Roberto Lerner

De encierros y convivencias

En pocos lugares del planeta la palabra cerrar fue tan cierta como en nuestro país en relación con la educación. Todos los espacios dedicados a ella se vaciaron de sus habituales personajes. Se convirtieron en parajes desolados y abandonados, testimonios de nuestra capitulación ante el virus y nuestra huida despavorida hacia los santuarios hogareños que nos protegerían del mal. Misma película de terror.

Luego de dos años, como ocurre en algunas narraciones de espanto con los habitantes de ciertas mansiones, los alumnos regresan a las escuelas para retomar el devenir habitual en el punto en que lo dejaron. Pero como ocurre en los libretos que ponen los pelos de punta, algunas señales aisladas, hacen pensar que la expectativa de normalidad no se va a ver cumplida así nomás. 

¿Es que los músculos cerebrales se han atrofiado y no pueden poner en marcha procesos de aprendizaje, o las pizarras han dejado de tener sentido luego de tantos meses de pantalla? Si algo de eso hay, da para preocupación mas no miedo. Algún ejercicio cognoscitivo hubo y, mal que bien, la neuroplasticidad garantiza una recuperación pronta del quehacer escolástico.

Las almas que penaban en los colegios cerrados no estaban resolviendo problemas matemáticos, ni bebiendo de las fuentes de nuestra historia y literatura. No, esos gasparines estaban jugando futbol o a la pega, estaban coqueteando, estaban desplegando el arte de las alianzas y las complicidades, estaban ejerciendo el ajedrez social que se llama convivencia. Todo ello con los candados y contrapesos que ofrece la cotidianeidad, la costumbre, la presencia de los mayores, la idea y vuelta entre la institución familiar y la institución escolar. 

Eso fue secuestrado y robado a lo largo de dos años. Y su ausencia, no la de los cursos y materias, es la que ahora pesa en una serie de conductas ominosas. 

Juntos de nuevo, esos que dejaron los recreos cuando eran niños y retornan a ellos adolescentes, esos que aun se encontraban lejos de la salida y ahora tienen encima la graduación, deben volver a las sutiles y a veces rudas negociaciones, concesiones, victorias y fracasos, deben recomponer las jerarquías que caracterizan todo tejido social. No es fácil, requiere de esfuerzo. Y tiene que hacerse rápido, con supuestos conocidos que dejaron de serlo. 

Entonces a algunos se les pasa la mano por el lado de la agresión, abusan, imponen, recurren a sus ventajas en el arte de la guerra. Otros se quedan paralizados en un despliegue de debilidad y miedo. Los lugares de la simpatía y la antipatía, la popularidad y el rechazo se definen a un ritmo acelerado a través de conductas avezadas o de renuncia a cualquier asertividad. Y, claro, la vida casi exclusivamente en línea ha dejado mucha experiencia en las teorías de la conspiración y los fake news. Así que la cosa desborda los límites del colegio.  

Se produce una mezcla de miedo y rabia. Chicos, padres y maestros participan en la puesta al día rápida de la convivencia, algo así como un campeonato que antes duraba un año y que ahora se define en pocas fechas, como ver dos o tres temporadas de una serie al hilo. Nadie sabe hasta dónde se puede ir y los roles de jueces, mediadores, jugadores, entrenadores e hinchas se mezclan endiabladamente. 

No va a ser fácil. Menos en un mundo con altas dosis de incertidumbre y en un país convulsionado que no encuentra, justamente, el camino de la convivencia. Es muy sintomático, patético, que ante la incapacidad de los adultos para canalizar sus conflictos, un virus peor que el Ómicron, lo primero que se hizo fue… cerrar las escuelas.      

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Cuarentena, Educación, sociedad

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