[MIGRANTE AL PASO] De noche las calles más simples, aquellas que en el día parecen insignificantes y que nadie recuerda dos cuadras después de haberlas recorrido, toman un aura peculiar. Es como si se quitaran el disfraz rutinario que llevan bajo el sol y se atrevieran a mostrarse en su verdadera forma. Tal vez es mi astigmatismo el que distorsiona las luces y me hace verlas más alargadas, más espectrales de lo que en realidad son. O quizá es el silencio, un silencio que nunca se encuentra a plena luz del día, lo que cambia por completo la percepción. Ese silencio pesa, acompaña, se adhiere a las paredes desconchadas y a los postes, y termina por volver extrañas las mismas cuadras que a la tarde pasan inadvertidas. No todos conocen la noche y sus misterios. La ciudad se transforma, los personajes que caminan en ella se tornan más herméticos, como si cada rostro escondiera un secreto y cada rincón guardara un relato pendiente.

Siempre me ha costado dormir. En todas las ciudades donde he estado, nunca ha faltado la caminata de madrugada, acompañada por varios cigarros que se consumen con la misma rapidez con la que pasan las horas. Muchos creen que no estamos hechos para vivir de noche, que la oscuridad es contranatural, pero la realidad es que muchísima gente lo hace, y no necesariamente por gusto, sino porque hay un magnetismo difícil de explicar que empuja a algunos a preferir la penumbra. Allí, en la oscuridad, se esconde otro plano de la ciudad, un plano que convive con el visible pero que rara vez se cruza con él. A veces te encuentras con las mismas personas, aquellos que también se sienten más cómodos respirando el aire fresco y escaso de la madrugada. Los reconoces, aunque no hablen, aunque pasen de largo: comparten contigo la complicidad de la noche.

Se suele pensar que el crimen y el mal vivir reinan cuando cae el sol. Y puede ser cierto en metrópolis gigantes, donde el anonimato es absoluto y la violencia encuentra escondrijos en cada esquina. Pero en otros lugares la noche suele ser un tiempo de calma y de paz, un refugio donde las calles adquieren un carácter más íntimo, más cercano. Recuerdo en Buenos Aires, cuando mi vida estaba desordenada, sin estructura ni rumbo, me encontraba más despierto de noche que de día. Era una paradoja: mientras la ciudad intentaba dormir, yo me encendía, como si mis pensamientos solo pudieran articularse al margen de la rutina establecida. A lo largo de la historia, la noche ha sido siempre terreno de mitos y leyendas. Vampiros que seducen antes de hundir sus colmillos, asesinos que esperan agazapados en la sombra, fantasmas que aparecen en el umbral entre el sueño y la vigilia. Por eso tanta gente la teme: porque proyecta en ella todo lo que no entiende de sí misma.

Lamentablemente, hoy la inseguridad ya no necesita ocultarse en la penumbra. El día ha dejado de ser garantía de resguardo. Lo vemos a diario en nuestro país: los asaltos ocurren en avenidas repletas de gente, los crímenes suceden frente a cámaras y testigos. Los monstruos legendarios nunca fueron más que un reflejo nuestro; los verdaderos monstruos han sido siempre humanos, y pruebas de ello sobran.

Los primeros años después de salir del colegio la noche tomó un carácter distinto, más ruidoso y superficial. Se convirtió en sinónimo de fiestas, de locura, de peleas absurdas en discotecas, de amanecidas interminables que dejaban el cuerpo agotado y la mente vacía. La magia se esfumó y la oscuridad se volvió autodestructiva. La noche había perdido el misterio. Poco a poco comprendí que la vida nocturna no tiene por qué reducirse a un escaparate de excesos; puede ser, más bien, un espacio de contemplación y de recogimiento, un territorio donde uno se reconcilia consigo mismo.

Mis mejores recuerdos de la noche no provienen de esa etapa desenfrenada. Están en otra parte, en un tiempo más antiguo. De niño, en campamentos escolares o en las noches en la Cantuta, la oscuridad se vestía de aventura. Jugábamos a buscar fantasmas, a encender linternas que dibujaban figuras extrañas en los árboles, o nos reuníamos alrededor de una fogata donde algún padre de familia narraba historias de terror. Ese sentimiento de misticismo, de expectativa genuina ante lo desconocido, es casi imposible de reproducir en la adultez. Se extraña bastante. Era un miedo sincero, cien por ciento puro: la convicción de que algo sobrenatural podía aparecer en cualquier momento y obligarnos a salir corriendo.

Recuerdo la sensación de hacerme el valiente y regresar solo al bungaló o a la carpa. Doscientos, trescientos, quinientos metros a oscuras podían convertirse en una eternidad. Caminaba intentando controlar el impulso de correr, mientras mi respiración se aceleraba con cada paso. En uno de esos paseos escolares me ofrecí para acompañar a una amiga; el trayecto de ida fue fácil, lleno de bromas y risas nerviosas, pero el regreso en solitario fue espantoso. Hasta hoy me acuerdo con nitidez del miedo que sentí. Imaginaba que uno de los fantasmas de los que tanto habíamos hablado iba a aparecer de repente y que mi corazón se detendría al instante. Visualizaba mi cuerpo petrificado en medio del bosque, encontrado por los demás al día siguiente. Fue tanto el miedo que todavía recuerdo los pensamientos exactos que me atravesaron: trataba de aparentar coraje, pero en el fondo probablemente era el más miedoso de todos.

La noche tiene ese poder: despoja a las personas de sus máscaras. Lo que somos, lo que sentimos en lo profundo, se revela bajo la oscuridad. Quizá por eso me atrae tanto, quizá por eso nunca he dejado de buscarla, de recorrer sus calles y de medir mi propio miedo, mi propia curiosidad, frente a lo desconocido. La noche, con todos sus riesgos y con todas sus promesas, sigue siendo el escenario donde mejor se refleja nuestra humanidad. 

