Cuarentena

Entonces a algunos se les pasa la mano por el lado de la agresión, abusan, imponen, recurren a sus ventajas en el arte de la guerra. Otros se quedan paralizados en un despliegue de debilidad y miedo. Los lugares de la simpatía y la antipatía, la popularidad y el rechazo se definen a un ritmo acelerado a través de conductas avezadas o de renuncia a cualquier asertividad. Y, claro, la vida casi exclusivamente en línea ha dejado mucha experiencia en las teorías de la conspiración y los fake news. Así que la cosa desborda los límites del colegio.  

Se produce una mezcla de miedo y rabia. Chicos, padres y maestros participan en la puesta al día rápida de la convivencia, algo así como un campeonato que antes duraba un año y que ahora se define en pocas fechas, como ver dos o tres temporadas de una serie al hilo. Nadie sabe hasta dónde se puede ir y los roles de jueces, mediadores, jugadores, entrenadores e hinchas se mezclan endiabladamente. 

No va a ser fácil. Menos en un mundo con altas dosis de incertidumbre y en un país convulsionado que no encuentra, justamente, el camino de la convivencia. Es muy sintomático, patético, que ante la incapacidad de los adultos para canalizar sus conflictos, un virus peor que el Ómicron, lo primero que se hizo fue… cerrar las escuelas.      

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Cuarentena, Educación, sociedad

 

La Telesociedad

El teletrabajo, entre quienes lo tienen, reta, confunde y exige. No es un estado ideal. Si al inicio de la emergencia salieron mucho los consejos de cómo afrontarlo y cómo limitarlo, lo cierto es que el teletrabajo -entre quienes no lo practicaban- ha generado una sobrecarga inmensa de actividad de la que no hay conciencia clara de cómo regular. Se percibe que hay miradas diferentes del empleador de lo que significa trabajar desde casa, con lo que realmente es hacerlo. Pero si se regula y se convierte en un espacio manejable, el teletrabajo se quedará.

Pero supone muchos retos que no se han considerado antes y que hay que pensar abiertamente. El teletrabajo usa recursos privados para la producción para terceros. Muchas veces hay que consumir recursos como el Internet de casa, la PC o laptop personal, la energía eléctrica. Y eso no estaba en el contrato. El teletrabajo asume un horario que no respeta dinámicas de alimentación o consideraciones propias de la emergencia. Pero son exigencias que aparentemente se dejan pasar al ponerse en una balanza y comparar ello con estar en casa, ver a la familia, evitar el tráfico del desplazamiento y decidir el espacio de trabajo que se quiere. Aparentemente, el teletrabajo es un escenario preferido pese a todo.

Pero el “tele” no es solo laboral, también es educativo. Niños y jóvenes han visto interrumpida su jornada educativa habitual y han tenido que refugiarse en estrategias de educación a distancia. Con todos los matices del caso: hay quienes reciben clases y tareas por WhatsApp, hay clases en línea, videoconferencias, clases por Youtube, los programas del Estado por TV. Este probablemente sea el tema en el que después de más de 50 días la adaptación tarda más en darse. Hay confusión en todos los ámbitos, en función a qué pasará después, cómo se aprende realmente, cómo se evalúa. El acompañamiento de los padres además es relevante y consume tiempo: hay que estar ahí, revisar el WhatsApp, ver que hagan la tarea, tomar fotos, enviar a profesores, etc.

Pero no hay resistencia sino más bien percepción de necesidad. La sensación de que los hijos no deben estar sin estudiar es muy evidente en todos los niveles, pero con mucho más énfasis en los bajos. La preocupación por la calidad de lo que los niños y jóvenes reciben es también más evidente en estos niveles. En los altos se da por asumida una educación de nivel y se considera más ordenada y preparada la propuesta de los centros educativos.

