[MIGRANTE AL PASO] En un segundo piso, con ventana a la calle, en la esquina de Arenales con Pueyrredón. Encima de la tienda de Franuis. Cuando no podía dormir, solo tenía que bajar y comprarme un pomo entero de esas cerezas heladas bañadas en chocolate, que en ese momento eran una novedad absoluta. Escribía un intento de novela entre dulces, Coca-Colas y cigarros. Con la laptop en la cama y una pésima postura para usar el teclado. Entre los malos hábitos y el descuido físico, me despertaba con el cuerpo de un viejo.

Usaba nuevos estilos, exploraba temas y formas, pero siempre me topaba con lo que para mí sigue siendo el mayor reto literario: los personajes femeninos. Todo comenzaba bien, fluido, hasta que intentaba introducir a una mujer en la historia. Simplemente no salía bien. Lo que siento al leer, ver series o animes, me sucede también en la vida real: cuando una ficción es creada por una mujer, los personajes femeninos se sienten reales, no estáticos; cuando es al revés, rara vez ocurre lo mismo. No es que uno no pueda imaginar, sino que hay algo en la manera en que la realidad se impone sobre cada cuerpo que transforma la propia percepción.

El otro día conversábamos en familia, un domingo cualquiera. Alguien comentó el miedo a subirse a un ascensor, y no por claustrofobia ni por temor a quedarse atrapado, sino por la posibilidad de que suba otra persona y no haya escapatoria. Jamás en mi vida se me habría cruzado por la cabeza. En esas pequeñas cosas te das cuenta de la enorme diferencia con la que percibimos la realidad según el género. Solo por haber nacido hombre o mujer, habitas un mapa distinto del miedo. Vivimos en un país donde el machismo y la violencia de género son tan frecuentes que ya ni sorprenden, y eso, precisamente, es lo más grave.

En un curso de escritura creativa nos daban un tema al azar y teníamos que escribir un pequeño relato. Esa vez era una sala de operaciones. Yo recurrí a mi propia experiencia: una fractura en la mano, el quirófano blanco, las luces encima y el sueño que llega contando hasta 10. Parecía casi placentero. Era el único hombre del grupo. Cuando leí los textos de las demás, noté un tono mucho más fuerte, en muchos, agresivo. Sus versiones estaban llenas de cuerpos que sangraban, de miedo, de resistencia. No sé cuál es la respuesta, pero entendí que el mundo en sí es más violento con las mujeres, y eso inevitablemente altera las versiones que cada uno tiene de nuestro alrededor.

Fue en ese curso que me di cuenta de mi dificultad para escribir personajes femeninos. Aprendí mucho ahí. Para empezar, que los personajes son personajes, nada más. No deberían tener una diferencia por género, sin embargo, la tienen. No todos los hombres son iguales, ni todas las mujeres lo son, pero hay algo que los atraviesa: la experiencia del mundo, que no se puede inventar sin pensarla o vivirla antes.

Desde hace años intento identificar micromachismos en mi forma de pensar y vivir para poder cambiarlos. Lamentablemente, por la simple influencia de nuestra historia, todos cargamos con ellos. La idea es detectarlos y desactivarlos. A veces aparecen disfrazados de humor o de costumbre. Uno los descubre en los detalles más mínimos: la imagen automática que se te viene a la cabeza cuando piensas en un “doctor” o en un “abogado”; o cuando no entiendes por qué alguien teme entrar sola a un ascensor.

Vivir en Lima ya implica mirar a todos lados por miedo a un robo o a un accidente. Imagínate eso, pero sumándole una legión de mirones, acosadores, tipos que te siguen. Cuando por fin te permites imaginar esos escenarios, solo da rabia e impotencia. No porque lo hayas vivido, sino porque puedes acercarte a entender lo que significa vivir con esa tensión diaria. Así crecen la mayoría de mujeres en el mundo: midiendo las distancias, calculando las rutas, leyendo las miradas. En algunos países será más sutil, en otros brutal, pero en ninguno deja de existir. El nuestro, sin duda, está entre los peores.

Al final uno escribe personajes pensando que los controla, y es al revés. El mundo que creaste solo acepta cierto tipo de individuos, y eso dice mucho. Al no entender por completo el mundo femenino, los miedos a los que se enfrentan, es probable que el mundo que cree con letras no me permita escribir sobre esos personajes que no comprendo y creía que sí. Quizás por eso la escritura también sea una forma de autoconocimiento: cada límite narrativo revela uno personal. Y hasta que no amplíe mi mirada, los personajes seguirán hablándome desde lejos, pidiendo un espacio que todavía no sé construir.

[MIGRANTE AL PASO] Un pequeño corría de forma extraña detrás de la pelota. Parecía rebotar de un lado a otro y no era gordo. Estaba feliz, si es que la felicidad es diversión. Solo caminaba un poco chueco. De adulto, siguió así. Se abría paso entre la muchedumbre con sus pasos tambaleantes. Huesos anchos y pies que parecen aletas. Lo comparte con su padre, a quien llamaban “el pato” en sus épocas universitarias. La displasia de cadera y la escoliosis lo obligaban a mantenerse con las puntas de los pies con dirección hacia afuera. De lo contrario, sentía que las rodillas palanqueaban su propia estructura. “Tienes potencial para el ballet”, me comentó una tía bailarina. Puedo hacer una quinta sin esfuerzo alguno. No se ve muy bien, sin embargo. Los arcos vencidos de mis pies lo hacen estéticamente raro. Igual no es como que porque algo deje de ser bello deje de ser útil. Para las patadas en las artes marciales me servía bastante. Una colección de medallas de oro lo demuestra.

—De ninguna manera usará corsé o arnés; mientras pueda jugar y hacer deporte, no hay nada que corregir —le dijeron mis padres al doctor. No tengo cómo saberlo, pero así me lo imagino. Como cuando no quise dar el examen de ingreso escolar por timidez, y al prenderme fuertemente de la pierna de mi padre, decidieron que no tenía por qué hacerlo si no quería.

