Crónica

[MIGRANTE AL PASO]  Hace unos meses, cruzando la pista, pasó un carro muy cerca a mí. Era una vía poco transitada y no se supone que debían pasar autos. Le dije: ¿qué te pasa?, levantando un poco la voz. Pero como dice mi madre: yo no hablas, ladras. Me pasa muy seguido que la gente cree que estoy molesto o gritando, pero en verdad no, es solo mi voz que lamentablemente no es muy amigable. Yo seguí avanzando, pensando que no pasaría nada, pero la persona se bajó del carro, me comenzó a gritar para pelearse y hasta me tiró una piedra pequeña. Hace algunos años probablemente hubiera respondido, esta vez me sorprendió más el nivel de furia de este señor. Era venezolano. Ahora soy un poco más meditativo, así que preferí entenderlo. Imagínense estar en un país ajeno, no porque quieres, sino que has escapado de una dictadura. Probablemente, tu familia tuvo que quedarse y no los ves hace varios años. De lo poco que ganas, tienes que mandarles la mitad o más. Encima de eso, te culpan de la inseguridad y la gente te trata mal porque no hay nada más fácil que culpar a un migrante hasta de problemas ajenos. Lo vemos en todo el mundo. Ellos han pasado por esto por más de 15 años y no solo en Perú. En todos los países de Latinoamérica, en Estados Unidos y más. Me imagino a mí en una situación similar y estoy casi seguro de que ser violento, iracundo y deprimido sería poco. Las cosas nunca son tan simples. De hecho, me parece peor reflejar tus propios problemas en gente que no tiene nada que ver. Sin embargo, lo que no entiendo es cómo pueden simpatizar con políticos de ideas radicales asquerosas y con gente común de a pie no muestran ni un poco de empatía solo por ser de otro país.

Este sábado en la madrugada las fuerzas armadas estadounidenses entraron a Venezuela en una operación impecable que demuestra su poderío militar y capturaron a Nicolás Maduro, el infame dictador. Lo celebro, obviamente. Es un ser despreciable y el mundo es mejor sin él. Si yo fuera venezolano también estaría bailando y festejando en las calles. Pero como externo hay muchas cosas que pensar. Por ahí vi en redes sociales a gente escribiendo que no hay que aprovechar tragedias ajenas para ir hablando de ideas antiimperialistas y más tonterías. Felizmente ya no uso redes. En ningún momento pensé en esto como derecha o izquierda, simplemente como un espectador que piensa sin influencias ridículas de nuestros llamados intelectuales. Felizmente, para mí no valen nada. Lo único que vi en ese día que regresé al remolino de idioteces llamado Instagram o TikTok fue a gente que no sé qué se cree para condenar opiniones solo por ser opuestas a lo que piensan. Pero bueno, la misma historia de siempre. Mi impresión fue un poco preocupante: la izquierda indignada llegando incluso a defender a Maduro, y la derecha alabando a Donald Trump, que a mi parecer no se aleja mucho de la maldad, o como quieran llamarlo, de Nicolás Maduro. Jamás verán en mis escritos algo como “viva Trump”. Igual tengo que dejar claro que estoy hablando de la peor calaña de ambas ideologías. Repasemos un poco de lo que dijo el presidente de Estados Unidos luego de la captura de Maduro.

  • “Vamos a gobernar Venezuela hasta poder lograr una transición segura y racional. No queremos que nadie se involucre”.
  • “Habrá presencia militar para asegurarnos de que la transición ocurra”.
  • “Si es necesario, estamos preparados para ir más lejos”.
  • “Vamos a reinvertir. Vendieron nuestro petróleo y tuvimos a un presidente que decidió no hacer nada. Nosotros decidimos hacer algo”.
  • “Necesitamos Groenlandia. Es muy importante estratégicamente”. “Esencialmente, es un gran negocio inmobiliario”.

En conclusión, Venezuela está bajo el poderío estadounidense hasta que termine la transición. Qué es para ellos que termine la transición, nadie sabe. Queda muy claro también que esta intervención no fue por su preocupación hacia el pueblo venezolano, más bien un interés desesperado por tener el control total del petróleo. La soberanía de un país no es algo con lo que se pueda jugar, seas quien seas. Esa intervención es escandalosa en ese sentido. Lo que diré a continuación es solo especulación y no una verdad, es simplemente una creencia. Yo creo que detrás de todo esto existe una coordinación con Rusia y, tal vez, otras potencias para hacer lo que les dé la gana con el mundo. Esta interferencia reduce a Estados Unidos casi al mismo nivel que Rusia en Ucrania. Hasta Marine Le Pen, una ultraderechista detestable, se opuso a lo sucedido. Ya para que Le Pen tenga más cordura es porque es preocupante. Ni siquiera hubo una aprobación del Congreso para este acontecimiento, por lo tanto es una acción totalmente autoritaria, para quienes hablan de democracia. Ahorita no es momento de celebrar, porque aún no se sabe qué va a pasar. Que Estados Unidos gobierne Venezuela me suena bastante a colonialismo, ¿no creen? En cuanto al petróleo y la mega inversión, dudo mucho que lo hagan gratis y eso se traduce en una deuda externa gigantesca que nadie sabe cómo va a ser pagada. Hay que aprender a observar más que mirar. Otra pregunta es qué pasará con los demás delincuentes que siguen incrustados en ese país. Vale la pena revisar la situación actual de los países en los que Estados Unidos intervino. La mayoría son un desastre, no creo que sea coincidencia.

En fin, estoy feliz por los venezolanos porque definitivamente van a tener un poco de libertad. Pero hay que mantenernos espectadores de lo que sucederá. Esto no es solo una pequeña intervención, sino una jugada geopolítica que afecta al mundo entero. Por más poder que tenga alguien, no tiene el derecho a hacer lo que quiera ni a soltar amenazas. Muy feliz por mis amigos venezolanos, pero preocupado por lo que pasará.

