A mediados de los cincuentas, ya era claro para la comunidad científica que el tabaco perjudicaba la salud. Muchos estudios, incluyendo algunos financiados (y diligentemente ocultados) por las propias compañías de tabaco, mostraban una relación causal entre fumar o estar en contacto con un fumador, y contraer cáncer, sobre todo cáncer de pulmón. Las compañías de tabaco usaron sus recursos millonarios para promocionar el puñado de estudios que divergía del consenso. Por ejemplo, promocionaron el trabajo de un genetista que pensaba que todos los cánceres eran hereditarios. Era un outsider realmente convencido de que ni el tabaco ni ningún otro factor ambiental podría causar cáncer, pero su trabajo fue promocionado como si fuera “uno de los lados” de un supuesto debate que dividía a la comunidad científica. Técnicamente, esto no cae bajo la categoría de fraude científico. Por el contrario, la estrategia consistía en explotar la incertidumbre natural que acompaña a las conclusiones científicas para dar la impresión de que la actitud correcta era seguir esperando por más resultados antes de tomar medidas de salud pública contra el consumo del tabaco. La estrategia funcionó.  Tal como documentan Naomi Oreskes y Erik Conway en su libro Mercaderes de la Duda (publicado en el 2010), la idea de que no se sabía si el tabaco era dañino se mantuvo en el imaginario estadounidense, y mundial, hasta mediados de los noventa.

La llamada ‘estrategia del tabaco’ — generar la impresión de que existen fuertes dudas en la comunidad científica acerca de un tema, cuando en realidad lo que hay es un consenso casi generalizado– se ha aplicado, literalmente por las mismas personas, a varios otros temas, incluyendo el calentamiento global: explotan una condición normal del conocimiento científico (la ausencia de certezas absolutas) para manipular a la opinión pública, generando la impresión de que la actitud correcta es no tomar posición sobre algunos temas cruciales.

Algo parecido hemos experimentado en el Perú en los dos últimos meses. En vez de entrevistar a alguno de los muchos especialistas que podían dar muy buenas razones de por qué no había indicios de fraude, la prensa amiga (léase: lambiscona) del fujimorismo se limitó a entrevistar a unos cuantos que sí veían estos indicios (supongo que no todos mentían). Incluso se resaltó el único análisis real que podría llevar a pensar en la posibilidad de un fraude (el de Ragi Burhum), y no las decenas de análisis, también serios, que mostraban que no había razones para pensar en esta posibilidad, entre los que destaca el de Ipsos. Más allá de los errores del análisis de Burhum que ya han sido discutidos a profundidad, es un análisis honesto que simplemente diverge del consenso, y que debería discutirse académicamente. La prensa fujimorista destacó ese estudio como ‘una prueba más’ del fraude, y muchos ciudadanos comunes se dejaron impresionar: pues claro, si incluso los especialistas están divididos, deberíamos seguir esperando hasta que se aclare el tema. Es decir, ya que existe un estudio que me da la razón, y es el único que he leído, entonces hay esperar a que se investigue más. Así, la pereza intelectual se disfraza de ecuanimidad.

Todo esto me hace recordar a ese gol de Ruidíaz a Brasil en la Copa América del 2016. Recuerdo que discutía con un amigo sobre si había sido con la mano o no. Él me mostró un video en el que el ángulo no permitía decidir si había sido con el brazo o el muslo. Yo le mostré una de las repeticiones en las que se veía claramente que el gol había sido con el brazo. “Bueno”, me dijo mi amigo, “es cuestión de perspectiva”.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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estrategia del tabaco, Fraude, Mercaderes de la Duda

Por lo general, en matemáticas las pruebas son definitivas. Si un matemático muestra que una afirmación se deduce perfectamente de un conjunto de afirmaciones fundamentales (axiomas), la afirmación se acepta como verdadera y no hay más vueltas que darle. (Algunas pruebas computacionales no se ajustan a este esquema simplificado, pero dejemos eso de lado por el momento).

En ciencia esto no es así. El tribunal máximo en ciencia es la experiencia empírica, y no existe principio, ley, o teoría que mantenga su aceptación en la comunidad científica si no se ajusta a este tipo de experiencia. Por esa razón, algunos centros de investigación llegan a invertir miles de millones de dólares en construir aparatos y sistemas para poder recopilar esta evidencia, tales como los grandes aceleradores de partículas, la estación espacial internacional, o el proyecto del genoma humano. Cuanto más sofisticados los aparatos para recopilar evidencia, más probable que esta haga tambalear las preconcepciones de los científicos.

En ese sentido, la ciencia siempre está abierta a sorpresas y nuevas teorías, y nada está probado nunca con certeza matemática. Por esa razón, casi siempre van a haber voces discordantes dentro de la misma comunidad científica, pero eso no significa que los científicos no puedan llegar a consensos. Por ejemplo, en el caso del cambio climático, la evidencia llega no solamente por parte de climatólogos, sino también por parte de biólogos, oceanólogos, geólogos, astrónomos, etc. muchas veces trabajando con metodologías independientes. El filósofo Michael Shermer, en un artículo en Scientific American, cita un metaestudio del 2013 que analiza casi 12 mil artículos científicos sobre el clima, y muestra que, el 97% de aquellos que hablan sobre el calentamiento global coinciden en que este es causado por la actividad humana. Es más, el 3% restante no coincide en una única teoría alternativa, sino que afirma diferentes cosas. No tiene que haber, necesariamente, nada sospechoso con ese 3%. La propia naturaleza de la ciencia da pie a que los estudios de fenómenos empíricos complejos no sean unánimes.