 

 

 

[MIGRANTE AL PASO] Solo escuchaba el piano, me hacía acordar a mi hermano. Últimamente, que estoy quedándome donde mis padres, escucho cómo ha mejorado con el tiempo. Habrá comenzado hace unos 12 años. Yo recién salía del colegio y los años que siguieron fueron caóticos, y la verdad no diferencio bien entre cuándo pasó tal cosa. Fue puro descontrol. Pero sí recuerdo que unos niños aprendían a tocar el piano en la casa de al lado. Nosotros de chicos también aprendimos, yo dejé de tocarlo y ya no recuerdo nada. Salvo leer notas a paso de tortuga, mientras cuento las líneas de la partitura. Creo que a toda mi familia le enseñó la misma persona: la señora Marujita. Si a mi abuela la veía vieja, ella era como una reliquia, casi un resto arqueológico. Pero ahí estaba tocando piano. Le enseñó a mi mamá y a mi tío. A mi hermano y a no sé cuántos más de mi familia. Solo sé que a mi padre no, porque no puede seguir una canción ni aplaudiendo. Cuando escucho cómo han mejorado me da nostalgia y alegría, hemos vivido buenos momentos en esta familia y en esta casa. No sé si es la edad o que aún no logro lo que quiero, pero tengo la falsa impresión de que no habrá más. Claramente, solo son pensamientos apocalípticos de madrugada.

En cuanto a los vecinos, ni siquiera sé si son dos hermanos, nunca los he visto pero los imagino así porque así éramos nosotros. Ahora escucho cómo se reúnen y hacen fiestas con muy buena música. Similar a la que poníamos nosotros cuando había una reunión o algo en la casa. Me gusta pensar que cuando no los dejábamos dormir por el alto volumen disfrutaban de las canciones que poníamos. Mi casa siempre fue el punto de encuentro tanto de mis amigos como de los de mi hermano. Todos estábamos seguros y nos podíamos sentir libres. Niños jugando a ser adultos. De hecho es mejor que ser adulto de verdad. Tengo 31 años, no soy viejo, pero confirmo que envejecer es horrible. A cierta medida, igual me río mientras lo escribo sabiendo que he superado momentos a los que no me gustaría regresar jamás, aun siendo más joven. Estoy en el punto en que no me cuesta bajar de peso, pero me estoy quedando calvo. Tengo amigos menores de 25, pero un adolescente ya me dice señor.

Parece que están creando una banda. Son muy buenos, tengo mis reparos con el cantante que a veces parece que está llorando, pero en general lo hacen bien. Pasan de Rage Against the Machine a Taylor Swift sin una pausa clara y hacen que suene bien. Así que disfruto. Normalmente la gente se queja si un vecino tiene batería y hace ruido hasta tarde, pero yo lo disfruto. Estaré envejeciendo, pero no soy un amargado como para molestarse de unos adolescentes tocando música. Sobre todo, cuando hace 3 semanas regresé de ver a Oasis y aún no me recupero. Es como si no fuera a vivir nada igual. El mundo sin música sería un completo desastre, más de lo que es. Desde muy chico estoy la mayor parte del día con audífonos. Tengo música guardada que ni sé cómo se llama. Trenes, aviones, horas de horas donde mi único escape ha sido la música. Paso de B. B. King a los openings de Naruto. Creo que mi música guardada refleja un poco la amalgama que soy. Sería muy aburrido limitarme a un género.

Desde chicos nos metieron al mundo de la música, del arte en general. Mi madre era una erudita. Con solo 5 años íbamos a ver óperas, no importaba si nos quedábamos dormidos, entre sueños igual entraba algo de conocimiento. Al comienzo me aburría, después aprendí a apreciarlo. Recuerdo que sacándome conejos, mi mamá volteaba con una mirada asesina diciéndome que no haga ruido. El problema es que me había quedado en la mitad de los dedos. Los siguientes conejos tenía que hacerlos con ritmo para que mi mamá enfadada no se diera cuenta. Ya de grande, solo con mi hermano he visto Madame Butterfly en el MET de Nueva York y Aida en el coliseo romano de Verona. Por no mencionar otras exquisiteces.

No soy un músico, pero sí un gran aprendiz de ella en todo caso. Por eso me motiva escuchar el progreso de estos niños sin cara. Solo los conozco a través de su música. Y de vez en cuando me conmueven. Es demasiado potente, hace unos días estaba en el gym escuchando rock y metal intenso mientras levantaba pesas, cuando sonó el intermezzo de Cavalleria Rústicana. Por más que es de mis favoritas, tuve que cambiarla, porque unos segundos más y me salían lágrimas. Y sin embargo, siempre vuelvo a escuchar, porque no puedo dejar de hacerlo. La música me persigue, me calma y me recuerda quién soy. Cuando oigo a los chicos de la casa de al lado siento que, sin saberlo, están tocando también por nosotros, como si fueran una continuación inevitable. Ellos viven ahora lo que nosotros vivimos entonces, y esa repetición me da cierta paz. Saber que alguien más sigue tocando siempre es buen indicio.

 

[MIGRANTE AL PASO] Se veía el monte Fuji a lo lejos, imponente, a más de 300 kilómetros por hora, y el enorme volcán activo no perdía presencia. La clásica cima nevada no se hacía más pequeña. Fue después de un rato en el celular, bastante rato, que volteé y ya no estaba. No fue la última vez que lo vi, felizmente. Camino al colegio, sin audífonos y sin pantallas, escogía una gota de la ventana e imaginaba una carrera contra las demás que iban cayendo. Seguía a la escogida con el dedo. La luna empapada me alejaba del tráfico caótico. No sé si es por las miles de escenas en películas, pero estar en un tren o carro viendo por la ventana pensando tiene algo nostálgico. Los pensamientos también viajan. Estoy seguro de que muchos escritores sacaron sus ideas viendo por la ventana. Si es un tramo largo es perfecto para escribir también. Es un momento peculiar, estás expuesto a todo y, a la vez, se siente íntimo. No se me ocurre otro momento similar.

