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El antojo tirano nos mantiene en una suerte de permanente sala de espera que se llena de señales luminosas preparatorias: ciertas horas, aparatos, personas, palabras, lugares, acciones rituales, conjuros, transacciones. Cuando la cosa se desmadra, se hace patológica, lo que la mente esclava registra es la preparación y las consecuencias, mucho más que a su dueño, sea el consumo de la sustancia o la maratón frente a la pantalla. 

La adicción es un fenómeno real que depende del cerebro, de la herencia, de los rasgos individuales, de las condiciones sociales, de las regulaciones informales y del estatus legal de sustancias y conductas. Felizmente, para comenzar, la enorme mayoría de las personas administra razonablemente bien sus antojos, no hace adicción, ni siquiera uso disfuncional. Felizmente si esta se produce, las circunstancias —termina una guerra, se resuelve una circunstancia vital negativa o aparece una positiva, pasa una moda, se hace una terapia— pueden desactivarla o disminuirla. Pero hagamos lo que hagamos, siempre nos va a acompañar.  

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Si bien la palabra coaching es un adjetivo que deriva de ‘coach’ o todo lo “relativo al entrenamiento”, también tiene otra acepción más cercana a coche o furgón; es decir, un medio de transporte. Para Eduardo Villanueva, docente del Programa de Certificación de Coaching Profesional de la Universidad Continental, esto se debe a que el ‘coaching’ transporta a las personas de la situación en la que se encuentran, a la situación en la que desean estar.

“El coaching es una disciplina, un arte, una filosofía, que tiene sus propios métodos, fundamentos, técnicas y procedimientos, que requiere del desarrollo de ciertas competencias y habilidades por parte del coach. Consiste en liberar el potencial de una persona para incrementar al máximo su desempeño. Es acompañar a que la persona aprenda, antes que enseñarle lo que debe hacer”, precisó.

A diferencia de los psicólogos, un ‘coach’ se refiere a la persona que lo contrata como ‘coachee’ o clientes, pero nunca como pacientes.

Por ello, la psicóloga y coach, Miriam Ortiz de Zárate, socia directora del Centro de Estudios del Coaching (CEC) considera que la diferencia básica radica en que, mientras la psicología se centra en la resolución de un problema en base a una patología, el coaching “pone el objetivo en el aprendizaje, y el desarrollo de la persona, un mundo al que la psicología no se había acercado”, indicó al portal Cinco Días.

Para terapias, buscar un especialista

De acuerdo a Carolina Weldt, psicóloga de la firma chilena HK Human Capital, la diferencia fundamental es que el proceso terapéutico, en su sentido clínico, apunta a tratar algún trastorno emocional que afecta el bienestar de la persona de manera significativa.

“Si bien algunas personas emprenden procesos terapéuticos con el fin de desarrollarse personalmente, sin tener un motivo de consulta asociado a un trastorno específico, en general la terapia suele estar asociada a un tratamiento (…). Los procesos de coaching, en cambio, especialmente si están situados en un contexto organizacional, apuntan a desarrollar habilidades aplicadas y relacionadas con el ámbito laboral”, explicó.

Recordó que, usualmente, los ejecutivos que realizan un proceso de ‘coaching’, lo hacen con el objetivo de mejorar su manejo como líderes, a través del desarrollo de habilidades comunicacionales y relacionales. “Si el coach identifica una alteración afectiva relevante, lo recomendable y esperado es que realice la derivación o recomiende a un especialista para realizar un tratamiento efectivo”, agregó.

En la misma línea, el coach y conferencista Daniel Colombo resaltó que el ‘coach’ no evalúa al cliente; ambos trabajan juntos y lo acompaña para lograr su mejor versión, de acuerdo a las metas consensuadas en el proceso de ‘coaching’.

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