A mucha gente le incomoda esta incertidumbre, y la toma como si fuera equivalente a que “todo vale” o “nada está dicho”, pero este es un error de interpretación. Las personas lidiamos con incertidumbre en casi todos los aspectos de nuestra vida, tanto cuando tomamos un vaso con agua, como cuando arriesgamos nuestra vida al girar el timón en una curva en la carretera. Nuestra confianza en la ciencia se debe basar en parte en un razonamiento similar. A mayor cantidad de evidencia independiente, más probable que una afirmación dada sea verdadera. (Otras razones para confiar en la ciencia tienen que ver con su estructura social, la cual genera procesos de auto revisión constante). Es probable, sin embargo, que por ahí haya un estudio relativamente serio que vaya contra el consenso, por ejemplo, que muestre que las vacunas contra el Covid-19 no son ni efectivas ni seguras. Pero actualmente el consenso abrumador en este caso es que sí lo son.

Casi siempre van a haber estudios, incluso bien hechos, que muestren resultados que divergen del consenso. Citar esos estudios no nos convierte en perspicaces; no es que ya vimos algo que nadie más vio y que el establishment quiere ocultar. Es simplemente un estudio entre varios. Un enorme número de personas está tratando de averiguar, de manera independiente, cómo funcionan las cosas, muchas veces usando modelos o metodologías diferentes. Algunos van a divergir, y nadie nos va a poder brindar certeza absoluta. Eso no significa que no tengamos guías de acción. En principio, tomar agua limpia te podría caer mal, y tomar agua del inodoro podría no afectarte. Pero si pensamos con claridad probabilística, tanto en este caso como en el de las vacunas o el calentamiento global, la opción es obvia.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP. 

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ciencia, Evidencia, vacunas

En su afán por resaltar la importancia del conocimiento científico, muchas personas presentan una imagen distorsionada de la ciencia. Hoy quiero hablar específicamente de la idea de que las ciencias se enfocan en describir hechos. Voy a discutir tres ejemplos que muestran claramente cómo las mejores explicaciones científicas de algunos fenómenos no se limitan a describir lo que ocurrió, sino también lo que no ocurrió. Esta información es una parte fundamental del conocimiento científico.

Ejemplo 1. Voy a un concierto y sin darme cuenta se me caen mis audífonos del bolsillo. Al día siguiente voy al lugar del concierto, ya vacío, pero aún sucio, y encuentro mis audífonos destrozados. ¿Por qué están destrozados? Primera explicación: había mucha gente en el concierto saltando y las probabilidades de que alguien los pise eran altísimas, entonces alguien los pisó. Segunda explicación: la persona X saltó una altura H1, y chocó con la persona Y1, la cual desvió a X en un ángulo A1, luego X saltó una altura H2, chocando con Y2, desviándose un ángulo A2, etc. Todo esto hizo que X pusiera su pie izquierdo sobre los audífonos, los cuales fueron aplastados con un peso W. Evidentemente la segunda explicación es absurda e innecesaria. No solo eso, al ser tan específica resulta siendo peor que la primera. El énfasis en X obscurece el hecho de que, si no hubiera sido X, es muy probable que otra persona habría pisado mis audífonos de todas maneras. Cuando mis audífonos se me cayeron en un concierto la probabilidad de que alguien los pise se incrementó a casi 100%, mientras que la probabilidad de que X haya tenido la trayectoria específica descrita en la segunda explicación era bajísima. La explicación general engloba de alguna manera a todas las posibles explicaciones específicas, tanto a la que ocurrió como a las que podrían haber ocurrido.

Ejemplo 2. El agua en un recipiente cerrado alcanza la temperatura de ebullición y el recipiente se raja. ¿Por qué se rajó? Una explicación es que, al alcanzar la temperatura de ebullición, el promedio de la energía cinética de las moléculas de agua se incrementó, lo cual hizo que estas golpeen más frecuentemente y con más fuerza las paredes del recipiente hasta quebrarlo. Es posible complementar esta explicación con más detalles, pero no siempre una descripción más fina va a ser mejor. Por ejemplo, de nada serviría identificar la trayectoria específica de cada molécula, la dirección que tomó al colisionar con otras moléculas o con la pared, la cantidad de colisiones que ocurrieron, etc. (datos que, además, son imposibles de conocer). Si la explicación consistiera en describir qué moléculas específicas golpearon la pared en qué momento, perderíamos de vista una información valiosa, a saber, que si no hubieran sido esas moléculas específicas otras habrían hecho que el recipiente se raje. El punto es que la explicación menos específica sí nos brinda esta información: ya que el promedio de energía cinética es tal o cual, es muy probable que haya un conjunto de moléculas de agua que golpee las paredes del frasco y lo quiebre. El nivel adecuado de descripción en este caso es el del conjunto de moléculas de agua como un todo, no el nivel de las moléculas individuales: menos detalle brinda mayor información.

Ejemplo 3. Una pareja de esposos comparte la misma profesión, son igualmente calificados, y ambos tienen la misma motivación para avanzar profesionalmente. Tienen una hija y no tienen ingresos suficientes para pagar una niñera o guardería. Entonces, la mujer decide dejar su trabajo. ¿Por qué dejó su trabajo? Primera explicación: las mujeres enfrentan una gran presión social por ser las que se encarguen de sus hijos en lugar de sus esposos (a ellas se les suele considerar malas madres si no lo hacen, mientras que a ellos no). Además, existen disparidades respecto al sueldo entre hombres y mujeres. En el Perú, a una mujer le pagan en promedio menos del 80% de lo que le pagan a un hombre por hacer el mismo trabajo. Ambos factores hicieron que la mujer termine decidiendo quedarse. Segunda explicación: ella es una persona muy práctica que está dispuesta a hacer sacrificios por su familia, a él no le gusta cambiar caquita, etc.  En este caso, la explicación psicológica hace que se pierda de vista el punto crucial: cualquiera haya sido la personalidad de los esposos en este ejemplo, es bastante probable que, dadas las condiciones estructurales de injusticia social, hubieran tomado las mismas decisiones. En este caso en particular, las explicaciones biológicas o psicológicas ocultan esta injusticia, mientras que la explicación estructural la resalta.

