Cultura

El principal problema del ministro Ciro Gálvez es que no conoce el fenómeno cultural, y en consecuencia no tiene un punto de vista sobre qué debe hacer el MINCUL. Podría asesorarse, aunque a estas alturas es obvio que no se lleva bien con buena parte del sector que encabeza, y que es un hombre impetuoso. Todavía puede buscar asesoría internacional, mejor si es algo diversa, para comparar. Hoy con el hábito del zoom, es cosa de días concretar el apoyo. Pero antes debe tomar plena conciencia de sus debilidades, y actuar considerándolas.

Creo que todas las políticas de Estado, a nivel ministerial, deben contribuir al proyecto nacional de escapar del subdesarrollo. No tengo dudas de que este último responde a una división internacional del trabajo que nos perjudica, y que persistimos en el modelo degenerativo porque un velo occidentalista y colonial que nos lleva a hacerlo. En este orden concentrador de riqueza, sólo un público reducido de la población – usualmente el de mayores ingresos – ejerce su derecho a la cultura, en parte porque en la lógica occidental ésta no es gratuita (sino más bien cara), y en parte porque la concepción de producto cultural que prima lo impide. Por ello, la función central del MINCUL debe ser la de empujar la universalización del acceso a la experiencia de producir y consumir cultura. Cuál otra podría ser, me pregunto. La institucionalización definitiva y la guardianía de la pluriculturalidad peruana, por ejemplo, debería estar en manos de la PCM, porque es una política pública interministerial y multinivel que demanda mucha experiencia de gobierno y poder político, y que a menudo colisiona con grandes intereses privados. Un ministerio nuevo, muy precario y con poco peso ante la opinión pública facilita la labor de los depredadores empresariales, y hasta hoy siempre ha sido rápidamente silenciado por el presidente de turno cuando ha habido conflictividad social de procedencia intercultural. 

La promoción de valores ciudadanos es otra tarea asumida como trabajo primordial del MINCUL, sobre todo entre nuestros gestores culturales. No tiene por qué ser una mala idea, pero está imposibilitada de ser función central del ministerio, porque no tenemos un consenso valorativo al respecto, y por tanto los contenidos del proyecto estarían siempre sujetos a cambios quinquenales, o a ser superficiales para poder sobrevivir. Tampoco la identidad nacional es misión del sector Cultura, como se ha pretendido algunas veces. En general, los contenidos  cohesivos de Estado son responsabilidad del presidente y todo el ejecutivo. El MINCUL puede ser muy estratégico en este cometido, pero no lo lidera. Su gran función pública está  vinculada a la universalización de la experiencia cultura, cuyo ejercicio libre – sea uno emisor o receptor – nos enriquece en la toma de conciencia frente a la realidad, y en muchos otros sentidos. Seríamos otro pueblo si todos estuviéramos más familiarizados con estas prácticas.

Pero delimitada la función, vayamos al dilema: cómo hacer accesible y masiva la experiencia cultural en el Perú. Es claro que aquí se está entendiendo cultura como el conjunto de eventos representativos de la realidad, que se diseñan y presentan – o registran y distribuyen – para el disfrute de otros, y no cultura en su concepción antropológica. Al punto: lo primero es mirar y entender nuestra oferta de cultura, pues sobre ella tiene gobierno y capacidad de fomento el MINCUL. Dicha oferta tiene dos grandes componentes: las bellas artes y sus géneros contemporáneos (por ejemplo la pintura, la danza o las expresiones conceptuales callejeras) y las industrias culturales, que demandan tecnología de producción masiva, y por tanto mucho más inversión en la producción (el ejemplo típico es el cine). De hecho, hay muchos productos que pertenecen a ambos dominios, como la música de estudio o la literatura impresa,  porque los límites conceptuales entre ambas categorías son difusos, pero de todas formas, son estos dos terrenos los que delimitan, hasta hoy, la oferta cultural peruana. El problema de este esquema es que está muy lejos de permitir el masificación de la experiencia cultural libre, pues su institucionalidad y sus fuentes de financiamiento se contraponen, tarde o temprano, a la universalización del acceso, a la libertad de contenidos o a ambos.

En el caso de las bellas artes y sus formatos contemporáneos, está en su génesis la tendencia a complejizar el disfrute y la producción del acto cultural, lo que trae como consecuencia la inevitable elitización del circuito. Son siempre ofertas y demandas muy pequeñas las del mercado de la “alta cultura”, y el esfuerzo de hacerlas masivas, de intentar acercarlas al gusto mayoritario, violenta lo que más valoran sus agentes creativos: la no interferencia de terceros en el contenido de la manifestación vivencial, explícita u oculta. De modo que, aunque se contara con los grandes montos públicos que requiere consolidar una oferta de bellas artes (y afines) competitiva en volumen y calidad, ésta nunca sería masiva, muchos menos en un país subdesarrollado donde las prioridades de gasto familiar siempre son otras. Suele haber libertad de contenidos en este componente de la oferta cultural, pues casi siempre sus productos están financiados por quien los inventa, pero esta independencia se restringe cuando – ocasionalmente – se ayuda con el apoyo material del Estado (premios o infraestructura de exhibición), pues en general los gobiernos valoran mucho más la estabilidad política que el derecho a la crítica revulsiva.