Pero pareciera que el aprendizaje virtual no tuviera los mismos beneficios que el presencial y el debate público sobre las pensiones se traslada a las preocupaciones de los padres de familia, que esperarían que se vean reducidas e incluso anuladas. Se piensa que la teleducación es la última alternativa y aún no se reconocen los beneficios que se pueden recibir con dicha modalidad. Por otro lado, la insuficiencia de ancho de banda adecuado en los hogares es una limitante para el aprovechamiento adecuado de la educación virtual. Es un tema en el que se debe trabajar con fuerza si es que la teleducación llegó para quedarse.

Entonces, vimos una parte de las cosas que pudimos predecir en ese momento, hace ya dos largos años, que han parecido veinte en realidad. La mayoría tuvo sustento. La pregunta que siempre quedará en el aire es: ¿habremos aprendido? ¿tendremos la capacidad de ser mejores?

 

[1] Feifer, Jason (2020): 3 Major Opportunities That Will Come From This Pandemic. En: https://www.entrepreneur.com/article/350215

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Covid-19, Cuarentena, Gobierno

 

En todas las sociedades, más allá de diferencias culturales y matices políticos, mucho se hace en nombre de los niños. La pandemia cuyas presas se encuentran en el otro extremo del ciclo vital pareció cambiar las prioridades. Muchos se quejaron de que se estaba hipotecando la vida de los menores en nombre de evitar la muerte de los viejos. 

Una de las desgracias indiscutibles del COVID es que ha prácticamente desescolarizado a por lo menos un billón de alumnos en el mundo. La factura se anuncia monumental, tanto en salud mental como en déficit educativo y menoscabo de habilidades sociales. 

En los países de ingreso medio y bajo las cifras son espeluznantes: se calcula que alrededor de 70% de niños de 10 años no pueden comprender textos sencillos, muchos han adquirido la tercera parte de conocimientos matemáticos para su nivel de edad y, en general, se ha triplicado la probabilidad de salir del sistema educativo y no volver más a él. Aún en países desarrollados una cuarentena de dos meses equivale a la pérdida de un quinto del año escolar.   

Escuelas vacías no solo impactan en el conocimiento. Todos esos alumnos huérfanos de aulas, recreos y profesores de carne y hueso, significan, sin duda, menores ansiosos, tristes, desmotivados, con marcadas dificultades para sostener esfuerzos y una atención saltarina que prefiere las redes sociales y los videojuegos antes que cualquier actividad académica remota. 

Pero la escuela no es solo un espacio donde se aprende y se socializa. En muchos países es un canal que hace llegar alimentos y procedimientos médicos que gran cantidad de hogares no pueden ofrecer. Los programas asistenciales funcionan, tienen un impacto indudable tanto en lo físico como lo educativo. Por ejemplo, durante el primer año de la pandemia alrededor de 400 millones de niños dejaron de recibir una comida al día. 

Otro factor que muchas veces se deja de lado es que niños fuera de la escuela deben quedarse en casa donde se evidencia de manera grosera y dolorosa las desigualdades respecto de los recursos tecnológicos que hacen posible la educación remota. 

En muchos países antes de la pandemia ya casi toda su población estaba en línea. Las cuarentenas encontraron a alumnos y maestros conectados. Sus gobiernos socorrieron a los menos privilegiados potenciando sus infraestructuras caseras y apoyaron a los profesores menos duchos en los menesteres virtuales. 

Los peruanos tenemos muy presente las sesiones televisivas que eran pálidos sucedáneos de las clases escolares y los esforzados estudiantes que escalaban cerros armados de sus teléfonos celulares para encontrar el acceso a la señal educativa. Nunca fueron tan evidentes las distancias y diferencias entre quienes poseen las bondades de la modernidad y quienes recogen sus migajas. 

Pocos días nos separan de la vuelta a la educación presencial. En medio de un contexto político que enerva la concreción eficiente de políticas públicas, nos preguntamos si el regreso a clases será una vuelta a la experiencia educativa que la epidemia pasmó. ¿Que pasará si hay muchos contagios entre alumnos y profesores, cuántas familias habrán perdido fe en la escolaridad o esta se habrá hecho incompatible con la necesidad de trabajar, podrán niños cuyos músculos mentales han perdido fuerza y agilidad seguir las demandas de programas que no han cambiado demasiado?

