[Música Maestro] Nicomedes Santa Cruz: Orgullo de la cultura afroperuana

El centenario de un maestro

En sus décimas, poesías y canciones se encuentran las costumbres y oficios, las penas y alegrías, los sueños y pesadillas de la comunidad negra peruana, descendiente de los esclavos africanos que llegaron a estas tierras en tiempos coloniales. También crean vasos comunicantes entre lo afroperuano y lo afrocubano, lo afrocaribeño, lo afrobrasileño y etcéteras, “en un abrazo latinoamericano” como dice en su poesía América Latina (1964). 

En su voz, profunda y grave, reside el alma de una cultura afroperuana que hoy, en el año del centenario de su nacimiento, es motivo de admiración y estudio en el mundo entero. Una oportunidad para recuperar del olvido la obra literaria, académica y musical de una de las personalidades que más hicieron para animar la escena artística peruana en tiempos en que nadie hablaba de integración y pluriculturalidad. La página web https://www.nicomedessantacruz.com/ acaba de ser lanzada, con información detallada sobre todo lo que hizo. Un aplauso para sus creadores.

“A cocachos aprendí / mi labor de colegial / en el colegio fiscal / del barrio donde nací…” Así comienza La escuelita, una de las creaciones más difundidas de Nicomedes Santa Cruz, publicada por primera vez en 1980 en su disco Décimas y poemas, una de sus últimas producciones discográficas oficiales, antes de emigrar a España, donde profundizaría aun más -si tal cosa era posible- sus estudios y labores de difusión de lo negro en el Perú. 

Para cuando apareció esta copla, que todos aprendimos siendo niños, don Nico era ya reconocido como el más importante artista afroperuano, cuyas preocupaciones por rescatar, difundir y reivindicar las expresiones del alma negra de nuestro país lo llevaron a recorrer el mundo entero, “de Cañete a Tombuctú, de Chancay a Mozambique”, recitando y ofreciendo conferencias que fueron aplaudidas en México, Cuba, España y hasta en países de habla no hispana como Senegal, en África o Francia, en Europa; con mucho mayor entusiasmo por parte del público que aquí en el Perú, su propia tierra.  

La importancia de Nicomedes Santa Cruz y sus aportes a la cultura negra del Perú se oficializó cuando el Congreso de la República aprobó, en el año 2006 -a finales del gobierno de Alejandro Toledo- la Ley No. 28761, a través de la cual se estableció cada 4 de junio, fecha de nacimiento del artista, como el Día de la Cultura Afroperuana, para rendir homenaje a la contribución de las poblaciones afroperuanas en diversos ámbitos de la vida y desarrollo de la identidad nacional, que fueron formándose desde tiempos ancestrales. Desde el 2014, la fecha se transformó en el Mes de la Cultura Afroperuana. 

Nicomedes Santa Cruz Gamarra

Proveniente de una familia numerosa –era el noveno de diez hermanos- Nicomedes, que había nacido en el populoso distrito limeño de La Victoria un 4 de junio de 1925, abandonó el oficio de herrero para dedicarse a escribir décimas, un arte poético popular que se cultivaba desde el siglo XVI en España con el nombre de “espinela”, en honor al poeta y sacerdote español Vicente Gómez Martínez Espinel (1550-1624), a quien se atribuye su creación.

Nicomedes ayudó a recuperar del olvido este estilo de poesía, gracias a su sociedad con otro clan afroperuano proveniente de Huaral, los Vásquez, quienes lo acompañaron a lo largo de su trayectoria en el Perú como cantantes, guitarristas, zapateadores y percusionistas, bajo el liderazgo de su patriarca, Porfirio Vásquez Aparicio (1902-1971). 

Ambos se definían a sí mismos como “decimistas”, un neologismo para designar al escritor/declamador de décimas que, actualmente, está completamente incorporado dentro del vocabulario artístico del Perú y de otros países de Centro y Sudamérica, en los que también se cultiva la décima, por influencia directa del investigador que creció odiando a su padre, un afroperuano que fue abandonado por su padre -el abuelo de Nicomedes- en los Estados Unidos cuando solo tenía 11 años. El artista, en entrevista con Caretas, recordó que lo odiaba porque “hasta resondraba en inglés”. Su madre, quien cantaba festejos “con una voz riquísima”, fue quien le inculcó el amor por el folklore nacional. Sin embargo, al morir, su papá le dejó una significativa herencia.

Nicomedes Santa Cruz dedicó toda su sapiencia y creatividad como músico, escritor y periodista –en diarios como La Crónica, Expreso y El Comercio-, al arte negro peruano, conectando los modismos lingüísticos propios de las poblaciones costeñas descendientes de esclavos africanos con sus raíces ancestrales en un trabajo que tiene tanto de orgullo natural como de sesudas investigaciones académicas. Un trabajo de pedagogía artística con el cual muchos de nosotros crecimos y nos identificamos.

Declamador y conferencista, cronista y conductor de televisión –su programa Danzas y canciones del Perú, transmitido durante el gobierno de Velasco, fue uno de los más sintonizados de su tiempo- Nicomedes Santa Cruz abandonó el Perú en los ochenta y se estableció en Madrid, junto con su esposa Mercedes Castillo y sus dos hijos, Pedro y Luis Enrique. Allá se reinventó como conductor de programas radiales en los que difundió su vasta cultura y conocimiento del folklore latinoamericano. Recientemente, en el 2024, la prestigiosa institución pública madrileña Casa de las Américas, ubicada en la plaza central de la capital española, develó una placa en su honor.

En ese país falleció, a los 66 años, de cáncer al pulmón. Con los principales integrantes de esta prolífica y talentosa familia ya fallecidos -Nicomedes en 1992, Victoria y Rafael, sobrino de ambos, en 2014- el significativo legado de los Santa Cruz lucha por no desaparecer del imaginario colectivo popular, convertido en patrimonio intelectual de una minoría cada vez más pequeña, que conserva y reconoce la valía de Nicomedes Santa Cruz, orgullo de la cultura afroperuana.

Características de las décimas

Sus famosas y entrañables décimas de pie forzado son construcciones poéticas de estructura fija y sofisticada: tomando como base una estrofa de cuatro versos (cuarteta), el poeta escribe cuatro estrofas de diez versos (décima), cada una de las cuales termina con uno de los versos de la cuarteta inicial, de allí lo de “pie forzado”. 

Ejemplos de décimas de pie forzado son la mencionada La escuelita o La pelona, estrenada en el año 1964 y cuya popularidad se actualizó por el uso que hicieron de ella Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori durante los debates electorales del 2016 (“Cómo has cambiado pelona…”). Otra de sus populares décimas, De ser como soy, me alegro, se popularizó en años recientes a través de una campaña televisiva en la que conocidos peruanos afrodescendientes -el futbolista Luis “Cuto” Guadalupe, la actriz Evelyn Ortiz- la leían, para concientizar sobre la lucha contra el racismo. 

A diferencia de tantas otras de sus obras más conocidas, esta nunca fue grabada por Nicomedes, sino que forma parte de uno de sus tantos libros, Décimas, de 1960, muchos de los cuales fueron editados en ese tiempo por Juan Mejía Baca y prologados por su gran amigo, también escritor, Sebastián Salazar Bondy. 

En sus versos, Nicomedes derrochaba ingenio, agudo sentido del humor y sensibilidad frente a los problemas esenciales de la población afroperuana: la esclavitud, el maltrato -las referencias a torturas como la carimba, esto es, el marcado a fuego que se practicó durante la Colonia y parte de la República- y la discriminación e idiosincrasia de la era moderna, desde los lamentos frente a un pequeño que muere enfermo y pobre (Meme neguito) hasta la crítica, irónica y socarrona, a aquellas personas que quieren aparentar lo que no son (La pelona), historias que aplican a realidades tan tristes como vigentes, por un lado la extrema pobreza y, por el otro, la desesperación por los maquillajes, los filtros y las operaciones quirúrgicas (¿alguien pensó en Dina?). 

Nicomedes Santa Cruz extendió su talento para ocuparse también de temas más globales: el box (Muerte en el ring), la integración regional (América Latina), el orgullo global de ser negro (El café) y la conexión con figuras del arte y la política negra de otros países como su camarada, el escritor cubano Nicolás Guillén o el político africano Patricio Lumumba (Johannesburgo, Congo libre).

Un legado artístico por descubrir

Nicomedes Santa Cruz tiene una discografía oficial de catorce LP, todos editados en el Perú con los más importantes sellos discográficos -El Virrey, Sono Radio, Odeón-, entre 1957 y 1980. A finales de los noventa, Iempsa editó los primeros materiales en CD, las recopilaciones Cumanana y Socabón. Para el disco compacto Cumanana, originalmente un LP doble, lanzado primero en 1960 y reeditado posteriormente en dos ocasiones, los años 1964 y 1970, usaron la ilustración y fondo azul de Socabón, cuya versión original en vinilo salió en 1975. Y la primera versión digital de Socabón apareció con ilustración y carátula amarilla, correspondientes a la tercera edición analógica del Cumanana.

Curiosidades aparte, ambos condensan lo básico de la propuesta musical y etnológica como estas recopilaciones de décimas, poemas y canciones escritas e interpretadas por Nicomedes Santa Cruz junto a un elenco de cantantes, guitarristas y percusionistas de primer nivel, icónicos exponentes del folklore negro peruano en estado puro.

Además de Nicomedes y sus hermanos y hermanas -Victoria, César y Consuelo y Octavio-, alternan con ellos, desde sus primeras grabaciones, los guitarristas Óscar Avilés, Alberto Urquizo y Víctor Reyes, las cantoras Mercedes y Tértula Traslaviña Ruíz, los cantores Augusto y Elías Ascuez. Asimismo, el contrabajista y guitarrista Carlos Hayre -uno de sus mejores amigos- y, en ocasiones, el percusionista Ronaldo Campos, futuro fundador de Perú Negro. Y, por supuesto, Porfirio Vásquez y toda su descendencia musical, los hermanos Abelardo (cantante, zapateador y percusionista), Daniel y Vicente (guitarristas). 

Otros discos importantes fueron Décimas y Poemas Afro-Peruanos (1960, que contiene la primera versión de ¡Negra!, una de sus décimas más potentes); Octubre, mes morado (1964, grabado junto con la Banda de la Guardia Republicana, en homenaje al Señor de los Milagros); Nicomedes Santa Cruz presenta: Los Reyes del Festejo (1971); América negra (1972, una antología de cantos negros de Cuba, Venezuela, Colombia, Brasil y Perú) y Ritmos negros del Perú (1979, donde destaca el conocido pregón libertario Que viva mi mamá).

Su primera producción discográfica se llamó Gente morena, que era además el nombre de la agrupación. Pero luego, Nicomedes y su hermana Victoria decidieron rebautizar al grupo con una palabra que, a partir de ese momento, los identificaría en cada una de sus grabaciones: Cumanana -a veces escrito con “K” inicial, en lugar de la “C”. Cumanana es un vocablo africano que significa “saber” o “sabiduría ancestral”, una descripción más exacta de lo que hacían. 

La diferencia entre la profunda calidad didáctica de las descripciones que hace en poemas musicalizados como Ritmos negros del Perú y Aquí está la marinera, con las versiones superficiales que hoy se presentan como “lo mejor de la música negra peruana”, es sobrecogedora e incomprensible. Es cierto que, de vez en cuando, elencos modernos intentan traer de vuelta una que otra de sus creaciones, pero lo hacen cayendo en un reduccionismo facilista. La obsesión que tienen, por ejemplo, con la declamación Me gritaron negra (Victoria Santa Cruz, 1978), como si fuera lo único que grabaron, es muestra de una búsqueda por el impacto inmediato y efectista, que no va más allá de lo obvio y que desaprovecha un cuerpo de trabajo más amplio, de calidad y exquisitez.

La lograda interpretación que hizo Nicomedes Santa Cruz del amplio rango de géneros musicales afroperuanos -panalivios, landós, festejos, pregones, lamentos, marineras limeñas, zamacuecas, entre otros- configuran un muestrario que es, actualmente, de utilidad para explicar a cualquier músico extranjero en qué consiste la cultura musical afroperuana. Populares canciones como Callejón de un solo caño (vals, incluido originalmente en el LP Nicomedes Santa Cruz y su Conjunto Kumanana de 1959), Samba malató (landó, del doble Cumanana, 1960) o Mándame quitar la vida (marinera limeña) fueron firmadas por Nicomedes y Victoria Santa Cruz y hasta hoy forman parte del repertorio de diversos artistas criollos.

Un caso especial es el festejo No me cumben, un festejo de 1959 que luego fuera regrabado para las tres ediciones posteriores del Cumanana. Este alegre y pícaro tema, uno de los más populares de su catálogo, fue escogido por el cantante y vocalista de Talking Heads, David Byrne, para su famosa selección de música negra del Perú, Afro-Peruvian Classics: The Soul of Black Peru, editada por el sello Luaka Bop del neoyorquino, en 1995. 

A pesar de este intenso y prolífico trabajo artístico, hoy la música negra peruana sigue siendo asociada a la jarana escapista, pretexto para la exacerbación sensorial que suele ser aprovechada por los “blancos” o mestizos amantes de la juerga en discotecas, sometiéndola a una ignominiosa estigmatización. A contramano, el patriarca del clan de los Santa Cruz elevó el nivel del arte negro y le dio elegancia, creatividad, claridad conceptual y vocación para demostrar que el negro peruano también puede ser letrado, culto, inteligente, líder de un proyecto latinoamericano de integración, sin dejar de lado la chispa, el ritmo y también sin olvidar el sufrimiento que la raza negra ha padecido, a nivel mundial, a través de los siglos.

[Música Maestro] Luis Alva (1927-2025): Tenor peruano  

Una vida larga y exitosa

El tenor peruano Luis Eduardo Alva Talledo -algunos medios españoles e italianos especializados en ópera colocan una aristocrática e innecesaria preposición “y” entre sus dos apellidos- o Luigi Alva, como lo conocieron más en las escenas líricas de Estados Unidos y Europa, falleció el pasado 15 de mayo. Cosas, esa inútil revista limeña, en su versión online, malinforma que su deceso se produjo en Lima, “rodeado de sus seres queridos”. Es una paradoja que el medio favorito de las actuales clases altas que suel  en apoderarse de estos temas sea el que dé la peor muestra de ignorancia con respecto a la noticia final acerca de un artista que, prejuicios aparte, logró triunfar en su actividad como pocos.

Y sobre todo tomando en cuenta que había nacido en Piura, en un tiempo en que el centralismo era mucho más fuerte que ahora, si tal cosa es posible. Alva se codeó con los más grandes de su tiempo y, desde su rol como tenor ligero -un término que suele producir confusión entre los no iniciados en música académica, pero que en el contexto correcto sirve para describir voces especiales, de refinamiento técnico y registros altos- se posicionó como intérprete de papeles muy específicos que afianzaron su perfil en una época fundamental para el desarrollo de la ópera a mediados del siglo XX.

