[MIGRANTE AL PASO] Llegó un amigo de Londres, solo de visita por Navidad y Año Nuevo. Hay algunas personas con las que puedes hablar de todo, una mezcla de nivel intelectual balanceado y confianza de amistad cercana. Nos fuimos a dar vueltas por la Costa Verde, en Audi yendo a toda velocidad. Suena pretensioso, mejor dicho, lo es; pero ¿acaso importa? Estos últimos años han puesto en duda muchos elementos que antes daban pie a prejuicios. Dos jóvenes en un carro de lujo: alguien externo podría pensar “mira a esos hijitos de papá, mira qué escandalosos” e, incluso, si alguien está amargado con la vida, puede llegar a prejuicios aún mayores. Claramente, en el fondo solo refleja lo que ellos piensan de sí mismos.

—¿Viste las nuevas fotos del file de Epstein? —me pregunta.

Yo estoy sin redes sociales, así que no tenía ni idea. Muchos personajes conocidos, ídolos de muchos, involucrados o, por lo menos, figuran en las fotos. Ya no se puede confiar en nadie y está claro que la gente más poderosa, de cualquier ideología política y profesión, quienes tienen las riendas del mundo, no son más que unos desadaptados perversos y, en demasiados casos, delincuentes.

Parámos en Punta Roquitas para meternos un chapuzón. El sol ya se está poniendo potente y calcinante. Rodeados de gente común: niños jugando, grupos de amigos tomando sol, echados en las clásicas rocas de canto rodado de estas playas. Mientras enterraba mis pies en las piedras hasta llegar a la parte mojada, con la espalda quemándose, pensaba: de todos los que están a mi alrededor, ¿se puede confiar en alguno? Si dentro del 1 % más poderoso creo que ninguno se salva de asquerosidades, ¿por qué quienes están a mi alrededor serían diferentes?

Un extranjero que quería entrar al mar se me acercó. Me pidió que le cuide sus zapatillas y su celular. Acepté y no pasó nada. Por otro lado, un serenazgo les hacía problemas a unos adolescentes que no hacían nada. Literalmente los estaban molestando solo por cómo estaban vestidos. ¿Qué comparte ese serenazgo con los que aparecen en el escándalo? Solo se me ocurre la ilusión de poder. Obviamente, en magnitudes incomparables. De nuevo me preguntaba si es verdad que el poder atrae a los peores y corrompe a los mejores. No lo sé. Solo tengo claro que jamás me involucraré en política. Estaré pendiente, pero no seré partícipe. Sería como entrar al infierno. Imagínense: creo que solo con pisar el Congreso ya pierdes un poco de humanidad.

La rebelión de Atlas. Un libro de una tonelada que me demoré un año en leer. Genial. Muy criticada la autora, Ayn Rand, por sus posturas liberales y capitalistas. No estoy muy al tanto, pero no sé cómo esperan que piense alguien que huyó de San Petersburgo en plena Revolución bolchevique, donde su familia perdió todo. Yo entiendo perfectamente que odie las ideologías colectivas y el totalitarismo. En esta novela en particular, los líderes políticos y gobiernos pierden el apoyo de los verdaderos líderes productivos: científicos, pensadores, artistas y más. La rebelión consiste en que estos se retiran y desaparecen voluntariamente. Sin los que sostienen al mundo, este colapsa. La diferencia actualmente es que estas “verdaderas mentes productoras” también están involucradas en el desmadre que se está armando en el mundo. La verdadera rebelión la están haciendo investigadores y servicios de inteligencia sin nombre, desenmascarando de a pocos quiénes son en verdad quienes nos lideran. Se está poniendo a prueba si la verdad realmente importa.

Con este amigo nos trasladamos al mismo tiempo de la Universidad de Lima a la Católica. Una de mis incontables incursiones académicas fallidas. De todas maneras, algo aprendí. En una de las tantas clases de Lengua que tuve, descubrí a este señor barbudo, viejo y con cara de buena gente. Parecía Papá Noel. Siempre se escuchaban rumores de que podías escribirle correos con dudas o ideas y él te las respondía. Probablemente, la máxima eminencia de la lingüística en el mundo. Para muchos, un genio; casi un mesías del socialismo por ser un referente moral. No lo he estudiado, solo superficialmente. Hace unos días salió una foto del anciano Noam Chomsky junto a Epstein en su avión privado. ¿Adónde iban? No se sabe. ¿Basta esa evidencia para incriminarlo? No. Sin embargo, dudo que se hayan encontrado para tener clases de lengua. Una imagen poco coherente para un feroz crítico de las grandes corporaciones, la concentración de poder y el capitalismo. Es por este tipo de cosas que la desconfianza prima en esta época. Efectivamente, Atlas se está sacudiendo y el mundo está temblando. Felizmente, en cuestión de ídolos, solo tengo a Ronaldo, el gordo. A este paso, vale más un genio del fútbol, fiestero, fumador y carismático que un presidente o un aclamado académico. Por no comentar también el caso de Stephen Hawking.

Aun así, doy vueltas por la Costa Verde, con el inmenso paisaje. Relajado, con ganas de viajar y explorar ruinas antiguas. Riéndome con mi amigo. Sin ídolos, estoy más tranquilo. Se va a dar a conocer pronto una gran cantidad de información y mucha gente estará decepcionada. Aun así, no vamos a conocer ni un poco de lo que en realidad sucede. No hay mayor tontería que escuchar a políticos o leer periódicos todos los días, pero más tonto es creerlo. Igual, me mantengo curioso por saber qué pasará luego de la caída de los ídolos.