Las industrias culturales, por su parte, sí están vinculadas a los grandes públicos, pero no a partir de sus contenidos más progresistas – que suelen ser de culto – sino, en general, por medio de sus creaciones más banales y elusivas. Y dado que los soportes masivos tienden a ser caros, el empresario o dependencia pública que los financia no suele hacerlo “por amor al arte”, sino por objetivos concretos (no siempre visibles), que en el conflicto de intereses se impondrán a la libertad de contenidos. Obviamente, hay matices en toda realidad, pero es difícil discutir que la industria cultural está muy lejos de poder garantizarnos al acceso masivo a la experiencia cultural libre.

Nada de lo anterior significa que la acción cultural vigente no tenga relevancia política. Claro que la tiene, y por eso es necesaria. Además es una matriz instalada en la realidad social y en nuestras mentes, por tanto es legítima. Pero no está llamada protagonizar la universalización de la experiencia cultural en el Perú. La oferta cultural contemporánea, tal como está concebida, tiene muchísimo que aportarle a las élites informadas y activas del país. Es indiscutible que la creación y el consumo del arte amplía la inteligencia de las personas, y que hay obras geniales que provocan profundas movilizaciones internas. Vaya que les sería útil este hábito cultural a nuestros grandes tomadores de decisión en el país – públicos o privados – y a nuestros mejores especialistas. Asimismo, el prestigio internacional de una corriente creativa o de una sensibilidad nacional es fortaleza geopolítica – poder sutil -, como bien lo han sabido los países desarrollados del mundo, que han posicionado a su gremio artístico por medio de buenas y malas lides. El MINCUL debe manejar con equilibrios inteligentes las tensiones propias de nuestro mercado cultural y – aunque estemos a décadas de una situación mínimamente comparable a la que se busca – apuntar al crecimiento y la mejora sistemática de nuestra oferta creativa artística.

Pero el MINCUL también debe tener claro que, para optimizar su gran objetivo de universalizar el derecho a la cultura en el subdesarrollo peruano, debe abrirse a lógicas y contextos distintos a los que hasta hoy han ocupado su principal atención. Espacios donde el mercado, la vocación distintiva (humana, por cierto), y el Estado mismo, tengan mucha menos posibilidad de intervención. Hay que promover, revalorar y hacer costumbre la expresión cultural en la vida cotidiana de la gente, sobre todo en el mundo popular. Pablo Macera, preciso y sistémico como ninguno, decía en 1975 que todo hombre puede y debe hacer cine, pero que antes había que democratizar sus tecnologías, abaratarlas. Fue muy visionario: hoy cualquiera produce videos con su celular, y un poco que cada uno de nosotros va haciendo, en las redes, la película de su vida día tras día. Debemos divulgar la idea de que la expresión cultural representativa es un derecho y una necesidad de todos, y que debemos ejercerla – para beneficio propio – en nuestra vida familiar y nuestros entornos vecinales. Siempre habrá público dispuesto. Todos estamos formados y definidos, en gran parte, por experiencias culturales de representación, porque son propias de la condición humana. Sin esos recuerdos, usualmente familiares, escolares o de barrio, seríamos otros. 

Los peruanos somos, además y desde siempre, un pueblo de músicos y danzantes, porque nuestros antepasados pre-hispánicos, y luego la comunidad afro-peruana, vivían entre cantos y bailes. Esto, como muchas herencias profundas, sigue felizmente en nuestros genes. Miren el futbol y el vóley de nuestras selecciones en sus mejores momentos, con ánimo contemplativo. Seguramente encontrarán música y danza muy particulares, distintos a los que ofrece el rival. Son manifestaciones humanas (insisto en que muy culturales), donde se ve expresada nuestra sensibilidad colectiva, en este caso nacional. Cuando nos conectamos con estos eventos, nos hacemos mejores. Es interesante notar que, bajo esta mirada, el límite entre expresión cultural y deporte es casi inexistente, siempre que éste sea vivido con amplitud mental, orgullo local y ánimo amateur.

Sin duda la propuesta que describo está muy intersecada con los movimientos peruanos y latinoamericanos de cultura viva comunitaria, aunque se concentra más en la democratización de la acción cultural misma que en la divulgación de la filosofía del bien común. No dudo que al final, inevitablemente, se trata de la misma lucha. También es cierto que estamos hablando de un territorio donde lo oral, actoral y lo audiovisual son lo más propicio, pero eso no significa que lo escrito va a dejar de existir en este entorno. Es imposible, encontrará sus causes expresivos y formatos. Muchos dirán que la mayoría de productos culturales de este circuito no tendrán gran sofisticación técnica y acabado. Es cierto, pero eso no significa que estén impedidos de adquirir la pericia básica necesaria para transmitir vivencias y conmover, o que no puedan inventar formatos más manejables. Al final lo más importante es si se transmite – y cuánto – los sentimientos y estados de ánimo.  Piensen en la música, cuya práctica puede complejizarse mucho, pero que también puede ser ejercida por cualquiera. Cantar es memorizar una melodía y una letra, e interpretarla con nuestra experiencia y voz. Percutar está en nuestra naturaleza. Hacer seguido ambas cosas nos puede dar muchas satisfacciones, y si se nos dan algunos secretos basales del oficio, podemos pasar por la experiencia cultural libre en nuestros entornos cercanos, todas las veces que queramos. Tema tras tema hacen repertorio todos los músicos del mundo. Nadie niega que hay instrumentos complicados, pero hoy existen tecnologías que los reemplazan. El asunto es quitarle la alta exigencia técnica al acto cultural, y privilegiar su potencial expresivo y movilizador para poder masificarlo. 

