[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS]  Varios influencers en redes sociales están tomando abierto partido por Irán en la desastrosa guerra que ha estallado, una vez más, en Medio Oriente.

Me queda claro que Israel y Estados Unidos la han iniciado -como casi siempre- me queda también claro que se trata del petróleo de Irán y del estratégico estrecho de Ormuz por donde este pasa y sale hacia el  Océano Indico.

Tengo claro todo: la histórica prepotencia de Israel contra Palestina como la madre de este conflicto, pero también conozco la abyecta dictadura teocrática de los Ayatolas en Irán. Es obvio que por este motivo no voy a justificar el ataque recibido. Además,  no se trata de un match  de cualquier deporte en el cual tenga que optar por un bando y alentar a uno de los contendientes. El tema es mucho más serio que eso, y me queda meridianamente claro, también, que varios países y grupos fundamentalistas islámicos presentan agendas maximalistas absolutamente cuestionables a ojos  occidentales.

La pregunta es por qué todo esto explota ahora. El histórico despojo de los palestinos desde 1947 y los ataques de Hamas de 2023 constituyen una parte de la respuesta. La otra es el 2do mandato de Donald Trump, corregido y aumentado: un niño cuyo juguete para conquistar el mundo es el ejército más poderoso del mundo. Su objetivo final es imposible: frenar el avance económico chino.

Solo me queda decir, aunque suene ingenuo, que resulta que este planeta también es nuestro; es decir, de los que vivimos en América Latina, el Africa y otras regiones del planeta, que no somos protagonistas de este cuento de terror, pero que igual pagaremos las consecuencias si el final resulta trágico e irreversible.

Y me queda recordar a JF Kennedy y Nikita Kruschev que le ofrecieron al planeta un mensaje y una opción racional y humanista, cuando las bombas atómicas casi volaban por encima de nuestras cabezas. El mundo iba rumbo a la catástrofe pero ellos supieron entenderlo y evitarlo, aunque el líder soviético haya estrellado su zapato nada menos que contra su escaño en la sala de sesiones de la Asamblea de las Naciones Unidas.

Hoy extrañamos a ambos personajes. No sé qué nos pasó ¿fue lo que digo siempre? ¿fue la guerra de extremistas progresistas contra extremistas conservadores? No lo creo, casi que no me parece para tanto. Ese, en todo caso, es el cariz ideológico a una guerra que es económica y cuya meta es el dominio sobre el planeta Tierra.

Tras la Primera Guerra Mundial, Inglaterra comprendió que no sería más la potencia dominante del mundo, como lo fue durante el siglo XIX, en la recordada Era Victoriana. ¿Qué hizo al respecto? Se convirtió en la principal aliada de la nueva potencia dominante. Estados Unidos no necesitan líderes como Trump que van en contra de las agujas del reloj, la historia, la historicidad y el tiempo, este es un camino sin retorno.

Ha pasado poco tiempo desde la caída de aquel infame muro berlinés que  abrió las puertas a un Nuevo Orden Mundial Unipolar con Estados Unidos al frente. Pero ese mundo se extinguió deprisa, nadie pudo calcularlo o verlo venir, pero vino de la mano de la China de Deng Xio Ping y sus sucesores. Donald Trump es un hombre del pasado, de una USA patrona del mundo que ya no está más en condiciones de serlo, solo  que él no se ha dado cuenta. Ojalá, cuando despierte a la realidad, no sea demasiado tarde para todos.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Hace tres décadas y media, con bombos, platillos, y sobre las ruinas del socialismo real, se advinieron, tomados de la mano, la globalización y el neoliberalismo económico. Pero centrémonos en la primera de entre ellos: la globalización nos planteó a los seres humanos un mundo feliz sobre la base de la interconectividad virtual y financiera. De este modo, todos comercian con todos y todos resultan ganadores en la jugada.

El neoliberalismo ingresa en la ecuación a través del manejo de los mercados mundiales para que fluya la globalización: bajos aranceles o cero aranceles, cero trabas al comercio de mercaderías de un extremo al otro del planeta tierra y la OMC convertida en la gran gendarme global: si te sales de las reglas te ponen tarjeta amarilla, a la segunda se expulsan de sistema.

Tres o cuatro décadas después, el sistema no resultó ni tan perfecto, ni tan bienhechor: reducida al mínimo la participación y fiscalización estatal, las grandes multinacionales tomaron el control del comercio mundial y se convirtieron en las grandes triunfadoras de la globalización. La riqueza se multiplicó n veces pero su redistribución solo convirtió  a dichas empresas en mórbidos obesos de un sistema que solo favorece a unos pocos.

Luego, en medio de estos cambios, la geopolítica mundial tampoco logró asentar un Nuevo Orden Mundial como aquellos que nos otorgaron cierta estabilidad en tiempos de la Guerra Fría: nos amenazaban las bombas atómicas, pero sabíamos cómo se dividía el mundo, quién era quién en el concierto de las naciones.

Fue entonces que, al iniciar la década milenio (2000-2010) Estados Unidos vio súbitamente amenazada su supremacía económica mundial por la vertiginosa emergencia china, a un ritmo que no deja de acelerarse y que, sencillamente, los norteamericanos, ni tienen como detener, ni cuentan con el desarrollo suficiente como para competir.

La batalla por el dominio del mundo está perdida para USA, pero no para su presidente Donald Trump y la imponente US Army, desde lejos, la más poderosa del mundo. Y vinieron las subidas de los aranceles, algo así como tapar con un dedo al sol del ingente comercio asiático en pleno auge de su conquista planetaria. La invasión a Venezuela, básicamente para agenciarse todo el petróleo del país llanero, aumentarlo a su propio caudal, e intentar perjudicar a chinos y rusos, sus habituales compradores, es otro manotazo de ahogado.

