[OPINIÓN] Carlos Álvarez ha vivido —y bien— de mirar a los demás desde arriba del escenario. Durante más de treinta años convirtió la política en materia prima: imitó, ridiculizó, exageró y cobró por hacerlo. No es poca cosa. Tiene talento, tiene oficio, tiene timing. Y como suele ocurrir, más de un político lo usó con entusiasmo para golpear a otros. Un intercambio simple y conocido: tú haces reír, yo saco provecho.

Ese fue su terreno. La televisión.

El problema empieza cuando el personaje decide mudarse del sketch a la realidad. Cuando el payaso baja del escenario y pretende dirigir la función.

En lo que va de su aventura electoral, no hay mucho que rescatar. No hay propuesta seria, no hay estructura, no hay equipo visible. Solo frases de catálogo: seguridad, pena de muerte, niños con hambre. Lo básico, lo obvio, lo que cualquiera puede decir en cualquier rincón del tercer mundo sin haber pensado demasiado. Todo enmarcado en una puesta en escena doméstica y cargada, más cercana al set de Mirtha Legrand que al país real.

Y entonces aparece su último mensaje. Decide confrontar al amigo Aldo Mariátegui por una pequeña  columna en Perú21. Podía discrepar, en la misma medida, claro. Era lo razonable. Pero optó por lo otro: la furia, la mueca, la sobreactuación. Un tono entre resentido y grosero, lleno de referencias a “la gentita”, riquezas ajenas y nombres famosos en una especie de mensaje a la nación, que no aporta nada.

Más que una respuesta, fue un número.

Y ahí está el problema. No es que critique, es cómo lo hace. Porque en ese momento vuelve el oficio: el gesto exagerado, la caricatura, el golpe fácil. Solo que esta vez no hay libreto ni risas enlatadas. Hay una pretensión de poder.

Y eso cambia todo.

La política admite errores, admite incluso torpezas. Lo que no admite tan fácilmente es la superficialidad como método. Álvarez sigue siendo eficaz en lo suyo: provocar, imitar, burlarse. Pero gobernar es otra cosa.

El desgaste ya está ocurriendo. Después de jugar a ser candidato, no se puede volver al mismo lugar sin costo. El público cambia de mirada. El personaje pierde la magia.

Pobre payaso. Charlie Rivel escribió sus memorias con ese título porque entendía que serlo tiene un costo. Que detrás del número hay una vida entera de oficio, disciplina y algo parecido a la humildad. Álvarez tomó prestado el escenario, pero no esa parte.

Una última opinión, entonces. De un hombre de gracia que quiso ser otra cosa. Y que, al final, no dejó de serlo.

[OPINIÓN] El Jurado Nacional de Elecciones ha logrado, con meticulosa organización, recrear en versión electoral lo que la historia ya había advertido: la confusión total. Su propuesta: un debate presidencial con treinta y cinco candidatos, donde cada uno dispone de ocho minutos en total —repartidos entre exposición y réplica— sobre temas que no eligen ellos sino el propio Jurado. Todo ordenado. Todo incomprensible.

El problema no es solo la cantidad, sino el formato. Esos ocho minutos están partidos en dos jornadas separadas por una semana. Cuatro minutos un día, sobre un tema; cuatro la siguiente, sobre otro. Un discurso fragmentado que asegura levedad en lo expuesto y olvido garantizado en quien escucha.

¿Quién puede seguir ese hilo? Nadie. Se le pide al ciudadano retener 35 intervenciones por jornada y reconstruirlas días después, en otro contexto, con otros rivales. No es información, es desgaste.

Para completar el cuadro, el sorteo cambia los cruces cada día. Keiko Fujimori con López Aliaga hoy; Belmont con el Cómico Álvarez mañana. Sin comparación directa, sin contraste, sin debate real. Solo combinaciones aleatorias que convierten el evento en una sucesión de monólogos que, gracias a Dios, duran apenas dos minutos. Al final de cada uno, el infaltable ¡Viva el Perú, carajo! y a otra cosa.

El problema, siendo justos, no es de los candidatos. Es del sistema que permite 35 postulantes —y miles más en listas parlamentarias— y luego pretende ordenarlos con cronómetro, para darlos a conocer sabiendo que el 80% está condenado a la irrelevancia desde el inicio. Participan igual, porque quieren sus  8 minutos de gloria y lamentablemente para nosotros,  la ley los obliga.

