[OPINIÓN]  Como todos sabemos, estamos ya en campaña de segunda vuelta. Una campaña deslucida y algo silenciosa, con una eterna candidata haciéndose la muertita para que las profundas grietas de su perfil político, caracterizado por la desconfianza y visceral rechazo que generan, no afloren tan temprano; y un candidato que parece desconectado de su responsabilidad histórica, apareciendo por aquí y por allá -con el Curwen, con José Domingo Pérez- pero sin consolidar un posible triunfo, casi como si no quisiera que pase, además de mostrarse incapaz de hacerse cargo, con responsabilidad y empatía, de un evento luctuoso que involucró directamente su liderazgo.

Las respuestas de Roberto Sánchez Palomino frente a la lamentable muerte del político de izquierda y poeta Dante Castro Arrasco (“Dante Andante” para quienes lo conocían), ocurrida durante las actividades de cierre de su campaña de primera vuelta, no han sido satisfactorias por decir lo menos. Más bien fueron evasivas y hasta irresponsables, como dejan ver los testimonios de los hijos del fallecido candidato al Senado por Juntos por el Perú, quienes han levantado la voz, en medio de su inconmensurable dolor, señalando las inconsistencias en las circunstancias de un hecho que, en un partido político medianamente organizado, habrían estado 100% claras.

Además de ese tema, cubierto por varios periodistas -Pedro Salinas y Juliana Oxenford, solo por mencionar a dos de ellos, les dieron espacios amplios a los deudos- hay otro hecho que marca diferencias entre la notoriedad en medios que viene acumulando Juntos por el Perú frente a la de Fuerza Popular, algo que finalmente es positivo para el amplio sector antifujimorista que está esperando el momento preciso para activarse.

Me refiero a la presencia en diversas entrevistas de Antauro Humala Tasso, líder del etnocacerismo. Fúrico con Milagros Leiva, sarcástico con Rosa María Palacios, nostálgico con Carlos Cornejo, Antauro reacciona según la actitud de su interlocutor con una habilidad y autenticidad de las que otros políticos carecen, independiente de que sus dichos estén en la mayoría de los casos más cercanos del disparate que de cualquier otra cosa.

Pero más allá de la personalidad de Antauro, siempre impredecible, divertida y peligrosa a la vez, sus apariciones han traído de regreso a la esfera pública local una palabra que, seguramente, suena arcana para los votantes más jóvenes: el etnocacerismo. El público peruano consumidor de noticias políticas conoció masivamente este término allá por el año 2005, hace poco más de dos décadas, cuando el hermano mayor de Antauro, Ollanta Humala, anunció su candidatura a la Presidencia de la República, la misma que perdió en segunda vuelta frente a Alan García. Pero yo sabía de la existencia de esta ideología que combina nacionalismo con reivindicaciones étnicas andinas e históricas, por un evento fortuito que me ocurrió mientras estudiaba en la universidad.

Quienes se formaron, como yo, en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la San Martín durante los años noventa, cuando estaba en Jesús María, recordarán que toda la esquina de las avenidas Brasil y Bolívar estaba ocupada por una cafetería muy conocida, llamada Di Romeo Caffe, que para nosotros era simple y llanamente “El Romeo”. Su salón de estilo tradicional -como el Rovegno o el Berisso- nos servía tanto de sala de reuniones para planificar trabajos de grupo como de centros de conciliación y resolución de conflictos de incipientes parejas, en medio de las clases.

En una ocasión, estábamos yo y una compañera de aula tomándonos un café y disfrutando de una deliciosa tartaleta de fresa, uno de los clásicos del Romeo. En medio de nuestra animada charla, que tenía de esto y de aquello -parafraseando a Denegri-, comenzamos a intercambiar pareceres respecto de un trabajo que nos habían dejado acerca del racismo en el Perú. Corría el año 1994 si mal no recuerdo, ambos apenas acabábamos de cruzar la barrera de los veinte años. De repente, un señor mayor sentado en una de las mesas contiguas pidió, muy educadamente, permiso para conversar con nosotros. Era Isaac Humala Núñez, ideólogo absoluto del etnocacerismo.

Nosotros no teníamos idea de quién era, pero sonaba muy solvente en el tema. Se presentó como abogado y profesor de San Marcos, lo cual abrió más nuestro interés. En pocos minutos, nos habló, por supuesto, de Andrés Avelino Cáceres, del regreso del inca y de la división de las razas. En lo personal, recuerdo que nos impactó mucho, intelectualmente, su uso del término “cobrizo” para describir la raza andina y, desde ese momento, lo incorporé a mi bagaje de conversaciones sobre el tema, en casa y entre amigos.

Al provenir yo de una familia clasemediera limeña, marcada por la fuerte influencia de mi rama paterna afroperuana que ostentaba un profundo e histórico talante discriminador hacia lo indígena, del cual ya me había distanciado hacía tiempo, la descripción me pareció pertinente, precisa y respetuosa. Y ella, cuya procedencia familiar y nivel socioeconómico estaba unos escalones más arriba, también reaccionó positivamente a aquello de lo cobrizo aplicado a la raza india nacional.

Como estudiantes de pregrado de miras elevadas y con algunas lecturas encima, de inmediato entendimos que, más allá de las evidentes excentricidades de su pensamiento, muchas de las cosas que nos dijo tenían un profundo sentido. Tanto así que lo comprometimos para que, al día siguiente, en el mismo café, nos reuniésemos nuevamente, esta vez para entrevistarlo. Cosa que hicimos, con mucho entusiasmo, en el Romeo. Hasta hace unos años, antes de las múltiples mudanzas que hemos tenido, rodaba entre mis cajones un viejo cassette Samsung, esos de etiqueta blanquinegra, de los más baratos, con la voz grabada de Isaac Humala explicándonos sus teorías que navegaban entre lo historicista, los sociológico y lo genético.

Como ocurre con todas las posturas ideológicas no convencionales que pueden llegar a sonar un poco locas, había mucho de romántico y utópico en ese discurso nacionalista, características suficientes para impresionar a dos jóvenes idealistas, con nula experiencia política y un mundo por descubrir. En aquellas grabaciones, el patriarca de los Humala incluso nos habló de sus hijos, de cómo los había formado académica y militarmente para que cualquiera de ellos esté en capacidad de asumir la Presidencia del Perú y hacer realidad el sueño etnocacerista.

En el 2000, Ollanta y Antauro lideraron una rebelión en Locumba (Tacna), en medio de una cadena de hechos que terminaron con la caída del fujimorato. En el 2006, como ya dijimos, postuló en las elecciones generales, en las que también candidateó su hermano mayor, Ulises. Y cinco años después, en el 2011, llegó a Palacio de Gobierno ganándole en segunda vuelta a Keiko Fujimori, la primera de sus derrotas. Pero lo que parecía ser el anhelo cumplido de nuestro amigo don Isaac terminó en una trama tragicómica con su hijo apodado “Cosito” y su rebelde hermano acusándolo de traidor. Las cosas no podrían haber salido peor para las bases fundacionales del etnocacerismo.

Sin embargo, con Ollanta desprestigiado y con el apoyo de su padre, fue Antauro quien asumió la conducción de ese proyecto, aunque ciertamente con un talante mucho más errático y atolondrado que tuvo su génesis antes de la llegada al poder de su hermano, tras los hechos mortales del 2005 de aquel levantamiento conocido como “El Andahuaylazo”. Hoy, luego de casi dos décadas en prisión por ese nuevo intento de rebelión, Antauro y sus huestes etnocaceristas siguen animando la esmirriada escena política local, con estas apariciones que van de la polémica al estigma, de intenciones provocadoras que suelen chocar con sus propias inconsistencias, las mismas que aprovechan sus adversarios para ridiculizarlo más de la cuenta.

A la luz de los hechos, es muy poco lo que se puede rescatar del pensamiento de Antauro Humala, aunque la podredumbre de nuestro sistema partidista exija a veces posturas frontales que dejen atrás la falsa diplomacia y encaren las cosas con ese nivel de agresividad e indignación. Todo lo que vivimos aquel lejano 1994 ha desaparecido: la prédica de don Isaac, hoy de 95 años, ya no alcanza para convertirse en un proyecto real. Ollanta está en la cárcel y Nadine en Brasil bajo la protección de su primer mandatario, Lula. Y Antauro busca reposicionarse a través de su apoyo a Roberto Sánchez, mientras que el líder de Juntos por el Perú, después de utilizarlo para captar a sus correligionarios, ahora intenta hacerlo disimuladamente a un lado.

Mi compañera y yo, casados desde hace doce años, los primeros en escuchar la palabra “etnocacerismo” -después de los alumnos de Isaac Humala en San Marcos y, por supuesto, de su esposa e hijos- siendo aun pueriles estudiantes de comunicaciones, hemos visto la decadencia de la política nacional, del periodismo y del nacionalismo humalista, así como la desaparición de aquellos espacios en que lo conocimos de casualidad.

La esquina de Brasil con Bolívar es ahora un polvoriento tragamonedas con el Romeo sobreviviendo como una fondita casi invisible, de minúscula puerta engullida por los huachafos colores amarillos, turquesas y verdes de las paredes desgastadas por el sol de ese casino, símbolo del despilfarro y el pensamiento mágico. Y la antigua facultad de la Brasil fue demolida hace unos meses para poner en su lugar un inmenso proyecto inmobiliario, actualmente en etapa de excavación, símbolo de la tugurización vertical de nuestra ciudad.

[Música Maestro] En la vigésima quinta edición del Coachella Valley Music and Arts Festival, el espíritu rebelde del rock volvió a acaparar reflectores, gracias a una banda cuya participación rompió con la actual superficialidad de este megaconcierto que se realiza desde 1999 en la localidad de Indio, California. Y no por la expectativa que había ocasionado su regreso al famoso campo de golf después de quince años y con nuevo disco, sino porque hicieron, en su segunda presentación, una declaración política que los puso en el centro de la atención mundial por su valentía y pertinencia.

El festival fue, durante sus primeros años, un espacio donde la irreverencia y la innovación musical ajena al mainstream tuvieron preeminencia, sea desde el rock alternativo, el rock clásico, el rap o la EDM. Sin embargo, los cambios en la industria musical lo hicieron mutar hasta convertirse en un evento aséptico, colorido y fashion que, en sus últimas versiones, genera más postales de Instagram que momentos contraculturales dignos de recordarse. Por eso, el cierre de The Strokes viene siendo descrito como “una de las actuaciones más importantes y controversiales en la historia de Coachella”.

Como se sabe, el festival se desarrolla siempre en abril durante dos fines de semana y cada día -viernes, sábado, domingo- mantiene el mismo cartel en sus ocho escenarios diferentes, repartidos en la inmensa área dedicada a su organización (más de 300 acres entre escenarios, carpas, zonas de campamento, venta de comida y merchandising, etc.). El quinteto neoyorquino, programado para los días sábado 11 y 18 de abril en el escenario principal, no figuraba como cabeza de serie sino que fueron teloneros de Justin Bieber -por cosas así Coachella ha perdido respeto y credibilidad en ciertos sectores. Conscientes de ello, prepararon una sorpresa que será difícil de olvidar.

El rock del siglo XXI

Quienes solemos vivir aferrados al pasado glorioso del rock, vemos y escuchamos con informada desconfianza casi todo lo que se ha producido en ese terreno desde fines de los años noventa. Tras las oleadas de grunge, indie-rock, nu metal, hip-hop y electrónica, que venían influenciadas por todo lo que se había hecho las tres décadas previas, y sus derivados, desde el indie-pop y el shoegaze hasta el trip-hop y metal progresivo, parecía que nada interesante podría pasar de 1999 en adelante.

Por eso, cuando el sonido distorsionado y nostálgico de The Strokes apareció una vez superado el jubileo del siglo XXI -sin que se cayeran los sistemas informáticos ni colapsara el sistema solar- muchos lo sentimos, en su momento, como una suerte de hype, como se dice actualmente, una moda pasajera de impacto promovido a través de la televisión por cable y validado por la ausencia de bandas que, desde la escena más comercial y accesible, generaran el mismo interés que podía intuirse en otras arenas estilísticas con menores posibilidades de difusión.

Is this it? (RCA, 2001) se colocó de inmediato en un lugar privilegiado de las radios y televisiones rockeras, con esa estética sonora y visual que rendía tributo a un amplio abanico de influencias, desde The Doors hasta The Cars, desde MC5 hasta The Knack, desde The Romantics hasta Pixies. La prensa especializada de la época no tardó en considerarlos la nueva gran promesa del rock norteamericano, a medida que las ventas de ese clásico del recién iniciado siglo subieran como la espuma, gracias a la popularidad de canciones como Someday, Hard to explain y, especialmente, Last nite, con un video que recordaba al legendario programa setentero The Midnight Special. Los muchachos crearon el sonido del rock comercial del siglo XXI, y su influencia se siente hasta el día de hoy.

Una banda nueva con una historia clásica

Para cuando The Strokes llegó al ojo público, todavía eran comunes las historias de bandas que se formaban desde sus años adolescentes, con el ideal de que ese colectivo se convertía en una segunda familia -a veces la única- para jóvenes que soñaban con hacer música sin pretensiones comerciales ni anhelos de fama y fortuna. La leyenda del grupo de desadaptados o inconformes que se juntan para recorrer el mundo con sus guitarras a la espalda en una vieja camioneta y que son casi como hermanos se reflejó en este quinteto de forma muy concreta pero, a la vez, contradictoria con los paradigmas del rock y su proveniencia de estratos socioeconómicos, generalmente, deprimidos y disfuncionales.