Fue así, sin metales rodeando mi cuerpo, era de los mejores en fútbol, de los más rápidos y el que mejor peleaba. Igual, mi caso no era grave. Solo era gracioso al andar. Aparte, todos estamos ligeramente desbalanceados. La única advertencia: no estar con sobrepeso. Lo que pasé desapercibido por muchas etapas. No hay mayor misterio que el caminar recto, y el caminar chueco vendría a ser su hermano desadaptado.

Terminé el colegio jalando un curso. Luego, un año entero fue sabático. Entré a la Universidad de Lima a estudiar Negocios Internacionales, para pasarme a Psicología a los dos ciclos. No me gustaba. Solo disfrutaba los cigarros en cada hueco. Me transferí a la PUCP, un examen bastante fácil; de hecho, lo recomiendo si es que el examen de ingreso les parece muy difícil. Primero la de Lima, y luego transferencia donde quieran. Ahí, en Estudios Generales, pasé de Historia a Psicología nuevamente; terminé en Arqueología. Me aburrí y me aventuré en la Filosofía. Tuve que regresar a Generales porque me faltaba un curso. Le dio cáncer a mi madre, me botaron de la universidad por desempeño. En tres años ahí pasé de estar en décimo superior a ser expulsado. Fui aceptado nuevamente, para luego abandonarla yo por mis propios términos.

Mis desvíos no solo se daban al caminar. “No terminas nada de lo que empiezas”, me decían; solo recibían risas de respuesta. Yo siempre supe perfectamente que mi camino no iba a ser recto, y jamás lo será. Ahora, en cuanto a mis pies planos, no tienen una asociación de vida, no cargo ninguna responsabilidad tan grande. Tal vez, en este caso, sí ha sido el estar gordo. Aparte de la vía recta, existen tantas como practicantes hay en el mundo. La mía consiste en mirar hacia el exterior de las tinieblas. Una oscuridad llena de reglas y normas que, en mi humilde opinión, no valen nada, puro blah, blah, blah. “¿Por qué arrastras los pies?”, me dicen. “Estás cojeando”, me comentó una chica el otro día, “¿te pasó algo?”. Yo ni cuenta me doy. Pero mis huellas son distintas. Mis pies descalzos y mojados dejan una gran mancha, a diferencia de la esbelta figura que dejan normalmente las personas en el piso. Ahí, en el ángulo obtuso que se forma en mi base corporal, está mi compás, como si avanzara a dos lugares al mismo tiempo.

A veces siento que hasta mi cabeza funciona así. Unas cuantas tuercas me faltan sin dudas, mis ideas se disparan en direcciones contrarias. Estoy comenzando a ser un empresario y a la vez escritor. Parecen repelentes entre sí, a mí me está funcionando. Estoy en contra de la violencia, pero no conozco a alguien que se haya peleado más que yo. Ya maldije comportamientos que ahora son parte de mi forma de actuar. Hice sentir mal a gente que quiero. Viajé más que cualquier persona de mi edad y lo hice solo. Sin compartir ni un restaurante. Le di de comer a muchos niños en las calles porteñas, para más tarde insultar a un taxista. De esta manera no solo mis huesos están chuecos. Contradicciones tienen todos, tal vez las mías son más abruptas. Escribo para mí, pero quiero que me lean. No me importa que mis ideas parezcan descabelladas y no quiero encontrar a alguien que piense igual, pero quiero ganar prestigio. Así, deseo nada y todo a la vez; al igual que uno de mis pies apunta a la izquierda y el otro a la derecha.

Como dije, si divertirse es estar feliz, creo que lo estoy logrando. Adónde me llevarán mis pasos retorcidos. Quién sabe. Solo sé que a algún lugar tranquilo donde a nadie le importe cómo camine. Simbólicamente, claro. Tal vez, un lugar donde lo único que se cruce en mi camino sean mis propios pies. Solo sé que ningún mercado, ningún escritor ni ninguna ideología serán compatibles con mis propias intersecciones y secantes. Las cosas paralelas no tienen cabida en mi tambaleante cabeza.

[MIGRANTE AL PASO] Dormíamos en el mismo cuarto, era grande. Teníamos un televisor, de esos cubos gigantes que pesaban toneladas, y un sofá al frente para nuestras maratones de películas o PlayStation. Es curioso los recuerdos que uno guarda. Pueden ser insignificantes, pero por alguna razón se quedaron tatuados en la mente. A veces uno los recuerda con ternura, otras con unas risas. Pueden ser importantes o no, puede que solo estén ahí. Muchos creen saber por qué la memoria elige ciertas cosas y descarta otras, yo no tengo idea. Yo estoy seguro de haber visto a Papá Noel en su trineo, claramente no paso.

Teníamos un plan de escape. Era simplemente salir por la biblioteca, subir al techo y pasarte a la otra casa sin correr riesgos. Nunca lo hicimos, claro. Pero eso debíamos hacer si se metía alguien peligroso a la casa y nuestros padres no estaban. Nosotros le añadimos una cosa en particular. Como solo había un acceso al segundo piso, nuestro plan incluía poner el pesado televisor al borde de la escalera y tirarlo si alguien subía. Un poco salvajes, ahora que lo pienso. Pero en ese momento nos parecía una estrategia militar. Lo cuento porque tengo ese recuerdo ahí, constantemente, como una vieja escena que mi cabeza repite sin motivo.

También recuerdo cómo envolvíamos el enorme cubo con sábanas y almohadas para amortiguar el sonido que hacía al prenderse y no despertar a nadie. En teoría deberíamos estar durmiendo, pero claro, la teoría nunca funcionó con nosotros. Era como dos imanes chocando: el sueño y la curiosidad. ¿Por qué rondan esos recuerdos? Recuerdos que giran alrededor de un televisor antiguo, pesado, testarudo. Claramente hay más detrás, pero por ahora me aburre entrar en análisis psicoanalíticos. Tampoco manejo el lenguaje, así que mejor lo dejo así.