En los tres casos, prestar atención a los detalles individuales de un fenómeno no es tan importante como comprenderlo desde la perspectiva de la estructura de la cual forma parte. No se trata solamente de los audífonos y la persona que los pisó, sino de la situación general de dejar caer los audífonos en un lugar con cientos de personas saltando apretadas: si no hubiera sido esa persona, otra los habría pisado. Igualmente, no se trata de describir al detalle qué moléculas de agua chocaron con la pared, sino de la transferencia de energía que afectó al conjunto de moléculas como un todo: si no hubieran sido esas moléculas, otras habrían roto el frasco. Finalmente, no se trata de los esposos en sí, sino de la estructura de injusticia social de la cual forman parte. Si hubieran tenido una personalidad diferente, probablemente hubiera tomado la misma decisión.

Es importante notar que las explicaciones estructurales no se deben a limitaciones de información, pues incluso si uno tuviera acceso a todos los detalles en todos los casos, perdería información importante acerca de lo que hubiera podido ocurrir si las cosas hubieran sido diferentes en cierta medida. Esta información contraria a los hechos (llamada en filosofía ‘contrafáctica’ o ‘modal’) es crucial para poder explicar científicamente una gran cantidad de fenómenos. En ese sentido, la ciencia no se limita a describir lo que es, sino también lo que podría haber sido, pero no fue.

[Notas: El ejemplo de la temperatura es de los filósofos australianos Frank Jackson & Philip Pettit. El ejemplo de la pareja es de la filósofa estadounidense Sally Haslanger. El dato del gender gap en Perú es de ourworldindata.org]

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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ciencia, Filosofía

La ONPE se ha pasado el fin de semana desmintiendo noticias falsas. Pero el daño está hecho, pues las noticias cumplieron su cometido de crear un clima de desconfianza en las autoridades electorales. El twitter de la ONPE tuvo una excelente capacidad de reacción, y uno esperaría que esto habría hecho detener la difusión de estas mentiras, pero lamentablemente la gran mayoría de personas que comparte noticias falsas es completamente indiferente a desmentidos y refutaciones. Como una primera aproximación, quisiera hacer una tipología de las personas que comparten estas noticias.

Los mentirosos. En primer lugar, tenemos a los que saben que las noticias son falsas, pero las distribuyen para conseguir un fin ulterior. Aquí existen dos grupos, los que actúan como si la noticia fuera verdadera, y los que actúan como si no supieran si la noticia es falsa o no, y la comparten como si estuvieran consultando sobre su veracidad. En los casos más tristes, estas personas justifican hacia sí mismas su proceder aludiendo de manera oblicua al hecho de que son muy pocas las proposiciones empíricas sobre las cuales tenemos certeza absoluta (y así el pobre David Hume termina siendo utilizado para apañar la idiotez).

Los inocentes. En segundo lugar, muchas personas no están acostumbradas a verificar la información. Es más, en muchos casos ni siquiera saben cómo verificar una noticia. ¿A dónde ir? ¿A quién creer? En teoría, una vez que se llega a la página de la ONPE o del JNE debería terminar el asunto, pero vivimos en una época en la que se confunde ser perspicaz con ser escéptico, y donde el que dice no a todo se cree transgresor y profundo. Entonces, ya no se duda solamente de los miembros de mesa, o personeros de Perú Libre, sino de los mismos organismos electorales. Cual gallina sin cabeza, estas personas andan epistemológicamente desorientadas, y terminan creyéndole a cualquiera que les hable bonito y los haga sentir especiales.

Los tercos. En tercer lugar, hay personas que no están acostumbradas a reconocer sus errores o que creen que eso sería una muestra de debilidad, y por lo tanto se embarcan en las más inverosímiles racionalizaciones. Dos ejemplos: Primero, varias personas compartieron la falsa noticia de que el JNE había colocado a Vladimir Cerrón como segundo vicepresidente de Perú Libre. A pesar de que se les mostró la página del JNE donde se indica que la candidatura de Cerrón es improcedente, estas personas reaccionan con ejercicios de gimnasia mental. El más increíble que encontré es este: “Claro, pero si el JNE editara su página, podría cambiar la denominación de improcedente por una de procedente, lo cual prueba que, en efecto, el JNE ha declarado la candidatura como procedente”. Segundo ejemplo, una persona dice que Perú Libre ha impugnado más de mil actas, teniendo que pagar una cuantiosa suma de dinero. Se le muestra la página de la ONPE donde se ve que las actas impugnadas son menos de 500, que no hay ninguna indicación de que estas hayan sido impugnadas solo por Perú Libre, y que la impugnación no tiene costo. Pero nada de esto le importa al susodicho, y ahora uno se ve forzado a asistir al suicidio intelectual del homo sapiens: “Quise decir observadas”, “Es probable que todas hayan sido impugnadas por Perú Libre”, y “¿De dónde sacó Perú Libre plata para la campaña?” Todos hemos sido engañados alguna vez, pero si tuviéramos la costumbre de retractarnos cuando accedemos a evidencia que nos contradice, el nivel de difusión de noticias falsas sería mucho menor.

