De aquella ola de compositores destacó marcadamente María Isabel Granda Larco (1920-1983), más conocida como Chabuca Granda, a quien dedicamos amplio espacio en esta nota. Sus canciones se distinguían de aquellas del “nuevo criollismo” de los cincuenta por ser sumamente sofisticadas en letra y música. Valses como José Antonio, Bello durmiente o Fina estampa se hicieron rápidamente populares. Pero fue La flor de la canela, la que convirtió a Chabuca en una artista reconocida, incluso a nivel internacional.

En la misma línea poética, apareció también en esos años Manuel Acosta Ojeda (1930-2015), inventor de complejas armonías, que escribió canciones como Madre y Cariño, entre otras. Acosta Ojeda destacó, además, como investigador y difusor de nuestra música, de línea crítica a las nuevas tendencias, con diversos artículos y programas de radio donde hacia docencia sobre la forma correcta de cantar y escuchar folklore criollo y andino. Alicia Maguiña (1938-2020) fue otra gran compositora y recopiladora que cruzó los caminos de Costa y Sierra con su inigualable búsqueda de integración musical.

Otro compositor notable de este periodo fue Mario Cavagnaro (1926-1998), quien se dio a conocer primero con valses festivos de corte pícaro y replanero como Yo la quería patita oCarretas aquí es el tono –popularizadas por Los Troveros Criollos- y que, posteriormente, explotó un estilo mucho más romántico, con versos de profunda emoción como en El rosario de mi madre, La noche de tu ausencia o El regreso, dedicada a Arequipa, su tierra natal. Y tenemos, por supuesto, que mencionar a Augusto Polo Campos (1932-2018).

Aunque sus primeras canciones corresponden también a los años cincuenta, su inspiración sirvió a los intérpretes de la época –Los Morochucos, Lucía de la Cruz, Los Kipus, Lucha Reyes, entre otros- con títulos como Regresa, Cariño malo, Hombre con H o Romance en La Parada, para convertirse enlos favoritos del público peruano. Dos canciones suyas, esencialmente románticas, Cada domingo a las doce y Cuando llora mi guitarra, se hicieron inmortales en las grabaciones de artistas como Arturo “Zambo” Cavero y Eva Ayllón.

La personalidad de Polo Campos –jaranista, enamoradizo y de vocación por el escándalo mediático- contrastaba con la profunda sensibilidad de sus letras, al punto de que muchas personas dudaban de que él fuese autor de sus canciones. Polo Campos destacó escribiendo valses dedicados al país, como Y se llama Perú (1974) y Contigo Perú (1977), ambas compuestas a pedido de los gobiernos militares de turno –Juan Velasco Alvarado y Francisco Morales Bermúdez, respectivamente-, odas a la Patria hechas por encargo, que lo convirtieron en uno de los artistas mejor pagados y criticados de su tiempo.

Su largo catálogo de éxitos hizo de Augusto Polo Campos uno de los nombres fundamentales para entender a la tercera generación del criollismo, e incluso marcó un antes y un después de la canción criolla con su composición La Guardia Nueva –en contraposición directa a la casi mitológica Guardia Vieja- popularizada por Iraida Valdivia en 1981. Posteriormente, la producción de Polo Campos se estancó, pero su perfil mantuvo vigencia gracias a sus viejos logros, fijos en programas de radio, peñas y discotecas orientadas a públicos más jóvenes.

Por su parte, el compositor chiclayano José Escajadillo Farro, nacido en 1942, puede ser considerado el último gran compositor de música criolla. Poseedor de una vena innegablemente romántica, muchos puristas lo critican por ser el responsable de “baladizar” el vals criollo. Lo cierto es que esta tendencia ya se había iniciado algunos años atrás con algunas composiciones de Augusto Polo Campos, que contenían versos muy románticos en marcos musicales contoque de guitarra picado y alegre. Los valses de Escajadillo se hicieron muy famosos en las voces de Lucha Reyes, Manuel Donayre, Edith Barr, Los Hermanos Zañartu, Cecilia Barraza, Cecilia Bracamonte, Eva Ayllón y un largo etcétera, surgidasen los años setenta y ochenta, en lo que podríamos denominar la última generación de intérpretes criollos antes del declive actual, con muy pocos artistas nuevos cuyos repertorios están conformados por canciones escritas hace treinta años o más.Títulos como Jamás impedirás, Tal vez, Que somos amantes o Yo perdí el corazón comenzaron a difundirse tras la recuperación de la democracia, como símbolos de la nueva canción criolla luego de un periodo de gobiernos militares que, durante década y media, saturaron a las emisoras de radio y televisión con géneros nacionales.

