meloni, o la próxima segunda vuelta en Brasil cuya difícil disyuntiva es la de decantarse entre el también conservador extremo Jair Bolsonaro y el populista, y vinculado con la corrupción, Luis Ignacio Lula da Silva, parece importante voltear a ver lo que hubo, lo que aún existe y lo que podría o debería haber en el centro político. 

Los vientos que comenzamos a respirar son los de la moderación, y si no lo son, deberían serlo, por eso dejo estas pautas, para pensar desde otras premisas la política peruana y mundial. 

  

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Lula Da Silva, Pedro Castillo

Concluyo volviendo a la idea de la modernidad inconclusa, que no es más que nuestro día a día, en el que hoy nos dirigimos raudos hacia las próximas municipales, deshojando el cuarto tallo de la margarita, porque a los otros tres ya se les secó el sentido común. La historia del APRA, la de su generación fundadora, es la historia de un país al que no dejaron democratizarse, ni madurar a sus instituciones y partidos políticos. 

Nosotros no somos el país en el que Haya fue dos veces presidente, Seoane una, Sánchez una y Prialé otra, junto con las dos de Belaúnde, que sí sucedieron, más la de Alva Orlandini y Oscar Trelles. Gobiernos en los que se consolidó una casta de políticos y políticas, en los que la reforma agraria se realizó paulatinamente, en los que transitamos a ser un país de todos y para todos, y desactivamos la oligarquía sin tanques ni botas, y la reemplazamos por una mesocracia técnica bajo cuya conducción migramos y nos abrazamos todos los peruanos. La historia que no cuenta la historia del APRA, es, paradójicamente, la historia que es, la de nuestro presente, la de un país echado al abandono, abandonado a las fuerzas de la corrupción y huérfano de clase política. 

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Apra, Historia, partido político

Derecha conservadora, centro derecha, centro izquierda, vanguardia de izquierda “contrahegemónica” e izquierda comunista son los cinco bloques principales del espectro político-ideológico chileno que se han visibilizado claramente tras la victoria del “rechazo” en el plebiscito de salida de su trascendental proceso constituyente. La batuta en la Convención Constitucional la tomaron las vanguardias “contrahegemónicas”, pero acaban de constatar que esa no es la izquierda que quiere Chile. El vecino país  busca que los servicios del Estado se acerquen a la gente. Otras reivindicaciones como las relativas a los pueblos originarios deberán incluirse en un texto constitucional que deberá redactarse de nuevo pero con un enfoque distinto. Ese ha sido el mandato del pueblo chileno el pasado domingo 4 de septiembre.

En el Perú, la situación de Chile debe ser seguida con atención pues vivimos una enorme paradoja. Si más del 80% de los peruanos apoyó la caída de Manuel Merino hace dos años fue porque nuestro sentido común es bien parecido al de Chile. Es decir, contamos con una mayoría de centro o centro izquierda que cree en la democracia y quiere que los servicios del Estado satisfagan sus necesidades, a esto se suma el hartazgo por la farra perenne de las arcas estatales que explica el espectacular recibimiento a Antauro Humala en Andahuaylas. Sin embargo, solo hay representación política para la derecha conservadora y la izquierda radical antisistémica. Esta última, originalísima expresión de la peruanidad, y ausente en el espectro político chileno, cuenta con ribetes de conservadurismo arcaico que la hacen aún más sui generis.

El Perú es de centro, o de centro izquierda, podría apoyar a un centro derechista también, pero podría volcarse hacia un antisistémico radical si no encontrase a nadie que encajase en las primeras tres opciones. Sin embargo, no hay ni partidos, ni caudillos, ni de centro, ni de centro izquierda, ni de centro derecha que asomen en el horizonte. ¿Con quién nos encontraremos al final del camino?

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Perú

Luego, hay un gran Chile de izquierda o centro izquierda dispuesto a aprobar una Constitución que incluya a los pueblos originarios, y a acercar el Estado a dichos pueblos originarios de muchas maneras, y a reconciliar la narrativa histórica oficial con los pobres del país y también con los pueblos originarios. Pero es muy distinto redactar una Carta Magna que desplace la chilenidad, de la que finalmente la mayoría de los chilenos se siente orgullosa, del centro de gravedad de la nación, y fue exactamente lo que hicieron los redactores del texto constitucional, y en el preámbulo, nada menos.

Por otro lado, aunque existe un Chile conservador, el Chile liberal,  centro izquierdista o izquierdista es más grande y está dispuesto a aprobar una constitución con enfoque de género y que luche contra la violencia de género, pero es posible que este mismo Chile se haya preguntado en qué casos corresponde la paridad y qué otros la meritocracia, o si lo que quería era una Carta Magna abiertamente feminista o una para todos los chilenos y que incluyese las justas reivindicaciones de las mujeres y las minorías sexuales. Porque ambas cosas no representan lo mismo.

Dos sentidos comunes

Alguien dijo, que, tras el resultado del referéndum constitucional, Chile es un país de centro derecha: es un absurdo. Querría decir que Chile fue comunista hace un par de años cuando eligió su Convención Constitucional. Chile transita, cambia, se transforma, necesitaba hacerlo. “Ha hablado fuerte y claro”, como señaló Gabriel Boric, su joven presidente.