A veces es interrumpido, sobre todo en una ciudad. Yendo apurado, a 30 grados, hacia un examen final en Buenos Aires. Con la ventana abajo, repasando. En un segundo se llevaron mi celular, intenté correr pero no lo alcancé. Pude recuperar el teléfono. El mismo que no me dejó ver al máximo el monte japonés. A veces, cuando no hay internet ni nada que hacer, veo las nubes de fotos que tengo almacenadas, y recuerdo lugares alejados que no recordaba.

Pasan cosas raras cuando te mueves de un lado a otro. Hace unos años, después de pasar por la frontera en Puno, luego de cruzar Desaguadero y subirme a una van para ir a Tiahuanaco. Me eché en los asientos de atrás y me quedé dormido. Nuevamente, perdiéndome el paisaje, me despierta un policía o militar con la mano, pero lo primero que vi fue que tenía colgada una metralleta. No era nada, solo un control, pero parecía un secuestro. El papel que tenía que enseñar parecía un ticket de combi que me dieron en el control migratorio, pude haberlo tirado.

También para cruzar de Jerusalén a Belén, Palestina. Fue hace años, pero ya se notaba un abuso. Bajabas de un carro para subirte a otro en el acceso. La ciudad está completamente rodeada por murallas que, a lo largo del tiempo, fueron estrechándose. Era un cambio radical. Sentías que estaban encerrados. Un cruce de algunos metros caminando en el que sentías tensión. Años después solo se volvió peor. En los caminos es que te das cuenta de los contrastes, en esos detalles aprendes, ya sea algo hermoso o algo triste. Me pasa hasta cuando doy vueltas por la Costa Verde, desde La Herradura hasta La Punta. Por eso me elimino las redes sociales cada cierto tiempo. Así disfruto más los caminos.

Viajes en carro, mi pequeño Hyundai Accent, aguantó un viaje con cinco personas hasta Piura. Ida y vuelta. Un antes y un después también para el carro. Hasta ahora recuerdo lograr pasar todo el desierto de Sechura solo con una raya de gasolina. Estábamos locos. Tuvo otras aventuras. Hasta Chachapoyas y Cocachimba. Conocer Gocta y Kuélap en ese funicular que fue todo un reto para mi miedo a las alturas. Ahí sí evité mirar. Es altísimo. Hasta ahora recuerdo el último viaje con ese carro a Rúpac, que tuvimos que dejarlo en la calle de un pueblito entrando hacia la sierra para que nos suban, porque el Hyundai ya no aguantaba.

Al final, lo que queda son los contrastes que aparecen en el camino. El mar después de kilómetros de arena, la montaña tras una curva, la riqueza y la pobreza separadas por una calle, el bullicio que de pronto se vuelve silencio. Eso es lo que se guarda cuando miras por la ventana. No es solo moverse de un lugar a otro, es notar lo que cambia y lo que permanece: una sombra, un gesto, un paisaje distinto. A veces es un viaje en avioneta hacia Abu Simbel, con el desierto extendiéndose como un mar sin fin. Otras, es el océano inmenso desde un crucero que de pronto se convierte en tormenta. También un ferry rumbo a una isla en Brasil, donde por un instante pareció que íbamos a morir, o un tuk tuk en Marruecos, sorteando calles caóticas como si no hubiera mañana. Y están los instantes en que lo externo se mezcla con lo interno: una lluvia que entra por la ventana abierta, un niño saludando en la carretera, una ciudad que se enciende al anochecer. Viajen en lo que tengan, pero no se olviden de mirar por la ventana. Ahí están las escenas que más tarde regresan, a veces como recuerdos lejanos, otras como detalles simples que terminan siendo lo más importante del trayecto.

[MIGRANTE AL PASO] Supongo que a todos nos pasa: sentirnos perdidos incluso en el lugar más familiar para ti. Últimamente, me he estado preparando física y mentalmente para un nuevo cambio. Ansioso y asustado, me preguntaba si estoy listo. Es inevitable sentir miedo, pero lo extraño es que, sin darme cuenta, en esa preparación ya estaba generando el cambio que quería. Dejando atrás muchos hábitos que, poco a poco y sin notarlo, me estaban afectando. Hasta hace unos meses me sentía como un viejo, con dolor de espalda, estresado y sin saber qué pensar. Tengo 31 años, pero recién hace pocos meses me siento como un adulto. Siempre he tenido una forma de vivir un poco caótica e irresponsable; sin querer, me fui volviendo mi propio enemigo. Yo mismo me derrotaba sin necesidad de que nadie más interviniera. Veo lo mismo en mucha gente de mi edad: queremos cumplir expectativas que salen de nuestro control. En mi caso, me paraliza esa sensación de que lo que haga no va a ser suficiente nunca. Estos pequeños cambios que he logrado últimamente me dan, después de mucho tiempo, una pequeña sensación de victoria, como si hubiera encendido una luz tenue en medio de un pasillo oscuro.

En muchas ocasiones, ya sea por llevar la contra o por rebeldía, me he convertido yo mismo en la propia piedra del camino, tropezándome mil veces. Nunca dejé de intentar ni de dejar de hacerlo. Aunque suene contradictorio, ese mismo pensamiento se ha vuelto un factor motivante: ya fracasé miles de veces, así que no me da miedo hacerlo de nuevo. Pero no en el modo conformista; no voy a jugar un juego pensando que voy a perder, pero sí sabiendo que es una posibilidad real. Igual, después de todo este tiempo intentando, me di cuenta de que así es como se avanza: entre tropiezos, como quien sube una montaña sin saber si la cima está cerca. Así, con la falsa ilusión de haber fracasado muchas veces, he ganado demasiadas cosas que antes ni siquiera sabía que necesitaba.