Para empezar, sus integrantes se conocen, efectivamente, desde su más temprana infancia. Julian Casablancas (voz), Albert Hammond Jr. (guitarras), Nick Valensi (guitarras), Nikolai Fraiture (bajo) y Fabrizio Moretti (batería) estaban todos ingresando a los veinte años cuando decidieron comenzar a tocar sus canciones en los circuitos de clubes nocturnos de New York. Pero no tenían un origen de clase media o baja. Valensi, Fraiture, Moretti -brasileño de nacimiento- y Casablancas estudiaron en uno de los mejores colegios del alto Manhattan, The Dwight School.

Por otro lado, Casablancas era hijo de un exitoso empresario de la moda y Hammond Jr., de un conocido compositor de origen británico, famoso por haber coescrito recordados hits radiales como Nothing’s gonna stop us now (Starship, 1987), The air that I breathe (The Hollies, 1974), la balada que cantan a dúo Julio Iglesias y la leyenda del country Willie Nelson, To all the girls I loved before (1984) y muchos otros. Ambos coincidieron en un exclusivo liceo de Suiza, Institut Le Rosey, siendo adolescentes, enviados por sus padres y se hicieron muy amigos al ser ellos los dos únicos norteamericanos estudiando en esa zona occidental suiza, conocida como el cantón de Vaud.

2001-2005: Los tres primeros discos

Durante ese periodo, The Strokes sentó las bases para todo lo que vendría después en la escena del rock guitarrero comercial, un sonido que comenzó a rotularse como “revival” –“renacimiento” en español- de géneros considerados muertos como el garage rock o el post-punk, aunque de hecho se les debe relacionar menos con este último estilo, más cercano a la música popular que llegaba desde el Reino Unido tras la asonada punk del periodo 1976-1978.

Después de Is this it? -hasta ahora mencionado entre los mejores álbumes debut de todos los tiempos- llegaron Room on fire (2003) y First impressions on Earth (2005). Aunque esos dos conservaron el aura original del primero, no replicaron su éxito en ventas. Sin embargo, su impacto comercial sembró la semilla para toda una ola de grupos, encabezada por The Killers, Arctic Monkeys, Kasabian, Franz Ferdinand, entre otros, quienes hasta ahora los reconocen como su principal inspiración. Dicho eso, es necesario resaltar que no fueron los primeros, pues detrás de ellos venían otros colectivos como The Jon Spencer Blues Explosion, MGMT, Black Rebel Motorcycle Club o The White Stripes que iniciaron esta subcorriente de rock revisionista gringo, pocos años antes de The Strokes.

Para el oyente promedio, estos tres discos funcionan como unidad, aun cuando ligeras variaciones en intención y desarrollo compositivo ya se pueden vislumbrar en cada listado de canciones. La marca registrada del efecto de distorsión en la voz de Casablancas, sumada a las creativas guitarras de Hammond Jr. y Valensi, intercambiando roles de primera y segunda todo el tiempo, además de una base rítmica maquinal y repetitiva, se estableció como sonido inconfundible. Sin embargo, The Strokes ingresó, tras el lanzamiento del tercer álbum, a una etapa menos estable con lanzamientos erráticos y espaciados en el tiempo.

Un largo hiato de seis años

Entre 2005 y 2011, la carrera de The Strokes se vio perjudicada por distintas situaciones que pusieron a prueba su capacidad de adaptación. En aspectos personales, el alcoholismo de Julian Casablancas y los serios problemas de adicción de Albert Hammond Jr., motivaron que el quinteto tomara la decisión de “descansar por un tiempo”. Alejado de su grupo principal, el vocalista se dio tiempo para lanzarse en solitario con un álbum titulado Phrazes for the young (2009) que, en líneas generales, pasó bastante desapercibido.

Hammond Jr., por su parte, lanzó un par de discos en solitario tras su proceso de rehabilitación, con algo más de suerte que su compañero. Con el tiempo, el guitarrista de padre británico y madre argentina demostró ser quien más producciones individuales lanzaría, en los siguientes periodos de inactividad de The Strokes en los estudios, aunque la banda siguió apareciendo en diversos festivales, lo cual disipaba los rumores de separación que, de cuando en cuando, aparecían en la prensa musical.

Recién el año 2011 vio la luz el cuarto disco oficial de The Strokes, titulado Angles, aun bajo la escudería RCA -distribuida en el Perú por la recordada BMG-, a pesar de que ya Casablancas había fundado su propia compañía discográfica, Cult Records, que se iría encargando progresivamente de los lanzamientos posteriores, tanto de The Strokes como de Albert Hammond Jr., y de su propia banda alterna, The Voidz, con quienes lleva hechos tres discos, con una propuesta cercana a la de su grupo matriz pero con enfoque más centrado en temas políticos (letra) y electrónicos (música), sin desviarse de las guitarras que caracterizan a sus composiciones.

Dos años después de Angles -cuya primera canción se titula curiosamente Machu Picchu, aunque no tiene nada que ver con nuestra mítica ciudadela inca- apareció Comedown machine (2013), su quinta producción de estudio, en la cual volvieron a reforzar su vocación por las melodías más etéreas y el uso de sintetizadores, tocados indistintamente por Casablancas, Valensi y Hammond.

Luego comenzó un nuevo hiato, aun más largo que el anterior, en lo relacionado a grabaciones. Como acto en vivo, The Strokes se dedicó a recorrer el mundo y especialmente Sudamérica, tocando en varias ediciones del Lollapalooza de Chile, Brasil y Argentina. En ese periodo, el quinteto llegó por primera y única vez al Perú, el 2019, en el festival Vivo x el Rock. La banda retornó a los estudios siete años después con The new abnormal (2020), su sexta producción discográfica.

The Strokes en Coachella: Celebrado retorno

La noche del sábado 18 de abril era la segunda para The Strokes en Coachella 2026, arena en la que no tocaban desde el año 2011. Ya la primera, el sábado 11, había complacido a sus fans con una selección de emblemáticos temas y un estreno, Going shopping, adelanto de su séptimo álbum Reality awaits, cuyo lanzamiento oficial será el próximo mes de junio. Las guitarras de Hammond Jr. y Valensi sonaron maduras y controladas, ofreciendo un espectáculo de rock moderno que merecía haber sido cabeza de serie y no plato de segunda mesa.

Luego de hora y media de concierto, las luces se apagaron y detrás de la banda apareció, en las enormes pantallas de alta resolución, una mezquita con sus características cúpulas y minaretes silueteados en incandescentes luces LED. Mientras, Hammond Jr. y Valensi comenzaron la introducción a dos guitarras de Oblivius, uno de los tres temas nuevos que lanzaron en el 2016, en un EP titulado Future present past, en medio de su segundo hiato. De repente, en el momento del coro en que Casablancas -quien viene exponiendo sus opiniones políticas desde hace años, en entrevistas con los filósofos Noam Chomsky y Henry Giroux y, más recientemente, en el podcast SubwayTalks– exclama la frase “what side you standing on?” –“¿de qué lado estás?”- comenzaron a proyectar imágenes de líderes políticos que han sido derrocados por conspiraciones comandadas por la CIA a lo largo de los años.

¿Quiénes aparecieron durante Oblivius?

Es particularmente significativo que el primer personaje en aparecer haya sido Mohammed Mossadegh, quien fuera Primer Ministro de Irán durante el reinado de Reza Pahlavi, el último Sha, derrocado en 1953 por un golpe de Estado apoyado por la CIA y la inteligencia británica. Como sabemos, la hostilidad entre Estados Unidos e Irán está actualmente en boca de todo el mundo por sus implicancias y consecuencias. De todo el mundo menos en el Perú, donde sus candidatos presidenciales se pasaron toda la campaña sin hablar de la coyuntura internacional, como si no estuviera pasando nada fuera de nuestras fronteras.

Desde Salvador Allende, el líder de izquierda chileno que terminó suicidándose durante la invasión del Palacio de La Moneda en 1973, el punto de inicio de la dictadura de Augusto Pinochet, hasta los sospechosos accidentes aéreos que acabaron con las vidas de Omar Torrijos y Jaime Roldós -aunque hubo un error en su apellido, consignado como “Rondos”-, presidentes de Panamá y Bolivia, ambos en 1981. La multitud de Coachella vio también, en pantalla gigante, los rostros del presidente de Bolivia, Juan José Torres, derrocado en 1976 durante la Operación Cóndor; y de Jacobo Árbenz, primer mandatario de Guatemala, sacado por la CIA en 1954 en una serie de eventos que acabaron con él exiliado en distintos países hasta que fue acogido por la revolución cubana de 1959.

Un mensaje potente

Mientras que, en las estrofas, aparecía nuevamente la gigante y luminosa mezquita, símbolo del mundo islámico, durante los coros volvían las alusiones a problemas ocasionados por los servicios secretos estadounidenses. Así, fue el turno del asesinato de Martin Luther King Jr. (1929-1968), uno de los casos conspirativos más famosos y el derrocamiento de Patrice Lumumba en el Congo, orquestado también por la CIA y el gobierno de Bélgica, en 1961. Una foto del histórico abolicionista Frederick Douglass (1818-1895) se unió a las protestas del movimiento Black Lives Matter, cubriendo así las injusticias cometidas contra las poblaciones afroamericanas en un rango de casi 200 años.

Pero lo más impactante llegó a final. Después de mostrar un dato terrible, según el cual más de treinta universidades han sido destruidas en Irán en los recientes bombardeos, la canción acaba con las imágenes de la destrucción de la universidad Al-Israa en Gaza, la última que quedaba en pie en la franja, donde estudiaban cientos de mujeres y hombres palestinos para convertirse en abogados expertos en derechos humanos. El centro de estudios superiores fue tomado por las fuerzas israelíes y demolido en enero del 2024, con el pretexto de ser un refugio para integrantes de Hamas, algo que no ha podido probarse hasta ahora.

Normalmente, son los artistas de la guardia vieja del rock, como Neil Young, Brian Eno o Roger Waters, quienes han levantado su voz frente a los abusos de la política exterior de los Estados Unidos. Por ello, que una banda de ese país cuyos integrantes están apenas por llegar a los 50 años, pase de la metáfora o el sarcasmo habitual a dar una opinión tan clara y contundente es bastante encomiable, sobre todo por las amenazas y ninguneos que esto les puede traer. Con valentía y pertinencia, The Strokes cerró su segunda noche en Coachella 2026 y pasó a la historia moderna del rock and roll.

[Música Maestro] Provengo de una generación para la cual pensar en grandes conciertos en Lima era un sueño imposible. Y no es que nunca nos visitaran artistas de renombre. De hecho, desde los años ochenta los mejores salseros, merengueros, boleristas y baladistas llegaron al Perú para ofrecer recitales en teatros, hoteles, coliseos o El Gran Estelar de la Feria del Hogar. Incluso en la época del boom del rock en castellano, sus máximos exponentes pisaron nuestro que fue, en muchos casos, el inicio de exitosas carreras posteriores. Pero en cuanto a artistas no latinoamericanos, con la excepción de Richard Clayderman y el extraño fenómeno del grupo francés Indochine, nadie pisaba estas tierras ni de casualidad.

El quiebre llegó en la primera mitad de los noventa, con conciertos de estrellas del rock clásico como Jon Anderson (vocalista de Yes), Foreigner o Jethro Tull, los primeros tras las cancelaciones de Bon Jovi y Michael Jackson, por motivos de seguridad relacionados a la situación de violencia armada. Para fines de esa década, sin embargo, el panorama comenzó a cambiar y hoy, recibir conciertos de gran formato es moneda corriente en Lima, tanto de músicos consagrados como de aquellos en plena y ascendente moda mundial, en todos los estilos imaginables.

En simultáneo con la incertidumbre de estas semanas post-electorales, ha habido varios conciertos -y se vienen anunciando otros- que funcionan como consuelo y escapismo, pero también como muestra de que el Perú sigue vivo gracias al poder de la inercia. Como sabemos, la industria de conciertos genera enormes movimientos que van de lo logístico a lo económico y hasta turístico, dependiendo del artista. Así, tanto las masas seguidoras de modas desechables como las minorías fieles a intérpretes con trayectoria -algunas verdaderamente de culto-, tienen motivos para estar contentos y no escatiman esfuerzos -ni gastos- cuando se trata de responder entusiastamente a la diversa agenda de espectáculos musicales en venta.

Mientras las muchedumbres convencionales aguardan con ansiedad a Ricardo Arjona o a BTS, se apelotonan en el Estadio Nacional para un festival de salsa/cumbia/reggaetón o deliran con la enésima visita de Sebastián Yatra, otros celebramos la llegada de icónicos artistas de distintas épocas y registros. En medio, bocanadas de aire fresco como la de los chilenos Candelabro -con un público joven que no dejó de saltar y gritar “¡Fujimori nunca más!”- nos hacen pensar que, por lo menos desde las tribunas musicales, todavía hay quienes nos permiten descargar toda esa frustración que deja la mal habida política y su eterna vocación por lo abiertamente ridículo, pernicioso y corrupto.

Dream Theater: Bajo cielo peruanos

Dieciséis años después de su primera visita, los maestros del metal progresivo ofrecieron una épica noche con lo mejor de su amplio catálogo, el martes 21 de abril. James LaBrie (voz, 62), John Petrucci (guitarras, 58), John Myung (bajo, 59), Jordan Rudess (teclados, 69) y Mike Portnoy (batería, coros, 58) dejaron boquiabiertos una vez más a su público cautivo -aspirantes a músicos, conocedores, fanáticos de la velocidad y la técnica instrumental- con esas reconocidas habilidades que, por momentos, parecen sacadas de una dimensión sobrenatural.