Y ahora Chancay. La ola ya se venía venir, pues ninguno de nosotros se cree en verdad a un Trump tan zalamero con el Perú, país que tiene poco que ofrecerle y al que despreciará del mismo modo como desprecia prácticamente a todos los países en vías de desarrollo y, lo que es peor, a su gente. Pero el tema es que aquí está Chancay, el gran puerto chino en el Pacífico sudamericano, que conecta directamente con el inconmensurable puerto de Shanghái. La ecuación no acaba allí, los chinos terminarán construyendo un moderno ferrocarril desde Chancay a algún puerto en el Brasil y, de este modo, la vuelta al mundo del comercio del Imperio del Dragón se habrá completado y la guerra, que ya tiene un ganador, finalmente habrá concluido.

Pero, súbitamente, Estados Unidos, que acaba de invadir Venezuela y enarbolado la doctrina Donroe, se proclama defensor de los países débiles y fiel escudero de los atentados en contra de su soberanía. Este es el cao del puerto de Chancay, precisamente. Para nadie es un secreto, que, con o sin Ositran, este es un puerto chino, que responde a intereses chinos, y todavía no sabemos a ciencia cierta cómo se beneficia el Perú con el atemorizante monstruo de hierro y concreto que observa indiferente el lugar donde, algún remoto día se septiembre de 1880, hundimos a la Covadonga, no en combate, sino con un atentado.

En fin, la globalización consistía, en teoría, en que todos comerciaban con todos y vivían felices para siempre. Después se trató de que las multinacionales podían expandirse por donde quisieran, sin interferencia estatal, inclusive supervisada por la OMC. Estados Unidos promovió ese Nuevo Orden Mundial hasta que China lo aprovechó mejor y los superó ampliamente, entonces no les convino más y le plantean al mundo un esquema como el que llevó a la Primera Guerra Mundial: cada uno cuida y monopoliza sus materias primas, cada uno cuida y monopoliza sus mercados.

Chancay es el símbolo del fin de la Globalización. Los países ya no deben comerciar libremente, deben someterse a imperios económicos, como se sometieron desde el último tercio del siglo XIX. Para Trump el continente americano debe volver a ser el área de influencia natural de expansión del imperialismo yanqui. En ese esquema, el puerto chino, porque chino es, de Chancay, no tiene cabida. La globalización acaba de terminar.

[OPINIÓN] Recientemente, la actriz Jhoanna San Miguel ha conmocionado las redes sociales, al declarar que una persona trans no puede ser una mujer y que la condición de hombre y de mujer la determina la biología, esto es los cromosomas XY y XX. Lo demás vendrían a ser las opciones sexuales de los seres humanos.

Sus declaraciones, luego refrendadas en una declaración escrita tan contundente como amigable, ha provocado gran revuelo pues se pensaba que la actriz estaba alineada con la tendencia progresista-liberal. Los bandos enfrentados en  este debate le han sacado el máximo provecho al asunto: desde el congresista Alejandro Muñante desviviéndose en halagos a San Miguel, hasta colectivos LGTB+ anunciando escraches en el local de trabajo de la susodicha, y activistas acusándola de promover discursos de odio.

Quiero abordar el tema desde tres miradas. La primera es básica pero resulta que la hemos olvidado: la libertad de opinión, derecho fundamental que, en tiempos de guerra ideológica y batalla cultural, ya no es garantía para nadie. Si no te alineas te botan del trabajo, te expulsan del grupo de amigos, del círculo social, entre muchas otras cosas más. En estos tiempos expresar tus ideas no es solamente asunto tuyo y Johanna San Miguel lo está experimentando en carne propia.

Dentro de este enfoque, la actriz ha expresado su opinión desde una mirada biológica: el hombre es XY y la mujer es XX. Lo ha hecho respetuosamente lo que no quita que sus observaciones hayan podido resultar dolorosas e incluisve ofensivas para personas y colectivos que luchan por ser aceptados en sociedad como mujeres y hombres, a pesar de no haber nacido como tales. Pero son las ideas de Jhoanna, como decía Voltaire, “discrepo completamente de tus posturas pero mataría por tu derecho a expresarlas”.

Luego, toda vez que ya he expresado en qué consiste la postura biológica sobre el tema, en la que se basan los movimientos conservadores los que, además, rechazan y, en muchos casos, desprecian a las personas LGTBI+ en virtud de mandatos bíblicos e imperativos religiosos, veamos la última dimensión del problema que quería tratar: la variante legal, judicial y ciudadana.

Desde hace algunas décadas, en el Perú, a las personas trans se les permite cambiarse de sexo y existen en nuestra sociedad algunos miles de personas trans que, habiendo nacido hombres, aparecen como mujeres en sus DNI o viceversa, lo que supone que debamos reconocerlas, admitirlas y tratarlas como a tales, porque se trata de ciudadanos con los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos. Si la carta de ciudadanía señala que eres mujer, habiendo nacido hombre, pues para todo efecto eres mujer, y deberás ser hallada y reconocida como tal también para todo efecto.

Sin embargo, recientemente la ofensiva conservadora mundial, pero también peruana, con su telúrica mayoría parlamentaria, ha limitado la posibilidad de una persona trans de transitar de mujer a hombre o viceversa. Así, a través de la Ley de igualdad de oportunidades de 2025, el Congreso ha eliminado el concepto género de la legislación limitando las posibilidades de cambiarse de sexo de las personas trans.

