La feliz decisión de apartarlo del equipo, o la gota que derramó el vaso, provino del comando técnico en marzo de 2016, tras la juerga de Luis Advíncula en una discoteca, luego de un partido eliminatorio, que generó escándalo y sanción por parte del comando técnico (Advíncula no volvió a ser titular hasta el partido definitorio del primer repechaje ante Nueva Zelanda en Lima). Pero Pizarro alzó la voz y declaró que el futbolista en su día libre podía hacer lo que quería. Esa era la lógica, pues, que había imperado los últimos procesos eliminatorios y “el bombardero” la propagaba a los cuatro vientos. Gareca, sin embargo, pensaba distinto y había comprendido perfectamente la naturaleza del problema con la selección. El partido siguiente, contra Venezuela, que Pizarro fue reemplazado con el marcador 2 a 0 abajo y que los entrantes Raúl Rui Díaz y Edison “el Orejas” Flores revirtieron, fue el último del excapitán con la bicolor. 

A Pizarro no parecieron afectarle mucho sus desconvocatorias al equipo de todos hasta que percibió que el nuevo team del profesor Gareca podía clasificar a Rusia 2018, entonces desde algunos medios de comunicación, periodistas amigos y hasta alguno futbolistas de la selección, se metió mucha presión para llamar al jugador del Bremen, la que continuó casi hasta la justa mundialista, generando continuas controversias, pero no se logró desconcentrar al grupo, y Pizarro nunca más fue convocado. Así fue como realmente comenzó la era Gareca en el fútbol peruano. 

Ahora viene la repesca, yo creo en la victoria infalible si se repite la actitud del equipo, su altísimo nivel de concentración, su solidaridad en la marca y su acierto en la definición que vimos contra Paraguay, pero es un partido y puedo ocurrir cualquier cosa, tengámoslo presente. Independientemente de ello, ojalá que el profe continúe al frente hasta 2026, este es el momento de consolidar el recambio con los jugadores nuevos que vienen apareciendo. 

Cuando ya no esté, Ricardo Gareca nos habrá dejado al “futbolista peruano confiable”, ese que nunca tuvimos en realidad, y nos habrá enseñado la manera de mantener una selección permanente profesional y competitiva. Dependerá de la plana dirigencial del presente y futuro tomar las mejores decisiones para que el proceso se torne indefinido y nuestra selección sea siempre competitiva en el plano internacional. 

 

 

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Fútbol, Ricardo Gareca

¿Y los puentes? 

He señalado en otras reflexiones que hoy la universidad, inclusive la privada, es un espacio de encuentro de todas las sangres y he invitado a los estudiantes a conocerse: a la “pituca” que veranea en Asia a convidar a sus compañeros provincianos a su casa de playa, tanto como a la estudiante de la sierra, que vive en una estancia rural en Ayacucho o Cajamarca, llevar a la “pituca” y a los demás a disfrutar de su tierra, vivir sus costumbres, para así conocerse, comprenderse y compartir las diferentes realidades del Perú. Les he dicho que está en ellos construir la nación que no somos porque están todos juntos y es la primera vez que estamos todos juntos. Entonces alternemos, en lugar de adoptar posiciones los unos en contra de los otros.

Tal vez esta propuesta será fustigada con indignación o tildada de ingenua, porque nada es más fácil que destruir o desarmar, y es desconcertante constatar la reiterada adopción de posturas sin mayores matices, y, lo más alarmante, sin propuestas para la solución de una problemática que es real. ¿Qué hacer para que un día en el Perú baste con llamarnos peruanos para vernos, tenernos y reconocernos como iguales, y en una sociedad en el que la diversidad cultural se conciba como una ventaja y no como una línea divisoria? 

Criticar es muy fácil, si somos científicos sociales es para pensar estos temas en profundidad y ofrecer alternativas de solución, esto es tender puentes. El país lo necesita a gritos. 

 

 

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Cultura, sociedad

De la desidia de la izquierda limeña en constituirse en un sector vital y orgánico de nuestra política, se explica la súbita aparición de Perú Libre. No busca esta reflexión achacarle a PL, todos los defectos y críticas que ya se le han hecho y que son harto conocidas. El tema es reconocer que, ignorándolo Lima, el centro del poder, en la sierra peruana, principalmente la urbana, se organizó un partido político que, me corrijo, junto al Morado, conforman la dupla de organizaciones políticas correctamente instituidas con las que cuenta el Perú.

