Cultura

No me cansaré de repetir lo importante que es, en todo sentido y no solamente dentro del mundo académico, la difusión de una imagen del Perú en el extranjero acorde a la gran riqueza cultural de nuestro país, pero sin intentar ocultar nuestras carencias, sobre todo en el plano de la desigualdad económica y social.

Con motivo del Bicentenario, se han multiplicado las actividades de la Cancillería peruana, promoviendo eventos en distintas partes del mundo donde hay algún consulado o embajada de nuestro país. Esto tiene una doble finalidad: consolidar las relaciones entre el Estado y la población peruana en el extranjero (más de dos millones) y llegar al público oriundo de los respectivos países a fin de que la imagen del Perú sea asequible y apetecible con miras a posibles inversiones y promoción del turismo.

Es así como algunos consulados están actuando de manera decidida en este camino, más allá de publicitar el cebiche y Machu Picchu, como solía hacerse hace años casi de manera exclusiva. Por eso mismo, debe recordarse que el Ministerio de Relaciones Exteriores no es el Ministerio de Cultura ni PromPerú, de modo que esa labor de diplomacia cultural requiere de asesoramientos de expertos peruanistas residentes en el extranjero, ya que conocen mejor el mundo académico y cultural de sus respectivos países de recepción.

En esa línea, la Asociación Internacional de Peruanistas (AIP), fundada en 1995 en los Estados Unidos, ha venido desplegando una valiosa y nutrida labor desde las exigencias de la producción académica, es decir, con base en investigaciones rigurosas y sobreponiéndose a los avatares de la política del momento, entendiendo que la nación está por encima de los gobiernos y del mismo Estado. La AIP ya lleva organizados diez Congresos Internacionales de Peruanistas (el próximo será en Florencia, Italia, del 22 al 24 de setiembre) y numerosos simposios de temas específicos en países como Francia, Japón, Canadá, Perú y los Estados Unidos, con sus respectivas publicaciones.

Justamente y a propósito de la efemérides de julio se anuncia el Simposio Internacional “La literatura peruana hacia el Bicentenario”, que tendrá lugar el lunes 12 y martes 13 del mencionado mes. Se transmitirá a través del canal de Youtube y de la página de Facebook Live

De la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, que dirige el mismo presidente de la AIP, el poeta y catedrático José Antonio Mazzotti, en colaboración con el Consulado General del Perú en Boston y el auspicio de la Comisión Bicentenario Perú 2021.

El nutrido programa incluye las palabras de Carla Stella Maris Chirinos Llerena (Cónsul General del Perú en Boston), nuestro novelista del Bicentenario Eduardo González Viaña, la estudiosa española Eva Valero (de la Universidad de Alicante), la poeta peruana Ethel Barja Cuyutupa (de Brown University), Giancarla Di Laura (de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; hablaré sobre “Las mujeres en la narrativa peruana”), el antropólogo y poeta Pedro Favarón, la poeta y especialista en literatura afroperuana Mónica Carrillo y el crítico Ulises Juan Zevallos-Aguilar (de Ohio State University), quien presentará “Desde el quinto suyo. Narradores peruanos en los EEUU (1976-2020)”.

El simposio también incluirá mesas redondas y presentaciones de los flamantes libros Golpe, furia, Perú. Poesía y nación, editado por Paolo de Lima (Lima: Editorial Horizonte, 2021), con la participación del editor Paolo de Lima, Juan Damonte, Juan Carlos Ubilluz y Andrea Echeverría; también la nueva novela Kutimuy, Garcilaso, de Eduardo González Viaña (Lima: Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo, 2021), con el autor, Joel Acuña, José Antonio Mazzotti e Irene Silverblatt; y finalmente el libro Arguedas global: indigenismo en el nuevo milenio, editado por José Antonio Mazzotti (Lima: AIP, RCLL y Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo) con Luis Millones Santa Gadea y Carmen María Pinilla.

Como se ve, este ejemplo de diplomacia cultural es de gran nivel y altamente encomiable, y por lo tanto merece difundirse.