Ojalá nuestros indudables éxitos vacunatorios pudieran replicarse en el campo de la escuela. Es poco probable. Nunca, señor ministro de educación, la educación ha sido tan mortal. 

 

 

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Covid-19, Cuarentena

La discordancia entre las expectativas generadas por el programa Cuarto Poder respecto de los megatones que supuestamente tenía el audio que fue propalado anoche, y la realidad de lo que al final fue (tarea de inflación mediática a la que contribuyó decididamente la DBA a lo largo de la semana difundiendo bulos respecto del presunto contenido de ese audio), solo ha terminado por favorecer a Castillo en el proceso de vacancia que se le sigue.

Muchos congresistas, que esperaban un audio demoledor, capaz de ahondar lo que potentemente hizo el propio Cuarto Poder hace dos domingos revelando las reuniones secretas en el pasaje Sarratea, hoy deben estar sopesando si vale la pena llegar al extremo de la vacancia dada la decepción producida, sin duda, hace pocas horas.

Más allá de la posibilidad de ejecutar una vacancia, que se asoma como precoz y contraproducente en estos momentos, sí parecía pertinente y saludable que se logren los votos para llevar al Presidente al Congreso a dar explicaciones que tozudamente se niega a dar a la prensa y a la opinión pública. Pero ese afán puede haberse ido por la borda luego del fiasco ocurrido anoche, el mismo que, sin ambages, califica de estafa periodística.

Porque que un personaje involucrado en una nota periodística, obviamente preocupado por su publicación, trate de evitarlo ofreciendo primicias o destapes de mayor envergadura, es parte del trasiego cotidiano de la prensa. Bien por Cuarto Poder de no haber aceptado ello, pésimo de querer hacernos creer que esa tratativa, grabada, justificaba los bombos y platillos con que los vendió a lo largo de la semana, a sabiendas de que generaba expectativas de otra índole.

Hoy Castillo puede salir, orondo, a ratificar que no hay pruebas de corrupción en su contra y que el pedido de vacancia es una exageración política de sus adversarios, y va a ser difícil refutarlo. La gravedad de la denuncia de hace dos domingos caerá en saco roto, en términos psicosociales, por lo sucedido hace pocas horas.

Lo cierto es que el momento destituyente parece que seguirá siendo el próximo año, no éste. Mejor, porque una vacancia apresurada solo iba a victimizar y favorecer a quien merece el desierto político por muchos años, como es la coalición de izquierdas que nos gobierna. Sacar a Castillo a trompicones del poder, sin razones jurídicas y políticas suficientes, solo le iba a hacer un favor a ese sector del espectro ideológico.

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Cuarentena, Pedro Castillo, Presidente Castillo

El encierro se impuso como un periodo de reflexión en torno a la sociedad en la que vivimos y una de las interrogantes ha sido preguntarnos sobre los espacios que nos separan y nos hacen un individuo, y sobre los que nos unen y nos hacen un colectivo. Estos espacios en donde la estética le suma sensibilidad a la interacción ciudadana aportan al diálogo abierto y al fortalecimiento de la memoria histórica.

El cine desde sus inicios, con la creación del cinematógrafo por los hermanos Lumière en 1895, se impuso como un medio popular. Los primeros ensayos de rodaje retrataban desde el fin de una jornada laboral, la corrupción política, la prostitución, las condiciones de vida de obreros e inmigrantes hasta la defensa del pueblo frente al poder. Como suele ocurrir, los gobiernos consideraron al cine como una amenaza frente a los valores tradicionales y planteamientos ideológicos de la sociedad de principios del siglo XX. Es así como en 1898 la famosa escena de tan solo 18 segundos de Edison, “El beso”, fue censurada por la Iglesia Católica.

