Crisis política

4.-Automatiza tus tarjetas: La tecnología permite mecanizar los cargos y/o pagos, no solo de préstamos y depósitos, sino también servicios públicos, colegios, universidades, clubes, etc. Asimismo, la banca digital permite efectuar operaciones financieras de todo tipo en tiempo real, sin tener que hacerlas presencialmente en una agencia. Dicho proceso es efectivo debido a que así no se te olvidará pagar tus obligaciones y se evitarán cargos extras, como, por ejemplo, intereses moratorios y penalidades.

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Crisis política, crisis social, Dólar

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Congreso de la República, Crisis política, política peruana

Esta semana ha revelado una total falta de institucionalidad y respeto mínimo a las reglas y normas que deberían imperar en un Estado de Derecho. El gobierno parece no darle tregua a cualquier mínimo intento de estabilidad. Tras la tensión desatada entre el presidente y su premier por el mantenimiento del defenestrado e impresentable ministro Barranzuela, le siguió la publicación de los audios del ministro de transportes cediendo la reforma del mismo a la improvisación de las kombis que tantas muertes han traído. Pero, por si no fuera suficiente, hoy nos la vemos con una seria denuncia, que involucra a las esferas más altas del gobierno, en el intento de manipulación en los ascensos de generales en las fuerzas armadas. Como se aprecia, estamos ante un panorama desolador en el que la ley parece no tener ningún valor.

El establecimiento y mantenimiento de un Estado de derecho ha sido una conquista muy dura en la historia. Llegar a establecer como un sentido compartido que la mejor manera de convivir es mediante el imperio de la ley, como contenedora de los impulsos autoritarios, es el mayor logro de la civilización occidental. Por ello, a las mentalidades y sociedades pre-modernas les cuesta tanto hacer el tránsito, pues siguen considerando al Estado como su botín en el que pueden hacer lo que mejor les parezca con tal de mantenerse en el poder.

Lo peor de la situación política que vivimos es que la profunda inestabilidad no es producto de un programa de gobierno transformador que esté removiendo las bases mismas de una sociedad excluyente y oligárquica. Lo que vivimos no es producto de una serie de reformas profundas que se hayan impulsado en estos cien días. Por el contrario, la inestabilidad es producto, por un lado, del rosario de desaciertos del gobierno principalmente en el nombramiento de ministros y altos funcionarios y, por el otro, una derecha obsesionada con la vacancia del presidente que no ha dado un minuto de sosiego. 

En ambos casos el factor común es la manipulación de las instituciones y de la legalidad para sus fines subalternos. El bien común ha desaparecido del horizonte y del discurso político peruano. Todas suenan a palabras vacías cuando tras ellas sólo se esconden intereses de grupos disputándose el poder. Esta situación tendrá un desenlace impredecible cuando los ciudadanos, especialmente aquellos que votaron por una transformación, sientan sus expectativas totalmente embalsadas e incumplidas. El peligro que nos acecha es que el hartazgo de las personas se traduzca en salidas autoritarias que terminen desbordando el cauce institucional.

La obstinación del presidente por perseverar continuamente en el error lo pueden llevar a una ruptura con su premier. Si eso se llegara a suceder sumergiría a su ya endeble gobierno en una vorágine de la que tal vez no haya una salida institucional. Estamos al borde de un precipicio y los políticos juegan por ver quién empuja a quién sin percatarse que todos juntos terminaremos cayendo por su irresponsabilidad y banalidad. Perder a una premier que le ha dado un respiro y oxígeno al gobierno sería un despropósito, menos aún si lo hace para mantener a un ministro tan cuestionado y que seguramente igual será censurado por el parlamento. 

Visto está que el principal problema del gobierno no es con sus propuestas de cambios estructurales, porque hasta ahora no ha iniciado ninguno. Su problema central está con los funcionarios que designa, se torna entonces en un problema de personas que no de políticas gubernamentales. Está gastando tiempo y esfuerzo en defender personas, muchas de ellas indefendibles, en ligar de dedicarlo a lo que los ciudadanos esperan y para lo que lo eligieron. Aún es tiempo de volver al rumbo de la apuesta por el cambio dentro de la institucionalidad donde la ley no sólo se acate sino también se cumpla.

 

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Crisis política, Mirtha Vasquez, política peruana, Presidente Castillo

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Crisis política, crisis social, Democracia, Presidente Castillo, Vacancia

Algunas de las virtudes que toda democracia debe exhibir son las de la tolerancia y la paciencia concomitante respecto de los decires y haceres del adversario. Pero Castillo juega al límite de los niveles propios de una democracia que se precie de tal.

