[Música Maestro] OTROSÍ: Mientras preparaba este artículo, me enteré del fallecimiento, a los 81 años, del saxofonista y flautista Walter Parazaider, uno de los fundadores de Chicago. Además de dominar todos los instrumentos de viento, tocaba también teclados y guitarra, especialmente en las baladas ochenteras del famoso grupo. El mundo sigue quedándose sin músicos de calidad, a merced de las simplonerías de Shakira y los reggaetoneros de pacotilla.

Peabo: Una voz espectacular

Para nadie es un secreto la capacidad vocal de los artistas afroamericanos, tanto hombres como mujeres, en cualquier época y estilo. Desde Stevie Wonder y Chaka Khan hasta Whitney Houston y D’Angelo, las voces negras han destacado siempre por su potencia, afinación y calidez, motivo de orgullo para los Estados Unidos. En ese amplio ecosistema de voces superdotadas, la de Robert “Peabo” Bryson brilló como ninguna otra durante la primera mitad de los noventa, cuando se hizo mundialmente conocido por colocar su poderoso y alto rango de tenor en dos inolvidables baladas que fueron temas centrales de exitosas películas animadas de los estudios Disney.

En una época en que la humanidad aun no desechaba del todo el romanticismo como fuente de inspiración y donde el entretenimiento para niños servía también para adultos en búsqueda de emociones y sentimientos blancos, estas canciones y filmes lograron convertirse en clásicos modernos, símbolos de todo lo que hoy muere diariamente bajo las aplastantes montañas de bosta reggaetonera y exhibicionismo barato que llegan desde cualquier parte del mundo.

Peabo Bryson falleció el pasado 2 de junio, a los 75 años, pocos días después de sufrir un infarto. Fue muy querido en Chile, pues participó en dos ocasiones en el Festival Viña del Mar, representando a Francia con la canción Let me try again, con la que se llevó la Gaviota de Plata en la competencia internacional el 2001 y luego, al año siguiente, como jurado, ocasión en la que ofreció un concierto donde junto a Andrea Tessa y Rachel, dos cantantes muy conocidas localmente, interpretó emblemáticas canciones de su repertorio.

Del R&B y el funk a las baladas cinematográficas

Entre 1976 y 1991, Peabo Bryson publicó trece álbumes, la mayoría de ellos para el sello Capitol Records, con los que fue abriéndose camino en el competitivo mundo del R&B, el soul y el funk. Bryson se integró a una ola de artistas capaces de conmover por la sensualidad y energía de sus voces, en géneros clásicos de la canción popular afroamericana. Hablamos de una época en que brillaban nombres como Earth Wind & Fire, Barry White, Lou Rawls o Marvin Gaye, muchos de los cuales venían desde más atrás, con un terreno ya conquistado.

En ese sentido, a pesar de la innegable calidad de su voz, Peabo solo logró colocar algunas de sus composiciones en los rankings como, por ejemplo, Feel the fire (Reach out for the sky, 1977), I’m so into you (Crosswinds, 1978) o If ever you’re in my arms again (Straight from the heart, 1984), probablemente su tema más difundido hasta ese momento y que, hasta ahora, puede escucharse en radios norteamericanas de música del recuerdo. Además de escribir baladas “para ayudar a los hombres a ser más sensibles”, Bryson se daba el tiempo para cortes más rítmicos, como Move your body (I am love, 1981), Underground music (Peabo, 1976) o Crosswinds (Crosswinds, 1978), con aires sofisticados que lo acercaban al cool-jazz de George Benson, Ray Parker Jr. o Al Jarreau.

A ese periodo pertenece el dueto Tonight I celebrate my love, otra de sus interpretaciones más destacadas, grabada junto a Roberta Flack para un LP titulado Born to love (1983). Tres años antes, el cantante ya había lanzado con la intérprete de Killing me softly with his song, fallecida el año pasado, el doble en vivo Live & more (1980). Pero después de 1991, el cantante y pianista pasó de ser medianamente conocido a convertirse en una superestrella del pop global gracias a dos temas de película.

Peabo Bryson y los estudios Disney

Cuando los compositores de Beauty and the beast, Alan Menken y Howard Ashman propusieron a Celine Dion para grabar la versión pop del tema central de la película de dibujos animados del mismo nombre lo hicieron pensando que la joven canadiense de 24 años lo haría sola. Sin embargo, en una inteligente movida comercial, los productores decidieron convertir la canción que, en el largometraje, es interpretada por Angela Lansbury (1925-2022) -encargada de la voz de uno de los personajes animados- en un dúo para explotar la naturaleza romántica de aquella icónica escena en que las almas de la bella y la bestia se encuentran por primera vez.

“Fue muy generoso conmigo en todo el proceso y me apoyó mucho pues recién estaba aprendiendo a cantar en inglés” recordó Celine Dion, tras conocerse la noticia de su muerte. La tierna balada -que ganó el Oscar a Mejor Canción Original en 1991- fue incluida en el segundo disco angloparlante de la cantante, titulado simplemente Celine Dion (Epic Records, 1992). También recibió el Grammy a la Mejor Interpretación de Solista o Dúo. Aquí los vemos en vivo, durante la premiación cinematográfica, junto a la famosa actriz británica de la era dorada de Broadway y Hollywood, recordada también por su trabajo en la teleserie ochentera Reportera del crimen. Por su parte, Bryson publicó el tema en su décimo cuarto disco Through the fire (1994), donde también destacó un dúo con el saxofonista Kenny G, By the time this night is over y el tema-título, cover de un éxito de Chaka Khan.

Al año siguiente, el vocalista repitió el plato en los Oscar, esta vez con la versión radial de A whole new world, canción central de Aladdin (1992), a dúo con Regina Belle, excelente cantante de soul y R&B con quien ya había ingresado a las listas gringas con Without you (Positive, 1988). Otra elegante balada pop, escrita por Alan Menken y Tim Rice para la secuencia principal del cuento, entre exóticos castillos medio orientales y fabulosas alfombras mágicas, uno de los momentos que definieron el género del cine animado a comienzos de los años noventa. Entre 1996 y 2026 lanzó cinco discos más, tras superar diversos problemas financieros en los que incluso llegó a perder las estatuillas que había ganado.

Dee Palmer: El arma secreta de Jethro Tull

Un mes antes de cumplir 88 años falleció, el pasado 13 de junio, en su casa en la ciudad inglesa de Shropshire, muy cerca de la frontera con Gales, Dee Palmer (antes David). Entre 1968 y 1980 fue integrante fundamental de Jethro Tull, primero como arreglista y, posteriormente, como miembro estable del grupo, segundo tecladista y director de los ensambles orquestales que usaban constantemente en los estudios de grabación.

Para quienes deseen ubicarlo en fotos y videos, solía aparecer con una enorme pipa en la boca y vestido elegantemente, en la época en que el aspecto de la banda era un cruce entre personajes de Robin Hood, Sherlock Holmes y Monty Python. Ian Anderson, su gran amigo, lo despidió con esta frase: “Mis recuerdos personales favoritos son, en su mayoría, de aquel cómplice creativo, de voz grave y gran fumador, con quien disfruté de muchos curris picantes y buenas charlas bajo nubes ondulantes. Descansa en paz David/Dee, creo que no podrás fumar allá en el cielo… “

En ese tiempo, Palmer escribió todos los arreglos para cuerdas que caracterizaron a las clásicas grabaciones de Jethro Tull, dotándolas de esa aura sinfónica que encajaba siempre a la perfección con las olas electroacústicas del sonido entre lo celta, el blues y el prog-rock que puso a la banda en el centro de atención de una escena rockera altamente exigente.

La increíble historia de Dee Palmer

La historia de Dee Palmer no tiene antecedentes en el mundo del rock anglosajón (en nuestro país su equivalente es, desde luego, la cantante y guitarrista de JAS, Sergio/Fiorella Cava). Cuando se conoció, hace casi tres décadas, fue ignorada por los medios locales a pesar de tener elementos noticiosos de peso: no solo se trataba del miembro de una de los grupos más admirados de los años dorados del prog-rock británico, sino que además había tomado tan trascendental decisión… ¡a los sesenta años!

Aunque algunos sí llegaron a informar sobre su caso. Recuerdo un tímido recuadrito en la sección “C” del diario El Comercio, en tiempos en que todavía valía la pena a pesar de sus siempre zigzagueantes posturas políticas, que decía algo así como “reconocido músico británico cambia de sexo” (y para ilustrar la nota, colocaron erróneamente una foto de John Evan, demostrando la falta de rigor para informar sobre el tema…). Pero, en líneas generales, la sensación era de temor y velado rechazo frente a una situación desconocida.

Nació como David Palmer en Londres, en julio de 1937. Sus estudios los realizó en el prestigioso Royal Conservatory of Music, especializándose en composición, piano y clarinete. Luego de hacer arreglos para Nicola (1967), el cuarto álbum del guitarrista folk Bert Jansch (1943-2011), Palmer fue convocado para trabajar con un naciente combo de blues-rock que tenía una particularidad: su líder era un flautista con pinta de pordiosero que tocaba parado en una sola pierna. Hablamos, por supuesto, de Jethro Tull.

Palmer y los años dorados de Jethro Tull

Su facilidad para escribir refinadas partituras para cuerdas y vientos aseguró su colaboración con el grupo hasta convertirse en “el sexto Jethro Tull”, apareciendo en todos sus álbumes entre 1968 y 1976 como arreglista oficial. Sus primeras incursiones en la discografía oficial del grupo fueron en las canciones Move on alone (This was, 1968) y A Christmas song, grabada ese mismo año pero lanzada como lado B de Love story, otra que quedó fuera de aquel álbum debut. Ambas fueron incluidas en el LP recopilatorio Living in the past (1972).

Una de las canciones preferidas de quienes somos fanáticos de Jethro Tull lleva de fondo una exquisita línea de violines. Me refiero a Reasons for waiting (Stand up, 1969), cuatro minutos de etéreas flautas, guitarras acústicas y poética letra. Entre otros clásicos de Anderson y compañía en los que brillaron los arreglos de Palmer tenemos Sweet dream, The witch’s promise (singles de 1969), Sossity; you’re a woman (Benefit, 1970), Bungle in the jungle (War child, 1974), One white duck / 010 = Nothing at all (Minstrel in the gallery, 1975) o Too old to rock’n roll too young to die (LP del mismo nombre, 1976), así como sus tres obras maestras conceptuales Aqualung (1971), Thick as a brick (1972) y A passion play (1973).

En 1976 se unió a tiempo completo a la banda como segundo tecladista, para una nueva trilogía de discos que mantendrían el prestigio de Jethro Tull: Songs from the wood (1977), Heavy horses (1978) y Stormwatch (1979). Para este último, Palmer escribió dos canciones, King Henry’s madrigal que no entró a la versión final del vinilo y Elegy, delicado instrumental que formaba parte de un proyecto que Palmer escribió junto a Ian Anderson y Martin Barre, titulado The water’s edge, a pedido de una compañía escocesa de ballet clásico. En esta versión en vivo de Velvet green (Songs from the wood, 1977) vemos a Anderson y Palmer interactuar musicalmente de manera brillante.

A este periodo también pertenece el extraordinario álbum doble en vivo Bursting out (1978) en que, además de compartir rol de tecladista con John Evan, toca saxofón en la coda acelerada de Too old to rock’n roll too young to die. Antes de interpretar Skating away on the thin ice of the new day (del LP War child, 1974), al presentarlo al público, podemos escuchar a Ian Anderson decir “directamente desde la Real Escuela de Música de Londres, el señor David Palmer… acaba de irse a orinar, pero regresa en un ratito, no se preocupen…”

Carrera como solista

Aunque su trabajo en Jethro Tull acabó formalmente cuando la alineación clásica setentera -Ian Anderson (voz, flautas, guitarras acústicas), Martin “Lancelot” Barre (guitarras), John Glascock (bajo), John Evan, David Palmer (pianos, teclados) y Barriemore Barlow (batería, percusión)- se desintegró al final de esa década, Palmer se mantuvo siempre en contacto con sus compañeros, con quienes cruzó caminos artísticos en más de una ocasión a lo largo del tiempo.

Mientras Anderson y Barre grababan el disco A (1980), con una versión totalmente renovada del grupo, Palmer y Evan se unieron en un proyecto denominado Tallis -nombre que homenajeaba a un compositor británico del siglo XVI, Thomas Tallis- para trabajar varias composiciones conjuntas que recién fueron publicadas cuarenta años después, en el álbum In alia musica spero (A New Day Records, 2021). En 1985, Palmer dirigió a la Orquesta Sinfónica de Londres para el disco A classic case, una selección de diez clásicos de Jethro Tull con arreglos suyos y participaciones especiales de Ian Anderson, Martin Barre y dos de los nuevos integrantes del grupo, Dave Pegg (bajo) y Peter-John Vettese (teclados).

Durante la década siguiente, David Palmer se dedicó a escribir arreglos instrumentales de canciones de Yes, Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Queen y los Beatles. Además, su álbum Norske popklassikere (1996) llegó a ser #1 en Noruega con una recopilación de populares melodías folklóricas y contemporáneas de ese país nórdico. El disco incluye una versión del éxito de a-ha, Hunting high and low, tema-título del segundo LP del famoso trío de pop electrónico noruego. Sería su última producción discográfica oficial como David Palmer.

Cambio de sexo: De David a Dee

En 1998, David Palmer sorprendió al mundo convertido en una distinguida mujer de 61 años. Sus primeras declaraciones sirvieron para informar a sus descolocados seguidores: “Soy intersexual -la “I” del famoso acrónimo LGTBI-. Esta disforia de género me acompaña desde muy joven”. Tras la muerte de su esposa Margaret, en 1995, su condición “comenzó a reaparecer” hasta materializarse en el complejo procedimiento quirúrgico que le cambió la vida. Había nacido Dee Palmer.

Elegantemente vestida, Dee retomó su carrera con múltiples proyectos, entre ellos su primer álbum en solitario titulado Through darkened glass (2018), nueve composiciones propias entre las que destacan Forever Albion, Urban apocalypse y Emmanuelle, en las que participa como guitarrista su gran amigo y ex compañero en Jethro Tull, Martin Barre, además de Things we said today, un cover de los Beatles (LP A hard day’s night, 1964). De hecho, Dee Palmer se integró como tecladista a la banda de Barre entre 2019 y 2022.

“Quiero ser juzgada únicamente por mis habilidades musicales”, comentó Dee en una entrevista del 2018, mientras promocionaba ese disco. La transición de Dee Palmer es sorprendente porque, tras años de haber tenido toda una vida como hombre -tocó clarinete en la banda del ejército inglés, tuvo cuatro hijos con Margaret y fue parte de un colectivo rockero 100% orientado al público masculino- cumplió con el sueño que tenía desde niño, sin importar los prejuicios y superando, definitivamente, múltiples conflictos personales internos con valentía y fortaleza emocional. «Me he sentido mujer desde los tres años. No solo los gays quieren hacer esto, ser una mujer es mucho más que eso”, declaró en aquella ocasión.