Pequeñas cosas
Pequeñas cosas

Lo que sí me aterra es cada vez ir perdiendo la esperanza de que un cambio colectivo se pueda dar. Entre noticieros y redes sociales, poco a poco me voy convenciendo de que nos enfrentamos a una situación irreversible. Veo retrocesos notorios en grandes avances sociales que hemos dado como grupo, y la gente los celebra como si fueran victorias. Es incomprensible y desalentador. La empatía se está percibiendo como una debilidad, y la indiferencia parece haberse convertido en una forma de estatus. Por otro lado, me gusta pensar que las tendencias y comentarios que abundan no representan más que un pequeño porcentaje de lo que piensa la gente. No creo que todos pierdan el tiempo intoxicándose con estas cosas. Y a todos los que esparcen odio hacia lo que no entienden, me gustaría decirles que nadie les preguntó su opinión, y si no van a hablar de manera constructiva, mejor se queden callados. Hablar por hablar solo los vuelve unos payasos con altavoz. Le están haciendo daño a personas que solo quieren vivir su vida sin molestar a nadie. Ver a esta sarta de energúmenos metiéndose con minorías sí me enfada: va en contra de todos los cambios que mencioné que estoy haciendo y que quiero hacer. Yo aprendí a no hacer caso, pero mucha gente sí los escucha y se deja influenciar. No se dejen convencer de que están mal solo por ser quienes son; no hay error en existir como eres.

He visitado muchos lugares y en todos lados me he llevado la misma sorpresa: miradas tristes y rabiosas, muy pocos ojos cálidos y comprensivos. Espero que, donde me lleve el camino que tome, pueda encontrar algo distinto. Tal vez no es el lugar y soy yo quien no tiene la capacidad de observar lo suficiente para ver lo contrario. Si ese es el caso, espero poder lograrlo en algún momento. Por eso me he propuesto seguir viajando y conocer lo más que pueda, sin prisa pero con constancia. Tal vez, agarrando un pedazo de todo lo que llegue a conocer, encuentre una respuesta o solución a toda esta rueda de odio que no deja de avanzar. Y aunque sé que no voy a cambiar el mundo entero, sí puedo cambiar el mío y el de quienes me rodean. Por el momento, solo sé que la exclusión es un agravante que alimenta lo peor de nosotros.

Si les pasa igual que a mí y se sienten perdidos sin razón aparente, es en pequeños cambios donde encuentras algo. No es necesario cambiar el mundo ni nada por el estilo; basta con hacer cosas para sentirte bien contigo mismo. Ni a los treinta ni a los cuarenta estamos viejos, por más que lo sintamos: no hemos vivido ni la mitad del tiempo que tenemos. Hay tiempo para reinventarse una y mil veces. Yo planeo hacer que lo que me quede, sea mucho o poco, sea un tiempo tranquilo y calmado. Después de todo, creo que lo único que diferencia a un buen adulto de uno que no lo es, es la amabilidad: tener la capacidad de ponerse en los zapatos de otro, y si te vas a involucrar con otra persona, que sea para algo bueno y no para complicarle la vida a nadie. Ya están pasando demasiadas cosas adversas como para enemistarse con gente que lo único que quiere es encontrarse a sí misma. Obstaculizar eso ya es demasiado, y aunque a veces parezca que vamos en sentido contrario, siempre hay margen para girar el volante y buscar otro camino.

[MIGRANTE AL PASO] Hace unas semanas entrevistaron en mi trabajo a una señora que era parte del círculo cercano de Mario Vargas Llosa. Él, quien fue un liberal y precursor de la ideología en nuestro país, aparentemente era uno, pero de verdad —contaba la entrevistada— no la clásica fufulla a la que estamos acostumbrados. Le metió un puñete a García Márquez frente a todos y se casó con la chica más guapa de su época a los 80 años. Muchos dirán que conchudo y que viejo verde, pero que jugaba con su libertad, lo hacía y lo hacía bien. No solo era un genio del esfuerzo, sino que hacía honor a sus palabras. Terminaba dándome gracia, y a los que le molestaba, un poco de pena. Como si les faltara romper un cascarón. En fin, cuando terminé de escuchar, me preguntaba: ¿qué diablos estoy haciendo?, ¿por qué trabajo en esto?, ¿por qué me preocupo tanto? Yo quiero aventuras y no las voy a encontrar como empleado de una empresa jamás.

5 de la madrugada. Una hora extraña, demasiado peculiar para mí, un oso que le gusta hibernar. Me trepo al carro. Hace frío. Arranco al gimnasio. Sonaba de fondo mi playlist de meditación, donde abundan tambores, flautas e instrumentos comunes de la música nórdica cuyos nombres no conozco. A esa hora desconocida, con la niebla y sin presencia humana a la vista, me sentía un vikingo. De esos que celebran la muerte y ansían hacerlo de manera honorable. Así me motivo para fortalecerme. Después de todo, una aventura ambiciosa y prolongada está en mi radar y planeo cazarla. Para eso tengo que entrenar en todo sentido. Si bien no está sacramentada, lo voy a hacer. Lo necesito. Un nuevo idioma, un país casi imaginario. Mi cabeza necesita reventar una vez más, de buena forma. Fue en este trayecto que recordaba eso que conversaban en mi trabajo.