El marxismo-leninismo de PL, es otra cosa, a mi tampoco me gusta, como no me gusta el caudillismo del inefable Vladimir Cerrón, ni el APRA, el partido más moderno del siglo XX peruano, pudo escapar al flagelo del líder carismático, weberianamente hablando. Pero independientemente de esto, Perú Libre, es un partido político con programa, cúpula, militantes, bases y seguidores; y surgió de la región huanca, como lo hizo la verdadera resistencia peruana durante la guerra del Pacífico, con perdón de la forzada comparación.

En todo caso, puede que yo esté completamente equivocado, que los partidos políticos sean una manifestación societal de los siglos XIX y XX, y obsoleta en tiempos en los que, evidentemente, las redes convocan más que aquellos. Lo que nadie puede negar es que un país no puede construirse sin clase política. Miremos nomás a Chile, ante el fracaso de una, perfectamente instituida, el pueblo, recupera la soberanía en sus manos y la reemplaza por otra, igual de capacitada, pero joven e inclinada hacia reformas en el ámbito del Estado de bienestar. Una manera muy chilena de instituir el siglo XXI en el país vecino.

Con o sin partidos políticos, y sin negar la globalidad de muchos de los fenómenos aquí descritos, lo cierto es que sin una clase política profesional, preparada y descentralizada, que persiga auténticamente utopías de las que ni hablamos ante tanto ruido, como el mero y simple desarrollo del país, no contamos con un punto de partida para comenzar a implementarlo. Sin punto de partida no hay principio, de allí mi escepticismo, el de un utópico que no por ello dejará de perseguir la utopía del progreso nacional.

 

 

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Política, sociedad

La élite política limeña debe sacarse las vendas de los ojos de una vez, principalmente el centro político, o quienes pretendemos construirlo, me incluyo, sin duda. El Perú, tras de Velasco hasta la fecha, se ha organizado a espaldas del republicanismo, ha desarrollado otros códigos de comunicación. A las normas republicanas y sus valores se les superpone absolutamente todo, lo que equivale a su inexistencia, salvo por el ademán de votar cada 5 años y cada 4 años.

Pero pensar, como señaló Neira, en construir la república desde nuestra propia realidad, al día de hoy, es una ecuación dolorosísima a fuer de realista, por eso la evitamos y, los que más, se limitan al populismo patrimonial. Es decir, a administrar lo que hay con parches, obras dispersas, mucha coima y harta corrupción. ¿Qué sistema podríamos crear partiendo de la realidad si nuestra realidad es una sociedad que hace quinientos años se relaciona con el Estado a través de la corrupción? Ya no importa si a la clase política la mató Fujimori, o si se disolvió dentro de su propia incapacidad.

¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Qué batallas estamos dispuestos a librar si lo que enfrentamos no es una realidad en la que hay corrupción, sino un escenario en el que la realidad es la corrupción, acompañada de decenas de otros malos hábitos arraigados por siglos en la sociedad? Y la clase política que había, zozobrante tabla de salvación, yace en el fondo de nuestros sueños republicanos. En el Perú, primero es la revolución -y no me refiero a la marxista sino a la moral- y después es la república, ténganlo presente aquellos que todavía sueñan con sus togas y sus grandes oradores.

 

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Gobierno, Pedro Castillo

A Carolina

Cayó en mis manos “Freud en su tiempo y en el nuestro”, de Élisabeth Roudinesco, oportuna reivindicación del padre del psicoanálisis, luego de dos décadas de cancelaciones y escraches. Llegó a mí gracias a otra mujer, mi esposa, también psicoanalista, a la vez feminista y admiradora del intelectual vienés porque, racionalmente, se puede ser ambas cosas al mismo tiempo. 

Llevo pocos días con el texto, y como suele sucederme con lecturas no previstas, he comenzado a leerlo en desorden, de acuerdo a mis propios intereses y prioridades. Así que recién he concluido con el capítulo 2 de la Cuarta Parte que se titula “Frente a Hitler”. 

En él, Roudinesco opone a Sigmundo Freud con Adolf Hitler como a dos esencias contrarias y trae a colación las teorías freudianas que vinculan al hombre con sus instintos más autodestructivos. A estos instintos, Freud les opone la cultura y la civilización. Al respecto, señala Roudinesco que “había un camino muy distinto que era igualmente posible, explicaba Freud: el acceso a la civilización (la cultura), la única capaz de permitir, mediante la sublimación, la dominación de las pulsiones de destrucción, es decir, del estado de naturaleza, ese estado salvaje y bárbaro que es un componente de la psique humana desde la antigua horda primitiva”. 

