[Migrante al paso] Poco se habla de los que pasamos a ser adultos durante la pandemia. Tenía 25 años cuando empezó y 28 al terminar. Si bien ya era un adulto a los 25, por lo menos yo no sentía ningún peso de responsabilidad ni medía tanto las consecuencias. Estaba en un intermedio, un semi-adulto, por decirlo así. Me di cuenta de que este periodo confuso, letárgico y repleto de incertidumbre aplastó a muchos. Felizmente, cuento con la suerte de no haber pasado por las tragedias que ocurrieron en ese momento.

Si nos detenemos a evaluar lo que pasó, fue realmente impactante. No podíamos salir, y cuando lo tuvimos permitido, las calles estaban llenas de militares, todos con mascarillas, y se percibía el miedo. La gente se aisló por razones obvias, pero ¿qué consecuencias tuvo? Aún no lo tenemos claro.

Cuando terminó, no pasó mucho tiempo para que me embarcara rumbo a Buenos Aires, donde no conocía a nadie. Recuerdo que en el avión estaba asustado. No solo porque pasé abruptamente de estar en estado de emergencia y con limitaciones de movimiento a irme a otro país desconocido. No podía darme el lujo de un bajón o de sentirme mal; después de todo, ya había crecido, y entre tantas muertes y desgracias, mi caso era algo ligero. Sin embargo, una cosa es racionalizarlo y otra sentirlo.

En todo ese tiempo no había logrado entender por completo qué significa ser adulto y, actualmente, tampoco lo tengo muy claro. Veo por redes sociales a varios amigos y conocidos casándose, teniendo hijos y sentando cabeza, mientras la mía aún está dispersa. ¿Es eso ser adulto?, me suelo preguntar.

Francisco Tafur

Hoy, el sol me despertó junto al viento moviendo las hojas de los enormes árboles de Pedro de Osma. Me recogió un gran amigo para simplemente dar vueltas en carro por la Costa Verde. Armendáriz. Los tubos sobrantes de una obra que quedó a la mitad, por negligencias sospechosas, interrumpían la vista al mar. Tal vez el único lugar donde esta caótica ciudad se puede dar un respiro. Mientras nos liberábamos poco a poco del tráfico, se diluía la masa oscura que todos cargamos. Subestimamos lo que tenemos al lado, pero ¿qué sería de Lima sin ese fin tangible? Nuestro lugar termina; después del acantilado solo queda la inmensidad del océano. Es algo recurrente en nuestros sueños. No me considero alguien playero, pero suelo soñar con las olas, venciéndolas acompañado de una tripulación de amigos locos. Se ven las diferencias económicas notorias mientras sigues avanzando: desde grandes edificios hasta casas en ruinas. Todas compartiendo ese universo líquido que nos permite aspirar a algo. Somos nada pretendiendo ser algo. Ser adulto no significa otra cosa. Haber crecido a poca distancia del gran azul me permitió ser un soñador diurno, un cazador de deseos. ¿De verdad importa si logras algo o si haces algo con tu vida? Me parece que no. En este hermoso rincón de la ciudad sin alma, los juicios solo despiertan molestias. Este camino fue mi única constante durante la pandemia, el único testigo de mi adultez.

Sonaba Jarabe de Palo a todo volumen. No hablábamos. Solo avanzábamos. Cada respiro se hacía menos denso. Las reflexiones pasaban a la velocidad de las líneas de tránsito que cruzábamos. No necesito una cura para lo que soy. La vida pasa; cada vez los años son más cortos. Tengo 31 años, mi DNI es tal y mi pasaporte otro número. Así funcionamos, como un código de barras que acumula información. Pero no somos sólo números. No se contabilizan nuestros problemas ni injusticias. No podemos limitarnos a ser una pequeña programación de un gran diagrama. Mi único índice de adultez es que tengo que cumplir un rol para las generaciones por venir. Ahí está el verdadero rey, el verdadero objeto a proteger. No se encuentra sentado en un palacio ni en el directorio de una gran empresa, tampoco en quienes creen hacer una revolución desde sus cabezas. Nos movemos como el océano que sube y baja de marea. De lo contrario, eres un paria. Un irresponsable. Un loco.

En tan solo un par de horas se me desenredaron las emociones. Mantengo la luz prendida, una que me mantiene abrigado. Nunca la dejé de encender, ni cuando mis dígitos daban negativo. El hartazgo y empalagamiento que provoca nuestra realidad de cemento se te pega, donde toda estructura política se derrumba. ¿Cómo no entender el malestar? Somos una sociedad que necesita una vuelta con el mar al lado. Después de todo, los adultos somos eso: millones de ilusiones de individualidad que necesitan un respiro. Dimos la vuelta, y al llegar a La Herradura, mi mentalidad había dado un vuelco completo. El pesimismo que nos rodea en estas fiestas ya no regía mis ideas. Sentía mi temperatura subiendo y subiendo. Me iba a prender fuego, pero ya no necesitaba ayuda para apagar el incendio. Porque ahí estaba yo, en las propias brasas.

Al final, bailábamos y cantábamos mientras manejábamos. Fui sorprendido por mi propio paisaje. No lo sentía hace mucho. Después de tantos viajes, sentía que mi hogar me apagaba. Por mucha consciencia que tengamos, seguimos siendo animales que se desarrollan en un entorno. Y me bastó repetir estímulos anteriores para resurgir de una resaca que parecía no querer irse. Nosotros, los adultos, a mi parecer, solo tenemos que lograr una cosa: seguir aprendiendo y sorprendiéndonos, no creer que porque ya estamos supuestamente en la etapa final, el viaje terminó. No he vivido ni la mitad de mi vida. Por esa razón hoy me dejé llevar por la manía y pude expulsar todo bucle a carcajadas, riendo sin parar. Como un loco. Tal vez suena inmaduro, pero por más adulto que sea, aún me queda mucho por jugar.

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Costa Verde, Lima, Urbano

[Migrante al paso] De vuelta en Lima.

Mientras aumentan los viajes, las aventuras, los errores, los riesgos, las diferentes culturas y paisajes increíbles, mi propia ciudad cada vez se vuelve más ajena. Es un sentimiento del que no me enorgullezco; de hecho, llega a ser doloroso. Como todos esos héroes épicos que emprendieron su aventura y están instalados, cómodos y bien acomodados, en mi psique o alma. No suelo inclinarme por el reduccionismo académico, así que le llamo simplemente “ser”. En mi caso, siento que es una especie de oso; siempre me gustaron, y si algo tenemos en común es hibernar.

Camino entre mis calles barranquinas de madrugada. Toda la ciudad se ha vuelto borrosa, pero mi querido distrito tiene una barrera memorial que no me permite olvidarlo, y no quiero hacerlo nunca. Paso por la esquina donde salí volando en bicicleta cuando recién aprendía a frenar. Cruzo la calle donde, cuando era menor de edad, tuve que defenderme a los puños de una decena de policías abusivos; hasta ahora recuerdo el dolor que producen las porras de los oficiales. Borracheras en la plaza. En la bajada de baños, me siento en el mismo jardín donde me fumé mis primeros cigarros, ocultándome de mis padres. Despertarme para ir a almorzar a mi hogar familiar, donde la comida de siempre es reconfortante. Las cosas cambian y yo no logro hacerlo. Ver la ventana de mi abuela, luego de evitar que mi perro salga disparado, y no verla sentada viendo Netflix con algún dulce que invitarme, me genera una nostalgia incontrolable. Extraño esas navidades llenas de regalos, extraño a mi querido amigo que se encuentra en Londres, extraño a mi hermano que se mantiene resiliente como mi ejemplo a seguir, desarrollándose en la ciudad de los bravos, Nueva York. Muchos me ven como un hombre violento, descuidado, un caso perdido o un centro de expectativas; pero soy un humano más. De carne y hueso. Aquí me encuentro como Bilbo en la Comarca, ansioso de ver montañas nuevamente.

