[EL DEDO EN LA LLAGA] El caso de la red criminal construida por el infame magnate de las finanzas Jeffrey Epstein, si bien resulta escandaloso, no constituye ninguna novedad en la historia del género humano, plagada de atrocidades innombrables que muchos prefieren seguir ignorando.

Epstein armó una red de tráfico sexual sistemático de menores. Se calcula que unas mil niñas y adolescentes fueron reclutadas con promesas de dinero por “masajes” que derivaban en abusos sexuales. Testimonios detallan cómo Epstein y su cómplice Ghislaine Maxwell abusaban sexualmente de las menores en sus propiedades (Nueva York, Palm Beach, isla privada Little St. James, Nuevo México, París). Hay alegatos, algunos en documentos del FBI de 2019 a 2025, de que Epstein “prestaba” sus víctimas a hombres poderosos y adinerados. Esta red involucraba modelos, empleados, pilotos y asistentes que ayudaban a transportar y atraer a chicas jóvenes de distintos países. También hay testimonios aislados aún no corroborados de asesinatos, mutilaciones, sacrificios rituales, cercenamiento de bebés, intestinos removidos y consumo de excrementos (coprofagia) o carne humana (canibalismo) en yates o propiedades de Epstein.

Expertos independientes del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas declararon en febrero de 2026 que los archivos publicados sobre el caso Epstein contienen “evidencia perturbadora y creíble” de abuso sexual sistemático a gran escala, tráfico y explotación de mujeres y niñas, hasta el punto de constituir crímenes de lesa humanidad (esclavitud sexual, prostitución forzada, tortura, etc.), cometidos en un contexto de misoginia extrema, racismo y corrupción.

Hay quienes han querido ver una premonición de lo que recién está saliendo a la luz en la película “Ojos bien cerrados” (“Eyes Wide Shut”, 1999) de Stanley Kubrick, sobre todo en la escena central de la orgía enmascarada en una mansión remota, con máscaras venecianas, rituales formales, contraseñas, jerarquías y un ambiente de poder absoluto. Uno de los temas que la película explora es cómo el dinero y el estatus permiten acceder a mundos prohibidos donde las mujeres son cosificadas, y donde se garantiza la impunidad de los participantes. No es sólo sexo; es control y degradación, esa dinámica de élites que usan su posición para explotar a personas vulnerables sin temer ninguna consecuencia.

Sin embargo, la película que, a mi parecer, mejor retrata esa realidad es “Saló o los 120 días de Sodoma” (“Salò o le 120 giornate di Sodoma”, 1975) de Pier Paolo Pasolini, una adaptación de una obra del Marqués de Sade que el cineasta e intelectual italiano convierte en una alegoría del fascismo. En el film, cuatro libertinos fascistas (el duque, el presidente, el obispo y el magistrado) secuestran a un grupo de jóvenes y los llevan a un castillo remoto durante 120 días, donde crean un régimen totalitario de placeres sádicos. Las víctimas (jóvenes vírgenes, hijos/hijas de los propios libertinos) son tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva (desde humillaciones hasta abuso sexual, coprofagia, tortura y asesinato).

Los cuatro libertinos establecen reglas, contratos y rituales precisamente para afirmar su poder absoluto sobre la ley y la moral. Pasolini lo presenta como la lógica íntima del fascismo/capitalismo desatado: el placer máximo deriva del control total y la degradación ajena sin castigo. El verdadero “producto” no es el sexo, sino la impunidad. Los cuatro poderosos (representando poder económico, político, religioso y judicial) se vigilan y refuerzan entre sí.

“Saló” es ficción alegórica extrema, diseñada para ser insoportable y denunciar el fascismo como posibilidad permanente del poder. Por la crudeza de sus imágenes, no obstante su valor artístico, el film fue prohibido o censurado en decenas de países, entre ellos Italia, Reino Unido, Alemania Occidental, Suecia, Nueva Zelanda y Canadá

Los paralelos con el caso Epstein son evidentes. Tanto en el film como en el caso que nos atañe había un espacio aislado y “extraterritorial”, donde las víctimas eran tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva. La isla Little St. James, de propiedad de Epstein, funcionaba como un enclave aislado, accesible solo por avión privado o yate, donde se alega que ocurrían abusos sistemáticos sin interferencia externa. Los archivos del caso Epstein muestran una red de contactos entre multimillonarios, políticos y figuras influyentes, donde la participación o el conocimiento mutuo creaba una barrera de silencio y protección.

Mientras que Pasolini filmaba para provocar y diagnosticar la corrupción del poder, lo de Epstein ocurrió en una sociedad democrática con leyes, pero con fallas institucionales que permitieron la impunidad por décadas. Pero tanto en el film como en la realidad se constata que la concentración extrema de riqueza y poder puede generar espacios de impunidad donde la explotación se convierte en sistema.

Las semejanzas van más allá de los contextos históricos. Pues Pasolini concebía el fascismo no como un régimen histórico puntual, el de Benito Mussolini, sino como una posibilidad permanente y estructural del capitalismo avanzado, lo que algunos llaman “capitalismo filofascista”, “neofascismo consumista”, “fascismo tardocapitalista” o “fascismo total” en su forma más sutil y depredadora.

Pasolini lo dijo explícitamente en sus ensayos de los años 70: que el consumismo masivo y el neocapitalismo no son opuestos al fascismo; son su evolución más eficaz y menos visible. Mientras el fascismo clásico usaba uniformes, marchas y propaganda nacionalista abierta, el “nuevo fascismo” (el del capital desregulado) homogeneiza culturalmente, anula la diversidad, reduce al ser humano a objeto de consumo y crea espacios de impunidad absoluta para las élites.

