Alemania

Tampoco levantó sospechas durante su vida pasada, por lo menos hasta el año 2016. De 1976 a 2004 fue profesora de religión en una escuela secundaria de Maguncia (Renania-Palatinado), por encargo de la Iglesia Evangélica de Hessen-Nassau hasta 1992, y de ahí en adelante como funcionaria del estado federado de Renania-Palatinado. Su doctorado lo obtuvo en 1997 en la Universidad de Heidelberg y su habilitación como docente universitaria de Teología Práctica en la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia, donde dictó dos cursos entre los años 2002 y 2003 pero nunca estuvo de manera oficial en la plana docente de este centro universitario. Durante todo ese tiempo no hubo nada que llamara la atención o que justificara la intervención de las autoridades. Absolutamente nada. Ninguna queja, ningún problema, ninguna conducta llamativa.

Sin embargo, algo debe haber sucedido en su vida ya iniciado el siglo XXI, algo que incubaría la radicalización de esta mujer que se presentaba a sí misma como “párroca, teóloga evangélica, autora, mediadora, directora de estudios” en los libros sobre temas pedagógicos que publicaba. Se sabe que la antigua casa donde vivía en Wiesbaden, de propiedad de la familia, tuvo que ser vendida coactivamente en el año 2005. Al año siguiente, 2006, se jubilaría de manera anticipada. Por esta época debe haberse mudado a Sajonia, y en algún momento pone punto final a su antigua vida y comienza a figurar en el ambiente de los “Ciudadanos del Reich”.

El posterior actuar de Elisabeth Roth no pasa inadvertido para las autoridades, quienes a partir de 2016 comienzan a formarse una imagen negativa de la maestra evangélica. Pues los libros, escritos y “cartas abiertas” que escribe y publica —parte de manera impresa, parte en Internet— presentan contenidos claramente contrarios a la constitución. No se trata de ideas originales, sino de la retórica habitual de los “Ciudadanos del Reich”: defensa agresiva de la subsistencia del Imperio alemán; el término “República Federal de Alemana” designa sólo a una empresa sin legitimidad estatal en un territorio ocupado militarmente; las Naciones Unidas serían una incubadora de saqueos; y junto a todo esto antisemitismo, teorías de la conspiración, insultos y amenazas. A esto se añadiría la pandemia de coronavirus, durante la cual los textos de Elisabeth Roth se vuelven cada vez más extremos, apoyando el activismo antimascarillas y antivacunas.

En octubre de 2018 el estado de Renania-Palatinado abre un proceso administrativo para privar a Elisabeth Roth de su pensión como funcionaria estatal, debido a que la lealtad al Estado de derecho también se mantiene para los jubilados, y en sus libros —donde decía que la República Federal de Alemania simulaba fraudulentamente la legitimidad de leyes y un gobierno a través de elecciones inválidas— se atentaba contra esa lealtad. La anciana teóloga apeló, pero en marzo de 2020 el Tribunal Administrativo de Trieste confirmó la decisión. Había violado su deber de lealtad “bajo la forma de descrédito y difamación del Estado y sus instituciones” y, por lo tanto, debía contentarse con una pensión normal y mucho más modesta.

Si bien Elisabeth Roth no ha participado en acciones violentas —como atentados, por ejemplo—, sus actividades clandestinas podrían ser designadas como terroristas. Pues en Alemania todaactividad política tiene límites, y éstos se hallan en los valores democráticos que defiende su texto constitucional.

A fin de garantizar esto, existe la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (Bundesamt für Verfassungsschutz), un servicio de inteligencia que reúne informaciones sobre actividades de grupos y personas sospechosas de infringir la constitución y atentar contra el orden democrático libre, es decir, contra los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho. Esa información es suministrada, de ser necesario, a las fuerzas policiales y a las autoridades políticas para que tomen las medidas necesarias, entre ellas, por ejemplo, la detención de sospechosos o la prohibición de una organización o partido. Los “Ciudadanos del Reich” se hallan bajo observación de esta oficina desde el año 2016.

