[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  Ya hace un tiempo, en mis clases, refiero como Conflicto Armado Interno y Lucha contra el terrorismo al luctuoso periodo en que SL y MRTA asolaron al país. Utilizo las dos denominaciones en simultáneo por respeto a las diferentes posturas que existen sobre aquella larga y dolorosa coyuntura.

Hoy, el Presidente Daniel Novoa, de derecha, le llama directamente Conflicto Armado Interno a la terrible situación que, súbitamente, se ha presentado en Ecuador, tras la fuga de dos cabecillas del narcotráfico (en total fugaron 39 reos de la cárcel de Ríobamba), la toma de un canal de televisión y de diferentes locales que cumplen diferentes funciones, pero que tienen en común ser lugares públicos, lo que ha motivado la toma de cientos de rehenes a manos de los grupos armados.

La expresión de Novoa puede resumirse con el siguiente parafraseo: las acciones de estos grupos son terroristas, por eso declaro el Conflicto Armado Interno. De esta manera, se valida lo que se ha señalado desde la CVR respecto de lo que sucedió en el Perú desde 1980 en adelante:  Conflicto Armado Interno, refiere un enfrentamiento que supera la delincuencia común, y que no es un Conflicto Internacional, pues este último implicaría el enfrentamiento entre dos Estados. De tal manera, CAI resultaría la denominación correcta para nuestro caso.

Además, así lo refieren los Convenios de Ginebra de 1949 que son los que hasta hoy ofrecen al mundo un marco de denominaciones oficiales para los diversos enfrentamientos entre grupos armados. Los Convenios también hacen referencia al terrorismo, pero lo entienden más como un método de acción utilizado por uno o todos los bandos en conflicto. Grosso Modo, hay terrorismo cuando alguno o todos los contendientes validan que un sector o individuos de la población civil puedan ser utilizados como blanco, como parte de sus objetivos militares. También puede entenderse como la intención de sembrar el terror entre la población con las mismas finalidades.

Por supuesto que los Convenios de Ginebra condenan duramente el uso de prácticas terroristas, las que se encuentran absolutamente al margen del derecho de la guerra. En tal sentido, lo que podríamos decir que ocurrió en nuestro país fue un Conflicto Armado Interno y podríamos añadir que este se caracterizó, principalmente, por las acciones terroristas perpetradas por los grupos armados SL y MRTA.

El problema con esta definición es que, de acuerdo con los datos de CVR, el 30% de las víctimas civiles del CAI cayeron a manos de nuestras Fuerzas armadas o policiales, aunque también es verdad que estas, finalmente, fueron las que derrotaron a las bandas terroristas y pacificaron al país. Esta situación complica alcanzar una fórmula que complazca todas las posturas que existen al respecto.

En el pasado he escrito sobre la actuación de nuestras Fuerzas Armadas y Policiales en el CAI. He dicho que poseen un doble y hasta un triple estatuto. El de víctimas, porque lo fueron muchas veces, el de victimarios, porque esta situación también se produjo, y el de vencedores de las bandas terroristas y pacificadores del país.

En tal sentido, me parece que definir o darle un nombre a lo que aquí comenzó a acontecer desde 1980 en adelante puede resultar sencillo, pero también muy complicado. Es sencillo porque Conflicto Armado Interno es el nombre oficial que establece el derecho internacional para casos como el nuestro, pero es complicado porque dicha denominación no satisface a todos los sectores de la sociedad.

A nuestro parecer, la solución pasa por una descripción más bien amplia de la escena, es decir, señalar que en el Perú se produjo un Conflicto Armado Interno en el que las bandas terroristas SL y MRTA asolaron al país, siendo responsables, además, de la mayor parte de bajas civiles que el enfrentamiento produjo. Estas bandas fueron combatidas por las fuerzas armadas y policiales las que también dañaron a un sector de la población civil. Finalmente, las fuerzas armadas y policiales lograron vencen a las bandas terroristas y pacificaron al país.

Entiendo cabalmente que explicar no es lo mismo que nombrar, y que, además, existen sectores radicales, a ambos lados, que, de seguro, no estarán de acuerdo con la descripción propuesta. En todo caso, saber que existe una definición que intenta reflejar todo lo ocurrido, sin negar nada y en una sola oración, podría resultar tranquilizador y hasta cierto punto consensual si la sociedad conoce que dicha definición está impresa y se difunde, por ejemplo, en los manuales escolares del Estado, tanto como en aquellos divulgados por casas editoriales privadas.

En fin, me temo que esta discusión no va a terminar nunca, pero quizá sí resulte posible generar un contexto en el cual podamos conversar del tema sin necesidad de atacarnos, dividirnos, ni de levantar la voz, así maduraremos, aunque sea un poco, como sociedad. ¿Será posible?

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[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] La semana pasada circuló el pronunciamiento de un colectivo denominado Coalición Ciudadana. Entre tantos manifiestos que circulan últimamente en nuestro medio, este ha llamado la atención y ha suscitado reacciones, algunas de ellas críticas destempladas, otras comedidas en el lenguaje, pero bastante duras en los reparos que le plantean.

El pronunciamiento llama a la unidad de las organizaciones y colectivos democráticos de la sociedad. La meta es revertir la captura de las instituciones del Estado por poderes subalternos, así como promocionar el crecimiento del país a través de un Estado honesto y técnico, que aliente el desarrollo de sectores claves como la salud, la educación y la infraestructura. El documento contiene también llamamientos a la justicia social, la lucha contra la pobreza, contra la violencia de género, entre otras.

Se ha dicho que el pronunciamiento de Coalición Ciudadana reúne una serie de lugares comunes y que las metas que propone son por todos compartidas. Respecto de estas dos premisas anteriores voy a suscribir la primera, pero no la segunda. En efecto, quién no quiere un Estado moderno que a través de sus servicios promueva el desarrollo del país en alianza, por supuesto, con el sector privado. La pregunta que queda en el tablero es qué sector de la política ha hecho realmente suyas estas metas tan obvias y que, en el Perú, desgraciadamente, no son más que una utopía.

Si nos detenemos a observar la actuación de las fuerzas políticas en el Congreso, nos quedamos absolutamente vacíos, salvo uno que otro esfuerzo individual. Está claro que las agrupaciones que se sitúan a la derecha del espectro están más preocupadas por cooptar las instituciones del Estado, y no es necesario que te chanten el manido sambenito de “caviar” -otro lugar común– para constatarlo: salta a la vista. Todo el Perú se ha dado cuenta y el Ejecutivo, deslegitimado desde las lamentables muertes de hace un año, no ha logrado, ni parece interesarle mucho tampoco, erigirse en ese poder que establezca el balance y el equilibrio que constituyen los pilares más importantes de cualquier democracia.