No así, por desgracia, el apoyo de la Cancillería a figuras de la derecha venezolana como Guaidó, Leopoldo López y Capriles, en clara violación del principio de no injerencia de extranjeros en nuestro proceso democrático. Ojalá que esto se rectifique.

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Cultura, Diplomacia, Perú

Tamaño revoltijo que se armó esta semana cuando la prensa malintencionada y muchos “Keiko lovers” acusaron al profesor Pedro Castillo de despreciar la lectura. Vaya muestra de analfabetismo funcional la de esos detractores. Lo que dijo el profesor Castillo fue algo muy simple y claro, que cualquiera con dos dedos de frente puede entender en su verdadero sentido: “yo sé del hambre del pueblo. A mí nadie me lo cuenta. Yo no necesito leer el libro que viene de la biblioteca que está allá polveándose, porque la biblioteca está en mi nariz, porque la biblioteca la siento, la camino, la vivo”. 

Hasta resuena a César Vallejo: “»Voy sintiéndome revolucionario más por experiencia vivida que por ideas aprendidas” (de una carta del poeta a su amigo Pablo Abril de Vivero en 1928). Es decir, el sufrimiento y el hambre del pueblo peruano es algo que se ha aprendido por experiencia propia, no en las páginas de un libro. Eso no indica ningún desprecio a la lectura, sino que hay formas de sabiduría que pasan por lo personal antes que por su “descubrimiento” en las bibliotecas. Siendo maestro, es obvio que la lectura y los libros son bienes que se aprecian, pero cada cosa en su lugar.

Hecha la aclaración, les guste o no a los analfabetos funcionales del fujimorismo, cabe preguntarse qué se trae el profesor Castillo en el área de la cultura. 

Por lo pronto, ya ha barajado la idea de un nuevo ministerio de Ciencia y Tecnología, apoyado por importantes científicos peruanos, lo cual nos convertiría en un país exportador de bienes tecnólogicos, patentes científicas, pero, sobre todo, un país que ya no dependería tanto de los países más desarrollados para solucionar inmensos problemas locales (¿recuerdan la escasez y la demora de la vacuna anti Covid-19?).

También se ha voceado que se dedicará el 10% del PBI al sector de Educación, tan maltratado después de casi treinta años de constitución fujimorista, en que la educación dejó de ser un derecho universal y una obligación del Estado para convertirse en un servicio, muchas veces en manos de privados, con obvias miras al lucro (¿recuerdan tantas universidades trucha?).

Cabe preguntarse ahora, ¿qué pasará con el ministerio de Cultura?

Para llegar a una hipótesis debemos primero revisar la historia de dicha cartera en los últimos años. Lamentablemente, el MinCul se ha visto manchado desde el escándalo de Richard Swing, el famoso artista de la farándula que cobró jugosas sumas por dar “charlas  motivacionales” a los empleados del ministerio. Despilfarro. Eso ha ocurrido junto a una progresiva visibilización de agendas relacionadas con grupos progresistas y ligados al ecoambiente de las ONG. Las ayudas por la pandemia, las compras de libros, las invitaciones a ferias internacionales, los premios y subvenciones repiten los nombres de los mismos personajes. Hasta hay una poeta que ha recibido por lo menos cinco formas de reconocimiento y se ha llevado más de 50,000 soles. Merecida o no, esa suma revela una cierta tendencia que, como se dice por ahí, favorece a intelectuales provenientes de una o dos universidades privadas y se encuentran en la cresta de la ola de cierto activismo.

El Plan Económico 2021-2026 emitido por el Partido Perú Libre hace apenas unos días

(https://drive.google.com/file/d/15Q0BFGi1gmqax2aVfm0y9WTaZd-0oHhn/view?fbclid=IwAR0bhgUqebiURD0GhIaoherH0y6aTMyMqWQZCiRvTZ0OhZXfyWg9YR1jl9k ) no menciona ni una sola vez qué haría un gobierno de Castillo frente a la cultura, por lo menos lo que convencionalmente se entiende por tal. Casi todo el Plan cubre sectores importantes relacionados con la economía y la industria, pero parece haber un vacío en el diseño de una política cultural que sea consistente con el discurso de “no más pobres en un país de ricos”.