De actuaciones “expléndidas” -otra paparruchada del artículo post mortem firmado por un tal Alejandro Saldaña en Cosas- en los más prestigiosos teatros del circuito operístico, Luis Alva murió, en realidad, en su casa ubicada en Barlassina, en la región de Lombardía, al norte de Italia -casi a treinta kilómetros de Milán-, poco más de un mes después de haber alcanzado los 98 años. Una vida larga, plena y muy exitosa, dedicada al exigente y selecto mundo de las artes escénicas, lejos de su país, del que había salido en la década de los años cincuenta.

Su carrera, más allá de los obituarios inmediatos publicados en nuestros medios tradicionales, reduccionistas y motivados por la oportunidad -irrespetuosos, al final de las cuentas-, no despierta el más mínimo interés entre las masas actuales, más preocupadas de las últimas de Magaly, Bad Bunny o Christian Cueva. Ni siquiera les importó que Juan Diego Flórez, de quien seguramente creen que es el único tenor nacido en Perú, escribiera en su Instagram, al enterarse, lo siguiente: “Hoy el Perú y el mundo de la ópera despiden a una de sus más grandes voces”.

La música “clásica” y el Perú

Hace 35 años, las grandes mayorías no eran indiferentes a la música no popular. Mi padre, de familia humilde, nacido en La Victoria a inicios de los años treinta, sin instrucción universitaria ni cercanía con las élites limeñas durante sus años de juventud, sabía perfectamente quién era Luis Alva y cómo cantaba. Recuerdo a mi viejo, que en paz descanse, tan admirador del Conjunto Fiesta Criolla y Felipe Pinglo Alva como de Frank Sinatra y Mario Lanza, criticando la voz delgada de Luis Alva y, como buen criollo, riéndose socarronamente de que se hiciera llamar “Luigi”, un hecho que a él le sabía a disfuerzo, a huachafería. Dejando de lado sus sesgos, era evidente que, antes de llegar a los 30, ya tenía la capacidad de emitir un juicio apreciativo sobre un cantante de ópera, algo imposible para el veinteañero moderno.

Así como él, muchas personas de espectros socioeconómicos medios y bajos de Lima -y del Perú- tuvieron contacto con lo que pasaba en el mundo artístico de otros países, géneros y sensibilidades, más allá de aquellos intérpretes y canciones que escuchaban en casa o bailaban en fiestas. No era extraño que grupos de muchachos capitalinos, de distritos populosos, sin recursos económicos para recibir educación superior ni para pagar palcos pudieran, una vez colocados en el mercado laboral, cultivar gustos musicales sofisticados y construir colecciones de vinilos de sus artistas favoritos. Desde los boleros que se escuchaban en las películas del cine mexicano y el jazz del cine gringo hasta la música sinfónica en sus diversas variantes, las opciones eran innumerables.

Curiosamente, en la era de la mega información, los jóvenes de hoy, independientemente de su grado de instrucción o procedencia -lo mismo un barrista de San Juan de Lurigancho que se moviliza en micro que un magíster de la UPC con carro propio a los 22 años- ni siquiera son capaces de reconocer la diferencia entre tenor, barítono y bajo, los tres registros básicos de la voz masculina. Ni se imaginan qué es un contralto o un tenor ligero. Eso ha acrecentado la noción de que la música culta o académica solo es para las élites. Y esta problemática mundial es aun más grave en nuestro país. 

El conocimiento en general -y los gustos musicales, en particular- en lugar de democratizarse gracias a la tecnología, se han hecho más elitista que nunca. A pesar de que siempre, en el mundo contemporáneo, la música académica que muchos aun insisten en llamar en bloque “clásica” cuando esta palabra solo aplique para uno de sus periodos, ha sido consumida principalmente por las clases altas, hubo una época en que, por uno u otro camino, sus manifestaciones se permeaban hasta llegar a las bases de la población. Y si eran personas aficionadas al canto, como lo fue mi papá, con más razón.

En ese contexto, aunque Luis Alva desarrolló su vida y trayectoria musical en el extranjero, era un personaje conocido entre sus compatriotas, incluso entre quienes nada tendrían que ver, supuestamente, con la ópera. Tal y como ocurrió con la soprano Yma Súmac, Alva salió del Perú dejando atrás un medio poco estimulante para sus inquietudes musicales. A pesar de la popularidad que tuvieron, en las décadas de los cincuenta y sesenta, subgéneros sinfónico-teatrales como la zarzuela y la opereta, el Perú no ofrecía lo elemental para que su talento se desenvolviera. 

Mientras que la cajamarquina se dedicó al jazz y al mambo, haciéndose pionera de lo “exótico”, el piurano optó por rumbos menos masivos y más serios. Y lo hizo muy bien.

Estrella internacional del bel canto

Precisamente, Luis Alva hizo su debut como cantante lírico en el Perú cantando zarzuelas, específicamente la conocida Luisa Fernanda (Federico Moreno Torroba, 1932). Aunque inicialmente su intención fue hacer carrera en la Marina de Guerra del Perú, sus aptitudes musicales fueron descubiertas por la legendaria educadora y compositora limeña Rosa Mercedes Ayarza de Morales (1881-1969) quien lo animó a que dejara los uniformes blancos y se concentrara en entrenar su voz, pues allí estaba su futuro. 

Más que un consejo, lo de Ayarza de Morales -no “Ayarsa” como aparece en la web de Revista Cosas- fue una premonición. Luego de apuntarse en el Conservatorio Nacional de Música y ganar experiencia en la escena local en diversas producciones, la maestra vio a su pupilo partir, en 1953, hacia Italia y vivió lo suficiente como para ser testigo de su éxito. En 1956, apenas tres años después, ya estaba cantando en La Scala, la prestigiosa sala de conciertos de Milán, y su hermana menor La Piccola Scala, interpretando al personaje que marcaría su carrera desde entonces, El Conde de Almaviva en la ópera El barbero de Sevilla (Gioachino Rossini, 1816).

Entre 1956 y 1989, año en que se retiró oficialmente de los escenarios operísticos, Luis Alva consolidó su estatus como uno de los principales nombres en diversas temporadas de ópera, especializándose en papeles de corte humorístico, los cuales eran perfectos para su registro agudo. Fueron más de tres décadas en las que interactuó con personajes de la talla de Claudio Abbado (director), Tito Gobbi (barítono), Teresa Berganza (soprano), entre otros. Pero, sin duda alguna, el punto de su carrera del que más se habla es cuando compartió roles con la diva griega-norteamericana Maria Callas, durante la mencionada obra de Rossini, inmortalizada en grabaciones para el sello EMI Records, que fueron en su momento elogiadas por el afamado director Carlo Maria Giulini.

Alva fue reconocido por la crítica especializada como uno de los mejores intérpretes de las óperas de Rossini y Mozart, maestros de la llamada “ópera bufa” -entre otros ejemplos de este subgénero operístico podemos mencionar a Don Pasquale (Gaetano Donizetti, 1843) o Il matrimonio segreto (Domenico Cimarosa, 1792)- pero también alternó en obras más serias como Don Giovanni (Wolfgang Amadeus Mozart, 1787) o La traviata (Giuseppe Verdi, 1853), solo por mencionar dos de las tantas que fueron parte de su repertorio.  

A medida que su prestigio aumentaba, más se alejaba de los radares del Perú, su tierra natal, que prácticamente le perdió el rastro a sus mayores triunfos artísticos. Sin embargo, el cantante no abandonó sus vínculos con el país, pues iba y venía permanentemente, participando de vez en cuando en programas de televisión y dedicándose a apoyar a jóvenes valores de la lírica nacional, junto a su amigo y colega Ernesto Palacio (78), otro alumno de Ayarza de Morales que también logró forjar una carrera en el exterior. De manera transversal, Alva colaboró con Palacio en la educación musical y la formación artística internacional de Juan Diego Flórez (52), el belcantista nacional que superó largamente a sus dos antecesores y que es, actualmente, una de las figuras más importantes de la ópera y permanente difusor de la música nacional en el mundo.

Luis Alva en grabaciones

El nombre de Luis Alva aparece -como Luigi- en una innumerable cantidad de vinilos, recopilaciones y antologías de arias y óperas completas, publicadas en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta por importantes sellos discográficos especializados como London Records, Deutsche Grammophon, Philips o Columbia, muchas de las cuales dieron el salto a la era del disco compacto, en los años noventa y más allá. En esos álbumes podemos ver a nuestro compatriota al lado de las más grandes estrellas del canto y la dirección orquestal, un verdadero orgullo para la esmirriada escena musical peruana que, a su suerte, se mantiene a flote pero nunca como resultado de una política estatal ni mediática, sino por el empuje individual de artistas y sus leales públicos.

Además de esas selecciones, cuyo público objetivo es la comunidad de conocedores y entusiastas de la música clásica -por cuestiones de uso y practicidad yo también caigo en esa generalización conceptual, casi sin querer queriendo-, Alva grabó un par de LP orientados a un mercado más amplio y popular, algunos años antes de que tenores como Luciano Pavarotti o Plácido Domingo comenzaran su cruzada discográfica para acercarse a la gente no consumidora de música clásica y, en simultáneo, permitir que las grandes masas se conecten con la existencia del amplio mundo de lo sinfónico y lo académico a través de sus canciones -arias, romanzas, intermedios, dúos- más representativas.

El primero se titula Ay-ay-ay: Spanish and Latin American songs by Luigi Alva y lo grabó en 1964 con la Nueva Orquesta Sinfónica de Londres -el ensamble oficial de los conciertos que se hacían en el Royal Albert Hall en esos años, incluidas las tradicionales galas de los Proms que organiza anualmente la BBC- bajo la dirección del italiano Iller Pattacini, para los estudios Decca Records de Inglaterra. En ese LP, el peruano graba doce composiciones clásicas del repertorio latinoamericano y español, como por ejemplo Granada o Muñequita linda, de los mexicanos Agustín Lara y María Grever, respectivamente. También destacan algunas melodías muy conocidas como Princesita -romanza de la zarzuela La corte del amor, de José Padilla, 1916- o la popular Amapola, canción española escrita por José María Lacalle, en 1920. 

Un año antes, Alva había grabado el disco Songs of Tosti (Philips Records, 1963), acompañado por una orquesta bajo la dirección del pianista y arreglista italiano Benedetto Ghiglia. En este vinilo, relanzado en 1971 por Ricordi Discos, un antiguo sello italiano absorbido hace muchos años por Sony Classical, bajo el título Le romanze di Tosti, nuestro compatriota interpreta populares canciones napolitanas escritas por Francesco Paolo Tosti (1846-1916), como ‘A vuccella, Mattinata o Marechiare, habituales en el repertorio de todos los más famosos cantantes líricos anteriores y posteriores a Alva, desde Enrico Caruso y Tito Schippa hasta Luciano Pavarotti, Alfredo Kraus y, por supuesto, estrellas más contemporáneas del llamado “crossover” entre lo pop y lo clásico como Andrea Bocelli, Josh Groban o el mismo Juan Diego Flórez. 

Luis Alva Talledo recibió la Orden del Sol del Estado peruano en el año 2000 en el grado de Gran Oficial y, posteriormente, en el 2004, en el de Gran Cruz. Años más tarde, en el 2015, a los 88 años, fue reconocido con la Medalla de Honor de la Cultura Peruana, otorgada por el desaparecido Instituto Nacional de Cultura del Perú (hoy Ministerio de Cultura, también desaparecido, pero por otras razones). 

     

[Música Maestro]

BEAT: Relevancia artística 

La semana pasada, cuatro músicos extraordinarios ofrecieron uno de los conciertos de mayor relevancia artística de los últimos tiempos. Hay artistas que, a estas alturas, trascienden todas las discusiones sobre géneros, épocas o niveles de popularidad/ventas pues lo que ofrecen es de una calidad incuestionable. Salvo para los necios, que nunca faltan. 

Dicho de otra forma, importa muy poco si a las grandes mayorías no les gusta el rock progresivo, si creen que es un estilo caduco, desfasado, que nadie escucha ya. Lo que ofreció BEAT hace ocho días en la legendaria Concha Acústica del Campo de Marte fue una clase magistral de irreverencia sonora, atemporalidad y brillo instrumental. Una tocada cuyo valor no se puede medir por cuánta gente fue o cuánto dinero recaudó.

Tampoco sirve, para calibrar la importancia de un espectáculo de este tipo, si la empresa organizadora tuvo que abrir una fecha extra o que haya publicado en redes sociales, a las pocas horas de haberse iniciado la venta de entradas, el afiche oficial con sellito rojo de «sold out». El éxito, en estos casos, no depende de factores externos. Hay talentos que, como el buen vino, simplemente añejan bien. Se cuidan y permanecen en el tiempo, son clásicos y omnipresentes, se ubican por encima de los demás. Pero lo hacen sin arrogancia, sin proponérselo siquiera, sin invasivas campañas de marketing ni disfuerzos exagerados para convencer a las masas de que son lo máximo. 

El resultado de lo que BEAT es capaz de hacer sobre los escenarios tiene mucho de espectacular pero también de esfuerzo, disciplina, creatividad y destreza. No es algo que se consigue de la noche a la mañana, por una presentación vulgarona, un hecho escandaloso, una millonaria publicidad o un golpe de suerte. Si la meritocracia existiera, Bad Bunny balbucearía frente a 2,000 personas y grupos como estos llenarían el Estadio Nacional. Es, desde luego, al revés. 

Lo anunciamos primero

Sudaca fue, a través de esta humilde columna semanal, el primer y único medio local que tomó contacto con este excelente proyecto musical, seis meses antes de que arrancaran una gira que, al principio, solo iba a abarcar un puñado de sesenta ciudades en Estados Unidos y Canadá. Me enteré por las redes sociales de Prog Rock Magazine, impecable revista mensual británica. En una columna titulada A propósito de BEAT, el acontecimiento musical del año, publicada el 13 de abril del 2024, ofrecí detalles de cómo nació la idea y qué alcances pretendía tener, incluso antes de que comenzaran a ensayar. En noviembre del 2024, me inscribí en la plataforma Veeps para ver la transmisión en vivo de un concierto que dieron en Los Angeles. Jamás imaginé que llegarían a Sudamérica. Y menos que incluyeran al Perú en ese periplo.

En esos días y durante todos los meses siguientes, las páginas web y redes sociales especializadas explotaron de emoción con la noticia. Rick Beato, el productor y guitarrista que mantiene un canal de YouTube ampliamente sintonizado entre músicos y melómanos de todo el mundo, los tuvo a los cuatro juntos y les dedicó un programa de una hora, solo para hablar de la gira, sus detalles, motivaciones y expectativas. En la entrevista fluyeron las anécdotas y las personalidades de los cuatro. 

Steve Vai, analítico y detallista, desmenuza casi científicamente su experiencia como fan de King Crimson desde sus años como alumno en Berklee y su emoción de tocar junto a Adrian Belew, uno de sus héroes, con quien comparte origen común. Ambos fueron descubiertos por Frank Zappa y tocaron con él -Belew de 1977 a 1979 y Vai de 1980 a 1982-. Carey, probablemente el mejor baterista de su generación, cuenta en las previas que saltó como un niño en piscina de pelotas cuando recibió la invitación para reemplazar a Bill Bruford, a quien admiraba desde su más temprana juventud. 