El caso de Elisabeth Roth muestra que ser una persona con formación académica, un currículo inobjetable, una trayectoria profesional impecable, una fe religiosa de orientación cristiana, una ideología derechista, no son obstáculo para terminar comprometiéndose con actividades calificadas de terroristas por atentar contra derechos fundamentales de las personas y contra el orden democrático que garantiza esos derechos.

Hay opciones y decisiones en el campo de la política que una democracia no debe tolerar, pues atentan contra su misma esencia y, a la larga, terminan destruyéndola. Y en el Perú eso no parecen haberlo aprendido aún quienes lideran los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, amenazando con llevar de esta manera al país hacia una debacle de la democracia y hacia el caos.

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Alemania, legislativo

Lo cierto es que, a pesar de las cifras maquilladas que mostraban un desempleo bajo en las estadísticas, la economía alemana empeora notablemente a partir de 1936. Las divisas estaban casi agotadas, debido a que la industria importaba demasiada materia prima y exportaba muy poco. El petróleo, los minerales y el caucho comienzan a escasear. Los ciudadanos se ven obligados a prescindir de ciertos bienes, pues la industria armamentista tiene prioridad. A partir de enero de 1937 se raciona la mantequilla y las grasas animales y vegetales. Dos años después, la fruta y el café. Muy pronto las panaderías sólo venden pan hecho con harina de baja calidad, y también los huevos y el papel son escasos.

En 1938 el forado en las finanzas estatales era de casi diez mil millones de marcos. En marzo de 1938 el Estado se endeuda aún más para cancelar las letras de cambio de la MeFo. La catástrofe financiera es inminente, pero aún así Hitler acelera el proceso de rearme. En marzo de 1939 el banquero Schacht advierte que la expansión de los gastos estatales estaban a punto de destrozar las finanzas del Estado y la moneda. La respuesta de Hitler fue el despido inmediato de Schacht, porque ya no encajaba en el «marco nacionalsocialista».

Lo único que podía impedir la inflación, tan temida por Hitler, era el saqueo más allá de las fronteras alemanas y la rapiña de los países sometidos. Éste habría sido uno de los motivos por el cual Hitler dio inicio a la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto a su proyecto preferido, la red de carreteras, se tuvo que detener su construcción en 1941 debido a falta de medios. Se habían logrado más de 3,800 kilómetros, los últimos de los cuales fueron construidos por prisioneros de guerra y judíos en régimen de trabajo forzado. Alemania tenía las mejores carreteras del mundo, pero estaban vacías, pues el escaso combustible estaba reservado a los vehículos militares y los pocos automóviles particulares tenían prohibido conducir en las autopistas. En 1943 se autorizó su uso por parte de bicicletas. Paradójicamente, los primeros que se beneficiaron enormemente con las carreteras de Hitler fueron las fuerzas aliadas, cuyas caravanas de tanques y vehículos militares pudieron hacer uso de ellas para invadir con facilidad Alemania.

Visto de este modo, las carreteras de Hitler fueron un elefante blanco que el régimen nacionalsocialista usó como espectáculo de propaganda. Y si bien después sirvieron de base para el sistema de circulación vial que existe ahora en Alemania, fue uno de los factores que condujo a Alemania a la ruina y a una espiral bélica con violaciones sistemáticas y atroces de derechos humanos en perjuicio de poblaciones enteras. Y eso es algo que Aníbal Torres debería saber.

NOTA: Este artículo toma datos de un artículo en alemán de Marion Hombach y Joachim Telgenbüscher, aparecido en el N.º 57 (septiembre de 2012) de GEO Epoche, una revista especializada en historia.