En ese mismo cuarto, sentados en el sofá, mi padre se animó a jugar PlayStation con nosotros. Era pésimo. Menos en ese momento: era Metal Gear Solid 1, hasta el juego me acuerdo. En ese se defendía, sorprendentemente. Nosotros nos burlábamos y mi hermano comenzó a pasarse un poco. Entre nosotros nos decíamos “no seas bestia” cuando cometíamos un error. En la euforia de estar jugando, mi hermano se lo dijo a mi padre un par de veces. De pronto, mi padre se molestó y levantó solo un poco la voz:

—¿Te gustaría que te diga que eres una bestia, ah?

Nos quedamos mudos y aprendimos la lección. Después seguimos jugando y no pasó nada, como si nada hubiera ocurrido. De hecho, es uno de los pocos recuerdos que tengo de mi padre levantándonos la voz. Lo curioso es que no lo recuerdo con miedo, sino con cierta ternura. A veces pienso cómo no nos mataron… a mí, por lo menos.

Ese cuarto fue cambiando: pasó de ser de mi hermano y mío a ser solo suyo. A mí me mandaron a otro, aunque igual terminaba durmiendo en el sillón del de siempre. Podría decir que casi no usé mi nueva habitación. Salvo cuando jalé como seis cursos y me castigaron. Me quitaron el televisor y en mi cuarto solo había libros. Hasta le pusieron pestillo al cuarto de mi hermano para que no entrara. Yo sentía que estaba preso. Felizmente siempre se apiadaban y no duró mucho mi encarcelamiento. “Como hacían los niños antes”, pensaba. No tenían nada que hacer, y aun así sobrevivían.

Volví a jugar PlayStation con mi padre, esta vez, FIFA; tuve que dejarlo ganar una vez por lo menos, para no repetir la historia. Yo nunca le gané en ajedrez, eso sí. Era imbatible. Despertarme todos los días con Max a mis pies, un enorme pastor alemán que parecía más viejo que todos nosotros juntos. Hasta un fantasma creo que vi en ese cuarto, una silueta blanca que juro haber visto moverse entre los muebles. Mi hermano sacándome a la fuerza de su cama porque la dejaba caliente luego de las siestas postcolegio. Él llegaba de la universidad y se molestaba. Era su cama, su territorio, su ley.

Los “cucuruchos de la muerte”, así llamábamos a nuestro juego, una versión casera que consistía en agarrar a almohadazos a quien fuera el cucurucho en ese momento. No tenía sentido, pero era divertidísimo. La primera vez que vi a mi hermano con un cigarro me puse a llorar como si hubiera descubierto un crimen. Jugar gladiadores con los cojines como escudos. Los mismos amigos que tengo ahora, sentados ahí en versión pequeña, con los mismos gestos, las mismas risas, los mismos gritos. Todo un mundo dentro de un solo cuarto.

Tengo mil anécdotas más. Fue el cuarto donde crecí. Ahí formé gran parte de lo que soy ahora. Los valores que tengo gracias al alarido de mi madre cuando nos vio apuntándole a palomas con nuestras hondas. Nunca más se repitió nada similar. Pero así debe ser el cuarto de todos los niños: un lugar seguro donde puedan jugar, imaginar, pelear y reconciliarse.

Y que los monstruos se los imaginen, y no sea quien duerme en el cuarto de al lado. Al final, los niños son los verdaderos líderes y de quienes dependerá todo. Así que todos merecen un lugar como el que yo tuve: caótico, ruidoso, lleno de errores y pequeñas victorias. Un cuarto con un televisor que pesaba una tonelada y un millón de recuerdos que todavía, de alguna forma, siguen encendidos.

[MIGRANTE AL PASO]  Hace unos meses conversaba con mis padres sobre la posibilidad de irme a vivir un tiempo a otro lado, desde China, Japón o cualquier lugar fuera de Latinoamérica. De preferencia un idioma nuevo y una cultura totalmente distinta. Estoy aburrido de que pase siempre lo mismo. En esa conversación mi humor se descontroló y le dije a mis padres, molesto: Odio al Perú, lo detesto. No sé si les ha pasado decir algo en voz alta así, no lo sientas en realidad. Fue algo como eso. Por orgullo tonto no retiré mis palabras y me quedé pensando en eso bastante tiempo. Me pareció percibir un poco de decepción, no es normal que alguien suelte esas palabras hacia su propio país. Estaba desesperado y simplemente lo dije. Si bien no es cierto, el cariño hacia mi país está dirigido a la gente, su historia y cultura. Porque a los parásitos que nos gobiernan desde hace décadas sí se merecen el odio y no solo el mío, el de todos. No sé si, feliz o lamentablemente, el Perú va a ser parte de mi identidad donde esté y prefiero pensar que es algo bueno. Después de todo, la nacionalidad es eso, una identidad. A veces uno puede irse lejos, cambiar de idioma, de paisaje o de costumbres, pero hay cosas que se quedan grabadas. Los sabores, las calles, las canciones, la forma en que la gente se saluda o se ayuda. Todo eso te sigue donde vayas, aunque intentes ignorarlo.

Regresé de viaje la semana pasada, había hablado con amigos sobre qué estaba pasando en el país, pero al llegar fue que me di cuenta de la magnitud. ¿Estamos en un país perdido? Me pregunto siempre. ¿Qué futuro tiene la gente de nuestro país, si quienes deben de cuidarnos o protegernos hacen todo lo contrario? Es como nacer con una sentencia y la verdad que es insoportable. Puedo ponerme en los zapatos de millones de personas que saben que están abandonados por lo que debería ser un sistema que los incluya. No se tienen más que a ellos mismos para salir adelante, algo que parece imposible en un lugar donde el poder está totalmente desbalanceado.

Hemos tenido 8 presidentes en menos de 10 años. Si eso no es una crisis prolongada y un indicador de que las riendas del país ya no las tiene nadie, no sé qué más deba pasar. Salió una noticia que entre el 2018 y el 2024 más de dos mil policías habían tenido investigaciones de violencia en el hogar. Me atrevo a pensar que eso no debe representar ni el 10% de la realidad. Ellos son los que tienen pistola y ellos son los que reprimen las protestas. Si no cuidan ni a sus familias, ¿qué van a cuidar a unos desconocidos? Encima tienen la falta de empatía de menospreciar el problema de las extorsiones y de minimizar el pedido de las personas que han salido a marchar.