[MIGRANTE AL PASO] Un año extraño. Cumplí 32 hace unos días. Pasé la mayoría del tiempo en Lima. Desde la pandemia no estaba tanto tiempo solo en mi ciudad. Siendo honesto, no me gusta tanto estar acá. Cuando venía de visita y vivía fuera, era distinto: todo se sentía mejor porque estaba con mi familia, mis amigos y mis perros. La ciudad se volvía una pausa, no una rutina. Ya sabía que este año no iba a haber muchos viajes y, por lo tanto, me quedé acá. Pude organizarme y crear ciertas rutinas que me ayudaron a mantener el orden y no perderme del todo, pero igual no me sentía a gusto. Todo es demasiado conocido. Hay pocas sorpresas en el día a día y, si es que hay alguna, suele ser negativa. Esa sensación de previsibilidad termina pesando más de lo que uno cree.

No es que los demás lugares sean mejores, sino que por lo menos son nuevos. La novedad cambia la forma en que uno tolera los problemas. Son cosas de las que no te puedes quejar así nomás, porque suenan a privilegio. Y lo son. Estoy privilegiado de poder viajar o de poder mudarme a otros países. La gran mayoría no puede hacerlo, y no porque no quiera, sino porque las cosas simplemente no funcionan como deberían funcionar. Un gran porcentaje de personas solo puede pensar en el día a día, en llegar a fin de mes, en sostener lo básico. Es totalmente injusto que las circunstancias cambien tanto de persona a persona sin que haya mérito o culpa de por medio. Igual todos tienen derecho a quejarse con amigos o a hablar de lo que les molesta, sin importar si son caprichos o problemas reales. Quejarse también es una forma de desahogo y de ordenar lo que uno siente.

Este año fue raro, como lo dije, pero no negativo. Al contrario. Creo que, por lo menos, he logrado poner una base para los años que vienen y para poder viajar más adelante con mayor libertad. Los últimos años, estando en distintos países y continentes, me di cuenta de que muchas cosas negativas se mantienen, vayas donde vayas. Problemas que están tan incrustados en el ser humano que se repiten en todos lados, a veces de forma más explícita y otras más sutil. Cambia el idioma, cambia el paisaje, cambia la comida, pero ciertas tensiones son universales y persistentes.

En Japón, uno que otro señor mayor caminaba tranquilo mientras te miraba de reojo. Podía sentir lo que quizá pensaba: “este maldito extranjero”. Es algo conocido históricamente en Japón y actualmente no es poco común en generaciones mayores pensar mal de los foráneos. Pero no ocurren incidentes ni nada parecido. Ni siquiera sé si realmente lo piensan, pero aun así, si lo hacen, no son agresivos con nadie ni atacan a nadie. Como sociedad, importa más cómo actúas que lo que piensas, así que el sistema funciona. Aparte, ¿quién no ha pensado cosas terribles alguna vez? También hay que decir que estoy hablando de uno de los lugares más civilizados del mundo y, aun así, hay rezagos de cosas negativas.

Actualmente, con la nueva primera ministra, están siendo bastante severos con los inmigrantes y, al igual que en muchas partes del mundo, esto puede volverse un problema serio. Históricamente, nada bueno viene después de una etapa de odio hacia diferentes grupos. Y ahora los discursos políticos más atractivos suelen ser ataques hacia la inmigración, a veces dirigidos a grupos específicos, lo cual es aún peor. Esta forma de pensar es contagiosa porque no hay nada más fácil que alentar el odio y echarle la culpa a otros. En ciertos contextos, las personas parecen marionetas repitiendo ideas ajenas sin cuestionarlas demasiado.

He estado en lugares donde hasta en el aeropuerto se colaban en la fila. En otros me robaron el celular. En otro tuve que pelearme. En varios intentaron estafarme. Algunos eran sucios, otros muy limpios. Y, aun así, en todos encontré historias increíbles, paisajes que parecían pintura y culturas alucinantes. Lo mismo sucede en Lima, pero es tan conocido para mí que dejó de entretenerme. La familiaridad le quita brillo incluso a lo valioso. Acá se puede respirar el odio y sus consecuencias, a veces de manera directa, a veces soterrada.

Desde los discursos políticos hasta las reacciones en la calle, todo parece estar cargado. Me ha pasado varias veces ver a la gente escalar conflictos demasiado rápido y por todos lados. Discusiones pequeñas que se convierten en algo desproporcionado. La gente está molesta y se entiende, pero eso demuestra que perder el control es muy fácil. A mí también me ha pasado, aunque en menor medida.

[MIGRANTE AL PASO] Ya pasó una semana. Después de aproximadamente 15 años fumando todos los días. A veces entre 5 y 10 cigarros al día, otras veces 1 o 2 cajetillas. Creo que ya pasó lo peor, pero soy mucho más adicto de lo que pensé. Mi cuerpo instintivamente comienza a buscar una cajetilla. Me pasó hace un rato, escribiendo, mientras pensaba cómo seguir; mi mano se movió sola buscando la cajetilla que normalmente estaba a mi costado. Hace unos días fue peor. No podía dormir, me despertaba en mitad de la noche, tomaba gaseosas cero para calmar la ansiedad. También combinar dieta con dejar de fumar no es una buena idea. Esta semana he estado comiendo todo el tiempo. No puedo imaginarme ser adicto a algo más fuerte, debe ser espantoso. Es un gran logro para quienes pudieron vencer una adicción grave. Yo todavía no puedo decir nada porque recién voy una semana y ya van unas 2 o 3 veces que he logrado dejarlo esa cantidad de tiempo.

