[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] La crisis moral de nuestra clase dirigente en tres episodios

Estos comentarios son fragmentos editados de los posts que dediqué en redes sociales a la trágica muerte de José Miguel Castro, a la triste partida de Joselo García Belaúnde y al lamentable comportamiento de Intercorp con los deudos y damnificados por la caída del techo del Real Plaza de Trujillo. Los encontré lo suficientemente sugerentes como para editarlos debidamente y convertirlos en un artículo, que, desde el análisis de tres casos bien diferentes, llega a la misma conclusión: la profunda crisis moral de nuestra clase dirigente.

No maten al mensajero, sobre Romy Chang, Intercorp y las víctimas del Real Plaza de Trujillo

Romy Chang, a quien en estas líneas no pretendo defender, no es más que la punta del iceberg o el “organismo ejecutor” en el chantaje y maltrato de Intercorp a los deudos y damnificados de la caída del techo de Real Plaza Trujillo hace unos meses. El Iceberg completo de esta indignante situación es el propio Intercorp que no hace más que confirmar el rol tradicional e histórico de nuestra gran burguesía que ha consistido en enriquecerse de los peruanos y de las riquezas del país, sin ninguna vocación a favor del desarrollo conjunto de la sociedad.

Para demostrarlo basta retrotraerse a los tiempos del guano, o recordar el triste papel que desempeñaron los llamados “12 apóstoles” -principales empresarios del país- en la quiebra absoluta de la economía peruana durante el primer gobierno de Alan García, cuya primera responsabilidad en el tema no se niega aquí. Pero nuestro gran empresariado a través del dólar MUC generó una fuga de divisas provenientes de nuestras reservas nacionales cuando lo que se esperaba de él era que reinvirtiese sus ganancias en el Perú para así procurar la reactivación de nuestra economía: sucedió todo lo contrario.

Más cerca en el tiempo, basta una pasada somera por el programa Reactiva aplicado en 2020 para favorecer a la pequeña y mediana empresas peruanas -mypes- en tiempos del confinamiento adoptado como prevención ante la pandemia del Covid-19. Al final, hicieron cola por gusto, las grandes corporaciones se quedaron con la parte del león de esos fondos.

Cierro, los muchos millones que estas corporaciones le deben a la SUNAT, es decir, al país, mientras que los contribuyentes de a pie hacemos esfuerzos por cumplir con nuestras obligaciones.

El maltrato y desdén a los ciudadanos de Trujillo víctimas del derrumbe del techo de Real Plaza de la localidad, no debe quedar impune. Ojalá un estudio de abogados importante, con conciencia social, tome su caso pro bono. A ver si, esta vez, hacemos aunque sea un poquito de justicia en este país donde no se conoce, siquiera, la definición del concepto.

La yapa, mientras el Club Liverpool le pagará a la viuda de Diogo Jota -joven futbolista trágicamente fallecido en un accidente automovilístico junto a su hermano- también futbolista,  el total de los 2 años que le quedaban de contrato y la educación de sus hijos hasta que culminen la universidad, Intercorp quiere callar con “un sencillo” a las víctimas y deudos del derrumbe del Real Plaza de Trujillo. Por eso Inglaterra es Inglaterra y el Perú es el Perú.

Joselo García Belaúnde, QEPD y que lo dejen descansar en paz

Han saltado los “políticamente correctos” a cuestionar a nuestro recientemente desaparecido embajador, el entrañable José Antonio García Belaúnde por haber sido canciller de Alan García. ¿Habría que cuestionar al embajador Manuel Rodríguez Cuadros por haber sido canciller de Alejandro Toledo? Yo creo que no, ambos embajadores obtuvieron logros muy importantes que condujeron a la victoria de la Haya, el reconocimiento de la controversia por parte de Chile el primero, la política de las “cuerdas separadas” el segundo.

A su turno, el expresidente Alan García  Pérez hizo bien en demandar a Chile en 2008, en firmar los límites marítimos con Ecuador en 2011 -por eso Ecuador no intervino en el litigio- y en tener a Joselo, con su política de las «cuerdas separadas», al frente de Torre Tagle mientras duró su gobierno. La crítica general de una  gestión no puede anular el reconocimiento de políticas exitosas específicas. Para algo somos historiadores y no activistas políticos.

Sobre García Belaúnde, este no solo dirigió los hilos del litigio de La Haya con solvencia, buen talante y mucha clase sino que, por ello mismo, obligó a la contraparte a imitarlo. Entonces el presidente chileno Sebastián Piñera nombró Canciller a Alfredo Moreno con la expresa finalidad de que baje el tono confrontacional de su cancillería para hacerlo compatible con el de Torre Tagle, siempre afinado y atildado. Fue así como pudimos implementar la referida política de las «cuerdas separadas» para llevar la controversia marítima al margen del resto de la relación bilateral. Con ella obtuvimos la victoria en la CIJ, pero también obtuvimos la paz y fortalecimos la relación bilateral con Chile.