La gira que vienen realizando sirve para presentar en vivo las canciones de su décimo séptimo álbum, Parasomnia (2025), que trajo de vuelta a Portnoy, fundador del grupo que se había alejado el 2010. En sus canciones confluyen con naturalidad las atmósferas etéreas de Pink Floyd con el vértigo de Rush, la vocación melódica de Styx con el peso rotundo de Black Sabbath, la destreza instrumental de Yes con el frenesí de Iron Maiden.

La primera mitad fue un sustancioso recorrido por algunos de sus clásicos -canciones de álbumes como Images and words (1992), Octavarium (2005), Awake (1994) o Metropolis Pt. 2: Scenes from a memory (1999). Durante ese set, destacó Peruvian skies (Falling into infinity, 1997) que, por razones obvias, es una de las favoritas del público local. En el tema introdujeron fragmentos de Pink Floyd (Wish you were here, 1975) y Metallica (Wherever I may roam, 1992). Y para la tercera parte, hicieron volar a sus fanáticos con la suite A change of seasons, tema-título del disco homónimo de 1995.

Isabel Pantoja: 50 años de trayectoria

Una de las intérpretes de baladas en nuestro idioma más exitosas y queridas en el Perú es la española Isabel Pantoja (69), poseedora de un repertorio exquisito y una emotiva voz que conquistó los corazones del público con su décimo LP Marinero de luces (1985), en el que aparecen las canciones que hasta ahora suenan en las emisoras dedicadas a este género musical, compuestas por su compatriota José Luis Perales e inspiradas en un evento extremadamente personal, la trágica muerte de su primer esposo, el torero Francisco Rivera, más conocido como “Paquirri”.

Ayer, lunes 27, Pantoja se reencontró con sus admiradores peruanos en un recital que es parte de las celebraciones por sus cincuenta años de trayectoria. La intérprete de éxitos como Hoy quiero confesarme, Era mi vida él o Marinero de luces entregó todo de sí sobre el escenario, derrochando elegancia y talento. Aun cuando su imagen personal se vio perjudicada por serios problemas judiciales, a raíz de su involucramiento en comprobados casos de corrupción de Julián Muñoz, exalcalde de Marbella quien fuera su pareja, que incluso la llevaron dos años a la cárcel, regresó a los escenarios hace una década, cosechando nuevos logros artísticos en cada país que visitó desde entonces.

Durante la velada, Isabel Pantoja ofreció una amplia selección de canciones, cubriendo tanto las exitosas baladas con la que se hizo famosa en toda Latinoamérica como aquellas con las que inició su camino en el canto andaluz, tonadillas de Sevilla, su ciudad natal, grabadas entre 1971 y 1983, así como boleros y melodías clásicas del cancionero latino incluidas en dos de sus discos más contemporáneos, 10 boleros y una canción de amor (2007) o Canciones que me gustan (2020).

Megadeth: La última despedida

El thrash metal sigue de pie gracias a bandas como Megadeth, liderada por el guitarrista, compositor y vocalista Dave Mustaine, una de las figuras más trascendentales para el desarrollo y la vigencia del rock duro desde que fundó este grupo en 1984, tras su abrupta salida de Metallica. El jueves 23 de abril, mientras los medios confirmaban que no habría “elecciones complementarias”, miles de headbangers bajaron a la Costa Verde para sacudirse una vez más con los intrincados solos y las agresivas canciones de Mustaine quien, a sus 64 años y habiendo superado al cáncer, continúa remeciendo cada escenario que pisa.

Megadeth es, actualmente, una banda multinacional. Dirk Verbeuren, el baterista, es belga, mientras que Teemu Mäntysaari, quien cubre con absoluta justicia el lugar que alguna vez ocuparon los hiper talentosos Marty Friedman, Chris Broderick o el brasileño Kiko Loureiro, llegó desde Finlandia para aportar su impresionante dominio de las guitarras de siete cuerdas. Cierra el cuarteto el bajista norteamericano James LoMenzo, exintegrante de los ochenteros White Lion, recordados por su exitosa power ballad When the children cry (Pride, 1987).

Esta fue la quinta visita de Megadeth al Perú y, como en las anteriores, el público se conectó intensamente con un setlist que tuvo desde temas de su más reciente producción, Megadeth (2026) hasta clásicos como Holy wars… The punishment due, Tornado of souls (Rust in peace, 1990), Peace sells (Peace sells… but who’s buying?, 1986), Mechanix (Killing is my business… and business is good!, 1985), entre muchas otras. Anunciada como la gira despedida de esta poderosa banda metalera, su actuación dejó a todos contentos y exhaustos, pidiendo más.

Caifanes y Bunbury: Rock en español noventero

Para septiembre y noviembre se anuncian dos conciertos que nos traerán la nostalgia de una de las décadas más interesantes para el pop-rock en nuestro idioma. Primero vendrá una de las bandas más importantes de México, liderada por el cantautor y guitarrista Saúl Hernández (62).

Entre 1988 y 1995, Caifanes fue la respuesta del rock alternativo al imperio popular de Maná, con álbumes que sonaban a new wave y post-punk con fuertes dosis de ritmos latinos, algunos de ellos producidos por el guitarrista norteamericano Adrian Belew (Talking Heads, King Crimson). Su versión del clásico guarachero de los años treinta, La negra Tomasa (1988), los posicionó como una rara avis en el panorama del pop-rock en español.

Caifanes llega con tres de sus integrantes originales, Saúl Hernández, Diego Herrera (teclados) y Alfonso André (batería). Los músicos que reemplazan a los históricos Sabo Romo (bajo) y Alejandro Marcovich (guitarra) vienen alternando con ellos desde la reformación de Caifanes en el 2011 y su proyecto hermano, Jaguares. Canciones como Viento, No dejes que…, Aviéntame, Perdí mi ojo de venado, Afuera, entre otras, serán sin duda parte de esta tocada.

Luego llegará Enrique Bunbury (58), o simplemente Bunbury, como se le conoce desde que inició su carrera solista hace casi treinta años. Su combinación de pop-rock, vaudeville, música circense y latinoamericana lo ha convertido en uno de los artistas más interesantes y auténticos de la escena hispanoamericana. Aunque sigue siendo recordado como vocalista de Héroes del Silencio -uno de los grupos más importantes de la historia del rock en España- ya ha triplicado la cantidad de álbumes que hizo con el cuarteto que lideró entre 1987 y 1995.

Helloween y Iron Maiden remecerán Lima

Los metaleros de corazón estamos esperando con ansias las nuevas visitas de dos de las bandas fundamentales de este género que emociona y libera tensiones gracias a su potencia, energía y velocidad, al margen de los sonidos convencionales de las radios y lo suficientemente accesible para no generar rechazo en públicos intermedios.

Desde Inglaterra, por tercera vez y después de década y media, llega “La Doncella de Acero” con toda la fuerza y experiencia para celebrar con el público peruano sus 50 años en la ruta del metal. Run for your lives, paráfrasis del coro de Run to the hills, una de sus canciones clásicas, incluida en su tercer álbum, The number of the beast (1982) es la gira mundial que trae al sexteto conformado por Bruce Dickinson (voz), Dave Murray, Adrian Smith, Janick Gers (guitarras), Steve Harris (bajo) y Simon Dawson (batería), quien reemplaza desde hace un año a Nicko McBrain, quien decidió renunciar tras superar diversos problemas cardiacos. El show será el 17 de octubre, en el Estadio Nacional. La próxima semana tendremos un anticipo con el estreno en salas limeñas del documental Iron Maiden: Burning ambition, sobre sus cinco décadas.

Y, desde Alemania, los reyes del speed metal Helloween nos visitarán también por tercera vez. Considerados por la prensa especializada como la banda europea/no inglesa más influyente del heavy metal, inició su carrera con una tríada de excelentes LP editados por el sello Noise Records: Walls of Jericho (1985) y las dos partes de Keeper of the seven keys (1987 y 1988), con sonidos de influencias sinfónicas e historias épicas que sirvieron para iniciar un nuevo subgénero, el power metal. desde entonces, han lanzado una docena de discos de alto calibre para su legión de seguidores.

La alineación actual de Helloween incluye a los históricos Michael Weikath (guitarras), Markus Grosskopf (bajo) y Andy Deris, Michael Kiske (voz) y al legendario Kai Hansen (guitarras), quien fundara la banda en 1984 y se retirara poco después para dedicarse a Gamma Ray, otra pionera del power metal. Desde hace cinco años, Hansen volvió a Helloween para celebrar los cuarenta años de vida del grupo. El grupo de la calabaza de malévola sonrisa tocará en el Parque de la Exposición el 9 de septiembre.

Korn: El poder del nu metal

Mayo será el mes de la tercera visita de Korn, una de las bandas más representativas del “nu metal”, una corriente que desplazó en popularidad al grunge de Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam, durante la segunda mitad de los noventa. Junto con Limp Bizkit y Deftones, los liderados por el vocalista Johnatan Davis y los guitarristas James «Munky» Shaffer y Brian «Head» Welch -los tres de 55 años- prometen llenar de angustia y catarsis el aire frío de la Costa Verde con sus estruendosos gritos y profundas bases rítmicas.

Entre 1994 y 1999 Korn lanzó los icónicos álbumes Korn (1994), Life is peachy (1996), Follow the leader (1998) e Issues (1999), simbolizando el espíritu de una nueva generación que, poco después, comenzó a generar su propia subcultura, cruzando caminos con otros derivados del grunge como el emo -asociado al punk en sus versiones más melódicas- y el death metal gótico, fenómenos juveniles de raigambre norteamericana que tuvieron enorme resonancia en nuestra región.

El poder vocal de Davis -que pasa de la tensa calma susurrada a intensos y guturales alaridos- y su particular sentido de la estética, siempre con dreads y casacas de cuello alto, se convirtieron en imagen representativa de su propuesta, mientras que el profundo bajo funky de Reginald “Fieldy” Arvizu hacía contraste con las densas guitarras de Head y Munky. Arvizu, uno de los fundadores del quinteto, se retiró lamentablemente de la banda hace algunos años, en el 2021, y su lugar ha sido ocupado por un elenco cambiante de músicos desde entonces.

Public Image Ltd.: La decadencia

La semana pasada cantó, en Barranco, ante un reducido público, una de las personalidades más trascendentales de la subcultura punk, otrora generador de algunos de los momentos más rebeldes y políticamente incorrectos que se hayan visto en setenta años de rock. Irlandés de nacimiento y criado en un barrio londinense de clase trabajadora, John Lydon fue sacado de los tugurios en los que se movía por el empresario Malcolm McLaren (1946-2010), en 1977.

Debido al descuido y la pobreza, sufrió el deterioro de varias de sus piezas dentales, por lo que adoptó un alias de lo más chocante en su época, “Johnny Rotten” (Juancito Podrido) y se convirtió en vocalista de Sex Pistols, cuarteto al que le bastó un solo LP para ingresar a la historia, el corrosivo Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols (1977). Después, Lydon lanzó su propio grupo, Public Image Ltd -o simplemente PiL- con quienes se estableció como pioneros del post-punk.

Entre 1978 y 1992, PiL lanzó ocho discos de consistente rock experimental -los melómanos peruanos recordarán que Cucho Peñaloza usó, en una de las temporadas de su programa TV Rock, la canción Public image (First issue, 1978), al margen del desarrollo comercial de la new wave y electropop, con un sonido más arrugado que se permitía jugar incluso con la electrónica y el dub.

Su llegada a Lima activó a los más nostálgicos, aunque su perfil personal -nacionalizado norteamericano desde el 2013, devenido en participante de realities y actual seguidor de Donald Trump, con todo lo que eso implica- lo ha convertido en una caricatura de sí mismo. A sus 70 años, Johnny Rotten, la voz que causaba temor con himnos anárquicos como Pretty vacant o Anarchy in the UK, ya no asusta a nadie.

[OPINIÓN] La semana pasada comenzó con una marcha dominical convocada por las huestes de Renovación Popular en la que un enajenado Rafael López Aliaga lanzó bravuconerías que, incluso para sus estándares, resultaron extremadamente tóxicas y lascivas, ante los rugidos de su incondicional platea limeña, una muestra de que la degradación de la salud mental en gruesos sectores capitalinos es cada vez más oscura y peligrosa.

Y a mitad de la semana, dos hechos volvieron a remover el panorama inestable, como cuando el micro sacude a los pasajeros que luchan por no perder el equilibrio mientras el conductor enloquecido va en carrera hacia el abismo, pasando a toda velocidad por rompemuelles, tocando sus claxon de buque cada tres segundos y haciendo temerarios zigzags en espacios reducidos y atiborrados de carros, motos y otros micros haciendo lo mismo.

Por un lado, la aceptación de la renuncia de Piero Corvetto, jefe de la ONPE, a pesar de que la ley orgánica de dicha institución dice expresamente que dicho cargo es irrenunciable. A eso siguieron notas informando que la policía lo tenía cercado y, como colofón de la historieta, dos operadores de Willax publicaron en redes sociales información de los hijos menores de Corvetto, vulnerando su privacidad y luego acusaron, después de “lamentar ese error que, por supuesto, corrigieron de inmediato”- a quienes advirtieron la barrabasada.

Y, por el otro, un terremoto en el Poder Ejecutivo actual, que incluyó renuncias de ministros cuyos nombres nadie recuerda, un enredo de anuncios sobre la compra falsamente anulada de aviones a los Estados Unidos con amenazante pataleta del actual embajador de ese país y hasta debates de anulación… ¡de todo el proceso electoral! planteada en dos modalidades, ambas absurdas: elecciones complementarias y nuevas elecciones para el próximo año, cuyo resultado habría sido el gobierno transitorio del actual Congreso, el más desprestigiado en los 205 años de historia republicana del Perú.