La televisión abierta vislumbró antes que nadie la falta de interés: en la primera jornada, el lunes 23, pasó de largo sin remordimientos.

Lo que queda es un desfile que, con menos protocolo, sería un buen programa cómico de fin de semana. Y no se duerman: aún falta la cédula de votación —ya de por sí incomprensible— para confirmar que en este bulín electoral, entender es lo único que no estaba previsto.

Que Dios nos coja confesados.

[OPINIÓN] En la taberna del Admiral Benbow, Billy Bones aporrea la mesa, levanta la jarra y entona a voz en cuello lo único que parece saber con certeza: ”🎶…¡y una botella de ron!” No importa el rumbo. No importa el naufragio. No importa nada que no sea el momento, el canto y el trago. Es pirata: vive del botín, celebra sin consecuencias y navega sin puerto fijo.

Uno lo mira y piensa: qué familiar.

Porque a pocas semanas de las Elecciones Generales del 2026, el Perú presenta cerca de diez mil candidatos; bucaneros disputando protagonismo y la mayoría con el mismo argumento. Diez mil voces ofreciendo lo mismo: seguridad, educación y lucha contra la corrupción. Un coro monocorde que, de tan repetido, ya ni molesta. La palabra “seguridad”, o “educación”, dejaron de ser promesas. Hoy son más bien un monumento al fracaso colectivo. Y ni qué decir de “lucha contra la corrupción”.

Desde hace ya buen tiempo los partidos dejaron de ser partidos. Ya no forman, no seleccionan, no representan. Son plataformas de ocasión: estructuras vacías donde el requisito no es la trayectoria ni las ideas sino la audacia —y, si alcanza, algo de dinero. Barcos Piratas. Eso es lo que son. Barcos sin bandera, con tripulación improvisada, que no navegan hacia ningún puerto sino que saquean lo que encuentran al paso. Y no es que hayan llegado los peores; es que el sistema dejó de distinguir entre mejor y peor.

De líderes con formación y peso político —Belaundes, Prialés, Bedoyas, Garcías o Barrantes— hemos pasado a Acuñas, Porkys, Forsyths, Álvarez o Vizcarras: una oferta donde abundan los audaces de caricatura, la improvisación, la mediocridad y el marketing. Y, como si fuera poco, la vara sigue bajando.

Llevamos más de quince años en una secuencia que, vista desde afuera, provoca esa sonrisa diplomática reservada para lo incomprensible: presidentes que entran y salen, partidos que nacen y mueren, candidatos que hoy prometen redención y mañana rinden cuentas —cuando pueden. Un carrusel sin aprendizaje, donde lo único estable es la falta de consecuencias. Y aun así, el país sigue en pie.

No por mérito de la política, sino a pesar de ella. La economía peruana ha funcionado como ese motor que sigue andando aunque nadie lo mire, sostenida por lo que se construyó entre los noventa y el 2011. Desde entonces, más que avanzar, hemos vivido del impulso acumulado. Gastando ahorros con una serenidad casi irresponsable. Como si el saldo fuera infinito. No lo es.

Pero aquí, lo  más inquietante no es el desorden. Es la reacción frente a él.

Hoy la campaña electoral no indigna. Aburre. Y ese aburrimiento es más peligroso que la indignación. Porque cuando la gente deja de molestarse, también deja de esperar. Se vota como quien cumple un trámite: sin real conocimiento, sin expectativa, sin convicción, sin ilusión. Una democracia ejercida por inercia, por resignación… o por temor.

El Perú ha logrado esa rareza: convivir con el exceso y el vacío al mismo tiempo en un sistema que produce más postulantes que soluciones. Millones de votantes, miles de candidatos y una oferta que, en términos reales, es escasa. Una democracia sobrepoblada de desconocidos y desierta de ideas.

Mientras tanto, en la cantina, la fiesta sigue. La jarra va y viene, la canción se repite, y nadie pregunta hacia dónde va el barco. Total, para eso están los votantes.

” 🎶… y una botella de ron”

[OPINIÓN] Cada cinco años el Perú vive un fenómeno curioso: antes de las elecciones, el sentido común se toma vacaciones y la gente corre a refugiarse en las encuestas. No importa que la historia haya demostrado, una y otra vez, que en el Perú las encuestadoras descubren la verdad recién cuando faltan quince días para la elección. Antes de eso, son más bien un ejercicio de imaginación… o de financiamiento.

Ocurrió en 2016. Ocurrió en 2021. Y probablemente volverá a ocurrir ahora.

