Deporte

Lapadula llega tarde. Siempre. Tiene 31 años. Cuando acabe la eliminatoria, tendrá 32. Debutó con Perú a los 30. Jugó su primer partido en la Serie A a los 26. Incluso, su debút en primera fue a los 23 años, en Eslovenia. Llega tarde siempre. Ayer en Quito, sin embargo, entró al estadio como si fuera el primer partido de su vida, como si ser el último en la tabla fuera un pretexto para ser el mejor. 

Lapadula corrió como si de eso dependiera su éxito o fracaso. Corrió a 2.800 metros de altura, una condición en la que estaba por primera vez en su vida. Corrió igual, aunque las piernas no respondieran, el aire fuera casi nulo y la boca no pudiera reconocer humedad alguna. Y no se quejó ante la situación. 

Lapadula entró a jugar una final, con un equipo colero, con un punto de quince posibles, tres derrotas seguidas con cero goles a favor y siete goles en contra, y contra un rival duro de vencer en su cancha. Eso dificilmente signifique motivación suficiente para jugarse la vida. Pero Lapadula ha añadido un nombre más a la garra, a la pasión y al sí se puede: “un nuevo comienzo”. 

En el banco de suplentes, Ruidiaz observa a Lapadula mientras celebra los goles de Perú. La ‘Pulga’ no es más que la segunda opción. Ya es hora de decirlo. Lo fue desde mediados del 2016, cuando reemplazó a Pizarro en aquel partido con Venezuela donde perdíamos 0-2 en Lima. Ruidíaz entró, hizo una asistencia para el 1-2 y sobre la hora puso la cabeza en el área chica y decretó el empate. Le salvó el cargo a Gareca, a su equipo de una desgracia histórica y a los peruanos de la desilusión de otra eliminación temprana. 

Han pasado cinco años y 38 partidos en los que Ruidíaz ha empezado de titular o ha entrado desde el banco, siendo la segunda alternativa peruana. Pero solo logró meter tres asistencia más y tres goles, dos en amistosos.

Su sequía goleadora tiene varias explicaciones. El destino final de todo ataque del Perú de Gareca es buscar la oportunidad con un único punta que pelea arriba, recibe de espaldas, gira, jala la marca, descarga, retrocede, presiona. Raúl no es ese delantero. Su mejor versión es recibir con opción de mirar el arco, algunos segundos para llevar la pelota pegada al pie y espacio para colocar. Es rápido y movedizo, pero pierde en el uno contra uno al choque. Tiene definición, tiro de media distancia y encuentra espacios cuando hay confusión. Es oportunista. Pero no un luchador, está lejos de ser el todoterreno que se necesita. 

El temor de quedarnos sin Guerrero pronto es ya una realidad. Contra Colombia, el capitán jugó 30 minutos, aunque estuvo en la cancha todo el partido. Llegó apenas recuperado de una lesión, falto de fútbol y propenso a sentirse de nuevo. A punto de cumplir 38 años, en Brasil dicen que buscará un nuevo club para el 2022. El Inter de Porto Alegre funciona bien sin su estrella, que aún seguro vende algunas camisetas. Pero Guerrero ya no “shegó”, sino que está por irse. 

Y ha quedado claro que Ruidíaz no es su reemplazo. Es una pena, porque es de esos delanteros notables que salen del Perú muy de vez en cuando y encuentran cómo romperla en alguna parte del mundo. Como Maestri en Chile o Mendoza en Bélgica. Raúl lleva 4 años entre México y Estados Unidos, donde ha jugado 150 partidos y ha metido más de 70 goles. Ha sido campeón, goleador de la liga, jugador del año y muchas veces figura del partido. Pero no se adapta a la propuesta de juego del Tigre con la bicolor. 

Hoy, en cambio, miramos al banco y tenemos un nueve más. Lapadula se hizo esperar, lo respetaron y ahora ya tiene cuatro partidos con la selección y dos asistencias. Pelea codo a codo con el defensa rival que en Eliminatorias te marca al cuerpo con patadas y codazos, sabe voltear, girar, pelear cuerpo a cuerpo, retroceder la pelota, encontrar espacios para pegarle. 