Esta última ida-y-vuelta se diluyó poco antes del final de la semana -concretamente, la noche del miércoles- con los primeros anuncios extraoficiales de que esa idea no pasaba y que se continuaría el proceso como está, de forma que hoy, domingo 26 de abril, seguimos esperando que la ONPE, ahora con improvisado jefe nuevo, cierre sus resultados y quede sellada la información que ya es un masivo trascendido: la segunda vuelta será entre Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú).

En estos días hemos visto cómo el Perú nunca deja de sorprender por su capacidad para seguir cavando cada vez que uno cree que ya se ha tocado fondo.

Desde el oportunismo de Jorge Nieto, cuarto lugar en los comicios del 12 de abril, quien no ocultó su entusiasmo  ante la posibilidad de que unas “complementarias” modificaran su ubicación fuera del podio hasta las tonterías que estuvo lanzando el tándem Panamericana/Willax, la sensación de inestabilidad y desorganización comienza a hacerse normal entre la población.

Inestabilidad y desorganización que pronto se transforman en desánimo, hartazgo, ganas de bajar los brazos y dejarse llevar por la corriente de este huaico electoral que cada cinco años nos arrasa y embarra de pies a cabeza.

Una de las últimas escenas de esta tragicomedia está formada por los renovados bríos de Willax TV y sus adláteres para atacar a Alfonso López Chau, el único de los candidatos presidenciales perdedores que reaccionó correctamente. Con sus últimas apariciones en medios y redes, López Chau comenzó a asomar la cabeza como futuro líder de la oposición congresal.

De inmediato, la artillería de la DBA se le tiró encima y, como el terruqueo ya no les funciona por ser un refrito de la primera vuelta, ahora el enfoque es personal. Y de qué tipo. Recordando a los diarios chicha de los noventa, el reportaje que sirvió de play-de-honor para demoler al exrector de la UNI denunciaba que el líder de Ahora Nación “fue visto en un hotel con dos mujeres”. ¿Más obvios no pueden ser?

El Perú está ingresando a la historia como portador de una nueva concepción de democracia, esa en la que solo importan los derechos y no los deberes -como manifestara en 1998, en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura, el portugués José Saramago-, un asunto que también preocupaba a nuestro recordado Marco Aurelio Denegri.

En nombre de esa nueva democracia, acá todos tienen derecho a exigir que se haga lo que ellos quieren, sobre todo si tienen poder. No importa que, en el camino, terminen barriendo con los derechos de los demás, esa entidad abstracta que generalmente conciben como obstáculo para lograr sus sueños, sus resultados, sus victorias electorales.

Los limeños tienen derecho a armar escándalo en la vía pública, celebrando las injurias de su líder. Y también tienen derecho a exigir que el Estado rodee las plazas de policías si lo mismo quieren hacer un grupo de cajamarquinos o puneños. “La Pestilencia” tiene derecho a hostigar y agredir sin que las fuerzas del orden los interrumpan, porque representan a las mentes pensantes de la política nacional con sus griterías, sus piquetes coprolálicos, sus acosos de toda índole.

¿Y sus deberes de respetar la propiedad privada, la integridad física de los otros? ¿Y sus deudas con la justicia? Nada de eso cuenta. En la nueva democracia peruana, los deberes no forman parte de la ecuación republicana.

Y en la segunda vuelta, cuando Keiko Fujimori sea derrotada por cuarta vez, seguramente veremos a sus militantes ignorando su deber de aceptar los resultados y ejerciendo su pleno derecho a reclamar ser víctimas de fraude.

Lo harán de todas las maneras posibles y con todos sus aliados, encabezados por las vociferantes barras bravas de Renovación Popular -en las calles, en redes sociales, en los medios-, porque en la nueva democracia peruana, la derecha limeña tiene solo derechos, especialmente si los resultados no la favorecen, aun cuando hayan hecho todas las movidas posibles para garantizar eso, la última de las cuales es colocar un fusible naranja en el Ministerio de Defensa.

[Música Maestro] A lo largo de la historia del rock hemos conocido casos de bandas cuyos integrantes son irreemplazables, especialmente cuando tiene que ver con su muerte. Ocurrió en los Beatles, en The Doors, en Led Zeppelin, en Queen, aunque estos dos últimos lo intentaron -Led Zeppelin con Phil Collins primero y con el hijo de John Bonham después, Queen con Paul Rodgers primero y con Adam Lambert después- pero conscientes de que se trataba ya de otra cosa y con resultados que no lograron igualar a los originales.

Desde el fallecimiento de Neil Peart, los fanáticos de Rush aceptamos sin cuestionamientos que el paso siguiente era el natural y comprensible fin del camino para el famoso trío. Tras la muerte de “The Professor”, ocurrida el 7 de enero del año 2020, Geddy Lee y Alex Lifeson habían dejado medianamente claras sus intenciones de no volver a tocar bajo el nombre de Rush, una regla que rompieron en el tributo al fallecido baterista de Foo Fighters, Taylor Hawkins, en septiembre del 2022, con el apoyo en batería de Chad Smith (Red Hot Chili Peppers) y Danny Carey (Tool).

En el 2023, Lee publicó su autobiografía titulada My effin’ life (HarperCollins), la misma que presentó con una gira de 19 fechas por Estados Unidos, Canadá e Inglaterra -a veces con Lifeson como invitado- y en ninguna dejó filtrar proyectos de presentaciones en vivo. Por eso cuando se anunció, en octubre del año pasado, que ambos habían escogido en estricto privado a alguien para reemplazar a Peart, de inmediato surgieron especulaciones de todo tipo.

¿Quién podría cubrir a Neil Peart?

Facebook y otras redes sociales se llenaron de encuestas que generaron acaloradas discusiones entre fans y conocedores sobre quién podría ocupar esa importante plaza. Los nombres más mentados fueron los de Mike Portnoy (Dream Theater), Tim Alexander (Primus) y Danny Carey (Tool), tres de las bandas de generaciones posteriores más influenciadas por el sonido de la entente canadiense. Los más especializados soltaron candidatos menos obvios y diferentes, pero igual de interesantes: Simon Philips, Vinnie Colaiuta, Stewart Copeland, Alex Van Halen.

Estos ejemplos demostraban que a nadie se le ocurría pensar en Lee y Lifeson escogiendo a algún baterista nuevo, desconocido, sin prestigio, a pesar de que el ciberespacio está repleto de músicos jóvenes muy talentosos que muestran sus habilidades en YouTube, Instagram o TikTok todos los días. La estatura de Neil Peart era tan alta que solo un baterista de renombre podría ocupar su lugar.

Sin embargo -como ocurrió también con Primus en febrero- la pareja fundadora de Rush sorprendió a todos con una selección inesperada. Un nombre desconocido para la mayoría, treinta años menor que ellos y de otro país, con una trayectoria sólida en la escena del jazz, las clínicas musicales y la fusión, pero casi indetectable para los radares convencionales. Sin embargo, hubo un detalle adicional que literalmente descuadró a propios y extraños. Lee y Lifeson presentaron a su nuevo baterista: una mujer.

Rush, una banda ¿para hombres?

Desde su aparición en 1974, Rush se posicionó como una banda de público casi exclusivamente masculino. Esto no tiene nada que ver con posturas machistas o discriminadoras, es más bien un dato de la realidad. Según Neil Peart, en las épocas de más éxito del grupo, el público era masculino en un 85-90%, una conclusión a la que llegó observando la ausencia casi total de mujeres en sus conciertos. El dato empírico del baterista fue confirmado luego con estudios estadísticos serios, publicados en revistas especializadas como Rolling Stone o Classic Rock.

Quienes somos fanáticos de Rush, todos esos nerds que nos convertimos en bateristas en el aire cada vez que escuchamos Tom Sawyer (Moving pictures, 1981) y nos sabemos de memoria las líneas de bajo de The spirit of radio o Limelight (Permanent waves, 1980), los cambios rítmicos de Anthem (Fly by night, 1975), los solos de La villa strangiato (Hemispheres, 1978), sabemos que nuestras parejas no comparten nuestra obsesión sonora, elevada pero inútil y escapista a la vez. Pueden hasta disfrutar algunas canciones, pero no les interesan sus detalles, nombres, duraciones ni las historias detrás de cada una. Y tampoco verían con nosotros una y otra vez los videos completos de Xanadu (A farewell to kings, 1977) o Subdivisions (Signals, 1982) con el mismo nivel de compromiso.

Incluso cuando el heavy metal, ese otro subgénero del rock asociado normalmente a la testosterona, comenzó a recibir comunidades enormes de mujeres, Rush se mantuvo como placer musical exclusivo de hombres. Ni siquiera el fútbol o la Fórmula 1 poseen esa particularidad. Por supuesto que hay mujeres fans de Rush, sobre todo en años recientes, pero siempre en números menores. Como se ha analizado en más de una ocasión, las letras que van de lo filosófico a lo fantástico, la ausencia de temas románticos, el aspecto intelectual y carente de glamour de sus tres integrantes y la complejidad de sus arreglos musicales han alejado tradicionalmente al público femenino de Rush, una situación que incluso se trasladó en tonos bromistas a varios sitcoms y películas hollywoodenses.

Por eso, la noticia de que Geddy Lee y Alex Lifeson habían escogido a la baterista alemana Anika Nilles fue una agradable sorpresa por las posibilidades de romper ese estigma. Quizás ahora que sea una mujer quien ejecute los intrincados solos, ritmos y ataques de Rush en The Fifty Something Tour haga que el estereotipo por fin caiga y más público femenino preste oídos a esta extraordinaria música. El inicio de la gira se ha anunciado para la primera semana de junio y llegará a tres países de Sudamérica en enero de 2017. Argentina, Chile y Brasil son los afortunados. ¿Alguna empresa de espectáculos, que no sean los cabeceros de Evolution Concerts, se animará a traer a Rush al Perú? Esperemos que sí.

1974-1978: La etapa esotérica

De principio a fin, la discografía de Rush hace que el oyente se sumerja en un universo paralelo donde solo importan las historias fantásticas, las reflexiones filosóficas y cierto sarcasmo para la crítica sociopolítica de su tiempo, todo envuelto en una incombustible mezcla de hard-rock, rock progresivo y new wave que, en cuatro décadas, mantuvo su personalidad intacta, al margen de modas, cambios en la industria y la dictadura de los gustos masivos, casi siempre ajenos a propuestas artísticas que exijan del público un nivel de atención superior al promedio.

Rush lanzó veinte álbumes en estudio. Desde su debut, la fuerza y dinámica de sus canciones exhibieron un afilado hard-rock en la línea de bandas consagradas como Led Zeppelin, Deep Purple, Cream o Thin Lizzy. Lanzado cuando Geddy y Alex (bajos y guitarras) tenían solo 21 años, el disco epónimo de 1974 contiene un contundente bloque de riffs y solos acompañados por la precisa batería de John Rutsey, de la misma edad, con canciones como Working man, What you’re doing o Finding my way, cantadas por el bajista con inconfundible voz, rotunda y aguda.

Entre 1975 y 1978, el trío se consolidó dentro del prog-rock con largas suites, complejos intermedios instrumentales, uso de bajos y guitarras de doble mástil, pedaleras, instrumentos electroacústicos y letras arcanas, escritas por Neil Peart, el nuevo baterista que, además, enriqueció el proceso creativo por sus espectaculares recursos técnicos que le permitieron incorporar percusiones de todo tipo, desde campanas tubulares y xilófonos hasta sets amplios de tambores acústicos y baterías electrónicas.

A esta etapa pertenecen los extraordinarios discos Fly by night, Caress of steel (1975), 2112 (1976, para muchos su obra maestra), A farewell to kings (1977) y Hemispheres (1978), con temas como Closer to the heart, The trees o A passage to Bangkok, reflexiones propias sobre temas ambientalistas y sociopolíticos; e historias épicas como The fountain of Lamneth, 2112, Xanadu o Cygnus X-1 Book I: The Voyage, con letras inspiradas en escritos de la filósofa rusoamericana Ayn Rand (1905-1982), el autor de El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien (1892-1973), la mitología grecorromana o los textos del poeta y filósofo británico Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), el mismo que inspiró a Iron Maiden para su clásico tema Rime of the ancient mariner (Powerslave, 1984).

1980-1989: Una adaptación efectiva

Como sabemos, el rock progresivo inició una etapa de declive en la segunda mitad de los setenta por la nueva estética, más cruda y desorganizada, de bandas como The Clash y Sex Pistols –“los punks nos hacían ver a nosotros como si fuésemos Beethoven”, declaró recientemente Geddy Lee a The Guardian- y los canadienses supieron adaptarse mucho mejor que sus pares de la onda “progre”. Como se cuenta en el documental Rush: Beyond the lighted stage (2010), Lee, Lifeson y Peart conservaron la complejidad instrumental, dejando atrás la actitud solemne y fantasmagórica de su etapa previa. El resultado fue un sonido igual de sólido y personal, pero en formatos más comprimidos y hasta amigables para las radios de la época.

Desde Permanent waves (1980) hasta Presto (1989), Rush produjo siete álbumes de puro vértigo y adrenalina musical. A su sorprendente capacidad para tocar líneas de bajo potentes y creativas mientras cantaba, Lee añadió un uso masivo de sintetizadores -especialmente Moog y Oberheim- y pedaleras Taurus para ejecutar largas notas graves con los pies. Lifeson, uno de los mejores guitarristas de su generación, se afianzó con riffs y solos que sonaban a prog-rock clásico y power-pop ochentero, mientras que Peart siguió dejándonos con la boca abierta con su estremecedora potencia y precisión. Moving pictures (1981) contiene clásicos como Red barchetta, el instrumental YYZ -código IATA del aeropuerto de Toronto- y, especialmente, Tom Sawyer.