QEPD José Miguel Castro y esperemos la verdad

Es infame que haya personas que por motivos políticos hayan intentado imponer la narrativa de que José Miguel Castro se suicidó, solo conjeturando y sin siquiera saber nada del estado de su salud mental. El suicidio es el drama humano más doloroso, debería tratarse con más respeto y humanidad. Se trata de dejar que la Fiscalía de la Nación haga su trabajo pericial para establecer las causas de su deceso.

Nos falta un mínimo, no sé, de sentido común y amor al prójimo, por decir lo menos. En este muro hicimos un llamado a ser más cautos y respetuosos con la posibilidad del suicidio de José Miguel Castro, drama humano que debe tratarse con moderación. Sin embargo, reiteramos, hubo quienes defendieron a capa y espada la hipótesis del suicidio  como si se tratase de un lobby o agenda política antes que como una postura personal ante estos dolorosos acontecimientos.

Hoy que la hipótesis del homicidio cobra fuerza, ha quedado expuesto el sector que se mostró demasiado interesado en imponer la otra posibilidad. Pensamos que no es tan difícil, por un mínimo de ética, esperar a conocer más el tema, esperar el resultado de las investigaciones,  nosotros lo seguimos esperando.

En resumidas cuentas, respecto de la trágica muerte de José Miguel Castro, me ha dado vergüenza ajena ver cómo los dos bandos que podrían resultar directa o indirectamente involucrados por esta triste situación se jalonean defendiendo la hipótesis del suicidio o la del homicidio, pues también hubo políticos que manifestaron notable interés en esta última opción para salir a responsabilizar, sin más, a otros políticos por el supuesto crimen. Con este morboso contrapunto, lo único que logramos fue restarle moral a lo poco que le queda de moral a la política peruana.

Pareciese que a nadie le interesase descubrir la verdad, cada uno defiende sus intereses y no nos centramos en este drama humano que ha estremecido al país.  Y estos son los bandos de nuestra política que aspiran a gobernarnos. El Perú merece más, Dios nos coja confesados.

 

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  Señalar que en el Perú nunca existió una democracia es una perogrullada que pocos se atreven a enunciar. El concepto de crisis funge de comodín, de circunstancia atenuante. Entonces hablamos de la crisis de la democracia, de la crisis de los partidos políticos, de la crisis de la institucionalidad, pero no decimos que algo como la democracia nunca existió en el Perú y la verdad es que no pretendo ser crítico, ni dramático con este enunciado. Más bien, intento constatar una realidad para intentar coincidir en un punto de partida.

EL Perú nació militarizado y militarista. Sus primeros presidentes fueron los generales San Martín y Bolívar, después vinieron nuestros generales: Orbegoso, La Mar, Gamarra, San Román etc. Después el general de los generales, es decir, Ramón Castilla, manumisor de los esclavos, quien acabó con el tributo indígena, organizó el Estado y le dio forma al clientelismo más abyecto. Entonces los generales comenzaron a ser vivados. En realidad, la costumbre es antigua. ¡Viva el general! ¿cuál general? El que está en Palacio de Gobierno, quién más podría ser.

Y así construimos nuestra tradición política, nuestras instituciones y nuestra precaria división de los poderes del Estado. No es que en el siglo XIX la división de los poderes del Estado no existiese en absoluto. Existía a medias o inexistía a medias, fusionada con tradiciones más antiguas y arraigadas: el patrimonialismo, el corporativismo, el cuartelazo, la bayoneta, y un largo etc.

Pedro Planas se animó a decir lo que Alberto Flores Galindo no: la República Aristocrática, con todo lo que tuvo de aristocrática, fue el primer intento serio de instaurar en el país algo parecido a la democracia, solo que en versión minimalista (Planas dixit). Augusto B. Leguía canceló el proyecto y le impidió evolucionar.  “El Oncenio” nos trajo la dictadura que tantos aman en el fondo, que tantos esperan ver regresar en los confines más oscuros de su conciencia, que tantos sueñan angustiosamente como al recuerdo del padre represor.

Y la dictadura vino a quedarse, por lo menos en lo que le restaba de siglo al siglo XX. Sánchez Cerro, Benavides, Prado, Odría, Velasco, Morales Bermúdez, Fujimori. El Perú de la pasada centuria no fue un país con intervalos autoritarios, como Chile, fue un país con intervalos democráticos, que observamos muy lejos de la posibilidad de echar raíces, de establecer alguna tradición.

El siglo XXI es astuto en el país de “Pepe el vivo”. Como me lo dijo un día el director de un colegio muy bueno pero muy conservador: “al final de cuentas, lo que importa es el billete”. Las formas de la democracia podrían resultar en un mecanismo aún más plausible del robo más descarado en agravio del Estado, y de la promoción de las actividades ilícitas más infames y creativas. Entonces tuvimos la democracia de cartón, o mejor de papel para no malograrle el descanso a Martín Adán. La democracia le es funcional a las mafias que gobiernan, la democracia no es el sistema, es el cascarón en el que ha anidado otro sistema, otro organismo que siempre estuvo presente en el Perú, pero que desde 2016 en adelante ha experimentado una vertiginosa y espeluznante metástasis.

