[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Por muchas razones, el Perú fue protagonista de la aprobación de la CONVEMAR. Sin embargo, nuestro país aún no ha firmado dicho instrumento internacional establecido en 1982, el  que rige el derecho de los mares del mundo entero. Debido a esta preocupante contradicción en nuestra política exterior, la Académica Diplomática del Perú y la Fundación Académica Diplomática del Perú acaban de publicar, bajo la responsabilidad del embajador Nicolas Roncagliolo y del internacionalista Oscar Vidarte El Perú y la Convención del Mar: Balance y Perspectivas,  una sustantiva compilación de ensayos sobre el tema que reúne, además de los ya mencionados, a destacados especialistas locales como Diego García Sayán, Eduardo Ferrero, Marisol Agüero, Sandra Namihas, entre otros.

No estar suscritos a CONVEMAR: preocupación peruana ante el Litigio contra Chile en la Haya

Como colaborador de Cancillería durante el litigio marítimo en la Corte Internacional de Justicia de la Haya (2008 – 2014), pude constatar la preocupación de nuestros diplomáticas y juristas por un tema que teníamos pendiente y que podía ser utilizado por la contraparte para impugnar nuestra demanda: el asunto era sencillo, el Perú no pertenecía, ni pertenece aún, a la CONVEMAR. Ese solo hecho obligó a nuestros especialistas a dedicar un acucioso esfuerzo adicional para explicar a la Corte Internacional de Justicia que nuestro derecho del mar, consagrado en la Constitución política de 1993, era compatible con la CONVEMAR, que fue finalmente el argumento que esgrimimos para superar este impase.

La cuestión no era menor, como recordamos, el principal argumento peruano ante la Corte era que esta aplicase la línea equidistante para separar los mares del Perú y Chile, cuando lo que estaba ocurriendo, pues Chile inscribió ante la ONU como su línea de bases el año 2000, era que el país vecino había impuesto el paralelo geográfico como límite entre nuestros mares. Por ello, debido a la morfología de las costas sudamericanas (la costa se hace oblicua en el lado peruano precisamente desde el límite fronterizo entre Tacna y Arica) Chile obtenía 200 millas de dominio marítimo desde el inicio de sus costas, mientras que nosotros las alcanzábamos muy lejos de nuestra frontera, a pocos kilómetros del puerto arequipeño de Mollendo.  (ver cuadro)Pero había un problema, la CONVEMAR efectivamente reconocía la equidistancia como principio para separar los mares de países con costas limítrofes cuyos dominios marítimos se dividían en Mar Territorial (12 millas), Zona Contigua (12 Millas) y zona económica exclusiva (de la milla 24 hasta las 200 millas). Sin embargo, nuestra Constitución Política no adhiere a CONVEMAR y refiere el tema en términos, más bien, ambiguos. Señala que el territorio del Perú comprende el suelo, el subsuelo, el espacio aéreo y el dominio marítimo, aunque luego dedica todo un párrafo relativo a nuestros derechos del mar en términos de domino marítimo y no territoriales (Constitución Política del Perú art. 54). Por eso Chile se preguntaba ¿tiene el Perú derecho a acudir a CONVEMAR?

Nuestra compatibilidad y compromiso con CONVEMAR: alegatos peruanos en la CIJ

El esfuerzo de nuestros diplomáticos y juristas dio sus frutos y salvamos largamente las objeciones que, durante el litigio, giraron alrededor de la cuestión CONVEMAR. De acuerdo con la internacionalista Sandra Namihas, durante el litigio nuestro país afirmó explícitamente en su Demanda ante la Corte, que “el Perú reconocía las zonas consagradas en CONVEMAR (…) y se comprometió a respetar los derechos y obligaciones de dicho instrumento internacional” (Namihas en Roncagliolo y Vidarte 2023 p. 200).

Además, el Perú expresó que su Demanda se amparaba en la Convención de las Naciones Unidad sobre el Derecho del Mar, y mencionó explícitamente la zona económica exclusiva y las demás zonas en las que este instrumente internacional divide el dominio marítimo de los estados. Asimismo, en el alegato oral, nuestro agente Allan Wagner Tizón, resaltó “el compromiso del Perú con el moderno derecho del mar reflejado en la Convención (…)”. (Namihas en Roncagliolo y Vidarte 2023 p. 206).