Sin duda, la cultura florecerá si se invierte en educación, pues nuestros niños y adolescentes aprenderán a valorar nuestros bienes culturales, a cultivar diversas ramas de la producción humana, a conservar nuestro patrimonio. Sin embargo, queda la inmensa tarea de mejorar un ministerio para que no refleje la desprestigiada imagen de ser un coto cerrado de cierto progresismo, plagado encima de escándalos y favoritismos.

Al profesor Castillo le queda la inmensa responsabilidad de llevar el lápiz (y también la escoba) para que el escaso presupuesto del MinCul se distribuya de manera que genere más confianza y atienda a todos los sectores culturales, especialmente los de las regiones, los que circulan en lenguas originarias y los que no necesariamente están ligados a los sectores universitarios y profesionalizados.

Ojalá el profesor se vea bien asesorado y tome las decisiones necesarias. Tremenda tarea. 

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Cultura, Pedro Castillo, Perú

Por lo mismo de siempre. Por informales, inmediatistas e incapaces de reconocer nuestras propias limitaciones. Porque casi desde sus inicios, nuestra escena pop-rockera, escuálida y siempre en modo amateur, se ha computado -especialmente en Lima- el centro del universo. Esa falta de humildad es la principal razón de que no tengamos una escena capaz de merecer reconocimientos internacionales suficientes para ser considerada en esta serie documental que, sin ser la gran cosa, se fija precisamente en algunas de las manifestaciones más exitosas y trascendentes del rock en español.

A esa vocación por el autobombo debemos sumar la ausencia de políticas públicas y privadas masivas de educación musical desde la infancia. En este punto no pienso, por supuesto, en los jóvenes privilegiados que, en los cincuenta o ahora, tuvieron posibilidades de acceder a clases particulares de algún instrumento, nutrirse de la melomanía de sus padres o hermanos mayores o de, simplemente, aprender solos por interés casi natural, instintivo, sino en la nula importancia que se le ha dado en colegios, universidades y medios de comunicación a la formación y apreciación musical, dejando (casi) todo en manos de Dios y los casos aislados.

Con la excepción de Pedro Solano y Ricardo Brenneisen, integrantes de dos de las bandas peruanas más activas y respetadas de los años noventa -Cementerio Club y Dolores Delirio-, solo hemos escuchado quejas, en distintos registros, de parte de diversos personajes de la comunidad rockera local, respecto de la ausencia peruana en esta producción de Netflix, deficiente e incompleta si la examinamos con ojos de experto, pero efectiva en aspectos nostálgicos para el oyente promedio de música popular en nuestro idioma. Los lamentos tienen, en consonancia con la autoindulgencia de la que hablo, ese insoportable tonito engreído que hace recordar al eterno «al cabo que ni quería» que soltaban los entrañables personajes de El Chavo del Ocho, cada vez que no se cumplían sus caprichos.

Salvo muy contadas excepciones, la escena pop-rock del Perú, desde sus albores en las matinales nuevaoleras de los sesenta y setenta hasta las más recientes y aburridisímas bandas tipo We The Lion o Alejandro & María Laura, prácticamente todas adolecen de esa antipática tendencia a sentirse geniales a la primera, la misma tara que sufren nuestra televisión, teatro y cine comerciales. Miren sino los realities de la señal abierta, la programación de Plus TV (Resiste Teatro, Jamás perfectas) o las películas de Tondero. Todos son lo máximo haciendo el mínimo esfuerzo –y, a veces, ni eso- pues tienen asegurada la adulación de una prensa no especializada y una masa, a ambos extremos del espectro socioeconómico, que regala sus admiraciones a cualquiera que se haya hecho famoso por sobreexposición, contactos o argollas. O todo junto.

quiero decir con esto que, a contrapelo del predicamento del recordado Gerardo Manuel (1946-2020), no todos los peruanos son buenos. Estamos hablando de más de seis décadas de producciones musicales que han tenido, en paralelo al desarrollo del rock en otras latitudes, muchos momentos rescatables y otros, los menos, realmente buenos. Pero, sin entrar a recuentos tediosos y arbitrarios, ni siquiera esos puntos altos alcanzan la calidad necesaria para hacerse notar en contextos más amplios y globales. Alguien me podrá mencionar, seguramente, el prestigio que han logrado, en países europeos, grupos peruanos como Silvania (shoegaze/ambient), Flor de Loto (prog-rock) o Mortem (death metal). Pero esos casos son, precisamente, excepciones a la regla.