Es difícil describir este organismo, más difícil es darle forma, es imposible decir lo que es, pero es la bestia con la que tenemos que acabar si queremos que en esta tierra de tantas noches oscuras, como decía Jorge Basadre, un rayo de esperanza democrático e institucional alumbre el próximo amanecer.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Recién el Papa León XIV, en carta dirigida a los periodistas peruanos que denunciaron el caso del Sodalicio de la vida cristiana y sus víctimas, ha señalado que <<hoy, vuelvo a elevar la voz con preocupación y esperanza al mirar hacia mi amado pueblo del Perú. En este tiempo de profundas tensiones institucionales y sociales, defender el periodismo libre y ético no es solo un acto de justicia, sino un deber de todos aquellos que anhelan una democracia sólida y participativa>>.

El mensaje de nuestro Santo Padre atañe al Perú y a la profunda crisis moral e institucional en la que estamos inmersos. Sin embargo, he querido enfocar las palabras del Sumo Pontífice desde una mirada global, internacional, pues la deriva de la democracia peruana es también reflejo de una coyuntura mundial en la que nos hemos olvidado de los derechos humanos más elementales y de las más básicas normas de convivencia entre las naciones.

Entrevistado hace poco por una institución académica, respecto de los cambios y continuidades entre los pontificados de Francisco y León XIV, señalé que un tema que debe levantar la Iglesia Católica en los actuales tiempos  es la indisoluble relación entre dos conceptos fundamentales: cristianismo y democracia.

La democracia contemporánea es un bien devaluado, es un cascarón, un esqueleto carente de órganos y de piel que le den vida. El drama es aciago pues ilumina, en medio de una lúgubre oscuridad, a las fuerzas que la han doblegado: los extremismos.

En esta columna hemos señalado reiteradas veces que la crisis global de la democracia como sistema político, pero también como marco que regula la vida entre los seres humanos, responde a los radicalismos progresistas. Estos radicalismos impusieron la cancelación, el olvido o supresión de eventos históricos <<políticamente incorrectos>> y han pretendido dividir a la humanidad en clanes o tribus, atentando así contra la universalidad de los Derechos Humanos.

También hemos denunciado la responsabilidad del ultraconservadurismo, el libertarismo y el ultranacionalismo que también pisotean Derechos Humanos, que difunden ideológicas misóginas y homofóbicas. Sus gobiernos transgreden cada vez con menos pudor el cerco de la democracia, la ley y las garantías constitucionales con la intención de apropiarse de los aparatos estatales bajo la forma de dictaduras soterradas.

Al 2025, el ultraconservadurismo ha inclinado la balanza a su favor luego de posicionar a Donald Trump como su líder global. Esta versión de Trump viene corregida y aumentada, no tienes límites, la legalidad internacional no le significa absolutamente nada y, en Irán, acaba de dar los primeros pasos – o bombazos- de lo que muy pronto podría convertirse en la Tercera Guerra Mundial.

Progresistas radicales y ultraconservadores son responsables del olvido de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, así como de la amnesia selectiva frente a derechos fundamentales del ser humano que están para ser respetados y defendidos en todos los casos.

Marx decía que la violencia es la partera de la historia y en parte llevaba razón. Lo cierto es que las guerras existen desde que decidimos sedentarizarnos y aparentemente no dejarán de existir aunque a veces da la impresión de que si ocurren, o si no se resuelven, es básicamente porque los seres humanos no somos capaces de transigir en soluciones básicas, elementales, que resolverían niños si se les plantease el problema en el aula de su escuela.

A pesar de que las guerras son de siempre, con la democracia y el orden mundial establecido en 1948 se avanzó en la edificación de un mundo que resolviese sus controversias en virtud de valores universales. Por eso aprecio tanto el llamado de León XIV a construir una democracia sólida y participativa que resulta también un llamado a la recuperación de los derechos fundamentales y del respeto a la vida, valor cristiano por excelencia.

Señálelo más seguido y con más fuerza, Papa peruano.

 

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Desde hace poco ha circulado en redes el testimonio dramático de un padre de familia víctima de una denuncia falsa por parte de su excónyuge, motivo por el cual, entre otras sanciones, fue separado de sus hijas. El vídeo fue difundido por una cuenta vinculada al congresista Alejandro Muñante, de línea radicalmente conservadora lo cual me llevó a plantearme la siguiente cuestión: ¿sólo la derecha más conservadora puede denunciar y evidenciar esta problemática? ¿la izquierda no debería hacer mismo en virtud de su lucha por los derechos fundamentales y humanos?

Respecto de la izquierda,  no existe una preocupación genuina y solidaria con las víctimas de denuncias falsas. No hay ONGs que se ocupen de estos temas y el financiamiento se dirige a las problemáticas que resultan, o mayoritarias, o que han logrado posicionar mejor sus demandas, esto es, la justa lucha de las mujeres por la igualdad y en contra de toda forma de agresión.