Además, una vez concluido el litigio, en la declaración conjunta de los ministros de Relaciones Exteriores y Defensa del Perú y Chile del 6 de febrero de 2014, el Perú señaló que “Conforme a lo dispuesto por la Corte Internacional de Justicia (…) el Perú ejercerá sus derechos y obligaciones en toda su zona marítima en forma consistente con (…) la Convención de 1982” (Namihas en Roncagliolo y Vidarte 2023 p. 210). De hecho, esta declaración fue necesaria pues, como parte de su sentencia, la CIJ exigió al Perú adecuar su legislación a la CONVEMAR.

A manera de conclusión, nosotros hicimos CONVEMAR ¿por qué no adherirla?

Casi no sería un exceso de arrogancia señalar que si la CONVEMAR salió adelante fue gracias al Perú, a Chile y a Ecuador. Todo comenzó en 1947 cuando el presidente Chileno Gabriel González Videla estableció 200 millas de mar territorial para su país en vista de los cambios mundiales, la industrialización y la presencia de modernas flotas pesqueras con una impresionante capacidad de depredación de nuestros recursos marítimos. Dos meses después, el Presidente del Perú, José Luis Bustamante y Rivero, siguió los mismos pasos y, para 1952, ambos países, junto a Ecuador, firmaban la Declaración de Santiago, documento unilateral (o trilateral) lanzado desafiante ante el mundo, en el que tres países tercermundistas se arrobaban la atribución de defender conjuntamente sus costas de la depredación marítima a gran escala.

No es casualidad que, cuatro años después, de la firma de este instrumento, en 1956, la ONU haya convocado la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Tampoco lo es que la delimitación del dominio marítimo de los Estados haya girado entorno a la propuesta peruano-chilena de las 200 millas. La Convención las estableció, finalmente, en 1982 pero desde una perspectiva más moderna, es decir, planteando las tres zonas antes mencionadas, en lugar de un mar territorial absoluto.

Contradiciendo nuestros propios logros, tras la aprobación de la CONVEMAR nos negamos a firmarla durante el segundo gobierno de Fernando Belaúnde Terry (1980 – 1985) y no lo hemos hecho hasta ahora. Vender nacionalismo barato resulta sencillo y políticamente rentable en un país tan malquerido por sus políticos. Cada vez que se ha intentado sacar adelante nuestra adhesión a CONVEMAR, han surgido voces que casi han tratado de falta de patriotismo a quienes han perseguido tenazmente esta justa y anhelada meta.

Al respecto cabe hacerse una pregunta. Si, como algunos señalan, CONVEMAR es lesiva a los intereses nacionales ¿por qué Chile y Ecuador la han firmado ya? ¿por qué lo han hecho las grandes potencias mundiales reconociendo así los derechos de los países en vías de desarrollo sobre los recursos del mar adyacente a sus costas, su suelo y su subsuelo? Si en 202 años de vida libre, existe un aporte relevante del Perú al mundo, este es, precisamente, la tesis de las 200 millas marinas y la CONVEMAR. A base de ella, en noviembre de 1954, nuestro Estado capturó nada menos que a la flota ballenera del célebre multimillonario Aristóteles Onassis, la que pretendía depredar los recursos de nuestro dominio marítimo. Entonces el mundo comprendió que los países en vías de desarrollo iban en serio y que no tenían pensado perder la batalla del mar.

Adherirnos a CONVEMAR, no resultará más que recoger los frutos de 76 años de lucha continua, desde 1947 en adelante, y que implican el principal aporte peruano al moderno derecho internacional. ¡Hagámoslo de una vez!

Referencias:

Namihas, Sandra. “La posición oficial del Perú en torno a las zonas marítimas de la CONVEMAR a partir del Diferendo Marítimo con Chile”. En Roncagliolo, Nicolás y Vidarte, Oscar. El Perú y La Convención del Mar. Lima, ADP y FADP, 2003.

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[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Entre el jueves 24 y el sábado 26 de agosto se realizaron en la ciudad de Tacna las II Jornadas Históricas Tacna y Arica después de la Guerra del Pacífico, organizadas por el Instituto Riva Agüero de la PUCP, el Departamento de Humanidades de la misma casa de estudios, la Universidad Jorge Basadre de Tacna y el Archivo General de dicha localidad, bajo la dirección de la destacada narradora Giovanna Pollaloro. Fueron tres intensas jornadas en las que académicos de diferentes edades y distintas áreas del conocimiento sacaron a la luz documentos inéditos, así como mostraron al público asistente aspectos desconocidos respecto de una relación que el premio nacional de historia de Chile, Dr. Sergio Gonzáles Miranda, en conferencia magistral, definió como transfronteriza.