Consolidar un nuevo sentido común cultural y su institucionalidad no es sencillo ni se hace de un día para otro, muchos menos en nuestros países. La primera, y quizá la única gestión de Estado que se ha tomado en serio esta posibilidad, es la de Susana Villarán, que formalizó la política publica de promoción de culturas vivas comunitarias por medio de una normativa consensuada con los interesados  y un presupuesto de volumen significativo. Hay que retomar y reforzar este esfuerzo. Se trata de construir una nueva red de prácticas sociales, lo que se hace con objetivos lógicos, contenidos claros y divulgables, capacidad de desconcentración administrativa, tecnologías e instalaciones adecuadas. Lo último es lo más carente, porque demanda espacios públicos en la ciudad y eso  depende más de la gestión urbana que de la cultural, pero de ningún modo  impide el proyecto. Las tecnologías de transmisión masiva hoy son mucho menos problemáticas, aunque es verdad que la posibilidad digital todavía está lejos de ser universal en el Perú. Pero está el espectro electromagnético de propiedad pública, de donde el MINCUL debería obtener una señal televisiva y radial – bajo un esquema de financiamiento adecuado – para fortalecer su trabajo de gestión de culturas vivas comunitarias, y todo su plan sectorial. 

Debe quedar claro que el MINCUL, y cualquier entidad pública, no tiene por sí sola los brazos necesarios para llegar a la vida cotidiana de la gente, a todos los espacios locales del país. Por eso, además de las direcciones regionales de cultura – que deben ser fortalecidas – sus socios naturales, para este esfuerzo, son los gobiernos locales y los colectivos culturales, porque conviven de la dinámica de los barrios distritales. Otro canal muy importante es la escuela. El MINCUL debe buscar que se modifiquen los contenidos de la actual currícula escolar, en el área denominada Arte y Cultura, cuyas competencias a desarrollar entre los estudiantes son “apreciar de manera crítica las manifestaciones artístico-culturales” y “crear proyectos desde los lenguajes artísticos”. Es obvio que esto está pensado bajo los parámetros de la oferta cultural vigente, para incentivar a eventuales críticos o profesionales del arte, o para asegurar que los futuros ciudadanos entiendan los códigos de la alta cultura y los aprovechen. El área debe llamarse Expresión Cultural o algo así, y su objetivo debe ser equipar a los alumnos, emotiva, racional y físicamente, para ejercer su derecho a la cultura expresando sus vivencias en sus entornos cercarnos. El espíritu de este espacio docente, incluso su metodología, deben ser definidos por el MINCUL, aunque debe quedar muy claro que cualquier profesor promedio, sin importar su especialidad, puede enseñar muy bien estas materias, si comprende su definición  de acto cultural y le entusiasma el nuevo camino.

Queda por verse nuestro territorio rural, pues es evidente que lo hasta aquí comentado es sólo urbano. En el mundo pre-hispánico, la producción cultural era generalmente funcional, y se daba durante el trabajo agrícola y en ceremonias espirituales, para fines energéticos y de comunicación con la naturaleza. También hubo una tradición de acción cultural cotidiana entre los antiguos peruanos. Según María Rostworowski, abundaban los músicos y los instrumentos de fabricación casera en el incanato, y se solían hacer reuniones en las plazas públicas – entre familias amigas – para rememorar los antepasados con música y chicha de jora. El MINCUL debe ser parte estratégica de una política nacional de regeneración del territorio andino – tema discutido aquí en anteriores columnas -, y debe ser el responsable de recuperar y fortalecer la manera cultural pre-hispánica. Es un objetivo que no sólo agradecerá la patria, sino la especie entera, que busca  urgida las respuestas que el orden capitalista occidental ya no le ofrece.

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Cultura, MINCUL

Durante el pico de la segunda ola, a donde trabajo, el Hospital de Tingo María, llegaron varios pacientes desde otras provincias, tanto del mismo Huánuco como de otros departamentos. La mayoría de ellos eran casos muy graves, por lo que lamentablemente, fallecían a los días o tras varias semanas en UCI. 

Cuando un paciente fallece teniendo una prueba positiva para la infección por SARS-CoV-2 o se encuentra catalogado como caso sospechoso de la misma, se aplica el protocolo de manejo de cadáveres contemplado en la DS 087-2020 DIGESA/MINSA, donde se indica que el difunto no puede ser velado ni ser trasladado fuera de la provincia en donde falleció. 

Esto último fue muy difícil de asimilar para los familiares de aquellos fallecidos. Nunca imaginaron que intentar salvar la vida de su ser querido tuviese un costo tan alto. “No voy a abandonar a mi madre aquí”, “cómo van a crecer mis hijos chiquitos tan lejos de su padre”, “yo me lo llevo a mi tierra así sea lo último que haga”; son algunas de las frases que los deudos me decían entre lágrimas cuando venían a buscarme implorando que les dé una autorización de traslado (algo que me hubiese gustado hacer, pero que escapaba de mis manos).

Es por ellos que siento importante que esta directiva sanitaria ya debería ser dejada sin efecto, pero también existen razones objetivas por las cuales creo que hace mucho que debió ser modificada. Comenzaré por lo más claro para todos: La evidencia científica. Ya se ha demostrado que el contagio es a través de gotículas y que el riesgo de hacerlo al entrar en contacto con superficies contaminadas es ínfimo; por ende, una persona fallecida no va a contagiar a nadie. Esto hace que a día de hoy, carezca de sentido continuar con la prohibición de velar y trasladar a los difuntos. 