[Migrante al paso] Bourbon Street, New Orleans. El primero de enero del 2025 un terrorista en una camioneta atropelló a múltiples personas de la concurrida calle, mató a 14 personas y dejó decenas de heridos. Dentro del auto encontraron banderas de ISIS. Nos hospedamos en la misma calle. Es la más emblemática del barrio francés. Ahora todo el camino tiene banderas conmemorativas por eso. Celebraciones, música callejera, olor a marihuana, bares de jazz y blues, borrachos y locos caracterizan esta zona; a muchos les puede sonar como algo malo, pero es bastante atractivo y encantador. Si esta semana había una multitud de gente, imagínense en año nuevo.

Las casas y hoteles con arquitectura francesa y española del siglo XVIII crean un ambiente pintoresco, agradable para pasear. Ahí se fundó la ciudad por ser el lugar más alto. En el 2005 el huracán Katrina arrasó con todo, los diques se rompieron y se inundó la mayor parte de la ciudad, menos ese pequeño barrio antiguo. Hasta el momento es mi ciudad favorita de Estados Unidos, pero no conozco todas. Me parece la más rica en cultura e historia. A solo cuatro cuadras a la redonda encuentras la herrería y bar prohibido de Jean Lafitte, uno de los piratas más conocidos. También la casa de Marie Laveau, la reina del vudú; por lo que averiguamos en el viaje y lo que he investigado, debe ser uno de los primeros ejemplos de empoderamiento femenino en toda América, me refiero a la verdadera, no a Estados Unidos. Muy cerca, uno de los primeros bares gay donde comenzaron movimientos pioneros de resistencia por sus derechos. Hasta un club de vampiros en el segundo piso de un bar de jazz. Me dio risa cuando el guía nos contó que tenía cuatro amigos vampiros. Es gente que le paga a otros para tomar cada cierto tiempo su sangre; una locura, pero por lo menos no le hacen daño a nadie. Hay cosas normales que son más terribles.

Al igual que el vudú, que es una mezcla del cristianismo europeo con el animismo de las religiones indígenas y los ritos y herencias culturales africanas que llegaron junto con la esclavitud, New Orleans celebra esa mixtura. El gumbo, su plato típico, representa lo mismo: es una sopa que acepta el ingrediente que quieras. La historia de esta ciudad siempre ha sido una de resistencia y lucha por los derechos. Al norte del barrio francés está el parque Armstrong, antiguamente conocido como la Plaza Congo, donde se reunían los esclavos a comerciar y hacer sus ritos antiguos los domingos. Fue en esta ciudad donde comenzaron los derechos a los esclavos. Caminando por ahí pasas por el mismo árbol de roble sagrado al que le rezaban. Cuando pasamos, había cigarros, frutas, caramelos, chupetes; son ofrendas para los espíritus. Esa religión se mantiene hasta hoy. La tumba de Marie Laveau tiene flores y regalos todos los días del año. Ella rescataba niños huérfanos y los adoptaba, compraba la libertad de esclavos y curaba enfermedades de quienes lo necesitaban. Muy diferente a lo que te ponen en la cultura pop.

Estas historias te hacen cuestionar cuál es la verdadera naturaleza del humano. Lo único que sé es que definitivamente no somos buenos solo por ser humanos. Fuimos a una hacienda de cultivos a las afueras. Las casas de los esclavos, por llamarlas así, parecían celdas para animales. En un espacio de cuatro metros cuadrados vivían diez personas. Lo más lamentable es que actualmente mucha gente sigue viviendo en esas circunstancias. Por eso cuando me dicen “esto está bien porque es la ley” pienso o que nunca han leído un libro en su vida, o que les han lavado tanto el cerebro que simplemente ya no vale la pena hablar con ellos. Peor es cuando dicen “uno es pobre porque quiere”, ahí sí creo que se golpearon la cabeza de chiquitos.

Este problema se mantiene. El racismo y la discriminación no paran. Es más, parece que va en aumento. Todas las políticas inmigratorias que se están llevando a cabo en Estados Unidos con los agentes salvajes y embrutecidos del I.C.E. es un ejemplo perfecto. También está sucediendo en Europa. En Perú, un candidato regordete con más cachetes que cara se copia de las estrategias trumpistas para conseguir votos, una estrategia que consiste en hablar estupideces y mentiras para culpar a inmigrantes de lo que sucede; y no solo hay uno. Eso también es un ejemplo de racismo y discriminación. En fin, qué se puede esperar de alguien que admite autoflagelarse en nombre de Dios; lo que no entiendo es que haya gente que lo siga. Parece que las personas están involucionando.

Cruzando el parque Armstrong, nombrado en honor al famoso cantante y músico de jazz, está el barrio de Treme. Un ícono de la cultura afroamericana por ser uno de los primeros lugares donde permitían que los afroamericanos compren propiedades. Ahí nació el jazz e incluso era usado como documentación oral. Muchos historiadores han usado las letras de las canciones como documentos. En una esquina puedes ver a los líderes de cuatro clanes vudú. La religión no es muy distinta a lo que sucedió en Perú con la conquista española. Por último, también existe una palabra muy usada proveniente del quechua. A veces te dan una ostra extra o una pieza de pollo extra y te dicen Lagniappe, que deriva de la famosa yapa. Feliz año para casi todos; a Trump y a los agentes de I.C.E. que les vaya fatal en este 2026.

[MIGRANTE AL PASO] Llegó un amigo de Londres, solo de visita por Navidad y Año Nuevo. Hay algunas personas con las que puedes hablar de todo, una mezcla de nivel intelectual balanceado y confianza de amistad cercana. Nos fuimos a dar vueltas por la Costa Verde, en Audi yendo a toda velocidad. Suena pretensioso, mejor dicho, lo es; pero ¿acaso importa? Estos últimos años han puesto en duda muchos elementos que antes daban pie a prejuicios. Dos jóvenes en un carro de lujo: alguien externo podría pensar “mira a esos hijitos de papá, mira qué escandalosos” e, incluso, si alguien está amargado con la vida, puede llegar a prejuicios aún mayores. Claramente, en el fondo solo refleja lo que ellos piensan de sí mismos.