No obstante, previamente el Tribunal Constitucional amparó el cambio de sexo arguyendo que las cuestiones biológicas no eran las únicas determinantes de la identidad personal y los jueces -pues el cambio de sexo se solicita en el Poder Judicial y Reniec lo admite sólo ante sentencia firme- lo siguen aplicando.  En otras palabras, aún las personas trans pueden cambiarse legalmente de sexo en el Perú.

Para terminar, es atendible la postura de quienes sostienen que, en el plano estrictamente biológico, una mujer trans no es una mujer pues carece de los cromosomas XX, pero sí puede serlo en el plano identitario, psicológico, cultural, social, etc. En todo caso, algunas personas puedan no aceptar estas transiciones o, como en el caso de Jhoanna San Miguel, expresar su respeto hacia ellas, pero priorizar el enfoque biológico. Luego, prevalece siempre la situación legal del ciudadano: no tratar como mujer a quien es reconocida como tal ante la ley constituye un abierto acto de discriminación por motivo de sexo. Recordemos que, conforme a nuestra Constitución Política, nadie puede ser discriminado por motivo de sexo, religión, opinión, raza etc.

En esto consiste el debate democrático que hemos olvidado y, la verdad, no debería levantar tanto polvo, a no ser por la batalla cultural, por la guerra de trincheras ideológicas que se ha activado en el mundo contemporáneo, y que se nos presenta como única alternativa de participación política en la tercera década del siglo XXI. Ojalá encontremos pronto una nueva y fecunda vía de diálogo, de consensos y de disensos republicanos. Ojalá la democracia encuentre finalmente sus ropajes posmodernos, cuando amanece el segundo cuarto del Tercer Milenio.

 

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos» Antonio Gramsci

Recién la política progresista española Irene Montero ha exclamado que el medio millón de migrantes que serán legalizados en su país deben servir para aplicar la teoría del reemplazo étnico o cultural y limpiar la península de tantos fachas y racistas. A su turno, Cayetana Álvarez de Toledo, en el Congreso de los diputados español, le ha dicho a su colega Juan Gabriel Rufián, de la Esquerra Republicana de Catalunya, que antes de criticar las credenciales morales de María Corina Machado, debe mirarse largo tiempo en el espejo y lavarse la boca.

Desde otro ángulo, La eurodiputada Afroditi Latinopoulou ha  denunciado a la bancada socialista del Parlamento Europeo: «Han inundado las ciudades europeas con islámicos; estamos llenos de Mohammed’s. Ustedes, los socialistas, quieren islamizar Europa; son los mayores racistas con los europeos. ¡Detengan las subvenciones ya y depórtenlos a todos en masa!». Georgio Meloni se ha sumado a la protesta: “si se sienten ofendidos por un crucifijo, no es aquí donde deben vivir”. Y el islamismo no se ha quedado atrás, en tiempos de absoluto griterío no faltan líderes islámicos que llaman a la islamización de Occidente y se multiplican las manifestaciones de intolerancia de los propios musulmanes en contra de los rituales cristianos dentro de Europa.

Irene Montero y Cayetana Álvarez de Toledo. Representan dos extremos irreconciliables en la política española

Cierro esta introducción, con una referencia al escritor Arturo Pérez Reverte quien se ha confesado republicano que, en el caso de España, significa creer en la república como modelo político y no en la monarquía constitucional. Pérez Reverte cree en el gobierno de un presidente que encarna el Estado y que viene provisto de una serie de virtudes como la serenidad, la sensatez, el civismo. Sin embargo, ante la más absoluta crisis de la clase política española, admite su simpatía con Su Majestad Felipe VI, el actual monarca hispano, porque encarna al país, porque lo ve bueno, porque quiere a España y la prioriza por sobre cualquier otra consideración.

Viví en España entre 2001 y 2003, la viví intensamente. Me pareció que algo había cambiado cuando hice dos trasvases en el aeropuerto de Madrid al dirigirme a Roma, y realicé el viaje de Lima a Madrid en Iberia a finales de 2024. Es que sucedieron demasiadas cosas. Dos aeromozas que comentaban en voz baja “ojala que todos estos no vengan a delinquir”, y luego en el aeropuerto de Barajas, otra funcionaria  de Iberia, con un gran megáfono separaba a los gritos a los pobrecillos europeos de la “sarta de bandidos y truhanes” con quienes tuvieron que viajar apretujados por más de 14 horas en el aire, sin que haya forma de evitarlo. Los gritos de la señora, obviamente, separaban a los comunitarios de quienes no lo eran, pero sus maneras recordaban a los esbirros del Tercer Reich separando a judíos de cualquier otro ser humano que tuviese en suertes no serlo: “Juden links, Europäer rechts”, esa sensación me dio vueltas por la cabeza.

Yo saqué de inmediato mi pasaporte antes de ser detenido por la policía antiinmigración o lo que fuere y me acerqué al lado de los no europeos. La funcionaria levantó la mirada, me vio y me dijo muy gentilmente: “no hace falta señor, Ud. siga por favor, adelante” sin siquiera ver mi pasaporte. Entonces entendí que no solo era la nacionalidad, sino que la cara también entraba en la ecuación.

Luego recordé que ya en el caunter de Lima, sí, de Lima, una funcionaria española de Iberia gritaba a su gusto a los futuros pasajeros que llegaban para sacar su ticket de vuelo y embarcar su equipaje. Los acomodaba con total desdén e irrespeto al punto que quise presentar una queja y pregunté donde podía realizarla. Y entonces pasé de un pasadizo al otro, de una oficina a la otra del viejo aeropuerto Jorge Chávez hasta que me vi como a Josef K. de El Proceso de Kafka, inmerso en el indescifrable laberinto judicial de un país de Europa del este, por lo que desistí en mi empeño, so riesgo de perder mi vuelvo.