En realidad, el vínculo entre dichos ciudad y puerto fue transfronterizo desde antes de producirse la Guerra del Pacífico, pues en décadas previas su población, incluida la de la provincia de Tarapacá, tenía un alto componente demográfico chileno y boliviano, y por ello, debe ser pensado, hasta hoy, incluyendo a la ex provincia salitrera y a sus zonas altoandinas que contienen la triple frontera peruano, chilena y boliviana.

Fueron muchos los temas abordados en el Congreso y el difícil periodo de la ocupación chilena no podía estar ausente. Sin embargo, este fue enfocado desde múltiples perspectivas: la administración de justicia, sus aspectos demográficos, la mortalidad infantil, las visiones del cautiverio desde la prensa escrita, e inclusive manifestaciones artísticas y musicales como las publicadas en El Cancionero de Lima y las grabaciones de valses polkas y marineras con contenido patriótico que, en 1911, registrasen el legendario dúo criollo Montes y Manrique con el sello Columbia en New York. No faltó tampoco una mesa dedicada al rol de la mujer durante este difícil periodo histórico, así como dos destacadas ponencias dedicadas a las figuras de Dora Mayer y Clorinda Matto de Turner.

Hacernos cargo del dolor

Tratar a Tacna y Arica después de la Guerra del Pacífico, en tanto que periodo histórico dista de ser sencillo, como no pueden serlo ni una guerra que implica la anexión del territorio de un Estado vecino, ni la ocupación de parte de él durante 50 años. Eventos así dejan huellan y nos equivocamos mucho si pretendemos dejarle al tiempo, ¡pobre tiempo!, la responsabilidad de sanar estas heridas él solo.

Los estados que han vivido el trauma de una guerra fratricida y una larga ocupación militar han sanado sus heridas gestionando su pasado desde políticas estatales binacionales mantenidas en el tiempo. Por ello, en la II Jornadas Históricas se dedicó una mesa al análisis de la enseñanza escolar de la historia de la Guerra del Pacífico en la que cuatro académicos, dos peruanos y dos chilenos, coincidieron en lo cerca que se encuentran nuestras narrativas escolares de las historias épicas del siglo XIX, las que exaltan las hazañas de héroes militares, y lo lejos que se encuentran de la reflexión madura de un acontecimiento con la intención de que no se repita jamás.

Entre las ideas vertidas al respecto, se expuso la importancia de que los docentes pudiesen hacerse cargo del daño generado por la guerra, así como se planteó la necesidad de un gesto chileno de solidaridad hacia el Perú y hacia el dolor que la ocupación y los excesos del conflicto le causaron a nuestra sociedad, como base para una política de reconciliación más amplia que nos permita resignificar el pasado y relacionarnos de manera distinta con él y a través de él.

Mesa “Abordajes pedagógicos en torno al conflicto Tacna – Arica”, figuran de izquierda a derecha Daniel Parodi (Perú) Patricio Rivera (Chile) José Chaupis (Perú) Carlos Cortés (Chile)

A manera de conclusión

II Jornadas Históricas Tacna y Arica después de la Guerra del Pacífico ha sido un éxito rotundo y está destinada a convertirse en el gran espacio anual de encuentro peruano-chileno. Por ello, sugerimos a sus organizadores ampliar las miras a los aspectos sociales, comerciales, económicos e internacionales presentes de la relación bilateral. Nos referimos, por ejemplo, a tratar y problematizar el paso fronterizo entre Tacna y Arica -transitan más de cuatro millones de personas por año-  que toma demasiado tiempo, o las actuales relaciones sociales y comerciales entre tacneños y ariqueños, las que son estupendas; la positiva situación de la migración peruana en Chile, principalmente en Santiago; el análisis conjunto de las relaciones internacionales, incluida la Alianza del Pacífico, los intercambios comerciales, las inversiones bilaterales y los TLC, así como, reiteramos, las políticas que son necesarias para hacernos cargo y gestionar el pasado doloroso, para que no duela más y deje una enseñanza ejemplificadora para las nuevas generaciones.