Hay otro aspecto relevante del llamado de Coalición Ciudadana que se les ha pasado a sus críticos. El pronunciamiento impulsa el diálogo, el intercambio, buscar las coincidencias mínimas para la constitución de un centro político democrático que abarque derechas e izquierdas, siempre y cuando se mantengan dentro de los contrapesos republicanos y constitucionales. En tal sentido, la presencia de la historiadora del periodo republicano, Carmen Mc Evoy, en la plataforma, es la que mejor garantiza la búsqueda de un lugar común democrático. El mismo efecto genera la presencia en la plataforma del rector de la UNI, Dr. Alfonso López Chau, cuyas ideas, que sintetizan diversas visiones del Perú, apuntan en la misma dirección. En efecto, hablamos de un lugar común para todos los que creemos que la deliberación democrática es aún posible cuando arrecian los extremos de derecha, de la izquierda marxista y del progresismo radical.

Este no es un objetivo menor pues el debate político lo venimos perdiendo hace años. Hoy prevalece el griterío histérico de los extremismos, y este es un fenómeno global. La democracia está contra las cuerdas, se bate en retirada y nuestros derechos, conquistados en siglos de desarrollo constitucional, son cuestionados cuando no trasgredidos con total impunidad por tirios y troyanos. Volver a situarnos dentro de los límites de los derechos fundamentales, de la democracia y de sus instituciones resulta pues un lugar común fundamental, que de tan común parece que lo damos por sentado cuando en realidad se esfuma entre nuestras manos sin que siquiera tomemos nota de una tragedia cívica cuyas consecuencias ya estamos pagando y pagarán aún más las próximas generaciones si no hacemos algo al respecto.

Otra crítica a la nueva plataforma política es la presencia en ella de Marisol Pérez Tello y Mesías Guevara. Quienes vemos la política desde fuera, hemos notado claramente que, en estas duras circunstancias políticas y sociales, algunos partidos de larga data han preferido sumarse a las consignas de las fuerzas que apuestan por el copamiento institucional, antes que convertirse en bastiones de la defensa de la democracia. Así las cosas, Pérez y Guevara buscan una nueva trinchera para luchar por los principios que siempre han defendido. ¿Debemos impugnarlos por ello?

El pronunciamiento, y la conferencia de prensa que Coalición Ciudadana le han ofrecido al país constituyen una suma de lugares comunes. Pero se trata de los lugares comunes con los cuáles el Perú podría combatir la corrupción, desarrollar y modernizar el Estado, y extender la justicia social entre todos sus ciudadanos. Suerte en el empeño.

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[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]No quiero llenar estas líneas con perogrulladas. Qué podría añadir al debate si dijese que el Perú termina el año con una lucha de poderes bárbara, que divide a quienes quieren cooptarlo de quienes defienden su independencia y equilibrio, aunque es posible que estos últimos también tengan sus propios intereses ocultos. La política siempre fue la guerra entre el bien común y el poder, la justicia y el interés subalterno, la honestidad y la corrupción. En cada país, la correlación entre estas fuerzas es distinta, en el Perú ganan los segundos por siglos de ventaja, porque en el Perú se trata de una cuestión histórica, compuesta por robustas raíces enrevesadas bajo tierra.

En el Perú el sistema no es el que creemos ver, no es el que nos dicen los medios, no es aquel por el cual votamos cada cinco años. En el Perú el sistema es el otro, es el que está debajo, no es la ley, es la costumbre y esa costumbre de la corrupción no separa a occidentales y andinos, fractura de la que tanto se habla, notable durante el proceso eleccionario de 2021. En el Perú, el sistema subterráneo es el lugar común que relaciona lo occidental y lo andino, principalmente si hablamos del Estado y las instancias del gobierno, pero también de las altas economías formal e informal.

El tema estuvo siempre allí, en la estructura como diría Carlos Marx, y yo no soy marxista, teóricamente me gusta ser ecléctico y utilizo las herramientas que me son útiles de acuerdo con el análisis. Algo tengo claro, no me voy a amilanar por usar categorías de Marx o algún toque de los libertarios, creo en la recuperación de la deliberación que hoy vemos con nostalgia, como algo que existía en el siglo XX y que ya no existe más.

¿De verdad es este el signo del siglo XXI? ¿la intolerancia, la eliminación del contrincante, la cancelación y la guerra cultural? ¿no hay más? En todo caso, y vuelvo a Marx -qué útil resulta a veces, será porque reducía la sociedad a esquemas bastante básicos- la polarización se produce en la superestructura, por ello, hoy más que nunca, la lucha es cultural, derechas e izquierdas se entretienen en una guerra sin cuartel que nos ciega del avistamiento de los grandes cambios y permanencias en el poder mundial.

Al terminar el 2023, sigue siendo una verdad de Perogrullo que somos el mundo de las transnacionales y que las grandes mayorías, inclusive las capas intelectuales, no lo entendemos del todo, o nos dejamos llevar por las referidas guerras culturales. Imagino a China, imagino su infraestructura industrial y tecnológica, y me da la impresión de que las guerras reales van por ahí, que estamos distraídos y dispersos. Luego viene la inteligencia artificial.

Este año nos ha dejado el chat GTP que responde con bastante acierto preguntas de desarrollo de exámenes universitarios y mucho más. Lo peor, o lo mejor, es que hablamos de su primera versión. Imaginemos los años setenta, esas computadoras que abarcaban salas completas, o pisos completos de edificios del gobierno norteamericano o de las grandes empresas pioneras de la cibernética. Luego, pensemos en los primeros ordenadores personales, sin internet y con programas limitadísimos. Reflexionemos sobre todo lo que se ha avanzado en 40 años, y ahora apliquemos la ecuación a la Inteligencia Artificial. Y preguntémonos también quiénes manejan y manejarán todo eso, porque dificulto que el mundo de mediados del siglo XXI sea un mundo socialista.

¿Qué es lo que debatimos entonces? ¿qué es lo que nos enfrenta? ¿cuáles son las causas o utopías por defender? ¿o acaso ya no existen, solo que no nos hemos dado cuenta? Este año me esforcé por comprender la guerra cultural, la de los extremos – una vez más – comprendí, a medias, las radicalidades libertaria, ultraconservadora y progresista radical. Como historiador tiendo a pensar que el extremismo de hoy será superado por una era de mayor consenso y diálogo. Sin embargo, me asalta también la sospecha de que el fanatismo se nos ha ido de las manos y que, de anularnos unos a otros, si seguimos así, podemos acabar en guerras, en grotescas guerras de esas que son de verdad y que matan a muchísima gente, sólo porque optamos por la intolerancia cuando la mesa de la democracia estuvo más servida que nunca cuando cayó el muro de Berlín en 1989.

Pero después pienso en el poder real, estructural, en las multinacionales, las industrias y la tecnología, y me pregunto si esa idea de las olas históricas conservadoras y liberales pueden llegar a su fin ante el advenimiento de un planeta en el que a los hombres y mujeres se nos arrebate el derecho de tomar nuestras propias decisiones, esto es, de ser libres. Me pregunto si eso no está ocurriendo ya y que pronto colegiremos que tanto enfrentamiento cultural no fue más que un bluf, que una distracción, que una cortina cibernética que nos impidió ver lo que pasa al otro lado, lo que no podemos ver con nuestros propios ojos, aunque lo vivimos cotidianamente, todos los días, muchísimo más que la cortina de hierro que anunció al mundo Winston Churchill en 1946.