Al punto, este mix que combina intervenciones recientes de políticos europeos y las lamentables anécdotas de un viaje a Europa a finales de 2024, busca ofrecer algunas conclusiones coherentes. En primer lugar, la España de hoy, y la Europa de hoy, no son más las de inicios del siglo XXI: el mundo no lo es. Entre 2001 y 2003 España no había aprobado la ley contra la violencia de género, ni el feminismo había eclosionado como lo ha hecho. Igual, la derecha: no existía Vox. El esquema de la política era aún el tradicional: PP, PSOE y la Izquierda Unida diminuta, casi un bipartidismo, más las fuerzas políticas regionales, PNV, entre otras. Aún regía la democracia, bien entendu.

Los debates parlamentarios eran fieros: recuerdo cada mes, en las Cortes españolas, cómo se presentaba José María Aznar, como lo atacaba José Luis Rodríguez Zapatero y los grandes contrapuntos entre ellos dos, durísimos, pero ni una lisura, ni una descalificación, ni un epíteto, todo política pura. A su turno, el debate respecto de la migración musulmana se limitaba al uso de la burka en los colegios, sé que la discusión continúa, pero los islámicos en Europa parecían comprender que se encontraban en otro continente y que no se trataba de modificar las costumbres locales.

Al mismo tiempo, como migrante peruano, conocí a otros migrantes peruanos y, en general, tenían una buena relación con los españoles y los españoles con ellos. Ya existía el feo mote de sudaca pero, en general, la relación fluía, esto no quita que los peruanos que conocí tendían más a vincularse con otros peruanos, pero no implicaba actitudes excluyentes. Lo que vi fue más armonía y aceptación que conflicto.

Unas horas, de ida y de vuelta en el aeropuerto de Barajas, y otras más en un vuelo de Iberia de Lima a Madrid cambiaron completamente mi percepción aunque reconozco generalizar a partir de una experiencia particular. Sin embargo estoy enterado, la derecha española está escandalizada por la normalización de la situación de los inmigrantes en su país, evocan la ya referida teoría del reemplazo, Irene Montero le echa más leña al fuego y la evoca también como argumento para acabar con los “fachas”.

Un gran y estridente griterío. Hace 23 años, cuando dejé Europa, esta no era un gran griterío. Hoy día lo es. Buscar o señalar culpables sería tomar partido y convertirme en cómplice. A quien señalo como culpable es a la batalla cultural pues su intención no es transar, llegar a un acuerdo, dividir territorios. Su intención es la destrucción del otro, no desde la violencia de las armas, pero sí la del fanatismo ideológico.

Me quedo con Arturo Pérez Reverte, quien mencionó a Felipe VI como hombre de sentido común, que hace las cosas buscando el bien general y del país, hasta donde se puede en el marco de la política, entendida como la búsqueda del consenso entre las partes. Esa política que ayer tuvo un lugar entre nosotros y que hoy se nos ha perdido. Ojalá que no para siempre, ojalá concluya pronto la era de los monstruos.

Foto:  lavanguardia.com

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Recién leí el bello artículo De ser y tener en el mundo gay, del académico Roger Lancaster. La impecable traducción le corresponde a Matheus Calderón, periodista y literato por la PUCP. Lo ha republicado www.elsalmon.info con autorización del autor.

El ensayo es una aventura intelectual que nos introduce al universo conceptual gay y queer pero desde una mirada que incluye al marxismo en el análisis de la cuestión. Y este es precisamente el asunto fundamental que trata el texto. Para Lancaster, el mayor déficit de la teoría queer y de sus máximos representantes, como Judith Butler, es que omite el análisis clasista, o lo sublima.

Para el autor, también gay pues así lo señala en su artículo en el que narra algunas vivencias personales, la academia se habría conformado con un enfoque cultural y una mirada  clasemediera del tema, vinculada con los medios universitarios. De esta manera, la creación del sujeto vulnerable se expresa en narrativas estereotipadas al mismo tiempo que edificantes o ejemplificadoras.

Lancaster sostiene que la cuestión de clase es fundamental para comprender las vulnerabilidades de las personas LGTBI+ y apela, con una referencia coloquial, al distingo entre gay, homosexual y “puto”, y a las aspiraciones de cada uno de estos sujetos en virtud de su situación socioeconómica. Sin dejar de tratar otros aspectos fundamentales, señala que es inaplazable el reencuentro del mundo queer con el análisis clasista  para romper lo que entiende como un estancamiento contemporáneo de la cuestión.

Desde otra mirada, recientemente el Partido Verde inglés ha lanzado una exitosa campaña titulada let´s make hope normal again. El videoclip, de algo más de dos minutos de duración, expone las penurias de la clase trabajadora inglesa, de los niños y jubilados, ante un Estado y liderazgos cada vez más ineficaces. La crítica, que apunta directamente al neoliberalismo económico, sostiene que, cada día, corremos y corremos más para crear una riqueza que concentran muy pocos, mientras que la situación de las masas populares es cada día más precaria y desesperanzadora.

Este fenómeno es global  y representa el meollo del asunto. El neoliberalismo ha alcanzado sus límites hace ya tiempo. Las bondades del libre mercado librado a su aire no va más. Sin Estado no hay redistribución, sin impuestos selectivos tampoco. El problema es que quienes dirigen la globalización mundial ya lo controlan todo. Chile no fue la excepción, en 2022 68% de su población rechazó en las urnas la llamada “Constitución de género”. Ese no era el mandato popular, el mandato popular era redistribuir, poner los servicios públicos más al alcance de la gente común. Recién Camila Vallejos se ha jactado de que el gobierno de Gabriel Boric deja a Chile mejor de lo que lo encontró. Ocurre que el joven mandatario chileno supo escuchar a su pueblo y tomó la posta del mandato popular.