Pero igual la gente necesita creer. Es una cuestión casi espiritual.

Hoy, el candidato que más ruido produce es Rafael López Aliaga. Nadie puede negar que su despliegue comunicacional es el mayor de todos: redes sociales, entrevistas amistosas, encuestas generosas y un entusiasmo económico que, según él mismo, sale de su propio bolsillo.

El problema no es el ruido. El problema es su temperamento.

En su vocabulario político, “corrupto”, “imbécil” o “ladrón” aparecen con una naturalidad admirable. Los militares —según él— hacen “estupideces en los cuarteles”, las culebras shushupe son las indicadas para combatir la inseguridad, y cualquiera que discrepe entra rápidamente en la categoría de idiota. El candidato se presenta como un casto salvador, benefactor y millonario providencial. Sin embargo, la gestión municipal que debería ser su principal vitrina luce más bien como un inventario de promesas incumplidas: trenes abandonados en un parque, obras a medio hacer y una municipalidad con demandas internacionales serias y financieramente comprometida por años. Todo esto pronto le pasará la factura.

Pero claro, eso, por ahora, también tiene remedio: un periodista amigo o una encuesta adecuada.

En la otra orilla aparece Keiko Fujimori. Su partido mantiene un electorado estable y, para bien o para mal, es la organización política más persistente de los últimos quince años. Sus adversarios han intentado liquidarla judicial y mediáticamente durante una década, sin éxito. Hoy la candidata reaparece libre, políticamente rehabilitada y, como suele ocurrir en el Perú, otra vez en la conversación final.

Las encuestas, sin embargo, prefieren tratar ese dato con tibia prudencia. No vaya a ser que la realidad incomode demasiado al relato.

Luego está el resto del zoológico electoral.

Carlos Álvarez ocupa el espacio del entretenimiento político: votos que nacen de la risa y mueren en la reflexión. César Acuña conserva su sólida chacra norteña, fertilizada durante años con beneficios, favores y una universidad que educa… más o menos. López Chau parece condenado a vivir eternamente de su cuota de izquierda —entre el cinco y el siete por ciento—, porcentaje que difícilmente le alcanzará para pasar a mayores. Y el general Grozo —novedad reciente de las redes— disfrutó un breve destello juvenil que se apagó con la misma velocidad con que suelen apagarse las mentiras, sobre todo cuando vienen acompañadas de disculpas.

Todo lo demás, francamente, es voto perdido. Ni los demás generales ni el joven fantasma del Apra con aspiraciones épicas parecen destinados a alterar el tablero.

Pero aún falta en la ecuación el gran protagonista silencioso de esta elección: la cédula de votación.

Un documento tan complejo que rivaliza con un crucigrama dominical de alto nivel. Muchos ciudadanos necesitarán una hora para descifrarla. Otros simplemente renunciarán en el intento. Votos nulos, cédulas rotas, errores involuntarios: un cuarenta por ciento de incertidumbre que ninguna encuesta logra medir, y menos aún incluir en su vaticinio semanal.

Así que volvamos al viejo y desprestigiado sentido común.

Ese mismo que sugiere que López Aliaga difícilmente será presidente, que Keiko Fujimori tiene altas probabilidades de pasar a segunda vuelta y que, llegado ese escenario, buena parte de los votos dispersos terminarán alineándose con la opción que al menos conversa con todos, incluso con sus adversarios más furibundos.

Pero no arruinemos la fiesta.

Sigamos creyendo en las encuestas. Gracias a ellas, muchos votarán convencidos de que el ganador ya está decidido. Y ese pequeño espejismo puede ser, paradójicamente, lo que termine llevando a alguien a la segunda vuelta.

Donde, como suele ocurrir en la política peruana, la realidad llega tarde… pero llega.

Salvo, claro, que me equivoque.

Aunque el sentido común —ese viejo mañoso— me dice que no.

Y ya saben, parafraseando al amigo Armas:

“Ojo de loca no se equivoca”

[OPINIÓN] Rafael López Aliaga ha decidido que el Perú necesita una nueva capital. Nada de reformas al Estado, descentralización seria o planes regionales de desarrollo. No. Su última genialidad de campaña: mudarla a Junín. O sea, con suerte, a Huancayo.

La idea suena audaz, pero huele a improvisación total. Trasladar una capital no es un capricho de mitin; implica mover ministerios, Congreso, Poder Judicial, embajadas y toda la maquinaria logística del Estado. En el mundo, eso toma décadas y fortunas. Para Porky, en cambio, basta un micrófono y un arranque de entusiasmo.