Tras esta reflexión ¿qué puedo decirles de Dina Boluarte a quien veo como quien ve al Planeta Tierra desde un confín muy en las periferias del Universo? ¿y qué decir de nuestra clase política que constituye la perversión de lo que una clase política debería ser? Esta reflexión busca la confusión, el completo caos. Porque lo más sensato que podría dejarnos el 2023 es el absoluto desconcierto, las absolutas incertidumbre y desolación. Solo cuando comprendamos que somos presas de un barullo incomprensible, que nos congracia en la conformidad con una superestructura engañosa, podremos comenzar a hacernos las preguntas que realmente valen la pena. A ver si hacemos posible lo imposible y, una vez más, tomamos al Mundo en nuestras manos, a través del conocimiento.

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[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Más allá de defensores y detractores, es evidente que algo muy malo nos está pasando, y que eso malo que nos está pasando está relacionado con la actuación del Congreso y una serie de medidas que debilitan la institucionalidad del Estado. La última de estas fue la eliminación de las PASO -elecciones primarias en los partidos políticos- manteniéndose, de esta manera, la preponderancia de sus cúpulas, así como la posibilidad de negociar -léase vender- espacios en las listas parlamentarias.

Ayer también estuvieron a punto de tumbarse a la Junta Nacional de Justicia, lo que se frustró debido a que la totalidad de sus miembros no asistió al Plenario. Sé que el rol de la JNJ divide a los peruanos, pero es también bastante evidente una maniobra congresal cuya finalidad es desactivar una institución cuyas investigaciones podrían comprometer la situación de muchos parlamentarios.

Pero mi punto es que el país no reacciona, la calle no reacciona. Hasta hace pocos años la ciudadanía peruana era como un cuarto poder del Estado que se activaba para ordenar la casa cuando era necesario. Pasó tras el cuestionado nombramiento de Manuel Merino como Presidente. La designación fue legal pero interpretada como ilegítima por multitudes que, en calles y plazas de todo el país, salieron a protestar. El resultado: dos estudiantes muertos y la renuncia del gobierno.

Sin embargo, cinco años después el Perú parece otro. Más de setenta ciudadanos murieron en las protestas de hace un año, muchos de ellos eran transeúntes, ni siquiera participaban de las movilizaciones, pero la reacción fue tibia. Entonces señalé, en algún foro, que el gobierno de Dina Boluarte tenía todas las posibilidades de durar hasta 2026, algunos pensaron que así expresaba mi apoyo al gobierno, pero no iba por ahí la cosa.

Lo que quiero decir es que los ciudadanos de bien en el Perú, que se cuentan por millones, están cansados, están aburridos, lo que es peor, están perdiendo las esperanzas. Hasta 2016, dos o tres candidaturas aglutinaban las preferencias de la población, ya se hablaba del mal menor, por supuesto, pero no en los niveles de hoy. Hoy la gente no cree en nadie y prevalecen la fragmentación y la indiferencia en un país que siempre se caracterizó por su adhesión devota a caudillos políticos que arrastraban multitudes. Es así que una sociedad política y abnegadamente creyente -pensemos por ejemplo en los arraigos de Haya de la Torre, Fernando Belaúnde y Alberto Fujimori- se ha convertido en otra, políticamente atea y hasta blasfema.

Mientras tanto, las premisas de Marx son contradichas una por una porque pasó su hora de la historia, pero también porque así es el Perú. Aquí la política condiciona la economía y no al contrario. La economía tiene buena base macroeconómica pero la clase política, ni esforzándose, podría hacer las cosas peor, entonces se desaprovecha lo que se tiene e igual generamos crisis a pesar de las cifras macro. Y por eso los jóvenes, otra vez, quieren irse del Perú.

La historia me sorprende cada tanto, y volverá a hacerlo. En la década milenio (2000-2010) les contaba a los estudiantes, refiriendo una etapa pasada de la historia, que en las décadas de los ochenta y noventa, los jóvenes se iban del Perú a labrarse un futuro al exterior. Hoy les cuento que, hasta hace cinco o diez años, los jóvenes se quedaban porque veían futuro en el país y se quedan mirándome incrédulos. La paradoja se cuenta sola.

Y este no es el efecto de una ola de larga duración histórica, ni de una crisis mundial de los precios de las materias primas tumbándose una económica tercermundista. Somos nosotros mismos los que nos hemos colocado en esta situación, o nuestras clases política y económica, para ser más claro y directo. Asimismo, la sociedad no siempre se salva, vamos al mundo informal y nos encontraremos con gente honesta trabajando al lado de dragones y monstros de todo tipo, al frente de los más deleznables negocios ilícitos.

Un Perú religiosamente creyente pero políticamente ateo, es lo que nos ha dejado el caos político de 2016 en adelante, que deviene en la guerra descarnada y descarada por el control del Estado, protagonizada por interlocutores políticos a los que ya no les importa mostrarse como son, con toda su misera, revolcándose en el fango. En suma, la corrupción política ha coronado el mayor y más pernicioso de sus objetivos: aburrir y tornar indiferentes a las gentes de bien, respecto de su propia suerte y de su propio futuro, entonces languidecen todas las resistencias. Por eso hoy ya nadie defiende nada, si acaso queda algo por defender, mientras que los jóvenes miran hacia el exterior en busca de mejores oportunidades. Una vez más en la historia del Perú, la anomia ha derrotado a la utopía.

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Corrupción Política, Desencanto Social, Indiferencia Ciudadana, Medidas del Congreso

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  Es imposible hacer ideología en el siglo XXI con los criterios del siglo XX y esto es precisamente lo que me ha venido pasando. Hasta 1989 teníamos más o menos claro lo de capitalismo-democracia vs. comunismo-dictadura del proletariado. Luego, desde dentro, la democracia no necesariamente acompañaba al capitalismo, también lo enfrentaba, lo moderaba, lo atemperaba, podía efectivamente sumarle todo aquello que no tenía de social (Marshall 1998) y detener o moderar sus ansias “salvajes”, que es como una vez lo definió el recordado Papa Juan Pablo II.

Los años maravillosos

Al caer el muro, pasamos, hasta cierto punto, a El Fin de la Historia de Francis Fukuyama (1992). No voy a comentar lo muchísimo de este libro que refuto. Me quedo aquí con la idea, bastante ilusa pero real para sus contemporáneos, de que la democracia y sus derechos se habían impuesto en el mundo como utopía y que solo se quedaron empantanados en la historia, en el tiempo, en lo secular, aquellos países que no la pudieron concretar.

