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Las anécdotas de Don Jota

A pesar de la pérdida de terreno mediático en los últimos años, la hípica tiene un lugar ganado y está plenamente inscrita en la tradición deportiva nacional. Los triunfos de Santorín y Flor de Loto, por ejemplo, en la década de los setenta del siglo pasado, han pasado al plano de la memoria nacional como acontecimientos que produjeron un júbilo colectivo y popular genuino. Mi abuelo, un “hípico de toda la vida”, aún me cuenta, con emoción, lo que significaron estas victorias, el ánimo con que iba a presenciar sus grandes carreras, así como la relación que se trazaba con respecto de los éxitos deportivos de la selección peruana, que practicaba un fútbol exquisito, creativo y clasificó a dos mundiales.

 

A pesar de ello, pocos son los libros que permiten adentrarse, con amenidad, documentación histórica y estilo, al mundo del turf. En ese sentido, el último libro publicado por el periodista Juan José Esquerre, titulado “De Don Jota sus anécdotas hípicas” y publicado el año pasado, constituye un aporte fundamental y sumamente necesario en la literatura no solo hípica, sino deportiva peruana.

 

De amplia trayectoria periodística, desarrollada especialmente en El Comercio, Esquerre, expone una presentación articulada de relatos tanto vividos en primera persona como investigados e incluidos por su relevancia, siempre bajo el hilo conductor de lo que podría considerarse una real pasión hípica. No de casualidad, en las primeras páginas, tras contar su acercamiento personal a este deporte, señala que “He tenido la suerte de ver correr a verdaderos campeones, especialmente a partir del año 1962 en el Hipódromo de Monterrico. Es maravilloso el espectáculo que brindan caballos y jinetes en las pistas. El colorido de las casaquillas de los studs es admirable, uno goza con los cracks o con un reñido final. Las carreras para el auténtico aficionado son un manjar”.

 

Entre las historias que provienen de su experiencia, la del Derby de 1972 fue una de las más interesantes. De hecho, para él, esta fue la edición de dicho clásico más emocionante que vivió, con la victoria de Rascal —montado por Arturo Morales—, caballo del cual fue copropietario junto a Federico Roggero, quien también fue periodista de El Comercio y su compañero de muchas jornadas hípicas. El grado de implicación y las sensaciones eran fortísimas.

 

Capturando el carácter emotivo de la carrera, se lee en el relato: “El final fue realmente no apto para cardíacos. Más de 500 metros ambos ejemplares —Rascal y Tenaz, que ya tenían una rivalidad previa— pelearon palmo a palmo el triunfo. Rascal se defendía por los palos. […] Rascal, Tenaz. Tenaz, Rascal, se escucha su voz clara —de Federico Roggero, que transmitía la carrera—, pero él casi ni miraba la carrera. Qué carrera, qué emoción. Una llegada escalofriante y la espera de la fotografía me pareció un siglo. Finalmente, el juez de llegada dio ganador a Rascal por mínima de mínima.”

 

Conocer, a su vez, el lado humano de personajes que aportaron decisivamente a la formación de la hípica nacional, como el preparador Ambrosio Malnatti, uno de los pocos que se desempeñó tanto en Santa Beatriz, San Felipe y Monterrico —los tres hipodrómos—, y que tuvo bajo su dirección a cracks como Altanero, Misterio, Perinox, Pertinaz, cada uno con sus historias particulares, también resulta valioso. En realidad, lo mismo podríamos decir de cada uno de los protagonistas que incluye en su libro el autor, como por ejemplo el divertido fotógrafo Miguel Nava, el jockey y luego preparador Arturo Morales; vale resaltar que esto, a su vez, no se restringe únicamente al ámbito nacional, sino también amplía su visión hacia lo global.

 

En ese sentido, también me pareció muy acertada la inclusión de historias como las del preparador estadounidense Allen Jerkens, el más joven en ser incluido en el Salón de la Fama de la Hípica Norteamericana. Con una capacidad singular, una comprensión especial hacia los caballos, este sacó el máximo rendimiento de muchos de ellos —considerados no como los más “tops”— y logró que compitiesen al más alto nivel y obtengan victorias impensadas, estableciendo uno de los récords más respetables en su campo.

 

De igual manera con la historia sobre Eddie Sweat, quien trabajó con el reconocido campeón Secretariat y está contada desde la perspectiva de un compañero suyo. En ella, justamente, encontramos esta indicación fundamental acerca del cuidado y sensibilidad que debería prevalecer en la cotidianidad del trabajo hípico: “La única forma en que un caballo gane es que pases tiempo con él. Que lo ames. Que le hables. Que le demuestres que estás tratando de ayudarlo. Que lo conozcas. Eso es lo que tienes que hacer. Ámalo y el caballo te amará. Eso era el catecismo de Eddie, y funcionaba, nunca les dijo caballos, ni matungos, como tantos otros, él le decía amigos. Les hablaba y parecía que lo entendían. Nunca un grito. Nunca un golpe.”

 

Curiosidades como la de Disney, el único caballo en el mundo que perdió una carrera corriendo sin contrincantes, las fascinantes trayectorias de caballos legendarios como el venezolano Cañonero, la de los estadounidenses Hyperion —con la particularidad de sobreponerse al mito de que un caballo de cuatro patas blancas no tiene futuro— y John Henry, entre una diversidad mayor de historias, nos permiten detenernos, conocer y ampliar la perspectiva sobre el singularmente tradicional y emocionante ámbito del turf. En definitiva, combinando el rigor documental con la mirada particular , expresando amplia experiencia en el campo y un conocimiento sólido de lo que representa y rodea a la hípica, la publicación de este libro es sumamente grata y positiva.

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Deporte, Hípica

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