El problema va más allá de la inviabilidad: es la nula estrategia política electoral. ¿Qué pensarán en Arequipa, Cusco, Piura, Trujillo o Chiclayo? ¿Por qué Huancayo y no ellos? ¿Cuándo consultaron a las demás regiones para avisarles que la capital se mudaría al valle del Mantaro?

No hace falta ser genio para oler el despropósito de empatía pre electoral tras este mensaje.

Y como si la propuesta no fuera suficiente, el propio candidato decidió agregar un ingrediente más al espectáculo. En un mitin en Satipo, también en Junín, afirmó que los militares peruanos pasan el tiempo “haciendo estupideces en los cuarteles”.

Un comentario gratuito contra una institución del Estado que confirma lo que ya se viene observando: una campaña cada vez más desordenada y llena de exabruptos. Insultar a periodistas, empresarios, adversarios y ahora a las Fuerzas Armadas parece haberse convertido en un estilo.

Al parecer el señor ya no escucha a nadie. Convencido de su supuesto éxito electoral, pasa por encima de cualquier títere con cabeza que se le ponga al frente.

Y ni hablemos del detalle que la memoria no perdona: Lima aún espera ser esa “potencia mundial” que López Aliaga prometió al asumir la alcaldía —a la que juró no abandonar—. y lo hizo sin pestañar, dejando como herencia 90 trenes viejos y abandonados, las carreteras norte y sur sin operadores responsables, una Vía Expresa Sur a medio hacer y llena de problemas y, para distraernos, a su segundo al mando inaugurando cada 100 metros de la interminable Ramiro Prialé.

Una Lima donde su único legado evidente es el tráfico infernal las demandas internacionales en marcha y una inseguridad imparable.

Pero ahí va el autoproclamado billonario benefactor de los pobres, recorriendo el país con soluciones milagrosas: aeropuertos fabulosos por docenas, prisiones con shushupes y cocodrilos a cargo… que convertirían ahora a ¿Huancayo? “potencia mundial”.

O, lo más probable, una parada más en su decadencia electoral, que ya parece inevitable.

[OPINIÓN] La candidatura de Rafael López Aliaga vive instalada desde hace meses en una cómoda meseta del 10 %. Ni sube ni baja. Un curioso fenómeno de la política peruana: motor encendido, bocina sonando… pero el vehículo no se mueve. Mientras tanto, su entorno insiste en anunciar épicas multitudinarias y una ruta directa hacia Palacio. El problema es que la realidad suele ser bastante menos entusiasta que los comunicados.

López Aliaga tiene, además, un obstáculo político evidente: su carácter. Agresivo, autosuficiente y poco dispuesto al diálogo. Una mezcla complicada en un país donde gobernar exige exactamente lo contrario. En el Perú —territorio fragmentado por naturaleza— el presidente necesita sumar, negociar y, sobre todo, no espantar a los aliados potenciales.

El personaje, por lo demás, cultiva algunas particularidades llamativas: el celibato como bandera moral, la proclamación pública de su propia riqueza —algo que los millonarios suelen manejar con mayor discreción—, una insistente narrativa de bondad personal que, curiosamente, necesita repetirse con bastante frecuencia para que alguien la recuerde, y una lista más bien escueta de logros concretos al servicio del Estado o de la sociedad.

A eso se suma su estrategia política favorita: atacar a cualquiera que aparezca en el camino. Keiko, Acuña, Luna Gálvez —entre otros— reciben su respectiva descarga. Todos tienen problemas, por supuesto. Pero también poseen algo que a la aventura de “Porky” no se le conoce: estructuras políticas reales, cuadros y organización. Algo más que entusiasmo en redes sociales.

Y es aquí donde aparece la famosa sopa de Herodes.

Si López Aliaga llegara a una segunda vuelta frente a alguien como López Chau, el cálculo es simple. Difícil imaginar a Keiko, Acuña, Luna o cualquier otro actor del mismo espacio movilizando su electorado para salvar a quien pasó meses atacándolos. La política tiene memoria corta, pero no tanto. El resultado sería previsible: una derrota.

La escena inversa es todavía más interesante. Si, por ejemplo, Keiko llega a segunda vuelta —algo que hoy las encuestas no descartan—, la gran mayoría de los fervorosos simpatizantes de “Porky” terminará votando por ella. No por entusiasmo, sino por una simple aritmética electoral cuyo motor es el miedo: que es, a fin de cuentas, la esencia de su incomprensible apoyo.