Las fuentes vinculadas con las organizaciones del feminismo radical (se trata de una rama dentro del feminismo) sostienen que apenas 0.01% de las denuncias que presentan mujeres por violencia, por ejemplo, en el seno del matrimonio, son falsas. Evidentemente, la cifra es <<inhumana>> puesto que nuestra especie, tanto el hombre como la mujer, no son tan distintos como para proceder unas con la absoluta verdad y los otros con la más reprochable mentira. En realidad, la cifra del 0.01% expresa en caso de las mujeres que fueron objeto de una contrademanda y que la perdieron. Es decir, el % de mujeres condenadas por denunciar falsamente a sus parejas, pero ese no es el número de denuncias falsas.

Pero problematicemos la cuestión. Cualquier izquierda que se precie de ser tal debe incluir en su agenda la problemática de las denuncias falsas. Ya he conocido demasiadas personas dañadas o arruinadas por estas prácticas, también acompasadas por las degradantes cancelaciones y escraches, como para que la izquierda, que se precia de levantar agendas culturales, no se ocupe del tema. El primer paso que tiene que darse en ese sentido es salir de la postura defensiva asumida por el feminismo radical que, reitero, resta importancia a las denuncias falsas manipulando y minimizando su número.

Respecto de las inexistentes ONGs y organizaciones que se ocupen de las denuncias falsas, el tema es dramático. Una persona denunciada falsamente es tratada como culpable aún ante la inexistencia de una denuncia formal: basta un flyer anónimo en redes sociales, sin pruebas, sin denunciante, sin demandante para que un inmenso número de activistas se encargue de pulverizar tu imagen. Y entonces estás solo. No existe un espacio al que puedas acudir, ni una ONG que pueda velar por la situación en que has quedado, el apoyo psicológico y el abogado, por defecto, se le brindan a la denunciante.

Entonces estas solo en el mundo: puedes ir al poder judicial pero enfrentarás una poderosa organización con toda clase de recursos económicos, logísticos y profesionales que te estará esperando para dar batalla con todas sus fuerzas y, en simultáneo, te atacará sin tregua en medios de comunicación y redes sociales. ¿No es este un problema social? Deberíamos entonces cambiar las definiciones y ser solidarios con estas víctimas de injusticias y de abusos de poder.

La guerra que no debe producirse

Muchas veces se confunden las cosas. Denunciar las violentas prácticas del feminismo radical y visibilizar la problemática de los hombres víctimas de denuncias falsas -difamaciones- no supone atacar a las mujeres. Trata más de la defensa de la especie, de la condición humana.

El Perú es un país machista y patriarcal. Yo no voy a caer en la trampa conservadora de negar el feminicidio como figura legal. Cada dos o tres días una mujer es asesinada por serlo, a esto hay que añadir la violencia familiar, que ciertamente tiene fuerte presencia en nuestro medio y no constituye tampoco un error estadístico; el acoso callejero, la discriminación laboral y una serie de otros abusos que sufren, en la cotidianidad, las mujeres de nuestro país y de las que muchos hombres no son ni siquiera conscientes.

Por ello pensamos que un país más justo tiene que ser un país solidario con las mujeres y con los hombres que sufren; y por ello mismo demandamos a los movimientos de izquierda, e inclusive a los movimientos feministas, incluir en sus agendas el drama de las denuncias falsas con el daño irreversible que le produce a sus víctimas. No se trata de conducir a la sociedad al enfrentamiento hegemonista entre  mujeres y hombres, se trata, por el contrario, de tomar el camino de la justicia en su sentido más amplio y reivindicador, para alcanzar la armonía social entre los géneros humanos, incluidos los colectivos LGTBIQ+.

Tengo una posición sobre el conflicto Israel-Palestina y es a favor de Palestina. A estas alturas de mi vida ya no voy a cambiar;  además, a partir de mis conocimientos acerca de dicho evento histórico, que no son pocos, he sacado mis propias conclusiones. Pero en historia la soberbia es mala consejera. 

Esto lo aprendí en el dictado de clases, más específicamente cuando enseñaba el periodo del Conflicto Armado Interno o la lucha contra el terrorismo (1980 – 1995). Sucedía que entre mis alumnos, siempre alguno provenía de la familia militar o policial y su narrativa, como puede comprenderse, era distinta a la que se difunde desde el conocimiento académico, que no por ser tal resulta poseedora de la verdad absoluta. Alguna vez,  uno de ellos me relató que, en aquellos tiempos, la preocupación en su hogar era que su padre volviese con vida a casa pues había sido destacado a la zona de emergencia.  

Situaciones como esta me plantearon un dilema más ético que epistemológico, máxime si mi postura frente al conocimiento histórico es narrativista: no se trata de la verdad, de la exactitud, se trata de interpretaciones con contenidos de verdad siempre discutibles. Y desde esa premisa me preocupé por conocer la otra mirada sobre este doloroso episodio y también por matizar más mis conclusiones al momento de enseñar la época del terror.

