Crónica

[MIGRANTE AL PASO] Una de las primeras cosas que hice al llegar a Buenos Aires fue visitar la ESMA, uno de los centros de detención y tortura instaurados en la dictadura de Videla. Lo hice varias veces, por motivos de escritura, culturales y académicos; caminar entre esos rincones oscuros, donde se podían respirar los lamentos de jóvenes y madres que ya sabían que sus cuerpos brutalmente maltratados muy pronto serían cadáveres en el mar.

En una esquina del segundo piso, donde dormían los secuestrados con la cabeza tapada, había paneles informativos, entre ellos portadas sobre la copa del mundo que se jugó en ese país durante el régimen autoritario en 1978. Me llamaba la atención la diferencia de perspectivas en los periódicos del mundo. Medios europeos titulaban: “Fútbol bajo la dictadura”; “Un torneo entre sombras”; “El campeonato de Videla”; “Un Mundial bajo sospecha”. Medios de Latinoamérica: “La fiesta del fútbol”; “Argentina ante su destino”; “Un Mundial histórico”. Soy un fanático del fútbol y siempre lo he sido; estamos en año de Mundial, pero no lo siento como uno. Estos suelen estar rodeados de euforia, emoción y unión; esta vez se siente caos, miedo y desánimo colectivo. Y es totalmente comprensible, estoy pasando por lo mismo; ha generado confusión en mi cabeza. De verdad, es como pensaba y es lo más lindo que hay, como dijo Maradona; es una muestra de la estupidez humana, o simplemente es un reflejo de nuestra sociedad. No lo sé, pero últimamente me recuerda a las jornadas de coliseo romano en las que manipulaban a toda Roma con pan y circo; recordemos todo lo que está ocurriendo en el mundo y en nuestro país también. De niño, la copa del mundo simbolizaba la copa de la paz.

“No voy a ver el Mundial este año”, “¿Qué hacen Cristiano Ronaldo y Lionel Messi visitando a Trump en la Casa Blanca?” (No menciono a los otros jugadores porque no significan nada). Hasta regalé mi camiseta del Inter de Miami, porque estaba furioso. Pisé el palito, como buen aficionado de fútbol. Dejé que estos ídolos, que aparentemente solo piensan con los pies, irrumpan con mi calma. Un día antes, Estados Unidos bombardeó Irán y cientos de niños murieron; Messi, como miembro e ícono de UNICEF, decidió que era un buen momento para visitar al presidente a cargo de estas masacres. Hubo respuestas negativas, pasaron unas semanas y Lego sacó un comercial con estas personas; la gente se olvidó por completo. Como si un demonio amnésico los poseyera. Las redes sociales, que están pegadas a nosotros como sombras, son dañinas: sale una noticia importante y escandalosa sobre los files de Epstein; en menos de 20 segundos scrolleas y te encuentras con personas atractivas o entretenimiento barato. Claramente estamos en la era del olvido.

Me quedaba una última esperanza, aquel jugador antiguo y respetado, que apagaba su cigarro en la línea de entrada a la cancha, se había negado a ir al Mundial de Argentina 78 por la dictadura. Antes de escribir esta crónica investigué un poco, para desilusionarme y descubrir que todo eso era solo un mito: Johan Cruyff no fue por motivos personales. Todos los símbolos se están derrumbando. Ahora solo me queda el gordo Ronaldo, cuyo mayor escándalo eran sus fiestas y el alcohol; comparado con lo que menciono antes, son travesuras de niño. Al final solo me quedaré con su camiseta.

Como todos, con amigos y hermano, armábamos arcos con piedras, palos o lo que encontráramos para improvisar arcos y jugar fútbol en la calle y parques. Lo mismo sucedía en todos los rincones del mundo, sin importar clase social, religión o ideología. Eso es el fútbol para mí: un deporte que une al mundo debido a su fácil acceso para todos. Esas sonrisas y gritos de celebración ya no se escuchan así nomás, cuando antes abundaban. Me pregunto si en los escombros y ruinas de Líbano, Irán, Palestina y muchos más lugares se seguirán escuchando balones rebotar. Me da la sensación de que este Mundial quedará en la historia como un hecho nefasto y cómplice de la guerra.

El director interno del ICE declaró que su institución será parte clave de la seguridad del Mundial, pero que supuestamente no harán redadas. No les creo ni lo que comen. Y así dará inicio este Mundial, con aplausos ciegos, donde las selecciones jugarán al mismo tiempo que violan mujeres, maltratan menores de edad y abusan de ancianos, a tan solo kilómetros de distancia en estos llamados “centros de reclusión de inmigrantes”. Mientras ellos sufren, sus propios compatriotas celebrarán bajo un lavado de cerebro masivo. No tienes que ser político para que tu radar moral se vea alterado; ser futbolista no te quita la capacidad de resistencia. La cuestión no está en si eres político o no, sino en qué clase de persona eres. Espero que esta crónica no sea una carta de despedida al deporte rey, pero por el momento he decidido no ver este Mundial y dejaré de verlos hasta que el fútbol vuelva a representar lo que tanto respetaba en mi infancia. No lo hago con intención de generar un cambio, no soy tan poderoso; lo hago por simple y puro asco.

[MIGRANTE AL PASO] Recién me había trasladado de la Universidad de Lima a La Católica. Tenía 22 años. Como muchos a esa edad, comencé a leer novelas y ensayos existenciales. Desde Demian de Hermann Hesse hasta Así habló Zaratustra de Nietzsche. La rebeldía pura y sin causa, cuyo único fin era la rebeldía en sí misma, estaba a tope dentro de todo lo que hacía. Creía que volverme adulto era algo contra lo que tenía que luchar o generar resistencia. Pensaba que llenarme de responsabilidades y ocupaciones era excluyente con mi incesante intento de ser un espíritu libre por siempre. Así viví un poco más de una década; de hecho, hasta hace unos meses vivía con ese conflicto interno. Claramente, estaba equivocado y me sentía un poco mal, como si me hubiera demorado en crecer o como si recién hubiera superado el pensamiento adolescente a los 32. Estos fueron años que a simple vista parecen perdidos o malgastados, pero aprendí mucho. Estas lecturas existenciales me llevaron en una aventura en la que romper cascarones era el principal objetivo. Estos cascarones representan sentimientos reprimidos, aspectos de la realidad que no concebía, hasta pequeños conceptos que en muchos casos son necesarios de romper. Se podría decir que con cada ruptura de cascarón viene un aprendizaje nuevo y con ese aprendizaje viene el crecimiento y desarrollo personal para ser el adulto que quiero ser. Con el tiempo, también entendí que no todos los cascarones se rompen con fuerza; algunos se abren solos cuando uno deja de empujarlos.