Además de los mencionados, hay gran cantidad de compositores que han pasado a la historia con solo una o dos canciones, extremadamente populares, a pesar de que sus nombres pasen de largo sin ser reconocidos por el público en general. Por ejemplo, tenemos el caso de Adrián Flores Albán, de Sullana, quien escribió Alma, corazón y vida, en el año 1949, aquí cantada por el español Dyango. Don Adrián tiene, actualmente, 96 años. Otro ejemplo es el cantante y compositor criollo Félix Pasache (La Victoria, 1940-New York, 1999) que dejó su nombre inscrito en el cancionero criollo con Déjalos y Nuestro secreto. Del mismo modo, Andrés Soto compuso en 1981 dos emblemáticas canciones de nuestra música negra: El tamalito y Negra presuntuosa, uno de los primeros éxitos que grabara Susana Baca.Finalmente, podemos mencionar a Alberto Haro (Hilda), Eduardo Márquez Talledo (Nube gris), César Miró (Todos vuelven), Manuel Raygada Ballesteros (Mi Perú), Salvador Oda (Una carta al cielo) o el rumano nacionalizado peruano Boris Ackerman, autor de Soy peruano, reflejo del agradecimiento que siente por el país que acogió a su familia tras la Segunda Guerra Mundial. Y podríamos seguir…

Sobre el Día de la Canción Criolla, la fecha se instauró en 1944, durante el primer gobierno de Manuel Prado Ugarteche.Inicialmente fue el 18 de octubre, pero se trasladó al 31 para que no coincidiera con el día central de la masiva Procesión del Señor de los Milagros. Años después, en 1973, la cantante Lucha Reyes –en ese momento la intérprete más famosa de música criolla- falleció ese mismo día, a los 37 años.

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Para el dúo con Gwilym Simcock, Metheny escogió Phase dance, una de sus composiciones más celebradas que formó parte del primer álbum oficial de The Pat Metheny Group, publicado en 1978. Melodías como estas superan el paso de los años por su naturaleza fresca y atemporal. El piano de Simcock sonó inspirado y profundo. Luego fue el turno de Linda May Han Oh de lucirse junto a su líder, con un medley del disco Beyond the Missouri sky (Short stories), que Pat grabara en 1997 con el contrabajista Charlie Haden (1937-2014). Dos temas de Haden –Waltz for Ruth y Our Spanish love song- y una relectura del clásico tema de amor de la recordada película italiana Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), que fuera escrita por Ennio Morricone y su hijo Andrea, quien firma esta pequeña e intensa viñeta acústica en que Linda decora el ambiente con el uso del arco sobre las cuerdas de su contrabajo. La respuesta del público fue puro agradecimiento ante esta exhibición de sutileza interpretativa.

El concierto se iba acercando a su final y Pat Metheny parecía no querer irse. Tras un escueto pero emocionado “Thank you for coming, is great to be in Peru!” llegaron los bises, tres en total. Luego de Are you going with me? (álbum Offramp, 1982), una de las más esperadas del recital, y un exquisito popurrí de temas acústicos, tocado a solas con guitarra barítono, el grupo en pleno regresó, por última vez, para cerrar con Song for Bilbao, tema que fuera estrenado en Travels (1983). Aunque faltaron algunas piezas como Have you heard, The first circle o la sensacional September fifteenth (homenaje al pianista Bill Evans), fue un concierto redondo, de los mejores en este retorno de los espectáculos masivos tras dos años de silencio y cuarentenas.

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Duff McKagan (bajo), Slash (guitarras) y W. Axl Rose (voz), reunidos desde el 2016, grabaron estas canciones junto a sus cómplices Steven Adler (batería) e Izzy Stradlin (guitarras), cuando todos tenían entre 23 y 25 años y querían comerse el mundo con su hard-rock intoxicado y promiscuo. Hoy, bordeando los sesenta y con muchos de sus vicios convenientemente superados, lo que queda es un conjunto de contundentes composiciones acerca de una juventud destrampada y libertina, vivida al filo de la cornisa, pero a la vez cargada de entusiasmo, reacción ante lo social y políticamente correcto y auténtica pasión por la música que hacían en oscuros sótanos y clubes nocturnos, entrenando sus habilidades hasta alcanzar la excelencia.    

Para nadie es novedad que Axl Rose ya no es aquel flaco y arrebatado cantante que daba alaridos similares, por momentos, a los de Brian Johnson de Ac/Dc, en perfecta afinación (como en este legendario concierto en el Ritz, 1988). Sin embargo, desde hace varios años es lo único que se comenta respecto de sus actuaciones. Que si su voz, que si su aspecto, que si su estado físico. Prefiero concentrarme en dos puntos notables de su desempeño el sábado pasado: por un lado, la energía desplegada en la justa medida de sus posibilidades le permitió hacer, de vez en cuando, sus característicos pasos de baile, un rezago de aquel estilo reptiliano que todos recordamos. Y por otro, su decisión de no bajar ni medio tono a las canciones, aunque hubiera sido una salida fácil para evitar fallas.  Continue reading «Guns N’ Roses en Lima: Reavivando el apetito»

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A partir del 2017 comenzaron sus vínculos con la crema y nata del rock instrumental de alto nivel. Su participación como telonera en “clínicas” -eventos en los que músicos famosos se reúnen ante públicos reducidos, por lo general estudiantes de música y melómanos, para hablar de sus técnicas y experiencias- de los reconocidos guitarristas Andy Timmons (Winger) y Paul Gilbert (Mr. Big), dos de los “shredders” más admirados por los amantes de la velocidad y las acrobacias guitarrísticas; y apariciones ante públicos masivos, en conciertos como el Samsung-E Festival o el Malibu Guitar Festival, acompañando a consagrados como el bluesero Keb’ Mo’ y Steve Vai, sellaron su ingreso a las grandes ligas, con invitaciones a eventos como la convención anual de la Asociación Nacional de Productos Musicales (NAMM por sus siglas en inglés) que reúne a fabricantes, vendedores y superestrellas de la música. 