Otros discos como Signals (1982), con Subdivisions -que aborda un tema de extremada vigencia como es la presión social y angustias de los jóvenes en un mundo de apariencias- y New world man -sobre el choque generacional en tiempos de cambio-; Grace under pressure (1984), que produjo los singles Red sector A y Distant early warning, sobre la guerra fría, mensajes aplicables al mundo actual); o Power windows (1985) con temas como Manhattan Project o la confrontacional The big money, demostraron que los etéreos músicos de rock que en 1976 salían con túnicas y kimonos también poseían un aterrizado discurso geopolítico y social.

1991-2012: Peso y experiencia

Luego vino un tercer periodo, el último, donde el peso y la experiencia de Rush se asentaron para ofrecer un sonido contundente, más cercano al hard-rock, pero sin abandonar su identidad progresiva, reconocible en cada desarrollo instrumental y en el tono vocal de Lee que, desde fines de los setenta ya había dejado atrás las notas extremadamente altas para hacerlo más intermedio.

Además, añadieron un elemento nuevo, el humor, incluyendo por ejemplo la melodía de The Three Stooges (Los Tres Chiflados) al inicio de sus conciertos-algo que hacían desde 1988- o interactuando con los personajes de dibujos animados como Family Guy o South Park, cuyos creadores son grandes fanáticos del grupo. Jack Black, estrella de la comicidad, salió una vez al escenario con ellos y metió toda su ropa salvo paños menores, en una de las lavadoras/secadoras que la banda usa como escenografía desde los años dosmiles.

Y, en su discurso de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el 2013 -un hecho que tardó catorce años desde que se hicieron elegibles en 1999- Alex Lifeson, cuyo apellido real es Živojinović, por sus padres llegaron a Canadá desde Serbia, hizo reír al público con dos minutos y medio de «blah blah blah» ironizando respecto de las solemnidad que suele rodear a esas ceremonias. Esa ocasión tocaron Tom Sawyer, The spirit of radio y una versión editada de Overture 2112/The Temples of Syrinx, acompañados por Neil Raskulinecz (bajo), Taylor Hawkins (batería) y Dave Grohl (batería).

Este ciclo arranca con Roll the bones (1991), un disco de transición que tiene de ambas etapas -el vertiginoso instrumental Where’s my thing? que alguna vez usara Canal N como cortina de sus noticieros, la poderosa Dreamline y hasta algo de rap en el tema-título– y termina con Clockwork angels (2012), su última producción en estudio. En el medio, sólidos discos como Counterparts (1993), Test for echo (1996) o Vapor trails (2002) confirmaron su prestigio dentro del rock mundial. En el 2004, el trío se animó a grabar un álbum de covers, Feedback, un homenaje a aquellas bandas que los inspiraron: Cream, The Who, The Yardbirds y Buffalo Springfield.

Una de las particularidades de su discografía son los álbumes en vivo, lanzamientos que sirven para entender la energía, virtuosismo y evolución del grupo en sus distintas etapas. Tanto All the world’s stage (1976), Exit… stage, left (1982) y A show of hands (1988) ofrecen el sonido clásico de Rush en todo su esplendor. A partir del recopilatorio de conciertos Different stages (1998) en adelante, sus discos en directo –Rush in Rio (2003), R30: 30th Anniversary World Tour (2005) o R40 Live (2015)-, funcionan como un muestrario del legado artístico de Rush y un testimonio de su resistencia al paso del tiempo, incluso superando tragedias de toda índole. La decisión de Neil Peart de retirarse de los escenarios, tras la gira del 2015, y su posterior fallecimiento cinco años después, a los 67 años, de cáncer cerebral, parecían los puntos finales de una notable trayectoria. Hasta ahora.

El regreso de Rush en los Juno Awards

El pasado 29 de marzo, Rush hizo su primera aparición con Anika Nilles en batería, durante los Juno Awards, en el TD Coliseum de Ontario. Tocaron Finding my way, el primer tema del primer disco del grupo. La interpretación de Anika es precisa y limpia, mostrando sus credenciales y convenciendo a los seguidores de la banda. El video fue subido a YouTube esa misma noche y actualmente, tres semanas después, supera ya los dos millones de visualizaciones.

La presentación que nadie anticipó -fue una verdadera sorpresa con la que empezó la ceremonia de entrega de los Grammy canadienses- permite ver cómo sonará Rush en The Fifty Something Tour. El bajo de Geddy Lee es perfección absoluta mientras que su voz, aunque suena bien, ya no registra los legendarios alaridos de antaño -sería irracional esperar eso- pero la técnica que usa actualmente le permite llegar a notas altas sin desentonar. Alex Lifeson es garantía de riffs y solos electrizantes. Al lado izquierdo Loren Gold, un joven y experimentado músico de sesión que viene trabajando con todos, desde Hilary Duff hasta The Who y Chicago, apoya en teclados y coros.

Y detrás, Anika, la sorprendente baterista alemana que cumplirá 43 años a fines de mayo y, a juzgar por su presentación en los Juno, ya está lista para afrontar el enorme desafío de cubrir a Neil Peart, uno de los bateristas más admirados en la comunidad mundial de músicos. “En la primera sesión de ensayos, nos dedicamos a hablar de Neil, de cómo captar su forma de pensar, su feeling”, declaró recientemente a Classic Rock. Más allá de una que otra mezquindad publicada en internet, lo que prima entre los seguidores de Rush es la entusiasmada expectativa que ha despertado su presencia.

Anika Nilles: ¿De dónde salió?

Anika Nilles toca batería desde los seis años. Posee un estilo fluido y polirrítmico que fue desarrollando por su dedicación a la práctica y su amor por el jazz fusión. Comenzó a publicar videos en YouTube con sus composiciones en el año 2013, lo que la llevó a realizar cursos, primero en su país Alemania y luego en otros. Desde hace algunos años, es parte del equipo docente del website Drumeo.com, con sede en Canadá. La revista norteamericana DRUM! la eligió la mejor baterista los años 2015 y 2016.

Sus videos tutoriales y canciones la fueron haciendo conocida en la comunidad de bateristas, al punto de ser portada en la revista especializada Modern Drummer, una de las más conocidas del rubro. Nilles tiene su propia banda, Nevell, con la que ha publicado hasta el momento tres álbumes -Pikalar (2017), For a colorful soul (2020) y False truth (2025). Aquí podemos verla en acción, tocando Shine y Pikalar, dos de sus composiciones, donde podemos apreciar su capacidad técnica y sentido del ritmo.

Entre mayo y noviembre del 2022, Anika Nilles se unió a la banda de Jeff Beck para la que sería la última gira del célebre guitarrista, antes de su fallecimiento. El 22 y 23 de mayo del 2023 participó en los dos conciertos-tributo a Beck en el Royal Albert Hall de Londres, en una banda que incluyó a estrellas como Eric Clapton, Billy Gibbons (ZZ Top), Ronnie Wood (The Rolling Stones), Rod Stewart, entre otros. Sobre el desafío de tocar con Rush, Anika explica: “El estilo de Neil Peart era muy enérgico, algo con lo que me siento muy cómoda. También me encanta tocar enérgicamente. Además, siempre ponía cosas nuevas a las canciones, nunca se repetía a sí mismo, eso lo hace más emocionante”.

[Música Maestro] Desde hace varias semanas me venían apareciendo sus reels en Instagram y Facebook, pero no me animaba a subirles el volumen. La imagen era llamativa, algo absurda, con dos o tres elementos que coincidían con mis búsquedas habituales, entre el metal, el rock progresivo, el jazz y el funk: una guitarra double neck -o sea guitarra y bajo a la vez-, disfraces extravagantes y movimientos que me permitían intuir ritmos no convencionales. Solo dos músicos en un ambiente muy bien iluminado y una escenografía simple que coincidía con sus trajes, interpretando sabe Dios qué. “Otro día…”, pensaba, cada vez que el algoritmo me los sugería.

La semana pasada, navegando por YouTube, me conecté al siempre interesante canal de Rick Beato y, en una de sus últimas miniaturas, aparecía con rostro de desconcierto, flanqueado por las imágenes de aquellos dos extraños personajes y al centro, en grandes caracteres, la pregunta “What is this?” (“¿Qué es esto?”). Debajo de ese texto, una frase en francés que claramente era el nombre del dúo. Mientras, el título del video tenía otra oración sugerente: “Please STOP sending me this” (“Por favor, DEJEN de enviarme esto”). Era momento de darle play.

Beato, experto productor y talentoso músico, una autoridad en todo lo relacionado a la historia y actualidad de la industria discográfica anglosajona, a quien siempre recurro por sus didácticos enfoques y profundas entrevistas a figuras -músicos, compositores, productores- del pop-rock y jazz de distintas épocas, comentó en su video de nueve minutos de duración que sus redes sociales y canales de contacto estaban saturados de mensajes solicitándole -casi rogándole en realidad- su opinión acerca de este nuevo fenómeno que estaba viralizándose por todas partes. Correos electrónicos, superchats, WhatsApps desde diferentes lugares del mundo. Y, bueno, decidió ocuparse del tema. Y yo decidí revisar su video. Lo que vi y escuché me sorprendió tanto como a él.

Un viral diferente

Cuando escuchaba el relato del YouTuber acerca del por qué no atendía el pedido de sus miles de seguidores, me sentí plenamente identificado con esa actitud. Generalmente, no reacciono a los virales porque tengo claro que son golpes de efecto producidos por cuestiones pasajeras, alguna ocurrencia graciosa o extrema pero sin sustancia, un “reto” que nace en un garage o en un jardín y luego es replicado por influencers, estrellas de cine y farándula -local y/o extranjera-, o cualquier otra imagen que, por divertida, grotesca o ridícula, llama la atención de las masas cibernautas.

Sin embargo, esto resultó ser otra cosa. El video matriz, del cual se vienen desprendiendo todos esos reels desde febrero, es una presentación de casi media hora, parte de un festival organizado por la revista musical francesa Les Trans y la escuela de artes ESMA (École Supérieure des Métiers Artistiques), retransmitido por el sintonizado canal de la KEXP, emisora norteamericana asociada a la NPR, la de los Tiny Desk Concerts. La tocada se realizó en un estudio de la ciudad de Rennes, al norte de Francia, sede de uno de los enormes campus de esta institución educativa privada que ofrece programas de lo más atractivos, diversos y tecnológicamente actualizados.

Una digresión coyuntural: una ola de envidia sana recorrió mi organismo al ver esa imponente infraestructura -moderna, sofisticada, funcional- puesta al servicio de la educación creativa, audiovisual y artística de cientos de jóvenes franceses, después de escuchar las “propuestas” balbuceadas por diminutas candidaturas para una educación peruana sumida en el abandono, la mediocridad y la corrupción. El eslogan de ESMA lo dice todo: “El arte es serio”.

Un nuevo capítulo del “shock-rock”

En francés, “angine de poitrine” significa “angina de pecho”, una dolencia que puede ser prólogo de un infarto. Extraño nombre para un grupo musical, sobre todo si tomamos en cuenta que hay muy pocas bandas conocidas con nombres de enfermedades físicas.

Pienso, por ejemplo, en los vascos de Eskorbuto, los peruanos Leusemia -ambos representantes del punk en castellano-, los neoyorquinos indierockers The Strokes o los inclasificables británicos Cardiacs -curiosamente, ambos relacionados a males coronarios- mientras que, en géneros más extremos del metal abundan nombres inspirados en condiciones mentales, referencias bíblicas-satánicas o incluso agentes bacteriológicos y contaminantes.

Angine de Poitrine es el nombre de este dúo de músicos canadienses que, siguiendo una tradición iniciada hace más de cincuenta años por Kiss y Alice Cooper, se presentan al público ocultando sus identidades. Pero, si “la banda más caliente del mundo” o el rey del hard-rock teatral dejaban bastante claro que había seres humanos detrás de sus pinturas faciales, pelucas, disfraces y coreografías, esta pareja opta por crear la ilusión de que son extraterrestres de punta a cabo.

Pero no en el estilo de los norteamericanos Gwar y sus clones fineses Lordi, que representan a monstruos amenazantes y lascivos, sino más en la onda misteriosa y cínica de The Residents, llevando un nivel más allá lo que hemos visto en artistas como el guitarrista Buckethead, los numetal de Slipknot o Les Claypool, bajista y líder de Primus y otros proyectos musicales quien, a menudo, sale al escenario usando máscaras antropomórficas o sombreros extraños, una tradición que también tiene sus orígenes en el rock clásico, como son los casos de Genesis o The Crazy World of Arthur Brown. El “shock rock” es todo un subgénero del que Angine de Poitrine viene a conformar un capítulo nuevo y particularmente fascinante por sus intrincados detalles.

Angine de Poitrine: Generales de ley

Khn de Poitrine (guitarras, bajos, pedales secuenciadores) y Klek de Poitrine (batería) son los ¿nombres? de estos músicos que, según indica su web oficial, tocan juntos desde que son adolescentes. Se comunican a través de enigmáticas señas -un triángulo que arman con las manos, los brazos abiertos haciendo ondas- y un ¿idioma? propio basado en sonidos distorsionados y robóticos imposibles de reproducir con voces humanas. Salvo el nombre del grupo, nada de lo que ¿dicen? se entiende.

Esto tampoco es una novedad, estrictamente hablando, si recordamos el idioma “kobaïan”, creado por el baterista francés Christian Vander (78), factótum de Magma, una de las principales bandas de rock progresivo europeo no británico. O las palabras carentes de sentido que Charly García inventó para cifrar los mensajes antidictadura de varias canciones emblemáticas de Serú Girán (1978-1982), quizás inspiradas en el glíglico cortazariano.