Hace unas semanas, me enfrenté a un mundo problemático que resultó ser algo ligero y fácil de superar. Entendí muchas cosas, incluso me entró un bajón emocional leve comparado a otros que he tenido, pero no deja de ser un bajón. Felizmente, algo que aprendí en esos diez años, aparentemente desperdiciados, es que en esos momentos tienes que permitirte sentir y nada más que sentir lo que está sucediendo, sin intentar corregirlo de inmediato ni apurarte por salir de ahí. En lugar de taparlo con excesos, caos o solo dejarlo pasar. En mi caso, he estado fumando como un desquiciado, como si el mundo estuviera colapsando, cuando no es más que mi propia ilusión. Me sentía desanimado, intentaba distraerme, pero llegaban malas noticias de todos lados. El estrés acumulado del trabajo, sumado a guerras, masacres, abusos y muertes inocentes en distintas partes del mundo y de nuestro país, generaba una sensación constante de peso. Es fácil quedarse ciego y no encontrar una salida. Ahora que recién estoy recuperando el ímpetu de vivir al máximo, me di cuenta de que el cascarón ya se había roto, pero yo me mantenía ahí acurrucado, como si salir implicara perder algo en lugar de ganar perspectiva.

Soy una persona que está acostumbrada a ganar, pero también a crecer lento y en todo sentido. Cuando terminé el colegio no me había afeitado ni una sola vez, y medía 25 cm menos. Yo no entendía los problemas que mis amigos tenían. Para mí todo seguía siendo una travesura infantil. Y así seguí avanzando, tal vez un poco más lento que los demás, pero avanzando igual, a mi ritmo y con mis propias dudas. Esta última ruptura fue un poco sencilla, pero potente. Me di cuenta de que llega un punto en el que tú y solo tú puedes resolver lo que sea que te está fastidiando. Siempre puedes apoyarte en tus seres queridos y pedir ayuda, pero está mal imponerles expectativas a los demás. Todos somos diferentes; algunos, intentando ayudar, pueden cometer errores; otros pueden no saber cómo reaccionar a lo que te sucede, y eso no quiere decir que no te apoyen. Simplemente, a veces no se sabe cómo ayudar, y solo ver que alguien lo intente hacer ya debería ser algo invaluable. Incluso ese intento torpe puede ser una forma silenciosa de afecto.

Sentía una presión insoportable, pensando que tenía que cargar el mundo completo sobre mis hombros. Me di cuenta de que el mundo que percibo no es más que el reflejo de mi estado mental, que todo lo que me incomodaba realmente era solo yo, y contra todo lo que estaba luchando finalmente era contra mí mismo. Por eso me sentí solo, como si cada esfuerzo al final solo fuera un intento de ser yo, un yo incompleto. Hasta que encontré el lado divertido de no ser un absoluto que no cambia. Le agarré el gusto a la idea de jamás poder completarme, porque de lo contrario todo sería muy aburrido. Y en esa incompletitud también hay una forma de libertad, una que no necesita justificarse ni definirse del todo para seguir avanzando.

 

[MIGRANTE AL PASO]  El calor ya no era sofocante y la luz era naranja. El anochecer se aproximaba. Puse mi cronómetro, quince minutos, cerré la reja y comencé a caminar. Con un tiempo, sin un rumbo. “Al colegio”, escuché una voz. Mis ojos semiabiertos solo veían una bandeja. El olor a huevo frito y leche chocolatada me despabiló al segundo. El vaso caliente se veía enorme en mis pequeñas manos. Una cara cuyo rostro ya olvidé me miraba. Mientras entraba al pequeño malecón de la esquina, las personas que estaban reunidas para ver el sunset tenían el semblante borroso, como un apunte tachado. Me bañaba y nos llevaban al colegio para recogernos horas más tarde. Tenía 50 soles para comer, pero me lo gastaba todo invitando y a mitad de semana ya no tenía. Esos caminos de regreso me dolían la cabeza y esperaba con ansias llegar y sentarme a embutirme lo que fuera que estuviera en la mesa. Muchas veces veía por la ventana preocupado. Algo había hecho mal, pensaba, pero solo era culpa injustificada. Después de la mitad del camino podía separarme de ese pensamiento. Me daba cuenta de que me esperaba mi hogar.

Mis padres trabajaban y estoy orgulloso de ello. Nos recibía otra familia. Una que vivía dentro de nuestra casa. Una mamá, un papá, dos hijos y una abuela. De ellos solo recuerdo los nombres; el tiempo funciona también como borrador. Pero las tragedias que presencié me temo que serán eternas. Tragedias ajenas. Un hijo queriéndole pegar a su padre, una niña y una madre llorando, un padre confrontativo. En medio, una persona de metro veinte tenía que poner orden a gritos agudos mientras se percataba de que la propia existencia no había sido creada igual para todos. Sucedían estas cosas entre paredes llenas de cuadros que emanaban privilegio. No hablo solo de lo material: tener unos padres que te crían con amor y jamás fueron abusivos es, probablemente, la mayor fortuna que puede recibir un pequeño. Esa presencia constante y externa se desvaneció. De un día para otro, luego de varios años, se esfumó como un cigarro amargo.