Sé que solo soy un adulto de 31 años. Me engaño pensando que no he logrado nada, pero conozco el mundo en carne propia. ¿Podré cambiar el mundo?, me pregunto. Alguien como yo. No tengo una profesión, mi carisma no va por el lado amigable, pero tengo mentalidad de conquistador y el mundo es lo que quiero obtener. Sin confundirlo con el poder, que lo quiero lejos. Mis sueños de libertad me persiguen desde niño, lo copié de todos mis héroes que buscaban lo mismo. Me tatué un árbol para recordarme que soy humano y una espada samurái para mantener el temple. Recuerdo cuando se lo enseñé a mi psicólogo, que luego fue mi amigo antes de morir. Con su cuerpo débil se acercó y observó mi antebrazo, donde reposa la espada. Llevábamos mucho tiempo haciendo terapia por videollamada. “Que se extienda por todos lados” —me dijo—, “que llegue hasta tu corazón y mente”. Fue de las últimas cosas que me aconsejó. Siempre medio encriptado. Sentía que él era Gandalf y yo Bilbo. Preparándome para mi viaje hacia un horizonte que solo yo puedo ver.

Hacía mi rutina del día, solo voy unas cuantas semanas y ya siento el cambio. A esas horas solo había dos personas más. Me sorprendió la cantidad de gente que tiene ganas de mejorar. No importa si es para verte bien o por salud, da igual. Da gusto ver esa actitud; es estimulante. La capacidad de generar estos pequeños cambios es lo que me hace sentir libre. Lamentablemente, no está en mi naturaleza seguir lo común, asentarme, vivir mi vida en un trabajo para pagar mis impuestos, crear una familia, compartir la visión de donde trabaje ni estar cómodo en un solo lugar. Lo he intentado muchas veces y no puedo. Porque en el fondo tampoco quiero. Pensaba que aquellos que seguían a nuestro valioso escritor que falleció este año no eran realmente libres como lo fue él. La parte política o económica del asunto es solo la superficie de lo que significa esa palabra. Pienso que quienes cumplen ese requisito no siguen a nadie, pero sí admiran a muchos. Algunos se vuelven famosos, otros terminan debajo de un puente. Eso es lo que tienes que pagar para vivir lo más libre que se pueda. Incluso, te tiene que gustar. No sé qué voy a hacer mañana —qué alentador, me respondo. Por mucho tiempo fue una tortura, ya le agarré el gusto.

En mi mente soy un oso flojo que se despierta de mal humor y con ganas de relajarme todo el día. Esta vez se despertó hambriento. Soy un espantapájaros con ganas de estar clavado en el mismo sitio por siempre, ahora quiere caminar. Es en estos momentos que me siento libre, cuando un gran reto está por venir. Sin pensar en el futuro y qué pueda pasar. El niño que quería ser pirata está sonriendo y motivando a su tripulación imaginaria para explorar el océano. El adulto está ejercitando la mente y el cuerpo. Solo los dos juntos pueden lograrlo. Aquel pequeño rapado, con mirada fija, sin pensamientos, que peleaba en campeonatos y ganaba, está preparándose para hacerlo de nuevo.

Tienes que tener un orden. Estás loco. Ya tienes que madurar. Me preocupa que pienses así. ¿Por qué? ¿Cómo? Digan lo que digan, solo con mis objetivos descabellados puedo sentirme libre. De repente tengo delirios de grandeza, probablemente; pero tampoco importa. Puede que me equivoque, que esté pecando de entusiasta, pero lo haré igualmente. Convencerme de lo contrario lo veo imposible.

[MIGRANTE AL PASO] Heaton Park, Manchester. 20 de julio. 80 mil personas. Las luces del escenario rebotaban en la lluvia que nos dejó empapados a todos. Personas sentadas sobre hombros por todos lados. La gente sin polo. Bengalas prendidas que te asfixiaban de humo multicolor. Nada importaba. Solo un ambiente de cantos que te sumergían en euforia. No eran las cervezas que tomamos. Era pura música, te sentías elevado. La algarabía era tanta que hasta terminé abrazado de un gordo inglés con su hijo. Se podía respirar la locura y el desahogo comunal. Lágrimas y gritos invadían el paisaje. Se estaba celebrando la vida y a tope. Una multitud fanática dejándolo todo a cada salto. Sublime, tal vez podría describirlo, pero queda corto. Todo estímulo entraba en armonía, tomabas conciencia de que lo que te quita y lo que te da es lo mismo. No hay nada que reclamar. Solo disfrutar de los años. No hacerle caso a nadie. Divertirse, caminando sin culpa. De eso me convencí ahí.

Siempre nos complicamos con ideas y problemas imaginarios, ¿por qué no imaginar hacia el lado positivo? Eso logró Oasis. Estos hermanos mancunians (originarios de Manchester) trascendieron sus letras y melodías. No era un concierto normal. Te poseían las ganas de querer vivir más. Todos deben haber salido del concierto queriendo hacer cosas nuevas o buscar aventuras.

“You’re fucking madheads tonight, I love it”, dijo Liam Gallagher, el más problemático de los dos, después de los dos hermanos. Probablemente, ambos serán de los últimos rockstars que existen. De esos que son totalmente libres y hacen lo que quieran. Sin importar lo que digan o piense la gente. Tengo la impresión de que ahora las estrellas se guían más por lo que espera la gente. En este concierto, como lo dicen en una de sus canciones, te hacía sentir como si tú fueras una estrella de rock también. Era como si te hablaran directamente.

La fiesta comenzó desde que llegamos a la estación de bus. Entre darlings y loves, cada esquina nos recibía a modo de festival. Miles de turistas de todo el mundo, todos con ropa de Oasis. Edificios, tiendas y pubs celebraban la reconciliación de los hermanos que crecieron entre esas calles. Desde Adidas hasta Range Rover habían sacado publicidades al respecto. Cada local que veíamos estaba lleno. Lo más cercano que he estado a algo similar han sido mundiales, donde las ciudades se inundan de festividades alrededor de un mismo evento. Personas con las camisetas de sus países, banderas, decenas de idiomas. He visto a Paul McCartney, Roger Waters y a los Rolling Stones; he ido a partidos de la NBA; mundiales, incluida una final; y jamás había notado ese nivel de fanatismo. De repente, en las tribunas de River y Boca, pero eso llegaba a cruzar ciertos límites que no eran de mi agrado por momentos. Conocimos la ciudad, con unas cuantas pints de cerveza en algunas esquinas, y nos hospedamos para descansar y al día siguiente tener la energía que se requería. Se siente un respiro de la intensidad londinense, donde te atropellan y el apuro llega a ser agobiante.