Con el respaldo de las prestigiosas compañías fabricantes de guitarra eléctricas y amplificadores Seymour Duncan e Ibanez -que, en el 2021, lanzó una guitarra con su nombre LB1-, Lari Basilio ha construido su camino musical con esfuerzo y mucho talento, uniéndose de esta forma a la larga tradición de mujeres instrumentistas que destacan en la subcultura de la guitarra eléctrica. Aunque parezca una rara avis, la brasileña no es, ni por asomo, la primera guitarrista de rock. 

Si nos remontamos a los albores del género, encontraremos nombres de pioneras como Sister Rosetta Tharpe (1915-1973) o Mother Maybelle Carter (1909-1978, suegra del “hombre de negro”, Johnny Cash), activas desde los años treinta del siglo pasado, dos décadas antes de la aparición de Elvis Presley y Little Richard. Y, con el correr de las décadas, notaremos que la presencia femenina en contextos guitarrísticos es amplia y diversa: desde las extrañas afinaciones y acordes de Joni Mitchell hasta la slide de Bonnie Raitt, pasando por el hard-rock de Nancy Wilson (Heart), Joan Jett y Lita Ford (ambas de The Runaways), el blues de Susan Tedeschi y la experimentación de St. Vincent. 

Pero, como queda evidente al escucharla, Lari Basilio es una nueva representante del rock instrumental, subgénero que cruza el hard-rock y el heavy metal melódico con el blues y el jazz, normalmente asociado al género masculino, que tiene a nombres de peso como Steve Vai, Paul Gilbert, Eric Johnson y, más recientemente el nigeriano-norteamericano Tosin Abasi o el británico Guthrie Govan. En esa línea, podemos trazar asociaciones directas con la australiana de padres griegos Orianthi Panagaris, quien saltó a la fama en el 2009 como guitarrista principal de la banda que armó Michael Jackson para su gira This is it, frustrada por la muerte del “Rey del Pop” ese mismo año; con Jennifer Batten, también guitarrista del recordado “Jacko” durante toda una década, entre 1987 y 1997. O incluso con la joven cantautora de R&B y soul Gabriella Sarmiento Wilson, más conocida como H.E.R., poseedora de un estilo que la acerca a la genialidad de Prince y el filo funky de Michael “Kidd Funkadelic” Hampton.

Lari Basilio posee algo de todas estas instrumentistas y, además, le añade una frescura especial por su nacionalidad. Cuando toca temas acústicos, se puede sentir ese sabor propio de su idiosincrasia paulista. En sus videos, todos publicados a través de su canal de YouTube, se muestra absolutamente relajada y segura, con una sonrisa amplia, mientras despliega su arsenal de recursos para la interpretación de la guitarra eléctrica. Vestida y maquillada casi siempre de morado, aparece tocando finas guitarras del mismo color, construidas especialmente para ella.

Sus dos últimos álbumes son un derroche de musicalidad y virtuosismo. Grabados íntegramente en Los Ángeles, en los estudios históricos de Capitol y United Recordings, cuentan con la participación de destacadísimos músicos: Nathan East, bajista de alto calibre que tocó en los años noventa con Eric Clapton y luego formó Fourplay, un supergrupo de smooth jazz instrumental con Lee Ritenour, Larry Carlton (guitarras), Harvey Mason (batería) y Bob James (teclados); Greg Phillinganes, tecladista y productor que ha trabajado con todos los grandes del soul, R&B y pop-rock, desde Michael Jackson y Stevie Wonder hasta Toto y David Gilmour; Leland Sklar, otro bajista de fuste que ha grabado cientos de álbumes y dado la vuelta al mundo como miembro de las bandas de James Taylor, Jackson Browne y Phil Collins; y Vinnie Colaiuta, uno de los mejores bateristas de la historia, que inició su carrera reemplazando a Terry Bozzio en el grupo de Frank Zappa y luego ha trabajado con gente de la estatura de Chick Corea, Sting, Herbie Hancock, entre otros. Todos tienen tal kilometraje de sesiones de grabación que podríamos llenar páginas enteras, solo mencionándolas. 