Un aspecto interesante es que este fenómeno no se produce por igual en las escenas de folklore local (música criolla, negra, andina), donde sí podemos encontrar excelencia interpretativa y autenticidad; mientras que en otros géneros como la música latina (salsa, bolero), el jazz y la música clásica, se replica la problemática del pop-rock, con los mismos matices y casos excepcionales, tema que merece un desarrollo aparte.

Por otro lado, debido el serio problema de amiguismo que sufrimos desde hace años, son las propuestas más interesantes las que terminan relegadas para dar espacio a aquellas con buenas relaciones en los medios y canales de distribución masiva. Ni hablar de exponentes de música experimental o géneros extremos (como los mencionados Silvania y Mortem) que, simple y llanamente, no existen para los medios convencionales, salvo que se trate de una mención superficial para dar la impresión de ser «inclusivos» a la hora de hablar de pop-rock y sus innumerables vertientes Made-In-Perú.

Si bien es cierto el nuevo entramado digital permite que cada músico invente su propio espacio y llegue a sus atomizados públicos (pienso en plataformas como BandCamp o MediaFire, por ejemplo); eso, lejos de promover la creatividad y la excelencia interpretativa, promueve más la improvisación y el relajo, dentro de una lógica según la cual todos podemos hacer un disco y lanzarlo al ciberespacio. En ese aquelarre de opciones, los que trabajan diligentemente se entremezclan con los destalentados, haciendo más difícil rescatar valores y separar pajas de trigos. A la precariedad y amateurismo transversales a todo el espectro pop-rock local, llegan las argollas para empeorar todo, generando injusticias que hacen célebres a quienes no ofrecen nada valioso e invisibilizan a otros, de mejor perfil.

A todo esto. En Rompan todo sí se habla del Perú. Aparecen, en este orden: José Luis Pereira (Los Shain’s, El Polen), César «Papi» Castrillón (Los Saicos) y Octavio «Tavo» Castillo (Frágil, Actitud Modulada). Brevemente, como contextualizando, nada más, aquella época auroral en la que todo comenzaba al mismo tiempo. De hecho, es una metáfora de la realidad: en una carrera de 100 metros, los ocho velocistas parten al mismo tiempo, pero solo tres llegan al podio. Si seguimos la lógica de ese ejemplo, y según los parámetros impuestos por Rompan todo, nuestro país quedó entre los últimos. Es así de sencillo. Y de cierto.

El gran documental sobre rock en español aún está por hacerse (claramente, Rompan todo no lo es). Y para incluir lo que pasó en Perú, ese utópico gran documental tendría que abarcar tanto lo bueno como lo malo del rock latino, tanto lo que evolucionó y mejoró como lo que se quedó en el partidor y jamás levantó cabeza. Pero no se equivoquen: la ausencia peruana en Rompan todo no es un error de los productores ni es culpa de Gustavo Santaolalla. No es un sectarismo «de pibes y de chavos» como mal planteó, hace algunas semanas, un periodista de El Comercio. Corresponde plenamente con la intención de la serie documental, que se presenta engañosamente como «la historia del rock en América Latina» (ver más aquí), cuando solo habla de aquellos a quienes les fue mejor, ya sea por sus merecimientos artísticos, por su impacto en ventas o por ambas cosas, cuando ambas cosas iban unidas una a la otra. Más allá de las deficiencias del documental de Netflix, nos toca reconocer, con hidalguía, que no estamos en esas ligas.

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