La sumatoria de errores groseros, gazapos, declaraciones insensatas y procedimientos irregulares que este gobierno ha cometido en apenas cien días de gestión, rompen los récords históricos de gobiernos aún tan inexpertos como éste (Alejandro Toledo y Ollanta Humala no tenían ninguna experiencia de gobierno cuando llegaron al poder y no mostraron el rosario de barbaridades que esta administración derrocha).

Castillo juega aún con el viento a favor, con niveles de aprobación si bien decrecientes, todavía importantes (alrededor del 40% de la ciudadanía lo respalda), pero se avecina un año horroroso, donde se van a juntar todas las piezas del rompecabezas del descrédito: crisis sanitaria con la tercera ola, crisis económica con el bajonazo de las inversiones privadas, producto de las desastrosas declaraciones ideológicas del Presidente, crisis política con mayores fricciones entre el Ejecutivo y el Congreso, y crisis social, con conflictos desatados por su inercia natural, a los que se sumarán aquellos originados por las expectativas frustradas de un régimen que prometía un cambio que no se aprecia ni se va a apreciar.

Va a llegarse a un “momento destituyente”, donde la vacancia va a estar a flor de piel de la oposición congresal. Y si en esas circunstancias, por ejemplo, ocurriese algo semejante a lo que acaba de acontecer con los ascensos militares y la destitución irregular y caprichosa de los comandantes generales del Ejecito y de la Fuerza Aérea, lo más probable es que la ola vacadora sea indetenible (el caso se ha agravado con -hasta el momento de escribir esta columna- la permanencia insostenible de Walter Ayala, como titular de Defensa).

La vacancia no es una opción deseable. Lo correcto, en términos políticos y sociales, es que Castillo dure los cinco años. Va a ser, inevitablemente, un gobierno mediocre, sin mayores logros, y que llegará exhausto al final de su mandato, pero el pueblo lo eligió, se equivocó garrafalmente, y es bueno que el país aprenda democráticamente lo que implica votar por la izquierda. Sería una gran lección histórica que una vacancia descartaría y nos asomaría, más bien, al riesgo de que en el futuro vuelva a aparecer triunfal una opción de este perfil.

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Crisis política, crisis social, Democracia, Presidente Castillo, Vacancia

La situación de permanente tensión entre los principales miembros del gobierno con el Congreso, muy común en el desarrollo de la política local, está siendo peligrosamente desplazada por los conflictos entre los que disputan el poder dentro del Gobierno y el partido Perú Libre.

Los protagonista de la Agenda Setting son las disputas dentro del gobierno para demostrar quién tiene el verdadero poder de decisión en este país. Y ha quedado certificado que al presidente que elegimos se toca de nervios cuando de tomar decisiones importantes e inmediatas se trata. Decisiones que ante la opinión pública deberían ser acertadas, aceptadas y avaladas, y dejarían sin armas al Congreso para próximos ataques o excusas de vacancia.

En el 2016, cuando el programa de investigación Panorama reveló que Mariano González, el llamado «ministro del amor», tenía una relación con su guapa asesora, fue despedido del cargo de inmediato. El presidente Kuczynski no necesitó reunirse con Fernando Zavala, el primer ministro de entonces. Bastó con su decisión, porque la falta era evidente. Pero a Pedro Castillo le tomó dos días decidir si destituía o no a un ministro que puso contra las cuerdas a su propio gobierno. ¡Increible¡

El gobierno de Pedro Castillo es el único culpable de esta crisis. El presidente es el único responsable de que el sector empresarial, en todas sus inversiones, sienta que, además de no existir evidencia de un rumbo claro y seguro; el conductor de barco no sabe manejarlo y lo está desgastando. El presidente es el responsable de las excusas para que diversos sectores griten: ¡vacancia!

El poder de la toma de decisiones en el momento oportuno puede hacer la diferencia entre un gobierno pusilánime que tiene miedo a ejercer un poder que realmente dirija un país; y otro gobierno, que si bien jamás será perfecto y cuerdo, proyecta la imagen de saber qué rumbo quiere. El gobierno de Pedro Castillo es el primer caso. Es pusilánime no por miedo a lo que haga el Congreso o sus enemigos de otros sectores, sino por lo que hacen sus propios miembros y cómo los fanáticos de Perú Libre están acorralando al presidente y este no sabe qué hacer.