Si bien esa es la razón principal por la que esta directiva ha quedado obsoleta, me gustaría retratar las razones por las cuales creo que la prohibición del traslado no fue bien pensada, porque es importante aprender de los errores y porque esta mala planificación ha generado que se atropellen derechos de los deudos injustificadamente. Para ello, mencionaré datos de casos que se registraron durante esta segunda ola. 

Dada nuestra distribución geopolítica y la existencia de cementerios en varios centros poblados, a veces respetar el límite entre una provincia y otra tomaba un carácter absurdo. Nosotros siempre procuramos que el cementerio elegido para la inhumación, sea el más cercano posible al que deseaba la familia. En una de esas coordinaciones se dio el caso de unos deudos que habían llegado desde el centro poblado de Ramal, que pertenece a Tocache, la provincia de San Martín que colinda con Leoncio Prado (la provincia en la que queda Tingo María). El cementerio más cercano a ellos dentro de nuestra jurisdicción era el del centro poblado de Milano. ¿La distancia entre este y el de Ramal? 5 minutos, solo que, a pesar de estar tan cerca, cruzar la frontera está prohibido. 

Al menos para ellos, hubo un cementerio cerca a su hogar. Desafortunadamente, esa no fue la suerte de todos. Recuerdo el caso de un paciente a quien aprecié mucho. Él era policía y se encontraba de servicio aquí cuando se enfermó, sin embargo, toda su familia vivía en Piura. Los hijos quisieron ver la posibilidad de que se le incinerara para así llevar sus cenizas a casa. El único crematorio de Huánuco queda en la capital pero, a pesar de estar a 2 horas y media de Tingo María, es otra provincia, por lo que al final él tuvo que ser inhumado en el cementerio de nuestra ciudad. Se fue portando su traje de policía, con los honores que correspondía.  

Viendo esta problemática, como coordinadora he tenido que ser más estricta con las referencias. Antes de aceptar que se trasladara a cualquier paciente, había que estar muy seguros de que realmente íbamos a poder ayudarlo acá, porque de fallecer, dejar a su familiar aquí iba a ser aún más doloroso para la familia. Incluso así, llegaron varios con pronóstico muy malo a corto plazo. La situación más extrema que recuerdo es la de un paciente que fue traído en ambulancia desde Tocache y que falleció a su llegada a triaje. Nuestra intervención fue mínima, pero aun así se tuvo que sepultar aquí. 

Esta normativa también afectó a aquellos pacientes que tras varias semanas en UCI, fallecían. Lógicamente, ellos ya habían pasado la etapa en la que eran contagiosos y por lo general, la causa de su fallecimiento solía ser alguna complicación. El caso más frustrante fue el de un paciente que ya se encontraba en hospitalización con solo 0.5 litros de oxígeno, próximo al alta; pero que se complicó con lo que llamamos un TEP masivo (cuando un coágulo ocluye un vaso principal) y falleció. No pudo ser llevado a su ciudad porque al haber ingresado por neumonía COVID-19, debía ser manejado bajo el protocolo que dicta la directiva sanitaria. 

Quisiera terminar allí, sin embargo, debo mencionar también lo sucedido con los pacientes que el año pasado fueron internados en área COVID-19 por tener prueba de anticuerpos positiva, pero que ingresaban por cuadros no relacionados a la infección. Siempre andábamos pendientes de si ya habían salido los resultados de PCR de los más delicados, para así poder cambiar sus estados a “caso descartado” y, de esa forma, queden exentos del protocolo en caso de fallecimiento. Lastimosamente hubo resultados negativos que llegaron luego de que ya todo había sido aplicado. 

Por último, quiero comentar también acerca de los velorios. Se me hace un tanto discriminatorio que no sea permitido en caso de que el fallecido tenga una prueba positiva; pero sí si este ha fallecido por otra causa. Reitero, el difunto no va a contagiar a nadie, además, las medidas de cuidado deben ser las mismas siempre, porque al velorio de un paciente no COVID, también puede asistir alguien infectado y contagiar al resto de asistentes. He tenido pacientes que se han contagiado en los velorios, no lo negaré, y es por eso mismo creo que estos deben ser permitidos para todos, para así poder establecer ambientes y protocolos que se puedan controlar. 

Los que no lograron superar la enfermedad no son solo parte de las estadísticas. Tienen una familia detrás que también importa, porque para nuestra cultura, el poder velar y enterrar a nuestros seres queridos es muy valioso. Quitar la oportunidad de cumplir con nuestras tradiciones por protocolos que ya no tienen sentido, es generar un daño innecesario; es por esto, que es urgente actualizarlos, antes de que la tercera ola pegue más fuerte en las regiones fuera de Lima.

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Covid-19, Creencias, Cultura, Muertos, UCI

Las empresas y profesionales de los sectores entretenimiento, cultura y música se encuentran entre los más afectados por la emergencia sanitaria. Sin embargo, la pandemia del Covid – 19 también ha impulsado la reinvención forzosa de estas industrias.

Alex López, gerente general de Exposound, feria musical que cuenta con dos ediciones presenciales, brinda 4 recomendaciones para gestionar un emprendimiento cultural exitoso y no claudicar ante la pandemia.