Lapadula ha demostrado cualidades incluso mejores. Tiene carisma, se adapta rápidamente, se hace amigo de todos y pone huevos. También va a todas. Tiene ganas de jugar. No regala el partido, presiona alto, busca la dividida, pide perdón cuando no llega, guapea a los compañeros en un esforzado español y va fuerte al choque para intimidar al rival. 

Lapadula tiene los mismos 31 años que Ruidiaz. Ha jugado cinco temporadas recientes en la Serie A y ha metido 37 goles. A decir verdad, no es una figura boyante del fútbol italiano. Lo que lo lleva a ser la mejor opción en el ataque nacional no son precisamente sus laureles en tierras europeas o sus habilidades en el juego. Lapadula tiene hambre. Hambre de gol, de ganar y de triunfar. Parece que entra a la cancha sabiendo que sus años en el fútbol no son infinitos y que ser titular de una selección que pelea la clasificación al Mundial es un bonus para seguir vigente en su carrera en Europa. Ha llegado a pelear el puesto en cada entrenamiento y partido, y a ganárselo. 

Esa misma actitud no la tiene Ruidiaz. A él parece que le sienta bien ser un personaje secundario y está resignado a que el equipo no se adapte a lo que él necesita. Sobre todo cuando hay que salir a buscar el partido ante defensores sudamericanos duros, que no van a dar una pelota por perdida y donde hay que ganarles la posición. Parece entrar a la cancha sabiendo que su carrera en Norteamérica va a seguir vigente triunfando o no en la selección.

Si Lapadula está, tiene que jugar. Que Gareca y el comando técnico busquen otra formación para incluirlo junto a Guerrero, hasta que este le deje el puesto. Aunque se le ha ganado a Ecuador, Perú sigue en el fondo y es momento de reinventarse para no regalar la eliminatoria. Cada partido merece una táctica nueva. La tabla ya no importa, es partido a partido. Como en los viejos tiempos. Esos de la adversidad, que Lapadula parece entender bien.  Tiene 31 años, le quedan pocos en el fútbol. Pero sí, cada vez que juega, parece que fuera su primer y último partido. 

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Deporte, Fútbol, Perú

Este nublado y frío sábado tuvo interesantes exhibiciones en el Hipódromo de Monterrico. La gélida atmósfera, pues, no fue impedimento para que las carreras se desarrollen con atractivo y emociones. Especialmente los cuatro clásicos que se disputaron a lo largo de la tarde, donde el papel estelar lo asumieron los juveniles del Coloso de Surco. No decepcionaron los nacidos en el 2018 en las pruebas jerárquicas, pues mostraron participaciones destacadas y nombres que perfilan con un formidable futuro. Tomando en cuenta la trayectoria de caballos que fueron protagonistas en estos cotejos en pasadas ediciones, no sería exagerado sugerir que nos encontramos frente al surgimiento de importantes representantes de la hípica peruana. 

No fue una sorpresa la victoria de Rosamunde en el Libertador José de San Martín (L), la primera prueba clásica de la tarde. Y es que, como señaló el periodista Camilo Henríquez, el césped y la distancia -1500 metros-, por los antecedentes triunfales de su madre, le presagiaban un favorable desenlace a la potranca del stud Paracas. En los estribos, Erick Arévalo supo regular los tiempos con criterio y, tras llevarla colocada durante el desarrollo, en el momento preciso, la exigió para que imponga condiciones con una sólida atropellada. Con este desempeño, la pupila de Juan Suárez, , por las palabras de su jinete tras la carrera -“al final se empezó a ir, y eso es lo bueno”– parece haber encontrado un margen de crecimiento en el césped y las distancias largas. 

Al igual que en el fútbol, un doblete no es sino manifestación de una jornada que, por decir lo menos, puede ser calificada como notable. Más aún, cuando hablamos del rigor que implica una disputa clásica. Primero en el Augusto Mostajo y Barrera (L) y, posteriormente, en el Luis Olaechea Du Bois (L), el stud y haras Myrna, en ambas bajo la conducción de Carlos Trujillo, lo logró sin mayores problemas. Con la potranca Maia, indicó el experimentado jockey, “era visto que tenía que seguir viniendo a la favorita”, por lo que se mantuvo durante la mayor parte del lance a una prudente proximidad de Admirable, que tenía planeado llevárselo de un solo viaje. La ejecución del plan le resultó, pues restando trescientos metros, el remate fue lo bastante potente como para hacerse de la vanguardia y establecer su victoria con cuatro cuerpos de ventaja.