Por cierto, esto me ha sucedido también en relación con el tema central al que he dedicado mi carrera: las relaciones peruano-chilenas. Tuve que viajar a Chile en más de diez ocasiones y multiplicar mis amistades en el vecino país para comprender finalmente que ellas tienen su propia narrativa de nuestra historia en común, de los conflictos pasados que llevamos a cuestas, así como de las relaciones presentes y no solo tienen derecho a tenerla, lo lógico y natural es que la tengan.  

No se trata de someter la mirada propia a la del otro, pero sí de lograr la suficiente apertura de criterio y empatía como para conocer esa otra mirada. Y esto comienza por aceptar que esa mirada existe, no por negarla.

Hoy conversaba con un amigo historiador, es chileno y de origen judío.  El me replicó con mucha ponderación la última nota sobre el conflicto Israelí-Palestino que publiqué en mi block Palabras Esdrújulas. Le respondí algo que reafirmo, que no nos íbamos a poner de acuerdo. Pero entonces me confesó ser parte del problema porque perdió amistades muy valiosas en los atentados de Hamas del 7 de octubre de 2023. 

En dicho atentado, Hamas asesinó a casi 1200 personas, la mayoría jóvenes que disfrutaban de un concierto y tomó de rehenes a otras 251 que parecen importarle poco tanto al grupo terrorista como a la administración de Benjamín Netanyahu, cuyo sionismo radical denuncio aquí una vez más. El tema es que nosotros no le restemos importancia a esos crímenes.

Mi postura general sobre el asunto no cambia. Hablando en términos bíblicos, me parece evidente que  hay un Goliat expoliando a un David en ese territorio desde mediados del siglo pasado y que esa es la madre del cordero. Pero más allá de posturas políticas o históricas, nadie gana en un conflicto así, más bien todos sufren y sufren también los judíos quienes tienen derecho a narrar su historia desde sus propias coordenadas, igual que todos los demás.  

Link de mi artículo en Palabras Esdrújulas, referido en esta nota: 

http://blog.pucp.edu.pe/blog/daupare/2025/06/04/israel-ataca-de-nuevo-una-reflexion-a-base-de-historia-y-principios/

[El Corazón de las Tinieblas] Recién revisé, por generoso envío del amigo Fernando Bryce, el libro El robo de la historia, de Jack Goody. Ya tiene sus años, data de 2006. Pero lo encontré absolutamente polémico y sugerente en relación con estos tiempos contemporáneos de Donald Trump, la rivalidad sino-americana y la inteligencia artificial. 

Cada vez soy más el convencido de que los historiadores somos narradores de historias y poco más. Teorizamos claro, pero al final de cuentas contamos una historia, y la dinámica del poder influye en la redacción final, así como separa las memorias históricas dominantes de las subalternas. 

Luego, ¿será Occidente el ladrón singular y exclusivo de la historia? ¿o será que desde la escritura cuneiforme y los jeroglifos siempre hubo un vencedor que se situó en posición de imponer su narrativa sobre todas las demás? Además, se trae a colación el tema del conocimiento y se denuncia el monopolio Occidental de la epistemología ¿cómo negarlo? pero ¿podría ser de otro modo? 

En realidad, la respuesta es absolutamente afirmativa pero dependerá de la propia dinámica de la historia. Jack Goody denuncia una gran verdad: la Europa feudal fue periférica, tanto que sus caballeros andantes compraban sus armas en los grandes talleres de Córdoba, España. Los árabes tenían mejor tecnología por lo que señores y vasallos de toda Europa viajaban al califato ibérico a adquirir espadas, armaduras, cascos, yelmos, etc. Ese mundo árabe nos regaló el álgebra, Las mil y una noches, la Alhambra de Granada donde Felipe II, si mal no recuerdo,  mandó construir un ridículo castillete circular en medio, solo para mostrar que había reconquistado la península. Y del mismo modo impuso una narrativa a la medida de las nuevas circunstancias. ¿Alguna vez fue distinto?

El dominio Occidental no es viejo, es nuevo, no es desde Cristóbal Colón: la lucha con los árabes fue ardua hasta el siglo XVIII. El maquinismo del siglo XIX decidió el enfrentamiento. De allí vinieron Michelet, la Historia Universal de las cuatro eras que en realidad es historia de Europa. Pero ahora los asiáticos parecen dominar mejor la tecnología que encumbró a Occidente, que los propios occidentales. ¿Qué sucederá en cincuenta años? ¿cuál será la narrativa dominante? ¿de qué centro de poder provendrá? ¿será China acaso? ¿quién se convertirá en el nuevo ladrón de la historia?

El concepto de historicidad es clave para descifrar el jeroglifo. Si situamos el acontecer en un tiempo caracterizado por el cambio y la discontinuidad, difícilmente señalaremos buenos y malos. Nos volveremos relativistas y comprenderemos que lo más que podemos hacer es administrarnos lo mejor posible para no ser englutidos. Así como Corea o los tigres del Asia, pero bajo nuestras propias pautas culturales, cómo no. Pero nuestra eficacia depende de nosotros, no del imperio viejo o del que está por venir.