En todo caso, es cierto que, cuando cae el Muro de Berlín, se abre un amplio espacio para la deliberación democrática. Las izquierdas y derechas podían discutir hasta dónde debía llegar el rol del Estado o su intervención en la economía, pero dentro del marco constitucional republicano-liberal, presente en todas las democráticas del mundo y que nadie ponía en discusión.

Nuevos autoritarismos al ataque: nacionalismo y corrección política

Esta situación duró poco. Primero fueron los nacionalismos en Europa. Apenas terminada la Guerra Fría, la de los Balcanes -exYugoslavia-estremeció al mundo, al mismo tiempo que proliferaban nuevas nacionalidades resultantes de las antiguas repúblicas soviéticas y el nacionalismo, como doctrina, comenzó a empoderarse en Europa, lenta pero persistentemente. Este levantó como su bandera principal el rechazo a la migración tercermundista, principalmente la africana y la musulmana (Sartori 2003).

De allí a plantear que las razas no debían mezclarse había solo un paso. En los últimos tiempos, ya Giorgia Meloni, Presidenta del Consejo de Ministros italiano, en varios de sus discursos, y Marine Le Pen, lideresa de la ultraderecha francesa, hablan de defender la civilización europea de todo aquello que la rodea y amenaza. Las reminiscencias fascistas se presentan por si solas, inclusive en los saludos con el brazo derecho extendido como en el caso de la activista española Isabel Peralta.

A la izquierda, las cosas también se radicalizaron y los grandes sacrificados fueron el disenso/consenso, la tolerancia y el espíritu democrático. Los derechos finalmente conquistados y universalizados tras el derrumbe del bloque socialista devinieron de pronto en autoritarismo jacobino. Le llamaron dictadura de la corrección política; en otras palabras, no podías pensar, ni mucho menos expresarte extramuros de ciertas premisas porque corrías el riesgo de ser rechazado por tu entorno. Esto sucedió mucho en ámbitos académicos, intelectuales y artísticos (Fernández Riquelme 2020).

Recién le pasó al eurodiputado de la ultraconservadora Vox Hermann Tertsch, quien defendió la dictadura de Augusto Pinochet en el Parlamento Europeo. Sus colegas del PSOE pidieron drásticas sanciones para el parlamentario. A mí me parece deplorable la dictadura de Pinochet, y más negar que Salvador Allende fuese su víctima, pero lo que aparentemente olvidaron los representantes del socialismo español es que buscaban aplicarle a Tertsch sanciones en contra de la libertad de conciencia bastante parecidas a las que el dictador chileno le impuso a sus opositores.

Está claro que los referidos políticos españoles, ni asesinan, ni desaparecen ciudadanos en virtud de sus ideas, pero a François-Marie Arouet, Voltaire se le adjudica la frase «Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo» y este precepto parece haber sido olvidado por los nuevos progresismos radicales que se han posicionado por todo el planeta.

Y así se popularizó el triste hábito de prohibir, de cancelar, de desaparecer todo lo que, en el lenguaje, en la historia, en la literatura y hasta en lo cotidiano pudiese amenazar el nuevo pensamiento emergente ante cuya arremetida colapsaron las fronteras de la democracia y los derechos fundamentales que consagró la ONU en 1948.

La 4ta ola del feminismo: de la igualdad a la lucha contra el patriarcado

Las luchas de las mujeres por sus derechos, junto a la de los colectivos LGTBI constituyen un punto de inflexión en la configuración de la izquierda del siglo XXI. Casi podríamos afirmar que representan su ala dominante. Desde estas líneas nos mostramos favorables a la igualdad entre mujeres y hombres, deploramos toda forma de abuso en contra de la mujer y nos manifestamos a favor de que las personas LGTBI posean los mismos derechos que cualquier otro ciudadano.

El problema se ha manifestado en la radicalidad de los programas ideológicos y plataformas de lucha de estos colectivos que parten de la premisa de que el capitalismo es un sistema por definición patriarcal que debe ser suprimido para ser reemplazado por otro. Desde este punto de partida, inclusive la democracia, como hoy la entendemos, no sería suficiente por favorecer al hombre y, por consiguiente, es susceptible, o de ser revocada o de ser sometida a reformas radicales. Como el movimiento feminista prioriza lo cultural vinculado a la conciencia de una situación dada, se plantea además la reeducación de los seres humanos conforme a su propia concepción del mundo (Varela 2023).

Como ya hemos sostenido, nosotros defendemos la igualdad total y afirmamos que, en tal sentido, debe perfeccionarse la democracia: hombres y mujeres poseen y disfrutan, o deben poseer y disfrutar, de las mismas salvaguardas constitucionales, incluidos el derecho al honor, a la presunción de inocencia y a un juicio justo, lo mismo los colectivos LGTBI. Estos derechos son inalienables al individuo y deben ser preservados por encima de cualquier otra consideración, no son negociables.

Por ello, violentar ciudadanos a través del linchamiento y el escarnio públicos desde las redes sociales, en lo que se conoce como ciberfeminismo, supone transgredir las fronteras del Estado de Derecho, así como flirtear con el autoritarismo como medio político para alcanzar metas específicas. El derecho a la justicia es también inalienable y solo el Estado tiene la facultar de impartirla, no la muchedumbre, presencial, en turba, o a través de las redes sociales.

Reacción conservadora con Biblia a la mano

El avance del progresismo radical, como lo denomina el nuevamente citado Francis Fukuyama (2023) en su reciente libro El Liberalismo y sus desencantados, ha generado una reacción conservadora que no es menos radical. Esta propone defender a la familia tradicional, padre madre e hijos, del “lobby feminista y LGTBI” y, para hacerlo, ha desatado una virulenta campaña en la que se confunden elementos jurídicos, ideológicos y teológicos.

En tal sentido, la denostación de las personas LGTBI y una muy mal disimulada misoginia, se han difundido abierta y descaradamente desde el otro extremo del tablero, adornados, inclusive, con versículos bíblicos y amenazas de castigos infernales. Así, entre intentos de prohibición de la libre expresión y su máxima exacerbación, la que se expresa en la destrucción del oponente a través del epíteto y de la descalificación, asistimos, con aburrida indiferencia, a la muerte de la democracia.

En España y América Latina, por sus enraizadas tradiciones católicas, estos movimientos conservadores se han diseminado rápida y masivamente, abarcando inclusive todos los espectros del abanico ideológico tradicional, como sucede en el caso peruano. En Perú, la alianza parlamentaria dominante reúne a Fuerza Popular, partido de derecha conservadora y a Perú Libre, movimiento de izquierda radical. ¿Qué los une? Que para la izquierda radical peruana no existe contradicción entre la lucha en pro de reivindicaciones populares y la oposición a agendas culturales como las de los colectivos feministas y LGTBI. ¿Qué los caracteriza? Ser plebiscitaristas, es decir, si son mayoría entonces pueden revertir siglos de desarrollo constitucional, entiéndase, pueden cancelar derechos fundamentales u oponerse, como lo hacen militantemente, a la conquista de otros, como el matrimonio LGTBI, el que, en el Perú, sigue durmiendo el sueño de los justos.