Está claro que con Hitler se perdió todo eso, la civilización, la cultura y nos desbarrancamos hacia las pulsiones más autodestructivas del hombre. Si un equívoco ha despejado la posmodernidad es creer que progresamos y que, eventualmente, en simultaneo al avance material y técnico, superamos también nuestro estado salvaje. Este, más bien, depende de los siglos o las décadas, va y viene, puede emerger en cualquier momento. La mayoría de visiones cinematográficas sobre nuestro futuro son distópicas, proclaman el triunfo del animal salvaje que lo destruyó todo a su paso. Anticipan un advenimiento fatal, una profecía autocumplida. 

¿Y el Perú? ¿Y los peruanos? Hay un consuelo de tontos. No estamos mucho peor que el mundo. La vieja diatriba, “qué mal estamos en el Perú, quiero irme al extranjero” no funciona más. En Alemania hay neonazis en el parlamento, en España Vox crece como la marea al ponerse el sol y en USA al bueno de Joe Biden se le opone el malo de Donald Trump. 

Lo que tienen en común los neonazis alemanes, Vox española y Donald Trump es una forma de hacer política que rechaza la mirada freudiana de civilización, entendida como cultura, porque impugna el diálogo y se constituye y realiza desde la destrucción del adversario, lo que supone la vuelta de nuestras pulsiones más autodestructivas, posicionándolas, cada vez más, en el mundo contemporáneo. Y lo mismo hacen los y las radicales ultraliberales, con sus cancelaciones en redes sociales, las que hace tiempo dejaron de ser su patrimonio exclusivo. Así, la democracia, quintaescencia ideal donde debería establecerse el consenso en busca del bien común cede presto su lugar a los extremismos. 

Sin embargo, la situación en el Perú sí es peor por una razón. En los tres espacios nacionales que he referido preexistían clases políticas profesionales de muy alto nivel, y partidocracias sólidas que ahora enfrentan a capa y espada esta nueva corriente política que, finalmente, también es cultural. En el Perú, en cambio, la versión chicha y posmoderna de Adolf Hitler ha llegado, o llegará en cualquier momento, sin siquiera un partido político, o cincuenta cuadros políticos en el candelero, con la suficiente capacidad de convocatoria y movilización para hacerle frente. 

Por eso en las encuestas gana el centro y en las elecciones ganan los extremos; hasta que un día ya no haya elecciones, o lo que es peor, ya no haya república, total ¿acaso algún día la tuvimos?  

 

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Freud, Hitler

Comentario a Huaco Retrato de Gabriela Wiener

Más valen los morenos, de mi morena

Que toda la blancura de la azucena

(versos de marinera limeña)

“Me llamo José Ciudad, soy mulato de San Vicente de Cañete, me presento ante Ud. y digo”. Me llamo Daniel Parodi, vivo en el distrito de San Isidro y soy blanco.  

El último censo nacional, ese tan mal hecho en tiempos de Kuczynski, y que fue un fiasco que obligó al presidente del Instituto Nacional de Estadística a renunciar a su cargo, preguntaba, sin más, por las razas de los ciudadanos, lo que nos llevó a situaciones análogas a la de los peruanos y peruanas de los tiempos coloniales, que debían identificarse de acuerdo con su estamento o casta. 

No caí en la trampa del censo. El censador me dijo que la señora del departamento de abajo, a la sazón mi madre, había respondido “raza blanca”, lo mismo que mi abogado, el gran “Pirucho” que le respondió al censador irónicamente “¿tú que ves?”. A mí me estrujaron las tripas las enseñanzas de papá Ezio, algunas a correazos y chicotazos, ¡la letra con sangre entra! Él había heredado este hábito, aún normalizado en los años setenta, de otros ejemplos no paternos que tuvo, pues el abuelo Alfredo murió de peritonitis en 1941, dejando viuda a la nonna Teresa, con apenas treintaiún años, el niño Ezio, cicci, apenas contaba cinco. Ella nunca se volvió casar. “No quería darles un padrastro a tu papá y tu tía”, solía decirme. 