1.- Rediseñar la estrategia de acuerdo con el protocolo Covid actual

Ningún negocio debería ponerse en marcha sin una estrategia debidamente implementada y en el caso de una crisis, con mayor razón, se deben evaluar cuidadosamente las modificaciones que permitirán la sobrevivencia del negocio.

“No es momento de aplicar soluciones paliativas o de intentar nuevos caminos de forma intuitiva, sino todo lo contrario. Antes de invertir más dinero en modificaciones, se debe invertir tiempo en investigación y diseñar nuevamente la estrategia de negocio para evitar más pérdidas. Nuestras decisiones deben apoyarse en datos como data estadística segmentada por región, edad, género, sector socioeconómico, etc. y también noticias actuales del sector, siempre pensando en mantener la calidad del producto o servicio y con proyecciones que indiquen que cada paso que damos garantizará la sostenibilidad del negocio”, explicó López.

2.- Evalúa dar el salto virtual

Si tu emprendimiento cultural no es nativo digital, es importante que evalúes adaptarlo a canales digitales. “Internet elimina las limitaciones horarias y espaciales, permitiendo llegar a mayor cantidad de público. La enseñanza de instrumentos musicales, por ejemplo, ha logrado adaptarse perfectamente a estos entornos y ahora es posible tener un profesor de piano de provincia mientras se estudia desde Lima. La virtualidad brinda múltiples ventajas, pero se debe analizar su potencial de acuerdo con cada tipo de negocio”, acotó el gerente de Exposound y agregó que el espacio online también abre puertas para realizar sociedades con otras empresas del sector.

3.-Organiza una base de clientes, prospectos y aliados

Se debe realizar un listado de clientes y posibles clientes con la finalidad de hacer un acercamiento planificado y estratégico que permita cerrar negocios. Con estas listas también podrás analizar si hay suficiente potencial para que el negocio sea sustentable y esta debe depurarse y alimentarse regularmente, permitiendo hacer evaluaciones posteriores.

También es importante investigar con qué instituciones culturales puedes establecer alianzas a nivel de imagen o auspicios. Entidades como el Ministerio de Cultura realizan convocatorias para subvencionar proyectos y emprendimientos y es necesario tener esas oportunidades en el radar. Las universidades, centros culturales y grandes centros comerciales suelen respaldar eventos y espectáculos culturales, muchos de los cuales ahora son virtuales.

4.-Permanece alerta frente a las innovaciones

La pandemia ha generado la aparición de los eventos híbridos que se realizan con aforo presencial reducido y público online, pero además hay muchas otras opciones por explorar como eventos VR/3D con avatares personalizados que recreen situaciones realistas.

El experto afirma que este es el mejor momento para que el sector se prepare para brindar nuevas experiencias al público cuando se incremente el aforo, como elementos de realidad aumentada, hologramas interactivos, entre otros.

Dato:

Alex López señaló que Exposound Bicentenario, la feria de los músicos, se realizará del 2 al 8 de noviembre, para acercar a los emprendedores musicales con su público objetivo. Para más detalles pueden entrar a https://exposoundperu.pe.

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Cultura, Emprendimiento

Cada organización cuenta con su propia cultura, lineamientos y demás aspectos que permite a los trabajadores de la empresa tener claras las dinámicas y objetivos a los que deben apuntar. Hoy en día, con las tensiones debido al teletrabajo impulsado por la crisis sanitaria y la constante inestabilidad política, son diversas las empresas que han cuestionado su propia cultura y están interesadas en mejorarla para potenciar a cada uno de los que compone la organización.

José Antonio Espinoza, docente en los programas MBA de Centrum de la Pontificia Universidad Católica del Perú, explica que para la formación de una cultura saludable, es necesario un liderazgo que se sustente en la persuasión. Esto significa basarse en el convencimiento genuino para que el grupo siga ese liderazgo y lograr la visión prometida. Los resultados que se obtengan en ese proceso irán a su vez moldeando la cultura. Moldear la cultura significa que todos compartan, se respeten y vivan un conjunto de valores comunes, visibles y auditables.

En ese sentido, Espinoza indica que para persuadir hacia esos comportamientos en tu organización se debe de incorporar tres conceptos claves:

Racionalidad: Se trata de practicar un pensamiento crítico. Es necesario saber presentar argumentos lógicos, reconocer los inevitables sesgos cognitivos, cuidarse de las falacias. Esto se hará tangible en las formas de encarar un problema, en la toma de decisiones y hasta en la anhelada “transformación digital”.

Emocionalidad: Se deben reconocer y gestionar las emociones, o más ampliamente, los eventos afectivos. Se puede empezar con la “labor emocional”, es decir, el esfuerzo que tenemos que hacer al ejecutar un servicio para mostrar al cliente una expresión amable, a contener posibles reacciones de fastidio o de justa contrariedad. También la emocionalidad está presente al buscar el bienestar y la felicidad. En la actualidad, el manejo de la afectividad, de emociones, sentimientos y estados de ánimo es crucial en todos los aspectos de nuestras vidas.

Moralidad: Es importante seguir los valores escogidos, y su correlato, los principios, y así tener presente la moral y la ética. En general son las creencias que ponemos en acción al considerar lo que es correcto o incorrecto. La moralidad expuesta y vivida, a su vez fundamenta, la confianza de los liderados hacia quién pretende dirigirlos.