Aunque parece claro que son dos hombres jóvenes -por complexión, por movimientos- nadie está en capacidad de saber las edades reales de Khn y Klek de Poitrine. Tampoco conocemos sus verdaderos nombres, por supuesto. El único dato concreto es que llegaron no desde alguna galaxia desconocida sino  de Quebec, la colorida región francófona que se extiende por todo el oriente canadiense, pegada al Atlántico.

Como dice la sumilla de la página web oficial del dúo: “Angine de Poitrine es un proyecto artístico anónimo. Cualquier especulación acerca de la identidad de sus integrantes no está verificada, no cuenta con el respaldo del grupo y podría constituir una invasión de la privacidad”. En tiempos en que el exhibicionismo descarnado es la norma, este único hecho ya constituye un acto contracultural que merece atención.

Rock progresivo y música microtonal

Las canciones de Angine de Poitrine son fundamentalmente instrumentales, con esporádicas exclamaciones ininteligibles de ambos músicos en distintos momentos de algunas de ellas. Para el oído experto, las influencias son muy claras. Sus riffs recuerdan principalmente a King Crimson -canciones como Frame by frame (1981) o Larks’ tongues in aspic (1973) me vienen a la mente de inmediato – y la dinámica de cada instrumentista tiene características muy marcadas.

La guitarra/bajo posee el vértigo de los mejores momentos de Rush y Primus, sazonado con disonancias y polirritmos muy complejos, “zappaescos” como declaró recientemente Khn en la revista especializada Noize Magazine. Por su parte, la batería muestra el pulso y la potencia de Neu! y Can, estrellas del krautrock alemán, con arranques de funk y jazz fusión.

En general, la música que hacen viene catalogándose como math-rock (rock matemático), rótulo que la crítica especializada atribuye a este estilo por la precisión que requiere su ejecución, cuyos orígenes podemos ubicar también en la década de los años setenta. Sin embargo, todo este bagaje extraído de otras épocas es enriquecido por la forma en que estos canadienses componen y tocan, haciendo de su interpretación una experiencia realmente innovadora y peculiar.

Khn usa un instrumento de doble diapasón, como en el pasado lo han hecho Mike Rutherford (Genesis), Geddy Lee (Rush) o Chris Squire (Yes), un motivo adicional para asociarlo al prog-rock más tradicional. El detalle está en su configuración microtonal, con mayor cantidad de trastes ubicados a muy corta distancia entre sí, diseñada especialmente para él por el luthier Raphaël Le Breton.

Este trasteado convierte las mínimas variaciones ubicadas en los intervalos que todos conocemos -los semitonos de la teoría musical de Occidente- en notas separadas unas de otras, lo cual permite crear líneas disonantes combinando tensión y fluidez. La música microtonal, por cierto, se practica desde hace siglos en civilizaciones del sudeste asiático como Indonesia y en la India. De hecho, Robert Fripp se inspiró en ese estilo para mucho de lo que compuso en King Crimson, durante el periodo 1981-1983 que analizamos en esta nota.

Adicionalmente, maneja con los pies una extensa pedalera de secuenciadores –loops– para generar capas y capas de riffs, melodías y solos que va superponiendo unos sobre otros, mientras que su ¿hermano? Klek le da fondo con una batería de golpes secos -la cubre con una tela para conseguir ese efecto- y de pocos elementos, si la comparamos con las de Neil Peart, Phil Collins o Bill Bruford -solo por mencionar a tres bateristas clásicos de prog-rock-, pero que sorprende por la facilidad con la que desarrolla patrones rítmicos irregulares sin perder el paso.

¿Y de qué están disfrazados?

Aunque es difícil de determinar, una cosa es segura. Es imposible que los Angine de Poitrine pasen desapercibidos. En los videos y reels que andan circulando por el ciberespacio, va descubriéndose que, además de verse extraordinariamente bizarros, tienen la intención de generar misterio respecto de sus costumbres, procedencias y personalidades, desarrollando una historia detrás de la música que tiene el potencial de acercarlos a públicos masivos incapaces de entender lo que tocan, más atraídos por el aspecto visual de su propuesta artística.

En líneas generales, sus atuendos poseen el mismo diseño, pero cada uno funciona como el negativo del otro, en modo que nos recuerda a la oposición gráfica y cromática del yin y el yang, principio fundamental del taoísmo chino. Mientras Khn, el guitarrista/bajista, usa máscara blanca con puntos negros -el yang, elemento masculino-; la del baterista Klek es negra con puntos blancos -el yin, elemento femenino.

Esta dicotomía complementaria, también influenciada por el cubismo y el dadaísmo de posguerra, se repite en todo lo que los rodea, desde las vestimentas hasta los instrumentos y las paredes. Otra característica común son las prominentes narices que parecen inspiradas en cierta especie de simio asiático, aunque también podríamos relacionarlas al dualismo taoísta. Mientras la nariz blanca -masculina- es firme y horizontal, la negra -femenina- es flácida y móvil.

Khn lleva sobre la cabeza un enorme ¿casco? blanco en forma de campana o pirámide trunca puesta al revés. En lugar de ojos definidos vemos signos de dólar. El pelo y la barba, de color naranja, son como sogas y su vestimenta negra lo cubre de cuello a tobillos. Las manos y pies, que necesita libres para tocar y manipular la pedalera, están también pintados de blanco.

En el caso de Klek, la cabeza negra es larga y tubular, con una pequeña ventana en la parte baja -una boca falsa- a través de la cual asoman los verdaderos ojos del baterista y termina en una diminuta pirámide dorada. Los falsos ojos, ubicados en la parte alta, también tienen esa forma piramidal. Su ropa es blanca y suelta, para permitir la movilidad de brazos y piernas, indispensables para tocar. Ambos llevan -Khn en el centro del casco, Klek en el centro del pecho- un triángulo dorado sobre el cual colocan sus manos, replicando esa figura geométrica, para saludarse entre sí y al público.

La música de Angine de Poitrine

“Cuando yo era niño pensaba que así iba a sonar la música en el 2026… ¡y aquí estamos!” escribió Mike Portnoy en sus redes sociales, luego de escucharlos. Rick Beato coincidió casi al milímetro con el baterista de Dream Theater, uno de los mejores músicos de su generación, al escribir que “así es como imagino que debe sonar la música en el futuro”. Como ellos, otras personalidades del rock mundial también han reaccionado con admiración ante este grupo cuya agenda de presentaciones en festivales no hace más que crecer.

En total han grabado doce canciones, distribuidas en dos discos de seis temas cada uno. Su primer álbum, Vol. I, apareció en junio del 2024 y el segundo, titulado simplemente Vol. II, acaba de lanzarse los primeros días de abril, con gran expectativa tras el impacto de su presentación en KEXP que, en solo un mes y medio, ya supera los siete millones de visualizaciones. Ambos están disponibles en formato digital y en vinilo a través de su cuenta en BandCamp.

Tienen fechas de conciertos en Estados Unidos, Canadá y Europa programadas hasta noviembre de este año y sus imágenes siguen llenando las redes sociales, captando cada vez más y más seguidores. Ya sea por curiosidad o por genuino apego a la música virtuosamente tocada y difícil de escuchar, el revuelo que ocasiona Angine de Poitrine a nivel mundial está lanzando un mensaje de resistencia contemporánea frente a la homogeneización de contenidos musicales que propone el pop-rock actual, desde Lady Gaga y Coldplay hasta Beyoncé y Shakira. ¿Se puede ser viral sonando como King Crimson y sin recurrir a la IA en el año 2026? Este dúo canadiense está demostrando que sí.

[Música Maestro] La semana pasada, el viernes 27 de marzo para ser exactos, fue el lanzamiento oficial de Honora, primer álbum como solista de Flea, reconocido integrante de los Red Hot Chili Peppers. El extraordinario músico sorprende al mundo con un disco de jazz, en el que además de su característico bajo toca la trompeta, su primer instrumento. Con Honora, Flea cierra un círculo que estaba abierto desde su más temprana infancia. El pretexto perfecto para hablar de su carrera, de su disco y de ese instrumento que domina como pocos.

Un instrumento de perfil… bajo

En setenta años de historia, el rock -como todo fenómeno sociocultural- ha generado sus propios códigos, lenguajes, símbolos y galería de personajes. De ellos, el más emblemático quizás sea el “héroe de la guitarra” o, como se dice en inglés, “guitar hero”, el guitarrista líder de aspecto poderoso y sobrenatural capaz de hacer que el mundo dé vueltas alrededor suyo con solo un movimiento de su brazo derecho (o izquierdo).

A través de las décadas han surgido incontables héroes de la guitarra -Hendrix, Page, Clapton, May, Van Halen, Satriani, Vai, Morello, White-, desde los fantasmagóricos y contemplativos hasta los extravagantes e innovadores. Hasta un videojuego se creó -Guitar Hero-, instalando el concepto en el siglo XXI como legado de la cultura popular del siglo anterior que se va transformando y adaptando a los tiempos modernos.

Y siempre, detrás de los dinámicos guitarristas que, con sus electrizantes solos y contundentes riffs acaparan los reflectores, están los bajistas. Aunque generalmente se les identifica con una actitud más conservadora, siempre detrás sosteniendo las armazones rítmicas de ensambles rockeros de todo tipo, la función que cumple el bajo es tan o más importante que la de las guitarras. Además, pueden llegar a ser tan extravagantes y hasta apropiarse del escenario, como los guitarristas.

Héroes del bajo

Las décadas doradas del rock clásico también produjeron una larga lista de nombres de ejecutantes de este instrumento que, a diferencia de la guitarra, no nació como evolución de instrumentos populares de civilizaciones europeas y orientales de la antigüedad -cítaras, vihuelas, laúdes- para posteriormente electrificarse, sino como adaptación directa del mundo clásico estrictamente europeo -el contrabajo del siglo XVI- para tener una versión portátil y amplificada.

Desde que la fábrica de Fender puso en circulación su modelo de bajo eléctrico Fender Precision Bass, a inicios de los años cincuenta, mucha agua ha corrido por los puentes de este popular instrumento, base rítmica para grupos de jazz, pop-rock, metal, punk, salsa, latin-jazz y todos los otros géneros que se puedan imaginar. Hoy existen muchas otras formas, efectos y marcas, con cuatro cuerdas -configuración original inspirada en el contrabajo- cinco y hasta seis.

Entre los héroes del bajo rockero, que son muchísimos, podemos mencionar por ejemplo a John Paul Jones (Led Zeppelin), moderado y virtuoso; Chris Squire (Yes), rotundo e inconfundible; Geddy Lee (Rush), dinámico y pesado. Si hablamos de jazz, la lista es tan grande que merecería un artículo aparte. Y en la salsa o el jazz latino, la próxima vez que escuchen temas de la Fania, o las grabaciones de Héctor Lavoe, Willie Colón y Rubén Blades, préstenles atención a las líneas de bajo de los portorriqueños Bobby Valentín y Salvador Cuevas, por un lado; y a las del cubano Carlos del Puerto (Irakere) o su hijo, Carlitos del Puerto Jr., uno de los mejores actualmente.

Los tumultuosos inicios de Flea

La primera vez que escuché a los Red Hot Chili Peppers fue en Disco Club, a través del videoclip de un cover de Higher ground, contenido en Mother’s milk (1989), su cuarto LP. Las imágenes mostraban a un cuarteto de jóvenes blancos que más parecían integrantes de una pandilla punk, tocando a velocidad y con distorsión típica del rock alternativo/grunge, el acompasado clásico de Stevie Wonder (LP Innervisions, 1973). Al inicio del video, un bajista de aspecto amenazante -torso desnudo, ceño fruncido, pelo amarillo, tatuajes, movimientos agresivos- replica con alucinante exactitud la línea introductoria que Wonder lanza desde su característico clavinet Hohner.

El artista conocido mundialmente como Flea –“Pulga” en inglés- construyó su carrera musical en la escena del punk y el metal de Los Angeles, ciudad a la que llegó a los 10 años con su madre Patricia, su hermana Karyn y su padrastro, un contrabajista de jazz. Su verdadero nombre es Michael Balzary y había nacido en Australia en 1962. Su padre, de nacionalidad húngara, se separó de la familia cuando él tenía solo 9 años. Walter Urban, su padrastro, solía organizar en casa tóxicas sesiones de jazz en las que caían los más grandes. El pequeño Michael vio en acción, a poquísima distancia, a Dizzy Gillespie, Coleman Hawkins, Miles Davis y muchos otros.

Sin embargo, su vida familiar no fue para nada sencilla ni perfecta. Urban padecía de un intenso alcoholismo que lo ponía violento, por lo que Flea, desde la adolescencia, se refugió en las calles y todos los peligros que ello traía. Así aparecieron las peleas, el consumo de marihuana y una conexión personal con la música fuerte que lo alejó de su primer amor, el jazz. Así conoció también a otro adolescente desadaptado, Anthony Kiedis, cantante en diversas bandas del barrio. Y al guitarrista Hillel Slovak, israelí de nacimiento pero afincado en Los Angeles con sus padres de origen eslavo. Los tres formaron en 1982, junto con el baterista Jack Irons, la primera alineación de The Red Hot Chili Peppers, a la postre una de las bandas más exitosas de los años noventa.