En lo que va del año se han registrado más de 18 mil denuncias por extorsión, es decir, 75 denuncias diarias aproximadamente. 3 de cada 10 personas en Lima han sido víctimas de extorsión o conocen a alguien que lo ha sido. Al igual que con la cifra de policías debe haber más del doble que no denuncia por miedo. Un miedo totalmente comprensible porque el costo es que te maten a balazos. Solo me ha pasado una vez que me apuntaron con un arma y fue una experiencia espantosa, sabía que estaba a un mal movimiento del ladrón para que dispare y me muera. Todas estas personas viven eso a diario y peor. Cada día salen a trabajar con la incertidumbre de si regresarán, de si los llamarán por teléfono para exigirles dinero o los seguirán por la calle. Vivir así no es vida, es resistencia.

Así es la situación de nuestro país, un país en el que te duermes y al día siguiente ya tienes otro presidente. Como sucedió esta semana. Si bien nadie quería a Dina, solo un 1% que para mí solo era el margen de error que se toma en cuenta en toda encuesta, ella por más inepta e irresponsable no era el mal final. El verdadero problema son solo 130 personas, que se encuentran incrustadas en el Congreso como si fueran garrapatas. Me daría vergüenza formar parte de ese grupo rastrero. Es en sus manos donde recae la responsabilidad de la desdicha de más de 30 millones. No son solo los transportistas o las pequeñas empresas quienes están siendo apuntados por armas, es todo el país el que se encuentra en ese lugar. Lamentablemente, estas mafias ya se encuentran dentro del gobierno y no se me ocurre una manera de eliminarlos con nuestro sistema enmarañado de justicia. Simplemente nada funciona. Solo quiero no tener razón en esas palabras descontroladas que dije hace unos meses, aunque cada día que pasa me cuesta un poco más creerlo.

[MIGRANTE AL PASO]  Después de dos años regresé a Buenos Aires, donde viví un buen tiempo. Desde antes de subirme al avión todo se sentía raro, como si algo en mí estuviera fuera de lugar. Siendo honesto, no sabía muy bien qué sentir o si realmente quería regresar o no. Fue una época confusa, donde aprendí demasiado, pero también descubrí aspectos intensos y oscuros sobre mí mismo y sobre la vida en general. Durante el vuelo estaba algo desesperado; me había olvidado de los aviones de Aerolíneas Argentinas: sucios, antiguos y estrechos. Si mides 1.80 metros o más, vas a tener un mal vuelo sí o sí. Yo no duermo en los vuelos, así que iba recordando todo lo que había vivido en ese país. Incluso sentí ansiedad después de mucho tiempo sin experimentarla.

Al llegar al aeropuerto fue peor aún. Desde niño no hacía una cola de dos horas en migraciones, donde te pedían hasta el pasaje de vuelta y revisaban todo con una desconfianza exagerada. La diferencia de trato hacia personas con ciertos rasgos específicos era demasiado evidente. Hace menos de un mes estuve en Estados Unidos y, a pesar de todos los problemas que han estado ocurriendo, fue mucho más tranquilo el paso por migraciones. Igual, nunca te puedes guiar por esas comparaciones. Parece que ser un energúmeno con autoestima baja es casi un requisito para ese trabajo. En fin, puse un pie afuera del aeropuerto y todo cambió de golpe: la gente era amable, sonriente, y en el trayecto hacia mi hotel me di cuenta de que me había olvidado de lo bonita que es la ciudad, con un clima rarísimo. Hace calor y frío a la vez, algo que parece imposible, pero sucede aquí.

Después de descansar un rato, escribí a unos amigos o conocidos, pero ninguno me contestó. Eran tres nada más. No los culpo tampoco: yo decidí desaparecer de sus vidas primero. A algunos incluso los borré de mis redes sociales porque quería eliminar ese momento de mi vida, pero es imposible borrar el pasado. No sentí tristeza, así que probablemente mucho no me importaban. De hecho, mejor que no me hayan contestado. A veces creo que tengo un problema con ese tipo de cosas, porque no es la primera vez que me ocurre. Cuando estuve en Canadá de adolescente por dos meses, me dejaron en el aeropuerto para regresar a Lima y me dieron un regalo. Cuando perdí contacto visual con ellos, boté el regalo a la basura y nunca más hablé con ninguno. ¿Está mal o bien? No lo sé y tampoco importa demasiado.

Como había dormido bastante cuando llegué, se me desestructuró un poco el horario y estuve durmiendo tarde. Busqué qué tan lejos estaba de mi antiguo departamento, donde vivía. En el mapa la ubicación estaba guardada como “casa”. Me había olvidado de ese detalle. Nunca pensé en ese departamento como un hogar; estaba muy lejos de eso, la verdad. Fui caminando. Poco a poco me iba acordando de las calles, de los huecos en el pavimento y de los grafitis que siguen iguales. Llegué y me quedé un rato viendo el edificio. Seguía el portero viejo y renegón, que me caía mal desde siempre. Recordé lo desagradable que me resultaba. Estaba parado en la esquina de Arenales con Azcuénaga, me fumé unos cuantos cigarros antes de seguir caminando. Por esas calles solía caminar de madrugada, escuchando música porque no podía dormir, cientos de noches iguales. Recordaba también el apagón de cuatro días por el calor intenso, las voces de la gente gritando cuando Argentina metía un gol, alguna que otra pelea en las calles, los psicólogos, las pastillas, el insomnio y las semanas sin hablar con nadie. Felizmente ya no estoy en esa situación. No fue Buenos Aires, fui yo. Esta ciudad me parece encantadora, con defectos comunes de cualquier ciudad de Latinoamérica, pero no deja de ser genial.