En Far more (2019), Lari Basilio y su banda de sesionistas de lujo ofrecen, además de nueve composiciones originales de la brasileña -entre las que destacan la acompasada Not alone, la sincopada California waves y la arrebatadora Glimpse of light, con Joe Satriani como invitado-, un elegante cover de Man in the mirror, clásico de Michael Jackson, cantada por Siedah Garrett, coautora de este tema que apareció originalmente en el álbum Bad (1987). Para su última placa, Your love (2022), Greg Phillinganes es reemplazado por Ester Na, una joven tecladista y cellista austriaca -aquí las podemos ver juntas en el single Free-, y se mantiene la base rítmica de Colaiuta y Sklar, que en algunos temas es reemplazado por Sean Hurley, otro bajista de sesión que ha trabajado con artistas como Vertical Horizon, John Mayer, Idina Menzel, Lana del Rey, entre otros.

En su cuenta de Instagram, Lari Basilio tiene 279,000 seguidores y Karol G, casi 57 millones. Esto significa que por cada seguidor de la primera hay doscientos de la segunda. Presiento que la monstruosa diferencia a favor de la balbuceante reggaetonera colombiana sirve para explicar también ciertas decisiones electorales, tanto como a mí me sirvió, para aguantar la espantosa cobertura del proceso de votación, la música de esta extraordinaria instrumentista brasileña. 

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A lo largo de su copiosa discografía, Frank Zappa dirigió muchas otras canciones a criticar, sin eufemismos ni poéticas digresiones, a los corruptos de cuello y corbata que usan el poder para enriquecerse. A pesar de que sus composiciones de tipo político son extremadamente localistas, varias de esas frases y razonamientos, realizados en contextos musicales que abarcan desde el rock hasta la música instrumental de vanguardia, pueden aplicarse a cualquier otra realidad incluyendo, por supuesto, la nuestra. Por ejemplo, al escuchar Dickie’s such an asshole (Roxy & Elsewhere, 1974), que dedicó originalmente a Richard Nixon y, una década después, a Ronald Reagan, pienso en prohombres nacionales como Alan García, Alberto Fujimori, Pedro Castillo o en alguno de los nombres que hoy pretenden llegar -o, como en muchos casos en todo el país, regresar- al sillón municipal, que gritan “¡no soy criminal!” cuando en las caras nomás se les nota.

Otra de esas canciones frontales que Zappa dedicó a los políticos de su país fue Hot-plate heaven at the Green Hotel (Does humor belong in music?, 1986), cuya letra va directo al corazón del sistema bipartidista estadounidense: “Los republicanos te tratan bien / si eres un multimillonario, / los demócratas son justos / si todo lo que tienes es lo que traes puesto, / ninguno de los dos vale realmente / porque a ninguno de los dos les importa / si hay calefacción en este hotel / porque nunca han estado allí”. O su clásico I’m the slime (Over-nite sensation, 1973), en que los disparos son para la telebasura: “Soy vulgar y pervertida, obsesiva y trastornada, / he existido por años pero nada ha cambiado, / soy la herramienta del gobierno para regularte… / Te hago pensar que soy deliciosa / con las cosas que digo, / soy lo mejor que puedes tener / ¿ya adivinaste quién soy? / soy la baba que sale a diario de tu televisor”. Que levante la mano quien no haya pensado en nuestra televisión de señal abierta, sus entrevistas políticas timoratas o sus programas de farándula ramplona.

Finalmente, dos joyas de la corona en el universo zappesco. The idiot bastard son (We’re only in it for the money, 1968), que habla de un personaje oscuro y tonto cuyo padre “es un nazi con un escaño en el Congreso y su madre, una prostituta de algún lugar de Los Angeles”. La compleja melodía de este tema cautivó tanto a Sting que le pidió permiso a Zappa, en 1988, para incluirla en su gira mundial (aquí podemos oír la versión del ex líder de The Police). Y Trouble every day (Freak out!, 1966), una crónica periodística en la que el autor nos habla de racismo, política, abusos policiales y más.

Pero, volviendo a Agency man. En la versión de 1993, sin cortes, aparece una estrofa más, de antología, dedicada a los políticos y sus campañas electoreras: “¡Vamos a California! / ¡Páganos antes de salir! / Conseguiremos a un nazi sonriente / y lo llevaremos marchando por el camino. / Contrata a un niño, besa a un niño, / invita a las damas el té, / y aquí tienes un par de discursos / que te pasaremos gratis”. Con esta canción, Frank Zappa nos muestra su absoluto desprecio por los políticos, sus financistas y asesores, por lo que se hace indispensable, para aquellas personas que sentimos lo mismo, conocer estas canciones que trascendían los límites del espectro rockero tradicional. En estos tiempos de Bad Bunnys y Chris Martins, que navegan entre la vulgaridad y la sofisticación como las dos caras de una misma moneda, la del escapismo individualista, envanecido y ostentoso, hace falta escuchar a artistas como Frank Zappa que, con inteligente rabia, no dejaban títere con cabeza en sus composiciones musicales. O entrevistas, como esta de 1990.