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Cultura, Empresa, saludable

No me cansaré de repetir lo importante que es, en todo sentido y no solamente dentro del mundo académico, la difusión de una imagen del Perú en el extranjero acorde a la gran riqueza cultural de nuestro país, pero sin intentar ocultar nuestras carencias, sobre todo en el plano de la desigualdad económica y social.

Con motivo del Bicentenario, se han multiplicado las actividades de la Cancillería peruana, promoviendo eventos en distintas partes del mundo donde hay algún consulado o embajada de nuestro país. Esto tiene una doble finalidad: consolidar las relaciones entre el Estado y la población peruana en el extranjero (más de dos millones) y llegar al público oriundo de los respectivos países a fin de que la imagen del Perú sea asequible y apetecible con miras a posibles inversiones y promoción del turismo.

Es así como algunos consulados están actuando de manera decidida en este camino, más allá de publicitar el cebiche y Machu Picchu, como solía hacerse hace años casi de manera exclusiva. Por eso mismo, debe recordarse que el Ministerio de Relaciones Exteriores no es el Ministerio de Cultura ni PromPerú, de modo que esa labor de diplomacia cultural requiere de asesoramientos de expertos peruanistas residentes en el extranjero, ya que conocen mejor el mundo académico y cultural de sus respectivos países de recepción.

En esa línea, la Asociación Internacional de Peruanistas (AIP), fundada en 1995 en los Estados Unidos, ha venido desplegando una valiosa y nutrida labor desde las exigencias de la producción académica, es decir, con base en investigaciones rigurosas y sobreponiéndose a los avatares de la política del momento, entendiendo que la nación está por encima de los gobiernos y del mismo Estado. La AIP ya lleva organizados diez Congresos Internacionales de Peruanistas (el próximo será en Florencia, Italia, del 22 al 24 de setiembre) y numerosos simposios de temas específicos en países como Francia, Japón, Canadá, Perú y los Estados Unidos, con sus respectivas publicaciones.

Justamente y a propósito de la efemérides de julio se anuncia el Simposio Internacional “La literatura peruana hacia el Bicentenario”, que tendrá lugar el lunes 12 y martes 13 del mencionado mes. Se transmitirá a través del canal de Youtube y de la página de Facebook Live

De la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, que dirige el mismo presidente de la AIP, el poeta y catedrático José Antonio Mazzotti, en colaboración con el Consulado General del Perú en Boston y el auspicio de la Comisión Bicentenario Perú 2021.

El nutrido programa incluye las palabras de Carla Stella Maris Chirinos Llerena (Cónsul General del Perú en Boston), nuestro novelista del Bicentenario Eduardo González Viaña, la estudiosa española Eva Valero (de la Universidad de Alicante), la poeta peruana Ethel Barja Cuyutupa (de Brown University), Giancarla Di Laura (de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; hablaré sobre “Las mujeres en la narrativa peruana”), el antropólogo y poeta Pedro Favarón, la poeta y especialista en literatura afroperuana Mónica Carrillo y el crítico Ulises Juan Zevallos-Aguilar (de Ohio State University), quien presentará “Desde el quinto suyo. Narradores peruanos en los EEUU (1976-2020)”.

El simposio también incluirá mesas redondas y presentaciones de los flamantes libros Golpe, furia, Perú. Poesía y nación, editado por Paolo de Lima (Lima: Editorial Horizonte, 2021), con la participación del editor Paolo de Lima, Juan Damonte, Juan Carlos Ubilluz y Andrea Echeverría; también la nueva novela Kutimuy, Garcilaso, de Eduardo González Viaña (Lima: Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo, 2021), con el autor, Joel Acuña, José Antonio Mazzotti e Irene Silverblatt; y finalmente el libro Arguedas global: indigenismo en el nuevo milenio, editado por José Antonio Mazzotti (Lima: AIP, RCLL y Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo) con Luis Millones Santa Gadea y Carmen María Pinilla.

Como se ve, este ejemplo de diplomacia cultural es de gran nivel y altamente encomiable, y por lo tanto merece difundirse.

No así, por desgracia, el apoyo de la Cancillería a figuras de la derecha venezolana como Guaidó, Leopoldo López y Capriles, en clara violación del principio de no injerencia de extranjeros en nuestro proceso democrático. Ojalá que esto se rectifique.

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Cultura, Diplomacia, Perú

Tamaño revoltijo que se armó esta semana cuando la prensa malintencionada y muchos “Keiko lovers” acusaron al profesor Pedro Castillo de despreciar la lectura. Vaya muestra de analfabetismo funcional la de esos detractores. Lo que dijo el profesor Castillo fue algo muy simple y claro, que cualquiera con dos dedos de frente puede entender en su verdadero sentido: “yo sé del hambre del pueblo. A mí nadie me lo cuenta. Yo no necesito leer el libro que viene de la biblioteca que está allá polveándose, porque la biblioteca está en mi nariz, porque la biblioteca la siento, la camino, la vivo”. 

Hasta resuena a César Vallejo: “»Voy sintiéndome revolucionario más por experiencia vivida que por ideas aprendidas” (de una carta del poeta a su amigo Pablo Abril de Vivero en 1928). Es decir, el sufrimiento y el hambre del pueblo peruano es algo que se ha aprendido por experiencia propia, no en las páginas de un libro. Eso no indica ningún desprecio a la lectura, sino que hay formas de sabiduría que pasan por lo personal antes que por su “descubrimiento” en las bibliotecas. Siendo maestro, es obvio que la lectura y los libros son bienes que se aprecian, pero cada cosa en su lugar.