En Bolivia, Alvaro García Linera, ex vicepresidente de la nación, recupera a Lenin para exigir “el análisis concreto de la situación concreta”. A partir de esta premisa pasa revista a los grandes errores cometidos por la izquierda las últimas décadas. Su diagnóstico es el mismo que el de Lancaster: “estamos estancados”, para seguidamente señalar que cualquier gobierno de izquierda que inaugure gestión debe tener muy claro que su prioridad, por encima de cualquiera otra, debe ser la economía doméstica. Paso seguido sostiene que  “solo si se aborda prioritariamente este punto fundamental para las mayorías populares, los otros temas —identidad, medioambientales, reconocimientos, etcétera— pueden tener un soporte material que garantice que sean asumidos por las políticas públicas”.

En suma, hemos presentado diferentes enfoques para una misma cuestión. La batalla política de las próximas décadas debe priorizar lo socioeconómico y apuntar a la mejora de la calidad de vida del grueso de la población mundial, pauperizada por casi cuatro décadas de neoliberalismo a ultranza. No se trata de traer a colación el socialismo, como pregonan los enemigos de todo cambio. Se trata de otorgarle al Estado el poder y la autoridad para dos cuestiones fundamentales: 1.- el arbitraje en materia socioeconómica a través de la política tributaria y la mejora sustancial de sus servicios, 2.- la promoción y el fomento del desarrollo económico, en alianza con el sector privado. Este tema es  fundamental para América Latina cuyas burguesías, aún de talante oligárquico, siguen tendiendo a la acumulación del capital, o a la inversión en sectores primarios, con poca o nula capacidad de industrialización, modernización tecnológica y multiplicación efectiva de la riqueza.

No estamos planteando el célebre Ceci tuera cela de Víctor Hugo, ni el abandono de agendas culturales. La guerra tiene estrategias, etapas. El edificio se construye piso por piso. Tal vez la arremetida ultraderechista contemporánea -con el delirante Donald Trump al frente- nos esté interpelando y señalando que quisimos saltar del primer piso al quinto y nos precipitamos al vacío.

Imagen de portada: Diario El País https://elpais.com/ideas/2023-06-25/los-diez-pensadores-que-mas-influyen-en-la-izquierda.html

Bibliografía:

Lancaster, Roger. De ser y tener en el mundo gay

https://www.elsalmon.info/post/de-ser-y-tener-en-el-mundo-gay

Spot publicitario del Partido Verde inglés

https://www.youtube.com/watch?v=QlSjPUnZYIc

García Linera, Alvaro. ¿Qué Hacer? La izquierda y el progresismo pueden recuperar el gobierno, pero está claro que no lo harán repitiendo viejos esquemas ni pasados errores

https://www.diario-red.com/opinion/alvaro-garcia-linera/que-hacer/20260124135215062616.html

 

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Su victoria, además, consolida las posiciones de la derecha global, muy especialmente de la latinoamericana y repercute en el Perú, ad portas de sus próximas elecciones generales de abril. Los variopintos candidatos libertarios de nuestro espectro político  estarán saltando en una pata.

De cara a la región, la presencia y el control norteamericanos sobre las reservas petroleras venezolanas- pues para Trump, esto nunca se trató de la democracia- generan un contrapeso a la aventura china iniciada en 2025 al inaugurar el puerto de Chancay. El error chino, más allá de las siempre amables palabras de XI JinPing, es no asociar su presencia en Sudamérica con ningún proyecto de desarrollo para la región, un puerto chino, solo un puerto chino, a fuer de sus pingües inversiones mineras. Entonces los herederos del Imperio del Dragón no tiene aliados en la región, solo observadores, solo expectativas, solo incertidumbres.

Europa es un eterno dilema. Humillada tanto o más que a finales de la Segunda Guerra Mundial, se muestra inerme. Depende tanto de los Estados Unidos que se ha convertido en un ente incapaz de cualquier iniciativa propia, al punto de que nadie se plantea firmemente una Europa sin americanos, una OTAN sin Estados Unidos, o la posibilidad de convertirse en una potencia cuatro o cinco veces menor en poder económico y militar pero con voz propia en el mundo. To be or not to be, sabias palabras de Shakespeare.

En España, siempre un tanto disparatada, se han escuchado las voces usualmente trasgresoras de Pablo Iglesias  e Irene Montero llamando a romper con Europa, con la OTAN, con el mundo. Es que en la península aún no se enteran de que su desarrollo económico, de los servicios y la infraestructura se los financiaron Alemania y Francia desde que se fundó la UE en 1993, ellos apuestan por la autárquica ínsula Barataria donde gobernaría, de seguro, una versión bastante alternativa y woke de Sancho Panza.

Vamos a las ideas, crecimos, crecí, en el antimperialismo yanqui, me revienta, lo rechazo, pero la idea del progreso estalló después de la Segunda Guerra Mundial. No existe eso de que cuanto más nos adentramos en el tiempo más superamos las taras del pasado, como los desembarcos de Marines yanquis y las obscenas dictaduras bananeras. Nada de eso, las armas serán más sofisticadas, pero el hegemón lo seguirá siendo, las oficinas públicas contarán con internet pero nuestras democracias son tan frágiles como en tiempos de la  fundación republicana.