Seguí dando pasos salteándome el sol. Ni lo miré y solo sentí el calor en uno de mis cachetes. Crucé la puerta verde de madera, apolillada y abollada. Las cadenas que cerraban ese acceso, colgadas de un palo, chocaban contra el piso, chirriando al moverse por el viento. Llegué al túnel de árboles que ensombrece Pedro de Osma. Me imaginaba espantapájaros colgando de sus ramas; volteaban a verme, y una presencia seguía mis pasos tan de cerca que podía sentir sus respiros jadeantes en la nuca. No me atreví a voltear.

Despertaba en mi cama. Al abrir los ojos, de uno de los rincones superiores, pegado al techo, una figura oscura y deforme emergía de cabeza. Sonidos demenciales y siniestros emanaban de esta silueta, pinceladas tan oscuras como la tinta china que dibujaban cientos de manos en el aire y se dirigían hacia mí como si fueran disparos. Corría hacia el cuarto donde crecí, cruzando toda la casa, pero las extensiones sombrías lograban envolverme y me teletransportaban nuevamente a mi cama. Se repetía, cada vez más intenso; cada vez llegaba más lejos. Logré llegar a esa habitación, con dos camas y un televisor, exactamente igual a cuando solo era un niño. Adentro encontré a mi familia cercana y se dio una conversación opacada por el temor de la bestia. Esta vez sí desperté de verdad. El polo empapado y el pánico fue lo que sentí. Pasé muchas semanas intentando hallarle significado, pero a veces encontrar el deseo oprimido en esta parte etérea de nuestra conciencia es imposible.

Se activó el cronómetro. Quince minutos. Ya había salido del corredor arbóreo. Era hora de enfrentar el regreso y el temor a descubrir que estaba detrás de mí.

Ya no tenía un tiempo parametrado. Giré y no encontré nada. A lo lejos, las figuras colgantes habían desaparecido y los árboles eran verdes nuevamente. En mis oídos se escuchaban las óperas que mi madre nos enseñó al crecer; no estaba de humor para la música estridente que suelo oír. Vi a una señora muy delgada sentada en las escaleras de una casa; un maletín viejo se apoyaba en sus piernas. La reconocí. Hace mucho, por las calles de Barranco deambulaba esta mujer, con mirada intensa que denotaba locura. Te ofrecía productos extraños de reventa e insistía hasta el punto de incomodar. Eventualmente se iba como un fantasma, dejando atrás un rastro melancólico. Con mis amigos le llamábamos la bruja; era una presencia recurrente. Nos vimos a los ojos, décadas después, y me intimidé. Siempre me dio pena verla. Había algo en sus apariciones que me hacían pensar: la vida guarda fuerzas misteriosas que empujan a cada quien por caminos distintos. Fue en ese momento que entendí, otra vez, que no todos los mundos son iguales.

Una flauta traversa dejó caer su melodía dentro de mis oídos, deslizándose como una ardilla entrando a su nido. Después de mucho tiempo, mi sonrisa comenzó a entrecortarse por movimientos trémulos. Mis ojos se mojaban y yo luchaba torpemente contra el sentimiento.
“¿Quieres escucharme tocar por última vez?”, me dijo un cuerpo débil y huesudo. Elegantemente y con paciencia sacó este instrumento plateado lleno de teclas y lo colocó verticalmente sobre su rostro consumido, pero alegre. Fue una tonada esperanzadora, viniendo de alguien que ya podía ver los ojos de la muerte. Salí de esta última terapia; mi psicoanalista se volvió mi amigo en sus últimos meses. Me subí al carro. Solo pude manejar unos minutos antes de orillarme a un lado de la pista y estacionarme. Mi cabeza apoyada sobre el timón, mirando mis pies. Cuando estaba en una ciudad lejana y desconocida, él dio todo para sacarme de esa soledad. Gracias a él pude dormir de nuevo y en ese momento sabía que él lo iba a hacer para siempre.

Levanté la cabeza y estaba nuevamente en la calle. La vereda parecía ceder bajo mis pies. Seguí entre tambaleos hasta llegar a la avenida para alcanzar ese malecón escondido en el que comencé mi trayecto. Frené de golpe y me quedé parado. Apagué la música y recordé unos brazos pequeños que pudieron sostener mi enorme tamaño. En tiempos de pandemia aún no podía manejar la incesante laceración de la incertidumbre. Dormía en una cama sin sábanas, rodeado de cigarros y Red Bull; me sentía miserable. Subí al cuarto de mis padres y, por primera vez, descubrí lo que era quebrarse. Mi madre, que estaba leyendo, no dudó ni un segundo en levantarse y acercarse rápidamente. Extendió sus brazos y los cerró fuertemente sobre mí. Sentí que pasó una eternidad que me gustaría no hubiera terminado. Bastó eso y unos susurros de consuelo para rearmarme.

Escuchaba mi respiración agitada, cómo mi corazón bombeaba sangre. Estoy vivo, me repetía. Llegué al mirador con lágrimas que caían adheridas a mi piel. Con cada una de ellas encontraba una nueva razón para seguir adelante.

Me apoyé en la baranda llena de grafitis para mirar el horizonte iluminado por un sol que ya no se veía. Podía sentir cómo la gente me miraba, en mi momento más vulnerable. Cuando los miraba de vuelta, los tachones en sus caras desaparecían y notaba expresiones. Todos los que me rodeaban recuperaron sus rostros y yo imaginaba el mío reflejado en esos últimos destellos de luz. El efecto lacrimógeno había llegado a su fin y cumplió su cometido. Cedí a ser visto llorando, y con eso entendí que dejarse llevar y dejar ir las cosas requiere fortaleza. Esa sentencia de muerte y mis quince días de vida se reducían a deudas y límites de pago, nimiedades comparadas con lo que descubrí en esa media hora. En realidad, se trataba de una sentencia de vida y un aviso entrañable de mis deseos de seguir descubriéndome junto al mundo. No importa cómo seas, todos merecen llorar, y efectivamente no soy la misma persona que comenzó este relato íntimo.