En la época del colegio, tercero o cuarto de secundaria. Nos juntamos todos en la casa de un amigo para ir a las primeras fiestas donde había alcohol y recién comenzábamos a salir. Ya había probado una vez: fumé una pitada y sentí que se me calentaba la cabeza y tosí demasiado. Pensé que nunca más lo iba a hacer, no podía estar más equivocado. Ese día estábamos todos sentados en la sala de mi amigo, hablando de cualquier cosa, y un amigo tenía uno o dos cigarros. Los prendió y entre todos intentábamos hacer aritos de humo. Se nos acabaron en dos rondas. Fuimos a comprar, cada uno se compró una cajetilla de veinte, a solo cinco soles. Hoy una cajetilla de Marlboro te cuesta 20 soles o más. Regresamos; la casa parecía un incendio por la cantidad de humo, todos intentando hacer aritos. Nunca me salieron, pero me volví adicto al cigarro sin querer. Supongo que siempre es sin querer.

Pasé de ponerme a llorar de niño cuando vi a mi hermano fumándose un cigarro porque pensé que se iba a morir, a fumarme 20 cigarros porque quería jugar. Luego terminé fumando para hacer todo. Antes del colegio me fumaba un cigarro en la esquina para entrar mareado. Estaba loco. Había algo extraño: sabías que estabas haciendo algo malo, pero te sentías “cool”. Cuando cumplí 18 años y tuve mi primer carro, escuchando música a todo volumen, llegando a la universidad con la ventana abajo y la mano afuera con un cigarro, me sentía un rockstar. Claramente no me veía como uno, pero así se sentía. Llegaba igual al colegio, pero ahí no manejaba. Sentía que el mundo estaba a mis pies y nadie podía ganarme. En un recreo, un amigo y yo nos fumamos un cigarro en el baño. Tiramos el cigarro al tacho y se prendió en fuego. Se armó un escándalo; felizmente nunca nos descubrieron, pero sí estaban buscando a los culpables. Me daba más miedo el castigo de mis padres que lo que digan los profesores; sinceramente nunca me importó qué pensaban ellos.

15 años después, un partido de fútbol. Ni siquiera estábamos jugando 11 vs 11. Me dieron un pase, corrí rápido, máximo 40 metros, tal vez menos. Sentí que se me iba a salir un pulmón por la boca. Hasta me descompensé, creo. Pude hacer un par de jugadas más y luego me fui a tapar. Ya no podía más. Eso ha sido este año y llevo postergando dejarlo hasta diciembre. Intenté un par de veces y no podía. Todo lo que hago está asociado de alguna manera a fumar. Después de comer, un cigarro; mientras leo, varios; y mientras escribo, infinitos. Hasta jugar PlayStation hace que me den ganas de fumar. Esta ha sido la peor semana de mi vida, le decía a un amigo, exagerando obviamente: con poco ejercicio, comiendo de más… pero en ningún momento tomé en cuenta que había dejado de fumar. Es normal que, después de tanto tiempo fumando y dejarlo de golpe, tenga algún efecto secundario. Igual, como decía, aún no puedo cantar victoria. Sólo sé que los primeros días no podía ni pensar. Hasta me quedaba dormido más tiempo a propósito porque no sabía qué hacer.

¿Por qué escribo esto? La verdad es que no es para recomendarle a nadie que deje de fumar o para decirle a los más jóvenes que no lo hagan. Escribo sobre esto porque ahorita solo puedo pensar en cigarros. Aparte, quién soy yo para arruinarle a los jóvenes lo mejor de vivir, que es justamente descubrir las cosas por ti mismo. La mayoría de viejos aburridos pensará que está mal lo que digo. Obvio no quiero incentivar que la gente fume, pero tampoco me quiero meter en la vida de nadie. Tampoco quiero creer que tengo autoridad moral o en cualquier aspecto para ir dando consejos de vida. De autoridad moral solo hablan los viejos aburridos que no se dan cuenta de que, al creer que ellos saben qué está bien o mal, se quitan autoridad para hablar de lo que sea. En todo caso, mi recomendación a los jóvenes, más allá del cigarro, es que hagan lo que quieran y vivan como les dé la gana, no escuchen a los viejos. Más preocupante sería que los jóvenes piensen como los adultos.

[MIGRANTE AL PASO]  Era primero o segundo grado de primaria. Por alguna razón todos estábamos saltando como locos y gritando. Era alguna actividad entre clases. Un gran amigo de esa época solía ser bastante molestoso y aprovechaba cualquier oportunidad para hacerlo. Mientras saltábamos él me iba golpeando suave, pero lo suficientemente fuerte para que moleste. Se repitió varias veces. En mi cabeza sentía cómo una especie de monstruo interno iba apoderándose de mí. Ya no pensaba en diversión y en saltar con mis pequeños compañeros de clase. Todo había cambiado a “tengo que responder”. Estaba entrenado: desde muy chicos, mi hermano y yo comenzamos a practicar karate. Solo conocía la violencia controlada y deportiva del kumite, que es la práctica de pelea en el karate. Todos seguían saltando. Yo me detuve. Recuerdo perfecto ver, entre las personas que se movían, el punto exacto. Puse mi puño en la cintura y, con el movimiento giratorio clásico de las artes marciales, le di un golpe a mi amigo en la boca del estómago. Recuerdo que se quedó sin aire y comenzó a llorar; yo me asusté y lo acompañé en el llanto.

¿Qué me asustó?, me preguntaba. Me di cuenta de que tenía la capacidad de hacer daño. Nos amistamos y no pasó nada, éramos niños y buenos amigos. Pero el recuerdo quedó marcado. Ese monstruo agresivo que todos tenemos me sigue asustando. A veces puedo sentir cómo se apodera aún de mi forma de ser y siempre busca atacar, incluso morder si es necesario. Es un sentimiento horrible. Sin querer, me convertí en alguien que no puede domarse a sí mismo. Ese monstruo no es otro más que un lado de mi propia identidad. Cada vez que ocurre algo similar, el proceso se repite: la ira me consume, actúo violentamente y me pongo triste, con ganas de llorar. Evidentemente, ya no golpeo a nadie. De adulto, un mal golpe puede terminar en tragedia. Pero es la sensación, los pensamientos, cómo miro a la gente. Cómo hablo, incluso solo el tono, porque tampoco soy de insultar. Pierdo el sentido. Y nuevamente, no puedo controlar a la bestia iracunda.