 

 

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Adolf Hitler, Alemania, anibal torres, Economía

Qué motiva a un intelectual a arriesgar su reputación académica e intelectual y dedicarse durante prácticamente una década a escribir casi dos millares de páginas sobre Adolf Hitler? Sobre todo, tres cuartos de siglo después de terminada la segunda guerra mundial y tras décadas de toda suerte de investigaciones, revelaciones y escándalos, forenses, políticos y académicos sobre el Nacional Socialismo y la Alemania de la época. De hecho, si consideramos, la infinidad de obras de todo género y libros publicados que colman bibliotecas y archivos especializados en todo el mundo ─más de 120,000─ parecería poco probable que hubiera motivos para publicar una nueva biografía sobre Adolfo Hitler. Más aún cuando la imponente biografía de Ian Kershaw, culminada en el año 1998, también en dos volúmenes, Hubris y Nemesis, sigue aún en librerías.

Hay que acláralo. No se trata de una de esas aventuras editoriales que busca aprovechar alguna efeméride para relanzar algún autor relegado al olvido. Volker Ullrich es un destacado investigador y docente académico que ha consagrado más de medio siglo de su existencia a estudiar, enseñar y publicar sobre varios aspectos de la historia política del siglo XIX y XX de Alemania. Ha dedicado sendos libros biográficos a Bismark y a Napoleón.

Durante varios años director de un suplemento dedicado a reseñar libros políticos en el periódico más prestigioso e intelectual de Alemania, Die Zeit, Ulrich es también una autoridad de referencia cuando resurge la polémica ─dolorosa siempre y regularmente de actualidad─, sobre el rol que jugó la sociedad civil alemana en los crímenes cometidos contra las minorías étnicas en general y los judíos en particular a lo largo de la segunda guerra mundial.

No he encontrado sus declaraciones al respecto, pero yo sospecho que se trata de una obsesión generacional: el profesor Ullrich nació en 1943: dos años antes de la debacle del Tercer Reich. Creció en esa Alemania de la post guerra, avergonzada y horrorizada por su pasado inmediato, plagada de escándalos y noticias sobre los hallazgos macabros en los diferentes campos de concentración en Alemania y en otros países como Polonia, Ucrania.

Quizá esa conciencia de que fue la generación de sus propios padres, tíos, vecinos y amigos del barrio quienes fueron participes de uno u otro modo del ascenso del nazismo y de su personaje más notorio, Adolfo Hitler, ha empujado al profesor Ullrich a intentar desmadejar ese hilo laberintico que comienza con esas preguntas obsesivas y aparentemente insondables: ¿cómo?  y ¿por qué?

En efecto, Volker Ullrich centra su investigación en la intimidad genealógica, social, familiar e intelectual de Hitler. El libro hurga entre los pliegues de una cronología minuciosa, a veces semana a semana, y trata de reconstruir el devenir personal del personaje, de identificar ese momento clave que pudiera explicar el Hitler del futuro. Ullrich no se abandona a una especulación psicológica, más bien, con una disciplina férrea implica y confronta al lector con las fuentes de su propia investigación: las cartas, las postales, los archivos, los documentos, los recibos de alquiler. Todo sirve en el análisis de una existencia que arranca con los abuelos de Hitler, en 1837.

Un abuelo con pretensiones advenedizas que logra abandonar su posición de zapatero y llega a cambiar de estamento social, a humilde funcionario del imperio, en ese rincón apartado que hoy se sitúa en la Republica Checa, un cambio de apellidos que resta inexplicado y misterioso. Una elevada mortalidad infantil, vueltas inciertas en la rueda de la fortuna social y material de esos antepasados toscos e iletrados. Divorcios, paternidades sospechosas, amantes de establo, hijos ilegítimos, escándalos pueblerinos en que los curas deben intervenir para autorizar una unión considerada incestuosa entre primos de segundo grado, diferencias de edad entre cónyuges rayanas en el estupro. En sus orígenes, pareciera que la existencia misma de los ancestros de Hitler hubiera sido frágil y azarosa.

En esas primeras páginas, el lector se va acostumbrando al método del biógrafo acucioso que examina con la paciencia del entomólogo cada aspecto del marco familiar para esculcar mitos y rumores asociados a la biografía de Hitler, sobre su ascendencia judía ─inexistente─ o, sobre la irónica imposibilidad, de demostrar una línea genealógica pura de descendientes Arios, como lo pretendía la ortodoxia nazi. Es en ese mundillo de pretensiones sociales y escabrosa realidad, en la que nace el futuro dictador nazi.