—¿Viste las nuevas fotos del file de Epstein? —me pregunta.

Yo estoy sin redes sociales, así que no tenía ni idea. Muchos personajes conocidos, ídolos de muchos, involucrados o, por lo menos, figuran en las fotos. Ya no se puede confiar en nadie y está claro que la gente más poderosa, de cualquier ideología política y profesión, quienes tienen las riendas del mundo, no son más que unos desadaptados perversos y, en demasiados casos, delincuentes.

Parámos en Punta Roquitas para meternos un chapuzón. El sol ya se está poniendo potente y calcinante. Rodeados de gente común: niños jugando, grupos de amigos tomando sol, echados en las clásicas rocas de canto rodado de estas playas. Mientras enterraba mis pies en las piedras hasta llegar a la parte mojada, con la espalda quemándose, pensaba: de todos los que están a mi alrededor, ¿se puede confiar en alguno? Si dentro del 1 % más poderoso creo que ninguno se salva de asquerosidades, ¿por qué quienes están a mi alrededor serían diferentes?

Un extranjero que quería entrar al mar se me acercó. Me pidió que le cuide sus zapatillas y su celular. Acepté y no pasó nada. Por otro lado, un serenazgo les hacía problemas a unos adolescentes que no hacían nada. Literalmente los estaban molestando solo por cómo estaban vestidos. ¿Qué comparte ese serenazgo con los que aparecen en el escándalo? Solo se me ocurre la ilusión de poder. Obviamente, en magnitudes incomparables. De nuevo me preguntaba si es verdad que el poder atrae a los peores y corrompe a los mejores. No lo sé. Solo tengo claro que jamás me involucraré en política. Estaré pendiente, pero no seré partícipe. Sería como entrar al infierno. Imagínense: creo que solo con pisar el Congreso ya pierdes un poco de humanidad.

La rebelión de Atlas. Un libro de una tonelada que me demoré un año en leer. Genial. Muy criticada la autora, Ayn Rand, por sus posturas liberales y capitalistas. No estoy muy al tanto, pero no sé cómo esperan que piense alguien que huyó de San Petersburgo en plena Revolución bolchevique, donde su familia perdió todo. Yo entiendo perfectamente que odie las ideologías colectivas y el totalitarismo. En esta novela en particular, los líderes políticos y gobiernos pierden el apoyo de los verdaderos líderes productivos: científicos, pensadores, artistas y más. La rebelión consiste en que estos se retiran y desaparecen voluntariamente. Sin los que sostienen al mundo, este colapsa. La diferencia actualmente es que estas “verdaderas mentes productoras” también están involucradas en el desmadre que se está armando en el mundo. La verdadera rebelión la están haciendo investigadores y servicios de inteligencia sin nombre, desenmascarando de a pocos quiénes son en verdad quienes nos lideran. Se está poniendo a prueba si la verdad realmente importa.

Con este amigo nos trasladamos al mismo tiempo de la Universidad de Lima a la Católica. Una de mis incontables incursiones académicas fallidas. De todas maneras, algo aprendí. En una de las tantas clases de Lengua que tuve, descubrí a este señor barbudo, viejo y con cara de buena gente. Parecía Papá Noel. Siempre se escuchaban rumores de que podías escribirle correos con dudas o ideas y él te las respondía. Probablemente, la máxima eminencia de la lingüística en el mundo. Para muchos, un genio; casi un mesías del socialismo por ser un referente moral. No lo he estudiado, solo superficialmente. Hace unos días salió una foto del anciano Noam Chomsky junto a Epstein en su avión privado. ¿Adónde iban? No se sabe. ¿Basta esa evidencia para incriminarlo? No. Sin embargo, dudo que se hayan encontrado para tener clases de lengua. Una imagen poco coherente para un feroz crítico de las grandes corporaciones, la concentración de poder y el capitalismo. Es por este tipo de cosas que la desconfianza prima en esta época. Efectivamente, Atlas se está sacudiendo y el mundo está temblando. Felizmente, en cuestión de ídolos, solo tengo a Ronaldo, el gordo. A este paso, vale más un genio del fútbol, fiestero, fumador y carismático que un presidente o un aclamado académico. Por no comentar también el caso de Stephen Hawking.

Aun así, doy vueltas por la Costa Verde, con el inmenso paisaje. Relajado, con ganas de viajar y explorar ruinas antiguas. Riéndome con mi amigo. Sin ídolos, estoy más tranquilo. Se va a dar a conocer pronto una gran cantidad de información y mucha gente estará decepcionada. Aun así, no vamos a conocer ni un poco de lo que en realidad sucede. No hay mayor tontería que escuchar a políticos o leer periódicos todos los días, pero más tonto es creerlo. Igual, me mantengo curioso por saber qué pasará luego de la caída de los ídolos.

[MIGRANTE AL PASO] Un año extraño. Cumplí 32 hace unos días. Pasé la mayoría del tiempo en Lima. Desde la pandemia no estaba tanto tiempo solo en mi ciudad. Siendo honesto, no me gusta tanto estar acá. Cuando venía de visita y vivía fuera, era distinto: todo se sentía mejor porque estaba con mi familia, mis amigos y mis perros. La ciudad se volvía una pausa, no una rutina. Ya sabía que este año no iba a haber muchos viajes y, por lo tanto, me quedé acá. Pude organizarme y crear ciertas rutinas que me ayudaron a mantener el orden y no perderme del todo, pero igual no me sentía a gusto. Todo es demasiado conocido. Hay pocas sorpresas en el día a día y, si es que hay alguna, suele ser negativa. Esa sensación de previsibilidad termina pesando más de lo que uno cree.