Desde esta columna felicitamos a la Pontificia Universidad Católica del Perú, por este enorme esfuerzo para contribuir con la integración de dos países que, desde que se fundaron como tales, se necesitaron y se necesitan el uno al otro.

p.s. Para ver el programa completo con las mesas y los ponentes, visitar la página del Instituto Riva Agüero

https://www.facebook.com/institutorivaaguero.pucp

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Giovanna Pollaloro., Guerra del Pacífico, II Jornadas Históricas, Montes y Manrique, TACNA Y ARICA

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] El referí Carlos Montalván expulsó a César Espino al minuto 44 del segundo tiempo del partido que Alianza Lima y Sporting Cristal protagonizaron la noche del miércoles 4 de diciembre de 1987. Aquella vez, Cristal se impuso por 3 goles a 2 en el Estadio Nacional de Lima. Esa noche, aunque yo era barrista de tribuna sur, me encontraba situado en la barra de Occidente, fundada recientemente por Eugenio Simonetti, exbarrista también en sur, de dónde lo conocía, había trabado una bonita amistad, y que ahora se proponía organizar el aliento para los grones también en la tribuna preferente.

Cuatro días después, al anochecer del domingo 8 de diciembre, se produjo la peor tragedia aérea del Perú deportivo, que se llevó a la nueva generación de jugadores del Alianza Lima, entre los cuales se destacaban José “Caíco” Gonzales Ganoza, Luis “el potrillo” Escobar y tantos otros. El avión que los trasladaba de vuelta a Lima se estrelló en el mar de Ventanilla, todo el equipo perdió la vida en el accidente. Pero a César “el gato” Espino lo salvaron entre el árbitro y el destino: no embarcó a Pucallpa porque lo expulsaron un minuto antes de que concluyera el partido anterior. Por eso no tomó el vuelo, por la tarjeta roja, estaba suspendido y no podía jugar.

Eugenio Simonetti, cuyos últimos recuerdos que conservo de él es cómo nos arengaba la noche del miércoles 4 en el Estadio Nacional, increpándonos «¿Quieren que gane Alianza? entonces canten carajo», no corrió con la misma suerte del “gato” Espino. A este barrista abnegado, trabajador laborioso de la empresa telefónica, cuando aún le pertenecía al Estado, no lo expulsaron en el minuto 44, ni en ninguno otro momento del partido, el hinchó hasta el final. Su devoción aliancista, a prueba de balas, lo llevó a viajar con el equipo a Pucallpa para alentar en el siguiente partido, junto con un puñado de barritas quienes murieron con él y los jugadores del equipo de sus amores la noche del 8 de diciembre de 1987.

Yo recibí la noticia el lunes 9 al llegar a casa tempranito, luego de una velada donde los Sacio, mis grandes amigos del colegio. Al entrar al corredor de nuestro departamento mamá me preguntó ¿te enteraste? Yo recién reaccioné: ¡es cierto lo de Alianza! até cabos pues desde el bus de la estatal Enatruperú que me trajo hasta mi casa que quedaba frente a la residencial San Felipe, vi los kioskos en las esquinas de la ruta y un solo diario -sensacionalista y hoy ya fuera de  circulación- presentaba el siguiente titular: «Desaparece avión con Alianza'». No me la creí. Al contrario, me puse a cavilar un momento la terrible locura que eso sería y luego se me olvidó, creo que fue una trampa de mi inconsciente, o una manera muy sutil de caer en negación, no lo sé.

Cómo a las 10 de la mañana salí para Matute, no se me ocurrió que otra cosa hacer, debía estar allí, con todos los demás, los amigos de Sur, el Pato, Alex Berrocal, el “manotas”, la familia aliancista. Juanito, un canillita amigo ya desaparecido, me dio el pésame en el cruce de Javier Prado y Pershing, me conocía desde niño, lo aliancista que era, la chapa que me puso no era otra sino Alianza, y todos los lunes me vendía el Don Sofo, de Luis Felipe Angell. Me bajé en Iquitos con Isabel la Católica, en La Victoria, y agarré la segunda de ambas avenidas hacia el estadio Alejandro Villanueva. Caminé por la vereda de la izquierda, subiendo hacia Abtao, la vereda de la tribuna sur del Matute, y como a dos cuadras de distancia, venía en dirección hacia mí, en la misma vereda, un joven afroeruano que, ya a lo lejos, denotaba la mayor tristeza que he visto en mi vida. Es que nunca vi una pena así, tan reflejada desde el alma.