Parece casi triste reducirlo todo al concepto de eficacia pero parece lo mejor que podemos oponer a la historicidad y, aun así, nada nos garantiza no acabar en el estómago del nuevo pez grande que seguro arrasará con todo a su paso.  

[El Corazón de las Tinieblas] Soy un hombre del siglo XX, adaptado al siglo XXI a regañadientes. Crecí con los debates de la Asamblea Constituyente del 78, con el rock de los ochenta, deslumbrado por Freddie Mercury y su Bohemian Rhapsody; y henchido de nacionalismo al entonar el criollísimo Contigo Perú, interpretado por el zambo Arturo Cavero y, cada tanto, potenciado por la aguardientosa voz de Oscar Avilés y su peruanísimo pulsar de la guitarra. 

Todo parecía emoción entonces. Entre el caos absoluto, la migración masiva, la imparable inflación y sangrientos atentados terroristas, había cierta coherencia que nos hacía creer que formábamos parte, que construíamos algo, así fuesen castillos en el aire, no importaba. 

Y vaya que nos opusimos a Mario Vargas Llosa en 1990. El mundo de las ideologías del corto siglo XX, como se dio a llamarlo Eric Hobsbawm, había concluido súbitamente tras el derrumbe a combazos de un histórico muro pero era muy pronto para que nos diéramos cuenta. 

Por eso creímos que la utopía socialista debía enfrentar de nuevo la amenaza neoliberal, pero había más que eso. Mario se equivocó de país, o, en todo caso, se equivocaron sus asesores de campaña. En realidad, nos equivocamos todos y el error lo pagamos todos. 

Una parte del Perú, aproximadamente el 25%, ya se había desgajado de nuestro Perú político, el de la Constituyente del 78 y la frágil democracia de los años ochenta. Nadie vio que había un país informal por fuera de los marcos ideológicos imperantes, pero lo había y llevó a Alberto Fujimori a la segunda vuelta, contra un Fredemo de Vargas Llosa que obtuvo muchísimo menos de lo esperado.

En la izquierda y el APRA descorcharon eufóricos las botellas de champán. Sus votaciones sumadas a la de Fujimori aseguraban sobradamente la derrota del consagrado literato la segunda vuelta y con él, la del programa neoliberal. Pero aquí también había más, había el gustito de verlo, y verlos – a los pitucos del Perú- derrotados, humillados, y así sucedió, efectivamente. 

De esos días han pasado 37 años. Los historiadores somos generales después de la batalla y bastante antipáticos. Debimos votar a Vargas Llosa en 1990. Hubiésemos tenido una política económica bastante similar a la de Fujimori -que aunque rechine parte de la izquierda, era la que el Perú requería y a gritos- pero la hubiésemos tenido en democracia y de eso la mayor garantía no era otra más que nuestro propio nobel de literatura. Ciudadano moderno, demócrata a carta cabal, de los pocos que se creían el sueño de fundar aquí una república que funcione a base de sus instituciones, pulcras, al servicio del bien común. En suma, lo contrario al fango en el que nos hundimos hace treinta años sin saber hasta hoy si la ciénaga tiene fondo.  

Mario ha muerto, antes de irse obtuvo, para todos nosotros, el nobel de literatura, y un asiento de privilegio en la Academia de las Letras de Francia. Mario es nuestro peruano universal, por encima de Garcilaso, Arguedas y Mariátegui. Por nadie nos conocerán en el mundo más que por Mario Vargas Llosa. 

Pero el siglo XXI, ese que vivo a regañadientes, tiene malas costumbres, o costumbres a las que no me acostumbro y la redundancia es toda mía. Las redes sociales marcan el cambio, la cancelación trastoca los valores. 

Antes al muerto se le respetaba, había un silencio, una constricción ante la muerte. Así como el presidente tiene un periodo de gracia, el finado también gozaba de él. Si acaso había algo que señalar algo crítico, se informaba como antes se leían los titulares de los noticieros al caer la noche, discretamente, sin pestañear, sin entonación: a fulano también se le recuerda por una controversial participación en ….

Pero estamos en tiempos de ajusticiamiento popular, de disección pública, de turba punitiva y entonces la emprenden contra Mario porque apoyó a Keiko Fujimori contra Pedro Castillo en 2021. Yo jamás hubiese realizado dicho llamamiento pero ¿realmente se justifica el escrache, el linchamiento? ¿acaso una opción no era igual de apocalíptica que la otra? ¿de verdad pensábamos que un proyecto marxista-leninista era la solución para todos los males del país? ¿o se le apoyó a Castillo porque se pensó que lo que se tenía enfrente era aún peor?

¿Esto es lo que juzgan los impolutos autoproclamados? ¿los que subieron al “pedestal de la verdad” perpetrando un golpe de Estado en contra de la libertad? ¿los robespierres y robespierras de la moral pública? 

La última novela de Mario Vargas Llosa se tituló Le Dedico Mi Silencio. La crítica no le hizo mucho caso y es una pena. Pocos han penetrado con tanto sentimiento y profundidad una cultura que la quieres o ignoras, si acaso no la rechazas con posturas análogamente estúpidas y moralizantes.