Los gregarios. El cuarto punto tiene que ver con la dinámica al interior de los grupos de WhatsApp. Tal como señala el sociólogo y economista político William Davies, en un artículo publicado en The Guardian el año pasado, las características particulares del formato de WhatsApp facilitan la difusión de noticias falsas. En WhatsApp la transmisión de mensajes es completamente encriptada, por lo que el nivel de privacidad es mucho mayor que en otras redes sociales. Esto hace que los usuarios puedan hablar más francamente, compartiendo no solo sus alegrías y logros personales, sino también ideas que no se atreverían a compartir en público, tales como prejuicios e incluso discursos de odio. Los grupos de WhatsApp desarrollan rápidamente un fuerte sentido de comunidad, generalmente en torno a una visión compartida del mundo. Esto también implica una solidaridad negativa, donde se define a un enemigo común del cual los miembros del grupo deben defenderse. Debido a ello, los ataques al enemigo común suelen ser premiados, mientras que los desacuerdos suelen ser castigados. Esto genera un espíritu de cuerpo acrítico, que contribuye a la radicalización del grupo. En ese contexto, cuando una noticia favorece la visión del mundo compartida por el grupo, es más probable que sea aceptada, e incluso será reenviada a otros grupos, independientemente de si es verdadera o no. Desmentir dicha noticia suele percibirse como un acto incómodo, como un insulto al que la compartió. La reacción ante un desmentido no es la subsecuente desconfianza en aquél que compartió la noticia. Por el contrario, en solidaridad con el agraviado, el grupo suele compartir más y más noticias que vayan en la misma línea, verdaderas o no, y el que desmiente pasa a ser el nuevo enemigo. Validar al grupo es más importante que decir la verdad. En el caso que nos ocupa, el enemigo común es el comunismo. Al comienzo, este se materializa solo en Perú Libre. Pero gradualmente esta idea se va radicalizando. El gobierno también pasa a ser comunista, luego la prensa independiente, los organismos electorales, y por último las entidades internacionales que observaron nuestras elecciones. Y como el fraude se le atribuye al ‘comunismo’, se crea el clima perfecto para aceptar cualquier noticia falsa en ese sentido. Como el grupo se percibe a sí mismo como aislado, no existe conciencia de que lo que ocurre ahí pueda tener repercusiones reales (como me comentaba un amigo, la gente actúa como si estuviera en un videojuego, donde lo que haces supuestamente no tiene consecuencias). Pero las noticias falsas suelen saltar de grupo en grupo: a mayor concentración de noticias falsas en un grupo, mayores las probabilidades de que estas transpiren a otros grupos. Y así, cuando los líderes de opinión salen a pedir abiertamente un golpe de estado militar, cientos de grupos de WhatsApp han contribuido no solo a crear un clima donde el fraude es tomado como una realidad indiscutible, sino que la idea de un golpe se ha normalizado.

Las noticias falsas correncomounreguerodepólvora, facilitadas por gente que se miente a sí misma y a los demás, o que no sabe distinguir entre lo verdadero y lo falso, o que es incapaz de reconocer un error, o, como en el caso de los grupos de WhatsApp, se maneja con un falso sentido de solidaridad. Las noticias falsas socavan la democracia, y cualquier persona que se autoproclame defensora de la democracia debería luchar activamente contra esta plaga.

[Nota: El artículo de Davies se llama What’s Wrong with WhatsApp, y fue publicado en The Guardian el 2 de julio del 2020. Lo del ‘reguerodepólvora’ es de Rayuela. Las categorías de mentirosos, inocentes, y tercos corresponden vagamente a las de perros, ovejas y chanchos, que usé en mi columna El Zoológico del Terruqueo (Sudaca 9.3.21), que a su vez provienen del Animals, de Pink Floyd].

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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Fake news, JNE, ONPE

En época de elecciones, sobre todo en las segundas vueltas, las discusiones políticas se salen de control: basta que una persona haya escogido a un candidato distinto al de la mayoría para que el grupo de WhatsApp se vuelva un solo de ofensas, la reunión familiar se convierta en gritos, y los extraños en Facebook se sientan con derecho a proferir insultos. En este contexto un cliché se repite con mucha frecuencia: “No destruya amistades por simples diferencias políticas”. Yo no estoy seguro de que este consejo, tomado en sentido literal, sea muy saludable. Ciertamente habría que pensarlo dos veces antes de guardar amistad, por ejemplo, con un neonazi. Pero más allá de casos extremos, yo creo que uno debe romper con algunas personas dependiendo de la forma en que estas suelan encarar las discusiones políticas.

Mi idea es que, si su amigo o familiar es una bestia para discutir, lo mejor es alejarse de esa persona.

El presupuesto básico para una discusión es que ambas personas se presenten con un cierto grado de vulnerabilidad. Ambas aceptan que desconocen la verdad sobre un punto, o que no poseen la imaginación suficiente para concebir argumentos que los hagan dudar sobre algo que creen verdadero. Una buena discusión es como un juego de Jenga. Para pasar un buen rato jugando Jenga no importa tanto quién sea el ganador, sino qué tan alta es la torre que alcanzan a construir juntos. Un buen jugador de Jenga no espera que su contrincante se equivoque y bote la torre, sino más bien desea que el otro consiga colocar una pieza más, para así enfrentar un reto mayor y poner a prueba sus propias capacidades. Ahora bien, imagine que una persona insiste en jugar Jenga con usted, usted accede, pero al cabo de un rato, cuando le toca a usted su turno, la persona le mete un patadón a la mesa para que la torre se desmorone a pedazos, y luego se levanta vociferando ¡gané, gané! Si al cabo de unos días la misma persona se le acerca y le pide jugar de nuevo (y es más, ¡le dice que le encanta jugar con usted!), lo aconsejable, evidentemente, es rechazar la invitación.