Era César “el gato” Espino, que bajaba desde Matute por La Católica, tras ir a entrenar solo para constatar ya no tenía compañeros de equipo para hacerlo. El rostro de Espino contenía todas las tristezas, y, una sola a la vez, la de un pueblo entero. Pasé justo a su lado, pero no atiné a decirle nada, qué podría decirle un extraño como yo, qué podía decirle un simple hincha como yo para atenuar el dolor en su estado más puro y absoluto. La expresión de César Espino la recuerdo como ayer, no sé si alcanzó a prepararme para lo que se me venía inmediatamente después, ingresar a mi querida Tribuna Sur pero no para alentar a los cracks como todos los domingos, sino para enfrentar el llanto compartido, nuestras penas a cuestas. Pero la mirada de Espino, hace 36 años me mostró algo que a mis 19 yo nunca había visto: me mostró el rostro de la tragedia.

Descansa en paz César Espino. Finalmente, 36 años después, ya entrenas de nuevo con tus compañeros de equipo en el cielo blanquiazul de La Victoria, y Eugenio Simonetti, con su euforia eterna e imperecedera, te recibe con los mismos gritos de aliento que apenas ayer, el 4 de diciembre de 1987, en el Estadio Nacional, un miércoles por la noche, la última vez que lo vi en mi vida, hace tantos años.

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Alianza Lima, César Espino, Eugenio Simonetti, fútbol peruano, sobrevivientes, tragedia aérea

No vivimos, pues, tiempos de utopías, vivimos tiempos de realidades muy complejas, cuyo telón de fondo es una disputa ideológica mundial entre derechas muy conservadoras y fundamentalistas, e izquierdas que hicieron de una supuesta “corrección política” un paradigma que debía imponerse derribando estatuas o mutilando libros. Pero el problema es social, no es cultural. Nos lo acaban de demostrar las masas chilenas que rechazaron un proyecto constitucional que básicamente abandonó las banderas que generaron su espacio de deliberación y las reemplazó, unilateralmente, por otras. Qué importantes las lecciones de Gonzáles Prada, cuando advierte al intelectual acerca de los límites de su liderazgo sobre las masas y subraya los peligros de su propia soberbia.

Caudillismo, populismo, clientelismo, militarismo, corrupción, precariedad de los servicios del Estado, absoluta crisis de valores – sí, en efecto- pobreza y pobreza extrema, hambre, son las principales características de una sociedad que no solo es informal en más del 70% de la población del país, sino que piensa, actúa y respira informalmente, y que ve al Estado como la fuente de enriquecimiento, desde los grupos de poder hasta los aspirantes a funcionarios, igual que sus homólogos españoles de nuestro virreinato, hace siglos.

Haya y Mariátegui lo tuvieron claro:  hay que partir de la realidad, y, tras conocerla a fondo, teorizar sobre ella. Por eso ambos sufrieron el exilio simbólico de la Comintern: ninguno aceptaba ortodoxias teóricas. La república, en efecto, es una utopía, por eso tiene que pensarse como lugar de llegada -nunca como punto de partida- de una examinación cuyo principio solo puede ser la definición más cabal y ceñida posible de lo que somos, del presente en el espacio y en el tiempo, del único lugar que realmente existe y desde el cuál todo comienza y se proyecta.

*Tomo prestado el título, del libro de nombre análogo de Tulio Halperin

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Haya de la Torre, Mariátegui, República

Reflexión

Las protestas contra la Consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús ameritan al menos dos lecturas: una que la separa de nuestro tiempo, mientras que la otra la acerca. La primera tiene que ver con la consolidación del frente único de trabajadores manuales e intelectuales, conocida proposición que se adjudica a Haya de la Torre, influenciado por el maestro Manuel González Prada quien, en 1905, pronunció ante la Federación de Panaderos de Lima el discurso titulado “El intelectual y el obrero” en donde, aunque atribuye al intelectual el liderazgo de la rebeldía, lo limita señalando que su rol no debe ser el de lazarillo:

“El mayor inconveniente de los pensadores -figurarse que ellos solos poseen el acierto y que el mundo ha de caminar por donde ellos quieran y hasta donde ellos ordenen. Las revoluciones vienen de arriba y se operan desde abajo. Iluminados por la luz de la superficie, los oprimidos del fondo ven la justicia y se lanzan a conquistarla, sin detenerse en los medios ni arredrarse con los resultados. Mientras los moderados y los teóricos se imaginan evoluciones geométricas o se enredan en menudencias y detalles de forma, la multitud simplifica las cuestiones, las baja de las alturas nebulosas y las confina en terreno práctico. Sigue el ejemplo de Alejandro: no desata el nudo, le corta de un sablazo”

No olvidemos que el propio Vladimir Ilich Lenin, en su obra “Qué Hacer” publicada en 1902, señaló que el liderazgo del Partido Bolchevique no debía caer necesariamente en obreros, sino que podían contarse intelectuales dentro de ese pequeño Comité Central que debía erigirse en el cerebro de una gran revolución proletaria en ciernes.

Haya de la Torre, a su turno, amplió la idea de frente único de González Prada y de Lenin. Según su interpretación marxista de América Latina -nos referimos al Haya entre 1925 y 1930 – incluso las clases medias debían formar parte del frente pues cualquier sujeto descontento con el imperialismo podía ser útil a la lucha en determinado momento. Este planteamiento fue luego neurálgico en su polémica con Mariátegui. Los supuestamente “socialistas puros” acusaron a Haya de revisionismo al incluir las clases medias en la lucha, aunque desde la mirada del fundador del APRA, las clases medias de los países tercermundistas eran también objeto de explotación imperialista puesto que recibían ingresos hasta cinco veces inferiores a sus pares de los países desarrollados.

En todo caso, de acuerdo con Zygmunt Bauman (2017) vivimos en Tiempos Líquidos y esa Indoamérica y ese Perú del que hablaron y polemizaron González Prada, Haya y Mariátegui han sido superados por una realidad mucho más compleja. Para comenzar, hoy somos un país informal, muy parecido al que describió José Matos Mar en su celebérrimo “Desborde Popular y Crisis del Estado” y, por otro lado, los grandes teóricos de la globalización sostienen que actualmente la performance y el consumo han desplazado a la sociedad de clases.

En cambio, el tema de las libertades civiles parece estar más vigente que nunca. “No matarás” dijo Haya en tenor religioso, pero tras el “mandato divino” se descubre la defensa del inajenable derecho a la vida, básico y fundamental en cualquier constitución que se precia de liberal, democrática y republicana. El 23 de mayo de 1923, hace precisamente cien años, las fuerzas del orden dispararon contra la multitud, y lo hicieron porque regía una dictadura, la primera del siglo XX, la que inauguró un ciclo pérfido de flagrantes violaciones de la Constitución e interrupciones del Estado de Derecho en el Perú, las que continuaron hasta el 5 de abril de 1992 y se yerguen como una amenaza muy actual en contra de nuestra precaria institucionalidad y nuestra más que asediada vigencia de derechos fundamentales, entre ellos los derechos humanos.

La noche del 14 de noviembre de 2020, en esas mismas calles de Lima, muy cerca de Huérfanos, cayeron Inti y Brian, mientras protestaban contra el apócrifo gobierno de Manuel Merino. Menos de tres años después, como paradójica conmemoración del Centenario de las jornadas de protestas del 23 de mayo de 1923, al atardecer del año 2022 y al amanecer del 2023, más de cincuenta vidas de ciudadanos peruanos que clamaban por más democracia y libertades civiles fueron cegadas debido a una siniestra interpretación del monopolio de la violencia ejercida desde el Estado.

Cien años después del 23 de mayo de 1923, caen nuevamente Salomón Ponce y Alarcón Vidalón en las históricas calles del damero de Pizarro, así como en las de Ayacucho y Puno, mientras que Haya de la Torre, eufórico, las sigue recorriendo, clamando un grito desesperado, tratando de convencer a los viejos balcones coloniales que lo miran con indiferencia: “no matarás”.