Francisco Tafur 

 Hiroshima.

La ciudad que vio al cielo prenderse en llamas. Un templo alejado de la ciudad. Entre montañas boscosas. Senderos de piedra con incontables estatuas de Buda. Grabadas en la misma piedra de la montaña o esculpidas y desperdigadas en los jardines, fuentes, riachuelos. Envueltas en el rosado de las hojas de sakura que se amontonaban en el suelo. Te cubres de paz y tranquilidad. Parte de mi locura es perseguir la paz sin creer en ella, pensaba. No somos más que nuestras contradicciones. Cruzando los puentes para atravesar numerosos riachuelos, subiendo el sendero te puedes refrescar con unas bandejas de bambú que se llenan constantemente por el sistema de agua artesanal. Mientras me echaba agua en la cabeza con otro bambú cortado, sentía que estaba alimentando mi espíritu samurái, que todos tenemos sin querer; es arquetípico. Estos templos, normalmente cuidados por generaciones de una misma familia, toman un rol divino en el folclore japonés. Mitaki Dera, desde el año 805.

Vi a una anciana que subía las escaleras, acompañada de sus hijos, que la ayudaban, y de un bastón en cada brazo. Estaban sonriendo. Avanzaban a paso lento. Pude ver la mirada de la señora: solo veía determinación en su cara arrugada. En este terreno surreal éramos los únicos; no notaron mi presencia. Después de una hora de descanso y contemplación, retomé la escalera de piedra para seguir encontrando áreas realmente bellas. Es algo único. Antes de llegar a la cima, me volví a encontrar a la familia; estaban arrodillados, con las palmas juntas y los ojos cerrados. Frente a ellos había un pequeño altar rústico. Si existen los momentos sublimes, este era uno de ellos.

Francisco Tafur

6 a. m. Aeropuerto Jorge Chávez, hace 10 días.

Tomé un taxi de las compañías que se encuentran antes de salir. Era un chato, panzón, que caminaba encorvado. Salimos del aeropuerto y veo en su ventana un sticker de la PNP.

—¿Eres policía? —le pregunté.

—Era, hace un par de años que ya no estoy en servicio —respondió.

A pesar de que era muy temprano, el tráfico y la bulla eran abrumadores. La neblina era densa, pero en cierta forma familiar y acogedora. Es un curioso cariño por mi caótico lugar. Nos cruzamos, entre las trochas que se tienen que usar para salir del embrollo de la avenida Faucett, con un patrullero que había detenido una camioneta. El policía estaba en la ventana del conductor.

—Ya se acercan fiestas, están sacando su beneficio —me lo decía como si estuviera orgulloso—. Así era, te ganabas unos buenos mangos en estas fechas.

—Yo, un poco asqueado, le dije: “¿Y qué tan seguido es eso?”, mientras dejaba mostrar mi inocencia.

—Cada vez más, así se gana, y los jóvenes son los peores —soltó una risa desagradable.

Qué lástima sentí. Si cuando el personaje de Vargas Llosa se pregunta sobre lo jodidos que estábamos, ahora estamos peor. No se me fue el disgusto hasta llegar a la Costa Verde y que la brisa me despejara un poco. El contraste con lo contado es también muy exigente; cuando hablamos de Japón, hablamos de otro mundo.

Desde ese momento, se podría decir que me he dedicado a dormir y escribir. La cotidianidad de mi propio lugar me dio un martillazo que me agitó. Como cuando a veces sientes que la vida te deja atrás. Todo eso es mentira; solo es mi propio cuerpo somatizando la lucha interna de crecer, cuando he sido un niño hasta la adultez. A veces se necesita descansar, y es mejor darle su tiempo. Ordenar tus pensamientos para no actuar prepotentemente. Este oso viajero que ya se acostumbró a la soledad anhela más calor del que estoy dando. Mi realidad y la colectiva están en conflicto, así que el tiempo tomado fue necesario. Después de todo, Bilbo volvió a ver montañas.

[Migrante al paso]  En mis primeros pasos como viajero, me ilusionaba pensando que las guerras mentales que todos luchamos desaparecerían con los nuevos paisajes y lugares. Pero esos asedios del pensamiento, al final, nos hacen quienes somos. Esos bombardeos de: “no eres suficiente”, “eres una carga”, “no has logrado nada”. Así somos, a veces hasta sentimos placer al autoflagelarnos mentalmente. Esto no se detiene moviéndote de lugar, pero sí te ayuda a tomar perspectiva y decirle: “¡Ya cállate, no te quiero escuchar ahora!” a esa voz persistente e incómoda. Caminando por Marrakech, entre monos, serpientes, calor y gente que se aglomera a tu alrededor por la posibilidad de vender lo que sea, llegué a la conclusión de que en este viaje había comprobado que mi mayor temor no era cierto. Un altercado, unas noches atrás en Fez, me demostró que, a pesar de mis carencias, soy una persona valiente. El altercado en sí no vale la pena ni mencionar. He tenido una vida con muchos errores, no me hago el pobre porque también he tenido aciertos, pero así es: te equivocas o aprendes. Caminando por el centro de Londres, viajando en el Shinkansen, en un vuelo de 13 horas desde Malasia, fumando en un coffee shop de Ámsterdam o esquiando en Bariloche, siempre aparecen estas ideas disruptivas, estés donde estés. Después de un mes viajando solo, por fin, me iba a encontrar con mis padres en Lisboa. Después del tedioso aeropuerto de Marruecos, llegué de madrugada a Portugal.

Francisco Tafur

Portugal, un país que me pareció extraño, pero me sorprendió en demasía. Para empezar, en mi lugar, el mismo nombre lo considero mi apellido más que un país. Es reconfortante encontrarte con tu familia en el extranjero. Había estado semanas sin hablar prácticamente, a veces hacía sonidos para escuchar mi propia voz. Ya me ha pasado en otros viajes. Aparte, por más que tenga 30 años, poder hacer estas aventuras con ellos es un lujo por el cual uno debería estar agradecido. El primer día nos despertamos a las 7 a. m., que para mí es de madrugada, pero la vehemencia de mi padre en los viajes lo hace armar un itinerario detallado. Es un experto viajero y, con el tiempo que tiene, le saca el jugo. Yo soy un poco más relajado, por no decir bastante. Este país es un destino turístico relativamente nuevo. Anteriormente, como nos mencionaron muchos guías, las personas lo dejaban de lado. Llegaban a Madrid y se iban a conocer el resto de Europa dejando la zona oeste de la península ibérica.