No tengo un altercado físicamente violento hace 10 años aproximadamente. La última vez mi nudillo explotó, literalmente, y de nuevo me asusté. Me pegaron entre 10, en el piso, pero nuevamente, sin sentido, el monstruo sonreía y buscaba la oportunidad de golpear de vuelta. Tenía máximo 22 años. Esa vez, en mi salón del colegio, tenía 11 años máximo. En unas semanas cumpliré 32 y me da miedo. Ahí se involucran otros factores que asumo son normales en gente de mi edad: una mezcla entre “estoy envejeciendo” y “no poder ver lo que has logrado”. Como si solo importara lo que no pudiste lograr o aún no logras. Lo que sí hiciste y aprendiste se vuelve invisible.

Justamente, esa voz que te aplasta: “no has hecho nada con tu vida”, te dice, y le crees. “Tus padres a tu edad ya tenían tales cosas”, y no pienso en que he viajado por gran parte del mundo. Ese monstruo te susurra que no puedes; que ser un buen amigo, haber ayudado a gente, miles de cosas aprendidas y logradas, te convence de que nada de eso tiene valor. De eso se alimenta la bestia que actúa y me protege, para luego sentirme triste. Puede sonar absurdo para muchos que lo lean o tal vez infantil. Y justamente, voy a cumplir 32, pero sigo siendo inocente y confiado. No estoy seguro si sea bueno eliminar ese aspecto, pero antes ni me lo planteaba.

La Sunat. Esta semana. De nuevo explotó la furia. Es un lugar que debe poner de mal humor a todos, pero sentir rabia ya es demasiado. Un grupo de WhatsApp, solo amigos cercanos. Comencé a renegar y actuar como un niño engreído. Quería pelearme. Pasaron unos minutos y me di cuenta. Pedí perdón y no pasó nada; nuevamente, es gente cercana. Caminé de vuelta a casa. Estaba caminando por la pista, arrimado, y un carro me comienza a gritar que vaya por la vereda. Le respondió el monstruo. Avanzó, frenó un metro adelante y abrió la puerta. Yo no me moví un centímetro. Comencé a discutirle con la voz alta. Me respondía sentado, con la puerta abierta. La oportunidad era perfecta, podía ser usada como excusa y pelearme. Me acerqué. Estaba delante de él. Mucho más grande. Extendí la mano y le dije: “He tenido un mal día, mala mía, perdón”. Después del apretón de manos cerró la puerta y se fue. ¿Gané? ¿Perdí? ¿Importa? No lo sé, pero aún tengo ese lado latente. Uno que no me gusta, pero que, sin embargo, soy yo. Tengo metas económicas, literarias y más. Pero mi mayor ambición es la calma, así que solo me queda una opción que espero lograr en algún momento: caminar de la mano junto con la bestia.

[MIGRANTE AL PASO] Todos nos sumergíamos de niños en el agua, con los ojos rojos por la cantidad exagerada de cloro que ponían en las piscinas. A veces nos hacíamos los muertos para ver si alguien reaccionaba, a veces solo te dejabas llevar por las pequeñas ondas. Botabas todo el aire y te hundías. Fingías estar meditando en la profundidad de un lago o el mar, para al abrir los ojos ser otro. Más poderoso y calmado. Creo que no era solo cosa mía, pues mi hermano también lo hacía y cuando lo he comentado a otros parecía ser algo universal. Una ablución inconsciente que todos hicimos. Sin contar el bautizo, para quienes estamos bautizados, del que no recordamos absolutamente nada.

No se me ocurre un lugar más calmado que estar ahí, solo sumergido. Los sentidos más apagados y, por lo tanto, también los pensamientos. A mí me pasaba algo extraño: el agua me daba miedo y paz a la vez. Tuve clases de natación prácticamente desde bebé y me quedaba dormido mientras flotaba en las pequeñas tablas espumosas, clásicas de las academias. Sin embargo, según lo que me cuentan, me agarraba de las rejas para no entrar a las clases. Me imagino a gente jalándome de las patas y yo aferrado a los tubos de fierro. Hasta grande, estaba en la selección de natación del colegio y tenía medallas en estilo libre y espalda. Me ponías en una piscina que no sea deportiva y, si no tenía piso, iba a estar agarrado de los bordes. Tal vez porque nunca llegas a tener el control total en el agua. No es nuestro terreno. Siempre está presente, significa algo en todas las religiones o mitologías, y lo mismo sucede para cada persona. Es uno de los grandes arquetipos mitológicos, y probablemente el más tangible. Con todos nuestros sentidos y en todos sus estados.

Debe ser rarísimo vivir en una ciudad sin mar, tu relación con el agua cambia totalmente. Miles de experiencias no estarían. Siempre fui miedoso en general, pero con el mar era algo diferente. En las playas más amigables me imaginaba a monstruos enormes o tiburones que iban a aparecer desde las profundidades. Ver hacia el fondo, sobre todo en nuestro mar cargado de especies y microfauna, donde la luz solo avanza pocos metros, se siente como estar al borde de un abismo infinito. Se siente igual de gigante que ver el cielo, pero más oscuro.

En un viaje familiar a las playas caribeñas de México tomamos un tour para nadar con tiburones ballena. Solo en esa época del año aparecen en ese lugar tras todo su recorrido migratorio. El bote se movía demasiado, todos mareados y hasta vomitando. De chico me pasaba hasta en los carros: si el camino tenía muchas curvas, era suficiente para que tenga que parar a vomitar. En mar abierto, no se veía ni un indicio de tierra hacia ninguna dirección. Aparecieron unas manchas negras enormes vistas desde afuera del agua. Tenías que saltar en dirección hacia ellas. Yo estaba igual de aferrado al bote que a las rejas de la academia de natación cuando era niño. Mi padre me tuvo que empujar, amigablemente, para que entre al agua. Con los lentes de snorkel se veía todo nítido. Eran criaturas jurásicas; cada una de sus aletas era más del doble de mi tamaño. Veía a mi padre, que es grande, al costado, y parecía diminuto. Yo nadaba con precaución; en teoría no pasa nada, pero un colazo de esos animales te mata sí o sí.