[Migrante al paso] Trabajar. Me había olvidado lo bien que se siente llegar al fin de semana. Que sea viernes, después de un día productivo, comprarte una Coca-Cola helada, sentarte frente al televisor y prender tu PlayStation. Suena infantil, lo sé, pero créeme que ahora los viejos también pasan el rato y más en estas consolas mágicas. Una mezcla de nostalgia, nuevas aventuras y notar cuánto hemos mejorado desde que somos niños. Algo curioso ocurre cuando vuelves a jugar después de varios años: reconoces los mundos, los sonidos, los personajes, pero tú ya no eres exactamente el mismo. Aunque no crean, todos esos personajes, de todo tipo, me sirven como motivación para hacer ejercicio en las mañanas y trabajar. Por no mencionar todos los beneficios. Hay algo en esas historias de héroes que salen a recorrer mundos, enfrentar peligros y seguir avanzando que se queda contigo incluso cuando apagas la consola.

Hoy domingo estaba aburrido. Había pasado todo el fin de semana metido en mi casa. Ya le perdí el gusto a las fiestas y al alcohol, no creo que sea vejez porque apenas tengo 32 años. Va más por el lado del cansancio. Me pone tenso tener que socializar sin significado, no porque me parezca mal. Es por el hecho de que sean desconocidos. El 90% de lo que converso con mis amigos son tonterías, la diferencia es que con ellos me agrada hacerlo. Hay una tranquilidad en ese tipo de conversaciones que no exige nada, que simplemente fluye. A veces basta con sentarse, bromear un rato y dejar que el tiempo pase sin pensar demasiado en lo demás.

“Pancho, sale un súper smash con Jota y Joaco”, me llega un mensaje de WhatsApp. Es un juego especial que ha creado vínculos en casi todos los grupos de amigos que conozco, muchos de los que me leen lo entenderán. Dudé, incluso dije que no iba a poder. No estaba haciendo nada. Sentado mirando la nada me pareció escuchar unos ruidos extraños y carismáticos con subtítulos en mi cabeza: “¡Es peligroso ir solo! Toma esto”. Es lo que le dicen al personaje que uso cada vez que comenzará su aventura. El ahora mítico Link, de la saga de Zelda. Mi niño interior estaba llamando, pero demasiada estructura me hacía difícil escucharlo. A veces uno se llena de horarios, metas y pendientes hasta que ese niño queda enterrado bajo capas de responsabilidad. En este momento de calma dominical lo escuché.

Mientras jugábamos recordaba que por años en primaria regresábamos mis amigos y los de mi hermano, todos a mi casa. Nunca faltaba una pizza o un pollo a la brasa. Terminábamos de almorzar apurados contando travesuras escolares. Subíamos, nos acomodábamos en el cuarto, cada uno un control, alguien insertaba el casete pesado en el Nintendo 64 y el cubo negro se llenaba de colores. Nuestros ojos se iluminaban y jugábamos como si se tratara de un mundial. El mismo juego que estoy jugando hoy con otros amigos. Podíamos pasar todo el día ahí pegados. Solo nos podía desprender algo de comer o jugar fútbol. Es un juego con muchos personajes. En la versión que teníamos de niños solo se podían 8, ahora hay más de 50. En ese entonces cada nuevo personaje desbloqueado era casi una celebración. Es gracioso pensar en la relación de cada persona con su personaje. Es como si escogieran un alter ego. El mío siempre es Link, el héroe del tiempo. Es el clásico héroe que sale en una aventura y vuelve, en algunas de manera trágica, en otras cómicas. Un personaje silencioso que, sin decir mucho, siempre termina avanzando.

Ahorita que todos estamos rodeados de caos, el mundo de cabeza, no se puede entender bien qué pasa ni se puede confiar en nadie. Todos los ídolos cayendo de a pocos y los símbolos o pilares de inspiración se van derrumbando. En mi caso, crecí viendo a Messi, sin embargo, regalé la camiseta que tenía. Simplemente hay cosas que son intolerables. Dentro de toda esta amalgama, darse un espacio para relajarse, tomar perspectiva de que el mundo no se está acabando, espero, y poder respirar. A veces ese espacio aparece en lugares simples: una tarde tranquila, una conversación sin importancia o un videojuego que te devuelve por un rato a una versión más liviana de ti mismo.

Por más que sea un mundo tembloroso e inestable, no deja de ser nuestro mundo y al jugar videojuegos también aprendes que las aventuras se encuentran afuera. Desde a la vuelta de la esquina hasta un país a miles de kilómetros. No importa que el mundo parezca cada vez más pequeño o simplemente dé la apariencia de que hay menos cosas en él. Aún hay mucho que descubrir y que vale la pena explorar. Y, a veces, basta una partida con amigos para recordarlo.

[MIGRANTE AL PASO] La vida de adulto no es como uno pensaba. No somos como nos percibíamos de niños. No todos somos buenos, responsables y, mucho menos, tenemos las cosas resueltas. Ni qué decir sobre si sabemos qué hacer con nuestras vidas, en mi caso; avanzo, pero por un sendero serpenteante. Dudo que alguna vez sepa qué es lo que quiero realmente. Con las últimas noticias que vienen rondando desde el año pasado, está claro que la adultez está sobrevalorada y ha iniciado una etapa de “matar a tus ídolos”. Nietzsche estará feliz en el más allá. Junto con toda esta nueva etapa, también inicia una para mí y estoy atreviéndome a nuevas cosas. Más allá de mi emprendimiento y escritura.