No es que los demás lugares sean mejores, sino que por lo menos son nuevos. La novedad cambia la forma en que uno tolera los problemas. Son cosas de las que no te puedes quejar así nomás, porque suenan a privilegio. Y lo son. Estoy privilegiado de poder viajar o de poder mudarme a otros países. La gran mayoría no puede hacerlo, y no porque no quiera, sino porque las cosas simplemente no funcionan como deberían funcionar. Un gran porcentaje de personas solo puede pensar en el día a día, en llegar a fin de mes, en sostener lo básico. Es totalmente injusto que las circunstancias cambien tanto de persona a persona sin que haya mérito o culpa de por medio. Igual todos tienen derecho a quejarse con amigos o a hablar de lo que les molesta, sin importar si son caprichos o problemas reales. Quejarse también es una forma de desahogo y de ordenar lo que uno siente.

Este año fue raro, como lo dije, pero no negativo. Al contrario. Creo que, por lo menos, he logrado poner una base para los años que vienen y para poder viajar más adelante con mayor libertad. Los últimos años, estando en distintos países y continentes, me di cuenta de que muchas cosas negativas se mantienen, vayas donde vayas. Problemas que están tan incrustados en el ser humano que se repiten en todos lados, a veces de forma más explícita y otras más sutil. Cambia el idioma, cambia el paisaje, cambia la comida, pero ciertas tensiones son universales y persistentes.

En Japón, uno que otro señor mayor caminaba tranquilo mientras te miraba de reojo. Podía sentir lo que quizá pensaba: “este maldito extranjero”. Es algo conocido históricamente en Japón y actualmente no es poco común en generaciones mayores pensar mal de los foráneos. Pero no ocurren incidentes ni nada parecido. Ni siquiera sé si realmente lo piensan, pero aun así, si lo hacen, no son agresivos con nadie ni atacan a nadie. Como sociedad, importa más cómo actúas que lo que piensas, así que el sistema funciona. Aparte, ¿quién no ha pensado cosas terribles alguna vez? También hay que decir que estoy hablando de uno de los lugares más civilizados del mundo y, aun así, hay rezagos de cosas negativas.

Actualmente, con la nueva primera ministra, están siendo bastante severos con los inmigrantes y, al igual que en muchas partes del mundo, esto puede volverse un problema serio. Históricamente, nada bueno viene después de una etapa de odio hacia diferentes grupos. Y ahora los discursos políticos más atractivos suelen ser ataques hacia la inmigración, a veces dirigidos a grupos específicos, lo cual es aún peor. Esta forma de pensar es contagiosa porque no hay nada más fácil que alentar el odio y echarle la culpa a otros. En ciertos contextos, las personas parecen marionetas repitiendo ideas ajenas sin cuestionarlas demasiado.

He estado en lugares donde hasta en el aeropuerto se colaban en la fila. En otros me robaron el celular. En otro tuve que pelearme. En varios intentaron estafarme. Algunos eran sucios, otros muy limpios. Y, aun así, en todos encontré historias increíbles, paisajes que parecían pintura y culturas alucinantes. Lo mismo sucede en Lima, pero es tan conocido para mí que dejó de entretenerme. La familiaridad le quita brillo incluso a lo valioso. Acá se puede respirar el odio y sus consecuencias, a veces de manera directa, a veces soterrada.

Desde los discursos políticos hasta las reacciones en la calle, todo parece estar cargado. Me ha pasado varias veces ver a la gente escalar conflictos demasiado rápido y por todos lados. Discusiones pequeñas que se convierten en algo desproporcionado. La gente está molesta y se entiende, pero eso demuestra que perder el control es muy fácil. A mí también me ha pasado, aunque en menor medida.

[MIGRANTE AL PASO] Ya pasó una semana. Después de aproximadamente 15 años fumando todos los días. A veces entre 5 y 10 cigarros al día, otras veces 1 o 2 cajetillas. Creo que ya pasó lo peor, pero soy mucho más adicto de lo que pensé. Mi cuerpo instintivamente comienza a buscar una cajetilla. Me pasó hace un rato, escribiendo, mientras pensaba cómo seguir; mi mano se movió sola buscando la cajetilla que normalmente estaba a mi costado. Hace unos días fue peor. No podía dormir, me despertaba en mitad de la noche, tomaba gaseosas cero para calmar la ansiedad. También combinar dieta con dejar de fumar no es una buena idea. Esta semana he estado comiendo todo el tiempo. No puedo imaginarme ser adicto a algo más fuerte, debe ser espantoso. Es un gran logro para quienes pudieron vencer una adicción grave. Yo todavía no puedo decir nada porque recién voy una semana y ya van unas 2 o 3 veces que he logrado dejarlo esa cantidad de tiempo.

En la época del colegio, tercero o cuarto de secundaria. Nos juntamos todos en la casa de un amigo para ir a las primeras fiestas donde había alcohol y recién comenzábamos a salir. Ya había probado una vez: fumé una pitada y sentí que se me calentaba la cabeza y tosí demasiado. Pensé que nunca más lo iba a hacer, no podía estar más equivocado. Ese día estábamos todos sentados en la sala de mi amigo, hablando de cualquier cosa, y un amigo tenía uno o dos cigarros. Los prendió y entre todos intentábamos hacer aritos de humo. Se nos acabaron en dos rondas. Fuimos a comprar, cada uno se compró una cajetilla de veinte, a solo cinco soles. Hoy una cajetilla de Marlboro te cuesta 20 soles o más. Regresamos; la casa parecía un incendio por la cantidad de humo, todos intentando hacer aritos. Nunca me salieron, pero me volví adicto al cigarro sin querer. Supongo que siempre es sin querer.