La sopa no es el plato favorito de los Porky lovers, pero en política a veces no se elige el menú.

En resumen: López Aliaga tiene seguidores ruidosos, apasionados y convencidos de su cruzada. El problema es que no son suficientes. En una elección presidencial no gana el que grita más fuerte, sino el que logra sumar más gente.

Y ahí, justamente ahí, está el problema. Porque más allá de su círculo, su candidatura no suma.

Resta.

[OPINION] Murphy no pensó en el Perú, pero el Perú decidió rendirle homenaje permanente.

La política peruana se ha convertido en el laboratorio ideal para confirmar su teoría. La elección del nuevo presidente del Congreso —y por arrastre, presidente eventual del país— es la prueba más reciente. Cuando uno cree que ya se tocó fondo, aparece una pala institucional y alguien decide seguir cavando.

Un comunista cuestionado, sancionado y reciclado de un partido que nos metió de cabeza y patas en esta crisis —con un expresidente preso por intento de golpe— vuelve al escenario. Mediocridad y extremismo avanzando de la mano, sin pudor y sin memoria. Esta vez, además, impulsados —según señala la congresista Moyano, intuyo que con razón— por el cálculo frío del señor Porky. El empático. El visionario. El que sueña con convertir al Perú en potencia mundial mientras incendia el presente.

El cálculo es simple y profundamente irresponsable: provocar el caos para luego venderse como la alternativa “ordenada”. Gran error. Cada día que pasa, este personaje muestra más las garras, genera más rechazo y erosiona incluso a quienes, por moda o conveniencia, lo defendían. Llegará el día —no tan lejano— en que hasta mis tías de San Isidro despierten y retiren ese apoyo tan fervoroso como inexplicable.

Lo preocupante no es solo el personaje, sino el ecosistema que lo sostiene: la política convertida en circo, el oportunismo elevado a estrategia y la irresponsabilidad presentada como audacia. Todo bajo aplausos, likes y slogans vacíos.

Y entonces uno mira atrás, no con nostalgia ingenua sino con sana comparación. Belaunde, Víctor Raúl, Bedoya Reyes, Cornejo Chávez, Alan García y Alfonso Barrantes —con todas sus luces y sombras— son gigantes frente a esta procesión de enanos improvisados.

Murphy tenía razón.

Y nosotros, como siempre, pagamos la demostración.

Dios nos coja confesados.

[OPINIÓN] Durante años se repite, casi como un mantra moderno, que la televisión abierta está muriendo. Que el entretenimiento migró a Netflix, HBO, YouTube y otras plataformas digitales. Y es cierto: series, novelas y películas ya no se consumen mayoritariamente por señal abierta. Esa batalla está perdida.

El error es creer que con eso se extinguió el valor de una señal abierta.

En América Latina, la televisión abierta ya no vale por el entretenimiento. Vale por el poder. Por la noticia. Por la opinión. Por la política. Ese es hoy el verdadero negocio. Las señales VHF y UHF, amplificadas por el cable, siguen siendo el espacio donde se construye agenda, se destruyen reputaciones y, en época electoral, se empujan candidaturas.

En el Perú, América TV, Latina, ATV y, en UHF, Willax, lo han entendido y lo ejercen con notable éxito.

Panamericana Televisión, que durante décadas fue la columna vertebral de la televisión peruana, evidentemente no.

Hoy, salvo por Panorama —programa que sobrevive más por inercia histórica que por contenido—, el canal lleva casi veinte años navegando plácidamente entre el cuarto y quinto lugar en credibilidad y sintonía.

Hace unos meses, el canal fue adquirido por Jimmy Pflucker, empresario exitoso y minero polémico, con el doble propósito de reflotar la señal y, de paso, reforzar su posición, sus ideas y defender su imagen frente a sus injustos detractores. Pero a tres meses de iniciada la aventura, el balance es cristalino: el proyecto avanza con admirable determinación… hacia el fracaso.

Sin dirección ni propósito evidente, Pantel no solo no mejora: retrocede. Sin estrategia para recuperar credibilidad, sin lectura del activo más valioso del canal —su memoria emocional— y sin comprensión real del juego político-mediático, Panamericana pretende disputar un poder de opinión que no sabe ni siquiera dónde lo guardó.