La sencillez es una de las principales características de los cuatro integrantes de BEAT, a pesar de que podríamos llenar páginas enteras detallando sus trayectorias y describiendo sus aportes a la evolución de la música popular contemporánea, al margen de las modas pasajeras y las imposiciones del mercado. Recuerdo haber visto publicaciones de Steve Vai, en sus redes, narrando lo nervioso que se ponía con solo mirar las transcripciones de todas las líneas para guitarra -riffs, acompañamientos y solos- escritas por Robert Fripp que tenía que aprenderse para The BEAT-Tour. 

Por su parte, Levin y Belew, integrantes originales del periodo de King Crimson que BEAT está reactualizando, no cabían en su felicidad por volver a tocar juntos. Lecciones de humildad, cuando llegan de talentos superlativos, contrastan con los irritantes delirios de grandeza que suelen presentar en programas como Sonidos del Mundo o Noches de Espectáculo, desde los principiantes que nos cuentan cómo se sorprenden con sus propias genialidades hasta gastados personajes locales que, en cuarenta años de carrera, siguen tocando una sola canción y eso les basta para ser considerados “leyendas”.  

La importancia de King Crimson

Para entender el valor de BEAT como acontecimiento artístico, es necesario también tener más o menos clara la dimensión de King Crimson en el desarrollo del rock como fenómeno cultural. Estamos hablando de una de las entidades musicales con más personalidad y peso de las últimas seis décadas, ni más ni menos. Para cuando Robert Fripp -quien acaba de superar un infarto, sufrido pocos días antes de cumplir 79 años- decidió retornar de su autoexilio en el bienio 1979-1981, la sola mención del nombre de su banda generaba devoción y respeto entre los amantes del rock clásico, sus derivados y cruces con otros géneros (jazz, música concreta, experimentación y fusiones múltiples).

En su primera etapa (1969-1974), Fripp construyó uno de los cuerpos de trabajo más complejos, idiosincráticos e influyentes, conservando inalterables su independencia con respecto a la industria discográfica y esa visión que parecía siempre adelantada a lo que hacían los demás. Como Frank Zappa o Miles Davis, Robert Fripp no aceptaba otros dictados que no fueran los de su propia creatividad y su férrea mano guio los destinos de las distintas formaciones que tuvo durante ese periodo inicial. El anuncio de una nueva alineación fue una de las noticias musicales más aplaudidas de inicios de los ochenta.

Los tres discos que King Crimson produjo en esa década -Discipline (1981), Beat (1982) y Three of a perfect pair (1984)- conservaron el sonido esquizofrénico -a veces calmo, a veces frenético-, distorsionado y caótico de la banda, actualizándolo con una estética cercana a los extremos más pesados de la new wave, con mucho uso de herramientas electrónicas, y añadiendo dos elementos particulares, extraídos de las nuevas obsesiones del enigmático guitarrista: la creación de oleadas de arpegios discontinuos que había conocido escuchando música tradicional de Indonesia y una declarada ambición por explorar los límites de la polirrimia africana. 

Para lo primero, contó con la compañía de Adrian Belew, un guitarrista y compositor inquieto por naturaleza. Y para lo segundo, enlistó a una base rítmica de polendas, Tony Levin (bajo/Chapman Stick) y Bill Bruford (batería), el único rescatado de la anterior formación del Rey Carmesí. El resultado fue un bloque de 24 canciones que contienen, en partes equilibradas, ecos inconfundibles del King Crimson primigenio -el vértigo de Red (1974), la tensa calma de Epitaph (1969), la deconstrucción sonora de Fracture (1971) o Starless (1974)- con elementos cargados de funk, afrobeat y electropop de artistas como David Bowie, Peter Gabriel y Talking Heads.

BEAT: El concierto

Las afueras de la Concha Acústica del Campo de Marte en Jesús María comenzaron a llenarse de gente una hora antes de pactado el show de BEAT. Como la metalera, la comunidad de amantes del prog-rock es leal y comprometida, siempre dispuesta a congregarse ante “la llamada de la tribu” como diría Vargas Llosa. Las mismas caras, los mismos desconocidos que uno solo se encuentra en estas ocasiones especiales, que intercambian miradas de complicidad porque saben y, sobre todo, conocen lo que se viene.

Cuando salieron, los aplausos y rugidos de los casi dos mil que allí estuvimos calentaron la fría noche del lunes 12 de mayo. Para quienes hemos seguido el desarrollo de The BEAT-Tour a través de los medios especializados, internet y las redes sociales del cuarteto, la emoción fue desbordante. Perú es uno de los dos países incluidos en esta minigira sudamericana que nunca había recibido la visita de King Crimson -el otro es Colombia-, de modo que era un momento especial. De todos los pesos pesados de la etapa dorada del rock progresivo británico, el Rey Carmesí era el único que nos faltaba ver en vivo y en directo. 

De hecho, el King Crimson oficial es actualmente un monstruo de siete cabezas que nadie se ha atrevido aun a traer a nuestras costas. Sin embargo, BEAT es prácticamente lo mismo, con un 50% de la formación original del periodo 1981-1984 -Adrian Belew y Tony Levin- acompañados por Danny Carey y Steve Vai reemplazando a Bill Bruford y a Robert Fripp. Eso, y los Frippertronics que usaron para los minutos de espera, bastaron para redondear la experiencia. Después de todo, esta sucursal de King Crimson había sido autorizada y certificada por el mismísimo Fripp.

Desde el inicio con Neurotica y Neal and Jack and me, ambas del LP Beat (1982), hasta los intercambiose impredecibles de guitarras en Industry, una de las más difíciles del Three of a perfect pair (1984), o la tercera parte de Larks tongues in aspic; la banda ofreció lo mejor de sus capacidades para la sorpresa y esa sensación de caos controlado que caracterizó siempre a King Crimson. Tony Levin, en las accesibles Man with an open heart o Heartbeat, o en Sartori in Tangier, ese instrumental de atmósfera medio oriental, se robó la atención del público con sus movimientos y recursos, tanto con el bajo convencional como con el Chapman Stick, ese extraño instrumento que domina a la perfección. Y esa solo fue la primera parte.

Luego de quince minutos de intermedio, en que escuchamos un segmento de la obra de Steve Reich, Music for 18 musicians (1976), en una versión grabada en los ochenta si no me equivoco, vino uno de los momentos más esperados del concierto. Carey, frente a un set electrónico de batería portátil, comenzó a recrear la base polirrítmica que da comienzo a Waiting man, a la que se unió Belew con sus propias baquetas y esa sonrisa de satisfacción que sostiene hasta cuando se agacha frente a sus amplificadores para extraer sonidos extraterrestres de su clásica guitarra Twang Bar -una Fender Mustang que tenía guardada, como mencionó antes de tocar Dig me, desde 1984- para luego recibir a Levin y Vai, desde el fondo, replicando la coreografía que seguían en las giras originales con Fripp y Bruford en los ochenta.

Steve Vai, conocido en el mundo entero por su arrebatada forma de tocar y comportarse sobre los escenarios, parece contenido en su rol ocupando el lugar de Mr. Robert. Cumplió a cabalidad con todas las líneas arácnidas y los paquidérmicos riffs de los arreglos originales. Y cuando le tocó brillar -especialmente en The sheltering sky y en los segmentos instrumentales de todas las demás-, se desató para lanzar su arsenal de solos frenéticos, tappings enloquecidos y manejo de efectos, mientras finge estar caminando entre nubes, moviendo sus piernas en cámara lenta o intercambiando miradas cómplices con Belew, armando esos arpegios enredados que terminan en perfecta sincronización, reinventando de forma respetuosa y personal uno de los repertorios más admirados por los guitarristas alrededor del mundo.

Tony Levin usó el Chapman Stick durante casi toda la segunda mitad, generando ritmos y fondos imposibles en temas como Waiting man, Frame by frame, la etérea Matte kudasai -brillante Belew en la slide- y Elephant talk, con el elefantiásico logo de BEAT, creación del fotógrafo, diseñador y artista visual Dan Ermey cobrando vida delante de nuestros ojos. Para Sleepless, Levin desenvainó sus alucinantes “funk fingers”, extensiones de sus dedos con los que golpea las cuerdas para lograr más contundencia.

El momento para Danny Carey, el único que tocaba por primera vez en Lima, llegó casi al final del show en Indiscipline. Durante un minuto y medio, el genial baterista de Tool entregó un solo con toda la potencia de la que es capaz, dejando sin aliento a la gente. En esa caótica y tensa composición, Adrian Belew desarrolla un monólogo hablado de naturaleza obsesiva -¿será realmente sobre un cuadro de su esposa pintora o sobre las composiciones de Fripp?- que es siempre celebrado por el público. Recuerdo haber escuchado la versión de King Crimson del 2019, cantada por Jakko Jakszyk en vivo y no consigue el efecto de Belew y sus demenciales interjecciones y gritos. 

Para finalizar, la gente bailó al ritmo enfermizo del funk de Thela Hun Ginjeet, antes de tener que aceptar a la única desilusión de la noche, la banda no pudo tocar Red por “problemas de tiempo”, convirtiendo a Lima en la primera ciudad del mundo en la que no tocaron este clásico de 1974. No bastó para empañar este extraordinario concierto, después del cuál BEAT entra en receso hasta septiembre, en qué visitarán Japón. En el entretiempo, cada uno se dedicará a cosas no menos interesantes: Belew de gira con su amigo Jerry Harrison para rendir tributo al icónico LP Remain in light (1980) de Talking Heads. Levin reactiva la banda de jazz The Levin Brothers, con su hermano Pete. Carey regresa a Tool, su casa matriz. Y Vai retoma su reunión con su colega, profesor y amigo Joe Satriani, en el proyecto SatchVai.

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Adrian Belew, beat, Concierto en Lima, Danny Carey, King Crimson, Steve Vai, Tony Levin

[Música Maestro] 

NOTA: La asunción del nuevo Papa León XIV, estadounidense nacionalizado peruano, ha despertado una extraña e indefinida ola de esperanza en estos tiempos difíciles. Hacemos votos porque trascienda eso y se afiance como el apoyo que necesitamos en este país tomado por asesinos a sueldo y una bola de políticos necios, codiciosos y falsos.

I. Canción en harapos

“Qué fácil es escribir algo que invite a la acción contra tiranos, contra asesinos, contra la cruz o el poder divino, siempre al alcance de la vidriera y el comedor” canta, indignado, el cubano Silvio Rodríguez en Canción en harapos (Causas y azares, 1984), una letra que la derecha, si no fuera tan bruta y tan achorada, podría usar para burlarse de “los caviares”, esa fantasmal categoría con la que pretende descalificar todo lo que les huela a justicia social, cambio de reglas de juego y equilibrio ante las desigualdades. 

Sin embargo, pienso ahora en esos versos que denuncian las inconsistencias de quienes exigen soluciones desde tribunas cómodas y supuestamente combativas, frente a la corrupción y los asesinatos que hoy han convertido a Lima en la nueva Medellín o la nueva Tijuana, pero que, a la hora de la hora, miran de costado (casi) todo, con argumentos que usan como base una legalidad presentada como inalterable -para salvaguardar “el estado de derecho”- y que no es más que un pretexto para ejercer velados encubrimientos y hasta abiertas defensas de instituciones y personas nocivas para toda idea de democracia y justicia.

El gran Silvio que, en octubre, se reencontrará con nosotros, dice también en esa disonante composición, de las menos difundidas de su extenso catálogo: “Que fácil de apuntalar sale la vieja moral que se disfraza de barricada de los que nunca tuvieron nada…” refiriéndose a las máscaras del “pequeño burgués”.

Vienen a mi cabeza los que, en medio de masacres como la de Pataz y los diarios informes sobre personas comunes y corrientes muertas a balazos en las calles de cualquier distrito y a plena luz, discursean desde sus privilegios pero no llaman nunca las cosas por su nombre. Para no chocar con el amigo de sus amigos, para no cerrar la posibilidad de algún contrato o prebenda en el futuro inmediato.

II. No tenemos revolucionarios

Como nos cuenta Jon Lee Anderson, el genial cronista e investigador de The New Yorker, la centenaria revista estadounidense, en su extensa biografía de Ernesto “Che” Guevara, la vocación revolucionaria del legendario argentino comenzó a nacer en sus últimos veintes. 

Antes de eso, su intención estaba más cercana a convertirse en un doctor trotamundos experto en alergias que en ser un guerrillero armado con algunos conocimientos de medicina.

En su caso, fue la lectura y el contacto con diversas realidades que encontró en su camino aventurero -el abandono de regiones andinas de Perú y Bolivia, la situación política de Guatemala y México- lo que puso frente a sus ojos al verdadero enemigo.

¿Qué necesitarían los jóvenes de hoy para salir de su marasmo? Más que la literatura o los textos no ficticios sobre la historia de los países, convertidas en expresiones artísticas estimables, pero con poca capacidad de llamar a la acción, quizás deberíamos cifrar nuestras esperanzas en la música. 

Aunque, pensándolo bien -me digo a mí mismo mientras escribo esto-, resulta poco probable que las masas jóvenes actuales, extremadamente superficiales cuando se trata de aquellas que lidian por ingresar a círculos que les aseguren un buen trabajo o presencia en las siempre divertidas “clases altas”; y extremadamente superficiales también en los sectores menos favorecidos, embrutecidos por la farándula y las apuestas futboleras; obtengan alguna conciencia cívica, algún rasgo de indignación, escuchando a Dua Lipa, Shakira, Bruno Mars, Bad Bunny y su larguísimo etcétera de clones.

III. Thrash para el Perú de hoy

“Talking to you is like clapping with one hand!” grita Joey Belladonna en Caught in a mosh, tema del tercer LP de los neoyorquinos Anthrax, Among the living (1987). Es una figura que representa lo absurdo, lo imposible, lo idiota.

Es una de las tantas líneas que vienen a mi cabeza cada vez que, por algún desgraciado accidente o descoordinación durante el zapping, escucho a algún comentarista de Willax TV o la interminable retahíla de sandeces contenidas en cada mensaje que no escribe y lee mal “la señora que va a Palacio” (César Hildebrandt dixit), en sus apariciones públicas. 

Aunque para nosotros, más que aplaudir con una sola mano -acción que podrías ejecutar, digamos, golpeándote una pierna o la mesa- sirve, como metáfora de lo estúpido, la clásica parodia de comediantes ochenteros locales, como Miguel “El Chato” Barraza o Ricky Tosso quienes, cuando les tocaba representar a un oligrofrénico ponían cara de Jerry Lewis en El Profesor Chiflado mientras trataban de hacer chocar sus manos para aplaudir, sin lograrlo.

Los pesados riffs de Caught in a mosh -o de otros clásicos de ese álbum metalero como Efilnikufesin (N.F.L.) o I am the law– me hacen siempre fantasear con la idea de lanzar de cabeza a cualquier político actual en un pogo circular durante algún concierto de Anthrax, Metallica, Megadeth o Slayer.