Me demoré en escribir esta crónica. Era una mezcla de miedo con frustración. No me salían las palabras y dudaba demasiado. Hay mil cosas que podría decir, pero preferí enfocarlo en lo que significa regresar a un lugar en el que he vivido. Un lugar hermoso, pero no un lugar que supe disfrutar en su momento. Siendo sincero, yo no quería venir. Mi padre insistía en que lo haga y, por más inteligente que seas, no se puede superar la sabiduría de alguien que ha vivido más que tú. Así que hice caso. Y efectivamente, en solo estos días siento un gran cambio. Era algo que tenía que enfrentar y lo estoy haciendo.

Ayer en la noche, cuando no sabía qué escribir, aparecían en mi cabeza miles de ideas para trabajar en ficción, que es lo que siempre he querido. Como si hubiera tenido una especie de cierre con algo que no me daba cuenta de que seguía abierto. Como una herida que no había terminado de cicatrizar. Ahora, por fin, llegó el momento en el que puedo reírme de esos años y, al mismo tiempo, usarlos como un recuerdo que ya no pesa tanto, sino que se transforma en un impulso para lo que viene.

[Migrante al paso]  Pensando en ropa. Ahora en tiempo de descanso, viendo la serie sobre Balenciaga, el diseñador, y cómo fue cambiando sus diseños desde antes de la Segunda Guerra Mundial. De repente pensé que ya me toca comprarme ropa. Pero todavía no, me faltan diez kilos por bajar y de ahí recién. Puede sonar superficial, y efectivamente lo es, pero si te pones ropa que te gusta, que te acomoda y en la que te ves bien, tiene un efecto positivo que no se queda en lo superficial. Es algo con lo que siempre he estado de acuerdo, pero nunca lo he cumplido. Al final, tu apariencia es como una casa.

Siempre recuerdo una de las normas esenciales del hogar de mis padres. Desde que éramos niños, si un foco se malograba, se cambiaba inmediatamente. Lo mismo con la pintura o con cualquier detalle que pudiera dar la impresión de descuido. No era un acto de vanidad, sino un principio que tenía influencia directa en el estado mental de todos en casa. En los ochenta hicieron un estudio en el que dejaban autos en cuadras al azar en distintos lugares, con la luna rota o sin placa, básicamente señales de abandono. A los días, los autos eran vandalizados y el entorno se volvía más propenso a actos criminales. Ante la percepción de que algo no está siendo cuidado, aparece una vulnerabilidad mayor a lo negativo. Lo mismo se aplica a la apariencia personal.

La semana pasada fui al gimnasio todos los días con mi hermano. Y cada día él me repetía que me comprara zapatillas deportivas y ropa especial para hacer ejercicio. Al inicio me parecía innecesario, pero terminé haciéndole caso. Comencé a ponerme ropa de deporte y, no sé si fue una ilusión o no, pero mi desempeño mejoró. Incluso podía utilizar más peso. Mi madre me lo dice desde que tengo memoria: “¿Cómo vas a salir así a la calle?”, me decía con cara de que estaba loco. Mi abuela lo mismo. Para salir de la casa tenía que pasar por esos dos comentarios sí o sí. Y tenían razón, aunque yo lo llevaba al extremo.


De chico me iba a la bodega de la esquina en pijama y descalzo. Mi hermano también tuvo una época parecida; creo que la dejó cuando alguien le gritó “¡vagabundo!” desde un carro. Hasta ahora me mato de risa de ese recuerdo. Nos deben haber querido matar de vergüenza. Incluso en el colegio, cuando iba en chanclas en verano, bajaba al recreo descalzo y jugaba fútbol así, con los pies en carne viva contra el cemento. Una vez, en un viaje escolar a Cusco —de esos que había una vez al año—, no me bañé en toda la semana porque no había agua caliente. Recuerdo que solo llevé un jean y fue lo único que usé en todo el viaje. En mi defensa, aún no había desarrollado, así que no llegaba a oler mal… o eso quiero pensar.

Después de mucho tiempo con ese estilo de vida —excluyendo lo de no bañarme, que fue un caso extremo de ese viaje escolar— poco a poco me fui sintiendo mal. Porque le fui quitando valor a la práctica de cuidarse a uno mismo. Desde entonces, ha sido por épocas: a veces cuido mi apariencia y a veces la descuido. Y no es coincidencia que cuando me he sentido bien emocionalmente, también me he arreglado más. En cambio, en los periodos difíciles, lo he dejado de lado.

Ahora tengo 31 años, y dicen que a partir de los 35 todo es cuesta abajo. Por eso he decidido cuidarme en todo sentido: físico, mental y emocional. No quiero llegar a esa edad sin conocer mi máximo potencial. Pienso que, si no llego a experimentarlo, tal vez nunca llegue a conocerme del todo.

Esa forma de ser me acompaña desde muy chico. Cuando tenía 14 o 15 años, seguía siendo un niño en comparación con mis amigos. Ellos ya pensaban en chicas, en los primeros tragos, en fiestas. Yo seguía más preocupado por los videojuegos, los animes y el fútbol. Cuando comenzó la época de los quinceañeros, recuerdo que iba con mis zapatillas de fútbol y un buzo. No soportaba la ropa incómoda; sentía que era como ponerme una camisa de fuerza. Usar zapatos de terno era una tortura. Igual, en ese momento todavía tenía la excusa de que era un niño.

Pero luego creces, y ya no puedes seguir así. No porque se vea mal o porque importe demasiado lo que piensen los demás, sino por lo que significa en la relación con uno mismo. A veces me pongo a pensar en eso: cómo lo externo, lo que parece más superficial, termina filtrándose en la manera en que te percibes. Es extraño, porque todavía me debato entre esas dos posturas: la del que no le da importancia y la del que sí la reconoce. No lo he resuelto del todo, no es algo que pueda cerrar con una lección aprendida. Más bien es una pregunta que todavía me acompaña: hasta qué punto la forma de vestirme me define, y hasta qué punto puedo seguir siendo yo sin darle tanta vuelta a ese tema.