Lo del censo, Carolina y yo lo resolvimos colocando en la sección raza “peruana” y peruano” respectivamente. Tal vez emulando los enormes e infructuosos esfuerzos de Juan Velasco Alvarado y Augusto Polo Campos por acercarnos un poco más a todos: “Yo me llamo Perú pues mi raza peruana, con la sangre y el alma pintó los colores de mi pabellón”. Claro, luego dirán, cómo en Chile, que el mestizaje, en tanto que discurso, tiende a acallar a las minorías étnicas y grupos originarios, pero lo cierto es que Velasco tuvo las mejores intenciones en un país que hasta entonces no había sido más que una sociedad de castas y que hoy, por esas inercias históricas que nos son tan íntimas, se muere de ganas por volver a serlo y acomodarse, tal y como estaba antes del 3 de octubre de 1968.  

Papá Ezio tomó El Diario Comercio los primeros minutos del 24 de julio de 1974 en un asalto a medianoche y a mano armada -como se lo enrostrara Alfonso Baella Tuesta -en una crónica enfáticamente antivelasquista titulada “El Miserable”-. Así, echaba de un puntapié, junto a Héctor Cornejo Chávez, Jorge Bolaños Ramírez y la plana directiva de la Democracia Cristiana, nada menos que a los Miroquesada de su diario secular, secularmente anti aprocomunista, secularmente defensor de la vieja oligarquía y del orden establecido. Sin embargo, tuvo su lapso seudoprogre El Comercio, cuando enfrentó abiertamente la dictadura fujimorista a fines de los noventa, pero después se le pasó. 

En el preciso instante en que papá Ezio tomaba El Comercio en nombre de la revolución militar, de la única revolución de izquierda que se ensayó en serio en el Perú, mamá Laura paría su tercer hijo Parodi varón, Andrés, en la Clínica Italiana. Cuando papá llegó al nosocomio, entre sudoroso, catatónico, eufórico y exhausto, “Anlacito”, como cariñosamente solía decirle, ya era un peruano más y tanto el nuevo miembro de la familia, como mi mamá, dormían plácidamente. Las primeras luces del miércoles 24 de julio de 1974 se dejaban ver en la convulsionada capital de una antigua excolonia española de América del Sur. 

Y por todo eso papá Ezio, con la finalidad de conformar una familia inclusiva, plural y revolucionaria, erradicó a correazos cualquier vestigio de racismo entre su pléyade. Nosotros estudiábamos en el Franco Peruano, el “choleo” y la discriminación eran tan naturales como la pichanga del recreo, y la discriminación, en broma o en serio -solía ser más en broma- contra quienes no pasaban el examen de las castas estaba a la orden del día. Finalmente, el Franco de esa época era un colegio progre, hoy le llamarían caviarón. Estaban los hijos de muchos intelectuales de izquierda como Julio Cotler, Carlos Franco, Pablo Macera, entre otros. Y no faltaba derecha, claro, pero los estudiantes secundarios éramos de jebe, discutíamos estos temas hasta acaloradamente, pero nunca nos enemistamos por ellos. El tema es que el racismo se erradicó de mi alma, soy una persona mejor y más democrática gracias a los métodos totalitarios de Papa Ezio. 

“Lo que es yo, recuerdo a San Isidro por haber sido el primer lugar en el que me gritaron cholo de mierda”. Me lo dijo mi tocayo Daniel, gran amigo de la Cato y de alguna lucha política de esos tiempos. Seguro yo me venía ufanando por joder de mi sanisidrismo, como lo hago a veces de puro transgresor y él me refirió, sin ningún afán de réplica, aquella triste anécdota. Le pregunte más por ella. Me dijo que era apenas un niño, que había otros niños jugando pelota en la pista -entonces no era políticamente incorrecto, ni siquiera en San Isidro, improvisar estadios en la calle, más sofisticados si marcabamos con tiza las áreas y la mitad de la cancha- y un disparo desviado fue a dar cerca de él, así que corrió para parar la pelota y devolverla, cuando súbitamente fue detenido por una voz que no por infantil dejó de ser tajante e imperativa “ey tú, cholo ´e mierda: deja nuestra pelota”. Y de esa triste manera, mi querido tocayo se enteró que en el Perú había niños distintos a otros niños y que no bastaba ser niño para poder jugar con otros niños. Al menos había dos categorías de niños:  cholos y no cholos.

La novela Huaco Retrato de Gabriela Wiener puede comentarse desde diversos ángulos. Cómo no soy crítico literario prefiero tomarme literal eso de que el texto creado se convierte en otro en el lector, y el lector produce su propio texto a partir de la lectura realizada. Más allá del absoluto disfrute que me ha generado su prosa y las historias que contiene, a veces sarcásticas hasta la carcajada, a veces dramáticas hasta llamarme a unas lágrimas que no llegaron, a veces sensuales y carnalmente eróticas, quizá lo que me confirma Huaco Retrato es una perogrullada, pero no cualquier perogrullada: en el Perú no se puede ser solo peruano.