Europa no puede, o no quiere, o se ha acomplejado tanto que ha perdido hasta el élan vital del que nos hablaba Henry Bergson hace un siglo. ¿Qué podrá América Latina? los pequeños pececillos siguen nadando despreocupados en el mar en el  que se alimenta el tiburón del imperialismo, las cálidas aguas del mar caribe, si hasta la analogía no nos lo parece ya tanto.

¿Es posible la Patria Grande? He seguido mucho a Haya de la Torre que dedicó su vida al proyecto de unir Indoamérica pensando que así podría equiparar fuerzas con el gigante del norte. En el concepto llevaba razón, pero no en la realidad: nunca nos pondremos de acuerdo. Más sensato es el camino solitario o las pequeñas o medianas alianzas sinérgicas, de interés. Más sensato es mirar a la minúscula Corea, examinar su milagro. No hablo de copiarla pero sí de inspirarnos en su ejemplo. Más sensato es ver a las naciones que cambiaron su destino porque un buen día tomaron la decisión de hacerlo pues en el mundo contemporáneo no existe otro camino para los peces chicos y nadie les prestará ayuda para convertirse en megalodones.

Breve actualización: Conforme a sus últimas declaraciones, a Donald Trump no le interesa la democracia en Venezuela. Ahora los venezolanos se quedan sin petróleo y probablemente con la misma dictadura pero sumisa a USA. El plan imperialista perfecto le ha funcionado a Trump y los defensores de una «invasión democrática» hacen el ridículo mundial. Lo que se viene es un protectorado norteamericano en el país llanero, ya sea directo con un gobernador gringo, o indirecto con un representante de la actual dictadura al frente. Edmundo González y María Corina Machado no son una opción. Diosdado Cabello podría convertirse en el próximo Anastasio Somoza regional. El asunto es que el petróleo le llegue rápido a USA y ya no más a los chinos. Si está es la lógica de Trump, solo queda esperar sus siguientes pasos en busca de recuperar la hegemonía perdida.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Siempre me manejé a base de ideas e ideologías, también de marcos teóricos. Comprendo la realidad como un universo que requiere ser interpretado en busca de una inalcanzable verdad, que no se puede alcanzar por un motivo intrínseco a su naturaleza: se mueve. La historicidad, la temporalidad obligan a modificar el diagnóstico cada cierto tiempo, obligan a verdades de corta y mediana duración, nunca absolutas, el cambio marca la pauta, la adecuación es inexorable.

Luego está la crítica, la interpretación y su enorme repercusión en la epistemología. Una sola verdad, en un solo tiempo, igualmente será desafiada y, en simultáneo, diferentes teorías e ideologías se disputan el pedestal del conocimiento comúnmente aceptado. Ni siquiera los totalitarismos pudieron detener estas dos pulsiones ineludibles: la historicidad y la crítica.

Yo me formé en casa de un velasquista, mi padre Ezio, relacioné a Velasco con la justicia, con devolverle a los pobres lo que les había sido arrebatado, la parte de la dictadura del GRFA no la entendí muy bien por aquellos años. Precisamente en 1980, cuando cursaba primero de secundaria, ya sin generales en Palacio de Gobierno, cayó en mis manos Haya de la Torre y el APRA de Luis Alberto Sánchez.

Entonces mi base ideológica se completó. Volví a ese libro tres décadas después y comprendí por qué pensaba como pensaba, por qué me consideraba de izquierda sin ser comunista, porque creía fervientemente en la justicia social y porque entendía la democracia como una utopía que debía defenderse por encima de cualquiera otra. Quién mejor que Sánchez para legar la posta, perseguido por dictaduras desde Sánchez Cerro hasta Odría. Nadie como los apristas de la generación fundacional y la siguiente, la de Andrés Townsend y Armando Villanueva, para comprender por qué son importantes la democracia y el orden constitucional como marco de referencia para construir la justicia social y para comprender que el siglo XX peruano se truncó precisamente por lo contrario: por los tanques, los fusiles, el olor a pólvora, la represión política y la conculcación de la libertad.

Los tiempos universitarios me alejaron de un APRA en la que no militaba y del desastre de su primera gestión, y me acercaron a la Izquierda Unida, donde me caractericé por ser demasiado moderado e independiente. Había otra utopía en muchos de esos bravos compañeros que yo no alcanzaba a compartir, desde el lenguaje, el enfoque, la mirada, la propia ideología: el marxismo. Yo creía, como dijo Haya, en un país en el que se crease la riqueza para el que no la tiene y no tanto en quitársela al que la tenía.

Lo señalado no obsta que promueva una  política tributaria más justa y una redistribución por parte del Estado que suponga la revolución de sus servicios y de su infraestructura para promover el desarrollo: creo en llevar a nuestra burguesía tomada por las orejas, por un Estado rector, a comprometerse con dicho desarrollo, pero no creo en maniqueísmos. No creo en buenos y malos, ni en odios ancestrales, ni en revanchismos. No es el camino que lleva a la justicia, no para mí.

Después leí a Jürgen Habermas y su optimista Más allá del Estado Nacional  en el que ofrece una mirada alternativa a El fin de la historia de Francis Fukuyama. Para el alemán, tras la caída del muro, eran la democracia y los derechos el hombre los que finalmente habían vencido al autoritarismo y al nacionalismo. Por consiguiente, aquellos eran también los llamados a vivir para siempre, y no el mercado sin atadura de ningún tipo, tras su victoria sobre la economía dirigida.