¿Se imaginan? ¿A Boluarte, Quero o Adrianzén, sin zapatos y con los ojos cerrados, en medio de los empujones de decenas de fanáticos de System Of A Down mientras el guitarrista Malakian llamaba al frenético segmento intermedio de Toxicity, en el Estadio Nacional? Sería poesía para los oídos de los deudos de Pataz. 

Es cierto que no les devolverían la vida a sus seres queridos, injusta e incomprensiblemente abandonados, con su crudo y real secuestro reducido a la categoría de “fake news” por nuestras irresponsables autoridades.

Pero que aquellas personas que despreciaron su angustia reciban unas buenas patadas sin posibilidad de defenderse -y sin que ello sea considerado un delito o una acción “bárbara, al margen de la ley”- sería un mejor consuelo que las condolencias vacías de quienes jamás pensaron en hacer algo por ellos, ni antes ni después de tan trágicos acontecimientos.

IV. Rock clásico: ¿Dices que quieres una revolución?

Así comienza Revolution, clásico del periodo tardío de los Beatles. Grabada en 1968 en dos versiones, esta composición de John Lennon fue motivada por las noticias internacionales del primer semestre de aquel lejano año (París, Praga) que intenta cuestionar los métodos violentos de los grupos de izquierda e incluso alude negativamente al “jefe Mao” -una mención que causó cierta controversia en su momento y de la cual el mismo Lennon se arrepintió, tiempo después-, aunque sí muestra afinidad con la idea de la urgencia de cambios sociales.

La versión que hasta ahora escuchamos en las radios retro apareció como lado B de Hey Jude (agosto, 1968) y, veinte años después, en el volumen dos del primer recopilatorio oficial de singles beatlescos Past Masters (1988). La otra, más lenta y bluesera –Revolution 1-, es parte del doble The white álbum (1968). 

Como bien saben los fans del Fab Four, esta fue la primera y única vez en que tocaron temas políticos en sus letras, algo que sería mucho más común en el Lennon solista. Pero, más allá de una que otra alusión metafórica, los tótems del rock inglés, rebeldes y contraculturales por naturaleza, jamás abordaron problemas de este tipo en sus producciones musicales, lo cual cambió agresiva y drásticamente con la generación punk y posteriores subgéneros derivados de los gritos primigenios del bajo Londres. 

En líneas generales, la primera etapa del pop-rock y otros géneros nacidos en los Estados Unidos como soul, blues, funk o country (1955-1975), dominada por artistas de ese país, registra canciones acerca de problemáticas como la segregación racial -el movimiento de las Panteras Negras y el predicamento de Martin Luther King Jr. que tuvo musicalización gracias a James Brown y todo lo que vino después, desde Stevie Wonder hasta Marvin Gaye, desde George Clinton hasta Sly & The Family Stone-; los derechos civiles -a partir de Woody Guthrie y Pete Seeger, inspiración para Bob Dylan y Joan Báez- y la generación hippie, que alzó su voz de protesta contra la guerra de Vietnam, también desde un punto de vista rebelde y cuestionador pero, por la misma naturaleza de esos temas, con indirectas o manifestaciones que buscaban la reacción con propuestas artísticas que son usadas hasta hoy como símbolos de resistencia.

Frank Zappa, líder de The Mothers Of Invention, fue una rara avis en esa época, con un estilo que combinó desde el primer día desarrollos musicales complejos e inclasificables con letras que, cuando trataban de política, eran sumamente directas, casi con nombre propio. Ejemplos de ello son Trouble every day (Freak out!, 1966), Agency man (1968), I’m the slime (Over-nite sensation, 1973), Dickie’s such an asshole (1974, contra Richard Nixon; 1988 contra Ronald Reagan), Heavenly bank account (You are what you is, 1981), When the lie’s so big (Broadway the hard way, 1988), son solo algunos ejemplos de cómo golpeaba a los corruptos de la política, la economía y la religión. Y están también sus entrevistas. 

Géneros extremos como el hardcore punk, el thrash metal y el gangsta rap, surgidos desde la década de los ochenta- cambiaron ese panorama de protestas rebeldes pero etéreas de las décadas anteriores, mostrándoles los dientes a los diversos grupos de poder con diatribas dirigidas sin contemplaciones ni eufemismos. Sin entrar a detalle, podemos mencionar a bandas como Rage Against The Machine, D.R.I., Megadeth, Dead Kennedys, Public Enemy o System Of A Down, como los más representativos, entre centenares de artistas con discursos políticos más fuertes y con amplia exposición mediática.

V. Rock peruano subterráneo: Plena vigencia

Hace cuarenta años, sin embargo, en plena era de violencia y guerra interna, un fenómeno social y artístico local nos dejó lecciones que hoy deberían recoger las nuevas generaciones. 

Escuchando las letras de canciones como Vivo en una ciudad muerta (Guerrilla Urbana), ¿Qué patria es esta? (Sociedad de Mierda), La esquina es la misma (Zcuela Crrada) o ¿Dónde está el Presidente? (Eutanasia) -recopiladas en el CD Varios artistas:

La historia del rock subterráneo, 1985-1992 (Ya Estás Ya Producciones/11 y 6 Discos, 2010)- cuesta trabajo no estremecerse e identificarse con la patética situación descrita en ellas y el alto nivel de indignación que exhibían estas bandas peruanas, todas pertenecientes al movimiento de rock subterráneo que hoy es tratado como un souvenir «arty» por algunos colectivos en busca de hacer algo de caja con aquella juventud auténtica e irreflexiva que hoy peina canas y se dedica actualmente a otras cosas más rentables y seguras que andar gritando realidades aún vigentes. 

Este extenso disco recopila un total de 28 temas, la mayoría compuestos y grabados de manera independiente entre 1985 y 1989, más uno que otro producido en los primeros noventa. Curiosamente, el final de la saga «subte» en el Perú es ubicado por todos sus investigadores en 1992, año del autogolpe de Alberto Fujimori.

Y es curioso porque esa disolución del Congreso que fue, a la postre, germen de toda la corrupción política, social y económica que hoy vivimos como república, marcó también la desaparición de este movimiento que fue capaz de registrar su cólera y tristeza frente a las masacres senderistas y los abusos militares/policiales.

Pero, de repente, los rezagos de la movida underground limeña -la de provincias es otro cantar- fueron también absorbidos por la progresiva degradación del sistema educativo -que ya venía muy mal en los ochenta, por cierto- y el encanallamiento de los medios de comunicación masiva que promovió desde entonces y hasta ahora, con bastante éxito, la noción del racismo/clasismo capitalino disfrazado de inclusión que hoy pasa piola en todas partes. 

Muchos comentan por ahí que, así como están las cosas -con sicarios que matan a adolescentes en losas deportivas y bandas que ejecutan a trabajadores en minas privadas- ya para nadie es un secreto que nuestro país está tan mal como en las épocas del senderismo. Sin embargo nadie, desde el terreno del arte sonoro de consumo masivo -porque sí hay gente que hace cosas, pero están absolutamente invisibilizados- reacciona. 

Los músicos actuales peruanos se mantienen impávidos frente a situaciones criminales y corrupciones políticas, las mismas que son soliviantadas por la prensa convencional con toda clase de argucias- los condicionales, el uso irritante de la palabra “presunto”, los encubrimientos de todo tipo, los lobbies- y una opinión pública dividida que, gracias a la desinformación y el afán por mantenerse en el bando de los que gobiernan, prefiere silbar mirando al techo o, en los peores casos, asumen como propias las opiniones tóxicas que terruquean y caviarizan, en lugar de hacer un solo puño con los que más padecen.  

[Música Maestro]

Un concierto intenso y lleno

Hasta hace unos días, el último megaconcierto de rock en el Perú fue, si la memoria no me falla, la tercera visita de Paul McCartney, en octubre del año pasado. El ex Beatle, a sus 82 años cumplidos, abarrotó el Estadio Nacional. Su trayectoria y estatus de leyenda viva de la música popular contemporánea justificó la expectativa y la asistencia masiva de público.

Por eso sorprende tanto que sea una banda de heavy metal que solo publicó, de manera oficial, cinco álbumes entre 1998 y 2005 y que lleva dos décadas sin lanzar una producción completa -con excepción de dos temas que ya tienen un lustro de antigüedad- se alce, desde su presentación el domingo 27 de abril, con el título del concierto más concurrido e intenso realizado en Lima. 

Claro, en estos tiempos en que hay público para todo, este comentario puede parecer desubicado. Después de todo, grupos de cumbia como Armonía 10 o El Grupo 5 pueden hacer tres fechas con 50 mil personas cada una en el mismo lugar. Y también llenaron ese estadio o el de San Marcos personajes tan disímiles como Bad Bunny, Luis Miguel, The Cure o Shakira. Aun así, la locura colectiva desatada por System Of A Down es notable y extraña, en un país tan desinformado en cuestiones que exijan un poco de información, más allá de la popularidad que tengan un par de canciones o videos en redes sociales.

No fui al concierto pero, después de ver imágenes en YouTube, con fans enfervorizados cantando a gritos las letras cargadamente políticas de este cuarteto apadrinado desde sus inicios por el Rey Midas del rock, el metal y el rap, el productor Rick Rubin, se me ocurrió que a pesar de la anomia causada por la podredumbre corrupta que nuestras autoridades gubernamentales han instalado a punta de bala y cinismo, hay un hartazgo que, en ocasiones como esta, encuentra una saludable válvula de escape.

Reivindicando a su pueblo

System Of A Down no propone el escapismo irresponsable o el exhibicionismo vacío. Tampoco aborda sus críticas a partir de generalidades, actitudes grotescas o metáforas ingeniosas pero poco útiles. De hecho, su agenda es bastante directa y específica. Los cuatro integrantes de System Of A Down, aunque crecieron y se educaron en California, no se identifican para nada con la tierra del Tío Sam. 

De hecho, dos de ellos, el vocalista Serj Tankian (57) y el baterista John Dolmayan (52) nacieron en Beirut, capital del Líbano. El bajista Shavo Odadjian (51) nació en Yerevan, capital armenia. El único nacido en los Estados Unidos es el guitarrista/cantante Daron Malakian (49). Los padres y madres de los cuatro son originarios de Armenia, país del oeste asiático que fuera víctima, en tiempos de la Primera Guerra Mundial, de un terrible genocidio no reconocido por sus perpetradores.

Precisamente, la llama que inspira las composiciones de System Of A Down es la tragedia que padeció el pueblo de Armenia a manos de lo que hoy es Turquía, durante el periodo tardío del Imperio Otomano. De hecho, los abuelos de Serj Tankian sobrevivieron a ese exterminio que acabó con la vida de un millón y medio de personas, durante casi tres décadas en las que los otomanos ejecutaron una oprobiosa “limpieza étnica” que incluyó violaciones, masacres, campos de concentración y destierros. 

La brillante Turquía, la de ciudades hermosas como Estambul, Izmir o Midyat, la de las sorprendentes mezquitas y puentes que vemos en esas producciones audiovisuales que tanto le gustan a Dina Boluarte, ha negado históricamente que esto ocurrió, a pesar de que 35 países del mundo sí han aceptado, después de años de indiferencia, el padecimiento injusto del pueblo armenio. Cuando Hitler elucubraba el holocausto y alguno de sus colaboradores le advertía sobre los riesgos de convertirse en genocida, él respondía “piensa en los armenios, ¿quién los recuerda ahora?”

System Of A Down y el Perú

¿Qué tienen en común 20 o 30 mil chicos y chicas peruanos, sin futuro y sin ganas de defender a su propio país, con las letras de canciones como War?, B.Y.O.B. o P.L.U.C.K. (Politically Lying, Unholy, Cowardly Killers) -la gran faltante, hasta ahora, en el setlist del Wake Up Southamerica Tour, que habla directamente del genocidio de sus antepasados- entonadas con cánticos que pasan de lo místico, casi como si fuera una plegaria, a esos atronadores torbellinos guturales sobre una base de groove metal que, por momentos, nos hace recordar las mejores grabaciones de Pantera o al Sepultura post-Roots?

La indignación y la rabia, puede ser, si nos ponemos optimistas. Quizás en el inconsciente colectivo de esos fans locales late aquello que harían por el Perú si no tuvieran tan presente que Dina y sus secuaces disparan a matar en las manifestaciones. Por otro lado, quizás también sea cierto que les interesan más las canciones menos directas. Sugar, por ejemplo, la canción con la que se dieron a conocer en 1998 con su epónimo debut, el de la carátula de fondo negro y la mano usada en afiches anti-nazis en los años veinte –“con poder tanto para crear como para destruir”-, es una crítica al consumismo y la desinformación de los medios corporativos. O Soldier side (Hypnotize, 2005), que es una especie de Disposable heroes (los conocedores de la discografía de Metallica entenderán la referencia), una cruda narración empática con los que siempre pierden, los combatientes de cualquier guerra. 

O quizás sus favoritismos se orientan hacia aquellas canciones que lidian con temas más personales, íntimos, casi de estética “emo”, como Aerials (Toxicity, 2001), Lost in Hollywood (Mezmerize, 2005), Lonely day (Hypnotize, 2005), una oscura historia que puede aplicarse tanto a una víctima de gobiernos asesinos como a un adolescente y sus tribulaciones amorosas. O ese clásico contemporáneo titulado Chop suey! -como el plato de comida china- que trata nada menos que del suicidio, de letra desoladora en la que Tankian incluso utiliza una de las siete palabras de Cristo en la cruz –“Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”-. De hecho, el origen del título encubre las intenciones iniciales del grupo de llamar a esa canción Suicide. Así, “suey” sería la palabra “suicide”, pero cortada (“chopped”).  

Una banda diferente

Como hicieran en los ochenta los iconos del punk Dead Kennedys o los thrashers de Megadeth; o en los noventa los explosivos Rage Against The Machine, System Of A Down suscribe causas muy concretas, golpeando con sus versos a los grupos de poder, a los Estados Unidos, a los vicios de la sociedad de consumo, a los medios de comunicación, al fracaso de la educación, a la hipocresía política y militar. Pero, a diferencia del sesgo izquierdista de los liderados por Eric “Jello Biafra” Boucher, las diatribas de alcance global de Dave Mustaine o los reclamos, a veces muy desinformados, de Zach de la Rocha; la sólida propuesta artística de System Of A Down tiene un trasfondo íntimo, familiar. 

Quizás el caso de Serj Tankian sea el más evidente, pues debe haber escuchado en las sobremesas caseras, las historias de lo que sufrieron sus abuelos. Pero los demás integrantes tienen también a flor de piel esa identificación con su país de origen, el mismo que fue, desde 1920, una de las repúblicas socialistas soviéticas hasta la división en 1991. El padre de Daron Malakian, por ejemplo, trabajó como profesor de danzas folklóricas armenias en un colegio californiano, por lo que el futuro guitarrista adquirió desde muy joven ese cariño por su identidad y, posteriormente, al conocerse con Serj, profundizó sus intenciones de expresar artísticamente su activismo nacionalista y reivindicador. Los padres de John Dolmayan, por su lado, huyeron de la guerra civil libanesa, a fines de los ochenta.