En el caso de una discusión, si mi interés es encontrar la verdad, entonces lo que más me conviene es que mi interlocutor articule sus ideas con la mayor claridad posible, para así poder evaluarlas con cuidado. Y si mi interés es poner a prueba algo que yo considero como verdadero, debo también esperar con paciencia, y sobre todo, interpretar los argumentos de mi oponente de la mejor manera posible. Pues cuando interpreto un argumento o idea de manera tendenciosa lo único que hecho es crear una versión distorsionada que es mucho más fácil de refutar, lo cual me da la falsa ilusión de que he ganado la discusión – esto es equivalente a patear la mesa cuando mi oponente de Jenga está intentando poner su pieza, quedándome así con la sensación idiota de que soy un gran jugador.

Si en discusiones previas una persona le ha mentido, se ha burlado de sus ideas, lo ha interrumpido constantemente, lo ha interpretado tendenciosamente, levanta la voz, se irrita, etc., entonces no hay vínculo de amistad o filial que lo obligue a aceptar una invitación para discutir, ni disculpa o excusa que valga. ¿Mi consejo? Evite a toda costa a esa persona. Y si esa persona le pregunta por qué no quiere discutir, evite explicárselo, porque ese intento de explicación también conlleva una discusión.

En elecciones hay que distinguir claramente entre aquellos amigos o familiares que buscan una discusión con usted como instrumento para manipularlo y que vote por un determinado candidato (y para ello usarán mentiras, buscarán asustarlo, infundirle vergüenza, etc.), y aquellos que realmente quieren tener un intercambio de ideas; entre aquellos que quieren patear la torre, y los que buscan construirla más alto. Un votante realmente convencido de que su opción es la mejor no tendría por qué mentir para defenderla, o tergiversar las posiciones contrarias. Al contrario. Su posición se solidificaría aún más si consiguiera rebatir los mejores contraargumentos, no los peores. Y si usted genuinamente no sabe por quién votar, qué mejor que buscar conversación con aquellos que realmente la van a ayudar a construir una alta torre de ideas. Lo que se debe evitar a toda costa es jugar Jenga con Chewbacca.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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Elecciones 2021, Jenga, Perú

Hace menos de una semana el congreso peruano aprobó, con 49 votos a favor, la creación de una comisión para investigar los posibles efectos positivos del dióxido de cloro en relación al COVID-19. Muchas personas han señalado que con esto el congreso le está abriendo formalmente la puerta a la pseudociencia. Pero, ¿qué es la pseudociencia?

Cuando hablamos de pseudosciencia no nos referimos a casos de ciencia ‘mal hecha’, en la que los malos resultados se obtienen debido a errores metodológicos o de razonamiento (ej. cuando quieres hacer generalizaciones acerca de todos los adultos, pero estudias solamente a adultos hombres). Tampoco estamos hablando de casos de fraude científico, en los que científicos inescrupulosos alteran sus resultados o métodos intencionalmente con el propósito de engañar (ej. el famoso estudio de los noventas que reclutó niños con tendencia genética al autismo para ‘probar’ que las vacunas causan autismo). Del mismo modo, no nos estamos refiriendo a disciplinas o prácticas no científicas que ni siquiera pretenden serlo, como la literatura o la mayoría de las religiones. El asunto que nos ocupa es más profundo: ¿Cómo sabemos si una disciplina o una afirmación que pretende ser científica en verdad lo es? En filosofía, a este se le llama el problema de la demarcación.

Muchas ciencias han hecho afirmaciones equivocadas, y muchas pseudociencias de vez en cuando atinan a decir la verdad. Por lo tanto, no podemos resolver el problema de la demarcación diciendo simplemente que las ciencias dicen la verdad, y las pseudociencias se equivocan siempre.

Desde mediados del siglo pasado, ha habido varios intentos de solucionar este problema, siendo el más famoso el del filósofo austriaco Karl Popper. Aquí sin embargo me quiero ocupar de las soluciones más contemporáneas, las cuales suelen poseer dos características principales. En primer lugar, no se enfocan solo en las afirmaciones que se producen en una determinada disciplina, sino que incorporan también las actitudes de aquellos que practican dicha disciplina. Por otro lado, no buscan un criterio único sino más bien definen una serie rasgos comunes que distinguirían la ciencia de la pseudosciencia.

Por ejemplo, el filósofo inglés James Ladyman señala cuatro rasgos de las pseudociencias. En primer lugar, sus afirmaciones usan jerga científica, pero sin asignarle su contenido real (ej. sanación cuántica). Además, los que practican estas disciplinas no se esfuerzan en clarificar sus ideas, sino que las mantienen ambiguas y obscuras. En tercer lugar, suelen trabajar en círculos cerrados, sin molestarse en comparar sus resultados con los de otras disciplinas, y afirmando haber encontrado ciertas verdades que el ‘establishment científico’ quiere ocultar. Y, por último, los practicantes de pseudociencia suelen seguir a líderes de culto ‘que nunca se equivocan’. La idea es que solo las disciplinas que poseen estos cuatro rasgos son pseudocientíficas, sino que, digamos, poseer algunos de estos indica que hay algo de pseudocientífico en dicha disciplina.