Al final, Francis Fukuyama no tuvo razón, pero tuvo más razón que Habermas. Desde el flanco progresista, la democracia y los derechos del hombre fueron atacados por un excéntrico movimiento que se denominó woke o wokista y que obtuvo similar e identitaria respuesta de una derecha bíblica y puritana, cuando no libertaria, lo que inició la batalla cultural. Flanqueada a la derecha y a la izquierda por movimientos básicamente anti-derechos -o que en su empeño por promover los de algunos colectivos, podrían conculcar los de todos los demás- la esencia de la democracia, su espíritu deliberante, el alma de sus grandes teóricos, desde los padres griegos, hasta Jefferson y Hamilton, pasando por Rousseau, Locke y Montesquieu estallaron en mil pedazos. Solo quedaron el esqueleto de una maquinaria electoral y las ruinas de viejas instituciones que funcionan ora para financiar los sueños alucinados de unos, ora para fungir como infinita fuente de enriquecimiento ilícito de otros.

Hace unas décadas, Hugo Neira hablaba del Perú, de su inexorable camino hacia Tartaria, de sus leyes no escritas que son las que, finalmente, rigen nuestros destinos. Pero me temo que la asincronía es planetaria y no local, que la inmensa brecha que existe entre las ruinas de las instituciones y la política real explica por qué casi cuatro décadas después de la caída del muro no emerge aún otro paradigma, otra episteme.

Vivimos atrapados en una dimensión que se devanea entre dos mundos paralelos, y no creo plantear más que una verdad de Perogrullo que sin embargo debe decirse. En las instituciones vive el Gran Hermano, se devanea ese poder Judicial que nunca le dijo a Josef K. de qué lo estaban acusando; mientras tanto, el espacio público lo ocupa el ciudadano de pie. Allí, cotidianamente, extorsionan a señitos emolienteras en las esquinas de viejos barrios con aroma a menudencia frita. En esas mismas esquinas, cada tanto, asesinan a un microbusero que se negó a pagarle cupo a un sicario, pero estas son cosas de la calle, no son cosas de las instituciones.

Pero estas líneas trataban de una revisión de mis ideas a lo largo del tiempo. Estoy en el lugar de siempre, el de la izquierda democrática, que busca reconciliar al Estado con la sociedad. Y, como buen latinoamericano, estoy a la espera de un caudillo providencial que convierta en realidad mis más anheladas utopías ad portas del año por venir.  ¿O podrá ser un partido?

[OPINIÓN] Existe el feminicidio. Lo digo sin legalismos, no soy abogado. Si un hombre asesina a su pareja o expareja motivado por los celos, despecho, por no aceptar una ruptura, atrapado en la perversa creencia que lo hace ponderar a la mujer como a un objeto o propiedad, entonces ha cometido feminicidio, y en el Perú esta es una situación tan lamentable como cotidiana.

El acoso callejero es otro mal nacional. Las mujeres peruanas, prevalentemente las jóvenes, lo experimentan varias veces por semana: o les gritan obscenidades, o profieren contra ellas ruidos o silbidos absolutamente lascivos, o, lo que es peor, las tocan, cuando no las violan sin más. En este último caso hablamos de un crimen,  situación mucho más grave que el referido acoso.

La desigualdad salarial entre hombres y mujeres es una problemática mundial que también se expresa en el Perú. La razón fundamental que se esgrime no puede ser más discutible: el gasto que para el empleador puede o podría suponer eventualmente la maternidad o futura maternidad de la trabajadora. Argüir los descansos por maternidad, la supuesta imposibilidad de dedicarse al trabajo al 100% en virtud del cuidado de los hijos, supone una regresión retrógrada a los tiempos previos a la ola feminista de los años setenta. Desde entonces, y cada vez más, hombres y mujeres, que conforman un hogar, trabajan los dos y comparten las labores del hogar también los dos, pero el capitalismo parece no haber tomado nota de este cambio fundamental al momento de establecer políticas salariales. Por lo demás ¿no es a través de la maternidad que aseguramos la supervivencia de la especie?

Pero quiero detenerme en el Perú. En nuestro país la misoginia tiene antiguas raíces y clama por la necesidad de un potente proyecto educativo para que los varones dejen de ser educados en la falsa idea de su superioridad sobre las mujeres, o lo que es peor, en la falsa y perversa idea de que una relación sentimental convierte a la pareja en una posesión, punto de partida para que la ruptura concluya en tragedia.

La política pública y educativa debe fomentar el respeto a la mujer desde la educación inicial. Debe incluir el trato, las formas y el fondo, el concepto mismo que el varón desarrolla acerca del género femenino. De esta manera construiremos una sociedad solidaria, educada, en donde prevalezca la defensa del ser humano, sin distingo de su género, en lugar de prejuicios nocivos largamente arraigados.

Luego, la lucha de las mujeres por sus derechos ha logrado visibles triunfos, más en las sociedades desarrolladas: el número de mujeres empleadas supera al de los hombres, principalmente entre los menores de 35 años; el número de mujeres que estudia en la universidad supera largamente al de varones, situación que observo cotidianamente en las aulas universitarias, con casos en los que el 90% de estudiantes matriculados en mis secciones es de sexo femenino.

También en la salud mental, la situación de las mujeres parece más favorable: la incidencia de suicidios, de depresión y de abuso de sustancias es bastante mayor en los varones, estos muchas veces recienten no poder competir contra la denominada discriminación positiva lo que nos lleva al centro de nuestro problema.

Existen líneas que no podemos cruzar y que han sido trazadas por los derechos fundamentales. Resulta discutible proclamarse pro derechos al defender los de la mujer, si, en el empeño, se trasgrede impunemente los del hombre, colocándolo en una posición de inferioridad e indefensión ante la ley.