No le dicen la ciudad de las siete colinas gratuitamente. No puedes confiar del todo en Google Maps. Puede aparecer que tu destino está a 2 kilómetros, pero lo que no te avisa es que son en pendiente y abruptas. Si está lloviendo, es muy fácil resbalarse debido a que casi todas las veredas son de piedra caliza. Nos hospedábamos en la Avenida da Liberdade, la principal, llena de tiendas y hoteles de lujo. Desde la Plaza Restauradores nos adentramos hacia el barrio de la Baixa. Todo parece perfecto: los edificios mantienen una arquitectura antigua y sin romper en absoluto con el tono de la ciudad. Pero todo es relativamente nuevo debido al famoso terremoto de 1755. Supuestamente, tuvo una magnitud de 9.0 grados y duró 10 minutos; aparte, fue sucedido por un tsunami y un gran incendio. La ciudad se destruyó por completo; hubo aproximadamente 100 mil muertos. Como dato curioso, es en estos momentos que se comienza a indagar en la sismología por parte de un grupo de científicos. Por lo tanto, todo lo que está a la vista ha sido reconstruido. Debe haber sido espeluznante; aún se siente el trauma y el miedo a que vuelva a ocurrir. Obviamente, se tomaron las medidas necesarias para evitar catástrofes en la reconstrucción. Yo solo pensaba: “Por favor, que no ocurra mientras estoy acá”. Caminar en dirección al río Tajo, con vista a las ciudades del otro lado, que parecen islas a simple vista, te causa alegría. Tienes que cruzar la Plaza del Comercio, un espacio inmenso con la estatua del rey Juan I, siempre con una gaviota en la cabeza. En el malecón hay arena; en verano sería perfecto para ir por un chapuzón, está bastante cerca. Fue un momento para recordar, como viaje en familia.

 

Al igual que en toda capital, no te libras de ver un par de distractores, pero que al final son parte de la aventura. Caminando hacia una iglesia, en una esquina, se escucha un grito y se ve a un joven salir disparado: le habían robado a una señora. En la misma placita, una pelea entre dos vendedores inmigrantes, a los puños. He logrado desarrollar mi contemplación viajera, y estas cosas te permiten darte cuenta de cómo funcionan las cosas y cómo es el panorama de un mundo aún incompleto para mí. Por lo que encuentras de todo, hay joyas ocultas, siempre. La iglesia de Santo Domingo, única en su especie. Cuando entras, te metes en otro mundo, más allá de la religión. Sientes cómo han mantenido las paredes destruidas y quemadas por un incendio brutal. La devoción que se siente. Entramos durante la misa: sobre un terreno derrumbado y bello, a la vez, le da un vuelco a lo esperado. Diría que es de mis iglesias favoritas.

Aún hay mucho por contar, y lo haré en su momento, pero debo decir que mi mayor sorpresa fue la comida. Más que el fútbol, mi viejo y yo compartimos la pasión por la comida, y viajar con él es tener unos buenos días de comer rico. Para nosotros, peruanos, nos resulta difícil un genuino halago gastronómico en otro lugar. Esta vez sí lo es. Desde un restaurante en el pueblo de Nazaré, pasando por estrellas Michelin y lugares de comida casera. Todo es delicioso. El mejor fue Oficio, la última noche en Lisboa. Sudados por una trepada fuerte, el calor era insoportable. Los platos de ese restaurante son de lo mejor que he probado. Una delicia. Prometo contar más sobre este curioso país.

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Lisboa, Portugal

[Migrante al paso] Dicen que si puedes comer solo en un restaurante, puedes hacerlo todo. Eso es falso. He estado en esa situación en múltiples ocasiones y estoy lejos de lograrlo todo. Lo suelo hacer con frecuencia en mis viajes. Algunas señoras te miran con lástima, como si implicara que estoy solo en la vida. Otros te observan con curiosidad, lo cual tiene sentido. Comer es exponerse, es como dormir; si lo haces en soledad, te vulneras aún más. Al principio, resulta incómodo. Pero poco a poco aprendes a disfrutar de los sabores y del entorno completamente nuevo: en una ciudad desconocida, en una mesa nunca antes vista, frente a paisajes que van desde ríos hasta vestigios arqueológicos. Placeres turísticos. De hecho, la última vez tenía ante mí un anfiteatro romano mientras tomaba una Coca-Cola y esperaba mi chuletón, en su punto justo.

El Sole del Pimpi, un mítico restaurante de Málaga, fue el escenario de aquella comida. Esta ciudad logró robarse un poco de mi sorpresa. Pocas ciudades tienen ese encanto peculiar que te atrapa y te deja con una deuda simbólica, como si secuestraran una parte de ti hasta que vuelvas a visitarlas. Entre cada bocado, me perdía en la visión de las escalinatas que suben en círculos por un monte rocoso, coronado por la Alcazaba. La antigüedad impregna el lugar de un misticismo único. Me preguntaba cuántas generaciones han habitado ese mismo sitio. El anfiteatro fue construido en el siglo I antes de Cristo; lo más antiguo del fuerte andalusí data del siglo X. No es difícil imaginar historias mientras caminas por las angostas calles de esta ciudad, donde las paredes parecen cerrarse sobre ti.

A mediodía, al caminar por la calle Larios, la multitud de turistas parecía una estampida. Y eso que estaba en temporada baja; en pleno verano debe ser agobiante, con un calor abrasador. El cambio climático es innegable: estábamos 8 grados por encima de la temperatura habitual. Por insistencia de mi padre, fui a una heladería legendaria, abierta desde 1890. Como todo lugar con historia, se encuentra de todo.

Después me senté en los asientos milenarios del anfiteatro, cuya entrada es gratuita. Me quedé un buen rato pensando en cómo, en tiempos antiguos, las personas se entretenían viendo a dos hombres luchar hasta la muerte, con tigres acechando a los lados. Me pregunté cuánto ha cambiado realmente el morbo humano; a veces pienso que no mucho. En este anfiteatro no se permite pisar la arena. Sin embargo, en el Coliseo Romano lo hice cuando era niño. Cualquiera que haya visto Gladiador tiene una extraña obsesión con sentirse Máximus por un momento. Es algo universal. Además, el emblemático personaje era de esta región, de ahí su apodo “el español”.

Luego del anfiteatro, caminé hacia el puerto, que solo había visto al llegar en tren. Cruceros colosales descansaban junto al malecón, acompañados por enormes grúas para barcos comerciales. Al ser una ciudad portuaria, Málaga tiene una gran actividad, tanto positiva como negativa. A pesar de su tamaño relativamente pequeño, con medio millón de habitantes, las cosas pueden descontrolarse. Continué caminando por la bahía, y al alejarme del puerto, se extendía una playa interminable de arena. Quise entrar al agua, pero el mar Mediterráneo en esa época es helado. Mirando el mapa, entendí por qué esta ciudad es tan estratégica: está a pocos kilómetros del estrecho de Gibraltar, que conecta el Mediterráneo con el Atlántico.

Caminar solo por lugares desconocidos tiene un curioso placer. Puedes actuar sin vergüenza, moverte sin pensar en los demás, salvo que algo extraordinario ocurra, como un accidente. De hecho, me sucedió: una señora se desmayó por el calor, y junto a otros transeúntes la ayudamos hasta que llegó una ambulancia. El calentamiento global ya es evidente; las anomalías son tangibles, y negarlo resulta absurdo. Unas semanas después de mi visita a Andalucía, lluvias torrenciales azotaron la región, siendo Valencia la más afectada. En un solo día llovió el equivalente a un año, y las inundaciones fueron devastadoras. Estas tragedias serán cada vez más frecuentes mientras la temperatura global siga aumentando. Llevamos décadas siendo advertidos, pero las grandes potencias no parecen tomarlo en serio.

