Ministerio de educación

Desde 1823 las constituciones peruanas, incluyendo la actual, reconocen el derecho a la educación y las obligaciones del Estado en ese campo. Una ejecución deficiente ha acompañado esas buenas intenciones.

Pero hay una Época de Oro de la educación pública, en que se inauguraban buenos colegios y los docentes y funcionarios eran bien pagados. Esta Arcadia existió entre 1950 y 1967: un crecimiento constante de recursos se tradujo en infraestructura, bibliotecas y salarios, produciéndose una fuerte mejora en la apreciación del sistema educativo que aún se mantiene en la memoria de los profesores más antiguos. En ese periodo el presupuesto público en educación prácticamente se multiplicó por 9, pasando de poco menos de 850 millones a 7 mil 340 millones (medidos en soles constantes de 2016); la inversión por estudiante, indicador tan o más importante que el volumen total del presupuesto, creció de 831 a 3 161 soles por año, mostrando que hay una asociación entre inversión sostenida en educación y mejora efectiva de esta.

Y ¿qué pasó después? En un largo proceso que va de 1968 a 1992, la inversión por estudiante en términos reales regresa al nivel de 1950. En otras palabras, todo el crecimiento de la inversión educativa ganados entre 1950 y 1967, se pierde en el periodo 1968-1992.

A este proceso siguió una lenta recuperación que ganó velocidad con la llegada del nuevo milenio, periodo en el que la necesidad de incrementar recursos en educación se vio espoleada por los malos resultados obtenidos en pruebas internacionales. En la actualidad tanto el presupuesto en educación (35 mil millones de soles, efectivamente, 35,000,000,000; con todos sus ceros, una fortuna anual) como el nivel de inversión por estudiante (4 000 soles por estudiante por año) son los más altos de nuestra historia. Sin embargo, por múltiples razones el sentimiento de optimismo frente a nuestra educación no ha renacido.

En 2019 había señales en estudios internacionales de que empezaban a mejorar los resultados educativos del Perú, al menos en pruebas estándar del estilo PISA, pero es probable que la pandemia nos haya devuelto a nuestra anterior situación de pobreza educativa, liquidando la incipiente mejora.  En todo caso, dado ese contexto, vale la pena preguntarse ¿cuánto más debemos aumentar la asignación presupuestal a la educación para obtener buenos resultados?  Y ¿en cuánto tiempo veremos ese cambio?

No hay estudio internacional que diga cuánto se debe gastar en educación ni en números absolutos ni relativos. Lo que sí muestran algunos estudios, basados en PISA, es que hay un tramo de inversión que es bastante seguro, va de los 0 a los 4 000 dólares por alumno al año. Cada dólar adicional invertido en ese tramo se correlaciona positivamente con la mejora en los aprendizajes; esto no es tan seguro pasados los 4 000 dólares por estudiante. La buena noticia es que en el Perú tenemos todavía mucho techo para invertir en infraestructura, saneamiento, conectividad, capacitación de los docentes, etc., pues estamos aún muy por debajo de esa cifra.

Y aquí llego a la parte sorprendente de este relato:  si cualquier persona o familia fuera a invertir una suma muy importante de dinero en un bien, buscaría conocer costos y calcular plazos para la operación, pero nadie en el Perú sabe a ciencia cierta cuánto cuesta la mejora global y significativa del sistema educativo, y el ministerio desde hace mucho trabaja con presupuestos calcados de años anteriores, con un incremento porcentual y alguna innovación ocasional. 

No tendrá la urgencia del regreso de la pandemia, pero conocer costos y plazos tiene la misma importancia, porque para cambiar el sistema educativo no basta saber qué se quiere (hay un Proyecto Educativo Nacional al 2036) sino cuánto cuesta y en qué plazos puede la economía del país cubrir esa inversión. Y por supuesto usar bien el dinero. Dada nuestra diversidad, esto implica un trabajo coordinado, darle educación de calidad a una niña ashaninka en un poblado en el Perené requiere sin duda más inversión que ofrecerla a un adolescente que acude a un colegio emblemático en Lince. 

No sé trata de pedir todo para el día siguiente, error repetido, pero tampoco se puede ignorar costos y plazos; o dejarlos en la nebulosa y echarse a andar a paso ligero, pero a ciegas. 