La pseudociencia es popular por varias razones. En primer lugar, impresionada por la cantidad de casos de fraude científico o malas prácticas, mucha gente generaliza y concluye que es mejor no confiar en los científicos en absoluto. Lo que aquí se ignora es que en la gran mayoría de los casos son los mismos científicos los que descubren y hacen públicas estas malas prácticas. Otra razón es que los científicos suelen lidiar con asuntos complejos, y muchas veces no tienen respuestas para dichos asuntos: se desconoce el origen de algunas enfermedades, la efectividad de distintos tratamientos, etc. No pudiendo tolerar la incertidumbre científica, y muchas veces motivadas por la desesperación, las personas recurren a tratamientos alternativos que prometen soluciones a estos problemas. Lo que estas personas no toman en cuenta es que la investigación científica se da por definición en el límite entre lo conocido y lo desconocido, ¡si no fuera así no habría nada que investigar! Por naturaleza, la ciencia tiene que lidiar con la incertidumbre. Esto es algo que todos hemos podido ver de cerca durante la pandemia, pero no es ninguna novedad para los científicos.

Es difícil tener absoluta claridad respecto a la distinción entre ciencia y pseudosciencia, pero sí conviene darle vueltas al asunto, sobre todo ahora que nuestros ilustres congresistas han puesto sobre la mesa el tema de designar recursos públicos a la investigación de patrañas como el dióxido de cloro.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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Covid-19, Filosofía, Pseudociencia

Una gran cantidad de medios de prensa en nuestro país, incluyendo a varios respetables, tiene una sección dedicada al horóscopo. Muchas personas consideran a la astrología como una fuente confiable de conocimiento y se dejan guiar por ella para tomar decisiones en la vida. Otras la toman como un simple juego. Y un tercer grupo no la toma tan en serio, pero, mostrando una falsa apertura de mente, no la rechaza de plano porque piensa que “¿quién sabe? Tal vez sí funcione”. 

Lo cierto es que la astrología no tiene fundamento alguno. No hay razones para pensar que si una persona ha nacido cuando la tierra pasaba bajo una constelación de estrellas que vagamente se asemeja a un toro, esa persona poseerá aspectos de la personalidad de ese animal, y que eso influirá en su suerte a lo largo de su vida (por ‘pasar bajo una constelación’ me refiero a que la proyección de la línea que parte de la tierra en dirección al sol llega hasta dicha constelación). Pero el rasgo más problemático de la astrología es la actitud de desdén por la verdad que promueve. 

Por un lado, los astrólogos hacen predicciones de manera muy general, o las reinterpretan después de los hechos. “Algo terrible te va a ocurrir mañana” es compatible con muchos estados del mundo. E incluso si no te sucede absolutamente nada, los astrólogos no lo aceptan como un error, sino que reinterpretan los hechos diciendo que en verdad sí te sucedió algo terrible, solo que fue muy sutil como para ser percibido. 

Por otro lado, la astrología enfrenta muchos problemas. Algunos de estos, señalados por el filósofo Paul Thagard, son los siguientes.

Gemelos. Muchos gemelos, a pesar de haber nacido bajo el mismo signo zodiacal, tienen personalidades bastante diferentes, y su suerte en la vida es muy diferente también. Incluso en los casos en que tienen personalidades similares, esto podría explicarse por la crianza común, o por herencia genética. Pero la astrología no solo no se interesa en abordar este problema, sino que no intenta ni si quiera compararse con teorías alternativas de la personalidad. 

Constelaciones. Existen 88 constelaciones visibles desde la tierra, y la tierra pasa bajo 13 de ellas, no 12. Los astrólogos babilonios simplemente obviaron la constelación Ofiuco por razones prácticas, pues ya contaban con un calendario de 12 meses. 

Precesión. El fenómeno de precesión ocurre porque el eje de la tierra respecto al plano del sol es inclinado, y la rotación de la tierra hace que la perspectiva de la tierra respecto a las constelaciones cambie ligeramente cada año. Se necesitan 26 mil años para que esa perspectiva vuelva a ser la misma. Ahora bien, las fechas del horóscopo se establecieron hace unos 2 mil años, lo cual quiere decir que la perspectiva de la tierra se ha corrido 1/13 desde entonces (¡casi un mes!). Esto, combinado con el hecho de que existen 13 y no 12 constelaciones, hace que en la gran mayoría de casos los días en los que la tierra pasa bajo una constelación no correspondan con lo que se indica tradicionalmente en los horóscopos. Por ejemplo, según el horóscopo tradicional, una persona es Aries si nació entre el 20 de marzo y el 20 de abril, pero en realidad la tierra estuvo bajo Aries entre el 18 de abril y el 13 de mayo. Alrededor del 86% de personas no ha nacido bajo el signo zodiacal que cree. 

A pesar de estos problemas, los astrólogos no muestran ningún interés en buscar soluciones, tanto así que la astrología se ha mantenido prácticamente intacta desde los tiempos de Ptolomeo. Las ciencias de verdad no ignoran sus problemas, sino que plantean programas de investigación alrededor de dichos problemas, lo cual explica el desarrollo fascinante, a lo largo de su historia, de ciencias como la física, la biología, y la psicología (piense en todo lo que han avanzado estas disciplinas en los últimos 100 años). 

Los medios de prensa deberían, por un tema de ética profesional (pues su deber es informar con la verdad), o eliminar sus secciones de astrología, o indicar claramente que se trata de un juego. No debemos olvidar que los lectores de la sección de astrología también votan en las elecciones, y que a todos nos conviene que la gente aprenda a no dejarse engañar.  

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.  