Ahí estaba yo, disfrutando de la deliciosa comida del sur español, en la ciudad natal de Pablo Picasso. Este genio rompió con el arte clásico y dejó un legado incalculable. En una esquina de la ciudad se encuentra el edificio donde vivió sus primeros años, ahora convertido en un museo que alberga algunas de sus obras, junto con exposiciones temporales que suelen valer la pena. Siempre descubres joyas artísticas inesperadas. Al despedirme de esas pinturas, sentí como si dejara atrás a un viejo amigo, sin saber si lo volveré a ver o recordaré con el tiempo.

Finalmente, tras varias escaleras y gotas de sudor, me adentré en el fuerte palaciego islámico, vestigio de los 900 años de influencia musulmana en la región. Llegué al patio de armas, un jardín con la típica fuente baja que caracteriza a la arquitectura árabe. Ese rincón es un portal al pasado. Desde allí, una terraza ofrece vistas de la ciudad, donde la Catedral de Málaga sobresale entre los edificios.

En este viaje por el sur de España visité cuatro ciudades, y no sabría elegir cuál me gustó más. Todas tienen su encanto y son ideales tanto para vivir como para pasar unos días. La gente es más tranquila que en Madrid o Barcelona, y la excelente conexión ferroviaria facilita desplazarse. Sin esperarlo, descubrí una de las regiones más fascinantes del mundo, una mezcla cultural encantadora. Como mencioné, debo volver para recuperar lo que esta ciudad tomó prestado de mi identidad.

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Andalucía, España, Málaga

[Migrante al paso] Son los verdaderos vigilantes de la ciudad. Nada se les pasa y todo lo saben. Normalmente de amarillo, transcurren las calles, distritos, avenidas y carreteras. 24, 7. Día tras día conversando con extranjeros, trabajadores, estudiantes, de todos los tipos de ciudadano posible. Conviven con eso. 

Desaguadero. Frontera de Perú con Bolivia. Después de cruzar lo que parecía un trámite escolar, me subo a un taxi camino a Tiahuanaco. Era una van y el camino largo. Me quedé dormido acurrucado en la fila trasera. Era un señor que no hablaba mucho. Cada cierto tiempo contestaba una llamada y hablaba en aimara. Lo escuchaba entre cabezadas. 

El impacto de la puerta corrediza me despertó sobresaltado. Un joven militar con expresión severa entró en la camioneta y me pidió el comprobante que me habían entregado en migraciones. Era un recibo cualquiera, similar a los boletos que te dan al subir a una combi. Se lo entregué y nos permitieron continuar. Aun así, me intimidó la enorme ametralladora que llevaba colgada del cuello, a la altura de la cintura.

—¡Déjenlos pasar! —gritaron.

Seguimos avanzando, y le pregunté al conductor:

—¿Esto pasa siempre?

—Sí, hombre. Estamos cerca de Desaguadero, por aquí circula de todo —respondió, riendo mientras hablaba.

—Sí, me lo imagino. ¿Cuánto falta para llegar a Tiawanaku?

—Unos 30 o 40 minutos —respondió con tranquilidad.

—¿Cree que me podría esperar?

—Sí, claro, no hay problema. Lo espero y lo regreso. Ahí vamos conversando.

No volvimos a hablar hasta que terminé la visita. Observé la Puerta del Sol, permanecí un buen rato allí, y luego regresé directo a la camioneta, donde el señor ya me estaba esperando.

—Disculpe, ¿de aquí a Fitz Roy?

—Está cerca, como a 20 minutos —respondió

Definitivamente, esa experiencia fue la más extraña que he vivido como cliente de taxi. En Argentina ya los tenía bien identificados. Hay de todo tipo: el que escucha cumbia villera a todo volumen y sólo habla de fútbol, el que siempre tiene prisa, o el que se la pasa renegando de todo. Pero, de vez en cuando, te encuentras con un conductor que parece mitad historiador y mitad erudito. Es genial cuando eso ocurre.

Y bueno, siendo Buenos Aires, también he tenido experiencias desagradables. Una vez me arrebataron el teléfono por la ventana mientras iba en un taxi. Pero es lo común, aparentemente algo que sucede con frecuencia.

—¿De dónde sós? —me pregunta al verme con maletas, justo después de recogerme en el Aeroparque.

—De Lima, Perú —respondo, siempre teniendo que especificar porque, siendo honesto, casi nadie en el mundo sabe dónde queda Perú, y mucho menos Lima.

—Países hermanos —me dice—. Jamás vamos a olvidar lo que hicieron por nosotros en las Malvinas. A diferencia de los chilenos.

Muchas veces me dijeron lo mismo cuando viví en Argentina. El odio hacia Chile es muy grande. Aparentemente, son rencorosos y no les perdonan haber dado acceso terrestre al continente para la infantería inglesa. Uno que otro taxista me contó que, si se subía un chileno a su taxi, o le cobraba más, o directamente le decía que no lo iba a llevar.

—Ah, qué raro. Vos parecés español —agrega.

En todos lados me dicen lo mismo. Al comienzo me molestaba, ahora lo dejo pasar. Menos en Perú; si en mi propio país no me creen, prefiero no responder de mala manera.

—¿Sabés por qué Fitz Roy? —me pregunta de repente—. Fue el capitán del famoso Beagle, el barco en el que viajó Charles Darwin para sus investigaciones.

—¿Y qué tiene que ver con Argentina? —le pregunto, curioso.

—La verdad, nada —responde riendo.

Pasamos por Palermo, seguimos por Arenales, girando en la esquina, a la izquierda de Key Biscayne. Ahora estamos en la avenida Brickell, en Miami.

Francisco Tafur 

Allí, la mayoría son latinos como yo. Más gente habla castellano que inglés. Pero no es como encontrar a un latino en otra parte del mundo, donde se vuelve casi tu hermano. Aquí es casi tu enemigo. Todos con el mismo discurso, con la maldición gringa de olvidarse de sus raíces.

—¿Hace cuánto vives acá? —le pregunto al conductor, un cubano que manejaba.

—Ya como 10 años —responde—. Hace 5 me traje a mi familia.

—Qué bien. ¿Y por quién vas a votar?

—Por Trump, por supuesto —me dice, orgulloso.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque la economía va a mejorar y vamos a tener más oportunidades —responde, con la típica frase de manual de alguien con el cerebro lavado.

—¿Y qué hay de los inmigrantes? —le digo, un poco molesto.

—Ya no es lo mismo. Los nuevos que vienen no son como los que migramos antes. Ya no trabajan y le hacen mal a la economía. ¿Me entendés?

—La verdad que no —le respondo, prefiriendo no entrar en una discusión—. Mejor sigamos el camino en silencio. Gracias.

Más de una vez he tenido que responder así porque escuchar tantas idioteces seguidas me da ganas de pegarle a alguien. Prefiero ponerme los audífonos y desconectarme.