Yo tomé conciencia de esta realidad de a pocos, creo que la entendí ya en mi madurez. Y vaya que intenté ser solo peruano, pensé que se trataba de una cuestión de actitud, y de romper el hielo. Como me lo enseñara Papa Ezio en nuestro fantástico e intercultural paso por la Peña Valentina el año 1984, cuando, contando apenas 16 años clasifiqué un festejo dedicado al Alianza Lima a la final de “Ven Con Tu Canción”, junto a mi hermano Aldo que oficializó de virtuoso intérprete del tema. Y los blanquitos de San Isidro llegaron a la peña de los negros de La Victoria a cantarle al team de los negros de La Victoria “en el estadio se vibra, el toque de Alianza Lima, los negros de la Victoria, en la cancha predominan”. No fue fácil al comienzo, no podíamos sino ser los distintos del cuento, además nos iba socioeconómicamente mejor y, obviamente, éramos los únicos representantes del “populoso y criollísimo distrito de San Isidro”, que fue la mejor manera que encontré para presentarme cada vez que me preguntaban en los ambientes criollos o en cualquier parte, ¿oe blanquito, en qué distrito vives? obvio que sin ninguna intención de visitarme, sino para catalogarme socioeconómicamente. La maldita pregunta que nos han hecho a todos, de arriba y de abajo, para recordarnos que no basta solamente con ser peruanos en el Perú. Y en algunos casos, con lo de “populoso y criollísimo” logré algunas risas y aceptación: “´ta bien, ´ta bien, tiene su gracia este colorao”

Pero Gabriela la pasó mucho peor, no quiero decir que yo no tenga para narrar historias más difíciles de eso que llaman racismo inverso y no voy a entrar a la polémica. Alguna vez, con un amigo abogado, muy bien colocado en estudios capitalinos y muy consciente de su condición de marrón en un entorno de blancos, como lo es su medio profesional, sostuvimos una fuerte polémica sobre el tema. El argumentaba que quien se encontraba en una posición de poder -el blanco en este caso – no podía ser objeto de racismo. Yo no me animé a responderle que, entonces, un entrañable amigo del cole, al que le decíamos Papaya, no tendría derecho a quejarse cuando, en 1985, le gritaron en Puno durante el viaje de promo: “quiero culo blanco, aunque sea de hombre”. En fin, yo tampoco creo en el racismo inverso porque creo que existe el racismo sin más, pero hablábamos de Gabriela.

Gabriela se ha aventado contra la pared, con su cara de Huaco Retrato, toda su vida, y se ha tumbado la pared toda su vida, y se ha puesto de pie y ha seguido caminando, gritándole a la España de los putos chapetones quién es y que no está para limpiar el retrete de la casa de ninguna vieja puta (españolismo, así no espanto a nuestra mojigatería), ni para tragarse sus puñeteros estereotipos raciales, sexuales, sociales y de la puta que los parió. Pero Gabriela está llena de heridas debido a tantos muros derribados, sangra por ellas y cada línea roja trazada que se desliza desde su vientre, brazos y piernas es una línea escrita con toda la ternura de la especie humana que ríe, folla, se enerva, pero finalmente llora desde su inconmensurable belleza. 

En las aulas universitarias tengo estudiantes de todas las sangres, de la Lima pituca, de la Lima mesocrática, de la Lima de los conos, de todas las provincias, y con la Beca 18, el mayor aporte de Ollanta Humala a la historia del Perú, a jóvenes del Perú rural, que me hablan diferentes versiones del quechua y a veces el aimara. Yo les digo que rompan el hielo, que no sean como nosotros, que no se dividan más en castas, que se inviten, la pituca (con total buena onda) que los invite a su casa en Asia, la andahuaylina que asiste a la clase virtual desde un distrito desde donde el matutino cantar del gallo nos conmueve a todos en clase, que les invite a su estancia rural, que se los lleve a pasear por los cultivos, cerros y sitios arqueológicos aledaños. 