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Astrología, Horóscopo

Consideremos las siguientes afirmaciones: (a) ‘Las Esmeraldas son verdes’; (b) ‘Bilbo es el tío de Frodo’. Ambas son verdaderas, pero por razones diferentes. (a) es verdadera en virtud del hecho de que existen esmeraldas en el mundo y sucede que estas son verdes, pero (b) es verdad solo en el universo ficticio de El Señor de los Anillos, no porque Bilbo y Frodo existan. Ahora bien, consideremos una tercera afirmación: (c) ‘Existen infinitos números primos’. (c) también es verdadera, pero ¿es verdadera en el sentido de (a) o en el de (b)? En otras palabras, ¿existen los números?

 

A pesar de que es probable que El Señor de los Anillos se haya inspirado en hechos reales, no es algo que se use en ciencia de manera generalizada. Tal vez un científico social podría aprender algo sobre la cultura británica de comienzos del siglo pasado, pero de ningún modo se puede comparar al uso que se hace de las matemáticas en casi todos los ámbitos de la actividad científica. Es casi imposible concebir una ciencia madura que no se apoye en las matemáticas para construir modelos teóricos, hacer predicciones, y explicar fenómenos empíricos. Muchas personas sostienen que esta es una razón para creer que los objetos matemáticos existen. Por ejemplo, de acuerdo al filósofo y lógico Gottlob Frege, “es únicamente la aplicabilidad de las matemáticas la que las eleva de ser un simple juego al rango de una ciencia”. ¿Cómo podrían ser las matemáticas tan útiles en ciencia si fueran solo una ficción? Para muchos, existe un vínculo casi automático entre la aplicabilidad de las matemáticas y el realismo matemático.

 

A pesar de lo dicho anteriormente, yo creo que la utilidad de las matemáticas en ciencia se puede explicar independientemente de si las entidades matemáticas existen o no. El rol que cumplen las matemáticas en ciencia es básicamente representacional. Si decimos que la masa en reposo de un electrón es 9.109×10^(-31) kg, el número 9.109×10^(-31) sirve para representar una propiedad física, a saber, la masa de reposo del electrón. El número en sí mismo no es tan relevante. Si hubiéramos escogido unidades diferentes, habríamos tenido que escoger un número diferente. Este rol representacional es compatible con que las matemáticas sean una ficción.

 

Existen dos objeciones comunes a esta postura. Si tanto El Señor de los Anillos como las matemáticas son ficciones, entonces ¿por qué las matemáticas son tan útiles en la ciencia, mientras que El Señor de los Anillos y otras ficciones no lo son? Mi respuesta es que, una vez que prestamos atención al proceso de aplicación, podemos ver que los fenómenos físicos bajo estudio tienen que matematizarse primero. En muchos casos, existe toda una jerarquía de modelos matemáticos que median nuestro acceso al mundo físico. Por ejemplo, para que un fenómeno sea estudiado matemáticamente, primero tiene que ser medido, y este proceso de medición implica en sí mismo una matematización, es decir, establecer una correspondencia con un enunciado físico/matemático. Para describir esta versión matematizada de la realidad, no es sorprendente que tengamos que usar matemáticas, o que algunos conceptos matemáticos nos sean útiles. No “señordelosanilleamos” los fenómenos físicos en ciencia, por eso es que El Señor de los Anillos no es útil para estudiar estos fenómenos.

 

Claro, podría decirse que la razón por la que matematizamos los fenómenos físicos es que las matemáticas son, por así decirlo, el lenguaje de la naturaleza, y en eso se basa su utilidad y realidad. Se suelen citar dos tipos de casos para justificar esta postura. Primero, existen muchas teorías matemáticas que fueron desarrolladas sin tener ningún tipo de aplicación en mente (por ejemplo, los números imaginarios) y que luego terminaron siendo muy útiles en ciencia (por ejemplo, en la formulación de la mecánica cuántica). Adicionalmente, hay muchos casos de descubrimientos científicos que supuestamente se hicieron simplemente analizando representaciones matemáticas de las leyes de la naturaleza (se suelen citar casos como el de Paul Dirac, quien supuestamente descubrió el positrón simplemente analizando la “Ecuación de Dirac”). Casos como estos demostrarían que las matemáticas están de alguna manera conectadas al mundo físico.

 

Frente a esto, sostengo, primero, que tenemos que tomar en cuenta la vastedad del ámbito matemático. Las matemáticas son una fuente inmensa de estructuras. Es razonable suponer que algunas de estas estructuras serán útiles para representar estructuras físicas. Es más, muchas veces ocurre que la misma estructura matemática puede usarse para representar aspectos comunes a diferentes estructuras físicas. Adicionalmente, en cierto sentido hay un sesgo en el uso de las matemáticas: los científicos se enfocan en fenómenos que son susceptibles de matematización, y hacen encajar sus modelos en las matemáticas disponibles. Por lo tanto, no es en absoluto sorprendente que algunas estructuras matemáticas terminen siendo útiles en ciencia de forma inesperada y novedosa.  Por último, los científicos nunca ‘leen’ hechos físicos directamente de sus modelos matemáticos. Por el contrario, siempre tienen que interpretar las matemáticas de una forma u otra. Por ejemplo, Dirac asignó tres interpretaciones diferentes a los resultados de sus ecuaciones, y la teoría de los positrones fue aceptada solo cuando la existencia de los positrones se verificó experimentalmente.

 

No estoy afirmando que las matemáticas sean una ficción, sino que la aplicabilidad de las matemáticas en ciencia no nos da razones para pensar que no lo son. Sin embargo, si la aplicabilidad de las matemáticas fuera la única opción de los realistas matemáticos para defender su postura, entonces sí tendríamos razones para pensar que las matemáticas son una historia sobre entidades ficcionales. Me pregunto si a J.R.R. Tolkien se le cruzó la posibilidad de que, al hacer que Bilbo diga: “Hoy es mi cumpleaños 111!”, tal vez estaba realizando un tipo de ficción crossover.