De niños, mi hermano y yo viajamos a Egipto con nuestros tíos y, debido a un larguísimo atraso en los vuelos, visitamos lugares poco concurridos. En el hotel nos escribieron el nombre del destino en árabe; aún no existían los smartphones como para guiarnos por nuestra cuenta. El destino era la Pirámide Acodada. Llegamos, pero con mil imprevistos. El conductor no sabía inglés y tampoco sabía leer en árabe. Solo teníamos el papelito. Después de horas dando vueltas, encontramos un instituto de inglés, donde paramos, y ahí pudieron explicarle al viejo señor.

Recién llegado a Barcelona, tomo un taxi en el aeropuerto. No paraba de insistirme por la dirección mientras la buscaba en el celular. La hostilidad hacia los turistas en esta ciudad es grave, pero puedes usarla para divertirte. Me demoré más de la cuenta, solo para molestarlo.

—Señor, a la calle Casañas 4, a un lado de La Rambla —le dije, mirándolo por el espejo retrovisor.

—¿Es en Barcelona? —me pregunta.

—Obvio, no va a ser en París —le respondo sarcásticamente. Se molestó y no hablamos en todo el camino. Yo, por dentro, muerto de risa.

Viajar en metro y transporte público es clave para conocer una ciudad, no sólo por la movilidad. También es una aproximación a cómo funciona sistemáticamente la ciudad donde estás. Conversando con taxistas, te enteras de temas sociopolíticos, desde ideologías predominantes hasta caprichos ciudadanos en diferentes culturas. Es cierto que es el medio más caro para moverse, pero a veces es necesario. De paso, te enteras de cosas que jamás hubieras escuchado.

Gracias a todos los taxistas. En cuanto a mi país, espero que todos los extorsionadores malditos terminen presos o algo peor, no me molestaria. Se meten con quienes viven al día, entre ellos el sistema de transporte, y no tienen cómo responder. Es una mafia cobarde que debe ser erradicada de raíz y de manera drástica. Cualquier efectivo policial o político vinculado debería ser considerado un traidor.

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ciudades, taxis

[Migrante al paso] Una verdad lamentable

Desaparecí. Me esfumé de sus vidas como si nunca hubiera formado parte de ellas. Después de dos meses en Canadá, viviendo en la casa de unas personas junto con otro joven, mi despedida fue abrupta. Nunca supe qué fue de sus existencias. No sé si siguen vivos. Ellos tampoco saben si yo lo estoy. Me trataron como uno más de su grupo y yo les devolví el mismo afecto. Me acompañaron al aeropuerto y, antes de verles los rostros por última vez, me dieron un pequeño marco de madera con una fotografía en la que aparecíamos todos juntos. Nunca supe por qué, pero lo boté en el primer basurero que encontré al cruzar Migraciones. Ya había cumplido mi etapa en ese lugar y quería olvidarlo. Sin embargo, fui cobarde y respondí a su bondad con una frialdad propia del país que dejaba atrás. Ya no es momento de arrepentirme, pero ahora, tal vez, me hubiera gustado actuar de otra manera. Tenía solo 17 años y pensaba que el mundo estaba a mis pies. En realidad, yo estaba siendo pisoteado por el mundo.

Lo mismo me ha ocurrido a lo largo de mi breve vida. A mis amigos de la promoción los dejé de ver. Les sigo teniendo aprecio, pero han pasado años desde que vi sus caras. Viví en Argentina más de dos años y no hice ningún amigo cercano. Tengo seis o siete amigos que considero mi familia, y con eso me basta. Creo en lo que dice Aristóteles: “Un amigo de todos es amigo de nadie”. No sé si esto le ocurre a todos, pero por ahora puedo vivir tranquilo de esa manera. Narro estas experiencias porque me preocupa el futuro de la amistad en las nuevas generaciones. Hace poco leí una noticia sobre un niño que se quitó la vida debido a un amigo virtual desarrollado por una inteligencia artificial. Existen más de una decena de estas aplicaciones y, sin ánimo de sonar como un viejo amargado, ¿qué valores y empatía se pueden desarrollar por medio de estas plataformas? El mundo está patas arriba, y no es culpa de los pequeños; es culpa nuestra. De nosotros, los adultos, que no sabemos qué hacer al respecto. También de una educación desfasada que, en mi opinión, ya no sirve para nada. Ninguna escuela se salva de profesores depredadores, ninguna comunidad religiosa tampoco y, peor aún, muchas familias tampoco se libran. La coyuntura sociopolítica está embruteciendo a quienes deberían estar a cargo de los niños por no poder controlar su propio odio o sus sueños frustrados. Ser madre o padre no es ningún mérito si no cumples tu rol como se debe. Si no vas a hacerte cargo o vas a descuidar a tus hijos, mejor no los tengas y sométete a una vasectomía o algo similar.

Es culpa de los padres que ocurran hechos como aquel trágico suicidio de un niño de 14 años en California. Si la excusa es que no conocían los riesgos, debieron investigar, debieron preocuparse. Ya todos sabemos que las épocas de pichangas callejeras y bicicletas amontonadas en jardines quedaron atrás. Antes se temían secuestros o robos; ahora el peligro está en los hogares. Y para todos los adultos, profesores, padres, psicólogos y demás que pierden los papeles con niños, son unos fracasados que no sirven para nada. La amistad es esencial para la vida, y pobres de aquellos que no la tienen. Cuando estaba en primero o segundo de primaria, viví una experiencia que me marcó tanto que hasta recuerdo a los personajes con nombre y apellido, que no vale la pena mencionar.

Francisco Tafur

Hora de salida del colegio. Mi grupo de amigos nos acercamos al pobre chico que había estado todo el día callado. “Vamos a jugar”, le dijimos entusiasmados. Su respuesta nos dejó pasmados:

—Ya no puedo ser amigo de ustedes; mi padre me lo ha prohibido —nos contestó cabizbajo.

El energúmeno del padre estaba al costado.

—¿Por qué le has dicho eso? —le pregunté a quien me llevaba 100 kilos.

—Por culpa de ustedes, mi hijo no va a poder ser nadie —dijo enfrentándose, a un niño de 10 años.

Yo era pequeño, pero tenía el ego maradoniano. Lo miré fijamente a los ojos, como me habían enseñado en el karate. Tenía los ojos rojos de ira; de ser posible, lo habría golpeado. Ese viejo calvo, panzón, sin barba y con tatuajes me hizo darme cuenta de que existe gente miserable en el mundo. Eso es lo que puede hacer una adultez sin sabiduría. En mi cabeza lo comparaba con mis padres, y este señor parecía un insecto musgoso a su lado. Lo único que supe de mi viejo amigo fue que se hundió en las drogas y pasó de un centro de rehabilitación a otro.

En otra ocasión, fui con dos amigos y sus padres a correr olas, y tuvimos que regresar temprano porque iba a ir a la ópera con mi familia.

—¿Qué es eso? —le preguntó uno de ellos a su padre.

—No tienes ni por qué saber; nunca vas a ir —le dijo, orgulloso de su ignorancia. Todos rieron menos yo. Igual, ¿qué podía esperar de un viejo surfer que tenía más agua salada que neuronas? A mí no me afectó porque, como dije anteriormente, tengo el ego alto.