Asimismo, en buen estado presentó Jorge Salas a Milan Boy (Breeders) para que, con comodidad, logrará la replicación triunfal para los suyos. A pesar de que hasta el cierre de la curva Súper Nao y Alta Gama asomaban y entretenían el lance, en la recta final el pupilo del Myrna no hizo sino mostrar su superioridad y, sin grandes exigencias, escapar de forma definitiva para adjudicarse la corona del Luis Olaechea Du Bois (L). Marcando un tiempo similar al de Maia, se evidenció jerarquía en el accionar de este castaño que había fracasado en su última presentación en el Mario Manzur Chamy (L). No de casualidad, el propio Trujillo en una entrevista al portal Todos Dentro del Partidor, indicó que cada carrera lo nota mejor y eso lo hace ilusionarse con la sólida proyección que le visualiza. 

Y, en la última de las pruebas clásicas, Grand Prix respondió a la confianza de los catedráticos y mantuvo el invicto con la conducción del jinete líder en las estadísticas, Martín Chuan. En la pista de césped, el hijo de Cyrus Alexander y Sweet Siena corrió de escolta hasta que, en tierra derecha, exponiendo resto y remate, se encaminó decididamente al disco triunfal y neutralizó la arremetida final de The Best Rimouth. El defensor del stud Black Label ya destaca entre su generación. 

Así pues, en balance, el césped fue para los pupilos de Juan Suárez. Por su parte, en la arena, todo fue satisfacción para el Stud & Haras Myrna, que cosechó un contundente doblete. No representa un dato menor que, en el 2018, se llevarán los mismos clásicos con Keaton y Cometa, respectivamente. Signo más que claro de la continuidad del buen trabajo que, desde sus inicios allá por fines de la década de 1980, ha caracterizado a esta caballeriza de la hípica peruana. 

Por último, me gustaría cerrar esta columna saludando, en su día -23 de mayo-, a todos los trabajadores del turf. Su dedicada y singular labor cotidiana, que pocas veces ha sido objeto de los reflectores mediáticos y ha quedado por lo general invisibilizada, mantiene con vida a este tradicional deporte que, a pesar del crítico contexto, permanece vigente y  en búsqueda de recuperar el interés de la afición. 

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Deporte, Hípica, Turf

A pesar de la pérdida de terreno mediático en los últimos años, la hípica tiene un lugar ganado y está plenamente inscrita en la tradición deportiva nacional. Los triunfos de Santorín y Flor de Loto, por ejemplo, en la década de los setenta del siglo pasado, han pasado al plano de la memoria nacional como acontecimientos que produjeron un júbilo colectivo y popular genuino. Mi abuelo, un “hípico de toda la vida”, aún me cuenta, con emoción, lo que significaron estas victorias, el ánimo con que iba a presenciar sus grandes carreras, así como la relación que se trazaba con respecto de los éxitos deportivos de la selección peruana, que practicaba un fútbol exquisito, creativo y clasificó a dos mundiales.

 

A pesar de ello, pocos son los libros que permiten adentrarse, con amenidad, documentación histórica y estilo, al mundo del turf. En ese sentido, el último libro publicado por el periodista Juan José Esquerre, titulado “De Don Jota sus anécdotas hípicas” y publicado el año pasado, constituye un aporte fundamental y sumamente necesario en la literatura no solo hípica, sino deportiva peruana.

 

De amplia trayectoria periodística, desarrollada especialmente en El Comercio, Esquerre, expone una presentación articulada de relatos tanto vividos en primera persona como investigados e incluidos por su relevancia, siempre bajo el hilo conductor de lo que podría considerarse una real pasión hípica. No de casualidad, en las primeras páginas, tras contar su acercamiento personal a este deporte, señala que “He tenido la suerte de ver correr a verdaderos campeones, especialmente a partir del año 1962 en el Hipódromo de Monterrico. Es maravilloso el espectáculo que brindan caballos y jinetes en las pistas. El colorido de las casaquillas de los studs es admirable, uno goza con los cracks o con un reñido final. Las carreras para el auténtico aficionado son un manjar”.