Pero me pregunto si será suficiente, habría que convertirlo en política, pero no hay políticos, no de los buenos. Mientras tanto Juan, el niño indígena que Charles Wiener, tatarabuelo de Gabriela, y expedicionario francés, decimonónico empedernido y profundamente darwinista social, le compró a una mujer india alcohólica por unos soles en las serranías del Perú, se sigue exhibiendo en una jaula de la Exposición Universal de París de 1889. Esta celda está llena de seres humanos vivos -todos indígenas peruanos arrancados del país sin su voluntad- que representan la vida en el Imperio de los Incas antes de ser degradados por los pérfidos españoles, para admiración de los franceses mientras celebran el Centenario de su triunfal revolución de la Igualdad, la Libertad y la Fraternidad.  

 

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Gabriela Wiener, Huaco Retrato

Al finalizar el año del Bicentenario

A estas alturas ya resulta una perogrullada señalar, parafraseando a Alberto Vergara, que el Bicentenario nos pilla con más ciudadanos que República. Como en todas las flamantes repúblicas latinoamericanas, de la segunda y tercera década del siglo XIX, la modernidad y la utopía del ágora ciudadana deliberando por el bien común constituyeron la senda que todos juramos seguir, pero el camino ha resultado más sinuoso de lo que imaginaron los padres fundadores.

Si pensamos en aquellas metas, y las proyectamos doscientos años, apreciamos, en la superficie, que en el Perú una ciudadanía consciente es capaz de movilizarse cuando entiende que sus representantes se salen de los causes del contrato social, como sucedió tras la nominación del Presidente Manuel Merino por el Congreso Nacional en 2020, legal, pero no legítima a ojos de las grandes mayorías. Por otro lado, aunque disfuncionales, las instituciones generan equilibrio entre sí y más de una vez, en los últimos 20 años, nos han librado de apetitos autoritarios.

La gran ausente, 200 años después, es la clase política, los partidos políticos. A Platón no le gustaría nada. Hemos devenido, por una parte, en un país informal que se rige por dos sentidos comunes que pueden llegar a representar, también, dos legalidades y mundos paralelos también -será porque nacimos así en 1821, como dos mundos en lugar de uno- y por la otra en un país sin representantes cabales, cuya mayoría carece de las mínimas calidades para ser tal y cuya motivación reside en intereses particulares, en algunos casos de los más oscuros, antes que en el bien común o la representación de una ideología política o modelo de sociedad. En estas condiciones, la Utopía Republicana de Carmen Mc Evoy no hará más que aplazarse indefinidamente pues no existe quien se encuentre en condiciones de ponerla en práctica. 

Por otro lado, doscientos años después persisten las venas abiertas, como decía Galeano, mucho más evidentes ahora que un peruano de Los Andes, maestro de escuela y líder sindical es el Presidente del Perú. Desde su investidura, la gestión de Pedro Castillo se ha caracterizado más por el error que por el acierto, pero la versión perversa del viejo juego infantil que rezaba “juguemos a la ronda mientras el lobo no está”,  aplicado a la vacancia presidencial, como si se tratase de una espada de Damocles que se yergue contra cualquier gobernante, es un elemento francamente antirrepublicano que atenta contra cualquier atisbo de estabilidad necesario para construir eso que proyectaron los padres fundadores.

Pero hablaba de las venas abiertas. ¿Cuántos Perú existen? El Perú urbano conservador y el Perú informal finalmente conviven, interactúan, se conocen, se han acostumbrado el uno al otro. Más interrogantes me suscita el Perú andino rural. Hace 50 años, un eufórico general, Juan Velasco Alvarado, realizó una radical reforma agraria para acabar con el servilismo del campesino peruano. Cincuenta años después, ese mismo Perú rural andino elige como presidente a un maestro y campesino protestando por su absoluto abandono por parte del Estado. El Perú a veces evoca El Mito del Eterno Retorno del rumano Mircea Eliade: pase lo que pase volvemos al mismo punto, a pesar de Velasco y todas sus reformas. 

Una vez, hace mucho tiempo, leí un antropólogo que hablaba, no del tiempo circular sino del tiempo espiral. Decía que nunca se volvía al mismo punto, sino a otro muy parecido. Pues bien, estamos en un punto muy parecido al 28 de julio de 1821. La parte de nuestra sociedad hispanizada disfruta de la modernidad. Tenemos -y esto es lo nuevo – una sociedad y una inmensa economía informales al medio, y tenemos, en la sierra rural, el mundo andino que reclama la modernidad negada, pero en sus propios términos y desde su propia cosmovisión. 

Una República sigue buscando un nuevo punto de partida para integrar sus partes y encontrar la ruta hacia el desarrollo, al concluir el año de su Bicentenario. 