Con la muerte de Peabo Bryson y Dee Palmer, se apagan, por un lado, una voz espectacular que quedó registrada en los corazones de toda una generación y, por el otro, una estrella del rock progresivo y la orquestación sinfónica. Ambos fueron artistas que brillaron en sus respectivos estilos con humildad, elegancia y alta musicalidad, aspectos que hoy los melómanos del mundo echamos tantísimo de menos en las programaciones radiales y el internet.

[Música Maestro] Según cálculos conservadores, aproximadamente un millón de personas debe haber asistido al velorio público de Carlos Alberto “El Indio” Solari (77), realizado en un local del barrio de Avellaneda el pasado domingo 7 de junio, organizado a la carrera por su familia tras la negativa de Javier Milei, el estrafalario presidente de Argentina, de ceder los salones del Congreso y la Casa Rosada para ello aduciendo que no “era suficiente” a pesar de que otros eventos de esa naturaleza se han desarrollado allí sin inconvenientes.

Las imágenes que circularon al día siguiente de conocerse el fallecimiento del vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, son igual de impresionantes. Decenas de miles de fanáticos se congregaron orgánica y pacíficamente en la Plaza de Mayo, en el corazón de Buenos Aires, como puede verse en impactantes tomas hechas con drones. Banderolas gigantes, revoleo de polos –“remeras” como dicen ellos-, cánticos enfervorizados y llantos desconsolados dieron forma a un evento que remeció las bases de la sociedad argentina.

El Indio Solari falleció el 5 de junio en su casa de Parque Leloir, un barrio bonaerense conocido como zona de retiro, tras varios años padeciendo del “Sr. Parkinson”, como él se refería a la enfermedad degenerativa que le diagnosticaron el 2017. En esa casa solariega había montado su residencia y los estudios de Del Cielito Records, desde donde sacó sus últimos temas con un proyecto llamado El Mister y Los Marsupiales Extintos, entre 2022 y 2025. Lo lloran, además de su esposa Virginia “Viru” Mones y su hijo Bruno, actualmente de 25 años, desde anónimas muchedumbres hasta reconocidas figuras públicas de distintos ámbitos en su país.

Futbolistas como Lionel Messi y Juan Román Riquelme -a quien lo unía una gran amistad como buen hincha de Boca Juniors-, políticos como Cristina Fernández, el gobernador de Entre Ríos, Rogelio Frigerio y, por supuesto, colegas musicales como David Lebón, Fito Páez, Víctor Heredia, Ricardo Mollo, Fabiana Cantilo y un larguísimo etcétera, han expresado tristeza por su partida y admiración por su legado. Su cómplice en Los Redondos, el guitarrista Skay Beilinson, escribió en sus redes sociales: «Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje mi querido amigo, hasta siempre».

Indio Solari: Un fenómeno argentino

Como mencionó el sociólogo Pablo Semán, en una de las tantas notas que se han publicado en estos días, en los principales diarios locales -Clarín, La Nación, Página 12- y en el portal Infobae, es un fenómeno que solo pueden entender los argentinos, como la devoción por Diego Armando Maradona o Evita Perón. De hecho, hay quienes ya comentan que las masivas reacciones de dolor generadas por la muerte del Indio Solari han sido tan grandes como las de la recordada política y la del astro del fútbol.

Carlos Alberto Solari, “El Indio” -mote inspirado en un jugador setentero de Estudiantes de La Plata, Jorge “El Indio” Solari-, nacido en la provincia de Entre Ríos, en la región del Paraná, no era la típica estrella de rock. Vestido siempre de manera muy sencilla, con su característica calvicie y lentes oscuros, conquistó a las multitudes con letras poéticas que cubrían desde sus situaciones personales hasta de represión, procesos sociales y política. En su voz cálida y clara había cercanía, sencillez, rebelde sentido del humor y aguda sensibilidad, suficientes elementos para generar un vínculo irrompible con la gente de abajo.

En el documental Tsunami: Un océano de gente, que registra los preparativos para un concierto ante más de 200,000 personas en Tandil, en el año 2016, el periodista y productor Mario Pergolini le hace una extensa entrevista donde expresa agradecimiento hacia sus fieles “ricoteros”, una familia gigante que, diez días después, sigue despidiéndose de él y colocando en obituarios impresos, en lugar del año 2026, el símbolo matemático del infinito (∞) como su fecha de muerte, señal inequívoca de que lo tendrán presente por siempre.

Redondos: Los Grateful Dead sudamericanos

Entre 1984 y 1994, las emisoras radiales y programas de videos musicales en Lima deben haber repetido hasta el cansancio cientos de canciones de rock en español, la mayoría de grupos argentinos. Ni una sola fue de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota quienes durante esa década consolidaron su estatus como banda de culto con una fanaticada en constante crecimiento gracias al boca-a-boca y ninguna promoción por parte de la industria musical argentina oficial ni presencia en el canal musical MTV, versión Latinoamérica.

A inicios de los noventa, sus recitales comenzaron a hacerse cada vez más grandes. Para ellos era normal llenar de tope a tope -cancha y tribunas- estadios de fútbol -de Gimnasia y Esgrima, Huracán, el Monumental de River-, sin que sus canciones compartieran rankings con aquellas de Soda Stereo, Enanitos Verdes, Charly García o Fito Páez y, a diferencia de estos grandes nombres del rock gaucho, jamás hicieron giras fuera de Argentina con la excepción de Uruguay.

Sus masivas presentaciones en vivo eran conocidas como “misas ricoteras” donde las mareas humanas coreaban todas y cada una de las canciones, sin descanso. Como ocurrió con la banda norteamericana Grateful Dead, caravanas iban de ciudad en ciudad siguiéndolos, en un peregrinaje musical que por momentos adquiría ribetes místicos. Las grabaciones de sus conciertos pasan de mano en mano desde hace décadas. Y, para mayor asociación de ideas, los seguidores de Los Redondos se hacían llamar “Ricoteros”, nombre equivalente a los “Deadheads” del fabuloso conjunto psicodélico hippie dirigido por Jerry García y Bob Weir.

Patricio Rey sus Redonditos de Ricota: La prehistoria

Todo comenzó en la ciudad de La Plata entre 1976 y 1978, cuando se formó un colectivo artístico que, en medio de la dictadura de Videla, decidió armar “quilombos” contraculturales que tenían de todo, desde actos circenses, monólogos y bailes exóticos hasta rock and roll. Los miembros de la banda eran entonces Carlos “El Indio” Solari (voz), Eduardo “Skay” Beilinson, Alberto “Beto” Verne, Basilio Rodrigo, Iche Gómez (guitarras), Daniel Fenton (bajo), Ricky Rodríguez (violín), Bernardo Rubaja (teclados), Juan Carlos Barbieri (batería) y el maestro de ceremonias, Sergio “Mufercho” Martínez.

La mitología del grupo se comenzó a gestar en esos primeros recitales en el Teatro Lozano (“Los Lozanazos”), donde además de música había payasos, acróbatas y el “Ballet Ricotero”, tres muchachas que según crónicas de la época “dejaban poco a la imaginación”. Esas actuaciones de las cuales no hay registros fílmicos, les trajeron varios problemas con la policía, por lo que Solari y Beilinson decidieron concentrarse más en el aspecto musical.

En esos años solían repartir a los espectadores unos buñuelos redondos rellenos de queso ricota, ingrediente de origen italiano muy común en la gastronomía platense, que preparaban siguiendo la receta de una conocida cocinera local, Patricia Rey, de donde terminó saliendo el nombre del grupo pero masculinizando al personaje central, aunque existe otra leyenda urbana según la cual “Patricio Rey” era el pseudónimo de una especie de gurú callejero, un vendedor humilde que la banda habría conocido en sus inicios.

1982-1989: Los primeros discos

Entre 1978 y 1982, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota siguieron realizando giras, bajo el liderazgo musical de Indio Solari y Skay Beilinson y la mano administrativa de Carmen “La Negra Poli” Castro, pareja del guitarrista. Ellos tres formaban el núcleo de la banda, al que se sumó el pintor Ricardo “Rocambole” Cohen -de una comuna hippie argentina llamada La Cofradía de la Flor Solar que albergaba músicos, artesanos y artistas plásticos- como diseñador de las carátulas de todos sus álbumes, quien combinaba su críptico estilo con referencias a hechos históricos mundiales y de Argentina, así como a artistas clásicos como Caravaggio o Goya.

Aquel 1982, el cantante ítalo-británico Luca Prodan (1953-1987), líder de Sumo, reemplazó al Indio Solari en un recital de Los Redondos en La Plata, un momento único en la historia del rock argentino. La afinidad entre ambas bandas terminó en una sólida amistad y admiración mutuas, al punto que una letra escrita por Solari se convirtió en Mejor no hablar de ciertas cosas, clasicazo del LP debut de Sumo, Divididos por la felicidad (1985).

En 1985 se publicó Gulp! (Wormo Discos), el debut en estudios de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, entonces integrado por Indio Solari (voz), Skay Beilinson, Tito Fargo (guitarras), Daniel “Semilla” Bucciarelli (bajo), Willy Crook (saxo) y Juan “Piojo” Ábalos (batería). Siguieron tres álbumes más, el excelentemente político Oktubre (1986), Un baión para el ojo idiota (1988) y ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado (1989), con Sergio Dawi (saxo) y Walter Sidotti (batería) reemplazando a Crook y Ábalos, respectivamente.

1991-2001: La década ricotera

A partir del quinto disco La mosca y la sopa (1991), que incluye Un poco de amor francés, uno de los favoritos en concierto, sus recitales comenzaron a tener enormes niveles de convocatoria, con públicos que superaban las 25,000 o 35,000 personas. Aunque ya en 1989 habían llenado el complejo deportivo Obras Sanitarias de Buenos Aires -algo que solo había logrado Soda Stereo, con quienes la prensa inventó una inexistente rivalidad-, es en la primera mitad de los noventa que las llamadas “misas ricoteras” adquieren proporciones épicas.

Lamentablemente, tales aglomeraciones de gente siempre traen consecuencias, algunas de ellas graves. La banda, cuyo estilo rocanrolero había influenciado a otros conjuntos como Los Piojos, Ratones Paranoicos, La Renga y Divididos, generaba momentos de euforia colectiva y enfrentamientos con las autoridades. En 1991, durante un espectáculo, precisamente, en Obras, la policía detuvo a decenas de personas, entre ellas un jovencito de 17 años, Walter Bulacio, quien falleció cinco días después en extrañas circunstancias, después de haber sido abandonado por los agentes federales en una ambulancia. No sería el único incidente de violencia relacionado a Los Redondos durante la década.

Los siguientes discos Lobo suelto, cordero atado Vol. 1 y 2 (1993), que incluye otro himno ricotero, Un ángel para tu soledad, y Luzbelito (1996), cimentaron su estatus de culto con más recitales multitudinarios y permanentes desencuentros con las autoridades con El Indio Solari convertido en un verdadero ídolo de masas. Los álbumes finales en estudio, Último bondi a Finisterre (1998) y Momo sampler (2001), les trajeron algunas críticas por su incorporación de sonidos electrónicos, aunque siguieron llenando estadios tanto en Argentina como en Uruguay.

Otra tragedia aceleró el proceso de separación de la banda, iniciado por una discusión entre Indio Solari y la pareja Skay Beilinson/La Negra Poli por la tenencia de videos de sus conciertos. En una de sus presentaciones, ante 45,000 personas en el Estadio Chateau Carreras (Córdoba), un espectador murió al caer desde una de las tribunas. Al conocerse los hechos, el grupo decidió separarse, una historia que se cuenta en el libro La última noche de Patricio Rey, escrito por los periodistas Martín Correa, Humphrey Inzillo y Pablo Marchetti. Aquel concierto, realizado el 4 de agosto de 2001, fue el último de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

El sonido de Los Redondos

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota son, básicamente, una banda de rock. La complicidad musical existente entre el cantante Indio Solari y el guitarrista Skay Beilinson es responsable de esos himnos que desataron más de una vez el pogo más grande del mundo ejecutado por decenas de miles de argentinos hartos de la inconsistencia moral de sus autoridades, la discriminación social y la incertidumbre por un futuro sin oportunidades.

Canciones como Superlógico, La bestia pop (Gulp!, 1985), Preso en mi ciudad, Música para pastillas (Oktubre, 12986), Todo preso es político, Vencedores vencidos, Vamos las bandas (Un baión para el ojo idiota, 1988), La parabellum del buen psicópata o Maldición, va a ser un día hermoso (¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, 1989) son buenos ejemplos de clásicos ricoteros. Pero, de todas ellas, la más representativa es Ji ji ji (Oktubre, 1986), con la que solían cerrar sus conciertos, cuya letra tiene más de una interpretación debido a su tono oscuro y misterioso. El único disco oficial en concierto, En directo (1992), contiene actuaciones en Buenos Aires y Montevideo con la formación definitiva: El Indio Solari (voz), Skay Beilinson, Gabriel Jolivet (guitarras), Daniel “Semilla” Bucciarelli (bajo), Walter Sidotti (batería) y Sergio Dawi (saxo).

En los estudios, por su parte, contaron con la colaboración de grandes personajes del rock argentino. El más notable es, definitivamente, Lito Vitale, quien fue ingeniero de sonido en sus primeros discos y posteriormente colocó su piano y teclados en varios momentos hasta 1998. Cantantes como Claudia Puyó y Fabiana Cantilo, famosas por su asociación artística con el rosarino Fito Páez, hicieron coros en varias grabaciones ochenteras de Los Redondos, lo mismo que Las Blacanblus, cuarteto femenino que fue parte de las giras desde 1995 en adelante.

El Indio Solari después de Los Redondos

Desde el 2003, Carlos “El Indio” Solari volvió a los escenarios al frente de una nueva banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, llevándose consigo la devoción masiva por sus letras y gestos, con enormes públicos coreando letras políticas como Pabellón Séptimo (Relato de Horacio) o personales como Y mientras tanto el sol se muere…. Solari siguió remeciendo los estadios de Argentina con sus presentaciones cargadas de emotividad y fibra rockera, combinando temas nuevos con clásicos ricoteros de todas sus épocas. El flaco Skay, por su lado, siguió tocando música de Los Redondos con su banda Los Fakires, ante públicos más reducidos.

En esta nueva banda estuvo acompañado por Gaspar Benegas, Baltasar Comotto (guitarras), Marcelo Torres (bajo), Pablo Sbaraglia (teclados, guitarras, coros), Hernán Aramberri (batería), Sergio Colombo (saxo) y Miguel Ángel Tallarita (trompeta), además de Luciana Palacios y Deborah Dixon, una de las Blacanblus, como coristas. En el 2007, Marcelo Torres, ex bajista de Spinetta y Los Socios del Desierto, fue reemplazado por Fernando Nalé y Hernán Aramberri dejó su puesto al ex baterista de los metaleros A.N.I.M.A.L., Martín Carrizo.

Precisamente, una de las acciones que mejor describe el carácter solidario del Indio Solari tiene que ver con Carrizo. Cuando fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica, Solari recaudó fondos para su colaborador y amigo a través de distintas campañas e incluso donó toda la recaudación de uno de sus multitudinarios conciertos para cubrir gastos de su tratamiento. Finalmente, la terrible ELA acabó con la vida de Carrizo, quien falleció el 2022 a los 50 años.

Junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Solari publicó los siguientes discos: El tesoro de los inocentes (2004), Porco Rex (2007), El perfume de la tempestad (2010), Pajaritos, bravos muchachitos (2013), En vivo (2015) y El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), este último lanzado cuando ya había decidido retirarse de los escenarios al anunciar que tenía Parkinson y la banda seguía tocando con Pablo Sbaraglia asumiendo el rol de vocalista.

Su último recital fue en marzo del 2017, en un lugar llamado La Colmena en la ciudad bonaerense de Olavarría. Este concierto batió todos los récords de asistencia en Argentina, entre 300 mil y 400 mil personas que hicieron realidad aquello del “pogo más grande del mundo”. Lastimosamente, el saldo fue de dos personas muertas, decenas de heridos y detenidos. La última aparición pública de Carlos Alberto “El Indio” Solari fue en el 2022 cuando recibió el grado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Buenos Aires. Tres años antes, Indio Solari publicó una jugosa autobiografía titulada Recuerdos que mienten un poco, que se convirtió en uno de los libros más vendidos en la historia de Argentina.

[OPINIÓN] Las proyecciones de quienes, por diferentes razones que van desde la revisión obsesiva-compulsiva de las actas publicadas en el portal oficial hasta la posibilidad de recibir información anticipada a través de contactos por aquí y por allá, vaticinan que esa mínima distancia irá creciendo, casi hasta alcanzar la misma que Pedro Castillo le sacó a Keiko en ese otro final de fotografía, el de hace cinco años.

A estas proyecciones, en apariencia imparciales, se vienen sumando distintas informaciones que señalan denuncias concretas de acciones extrañas en el procesamiento de los votos de peruanos en el extranjero. Audios de conocidos operadores del fujimorismo, la aparición de Alfredo Torres anticipando posibles errores de su infalible encuestadora, videos en redes sociales. El semanario Hildebrandt en sus Trece tiene un par de piezas muy detalladas sobre esa situación.

Para quienes, desde distintos ámbitos, hemos contribuido de forma anónima, constante y desinteresada -sin promesas de cargos o remuneraciones, sin atajos para conseguir beneficios de ningún tipo- a la lucha ciudadana para combatir al fujimorismo, este revés electoral, esta derrota anunciada antes que acaben los conteos oficiales, constituye un golpe personal, una afrenta, un pisoteo de todo lo que creímos que había comenzado a erradicarse el 2001 con la salida de Alberto Fujimori y su posterior captura, cuatro años después.

Se trata de una victoria electoral construida a cuentagotas con los votos indiferentes de dos bandos específicos, hermanados por la indiferencia y ese regodeo por defender incomprensibles posturas racistas y clasistas no basadas en ideología sino en la más auténtica ignorancia y el desprecio por el otro, astutamente disfrazado de oposición al «comunismo».

Por un lado, los votos de “la desquiciada masa capitalina” como apuntó el caricaturista Carlos “Carlín” Tovar hace unos días. Tanto Lima Metropolitana, desde San Isidro/San Borja hasta Ate/San Juan de Lurigancho, desde Surco hasta Villa El Salvador; y su anexo histórico, el Callao, como las demás provincias de la región Lima, con excepción de Yauyos, Oyón y Huarochirí, han votado masivamente por Keiko Fujimori, lo cual extiende sobre ellos un manto de vergüenza que alguna vez, en el futuro inmediato, les quitará el sueño y cuestionará sus conciencias, si acaso tienen.

Y, por el otro lado, los hoy famosos y determinantes votos de los peruanos en el extranjero que en elecciones pasadas eran casi parte de la anécdota. La mayoría de los peruanos en el extranjero es una “raza distinta” que, habiéndose desconectado de la realidad de su país, por necesidad extrema, por superficial cosmopolitismo o cualquier otra combinación de factores, termina dirimiendo sobre lo que va a pasar los próximos cinco años en el lugar donde eligieron no vivir, de espaldas a esos compatriotas a quienes no reconocen como tales y condenándolos de manera infraterna, insolidaria, a la oscuridad que ellos no sentirán allá en Buenos Aires, en Madrid, en Tokio o en Nueva York.

En ese sentido, la tienda ganadora, la de Fuerza Popular, tiene en realidad muy poco qué celebrar, más allá del reduccionismo idiota del “jojolete” que probablemente, como en los grupos de WhatsApp que compartimos con amigos del colegio y la universidad, terminará manifestándose de una u otra forma entre algunos actores políticos y mediáticos, interesados en seguir presentando este proceso desordenado, viciado desde su origen por vacíos de la ley electoral, como si fuera la simplona dicotomía de un partido de fútbol o una competencia infantil.

Ha sido un triunfo el de Fuerza Popular, sí. Pero un triunfo agónico, logrado en los días finales, en momentos en que ni ellos mismos lo creían posible. Ya habrá tiempo para análisis más profundos, revisión de estrategias, develación de misterios, establecimiento de responsabilidades. Lo que se ve ahora, en este primer tramo del final, es que no parece una victoria de la que los ganadores puedan sentirse muy orgullosos.

Porque después de todo, que el partido que reivindica al Fujimorato (1990-2001) vaya a ganar por apenas 40 o 50 mil votos teniendo todo a su favor –“la gran prensa”, el empresariado, ocho de cada diez personas de cada grupo privado de WhatsApp hablando de comunismo y calificando a quienes se oponían  Fuerza Popular de “rojetes”, “caviares” y demás ñoñeces desinformadas- da cuenta del rechazo que genera en, casi literalmente, la mitad menos uno de electores en el Perú, en términos porcentuales.

Pero si esa certeza puede funcionar como una especie de bálsamo para quienes estamos viviendo días de desasosiego, de una pena casi equiparable a la que produce la muerte de un familiar, un vacío en el pecho que crece cuando uno se pone a pensar en los años noventa o en todo lo ocurrido en el decenio 2016-2026, si esa constatación numérica, digo, permite atravesar con entereza este duelo electorero, hay otra que indigna, que rebela y revuelve el estómago.

Esa otra certeza es ver cómo la mitad más uno de nuestros compatriotas, en zonas urbanas de Lima y regiones de la costa norte, costa sur y oriente, esos que sí viven aquí, prefirió darle sus votos a Fuerza Popular sin detenerse a reflexionar, dejándose llevar por el frenesí del falso y tendencioso temor que les vienen infundiendo desde hace años, de que cualquier agrupación que esté orientada hacia la izquierda -que, en este proceso, se llamó Juntos por el Perú- es sinónimo de terrorismo. Con todos sus resquemores y justificados cuestionamientos, no se acercaba ni por asomo a la amenaza nociva y dictatorial del fujimorismo.

No estamos hablando aquí de opiniones personales sino de hechos investigados y confirmados, pero sobre todo padecidos por trabajadores peruanos que ven cómo los dueños se siguen enriqueciendo sin que sus situaciones cambien, por familias peruanas cuyos hijos fueron desaparecidos. No importa si fue en 1992 o en el 2022, si fue en algún caserío de Huancavelica o Ayacucho, o en la Plaza Francia, en el centro histórico de Lima. No importa si fue el Grupo Colina o los militares bajo las órdenes de Dina Boluarte, a quien la bancada naranja protegió mientras le fue útil. Hay cientos de páginas web con los detalles, las fechas y los nombres, los testimonios y los números.

A todo eso, la mitad más uno del Perú le acaba de entregar el último bastión de lo que podría haber sido contrapeso a la acumulación de poder que ya ostentaba, el Poder Ejecutivo. Y la mitad menos uno, entre acongojada y confundida, se pregunta: “¿Y ahora… qué?” Esa mitad menos uno está en pleno proceso de reconstrucción de su ánimo, para sobrellevar la avalancha de celebraciones que, en cuestión de días, Perú 21 y El Comercio, Willax y Panamericana Televisión, encabezarán sonrientes como si se tratara de un “gran triunfo democrático” y negando, como ya lo vienen haciendo algunos “líderes de opinión”, todo el daño que Fuerza Popular y su aplanadora congresal ha venido haciéndole al Perú.

En el entorno digital y las redes sociales, donde se libró la verdadera contienda, estuvo la voz de los que no tienen voz, de quienes no la tendrán en el próximo quinquenio. Y quién sabe, más allá.

En medio de ese ecosistema nuevo, de comunicadores valientes -algunos provenientes de la prensa tradicional- y combativos, se alzó la figura del politólogo y YouTuber Carlos León Moya quien actuó, primero, como parte del equipo de asesores de los contrincantes de Fuerza Popular en primera y segunda vuelta -Ahora Nación y Juntos por el Perú, respectivamente-; donando para ello su tiempo y experiencia en anteriores campañas políticas. Y luego, como contención emocional para esa mitad menos uno, poniendo su unipersonal de humor negro político “Voto Irresponsable” en una posición aparentemente desventajas en términos algorítmicos, dando información para entender los resultados y apoyo moral para asestar el golpe con hidalguía.

A diferencia de sus pares, León Moya puso a un lado la comprensible necesidad de monetización y la cauta neutralidad de sus colegas para comportarse como la gente de a pie que ve la injusticia frente a sus ojos y no puede hacer nada. Se la jugó y su público le brindó, en respuesta, genuinas expresiones de agradecimiento, del mismo modo en que lanzó reproches, también genuinos -sin consignas políticas de por medio, sin ser troles pagados por algún candidato- a quienes no se la jugaron.

Toca aceptar los resultados, demostrando talante democrático y alejándose de posturas fraudistas que, en otros procesos, mostraron desembozadamente quienes hoy ganan con las justas. Incluso con todas estas nuevas informaciones que revelarían el operativo montado para convertir a los otrora intrascendentes votos del extranjero en el puntito extra que necesitaban para convertirse en el 50.01%, suficiente para quedarse por delante del 49.99% del contrario.

Y tocará también estar vigilantes, pero de forma más cínica y lejana, porque habrá luchas desiguales en las que el rol protagónico deberán tenerlo los mismos jóvenes que ayudaron al triunfo de quien les arrebatará, probablemente, hasta el último brote de esperanza que les quede.

El Perú no pertenece a ninguna de las dos mitades. Que la mitad más uno celebre y la mitad menos uno llore es síntoma de que seguimos sin darnos cuenta de que nuestra nación está rota, está enferma. Y, como ocurre con toda enfermedad, si realmente queremos combatirla, hacerla retroceder, aceptarla es es lo primero que deberíamos hacer para comenzar a recuperarnos, algo que seguramente no pasará en los próximos cinco años.

[Música Maestro] OTROSÍ: Tres noticias de primer nivel esta semana en el mundo de la música popular: el 2 de junio falleció Peabo Bryson (75), una de las mejores voces de su generación, ganador del Oscar por icónicas baladas para películas de Disney. El sábado 6, Rush regresó a los escenarios y dejó deslumbrado a su público. Y el viernes 5, el pueblo argentino quedó conmocionado por el fallecimiento del Indio Solari (77), vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, movilizando multitudes en su despedida. Más de esos eventos en las próximas semanas…

Boards of Canada: Un regreso brillante

Después de trece años, Boards Of Canada edita un disco nuevo que ha alborotado a los amantes de la electrónica y la música no convencional. El dato, que es definitivamente notorio, es solo la confirmación de que los hermanos escoceses suelen tomarse las cosas con calma, puesto que para sus álbumes previos se demoraron, respectivamente, ocho, siete y cuatro años. Claro, este es el hiato más largo entre lanzamientos, pero tampoco es que deba sorprendernos tanto su espaciada periodicidad.

Inferno es el título de este álbum -¿el infierno de Dante? ¿el infierno en la tierra? ¿Gaza?-, el quinto de su discografía oficial, décimo si tomamos en cuenta los cinco EP que, como suelen hacer las bandas independientes, Boards of Canada lanza de cuando en cuando -décimo primero si nos fijamos en Acid memories (1989), una de las joyas perdidas a la que solo han tenido acceso familiares, amigos cercanos y los más fanáticos-; y contiene todos los elementos que han convertido al dúo en un acto de culto global, con ciudades como Londres, Tokio, Nueva York y Amsterdam rindiéndose ante esta nueva selección de sonidos espectrales y nostálgicos, brillantes y misteriosos.

Hace unas semanas, con motivo de la promoción de este álbum, más de una hora de música espacial, relajante y, por momentos, conmovedora, se difundió una nota en que el tándem había expresado su malestar por el uso de una de sus grabaciones en videos propagandísticos nada menos que de la Casa Blanca, lo cual les dio bastantes titulares alrededor del mundo.

Previamente, los hermanos Sandison y sus cómplices en Warp Records, su casa discográfica desde el debut de 1998, el sorprendente Music has the right to children, habían puesto en marcha una de esas idiosincráticas estrategias de suspenso con las que acostumbran crear expectativa cada vez que deciden exponer sus creaciones musicales. Pero, ¿quiénes son Boards of Canada?

Una banda de hermanos

Michael (55) y Marcus Sandison (53) nacieron en Escocia, en una pequeña villa, Cullen, ubicada en la costa superior del país del whisky, las gaitas y los hombres en falda, teniendo como frontera el Mar del Norte, esa extensión del Atlántico que baña sus costas. Pero vivieron casi dos años, cuando ambos tenían 9 y 7 aproximadamente, en la ciudad de Calgary, la más grande de Alberta, una de las más provincias más importantes del lado anglófono de Canadá.

¿La razón? Su padre trabajaba en el sector construcción y fue destacado allá para integrarse al equipo que levantó una de las edificaciones más conocidas del país norteamericano, el Scotiabank Saddledome -llamado así porque su techo tiene forma de una montura de caballo-, arena en la que se realizan conciertos masivos y eventos importantes de alto nivel como los juegos olímpicos de invierno.

En aquellos años infantiles, los hermanos se hicieron fanáticos de los documentales y programas para niños producidos por la Oficina Nacional de Cine de Canadá (National Fim Board of Canada, en inglés) por lo que el nombre de su proyecto musical, que iniciaron a mediados de los años ochenta ya de vuelta en su país natal -esta vez en Edimburgo, una de sus principales ciudades-, es una íntima y directa conexión con sus años de libertad, crecimiento y desarrollo socioemocional.

Música electrónica inteligente

Se puede pensar en varias cosas a la vez cuando uno recorre las grabaciones de Boards of Canada. Más allá de las diferencias y cambios anímicos que motivan a los músicos en cada lanzamiento, hay varios temas en común que le dan a su discografía unicidad y coherencia. No se trata de dos improvisadores que juguetean con aparatos y tecnología para conseguir lo que no podrían usando instrumentos tradicionales. Ambos son bastante eficientes en guitarras, bajos, teclados y baterías -crecieron en una familia muy musical- y eso lo mezclan con su dominio de herramientas tecnológicas.

Su manipulación sonora tiene más que ver con llevar el arte musical un paso adelante, como en su momento lo hicieron pioneros de la música electrónica como Vangelis (Grecia), Jean Michel Jarre (Francia), Wendy Carlos (Estados Unidos) o Conny Plank (Alemania), solo por mencionar a cuatro personajes fundamentales para la evolución de este género a mediados de los años setenta, es decir hace más de cinco décadas. Y los Boards of Canada lo vienen haciendo desde hace ya más de un cuarto de siglo.