Hecha la aclaración, les guste o no a los analfabetos funcionales del fujimorismo, cabe preguntarse qué se trae el profesor Castillo en el área de la cultura. 

Por lo pronto, ya ha barajado la idea de un nuevo ministerio de Ciencia y Tecnología, apoyado por importantes científicos peruanos, lo cual nos convertiría en un país exportador de bienes tecnólogicos, patentes científicas, pero, sobre todo, un país que ya no dependería tanto de los países más desarrollados para solucionar inmensos problemas locales (¿recuerdan la escasez y la demora de la vacuna anti Covid-19?).

También se ha voceado que se dedicará el 10% del PBI al sector de Educación, tan maltratado después de casi treinta años de constitución fujimorista, en que la educación dejó de ser un derecho universal y una obligación del Estado para convertirse en un servicio, muchas veces en manos de privados, con obvias miras al lucro (¿recuerdan tantas universidades trucha?).

Cabe preguntarse ahora, ¿qué pasará con el ministerio de Cultura?

Para llegar a una hipótesis debemos primero revisar la historia de dicha cartera en los últimos años. Lamentablemente, el MinCul se ha visto manchado desde el escándalo de Richard Swing, el famoso artista de la farándula que cobró jugosas sumas por dar “charlas  motivacionales” a los empleados del ministerio. Despilfarro. Eso ha ocurrido junto a una progresiva visibilización de agendas relacionadas con grupos progresistas y ligados al ecoambiente de las ONG. Las ayudas por la pandemia, las compras de libros, las invitaciones a ferias internacionales, los premios y subvenciones repiten los nombres de los mismos personajes. Hasta hay una poeta que ha recibido por lo menos cinco formas de reconocimiento y se ha llevado más de 50,000 soles. Merecida o no, esa suma revela una cierta tendencia que, como se dice por ahí, favorece a intelectuales provenientes de una o dos universidades privadas y se encuentran en la cresta de la ola de cierto activismo.

El Plan Económico 2021-2026 emitido por el Partido Perú Libre hace apenas unos días

(https://drive.google.com/file/d/15Q0BFGi1gmqax2aVfm0y9WTaZd-0oHhn/view?fbclid=IwAR0bhgUqebiURD0GhIaoherH0y6aTMyMqWQZCiRvTZ0OhZXfyWg9YR1jl9k ) no menciona ni una sola vez qué haría un gobierno de Castillo frente a la cultura, por lo menos lo que convencionalmente se entiende por tal. Casi todo el Plan cubre sectores importantes relacionados con la economía y la industria, pero parece haber un vacío en el diseño de una política cultural que sea consistente con el discurso de “no más pobres en un país de ricos”.

Sin duda, la cultura florecerá si se invierte en educación, pues nuestros niños y adolescentes aprenderán a valorar nuestros bienes culturales, a cultivar diversas ramas de la producción humana, a conservar nuestro patrimonio. Sin embargo, queda la inmensa tarea de mejorar un ministerio para que no refleje la desprestigiada imagen de ser un coto cerrado de cierto progresismo, plagado encima de escándalos y favoritismos.

Al profesor Castillo le queda la inmensa responsabilidad de llevar el lápiz (y también la escoba) para que el escaso presupuesto del MinCul se distribuya de manera que genere más confianza y atienda a todos los sectores culturales, especialmente los de las regiones, los que circulan en lenguas originarias y los que no necesariamente están ligados a los sectores universitarios y profesionalizados.

Ojalá el profesor se vea bien asesorado y tome las decisiones necesarias. Tremenda tarea. 

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Cultura, Pedro Castillo, Perú

Por lo mismo de siempre. Por informales, inmediatistas e incapaces de reconocer nuestras propias limitaciones. Porque casi desde sus inicios, nuestra escena pop-rockera, escuálida y siempre en modo amateur, se ha computado -especialmente en Lima- el centro del universo. Esa falta de humildad es la principal razón de que no tengamos una escena capaz de merecer reconocimientos internacionales suficientes para ser considerada en esta serie documental que, sin ser la gran cosa, se fija precisamente en algunas de las manifestaciones más exitosas y trascendentes del rock en español.

A esa vocación por el autobombo debemos sumar la ausencia de políticas públicas y privadas masivas de educación musical desde la infancia. En este punto no pienso, por supuesto, en los jóvenes privilegiados que, en los cincuenta o ahora, tuvieron posibilidades de acceder a clases particulares de algún instrumento, nutrirse de la melomanía de sus padres o hermanos mayores o de, simplemente, aprender solos por interés casi natural, instintivo, sino en la nula importancia que se le ha dado en colegios, universidades y medios de comunicación a la formación y apreciación musical, dejando (casi) todo en manos de Dios y los casos aislados.

Con la excepción de Pedro Solano y Ricardo Brenneisen, integrantes de dos de las bandas peruanas más activas y respetadas de los años noventa -Cementerio Club y Dolores Delirio-, solo hemos escuchado quejas, en distintos registros, de parte de diversos personajes de la comunidad rockera local, respecto de la ausencia peruana en esta producción de Netflix, deficiente e incompleta si la examinamos con ojos de experto, pero efectiva en aspectos nostálgicos para el oyente promedio de música popular en nuestro idioma. Los lamentos tienen, en consonancia con la autoindulgencia de la que hablo, ese insoportable tonito engreído que hace recordar al eterno «al cabo que ni quería» que soltaban los entrañables personajes de El Chavo del Ocho, cada vez que no se cumplían sus caprichos.