A la cultura criolla hay que quererla. Su guitarra, sus acordes y disonancias, sus punteos y sus trinos te hacen llorar o te resultarán básicamente indiferentes. Vargas Llosa se situó entre los primeros. Pero hay algo más, otra vez: el título, Le Dedico Mi Silencio. Lalo Molfino, protagonista de la novela, es un virtuoso guitarrista criollo, el mejor de todos, a tal punto que cuando pulsa la guitarra genera un silencio admirado, absorto e ilimitado. 

Al concluir una de sus presentaciones, antes de retirarse, le musita al oído a una dama embelesada por su música: “le dedico mi silencio”, ese que solo su interpretación de la guitarra podía suscitar, ese mismo que nos envolvió cuando leímos una novela de Mario sentados en el sofá de la sala, solos él y cada uno de nosotros, silencio que representa el mejor homenaje que podríamos brindarle en los días afligidos de su partida.

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5 de abril, Alberto Fujimori, Le dedico mi silencio, Mario Vargas Llosa, Neoliberalismo, wokismo

[El Corazón de las Tinieblas] 

Un estudiante me preguntó alguna vez por qué algo tan natural como el intercambio cultural resulta hoy cuestionado y tildado de apropiación cultural por el wokismo. Le mencioné el ejemplo de la mujer blanca que eventualmente decide usar trenzas africanas o box braids y que podría ser interceptada en las calles de USA por un activista para enrostrarle su frivolidad, o por tomar como moda una costumbre ancestral.  

¿Se justifica la actuación de la activista? ¿debieron los hippies arreciar contra las multitudes que vistieron pantalones acampanados y que sin embargo no vivían en casas rodantes ni de acuerdo con sus pautas contraculturales? Felizmente, los animadores de Woodstock preferían la paz y el amor. Mencionarlo no es baladí: sobre el odio no podemos construir nada. <<La violencia solo engendra violencia, muerte y destrucción>> nos dijo el Papa Juan Pablo II cuando visitó el convulsionado Perú en Febrero de 1985, entre apagones generales, torres derrumbadas, pobreza extrema y migración masiva. 

La cara opuesta al ejemplo del estudiante lo acaba de vivir la congresista Susel Paredes. A la reportera de un medio televisivo conservador no se le ocurrió nada peor que emplazarla en la puerta del baño de damas del Congreso, impidiéndole el paso, increpándole que si se creía hombre debía acudir al baño de varones. Desde nuestra mirada, el solo hecho amerita la suspensión indefinida de la periodista. Más allá de eso, y más allá de que Susel le aclaró -con el aplomo que solo otorga décadas de lucha- que ella era homosexual y no trans, la abierta discriminación en contra de la orientación sexual de la representante es el agrio sabor que nos deja un incidente que jamás debería repetirse. 

Recién Stalisnao Maldonado escribió sobre un tema que hemos atendido en esta columna en varias ocasiones: los excesos de un wokismo que, paradójicamente, nació del liberalismo y los derechos fundamentales pero que devino en su versión más distorsionada e insidiosa. Maldonado llama a recuperar dichos derechos, llama a luchar por las minorías sexuales, por los pueblos originarios pero, al mismo tiempo, a no olvidar que de esos derechos también gozamos todos los demás seres humanos del planeta.

El gran error del wokismo fue pensar que luchar por los derechos de las minorías implica oponerse y negarles esos mismos derechos a las personas situadas fuera de sus reivindicaciones, así como optar por unos derechos fundamentales en desmedro de otros, de acuerdo con su propia agenda política. 

De allí la lista interminable de abusos y atropellos perpetrados a través de la cultura de la cancelación, así como la descomunal criatura engendrada, que apenas sí se abre paso torpemente sobre el mundo, sin importarle lo que destruye con cada pisotón: Donald Trump.

Fuente de la imagen: www.France24.com

Tal vez deberíamos preguntarnos si alguna vez existió, más allá del ágora ateniense. La democracia de los tiempos modernos, la representativa, puede entenderse también como un reemplazo soterrado del monarca absoluto, el Estado ya no soy yo, ahora somos nosotros, pero ese “nosotros” gobierna, casi omnipotente, a todos los demás.

Luego, allí donde rige el Estado de derecho, el sufragio no nos convierte en democracia, ni en el gobierno del pueblo en sentido estricto. Después están los mediadores, primero los sindicatos, después los partidos políticos, luego los organismos no gubernamentales y las asociaciones de la sociedad civil, entre otros, pero el problema que se plantea sigue siendo el mismo.

En tiempos de los grandes partidos, o en las realidades donde todavía existen, lo que sí rige es el Contrato Social: la delegación del poder del pueblo a sus representantes y sin mandato imperativo. Demócratas y republicanos, convencidos de apostar por una forma de vida y organización social en la que creen, votan a sus candidatos y se sienten mediadamente bien representados. Por ello, tienen la percepción de participar de lo que sucede.