Actualmente, está de moda el dicho de que tienes que matar al ego porque es tu enemigo. Nunca he escuchado nada más falso. Yo he superado todas las situaciones difíciles gracias a eso. No sé si quieren convertir a la humanidad en un mundo de vegetales, de gente sin ambición y sin sueños. Es ridículo. La educación del hogar, al igual que la institucional, está en deterioro desde que yo era sólo un niño, y lo peor es que parecen aceptarlo con aplausos.

Francisco Tafur

Ahora les contaré lo que para mí significa ser padre, aunque no lo soy. Tenía como 11 años, y en el centro comercial Caminos del Inca había un lugar para jugar cartas de Pokémon y Magic. Mi padre nos dejó una hora allí mientras hacía compras. Éramos cuatro: mi hermano, su mejor amigo, mi mejor amigo y yo. Como travesura, le robé una carta a un grandulón e intenté escapar. Me atraparon y recibí una reprimenda fuerte de parte de este barbudo que jugaba cartas para niños. Me vetaron del local como si fuera un delincuente.

Pasó media hora y llegó mi padre. Se dio cuenta, ya que somos parecidos y siempre tuvo la capacidad de notar cuando algo me había ocurrido. Caminamos al estacionamiento, subimos al carro, y mi padre levantó la voz exigiendo que explicáramos qué había pasado. Mi gran amigo José le contó porque tampoco estaba satisfecho con lo sucedido. Recibí el castigo que ameritaba, pero eso no fue todo. Nos dijo que esperáramos en el auto y llevó a mi hermano con él. En esa época, mi padre aún era joven, con una fuerza de temer, la voz imponente, más de un metro ochenta, y el tamaño de sus manos parecía el de un gorila. Armó un escándalo para proteger la dignidad de su hijo, yo. Amedrentó a todos los que estaban en el local, y cuando señalaron al que me había insultado, se lo comió vivo. Claramente, muerto de miedo, pidió disculpas; de lo contrario, el pobre barbudo habría quedado hecho leña. Yo me sentí orgulloso de quien era mi padre y supe que siempre podía contar con él.

Nuestro país es un territorio minado para los infantes. A diario se reportan aproximadamente 34 casos de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes. Lo más aterrador de esta cifra, que de por sí ya es espeluznante, es que siete de cada diez casos son perpetrados por familiares o personas cercanas. No somos un país en dictadura, no somos un país comunista, no somos un lugar donde se come bien, no somos el país de Machu Picchu. Somos un país de violadores, asesinos y extorsionadores. Esa es la verdad. Mientras los pequeños sufren las consecuencias, los adultos irresponsables actúan cobardemente. “Mírenme, soy de izquierda, soy mejor”. “Mírenme, soy de derecha, soy mejor”. Tres días de clases virtuales, ¡ay, qué escándalo! Les recomiendo a todos los adultos peruanos que dejen de lloriquear y actúen frente al verdadero problema, que es la situación de los niños. En ellos se encuentra el futuro. No en gente que se pelea por su orientación política; sinceramente, son unos payasos. Como ya lo he dicho antes: un adulto que no protege a sus menores no es más que un fracasado.

[Migrante al paso] No lo recuerdo muy bien. Tenía 8 años, pero si está en mi memoria que fue un día de conmoción mundial y el rostro del terrorista quedó marcado para siempre en casi la totalidad de mentes en el mundo. Osama Bin Laden era el nuevo monstruo de la humanidad, el nuevo generador de disturbios y alterador de la paz. Con toda razón, ese atentado generó un trauma insuperable. La imagen que tenemos todos es el de este hombre barbudo, con mirada apagada y un turbante. El mayor terrorista del siglo era musulmán y lamentablemente muchos cayeron es esa peligrosa asociación. Es una lástima porque se creó un prejuicio hacia una religión que nada tiene que ver con los actos de grupos fundamentalistas que utilizan los escritos sagrados como excusa para cometer atrocidades. Esto le afecta a un gran porcentaje de la población porque sin querer se les atribuye un carácter extremadamente negativo. Es totalmente mentira. Las barbaridades que escuchamos de medio oriente suceden en cualquier lugar del mundo donde el fundamentalismo se ha incrustado. Tampoco es necesaria esa base, basta con mirar en la Iglesia de tu barrio para encontrar pedófilos en serie. Por lo tanto, debatir entre si una religión es mejor que otra no tiene sentido. 

Era de madrugada, solo quedábamos unos cuantos guías y yo. Conversando en inglés masticado debajo de un sinfín de estrellas. Solo nos abrigaban las brasas de una fogata. Yo seguía tomando vino y ellos solo miraban. Alegre, así se llamaba uno de los jóvenes, me hacía bromas, decía que parecía de 45 años. Yo le respondía con la misma gracia. Hablaba 5 idiomas y los aprendió sin estudios. En la mayoría de los países de occidente, bastaría con eso para conseguir un muy buen trabajo. Es extraño encontrar gente con esa inteligencia, cruda y sin pulir. El joven Alegre se sentaba erguido, bromeaba y se reía a carcajadas. Cada cierto tiempo levantaba la cabeza para mirar las estrellas por unos minutos, parecía estar buscando más, intentando descifrar misterios en su cabeza. Después de tantos viajes he visto infinitas miradas, algunas mantienen su particularidad y otras ya se camuflaron con el resto. Miradas perdidas, miradas hambrientas, miradas audaces, miradas que ya no soportan más. En la mitad de la nada, en el desierto del Sahara, la luz del fuego iluminaba una mirada de ojos negros con ambición de conocimiento y mundo. Yo me preguntaba cuánta gente talentosa existe y queda en el olvido como un grano de arena en el enorme desierto en el que me encontraba. 

Les ofrecí un poco de vino y todos se negaron. Alegre no respondió. Me contaron que por religión no tomaban. Incluso, si compran alcohol pueden meterlos presos. Me dijeron que igual en Marruecos se puede solucionar con dinero por lo bajo, me acordé de Lima. Ambos son países corruptos hasta la médula y los sistemas policiales son de las primeras en caer. 

—¿Cómo nos ves?  —me preguntaron

—Bien ¿a qué te refieres?

—A los marroquís —me miraban en silencio

—La verdad que como a cualquier otra persona. No discrimino por religión o país —les dije sin profundizar.

—¿De dónde eres?

—De Lima, Perú

—¿Dónde queda eso? —me dijeron un poco avergonzados

—Sudamérica, idiotas —les respondió Alegre —¡No han escuchado Machu Picchu! 

—Con razón —asintieron

La mayoría de los europeos los ven como menos, debido a las olas migratorias. Actualmente, Europa es un caos ideológico y los que terminan perdiendo siempre son los migrantes que escapan de sus países por mayores oportunidades. Eso me dijeron. Decían que había turistas que los hacían sentir como un dromedario más, pero que no podían hacer nada porque es su trabajo. Me sorprendió que los mismos problemas ocurren en todos los países subdesarrollados. Siempre existe esta opresión tácita y permanente.  Este problema se está volviendo cada vez más serio. Hay incluso gobernantes que advierten del islam como si supusiera peligro. Ese es el caso de los Países Bajos. Al parecer ese tipejo de pelo blanco sabe tan poco de la vida como de peinarse, e igual de retrógrados son sus votantes. La política pone la idiotez a flor de piel, como el caso de inmigrantes que votaron por Trump hace pocos días en Estados Unidos.