La IDM -Intelligent Dance Music- es una rama de la música electrónica cuyos orígenes podemos trazar en el trabajo de artistas no relacionados al pop-rock convencional, como el japonés Ryuchi Sakamoto en sus tiempos ochenteros junto a Yellow Magic Orchestra o la ola alemana del krautrock más espacial, aquella que inspiró a Brian Eno en su paso por Harmonia. Boards of Canada han declarado en más de una oportunidad su devoción por estos experimentadores, así como por personalidades más contemporáneas como Aphex Twin, Autechre -que fueron algo así como sus padrinos- u Orbital, otro dúo de hermanos.

Post-rock, techno-folk, psicodelia y progresivo

Pero las producciones de Boards of Canada también pueden conectarse con otras vertientes de la música popular contemporánea no convencional, como por ejemplo los extremos más volátiles y etéreos del rock progresivo -el kosmische rock, por ejemplo, o el ya mencionado kraut- en conjunción con ritmos más asociados al techno, el trip-hop y géneros más modernos/alternativos como el post-rock. Desde los norteamericanos Tortoise hasta los islandeses Sigur Rós, lo de Boards of Canada se inscribe en esa (ya no tan) nueva generación de músicos que fluye al margen de Taylor Swift y Ed Sheeran.

En varios pasajes de sus siempre extensos discos -canciones básicamente instrumentales, conectadas muchas veces por viñetas de menos de un minuto y uso masivo de voces, conversaciones y efectos de sonido que van desde aleteos hasta el vuelo de helicópteros- hay ecos de Pink Floyd y Massive Attack, de Seefeel y Pet Shop Boys, de The Cure y de Mogwai, de Moby y Tangerine Dream. Especialmente, ciertas atmósferas creadas en sus canciones -especialmente las electroacústicas- me traen a la memoria a bandas como Mojave 3 o Fleet Foxes, representantes del indie-folk o, como suelen rotular otros, “pop de cámara”.

El diablo está en los detalles

Así se titula uno de los temas de Geogaddi (2002), el segundo disco de larga duración de Boards of Canada y, probablemente, lo mejor que han hecho hasta antes del estrenado Inferno, dentro de una discografía que es, en líneas generales, bastante consistente con la calidad y el trabajo serio de estos todavía jóvenes compositores y multi-instrumentistas que se colaron, casi desde el anonimato, en las preferencias de amplios sectores de público interesado en lo experimental y lo contemplativo, en la música que activa emociones y que está abierta a interpretaciones múltiples.

Ese álbum, en el que se mostraron un poco más oscuros e indescifrables que en su aclamado debut, con una serie de mensajes subliminales incrustados en las canciones a manera de sampleos de audios -voces distorsionadas extraídas de fuentes diversas -programas antiguos de televisión, voces de niños, entrevistas científicas- al estilo de los que hizo Pink Floyd en Dark side of the moon (1973), solo por citar una referencia más o menos reconocible por todos.

Conexiones con la numerología, la filosofía ambientalista, el ocultismo y la combinación de naturaleza y tecnología que, como decíamos, los liga al trabajo auroral de creadores como Vangelis o Jarre, terminan siendo novedosas en un mundo como el de hoy, que en los aspectos más superficiales del arte y específicamente de la industria musical, está más preocupado por generar estímulos hacia afuera, con poco o nulo espacio para una verdadera introspección y para el surgimiento de emociones dicotómicas -tranquilidad/angustia, relajación/tensión, seguridad/incertidumbre- capaces de ocasionar respuestas tanto sensoriales tanto psíquicas.

En una entrevista que concedieron al diario y web británica The Guardian, con respecto a los mensajes casi apocalípticos de su tercera producción oficial, The campfire headphase (2005), Michael Sandison deja más o menos clara la posición que adopta Boards of Canada como artistas frente al mundo del siglo XXI y su inevitable declive: “Nos hemos vuelto más nihilistas con el pasar de los años. De alguna manera estamos celebrando la idea de un colapso en lugar de resistirnos a ella”.

El culto por Boards of Canada

Artistas importantes surgidos en la década de los noventa como Björk o Radiohead han declarado ser seguidores de Boards of Canada y de su enigmática forma de afrontar su papel como artistas musicales. Pero, además de estas adhesiones obvias -por afinidades sonoras, por contemporaneidad- una de las cosas más sorprendentes es la cantidad creciente de público que ha abrazado la propuesta del dúo escocés, una extensa minoría de seres humanos que no sienten ninguna conexión con las banalidades del pop actual.

Conocidos mundialmente por su carácter elusivo, casi antisocial, los hermanos Sandison establecieron su perfil desde el comienzo. En ninguno de sus lanzamientos muestran sus rostros y difícilmente han concedido entrevistas, más allá de una que otra a medios prestigiosos The Guardian o especializados -y también prestigiosos- como NME y Pitchfork, para las cuales ponen estrictas reglas como, por ejemplo, nunca hacerlas en persona, solo por correo electrónico ni juntos desde el mismo lugar.

Tampoco hacen conciertos -una decisión que, por ejemplo, hizo conocida en los setenta y ochenta a una gran experimentadora, la británica Kate Bush- y sus campañas promocionales suelen ser misteriosas y creativas: vinilos con extraños audios en los anaqueles de las tiendas, códigos de barras que deben ser descifrados, envío de cintas de VHS por correo a los domicilios de quienes compraron su disco anterior.

Todo esto, además de la innegable calidad de su música, hacen de Boards of Canada una banda atractiva, ligeramente oscura y humanamente cálida a la vez, virtudes que promueven vínculos de identificación y complicidad emocional con sus oyentes, un fenómeno similar al que generaron en los noventa otros escoceses, los reyes del indie-pop, Belle & Sebastian.

Un sonido que une pasado y presente

Michael y Marcus tienen un sistema de trabajo muy cuidadoso pero, a la vez, relajado, como ellos mismos detallan: “En el estudio, no hay roles necesariamente definidos, nos vamos lanzando ideas de ida y vuelta. A veces tocamos sobre una base principal, otras uno de nosotros comienza algo y lo va armando, o viceversa. No tenemos un solo método ni funciones particulares, porque cambia de canción a canción. Ambos escribimos melodías pero también ambos manejamos aspectos técnicos, de modo que el proceso es impredecible y algo caótico”.

En cuanto la instrumentación, los Sandison son la mejor fuente de información: “Definitivamente, somos fanáticos de los equipos viejos, estilo vintage. Todo lo que usamos es decrépito. Nuestro estudio está rodeado de cosas de madera y luces LED. Hacemos todo lo posible por conseguir un instrumento específico solo para obtener un sonido particular. En cuanto a nuestra percusión, nunca es solo una caja de ritmos o un sampleo, ponemos mucha batería o percusiones reales en vivo, entretejidas en las pistas rítmicas”.

Desde las atmósferas electrónicas de su primer EP, Twoism (1995) hasta las ondas electroacústicas de The campfire headphase (2005); desde los golpes rítmicos y los efectos vocales de Geogaddi (2002) hasta los vuelos casi new age de Trans Canada highway (2006, el extended play que precede a sus dos últimos larga duración); del trip-hop semi-psicodélico de Music has the right to children (1998) a la diversidad instrumental de Inferno (2026), la música de Boards of Canada, descrita por el periodista Simon Reynolds como “un sonido difuso de tonos de sintetizador borrosos y una producción analógica deteriorada, sostenido por ritmos pacientes y sonámbulos, cargados de nostalgia”, es siempre una caja de sorpresas que une pasado y presente en una corriente fluida de sonidos y sensaciones agradables.

Música de colores

Esa melancolía casi asociada a la sinestesia -escuchar el turquesa, oler el marrón claro, saborear el verde- se apoya también en el aspecto visual de las carátulas de sus discos, otra de las características que comparten con sus compatriotas Belle & Sebastian. El uso de imágenes alteradas digitalmente -los rostros borrados de los personajes del primer álbum, los árboles de incandescentes tonos naranjas del segundo- con una tipografía limpia y escenas brumosas, se combina con las referencias a su propio paquete de influencias artísticas.

Así, tenemos que la carátula de Twoism (1995) nos remite a Daft Punk mientras que la de Trans Canada highway es una mención evidente a Kraftwerk. La foto del horizonte en Tomorrow’s harvest (2013) nos hace recordar al álbum Cluster & Eno (1977), a pesar de que reemplazan los simbióticos arbustos por los fríos edificios de San Francisco. Y las letras que usan para el nombre de la banda en Inferno, su más reciente disco, nos remite tanto al pop-rock psicodélico de los años setenta como a la estética de los programas de televisión de la época, como los que producían Transtel (Alemania) o la NHK (Japón).

Para trabajar, Boards of Canada se interna en sus propios estudios de grabación, llamados The Hexagon Sun, un bunker ubicado en Pentland Hills, una zona rural de Escocia. Desde allí cocinan estas maravillosas oleadas de tecnología retro, creatividad instrumental y conceptos que van de lo espiritual a lo fantasioso, intercambiando bajos, teclados, guitarras y baterías con un manejo electrónico inspirado en los padres del género. Como ellos mismos dicen: “Definitivamente, preferimos trabajar fuera de la ciudad porque en entornos urbanos es imposible evitar que te recuerden el año actual, las noticias, la música que suena en las radios, las modas, etc.”

[Música Maestro] Durante la primera semana de diciembre del año pasado, los salseros y melómanos lamentamos el fallecimiento del fundador y líder de El Gran Combo de Puerto Rico, don Rafael Ithier, como reseñamos en este artículo. Una noticia triste pero predecible a la vez para la comunidad salsera, pues el carismático director de orquesta y pianista tenía 99 años. Es decir, en términos prácticos, no era un acontecimiento extraordinario, como sí lo es que, hace apenas un mes, otro gigante de la salsa haya llegado a la sorprendente edad de 102 años.

Me refiero a Willie Rosario, conocido como “Mr. Afinque”. Aquí me atrevo a deslizar una duda: casi nadie, incluso entre salseros modernos, debe saber qué significa ese alias que repiten y repiten cada vez que lo mencionan. El caballero de los eternos lentes oscuros y la barba recortada, con sus casi dos metros de estatura, sigue dándole a los timbales, aunque por supuesto ya no como hace treinta, cincuenta o setenta años. Hace solo un par de meses, el director, productor y arreglista estuvo en el Perú con su orquesta, en un festival titulado Una noche de salsa, en su tercera visita a nuestro país.

En una edición de febrero de este año del programa de YouTube Más salsa que podcast, conducido por el periodista venezolano Beni Márquez, Willie Rosario ofrece una entrevista en la que se le aprecia lúcido, despierto, con los recuerdos de su amplísima trayectoria a flor de piel. El representante más longevo de la música latina conversa con soltura y pausa, compartiendo esa sabiduría y elegancia propia de quien construyó -junto con tantos otros músicos afrocaribeños, casi todos ya fallecidos- la salsa desde sus más elementales cimientos.

Willie Rosario y su orquesta la salsa quería empezar…

El nombre de Willie Rosario es muy poco mencionado por los comentaristas no especializados. Ni siquiera cuando escuchan la famosa salsa de El Gran Combo, No hay cama pa’ tanta gente, se dan cuenta de que está entre las célebres personalidades presentes en ese imaginario festín navideño organizado en casa de Octavio “Tavín” Ramos Pumarejo, un legendario comediante portorriqueño de los setenta y ochenta. Para ser exactos, se le nombra abriendo la segunda parte de la canción, luego del primer coro en que Charlie Aponte, Jerry Rivas y Luis “Papo” Rosario exclaman el mantra “¡pa’ fuera… pa’ la calle! que identifica esta popular canción del LP Nuestra música de 1985, escrita por Víctor Morales.

Nacido en 1924, el mismo año en que nacieron el cineasta armenio Sergei Parajanov, el actor norteamericano Marlon Brando o el guitarrista peruano Óscar Avilés, Fernando Luis Rosario Marín decidió dedicarse a la música desde muy joven. Luego de probar con el piano y la guitarra, quedó atrapado por los timbales, después de ver a Tito Puente en vivo en Nueva York. Al mismo tiempo, tomó una decisión que marcaría a fuego su estilo, ir en sentido contrario al virtuosismo sobrecargado del “Rey del Timbal” y dar protagonismo al ensamble para complacer a los bailadores.

Poco a poco, Rosario fue haciéndose un camino en la escena de música latina en la Gran Manzana. Incluso llegó a tocar, a finales de la década de los años cincuenta, con la orquesta de jazz del flautista Herbie Mann (1930-2003) y, paralelamente, estudió periodismo. Hasta condujo programas radiales, enfocándose en entrevistar a sus ídolos de entonces, como el cantante y director Tito Rodríguez (1923-1973) o el bajista Johnny Seguí (1922-2019), a cuya orquesta se integró. A inicios de los años sesenta ya estaba organizando su propio grupo para dar rienda suelta a sus innovadoras ideas musicales.

Latin-jazz, salsa y boogaloo

El sonido de la orquesta de Willie Rosario suele asociarse, con justicia, a lo que comúnmente se denomina “salsa dura”, sinónimo de lo que sería, para hablar con más propiedad, la salsa clásica. En otras ocasiones, he leído y escuchado a quienes se aventuran a llamarla “salsa progresiva”, tomando prestado un término proveniente del rock, debido a los arreglos complejos para metales, las líneas instrumentales sólidas y una relación permanente con el jazz.

Sin embargo, si queremos rotular su estilo, lo más preciso es incluirlo en la segunda generación de músicos de latin-jazz, aquella que combinó el mambo, el danzón, el guaguancó y otros ritmos afrocubanos con la música norteamericana que, en esas épocas, también poseía un brillo inmenso gracias a músicos de gran talento que venían llevándola del cool, el free-jazz y el bebop a fusiones más arriesgadas, en simultáneo con la edad dorada de crooners como Frank Sinatra, Tony Bennett y otros.

La orquesta de Willie Rosario grabó, entre 1963 y 1969, excelentes álbumes inscritos en dos subgéneros muy populares en su época, el boogaloo y el shing-a-ling, variaciones de ese latin-jazz que habían comercializado Tito Puente, Machito, entre otros, como en su momento también lo hicieron el flautista Johnny Pacheco, el conguero Ray Barretto o los pianistas portorriqueños Richie Ray y Eddie Palmieri. Además, en la tradición de La Sonora Matancera, hay en esos discos una amalgama de tonalidades, desde bailables y agresivas rumbas -como la alucinante Mi chamaco de 1967- hasta románticos boleros, muchos de ellos escritos por don Willie, a quien ya en ese tiempo se le conocía como “Mr. Afinque”.

Ese apelativo proviene de un uso boricua del verbo castizo “afincar”. Mientras que, en países de Sudamérica como el nuestro, el vocablo significa “establecerse o fijar residencia”, en la isla borinqueña es una expresión coloquial que sirve para describir a una pareja que baila muy pegada, apretada, “afincada”. Por eso se expandió la noción, al escuchar esas canciones cortas pero contundentes, de que el conjunto de Rosario tocaba “afincado” -léase apretado- y de ahí nació el alias de “Mr. Afinque” o “Señor Afinque”.