A pesar de las regulaciones en los contenidos cinematográficos a lo largo de la historia, el rol del “espectador” ha resistido, permitiendo que el cine abra puertas que otros ni siquiera han podido tocar. Un ejemplo claro de que las convicciones políticas cobran vida es “El Gran Dictador” de Charles Chaplin (1940); una sátira política por donde se vea. Por otro lado, el cine también empieza a manifestarse como una experiencia sensorial, permitiendo que el espectador sea capaz de interrumpir su vida de la forma más placentera y transformadora. El mejor ejemplo es “La Vida es Bella”, un clásico de 1997, dirigida por Roberto Benigni, que se convirtió en un manual sobre cómo superar obstáculos insuperables.

Ver una película es someterse a nuevas ideas, pero también entregarse a la risa, al miedo, a la nostalgia y a la esperanza. No hay que saber de cine para sentir la sensación de lo inesperado cuando se apagan las luces de la sala, no hay que ser músico para emocionarse con una banda sonora entrañable, no hay que estudiar para convertirse en espectador. Esta experiencia irrepetible de ir al cine, se ganó un lugar en la sociedad y está en peligro de extinción.

Los servicios de streaming son una especie de escape a las responsabilidades que evade los problemas cotidianos, pero el cine es más que eso. Cuando se vuelve de la sala de cine a la realidad, el vínculo no se rompe, porque quisiéramos que la experiencia continúe. Existe una relación de convivencia más que un escapismo, una donde se reaviva el amor. Hoy, donde hay indicios de que se aproxima la transición a una especie de vuelta a la normalidad, es el momento indicado para re imaginar la sala de cine desde su colectividad, como un lugar para conversar y redescubrir.

Por tercera vez, volví a ver “Cinema Paradiso” para escribir este artículo. Y es que sería hermoso imaginar una reapertura de las salas de cine, que se encuentran cerradas en Perú hace 15 meses, con el reestreno de películas clásicas como esta, un homenaje al séptimo arte que después de 30 años consigue emocionar a quien la vea. Una película inmortal dirigida por Guiseppe Tornatore en la que dos vidas paralelas, la de Totó que apenas comienza y la de Alfredo atrapada y olvidada en un cuarto de proyección de película, vencen al destino del cine como enfermedad terminal gracias a su amor incondicional por este. Destino que se veía amenazado por la extinción de las salas de proyección, hecho similar al de nuestros tiempos, y por la llegada de los videos hogareños. Cuando se escucha la banda sonora de Ennio Morricone es inevitable no sentir que lo que vemos en la pantalla, a pesar de las diferencias en el tiempo, se parece a nuestra vida: el cómo se reivindica el espacio para la nostalgia, la añoranza de la infancia, el no rendirse ante les vicisitudes de la vida, el saber que se puede aprender de los errores y reanudar el camino. Cine sobre cine, es eso, un cine sincero, simple, atemporal y de pura emoción, pues les advierto es muy fácil llorar hacia el final de esta película.

La reapertura de las salas de cine debería reivindicar su papel transformador y su voz de opinión. Además, estos planes tienen que venir de la mano de la creación de más espacios de fomento y difusión del cine peruano que promuevan la reconstrucción de nuestra identidad como un pueblo que busca la democracia y menos polarización. Es tiempo de promover también planes de apertura de nuevas escuelas de cine a nivel nacional, como también planes de financiamiento adecuados por parte del Estado y entidades privadas, revisión de los estímulos económicos existentes para la actividad cinematográfica y audiovisual y hasta analizar la posible inserción de cátedras de cine en los colegios, hoy que el “storytelling” juega un rol muy importante en la construcción de nuestra historia.

El cine tiene su lugar en la sociedad, no lo dejemos morir y devolvámosle su paraíso.

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Cine, Cuarentena

Breve análisis y pronóstico para la segunda vuelta. ¿Qué pasará esta semana?

Sigue ahora a Alexandra Ames en su videocolumna La Caja Negra.

 

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Lima – Perú

 

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Alexandra Ames, Congreso, Cuarentena, Elecciones 2021

El gobierno ya planifica retomar cierto nivel de confinamiento para enfrentar la segunda ola en curso (ya hay regiones que han igualado el pico de fallecidos diarios de la primera ola).