Es evidente que los temas personales juegan un rol también en la actuación política. Lo que plantea Parodi es que el celo de JCM frente al liderazgo de Haya de la Torre fue el origen de la polémica, y no discrepancias ideológicas. Y aquí es clave seguir en forma estricta el desarrollo de los hechos. Haya manda a JCM los documentos del Plan Insurreccional, documentos muy delicados teniendo en cuenta que el Perú estaba bajo la dictadura de Leguía. Con el envío a JCM, Haya le reconoce como el dirigente de la sección del APRA en Lima. Y la indicación de Haya fue que los documentos que enviaba debían ser puesto a conocimiento y discutidos con las otras células apristas. Sin embargo, JCM no difundió los documentos y atacó a Haya de la Torre, llevando el tema a un debate ideológico.[11] JCM al no  dar a conocer los documentos que Haya le había enviado a otras células apristas no solo no actuó con lealtad a Haya sino tampoco con el movimiento del cual el participaba. Los demás integrantes de las células apristas en Perú pudieron estar de acuerdo con el Plan de Haya de la Torre. ¿Por qué Mariátegui no difunde el Plan Insurreccional? Según Parodi porque veía amenazado su posición como líder de la célula aprista, es decir, por temor al liderazgo de Víctor Raúl Haya de la Torre. Sin embargo, había que sopesar bien la afirmación sobre el liderazgo de JCM de la izquierda peruana en esos momentos. Mariátegui tuvo una labor más intelectual que política. Era un hombre de gabinete. Son famosas sus tertulias de distintos temas desde la política al arte en su casa del jirón Washington. Haya, en cambio, había demostrado ser un organizador y líder de masas con excepcional oratoria y gran carisma y con una personalidad arrolladora. Incluso cuando fue deportado Haya fue invitado a distintas conferencias y destaco como un joven líder peruano. JCM destacaba más por su gran pluma la cual había desarrollado en tantos años ejerciendo el periodismo. Sin lugar a dudas, la revista Amauta le otorgó un gran prestigio a Mariátegui, pero desde nuestro punto de vista era un reconocimiento intelectual, no político. El propio Parodi reconoce que “el auroral movimiento aprista” Haya lo “había organizado desde su partida al exilio en octubre de 1923.”[12]

Por otro lado, Parodi es muy severo  con JCM lo señala como divisionista al aseverar que con su actitud “se partió un proyecto político continental y Mariátegui pudo triunfar en una lid bastante desigual promovida por él mismo”,[13] de esta forma responsabiliza al Amauta de la división y al decir un debate “desigual” hace notar que JCM no actúo limpiamente en la disputa. Asimismo, según el historiador Mariátegui le declaro la guerra “al movimiento aprista con el objetivo de destruirlo.”[14]

El mayor aporte de Parodi es ubicar con precisión el contexto en el cual se desarrolló la polémica Haya-Mariátegui, lo cual le lleva a afirmar que el origen de esta fue “la estrategia de uno de los contendientes para socavar el proyecto insurreccional del otro, por colegir que amenazaba sus propias aspiraciones políticas o por interpretar que se ubicaba fuera de los cauces del comunismo internacional, o por la suma de ambas premisas.”[15]

 

[1] Parodi Revoredo, Daniel (2022). Lima no respondía. El fracaso del plan insurreccional planteado en México explicado en carta de Víctor Raúl Haya de la Torre a Wilfredo Rozas, fechada el 22 de septiembre de 1929. Investigaciones Históricas, época moderna y contemporánea, (42), 1019-1048. https://doi.org/10.24197/ihemc.42.2022.1019-1048

[2] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1028

[3] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1033

[4] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1029.

[5] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1029.

[6] Vásquez Juárez, Nelson: “Las sombras de Mariátegui. El primer caviar de la historia”, Lima, Instituto Sudamérica, 2011. En este libro se detalla los pormenores del viaje y estadía de JCM a Italia. Hay que precisar que el cargo de agente de propaganda estaba relacionado con la difusión de la posición del Perú frente a la cuestión Tacna y Arica, la cual se resolvió en 1929.

[7] La famosa fotografía se puede apreciar en: RENGIFO BALAREZO, Antonio, (2018) “José Carlos Mariátegui: la amistad y la política”, Pacarina del Sur [En línea], año 9, núm. 35, abril-junio, 2018. ISSN: 2007-2309. Consultado el Lunes, 20 de Marzo de 2023.

Disponible en Internet: http://pacarinadelsur.com/home/huellas-y-voces/1611-jose-carlos-mariategui-la-amistad-y-la-politica

[8] Parodi Revoredo, Daniel: ídem. p. 1030.

[9] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1039.

[10]  Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1041.

[11] Parodi Revoredo, Daniel: Idem.  pp. 1036-1037.

[12] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1038.