Inca Records y TH: Los años setenta

Sus primeros álbumes –El bravo soy yo (1963), Fabuloso fantástico (1965) o el espectacular Boogaloo & guaguancó (1967)- los grabó para Alegre Records y Discos BMC. Pero luego inició una larga relación con Inca Records, subsidiario de Fania, sello matriz del naciente género. Entre 1969 y 1977, Willie Rosario se consolidó como uno de los líderes de la salsa no producida directamente por Jerry Massucci y Johnny Pacheco -aunque cruzaron siempre sus caminos- y entregó discos de muy buena factura como Más ritmo (1972), Infinito (1973) -en el que destacan Juventud siglo 20 y Arrepentíos pecadores-, Otra vez (1975) y Gracias mundo (1977), conservando todavía el sonido entre lo tribal y lo jazzeado de sus inicios.

Para entonces ya eran una marca registrada en el sonido de Willie Rosario los tonos arrugados y graves del saxo barítono, un instrumento que adaptó para emular a uno de sus ídolos, el músico de jazz Gerry Mulligan (1927-1996), cuyos solos había escuchado en más de una ocasión en Nueva York. Canciones como La esencia del guaguancó (El bravo de siempre, 1969, también grabada por Johnny Pacheco), De Barrio Obrero a la 15 (Mr. Rhythm, 1971, tema que inició una estrecha relación con Cali, ciudad colombiana donde se ubica ese barrio) o Qué humanidad (Two too much, 1968) sirven como ejemplo de sus primeros usos de ese saxo infaltable en cada uno de sus álbumes y que, más tarde, influenciaron a orquestas como el Grupo Niche (Colombia), Los Adolescentes (Venezuela) e inspiraron canciones como Bailemos otra vez, del dominicano José Alberto “El Canario” (Mis amores, 1990).

La última mitad de los setenta los pasó con la disquera venezolana Top Hits, para lanzar interesantes discos como From the depth of my brain (1978), cuya carátula es una psicodélica ilustración sobre fondo anaranjado de un Rosario fantasmal con los brazos y la mirada hacia lo alto, emergiendo de un cerebro. En ese sello se quedaría hasta 1982, registrando álbumes de enorme éxito comercial como El rey del ritmo (1979), El de a 20 de Willie (1980), The portrait of a salsa man (1981) o Atízame el fogón (1982), con temas que actualmente siguen sonando en las pocas radios salseras que quedan.

Los primeros cantantes de Willie Rosario

En su primera etapa, alternaron en los micrófonos dos personalidades de amplio recorrido artístico con importantes bandas de la música afrolatina primigenia. El panameño Miguel Ángel Barcasnegras, más conocido como “Meñique”, había trabajado junto a Tito Puente; mientras que el portorriqueño Eladio Pequero Vega, más conocido como Yayo El Indio, aparece en cada álbum grabado por Rosario entre 1971 y 1982, aunque nunca como vocalista principal sino como corista. Yayo El Indio, como saben los más acuciosos, fue vocalista fijo de La Sonora Matancera entre 1971 y 1994, nada menos.

Hasta mediados de los años setenta, los vocalistas fueron Adalberto Santiago, famoso por sus grabaciones con Ray Barretto, Louie Ramírez, Larry Harlow y, por supuesto, la Fania All-Stars, Frankie Figueroa y José “Junior” Toledo, estos últimos los más identificados con el sonido muscular de Rosario en esos años. Luego, entre 1977 y 1979 el dúo de Junior Toledo y Guillermo “Guillo” Rivera fue el sonido definitivo de la orquesta, intercambiando y alternando roles con Yayo El Indio y Bobby Concepción.

Gilberto y Tony: Las estrellas

En los años ochenta ingresan dos jóvenes que causaron sensación tanto en la orquesta de Rosario como en sus trabajos posteriores, como solistas. Me refiero a Tony Vega, conocido por éxitos personales como Yo me quedo (1988, composición original de Pablo Milanés) o Lo mío es amor (1990), entre otras, quien llegó a los 23 años en 1980, proveniente de La Selecta de Raphy Leavitt y, algunos meses después, ya en 1981, Gilberto Santa Rosa quien con solo 19 años se unió a la línea delantera luego de pasar por la orquesta de otro grande de la salsa boricua, Tommy Olivencia. Ambos reemplazaron a Toledo y Rivera que, en 1980, lanzaron un LP titulado Se fugaron, en clara alusión a su salida de la orquesta.

Cuando Bobby Concepción decidió seguir otros proyectos por fuera, Vega y Santa Rosa quedaron como dúo hasta el álbum Nueva cosecha (1986). A este periodo pertenecen las canciones más populares de Willie Rosario como Mi amigo el payaso (El de a 20 de Willie, 1980, voz de Tony), La mitad (The portrait of a salsa man, 1981, voz de Gilberto), Busca el ritmo (The salsa machine, 1983, voz de Tony), Botaron la pelota (Afincando, 1985, voz de Gilberto) o Lluvia (Nuevos horizontes, 1985, cantada por ambos), una composición del cantante y pianista cubano Adalberto Álvarez (1948-2021) que también había sido grabada, un año antes, por la orquesta de Louie Ramírez y Ray de la Paz, para un LP titulado ¡Con caché! (Discos Caimán, 1984).

Gilberto Santa Rosa y Tony Vega brillaron como líderes de sus propias orquestas, cuando la salsa sensual o romántica, que el maestro Rosario llamaba “salsa monga”, comenzó a entrar en declive. Durante los noventa, ambos compartieron rankings con sus canciones y, posteriormente, Santa Rosa despuntó como uno de los artistas latinos más famosos en el mundo, interpretando salsas y boleros con elegancia y un estilo propio para el soneo que lo convirtieron en “El Caballero de la Salsa”. Ambos reconocen en el disciplinado Willie Rosario a su principal mentor y maestro como se aprecia en esta entrevista del 2024, realizada para promocionar el concierto Los 100 Años de Willie Rosario, realizado el 27 de abril de ese año en el Coliseo José Miguel Agrelot de Puerto Rico, en el que ambos soneros participaron.

Posteriormente, llegaron Josué Rosado, Bernie Pérez y Primitivo “Primi” Cruz, quienes le dieron una nueva personalidad vocal a la orquesta en discos como The salsa legend (1988), Unique (1989) o Viva Rosario! (1990), en el que Cruz hace famosa la salsa Anuncio clasificado/Dámelo, una de las que más se escuchan actualmente en radios salseras. Santa Rosa y Vega se reunieron nuevamente con su padrino artístico en el disco Back to the future (1999), con canciones como Que siga el afinque (Vega) o El apartamento (Santa Rosa). Para sus últimas producciones oficiales, La banda que deleita (2006) y Evidencia (2016), tuvo cantantes nuevos como Rico Walker y Alex de Castro.

Willie Rosario y Bobby Valentín: Una profunda amistad

Aunque su género base en más de ochenta años de carrera es la salsa, “Mr. Afinque” siempre ha incorporado el jazz en sus grabaciones, contando para ello con la colaboración extraordinaria de su gran amigo, el músico portorriqueño Bobby Valentín. Reconocido por los salseros como “El Rey del Bajo” por su trabajo con la Fania All-Stars y su propia orquesta, Valentín también nació artísticamente con Rosario, primero como trompetista y después como arreglista. Además, lo jaló para su sello Bronco Records, en el periodo de 1983 a 1991. El dato curioso es que nunca tocó su famoso bajo para Rosario.

“Valentín es el mejor arreglista de salsa de todos los tiempos” dice don Willie en Más salsa que podcast. Por su parte Bobby, quien actualmente tiene 84 años, considera a Rosario como “su hermano mayor”. Además de Valentín, tuvo otros arreglistas asociados como José Madera, Louie Ramírez, Humberto Martínez, José Febles, entre otros, quienes lo ayudaron a construir esa propuesta salsera en la que el protagonista central siempre es el sonido en bloque de la orquesta, estricto y condensado, como en el instrumental Rosario’s beat, composición de Valentín incluida en el CD Evidencia (20106).

Ese afinque estuvo siempre asegurado, gracias al aporte de músicos como, entre otros, Carlos Rondán (bajo), Ricky Rodríguez (piano), Jimmy Morales (congas), Obed Tirado o David “Piro” Rodríguez (trompetas), su línea inconfundible de cuatro trompetas y ese característico saxo barítono que estuvo a cargo de varios destacados músicos, entre los cuales destacaron el norteamericano Shep Pullman (de 1971 a 1975) -integrante de la orquesta con la que Tito Puente registró en 1962 su exitazo Oye cómo va-, Santiago “Chago” Martínez (de 1978 a 1981) y José “Beto” Tirado (de 1982 a 1990).

Los covers de Willie Rosario

Aparte de sus propias composiciones, guarachas, descargas y boleros incluidas en sus primeros álbumes, y de interpretar a clásicos compositores afrolatinos como Catalino “Tite” Curet Alonso, Roberto Angleró, José Luis Cruz o el argentino Artie Azenzer, pianista y arreglista conocido por su trabajo en Hollywood, Willie Rosario tiene un catálogo de versiones de clásicos del jazz, el bossa nova y otros géneros musicales, en los que sus orquestas demuestran enorme versatilidad y amplitud de recursos.

Solo por tomar algunos ejemplos, mencionaré canciones de épocas diferentes: el estándar del jazz My favorite things (Boogaloo & guaguancó, 1967), del musical de Broadway y famosa película The sound of music, que fuera popularizada en 1965 por la cantante británica Julie Andrews y cinco años antes, en 1960, en versión instrumental de John Coltrane; Last tango in Paris (Infinito, 1973), del argentino Leandro “Gato” Barbieri para el filme del mismo nombre; o No more blues (Back to the future, 1999), título en inglés del bossa nova Chega de saudade, escrito originalmente en 1958 por los mismos autores de Garota de Ipanema, los brasileños Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes. En ese mismo disco destaca el instrumental Satin ‘n lace de Philip Sunkel, un clásico del latin-jazz que grabaron, entre otros, La Sonora Ponceña y Tito Rodríguez.

En 1981 transformó en cadenciosa salsa la balada Just the way you are de Billy Joel, con el título Como eres tú y cantada por Bobby Concepción para el LP The portrait of a salsa man. En el disco de 1978, From the depth of my brain, versionaron la conocida ranchera Ojalá te vaya bonito de José Alfredo Jiménez. Y en los álbumes El de a 20 de Willie (1980) y Viva Rosario! (1990), el maestro volvió a revisitar el cancionero de Jobim con sofisticadas versiones de Meditación y Wave, respectivamente. En todas, la elegancia en los arreglos y la fineza instrumental son una constante para entender el alto nivel de Willie Rosario y sus orquestas, un verdadero orgullo latino.

[Música Maestro] La semana pasada se estrenaron en nuestra capital dos productos cinematográficos que, por diferentes razones e independientemente de sus particularidades, demuestran que la música popular del pasado sigue siendo una asegurada fuente de entretenimiento y nostalgia. Uno es una película biográfica -una biopic, en el argot cinemero- y el otro, un documental. A nivel mundial, cada uno ha despertado a extensas comunidades de fans de los artistas que inspiran estos largometrajes, las cuales han respondido masivamente a las convocatorias comerciales, convirtiéndolos en taquilleros exitazos.

En general, disfruto más los documentales que las películas basadas en las vidas/trayectorias de músicos, porque ofrecen una mirada real, creíble, exenta de imprecisiones. En todo caso, si un documental cae en desinformación u omisiones, son consecuencia intencional de quien dirige o produce la investigación y no invenciones nacidas de técnicas narrativas cinematográficas justificadas para darle fluidez al guion o facilitar la comprensión tácita de un proceso que, de contarse paso a paso, no acabaría nunca.

Una de las cosas más llamativas de esta coincidencia en cartelera es que se trata de personajes que tuvieron su punto máximo de popularidad en un mismo periodo de tiempo -entre 1981 y 1989- y son referentes absolutos del estilo que cada uno representa. A través de estas películas podemos (re)descubrir los motivos de su importancia y por qué aun hoy mantienen intactos, a pesar de los altibajos que hayan tenido, sus niveles de fama e influencia.

Michael: Una primera parte que pudo ser mejor

En líneas generales, Michael (Antoine Fuqua, 2026), con la actuación sobresaliente de Jaafar Jackson, sobrino de “El Rey del Pop”, hijo de su hermano Jermaine, deja una sensación híbrida en el espectador con conocimientos suficientes como para entender, antes de sentarse a verla, quién fue Michael Jackson. De niño prodigio a superestrella a personaje de hábitos extraños, criminalizado por los peores y más sórdidos escándalos en los que puede verse involucrado un hombre, las acusaciones de presunta violación de menores de edad, el cantante, compositor y bailarín dejó una huella imborrable en el panorama artístico y cultural mundial.

El largometraje cubre dos periodos de la vida de este hombre que apenas llegó a los 51 años y que definieron de manera contundente el último tramo de su paso por el mundo. Pero lo hace a manera de postal navideña, desde una óptica complaciente, sin introducirse en las oscuridades asociadas a esa carrera iniciada cuando solo tenía 6, propulsada por su sorprendente talento natural para cantar y bailar y un padre visionario, pero negativamente ambicioso que decidió explotarlo sin descanso ni mesura. Esto va más o menos de 1967 a 1977, la década en que el pequeño Michael brilló, con su amplia sonrisa e inocente mirada, al frente de The Jackson 5.

El segundo periodo, de 1978 a 1988, está marcado básicamente por las transformaciones físicas de Michael, las primeras fuentes de controversia con respecto a su perfil psicológico supuestamente quebrado por el maltrato infantil al que fue sometido y el estratosférico éxito comercial de sus producciones como solista, con canciones y videoclips que se llevaron todos los premios y rompieron todos los récords. Otra vez, las libertades del guion ofrecen una visión parcial de todos esos traumas y cruces de contradicciones. A pesar de eso, las canciones -inolvidables, algunas superlativamente buenas- hacen que sus dos horas de duración valgan la pena.

Burning ambition: Los cincuenta años de Iron Maiden

Burning ambition (Malcolm Venville, 2026), es una celebración muy merecida. Iron Maiden no inventó el heavy metal, pero sí lo llevó a niveles extraordinariamente altos de popularidad y poder de convocatoria. Aunque su primer álbum oficial se lanzó en 1980, las bodas de oro se calculan desde 1975, cuando Steve Harris concibió, con solo 21 años, un sueño épico de guitarras, bajos galopantes y esa combinación de rebeldía, leyenda y velocidad, en medio de su trabajo como basurero en Londres.

La película tiene todos los elementos para que leales hordas de metaleros se congreguen y conviertan cada proyección en la primera fila de un concierto. El ritual silencioso del cine se quiebra con gritos, cánticos, aplausos. Si bien es cierto hay más entrevistas e imágenes de archivo que canciones, muy valiosas para los más fanáticos, cada extracto hace delirar a las butacas. Cuando fui a verla, la sala estuvo llena y ocho de cada diez personas llevaba puesto un polo de Iron Maiden. Una comunidad que responde a la llamada de la tribu con compromiso y que, al final del metraje, sale satisfecha conversando sobre qué les gustó más.

La celebración de estos cincuenta años de indesmayable carrera metalera coincide además con un hecho largamente esperado por su familia global, la inducción del grupo en el Salón de la Fama del Rock and Roll, veinticinco años después de que se hicieran elegibles para tal distinción. Lamentablemente, no podremos verlos tocar en la ceremonia oficial pues, al realizarse en octubre, agarrará al grupo en medio de su gira Run for your lives, la misma que los traerá por tercera vez al Perú.