Personalmente, no creo que sea la estrategia correcta. Por lo menos empíricamente hablando, quedó demostrado que la feroz cuarentena de marzo del año pasado no incidió en la brutal curva exponencial de crecimiento del número de fallecidos que tuvimos en paralelo al confinamiento. Este virus parece contenerse con cuidados personales intensivos (mascarilla, lavado de manos y distanciamiento social), antes que con cuarentenas colectivas rígidas.

El confinamiento destruye la economía, afecta, por ende, el empleo, e incide directamente en problemas de salud que a la postre generan igualmente muertes, sin contar aquellas que a mediano plazo produce la desnutrición concomitante al crecimiento de la pobreza.

Pero si finalmente, el Ejecutivo va por ese camino, ojalá se trate de un confinamiento inteligente. Por ejemplo, podría iniciarse cerrando restaurantes, casinos y gimnasios, focos potenciales de contagio por la inevitable cercanía que se genera en su interior.

Se calcula en cerca de cien mil restaurantes formales los que hay en todo el Perú y otros ciento veinte mil informales. Si calculamos en diez el número promedio de comensales diarios que estos locales albergan, estaríamos hablando de dos millones de personas que cotidianamente se sientan alrededor de una mesa (ningún restaurante ha ampliado su tamaño, solo las ha espaciado).

Asimismo, hay cerca de dos mil gimnasios en el país y acuden a ellos medio millón de personas cada 24 horas. Y en cuanto a los casinos, suman 750 salas de juego autorizadas a nivel nacional. Si le ponemos una media de cien personas al día suman 75,000.

Entre restaurantes, gimnasios y casinos, hay alrededor de dos millones y medio de ciudadanos peruanos que todos los días se exponen al peligro de contagio y contribuyen a la posterior irradiación del virus.

Para aliviar el impacto económico de su cierre temporal se puede desplegar un nuevo Reactiva para estas empresas, subsidiar su planilla y eventualmente emitir bonos para los afectados de toda la cadena productiva que funciona alrededor de aquellas (y cabe considerar que los restaurantes pueden seguir operando por delivery). Se puede manejar mejor una respuesta fiscal (ajustada a los nuevos tiempos de vacas flacas) y a la vez se contribuiría de manera eficaz a la contención del covid19. Un medida mucho más digerible que una cuarentena absoluta, sin distingo ni medida del daño.

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Cuarentena

El joven fundador de la marca Don Salazar ha simplificado el procedimiento para obtener un perfecto café pasado. Con la pandemia, le dio un nuevo giro a su negocio y ahora apunta a los oficinistas que se han quedado haciendo trabajo remoto.

Entre el método de filtrado, la temperatura del agua y las medidas exactas, preparar una buena taza de café, como lo haría un barista, puede tardar más de lo que un trabajador dispone al inicio del día. Para Arturo Marín, fundador de la empresa de café Don Salazar, simplificar esos pasos es fundamental para incrementar el consumo de café especial en el Perú.

“Hemos partido de la premisa que el Perú tiene uno de los mejores cafés a nivel mundial, pero el consumo interno es bajísimo porque el público no lo conoce por practicidad y conveniencia. El oficinista, como tiene poco tiempo, busca un café instantáneo”, explica.

A sus 26 años, Marín tuvo otros dos negocios, pero todo relacionado al café, que considera una pasión familiar, pues fue en Villa Rica (Junín), en la finca de su padre, que conoció todo el proceso agrícola.

Cuando don Salazar falleció, Arturo heredó las parcelas y asumió el encargo, pero aún era menor de edad y su madre le pidió que antes termine la universidad. “Siempre quise administrar la finca, pero no me dejaban”, recuerda. Con el tiempo, se dio cuenta que, así como las buenas tazas de café no son instantáneas, el negocio agrícola no se domina de la noche a la mañana.