Red Hot Chili Peppers y la fama mundial

Entre 1982 y 1989, los Red Hot Chili Peppers atravesaron una serie de dificultades para encontrar su camino hacia el éxito. Sus cuatro primeros álbumes –The Red Hot Chili Peppers (1984), Freaky styley (1985), The uplift mofo party plan (1987) y Mother’s milk (1989)- pasaron bastante desapercibidos para la crítica especializada, a pesar de presentar una impresionante capacidad instrumental y una combinación auténtica de hip-hop, rock alternativo y funk.

Incluso el segundo álbum, Freaky styley, fue producido por el legendario George Clinton, líder de Parliament-Funkadelic. Salvo el mencionado cover de Higher ground y algunos otros temas –Get up and jump, Fight like a brave o Behind the sun– la onda de los RHCP no tuvo mayor impacto. La muerte por sobredosis de Slovak, en 1988, y los constantes cambios de baterista -Jack Irons, Cliff Martinez y hasta D.H. Peligro de los Dead Kennedys- hizo tambalear al proyecto de Kiedis y Flea. Sin embargo, la llegada de John Frusciante (guitarra, coros) y Chad Smith (batería) cambió todo.

Con esa formación -Kiedis, Flea, Frusciante y Smith- y un estratégico cambio de casa discográfica, de EMI Records a Warner Brothers, los Red Hot Chili Peppers levantaron vuelo. De ser una banda marginal en Los Angeles se convirtieron en un gigante que comenzó a llenar estadios y festivales en el mundo entero. Sus siguientes álbumes Blood sugar sex magik (1991), One hot minute (1995), en que Dave Navarro de Jane’s Addiction ocupó el lugar de John Frusciante quien se aisló de todo por problemas de salud mental y drogas -y donde Flea estrenó la primera canción que compuso a solas, la bizarra Pea– convirtieron al cuarteto en superestrellas, especialmente el primero, con canciones como Suck my kiss, Breaking the girl, Give it away o Under the bridge.

Para ese momento, estaba claro el estatus de Flea como el absoluto héroe del bajo de su generación. Junto con Les Claypool (Primus) y, en menor medida, Reginald “Fieldy” Arvizu (Korn) y Jeff Ament (Pearl Jam), el hiperactivo y dinámico fundador de Red Hot Chili Peppers se unió a esa lista de históricos y notables bajistas que lo precedieron. Influenciado por los máximos exponentes del funk y el jazz-fusión, pero con la energía desbordada de bajistas de punk, hard-rock y heavy metal, el estilo intenso y preciso de Flea se convirtió en marca registrada de su banda.

Californication y posterior desgaste del grupo

La idea de grabar un álbum como solista rondó la cabeza de Flea casi desde siempre. En la era del Blood sugar sex magik, Flea estuvo cerca de concretar ese anhelo, pero dio preferencia a invitaciones para colaborar con otros artistas. Por ejemplo, su bajo puede escucharse en Jagged little pill (1995), el tercer álbum de la canadiense Alanis Morrisette, así como en grabaciones de Tori Amos y Jane’s Addiction, con quienes incluso salió de gira.

Para fines de los noventa, el mundo de la música celebró el regreso de la formación más aclamada de los Red Hot Chili Peppers. Con John Frusciante de vuelta, el cuarteto tuvo un tremendo impacto global con Californication (1999), séptima producción en estudio que generó nuevos ingresos a su catálogo de éxitos como Around the world, el tema-título o Scar tissue, además de una paleta sonora más diversa con canciones como Parallel universe, densa y frenética; o Road trippin’, un tema acústico cercano al country.

El grupo siguió adelante con By the way (2002) y Stadium Arcadium (2006), extensos y algo repetitivos, aunque con ideas musicales interesantes siempre determinadas por el desempeño de Flea. Canciones como By the way o Hump de bump, son buenos ejemplos. Aunque en conciertos seguían siendo una gran atracción, sus producciones comenzaron a carecer del riesgo que sostuvieron hasta Californication. En sus últimos discos –I’m with you (2011), The getaway (2016), Unlimited love (2022) y Return of the dream canteen (2022)-, los Red Hot Chili Peppers mantienen su evolución musical con el peso y solvencia de los años, pero sin el filo de sus tiempos juveniles.

Flea y su pasión por la trompeta

“Recuerdo haber visto en casa a Dizzy Gillespie”, le contó hace la semana pasada al humorista Jimmy Fallon, conductor del sintonizado programa de la TV norteamericana The Tonight Show, como parte de la campaña promocional de Honora. “Me abrazó y hasta ahora recuerdo el aroma de su colonia, su amabilidad” dijo, además de contar que la trompeta fue su primer instrumento.

La trompeta es la principal protagonista de Honora, el sorprendente álbum de jazz con el que Flea cumple su propósito de grabar un disco en solitario. Previamente, en el 2012, había lanzado un EP con seis temas propios en clave de música experimental, electrónica y jazz, titulado Helen burns, donde despliega la pasión que le produce este instrumento de viento que aprendió a tocar escuchando a los mejores: Miles Davis, Chet Baker, Lee Morgan.

En varios conciertos de los Red Hot Chili Peppers se le puede ver tocándola, como en este segmento del DVD Live at Slane Castle (2003), en que sale enfundado en un traje negro con estampado de esqueleto, como lo hiciera antes uno de sus ídolos, John Entwistle, bajista de The Who. Incluso hay un video en YouTube de un concierto de Nirvana en Brasil, en 1993, en que Flea aparece como invitado durante Smells like teen spirit, haciendo líneas de delirante jazz con la trompeta en la parte final de este himno del grunge. Una rareza digna de ver y escuchar.

El momento actual de Flea

En una entrevista con el productor, músico y youtuber Rick Beato, también promocionando Honora, Flea reflexiona sobre vida, sus altibajos y su momento actual que incluye las celebraciones por el aniversario 25 del Conservatorio de Música de Silverlake, institución educativa sin fines de lucro que fundó en el 2001 en California para apoyar a niños de bajos recursos a encontrar su camino en la industria musical. Aquí podemos verlo tocando con sus alumnos.

Flea -apelativo que le pusieron desde pequeño porque no podía quedarse quieto ni un minuto-, es un bajista frenético, de una gestualidad agresiva e impredecible. Salta, se retuerce, sacude cabeza, brazos y piernas, todo mientras toca con sorprendente precisión intensos ritmos de funk-rock con recursos técnicamente refinados y complejos. Pero, cuando sopla la trompeta, su ser ingresa en una calma suave y acompasada, como en esta actuación junto a Patti Smith (ver aquí).

Tiene una condición física envidiable -llegó caminando de manos al programa de Jimmy Fallon la semana pasada, una verdadera proeza para un hombre de 63 años- y una impresionante rapidez mental. En sus respuestas, aflora esa espiritualidad que desde hace algunos años adoptó como tabla de salvación de una vida llena de exceso y peligro. Honora, su disco, le hace justicia a esta evolución artística y personal.

Las canciones de Honora

A diferencia de Helen burns, Honora es un disco de jazz orgánico, sin excesivas intromisiones de bases electrónicas. Solo tres de sus diez canciones se difundieron de manera oficial, antes del 27 de marzo. La primera de ellas, titulada A plea, es un ejercicio de acid jazz que, en un videoclip de siete minutos, muestra al siempre desenfadado y epiléptico Flea rodeado de niñas y niños mientras grita al mundo -a los políticos, a los empresarios, a los artistas- la necesidad de recuperar el amor en el mundo y evitar las guerras, un mensaje muy a tono con las dificultades que atraviesa actualmente Estados Unidos por los caprichos de su presidente.

La segunda, Traffic lights, presenta una colaboración vocal del líder de los ingleses Radiohead, Thom Yorke, con quien Flea coincidió algunos años atrás en un proyecto denominado Atoms For Peace. La canción posee un aura hipnótica que se nutre del smooth jazz y, nuevamente, el bajo y la trompeta de Flea serpentean sobre una melodía coescrita por él, Yorke y el tecladista Josh Johnson. La tercera, presentada en vivo en el programa de Fallon, es un cover del rapero Frank Ocean, un tema llamado Thinkin’ about you que Flea transforma en una sofisticada balada jazz, tocando bajo y trompeta a la vez, con inteligentes arreglos ejecutados por su solvente banda.

Honora contiene seis composiciones originales de Flea y cuatro de otros artistas. Además de la mencionada Thinkin’ about you, destacan Maggot brain, tema-título del tercer disco de Funkadelic, que la guitarra de Eddie Hazel convirtió en himno del rock psicodélico en 1971; el clásico del country Wichita lineman con participación vocal del australiano Nick Cave; y la balada jazz de 1932 Willow weep for me, escrita por Ann Ronell y grabada a través de los años por luminarias como Billie Holiday, Frank Sinatra, entre otros.

Este álbum es una de las mejores noticias en lo que va del año en términos de lanzamientos discográficos, un homenaje al jazz que llega gracias a uno de los músicos más irreverentes, auténticos y talentosos de los últimos 35 años que, de esta manera, agradece tanto su propia sobrevivencia a diversas dificultades -abuso y abandono juvenil, adicciones, diversas experiencias traumáticas- como la de aquel bagaje sonoro que nutrió su trayectoria. La carátula de Honora es una foto artística de una mujer con una paloma blanca sobre el hombro. La modelo es Shahin Badiyan, madre iraní de su actual esposa, Melody Ehsani.

[OPINIÓN] En el tramo final de este aciago proceso electorero, en el que se han combinado vicios antiguos de la politiquería local -ataques arteros, alianzas oportunistas, cartelones ridículos- con vicios modernos -la incorporación de la IA para generar spots que van de lo abiertamente difamador a lo divertido- llegamos a la conclusión de que, como dijo en uno de sus últimos podcasts César Hildebrandt, debieron ser solo ocho candidatos como máximo porque los demás están demás.

Ya estamos, luego de varios meses de idas y vueltas, de negociaciones y tachas, de terruqueos y especulaciones, a siete días. El panorama es más impredecible que nunca, a pesar de que las tendencias permitan a analistas de datos y expertos en la lectura de encuestas ofrecer pronósticos, los cuales a menudo se sazonan con sus respectivos sesgos y preferencias.

El próximo domingo 12 de abril, aun en estas condiciones tan precarias, será un día en el que se consagrará uno de los ejercicios democráticos fundamentales. Salir a votar sigue siendo una responsabilidad, un deber penoso que, a un tiempo, es un derecho, quizás el más importante de todos, el de expresar una voluntad frente al cambio de gobierno.

Lastimosamente, como se viene demostrando desde hace varios lustros, esa voluntad colectiva no representa ni se acerca al sentir del país en su conjunto. Muchos factores confluyen para ello, desde el tradicional ausentismo que ni siquiera las amenazas de multa logran amainar -es un comentario común en las sobremesas, desde que tengo uso de razón, aquello de que “si no fueran obligatorias nadie iría”- hasta la posibilidad de que, en este caso específico, una cantidad indeterminada pero no menor de electores anularán involuntariamente sus votos por las dificultades que encontrarán al recibir las cédulas, confusas, largas, de letras y símbolos microscópicos.

La cereza del pastel es, por supuesto, la atomización de votos que precisamente impone esta treintena de opciones. Se trata de una dinámica que ya no es desconocida en el Perú pero que, en esta oportunidad, supera toda medida. Ávidos de poder, hinchados de ego, hombres y mujeres que debieron conformar un frente común en contra de lo que hoy (casi) todos consideramos un pacto mafioso se dispararon en candidaturas individuales con símbolos nuevos, muchos de los cuales nadie será capaz de ubicar ni antes ni después del 12 de abril. Esas candidaturas estaban condenadas a pasar desapercibidas.

Es cierto que dos o hasta tres de ellas actualmente se ubican en posición expectante en el tramo final. Pero eso no hace más que confirmar la crítica pues habría sido mucho mejor que esos dos fuesen una sola fuerza, aglutinando en torno de la idea de la decencia versus la corrupción a la suma de aquellos votantes que, este domingo, viven el sueño de ser muy diferentes entre sí, en una infértil discusión que, lejos de expresar una diferenciación político-ideológica, lo que hace es demostrar la presencia de intereses sectarios. Si estaba tan claro que “el enemigo está al frente” ¿por qué no se unieron todos para combatirlo?

Por supuesto que no, a siete días de la votación, ya no hay nada que hacer. Este desmadre es lo que hay y, en ese sentido, el ejercicio de reflexión se convierte en una catarsis igual de inservible que el objeto que la provoca. Hacer cálculos, votos útiles o estratégicos, definir micro posturas por lealtad, terquedad o simple deseo de dar la contra. Y cruzar los dedos.

Porque ya no solo basta pensar en solicitar endoses y apoyos masivos para quien pase a segunda vuelta con Fujimori o con López Aliaga. Porque ese también podría ser un gran problema (¿Álvarez? ¿Sánchez?). O porque la segunda vuelta podría ser entre lo naranja y lo celeste, lo cual equivaldría a decidir si el país va a suicidarse lanzándose desde el balcón o desde la ventana de atrás del edificio. En su última semana, con debates agotados y encuestas prohibidas, el proceso de elecciones generales 2026, el octavo en el que participo como votantes, deja a los verdaderos peruanos de bien sin saber por quién votar.

[Música Maestro] Muchas veces me he preguntado por qué en nuestro país, a diferencia de otros de la región como México, Argentina, Colombia o Brasil, las expresiones nacionales de música popular no forman parte de la educación emocional de las grandes mayorías, por lo menos en Lima.

Y aunque he logrado ensayar varias respuestas que redundan siempre en lo mismo -el racismo, la autodiscriminación, el “síndrome colonial” como diría Manuelcha Prado, el fracaso del sistema educativo-, ninguna logra justificar cómo es que el tiempo ha pasado y nadie mostró algún interés por corregir esa carencia que nos empequeñece como nación.