Pasé de ponerme a llorar de niño cuando vi a mi hermano fumándose un cigarro porque pensé que se iba a morir, a fumarme 20 cigarros porque quería jugar. Luego terminé fumando para hacer todo. Antes del colegio me fumaba un cigarro en la esquina para entrar mareado. Estaba loco. Había algo extraño: sabías que estabas haciendo algo malo, pero te sentías “cool”. Cuando cumplí 18 años y tuve mi primer carro, escuchando música a todo volumen, llegando a la universidad con la ventana abajo y la mano afuera con un cigarro, me sentía un rockstar. Claramente no me veía como uno, pero así se sentía. Llegaba igual al colegio, pero ahí no manejaba. Sentía que el mundo estaba a mis pies y nadie podía ganarme. En un recreo, un amigo y yo nos fumamos un cigarro en el baño. Tiramos el cigarro al tacho y se prendió en fuego. Se armó un escándalo; felizmente nunca nos descubrieron, pero sí estaban buscando a los culpables. Me daba más miedo el castigo de mis padres que lo que digan los profesores; sinceramente nunca me importó qué pensaban ellos.

15 años después, un partido de fútbol. Ni siquiera estábamos jugando 11 vs 11. Me dieron un pase, corrí rápido, máximo 40 metros, tal vez menos. Sentí que se me iba a salir un pulmón por la boca. Hasta me descompensé, creo. Pude hacer un par de jugadas más y luego me fui a tapar. Ya no podía más. Eso ha sido este año y llevo postergando dejarlo hasta diciembre. Intenté un par de veces y no podía. Todo lo que hago está asociado de alguna manera a fumar. Después de comer, un cigarro; mientras leo, varios; y mientras escribo, infinitos. Hasta jugar PlayStation hace que me den ganas de fumar. Esta ha sido la peor semana de mi vida, le decía a un amigo, exagerando obviamente: con poco ejercicio, comiendo de más… pero en ningún momento tomé en cuenta que había dejado de fumar. Es normal que, después de tanto tiempo fumando y dejarlo de golpe, tenga algún efecto secundario. Igual, como decía, aún no puedo cantar victoria. Sólo sé que los primeros días no podía ni pensar. Hasta me quedaba dormido más tiempo a propósito porque no sabía qué hacer.

¿Por qué escribo esto? La verdad es que no es para recomendarle a nadie que deje de fumar o para decirle a los más jóvenes que no lo hagan. Escribo sobre esto porque ahorita solo puedo pensar en cigarros. Aparte, quién soy yo para arruinarle a los jóvenes lo mejor de vivir, que es justamente descubrir las cosas por ti mismo. La mayoría de viejos aburridos pensará que está mal lo que digo. Obvio no quiero incentivar que la gente fume, pero tampoco me quiero meter en la vida de nadie. Tampoco quiero creer que tengo autoridad moral o en cualquier aspecto para ir dando consejos de vida. De autoridad moral solo hablan los viejos aburridos que no se dan cuenta de que, al creer que ellos saben qué está bien o mal, se quitan autoridad para hablar de lo que sea. En todo caso, mi recomendación a los jóvenes, más allá del cigarro, es que hagan lo que quieran y vivan como les dé la gana, no escuchen a los viejos. Más preocupante sería que los jóvenes piensen como los adultos.

[MIGRANTE AL PASO]  Era primero o segundo grado de primaria. Por alguna razón todos estábamos saltando como locos y gritando. Era alguna actividad entre clases. Un gran amigo de esa época solía ser bastante molestoso y aprovechaba cualquier oportunidad para hacerlo. Mientras saltábamos él me iba golpeando suave, pero lo suficientemente fuerte para que moleste. Se repitió varias veces. En mi cabeza sentía cómo una especie de monstruo interno iba apoderándose de mí. Ya no pensaba en diversión y en saltar con mis pequeños compañeros de clase. Todo había cambiado a “tengo que responder”. Estaba entrenado: desde muy chicos, mi hermano y yo comenzamos a practicar karate. Solo conocía la violencia controlada y deportiva del kumite, que es la práctica de pelea en el karate. Todos seguían saltando. Yo me detuve. Recuerdo perfecto ver, entre las personas que se movían, el punto exacto. Puse mi puño en la cintura y, con el movimiento giratorio clásico de las artes marciales, le di un golpe a mi amigo en la boca del estómago. Recuerdo que se quedó sin aire y comenzó a llorar; yo me asusté y lo acompañé en el llanto.

¿Qué me asustó?, me preguntaba. Me di cuenta de que tenía la capacidad de hacer daño. Nos amistamos y no pasó nada, éramos niños y buenos amigos. Pero el recuerdo quedó marcado. Ese monstruo agresivo que todos tenemos me sigue asustando. A veces puedo sentir cómo se apodera aún de mi forma de ser y siempre busca atacar, incluso morder si es necesario. Es un sentimiento horrible. Sin querer, me convertí en alguien que no puede domarse a sí mismo. Ese monstruo no es otro más que un lado de mi propia identidad. Cada vez que ocurre algo similar, el proceso se repite: la ira me consume, actúo violentamente y me pongo triste, con ganas de llorar. Evidentemente, ya no golpeo a nadie. De adulto, un mal golpe puede terminar en tragedia. Pero es la sensación, los pensamientos, cómo miro a la gente. Cómo hablo, incluso solo el tono, porque tampoco soy de insultar. Pierdo el sentido. Y nuevamente, no puedo controlar a la bestia iracunda.

