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Una democracia real promueve los DDHH: a propósito del informe de la CIDH

“Tras la publicación del Informe de la CIDH y el intento de diversas autoridades y actores políticos por desacreditarlo, ha quedado – nuevamente- en evidencia la débil democracia que tenemos; pero, sobre todo, la incipiente cultura de respeto a los derechos humanos que arrastramos.”

[ENTRE BRUJAS: FEMINISMO, GÉNERO Y DERECHOS HUMANOS]

Solo los gobiernos autoritarios o los líderes/lideresas con proyectos antidemocráticos cuestionan valores fundamentales como los derechos humanos. Por lo que un denominador común en estos personajes es el plantear el retiro de la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, así como cuestionar las sentencias de este ente vinculante, además de las conclusiones o recomendaciones de instancias internacionales que son parte de la Sistema Interamericano o del Sistema Universal de Derechos Humanos.

Detrás de las narrativas que buscan deslegitimar lo que son principios universales, se encuentra el desprecio por la vida humana, la oposición a la justicia social, a la igualdad, actitudes discriminatorias, así como un profundo deseo de poder y control sobre la ciudadanía.

Quienes, por vocación, desprecian y se oponen a toda lógica de derechos; anhelan que se consoliden sociedades excluyentes, con un modelo de desarrollo que solo beneficie a una élite y en donde el abuso sea normalizado. Necesitan una sociedad poco critica, un Estado débil y de la pobreza para seguir acumulando riqueza y poder.

El problema es que estas narrativas autoritarias impactan mucho en la población, por lo que es claro que para avanzar en la consolidación de una democracia real se necesita trabajar a nivel de la educación, cambiar imaginarios sociales para que el ciudadano y la ciudadana de a pie comprenda que un Estado que no garantiza los derechos humanos de todas las personas pone en riesgo la seguridad de todos y todas.

Es necesario trabajar arduamente para legitimar aquellos principios orientados al bien común, de forma que cualquier retroceso sea percibido como lo que es: un atentado contra la vida misma y contra la dignidad individual y colectiva. Es necesario que esta dimensión transversal a la existencia humana sea reconocida como algo propio y no ajeno.

Tras la publicación del Informe de la CIDH y el intento de diversas autoridades y actores políticos por desacreditarlo, ha quedado – nuevamente- en evidencia la débil democracia que tenemos; pero, sobre todo, la incipiente cultura de respeto a los derechos humanos que arrastramos.

El Informe de la CIDH, narra el reciente contexto de violencia que tuvo lugar en el marco de las protestas y movilizaciones entre el 7 de diciembre del 2022 y el 23 de enero del 2023.

La CIDH hace un análisis de las causas subyacentes en las movilizaciones y la forma cómo estas eran interpretadas. Refleja las brechas de desigualdad en nuestro país y el lacerante racismo y estigmatización que impregnó el debate social y político, lo que limitó las posibilidades de diálogo e incrementó la progresiva deshumanización del manifestante, el odio y desconfianza.

Se afirma que el gobierno se encontraba en una situación muy compleja, a la vez que se condena el uso desproporcionado de la fuerza y de armas letales que terminaron con la vida de decenas de personas. De esta forma la CIDH, insta al Estado a investigar las graves violaciones a los derechos humanos con enfoque étnico – racial, debido a la participación directa de agentes estatales en los hechos, muchos de estos podrían ser calificados de ejecuciones extrajudiciales y masacres.

El informe lo que plantea es que el Estado debe cumplir con su obligación de investigar y sancionar a los responsables, en el marco de la debida diligencia; pero a la vez plantea otras medidas necesarias para fortalecer la institucionalidad democrática, la lucha contra la impunidad y los derechos humanos.

La oposición que este Informe ha despertado en los sectores más autoritarios de nuestro país no es una sorpresa. Sin embargo, tras todo lo vivido en las últimas décadas, si es preocupante que buena parte de la población conecte con estas narrativas y reproduzca falsas verdades que perpetúan el estigma sobre quienes defienden derechos.

Es claro que uno de los grandes desafíos que tenemos es promover una conciencia de derechos en la población. Nuestra democracia empezará a consolidarse cuando los derechos humanos, principios y libertades fundamentales sean asumidas como ejes para la construcción de un nuevo pacto social.

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CIDH, Democracia, derechos humanos, Gobierno, Informe de la CIDH, movilizaciones, protestas, violencia

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