Es admirable el nivel de organización que tiene este país para hacer grandes conciertos o shows. El espacio era bastante abierto por si pasaba algo, había tres bares enormes, miles de baños y centros de comida. Hasta habían tirado pequeños trozos de madera desperdigados por todos lados para que no te resbales con el barro. Al salir, no se armó ni un tumulto y los miembros de seguridad se encargaban verídicamente de eso y no de tonterías.

No recuerdo con exactitud qué pasó. Se siente como un recuerdo de adrenalina y no estaba borracho ni nada. Fue como una especie de trance. El tiempo pasó demasiado rápido y tocaron 20 canciones aproximadamente. En un momento, hicieron que todos se voltearan. Mientras mirabas hacia el lado opuesto, comenzaba a sonar “Cigarettes and Alcohol”, todos se volvieron locos. Nunca había escuchado a tanta gente cantando. Yo no soy de cantar, pero te contagiaban y era inevitable. Aparte que me sabía todas las letras. Al haber vuelto a los escenarios después de casi 20 años, tocaron las canciones más emblemáticas, no se enfocaron en ningún disco específico. Pero se notaba que había sido calculado con exactitud, te balanceaban emocionalmente como querían.

No faltaron las bromas hacia Coldplay y el momento viral de uno de sus conciertos. “Hagan lo que quieran, que nosotros no tenemos esas camaritas”, decían a modo de burla. En una colina que se lleva el nombre de sus apellidos por coincidencia, se reunieron cientos de personas que no lograron conseguir entradas y desde ahí los podían ver, de muy lejos, pero igual. Les dedicaron una canción. Era notorio que ellos también estaban emotivos. Era el quinto y último concierto en su ciudad durante la gira y nadie sabe cuándo volverán. Antes de finalizar el concierto, le dedicaron unas palabras a Manchester y dijeron que deberían estar orgullosos de aún mantener ese ánimo.

Recién cuando dejaron de tocar y se despidieron, sentí cómo me dolían los pies. Después de estar saltando por horas, no podía caminar bien y tuvimos que avanzar varias cuadras hasta poder encontrar un taxi. Eran hordas que salían del parque hacia la calle. Seguían cantando e imitando los particulares gestos de los hermanos al cantar. Probablemente me quedé varios días con sus canciones rondando en mi cabeza. Espero que ese sentimiento me acompañe mucho tiempo más. Tendrán muchas polémicas y escándalos en sus vidas, pero lograron enviar un mensaje que impulsa las ganas de vivir y no entrar en ideas de derrota o rendición. Es algo demasiado difícil de lograr. Probablemente solo se pueda mediante la música.

 

 

[MIGRANTE AL PASO] Todo apagado, muy cansado para leer y unas cuantas luces de las pantallas alrededor. Envidio profundamente a la gente que puede dormir en vuelos. Yo me quedo viendo el mapa y ojeando las películas que ven otras personas. Felizmente estoy acostumbrado porque antes la pasaba mal. Encima, mis rodillas chocan con el asiento delantero. 12 horas de Lima a Ámsterdam. 3 horas de espera y una hora más hacia Londres. La diferencia en el pragmatismo y lógica de transporte es abismal comparada a Sudamérica. Sales de una estación de metro en el mismo aeropuerto para ir adonde sea. Piccadilly Line, una hora y media y ya estaba a 100 metros de la casa de mi amigo donde me estoy quedando. Cuando me subí al avión, antes de casi un día de viaje, no tenía idea de qué escribir. De hecho, estaba en un punto en que ya no sabía ni qué pensar. Bastó dar una vuelta a la manzana, luego de dejar mis maletas, para que se me ocurra hasta ideas de cuentos o novelas. Me picaban los pies. No estoy hecho para ser estacionario e iba más de seis meses sin moverme de Lima. Ya lo tenía planeado, iba a ser un tiempo de ahorro y ya cuando regrese voy a terminar de saldar mis deudas. Así que, dentro de todo, por más que no salió exactamente como quería, logré lo que había planeado. Así que me espera una semana de goce. Cultura, pubs y buena música.

La cultura migratoria de este país es admirable. En el metro, escuchabas decenas de idiomas. Gente de todo el mundo. Caminando por Islington en Finsbury Park, al norte de Londres. Todos los pubs, restaurantes y hasta peluquerías y mini markets tenían el escudo del Arsenal. Graffitis de Thierry Henry y Bergkamp. Cruzamos un puente y, a la derecha, sin saberlo, aparece el Emirates Stadium. El famoso estadio donde se juegan partidos de grandes competencias. Los alrededores se vuelven áreas recreativas. Le dimos la vuelta y pasábamos por monumentos dedicados a momentos y jugadores emblemáticos del club, todo estaba decorado con carteles celebrando la victoria de la Champions League, del equipo femenino. Mi amigo me cuenta que ese día, toda la zona se convirtió en fiesta. Después de todo, fue en este país que se inventó el fútbol y este club tiene 138 años.

Cada respiro iba despertando mi espíritu nuevamente. Sonreía cada vez más. Niños jugando un 2 vs. 2, usando sus mochilas como arco. Gente practicando en patines o skate. Un par de borrachos. Grupos de jóvenes conversando a los pies del estadio. Solo unos pocos turistas. Varias de estas cosas ya no se ven mucho en Lima o solo ocurren en zonas específicas. Ya sea por seguridad o porque el tráfico ya impide hasta las actividades cotidianas. En teoría, la zona de North London es algo picante, pero los niños pueden salir solos; el nivel de riesgo comparado al que estamos acostumbrados es nulo.