Como he mencionado en otras entregas, el mayor ejemplo del rechazo conservador al progresismo radical es Chile. Este país sudamericano el año pasado desaprobó abrumadoramente un proyecto constituyente en cuyo texto se trocaron las demandas por mejoras socioeconómicas de la población por las agendas de las vanguardias feminista y LGTBI, lo que, a juzgar por los resultados, resulto un exceso y un gigantesco error. Lo más lamentable de esta derrota es que las reformas sociales por las que clamaron los chilenos quedaron sin hacerse y un nuevo proyecto constitucional, de corte conservador, podría ser aprobado el siguiente domingo 17 de diciembre. Si suceden así las cosas, Chile habría perdido soga y cabra.

¿La democracia como utopía?

Comencé estas líneas señalando que no se podía hablar de política en el siglo XXI con los códigos del siglo XX, y yo soy un hombre del siglo XX. ¿Qué decide el voto hoy? ¿Qué consideraciones tiene en cuenta el ciudadano al momento de elegir a sus gobernantes?

Un fenómeno global, con diferentes aristas, pero básicamente similar en todo el orbe, es que estamos votando por propuestas y consignas culturales cuyo denominador común es lo poco que importa el respeto a la democracia situada en el marco de sus constituciones las que se sostienen en los derechos fundamentales. Esta realidad posee un elemento paradójico pues difícilmente la cuestión de la inmigración en Europa o el matrimonio gay en los países de América Latina decidirá la mejora de la calidad y las condiciones de vida de los ciudadanos. Talvez el tema que atañe el feminismo radical pudiese ser el más relevante en el debate contemporáneo toda vez que apunta a modificaciones estructurales en el esquema de la sociedad.

En todo caso, si algo nos demuestra esta reflexión es lo muy equivocado que estuvo Marx al señalar que la cultura se subordina a la economía. Esos tiempos pasaron; en días en los que los jóvenes pasan la mayor parte de sus horas conectados a la red y los adultos también, son otras dimensiones las que se abren paso. Estas van convirtiendo al imaginario en realidad sin que apenas nos demos cuenta. Creo que, junto a la revolución de las máquinas, de la virtualidad y de la inteligencia artificial, estamos ya inmersos en una guerra cultural que hoy se libra desde extremos irreconciliables.

Pensaba concluir esta digresión con algún llamado a recuperar los valores democráticos perdidos, lo que hubiese implicado proponer que la salida a esta crisis paradigmática se sitúa en la vuelta al pasado. Algunas veces ha ocurrido, hay futuros no iguales, pero sí parecidos a ciertos pasados y la historia, como la economía cíclica del ruso Nikolái Dimitrievich Kondrátiev o el tiempo pendular del italiano Giambattista Vico, va y viene, como las olas del mar.

Sin embargo, creo que al conflicto actual tendrá que reemplazarlo un nuevo sentido común, una nueva estabilidad, pero esta solo durará un tiempo determinado. Cuánta razón tuvieron Georg Wilhelm Friedrich Hegel, con su dialéctica, y Víctor Raúl Haya de la Torre -aunque a algunos les moleste que lo cite- con su devoción por el cambio y las grandes coyunturas mundiales.

Ese hombre, ninguneado en su propio país, comprendió que la Segunda Guerra Mundial abría necesariamente un nuevo paradigma (1946) y que había que adaptar el pensamiento a los nuevos tiempos. Además, coligió que el cambio prevalecía sobre la historia y, por consiguiente, sobre la teoría, la interpretación y el conocimiento. Ya lo había anticipado en su Sinopsis Filosófica del Aprismo, cuando finalmente se separa del marxismo, publicado en la Revista Claridad de Buenos Aires en 1936 y luego reproducido como primer capítulo de su Espacio Tiempo Histórico (1948).

Las ideologías de hoy no son las de la pasada centuria. Por ello, en estas líneas les dejo sus principales derroteros, porque al centro político no lo vamos a encontrar volviendo al republicanismo liberal del siglo XX, sino buscando los equilibrios de los que hoy carecen las doctrinas del siglo XXI.

Bibliografía:

Fernández Riquelme, Sergio. Sobre la corrección política. En La Controversia, Julio 16, 2020.

Fukuyama, Francis. El fin de la historia y el último hombre. Barcelona, Editorial Planeta, 1992.

Fukuyama Francis. El liberalismo y sus desencantados. Cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales. Bogotá, Ariel, 2023.

Haya de la Torre, Víctor Raúl. Y después de la Guerra ¿Qué? Lima, Editorial PTCM, 1946.

Haya de la Torre, Víctor Raúl. Espacio Tiempo Histórico. Lima, Ediciones La Tribuna, 1948.

Marshall T.H. Ciudadanía y Clase Social. Madrid, alianza Editorial, 1998.

Sartori, Giovanni. La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros, México, Taurus, 2003

Varela, Nuria. Feminismo. La cuarta Ola. México, Penguin, 2023

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Cultura contemporánea, derechos humanos, desafíos políticos, Nacionalismos

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] A mediados de 2019 se levantaron los chilenos por mejoras socioeconómicas en su país. Querían acceso a la educación, que bajen los precios de los servicios públicos, como el transporte, y jubilaciones dignas. Fueron a una Asamblea Constituyente y esta malinterpretó el mensaje, así que terminó redactando un texto constitucional de género y feminista-radical, reivindicando derechos muy distintos a los anhelados por la mayoría de las masas protestantes.

Para muestra un botón, el proyecto constitucional, que se rechazó abrumadoramente en plebiscito celebrado en septiembre de 2022, comenzaba señalando que Chile estaba compuesto por seis nacionalidades mapuches, pero olvidaba mencionar algo obvio: a la propia nacionalidad chilena. El resultado es que las comunas y regiones mapuches fueron las primeras en rechazar aquel proyecto, porque resulta que no conozco, en América Latina, una nación que lo sea más que la nación chilena.

La situación obligó a redactar otro texto constitucional con vientos a favor de la mesura y, es verdad, también de la derecha (quien siembra vientos …). Así que la nueva Carta Magna, que acaba de ser aprobada por el Congreso y que va a plebiscito el 17 de diciembre, no menciona una sola vez la palabra género en su capitulado, de lo que sí habla es de igualdad absoluta entre varones y mujeres; inclusive, sanciona la tan anhelada igualdad laboral. También coloca su énfasis en los derechos sociales y económicos, aunque no sé si lo suficiente como para satisfacer las demandas que motivaron las protestas de 2019-2020.