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educación en el Perú, inversión educativa, Ministerio de educación, Perú, PISA, presupuesto anual

Daniel Alfaro: “Dentro de la agenda educativa ahora los conflictos sindicales no son una prioridad”

Para el ex ministro de Educación, Daniel Alfaro, sería oportuno que cada UGEL defina cuántas horas pueden volver a clases presenciales los alumnos dependiendo de sus condiciones, en lugar de establecer un tiempo estándar para todo el país.

Además recalcó que en este momento dentro de la agenda educativa, los conflictos sociales no son una prioridad.

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Daniel Alfaro, Ex ministro de Educación, Ministerio de educación

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Colegios, escuelas, Ministerio de educación, niñas y niños, retorno a clases

Juan Cadillo, Ministro de Educación, en la sesión del Consejo de Ministros del último 4 de agosto, compartió algunas “cifras de espanto” sobre su sector como consecuencia de la pandemia. ¿Acaso se refería a la cobertura de la educación a distancia brindada por las instituciones educativas públicas y privadas o al acceso a la misma de los niños, niñas y adolescentes en edad escolar? ¿Acaso a los resultados de la medición del desarrollo de habilidades de los estudiantes para conducir su aprendizaje de manera autónoma o a la pérdida de aprendizajes? Difícil saberlo. 

Sin embargo, algunas cifras, contenidas en el Plan de Emergencia del Sistema Educativo Peruano, de reciente emisión, ya no son de “espanto” sino de “terror”. Aquellas bosquejan apenas un escenario complejo e incierto de la Educación Básica en el país. Así, por ejemplo, poco más de 700 mil estudiantes de Educación Básica Regular y Educación Básica Especial, entre el 2019 y el 2020, interrumpieron sus estudios o estuvieron en riesgo de hacerlo. 2,4 millones de estudiantes, que equivale al 69% del total de estudiantes en el sector público, de 4° de primaria a 5° de secundaria no tienen computadora con internet. A ello se suma, la afectación socioemocional de niños, niñas y adolescentes.  

Datos importantes pero insuficientes para tener una aproximación mucho más certera de la actual situación de la educación nacional y de los efectos de la pérdida de clases presenciales. En ese sentido, algunas estimaciones hechas por el Banco Mundial, en relación con tales efectos, son devastadoras. Así, para el caso peruano, señala que, luego del cierre de escuelas y colegios de 13 meses, “la proporción de estudiantes por debajo del nivel mínimo de rendimiento en la prueba PISA podría aumentar en por lo menos 22 puntos porcentuales”. Es más, ello implicaría que “los resultados nacionales de PISA en comprensión lectora serían inferiores a los obtenidos en PISA 2012”. O, para el caso chileno, en un escenario de cierre de escuelas y colegios durante todo un año académico, la pérdida de aprendizajes oscilaría de un 64% a un 95% dependiendo del quintil de ingresos. Es decir, los más pobres perderían más aprendizajes que aquellos que se encontrarían en mejores condiciones económicas. 

No tenemos investigaciones que permitan saber con meridiana claridad cuánto han perdido de aprendizajes los estudiantes durante el 2020 y el 2021. Tampoco conocemos, bajo las excepcionales circunstancias que les ha tocado vivir, cuánto han logrado en aprendizajes en el mismo lapso de tiempo. Ahora, que los niños, niñas y adolescentes han vuelto a clases semipresenciales, en más de 6,000 colegios públicos y privados y en varias regiones, es posible llevarlas a cabo. En las cuales, merecería una particular atención la evaluación de la  situación socioemocional de los niños, niñas y adolescentes. Los hallazgos encontrados permitirían, es lo esperable, diseñar medidas que mitiguen, en el corto plazo, los efectos de la pérdida de aprendizajes y el impacto a nivel socioemocional padecido por los estudiantes;   y saber, en buena cuenta, qué es lo que está pasando y cuáles han sido sus consecuencias. La tarea está en manos del gobierno. Hacerla o no hacerla será un indicador de la importancia que le confiere a la misma.     

 

 

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Juan Cadillo, Ministerio de educación