Le dimos la vuelta al estadio y seguimos paseando. No caminamos mucho, ya era tarde y no había dormido por día y medio. Pasamos por 2 restaurantes griegos, incontables kebabs, restaurantes indios, comida china, bares jamaiquinos, tiendas con letras de idiomas irreconocibles, todo en 5 cuadras. En esta ciudad puedes encontrar lo que quieras. Se suele pensar que la comida inglesa es espantosa, y es verdad que los fish and chips, el plato típico, no tienen nada de especial, pero la verdad es que hay tanta variedad que encuentras algo bueno sin lugar a dudas y de lo que te provoque. Escuchamos una quena y un cajón a lo lejos, era huayno. En mitad de Londres había un grupo de peruanos tocando y cantando. Es de locos. Nos quedamos escuchándolos un rato. Estábamos en una calle rodeados de gente en turbante, algunos con vestimentas típicas de países africanos, los clásicos señores ingleses tomando pints de cerveza, y, de fondo, música peruana.

Así fue mi primera noche en Londres. Interactuando con decenas de culturas en unas pocas cuadras. No entiendo la queja extrema hacia los migrantes que siempre ha existido y en los últimos años ha regresado con fuerza. A mi forma de ver las cosas, mientras más culturas permitas que ingresen en tu país, se vuelve un lugar mejor. Más variado y diferente, por lo tanto, más cosas por ver y aprender. Ahora estoy en bus hacia Manchester, a casi 350 kilómetros de Londres. Los edificios se vuelven casas con el típico semisótano, luego campos y, finalmente, bosques. Así es como en solo unas horas recuperé las ganas de conocer. Viajar te desestanca, los problemas del día a día se vuelven pequeños. En realidad, vuelven a su magnitud verdadera. Yo tiendo a engrandecer pequeñas nimiedades. Al final, solo tienes que respirar y moverte, sin necesidad de pensar mucho. Ahora se vienen días divertidos y el esperado concierto de Oasis, en su propia ciudad. No vale la pena entrar en arrepentimiento y remordimiento cuando estás yendo a un concierto de rock junto con 80 mil personas.

[MIGRANTE AL PASO] Insomnio. Ya han pasado unos meses desde que no dormía una noche. Es algo que viene y va, como una visita inoportuna que nunca avisa cuándo llega ni cuándo se va. En el silencio, con un juego de zombies en la pantalla, como de fondo y a la vez la única luz que ilumina el cenicero y la laptop donde escribo. Todo lo demás, oscuridad. Muchos romantizan el insomnio, pero la verdad es que ahorita estoy a dieta y me muero de hambre. Por mi cabeza solo pasan ideas tentadoras como ir al grifo por un hot dog, es lo único abierto a estas horas. Pensé también en galletas, tal vez algo dulce, pero el grifo no tiene muchas opciones. Este juego es el mismo que jugaba hace 15 años, solo que sacaron una versión remake y cómo no jugarlo. Un viaje al pasado, escribir y una noche larga; no se me ocurre mejor combinación. Tal vez la de un hot dog con mostaza, papas al hilo y una buena Coca Cola helada. Que te guste escribir y comer, eso sí es una mala combinación. Sentado, horas, con mala postura: tal vez una de las maldiciones de escribir. ¿Quién sabe?

¿Qué pensar? Es mejor no hacerlo mucho. Recomendación de alguien experto en dormir poco y a la vez mucho. Me estoy yendo a ver a Oasis, la bíblica banda británica (algunos entenderán la referencia) de los 90. Le dieron la espalda a la moda grunge de Estados Unidos que hablaba de depresión, tristeza y de suicidio. Ellos cantaban himnos de estadio. Live Forever es una de sus canciones icónicas. “They all write bollocks, y’know what I mean, they’re all in pain. Well, my fucking ears are in pain hearing your fucking voice, you twat.” Comentaba Liam Gallagher, uno de los hermanos problemáticos, los rockstars de Manchester. Hace unos años, el otro hermano comentó que dejen de hablar mucho sobre activismo en conciertos, que donen plata y se callen, resumiendo vagamente. Fue criticado. Entré en el dilema de si el arte debe ser político, muchos aseguran fervientemente que tiene que serlo para ser arte. Me parece exagerado, hay arte bueno con o sin política; pienso. A veces solo quiero escribir una escena y nada más.

Hace un rato, antes de escribir este texto, llenaba una hoja de palabras. Un niño que obtuvo la capacidad de hacer magia a cambio de no poder caminar, un guerrero guardaespaldas lo cargaba por todos lados a modo caballito, un padre que lo detestaba por echarle la culpa de la muerte de su esposa, y las aventuras que le esperan al pequeño y su guardaespaldas de pocas palabras. Estas ideas rondaban por el papel. No sé si terminaré la historia o la dejaré de lado, pero sí sé que esa historia no hace referencia a ninguna problemática política actual. Siempre hay problemas humanos, eso es inevitable, pero si es político o no; la verdad no lo sé. Recuerdo cuando le hicieron una pequeña pregunta muy general sobre política a Jaime Bayly. Lo que recuerdo es que dijo que en el aspecto político no se encuentra lo bello de la vida. Tiene sentido, basta con ver a la gente que está involucrada para salir corriendo. Nadie quiere estar metido ahí. Para mí sería desastroso. Me costaría demasiado fingir interés por ciertas causas solo por quedar bien.

En fin, han pasado unas horas y sigo despierto. Recuerdo cuando me pasaba de niño y disfrutaba más de no dormir. Es más silencioso, como comenté, pero ahora se escuchan gritos, bocinas, ambulancias, desde lo lejos. Como si la ciudad se hubiera vuelto más caótica; o, tal vez soy yo quien se ha vuelto más caótico. Pero ya no es como antes, que disfrutaba de películas hasta el amanecer o me creía historias de magia y terror que hacían de mis noches algo mágico. Ahora pienso más que nada en comida, recuerdos o cómo solucionar problemas de la vida cotidiana. A veces me detengo a mirar el techo durante varios minutos sin pensar en nada en concreto. Se siente todo aburrido, como si las horas fueran más lentas, pero los días más cortos. Este tipo de contradicciones sin sentido son las que ahora ocupan el espacio de mi insomnio, cuando antes era paz o diversión.