[MIGRANTE AL PASO] Comenzó cuando tenía 25 años. No podía dormir y sentía que la vida se me adelantaba. Conocí a un psiquiatra y psicoanalista que por fin respeté y lo haré siempre. Comencé a tomar medicamentos de manera no tan estricta. Me olvidaba y, en fin, la cosa no era tan grave. Solo una vida sin motivación personal alguna, pero estaba tranquilo dentro de todo, salvo malos humores y actitudes repentinas que podían escalar. Después de unos años en Argentina, entre subestimar la soledad y ser alguien que no tiene mucha facilidad para hacer amistades, el insomnio se volvió insoportable. Primero días, luego semanas; al final perdí la cuenta. Creo que batí el récord de tiempo sin dormir. Cuando lo hacía no sé si era caer somnoliento o desmayado. Se puso grave, más de lo normal. No tengo ninguna enfermedad cerebral ni nada, pero si la salud mental puede generar un cáncer, también te puede dejar sin sueño muchos días. Comencé a tomar medicamentos más potentes: venlafaxina, quetiapina, estabilizadores anímicos; me bombardearon de pastillas y yo las acepté porque solo quería poder descansar sin importar el costo. Una de las principales causas de locura temporal o variaciones es justamente la falta excesiva de sueño.

Me ayudó en su momento. Descansé. Pero no me di cuenta de que esas pastillas literalmente cambian la estructura de tu mente, por lo tanto tu personalidad, actitud e incluso tu identidad. No estoy en contra de la psiquiatría, me gustaría dejarlo claro, pero sí siento que es algo que debería tomarse más en serio y no como sucede actualmente: vas a cualquier especialista, le mientes un poco y sales con blísteres de ansiolíticos o lo que quieras. Yo lo he hecho de más chico y, ¿qué hacía? Lo utilizaba recreativamente, por ponerlo bonito. Mi psicólogo murió y continué terapia y los medicamentos con otra persona que también me ayudó mucho. Pero algo ya no era igual. Era el momento de por fin cumplir lo último que me pidió. No era dejar terapia, pero igual lo hice. Tampoco dejar las pastillas; igual lo hice. ¿Qué era? Tomar las riendas de mi vida; también lo hice. Para hacerlo necesitaba mi mente despejada; no podía tomar los antipsicóticos porque, para retomar el control, dormir hasta las 2 de la tarde no ayudaba. No digo que ya esté todo bajo control, pero un cambio drástico sí se ha dado. Desde cómo me veo hasta cómo pienso. Sigo siendo un poco loco, pero aceptar mi locura para aprender a controlarla es la única manera de ser el propio piloto de mi vida.

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A comienzos de este año tomé el primer paso y conversé con mi psicóloga del momento para decirle que necesitaba intentarlo yo solo. Necesitaba probar algo nuevo porque me lo pedía mi propia intuición. Al comienzo me costó y me vi obligado a hacer deporte gracias a una buena conversación con mi hermano. Comencé a tomar suplementos naturales como creatina, ashawandha y vitaminas, entre otras. Nada que me haga daño y solo me fortalezca. Día a día. Pasaron unos meses y me comencé a ver distinto yo mismo. Esos pequeños cambios que iban apareciendo me motivaban a seguir. Aún estoy a mitad de camino, pero el ánimo, la fuerza y la motivación comenzaron a renacer dentro de mí. Había pasado mucho tiempo y muchos intentos para por fin recuperar las ganas de mejorar. Despertarme sonriendo, irme a dormir con ganas de vivir el día siguiente eran cosas que extrañaba y necesitaba. Sigo siendo un renegón, susceptible a menosprecios e incomodidades; cada vez sé manejarlo mejor. Y a eso apunto. Ser lo suficientemente fuerte, en todo sentido, para que nimiedades no logren sacarme de quicio y saber ignorarlas. Ya que al final no tengo nada que demostrarle a nadie más que a mí.

Eso de mente y cuerpo es una realidad. Lo que muchos no entienden es que es todo junto, como uno. No son dos caras de una moneda; es la moneda entera. Mente y cuerpo son lo mismo. Y cada uno tiene su propia metodología. En mi caso, no soy un buen gestor ni planeador, así que tengo que ir adaptándome mientras actúo. Me despierto y no tengo que pensar ni dudar. Pensar en qué harían mis fuentes de inspiración e ir a entrenar; después mi día se ordena solo y avanzo. No digo que sea la manera exclusiva de hacer las cosas: cada uno tiene su propia fórmula y parece que ya encontré la mía. Sin pastillas ni torturas mentales. No escribo esto para que hagan lo mismo que yo. Más bien, para motivar a quienes creen que ya no hay nada que hacer: siempre se pueden probar nuevos acercamientos para lo que quieras y así, solamente así, haciendo cosas es que cambian las cosas. Ahora disfruto de escribir, leer, ver películas como lo hacía cuando era niño. En lo que antes parecía disociarme, ahora estoy presente. Me gusta pensar que con estos cambios la gente que me rodea también está más tranquila y contenta. Así es sentirse bien, tal como lo imaginaba.

[MIGRANTE AL PASO]  Después de estar en Canadá por un intercambio obligado en el que debía pensar sobre mi futuro, específicamente qué y dónde estudiar. Estaba bastante perdido, ahora lo sigo estando, pero menos felizmente. Claramente, no pensé nada de eso. Pero fue mi primer viaje solo y tal vez ahí nació mi curiosidad e interés por hacerlo para siempre. Recuerdo salir del aeropuerto de Lima, después de casi dos meses y en el camino mi padre me pregunta: “¿Y qué pensaste?”. Por miedo a decir que no tenía ni idea le dije que quería estudiar Negocios Internacionales en la de Lima. Claramente, con la inteligencia de mis padres, sabían que se me ocurrió en ese instante, no son personas a las que se pueda outsmart fácil, sobre todo cuando tenía 17 años. Así comenzó mi primera expedición fallida de incontables universidades. Sigo pensando que pedirle a alguien de 17 años que decida todo su futuro es exagerado. Fue ese mismo año que conocí al joven pirata que luce un sombrero de paja como emblema y símbolo de su propia libertad.

