sentimientos y politica

Sentimientos y política

"Deberíamos desactivar el clima emocional tóxico en el que vivimos actualmente, abandonar la demonización del adversario, así como de sus planteamientos, asumiendo la contingencia de nuestras preferencias políticas y morales y el hecho de que todas las opciones tienen derecho a participar en el diálogo y la negociación"

El 31 de diciembre del año que acaba de culminar, apareció en Perú 21 un artículo del abogado tributarista y ex ministro César Luna Victoria, titulado “Si estás de cabeza, el sur es el norte” dedicado a la inestabilidad política en el sur de nuestro país, principalmente en Puno. Según su análisis, el desencanto de la población puneña y sus sentimientos abiertamente secesionistas, tienen un antecedente en el año 2004, en Ilave, cuando una turba enardecida asesinó a golpes a un alcalde sospechoso de corrupción, para posteriormente exigir su reemplazo por un dirigente, a quien legalmente no le correspondía asumir el cargo. Diversas entrevistas a los pobladores, evidenciaron entonces el bajo o nulo respeto a una legalidad nacional, que ellos no consideraban como propia, y un evidente desapego a un Estado peruano que los tenía desde siempre marginados y olvidados. La “Nación Aimara”, separada del Perú, aparecía ya como una opción política válida para esas gentes. El autor incluye en el texto una recomendación para solucionar nuestros problemas actuales: “¿Cómo pactamos políticamente? Con inteligencia, para saber mejor que quieren y qué necesitan. Con corazón, porque este país es también de ellos y tenemos que aprender a compartirlo.” ¿Con corazón? Suponemos que Luna Victoria prefirió, por pudor académico, utilizar esta palabra para evitar referirse directamente al amor (por el prójimo/compatriota se entiende). Podría resultar curioso que un tecnócrata de alto vuelo como él apele a este sentimiento como un elemento importante en la azarosa negociación que tarde o temprano tendrá que ocurrir en nuestro país, pero, por extraño que pueda parecer, la neurociencia moderna le da la razón. Ya son muchos los investigadores en ciencias neurológicas y sociales que destacan la importancia de los sentimientos en el quehacer político, a tal punto que se habla de una “alexitimia política” para calificar la “patología” de aquellos que son incapaces de reconocer este hecho. 

El Perú vive en estos días serios problemas de identidad y convivencia, que requerirían el concurso de actores sociales y políticos honestos, capacitados, inteligentes, respetuosos y empáticos, para la búsqueda de soluciones equilibradas, inclusivas y justas. Desgraciadamente, salvo contadas excepciones, estos actores brillan por su ausencia, precisamente en un momento de polarización máxima, en que más los necesitamos. Definitivamente algo anda muy mal en nuestro sistema de organización social y política, algo que no podrá, como quieren algunos, corregirse a tontas y a locas con un Gobierno y un Congreso como los que tenemos actualmente.

La democracia liberal, en la que pretendemos vivir, requiere de ciudadanos informados, racionales, socialmente solidarios y comprometidos responsablemente con su voto, ciudadanos, en suma, dramáticamente escasos en el mundo real, y nada como una situación de crisis para ponerlo en evidencia. La podredumbre moral y la incapacidad de gestión de nuestros sucesivos gobiernos, acompañadas del sombrío cortejo de miedo, sufrimiento e inseguridad que trajo la pandemia, han abierto vías de escape iracundas y violentas a nuestras frustraciones colectivas.

El Profesor de Ciencias Políticas, David Ost, en su artículo “Politics as the Mobilization of Anger: Emotions in Movements and in Power” (La política como movilización de la ira: emociones en los movimientos y en el poder) lo afirma sin ambages: la política debe entenderse esencialmente en términos emocionales (ocupando la ira un lugar central), tanto por los grupos que detentan el poder, como por los que animan movimientos sociales de oposición. Triunfarán aquellos que logren identificar al “enemigo”, responsable de todos los problemas y convencer a la población de ello, alcanzando lo que Van Troost denomina la “resonancia emocional”. Por su parte, el politólogo español Arias Maldonado ha señalado en su obra “La Democracia Sentimental: Política y emociones en el siglo XXI”, que la ira/indignación se autojustifica en quienes la sufren y que no suele atender ni a complejidades en las causas, ni a complejidades en las soluciones. Nada más apropiado para describir nuestra situación actual.

Los peruanos estamos hoy divididos en puntos de vista irreconciliables, tanto en lo que respecta a la identidad de los responsables de nuestra crisis actual (y siguiendo el planteamiento de Ost, de los enemigos a derrotar) como de las medidas a tomar para solucionarla. Políticos, juristas, economistas y periodistas, entre otros, machacan cada día sus argumentos en todos los espacios posibles, valiéndose de verdades, medias verdades e incluso flagrantes mentiras. La valoración que los ciudadanos hacemos de todo esto, depende de nuestro sentido de pertenencia social y de lo que Joshua Greene ha denominado, nuestra “tribu moral”. En efecto, aunque esto escandalice y perturbe a muchos, la neurociencia ha comprobado que los hechos sociales carecen de significados intrínsecos, más allá de los que nosotros queramos atribuirles, y que la “racionalidad” de nuestras opciones políticas, sufre de importantes sesgos, pues solemos sobrevalorar los argumentos que nos resultan más agradables. Lo que moralmente nos resulta intolerable en nuestros enemigos (la incompetencia y la corrupción, por ejemplo) nos resulta más soportable cuando se trata de personas o grupos con quienes nos identificamos. La realidad, es que los sentimientos anteceden a las razones, y el sentido de pertenencia (consciente o inconsciente) conduce a las justificaciones.  

¿Qué y quienes nos han llevado a esta crisis nacional? ¿Pedro Castillo y sus colaboradores, Keiko Fujimori, Vladimir Cerrón, Patricia Benavides, el comunismo, el neoliberalismo, el racismo, el narcotráfico, la Constitución del 93, la minería ilegal, los grandes medios de comunicación, los blanquitos de Lima, los indios de la Sierra, el centralismo, el secesionismo, Estados Unidos, Cuba? Cada uno de nosotros tiene, sin duda, sus responsables preferidos, entonces ¿cómo podemos llegar a a un mínimo entendimiento que nos permita rescatar a nuestro país del caos? Para empezar, deberíamos desactivar el clima emocional tóxico en el que vivimos actualmente, abandonar la demonización del adversario, así como de sus planteamientos, asumiendo la contingencia de nuestras preferencias políticas y morales y el hecho de que todas las opciones tienen derecho a participar en el diálogo y la negociación. Aunque incomode a muchos, ninguna Constitución ha descendido del Cielo y ningún modelo político o económico impera por mandato divino, ni fue generado por un conocimiento metafísico insondable. No debemos, de ninguna manera, menospreciar la importancia de los sentimientos de marginación e injusticia que se encuentran detrás de las movilizaciones sociales que vienen ocurriendo en nuestras regiones y pretender que todo es el resultado de la acción de agitadores profesionales y operadores foráneos. Frente a una clase política, que se muestra una y otra vez como ciega, incapaz y corrupta, nos corresponde a todos los ciudadanos del Perú participar activamente en la discusión y búsquedas de consensos. Terminaré esta nota sobre los sentimientos en política citando una vez más a César Luna Victoria: “Eso es lo que nos trae el Año Nuevo. No es malo en sí. Nos hará mejores si sabemos acercarnos. Que sea realmente un feliz año.”      

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Ciencias Políticas, movilizaciones

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