Visualmente, System Of A Down también rompió el molde si pensamos en el común denominador de las bandas de metal norteamericano de su tiempo. Después de todo Serj, Daron, Shavo y John, además de sus apellidos terminados en “ian”, señal inequívoca de su procedencia- tienen los rasgos profundos y serios de sus eurasiáticos progenitores: miradas fuertes y penetrantes, cabelleras y cejas negras -a excepción del bajista-, todo acentuado por el maquillaje, tatuajes, peinados y barbas bizarras -sus primeras fotos publicitarias son una combinación de la actitud amenazante y sobrenatural de Mudvayne con los gestos de Slayer, enojados y sin máscaras-, y los saben combinar con un ataque musical que puede pasar del alarido gutural y monstruoso, a los juegos vocales en clave humorística y al drama pesado y contundente con total fluidez y credibilidad.

John Dolmayan es un baterista fuertemente influenciado por el jazz -hace recordar a Bill Ward de Black Sabbath con esa capacidad para usar técnicas jazzeras en medio de sus bombazos metaleros- y combina a la perfección con el bajo profundo y bien colocado de Shavo Odadjian. El trabajo de Daron Malakian en guitarras es exótico e innovador, mezclando notas salpicadas por aquí y por allá con paquidérmicos riffs cargados de distorsión y volumen alto. Malakian no toca muchos solos pero, cuando lo hace, sorprende por su sentido melódico. En cuanto a Serj Tankian, es de lejos uno de los mejores vocalistas de su generación, con una capacidad tremenda para transmitir emociones, cambiar de registros y conectar con el público, que para 1998 ya andaba algo cansado de los rapeos de Fred Durst o los disfuerzos de Johnatan Davis (líderes de Limp Bizkit y Korn, respectivamente).

Evolución y actualidad de SOAD

Todos estos elementos hacen especial a System Of A Down, como también su propia historia y evolución. Luego de los exitosos discos System of a down (1998) y Toxicity (2001), que los posicionaron como nuevas promesas del renacimiento metalero, apareció Steal this album! (2002), un disco sin carátula cuyo título es respuesta a una coyuntura asociada a la industria discográfica, similar al pleito entre Metallica y Napster. Poco antes de que se lanzara oficialmente, varias canciones comenzaron a circular en archivos mp3 sin autorización del grupo. Las letras de temas como Fuck the system o A.D.D. (American Dream Denial) son claramente anti-USA, mientras que temas como I-E-A-I-A-I-O o en B.Y.O.B. presentan segmentos con un sonido construido sobre patrones rítmicos propios de su origen étnico.

Para ese momento, sus canciones habían dado la vuelta por el cine y la televisión -desde South Park hasta el tercer capítulo de la saga de terror Scream- y eran fijos en todo festival y especial de MTV dedicado al rock duro. Habían sido convocados en el 2000 para participar en el segundo volumen del homenaje a Black Sabbath, Nativity in Black, para el cual grabaron una excelente versión del clásico Snowblind. En septiembre del 2001, poco antes de la aparición oficial del disco Toxicity, la banda anunció un concierto gratuito en una explanada de estacionamiento de Los Angeles. Sin embargo, como el aforo se había superado largamente, el jefe de bomberos decidió, intempestivamente, cancelar. Lo que siguió fueron seis horas de caos y vandalismo, con detenidos y más de 30,000 dólares en equipos destruidos. O sea, la banda estaba en el corazón de la noticia. 

No obstante, después de lanzar dos álbumes simultáneos y complementarios, Mezmerize/Hypnotize (2005), el cuarteto se separó para “satisfacer inquietudes personales”, eufemismo que usaron para ocultar algunas diferencias creativas, que no alteraron por supuesto su amistad y unión por la causa armenia. Tankian inició una ecléctica discografía como solista -lleva ya más de una decena de discos publicados. Malakian y Dolmayan armaron un proyecto intermitente llamado Scars on Broadway. Y Odadjian se dedicó a grabar con un amplio rango de artistas, desde Wu-Tang Clan hasta George Clinton. 

Entre 2010 y 2020 la banda se reunió para dar multitudinarios conciertos. En el 2011 llegaron a Sudamérica y el 23 de abril del 2015, como parte de la gira mundial Wake Up The Souls, en la que presentaban un corto animado en tres partes sobre la historia del genocidio armenio, dieron un concierto gratuito en Yerevan, en la Plaza de la República, para conmemorar el centenario de uno de los hechos más graves de aquella historia. Entre la noche del 23 y la madrugada del 24 de abril de 1915, las huestes de Mehmed VI, el último sultán del Imperio Otomano, arrestaron, deportaron y asesinaron a cientos de integrantes influyentes de la comunidad, entre artistas, escritores, docentes y personalidades eclesiásticas. Era la primera vez que tocaban en Armenia.

La actual gira de System Of A Down comenzó en Colombia, el pasado 24 de abril, en el famoso estadio de fútbol El Campín de Bogotá. En aquel concierto, Daron Malakian y Serj Tankian hicieron, cada uno a su estilo -más pausado uno, más colérico otro- mención directa de la efeméride, conocida en Chile y Argentina como Día de la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos en Memoria del Genocidio Armenio. Lima y Santiago de Chile siguieron, los días 27 y 30, tras lo cual el cuarteto abarrotó el estadio de Vélez Sarsfield, en Buenos Aires, el 3 de mayo. Desde ayer, lunes 5, “las víboras armenias” cerrarán su periplo sudamericano con cinco noches en Brasil, en las ciudades de Curitiba, Rio de Janeiro y São Paulo, donde ya han confirmado tres conciertos en el famoso autódromo de Interlagos, con capacidad para más de 50 mil asistentes.

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Armenia, Conciertos en Lima, metal., SOAD, System Of A Down

[Música Maestro] Cecilia Barraza es uno de los personajes centrales de Le dedico mi silencio (Alfaguara, 2023), la vigésima novela de Mario Vargas Llosa, anunciada por él mismo como su despedida definitiva (sin contar el ensayo sobre Sartre que no sabemos si llegó a concluir). Dos semanas después de su fallecimiento, vale la pena recordar que el último disparo literario del Nobel peruano estuvo dedicado a la música criolla.

En el relato, la cantante es amor platónico, amiga y fuente del periodista y experto en música criolla Toño Azpilcueta, a quien le obsesiona la idea de escribir un libro que encierre la esencia del Perú a partir de la evolución del vals criollo encarnado en el misterioso y sobrenatural talento del guitarrista chiclayano Lalo Molfino, el mejor que había escuchado. Azpilcueta es el protagonista de esta historia que combina ficción con ensayos fraccionados sobre los orígenes y significados del criollismo como expresión musical y subcultura popular peruana.

En la realidad, Cecilia Barraza y Mario Vargas Llosa se conocieron y fueron muy amigos. Su primer encuentro fue en el programa televisivo de entrevistas La Torre de Babel que condujo el autor de La ciudad y los perros (1963) y Conversación en La Catedral (1969), durante los años ochenta. Posteriormente, fue invitada por Morgana, hija del escritor, a las celebraciones por sus 75 años, donde cantó y departió con Patricia, su prima-esposa que, después de la incomprensible desviación que tuvo, entre 2015 y 2022, junto a la socialité filipina Isabel Preysler, lo recibió y acompañó hasta el final.    

Vargas Llosa ha contado que, mientras estaba en España escribiendo una de sus novelas, escuchaba permanentemente la canción Quisiera ser caramelo de Cecilia Barraza, incluida en su LP Yo, Cecilia Barraza (1981). “Como soy amante de la lectura -cuenta la cantante- siempre lo admiré. Siento mucha alegría y una emoción especial porque siempre me ha mencionado con mi nombre y apellido”. La artista ha manifestado escuetamente estar muy afectada por la muerte de su amigo Mario.

A pesar de ser una de las cantantes más populares del país, se me ocurre que muchos jóvenes, lectores nuevos de Mario Vargas Llosa que, por curiosidad, estén recorriendo en estos días las páginas de su última novela, quizás puedan pensar que “Cecilia Barraza” es otra de esas creaciones de su prodigiosa mente literaria. Sin embargo, como pasa en muchos otros de sus libros, es una persona de carne y hueso que Mario integra a su ficción de forma natural y fluida. Una voz dulce y encantadora, una personalidad chispeante y positiva. Así es Cecilia Barraza (Lima, 1952) quien, gracias a su talento y carisma, se ganó el cariño del público y de los amantes de la música criolla desde su aparición. 

La música criolla del Perú es uno de los géneros latinoamericanos que más ha promovido la presencia de mujeres para su interpretación. Desde las épocas de María Jesús Vásquez (1920-2010) o el dúo Las Limeñitas, integrado por las hermanas Graciela (1920-2012) y Noemí Polo (1921-1998), la voz femenina ha sido muy importante para la difusión de valses, marineras, tonderos, polkas y todas las variantes de música negra. 

En los años setenta surgió una nueva generación que recogió el legado de las mencionadas -y de otras como Esther Granados (1926-2012), Delia Vallejos (1930-2005) o Alicia Lizárraga (1917-2004)- para continuar esa tradición. Entre esa hornada de nombres que incluyó a Eva Ayllón, Cecilia Bracamonte, Lucía de la Cruz o Tania Libertad, destacó una menuda y simpática intérprete que, con sencillez y mucha gracia, se metió al bolsillo al público con su dulce y aterciopelada voz, su respeto por los ritmos regionales y una picardía muy limeña que le venía de familia.

Cecilia Barraza nació en el distrito de Miraflores, el 5 de noviembre de 1952. Pero vivió y creció en Magdalena del Mar, uno de los barrios más apacibles de aquella Lima hoy desaparecida. En casa, sus padres escuchaban mucho folklore latinoamericano por lo que Cecilia, la menor de tres hermanos, tuvo ocasión de conocer desde muy pequeña a los grandes trovadores argentinos -Atahualpa Yupanqui, Los Chalchaleros- y los boleristas mexicanos y cubanos, además por supuesto de nuestra música.

Los hermanos de Cecilia también son artistas. Carlos, el mayor, es un talentoso declamador, aunque nunca desarrolló una carrera pública, limitándose a mostrar su vena poética en reuniones familiares y en sus barrios, tanto en Magdalena como en San Miguel, donde se mudó cuando formó su propia familia. Por su parte Miguel, el segundo, luego de participar en un grupo de nueva ola llamado Los Flyer’s, destacó desde muy joven como comediante, en la famosa peña itinerante del recordado conductor de TV y periodista hípico Augusto Ferrando (1919-1999). Miguel “El Chato” Barraza se convirtió en el más famoso y querido actor cómico del Perú, sobre todo durante las décadas de los ochenta y noventa. Con él, Cecilia bailaba y reía hasta que, un día, la escucharon cantar y su vida cambió para siempre. 

En una ocasión, su hermano Miguel invitó a la casa familiar a uno de los hijos de Ferrando, Alberto -más conocido en la farándula local como “Chicho”- y, después de almorzar, se pusieron a cantar y declamar, entre amigos y licores. Cecilia era muy joven, tenía recién 18 años, pero se animó y entonó algunos valses y boleros. Pocas semanas después, animada por el popular “Chato”, Cecilia se presentó en el programa de Panamericana Televisión Trampolín a la Fama, que Augusto Ferrando conducía con enorme éxito en sintonía. Concursó con un vals de Alicia Maguiña, Todo me habla de ti. Era el año 1971.

Chabuca Granda, al escucharla, llamó por teléfono de inmediato a Ferrando y le dijo: “No soy jurado en tu programa, pero doy mi voto por la jovencita de cabello negro”. Cecilia ganó aquella competencia y, a partir de entonces, comenzaron a abrírsele las puertas del estrellato. La compositora de La flor de la canela la llevó con ella de gira por México. Luego le ofrecieron un contrato para grabar su primer LP con la importante casa discográfica Sono Radio. Todo en el mismo año. 

Cecilia Barraza, su disco debut, contó con la participación del destacado arreglista argentino afincado en el Perú Enrique Lynch, una sociedad que continuaría durante toda esa década. En el álbum aparecen canciones como Jamás impedirás, Tal vez, ambas escritas por José Escajadillo -uno de sus autores recurrentes-; Bello durmiente, de Chabuca; y la primera versión de Toro mata, landó tradicionalista que recopilara el percusionista afroperuano Carlos “Caitro” Soto de la Colina (1934-2004) y que se convertiría, a la larga, en uno de sus temas emblemáticos. En 1974, esta canción se internacionalizó gracias al arreglo que hiciera el salsero dominicano Johnny Pacheco (1935-2021), grabada por la cantante cubana Celia Cruz (1925-2003), en el LP Celia & Johnny, un clásico de la salsa de todos los tiempos. De hecho, “La Reina del Guaguancó” decidió incluir Toro mata en su repertorio después de escuchárselo a Cecilia, en una de sus visitas a Lima, en el legendario bar Kero del Hotel Sheraton.

Entre 1971 y 2001, la Barraza publicó ocho discos, hizo miles de conciertos dentro y fuera del país y cantó junto a todos los grandes artistas criollos que nos podamos imaginar. Muy conocida en el circuito de peñas y jaranas, Barraza hizo gran amistad con su tocaya, Cecilia Bracamonte, con quien armaría más de un espectáculo conjunto a lo largo de sus carreras. Asimismo, era común verla acompañada por grandes guitarristas como Adolfo Zelada, Rafael Amaranto, Octavio Santa Cruz, Álvaro Lagos, Óscar Avilés o Pepe Torres, en televisión y festivales de música criolla.

Si los años setenta fueron de intenso apoyo mediático a toda la música nacional -criolla, andina, negra- debido al gobierno militar, tras recuperarse la democracia hubo un ligero retroceso en ese terreno, en especial por la situación económica del país que fue afectando, entre otras actividades, a la industria discográfica. Aun así, los intérpretes que se habían consolidado en esos años mantuvieron a flote el criollismo gracias a su prestigio, popularidad y producciones que, aunque cada vez más espaciadas, permitían que aquel cancionero no perdiera vigencia. 

El trabajo de Cecilia Barraza en esa década fue fundamental para mantener viva a la música criolla. En 1980, su disquera Sono Radio lanzó una recopilación titulada Lo mejor de… Cecilia Barraza y, un año después, aparecería el disco Yo, Cecilia Barraza (1981), uno de los más vendidos de su carrera, con canciones como el vals La abeja (Ernesto “Chino” Soto), el festejo Mi compadre Nicolás (Porfirio Vásquez), Canterurías (Chabuca Granda) y, particularmente, Negra presuntuosa y El tamalito (ambas de su amigo Andrés Soto). En paralelo, prosiguió con sus giras internacionales, durante toda la década, visitando países como Argentina (con su mentora Chabuca Granda), Cuba, Bolivia y Estados Unidos. 

Para 1988, Cecilia Barraza lanzó su quinto LP oficial, titulado Ahora! (CBS Records), en el que ofrece una agradable selección de valses, música norteña y música negra. Destaca un homenaje a Chabuca con un popurrí de sus mejores canciones, una combinación de clásicos del festejo y, en especial, uno de los temas favoritos de sus seguidores más fieles, el tondero El membrillito, composición de Andrés Soto que cuenta en clave poética y popular la historia de un romance trunco. Cecilia Barraza es una consumada bailarina de tondero, danza piurana que interpreta con corazón y elegancia en sus recitales, siempre descalza, respetando la usanza regional. 

