movilizaciones

La única manera de que las movilizaciones contra el gobierno de Dina Boluarte tengan éxito (no lo es convocar a 21 mil personas a nivel nacional; generosa cifra soltada por un incauto ministro del Interior), es que logren consolidar una amalgama similar a la de las fuerzas antifujimoristas. Es decir, que se reconstituya una suerte de frente anti Keiko y haga carne en las calles.

Ello es, sin embargo, difícil que ocurra, más aún después del duro pronunciamiento de la lideresa de Fuerza Popular en contra del gobierno, y que parece ser la clarinada de un paulatino distanciamiento del régimen. Dicho sea de otra manera, quien se oponga a Boluarte no se opondrá, por default, a Keiko Fujimori.

Una agenda tan dispersa como la que convocó a la marcha de anteayer (solo faltaba que pidieran la salida de Agustín Lozano de la Federación Peruana de Fútbol) y la ausencia de un liderazgo político unificado, atentaron contra la posibilidad de que se produjera una movilización de la magnitud que hemos visto en otros países de la región (Chile, Colombia, Ecuador, Bolivia, etc.), donde millones de ciudadanos protestando vehementemente sí fueron capaces de mover la aguja del reloj político.

El gobierno ha ganado una batalla, casi sin costos colaterales (a diferencia de lo sucedido en diciembre y enero, donde se mantuvo en el poder, pero a costa de perder legitimidad y herir su naturaleza democrática), pero deberá saber que la oposición no va a cejar en tratar de sacarlo del poder (ya se anuncian nuevas movilizaciones) y si no escucha a la calle, expresada no solo en las protestas sino también en las encuestas, y no enmienda rumbos, va camino a escenarios políticos cada vez más precarios y riesgosos para su estabilidad.

El hartazgo ciudadano no cuaja en marchas masivas por sinfín de circunstancias (sobrepresencia de la izquierda, informalidad, crisis económica, pasividad juvenil, etc.), pero si el Ejecutivo no empieza a gobernar con eficacia y el Congreso no le pone punto final al desmadre corrupto e indolente al que le da generosa cabida, puede llegar a elevar la temperatura de la irritación ciudadana y en el momento menos esperado, favorecer que estalle una situación social de mayor magnitud e impacto real.

 

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Se afirma que el gobierno se encontraba en una situación muy compleja, a la vez que se condena el uso desproporcionado de la fuerza y de armas letales que terminaron con la vida de decenas de personas. De esta forma la CIDH, insta al Estado a investigar las graves violaciones a los derechos humanos con enfoque étnico – racial, debido a la participación directa de agentes estatales en los hechos, muchos de estos podrían ser calificados de ejecuciones extrajudiciales y masacres.

El informe lo que plantea es que el Estado debe cumplir con su obligación de investigar y sancionar a los responsables, en el marco de la debida diligencia; pero a la vez plantea otras medidas necesarias para fortalecer la institucionalidad democrática, la lucha contra la impunidad y los derechos humanos.

La oposición que este Informe ha despertado en los sectores más autoritarios de nuestro país no es una sorpresa. Sin embargo, tras todo lo vivido en las últimas décadas, si es preocupante que buena parte de la población conecte con estas narrativas y reproduzca falsas verdades que perpetúan el estigma sobre quienes defienden derechos.

Es claro que uno de los grandes desafíos que tenemos es promover una conciencia de derechos en la población. Nuestra democracia empezará a consolidarse cuando los derechos humanos, principios y libertades fundamentales sean asumidas como ejes para la construcción de un nuevo pacto social.