Pero la vanguardia de la izquierda cultural del siglo XXI comienza a presentar síntomas de agotamiento, se agrieta, sus tonalidades radicales comienzan a ser trocados por la moderación-progresista mayoritaria (moderación-progresista no es un oxímoron). Queremos reformas sí, pero dentro del marco constitucional y sin dejar de ser quienes somos. Ojo, esto cuando la batuta no la llevan los conservadores que las últimas dos décadas han proliferado por todo el mundo y explican, junto con la referida izquierda cultural, la actual polarización mundial.

Chile nos aventaja en algo (en mucho), tiene políticos, de los buenos. Su centro izquierda influyó mucho en el triunfo del rechazo pues varios partidos de esa tendencia lo abrazaron, y es desde esas tiendas políticas desde donde debe surgir el proyecto constitucional que atempere los excesos del neoliberalismo y los lleve por la senda de los derechos del siglo XXI, pero sin el grito destemplado, y siempre de la mano de los derechos fundamentales, los de todos y todas, sin excepción, aquellos en los que se avanza, y se evoluciona sí y solo sí se está seguro que no se pisotean los derechos de alguien más.

Este es el fallo de Chile, ojalá se ejecute, para que la victoria no sea conservadora, nadie quiere volver a los años cincuenta del siglo pasado, a la Coke y la familia patriarcal. Chile, América Latina, el mundo, necesitamos urgentemente un centro político democrático y progresista, de lo contrario este siglo se parecerá al anterior mucho más de lo que nos imaginamos.

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Chile, Constitución

Sin embargo, por encima de todo lo señalado están hartos de la estafa eterna, que es el manejo descaradamente corrupto de las arcas del Estado en el Perú. Por eso no ganan los conservadores las elecciones, a pesar de ser mayoría, porque gran parte del electorado asocia a sus candidatos con la corrupción. Allí se les caen los votos (no en los conteos) y se emparejan los escenarios electorales.

Vizcarra contra Antauro es un escenario posible, en la medida en que puedan o los dejen postular en unas futuras elecciones presidenciales. No veo, la verdad, candidatos con más arrastre, el uno por carismático, y el otro por anti-sistémico. El tema es que posiblemente estaríamos eligiendo entre dos caudillos populistas y no necesariamente un proyecto político partidario bien estructurado, que nos ofrezca una alternativa para el desarrollo sostenido del país, aunque el primero de ambos cuenta con la ventaja de una previa experiencia en la Casa de Pizarro.

Es en estos términos que deberíamos evaluar los escenarios, en lugar de preocuparnos anticipadamente por Keiko, López Aliaga o alguno de los Cerrón, cuando se plantea una hipótesis como esta. Hacerlo supone pensar tradicionalmente, caudillistamente y aquello nunca ha contribuido, siquiera, para lucubrar el país en términos de desarrollo sostenible e institucional.

 

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política peruana

¿Quién dijo sí para asumir el desafío de construir una República en este país que, como hace 201 años, todavía no la tiene? Los demás, pueden parapetarse en un cargo público de buena remuneración, o pueden hacer muchas cosas más por debajo de la mesa, Francisco Pizarro dio el ejemplo. ¿Se acuerdan de esa pantomima del juicio a Atahualpa? ¡Levanten la mano los que quieren hacer Patria!

 

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corrupción, Informalidad, militarismo

¿De qué se trataba? De lo que se trata siempre cuando se busca amainar la desconfianza: de conocerse, de comprender que la otra parte también tiene sus razones y sus argumentos, y, en tal sentido, de asumir, como alguna vez dije en medios, que el mejor fallo era el fallo acatado. Ese era el mayor bien para ambos países, más allá de la previa búsqueda, hasta lo imposible, dentro del marco legal, del triunfo de la propia posición. 

Pero como países civilizados ir a la Haya suponía atenerse a la decisión de la Corte más importante del planeta. Y así sucedió, la CIJ nos dio la razón en casi el 70% de nuestra demanda, y apenas dos meses después, barcos de las marinas de guerra del Perú y de Chile trazaron juntos las líneas de la nueva frontera marítima. 

Rafael Roncagliolo tenía trayectoria, era respetado por tirios y troyanos, y aunque la derecha protestó un poco cuando lo nombraron, al correr de la semana todos bajaron la voz. Además, tenía estupendas relaciones en diversos sectores de la sociedad, por eso se lograron realizar, en diferentes áreas, tantos eventos y gestos bilaterales, como el que acabo de reseñar.  

Roncagliolo no era internacionalista, pero tenía el suficiente cosmopolitismo y sentido común para moverse en las relaciones internacionales como Pedro en su casa. Su historia venía precedida de la búsqueda del consenso, no del enfrentamiento. Estas, y no otras, deben ser las principales cualidades de un canciller político, uno que pueda eventualmente sumar, desde su propia trayectoria, a lo que podrían hacer y ya hicieron, los grandes cancilleres de carrera, que hemos tenido en el Perú. Téngase presente.

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