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En sus tres décadas casi no se han registrado actos de vandalismo, por lo que se le considera entre los eventos masivos más seguros. A pesar de que prácticas como el pogo (“mosh pit”), lanzarse desde el escenario para que la masa te sostenga (“stage diving”), ser transportado por el público (“crowd surfing”) y la temible “wall of death” son potencialmente peligrosas, se han reportado pocos heridos y cuatro asistentes han fallecido durante el W:O:A. En comparación con los indicadores del Lollapalooza o las desastrosas ediciones de Woodstock en 1994 y 1999, eso es realmente un éxito. Asimismo, el festival promueve, durante sus tres o cuatro días, campañas de donación de sangre, análisis de médula espinal para colaborar con pacientes de leucemia y un permanente apoyo a la organización Stark Gegen Krebs (Fuerza contra el Cáncer).

La experiencia del W:O:A se parece más a la de un parque temático de diversiones que a un simple listado de artistas que tocan uno detrás de otro. Hay desfiles de personajes que van de lo medieval y gótico a lo fantasmagórico, un cruce entre El Señor de los Anillos, Comic-Con y Game Of Thrones que podría ser hasta caricaturesco. Pero lo central aquí es el sentido de comunidad y la multitudinaria camaradería. El público amante del hard-rock/heavy metal y sus ramificaciones posee, más que en cualquier otro género derivado del rock, ese espíritu de cuerpo sólido y leal, cerrado y a la vez amplio, donde lo único que se requiere es compartir el gusto por esta música que, en el común de las personas, suele producir gestos de desagrado, desaprobación y hasta asco. Si no te gusta el metal, Wacken Open Air no es para ti. Pero si eres un headbanger de corazón, no tiene pierde.

Por sus escenarios han pasado todos los más grandes exponentes de la multiforme familia de subgéneros que hoy existen, con una excepción casi impensable. Metallica, considerada por muchos expertos como la banda más importante de thrash metal -entre 1983 y 1988- y, posteriormente, la responsable de extender la aceptación de esta música entre públicos más convencionales, nunca ha tocado en el festival. Pero a juzgar por los carteles, no se les extraña mucho que digamos. Otros nombres como Manowar o Death tampoco han sido parte del Wacken en sus treinta años de historia.

En la última edición, realizada del 1 al 6 de agosto pasado, estuvieron leyendas del metal extremo como Venom -aquí los podemos ver tocando su clásico himno Black metal, de 1982-; Judas Priest, una de las principales bandas de la New Wave Of British Heavy Metal (NWOBHM); Michael Monroe, ex vocalista del recordado grupo finés Hanoi Rocks; los infernales alaridos de King Diamond al frente de Mercyful Fate, orgullo danés del heavy metal; y hasta Cirith Ungol, olvidada agrupación norteamericana pionera del hard-rock con temas fantasiosos (de hecho, el nombre del grupo es únicamente reconocible para los lectores de J. R. R. Tolkien). También estuvieron conjuntos históricos de distintos países, etapas y estilos del metal como Gwar y sus estrafalarios disfraces (EE.UU.), Rotting Christ (Grecia), Overkill (EE.UU.), Loudness (Japón), Pestilence (Holanda), Behemoth (Polonia), Amon Amarth y su imaginería vikinga (Suecia). En el canal Wacken TV, de YouTube, pueden verse resúmenes, conciertos y otros aspectos de la última edición del festival.

Los metaleros más jóvenes disfrutaron de bandas como los norteamericanos Slipknot, esos de los overoles y las máscaras; los holandeses Epica, con la operática voz de Simone Simons; los alemanes Powerwolf y sus atuendos de basados en licántropos, diablos, vampiros y demás monstruos; o el cuarteto femenino Crypta de Brasil, uno de los debutantes en el festival, con un sonido agresivo, heredero de Slayer o Death. También debutó este 2022 el trío alemán Kadavar, que hace un interesante revival de rock psicodélico combinado con la oscuridad de Black Sabbath.

Como vemos, ya sea que prefieras el hard-rock clásico -Deep Purple, Saxon-; el heavy metal -Iron Maiden, Accept-; o incluso propuestas más extremas como la de los noruegos Mayhem, pioneros de la escena nórdica de black metal, envueltos en más de un escándalo por sus letras satanistas y, en especial, por el trágico asesinato de su fundador y guitarrista Øystein “Euronymous” Aarseth, en 1993, perpetrado por su entonces compañero de grupo, Varg Vikernes; el Wacken Open Air Festival tiene metal para todos. Para la edición 2023 -cuyas entradas se agotaron en solo seis horas, un nuevo récord- ya se ha anunciado la presencia de Iron Maiden, Megadeth, Pentagram y Deicide. Todo parece indicar que la llamada Meca del Metal está más vigente que nunca.

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Música

Por su parte, Historia de la cumbia peruana: De la música tropical a la chicha (Instituto de Estudios Peruanos, 2022) es, probablemente, el primer acercamiento que un investigador académico serio hace al proceso de gestación de la cumbia peruana. Si bien es cierto existe una bibliografía muy extensa de artículos, ensayículos y ensayos sobre estas temáticas, dispersos en publicaciones multiautorales, revistas de sociología o medios de comunicación -que el mismo autor se encarga de citar apropiadamente-, este libro de Jesús Cosamalón traza una línea evolutiva que, también en tres décadas, encuentra vasos comunicantes entre sí, con la salsa y hasta con el rock de sus respectivas épocas.