Un humano en mitad del océano al costado de tiburones ballena se siente del tamaño de un plancton. Todo el mareo ya se había ido, solo estaba perplejo por estas bestias colosales de piel atigrada. Después de un rato vuelven a sumergirse. Veía cómo estas bestias sin dientes iban desapareciendo en el fondo. Lo que antes eran colosos, se iba reduciendo hasta desaparecer en la profundidad oscura. Entraban a un terreno totalmente desconocido; ahí mismo, a cientos de kilómetros hacia abajo, hay todo un mundo al que no podemos acceder. Donde hasta los tiburones ballena son pequeños. Esa imagen me marcó de por vida. Entendí que no somos nada, a pesar de a veces creernos muy grandes. Por un momento sentí la misma calma que sentía cuando me dejaba llevar por las ondas de una piscina.

Podría contar mil anécdotas relacionadas al mar. Desde mañanas divertidas corriendo tabla con amigos, revolcones y miedos más profundos que plasmé en él. En Lima estamos acostumbrados a tener el mar al costado, incluso a verlo todos los días. Al estar tan acostumbrados no nos damos cuenta de qué tan hermoso es poder ver el mar al lado, y aun más raro que nuestra ciudad esté encima del acantilado donde antiguamente chocaban las olas antes de la Costa Verde. Desde las culturas antiguas, el mismo mar ha marcado el desarrollo de civilizaciones enteras y, aun así, pasa desapercibido. Es bonito pensar que, a pesar de todas las diferencias e injusticias que tenemos en nuestro país, por lo menos los que vivimos en la costa compartimos alguna historia vinculada con nuestro vecino más inmenso.

[MIGRANTE AL PASO] El techo bajo, los arcos que daban a las clásicas piletas de los riads te obligaban a agachar la cabeza para cruzar; hoy son usados como hospedajes dentro de las calles laberínticas y coloridas de las medinas. Hace mucho eran pequeños palacios de gente adinerada, siempre con un jardín y una pileta al medio. La palabra significa justamente jardín. En este caso en Marrakech, un día antes de partir hacia Portugal, conversaba con Said, un joven amable y juvenil; me llevaba más de una cabeza y hablaba inglés y español a la perfección, aparte de su lengua madre, el árabe.

Tendría 25 años aproximadamente, era una persona normal. No usaba turbante ni tenía una mentalidad restrictiva, prejuicio que muchos solemos tener ante religiones ajenas. Mientras los mosaicos y puertas talladas iban cambiando de color al atardecer, me contaba sobre cómo había sido la pandemia. Me invitó un cigarro de tabaco armado con hachís. Yo, al comienzo dudoso y con sospechas, pero mis ganas de pasarla bien me superaron. Parecía un puro por el tamaño. “Cuidado, ah, que acá es fuerte eso, por no decir extremadamente ilegal”, me contaba. Yo, como fumador experimentado, no me pasó nada. Los dos teníamos los ojos como faroles o semáforos en rojo. Entraban otros turistas y, por lo menos, aparentaban no darse cuenta.

La noche anterior, Said me acompañó por una Coca-Cola. Iba a ir solo, pero me dijo que me acompañaba porque las estafas abundan en ese país. A lo largo del viaje perdí la cuenta de la cantidad de veces que intentaron hacerlo. Mientras caminábamos a la tienda de su amigo, las calles angostas, antes repletas de azules y rosados estridentes, ahora eran oscuras y lúgubres. No me asusto con facilidad, pero de no haber estado en situaciones similares antes probablemente sí lo hubiera estado. Solo hombres en los caminos. Motos que iban a toda velocidad entre los callejones frenaban a pocos centímetros tuyos y te gritaban cosas que evidentemente no entendía.

—¿Ves a esas personas que vienen detrás de nosotros? —me pregunta. Ya iban varias cuadras que nos seguían y yo ni cuenta.

—Son agentes de la guardia civil y nos están siguiendo porque te ven a ti, turista, y a mí, marroquí; creen que te voy a robar —me dice entre acostumbrado y fastidiado.

Marruecos es un reino y Mohammed VI, el actual, concentra todo el poder del país. Hay instituciones democráticas, pero no hace falta dos dedos de frente para darse cuenta de que todo está controlado y las leyes son extremadamente severas. Si eres lugareño, te pueden llevar preso por tener unas cuantas botellas de alcohol.

Unos días antes, en la ciudad de Fez, tuve un altercado violento con unas personas que comenzaron a tocar asquerosamente a dos chicas que estaban conmigo. Todo escaló y los golpes no faltaron. Sinceramente pensé que iba a morir hasta que me rescataron unos policías. Al subir al carro casi como escape, mis piernas temblaban y no podía sostener bien el teléfono de los nervios. No sabía si había actuado mal o bien. Como un niño perdido, teniendo 30 años, llamé a mis padres y a mi hermano buscando consuelo. Después no sabía qué pensar: por un lado estaban estos engendros y por otro estaba Said, un buen tipo. No son los musulmanes, ni cristianos, ni judíos, ni nada. Simplemente son humanos siendo humanos, que dentro de sus propias contradicciones algunos cometen atrocidades y otros son gente que vale la pena. Said me preguntó al ver el chichón de mi cabeza y le conté con confianza.

—Ese tipo de gente malogra nuestra imagen y es injusto —exclamó, ahora sí enfadado.

