Presos de conciencia

Cómo no recordar con emoción a Víctor Jara, el cantautor chileno, ejecutado en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, lugar elegido por la represiva dictadura de Augusto Pinochet para confinar a los opositores al régimen en septiembre de 1973. Allí se torturaron a los que se consideraba más vinculados al depuesto gobierno socialista de Salvador Allende y se ejecutaron extrajudicialmente a quienes se creía una amenaza para el proyecto político fascista-autoritario que se alzaba contra una esperanza de justicia, bastante idealista es verdad, y que se quedó trunca y con la voz quebrada, como la de Jara y su guitarra, sin manos, ni dedos con los cuales pulsar sus cuerdas.

Puede que en 1973 se haya tratado de ideologías, seguro que sí; era el mundo de las utopías, y el socialismo era visto como una. Yo viví todo aquello ya en sus estertores. En la secundaria escolar ochentera, tan llena de inquietudes, y en los primeros años universitarios, de 1986 en adelante, cuando buscábamos el cambio, sin darnos mucha cuenta de que todo aquello se acercaba irremediablemente a su final, al menos en su versión soviética, la del “socialismo real”, empaquetado, acartonado y básicamente totalitario, y que, sin embargo, nos vendían revestido de flores multicolores, con olor a libertad, aroma a justicia y aires de igualdad.

Éramos jóvenes y todo era paz y amor, y hasta el hipismo de Woodstock, que no tenía mucho que ver en el cuento, entraba en el combo de la revolución. Ni que hablar del Che, Fidel y Camilo Cien Fuegos, sobre todo el Che, que hasta ahora estampa los polos de cientos de miles de jóvenes en el mundo. Su legado ha cambiado con las décadas, la imagen no.

Por supuesto, que cuando cayó el muro de Berlín no compré el maniqueísmo de alguna derecha poco reflexiva que, sin más, trató de asesinos a aquellos revolucionarios. Como historiador puse las cosas en su contexto, máxime si yo mismo había respirado de él. Pero aquel aroma se fue, eso seguro. Distinto es que, en tanto que materia de estudio, un poco de rigor epistemológico me obligase a una interpretación justa y equilibrada.

Lo cierto es que en el plano ideológico me formé relativista pero con sus límites: una variable viene siempre acompañada de constantes, la libertad es una de ellas, la justicia social es otra, y otra más la lucha contra la opresión y contra cualquier forma de totalitarismo y de abuso del Estado contra el ciudadano, indefenso, solo, eso a lo que los ingleses, en el XVII, llamaron Habeas corpus, tener el cuerpo, verlo, tocarlo, tu esposa, mamá, hijo, para saber que no te están masacrando, por el amor de Dios.

¿Es importante si el que activa el interruptor de la electricidad que te sacude la crisma y te destroza los órganos reproductivos es socialista, fascista, o lo que fuere? En realidad, no, nunca lo fue. Pero si el mundo de las ideologías nos impidió ver las cosas con claridad y nos hizo justificar excesos como los del estalinismo, tal y como lo hizo Jean Paul Sartre, en el nombre de un supuesto bien mayor que jamás llegó; hace al menos tres décadas que se nos han acabado las razones para validar la violación de derechos humanos en el mundo. Y ningún deplorable embargo económico es suficiente para aceptar que Josiel Guía Piloto, presidente del Partido Republicano de Cuba, cumpla condena de cinco años en la Habana por criticar al expresidente Fidel Castro el 1 de diciembre de 2016.

Y la lista es larga, tan larga como sesenta años de atropellos que denuncia la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la misma a la que hemos acudido juntos para protestar en contra de los crímenes de lesa humanidad del derechista régimen dictatorial de Alberto Fujimori, la que respondió solidariamente a nuestro llamado.

Más allá del modelo económico, el punto de partida para construir la sociedad del siglo XXI, ante el escepticismo de la postmodernidad, debe llevarnos a transitar por lugares seguros. Para eso están los derechos de todos: la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, del 10 de diciembre de 1948. Esta marcó un hito para volver a empezar tras la Segunda Guerra Mundial, y hoy lo marca nuevamente para echarnos a andar en el mundo de la post Guerra Fría, aún tan lleno de incertidumbres.

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Víctor Jara

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