Durante la siguiente década, Cecilia Barraza lanzó un par de álbumes más, ambos con el sello discográfico Iempsa. El primero de ellos, Alborotando (1998), le generó un nuevo éxito con la marinera El sueño de Pochi, escrita por José Escajadillo, infaltable en sus presentaciones en vivo. Por su parte, el CD Con candela (2001), su último larga duración en estudios, presenta varias canciones de la cantautora piurana Lourdes Carhuas, una de las pocas voces del criollismo moderno. 

A pesar de que el mercado para la música criolla se había contraído gravemente, por la degradación de los gustos populares y la reducida/nula producción de novedades en sus diversos subgéneros, el respeto ganado por Cecilia Barraza a lo largo de esos primeros treinta años de carrera era tal que siempre conseguía generar expectativa por sus conciertos -ya sea sola o con sus colegas Eva Ayllón, Lucía de la Cruz, Cecilia Bracamonte- y esporádicas grabaciones. Donde Cecilia cantaba, se armaba la jarana.

En el año 2001, fue invitada por el Instituto de Radio y Televisión del Perú (IRTP), la televisora del Estado, para conducir un espacio dedicado a la difusión de la música criolla, con presentaciones y entrevistas a sus principales exponentes. El programa se llamaba Mediodía Criollo, se emitía los fines de semana y había tenido como conductora, entre 1997 y 1999, a una joven y poco conocida cantante alemana residente en el Perú, Ellen Burhum. Su ingreso repotenció el programa que se convirtió en uno de los más sintonizados de TV Perú (Canal 7).

Barraza condujo Mediodía Criollo hasta el 2006, dejándole la posta a otra cantante muy popular, Esther Dávila, más conocida como Bartola. Posteriormente, en el mismo canal, tuvo otros tres programas, Lo nuestro con Cecilia Barraza (2007-2008), Corazón peruano (2008-2009) y Cántame tu vida (2010-2011). Este último fue un espacio para conversaciones amplias con artistas nacionales e internacionales, personalidades del deporte y otros, con la música como principal hilo conductor. 

En el año 2019, poco antes de cumplir 67 años, Cecilia Barraza se despidió de los escenarios con un concierto de gala en Gran Teatro Nacional de Lima. Y lo hizo nada menos que el 31 de octubre, Día de la Canción Criolla, acompañada por varios de sus colegas y compañeros de viaje musical. En noviembre del 2023, volvió a la conducción de Mediodía Criollo, después de diecisiete años. Sin embargo, no pudo continuar por algunos problemas de salud.

No es la primera vez que la intérprete de El membrillito y El sueño de Pochi es mencionada por Mario Vargas Llosa en sus novelas. Primero ocurrió en el 2006, en Travesuras de la niña mala y, posteriormente, en El héroe discreto (2013). Sin embargo, el rol de Cecilia Barraza en Le dedico mi silencio es mucho más gravitante, al ser motivación e informante del personaje central, en esa trama desarrollada entre Chiclayo y Lima. “Siempre fue mi admirador -recordó la cantante alguna vez en entrevista con el diario El Comercio- Cuando estuve deprimida, me escribió cosas bonitas que me subieron el ánimo. Y cuando estuve en rehabilitación, me envió tulipanes”. 

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[Música Maestro] Me fue imposible no recordar el primer verso de esa canción que abre el octavo LP oficial de Silvio Rodríguez, publicado en 1984, cuando supe que «el famoso dominicano» aplastado hasta morir, junto a otras doscientas y pico de personas, por un techo en Santo Domingo, la semana pasada, era nada menos que Rubby Pérez. Seguramente, cuando salió a su ventana, el legendario vocalista de merengue no sabía -mi amor, no sabía- que la luz de esa clara mañana era luz de su último día.

Parece una verdad de Perogrullo -ninguno de nosotros somos capaces de saber si hoy la muerte pisará o no nuestro huerto (Serrat dixit)- pero impacta más cuando se trata del trágico fallecimiento de un personaje público que, además, dedicó su vida a alegrar a sus compatriotas, a hacerlos bailar. Para ponerlo en perspectiva local, sería como si el techo del Teatro Peruano Japonés colapsara durante un concierto de Bartola, en medio de alguna de sus celebradas interpretaciones.

Incluso peor. Porque si aquí el vals criollo representa a toda la región costeña de nuestro país, el merengue es transversal a toda la extensión de República Dominicana. Por eso la conmoción nacional, por eso los tres días de duelo decretados por el presidente Luis Abinader. Y no exagero. Hace cuatro años, cuando falleció Johnny Ventura a los 81, sin accidentes de por medio, el mismo mandatario -este es su segundo periodo- tomó también esa medida que trasciende lo simbólico para corresponder a una tristeza más íntima, más personal. El país caribeño no ha perdido a un cantante. Ha perdido a uno de los ídolos de su cultura popular contemporánea.

Las causas fueron cercando al amable Rubby quien, a sus 69 años cumplidos exactamente un mes antes del desastre, estaba cantando mejor que nunca. Había sido convocado para ser la estrella central de una nueva edición de los Lunes Bailables -otros medios se refieren a ese día como «los lunes de merengue»- en una fecha diferente a la del colapso del emblemático Jet Set Club, una discoteca donde han actuado los mejores artistas locales y extranjeros desde 1973, toda una institución del entretenimiento dominicano. Y el vocalista, por un asunto personal, adelantó su participación para el lunes 7 de abril. Una causa cotidiana, invisible.

Y el azar -poderoso, invencible- se le enredó de modo fatal cuando, a una hora de iniciado su concierto, en pleno frenesí de güiros, saxos y tamboras que seguramente tenía en trance rítmico a la selecta concurrencia, entre la cual estaban conocidos personajes del béisbol -el deporte más popular del país-, la farándula, la sociedad y la política, la estructura cayó sobre las cabezas de público, cantante y músicos con el previo aviso de una inesperada e incomprensible lluvia de arenilla que le dio, a algunos, tiempo de escapar. Lo siguiente ha sido cubierto ampliamente por los medios. Los primeros reportes de heridos y muertos, los testimonios de los sobrevivientes, el dolor de un país.

Entre los ritmos caribeños, el merengue debe ser uno de los más alegres y veloces -si no el más- y, desde luego, extremadamente popular más allá de su obvia zona de influencia. Desde El negrito del batey (o sea “el negrito del barrio”), composición del cubano Santiago Terry Urrutia que fuera grabada por el dominicano Alberto Beltrán (1923-1997) con La Sonora Matancera a finales de los años cincuenta, hasta los éxitos globales de Juan Luis Guerra y la 4.40, muchos artistas merengueros han dejado su huella imborrable entre los amantes de la música latina. 

Lamentablemente, la vulgar omnipresencia del reggaetón, esa bacteria multidrogorresistente, ha hecho que el merengue -como la salsa, como el latin jazz- sea hoy placer de minorías nostálgicas o fórmulas usadas de manera indiscriminada sin detenerse en su historia ni en sus representantes, incorporándolo a la fría biblioteca de ritmos pegajosos de la que hacen uso esos destalentados que, a punta de autotune y exhibicionismo barato, han reventado un siglo entero de riquísima evolución convirtiendo a la música latina en vehículo de expresión para los peores aspectos de la idiosincrasia de nuestra región.

El merengue tiene también sus personajes legendarios, sus padres fundadores, sus conexiones con el pasado de los pueblos que lo vieron nacer. Allá por los años treinta y cuarenta, el dictador Rafael Leonidas Trujillo (1891-1961) usaba el merengue como herramienta de proselitismo político. En estos días de duelo vargasllosiano, resulta también inevitable imaginar a uno de los personajes centrales de la acuciosa investigación que realizó nuestro célebre y controversial narrador para escribir La fiesta del Chivo (Alfaguara, 2000), ese calculador asesino, ordenando a los conjuntos tradicionales -tríos de acordeón, tambora y güiro- a escribir melodiosas y bailables con letras que ensalzaban a su gobierno, contando mentiras sobre lo bueno que era.

En nuestro país, el merengue también tuvo una fuerte presencia en la radio y la televisión, en especial durante los años ochenta y noventa. El Perú ha estado siempre en el radar de los cultores de la música afro-latina-caribeña-americana, debido a la popularidad que siempre tuvo en los sectores populares de barrios tradicionales de Lima y en el puerto del Callao. Frente al retroceso de la “salsa dura” y el apogeo aguado de la “salsa sensual”, los sólidos y rápidos ritmos del merengue dominicano captaron la atención del público peruano, motivo por el cual algunos de sus principales exponentes fueron muy bien recibidos con sus canciones y propuestas sonoras.

A mediados de los años ochenta, llegó al Perú la orquesta de Wilfrido Vargas, un trompetista de voz acajonada y formación académica, capaz de hacer arreglos complejos y a la vez pegajosos, que tenía ya más de una década como portador del estandarte del merengue total, el de musculares secciones de vientos, agresivas percusiones y frenéticos cambios. 

Para cuando llegaron a la Feria del Hogar en 1986, Wilfrido Vargas y su orquesta eran fijos en cualquier fiesta -de casa, de discoteca- y aquellas noches, en el recordado campo ferial de San Miguel, demostraron su amplia capacidad para entretener y sacudir los cuerpos de sus espectadores. En este video, el único disponible de esa época, vemos a Wilfrido conduciendo esa nave merenguera a toda velocidad, pasando del Hava Nagila judío al Kalinka ruso, con la misma facilidad con la que sus pupilos sonríen y saltan sin parar. Música de verdad la que escuchábamos entonces.

En la línea delantera de cantantes estaba, al centro, Rubby Pérez. Había llegado a la orquesta de Wilfrido tres años antes, para grabar con ellos el disco El funcionario (Karen Records, 1983) que comienza con un tema que se volvería su marca registrada, El africano, escrita por Calixto Ochoa, donde destaca su potente y aguda voz. La letra describe, desde el punto de vista de una mujer, de forma ingeniosa y divertida un escarceo sexual, con llamadas de Wilfrido y los demás cantantes en las que hacen ruidos guturales, onomatopéyicos, como si provinieran una tribu africana de salvajes.

“Mami ¿qué será lo que quiere el negro?” se pregunta el vocalista. Por supuesto, el tema es burlesco y pícaro, todo un éxito de las radios en esos años que, el día de hoy, no es programada por nadie para evitar las críticas desubicadas y prejuiciosas de los mismos que les cambian de nombre a las gelatinas y proscriben clásicos del cine norteamericano por usar a actrices negras para hacer de empleadas, creyendo que así luchan contra la discriminación.

Dos años después, en su popurrí de homenaje a la música caribeña, los cantantes Willy Chirino (Cuba) y Ángela Carrasco (República Dominicana) incluyeron El africano en el segmento dedicado a la que fuera, en tiempos de Cristóbal Colón y sus carabelas, la isla La Española. Años más tarde, el panameño Edgardo Franco, El General para los amigos, usó la intro de saxos de El africano en el éxito radial Boricua, una colaboración con los norteamericanos C+C Music Factory cuyo título real es Robi-Rob’s boriqua anthem (1994).

La canción se convirtió en sinónimo de Rubby Pérez quien de inmediato fue bautizado, por Wilfrido Vargas, como “La Voz Más Alta del Mrengue”. Su carisma y amplia sonrisa acompañaron a la famosa orquesta hasta 1986, tiempo en el que se editaron tres LP más, El jardinero (1984), La medicina (1985) y Vida, canción y suerte (1986), luego de lo cual, el vocalista decidió emprender su propio camino, con la bendición de su jefe. Después de haber trabajado para dos leyendas del merengue en su país -Fernando Villalona y Wilfrido Vargas-, era tiempo de lanzarse a la tarima como líder de su orquesta.

Entre 1987 y 2007, Rubby Pérez lanzó una docena de álbumes de merengue puro y duro, de enorme popularidad en su propio país y en las comunidades latinas de los Estados Unidos, donde era recibido siempre como un rey. Las enormes congregaciones de inmigrantes dominicanos que viven en distintos condados de La Florida, New York y New Jersey han disfrutado en más de una ocasión de los lanzamientos discográficos de Pérez, sus visitas para ofrecer alegres conciertos y su decisión de mantener vigente el ritmo nacional de su país, al margen de las tendencias más comerciales que se llevan los mayores dividendos en estos tiempos de Shakiras y Bad Bunnies, que ganan tanto ofreciendo tan poco.

Por eso, su llegada al Jet Set Club era también un acontecimiento especial. El Jet Set Club era considerado un bastión del merengue que había decidido no sucumbir, como sí lo habían hecho otras discotecas y centros de diversión en la capital dominicana, al invasivo reggaetón. Nuevamente, para contextualizar con asuntos que son familiares para nosotros, el Jet Set Club vendría a ser para Santo Domingo lo que para Lima es, por decir algo, la peña Don Porfirio. Si estabas de visita y querías escuchar buen merengue, genuino, ibas al Jet Set Club.

El último álbum oficial de Rubby Pérez, Dulce veneno, tenía este año ya casi dos décadas de antigüedad -se lanzó en el 2007 con el sello local Palenke Records. Pero los éxitos del vocalista iban más por el lado de sus actuaciones. Su estilo vocal era inconfundible y también algunas fórmulas, como esos silbidos simulando a un pajarito o la exclamación “¡Me voy!” que lanzaba a cada rato en medio de las estrofas o coros principales. También mantenía su costumbre de presentar arreglos en merengue de canciones conocidas. En aquel último trabajo en estudio, destacan Amada amante y Así no te amará jamás, baladas del brasileño Roberto Carlos y la argentina Amanda Miguel, respectivamente.

Pero si hay una canción que identificará por siempre a Rubby Pérez es el éxito Volveré, de su séptimo disco Vuelve el merengue (1999), una canción compuesta por los españoles Ignacio Román y Paco Cepero e interpretada en 1983 por el baladista y cantaor Antonio Cortés Pantoja, Chiquetete -el mismo que popularizó Esta cobardía, una de las baladas más famosas de esa década-. Tras conocerse la noticia de la caída del techo, las redes sociales se inundaron con videos de homenaje a Rubby Pérez interpretando esta canción. En nuestro país, fue más popular la versión en ritmo de salsa que grabara Huey Dunbar -también poseedor de un impactante registro vocal, aunque menos cálido que el del dominicano- con la banda DLG, en su tercer álbum Gotcha!” (1999).

Wilfrido Vargas (75) fue uno de los primeros artistas que manifestó su profundo pesar ante la tragedia, refiriéndose a Roberto Antonio Pérez Herrera, verdadero nombre de Rubby, como uno de sus “hijos musicales”. Durante el funeral del artista pudimos apreciar a importantes exponentes del folklore dominicano como Fernando Villalona -no muy conocido fuera de República Dominicana pero considerado uno de los responsables de la evolución y modernización del género- con quien Pérez había iniciado su carrera musical. Y Juan Luis Guerra, por supuesto, el artista que trajo “inteligencia y poesía” al merengue, como dice el musicólogo y periodista dominicano Carlos Batista Matos en su libro Historia y evolución del merengue (1999), a quien se le veía muy afectado por esta inesperada e injusta muerte.