 

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República

Se va el año del Bicentenario, corriendo y sin pagarle la cuenta a una historia engolosinada y jactanciosa. Antes de la Guerra con Chile pensábamos que estábamos en posición de castigar al vecino por invadir Bolivia; al final, el vecino nos hizo expiar cincuenta años de anarquía militar y despilfarro del guano, que sólo sirvió para enriquecer a la argolla civilista y no lo digo yo, lo dijo González Prada a gritos y luego Basadre con un poco más de ponderación ¿nos suena conocida la historia? 

Pero el agónico 2021, el debate no alcanzó a ser ese, ni siquiera los posibles derroteros del desarrollo nacional al inicio de nuestra tercera centuria de vida independiente, tampoco el Covid-19, pandemia fatal que asola el mundo y desnudó el carácter fallido de nuestro Estado. En realidad, la discusión de la vacancia presidencial, colocada en la agenda política mensualmente por la oposición congresal, ha acaparado la atención de los peruanos desde que Pedro Castillo asumiese la presidencia del país. 

En un contexto así, no sorprende que la controversia vargasllosiana ocupe regularmente el centro del escenario de manera reiterada y pueril. Mientras más leo los ensayos del nobel, más brillante me parece. Su Orgía Perpetua le otorga méritos más que suficientes para formar parte de la academia de la lengua francesa, pero mientras más declara más me parece que solo sirve para escribir, como se lo dijese alguna vez su excónyuge. ¿De verdad importa la versión más conservadora del escribidor aparecida al atardecer de su trayectoria? ¿le aporta al debate nacional?

A otra cosa, una conclusión compartida por casi todos en Chile es que el triunfo de Gabriel Boric representa un relevo generacional dentro de su propia izquierda. De hecho, Michelle Bachelet encarna la última representante de un pacto en esencia neoliberal suscrito en 1989 por la clase política chilena en su conjunto, de la que la vieja izquierda no pudo zafarse. Fue la generación de las grandes protestas estudiantiles de 2011, la que contó entre sus líderes con el propio Boric, Camila Vallejo y Giorgio Jackson, y que se levantó agitando la bandera de una drástica reducción de los costos de la educación superior, técnica y universitaria, la que hoy ha ingresado por la puerta grande a La Moneda con la votación más importante de la historia del país sureño. 

¿Tenemos realmente una generación que relevar en el Perú? ¿contamos con una generación capaz de reemplazar a quienes hoy constituyen la clase política? Para la mayor parte de la opinión pública el nivel del debate político y de la performance de sus actores es tan bajo que ameritaría su completo recambio, sin discriminación, ni excepción de carácter ideológico. Luego, una generación joven se mostró ante el país en las jornadas de protesta de noviembre del año pasado dejando tras de si a dos héroes, Inti y Bryan, que dejaron la vida luchando en contra de un gobierno cuya ilegitimidad refrendó la mayoría de los peruanos. 

Sin embargo, de allí a asistir a la génesis de un movimiento juvenil de recambio generacional que implique el destierro de las malas prácticas y de la pasmosa mediocridad que pululan, como lugar común, entre quienes nos representan en la función pública, existe un abismo, cuando no un inmenso signo de interrogación. Sin una nueva clase política, a nivel nacional, con una mínima conciencia del servicio público, no hay proyecto de república posible así vengan tantos bicentenarios como queramos. La que hace doscientos años se fundó, y tiene muchas ganas de quedarse, es la republiqueta criolla de Manuel González Prada. 

 

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Bicentenario, política peruana

Las últimas semanas he referido el fenómeno global de la radicalización de derechas populistas-autoritarias e izquierdas culturales. Una amalgama de circunstancias, desde el advenimiento de la segunda década del nuevo milenio, logró desplazar a la democracia liberal, con sus propias izquierdas y derechas, del centro de la discusión pública y de su otrora zona de confort. Paulatinamente, el debate político y cultural se trasladó desde los medios de comunicación a las redes sociales, espacio sin duda horizontal pero carente de filtro y mediación, donde no fue difícil que posiciones extremistas se apropiasen de todo el espectro.

De esta manera, la izquierda cultural estableció la cultura de la cancelación, destinada a pulverizar en redes a todo aquel artista, escritor, personaje público o lo que fuere que se saliese de los márgenes de lo “políticamente correcto”. Fue así como diversas personalidades sufrieron escraches y linchamientos públicos por opiniones mal dichas, mal interpretadas, o sencillamente, discordantes. La misma suerte han corrido autores de otros tiempos, que ya no están aquí para defenderse, así como las estatuas de personajes del pasado cuyos escritos o prácticas, normalizados en los tiempos en que vivieron, no resultan aceptables el día de hoy.