No tengo un altercado físicamente violento hace 10 años aproximadamente. La última vez mi nudillo explotó, literalmente, y de nuevo me asusté. Me pegaron entre 10, en el piso, pero nuevamente, sin sentido, el monstruo sonreía y buscaba la oportunidad de golpear de vuelta. Tenía máximo 22 años. Esa vez, en mi salón del colegio, tenía 11 años máximo. En unas semanas cumpliré 32 y me da miedo. Ahí se involucran otros factores que asumo son normales en gente de mi edad: una mezcla entre “estoy envejeciendo” y “no poder ver lo que has logrado”. Como si solo importara lo que no pudiste lograr o aún no logras. Lo que sí hiciste y aprendiste se vuelve invisible.

Justamente, esa voz que te aplasta: “no has hecho nada con tu vida”, te dice, y le crees. “Tus padres a tu edad ya tenían tales cosas”, y no pienso en que he viajado por gran parte del mundo. Ese monstruo te susurra que no puedes; que ser un buen amigo, haber ayudado a gente, miles de cosas aprendidas y logradas, te convence de que nada de eso tiene valor. De eso se alimenta la bestia que actúa y me protege, para luego sentirme triste. Puede sonar absurdo para muchos que lo lean o tal vez infantil. Y justamente, voy a cumplir 32, pero sigo siendo inocente y confiado. No estoy seguro si sea bueno eliminar ese aspecto, pero antes ni me lo planteaba.

La Sunat. Esta semana. De nuevo explotó la furia. Es un lugar que debe poner de mal humor a todos, pero sentir rabia ya es demasiado. Un grupo de WhatsApp, solo amigos cercanos. Comencé a renegar y actuar como un niño engreído. Quería pelearme. Pasaron unos minutos y me di cuenta. Pedí perdón y no pasó nada; nuevamente, es gente cercana. Caminé de vuelta a casa. Estaba caminando por la pista, arrimado, y un carro me comienza a gritar que vaya por la vereda. Le respondió el monstruo. Avanzó, frenó un metro adelante y abrió la puerta. Yo no me moví un centímetro. Comencé a discutirle con la voz alta. Me respondía sentado, con la puerta abierta. La oportunidad era perfecta, podía ser usada como excusa y pelearme. Me acerqué. Estaba delante de él. Mucho más grande. Extendí la mano y le dije: “He tenido un mal día, mala mía, perdón”. Después del apretón de manos cerró la puerta y se fue. ¿Gané? ¿Perdí? ¿Importa? No lo sé, pero aún tengo ese lado latente. Uno que no me gusta, pero que, sin embargo, soy yo. Tengo metas económicas, literarias y más. Pero mi mayor ambición es la calma, así que solo me queda una opción que espero lograr en algún momento: caminar de la mano junto con la bestia.

[MIGRANTE AL PASO] Todos nos sumergíamos de niños en el agua, con los ojos rojos por la cantidad exagerada de cloro que ponían en las piscinas. A veces nos hacíamos los muertos para ver si alguien reaccionaba, a veces solo te dejabas llevar por las pequeñas ondas. Botabas todo el aire y te hundías. Fingías estar meditando en la profundidad de un lago o el mar, para al abrir los ojos ser otro. Más poderoso y calmado. Creo que no era solo cosa mía, pues mi hermano también lo hacía y cuando lo he comentado a otros parecía ser algo universal. Una ablución inconsciente que todos hicimos. Sin contar el bautizo, para quienes estamos bautizados, del que no recordamos absolutamente nada.

No se me ocurre un lugar más calmado que estar ahí, solo sumergido. Los sentidos más apagados y, por lo tanto, también los pensamientos. A mí me pasaba algo extraño: el agua me daba miedo y paz a la vez. Tuve clases de natación prácticamente desde bebé y me quedaba dormido mientras flotaba en las pequeñas tablas espumosas, clásicas de las academias. Sin embargo, según lo que me cuentan, me agarraba de las rejas para no entrar a las clases. Me imagino a gente jalándome de las patas y yo aferrado a los tubos de fierro. Hasta grande, estaba en la selección de natación del colegio y tenía medallas en estilo libre y espalda. Me ponías en una piscina que no sea deportiva y, si no tenía piso, iba a estar agarrado de los bordes. Tal vez porque nunca llegas a tener el control total en el agua. No es nuestro terreno. Siempre está presente, significa algo en todas las religiones o mitologías, y lo mismo sucede para cada persona. Es uno de los grandes arquetipos mitológicos, y probablemente el más tangible. Con todos nuestros sentidos y en todos sus estados.

Debe ser rarísimo vivir en una ciudad sin mar, tu relación con el agua cambia totalmente. Miles de experiencias no estarían. Siempre fui miedoso en general, pero con el mar era algo diferente. En las playas más amigables me imaginaba a monstruos enormes o tiburones que iban a aparecer desde las profundidades. Ver hacia el fondo, sobre todo en nuestro mar cargado de especies y microfauna, donde la luz solo avanza pocos metros, se siente como estar al borde de un abismo infinito. Se siente igual de gigante que ver el cielo, pero más oscuro.

En un viaje familiar a las playas caribeñas de México tomamos un tour para nadar con tiburones ballena. Solo en esa época del año aparecen en ese lugar tras todo su recorrido migratorio. El bote se movía demasiado, todos mareados y hasta vomitando. De chico me pasaba hasta en los carros: si el camino tenía muchas curvas, era suficiente para que tenga que parar a vomitar. En mar abierto, no se veía ni un indicio de tierra hacia ninguna dirección. Aparecieron unas manchas negras enormes vistas desde afuera del agua. Tenías que saltar en dirección hacia ellas. Yo estaba igual de aferrado al bote que a las rejas de la academia de natación cuando era niño. Mi padre me tuvo que empujar, amigablemente, para que entre al agua. Con los lentes de snorkel se veía todo nítido. Eran criaturas jurásicas; cada una de sus aletas era más del doble de mi tamaño. Veía a mi padre, que es grande, al costado, y parecía diminuto. Yo nadaba con precaución; en teoría no pasa nada, pero un colazo de esos animales te mata sí o sí.