Un amigo se presentaba en un show de stand up comedy, fue genial, pero, por alguna razón, siempre me agarran de punto. Me sucede desde niño y me di cuenta de que el pánico escénico es algo que mantengo ya grande. Para alguien con esta fobia, tengo la mala suerte de no pasar desapercibido por mi anatomía: soy alto, grande y con voz gruesa. Intento seguir un consejo dado en una serie de fantasía medieval: Si vas a ser alto, actúa como alto. La pasé genial, creo que la risa es cura para todo y no existe un mal momento para ella. Cada vez que me señalaban o me hacían participar me ponía como un tomate, nunca me he visto, pero, siempre que sucede me lo resaltan entre risas. Me parece admirable pararse frente a un público desconocido, expuesto totalmente, y con la duda de si se reirán de tus chistes. Creo que a los pocos minutos me estaría desmayando de la ansiedad. Lo que siento es parecido a las veces que me han tenido que sacar sangre; cierra el puño me dice el enfermero, pero la fuerza de mi cuerpo se desvanece de golpe. También, le tengo miedo a las agujas, soy bastante miedoso al parecer. Por lo menos, eso me da más oportunidades de ser valiente.


Recordé momentos antiguos. Todos los domingos salíamos a comer en familia y al parecer yo tenía 500 cumpleaños. Mis tíos, al conocer mi naturaleza rochosa, avisaban a los restaurantes de que mi santo era ese día. Una mentira para bromear. Me devoraba la comida hasta atragantarme, no tenía control y parecía un troglodita, mi capacidad para comer era infinita. A veces no habían puesto el plato en la mesa y yo ya estaba intentando picar algo con mi tenedor. Luego de cumplir mi mayor placer: alimentarme (algo que tampoco ha cambiado), una pasarela de meseras y meseros se aproximaba a la mesa. Yo ya sabía y aun así me sorprendía. Mientras me cantaban Happy Birthday en coro y me colocaban algún dulce sobrante con una vela yo pensaba: “estos desgraciados”. Ahora ya me doy cuenta de que es mejor celebrar mil inventos que no recibir celebración alguna.

En el colegio, era un problema para evaluarme. En los shows y presentaciones me quedaba paralizado, tanto que siempre hacía de árbol, piedra y hasta de piso. Mi mayor logro fue ser el hombre de hojalata en quinto grado de primaria. Ahí terminó mi carrera actoral. Hay que agradecerles a los padres, soplarte 2 horas de un show infantil debe ser una tortura peor que una ópera de Wagner mal cantada. En ese momento pensaba que lo disfrutaban, encima les cobraban, deberían pagarles. Peor aún mis padres, que tenían que estar horas y su hijo parado, de tronco, sin decir ni una sola palabra. Odiaba esos momentos.

Practicaba piano, mi hermano era mejor que yo, pero debí seguir. Siempre nos presentábamos en el colegio Markham, no sé por qué y nunca lo pregunté. Lo que recuerdo, aparte de su piscina profunda con un trampolín alto, es que era raro. Para empezar que usaban uniforme, para alguien de mi colegio eso era demasiado formal y anticuado; aparte, todos se veían iguales. Su auditorio era chico, por lo menos el de piano, no recuerdo bien el momento en que tocaba, recuerdo la reverencia, sentarme erguido y luego un vacío. Antes de pararme, el sudor de mis manos había dejado empapadas las teclas. Una vez, le tocaba a una chica después que a mí e hizo que lo limpien. Sentía que mi vida iba a terminar. Tal vez, en lo único en que no me afectaba el público era en karate, pero eso es porque me gusta pelear.

Ahora ya no soy tímido, pero si tengo una presentación, todo el tiempo previo se vuelve nefasto. Como si esperara la sentencia de un juicio o algo similar. Así mi adultez no ha sido muy distinta, tengo los mismos miedos que en mi infancia. Pero ahora me toca explorar de nuevo. Comenzaré mis clases de chino en unas semanas para ampliar la mente y perspectiva del mundo. También, haré caída libre con paracaídas para vencer mi miedo supremo, las alturas, y porque a veces es necesario sentir un poco de cercanía a la muerte para seguir avanzando, seguro mi abuela cuando lea el texto me dirá que estoy loco. Mentira, es más fácil morir cayéndote en la ducha que saltando de un avión. En fin, a seguir explorando y hacer locuras evitando que la vergüenza sea impedimento. Igual, a nadie le importa lo que haces.

 

[MIGRANTE AL PASO] Luces comenzaron a titinear. Apagón. Uno particular, solo algunos lugares de la casa habían quedado oscuros, otros con luz tenue. La potencia iba y venía. Recordaba cuando sucedía de niño. Se despertaba la consciencia mística instantánea. En cada esquina podía acechar un monstruo o, tal vez, podías encontrar un tesoro. Para los noctámbulos como yo, al agarrarle maña al silencio y soledad de la noche, las quimeras siniestras de recuerdos se transforman, encuentras cofres. Lo que está adentro es distinto para todos, en mi caso me gusta pensar que está la libertad. Ahí mientras todos duermen, después de un día luminoso, caluroso y abrumador, por fin puedo soltar lo que sea que haya estado reprimiendo. Voy rotando acompañantes; a veces es una Coca-Cola, un cigarro, puede ser un troncho y, de vez en cuando, una cerveza. Hablo de un sentimiento en el que los delirios épicos se sienten reales. Me gusta hablar de la libertad a la ligera, ¿de qué otra manera podría hacerlo? Ahora hasta estos términos ambiguos son malinterpretados, amarran estas palabras a posturas políticas o ideologías baratas. Como escritor, lo veo como un desperdicio, somos capaces de quitarle la magia hasta a nuestro vocabulario. Ya todos deberíamos saber que si existe lo mágico se encuentra en el lenguaje. Como cuando algunos me dicen: esos progres malogran todo. Mi expresión les da a entender que están hablando idioteces. Solo necesitas 20 segundos para buscar el significado de progreso para darte cuenta de que estar en contra de eso es, por lógica, estar a favor del retroceso. Claramente ya dudo de la comprensión lingüística de la gente.