La meticulosidad del historiador para enlazar acontecimientos políticos y económicos con el desarrollo de los hábitos de consumo y gustos populares es muy ilustrativa, aun cuando por momentos se intuye cierta idealización respecto de la influencia, en términos sociales y de construcción de autoestima, de movimientos como los encabezados por las orquestas de Freddy Roland, Carlos Pickling, Rulli Rendo (años sesenta), Los Destellos, Los Pakines, Juaneco y su Combo (años setenta), Los Shapis, Chacalón y la Nueva Crema (años ochenta). Es cierto que estos y otros artistas mencionados en sus páginas tuvieron, en muchos casos, gran éxito masivo en el Perú -y algunos también lo lograron fuera- en cuanto a venta de discos y asistencia multitudinaria a conciertos. Pero, a la luz de lo que vino después del auge de la chicha -que Cosamalón ubica, correctamente, como resultado de un proceso previo y no como creación original de migrantes del campo a la ciudad- es evidente que ese éxito comercial no sirvió para construir una ética de trabajo, con productos de calidad que ofrezcan algo más que el escapismo vacío, de infértil irreverencia y desacato permanente al buen gusto que hoy vemos y oímos.

Los excesos de sublimación en ambas obras no constituyen, en modo alguno, una característica negativa. Por el contrario, esa visión romántica que es, a un tiempo, objetiva y realista pues proviene de datos concretos, vivencias, materiales publicados, hace atractivas a estas publicaciones pues pone ante ojos y oídos de los lectores, un pasado que merece ser reconocido como fundacional de aquellos fallidos intentos por construir una identidad musical nacional, en la que se integraron, en desorden, múltiples fuentes de información, con la finalidad de recuperar esos bríos y, por qué no, reiniciar esa búsqueda a contramano del sistema que busca homogeneizarlo todo.

Si al escuchar canciones como 1ero. de Noviembre, del segundo álbum de Héroe Inocente (El campeón de los campeones, 2005), La sociedad me enferma, del álbum debut; o cumbias como Don José (Los Ribereños, 1969), Viento (Grupo Celeste, 1975), Colegiala (Los Ilusionistas, 1977) o El aguajal (Los Shapis, 1981) -todas incluidas en un listado de QR al final del libro de Cosamalón, para escucharlas en YouTube- no se activa en tu cerebro esa nostalgia capaz de emocionarte con recuerdos entrañables de tu infancia, adolescencia o eterna juventud, significa que la modernidad y sus distracciones te han dejado vacío.

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En 1959, el disco Fuego del Ande presentó melodías conocidas del cancionero peruano. Así, sus versiones de La flor de la canela (vals), La pampa y la puna (huayno), La perla de La Chira (tondero) o A La Molina no voy más (landó), ratificaron su popularidad en el extranjero, pero en el Perú le generaron duras críticas. Ese álbum incluyó su emblemática rendición de Vírgenes del sol, composición de Jorge Bravo de Rueda. En agosto de 1960 Yma Súmac se convirtió en la primera artista latinoamericana en recibir una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Aun cuando Moisés Vivanco figura como compositor de todas las canciones, esto no es exacto. En la mayoría de casos, su participación es como arreglista, como en Monkeys (Monos), adaptación del festejo Congorito que pertenece al pianista Filomeno Ormeño; Zaña, recopilación de tonderos antiguos que realizó Alicia Maguiña; o Indian carnaval, basada en la conocida composición de Benigno Ballón Farfán, símbolo de Arequipa.

Luego de exitosas giras por Estados Unidos, Europa, Medio y Lejano Oriente y de acumular una extraordinaria fortuna, la carrera de Yma Súmac se vio interrumpida por dos situaciones: el advenimiento del rock y la subcultura psicodélica que desplazó los géneros que ella dominaba y una debacle personal devastadora, su divorcio de Moisés Vivanco tras quince años de matrimonio, en 1957. ¿La razón? El músico tenía una segunda relación y dos hijos, a espaldas de la diva. A pesar de eso, volvieron a casarse al año siguiente para mantener vivo el éxito comercial. Algunos problemas migratorios la obligaron a salir de Estados Unidos para reinventarse. Y lo logró en la Unión Soviética, bajo el auspicio del líder ruso Nikita Khrushchev, quien la hizo recorrer no solo el país sino toda Europa oriental.

Yma Súmac y Moisés Vivanco volvieron a divorciarse en 1965, esta vez de manera definitiva. Ella se dedicó a dar conciertos pero desapareció de los estudios de grabación hasta el lanzamiento de Miracles (London Records, 1972), una nueva colaboración con Les Baxter, aunque bastante alejada del enigmático sonido de sus primeros discos. Con el objetivo de reinsertarse en la escena musical, Yma Súmac se atrevió a hacer un disco de rock, que incluye una relectura en clave psicodélica de El cóndor pasa, basada en el arreglo hecho por el dúo Simon & Garfunkel de esta popular composición del huanuqueño Daniel Alomía Robles.