Michael Jackson y Iron Maiden: Fenómenos de masas

Recientemente vi, estupefacto, cómo Shakira actuaba en Copacabana ante una multitud narcotizada por su ramplón exhibicionismo, una muchedumbre que le celebra esas majaderías vendidas una y otra vez como símbolos de “empoderamiento femenino”, incluso acompañada por dos íconos de la cultura musical brasileña, Caetano Veloso y su hermana, María Bethânia, ambos octogenarios. Me pareció una metáfora perfecta de la confusión y el empobrecimiento de los gustos populares, atrapados por esa mezcolanza tendenciosa de publicidad, exacerbación de pulsiones primarias y encumbramiento de lo farandulesco que prima en la industria discográfica del siglo XXI.

Hace poco más de cuarenta años, en 1985, Iron Maiden tocó ante aproximadamente 350,000 personas en Rio de Janeiro, durante la primera edición de Rock In Rio que fue, además, la primera visita a Sudamérica del quinteto británico. Ver las imágenes de un festival desbordado por fanáticos del rock duro con letras que hablan de heroísmo, anti belicismo y cuestiones mitológicas, sin celulares en las manos y estrechando lazos con los músicos, contrapuestas a las de egocéntricos gentíos que balbucean mensajes superficiales mientras se graban a sí mismos, es sobrecogedor.

Del mismo modo, recordar la presentación de Michael Jackson en el entretiempo de un evento deportivo emblemático para los Estados Unidos como la final del Super Bowl de 1993 y compararla con las últimas tres o cuatro versiones del mismo acontecimiento, marcadas por baratas vulgaridades y, en la edición más reciente, la supuesta declaración política de un portorriqueño que se apropia de la representatividad de lo latino después de hacer publicidad sexista para Calvin Klein, resulta ilustrativo respecto del peso y sustancia que antes podían alcanzar incluso las manifestaciones más comerciales del pop frente a su actuales ligerezas. Iron Maiden y Michael Jackson son de los últimos fenómenos de masas que también podían presumir de calidad artística y trascendencia.

El pop y el metal: Universos paralelos

Cuando Michael Jackson lanzó Thriller (CBS Records, 1982), más de la mitad de sus canciones se convirtieron en éxitos inmediatos en el mundo entero. Y el Perú, con apenas tres años de haber regresado a la democracia, no fue la excepción. Yo era niño en ese tiempo y recuerdo claramente la fiebre que ocasionaron, de forma escalonada, los videoclips de Billie Jean, Beat it y Thriller, con grupos de jóvenes que se reunían en las calles para replicar las coreografías y familias enteras que esperaban la transmisión de la versión larga, una mini película de terror hecha para televisión.

Casi al unísono, las radios y canales de televisión locales propalaban canciones como Rock with you, She’s out of my life o Don’t stop ‘til you get enough, incluidas en su álbum anterior Off the wall (1979), considerado por todos como el primer LP de Michael Jackson. En realidad, se trataba de su quinta producción discográfica como solista, puesto que Motown Records ya había comenzado a capitalizar el carisma y talento del joven Michael con cuatro discos lanzados entre 1972 y 1975, en simultáneo a su trabajo con The Jackson 5, el grupo que integraba junto a sus hermanos Jackie, Tito, Jermaine y Marlon.

En paralelo, Iron Maiden lanzó al mercado, en aquel mismo 1982, su tercer larga duración The number of the beast, el primero con Bruce Dickinson como vocalista tras la renuncia/despido de Paul Di’Anno. Si bien es cierto eran ya bastante conocidos como líderes de la llamada “Nueva Ola del Heavy Metal Británico” con dos discos previos –Iron Maiden (1980) y Killers (1981)- este LP generó enorme polémica, en particular por el tema-título, con una imaginería que fue de inmediato catalogada como “satánica” por grupos conservadores en su propio país y más allá.

Mientras Jackson se vio obligado a colocar advertencias en el famoso cortometraje en que se convierte en un espantoso hombre lobo, debido a la pertenencia de su familia al grupo religioso de los Testigos de Jehová, los comandados por Steve Harris enfrentaron toda clase de estigmas por sus videos diabólicos y su monstruosa mascota, Eddie, un gigantesco zombie que, desde el álbum debut hasta Senjutsu (2021), el décimo séptimo disco, ha aparecido en todas sus carátulas en un amplio rango de situaciones, desde templos egipcios hasta ciudades futuristas, desde manicomios hasta campos de batalla.

Entretenimiento para grandes y chicos

La historia de Michael Jackson está lejos de ser un ejemplo a seguir. A pesar de que, a raíz de la película -vapuleada por la crítica, acogida por el público- se han vuelto a poner sobre la mesa detalles que desmentirían las graves acusaciones en su contra, hay muchos aspectos que nos hacen dudar sobre si fue o no una persona “normal”, desde sus enfermedades hasta sus obsesiones. Sin embargo, ninguno de esos matices formó nunca parte de lo que ofrecía al público, tanto en sus canciones como en sus videos o actuaciones en vivo.

Lo que generaba en sus apariciones públicas era pura emoción, a veces expresada en casos de auténtica histeria colectiva -como en su momento lo hicieron Elvis Presley o The Beatles- y un universo paralelo en el que confluían la fantasía -el ser poderoso, casi sobrenatural de sus videos- con positivos mensajes universales. Basta con revisar cualquiera de sus producciones audiovisuales, desde Beat it (Thriller, 1982) hasta Earth song (HIStory: Past, present and future, Book I, 1995), o las letras de canciones como Man in the mirror (Bad, 1987) o Black or white (Dangerous, 1991), para hacernos una idea clara de eso.

Incluso el periodo comprendido entre los años 1993 y 2009, marcado a fuego por las denuncias, la destrucción de su rostro con cirugías estéticas, las actitudes erráticas y un anunciado retorno a los escenarios que la muerte frustró y que, supuestamente, será materia de la segunda parte de Michael, dejó varios éxitos comerciales para su carrera artística, como la demostración de la vigencia de su combinación de R&B, soul, pop-rock, funk, disco y electrónica, tanto a través de lanzamientos como Invincible (2001, su último disco oficial) y el recopilatorio Number ones (2003) como del documental This is it, estrenado cuatro meses después de su fallecimiento, que resume los ensayos de la que habría sido su gira de despedida. Eso sin contar los tributos e incontables reproducciones que actualmente registran los videos de todas sus épocas. Solo o con sus hermanos, en videoclips o en conciertos, Michael Jackson es garantía de buen entretenimiento para todos.

Música bien tocada y sin concesiones

El caso de Iron Maiden es, más allá de las evidentes diferencias estilísticas, parecido. Su capacidad para entretener y convocar multitudes es ilimitada, desde el terreno de lo que el público general llama “rock pesado”. La historia de Iron Maiden es una de consecuencia y fidelidad al público, incluidos aquellos momentos en que a la banda no le fue del todo bien, como cuando Dickinson abandonó el grupo y fue reemplazado por Blaze Bayley. Entre 1982 y 1992 la banda grabó siete álbumes que han superado la prueba del tiempo, icónicas grabaciones de heavy metal sin concesiones ni intentos de adaptación a cualquiera de los giros que imponía la moda o el cambio generacional.

Discos como Peace of mind (1983), Powerslave (1984), Somewhere in time (1986), Fear of the dark (1992) o el doble en vivo Live after death (1985) permanecen como un legado incuestionable, llenos de momentos de profunda musicalidad y virtuosismo. Las guitarras de Adrian Smith y Dave Murray estremecen con sus intercambios de roles, armonías gemelas y solos electrizantes, el bajo frenético de Steve Harris y su rotunda presencia escénica emocionan siempre como si fuera la primera vez, la batería de Nicko McBrain sostiene todo como una roca y la voz de Bruce Dickinson, su energía y potencia para conducir a las masas es tan impresionante como su papel de piloto del Ed Force One, el Boeing 757 que todos vimos en Iron Maiden: Flight 666, documental que, otra vez de forma coincidente, se estrenó en el 2009, el mismo año de la muerte de Jackson.

El siglo XXI vio el renacimiento de Iron Maiden, con una formación poco habitual para grupos de heavy metal. Además del retorno de Bruce Dickinson y Adrian Smith, que se había ido en 1990, se quedó Janick Gers, su reemplazante, como tercer guitarrista. Gers aportó, además de su excepcional dominio del instrumento, una extravagancia sobre escenario que incluye malabares al estilo Yngwie Malmsteen y estrambóticos desplazamientos que le sirvieron para ganarse el abrazo del público. Como sexteto, Iron Maiden ha publicado seis álbumes -entre ellos los notables Brave new world (2000), Dance of death (2003) o The book of souls (2015)- y hecho doce giras alrededor del mundo, entre el 2000 y el 2025.

Productos cinematográficos de calidad

Más allá de las agudezas de la fría crítica especializada o de las encendidas pasiones que producen en sus fieles seguidores, estos filmes que se ocupan de dos de los artistas musicales más importantes de los últimos cincuenta o sesenta años promueven el renovado consumo de sus grabaciones, consideradas como piezas de museo por el común de las personas y, en el caso de los hits de Jackson, repeticiones permanentes en la programación radial. En ambos casos, tanto la película biográfica con sus inevitables licencias creativas como el documental y sus enfoques unidimensionales terminan aplaudidos rabiosamente a los dos lados del Atlántico.

Michael y Burning ambition -ambas de los estudios Universal-, como productos audiovisuales, nos dejan claro que los cambios en la industria musical han ido en dirección opuesta al buen gusto y al sano entretenimiento. No hay forma de considerar una “evolución” las modernas preferencias de las masas, capaces de delirar por artistas que solo se dedican a estimular de forma canallesca aspectos relacionados al lujo conseguido a cualquier costo, la hipersexualización de todo y un uso elemental del lenguaje, tanto en inglés como en castellano. Me pregunto si en el 2076 pasará lo mismo con películas acerca de Bad Bunny, Rosalía o Shakira, si a alguien se le ocurre la malísima pero potencialmente rentable idea de producirlas. Felizmente, no estaré vivo para verlas.

[OPINIÓN]  Aun cuando en esas épocas la población mundial era cuatro veces menor, el célebre filósofo español, casi un Nostradamus del siglo XX, ya avizoraba la catástrofe ocasionada por la premisa democrática que permite a todos la posibilidad de airear su opinión.

Antes de aquello, solo opinaban quienes estaban capacitados para hacerlo. Aunque en los términos relativistas actuales eso puede sonar discriminador y hasta fascista, la degradación evidente de los discursos en la actual esfera pública le da la razón al prolífico autor fallecido en 1955.

Décadas más tarde y ya en los últimos tramos de su vida, otro influyente pensador, el italiano Umberto Eco dijo, palabras más palabras menos -cito de memoria- que la omnipresencia de las redes sociales era como si todas las conversaciones de cantinas de mala muerte, en esencia charlas privadas cuya naturaleza impedía que vieran la luz más allá de sus pisos pegajosos y puertas de acero semicerradas, de repente y por arte de magia se convirtieran en noticia, titulares de periódicos, columnas de opinión.

Quienes tenemos la costumbre de interactuar en comunidades virtuales con amigos del barrio, del colegio y la universidad, por razones de nostalgia y entretenimiento la mayor parte del tiempo, padecemos esa degradación en carne viva, cada campaña electoral.

Si para los procesos del 2011 y 2016 los principales medios de comunicación online eran los correos electrónicos, los chats del Messenger y los toma-y-daca de comentarios en Facebook y Twitter -ahora X, a pesar de que todos le sigamos diciendo Twitter-, en los dos siguientes, 2021 y 2026, son los grupos de WhatsApp los contenedores de esas cantinas y esos sótanos que Eco y Ortega prefiguraron en el pasado.

La diversión y los recuerdos de esquina son reemplazados, durante las campañas de primera y segunda vuelta, por una retahíla de necedades que van en todos los sentidos y son de todos los colores e intensidades. Claro, quienes apoyan las teorías fraudistas sentirán eso de quienes las rechazamos con violencia.

Y quienes militamos en el antifujimorismo más radical sentimos lo propio de esas monsergas en las que se repiten términos como “caviar”, “rojete”, “cojudigno”, “no al comunismo”, “zurdos de mierda” y demás variables -cada una peor que la anterior- escritas por quienes son, desde diferentes niveles, lo que mi buen amigo Wilder González Ágreda define como “pobres de derecha”.

El problema es que no se trata de una sencilla y, hasta cierto punto, comprensible dicotomía en la que ambas partes, contrapuestas y enfrentadas, tienen las mismas probabilidades de tener buenos o malos resultados.

Lamentablemente para todas esas barras bravas que atacan con uñas y dientes, con retorcida ironía e incluso con agresivas y vulgares ofensas cuando se ven cercados, la información aquí es clara y contundente, digan lo que digan.

No se trata de un inocuo y hasta saludable, para nuestra gimnasia sináptica, dilema filosófico -ya quisiéramos, para seguir releyendo a mentalidades geniales como las del par de filósofos citados- sino de que, de un lado, tenemos a una opción política relativamente predecible, la de Roberto Sánchez que, sin ser ni por asomo la maravilla, ofrece menos riesgos que aquella otra opción que manda a los medios convencionales a engañar a las grandes mayorías presentando a uno de sus asalariados como analista neutral.

Se trata de ver cómo Keiko Fujimori “pide perdón” a las familias puneñas afectadas por la matanza del 2022-2023 mientras que, en paralelo, uno de sus principales perros de presa, anclado en este congreso y en el que viene, anuncia con una robustez digna de mejores causas que ha presentado leyes para eximir de responsabilidad a todos los policías involucrados en esas situaciones.

Mientras, por el otro lado, el actual líder de Juntos por el Perú, con todas las dudas que es capaz de generar, integra a su equipo al fiscal que estuvo a punto de llevar a la cárcel a la eterna candidata de Fuerza Popular, heredera de Alberto Fujimori.

El cálculo político detrás de las dos agrupaciones que disputarán en catorce días la segunda vuelta pone al electorado nacional en la misma disyuntiva que enfrentó los tres procesos anteriores -2011, 2016, 2021- pero, cuando aplicamos lentes de aumento a la situación, las cosas no son exactamente iguales.

Ese cálculo político ha alcanzado en esta oportunidad a la enorme cantidad de perdedores que, de forma casi fellinesca, ejecutó la semana pasada un acto político tan aparatoso como inútil, la enésima presentación de un “frente” que solo logró llamar la atención de sus propios miembros y de uno que otro medio noticioso -Rosa María Palacios, La Encerrona- pero que pasará absolutamente inadvertido para la población.

Y ni hablar del voto viciado/en blanco, una opción que sea individual o en la forma de llamados a la acción colectiva, no va a tener mayor impacto en el resultado final. Y si acaso lo tiene, será negativo pues contribuirá a una mayor dispersión del voto antifujimorista y su posible reducción, lo cual sería desastroso.

Lo único en común que tiene esa segunda vuelta con las tres pasadas es lo obvio, la presencia de Keiko en el balotaje y la posibilidad de que el voto anti se active al final, ya no 24 horas sino, literalmente, en las colas de los locales de votación, para definir -por lo menos es lo que deseamos con todo el corazón- su cuarta y quizás definitiva derrota.