Un caso emblemático fue el retiro de las plataformas de HBO de la cinta “Lo que el viento se llevó”, producida en la década de 1930 y ganadora de varios premios Oscar, por sus contenidos y diálogos que hoy podrían considerarse racistas. HBO, con criterio, decidió reponer la película con un disclaimer que contiene una explicación del contexto histórico y una denuncia explícita del racismo, lo que parece ser una buena alternativa para no asesinar el pasado desde el presente, como en un lúgubre ministerio orwelliano.

En el otro extremo, los sectores conservadores dejaron de sentirse seguros en el marco de la democracia y los derechos fundamentales, transgredidos impune y corrientemente por vanguardias instaladas en las redes sociales que marcaban tendencias mucho más que los medios de comunicación tradicionales. Estos últimos, acorralados, comenzaron paulatinamente a acomodarse a las nuevas formas difundidas en las redes para asegurarse vigencia y audiencia. 

Entonces el apego a la tradición surgió como respuesta, y no solo el apego a la tradición, sino una explosiva amalgama de expresiones sociopolíticas e ideológicas que abarcan desde nacionalismos extremos, xenofobia, posturas antinmigración, posiciones anti LGTBIQ+, misoginia, esencialismos de todo tipo, integrismos de todo tipo, identitarismos étnicos y un largo etc. ¿Qué tienen en común todos estos grupos bastante bien distribuidos a nivel mundial? Su rasgo distintivo: son conservadores, no quieren el matrimonio igualitario, coquetean abiertamente con el autoritarismo, mientras que la democracia, y siglos de construcción de una sociabilidad basada en derechos igualitarios que giran a su alrededor, les interesan muy poco.  

Entre estas dos posiciones, que hoy han abarcado casi todo el espectro del debate político, se ubica el centro liberal, democrático, con sus izquierdas y derechas sistémicas, y al que no le faltan representantes que se ufanan de presentarse a si mismos como centro moderado que es donde radica la razón de su estruendoso fracaso al amanecer de la tercera década del tercer milenio. No se puede proceder “socráticamente” cuando el debate político genera sus contenidos en el infierno de las redes sociales, no se puede seguir pensando la democracia como un ágora de ciudadanos togados que escuchan admirados a Pericles o Damocles lucirse en el ágora ateniense para luego escribir su voto en un óstracon. 

La democracia, sus principios, sus instituciones ameritan ser defendidas a gritos e invectivas en las redes sociales para, en primer lugar, generar un público dispuesto a defenderlas tal y como lo tienen los dos extremos que he referido en estas líneas. La democracia es también política y en la política es irreversible, es la derrota autocumplida, ceder el espacio al contrincante, y, hoy, ese espacio son las redes. 

Debe comprenderse que las redes sociales representan un escenario no solo en tanto que lugar virtual donde se genera la opinión, sino en tanto que lenguaje común que moviliza a los ciudadanos. Ese lenguaje hoy se expresa en voz alta, de maneja simple, tenaz, binaria, buscando llevar al público a una respuesta obvia, previamente concebida.

Es posible que se señale que una apuesta así, desde posturas demócratas y centristas, significaría su desnaturalización e implicaría convertirse en lo que se combate, que un centro democrático debería ser, ante todo, docente y versado. Grave error, la política del siglo XXI consiste en ganar la calle y la calle se gana desde las redes para una vez desde allí apuntar hacia el poder y aplicar los ideales a través del gobierno y el control del Estado. Lo que no puede hacerse es luchar una guerra sin armas con el enemigo armado hasta los dientes y cuya orden directa es la destrucción de la democracia en cuanto se cuente con el equilibrio estratégico para hacerlo.

Tras 200 años de vida republicana, el Perú no cuenta ni siquiera con la clase política mínima para iniciar un auténtico proyecto republicano, de igualdad, de justicia social, de integración sociocultural y de desarrollo económico. Los enemigos de este proyecto han estado siempre un paso adelante y ahora, conforme a los tiempos, muestran abiertamente sus posiciones, combinadas con mensajes que buscan polarizar sembrando el miedo y la confusión. Crear una república del siglo XXI es luchar por ella bajo las formas, los medios y el lenguaje del siglo XXI. De lo contrario, la batalla está perdida de antemano.  

 

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