Pero si entre el público había un mediano consenso en cuanto a la calidad musical de Yma Súmac, en sectores intelectuales tuvo oposiciones extremadamente duras. Una de las más famosas fue la del novelista y antropólogo indigenista José María Arguedas, quien consideraba que su forma de hacer música andina “no era estilización sino deformación pura”. El musicólogo norteamericano Nicholas Limansky, en su libro titulado Yma Sumac: The art behind the legend (2008), desliza la teoría de que la cantante y todo lo que la rodeaba habría sido invención del departamento de marketing de Capitol Records.

Jorge Eduardo Eielson cuenta, en un artículo publicado en El Comercio en 1955, que, estando en un café de Positano, una pequeña villa al sur de Italia, el recordado poeta recibe a un amigo, quien le presenta al célebre compositor ruso Igor Stravinsky. Cuando Eielson le comenta que es peruano, el autor de El pájaro de fuego le contesta, visiblemente emocionado: “¿Usted es del Perú? ¡Cómo Yma Súmac!”, a lo que el limeño replicó, molesto: “¡Yma Súmac no es el Perú!”

Por su parte Marco Aurelio Denegri contó en una de sus misceláneas televisivas que la gran soprano española María Barrientos le lanzó a Yma Súmac una frase demoledora: “Ojalá usted nunca aprenda a cantar. Porque el día que aprenda a cantar, ese día habrá terminado su carrera”, en clara alusión a que sus malabares vocales no alcanzaban para considerarla una verdadera estrella del bel canto. El mismo Denegri, en su libro Esmórgasbord (2015) considera que Yma Súmac, al vivir tanto tiempo fuera del Perú, no podía ser vista como una connacional pues no sentía “lo nuestro en lo que canta”.

En los noventa, la subcultura de la música electrónica europea redescubrió a Yma Súmac, convirtiéndola en un icono de la comunidad LGTBI. Asimismo, los hermanos Ethan y Joel Cohen incluyeron la subyugante melodía High Andes! (Ataypura!) en la banda sonora de The Big Lebowski (1998), una de sus películas más conocidas. En paralelo, el tema Gopher, compuesto por Billy May para el álbum Mambo!, fue adoptado como sello personal por el conocido periodista televisivo político y farandulero Beto Ortiz. Actualmente, no hay peruano que no asocie esta canción al perfil del polémico personaje.

El año 2018, la soprano australiana Ali McGregor estrenó su espectáculo Yma Súmac: The Peruvian Songbird, en el que interpreta las mejores canciones de su repertorio. Ese mismo año, la historiadora Carmen McEvoy presentó, en el Instituto Cervantes de España, una investigación titulada Yma Súmac y Moisés Vivanco: Entre el mito y la historia, donde asegura que ambos “son la primera pareja de emprendedores peruanos e Yma Súmac la madre de las divas del huayno moderno como Dina Páucar y Sonia Morales”, algo en lo que no coincide Manuel Burga, también historiador, quien condecoró a la cantante en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, siendo rector de esa universidad: “Yma Súmac no cantaba huaynos sino que mostraba su fantástica voz. Para mí, su importancia es más similar a la de Daniel Alomía Robles, compositor de El cóndor pasa, porque también contribuyó al rescate de la llamada música inca, que se escuchaba en poblaciones rurales”.

Yma Súmac iba y venía del Perú para visitar a su familia. Pero recién en el 2006, el gobierno de Alejandro Toledo le otorgó la Orden del Sol por su trayectoria, un reconocimiento tardío pero merecido. Dos años después, la cantante falleció en Los Angeles, California, el 1 de noviembre del 2008. Tenía 86 años. Por el centenario de su nacimiento, se preparan diversos homenajes tanto en Cajamarca, su tierra natal, como en Los Angeles, ciudad donde vivió la mayor parte del tiempo. Entre las actividades figuran la construcción de un busto valorizado en 25,000 euros, a cargo del artista peruano Martín Espinoza Grajeda, radicado en Francia, que será develado en el famoso cementerio Hollywood Forever.

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De esta época, dos temas se convirtieron en los más representativos de todo su catálogo. Por un lado, José Antonio, cadencioso vals con fuga de tondero en que describe, con preciso lenguaje técnico, una de las tradiciones peruanas más admiradas en el mundo, los caballos de paso, usando como pretexto la figura uno de sus criadores. Y, por el otro, La flor de la canela, vals en el que rinde tributo a Victoria Angulo, una señora negra que se iba caminando hasta su casa en el Rímac, considerada uno de los tres himnos populares modernos del Perú (los otros dos son El cóndor pasa, de Daniel Alomía Robles; y Contigo Perú, de Augusto Polo Campos). En medio de eso, salió su Misa Criolla (1969), rescatada décadas después.