En el entretiempo, seguiremos viendo cómo las cantinas del Twitter y de los grupos privados de WhatsApp siguen llevando cada vez más al límite nuestra capacidad de tolerancia a la estupidez, desde el lado de los tontos útiles, y soportar la mala intención de los verdaderos operadores de grupos de poder político y económico que salivan con la idea del triunfo de Keiko Fujimori. El panetón JP tiene solo dos semanas para revertir eso.

 

IN MEMORIAM: Abel “Walo” Carrillo Milla (76), baterista peruano de bandas históricas como Telegraph Avenue, Tarkus, Dr. No, Tlön, entre otras, fallecido la semana pasada, fue -como yo- herreriano (ex alumno del colegio nacional Bartolomé Herrera). Q.E.P.D.

[Música Maestro]

La tarde del domingo 17 de mayo la comunidad de seguidores y admiradores de la obra musical de Frank Zappa recibimos una triste noticia. Ike Willis, cantante y guitarrista que, entre 1978 y 1988, fue uno de los colaboradores más cercanos del genio de Baltimore, falleció a los 70 años. Desde el 2024, por lo menos, se venían difundiendo informaciones -muchas de ellas por parte de su propia familia, específicamente de su hija Leah- que daban cuenta de que el buen Ike, gran cantante, excepcional guitarrista, venía luchando valientemente con un invasivo cáncer de próstata. Incluso ella tuvo que salir en redes sociales más de una vez a desmentir rumores de que su padre había muerto.

Sin embargo, en esta ocasión era verdad, como se fue confirmando con el transcurrir de las horas. El primero en avisar a la comunidad mundial de fans del universo zappesco fue Arthur Barrow, quien fuera bajista de la banda entre 1978 y 1980 y después, hasta 1982, se desempeñó como director musical o “Clone Meister”. Barrow y Willis fueron las columnas vertebrales de la primera banda ochentera de Frank, la misma que lanzó icónicos discos como Joe’s Garage (1979), You are what you is o Tinsel town rebellion (ambos de 1981), grupo por el que también pasaron luminarias de la música mundial como Steve Vai (guitarra), Vinnie Colaiuta (batería), entre otras. André Cholmondeley, uno de sus mejores amigos y líder de Project/Object, fue uno de los primeros en reaccionar: “Él era como mi hermano. Y todo lo que he hecho en la música en los últimos 30 años comenzó gracias a haberlo conocido…”

Quienes conocemos el catálogo de Frank Zappa de arriba a abajo, recordamos sus magistrales interpretaciones de temas que pertenecían a otras épocas de aquella amplia discografía, como la versión de 1988 de Dickie’s such an asshole -dedicada originalmente a Richard Nixon y, en esta ocasión, a Ronald Reagan- o la relectura de Village of the sun, incluida en el disco Saarbrücken 1978, parte del primer volumen de la colección de bootlegs Beat the boots I (1991). Pero también llegan a la mente canciones escritas para su abaritonada y brillante voz como Lucille has messed my mind up, Why does it hurt when I pee? o Outside now, uno de los puntos climáticos de la historia de Joe. O, por supuesto, el jazz al estilo crooner de Yo’ cats (Frank Zappa meets The Mothers of Prevention, 1985) y el psicótico blues Bamboozled by love, clásico del Tinsel town rebellion.

Una de las mejores grabaciones en vivo de Ike Willis es, sin duda, el medley de tres canciones de los Beatles que pudimos escuchar de forma oficial en el álbum doble Zappa ’88: The last U.S. show (2021) que es, como dice su nombre, la grabación del último concierto de aquella gira que canceló en medio de polémicas internas.

En ese cover, Zappa altera las letras de tres gemas de Leoon/McCartney, Norwegian wood (The bird has flown), Strawberry fields forever y Lucy in the sky with diamonds, para ridiculizar a los tele-evangelistas, a partir de los escándalos de un conocido predicador, Jimmy Swaggart, fallecido a los 90 años en julio del 2025, quien fue encontrado entre 1986 y 1988 con prostitutas, a las que pagaba miles de dólares con lo que recaudaba en su televisado “ministerio” religioso. La voz de Ike, sus inflexiones y tonalidades, convierten en un clásico del humor negro a esta pieza que podríamos aplicar a tantos otros sacerdotes o gurúes que esconden sus bajas pasiones detrás de una careta espiritual.

¿Cómo llega Ike Willis a la banda de Zappa?

“Conocí a Frank en 1977, cuando mi esposa y yo estábamos en la universidad, en Washington. Había venido a dar un concierto y yo formaba parte del equipo técnico del local. Casualmente, lo conocí después de la prueba de sonido. Empezamos a hablar. Nos caímos muy bien, me hizo tocar y cantar para él. Me dijo que le gustaría que hiciera una audición para su banda. Básicamente, después de la gira de ese año -parte de la cual podemos escuchar en los álbumes Sheik yerbouti (1979) y Baby snakes (1983)- me llamó cuando todavía estaba en la universidad y me dijo que me iba a pagar el viaje para la audición. Volé una semana después y entré en la banda”. El resto es historia. Así recordaba Isaac “Ike” Willis, natural de St. Louis, Missouri, el comienzo de su relación con Frank Zappa, que se extendió hasta 1988, lo cual convierte en el músico que más tiempo ha permanecido en su banda.

La carrera de Ike Willis está íntegramente definida por su trabajo con Zappa. Participó en todos los álbumes ochenteros del grupo -siete en estudio, seis en concierto e infinidad de lanzamientos tanto oficiales como póstumos- y fue parte fundamental en el ensamblaje vocal de las giras de 1978, 1979, 1984, 1986 y 1988, con un hiato entre 1980 y 1982 en que pidió licencia por el nacimiento de sus hijos. Desde 1993, año de la muerte de Frank, Ike ha mantenido vigente el legado musical de su mentor a través de sus colaboraciones con diversas bandas de tributo a Zappa alrededor del mundo, entre ellas The Central Scrutinizer (Brasil), Ossi Duri (Italia) o The Ed Palermo Big Band (EE.UU.).

Además, estuvo presente en la formación original de The Band From Utopia -actualmente Banned From Utopia-, junto a Robert “Bobby” Martin, (voz, saxo, teclados), Tommy Mars (teclados), Arthur Barrow (bajo, guitarra), los hermanos Tom y Bruce Fowler (bajo y trombón), Kurt McGettrick (saxos, clarinetes), Ed Mann (percusión) y Chad Wackerman (batería), todos ex alumnos de Frank. Algunos años después, colaboró con Project/Object, banda norteamericana fundada por el virtuoso guitarrista André Cholmondeley.

Joe’s Garage y Thing-Fish: Los legados vocales de Ike

Conocido como el “barítono biónico” -así figura en los créditos del álbum The man from Utopia (1983)– Ike Willis se estableció como figura central de la banda desde su aparición en el disco conceptual Joe’s Garage (1979), en el que interpreta a Joe, protagonista de la historia. En esta obra, originalmente editada en tres vinilos, Joe, un atribulado aspirante a músico de rock, hace un viaje de descubrimiento y redención artística y personal, no sin antes atravesar una serie de experiencias bizarras que ponen a prueba su temple, desde la tiranía y superficialidad del music business hasta extraños encuentros con máquinas y robots, todo al estilo irreverente y audaz de Zappa.

Asimismo, Willis se encarga del rol principal de otra de las producciones de esa década, Thing-Fish (1984). Se trata de un cuento que es mitad ciencia ficción y mitad cómic, donde el personaje central es una  extraña criatura con cabeza de papa, pico de pato y exagerado acento negro llamada Thing-Fish, una alegoría caricaturesca inventada por Zappa para lanzar duras críticas contra la discriminación y la homosexualidad, el establishment norteamericano, los prejuicios y los tele-evangelistas, entre otros temas recurrentes en su obra.

“Joe’s Garage -dijo Ike alguna vez- es mi álbum favorito desde el punto de vista sentimental. Fue el primero que hice, tenía 22 años y trataba de absorber y aprenderlo todo. Por su parte, Thing-Fish fue la cosa más larga y compleja que he hecho con Frank. El tema central era muy difícil y había cantidades de material. El álbum cobró vida propia y comenzó a crecer, los libretos cambiaban día a día y siempre aparecían letras nuevas”.

Zappa en los ochenta: Armonías vocales

En esa década, pasado el furor del jazz-rock y sus rutinas humorísticas, la música de Frank Zappa se orientó mucho hacia la construcción de complicadas armonías vocales, producto de la afición por el doo-wop y la música soul que cultivó desde su adolescencia en los años cincuenta. Por otro lado, a partir de esa época Frank comenzó a limitar su trabajo al de compositor, arreglista y productor de su material.

Para eso, contó con el apoyo valioso de Ike Willis, quien se convirtió en su mano derecha: “Él buscaba nuevos vocalistas porque ya no quería cantar más. Extrañaba las armonías, tú sabes, el doo-wop y todo eso. Trataba de cambiar de dirección musicalmente, las combinaciones ya no estaban funcionando bien. Es decir, siempre hubo músicos increíbles en sus bandas, pero él ya no se estaba divirtiendo mucho. Cuando me contrató, las cosas comenzaron a cambiar”.

Desde el principio, Zappa vio algo especial en Willis, y se lo hizo saber de inmediato: “Cuando entré por la puerta para mi audición, había una fila de unas treinta o cuarenta personas. Él ya lo tenía todo preparado, en lugar de probarme, me dio un fajo de letras de canciones y me pidió que le ayudara a hacer las audiciones a los demás. Eso fue un martes, y no hice mi propia audición hasta dos días después. Solo duró unos veinte segundos, luego seguimos haciendo pruebas a otras personas y me contrató antes del fin de semana”.

En el DVD Does humor belong in music? (1986) se puede apreciar a una de las mejores secciones vocales de Zappa. Junto a él están Ray White, Bobby Martin y por supuesto, Ike Willis. Del mismo modo, en la tríada de discos en concierto Broadway the hard way (1988), The best band you never heard in your life y Make a jazz noise here (ambos de 1991), que registran oficialmente las actuaciones de lo que finalmente fue la última gira de Frank Zappa antes de su voluntario retiro de los escenarios, Ike Willis integra junto con Bobby Martin, Mike Keneally y Frank, el cuarteto de voces con el que recrearon su amplio catálogo en aquellos conciertos realizados entre febrero y junio de 1988.

Ike Willis y su afilada guitarra

Aunque es más conocido por sus aportes como cantante, Willis también colaboró como guitarrista rítmico en los distintos ensambles de los que fue parte. Como solista grabó dos álbumes, firmados como The Ike Willis Band: Shoulda gone before i left (1988) y Dirty pictures (1998), en los que demuestra todo lo aprendido de Frank: compone y produce su material, tiene un sentido del humor político muy agudo, construye pasajes instrumentales muy interesantes y posee los derechos de todas sus grabaciones. Además, su estilo con las seis cuerdas tiene ese sonido tan reconocible y un particular gusto por lo complejo, polirrítmico y disonante, como su maestro.

Ike Willis se mantuvo siempre de gira, tocando la música de Zappa donde se lo pidieran, y fue invitado a varias ediciones del Festival Zappanale, que se realiza desde 1993 en la ciudad alemana de Bad Doberan, ya sea con Project/Object o acompañando a otros músicos, como los europeos Zappatika o bandas más jóvenes como The Z3 o The Furious Bongos, quienes también han anunciado homenajes para la persona con quien compartieron más de una vez los escenarios, rindiendo homenaje perpetuo a la música de Frank. En este concierto de Project/Object, del 2004, Ike Willis comparte escenario con el saxofonista y cantante Napoleon Murphy Brock (en la banda entre 1973 y 1976), una de sus grandes inspiraciones. “De él aprendí a cómo moverme en el escenario”.

Siempre afirmó sentirse orgulloso de seguir tocando la música de Frank y que eso no le generó nunca problemas legales, pues estaba cumpliendo un pedido que el mismo compositor le hizo antes de fallecer en diciembre de 1993. “No estoy ganándome la vida con su música. Solo estoy cumpliendo la voluntad de un viejo amigo. Al final me dijo: “Sal allá afuera y mantén la música viva como puedas. No cambios de tono, no nuevos arreglos. Anda y toca mis canciones tal y como te las enseñé”. Y eso es lo que estoy haciendo”.

Como músico, Ike Willis coincide con quienes han declarado que trabajar con Zappa era sumamente exigente: “No puedes tocar su música si estás distraído saludando a las chicas o fumando marihuana. Había partes muy complejas e intrincadas. Él era increíblemente perfeccionista. Ensayábamos ocho horas diarias, seis días a la semana. Algunos miembros de la banda no se divertían tanto como yo. Para mí, era como estar permanentemente en una escuela de música, aprendiendo cosas increíbles”.

Sobre los sucesos que acabaron con el grupo de 1988, Ike Willis no comparte la opinión de Frank, según la cual la banda se autodestruyó: “El responsable fue Scott Thunes. Estaba tan alocado que nadie quería tocar con él. Él es salvajemente talentoso e inteligente, pero nadie quería estar cerca de él por cómo actuaba”, mencionó Ike, refiriéndose a los hábitos exagerados del bajista a quien Frank había nombrado director musical. “Esa fue la mejor banda de Frank en la que estuve. Teníamos la combinación perfecta de personas. Si Frank hubiera estado de un ánimo distinto, estoy seguro de que habría despedido a Scott y continuábamos con otro bajista. No era un buen tiempo para Frank, estaba comenzando a sentirse mal y simplemente mandó todo a rodar”.

Un trabajo que se convirtió en amistad

Con los años, la relación entre Ike Willis y Frank Zappa se hizo más personal, ya que detrás de las exigencias del trabajo en la banda, se desarrolló una gran amistad. “Mi esposa y yo lo seguíamos desde nuestras épocas de estudiantes y posteriormente, ella me acompañó a todas las giras”. Cuando Frank se enteró que padecía de cáncer, Ike fue la única persona que no era de su familia a quien se lo contó. “Me lo dijo dos años antes de anunciarlo a la prensa. Después de la gira del ’88 me mudé a Portland y al año siguiente me llamó y me dijo: “Ya no vamos a salir”. Cuando le pregunté el motivo me dijo que se estaba sintiendo mal, y que después de consultar a cuatro doctores, el quinto le confirmó que tenía cáncer y que era terminal. “No puedo hacer nada al respecto” fue lo que dijo”.

En julio de 1993 Frank lo llamó con una ambiciosa idea en mente: hacer planes para preparar el vigésimo quinto aniversario del álbum 200 Motels, que se iba a cumplir dos años después, en 1995, con una gira mundial que reuniría varias etapas de su carrera, con invitados especiales y hasta una orquesta filarmónica. El vocalista, entusiasmado con esa posibilidad de regresar al ruedo, lo apoyó completamente: “Me llamó y me dijo: “¡Oye, me estoy sintiendo mejor!”.

Al parecer la enfermedad había entrado en una especie de receso y Frank se sintió en condiciones para regresar. Estaban planeándolo todo cuando de repente recayó, eso fue en noviembre. “Fue todo muy rápido. Mi madre había fallecido de cáncer a la misma edad de Frank durante la gira del ’88. Fue un golpe muy duro para mí, apenas tuve tiempo para hablar con él antes de morir”.