Un humano en mitad del océano al costado de tiburones ballena se siente del tamaño de un plancton. Todo el mareo ya se había ido, solo estaba perplejo por estas bestias colosales de piel atigrada. Después de un rato vuelven a sumergirse. Veía cómo estas bestias sin dientes iban desapareciendo en el fondo. Lo que antes eran colosos, se iba reduciendo hasta desaparecer en la profundidad oscura. Entraban a un terreno totalmente desconocido; ahí mismo, a cientos de kilómetros hacia abajo, hay todo un mundo al que no podemos acceder. Donde hasta los tiburones ballena son pequeños. Esa imagen me marcó de por vida. Entendí que no somos nada, a pesar de a veces creernos muy grandes. Por un momento sentí la misma calma que sentía cuando me dejaba llevar por las ondas de una piscina.

Podría contar mil anécdotas relacionadas al mar. Desde mañanas divertidas corriendo tabla con amigos, revolcones y miedos más profundos que plasmé en él. En Lima estamos acostumbrados a tener el mar al costado, incluso a verlo todos los días. Al estar tan acostumbrados no nos damos cuenta de qué tan hermoso es poder ver el mar al lado, y aun más raro que nuestra ciudad esté encima del acantilado donde antiguamente chocaban las olas antes de la Costa Verde. Desde las culturas antiguas, el mismo mar ha marcado el desarrollo de civilizaciones enteras y, aun así, pasa desapercibido. Es bonito pensar que, a pesar de todas las diferencias e injusticias que tenemos en nuestro país, por lo menos los que vivimos en la costa compartimos alguna historia vinculada con nuestro vecino más inmenso.

[MIGRANTE AL PASO] El techo bajo, los arcos que daban a las clásicas piletas de los riads te obligaban a agachar la cabeza para cruzar; hoy son usados como hospedajes dentro de las calles laberínticas y coloridas de las medinas. Hace mucho eran pequeños palacios de gente adinerada, siempre con un jardín y una pileta al medio. La palabra significa justamente jardín. En este caso en Marrakech, un día antes de partir hacia Portugal, conversaba con Said, un joven amable y juvenil; me llevaba más de una cabeza y hablaba inglés y español a la perfección, aparte de su lengua madre, el árabe.

Tendría 25 años aproximadamente, era una persona normal. No usaba turbante ni tenía una mentalidad restrictiva, prejuicio que muchos solemos tener ante religiones ajenas. Mientras los mosaicos y puertas talladas iban cambiando de color al atardecer, me contaba sobre cómo había sido la pandemia. Me invitó un cigarro de tabaco armado con hachís. Yo, al comienzo dudoso y con sospechas, pero mis ganas de pasarla bien me superaron. Parecía un puro por el tamaño. “Cuidado, ah, que acá es fuerte eso, por no decir extremadamente ilegal”, me contaba. Yo, como fumador experimentado, no me pasó nada. Los dos teníamos los ojos como faroles o semáforos en rojo. Entraban otros turistas y, por lo menos, aparentaban no darse cuenta.

La noche anterior, Said me acompañó por una Coca-Cola. Iba a ir solo, pero me dijo que me acompañaba porque las estafas abundan en ese país. A lo largo del viaje perdí la cuenta de la cantidad de veces que intentaron hacerlo. Mientras caminábamos a la tienda de su amigo, las calles angostas, antes repletas de azules y rosados estridentes, ahora eran oscuras y lúgubres. No me asusto con facilidad, pero de no haber estado en situaciones similares antes probablemente sí lo hubiera estado. Solo hombres en los caminos. Motos que iban a toda velocidad entre los callejones frenaban a pocos centímetros tuyos y te gritaban cosas que evidentemente no entendía.

—¿Ves a esas personas que vienen detrás de nosotros? —me pregunta. Ya iban varias cuadras que nos seguían y yo ni cuenta.

—Son agentes de la guardia civil y nos están siguiendo porque te ven a ti, turista, y a mí, marroquí; creen que te voy a robar —me dice entre acostumbrado y fastidiado.

Marruecos es un reino y Mohammed VI, el actual, concentra todo el poder del país. Hay instituciones democráticas, pero no hace falta dos dedos de frente para darse cuenta de que todo está controlado y las leyes son extremadamente severas. Si eres lugareño, te pueden llevar preso por tener unas cuantas botellas de alcohol.

Unos días antes, en la ciudad de Fez, tuve un altercado violento con unas personas que comenzaron a tocar asquerosamente a dos chicas que estaban conmigo. Todo escaló y los golpes no faltaron. Sinceramente pensé que iba a morir hasta que me rescataron unos policías. Al subir al carro casi como escape, mis piernas temblaban y no podía sostener bien el teléfono de los nervios. No sabía si había actuado mal o bien. Como un niño perdido, teniendo 30 años, llamé a mis padres y a mi hermano buscando consuelo. Después no sabía qué pensar: por un lado estaban estos engendros y por otro estaba Said, un buen tipo. No son los musulmanes, ni cristianos, ni judíos, ni nada. Simplemente son humanos siendo humanos, que dentro de sus propias contradicciones algunos cometen atrocidades y otros son gente que vale la pena. Said me preguntó al ver el chichón de mi cabeza y le conté con confianza.

—Ese tipo de gente malogra nuestra imagen y es injusto —exclamó, ahora sí enfadado.

Comenzamos a hablar de chicas, de amigos, de familia, de la pandemia, cosas totalmente mundanas y comunes. Me di cuenta de que no importa de qué religión eres, sino de qué tan idiota eres. Juzgar por religión no se debe tomar a la ligera. Yo no soy ni santo ni sabio, y como ateo renegón a veces caigo también en esas tonterías.

La pandemia en otro extremo del mundo. Me contó que en su edificio la gente enloqueció. Entre risas me decía que mucho del Quran te puede volver loco. No es algo discriminador. Lo mismo pasa con la Biblia y más libros religiosos. Un señor del piso de abajo: sus gritos eufóricos se escuchaban desde su pequeño departamento compartido con varios familiares.