Por otro lado, no se menciona tampoco, en ninguno de sus pasajes, a los colectivos LGTBI, lo que considero un gran vacío, pero también una reacción, no justificable, ante un texto previo que hacía parecer la agenda de una minoría como si fuese la mayoritaria. Finalmente, el nuevo texto constitucional, conservador, por las varias referencias a la familia tradicional, representa una vuelta a los derechos fundamentales, explícitos en su capitulado, los que fueron transgredidos brutalmente por las olas libertaria-conservadora y progresista radical de las derecha e izquierda del siglo XXI.

Estas, a través del escrache y la cancelación, han hecho de este mundo un lugar incierto e inseguro, carente de valores democráticos y republicanos tan básicos como el diálogo y la tolerancia, así como transgresor de derechos fundamentales irrenunciables, como el honor, el buen nombre y la presunción de la inocencia. ¿Hasta cuando la tiranía de las redes sociales? Por todo ello, se espera un gran debate nacional en las tres semanas que nos separan del día en que se realizará el trascendental plebiscito en el vecino país del sur.

La nueva constitución chilena, si se aprueba, no será un lugar perfecto. Sin embargo, podría convertirse en un recinto mejor que aquel en el que uno de los dos extremos se aprestaba a adoptar posiciones muy ventajosas para ganar terreno en su lucha ideológica a través de prácticas absolutamente jacobinas, en las que la destrucción del disidente se justifica y normaliza como método de acción política.

Tampoco puedo asegurar si el nuevo lugar que podría generarse pronto en Chile será más acogedor. Sin embargo, en tanto que sujeto que no ha arriado los principios y valores del progresismo del siglo XX, los que suponen la vigencia irrestricta de los derechos de la persona humana por encima de cualquier otra consideración, espero que dicho lugar se convierta en una esperanza para la reconfiguración de espacios donde el respeto por el otro, y no su deshumanización, vuelvan a erigirse en la base de la convivialidad democrática.

En suma, espero que, desde Chile, pueda comenzar a reedificarse un lugar en el que el centro democrático y republicano se constituya en una vía alternativa a la guerra de extremismos en la que nos encontramos inmersos en toda América Latina y el mundo.

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[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Apenas ayer, la reconocida intelectual Irma del Águila, a través de su columna dominical, nos dio una buena nueva:  la película peruana KINRA había ganado el Astor Piazzolla de Oro en el festival de cine de Mar de Plata, evento muy prestigioso a nivel internacional.  Para la académica, el galardón obtenido por la ópera prima del director Marco Panatonic -de guion en quechua- no solo contradice los malos augurios del congresista Alejandro Cavero, quien ha señalado que el cine peruano es de baja calidad e interés, sino que pone sobre el tapete el controversial proyecto de su colega Adriana Tudela quien viene promoviendo en el Congreso Nacional, un proyecto cuya intención es disminuir drásticamente el apoyo del Estado al cine nacional.

El trasfondo de esta circunstancia es una guerra ideológica, la misma que se viene librando en el mundo, pero en su versión nacional. Vivimos una edad centrífuga, tanto a la derecha, ultraconservadora y adversa al diálogo democrático, como a la izquierda, desde su postura progresista radical, como marxista extremista. En este caso en particular, la que se ha expresado es la derecha peruana, o ultraderecha para ser más precisos, porque por derecha sigo evocando un sector liberal en lo económico y en lo político, lo que implica también la defensa de los derechos fundamentales, si acaso esa tendencia aún es representada por alguien en el Perú.

¿Qué hay detrás de Kinra?

Detrás de la cinta Kinra se discute un modelo de sociedad, o un modelo de inclusión democrática, de acuerdo como los describe Norbert Bilbeny en su texto Modelos de Inclusión Democrática (2002). En este artículo, Bilbeny propone cuatro modelos de inclusión democrática que van desde la segregación, que felizmente casi ya no existe, la agregación, en donde una sociedad puede admitir diversas culturas, pero otorgándoles concesiones a cada una en la legislación para que, en mayor o menor medida, se mantengan separadas; la asimilación, que es monocultural, pues la cultura dominante y sus leyes deben ser acatadas e incorporadas por grupos que eventualmente proceden de otros acervos culturales y, finalmente, la integración, en la que se busca que los diferentes componentes culturales de una sociedad dialoguen entre sí y compartan sus características. Este modelo parece más adecuado, aunque es cierto que con él se pueden perder valores autóctonos sacrificados en pro de una convivencia común.

La praxis supera siempre los esquemas a los que queremos reducir la realidad. Por ello, los cuatro modelos de inclusión democrática antes descritos difícilmente se presentan en estado puro. Lo que suele ofrecer la realidad es combinaciones entre estos. Por otro lado, es preciso también señalar que cada país presenta una realidad distinta por lo que la mejor política a aplicar depende de la sociedad que es objeto de estudio.

Según datos proporcionados por el diario El Peruano en 2021, 4´380,088 de peruanos, el 16.3 % de la población, tiene como lengua materna una originaria, es decir, distinta al español. Asimismo, en el Perú se habla más de 80 lenguas originarias, todas ellas vinculadas a culturas y tradiciones ancestrales. Si le damos al tema una mirada histórica, lo que debería sorprender no es que más de 3 de cada 20 peruanos tenga como materna a una lengua originaria, sino, al contrario, que solo queden 16.3 % de peruanos en dicha condición.

Me explico, hace solo cinco o seis décadas la mayoría de los peruanos hablaba lenguas originarias, en nuestra región andina se hablaba el quechua o el aimara. Eventualmente sus ciudades más importantes eran apenas bilingües y allí pararíamos de contar. Otro tanto, las etnias rurales de la Amazonía. Entonces, a lo que realmente asistimos es a un proceso sistemático de disminución de hablantes de lenguas originarias lo que evidencia el abandono del mundo rural por parte del Estado, no solo en lo que se refiere a los servicios básicos que debe brindar, sino a políticas culturales que promuevan, en tanto que patrimonio inmemorial, la conservación de nuestras lenguas originarias.

Una política en sentido inverso de su conservación solo puede catalogarse de segregacionista, cuando no de asimilacionista. El primer caso es inaceptable per se, el segundo lo es en un país como el nuestro, cuya historia nos habla de pueblos aborígenes sometidos al dominio español en el siglo XVI y que, hasta hoy, mantienen vigentes sus lenguas originarias, prácticamente sin apoyo del Estado.

Es verdad que el proceso de migración masiva de la segunda mitad del siglo XX contribuyó, mucho, y de manera espontánea, a la expansión del español por todo el país. El migrante comprendió que, en un país en cuyas ciudades costeras predominaba la lengua española, y que lo hacía desde una abierta postura de discriminación hacia el otro, aprender la lengua local constituía un mecanismo básico de adaptación y de supervivencia. Por eso no les trasmitió a sus hijos sus lenguas originarias y por ello estas se fueron perdiendo.