Comenzamos a hablar de chicas, de amigos, de familia, de la pandemia, cosas totalmente mundanas y comunes. Me di cuenta de que no importa de qué religión eres, sino de qué tan idiota eres. Juzgar por religión no se debe tomar a la ligera. Yo no soy ni santo ni sabio, y como ateo renegón a veces caigo también en esas tonterías.

La pandemia en otro extremo del mundo. Me contó que en su edificio la gente enloqueció. Entre risas me decía que mucho del Quran te puede volver loco. No es algo discriminador. Lo mismo pasa con la Biblia y más libros religiosos. Un señor del piso de abajo: sus gritos eufóricos se escuchaban desde su pequeño departamento compartido con varios familiares.

—Yo soy Al-Mahdi —gritaba el señor—, y todos ustedes son herejes y pecadores.

Me lo contaba riéndose; su vecino se había vuelto loco. A la figura mesiánica se le llama así, como se autoproclamaba el loco. Las cosas se tornaron oscuras y el rostro de Said, menos juguetón y juvenil. La pandemia fue brutal y demasiado en algunos entornos. Él jugaba con el señor cuando era niño. Era alguien solo pero amigable. Una obsesión y una crisis global mal manejada terminaron con la mente y la vida de un sujeto. No fue la religión; fue el monstruo más horrendo de todos y solo se encuentra dentro de nosotros, los humanos: no hay credo que importe en ese sentido.

Llegó mi taxi. Said me ayudó con las maletas. Me fui. Un mundo dejado atrás. Un aprendizaje tal vez. Nunca más veré a ese joven del riad. Tal vez nunca regrese a Marruecos. Pero como viajero, esa es la norma. Descubres un mundo y te vas. Pero la medina colorida queda ahí y las injusticias que ocurren cuando oscurece permanecen.

[MIGRANTE AL PASO] En un segundo piso, con ventana a la calle, en la esquina de Arenales con Pueyrredón. Encima de la tienda de Franuis. Cuando no podía dormir, solo tenía que bajar y comprarme un pomo entero de esas cerezas heladas bañadas en chocolate, que en ese momento eran una novedad absoluta. Escribía un intento de novela entre dulces, Coca-Colas y cigarros. Con la laptop en la cama y una pésima postura para usar el teclado. Entre los malos hábitos y el descuido físico, me despertaba con el cuerpo de un viejo.

Usaba nuevos estilos, exploraba temas y formas, pero siempre me topaba con lo que para mí sigue siendo el mayor reto literario: los personajes femeninos. Todo comenzaba bien, fluido, hasta que intentaba introducir a una mujer en la historia. Simplemente no salía bien. Lo que siento al leer, ver series o animes, me sucede también en la vida real: cuando una ficción es creada por una mujer, los personajes femeninos se sienten reales, no estáticos; cuando es al revés, rara vez ocurre lo mismo. No es que uno no pueda imaginar, sino que hay algo en la manera en que la realidad se impone sobre cada cuerpo que transforma la propia percepción.

El otro día conversábamos en familia, un domingo cualquiera. Alguien comentó el miedo a subirse a un ascensor, y no por claustrofobia ni por temor a quedarse atrapado, sino por la posibilidad de que suba otra persona y no haya escapatoria. Jamás en mi vida se me habría cruzado por la cabeza. En esas pequeñas cosas te das cuenta de la enorme diferencia con la que percibimos la realidad según el género. Solo por haber nacido hombre o mujer, habitas un mapa distinto del miedo. Vivimos en un país donde el machismo y la violencia de género son tan frecuentes que ya ni sorprenden, y eso, precisamente, es lo más grave.

En un curso de escritura creativa nos daban un tema al azar y teníamos que escribir un pequeño relato. Esa vez era una sala de operaciones. Yo recurrí a mi propia experiencia: una fractura en la mano, el quirófano blanco, las luces encima y el sueño que llega contando hasta 10. Parecía casi placentero. Era el único hombre del grupo. Cuando leí los textos de las demás, noté un tono mucho más fuerte, en muchos, agresivo. Sus versiones estaban llenas de cuerpos que sangraban, de miedo, de resistencia. No sé cuál es la respuesta, pero entendí que el mundo en sí es más violento con las mujeres, y eso inevitablemente altera las versiones que cada uno tiene de nuestro alrededor.

Fue en ese curso que me di cuenta de mi dificultad para escribir personajes femeninos. Aprendí mucho ahí. Para empezar, que los personajes son personajes, nada más. No deberían tener una diferencia por género, sin embargo, la tienen. No todos los hombres son iguales, ni todas las mujeres lo son, pero hay algo que los atraviesa: la experiencia del mundo, que no se puede inventar sin pensarla o vivirla antes.

Desde hace años intento identificar micromachismos en mi forma de pensar y vivir para poder cambiarlos. Lamentablemente, por la simple influencia de nuestra historia, todos cargamos con ellos. La idea es detectarlos y desactivarlos. A veces aparecen disfrazados de humor o de costumbre. Uno los descubre en los detalles más mínimos: la imagen automática que se te viene a la cabeza cuando piensas en un “doctor” o en un “abogado”; o cuando no entiendes por qué alguien teme entrar sola a un ascensor.

Vivir en Lima ya implica mirar a todos lados por miedo a un robo o a un accidente. Imagínate eso, pero sumándole una legión de mirones, acosadores, tipos que te siguen. Cuando por fin te permites imaginar esos escenarios, solo da rabia e impotencia. No porque lo hayas vivido, sino porque puedes acercarte a entender lo que significa vivir con esa tensión diaria. Así crecen la mayoría de mujeres en el mundo: midiendo las distancias, calculando las rutas, leyendo las miradas. En algunos países será más sutil, en otros brutal, pero en ninguno deja de existir. El nuestro, sin duda, está entre los peores.