Como nos ocurrió a nosotros, los peruanos, hace pocas semanas, luego de ver cómo el techo de un centro comercial asesinó e hirió a decenas de compatriotas, lo sucedido en la calurosa Santo Domingo deja una estela de tristeza pero también de indignación. Los propietarios del Jet Set, encabezados por el poderoso empresario de medios de comunicación Antonio Espaillat, tendrán que dar muchas explicaciones a la justicia. Los reportes oficiales dicen que un incendio de hace algunos años habría dejado debilitadas las estructuras metálicas del Jet Set Club, pero aun no se establecen causas y responsabilidades concretas frente a tan desgraciado hecho.

No deja de ser paradójico que un momento tan alegre y cálido, como puede llegar a ser un buen concierto de merengue, haya sido cortado por el triste peso de fríos bloques de cemento y fierro, en un hecho que es todo menos algo casual o azaroso. En medio del dolor de sus familiares, colegas y seguidores, no dejo de pensar en ese otro verso de Silvio -quien, por cierto, nos visitará dentro de seis meses-. Mientras calentaba la voz y recibía el ánimo de su manager, sobreviviente de la tragedia, que siempre le decía antes de subir al escenario una sola palabra -«¡Rompe!»-, Rubby Pérez no tenía cómo saber, madre mía, que no le esperaba la paz, sino el espanto. 

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[Música Maestro] Cuando yo era niño, a mediados de los años ochenta, la Semana Santa era todavía una de recogimiento y reflexión, rezago de épocas más restrictivas vividas por mis padres y abuelos. Aun recuerdo que, mientras nos repartíamos, mis hermanos y yo, las ollas con frejoles remojados y les quitábamos las cáscaras para el delicioso dulce de frejol colado, una receta tradicional que los distritos de población afroperuana de Lima antigua (La Victoria, Rímac, Barrios Altos) adoptaron de sus antecesores de Cañete; que ella había aprendido muy bien, a pesar de haber nacido en otro país, papá nos contaba que “en sus tiempos” no podía escucharse música los Viernes Santo. 

De hecho, mi generación también conoció algo de aquellas formas un tanto exageradas de vivir esta efeméride cristiana. Aunque las prohibiciones ya no eran tan drásticas, uno sabía que los días centrales era muy mal visto ponerse a escuchar salsa o reventar cohetes. Menos después del Sermón de las Siete Palabras, que todos escuchábamos así no entendiéramos o nos aburriéramos intensamente. 

Mi generación también vio nacer rituales nuevos. Algunos nada santos, como los repetitivos reportajes que mostraban las borracheras en campamentos de los feriados -las vergonzosas “Semanas Trancas”. Y otros, más edificantes, como ver documentales sobre grandes hallazgos relacionados a las historias bíblicas o sentarse a ver, cada año, películas épicas-religiosas producidas en la era dorada del cine hollywoodense. 

Aunque ambas costumbres de la Semana Santa posmoderna siguen vigentes, hay una que es ya una institución -solo falta que la incluyan en el Catecismo versión peruana- mientras que la otra, paulatinamente, se va convirtiendo en un asunto anacrónico, de viejos. 

Los fines de semana largo son pretexto perfecto para masivos reventones donde creyentes y no creyentes olvidan -o, peor aun, no saben- que la Semana Santa rememora un martirio, más allá de que haya sido real o alegórico. 

La subcultura del espectáculo y la relativización de los sistemas de creencias se imponen a toda norma básica de respeto y permite que los bacanales sigan a todo volumen reggaetonero en medio de lo que un sector todavía grande de la población vive como el velorio de un familiar cercano. En esta aldea global llena de sicarios menores de edad y líderes políticos que solo rinden culto al dinero y a las cirugías plásticas, la fiesta permanente no puede parar.

Con respecto a ver películas del pasado, cada vez somos menos las personas que disfrutamos del consumo reiterativo de esas producciones grandilocuentes que convirtieron a Charlton Heston en superestrella. De niños, nos admirábamos con los efectos especiales y la posibilidad de ver en imágenes los relatos bíblicos del Genesis, el Éxodo o el Nuevo Testamento, reforzando sin darnos cuenta pasajes de la historia universal que, tarde o temprano, nos contarían en el colegio. 

De adultos, estas películas nos aseguran buen entretenimiento bajo la premisa de estar frente a desarrollos audiovisuales clásicos, actuaciones memorables, frases y secuencias inolvidables. Al margen de los conocimientos adquiridos posteriormente y las inevitables desafiliaciones –“soy creyente pero no practicante”, “soy agnóstico, soy ateo”-, esperamos el Jueves y Viernes Santo -y los dos días siguientes- para toparnos con alguna de estas largas recreaciones históricas, sin fijarnos en sus inconsistencias, solo por el mero gusto de repetir ese ritual.

Los Diez Mandamientos (Cecil B. DeMille, 1956) y Jesús de Nazareth (Franco Zeffirelli, 1977) son dos de mis favoritas, por encima del sanguinolento hiperrealismo de La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004) o el remake en clave videojuego de Ben-Hur (Timur Bekmambetov, 2016). No importa que fenómenos como el del río Sarandí en la localidad bonaerense de Avellaneda, reportado en febrero de este año, puedan explicar aquella plaga de las aguas ensangrentadas. No importa que la reconstrucción facial que hiciera el experto forense británico Richard Neave en el año 2001 nos demostrara que Jesús habría tenido los rasgos toscos de un rústico ciudadano palestino y no las finas facciones de aquel clásico cuadro decimonónico del Sagrado Corazón que inspiró la caracterización de esa miniserie con reparto de lujo. Ambas tienen, además, bandas sonoras extraordinarias. Recordémoslas juntos.

JESUS OF NAZARETH – ORIGINAL SOUNDTRACK COMPOSED AND CONDUCTED BY MAURICE JARRE (Pye Records, 1977)

Cuando el italiano Franco Zeffirelli (1923-2019) convocó a Maurice Jarre (1924-2009, padre de Jean-Michel) para que compusiera la banda sonora de la miniserie Jesús de Nazareth que estaba dirigiendo, lo hizo a sabiendas de que el célebre músico rechazaba, a priori, cualquier oferta de trabajo que le llegara desde la televisión pues su formato le parecía banal e insuficiente. 

Sin embargo, las características de esta superproducción ítalo-británica se acercaban más a las épicas películas históricas que había musicalizado previamente -Lawrence de Arabia (1962), Dr. Zhivago (1965), ambas dirigidas por el británico David Lean- y decidió acometer el reto, animado además por las proyecciones presupuestales que se le anunciaron. 

El resultado es una conmovedora partitura llena de momentos sublimes, que sirvió de marco musical perfecto para esta producción de casi seis horas de duración que se mantiene, hasta ahora, como una de las representaciones más admiradas de las que han intentado retratar cinematográficamente la vida, pasión y muerte de Jesucristo, uno de los personajes más enigmáticos e inspiradores en términos artísticos. 

Como sabemos, desde el Renacimiento la iconografía religiosa católica impuso un modelo de cómo se habría visto Jesús y sus coetáneos, una fisonomía inverosímil que marcó a fuego a las artes plásticas. Esa estética fue recogida por los realizadores. En cuanto a Jarre, el destacado compositor francés puso al servicio de las imponentes imágenes de locaciones ubicadas en Túnez y Marruecos y de esa europeizada imagen del Mesías, lánguido y blanco, de ojos azules y cabello lacio, casi castaño, imaginativos desarrollos orquestales que combinan la grandiosidad de las cuerdas sinfónicas con elaboradas secciones en que flautas y clarinetes traen a la mente las exóticas danzas del Medio Oriente y las comunidades judías del Año 1. 

El leit motif que representa musicalmente a Jesús es una profunda escala de violines y cellos que se repite de manera aleatoria en varias de las once partes que conforman la banda sonora, grabada originalmente en 1977 para el sello británico Pye Records, famoso por lanzar las primeras discografías de bandas rockeras como The Kinks o Status Quo. El inicio, sin embargo, es aterrador, con una llamada de percusiones y violines que, a manera de latigazos, nos anticipa el crítico momento de la tortura física -Crucifixion- antes de soltar por primera vez, el referido motivo en el tema-título, Jesus of Nazareth, un remanso de paz y luminosidad que se instala en la memoria para siempre. 

Hay temas especialmente llamativos en este soundtrack televisivo, como por ejemplo Three kings, Salome -que incluye una frenética pieza en la que brillan lascivos flautines y percusiones menores-, Miracle of the fish, que enriquecen las estampas dirigidas por Zeffirelli, basadas en los Evangelios pero que también contienen diversas licencias de autor para su construcción fílmica. The beatitudes incluye la voz de Robert Powell (80), el actor que interpretó a Jesús, leyendo las ocho bienaventuranzas en italiano, mientras de fondo suena el tema básico en variaciones de violines y vientos suaves. 

Jerusalem es triunfal mientras que Baptism/Jairu’s daughter reflejan la fuerza de la personalidad de Jesús. El camino al Gólgota inicia en Crucifixion con una primera parte basada nuevamente en el terrorífico tema central para luego tornarse triste y oscura, y finalmente resurgir con enormidad en Resurrection, en el éxtasis de la gloria divina. Más allá de que seamos creyentes o no, la expresividad de estas composiciones de Jarre padre no hacen más que confirmar por qué está considerado como uno de los mejores compositores de música sinfónica contemporánea del siglo XX.

Jesus of Nazareth es un buen ejemplo de la importancia que tiene la música en la emotividad que puede alcanzar una película, en especial si estamos hablando de un tema como este, que viene animando toda clase de pasiones, fanatismos y controversias desde hace años, pero que no deja de ser importante para muchas personas en el mundo: las bases del Cristianismo.

ORIGINAL MOTION PICTURE SOUNDTRACK – THE TEN COMMANDMENTS (MCA Records, 1956)

Como ocurre con Ben-Hur (William Wyler, 1959), El manto sagrado (Henry Koster, 1953), Quo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951) y otras películas del género bíblico de la década de los años cincuenta, The Ten Commandments (en español, Los Diez Mandamientos) posee una banda sonora sinfónica y monumental, con marchas triunfales en las que resuenan trompetas, timbales y violines de naturaleza grandiosa, descomunal. 

Para esta larguísima e inolvidable película -un clásico de la Semana Santa- el director norteamericano Cecil B. DeMille (1881-1959) contrató los servicios de Elmer Bernstein (1922-2004), un compositor neoyorquino que había sido alumno de su compatriota Aaron Copland (1900-1990), célebre creador de piezas como Hoedown o Fanfare for the common man, adaptadas al rock por el trío inglés Emerson, Lake & Palmer. 

Bernstein -quien no tiene parentesco con Leonard, otro gran compositor y director sinfónico norteamericano, aunque sí eran muy amigos- aplicó todos sus conocimientos académicos a esta suite y, como se imaginarán, escribió una partitura de enorme duración, lanzada en LP por MCA Records en 1956 en versión reducida. En 1989 apareció por primera vez en CD, también con un setlist resumido que rescata las melodías más representativas del largometraje, de forma que pudiera adaptarse al entonces nuevo formato digital. Años después, apareció en el 2006 una versión en 2 discos compactos, con las más de dos horas de grabaciones que se realizaron originalmente en los estudios Paramount. Y para celebrar su aniversario 50, apareció un boxset de seis CD con todas las tomas alternas, muchas de ellas inéditas. Un artículo de colección para los amantes del compositor y, en particular, de esta obra.

Pero Bernstein no solo se limitó al uso de una orquesta sinfónica, sino que además realizó experimentaciones interesantes con el uso del theremín, por ejemplo, en The plagues, sombría composición que puede oírse en la secuencia de la última plaga, el paso del ángel de la muerte; o con instrumentos ancestrales como el shofar, una especie de corneta hecha de huesos de oveja, que se utiliza en ceremonias judías como el Rosh Hashanah o el Yom Kippur, presente en The exodus, otra de las piezas de la parte inicial de la banda sonora. 

Asimismo, el creador de otras grandes bandas sonoras del cine clásico como El hombre del brazo de oro (1955), Los siete magníficos (1960) o El dulce sabor del éxito (1957), recrea la música egipcia y árabe en las respectivas Egyptian dance y Bedouin dance, dos de las que más se alejan del tradicional sonido orquestal, rimbombante y épico que se convirtió, con el paso de las décadas, en uno de los tantos atractivos que posee este largometraje protagonizado por Charlton Heston (1923-2008) en el papel de Moisés, “el rescatado de las aguas” que pasó de ser príncipe egipcio a esclavo hebreo y, finalmente, producto de la intervención divina, en libertador y portavoz de las enseñanzas de Yahvé. 

A diferencia de otras musicalizaciones de filmes similares, que concentran sus desarrollos instrumentales en momentos determinados de las historias a las que apoyan, Elmer Bernstein buscó generar piezas para identificar a cada personaje, al estilo de autores de óperas del siglo XIX como el italiano Giacomo Puccini (1858-1924) o el alemán Richard Wagner (1813-1883), una sugerencia que habría recibido del mismo director. 

Reconocida como una de las películas religiosas más fieles a la historia que se cuenta en el Antiguo Testamento, The Ten Commandments tiene, en su soundtrack, una fortaleza adicional, un complemento de enorme vitalidad que nace de la visión operática de su autor, aun cuando no utiliza coros humanos y prefiere construir el efecto impresionante de sus composiciones en las secciones de vientos y violines, que adquieren una personalidad propia en cada compás. 

Un dato particularmente curioso para nosotros, en Latinoamérica: una de las partes más recordadas de la película es, sin duda, la escena en que Moisés, ayudado por Dios –“¡contemplen su poderosa mano!” exclama el patriarca en el momento culminante de esta clásica secuencia-, ordena que las aguas del Mar Rojo se abran para que el pueblo judío cruce y se libere finalmente de la opresión egipcia. Cuando Ramsés (Yul Brynner) ordena a su ejército ir tras ellos, el mismo Dios deja caer las aguas ahogando a cientos de personas, un acto de furia que define al espíritu castigador del Antiguo Testamento, ese mismo que hoy invocan los criminales de guerra de Israel. Este portentoso momento es acompañado por una melodía igual de colosal, titulada The red sea. 

Pero para nosotros siempre será sinónimo del héroe latinoamericano por antonomasia, El Chapulín Colorado, ya que su primera sección -esa portentosa sección de vientos- fue utilizada por su creador, Chespirito, para identificar la aparición del personaje cada vez que se le invocaba con el clásico «oh… y ahora ¿quién podrá defenderme?» Si este fin de semana se sientan a ver, otra vez, las cuatro horas y media de Los Diez Mandamientos, presten atención a esa secuencia.

