Lerner, Roberto

¡Te vas!, ¡me quedo!, ¡te boto!

"No me extraña la frecuencia con la que escucho a muchos, jóvenes, pero no solamente ellos, con tantas ganas rabiosas de irse a otro estadio o quemar el actual."

Podría ser el resumen de la vida colectiva peruana, ciertamente tal como se traduce en el discurso político y mediático desde hace ya varios años. Pero los últimos meses la cosa se ha convertido en una cantaleta cacofónica que tortura a los ciudadanos. 

Estamos en la cancha, jugando el partido y buscando resultados razonables en una contienda llena de incertidumbres, con el cuerpo y el alma todavía resentidos por la pandemia, queriendo nuestra parte de alegrías y victorias modestas. Pero no dejamos de escuchar un ruido ensordecedor:  ¡Te vas!, ¡me quedo!, ¡te boto!

¿Viene de nuestros ocasionales contrincantes, quizá de nuestros compañeros de equipo, o será de la banca de suplentes, podría tratarse del director técnico y sus asesores —de nuestro bando o del contrario—, es concebible que quienes gritan sean los árbitros, o es que en lugar del público hay un sinnúmero de barras bravas, a las que les importa un pepino lo que ocurre en el gramado? El hecho es que todos entonan al unísono ¡Te vas!, ¡me quedo!, ¡te boto!

Muy a nuestro pesar, a veces nosotros los jugadores tenemos que dejar de hacer lo nuestro, detenernos y convertirnos en espectadores de este concurso de coros que vienen de fuera de la cancha. ¿De qué se trata? Vemos que en las tribunas y los márgenes del campo se producen movimientos turbulentos, desplazamientos extraños, se unen y desunen las decenas de barras bravas, algunas se retiran, y puede que incluso algunos de nosotros o nuestros adversarios sea sacado de la cancha. Nos dicen o leemos que las razones de todo el griterío son principios, leyes, causas, teorías, que se hace en nombre nuestro, para que el juego sea más limpio, fluido, eficiente, justo. Pero no nos engañan, al final todo se resume en ¡te vas!, ¡me quedo!, ¡te boto!

Por supuesto que en una comunidad funcional, en una sociedad abierta y predecible, siempre existe una dinámica entre irse y quedarse —en el fondo de eso trata la democracia y, si nos ponemos filosóficos, la historia natural y cultural, la vida en general—, e inevitablemente se dan circunstancias en las que se bota, se debe botar. Pero ¡te vas!, ¡me quedo!, ¡te boto! no puede hacer las veces de plan maestro, de programa político, de hoja de ruta, de propuesta hacia el futuro, de objetivo último, como está ocurriendo en nuestro país. 

Los coros de quedadores y botadores se agitan y agitan, pero no logran ilusionar a muchos fuera de grupos con intereses y obsesiones desconectados de las preocupaciones y esperanzas de los ciudadanos en general, que deben seguir su camino en medio del desorden y el ruido. Hasta el momento ni siquiera muestran la sofisticación y eficacia cuya falta se sacan en cara unos a otros, quedando en un empate de incapaces e impotentes. Tampoco ofrecen liderazgos inspiradores con propuestas coherentes —de derecha, izquierda o centro— que vayan más allá de ¡te vas!, ¡me quedo!, ¡te boto!

No me extraña la frecuencia con la que escucho a muchos, jóvenes, pero no solamente ellos, con tantas ganas rabiosas de irse a otro estadio o quemar el actual.  

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desesperanza, psicología

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