Es interesante esa reconstrucción, en realidad de segundo grado, porque Hitler fue un exacerbado coleccionista de documentos sobre su pasado, haciendo confiscar todo tipo de archivos familiares, y dispuso que fueran destruidos poco antes de su suicidio en abril 1945.

Otras referencias sobre la infancia de Hitler también son examinadas, si sufrió o no una desmedida violencia paterna, por parte de ese padre acomplejado, quien ─a pesar de ser funcionario─, se sabía hijo de un zapatero, si los mimos de su joven madre ─28 años, al momento del parto─ contribuyeron a desarrollar su personalidad ególatra y vanidosa. Se examina su mediocre rendimiento escolar, sus lecturas infantiles, su aptitud para integrarse socialmente con los otros niños de su escuela. El análisis es exhaustivo, aun si los resultados iniciales son magros, no se logra identificar una herida inicial o prematura que logre explicar las peculiaridades más salientes de la personalidad exaltada y maniaca del Hitler adulto.

Pero no se debe soslayar este método y considerarlo como un banal ejercicio hagiográfico: al cotejar versiones de hechos familiares documentados y comparar los materiales con la narración del discurso autobiográfico de Hitler presentado en sus cartas y su libro, Mi lucha, el lector comienza a entender la magnitud del divorcio entre la realidad y la percepción de la misma que Hitler y el tinglado del poder que lo rodea proyecta o quiere proyectar ante la sociedad de su época.

A pesar de la minuciosidad y volumen de información que el biógrafo analiza, la lectura del primer volumen que cubre desde su nacimiento hasta 1939 es fascinante. Hay un seguimiento asiduo del personaje histórico, pero también de las circunstancias materiales y sociales que le toca vivir. La lente con que se enfocan sus acciones siempre se enfoca en los hechos documentales o testimonios: no hay especulación. Incluso en los años más oscuros y de más escasa documentación, previos a su participación en la primera guerra mundial, se perfila aun desde lejos la personalidad maniaca y enfermiza que se va desarrollando paulatinamente. Actitudes que se convierten en características de su personalidad. Un cierto complejo de persecución que se acentúa al no tener un domicilio fijo o una estabilidad material ─es la época de sobrevivencia gracias a la venta de acuarelas en formato de postal. En algún desplante a algún otro vagabundo en su época más paupérrima, o en su obsesión por inventar edificios y construcciones de arquitectura megalomaníaca que se desarrolla en esos mismos años. En todo momento, a lo largo de esos intensos capítulos, el lector encuentra un equilibrio entre la anécdota y la construcción de una personalidad que se engarza en las circunstancias históricas y materiales extraordinarias de la gran guerra.

Los capítulos dedicados al servicio militar de ese joven escuálido, empobrecido y hambriento de 25 años, y a su participación en la Guerra del catorce, son clave para entender muchos aspectos de lo que será el discurso y la actitud del futuro animal político en que se convertirá Hitler. Formar parte del ejército imperial le conferirá ese secretamente anhelado sentimiento de pertenencia a un ente abstracto, y que al mismo tiempo lo dispensa de la carga de mantener relaciones sociales intimas con otros individuos. Así, finalmente, Hitler se entregará a esa realidad de jerarquías y obediencia ciega en el que aparece legítimo desarrollar sueños imposibles de grandeza y megalomanía, justificados por un vago sentimiento patrio, abstracto y ausente de individualidad.

Hitler no es un héroe de guerra, no asciende en el escalafón militar ─por miedo a ser transferido al frente de batalla─, no participa en los grandes teatros de la gran guerra. Sobrevive la traumática experiencia desempeñando un puesto más o menos anónimo en el que si bien no estuvo completamente exento de peligro nunca lo expuso a una verdadera batalla, y sin embargo, y de modo más o menos misterioso, al final de la guerra termina como un soldado condecorado, con la cruz de hierro.