Y lo hace incluso contando con figuras como Phillip Butters, una víctima contratada para el bloque estelar de opinión.

El contraste es brutal. Allí está Willax, una señal UHF infinitamente más pequeña, que en los horarios nocturnos donde 24 Horas y Butters compiten con Beto Ortiz y Christian Hudtwalker, los humilla en rating con la elegancia de quien pisa un charco.

No es casualidad. Es dirección.

Porque hoy, Panamericana está, además, sin director periodístico. La renuncia de Renato Canales —el único que sabía cómo encender la luz y hacer funcionar el ascensor— dejó al canal irrevocablemente sin timón. Y ese no es un puesto que se cubra con entusiasmo ni con improvisación. Es un cargo que exige experiencia, espalda política y visión estratégica.

Todos lo saben. Todos, menos el trío de avezados entusiastas hoy a cargo, por encargo del minero, de la conducción del canal.

Pretender que ese vacío pueda ser llenado por  ejecutivos sin trayectoria real en dirección editorial ni manejo político de una señal abierta es desconocer cómo funciona la televisión. Productores, vendedores o administradores no reemplazan conducción periodística. No al menos en este universo tercermundista.

Más aún: en la coyuntura actual, bajo estas condiciones y con estas expectativas, difícilmente aparecerá en el mercado alguien del nivel de Renato dispuesto a asumir la responsabilidad de un proceso de reconstrucción serio, largo y costoso de la mano de “Los 3 Chiflados” Y aunque existiera ese valiente, sus resultados no serían inmediatos. Y la paciencia, al parecer, no figura entre las virtudes del buen señor Pflucker.

En resumen, hoy Panamericana no está en transición… está en desarme.

El canal sin conducción sigue cayendo.

Y esta vez, sin paracaídas.​​​​​​​​​​​​​​​​

[OPINIÓN] En el incierto panorama electoral rumbo a abril de 2026, hay una figura que se despega del resto. No por romanticismo ni por construcción mediática, sino por acumulación de hechos. Se llama Keiko Fujimori.

Tres elecciones perdidas. Cárcel. Persecución sistemática. Linchamiento mediático permanente. Un matrimonio donde ella fue víctima estóica  de un evidente y despreciable personaje que terminó mal. Sufrió del rechazo en automático de una  generación formada más por consignas que por análisis. Si después de todo eso alguien sigue viva y compitiendo, hay que preguntarse: ¿qué la sostiene? No es terquedad. Es estructura.

Con la muerte de Alberto Fujimori se cerró un ciclo. El anti fujimorismo profesional perdió a su tótem y hoy se queda sin libreto. Keiko, en cambio, aparece distinta: más serena, más centrada, más cuidada. Alguien la debe estar queriendo bien. Y cuando una persona es querida de verdad, se nota. Así funciona la química humana.

Miremos alrededor. El centro y la derecha ofrecen un catálogo preocupante: improvisados, ególatras, psicópatas funcionales, corruptos reincidentes y confundidos entre el mesianismo y un pseudo liderazgo con graciosas ofertas que van desde “no cobraré un sueldo”  hasta “refundaré el Perú desde el Titicaca.”

La izquierda llega peligrosa pero arrastra el desprestigio de los últimos cinco años, producto del desastre que ellos mismos incubaron en 2021. El país ya pagó esa factura y creo no tiene ganas de repetirla.

A esto se suma el cansancio general desde el 2011, frente a la manipulación política del sistema fiscal, judicial y policial. El hartazgo es transversal. Y en ese contexto, la “China” se coloca al centro del tablero.

Y hay un dato adicional que muchos prefieren ignorar: organización. Keiko tiene partido, cuadros, presencia nacional y disciplina electoral. Algo que no tiene nadie más. Ni siquiera el histórico APRA, hoy atrapado en disputas internas tan previsibles como estériles.

El escenario es claro. El Perú no elegirá en 2026 desde el miedo ni desde la rabia. Elegirá con la esperanza de cerrar una etapa de caos, improvisación y desgaste permanente. Y la opción más estructurada está ahí, visible y probada en la adversidad.

Si eso ocurre como cre, el país tendrá la oportunidad de encaminarse con inteligencia y sentido práctico hacia el 2030. Todo lo demás son inventos.

Parafraseando al buen Fernando Armas: “Ojo de loca, no se equivoca.”  Y esta vez, la intuición apunta a que el Perú puede —por fin—  empezar a caminar en serio. Ojalá.

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