En ese momento había ya como 600 capítulos, actualmente hay 1142. Casi 26 años en emisión y aún no termina. Y así One Piece se está convirtiendo en una de las mejores obras jamás escritas. Un anime que abarca casi todas las problemáticas reales y cómo con el sueño de cada miembro de la tripulación pirata se van logrando cambios. Eiichiro Oda, el genio escritor de 50 años, actualmente ocupa el puesto número 7 de autores más vendidos en la historia. Por encima suyo solo están Shakespeare, Agatha Christie y otros de ese calibre. Niños que siguen siendo niños y adultos que fueron niños viven su día a día siguiendo los valores que esta obra resalta. Entre ellos, la valentía y actuar frente a injusticias destacan.

Todos los días saliendo de clase, si es que no me tiraba la pera, regresaba a ver sus aventuras sin parar, decenas de capítulos al hilo. De muchas que me quedaron marcadas hubo una en especial que me hizo replantear mi camino en la vida y, por lo tanto, mis sueños. Dentro de esta tripulación, Robin, la arqueóloga, fue secuestrada por la Marina y en represalia comenzó un rescate, y esto pasa cuando se encuentran cara a cara.

En la azotea de Enies Lobby, la sede del Gobierno Mundial. Robin, con las cadenas mordiendo su piel, no dudaba de su decisión: morir. Creía que era lo único que merecía una paria como ella y que era la única forma de proteger a los Sombreros de Paja, sus amigos preciados, de la persecución implacable del Gobierno Mundial.

Pero Luffy, el capitán, no conoce la resignación. No acepta la derrota, ni mucho menos los sacrificios silenciosos. Su grito rompe con toda tensión.

—¡Sogeking, dispara a esa bandera!

Usopp, el ingenioso y miedoso francotirador, oculto tras la máscara, apunta. En un instante, la insignia que había gobernado con miedo al mundo entero arde en llamas. El fuego no solo pulveriza la tela: desafía siglos de sumisión, se burla del poder absoluto y proclama la guerra abierta.

La tripulación no pestañea. Nadie retrocede. Todos entienden lo que significa y lo aceptan con calma brutal. Ya no es solo rescatar a Robin: es desafiar de frente al monstruo más grande del mar.

Robin mira. Ellos han roto el equilibrio del mundo por ella. El precio es inimaginable. ¿Puede cargar con eso? Luffy, con su voz llena de enojo, no admite excusas:

—¡Dilo, Robin! ¡Dilo con tu propia voz!

Ella por fin explota y grita con voz desgarradora:

—¡Quiero vivir! ¡Llévenme con ustedes al mar!


En ese instante, la condena que había cargado toda su vida se rompe. No hay más dudas, no hay más cadenas. La bandera arde, los Mugiwara sonríen. Me sentía uno de ellos, que mis amigos y familia representaban a cada uno del grupo pirata. Me sentí abrazado. Como cuando mi padre me da palabras de motivación o mi madre me ha abrazado en momentos que lo necesitaba y no lo sabía. Declararle la guerra al Gobierno Mundial es algo que mi hermano haría por mí y yo por él. Solo obras maestras como esta pueden generar ese tipo de sensaciones. Últimamente la bandera de estos piratas ha tomado vida propia y demuestra que de la ficción a la realidad solo hay una estrecha línea.

En Indonesia, la ficción también se hizo carne. Durante las celebraciones por la independencia, en lugar de izar con orgullo el rojo y blanco, comenzaron a aparecer banderas con una calavera sonriente y un sombrero de paja flameando al viento. Lo hicieron primero camioneros, protestando contra reglas que sentían injustas, pero pronto se multiplicó el gesto: gente cansada de gobiernos que hablan en nombre del pueblo y gobiernan para la élite, decidió identificarse con piratas ficticios antes que con autoridades reales. Quemar o reemplazar un estandarte oficial en un día patriótico es un acto que bordea la traición, pero también es una confesión: hay más verdad en un símbolo nacido del lápiz de Oda que en los discursos repetidos desde el poder. Ese fuego en Enies Lobby, cuando la bandera del Gobierno Mundial se consumía frente a Robin, parecía repetirse en el sudeste asiático. No era un capricho otaku, era un lenguaje común entre quienes se sienten despojados de todo, menos de la capacidad de resistir. Y la bandera, que alguna vez ardió en la ficción, ardía otra vez, pero en las plazas y calles reales de Yakarta y más allá. Incluso las autoridades declararon como delito mostrar la bandera del anime.

En Nepal la historia tomó un rumbo aún más dramático. Fueron sobre todo los más jóvenes, hijos de otra generación, quienes salieron a las calles cuando el gobierno intentó silenciar redes sociales y reforzar viejos mecanismos de control. Lo que empezó como indignación digital se convirtió en protesta masiva, y entre pancartas con frases como “Wake up Nepal” o “Unmute your voice”, volvió a aparecer la bandera de los Sombreros de Paja. Para ellos era un gesto de libertad, de decirle al poder que no tienen miedo de hablar, que no aceptan vivir callados. La represión fue inmediata y sangrienta: al menos diecinueve muertos, centenares de heridos, un costo insoportable para un símbolo nacido del papel y la tinta. Pero la bandera siguió ondeando, convertida en estandarte de duelo y esperanza. Como millennial, me toca mirar esa escena con un peso distinto: crecí viendo esos capítulos como refugio, como compañía silenciosa, y ahora descubro que en otro rincón del mundo esa misma ficción sostiene la voz de quienes pelean por derechos básicos. Lo que para mí fue compañía y sentido, para ellos es escudo y grito colectivo. Y ahí confirmo que la frontera entre el manga y la vida real ya no existe: un sombrero de paja puede significar lo mismo que una constitución, una bandera, un manifiesto. De hecho, muchos intelectuales sostienen que las nuevas fuentes de filosofía se encuentran en el anime.

Y entonces recuerdo la escena en Wano, ese país insular inspirado en el Japón feudal, encerrado durante siglos y dominado por la tiranía. Allí, Luffy le entrega la bandera de los Sombreros de Paja a Momonosuke, heredero y nuevo shogun del país. Momo, que alguna vez fue un niño temeroso, recibe ese símbolo como un escudo y una promesa: mientras esa bandera ondee, Wano nunca estará solo. Es un gesto que atraviesa la pantalla y se instala en la realidad: la bandera como herencia, como confianza, como desafío al miedo. Quizá eso explica por qué en Nepal, en Indonesia o en mi propia vida, ese emblema sigue ardiendo como recordatorio de vivir sin rendirse.