En noviembre de 1918, al final de la gran guerra, la perspectiva de verse desmovilizado del ejército, y verse arrojado nuevamente a la grisalla de una vida sin propósito ni perspectivas, sumió a Hitler al borde de la desesperación. Es precisamente, a partir de estos capítulos, que el libro de Ullrich se vuelve clave para entender el ascenso social y político de Hitler, la biografía personal se convierte inevitablemente en una crónica de los acontecimientos políticos que enmarcaron la vida del soldado Hitler.

La turbulencia política de un imperio alemán que se desmoronaba en republicas efímeras, el fantasma de la Revolución bolchevique, la creciente ola de asesinatos políticos, un sentimiento anti semita, aun vago y abstracto pero que se perfila en los discursos políticos, para simplistamente explicar el zafarrancho económico y financiero de la Alemania de la postguerra, fueron los ingredientes del caldo de cultivo que permitió que las fuerzas militares fueran solicitadas para garantizar el orden policial y contener a los diferentes grupúsculos políticos que manifestaban día tras días en las calles de Múnich.

En lo que se conocería más tarde como el “departamento de inteligencia”, y para llevar a cabo su cometido policial, el comando local del ejercito comenzó a organizar entre otras, sesiones de adoctrinamiento y “antipropaganda” para “educar a los soldados” sobre los peligros de la amenaza bolchevique y reavivar en ellos el vapuleado espíritu del nacionalismo y militarismo. Esas ideas ramplonamente bosquejadas, pero martilleadas una y otra vez con la férrea disciplina militar de la tradición prusiana, constituyeron el núcleo de lo que más tarde sería el “sistema ideológico” de Hitler. Consignas ideológicas contra un imaginado “Mamonismo” que destruía los valores patrios ─idolatría al dios Mamon─ y la denuncia continua de complots de la judería internacional para dominar el mundo.

Casi de la noche a la mañana, Hitler paso de catecúmeno a orador, y, probablemente con sorpresa, descubrió que su discurso obsesivo y exaltado hallaba un eco positivo entre la soldada zafia y algo ebria. Desde un inicio, esas reuniones se celebraron en los sótanos y tabernas de los numerosos bares de Múnich. Así entre ríos de cerveza gratis, lemas exaltados pregonados a voz en cuello, ojos vidriosos y un esfuerzo corporal que lo hacía terminar bañado en transpiración se fue formando el futuro líder del partido nacional socialista. En los meses sucesivos, sus más adictos seguidores, se volverían matones uniformados y con la complicidad de ciertos sectores del ejercito se adueñaron de las calles de la ciudad para amedrentar a otras organizaciones, hostigar a otros manifestantes y agredir a los comerciantes judíos de la ciudad. Un par de años más tarde se convertirían en la infame SS.

A partir de ese momento la biografía de Hitler se vuelve una con la historia de Alemania, el lector descubre que el futuro líder del partido Nazi es tratado por sus seguidores y adeptos como una figura de representación que sirve para encubrir y ocultar una ausencia de valores más que para representar una verdadera ideología.

Intentar resumir una biografía es una apuesta perdida de antemano. El lujo de detalles que el biógrafo presenta, analiza y coteja a lo largo de las casi 1800 páginas de estos dos volúmenes se vuelven inteligibles porque ayudan al lector a entender una lógica oscura pero existente en lo que fue la representación y narración de la historia política de ese cuarto de siglo que marcó para siempre al país y a sus ciudadanos.

El lector aprende, no sin algo de alivio, que no hubo nunca nada extraordinario en Hitler. Sus manías y excentricidades, su antisemitismo extremo y rabioso, todo fue azuzado, cultivado, sus ideas estaban ya flotando en esa Europa hipócrita que hizo del histrionismo, el desplante ideológico y la farsa un movimiento político, como lo fue en mayor medida el Nazismo.

Hoy en día, me parece esa la razón más importante para revisitar este ignominioso personaje de nuestra historia, saber que en todo momento de nuestra vida política hay un pequeño Hitler en potencia al acecho, intentando corromper nuestra historia.

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