En las próximas semanas, una camada de billones de cigarras del género magicicada emergerá en diferentes regiones del noreste de los Estados Unidos. Estos insectos han estado bajo tierra durante exactamente 17 años. Sus padres emergieron el 2004, vivieron dos semanas, se procrearon, depositaron sus huevos en el suelo, y murieron. Las hijas han estado incubándose durante todo este tiempo, y este año emergerán simultáneamente para repetir el proceso. Los huevos que depositen permanecerán bajo tierra hasta el 2038.

 

Se han identificado 15 diferentes camadas de magicidadas, todas en el noreste de los Estados Unidos. Las que están más hacia el norte tienen periodos de 17 años, y las de más al sur periodos de 13 años. Este año toca que emerja la famosa “camada X”, la más grande de todas. Y sí, famosa. Bob Dylan escribió una canción basada en su experiencia con esta camada en Princeton, New Jersey, en el año 1970.

 

Existen diferentes aspectos del comportamiento de estos insectos que resultan fascinantes. Por ejemplo, ¿por qué tienen ciclos de vida tan largos? ¿Por qué existe una diferencia entre las del norte y las del sur? ¿Por qué emergen simultáneamente? Sin embargo, desde mi punto de vista la pregunta más interesante de todas es: ¿Por qué los periodos vitales corresponden exactamente con números primos?

 

De acuerdo al biólogo Yin Yoshimura, diferentes factores biológicos y geológicos explicarían que el rango de años esté entre 12 y 15 años para las cigarras del sur, y entre 14 y 18 para las del norte. Pero por qué la selección natural escogió exactamente 13 y 17 no se explicaría puramente por estos factores. Aquí entra el trabajo relativamente reciente de los investigadores Goles Shulz y Markus, para quienes la explicación es justamente que 13 y 17 son números primos. Más precisamente, el tener ciclos vitales primos disminuiría las posibilidades de encontrarse con depredadores:  hipotéticamente, si su periodo vital fuera de 12 años, las cigarras se encontrarían con depredadores con periodos de 1, 2, 3, 4, 6 o 12 años, mientras que cigarras con ciclos de 13 años solo se encuentran con depredadores de periodos de 1 o 13 años. Es decir que tener un periodo primo es ventajoso desde un punto de vista evolutivo.

 

Curiosamente, muchos filósofos de las matemáticas han mostrado un gran interés por el caso de las magicicadas. La razón es la siguiente: Cuando hacemos matemáticas, nuestro razonamiento se enfoca en números, funciones, formas geométricas, etc., mientras que al hacer ciencia razonamos sobre entidades concretas como electrones, campos electromagnéticos, especies animales, procesos evolutivos, etc. Ahora bien, la gran mayoría de personas no tiene problemas en creer que la ciencia estudia el mundo real, y que por lo tanto los electrones, campos electromagnéticos, etc., existen en el mundo real, incluso si no podemos verlos. La razón es la gran cantidad de fenómenos físicos que se pueden explicar apelando a estas entidades. (Piense en el teléfono o computadora donde lee esto, la luz sobre su cabeza, la corrosión de la pata de la silla) Pero es difícil concebir la existencia de un mundo de entidades matemáticas: ¿Dónde se encontrarían los círculos perfectos, el número 5, el infinito? Claro, esta es una pregunta injusta pues las entidades matemáticas, si existieran, no estarían ubicadas en el espacio-tiempo (las cinco manzanas en mi mesa no son el número cinco). Pero mi punto es que, en general, tenemos actitudes distintas frente a los objetos matemáticos y a los científicos, y es más fácil adoptar una actitud realista frente a los últimos que frente a los primeros.

 

Es cierto que las ciencias usan matemáticas, pero por lo general este uso es instrumental. Cuando uno dice que el agua hierve a 100∞C, el número 100 en sí mismo no importa tanto como el proceso físico que se describe, proceso que podría haberse descrito también con el número 212 si se hubiera escogido la escala Fahrenheit.

 

¿Y qué tienen que ver las cigarras con todo esto? Bueno, el caso de las cigarras es curioso porque al parecer el uso que se hace de las entidades matemáticas “13” y “17” se parece más al uso que se suele hacer de “electrón” en la explicación de la corrosión, que al uso de “100” en la explicación de la ebullición del agua. En el ejemplo del agua, si remplazo al 100 por 212 no pasa nada. Cambio de unidades y todo sigue igual. En el caso de las cigarras, por el contrario, si no menciono al número 17 no puedo usar la noción de primo, y por lo tanto se me cae la explicación. Es decir que la explicación depende indispensablemente de las propiedades matemáticas del número 17, justamente en el mismo modo en que la explicación de la corrosión depende indispensablemente de las propiedades de los electrones. En ese sentido, si no tenemos problemas en creer que existen los electrones, a quienes no podemos ver, no deberíamos tener problemas en creer que los números existen, así no los podamos ver, especialmente si nuestras mejores explicaciones científicas dependen de estas entidades.

 

Si este argumento fuera correcto, deberíamos tomar el canto de las cigarras como una celebración del realismo matemático.

 

[Nota: en mis siguientes columnas voy a mostrar los problemas de este argumento, pero el lector interesado puede leer mis artículos académicos al respecto. Ahí podrá encontrar también las referencias que he omitido aquí]

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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Cigarras, Manuel Barrantes, Matemáticas
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