Las horas avanzaban y la negrura se intensificaba. Ahí en la umbría de la ciudad pensando en conceptos me encuentro libre. Al final las palabras son solo palabras, escritor puede ser cualquiera y me costó reconocer que mis relatos no tienen facultades cruciales ni trascendentales. Jamás me despreciaría, por lo tanto, pienso igual de toda narración por más obra maestra que sea. Soy aficionado de lo absurdo, al ver el cielo de noche puedes notar la inmensidad con mayor facilidad que de día; apoyado desde mi ventana, me doy cuenta de lo disparatadas que son mis preocupaciones. ¿Por qué haría que mis malestares sean tan incongruentes con lo diminuto de mi existencia? De ahí mi aprecio al mejor consejo que he recibido: no te tomes la vida tan en serio.

Somos un animal racional, nos mintieron desde la época dorada ateniense, cuando Aristóteles daba sus clases y decidió escribir esa definición. Según algunas encuestas, aproximadamente el 10% de adultos estadounidenses cree que es posible que la Tierra sea plana. Ellos no ven el cielo nocturno como nosotros, asumo. También entiendo ahora cómo ese bicho naranja está sentado como rey intocable en ese país. Por eso, prefiero definir a los humanos solo como animales. Las cosas que llegas a pensar en la penumbra son para reírse solos.

Ya de madrugada, volvía a las palabras. La mayor herida generada en nuestro país se encarnó en dos palabras, provenientes de enseñanzas ascéticas y budistas, en nuestra nación se convirtió en sinónimo de terror. Un académico sin inteligencia se creyó al pie de la letra que una revolución conlleva ríos de sangre. Sendero Luminoso, definitivamente un nombre atractivo, así una palabra hermosa se convirtió en el mayor desastre. Lamentablemente, como animales que somos, ni racionales, ni lógicos, ni políticos, y mucho menos justos; seguimos sin entender que ese periodo devastador no nace solamente de la pataleta de un desadaptado o un nombre. Sin embargo, se siguen cometiendo las mismas crueldades y atrocidades de las que nació realmente el terrorismo. Un animal racional aprendería y cambiaría las cosas. Un Estado pensante no volvería a dejar abandonado a la mayoría de nuestro país. Sin embargo, ya vemos cómo estamos.

La noche lamentablemente no es igual para todos. Una gran cantidad de personas ni siquiera tiene luz que pueda irse. Nuevamente el abandono. Carreteras, desagüe, comida, salud, educación, todo eso ausente. En esas circunstancias no se puede pensar en la libertad. Estamos atrapados en una telaraña de corrupción que se extiende por todas las venas de nuestro sistema llamado país. Recientemente he entrado al mundo de los negocios, es divertido y tentador. Encontré tabúes destruidos solo por el deseo de generar dinero. El dinero por el dinero no sirve de nada. Hacer negocios con la salud y la educación no te vuelve un empresario exitoso, de hecho, creo que te reduces al nivel rastrero de una araña, una de esas que camina tranquila por los mismos hilos de la telaraña mencionada. Los derechos fundamentales no pueden ser un negocio, la vida o muerte de una persona no debería ser determinada por dinero. En un país con esta realidad, tener sueños de libertad es un lujo. Al igual que los presos vivimos los peruanos, privados de libertad.

Así entre promesas y puro blah, blah, blah, tenemos que seguir adelante. Palabras que quedan en palabras. “Maten a todos esos progres que salen a marchar”, gritan los provida. Es fácil encontrar la incoherencia ¿no? Sin embargo, cuando se trata de obligar a niñas embarazadas a tener hijos producto de violación, no le ven nada malo. Todo es un disparate, a veces provoca salir por la ventana y gritar ¿Qué diablos está pasando? Cuando vivía en Buenos Aires, lo hice muchas veces, de hecho. Cada vez más envuelto por las tinieblas, creo que entendimos mal la batalla milenaria e infinita entre la luz y la oscuridad ¿En cuál de los dos coloco al bien y al mal? No soy cristiano ni católico, todo lo contrario, pero me gustan las palabras y nombres. Lucifer significa el que trajo la luz, el demonio al que todos le temen y gobierna el inframundo. Por mi naturaleza no creo en eso, pero si es verdad y el cielo es para los provida y antiprogres, prefiero irme contento al infierno.

[MIGRANTE AL PASO] Una extraña sensación de querer volver a ser yo. Me rapé la cabeza. Ya no puedo dejarme el pelo largo. Me estoy quedando calvo y mis entradas se vuelven más prominentes dependiendo de qué tan largo está mi pelo. El espejo me decía que era el mismo. Mis rasgos y gestos se han mantenido; por lo menos eso creo. Me parece que son otras personas las que pueden notar cambios bruscos. Ese niño de pelo rapado, parecido a Gasparín, me miraba. Con medallas colgando del cuello, rodeado de amigos y astuto. Un campeón me mira de vuelta, del otro lado del reflejo. El niño que nunca fue. La promesa perdida. Quien desperdició su talento. Eso me dicen mis propios ojos al mirarme a través del espejo.

Mis propios ojos. Esa mirada la ha compartido el campeón de karate, el adolescente rebelde que no le hacía caso a los profesores, el que se dio un año sabático, el que migró a otro país, quien viajó por el mundo y aún le falta conocer la mayoría, el escritor, el drogadicto que no sabía qué hacer, el tipo deprimido, el que siempre sonríe, el que escribió un libro sin saber por qué y que tampoco sabe por qué escribe ahorita. Todo eso soy. En distintos momentos, pero siempre el mismo. Entonces, ¿por qué esa sensación particular de querer volver a ser yo? No llego a entenderlo. Es una melancolía constante. Estoy aburrido de ser adulto. Tal vez es una pataleta, pero no deja de ser cierta.

Los tiempos están cambiando y, con él, también yo. En diez años el mundo será otro, pero yo quiero dejar de cambiar. Se puede volver agotador. Estoy cómodo. No quiero ver a mis padres ancianos, no quiero vivir en un mundo sin mi abuela y tampoco quiero que esa mirada en el reflejo tenga la cabeza calva; lamentablemente, es un hecho. Ahora, después de una fiesta en la que diez horas pasaron en minutos, escribo estas palabras; de lo contrario, no me atrevería. El alcohol aún está afectándome ligeramente. Igual no veo mucha diferencia entre yo borracho y yo sobrio. Es un poco gracioso; muchos deben creer que estoy totalmente loco, probablemente gente muy normal. Ellos están totalmente locos para mí.