Miramos con horror desde nuestras casas la forma en cómo el presidente ha demorado dos días en sacar del gabinete a un elemento llamado Luis Barranzuela. No sólo era tóxico, sino que además era la imagen de una repartija de poder para blindar corruptos dentro de un gabinete, que ni siquiera recibía el voto de confianza.

La primera ministra Mirtha Vásquez ha tratado de hacer lo correcto. Lo que Barranzuela y Perú Libre le hicieron con ese inaceptable e injustificable acto del pasado domingo 31 de octubre, era una clara muestra de obstrucción interna contra el gabinete recién formado. Lo que hicieron con Mirtha Vásquez y Pedro Castillo fue escupirles en la cara y voltear para decirle al Perú que ellos no hicieron nada, armando un show al estilo Laura Bozzo y Vladimiro Montesinos: ¡Qué pase la vecina!

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Crisis política, política peruana, Presidente Castillo, sector empresarial, Vacancia

Estimado lector,

¿Ha experimentado usted alguno de los siguientes síntomas en el último año? Hartazgo de la política, discusiones y alejamiento de familiares y amigos a causa de las recientes elecciones, profunda e incontrolable necesidad de calificar a personas que piensan distinto a usted con la finalidad de reducir argumentos y opiniones a etiquetas.

Si se siente identificado con uno o más de estos síntomas, no se alarme, no esta solo, se trata del fenómeno de los extremos, del que viene siendo víctima el mundo. Este mal nos ha tomado por sorpresa a muchos, aunque no debió ser así: su desarrollo ha sido lento y calculado, a la espera de que nuestra sociedad le cediera espacio para avanzar. Cada noticia falsa que difundimos sin corroborar, cada vez que utilizamos un argumento ad hominem, cada vez que dejamos el diálogo respetuoso de lado, cada vez que permitimos insultos o insultamos a una persona por pensar distinto, le damos más espacio a los extremos.

Es una tarea difícil no caer en algunas de estas prácticas, especialmente en tiempos en los que volverse “experto” en una materia está a un click de distancia. Nuestras interacciones se vuelven espacios para demostrar por qué tengo razón, pues los iniciamos teniendo ya una conclusión, independientemente de los argumentos o evidencia que nos puedan ofrecer. El problema de ceder a esta tentación es que destruimos todos los puentes de diálogo que nos permiten enriquecernos, como personas y como sociedad. Nos perdemos de recibir información valiosa que aporte nuevas perspectivas.

Pero en el plano social la pérdida es más grave aún. La polarización nos ha alejado unos de otros, arrinconándonos en nuestro extremo, llevando cada acontecimiento a una batalla de “ellos” contra “nosotros”. ¿Qué clase de país podemos construir bajo esa perspectiva? ¿Cómo podemos llegar a acuerdos y consensos que nos permitan salir de la crisis política y sanitaria que enfrentamos? No hay diálogo que resista llamados a golpes de estado, a ignorar la Constitución, a la muerte de tal o cual líder, o a justificar las acciones irresponsables de una autoridad solo porque su ideología es afín a la mía y tampoco a adjetivos que buscan descalificar de entrada a cualquier interlocutor que se encuentre al otro lado de la mesa. 

Es urgente que busquemos un diálogo empático y respetuoso, en la política y fuera de ella, que tienda puentes para acercarnos con quienes alguna vez nos alejamos. Que las nuevas generaciones escuchemos de la experiencia de quienes vinieron antes que nosotros y aprendamos de aciertos y errores pasados, y que a su turno podamos compartir nuestros planes para el futuro del país. 

Madeleine Albright, diplomática de los Estados Unidos, rescató un extracto del testimonio de una persona que formó parte del régimen Nazi, en el que comenta “entonces, un día, cuando ya es demasiado tarde, te vienen a la cabeza todos tus principios, si alguna vez los tuviste. La carga del autoengaño ha crecido hasta hacerse demasiado pesada, y un incidente sin importancia hace que todo se venga debajo de repente; y entonces ves que todo, absolutamente todo, ha cambiado, y que lo ha hecho delante de tus narices.” 

La forma de hacer política está cambiando drásticamente. De cada uno de nosotros depende si dejamos pasar las señales de extremismo al que estamos encaminados o retomamos los puentes que nos acerquen para construir democracia juntos. 

 

 Atentamente, una tibia.

 

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Crisis política, Democracia, Política
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