Al final uno escribe personajes pensando que los controla, y es al revés. El mundo que creaste solo acepta cierto tipo de individuos, y eso dice mucho. Al no entender por completo el mundo femenino, los miedos a los que se enfrentan, es probable que el mundo que cree con letras no me permita escribir sobre esos personajes que no comprendo y creía que sí. Quizás por eso la escritura también sea una forma de autoconocimiento: cada límite narrativo revela uno personal. Y hasta que no amplíe mi mirada, los personajes seguirán hablándome desde lejos, pidiendo un espacio que todavía no sé construir.

[MIGRANTE AL PASO] Un pequeño corría de forma extraña detrás de la pelota. Parecía rebotar de un lado a otro y no era gordo. Estaba feliz, si es que la felicidad es diversión. Solo caminaba un poco chueco. De adulto, siguió así. Se abría paso entre la muchedumbre con sus pasos tambaleantes. Huesos anchos y pies que parecen aletas. Lo comparte con su padre, a quien llamaban “el pato” en sus épocas universitarias. La displasia de cadera y la escoliosis lo obligaban a mantenerse con las puntas de los pies con dirección hacia afuera. De lo contrario, sentía que las rodillas palanqueaban su propia estructura. “Tienes potencial para el ballet”, me comentó una tía bailarina. Puedo hacer una quinta sin esfuerzo alguno. No se ve muy bien, sin embargo. Los arcos vencidos de mis pies lo hacen estéticamente raro. Igual no es como que porque algo deje de ser bello deje de ser útil. Para las patadas en las artes marciales me servía bastante. Una colección de medallas de oro lo demuestra.

—De ninguna manera usará corsé o arnés; mientras pueda jugar y hacer deporte, no hay nada que corregir —le dijeron mis padres al doctor. No tengo cómo saberlo, pero así me lo imagino. Como cuando no quise dar el examen de ingreso escolar por timidez, y al prenderme fuertemente de la pierna de mi padre, decidieron que no tenía por qué hacerlo si no quería.

Fue así, sin metales rodeando mi cuerpo, era de los mejores en fútbol, de los más rápidos y el que mejor peleaba. Igual, mi caso no era grave. Solo era gracioso al andar. Aparte, todos estamos ligeramente desbalanceados. La única advertencia: no estar con sobrepeso. Lo que pasé desapercibido por muchas etapas. No hay mayor misterio que el caminar recto, y el caminar chueco vendría a ser su hermano desadaptado.

Terminé el colegio jalando un curso. Luego, un año entero fue sabático. Entré a la Universidad de Lima a estudiar Negocios Internacionales, para pasarme a Psicología a los dos ciclos. No me gustaba. Solo disfrutaba los cigarros en cada hueco. Me transferí a la PUCP, un examen bastante fácil; de hecho, lo recomiendo si es que el examen de ingreso les parece muy difícil. Primero la de Lima, y luego transferencia donde quieran. Ahí, en Estudios Generales, pasé de Historia a Psicología nuevamente; terminé en Arqueología. Me aburrí y me aventuré en la Filosofía. Tuve que regresar a Generales porque me faltaba un curso. Le dio cáncer a mi madre, me botaron de la universidad por desempeño. En tres años ahí pasé de estar en décimo superior a ser expulsado. Fui aceptado nuevamente, para luego abandonarla yo por mis propios términos.

Mis desvíos no solo se daban al caminar. “No terminas nada de lo que empiezas”, me decían; solo recibían risas de respuesta. Yo siempre supe perfectamente que mi camino no iba a ser recto, y jamás lo será. Ahora, en cuanto a mis pies planos, no tienen una asociación de vida, no cargo ninguna responsabilidad tan grande. Tal vez, en este caso, sí ha sido el estar gordo. Aparte de la vía recta, existen tantas como practicantes hay en el mundo. La mía consiste en mirar hacia el exterior de las tinieblas. Una oscuridad llena de reglas y normas que, en mi humilde opinión, no valen nada, puro blah, blah, blah. “¿Por qué arrastras los pies?”, me dicen. “Estás cojeando”, me comentó una chica el otro día, “¿te pasó algo?”. Yo ni cuenta me doy. Pero mis huellas son distintas. Mis pies descalzos y mojados dejan una gran mancha, a diferencia de la esbelta figura que dejan normalmente las personas en el piso. Ahí, en el ángulo obtuso que se forma en mi base corporal, está mi compás, como si avanzara a dos lugares al mismo tiempo.

A veces siento que hasta mi cabeza funciona así. Unas cuantas tuercas me faltan sin dudas, mis ideas se disparan en direcciones contrarias. Estoy comenzando a ser un empresario y a la vez escritor. Parecen repelentes entre sí, a mí me está funcionando. Estoy en contra de la violencia, pero no conozco a alguien que se haya peleado más que yo. Ya maldije comportamientos que ahora son parte de mi forma de actuar. Hice sentir mal a gente que quiero. Viajé más que cualquier persona de mi edad y lo hice solo. Sin compartir ni un restaurante. Le di de comer a muchos niños en las calles porteñas, para más tarde insultar a un taxista. De esta manera no solo mis huesos están chuecos. Contradicciones tienen todos, tal vez las mías son más abruptas. Escribo para mí, pero quiero que me lean. No me importa que mis ideas parezcan descabelladas y no quiero encontrar a alguien que piense igual, pero quiero ganar prestigio. Así, deseo nada y todo a la vez; al igual que uno de mis pies apunta a la izquierda y el otro a la derecha.

Como dije, si divertirse es estar feliz, creo que lo estoy logrando. Adónde me llevarán mis pasos retorcidos. Quién sabe. Solo sé que a algún lugar tranquilo donde a nadie le importe cómo camine. Simbólicamente, claro. Tal vez, un lugar donde lo único que se cruce en mi camino sean mis propios pies. Solo sé que ningún mercado, ningún escritor ni ninguna ideología serán compatibles con mis propias intersecciones y secantes. Las cosas paralelas no tienen cabida en mi tambaleante cabeza.