Esto ha ocurrido y está ocurriendo en España desde la promulgación de la ley contra la Violencia de Género de 2004. Esta otorga beneficios legales, de salud y económicos a la mujer por el solo hecho de denunciar a un hombre por violencia, generando así un incentivo perverso a favor de denunciar, aún si la acusación fuera falsa. Como contraparte, una vez interpuesta la denuncia, la referida ley condena automáticamente al varón a pasar de una a tres noches en el calabozo, a abandonar el hogar conyugal y le prohíbe ver a sus hijos. Muchas veces, por el ruido social, la denuncia en su contra resulta en la pérdida de su trabajo.  Y todo esto sólo tras la presentación de una denuncia, sin proceso previo, ni condena, es decir, “preventivamente”.

En el Perú no existe tal legislación, pero instituciones privadas aplican reglamentos de género que, ante la sola presentación de una denuncia por violencia, separan de su trabajo al acusado y le ofrecer a la acusadora los servicios de un abogado y asesoría psicológica sufragados por la empresa, todo esto cuando el proceso disciplinario ni siquiera ha comenzado. Diese la impresión, en estos casos, de que la sentencia antecediese al procedimiento. Desde luego, no aplican para el acusado ni la presunción de la inocencia, ni el derecho a la defensa. En todo caso, la institución asegura los servicios de un letrado a la demandante pero no al demandado, quien se ha quedado sin trabajo y debe costearse él mismo los servicios de un abogado defensor.

El último caso que quiero presentar es el del daño psicológico, moral, laboral y social que generan algunas acusaciones falsas al margen de procesos judiciales o disciplinarios. Basta un escrache, una cancelación en redes sociales, basta una página de origen desconocido subida a las redes por un anónimo que no presenta pruebas, ni indicios y que no se identifica jamás, para que sectores radicales acojan la “denuncia” y se plieguen al escarnio público del supuesto agresor. El resultado: le arruinan la vida, si no lo matan, lo hieren. ¿Daño colateral? ¿un ser humano puede considerarse daño colateral?

En este artículo he querido separar dos temas que son muy distintos pero que ciertos sectores activistas quieren presentar como uno solo: la legítima lucha por erradicar la violencia contra la mujer y construir una sociedad más justa en la que todos vivamos en condiciones de igualdad, frente a movimientos que han creado una narrativa de confrontación de mujeres vs hombres, y promueven legislaciones que incluyen discriminación positiva, la que vulnera derechos fundamentales como la presunción de la inocencia, así como los derechos a la legítima defensa, al honor y a la buena reputación.

Sólo sobre la base inalienable e irrenunciable de la defensa de TODOS LOS DERECHOS FUNDAMENTALES, y de su universalidad, podremos defender devota y militantemente la integridad de la mujer y su derecho a la igualdad de oportunidades.  En democracia, no existe otra manera de hacerlo. Finalmente, mujeres y hombres vinimos a este mundo juntos, nos reproducimos juntos, nos amamos juntos y nos lloramos juntos a la hora de partir.

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] No solo la derecha terruquea, y el tema no es exclusivamente peruano. El terruqueo deviene del escrache, de la cancelación, de silenciar a alguien en tiempos de redes sociales, atacándolo brutalmente y negándole la posibilidad de defenderse. Estas prácticas, que son políticas, tienen un objetivo claro: condenar moral o socialmente a alguien y, de esta manera, anularlo, aniquilarlo.

Se trata, pues, de un tema contemporáneo, global, que atañe la batalla cultural, las derechas conservadoras enfrentando a izquierdas progresistas cuyas agendas se imponen con métodos igual de nefastos. El tema es que ninguno dialoga, y menos en las redes sociales.

El problema con el artículo de Alfonso López Chau acerca de Víctor Polay es que proviene del pasado, de la década de los ochenta, de un tiempo en el cual sí se dialogaba y se debatía ideológicamente. Cuando un artículo escrito desde aquellas coordenadas temporales se filtra al presente la derecha gritará: ¡terruco! pero la propia derecha no lo haría en el tiempo en el que dicho artículo fue escrito, de hecho, no lo hizo.

Por eso surgieron de inmediato las contradicciones que derribaron esta narrativa. Una de ellas resultó demoledora: nada menos que en la foto del artículo que López Chau publicó en 1989 figura Fernando Rospigliosi en una reunión junto a Víctor Polay y entonces la campaña de desprestigio estalló: si el candidato de Ahora Nación fuese terruco por deslindar de Víctor Polay sin señalarlo como terrorista            -que es lo que finalmente le reclaman sus detractores-  entonces ¿cómo habría que considerar al hoy conservador Fernando Rospigliosi?

En fin, seré breve esta vez. Que este tropiezo de la derecha  nos sirva a todos para recuperar la política, la buena política. Hasta los años ochenta en el Congreso Nacional había marxistaleninistas, pues estaba normalizada su participación electoral en el Perú de entonces, situado en el mundo de la Guerra Fría. Y vaya como polemizaban los marxistas, los apristas y la derecha de entonces; era para quedarse escuchándolos.

Algunos dicen que Alfonso López Chau es “aburrido”, a mi me gusta precisamente porque es doctrinario, porque es ideólogo, porque le gusta confrontar planteamientos como los confrontó contra Polay en su articulo de 1989. Ojalá aparezcan en nuestra variopinta escena electoral otros más como él. Así, durante la campaña, podremos discutir proyectos de país, en medio del griterío ensordecedor de un tiempo en el que los argumentos y las ideas han sido desplazados por la descalificación ramplona y el insulto más soez.

Imagen: Alfonso López Chau, recuerda a los políticos doctrinarios de antes.

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