Retrocedamos al mundo de “Entre Guerras”, la democracia era más democracia porque la flanqueaban dos totalitarismos, el comunista y el fascista, de dictadura de partido único. Mal que bien, y aunque se cumplan mucho, poco o regular, los derechos fundamentales de las cartas magnas democráticas garantizaban que nadie nos iba a enviar Siberia o al paredón si disentíamos. Entonces la democracia representativa, en tanto que nuevo nosotros gobernante (nosotros = Estado + instituciones) parecía más democracia todavía.

El mejor momento para la democracia en el siglo XX fue 1989. Cayó el muro de Berlín y no solo el capitalismo vencía al comunismo: también la democracia y el liberalismo político derrotaban a la dictadura de partido único que aún se mantenía en pie, la del socialismo real, la fascista fue aniquilada en 1945.

Pero para 1989 no había necesidad de defender la democracia, ni al gobierno del pueblo, con todo lo de real e imaginario que pudiese tener, de ningún enemigo visible y entonces la sabotearon por dentro. Vino el wokismo, una nueva cultura política neototalitaria que se desarrolla en el marco de una democracia que entra en crisis sencillamente porque la civilización occidental la pierde de vista al darla por sentada.

Y entonces la llamaron dictadura de la corrección política y después cultura de la cancelación y todos los progresismos en sus diferentes formas y colores se saltaron la valla de la democracia sin ningún problema: ya no es “o estás conmigo o estás contra mí”, sino “estás conmigo o estás socialmente muerto”.

Los cancelados eran a veces responsables de violencia contra la mujer pero otras veces no. Este fue el caso del célebre actor Johnny Depp, de los pocos que han logrado volver del ostracismo de una cancelación, tras vencer a su exesposa, Amber Heard, en un juicio que presenció el mundo entero y que debilitó seriamente las posiciones del movimiento feminista radical.

La dictadura de la corrección política alcanzó al movimiento LGTBI+, cuyas posturas a favor de apoyar con fármacos y cirugías las transiciones sexuales de niños, prevaleciendo la voluntad del infante -respaldada por la política estatal- por sobre la patria potestad, aumentó considerablemente las filas de quienes corrían a agruparse en la vereda del frente.

Al final del camino, la teoría poscolonial, al mismo tiempo que denuncia con justicia una discriminación que ya lleva medio milenio, plantea como teoría y praxis políticas el reemplazo del principio de la igualdad por el de la guerra tribal o de razas. De esta manera, un ciudadano caucásico en América Latina es, desde que nace, un varón, blanco, heteropatriarcal que goza, ad doc., de una situación de privilegio. El mérito y la performance no influyen en el resultado: ¿dijo más Adolfo Hitler?

Y si al progresismo no le importó el cerco democrático y de los derechos fundamentales, el conservadurismo no quiso ser menos. Algunos estados de USA han revertido las leyes proaborto, Donald Trump acaba de señalar que en su país solo hay hombres y mujeres. Inclusive, el dos veces presidente del hegemón americano, siempre grandilocuente y exagerado, no escatima referencias a la pureza de sangre en sus intervenciones públicas. A su turno, en Europa el                         nacional-conservadurismo de remembranzas fascistas avanza imparable y, en América Latina, esa también parece ser la tendencia. ¿Hitler vs Hitler?

Hay un pozo en el fondo en esta crisis paradigmática de la democracia. En USA, latinos y afrodescendientes, presuntas víctimas de las espartanas políticas de Trump, le votan con frenético entusiasmo. En Argentina, un pueblo hambriento por las políticas económicas de Javier Milei no deja de vivar a Javier Milei, a su política económica y a su “carajeada” defensa de la libertad.

¿Se hartó la gente del wokismo, el que a su vez dejó atrás la fase democrática de occidente caracterizada por los derechos fundamentales? Carambolas de la historia. De esta forma lesfacilitaron el trabajo a los conservadores -para quienes los derechos humanos “son una cojudez”- que vinieron justo después y que hoy le imponen al mundo su propia distopía autoritaria. Sin un mínimo consenso democrático mundial, Donald Trump puede decidir unilateralmente la limpieza étnica -por asesinato o desplazamiento- de los palestinos gazatíes con el complacido aplauso de Benjamín Netanyahu.

La historia enseña que al pasado no se vuelve. ¿Podremos recuperar los valores y prácticas democráticos luego de que progresistas y conservadores occidentales los condenasen al ostracismo del pasado? ¿Se trata de volver a la democracia? ¿O el mundo, dialécticamente, tras la primera gran guerra del siglo XXI -que será brutal y brutalmente destructiva- establecerá, renacido una vez más de entre sus ruinas, un nuevo orden político internacional. Pacifista, cómo no, erigido sobre cientos de millones de vidas humanas. Corsi e Ricorsi, dijo Giambattista Vico.

Prepárense, siéntense en familia ante la TV HD de no sé cuántas pulgadas en la sala de su casa y con harto popcorn a ver qué es lo que pasa, o anímense a luchar por una utopía que aún el mundo no nos ha revelado. Complejo dilema del sujeto contemporáneo.

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