Pero ya aprendí que es un buen indicador de qué estoy haciendo con mi vida en el momento. Mientras más placentero el insomnio, es porque mejor la estoy pasando, y lo mismo sucede al revés. ¿Qué hago para escapar del letargo? Justamente, escribir sobre cosas que no son políticas. Ya tengo suficiente con ver las noticias cada vez más trágicas de lo que ocurre en el mundo. Y no quiero pasar estas horas solitarias en eso, prefiero escaparme entre fantasías y misterios.

 

[MIGRANTE AL PASO] Salí tranquilo hace un par de días. Iba camino al gimnasio, motivado por generar un cambio en mi propio estilo de vida. He comenzado hace poco. No pasaron más de cinco minutos hasta encontrarme con un caos estresante. Me topé con una pared de carros que no avanzaban. Podía escuchar a la gente renegando y peleándose entre ellos. Probablemente, hace un par de años hubiera dejado que me arruinara el día, pero esta vez pude más. Es cierto que estaba de mal humor, pero no me peleé con nadie, solo me limité a poner música y avanzar. Me sentí frustrado cuando me di cuenta de que no podría seguir con mi nueva rutina ese día. Me demoré un poco más de una hora en ir y regresar unas cuantas cuadras, ida y vuelta. Me puse a pensar en cómo este alboroto se sale de nuestras manos como ciudadanos y solo podemos aceptarlo a regañadientes y retroceder.

Mi caso es una nimiedad al costado de lo que en realidad sucede. No fue más que una experiencia extremadamente reducida de lo que la mayoría de gente vive en el día a día. Aun así, sentía que mi esfuerzo de levantarme temprano para hacer algo que me ayuda a mejorar en todo sentido —no solo físico— había sido en vano. Sentado cómodamente, abrigado y con música, pensaba en lo que deben sentir las personas que todos los días tienen que hacer mucho más y, aun así, regresan a sus casas aplastados por una realidad que solo les da la espalda y, poco a poco, va destruyendo cualquier anhelo de cambio que tengan. Para mí sólo implicó no llegar a hacer ejercicio, pero para muchos que estaban atrapados en el mismo tráfico que yo, implicaba perder un día de trabajo, un día de comida o tal vez más. Eso pasa todos los días en todo el Perú, no solo en Lima.

Imagínense levantarse a las 4 de la madrugada para ir a trabajar, llegar a tu trabajo que se encuentra a horas de distancia solo para encontrar a un jefe que no le importa en lo más mínimo tu situación, que otras personas te miren hacia abajo mientras caminas, recibir mensajes de tu familia contándote cómo tuvieron que pagar con todos sus ahorros a una banda de delincuentes para que no destruyan su pequeño negocio. Que por tu cabeza pasen recuerdos de niñas y niños que veías crecer y desaparecieron de un momento a otro porque los secuestraron. Debe ser insoportable, algo que a cualquiera lo tumbaría por días y lo sumergiría en la resignación total. Sin embargo, las personas siguen trabajando y luchando. Es admirable y, también, muy triste. La gran mayoría de nuestra población vive en esas condiciones.

El otro día se me fue el hambre mientras almorzaba al escuchar que este año han desaparecido aproximadamente 20 niñas por día debido a secuestros, en su mayoría por bandas de trata de personas y de explotación sexual. En simultáneo, me llegaba la noticia de que la presidenta se había subido el sueldo. Parece una broma de mal gusto, pero es la verdad que nos rodea. Si a mí me fastidió y sentí impotencia, imagínense lo que sienten las víctimas directas de estas tragedias. A pesar de todas estas cosas, sigue existiendo gente que no tiene la capacidad de ponerse en los zapatos de otros y minimiza las adversidades que enfrentan las personas, diciendo, por ejemplo, que el problema se da debido a que las personas se quejan mucho por razones alimenticias. Francamente, vivimos en un país de locos, donde hablar antes de pensar es la regla. Donde no importa si tus palabras están insultando a toda una población con tal de cumplir con tu trabajo. Es nauseabundo.

Últimamente, mi algoritmo en redes sociales se vio infectado por videos de entrevistas a gente que cree que la matonería es la respuesta. Específicamente, me molestaron bastante fragmentos de entrevistas a Philip Butters, que parece tener complejo de Donald Trump: copiando su falta de control al hablar, levantando la voz, atropellando la opinión de los demás y otros excesos. Tuve que comenzar a ver reels de anime y de fútbol para que desaparecieran este tipo de videos. Hay gente que es mejor no escuchar. Para mí, esas opiniones, dignas de un bully escolar, no le hacen bien a nadie y solo te carcomen la inteligencia. Gente que confunde la fuerza con ser insensible y la violencia con justicia. En fin, tampoco vale la pena darle tantas vueltas a esos pensamientos. Todos parecen insistir en seguir generando diferencias políticas: “tú eres de izquierda, es un escándalo que pienses así” o “tú eres de derecha, qué escándalo”. Es como ver a unos niños peleándose. ¿Por qué no se dan cuenta de que hay problemáticas mucho más importantes que determinar si pensar de tal o tal manera es lo mejor? Está clarísimo cuáles son los factores que están convirtiendo a nuestro país en un lugar invivible. También, está clarísimo que estas peleas infantiles se ven ridículas en personas adultas. ¿Por qué ridículas? Porque solo vuelven más difícil enfrentar los problemas que he mencionado mientras escribía.

Página 3 de 17 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17
x