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Los peruanos estamos hoy divididos en puntos de vista irreconciliables, tanto en lo que respecta a la identidad de los responsables de nuestra crisis actual (y siguiendo el planteamiento de Ost, de los enemigos a derrotar) como de las medidas a tomar para solucionarla. Políticos, juristas, economistas y periodistas, entre otros, machacan cada día sus argumentos en todos los espacios posibles, valiéndose de verdades, medias verdades e incluso flagrantes mentiras. La valoración que los ciudadanos hacemos de todo esto, depende de nuestro sentido de pertenencia social y de lo que Joshua Greene ha denominado, nuestra “tribu moral”. En efecto, aunque esto escandalice y perturbe a muchos, la neurociencia ha comprobado que los hechos sociales carecen de significados intrínsecos, más allá de los que nosotros queramos atribuirles, y que la “racionalidad” de nuestras opciones políticas, sufre de importantes sesgos, pues solemos sobrevalorar los argumentos que nos resultan más agradables. Lo que moralmente nos resulta intolerable en nuestros enemigos (la incompetencia y la corrupción, por ejemplo) nos resulta más soportable cuando se trata de personas o grupos con quienes nos identificamos. La realidad, es que los sentimientos anteceden a las razones, y el sentido de pertenencia (consciente o inconsciente) conduce a las justificaciones.  

¿Qué y quienes nos han llevado a esta crisis nacional? ¿Pedro Castillo y sus colaboradores, Keiko Fujimori, Vladimir Cerrón, Patricia Benavides, el comunismo, el neoliberalismo, el racismo, el narcotráfico, la Constitución del 93, la minería ilegal, los grandes medios de comunicación, los blanquitos de Lima, los indios de la Sierra, el centralismo, el secesionismo, Estados Unidos, Cuba? Cada uno de nosotros tiene, sin duda, sus responsables preferidos, entonces ¿cómo podemos llegar a a un mínimo entendimiento que nos permita rescatar a nuestro país del caos? Para empezar, deberíamos desactivar el clima emocional tóxico en el que vivimos actualmente, abandonar la demonización del adversario, así como de sus planteamientos, asumiendo la contingencia de nuestras preferencias políticas y morales y el hecho de que todas las opciones tienen derecho a participar en el diálogo y la negociación. Aunque incomode a muchos, ninguna Constitución ha descendido del Cielo y ningún modelo político o económico impera por mandato divino, ni fue generado por un conocimiento metafísico insondable. No debemos, de ninguna manera, menospreciar la importancia de los sentimientos de marginación e injusticia que se encuentran detrás de las movilizaciones sociales que vienen ocurriendo en nuestras regiones y pretender que todo es el resultado de la acción de agitadores profesionales y operadores foráneos. Frente a una clase política, que se muestra una y otra vez como ciega, incapaz y corrupta, nos corresponde a todos los ciudadanos del Perú participar activamente en la discusión y búsquedas de consensos. Terminaré esta nota sobre los sentimientos en política citando una vez más a César Luna Victoria: “Eso es lo que nos trae el Año Nuevo. No es malo en sí. Nos hará mejores si sabemos acercarnos. Que sea realmente un feliz año.”      

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Todos han llegado a la conclusión — los que no han decidido desconectarse de lo que va más allá de sus afanes inmediatos— que los actores en el escenario de lo social y político no tienen nada que ver con el bienestar común y el funcionamiento colectivo: solo buscan promover intereses subterráneos y trasladar sus culpas a otros, dentro de su propio equipo o a quienes se encuentran en el que, supuestamente, combaten. Son mercaderes de la duda: lo único que podemos comprarles son sospechas. Preferencias, no hay.    

Todos están confundidos. “Muere héroe o vive lo suficiente para convertirte en villano”, le dijo Harvey Dent a Bruce Wayne. Viniendo de un fiscal que alguna vez persiguió el delito y buscó la justicia, no deja de ser irónico en las actuales circunstancias. Pero lo cierto es que vivimos un festival en el que todos pretenden ser héroes y a la vuelta de una semana se gradúan de villanos. Ciudadanos y líderes, no hay.

Todos están aburridos. Tienen la sensación de estar condenados a asistir a un partido cuyo resultado tendrá consecuencias importantes. Los jugadores son malos, no hay árbitro, se agotó la banca de suplentes, se acabaron los alargues y ahora se está en una definición por penales que no tiene cuando acabar. Y ni siquiera se puede salir del estadio. Rabia, sí hay.   

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Marchas, movilizaciones, protestas
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