[MIGRANTE AL PASO] La calle en otro tiempo, tenía sus baches, poca iluminación y veredas irregulares por las fuertes raíces que rompían todo a su paso al crecer, especialmente, cuando se trataba de árboles antiguos. Existía un cable que se cubrió de enredaderas y caía como una cortina verde y misteriosa; de día las ardillas atravesaban de un lado al otro. Si tenías suerte, camino hacia el acantilado, en esta pequeña cuadra, una luna descomunal te recibía casi a la misma altura. Nada como ingresar a tu hogar tras contemplar un paisaje.

Regresaba de noche, después de una parrillada con amigos. Reuniones que cada vez son menos frecuentes. Algo que no me gusta de la adultez: puede ser más solitaria. Antes de estacionarme me quedé observando hacia el final del jirón a través del parabrisas. La pelota se escuchaba cuando golpeaba contra el garaje de madera. Uno tras otro. El niño con guantes, uniformado, saltaba de un lado para otro. Sonreían. El hombre pateaba y el pequeño atajaba. No presenciaba algo así hace mucho. Sentí que, después de todo, no todo está corrompido. Una vivencia sencilla, pero nostálgica y hermosa. Me transmitieron el buen ánimo. En esta misma calle, 28 de Julio, hacíamos lo mismo. Ventanas rotas y vecinos que nos gritaban por golpear sus autos de un pelotazo. Palos de arco. Ronaldo, Tévez y Shevchenko a nuestras espaldas. Gritábamos como si disputáramos una final. Todo eso genera una breve experiencia.

En el entorno en que creces, inevitablemente tu psique va llenando las estructuras arquetípicas; personajes y espacios cumplen un rol. Algunos varían, otros permanecen. Ya sea un barrio, un colegio o solo tu casa. Nuestros padres eran la autoridad y la ley. Mi abuela era la guía, el sabio, el mago que nos acompañaba en aventuras. En mi hermano veía al héroe y al rival, pero sobre todo al compañero. Solo con eso ya puedo imaginar incontables relatos bajo ese sistema. No podían faltar nuestros guardianes, nuestros centinelas salvajes y feroces, la fuerza caótica para desatar temor que todo niño necesita como protector. Primero fue un pastor alemán gigante, luego muchos más.

—¡Fran, anda a comprarme cigarros, porfa! —me decía mi padre. En ese tiempo fumaba y me convenía, porque me quedaba con el vuelto y de paso una gaseosa y un chocolate. Iba con mi perro, más grande que yo. Entraba a Piselli, bar legendario de la esquina de mi casa, caminaba entre las mesas redondas con sillas antiguas. Olía a madera y a viejo. Todo lleno de botellas en las paredes y, en un par de mesas, el grupo de siempre. Unos ancianos que siempre me trataron bien, definitivamente mejor de lo que se trataban a ellos mismos. No importaba la hora, siempre estaban allí. En ese oscuro sitio encontraba la decadencia del caído en el grupo de marginados. Encarnaban un destino trágico, pero no llegaban a ser de una energía negativa, por lo menos así es en mis recuerdos.

—¡Mi gordo! —me gritaba el Zorro, quien atendía en la cantina. Lo percibía mayor, pero habrá tenido 20. Me daba lo de siempre. Ya era conocido. El joven carismático me salvó de robos y peleas cuando, ya más grande, exploraba las noches barranquinas.

El PlayStation era el entretenimiento dentro de casa, pero en la calle las pichangas 3-3, el skate y carreras en bicicleta cumplían ese papel. Como siempre, alguien debía ser el villano. Un viejo cascarrabias, gordo, calvo y bajo. Como verán, muy feliz no estaba. Era el opositor. Nos gritaba cada vez que le caía una pelota en su coche, un Yaris turquesa. Buen gusto tampoco tenía. Nos hacía la vida insoportable. Ponía nuestra libertad en tensión. Felizmente éramos reactivos y un poco locos. En represalia, colocábamos palos cerca de su carro para que tuviera que moverlos cuando quisiera salir. Un poco de ejercicio tampoco le venía mal. Había otro personaje sombrío pero ambivalente: no era negativo, pero sí un tanto siniestro. También, un lugar.

A pocas casas de la emblemática cantina, había una vivienda antigua. Parecía que cualquier temblor la derribaba. Vivía una señora canosa; nunca le vimos el rostro porque el cabello siempre lo cubría. Caminaba encorvada. Daba miedo, pero no dejaba de ser una anciana. Le decíamos “la bruja”. Simbolizaba el misterio y enlazaba, dentro de nuestra cosmovisión infantil, con el otro extremo de la calle, donde ya no había salida: llegabas a una pared de enredaderas y árboles, en los cuales varias veces me estrellé en bicicleta por no saber frenar. Dentro de esa selva —el Amazonas para una mente que recién está descubriendo el mundo— se ocultaba un pasaje secreto, uno que descubrimos en alguna exploración ya olvidada.

Este era un portal hacia otro mundo, como la puerta torii en un templo sintoísta. Era un umbral en el que ingresabas a lo prohibido, un espacio de riesgo y calma. Un submundo a pocos metros de mi cuarto. Cuando terminaba el año escolar nos metíamos, pasábamos por restos de lo que fue una casa. Quedaban ruinas, un arco de pared intacto. Se podía ver dónde estaban los cuartos y la cocina. Un enorme hueco con un mueble dentro era un hoyo negro de sentimientos reprimidos, miedo y lo no dicho. En este lugar, como rito de paso, quemábamos los cuadernos del año de estudio y nos quedábamos viendo el fuego largo rato. Pasamos mucho tiempo en ese sitio, nos gustaba jugar con la sombra.

Ahí estaba yo. El viajero entre mundos. El niño-héroe que aún se mantiene en formación. Y ahora, como guardián de la memoria y cronista, desempeño el rol de testigo: el que observa y lo cuenta.

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