Salvo muy contadas excepciones, la escena pop-rock del Perú, desde sus albores en las matinales nuevaoleras de los sesenta y setenta hasta las más recientes y aburridisímas bandas tipo We The Lion o Alejandro & María Laura, prácticamente todas adolecen de esa antipática tendencia a sentirse geniales a la primera, la misma tara que sufren nuestra televisión, teatro y cine comerciales. Miren sino los realities de la señal abierta, la programación de Plus TV (Resiste Teatro, Jamás perfectas) o las películas de Tondero. Todos son lo máximo haciendo el mínimo esfuerzo –y, a veces, ni eso- pues tienen asegurada la adulación de una prensa no especializada y una masa, a ambos extremos del espectro socioeconómico, que regala sus admiraciones a cualquiera que se haya hecho famoso por sobreexposición, contactos o argollas. O todo junto.

quiero decir con esto que, a contrapelo del predicamento del recordado Gerardo Manuel (1946-2020), no todos los peruanos son buenos. Estamos hablando de más de seis décadas de producciones musicales que han tenido, en paralelo al desarrollo del rock en otras latitudes, muchos momentos rescatables y otros, los menos, realmente buenos. Pero, sin entrar a recuentos tediosos y arbitrarios, ni siquiera esos puntos altos alcanzan la calidad necesaria para hacerse notar en contextos más amplios y globales. Alguien me podrá mencionar, seguramente, el prestigio que han logrado, en países europeos, grupos peruanos como Silvania (shoegaze/ambient), Flor de Loto (prog-rock) o Mortem (death metal). Pero esos casos son, precisamente, excepciones a la regla.

Un aspecto interesante es que este fenómeno no se produce por igual en las escenas de folklore local (música criolla, negra, andina), donde sí podemos encontrar excelencia interpretativa y autenticidad; mientras que en otros géneros como la música latina (salsa, bolero), el jazz y la música clásica, se replica la problemática del pop-rock, con los mismos matices y casos excepcionales, tema que merece un desarrollo aparte.

Por otro lado, debido el serio problema de amiguismo que sufrimos desde hace años, son las propuestas más interesantes las que terminan relegadas para dar espacio a aquellas con buenas relaciones en los medios y canales de distribución masiva. Ni hablar de exponentes de música experimental o géneros extremos (como los mencionados Silvania y Mortem) que, simple y llanamente, no existen para los medios convencionales, salvo que se trate de una mención superficial para dar la impresión de ser «inclusivos» a la hora de hablar de pop-rock y sus innumerables vertientes Made-In-Perú.

Si bien es cierto el nuevo entramado digital permite que cada músico invente su propio espacio y llegue a sus atomizados públicos (pienso en plataformas como BandCamp o MediaFire, por ejemplo); eso, lejos de promover la creatividad y la excelencia interpretativa, promueve más la improvisación y el relajo, dentro de una lógica según la cual todos podemos hacer un disco y lanzarlo al ciberespacio. En ese aquelarre de opciones, los que trabajan diligentemente se entremezclan con los destalentados, haciendo más difícil rescatar valores y separar pajas de trigos. A la precariedad y amateurismo transversales a todo el espectro pop-rock local, llegan las argollas para empeorar todo, generando injusticias que hacen célebres a quienes no ofrecen nada valioso e invisibilizan a otros, de mejor perfil.

A todo esto. En Rompan todo sí se habla del Perú. Aparecen, en este orden: José Luis Pereira (Los Shain’s, El Polen), César «Papi» Castrillón (Los Saicos) y Octavio «Tavo» Castillo (Frágil, Actitud Modulada). Brevemente, como contextualizando, nada más, aquella época auroral en la que todo comenzaba al mismo tiempo. De hecho, es una metáfora de la realidad: en una carrera de 100 metros, los ocho velocistas parten al mismo tiempo, pero solo tres llegan al podio. Si seguimos la lógica de ese ejemplo, y según los parámetros impuestos por Rompan todo, nuestro país quedó entre los últimos. Es así de sencillo. Y de cierto.

El gran documental sobre rock en español aún está por hacerse (claramente, Rompan todo no lo es). Y para incluir lo que pasó en Perú, ese utópico gran documental tendría que abarcar tanto lo bueno como lo malo del rock latino, tanto lo que evolucionó y mejoró como lo que se quedó en el partidor y jamás levantó cabeza. Pero no se equivoquen: la ausencia peruana en Rompan todo no es un error de los productores ni es culpa de Gustavo Santaolalla. No es un sectarismo «de pibes y de chavos» como mal planteó, hace algunas semanas, un periodista de El Comercio. Corresponde plenamente con la intención de la serie documental, que se presenta engañosamente como «la historia del rock en América Latina» (ver más aquí), cuando solo habla de aquellos a quienes les fue mejor, ya sea por sus merecimientos artísticos, por su impacto en ventas o por ambas cosas, cuando ambas cosas iban unidas una a la otra. Más allá de las deficiencias del documental de Netflix, nos toca reconocer, con hidalguía, que no estamos en esas ligas.

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