Tu caso es diferente, porque no sabes lo que quieres —me dijeron hace unos días terminando de almorzar—. Nunca había dicho en voz alta y sonriendo que, efectivamente, ni yo sé qué quiero. Ya lo había dicho como protesta, reclamo y excusa. Esta vez simplemente lo acepté. Ese es un cambio que sí me gusta. De hecho, me pregunto si realmente existe gente que sabe lo que quiere. Se me ocurren algunas cosas superficiales como ser millonario y tener una casa en Kyoto; para un “loco” como yo, todo eso solo podría ser una etapa. No concibo el hecho de asentarme y ser de una manera. Soy alguien que normalmente no termina las cosas y las cosas normalmente no terminan como quiero. Solo estoy seguro de un par de cosas, primero que quiero viajar y segundo, escribir. La razón, no la se. Lamentablemente, para eso necesito algo de plata, tampoco infinito. Por eso estoy poniendo un negocio. Si las cosas salen bien, en unos años podrè continuar con mi sueño egoísta. Si salen mal, que no creo, lo hare igual. Caminare un poco más si es necesario. Igual, como mencione antes, no suelo apegarme a un solo plan y quedarme ahí, así que mis sueños también pueden cambiar. Nunca se sabe.

Soy adulto, pero no tan viejo. Por más que sienta lo contrario. Treinta y dos años no está mal. ¿Ustedes saben qué quieren? ¿Qué hacer? ¿También sienten esa melancolía? Espero que alguien mayor me diga que no es una sensación eterna. Probablemente también la sienten, pero sería una melancolía de cuando tenían mi edad. Son pensamientos que aparecen de vez en cuando. Lo bueno es que la melancolía no nace de un sentimiento negativo. En todo caso, es extrañar alegrías pasadas y definitivamente vendrán nuevas; siempre es así. Y eso de extrañar ser yo solo es una ilusión, porque lo soy todos los días. De hecho, felizmente aun me reconozco en mi reflejo eso quiere decir que no me ha pasado nada grave, ni he engordado tanto como para no reconocerme.

[Migrante al paso] ¿Dónde están nuestros héroes de niños? No sé si existan en la vida real, pero me refiero a los ficticios. No hablo de los sabios, sino de aquellos que, siendo jóvenes e inexpertos, se superaban a sí mismos. Lo más importante para ellos siempre es tener las ganas de vivir y tener las mismas ganas de que todos vivan con ese ímpetu. Hace unas semanas agregué un nuevo personaje ficticio a mi lista de ejemplos a seguir. ¿Queda algún caballero honorable? Le gritaba al público como reclamando. Rodeado de caballeros, que poseen un rango que tiene como juramento fundamental proteger al inocente sin importar las circunstancias. No se entiende mucho por falta de contexto, pero lo que importa es el cuestionamiento. La serie se llama El caballero de los siete reinos y su protagonista, el caballero errante Sir Duncan el Alto. Basado en la novela de George R. R. Martin, al comienzo del libro, que tengo pendiente de leer, él le dedica la obra al Duncan que todos llevamos dentro. Suena ridículo hablar de esto, pero me parece demasiado relevante para lo que está sucediendo en el mundo real. Alguien podría responder ese llamado desesperado que pedía a gritos el personaje; todo indica que nuestros héroes han sido abandonados o, peor aún, asesinados por sus seguidores.

Esa pregunta: ¿Queda algo de honor entre ustedes? Sentí que me la estaban haciendo a mí. Me gusta pensar que hubiera respondido sin titubear; nunca he estado en una situación así, por lo tanto, no tengo la certeza. Creo que estuve en lo correcto desde niño. Mejor seguir a estos héroes de cuentos. En la vida real nunca se sabe y decepcionarse es muy fácil. El ejemplo perfecto es el caso Epstein, donde con cada tanda de files liberados al público, una tanda de personajes pasa a ser casi unos monstruos. Bestias monstruosas que justamente suelen ser los enemigos en fantasías, relatos y hasta mitos. Por más revuelo que genere el caso, no llego a ver la indignación que merece el caso.

Aun hay algo de bien
Los líderes del mundo siendo acusados de pedófilos, traficantes sexuales y niveles de corrupción espeluznante, con evidencia contundente. Y hay cosas más raras, desde rituales con sacrificios hasta canibalismo. No puedo confirmar nada, lamentablemente, pero es muy fácil darse cuenta de lo que está pasando. El mundo y el futuro están en manos de estos tipos. No quiero pensar que la humanidad ha caído tan bajo como para seguir y dejar pasar esto desapercibido. Tampoco quiero pensar que estoy siendo demasiado inocente y que el mundo siempre fue ciego. De repente, me aislé demasiado tiempo y ya no sé cómo funciona el mundo. Lo que sí sé es que vivir bajo los niveles de discriminación y crueldad que se ven diariamente no es vivir. Para los que no se sienten atacados directamente, recuerden que, si se meten con ustedes en algún momento, también les gustaría tener a otros de su lado.

Es horrible toda situación, pero es importante saber que no todos son así. Me gusta pensar que solo es una minoría; la relación que tienen con el poder es algo para estudiar. No sé si sea cierto que el poder corrompe a los mejores y atrae a los peores, pero todo parece indicar que es cierto. De adolescente, en una etapa por la que pasamos todos, en la que pensamos que todo el mundo es una mierda, comencé a discutir eso en un almuerzo familiar. Mi tío me preguntó: ¿Tú eres una mierda? Le respondí que no. Entonces no todo es una mierda, me dijo. Solo con un poco de lógica me convenció de que yo estaba equivocado. Solo esa premisa es suficiente para hacer algo, lo que sea, para ayudar, por lo menos para intentar entender las diferencias en lugar de condenarlas.