Francisco Tafur

Después de un rato, Alegre se sirvió una copa y le dio unos sorbos. Luego sacó una botella de vidrio pequeña de entre su ropaje. Me ofreció, probé, no sabía que era, pero parecía alcohol puro. Entendí que las diferencias culturales y geopolíticas solo son características superficiales y no esenciales para ser humano. Les pregunté por la pandemia. Muchos se volvieron locos me dijeron. Uno de ellos comenzó a armar un cigarro con hachís, el ambiente había cambiado. Ya no era un cliente hablando con los guías. Todos con turbante, yo incluido, alrededor del fuego, bajo la misma noche, con los pies descalzos en la arena fría. Un ateo disfrutando entre musulmanes. Uno cree que todos siguen al pie de la letra las prácticas, pero es igual que cualquier otra religión. Existe el que es del Opus Dei y el que no cree en la iglesia.  Ahí es igual, no todos rezan 5 veces al día. 

Una respiración grave y retumbante interrumpió la conversación, no sabíamos si era un viejo roncando en su carpa o un camello se había despertado.

—Así ronca mi viejo —les digo.

—Así ronca mi esposa —dice una voz desde la oscuridad, uno ya se había dormido, pero se despertó para decir eso. 

Explotamos de risa, se burlaban de él y hasta le tiraron arena. 

Mientras rotaba el cigarro recién armado, ronda tras ronda, las risas aumentaban y las anécdotas se volvían más personales. Contaron del viejo que se volvió loco mientras estaban en cuarentena por la pandemia. Gritaba por la ventana que El Mahdi estaba en camino (es el mesías en el Islam), y que iba a matar a todos porque no eran verdaderos musulmanes. Antes era un profesor correcto. Leer muchos libros antiguos te puede enloquecer si los interpretas de manera incorrecta me dijo Alegre. Con todas las religiones pasa lo mismo, es la obsesión agregó. Me contaban que muchos compartían casa y recordé cómo un amigo mío se quedó en mi casa durante ese periodo. Se los conté, agregando que mi madre decía que donde comen 4 comen 5. Sonaron los 4 celulares al mismo tiempo. Pensaba que era su alarma, pero era una aplicación que les indicaba las horas para rezar. Todos se fueron, pero Alegre se quedó atrás. 

—Te escuché, tienes una buena familia. Mi madre nos decía lo mismo. ¿Estás agradecido? —pregunta con curiosidad.

—Si

—¿De qué?

—De que puedo viajar, caminar, que estoy saludable y fuerte. Sobre todo, que mis padres están sanos y me dan fuerza. Que tengo un hermano protector. Una abuela de 90 años que me sigue calmando y unos tíos que me empujan hacia adelante. Estoy rodeado de gente buena y nací con el beneficio de que nunca me faltará algo de comer. —yo, con el hachís en la cabeza

—¿A quién le agradeces? —se río

No supe qué responder.

—Así como eres ya eres más musulmán que varios -me dijo mientras se despedía.

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[Migrante al paso] Eran las dos de la mañana. No sabía nada del lugar, ni el idioma y me quedaba poca batería. Todo estaba oscuro y más que una plaza parecía un descampado. Se veía la Giralda a lo lejos. Algunos locales me hablaban, pero no entendía nada. Motos por todos lados. Casi me atropellan un par de veces. Yo solo, con mi maleta y mochila. Las calles angostas y sucias te dan la impresión de que estás en mitad de la nada. Es el barrio de Medina en Marrakech.

Encontré el lugar. Después de un par de cigarros y de tocar el timbre y la puerta varias veces recién me abrieron. Era un riad, es un tipo de casa caracterizado por tener un patio interior. Solían ser viviendas de gente adinerada, pero actualmente funcionan como pequeños hospedajes. Los cuartos son pequeños y los pasillos son chatos. Nunca entendí por qué, ya que, por lo menos en Marruecos, las personas son bastante altas. No dormí nada, el tour de tres días hacia el desierto de Merzouga comenzaba a las 7 de la mañana y terminé de instalarme a las 3 am. 

Normalmente, no me gusta ir en tours con grupos. No soy muy sociable y me incomoda estar mucho rato con gente desconocida, pero esta vez me hice amigos de todos. Por alguna razón, siempre que me encuentro a otro grupo o persona de Latinoamérica me da tranquilidad, sobre todo si es de México. Pedían en todos lados ají o salsa picante, así que me unía a ellos en todas las comidas. Al terminar el tour, todos se despidieron de mí de manera cariñosa y me sentí bien. La gente introvertida no es rara, simplemente nos da un poco de ansiedad al socializar, pero no es que no nos guste o los demás nos caigan mal. Normalmente, cuando nos sentimos cómodos hasta llegamos a hablar más de la cuenta. 

Después de tres días estuve una noche en la ciudad de Fez y de ahí regresé a Marrakech. Estuve de nuevo en la plaza, pero esta vez parecía un lugar completamente distinto. Miles de puestos de comida y tiendas. Gente con unos pobres monos encadenados para que la gente se tome fotos. Serpientes que salían de sus canastas supuestamente bailando al ritmo de unas flautas, pero es mentira, se ponen así porque están a la defensiva. Es agradable, pero hasta cierto punto. Hay distintos tipos de turistas, y yo soy uno que le cuesta disfrutar cuando está rodeado de tanta pobreza y miseria. Es un lugar precioso, pero donde voltees ves algo que no te agrada, desde niños hambrientos hasta animales mal tratados. Está claro que es un país que no funciona bien. Entre todo el caos se esconden muchas cosas que estoy seguro de que ningún turista, yo incluido, quiere ver. Vivo en Lima, nací y crecí ahí, aun así, nunca había visto tanto desorden. 

Francisco Tafur 

Después de varias horas en el carro, paramos en el Ksar de Ait Ben Hadu, una ciudad fortificada donde actualmente solo viven menos de 10 familias, la mayoría de gente vive en la nueva ciudad al otro lado del rio. Lo único que pregunté fue por qué la ciudad no había crecido más al encontrarse al costado de un rio y la respuesta fue que éste es salado debido a varias minas a lo largo de todo el rio. Parece sacado de una película, construido a un lado de una colina de piedra, los edificios se camuflan con la arena del desierto. Rodeado por palmeras de dátiles, las torres angulares y viviendas crecen de manera compacta. Construida con ladrillos de arcilla, albergó numerosos puestos comerciales ya que era un punto estratégico en la ruta que unía a la antigua Sudán con Marrakech. Efectivamente, se han grabado múltiples películas en ese lugar como Gladiador, Babel y otras más antiguas como Lawrence de Arabia y La joya del Nilo, la última construyó ahí mismo un portal gigante, todavía sigue a la vista. 

El cambio de paisaje cuando llegas al desierto es abrupto. Repentinamente la geografía rocosa cambia por un mar de arena rojiza que parece extenderse hasta el infinito. Sería imposible adentrarte en él sin perderte. No hay ningún punto de referencia salvo el sol calcinante y las estrellas en una noche helada, si es que sabes guiarte por ellas. Merzouga es un pueblo pequeño que se encuentra comenzando el desierto del Sahara que se expande por todo el norte de África, estábamos a un poco más de 50 kilómetros de la frontera con Argelia.