Pero estamos en 2023, ya hay políticas estatales -aunque insuficientes- de conservación y difusión de las lenguas originarias, inclusive en la escuela y en algunos organismos públicos. De hecho, la constitución de 1993 establece en su título acerca de los derechos fundamentales, en su artículo 19, lo siguiente:

Toda persona tiene derecho:

A su identidad étnica y cultural. El Estado reconoce y protege la pluralidad étnica y cultural de La Nación. Todo peruano tiene derecho a usar su propio idioma ante cualquier autoridad mediante un intérprete.

Asimismo, de acuerdo con el título acerca de los derechos sociales y económicos de todo peruano, el artículo 17 sostiene que El Estado (…) fomenta la educación bilingüe e intercultural, según las características de cada zona. Preserva las diversas manifestaciones culturales y lingüísticas del país. Promueve la integración nacional.

Es una pena pues (aunque democráticamente estén en su derecho. Con perdones, pero jamás abdicaré en mi defensa de la libertad de opinión y, en general, de todos los derechos fundamentales que derechas e izquierdas están tan dados a vulnerar en estos tiempos) que, a estas alturas del Bicentenario de la Independencia, algunos congresistas parezcan desconocer no solo lo más fundamental de nuestro texto constitucional, sino lo más fundamental de aquello en lo que consiste la nacionalidad peruana, si acaso existe, pluricultural a más no poder, inclusive desde antes de que a Francisco Pizarro se le ocurriese desembarcar en estas tierras.

Bien con Kinra, bien por un triunfo que es del quechua no en oposición al español -cuidado con los maniqueísmos- sino en su lucha por obtener un lugar junto al español, tanto en el nivel del habla y de la enseñanza, como en el de culturas que hace mucho deberíamos compartir y dialogar en el espacio armónico de una nación consciente de su historia, y, por lo tanto, de sí misma.

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Inclusión democrática, KINRA, Lenguas originarias, Preservación cultural

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  El Perú no es un país de contrastes, es un país de confrontaciones. Cuando la CVR le llamó Conflicto Armado Interno a la guerra iniciada por Sendero Luminoso contra la sociedad y el Estado acertó, posiblemente sin saberlo, en darle un nombre alternativo a nuestra Historia del Perú, diferente, precisamente, al de Historia del Perú. Y por eso mismo peleamos, guerreamos alrededor de la idea de denominar Conflicto Armado o Lucha contra el Terrorismo a lo gravísimo que nos pasó en las últimas dos décadas del siglo XX y no es fácil decantarse. La paradoja se explica sola.

El cuento del mestizaje no es solo un cuento, es un absoluto fraude. Tras la independencia solo el 23% de los peruanos éramos mestizos, los demás podíamos definirnos, a la manera colonial, como castas, razas, y pensando en términos más contemporáneos, como culturas antagónicas. Nunca hubo una armoniosa fusión de los elementos occidental, andino, africano, y luego chino, japonés, italiano etc. para formar la gran nación que se presenta ante nosotros cada vez que despiertan mis ojos y veo que sigo viviendo Contigo Perú.

Un concepto que aprendí de mi oficio de historiador es la discontinuidad del tiempo. Hay siglos más conservadores que otros, nos decía un viejo profesor, hace más de tres décadas. La historia sube y baja, viene por olas, por rachas de olas, unas bravas, otras mansas, las menos predecibles, las más repentinas. Y la era de la informática y de las redes aumentan profusamente esa discontinuidad. No somos un país que va madurando, que cobra forma con el paso de los años, de las décadas y los siglos. Somos, al contrario, la anomia perfecta, si acaso aquello no es un oxímoron.

Y, a pesar de todo, cambiamos, nos transformamos de una sociedad en otra. El siglo XX fue la absoluta ruptura, la absoluta destrucción de su antecesor, fue la Tempestad en los Andes, el movimiento allegro vivace de una sinfonía que no va a ninguna parte. Y así pasamos de la sociedad estamental a la informalidad, informalidad económica, social, política y cultural. Y, sin embargo, las batallas de las redes parecen enfrentar a los viejos estamentos coloniales, tal y como se enfrentaron hace tres o cuatro siglos. O es que algo no cambió, o es que pensamos que algo no cambió o es que algo cambió para finalmente permanecer como antes, invicto, incólume y triunfal en medio del país de las grandes derrotas históricas.

Lo que no ha cambiado es la estructura del poder, ni en sus prácticas económicas, ni en su mirada social y culturalmente jerárquica de la comunidad nacional, si eventualmente existe, ni en la administración de la cosa pública. El mundo informal representa la nueva sociedad, nos abraza a todos, pero hay espacios fuera del mundo informal, cuyos mensajes son los del siglo XIX y los del XX, solo que con palabras del siglo XXI.

Hay un Perú español, occidental, conservador, que probablemente desee el progreso pero que ante alternativas de cambio que pudiesen mover, aunque sea un poquito, el espacio irreal/real donde se siente seguro votará por la continuidad de la anomia, una y mil veces. Hay un Perú andino, principalmente rural, otro amazónico, también rural, que se duelen de la historia y de un presente que las redes reproducen como si se tratase de la evocación de guerras pasadas, de batallas perdidas, desde Manco Inca hasta Rumi Maqui, o que, en el peor de los casos, busca el progreso zambulléndose en la anomia del otro, que es también la suya, vetusta, malhadada e impasible, hedionda de corrupción.

Lenin lideró una revolución, en un país muy lejano, pero hay otro Lenin, uno peruano, que apellida Tamayo y que canta Q-pop. Él ha fusionado el pop coreano con sus raíces andinas. Lenin ha dicho, recién, que la lengua española es hipócrita y que el quechua es directo, lo califica de concreto, pero lo define abstracto, como Arguedas, relacionado con la naturaleza, con la vida silvestre y el agua, donde el hombre se ubica un poco en el centro y otro poco en la periferia, configurando su mundo casi fusionándose con el entorno. Entonces Lenin nos reclama sobre lo mismo que caracterizó al régimen colonial y a gran parte del Perú republicano, pero con voz contemporánea, a través de su arte delicado y sensible.

Tal vez se entiendan mis reflexiones finales como una contradicción, pero siempre he alentado forjar nuestra comunidad a través de una pluriculturalidad que incluya también lo español, lo occidental, una que no enfrente más, que no acentúe más las diferencias. Pero también una en la que la afirmación de la igualdad y el intercambio de acervos surquen el camino hacia la horizontalidad y la integración.

Lenin evoca la vieja confrontación entre el español y el quechua, da igual si refiere culturas, lenguas o individuos. Yo proclamo que seremos Perú, que seremos nación, cuando logremos -todos juntos- un país en el que millones de Lenin le canten al país que supo encontrarse compartiendo palabras en distintos idiomas, las que aprendió de a pocos porque quería hacer suyo al otro y viceversa. Un país que hoy solo existe en la imaginación y que se desliza, abrumado, por la empinada pendiente de la autodestrucción.

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[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  Días complicados, harto trabajo, emociones que van y que vienen, como el hombre común de la canción de Piero, el cantautor argentino, ese hombre “que viene y que va”. Somos un país futbolero que se sitúa en un mundo tan igual y al mismo tiempo tan distinto al de 1989, cuando se cayó el Muro de Berlín y cambiamos súbitamente de paradigma.