[MIGRANTE AL PASO] Dormíamos en el mismo cuarto, era grande. Teníamos un televisor, de esos cubos gigantes que pesaban toneladas, y un sofá al frente para nuestras maratones de películas o PlayStation. Es curioso los recuerdos que uno guarda. Pueden ser insignificantes, pero por alguna razón se quedaron tatuados en la mente. A veces uno los recuerda con ternura, otras con unas risas. Pueden ser importantes o no, puede que solo estén ahí. Muchos creen saber por qué la memoria elige ciertas cosas y descarta otras, yo no tengo idea. Yo estoy seguro de haber visto a Papá Noel en su trineo, claramente no paso.

Teníamos un plan de escape. Era simplemente salir por la biblioteca, subir al techo y pasarte a la otra casa sin correr riesgos. Nunca lo hicimos, claro. Pero eso debíamos hacer si se metía alguien peligroso a la casa y nuestros padres no estaban. Nosotros le añadimos una cosa en particular. Como solo había un acceso al segundo piso, nuestro plan incluía poner el pesado televisor al borde de la escalera y tirarlo si alguien subía. Un poco salvajes, ahora que lo pienso. Pero en ese momento nos parecía una estrategia militar. Lo cuento porque tengo ese recuerdo ahí, constantemente, como una vieja escena que mi cabeza repite sin motivo.

También recuerdo cómo envolvíamos el enorme cubo con sábanas y almohadas para amortiguar el sonido que hacía al prenderse y no despertar a nadie. En teoría deberíamos estar durmiendo, pero claro, la teoría nunca funcionó con nosotros. Era como dos imanes chocando: el sueño y la curiosidad. ¿Por qué rondan esos recuerdos? Recuerdos que giran alrededor de un televisor antiguo, pesado, testarudo. Claramente hay más detrás, pero por ahora me aburre entrar en análisis psicoanalíticos. Tampoco manejo el lenguaje, así que mejor lo dejo así.

En ese mismo cuarto, sentados en el sofá, mi padre se animó a jugar PlayStation con nosotros. Era pésimo. Menos en ese momento: era Metal Gear Solid 1, hasta el juego me acuerdo. En ese se defendía, sorprendentemente. Nosotros nos burlábamos y mi hermano comenzó a pasarse un poco. Entre nosotros nos decíamos “no seas bestia” cuando cometíamos un error. En la euforia de estar jugando, mi hermano se lo dijo a mi padre un par de veces. De pronto, mi padre se molestó y levantó solo un poco la voz:

—¿Te gustaría que te diga que eres una bestia, ah?

Nos quedamos mudos y aprendimos la lección. Después seguimos jugando y no pasó nada, como si nada hubiera ocurrido. De hecho, es uno de los pocos recuerdos que tengo de mi padre levantándonos la voz. Lo curioso es que no lo recuerdo con miedo, sino con cierta ternura. A veces pienso cómo no nos mataron… a mí, por lo menos.

Ese cuarto fue cambiando: pasó de ser de mi hermano y mío a ser solo suyo. A mí me mandaron a otro, aunque igual terminaba durmiendo en el sillón del de siempre. Podría decir que casi no usé mi nueva habitación. Salvo cuando jalé como seis cursos y me castigaron. Me quitaron el televisor y en mi cuarto solo había libros. Hasta le pusieron pestillo al cuarto de mi hermano para que no entrara. Yo sentía que estaba preso. Felizmente siempre se apiadaban y no duró mucho mi encarcelamiento. “Como hacían los niños antes”, pensaba. No tenían nada que hacer, y aun así sobrevivían.

Volví a jugar PlayStation con mi padre, esta vez, FIFA; tuve que dejarlo ganar una vez por lo menos, para no repetir la historia. Yo nunca le gané en ajedrez, eso sí. Era imbatible. Despertarme todos los días con Max a mis pies, un enorme pastor alemán que parecía más viejo que todos nosotros juntos. Hasta un fantasma creo que vi en ese cuarto, una silueta blanca que juro haber visto moverse entre los muebles. Mi hermano sacándome a la fuerza de su cama porque la dejaba caliente luego de las siestas postcolegio. Él llegaba de la universidad y se molestaba. Era su cama, su territorio, su ley.

Los “cucuruchos de la muerte”, así llamábamos a nuestro juego, una versión casera que consistía en agarrar a almohadazos a quien fuera el cucurucho en ese momento. No tenía sentido, pero era divertidísimo. La primera vez que vi a mi hermano con un cigarro me puse a llorar como si hubiera descubierto un crimen. Jugar gladiadores con los cojines como escudos. Los mismos amigos que tengo ahora, sentados ahí en versión pequeña, con los mismos gestos, las mismas risas, los mismos gritos. Todo un mundo dentro de un solo cuarto.

Tengo mil anécdotas más. Fue el cuarto donde crecí. Ahí formé gran parte de lo que soy ahora. Los valores que tengo gracias al alarido de mi madre cuando nos vio apuntándole a palomas con nuestras hondas. Nunca más se repitió nada similar. Pero así debe ser el cuarto de todos los niños: un lugar seguro donde puedan jugar, imaginar, pelear y reconciliarse.

Y que los monstruos se los imaginen, y no sea quien duerme en el cuarto de al lado. Al final, los niños son los verdaderos líderes y de quienes dependerá todo. Así que todos merecen un lugar como el que yo tuve: caótico, ruidoso, lleno de errores y pequeñas victorias. Un cuarto con un televisor que pesaba una tonelada y un millón de recuerdos que todavía, de alguna forma, siguen encendidos.

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