Ike Willis fue una de las personas que más cerca estuvo de Frank como ser humano: “No importa lo que hayan escuchado acerca de él, que era una mierda o un estúpido. Frank es el ser humano más inteligente que he conocido, un hermoso ser humano. Era realmente un buen tipo, amable, divertido y espontáneo. Su personalidad pública es solo una de esas tantas dicotomías, complejidades por las que se le conocía”.

Cuando le preguntaron en el 2006, durante el gobierno de George W. Bush, qué clase de música habría escrito Zappa en ese momento, Ike Willis comentó: “Dios mío, me encantaría que Frank aun estuviera aquí. Este sería su gran momento. Es decir, primero Bush, luego Clinton y ahora… ¡otro Bush! Hay cantidades de material. ¡Hubiera sido genial!”. También habría sido genial escucharlo hoy, en tiempos de personajes como Elon Musk, Marco Rubio y Donald Trump, como lo aluciné el año pasado en esta columna.

 

[Música Maestro] En el desarrollo del rock clásico como fenómeno cultural existen, al igual que en otras disciplinas artísticas, deportivas o académicas, lo que en inglés se denomina “unsung heroes” que vendrían a ser, en nuestro castellano, los “héroes anónimos”, aquellas personalidades que, a pesar de haber realizado contribuciones notables, muchas incluso reconocidas en su momento como excelentes, hoy pasan inadvertidos por todos los recuentos y rankings que van de lo obvio a lo repetitivo a pesar de su influencia e importancia, en este caso, musical.

Traffic, la banda inglesa activa entre 1967 y 1974 -con ciertos espasmos en el medio de esa trayectoria de siete años- es uno de esos casos. A pesar de haber sido uno de los conjuntos más importantes de la “Invasión Británica” con impresionantes álbumes que combinaron destreza, creatividad y talento en diversos subgéneros, además de dejar por lo menos cuatro clásicos del rock que no deberían faltar en ningún listado de las mejores canciones de su época, el nombre de Traffic es siempre pasado por alto y su sonido, sofisticado e irreverente a la vez, se ha perdido en un injusto olvido.

Steve Winwood, uno de los cantantes, compositores y multi-instrumentistas más importantes del periodo iniciático del blues-rock producido en Gran Bretaña, cumple hoy 12 de mayo, 78 años. Y Dave Mason, guitarrista, compositor y cantante, habría llegado a los 80 el último domingo de no ser porque la muerte lo alcanzó tres semanas antes, el pasado 19 de abril. Ambos, junto con el saxofonista/flautista Chris Wood y el baterista/cantante Jim Capaldi -ambos fallecidos en 1983 y 2005 respectivamente- fueron la formación original de Traffic. Aquí algo de su historia y legado.

1967: La psicodelia

Entre 1963 y 1967, Steve Winwood se hizo conocido como un adolescente prodigio, tocando guitarra y teclados en The Spencer Davis Group, al que ingresó cuando apenas tenía 14 años. Además, el muchacho era el cantante principal, colocando su potente y maduro tono vocal en tres álbumes y varios exitosos singles, entre ellos dos canciones compuestas por él mismo, I’m a man y Gimme some lovin’, que en años posteriores se convirtieron en genuinos standards del rock clásico, versionados por Chicago y The Blues Brothers, en 1969 y 1980, respectivamente.

Para cuando Steve se separó del grupo dirigido por Spencer Davis, un guitarrista y arreglista que le llevaba diez años -en el que además tocaba el bajo su hermano mayor, Muff Winwood- sus inquietudes musicales lo llevaron a juntarse con gente más contemporáneos con él. Así fue como conoció, en su natal Birmingham, a Dave Mason, Jim Capaldi y Chris Wood, en esas tocadas cargadas de improvisación y otras sustancias. Los cuatro conectaron de inmediato y, cuando llegó la hora de ponerle nombre al grupo, este se les apareció en medio de un problema cotidiano, las demoras para cruzar la esquina hacia la sala de ensayo que se encontraban por culpa del tráfico.

Las primeras canciones de Traffic se inscriben en la onda del rock psicodélico que también comenzaban a hacer, en otras latitudes, los Grateful Dead y los Beatles. Las flautas de Wood y las cítaras de Mason le dan a Paper sun un sonido enigmático y etéreo a este tema grabado en los históricos estudios Olympic de Londres. En el mismo camino fueron Hole in my shoe, Smiling phases y Here we go round the Mulberry Bush. Aunque ninguna de las tres fue incluida en su LP debut, son hasta ahora de las más reconocidas de su catálogo.

1968-1969: El blues-rock

A finales de 1967 apareció Mr. Fantasy (Island Records), el primer disco oficial de Traffic, en el que extienden las ideas desarrolladas en sus primeras grabaciones, con temas de sonido volátil y misterioso como Coloured rain, Heaven is in your mind o No face, no name, no number, mientras que el instrumental Giving to you y, especialmente, la bluesera Dear Mr. Fantasy dan señales de un ligero cambio en la propuesta musical, abriéndose paso dentro de la escena del naciente blues-rock británico, que tenía en los Yardbirds y la escuelita de John Mayall a sus puntas de lanza.

Todo esto ocurría en un ambiente musical anglosajón extremadamente diverso y creativo. El periodo 1967-1968 estuvo marcado por lanzamientos que tenían tanto de esoterismo musical como de luminosidad rockera, entre los que podríamos mencionar álbumes como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles), Anthem of the sun (Grateful Dead), Absolutely free, We’re only in it for the money (The Mothers Of Invention) o Their Satanic Majesties request (The Rolling Stones), solo por mencionar unos cuantos. Por eso, cuando Traffic lanzó su segundo disco epónimo, en 1968, las cosas comenzaron a caer por su propio peso.

El álbum muestra una evolución musical interesante que coloca a Traffic a la altura de otros grandes nombres del blues-rock como Cream o Fleetwood Mac. La profunda eficiencia de Winwood en guitarra, bajo y teclados da a las canciones un sonido experto y emocionante. Temas como Pearly queen -cuyo intermedio recuerda a otros hijos pródigos de Birmingham, Black Sabbath- o Means to an end tienen la personalidad de Winwood por todos lados. Sin embargo, dos temas semiacústicos, compuestos y cantados por Mason, se impusieron como principales éxitos de esta etapa del cuarteto. You can all join in y, especialmente, Feelin’ alright? -que Joe Cocker llevó a otro nivel de popularidad con su versión de 1969- es Traffic en estado puro. Hasta Mongo Santamaría, el gigante percusionista de latin-jazz, la grabó en 1970 para su disco del mismo nombre.

1969: Primer paréntesis

Dave Mason mostró desde el principio una forma de ser un tanto autoritaria, algo que se reflejó inmediatamente en la dinámica de Traffic. Si bien el 90% de las canciones se desarrollaban en conjunto a partir de ideas que cada uno aportaba, cuando era su turno Mason llegaba al estudio, según recuerda Winwood, “con canciones completas y nos indicaba a cada uno qué hacer, como si nosotros trabajáramos para él”. Eso llevó a su inevitable despido, en buenos términos por supuesto, tras el lanzamiento del segundo LP.

Con la primera disolución de Traffic, Winwood se involucró en otro capítulo importante del rock inglés. Junto con Eric Clapton (guitarra), Ginger Baker (batería) y Ric Grech (bajo), pasó todo el año 1969 ensayando, grabando y presentando uno de los primeros supergrupos de la historia del rock. Blind Faith y su único álbum epónimo -el de la famosa y, en su momento, controversial carátula que muestra a una niña de 11 años- registró temas alucinantemente buenos como Presence of the lord -escrita por Clapton- o Sea of joy y Can’t find my way home, ambas de Winwood.

Ese mismo año, una selección de singles que no habían alcanzado a ingresar al disco Traffic del año anterior, se recopilaron para Last exit, que incluye dos temas más de Dave Mason quien, entre otras cosas, se fue a realizar trabajos en sesiones para The Jimi Hendrix Experience -la guitarra acústica de doce cuerdas de All along the watchtower la toca él- y Delaney and Bonnie. Just for you, uno de los dos títulos de Mason, es una de las mejores del grupo, con un trabajo impresionante de Winwood en el bajo que se replica en dos temas indispensables de la banda, Shanghai noodle factory y Medicated goo, con su contagioso ritmo y esa letra chamánica que simboliza la onda de la época.

En el lado B del LP original, aparecen dos temas de la banda en vivo en el legendario auditorio Fillmore de San Francisco, un blues de la década de los cuarenta, Blind man, y el standard de jazz Feeling good, escrito originalmente en 1964 para un musical británico. Este tema ha sido grabado por todos, desde Nina Simone y John Coltrane hasta George Michael, aunque quizás la versión más conocida por públicos modernos sea la del crooner canadiense Michael Bublé, incluida en su álbum It’s time (2005). El tratamiento que le dan Winwood, Mason, Wood y Capaldi a este tema es simplemente alucinógeno.

1970-1974: El jazz y el prog-rock

En 1970, Steve Winwood pensó lanzarse como solista pero, pero ante la dificultad de encontrar músicos adecuados para las sesiones de grabación, terminó convocando a dos de los tres miembros originales de Traffic -Jim Capaldi y Chris Wood- y se dio forma a la reunión de la banda, a través del que se convirtió en su cuarto LP oficial, John Barleycorn must die, título tomado de una melodía tradicional del siglo XVIII. John Barleycorn es la personificación de un tipo de cereal (maíz Barley) a partir del cual se fabricaban diversas bebidas alcohólicas como cerveza y whisky. En la canción, un clásico del folk británico, se narran las penurias que atraviesa John durante los procesos de siembra, cultivo, cosecha y transformación en licor, utilizando como fondo una evocadora melodía juglaresca que juega con las guitarras acústicas, los vientos y las armonías vocales.

Pero si esta viñeta acústica los acerca a bandas como Thin Lizzy, Jethro Tull y Fairport Convention, también se da una evolución hacia el jazz y el prog-rock, con temas como el instrumental Glad, que abre el disco o Empty pages y Freedom rider, ambas muy frescas y dinámicas, con órganos Hammond, bases rítmicas definidas y la voz de Winwood peligrosamente parecida a la de Peter Gabriel (Genesis). Un año después llegó un extraordinario álbum en vivo, Welcome to the canteen (1971), con un breve retorno de Dave Mason y la ampliación del grupo que pasó de cuarteto a septeto con la inclusión de Ric Grech (bajo), Jim Gordon (batería) y el ganés Rebop Kwaku Baah (percusión).

La etapa final de Traffic, antes de su segunda separación -hasta el regreso veinte años después, en el festival de Woodstock 1994- está conformada por tres álbumes de buena factura. The low spark of high heeled boys (1971) -donde brilla el tema-título, una de las canciones emblemáticas del grupo, a la distancia-, Shoot out at the fantasy factory (1973) y When the eagle flies (1974). Mientras que los dos primeros repiten la alineación del Welcome to the canteen, con excepción de Dave Mason quien ya no volvería a reunirse con sus compañeros, en el último la sección rítmica Grech-Gordon fue reemplazada por David Hood/Rosko Gee (bajo) y Roger Hawkins (batería).

A este periodo pertenece la única grabación en concierto en video del grupo en sus mejores tiempos, un concierto de 1972 en el auditorio de Santa Monica (California), donde vemos a Winwood y Capaldi compartiendo roles vocales y Rebop Kwaku Baah puesto al frente con su arsenal de percusiones. En 1973 apareció otro disco en vivo, On the road, con esta formación, la última del Traffic histórico.

1994: Traffic vuelve al ruedo

En 1977, luego de dedicarse tres años a sesiones de grabación con otros artistas, Steve Winwood inició una exitosa carrera en solitario que lo mantuvo vigente durante toda la década siguiente, con álbumes de excelente recordación como Steve Winwood (1977), Arc of a diver (1980), Talking back to the night (1982), Back in the high life (1986) y Roll with it (1988), con canciones muy populares a nivel mundial -incluso en nuestras radios locales, aun se pueden escuchar temas como Higher love -con los coros de Chaka Khan-, Valerie, Roll with it o While you see a chance– que los nuevos públicos no asociaban al legendario músico que había sido protagonista del pasado.

Jim Capaldi y Dave Mason, por su lado, también tuvieron extensas discografías individuales, aunque nunca con el éxito de su compañero, y Chris Wood se dedicó a sesiones y trabajos como productor hasta su prematura muerte en 1983. En cuanto a los demás colaboradores de la alineación final, Rosko Gee y Rebop Kwaku Baah se integraron, entre 1977 y 1979, a la banda de música experimental Can, aportando mucho más ritmo a la maquinal sonoridad de esta banda que fuera punta de lanza del krautrock, la electrónica y el rock progresivo alemán.

Para 1994, veinte años después de su segunda separación, apareció el álbum Far from home (Virgin Records) bajo el nombre de Traffic, una selección de diez temas nuevos escritos por Steve Winwood y Jim Capaldi, con Winwood haciéndose cargo de todos los instrumentos y voces principales, mientras que Capaldi grabó baterías, percusiones y coros. El disco contiene excelentes temas como Here comes a man, Mozambique o Riding high que se inscriben fácilmente el catálogo de Traffic como un cierre de lujo para una carrera caracterizada por la excelencia musical.

El último respiro de Traffic

La gira promocional de Far from home quedó registrada en el DVD The last great traffic jam, con la alineación de Traffic integrada por Steve Winwood (voz, guitarra, teclados), Jim Capaldi (voz, batería, percusión), un viejo conocido, Rosko Gee (bajo), el cubano-americano Walfredo Reyes Jr., famoso por su trabajo con Santana en esa década (batería) y dos colaboradores frecuentes del camino en solitario de Winwood, Randall Bramblett (vientos, teclados) y Michael J McEvoy (teclados, guitarra, armónica). Jerry García, líder de los Grateful Dead, incorpora su guitarra en una alucinante versión de Dear Mr. Fantasy.

Esta misma formación participó de la edición especial de 25 aniversario del Festival de Woodstock, con uno de los conciertos estelares del tercer día (14 de agosto de 1994) compartiendo escenario con otros pesados como Country Joe McDonald o The Allman Brothers Band. Anunciada como el gran retorno de Traffic, la presentación sirvió para ver a Winwood y Capaldi, entonces de 46 y 50 años, aplicando toda su experiencia y recorrido a himnos de su repertorio como Pearly queen, The low spark of high heeled boys, Empty pages, Rock and roll stew, Dear Mr. Fantasy, Medicated goo, entre otros.

Smiling phases, un CD doble lanzado en el año 1991, es hasta el día de hoy la mejor recopilación de temas de este conjunto de extraordinarios y creativos músicos, héroes anónimos del rock, que cubre toda su actividad entre 1967 y 1974 y permite apreciar en orden cronológico la evolución de su sonido, desde los aires psicodélicos de Paper sun o Withering tree hasta los roces progresivos de Freedom rider pasando por clásicos que no deben faltar en ninguna colección rocanrolera como Rock and roll stew, Medicated goo, Dear Mr. Fantasy o Feeling alright?

 

 

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