La autoestima de los países se construye, entre otras cosas, a través de su arte popular, por lo que resulta vergonzoso que, más allá de los homenajes oficiales -los velatorios en el Ministerio de Cultura, los reportajes de cinco minutos por aquí y por allá- y de las genuinas demostraciones de pesar de familiares, colegas, amigos, paisanos y conocedores, tanto los logros en vida como los fallecimientos de verdaderos orgullos nacionales pasen desapercibidos para el gran público.

La música nacional de luto y el público ni enterado

Esta semana fallecieron dos iconos de la música nacional. Por un lado, el acordeonista, guitarrista, cantante y compositor Jorge Núñez del Prado, integrante del legendario dúo Los Campesinos, que dejó este mundo el pasado 11 de marzo a los 89 años. Un folklorista de primera a quien, como mencionó en una columna el jurista Ronald Gamarra -probablemente el único opinólogo de Lima que se tomó el trabajo de hablar de su trayectoria, en el semanario Hildebrandt en sus Trece- será llorado y bailado a la vez este julio, en las fiestas de su querida Paucartambo (Cusco), con las procesiones y los saqras colgados de las ventanas, musicalizando las comparsas con sus alegres huaynos y carnavales.

Y el segundo fue este fin de semana, el sábado 28 de marzo, una luminaria de la guitarra criolla, un innovador que destacó como compositor, arreglista y acompañante de destacadas figuras de la música, no solo en el Perú sino también en muchos otros países, particularmente en Argentina, al que consideraba su segunda patria.

A diferencia de don Jorge, que era un artista de puertas para adentro, conocidísimo en su región pero anónimo en Lima, especialmente para las nuevas generaciones; Lucho González Cárpena abrió su panorama artístico casi de manera involuntaria, desde niño -vivió en Buenos Aires hasta los 16 años- y desarrolló su exitosa carrera musical entre valses, marineras, chacareras y zambas. Falleció a los 79 años y, aunque hablaba con dejo argentino, a raíz de su niñez transcurrida allá, cuando tocaba era el Perú lo que brotaba de sus virtuosos dedos.

De Chabuca Granda a Mercedes Sosa

A Lucho González la música criolla le venía de familia. Su padre Javier era uno de los integrantes de Los Trovadores del Perú, uno de los conjuntos más importantes del periodo dorado del folklore costeño. Aprendió a tocar desde muy pequeño y se puso a estudiar de forma empírica. Aunque había nacido en Lima, antes de cumplir seis meses de vida su familia se instaló en la capital argentina, donde creció su amor por la música.

Cuentan que muchos artistas, entre peruanos y argentinos, visitaban a su padre, así como importantes políticos apristas exiliados durante el gobierno de la junta militar, lo que permite concluir que don Javier, a quien recordamos por su interpretación de 1945 del conocido vals Provinciano de Laureano Martínez Smart (1903-1964) -que en los setenta hiciera suya Luis Abanto Morales, agregándole el artículo “El” delante en el título- o el clásico de Pinglo, Mendicidad– simpatizaba, como muchos en esa época, con los ideales hayistas.

De regreso en Lima, Lucho conoció a los 21 años a Chabuca Granda, en ese entonces en su periodo más político, cuando componía canciones dedicadas al gobierno revolucionario de las fuerzas armadas de Velasco y a la gesta poética y de lucha social de Javier Heraud. Previamente, había grabado un LP con la reina y señora de la canción criolla, Jesús Vásquez, titulado A mi Perú cariñosamente (Sono Radio, 1971), con composiciones de Augusto Polo Campos, Mario Cavagnaro, entre otros. En ese histórico vinilo, González aparece en los créditos como responsable de bajos y guitarras.

El sexto álbum de la compositora de La flor de la canela, Paso de vencedores (Sono Radio, 1974), que contiene canciones como el tema-título, el sugerente landó Cardo o ceniza o la trilogía inspirada en el joven vate autor de El río –La herida oscura, Las flores buenas de Javier, El fusil del poeta– lleva como subtítulo “… con las guitarras de don Lucho González” y cuentan con sus arreglos y primera guitarra. Un lujo que todo peruano debería conocer.

Durante sus giras con Granda, González recorrió toda Hispanoamérica. Su relación concluyó ese mismo 1974, en que decidió irse a España para refinar sus estudios en composición y armonía. En esa época trabajó al lado de grandes nombres de la escena española, entre ellos la bolerista María Dolores Pradera, el cantautor argentino Alberto Cortez y la pareja Ana Belén y Víctor Manuel San José. Dos años después, recibió una llamada que revolucionó su vida artística. Mercedes Sosa, una de las intérpretes fundamentales del folklore argentino y la trova latinoamericana, lo invitó a unirse a su grupo para giras internacionales.

Carrera en Argentina: El trío

La experiencia junto a “La Negra” reforzó sus conexiones con el país en el que había crecido. De tal manera que, para inicios de los años ochenta Lucho González desapareció del radar de la música peruana casi por completo, salvo apariciones en grabaciones esporádicas y conciertos durante sus visitas al país, que han venido siendo recordadas por sus colegas en los días siguientes a su fallecimiento. En contraposición a ello, se convirtió en protagonista de un movimiento musical rioplatense que decidió combinar las raíces de su folklore con sonidos nuevos extraídos del jazz y el bossa nova.

En esa línea, es notable su alianza artística con una de las figuras más relevantes de la escena musical argentina, el pianista, compositor y productor Lito Vitale, de amplia versatilidad pues se ha movido desde siempre entre el jazz, el tango, el folklore, el rock y la música sinfónica, además de promover a artistas interesados en hacer avanzar las fusiones a través del sello discográfico Ciclo 3, que fundó con su madre Esther. En 1984 vio la luz el primer trabajo de ambos, acompañados del quenista Jorge Cumbo, uno de los integrantes de Urubamba, conjunto folklórico célebre por grabar con Paul Simon una de sus versiones de El cóndor pasa.

Simplemente conocidos como El Trío, Vitale, González y Cumbo produjeron una genialidad en la que brillan los tres instrumentistas con composiciones propias en ritmos típicos argentinos -zambas, chacareras- como Vidala del cuculí (Vitale), además de una exquisita versión de Alfonsina y el mar, composición entrañable de Ariel Ramírez y Félix Luna, inspirada en el drama suicida de la poeta modernista Alfonsina Storni (1892-1938) que acabó con su vida lanzándose al Mar del Plata, canción que Mercedes Sosa inmortalizara en su LP Mujeres argentinas (1969).

En aquel célebre disco de carátula verde acuarela con los nombres de los tres músicos en la parte superior y un texto de presentación a mano alzada, destaca Huayno-T, escrita por Jorge Cumbo, fallecido en el 2021; y dos temas originales de González, Antarqui y Zamba antara. Posteriormente, entre 1985-1987, Cumbo fue reemplazado por el saxofonista/quenista Bernardo Baraj, para dos álbumes más en la misma línea. Muchos años más tarde, González y Vitale volvieron a juntarse, esta vez con el reconocido vientista Rubén “El Mono” Izarrualde, para grabar un extraordinario CD titulado Cuando el río suena (1997).

Regreso al Perú con Los Hijos del Sol

El nombre de Lucho González volvió a sonar en el Perú en 1988, cuando apareció como uno de los integrantes y líderes de un proyecto musical armado por el producto peruano radicado en Miami, Ricardo Ghibellini. La visión del empresario y publicista fue reunir en un grupo a talentosos instrumentistas peruanos residentes en Estados Unidos para hacer un homenaje a la música de nuestro país.

Gracias a su amistad con varios de ellos, Ghibellini logró reunir en 1987 al connotado baterista Alex Acuña -famoso como miembro del grupo norteamericano de jazz-rock Weather Report- con los hermanos Ramón y Óscar Stagnaro (guitarra y bajo, respectivamente), con quienes coincidía todo el tiempo en sesiones de grabación. A ellos se unieron otros músicos destacados, entre ellos González quien asumió, junto a Acuña, la dirección musical del conjunto, bautizado como Los Hijos del Sol.

Para el rol de cantante escogieron nada menos que a Eva Ayllón, por entonces muy popular en el circuito de peñas criollas, en lo que sería su primer trabajo discográfico de perfil internacional. La producción, lanzada solo en formato de cassette y con dos videoclips de apoyo para las canciones El tamalito -escrita por Andrés Soto- y la salsa Ánimo y aliento, coescrita entre Acuña y González-, incluyó también una composición original de González, el instrumental Rumbeando al norte. La llegada de Los Hijos del Sol fue todo un acontecimiento cultural en el Perú de finales de los ochenta. El grupo se reunió para ofrecer dos conciertos en el Teatro Municipal, en 1989.

Los jóvenes públicos masivos de esa época no conocían la trayectoria de Lucho González y esta producción de Los Hijos del Sol lo puso delante de ojos y oídos nuevos -algo que también ocurrió, por supuesto, con los Stagnaro y Acuña-, a pesar de haber interactuado con algunos de los mejores músicos de la región. A partir de este trabajo con Los Hijos del Sol, la relación del eximio guitarrista con su país natal se reinició y se mantuvo sólida, lo mismo que su recargada agenda de grabaciones, proyectos musicales y conciertos, tanto en el Perú como en el extranjero.

Un guitarrista admirado

“Lucho González fue uno de los amores de mi vida. Una persona entrañable, artista apasionado y maestro bien dotado con el don de la música”, escribió Fito Páez en sus redes sociales, cuando se enteró de su fallecimiento. Pocos lo saben -aunque se ha mencionado en más de una de esas notas cortitas que suelen publicar los medios convencionales cuando un artista muere- pero González colaboró con su experta guitarra criolla en la grabación de dos canciones en las que el rosarino explora nuestra marinera.

La primera se llamó Detrás del muro de los lamentos, del exitoso álbum El amor después del amor (1992), donde incluso hizo los arreglos. Y la segunda fue Tu sonrisa inolvidable, un par de álbumes después, en Abre (1999), el mismo disco en el que aparecieron temas como Al lado del camino o Dos en la ciudad. “Tuve la suerte de verlo en acción. De tocar con él y verlo inventar riffs inextinguibles para esas canciones”, lo recuerda Fito en esta sentida despedida.

González, junto con Félix Casaverde, Ramón Stagnaro y Víctor “Coco” Salazar, encabeza a esa generación de guitarristas criollos que decidieron ir más allá del toque tradicional, inspirados en las innovaciones y patrones rítmicos de Carlos Hayre (1932-2012). los cuatro grabaron una versión de nuestro himno nacional, el año 1999, para un disco llamado Cuatro guitarras.

En ese sentido, influenció a toda una nueva hornada de guitarristas entre los que destacan Ernesto Hermoza y Yuri Juárez. Este último -alumno suyo en la academia que fundó en los sesenta con el también guitarrista Alejandro Palma exintegrante del grupo de rock Los Kreps-, también de amplia trayectoria en el cultivo de la nueva música criolla, de sonidos cosmopolitas y sofisticados, lamentó la muerte de González con un sentido mensaje por sus redes sociales. “Escuchándolo me enamoré del bordón, del arpegio, del golpe y del silencio con enjundia y la elegancia de sus canciones”.

También en 1999, fue invitado por el argentino Luis Salinas para un recital que compartieron con el español José Fernández Torres, más conocido como “Tomatito”. Allí, nuestro compatriota se luce interactuando con dos ídolos de la guitarra acústica contemporánea, aportando sus conocimientos de música criolla, negra y argentina con los escapes de jazz y tango de Salinas y el explosivo flamenco de Tomatito. Un disco indispensable para quienes disfrutan de la buena música tocada de manera orgánica, sin más adornos que el talento, la inventiva y la experiencia de manos curtidas en miles de recitales y ensayos, atrapando a los espíritus de la inspiración.

De jaranas, chacareras y trovas

El toque criollo de guitarra peruana es resultado de una maravillosa evolución artística que transformó a este popular instrumento de cuerdas -que llegó desde España con la Colonia- en sinónimo de nuestra identidad nacional. El sonido de Lucho González recogió, quizás mejor que ninguno otro de su generación, ese salero criollo y lo combinó con una gama de estilos provenientes de Argentina que guardan diversas similitudes con nuestras marineras y tonderos, haciendo de los bordones y trinos sus herramientas fundamentales.

Si Óscar Avilés, Alberto Urquizo y Pepe Torres representan el toque criollo tradicional, Lucho González y otros ya mencionados -Carlos Hayre, Félix Casaverde o Álvaro Lagos, el último de los que trabajó con Chabuca Granda, fallecido en el 2019- concibieron una forma innovadora y auténtica de modernizar ese repique sin caer en el disfuerzo o la fusión sin planificación.

No importa si uno lo escucha junto a Willy Terry, haciendo figuras criollas propias de una jarana de la Guardia Vieja o en alguno de los tantos discos que grabó con la cantautora peruana Carmina Cannavino (1962-2022), que desarrolló su carrera entre México, Argentina y Perú, en que su guitarra suena más sofisticada, su estilo es reconocible de inmediato, como quedó demostrado en su único disco en solitario, Esta parte del camino (EPSA, 2001).

Una de sus últimas producciones discográficas se llamó Coincidencias (2012), a dúo con una leyenda del rock argentino, Leo Sujatovich, quien alternara en álbumes clásicos como Porsuigieco (1976) cuando apenas tenía 16 años y fue uno de los principales colaboradores de Luis Alberto Spinetta, en los últimos discos de su proyecto de jazz-rock melódico Spinetta Jade -Los niños que escriben en el cielo (1981) y Bajo Belgrano (1983). En el álbum, Sujatovich y González exploran el tango moderno con composiciones propias así como de Astor Piazzolla y Pedro Aznar.

 

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