Somos parecidos al mundo de la Guerra Fría porque, al igual que con ella, subsisten gobiernos democráticos y dictatoriales en América Latina; pero diferentes porque, tras Berlín, parecieron consolidarse los derechos universales, al punto que, muy optimistamente, el filósofo alemán Jürgen Habermas escribió que habíamos recuperado los derechos del hombre de la Revolución Francesa de 1789, los que nos fueron sustraídos por el nacionalismo del siglo XIX, por la cuota de sangre que la nación -ese feroz artefacto cultural decimonónico[i]– le exigió a sus ciudadanos. De allí las guerras, entre todas las dos guerras mundiales, durante la primera mitad del siglo XX, cuyo recuerdo, inclusive hoy, estremece al mundo.

Lo cierto es que la recuperación de los derechos de 1789, apuntalados, además, por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, se diluyó mientras la década de 1990 se devaneaba zambullida en el neoliberalismo económico y poco preocupada por fortalecer las instituciones sobre las cuales la democracia se construye. Y llegamos al punto en que algunas fronteras, que resultaban del antiguo sentido común democrático, fueron atravesadas con total desparpajo e impunidad.

Esta arremetida, sin duda autoritaria, aunque situada en el marco de la convivencia democrática, provino, primero, del progresismo radical, a través de una vertiginosa transición que no puedo definir sino como paradójica.  Entonces ya no se podía decir, ni pensar nada, fuera de dichos derechos, llevados hasta su máxima expresión paroxística. La ola penetró en el lenguaje. Debías y debes cuidar qué es lo que dices, cómo lo dices, qué palabras utilizas porque el diccionario de la RAE fue súbitamente reemplazado por otro, jacobino y cancelatorio.

Y del lenguaje, se pasó a otras esferas de la vida social y cultural. La propia historia fue motivo de un ataque feroz. Yo fui formado en el entendido de que cada sociedad, cada tiempo, cada época tiene sus propios paradigmas, y que había que interpretarlos, comprenderlos, había que decodificarlos para que el presente pudiese disfrutar y conocer cómo pensaban nuestros ancestros hace décadas o siglos. Pero esto cambió: la historia, el pasado y la tradición podían ser muy reaccionarios y una amenaza para los derechos fundamentales, en plena eclosión de sus vanguardias más radicales.

Entonces había que cambiar la historia, lo que es peor, había que borrarla, había que ocultarla, había que silenciarla. Y el tribunal del pasado, entendido como paradigma histórico positivista, que tanto molestaba al maestro Marc Bloch, se convirtió en el tribunal del progresismo radical y es así como resultaron condenados al escarnio público muchos personajes históricos que actuaron en el pretérito de acuerdo con la mentalidad entonces vigente, y que ignoraban que siglos después serían condenados por vivir en conformidad con su propia normalidad.

Y el tema se llevó a la literatura, hay que reescribir a Agatha Christie, dijeron, la misma editora de la célebre escritora de misterio estuvo muy de acuerdo con la idea. Hay que quitarle a las obras de Christie comentarios sexistas, racistas o que no calcen con eso que hoy se denomina “corrección política”. Además, de esa manera los libros podrán venderse más, alumbrados por un aura plural y contemporánea; y evitar, al mismo tiempo, el escarnio público en medios de comunicación y redes sociales.

A Pedro Gallese se le está exigiendo ser un intelectual de izquierda, que conoce y aplica todos los criterios de la “corrección política”, pero Gallese es un futbolista y no hay que ser demasiado perspicaz para conocer el mundo cultural de la mayoría de sus colegas peruanos. De esta manera, el golero de la selección ha sido súbitamente convertido en un reaccionario ultraderechista por acceder a un saludo protocolar con la cuestionada presidenta Dina Boluarte. En realidad, sería larguísimo enumerar la lista de deportistas que han tenido que pasar por las horcas caudinas de saludar a presidentes autoritarios o impopulares (hasta el Papa Francisco, aunque con cara de pocos amigos). En cambio, la lista de quienes dijeron no, es bastante corta. Se me viene a la memoria el valiente desplante de Carlos Cazcely al dictador Augusto Pinochet en 1974.

En todo caso, la mayor polémica se ha desatado alrededor del gesto de Gallese, ese de arrebatarle el celular al joven hincha del astro argentino Leonel Messi, que invadió la cancha para abrazarlo, y arrojarlo al campo de juego. El tema me parece más sencillo que digno de excesivos análisis sociopolíticos. Gallese seguía compitiendo, es decir, estaba trabajando, y, aunque perdiendo, mantenía en alto su vergüenza deportiva y por ello se indigna con el joven hincha. Gallese declaró luego que la defensa de los colores del Perú merece más respeto y se le ha criticado también por la noción de patria, nación o nacionalismo que maneja.

En realidad, la noción tradicional de patria vinculada a la selección -principalmente la de fútbol- a los colores de la bandera, a los símbolos patrios, héroes de las guerras etc. es la mismo, mal que nos pese, en la que fuimos formados todos los peruanos y peruanas. A estos elementos se le han agregado luego la gastronomía, la pluriculturalidad, el folklore, los sitios arqueológicos etc. Queda claro que no estoy señalando que esta sea mi noción de patria o de nación. Lo que indico es que tanto la educación escolar, los medios de comunicación, las propagandas televisivas y pésimas pero populares películas como “Hasta que nos volvamos a encontrar” reproducen una idea de peruanidad probablemente simplista y superficial, pero que es el resultado de décadas de políticas culturales del Estado vaciadas de mejores contenidos y de un proyecto nacional que tienda puentes y desarrolle las nociones de solidaridad e igualdad entre todos los peruanos y peruanas.

Dentro de esta perspectiva, lo que no podemos hacer es convertir a Pedro Gallese en el “chivo expiatorio” de agendas ideológicas específicas, ni de proyectos políticos inconclusos y que muchos, entre ellos el suscrito, luchamos por obtener, como quien persigue una utopía que deberá concretarse algún día. Hasta que eso no ocurra, la selección peruana de fútbol, de la mano de Ricardo Gareca, fue un factor positivo de unidad y Gallese, en el campo de juego, ha defendido como un gigante esa esencia que parece que estamos perdiendo tan rápido como perdimos a la SUNEDU y al proyecto de mejorar, pero en serio, el nivel de la educación superior en el Perú. Pensemos en cómo hacer para transformar nuestras instituciones educativas y respetemos, al mismo tiempo, a un deportista que defiende la valla peruana con toda la gallardía del héroe antiguo, al que, aunque hoy no se le quiera tanto, ha cumplido y cumple el rol de mantenernos unidos y unidas, aunque sea apenas.

 

[i] Relativo al siglo XIX

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Cambios Políticos, Cultura Patriótica, Gallese, valores
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