[Música Maestro] De los ochenta años que va a cumplir este miércoles 9 de abril, Steve Gadd ha dedicado setenta a la batería. Eso significa que ha pasado casi el 90% de su vida entre tambores, bombos, baquetas y platillos. A pesar de que su nombre no signifique nada para los oyentes promedio, es un hecho que han escuchado más de una vez sus intensos redobles, sutiles plumillas o rítmicos ataques en grabaciones de Paul Simon, James Taylor o Eric Clapton -quien también cumplió 80 esta semana-, tres de los grandes nombres que lo han llamado para trabajar en estudios y giras alrededor del mundo.

Como él mismo cuenta en su página web oficial https://drstevegadd.com/, un tío le regaló su primera batería a los 11 años y de inmediato se obsesionó con la percusión. Pasó por el club de Mickey Mouse, la banda de su escuela secundaria y no paró hasta colarse, siendo todavía un adolescente, en las tocadas nocturnas de astros del jazz como Dizzy Gillespie, Art Blakey u Oscar Peterson en un conocido club de Rochester, ciudad del norte de New York. Años después, cuando fue destacado al ejército, hizo gran parte de su servicio en la banda militar. Su padre, amante de la música, “lo llevaba a todos los conciertos de los artistas que más le gustaban”. Hoy los llevan a los estadios, pintarrajeados y transformándolos en agresivos fanáticos. Eran tiempos mejores.

En el pop-rock, la batería siempre es el último instrumento en mencionarse, a pesar de su importancia que, en muchos casos, puede llegar a equiparar o incluso superar la del tótem indiscutible del género, la guitarra eléctrica. En un concierto, sea de quien sea, cuando llega el momento de presentar a los músicos, escucharás el nombre del batero al final. Y en toda reseña periodística o listado de créditos impreso, la sección de percusión cierra el párrafo, con la batería en último lugar. No importa si es Ringo Starr, Phil Collins o el baterista de Taylor Swift- esta costumbre con más de sesenta años de antigüedad se mantiene inalterable, salvo excepciones.

En el jazz, en cambio, los bateristas líderes son más comunes de lo que uno podría imaginar. Desde Gene Krupa y Buddy Rich hasta Art Blakey, Max Roach y Elvin Jones, la tradición de virtuosos ejecutantes de batería que se ubican al frente es amplia. Estos icónicos bateristas han sido inspiración para varios rockeros que, entre las sombras, brillaban en canciones como, por ejemplo, Moby Dick (Led Zeppelin, LP II, 1969) o Tom Sawyer (Rush, LP Moving pictures, 1981). En esos temas, John Bonham y Neil Peart respectivamente, son absolutos protagonistas. Pero desde el fondo.

Esto es comprensible desde el punto de vista del espacio físico. Con los años, las baterías del pop-rock fueron incrementando su tamaño, añadiendo tambores de distintas dimensiones para ampliar su rango de notas. Desde los años setenta es común ver a instrumentistas que usan, además de la batería convencional, todo un arsenal de percusiones menores -campanas, bloques de madera, xilófonos-, sinfónicas -timbales, gongs-, electrónicas -equipos Simmons-, y pedaleras -doble bombo, hi-hats. 

Desde esa lógica, es más práctico para los bateristas estar detrás. Así disparan el ritmo desde una ubicación fija mientras los demás se desplazan a su antojo. También es lógico desde la construcción del ensamble sonoro, pues son los bateristas quienes, generalmente, marcan el inicio de cada canción con sus baquetas. Al provenir desde atrás, esa indicación alcanza a todos por igual. En géneros asociados al pop-rock como heavy metal o rock progresivo las baterías suelen ocupar muchísimo espacio. En otros, como el punk o el indie rock, son más comprimidas. Desde las gigantescas baterías de Terry Bozzio, con más de cien piezas hasta el simple kit de tres piezas de Stray Cats, las opciones son ilimitadas.Todas van atrás o, en los casos más minimalistas, al centro, salvo.contadas excepciones. En el jazz, esto es más variable.

Steve Gadd unió ambas influencias desde el principio de su carrera, integrándolas para desenvolverse con naturalidad en contextos de soul, jazz, fusión, blues, pop y rock. Gadd comparte esa versatilidad con otros bateristas de su generación como Jeff Porcaro, Simon Phillips, Steve Smith o Vinnie Colaiuta, capaces de tocar baterías básicas y complejas. Ningún baterista que se precie de ser profesional puede no conocer a Steve Gadd, salvo que se trate de un aprendiz, un músico bastante desinformado o un farsante.

Un par de ejemplos de canciones que, en su momento, fueron extremadamente populares, aunque actualmente ninguna radio local dedicada al rubro “retro” las programe, sirven para dejar en claro las habilidades por las cuales Steve Gadd es considerado uno de los mejores de todos los tiempos. En el disco Tug of war (1982), del ex Beatle Paul McCartney, el segundo sin los Wings, destacó el tema Take it away con Gadd haciendo de las suyas, a contramano de la melodía principal. Y en el tema Late in the evening, que abre el quinto LP en solitario de Paul Simon, One-trick pony (1980), el baterista hace gala de su dominio polirrítmico, armando una fiesta que tiene tanto de Cuba como de Mozambique.

Pero si hay una canción que genera consensos respecto de lo bueno que es Steve Gadd es Aja, tema-título del sexto disco de Steely Dan (1977). En la canción, descrita por sus compositores, Donald Fagen y Walter Brecker como “un viaje en el tiempo y el espacio”, el baterista realiza tres solos en perfecta clave de jazz fusión, que acompañan al saxo de Wayne Shorter (Miles Davis, Weather Report), en una colaboración catalogada como histórica por todos los expertos, uno de los hitos más importantes del cruce entre jazz y pop-rock en los setenta. Los redobles y resoluciones del final de esta suite de ocho minutos son épicos, una clase maestra en sí mismos, vertiginosos y emocionantes.

Los inicios formales de Steve Gadd, tras graduarse con honores de la prestigiosa Escuela de Música Eastman de su ciudad natal, se dieron junto a los hermanos Gap y Chuck Mangione (piano y trompeta, respectivamente), otros dos hijos predilectos de la escena musical de Rochester. De hecho, su primera grabación profesional fue en el cuarto álbum del pianista, titulado Diana in the autumn wind (1968), en el que destaca un medley de temas de Simon & Garfunkel incluidos en la banda sonora del clásico film The graduate, que protagonizaran ese mismo año Dustin Hoffman y Anne Bancroft. En aquella banda coincidió con su compañero de escuela, el bajista Tony Levin (Peter Gabriel, King Crimson), una amistad que se mantuvo a lo largo de sus exitosas carreras. Aquí podemos ver un video de ambos, muy jóvenes, tocando con Chuck Mangione, en el festival suizo de Montreaux, en 1972.

Paralelamente, Gadd fue forjando la potencia y control de su estilo en dos grupos de jazz, funk y fusión que hizo delirar al circuito de clubes en New York durante los setenta. El primero se llamó L’Image, junto a Tony Levin (bajo), David Spinozza (guitarra) y Warren Bernhardt (teclados). Para la segunda mitad de esa década, ya convertido en uno de los sesionistas más solicitados, se unió a Stuff, junto a Eric Gale y Cornell Dupree (guitarras), Richard Tee (teclados) y Gordon Edwards (bajo), director del combo. Stuff grabó cinco álbumes entre 1975 y 1980, hoy considerados de colección, así como sus residencias semanales en el legendario club de jazz Mikell’s, en la calle 97 del Uptown en Manhattan -cerrado desde 1991-, donde Gadd dejó su marca indeleble.

Entre 1973 y 1980, el neoyorquino tocó en cientos de sesiones –“cuando uno está joven, acepta todas las llamadas” le comentó en reciente entrevista al YouTuber Rick Beato-, adquiriendo experiencia y ganando respeto entre sus pares. Por el lado del jazz, fue uno de los bateristas principales del sello CTI Records, especializado fusión y smooth. Y por el lado del pop, canciones de alta rotación en radios norteamericanas como You make me feel like dancing (Leo Sayer, 1976), 50 ways to leave your lover (Paul Simon, 1975), Just the two of us (Grover Washington Jr., 1980) tienen su impredecible sonido. Gadd y sus compañeros de Stuff formaron la base instrumental de un himno de la música disco, The hustle, del pianista y productor Van McCoy (LP Disco boy, 1975).

Si algo le sobraba a Steve Gadd en esa época, era trabajo. El tecladista Chick Corea lo invitó en 1973 a unirse a su supergrupo Return To Forever, que se alistaba para lanzar su tercera placa discográfica, Hymn of the seventh galaxy. Gadd declinó de la oferta “para estar más cerca de su familia”. En años posteriores, se juntaron para grabar fantásticas composiciones en álbumes clásicos del prolífico pianista, como Night sprite (The Leprechaun, 1976), Humpty Dumpty (Mad Hatter, 1978), Samba song (Friends, 1978) o Love castle (My Spanish heart, 1976). 

Esta amistad musical se prolongó durante las siguientes décadas en producciones como el alucinante Three quartets (1981) o Chinese butterfly (2017), ya como The Chick Corea + Steve Gadd Band, que incluía a Carlitos del Puerto (bajo), Lionel Loueke (guitarras), Steven Wilson (saxos) y Luis Quintero (percusión). Con esta formación, ambos tocaron en Lima, en el auditorio del Pentagonito, el 27 de octubre del 2017. Gadd admiraba a Corea por su ética de trabajo y su pasión por componer siempre cosas nuevas para la batería. Por su parte, el pianista fallecido en el 2021 consideraba a Gadd como “el mejor baterista con quien le había tocado trabajar”. Aquí podemos verlos en acción, en el legendario Blue Note Jazz Club de New York.

Al Di Meola, otro de los integrantes de Return To Forever, también tuvo a Steve Gadd entre sus principales colaboradores cuando decidió iniciar su discografía como solista. En las canciones The wizard (Land of the midnight sun, 1976), Elegant gypsy suite, Flight over Rio (Elegant gypsy, 1977) y en los álbumes Casino (1978), Splendido Hotel (1980) y Electric rendezvous (1982), la batería de Gadd brilla y retumba, adaptándose al electrizante estilo del guitarrista. 

El 19 de septiembre de 1981, Steve Gadd entró de manera definitiva en la historia contemporánea de la música norteamericana, al formar parte de la banda que tocó con Simon & Garfunkel en el multitudinario concierto en el Central Park. Aquel reencuentro del famoso dúo de folk-rock, organizado para recaudar fondos que permitieran recuperar a esta enorme y emblemática zona de la ciudad que nunca duerme, reunió a casi medio millón de personas y fue, además, transmitido por la cadena televisiva HBO, convirtiéndose en uno de los eventos en vivo con mayor público. 

Durante los ochenta, además de continuar su intensa agenda de sesiones para grandes estrellas del pop y el jazz, Gadd fundó The Manhattan Jazz Quintet, banda de jazz fusión con la que produjo una decena de discos en estudio y en vivo. Asimismo, se mantuvo activo en el circuito rockero, saliendo de gira de manera constante con Paul Simon y Eric Clapton. Idolatrado por la comunidad mundial de bateristas, Steve Gadd encontró tiempo para comenzar a producir su propio material, armando proyectos como The Gadd Gang, con compañeros a quienes había conocido en su largo camino como el bajista Eddie Gómez, el saxofonista barítono Ronnie Cuber y el pianista Richard Tee.

Una de las particularidades del estilo desarrollado por Steve Gadd es su capacidad para hacer variaciones usando patrones básicos con las baquetas, una práctica que incluso lo ha llevado a escribir libros y grabar videos instructivos. Este conjunto de secretos y consejos para sonar más diverso y polirrítmico es conocido, entre los bateristas, como los “Gaddiments” -unión de su apellido “Gadd” con el término “rudiments” que significa, literalmente, “rudimentos”, aludiendo a la naturaleza elemental de esos redobles, que remiten a las bandas militares. La combinación de repiques con golpes de bombo en distintos lugares de cada compás genera la sensación de estar escuchando ritmos diferentes.

Los últimos veinticinco años han sido de enorme actividad musical para Steve Gadd, al margen de las modas y a salvo de incómodos protagonismos. Su experta batería fue utilizada por el guitarrista Eric Clapton para diversos lanzamientos blueseros como Riding with the king (2000) junto al legendario B. B. King o el tributo a Robert Johnson (2001). También fue parte de su banda en varias ediciones del Crossroads Guitar Festival, entre 2013 y 2019. Algunos años antes, en 1997, Steve Gadd y Eric Clapton integraron un supergrupo que completaban Joe Sample (telados), David Sanborn (saxo) y Marcus Miller (bajo). Una maravilla para el oído. En el 2015, Clapton incluyó a Gadd en la banda con la que celebró sus 70 años en el Royal Albert Hall de Londres.

En cuanto al jazz, Steve Gadd produce y lidera interesantes proyectos, siguiendo la tradición iniciada en los años dorados del bebop de sus admirados Art Blakey, Elvin Jones y Tony Williams. Por ejemplo, tenemos a The Gaddabouts, cuarteto de pop-jazz relajado, al estilo de Norah Jones, integrado por él en batería, Pino Palladino y Andy Fairweather-Low, dos experimentados músicos de sesión, en bajo y guitarra; y la vocalista Edie Brickell, recordada por el exitazo radial What I am, del primer LP de su grupo The New Bohemians, Shooting rubberbands at the stars (1988). Sus dos álbumes, The Gaddabouts (2011) y Look out now (2012) recibieron muy buenos comentarios de la crítica especializada.

El 2009 vio la reunión, después de casi cuatro décadas, con sus compañeros de L’Image -Tony Levin, Mike Mainieri, Warren Bernhardt y Dave Spinozza, para conciertos en Estados Unidos, Europa y Japón. Al año siguiente, apareció el disco en vivo Steve Gadd & Friends Live at The Voce, una exhibición de elegante jazz de salón con toques de funk y fusión, en el que destaca su gran amigo Ronnie Cuber, tristemente fallecido en el 2022, en el saxo barítono. Y, en paralelo, tenemos a The Steve Gadd Band, con álbumes como Gadditude (2013), 70 strong (2015), Way back home (2016) o Steve Gadd Band (2018), que recibió el Grammy a Mejor Álbum de Jazz Contemporáneo.

No conforme con todo ello, Steve Gadd disfruta compartir todos sus conocimientos a través de clínicas musicales. Bajo el nombre de Mission From Gadd -jugando con el parecido fonético entre “Gadd” y “God”-, el baterista retornó a la escena del masterclass con una breve gira por doce ciudades de Estados Unidos. Sin querer queriendo, estas sesiones ante alumnos y fanáticos de la batería se extendieron hasta el 2010, con fechas en Canadá e incluso Europa. En el 2005 recibió un doctorado honorífico del prestigioso Berklee College of Music de Boston.

Steve Gadd sigue trabajando, ya sea con su nuevo trío -junto a Michael Blicher (saxo) y Dan Hemmer (piano, teclados)-, presentando su biografía A life in time, escrita por el educador y baterista Joe Bergamini (Hudson Music, 2023) o ensayando con su gran amigo Paul Simon, para la gira A quiet celebration tour. A pocos días de cumplir 80 años, es toda una leyenda en permanente actividad.

 

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