—Yo soy Al-Mahdi —gritaba el señor—, y todos ustedes son herejes y pecadores.

Me lo contaba riéndose; su vecino se había vuelto loco. A la figura mesiánica se le llama así, como se autoproclamaba el loco. Las cosas se tornaron oscuras y el rostro de Said, menos juguetón y juvenil. La pandemia fue brutal y demasiado en algunos entornos. Él jugaba con el señor cuando era niño. Era alguien solo pero amigable. Una obsesión y una crisis global mal manejada terminaron con la mente y la vida de un sujeto. No fue la religión; fue el monstruo más horrendo de todos y solo se encuentra dentro de nosotros, los humanos: no hay credo que importe en ese sentido.

Llegó mi taxi. Said me ayudó con las maletas. Me fui. Un mundo dejado atrás. Un aprendizaje tal vez. Nunca más veré a ese joven del riad. Tal vez nunca regrese a Marruecos. Pero como viajero, esa es la norma. Descubres un mundo y te vas. Pero la medina colorida queda ahí y las injusticias que ocurren cuando oscurece permanecen.

[MIGRANTE AL PASO] En un segundo piso, con ventana a la calle, en la esquina de Arenales con Pueyrredón. Encima de la tienda de Franuis. Cuando no podía dormir, solo tenía que bajar y comprarme un pomo entero de esas cerezas heladas bañadas en chocolate, que en ese momento eran una novedad absoluta. Escribía un intento de novela entre dulces, Coca-Colas y cigarros. Con la laptop en la cama y una pésima postura para usar el teclado. Entre los malos hábitos y el descuido físico, me despertaba con el cuerpo de un viejo.

Usaba nuevos estilos, exploraba temas y formas, pero siempre me topaba con lo que para mí sigue siendo el mayor reto literario: los personajes femeninos. Todo comenzaba bien, fluido, hasta que intentaba introducir a una mujer en la historia. Simplemente no salía bien. Lo que siento al leer, ver series o animes, me sucede también en la vida real: cuando una ficción es creada por una mujer, los personajes femeninos se sienten reales, no estáticos; cuando es al revés, rara vez ocurre lo mismo. No es que uno no pueda imaginar, sino que hay algo en la manera en que la realidad se impone sobre cada cuerpo que transforma la propia percepción.

El otro día conversábamos en familia, un domingo cualquiera. Alguien comentó el miedo a subirse a un ascensor, y no por claustrofobia ni por temor a quedarse atrapado, sino por la posibilidad de que suba otra persona y no haya escapatoria. Jamás en mi vida se me habría cruzado por la cabeza. En esas pequeñas cosas te das cuenta de la enorme diferencia con la que percibimos la realidad según el género. Solo por haber nacido hombre o mujer, habitas un mapa distinto del miedo. Vivimos en un país donde el machismo y la violencia de género son tan frecuentes que ya ni sorprenden, y eso, precisamente, es lo más grave.

En un curso de escritura creativa nos daban un tema al azar y teníamos que escribir un pequeño relato. Esa vez era una sala de operaciones. Yo recurrí a mi propia experiencia: una fractura en la mano, el quirófano blanco, las luces encima y el sueño que llega contando hasta 10. Parecía casi placentero. Era el único hombre del grupo. Cuando leí los textos de las demás, noté un tono mucho más fuerte, en muchos, agresivo. Sus versiones estaban llenas de cuerpos que sangraban, de miedo, de resistencia. No sé cuál es la respuesta, pero entendí que el mundo en sí es más violento con las mujeres, y eso inevitablemente altera las versiones que cada uno tiene de nuestro alrededor.

Fue en ese curso que me di cuenta de mi dificultad para escribir personajes femeninos. Aprendí mucho ahí. Para empezar, que los personajes son personajes, nada más. No deberían tener una diferencia por género, sin embargo, la tienen. No todos los hombres son iguales, ni todas las mujeres lo son, pero hay algo que los atraviesa: la experiencia del mundo, que no se puede inventar sin pensarla o vivirla antes.

Desde hace años intento identificar micromachismos en mi forma de pensar y vivir para poder cambiarlos. Lamentablemente, por la simple influencia de nuestra historia, todos cargamos con ellos. La idea es detectarlos y desactivarlos. A veces aparecen disfrazados de humor o de costumbre. Uno los descubre en los detalles más mínimos: la imagen automática que se te viene a la cabeza cuando piensas en un “doctor” o en un “abogado”; o cuando no entiendes por qué alguien teme entrar sola a un ascensor.

Vivir en Lima ya implica mirar a todos lados por miedo a un robo o a un accidente. Imagínate eso, pero sumándole una legión de mirones, acosadores, tipos que te siguen. Cuando por fin te permites imaginar esos escenarios, solo da rabia e impotencia. No porque lo hayas vivido, sino porque puedes acercarte a entender lo que significa vivir con esa tensión diaria. Así crecen la mayoría de mujeres en el mundo: midiendo las distancias, calculando las rutas, leyendo las miradas. En algunos países será más sutil, en otros brutal, pero en ninguno deja de existir. El nuestro, sin duda, está entre los peores.

Al final uno escribe personajes pensando que los controla, y es al revés. El mundo que creaste solo acepta cierto tipo de individuos, y eso dice mucho. Al no entender por completo el mundo femenino, los miedos a los que se enfrentan, es probable que el mundo que cree con letras no me permita escribir sobre esos personajes que no comprendo y creía que sí. Quizás por eso la escritura también sea una forma de autoconocimiento: cada límite narrativo revela uno personal. Y hasta que no amplíe mi mirada, los personajes seguirán hablándome desde lejos, pidiendo un espacio que todavía no sé construir.

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