Francisco Tafur 

Entramos con cuatrimoto en el atardecer. Fue increíble. De un momento a otro te olvidas de cualquier problema. Estas en mitad de la nada, te puede pasar lo que sea y va a ser casi imposible que te encuentren. Anocheció y prendieron una fogata y comenzaron a tocar tambores y cantar alrededor. Me quedé hasta la madrugada conversando con los guías y me uní a sus juegos raros. De las brasas que quedaban cogían un pedazo de carbón hirviendo y se lo pasaban de mano en mano, perdía el que se quemaba, como se darán cuenta no hay mucho que hacer para entretenerse ahí. A pesar de todo estaban felices, si mirabas al cielo te quedabas anonadado por la cantidad de estrellas, podías ver claramente en la noche y ellos estaban ahí todos los días. 

Regresamos al día siguiente en camello, ya me había subido a uno antes, así que sabía cómo funcionaba, pero no deja de ser sorprendente. Son enormes y siempre me darán algo de miedo porque estás como a tres metros del suelo y tienen un movimiento tambaleante. Al bajar las dunas sientes que te vas a caer hacia adelante. Aprendí muchas cosas y eliminé algunos prejuicios que tenía sin darme cuenta. Regresaría en algún momento. Tal vez, más viejo y con más plata para evitar algunas incomodidades. Una crónica queda corta para describir todo lo que vi y lo que aprendí de esa cultura, cercana históricamente y distinta totalmente a otras que haya conocido en cuanto a prácticas culturales.  

[Migrante al paso] Llegué sudando después de correr como veinte minutos hasta llegar a la cima donde se encuentra la Alhambra de Granada. Es un complejo enorme que incluye palacios antiguos, jardines y la alcazaba, una fortaleza. Ahí vivía el emir y su corte durante el Emirato de Granada, también conocido como Reino Nazarí. Caminando entre los jardines y piletas bajas te quedas maravillado, se puede ver toda la ciudad desde lo alto. Ya conocía la historia sobre la última sultana de esta ciudad ya que lleva el mismo nombre que mi madre, abuela y continúa hasta no sé cuánto tiempo atrás, pero no sabía que iba a llegar a sus recintos dentro de la Alhambra. Ahí vivía el sultán Boabdil junto a su esposa Morayma. Los cronistas de la época la describen como una mujer hermosa que lastimosamente andaba usualmente cubierta hasta el rostro. Cada vez que la mencionaban me daba risa porque pensaba en mi abuela. No sé cómo llegó el nombre a mi familia, pero tal vez somos sus descendientes, quién sabe.

Este sultán quedo grabado en la historia como un cobarde por rendirse ante los reyes católicos y cederles la ciudad, pero la verdad es que no teníaotra opción. De lo contrario toda su familia y pueblo habrían sido asesinados. Según la leyenda fue desterrado y sólo volvió una vez para visitar la tumba de su madre que en teoría le reprochó haberse rendido. Caminaba acompañado del guía que nos explicaba cómo si comes las futas de granada que adornan los jardines te ponen una multa, para luego de un rato ver a una señora disfrutando tranquilamente de una de ellas sentada a un costado. Muchos creen que el nombre de la ciudad es debido a la fruta, pero en realidad proviene del nombre de la antigua medina Garnata o Gar Anat.

Francisco Tafur

La ciudad es hermosa y juvenil, ya que es una ciudad universitaria. Podría vivir tranquilo en esta ciudad, que no es muy grande, pero tiene todo. Caminando por las calles angostas y empinadas del Albaicín, un barrio situado en una colina cerca de la Alhambra me arrepentía de cada cigarro que me había fumado en el viaje. Es un barrio distinto al centro de la ciudad, no hay edificios altos y todas las estructuras se asemejan. Te puedes perder un buen rato ahí, descansando entre monumentos y mansiones que tienen siglos de antigüedad. Portones, iglesias y palacios te sorprenden en cada esquina. Dentro de este barrio se encuentra la zona de Sacromonte, donde todas las casas son blancas, y leyendas de la época de la reconquista abundan. Yo me sentía un explorador de tesoros cuando caminaba por ahí. Muchos pasaron por ahí en búsqueda de tesoros escondidos debido a la leyenda de que cuando los árabes fueron exiliados, los nobles enterraron entre los olivos joyas y otros lujos. Ninguno fue encontrado.

Todo Andalucía está bañado de esta magia, desde caminos romanos subterráneos a monumentos perdidos debajo de construcciones modernas. Yo imaginaba encontrarme algún diamante o madera tallada para sustentar viajes futuros. Con cada ciudad y país nuevo que conozco, encuentro al ser humano cada vez más sorprendente. Distintas formas de vivir, lenguajes que configuran creencias y habilidades distintas. Mi única decepción es que lo excepcional solo se encuentra en algunos. Vulnerarse al peligro por orgullo, honor y valores no son necesarios para sobrevivir y solo algunos están dispuestos a hacerlo para poder dormir de manera digna. Somos una especie tan grandiosa como corrompible. Algo que encuentro en común es que los limites se rompen gracias a la curiosidad, y de ahí nace mi ímpetu por viajar. Mi único miedo es regresar a mi lugar y quedarme atrapado por mis circunstancias como el viejo Bilbo en la comarca, ansioso de ver montañas. Envejecer sin llenarme de historias para contarle a mis futuros sobrinos. No poder ser el tío loco que diótodo de sí para sentirse libre. En mi caso, esta es la única manera de vivir, con deseos de volar hasta quemarme las alas. Sólo así puedo respirar tranquilo, sólo así podré morir sonriendo cuando mis huesos y músculos colapsen.

Francisco Tafur

En el tren de Córdoba a Granada vi un castillo en la cima de un monte. Apenas mi mirada se fijó en aquella colina ya sabía que iba a ser suelo para mis pies. No lo tenía planeado, pero lo esporádico es lo más lindo de las aventuras. Tomé un bus desde Granada hacia el pueblo de Almodóvar. La estación del castillo estaba cerrada por una carrera de autos,así que me dejaron en la carretera al inicio del pueblo que continuaba cuesta arriba. Nuevamente poniendo a prueba mi resistencia física, felizmente comenzó a llover así que pude subir refrescándome.

Llegué a las afueras del castillo inicialmente construido por los árabes en el siglo VIII, para luego ir siendo reconstruido. Sentía que estaba en un cuento o novela fantástica. Solo te dejan entrar a los techos y a las partes exteriores. Podía imaginarme ejércitos gritando mientras trepaban la colina para tomar el castillo. Ahí filmaron Juego de Tronos, fue el set para filmar Altojardin. Hay una escena donde la abuela astuta Ollena Tyrell, uno de mis personajes favoritos de la saga, veía desde un balcón cómo se acercaban los ejércitos enemigos. Ahí estaba yo, parado en el mismo balcón, viendo los campos de árboles de naranjos extendiéndose hasta el horizonte. Con las piernas temblando porque haga lo que haga mi miedo por las alturas parece que no va a desaparecer jamás. Me quedé como una hora dándole vueltas a la fortaleza y salí empoderado por mis propias historias imaginarias. Es así, tocar las paredes milenarias, ver paisajes desde lo alto, caminar por el mismo lugar que grandes personajes son alimento para el espíritu, al igual que lo es el arte. Así sigo y mis piernas aún no están cansadas así que planeo continuar.

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