La primera vez que vi El señor de los anillos, antes de leerlo, entendí de manera abstracta lo que es ser bueno. Claramente, todos tenemos un poco de ambas partes, pero son tus decisiones las que determinan por qué sendero caminas. Desde pequeños detalles. Nosotros, como personas de a pie, simplemente siendo amables ya generamos una diferencia. Como sociedad, se nos está enseñando, a través de redes sociales y noticias, que no tenemos la capacidad de generar un cambio. Eso es mentira y tiene un nombre: indefensión aprendida. La capacidad de agencia es uno de los pilares que nos hace humanos; convencerte de que no puedes hacer nada es justamente darle el gusto a estas personas que quieren mantenerse impunes. Miren lo que hizo Bad Bunny en el Super Bowl, eso es un ejemplo de resistencia y de persona. No me gusta su música, siendo honesto, pero de que es una persona ejemplar, lo es. Salió en nombre de todos los latinos para defendernos de injusticias y brutalidades, y lo hizo donde más les duele. Mejor aún, a través del arte. En la película, Sam, el compañero leal de Frodo, le recuerda: “Hay algo de bien en este mundo, Sr. Frodo, y vale la pena luchar por ello”.

[Migrante al paso] Cinco y media de la mañana. De nuevo, después de meses. El sonido de los dos ventiladores es arrullador, pero no lo suficiente como para ceder al sueño. Uno de ellos apunta directo a mí desde la mesa de noche; el otro, a mis pies, que se escapan de mi frazada. El calor es intenso; aun así, necesito de una sábana o manta. Supongo que el peso ligero del polar es reconfortante. Ayer, hace unas horas, tenía planeado levantarme a las 6 de la madrugada; mi mente no quiso, pues falta menos de media hora. Por épocas me ocurre seguido; en los últimos años, mis noches sin sueño están más dispersas. Mis ojos pesan y arden sin llegar a fastidiar. Tal vez sea la luz de la pantalla. Es raro estar cansado y no poder dormir; nunca lo entendí y aprendí que mejor es no hacerlo. Ahorita ya suenan algunos pájaros; sigue estando oscuro. Por más que el día será un poco pesado, ya disfruté de una noche en silencio. Entre vueltas, música y comidas ansiosas, la noche va avanzando. A uno de cada diez les pasa en el mundo, por lo menos eso dicen. Insomnio crónico.

Esta vez demoré en aceptarlo. Tenía un plan, uno que ya hace unas horas debí notar que iba a ser fallido. No voy a tener la energía para hacerlo perfecto; me refiero a mi día. Igual, lo necesario lo haré. Mi reunión de las 11, que me estaba torturando hace un rato; algo de trabajo ligero y, definitivamente, comprarme mi melatonina en gomitas. Hoy me di cuenta muy tarde de que se me habían acabado. Entonces, no es un plan fallido del todo. Lo que demoré en aceptar fue que mi noche iba a ser larga y que no pude disfrutar esos momentos esporádicos en los que se puede pasar un buen rato. Cuando te pasa seguido, lo que alguna vez odiabas se vuelve entretenido. El cielo ya se está aclarando. Un antojo de chicharrón dominguero ha entrado como un flechazo. , el chinito no abre los lunes; recién me entero. Desayunar desvelado es una sensación extraña. El día comienza a avanzar y tú te sientes desfasado. Es lunes; sin embargo, mi mente está en el domingo.

Estoy atrapado, pensaba, en estas horas de poca luz. Tengo miedo de a lo que me estoy metiendo. Tengo miedo de volverme aburrido por el trabajo. Suena tonto e inmaduro, pero qué puedo decir. Es disonante con la motivación que tengo en esta nueva etapa, por decirlo así. Solo tengo que encontrar la manera de que no sean excluyentes. Mis aventuras tienen que continuar: los viajes. Mis últimas crónicas han sido sobre Trump y ahora, por suerte, tuve insomnio. Se me acaban los temas. Un fin de semana a Cusco se me cruza por la cabeza. No tengo plata, me respondo. Igual, no es mala idea pensar en viajes cortos y cercanos.

Así es el insomnio. Es un espacio donde no se toman decisiones y los pensamientos importantes tienen la misma jerarquía que las trivialidades. En la madrugada todo es menos serio e importante. Así van girando mis ideas como las hélices de mis ventiladores. El calor sería insoportable sin ellos. Tal vez la única amenaza, en este momento de paz, es el día inminente. Se siente eterno. Las contradicciones afloran por todos lados. Mi cuerpo está cansado, pero mi mente quiere escribir. Quiero dormir, pero también quiero esperar a que abran algún lugar donde comprar desayuno. Lo mejor es pensar que, si aprovechaste la noche, el día puede ser menos atolondrado. Las enredaderas y flores que se ven desde mi ventana ya reflejan color. Las sombras van desapareciendo junto con mis ganas de mantenerme despierto.

En este espacio donde no duermes, en cierto sentido también hay descanso. Te liberas de expectativas; a estas horas tardías, a nadie le importas. No hay nada que resolver; intentar hacerlo solo empeora las cosas. Tu identidad diurna desaparece, es casi como dejar de ser alguien. Sin respuestas, sin mensajes y sin juicios. Es casi como tomarse un respiro de la lógica en sí. No es un descanso reparador, pero sí uno que interrumpe lo común. Un descanso donde algo se detiene y se siente bien. Como a estas horas ya no pienso muy bien, puede ser que haya confundido todo y que, en realidad, solo sea una pausa mal hecha.

Algunos perros ya están ladrando. Las combis de Pedro de Osma comienzan a escucharse. No estoy cerca, pero el sonido llega cada vez más claro. Es fácil olvidar que el sonido del día es un bullicio, sobre todo si nunca estás despierto tan tarde. Pasos de gatos hacen retumbar mi techo de madera. Los ventiladores ya no se escuchan tanto. Ya hay gente despertándose para trabajar; en este preciso instante, me gustaría ser uno de ellos. Por mucho que romantice la situación, estar cansado se cobra pequeñas cosas. Nunca te das cuenta cuáles.

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