Manos a la obra

Para el momento en que accedió a la finca, el sector cafetalero estaba fuertemente golpeado por la plaga de la roya amarilla de 2013 y una caída en los precios internacionales, pero eso no lo desalentó. Con la experiencia de su primer emprendimiento en la universidad, se convenció de la necesidad de hacer más sencillo el consumo de café orgánico, y fue pensando en varias alternativas, junto a su equipo de trabajo.

“Primero pensamos en hacer un café express, después un food truck de café y poco a poco, la idea fue mutando y quedó en filtros instantáneos para tener un café pasado de calidad en un minuto. Con esta idea postulamos en el 2017 a Innóvate Perú y obtuvimos financiamiento. Sin embargo, en el 2018, tuvimos que ponerle un alto a todo porque todavía no tenía caja suficiente para reflotar la finca”, explica.

Con la ayuda de un ingeniero y un capataz empezó un plan para reflotar las 14 hectáreas que componen la finca, cultivando las variedades Obatá y Geisha. Ambas crecieron bien a los 1,600 m. s n m, pero los frutos recién empezaron a verse en el 2019 y Arturo tuvo que invertir todos sus sueldos de trabajo profesional para lograrlo.

“Si hubiera buscado algo que me diera solo rentabilidad, hubiera sido más fácil acopiar lo que los otros agricultores siembran, ahora que el precio está tan bajo, y venderlo de vuelta, pero fue más por un tema de pasión y amor por la agricultura que seguí con el cultivo”, comenta.

Afortunadamente, el tiempo de espera para la cosecha le permitió pensar en nuevos productos y en el 2018, diseñaron una taza cafetera que patentaron ante Indecopi y obtuvo un premio a mejor invento en la categoría independiente del concurso que realiza anualmente esta institución.

“Conversando con clientes, decidimos complementar la idea con la tetera cuello de cisne, que mide la cantidad exacta de agua para la taza ideal de café y cuando empezamos a vender estos productos como ‘packs’, nos comentaron que querían llevarse su café en el auto para tenerlo en la oficina, así nació el ‘mug’, que también se sumó a lo que lanzamos finalmente como el kit del café perfecto”, afirma.

La pandemia y el home office

Con la cosecha en marcha y el respaldo que obtuvo del Centro de Emprendimiento e Innovación de la Universidad del Pacífico (Emprende UP), se lanzó a vender sus productos a través de tiendas, apuntó a los concesionarios de café de las grandes oficinas y lograron cerrar acuerdos para vender por volumen hasta que llegó la pandemia.

“Antes lo llamábamos ‘coffee to go’ porque estaba pensado en llevarlo al trabajo. Con la pandemia, cambiamos radicalmente el concepto y lo enfocamos en el café perfecto para tu home office. La idea es seguir tomando ese café que gusta tanto, pero ya no en la cafetería, sino en la casa a un menor precio y hecho por uno mismo. El producto quedó, pero la forma en que lo presentábamos cambió”, precisa.

En cuestión de una semana, Arturo y su equipo de trabajo crearon una página web orientada al cliente final, sacaron los permisos para hacer delivery y diseñaron un paquete de membresías a tres y seis meses, que viene con la siembra de un árbol en la finca, a nombre del suscriptor.

“Nuestro concepto es ligar la finca con el mercado local. El plan también es sacar un paquete de membresía más cercano a la parte productiva, que el cliente pueda adoptar árboles y conocerlos visitando los cafetales. Estamos construyendo cabañas, porque el plan es conectar toda la cadena de valor”, detalla.

A pesar de la pandemia, Arturo mantiene el objetivo de diseñar experiencias alrededor del café, apoyándose en el interés que ha despertado su “kit del café perfecto”, un pack que ha tenido tantos pedidos que en algún momento llegó a agotarse el stock.

Ahora estamos con un local dentro de la Feria de Barranco (Jr. Unión 108) y dentro de poco abriremos oficinas en San Miguel. Estamos más consolidados. El próximo año de todas formas lanzaremos la “Coffee Cup”, el producto que hemos patentado. Estamos más consolidados”, asegura.

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Café, Cuarentena, Emprendedor
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