Entre 1963 y 1975 compuso un ciclo de canciones dedicadas a Javier Heraud. El idealismo del joven poeta, asesinado por su militancia política, le inspiró temas como En la margen opuesta (1973), El fusil del poeta es una rosa, Un cuento silencioso y Las flores buenas de Javier (1974) que actualmente, nadie conoce en nuestro país. En el año 2015, el músico cubano Vicente Feliú, uno de los fundadores de la Nueva Trova, se unió a la peruana Myriam Quiñones, del grupo Silvio a la Carta, para grabar estas canciones en un disco llamado, precisamente, Las flores buenas de Javier, en los prestigiosos estudios Ojalá, de Silvio Rodríguez.

Este involucramiento social la llevó a componer Paso de vencedores, dedicada al gobierno revolucionario del general Juan Velasco Alvarado, publicada en 1974. El mismo lirismo que aplicó para describir a la Lima colonial desaparecida, lo usó para confesar la primera impresión que le causó aquel gobierno militar. Luego se respondió a sí misma en El surco (1977), un landó en que parece arrepentirse de haber apoyado, con su arte, el incomprendido proyecto velasquista. También en esos años estrenó dos canciones sobre Violeta Parra, quien se suicidó en 1967, poco antes de cumplir cincuenta años. La primera de ellas, (No lloraba…) Sonreía es un vals que suena a balada, gracias a los arreglos de bajo, órgano y vibráfono que embellecen esta sutil selección de dulces palabras dirigida a la recordada folclorista chilena.

Para entonces ya era conocida su rivalidad con Alicia Maguiña quien, dieciocho años menor, había irrumpido como una llamarada de creatividad y carácter en la escena criolla. Maguiña, en respuesta a unas críticas que había hecho Chabuca sobre su forma de componer las marineras, lanzó una titulada Dale, toma (1961), que en una de sus llamadas dice: “Crees que sabes mucho y me causas risa / pareces una beata cantando en misa”. Lo curioso es que esa misma beata sacudió el cotarro criollo con Cardo o ceniza, la segunda canción dedicada a la autora de Gracias a la vida, en que exhibe una arrebatada y conflictiva sensualidad, pero con su acostumbrada elegancia.

En todos esos álbumes, hasta 1977, Chabuca estuvo acompañada por el guitarrista peruano radicado en Argentina, Lucho Gonzáles, quien la introdujo al jazz, el bossa nova y la zamba. Ese año grabó, para el sello Microfon de ese país, un disco llamado simplemente Chabuca, con valses, festejos, tangos y zambas. Luego, entre 1978 y 1981, exploró aun más los ritmos negros gracias a su colaboración con los guitarristas Félix Casaverde y Álvaro Lagos -a quien vemos en estas imágenes– y los percusionistas Carlos “Caitro” Soto y Eusebio “Pititi” Sirio. En esos años promovió las carreras de Susana Baca y Eva Ayllón, las dos cantantes afroperuanas más reconocidas internacionalmente. De esta época son Canterurías -dedicada a la escultora mexicana Ángela Gurría, hoy nonagenaria-, Una larga noche (zamacueca) y Un río de vino, en recuerdo de otro artista peruano y suicida, el poeta Juan Gonzalo Rose. Sus últimos álbumes, Tarimba negra (1978) y Cada canción con su razón (1981), contiene nuevas versiones de varios de sus clásicos junto a festejos, valses y landós nuevos como El arrullo, Landó y La torre de marfil.

Varios artistas nacionales e internacionales han grabado sus canciones. Por ejemplo, en 1983, el cantautor chileno Fernando Ubiergo lanzó el LP A Chabuca. Ese mismo título fue usado por las productoras Susana Roca Rey y Mabela Martínez para un CD, editado el 2016, que reúne interpretaciones de una verdadera selección de estrellas de la música latinoamericana como Rubén Blades, Joaquín Sabina, Juan Carlos Baglietto, Ana Belén, entre otros. Escuchar la versión de Fina estampa en la voz multiforme de Caetano Veloso (1994), con los sofisticados arreglos del cellista Jacques Morelenbaum; María Landó en las voces de Susana Baca (2001) o Pedro Aznar (1998); o las diversas relecturas de La flor de la canela, supone una exposición a públicos mucho más grandes que los de las peñas y/o reuniones familiares en las que se cultiva, normalmente, nuestro folklore costeño.

Chabuca, que inició su carrera cantando rancheras y boleros en un dúo llamado Luz y sombra, con su amiga Pilar Mujica, estuvo rodeada de luces y sombras durante toda su trayectoria. En sus últimos años, en que pasaba de conciertos multitudinarios en Bogotá a presentaciones en Lima ante menos de un centenar de amigos, la cantautora se paseó por escenarios y canales de televisión de Hispanoamérica, recitando sus melódicas poesías para asombro de expertos comentaristas y colegas como Mercedes Sosa, quien decía de su música que era “una maravilla”. La obra musical de Chabuca Granda fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación en el 2017 y, dos años después, el gobierno le concedió el título póstumo de la Orden El Sol del Perú. En 1983 falleció en Miami, tras una operación a corazón abierto. Tenía 62 años.

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Chabuca Granda, Juan Diego Florez, La flor de la canela, Música criolla
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