 

Entre las historias que provienen de su experiencia, la del Derby de 1972 fue una de las más interesantes. De hecho, para él, esta fue la edición de dicho clásico más emocionante que vivió, con la victoria de Rascal —montado por Arturo Morales—, caballo del cual fue copropietario junto a Federico Roggero, quien también fue periodista de El Comercio y su compañero de muchas jornadas hípicas. El grado de implicación y las sensaciones eran fortísimas.

 

Capturando el carácter emotivo de la carrera, se lee en el relato: “El final fue realmente no apto para cardíacos. Más de 500 metros ambos ejemplares —Rascal y Tenaz, que ya tenían una rivalidad previa— pelearon palmo a palmo el triunfo. Rascal se defendía por los palos. […] Rascal, Tenaz. Tenaz, Rascal, se escucha su voz clara —de Federico Roggero, que transmitía la carrera—, pero él casi ni miraba la carrera. Qué carrera, qué emoción. Una llegada escalofriante y la espera de la fotografía me pareció un siglo. Finalmente, el juez de llegada dio ganador a Rascal por mínima de mínima.”

 

Conocer, a su vez, el lado humano de personajes que aportaron decisivamente a la formación de la hípica nacional, como el preparador Ambrosio Malnatti, uno de los pocos que se desempeñó tanto en Santa Beatriz, San Felipe y Monterrico —los tres hipodrómos—, y que tuvo bajo su dirección a cracks como Altanero, Misterio, Perinox, Pertinaz, cada uno con sus historias particulares, también resulta valioso. En realidad, lo mismo podríamos decir de cada uno de los protagonistas que incluye en su libro el autor, como por ejemplo el divertido fotógrafo Miguel Nava, el jockey y luego preparador Arturo Morales; vale resaltar que esto, a su vez, no se restringe únicamente al ámbito nacional, sino también amplía su visión hacia lo global.

 

En ese sentido, también me pareció muy acertada la inclusión de historias como las del preparador estadounidense Allen Jerkens, el más joven en ser incluido en el Salón de la Fama de la Hípica Norteamericana. Con una capacidad singular, una comprensión especial hacia los caballos, este sacó el máximo rendimiento de muchos de ellos —considerados no como los más “tops”— y logró que compitiesen al más alto nivel y obtengan victorias impensadas, estableciendo uno de los récords más respetables en su campo.

 

De igual manera con la historia sobre Eddie Sweat, quien trabajó con el reconocido campeón Secretariat y está contada desde la perspectiva de un compañero suyo. En ella, justamente, encontramos esta indicación fundamental acerca del cuidado y sensibilidad que debería prevalecer en la cotidianidad del trabajo hípico: “La única forma en que un caballo gane es que pases tiempo con él. Que lo ames. Que le hables. Que le demuestres que estás tratando de ayudarlo. Que lo conozcas. Eso es lo que tienes que hacer. Ámalo y el caballo te amará. Eso era el catecismo de Eddie, y funcionaba, nunca les dijo caballos, ni matungos, como tantos otros, él le decía amigos. Les hablaba y parecía que lo entendían. Nunca un grito. Nunca un golpe.”

 

Curiosidades como la de Disney, el único caballo en el mundo que perdió una carrera corriendo sin contrincantes, las fascinantes trayectorias de caballos legendarios como el venezolano Cañonero, la de los estadounidenses Hyperion —con la particularidad de sobreponerse al mito de que un caballo de cuatro patas blancas no tiene futuro— y John Henry, entre una diversidad mayor de historias, nos permiten detenernos, conocer y ampliar la perspectiva sobre el singularmente tradicional y emocionante ámbito del turf. En definitiva, combinando el rigor documental con la mirada particular , expresando amplia experiencia en el campo y un conocimiento sólido de lo que representa y rodea a la hípica, la publicación de este libro es sumamente grata y positiva.

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Deporte, Hípica