[13] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1037.

[14] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. p. 1038.

[15] Parodi Revoredo, Daniel: Idem. 1043.

Link del artículo, Lima no respondía

“Lima no respondía. El fracaso del plan insurreccional planteado en México explicado en carta de Víctor Raúl Haya de la Torre a Wilfredo Rozas, fechada el 22 de septiembre de 1929”

https://revistas.uva.es/index.php/invehisto/article/view/6914

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José Carlos Mariategui, Víctor Raúl Haya de la Torre

Nuevamente aquí, la generalización y estandarización de los miembros de un grupo étnico o sociocultural nos enfrenta a un caso flagrante de racismo y por cierto que no pienso entrar en polémicas con los predicadores de la inexistencia del racismo inverso. No todo descendiente de Europeo en el Perú, no toda persona blanca tiene dinero, veranea en las playas de Asia o es dueña de un banco y con esto no quiero negar que, en el nivel de las mentalidades colectivas, de las actitudes de algunas personas y hasta de las oportunidades laborales, la ideología dominante -que aún prioriza lo occidental sobre lo andino en el país- coloque a las personas caucásicas en una cierta ventaja respecto del resto de los peruanos, fenómeno que, por cierto, debe ser objeto de las políticas conducentes a erradicar el racismo en el Perú.

Lo que he querido hacer notar, en estas líneas, es como, tanto en el caso de los éxitos de Milena Warthon y Alessia Rovegno, las reacciones racistas son básicamente similares: tú no eres una mujer andina por esto, tú no eres peruana por aquello, lo cual refleja arraigados y explícitos discursos racistas de los que ningún peruano, independientemente de su extracción social o su procedencia étnica, está a salvo. En el Perú no se puede ser peruano o peruana y punto, y a nadie se le puede aceptar de esa manera, es decir, como parte de una comunidad multicultural y multiétnica de la que todos formamos parte.

Las redes sociales agravan el problema

Las grandes transformaciones sociodemográficas que vivió el Perú en el último tercio del siglo XX deberían ser suficientes para que podamos dar pasos agigantados hacia adelante en la superación o atenuación del racismo y la discriminación racial. Sin embargo, lo que notamos, desde el posicionamiento de las redes sociales, es una radicalización de estereotipos al nivel de las representaciones sociales y el imaginario colectivo. No estamos más unidos, por el contrario, somos mucho más conscientes de nuestras supuestas diferencias, las que no se entienden como variables culturales que deberían sumarle al proyecto nacional sino como fronteras que marcan líneas divisorias cada vez más infranqueables.

En un país, cuya crónica crisis política impide ocuparse de lo importante, siempre desplazado por lo urgente, deberíamos comenzar a pensar en trazar aquellos puentes que nos conviertan, en un futuro cercano, en una sociedad multiétnica y multicultural, una en la que compartir nuestras diferentes raigambres sea el factor catalizador de la unidad nacional.

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Por eso no solo no tendremos elecciones el 2023, no unas que broten de la decisión parlamentaria, sino que tampoco hemos tenido reforma política los últimos 23 años, a pesar de que se pide a gritos. Porque esta tendría que ser aprobada por aquellos que serían los primeros en ser reemplazados por una clase política profesional, como consecuencia directa de la reforma política, la de los partidos y la electoral. 

De suerte que nos hemos convertido en una versión nacional de esa cárcel en forma de  panóptico circular que estudió Michel Foucault, en la que nadie, desde su celda, podía verse ni hablar con nadie. Lo único que se puede observar, tras esas rejas, es ese mismo centro pétreo, que representa el poder, y que todos buscan con exacerbada abnegación.

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Congreso de la República, Perú, política peruana

2023, otra vez. Estamos buscando un país ¿para qué? Para construirlo, y para construirlo necesitamos narrativas nuevas para este país nuevo. Solemos decir que no hay un centro político, que necesitamos un centro político, pero ese centro para existir necesita crear sus propias narrativas, esas que el país está esperando para unirse y encontrar un nuevo punto de partida. No habrá centro político en el país, mientras, quienes pretendan serlo, no hagan otra cosa más que camuflarse, con algún maquillaje, bajo las viejas narrativas de la derecha y de la izquierda, de aquellos que marchan, con los ojos vendados, sobre un viejo puente apolillado, desplomándose una y otra vez, a través de la historia, hasta el infinito.

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