Esto se aplica perfectamente a la red de Epstein. El capitalismo filofascista se manifiesta en la cosificación extrema de las víctimas (niñas tratadas como mercancía intercambiable, reclutadas en red piramidal), la protección mutua entre poderosos (contactos cruzados que crean silencio cómplice) y la degradación antropológica (aquí, por la explotación sexual sistemática de personas vulnerables). No se trata de ideología explícita, sino de una lógica fascistoide inherente al poder desnudo. Cuando la acumulación ilimitada de riqueza elimina cualquier freno ético o legal, surge un “fascismo de mercado” o “anarquía del poder” donde las élites crean micro-totalitarismos privados. Pasolini lo llamó «fascismo total» porque penetra hasta en lo corporal y lo íntimo.

Así lo expresaba en sus “Escritos corsarios”, una recopilación de artículos periodísticos y ensayos breves escritos entre 1973 y 1975:

«Creo profundamente que el verdadero fascismo es lo que los sociólogos han llamado con demasiada buena voluntad “la sociedad de consumo”. […] Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, ha transformado profundamente a los jóvenes, los ha tocado en lo íntimo, les ha dado otros sentimientos, otros modos de pensar, de vivir, otros modelos culturales. No se trata ya de una regulación superficial, escenográfica, como en la época mussoliniana, sino de una regulación real que les ha robado y cambiado el alma. […] La “civilización del consumo” es una civilización dictatorial. En suma, si la palabra fascismo significa la prepotencia del poder, la “sociedad de consumo” ha realizado bien el fascismo».

Epstein no era un “perverso aislado”; era el gestor de un enclave extraterritorial (la isla, el jet, las mansiones) donde elites capitalistas experimentaban la impunidad total. El placer máximo no viene del sexo en sí, sino de violar todas las leyes humanas sin consecuencias, igual que en “Saló”, donde el sadismo se ritualiza para afirmar el poder absoluto.

De este modo, “Saló” no es sólo una comparación estética o de atrocidades. Es una premonición ideológica que Pasolini lanzó contra el capitalismo consumista, y los archivos de Epstein la hacen sonar proféticamente acertada. Muestra cómo el poder absoluto, cuando se desliga de cualquier rendición, tiende a reproducir dinámicas fascistas, no por nostalgia mussoliniana, sino por la lógica interna del capital sin frenos.

[EL DEDO EN LA LLAGA]  La película “Grâce à Dieu” (“Gracias a Dios”, 2018) del cineasta francés François Ozon nos muestra las dificultades que tienen que afrontar las víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica. Allí se nos cuenta un drama basado en hechos reales que denuncia el escándalo de abusos sexuales en perjuicio de menores cometido por el sacerdote Bernard Preynat en Lyon (Francia), entre los años setenta y noventa, principalmente en campamentos de scouts. Está confirmado que Preynat abusó de por lo menos 70 menores de edad, aunque se estima que el número de víctimas llegaría a las 400, y las autoridades de la Iglesia católica encubrieron los hechos durante décadas.

El film se centra en la historia de tres víctimas:

  • Alexandre Guérin, un banquero exitoso, católico practicante, casado y padre de cinco hijos.
  • François Debord, un ateo furioso y activista, que canaliza su rabia en acciones directas.
  • Emmanuel Thomassin, un hombre más atormentado y emocionalmente inestable, cuya vida ha sido profundamente marcada por el trauma.

Los tres, los cuales inicialmente no se conocen entre sí, terminan uniéndose a través de la asociación “La Parole Libérée” (“La Palabra Liberada”, fundada por sobrevivientes reales como François Devaux y Alexandre Hezez), que recopila testimonios, crea una red de apoyo y presiona judicial y mediáticamente para que se levante el secreto y se haga justicia. Se muestran sus luchas personales, el impacto del trauma en sus vidas (familia, fe, identidad), las respuestas evasivas o insuficientes de la Iglesia (incluyendo el famoso lapsus del cardenal Barbarin, arzobispo de Lyon: “La mayoría de los hechos, gracias a Dios, están prescritos”), y cómo forman una comunidad para romper el silencio y buscar reparación.

Pero también se muestran los conflictos internos que aquejan a una asociación de víctimas. Mientras unos quieren ir más allá de sus casos individuales y denunciar el sistema eclesiástico que permite que clérigos cometan abusos, sistema que luego los encubre y protege, otros se contentan con que los responsables paguen sus culpas, y también hay víctimas que se niegan a unirse a las denuncias porque están tan afectadas por el trauma, que se sienten incapaces de soportar la presión pública que significa exponer abiertamente sus casos, o simplemente no logran reunir el valor para unirse a esta lucha. Porque hay algo muy cierto: el activismo abierto contra la pederastia eclesial suele traer consigo un alto costo personal y no pocos problemas individuales y sociales.

Ciertamente, las asociaciones de víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica han jugado un papel muy importante en la visibilización de los abusos y la ruptura del silencio. Han sido fundamentales para exponer encubrimientos sistémicos a nivel global, forzando la agenda pública y mediática. Ofrecen redes de apoyo mutuo, grupos de sanación, recursos psicológicos/emocionales y conexiones legales. Muchas son lideradas por sobrevivientes, lo que genera empatía y credibilidad entre víctimas que desconfían de instituciones eclesiales o estatales.

Han logrado avances concretos: listas públicas de clérigos acusados (en EE.UU. y otros países), políticas de “tolerancia cero” en algunas diócesis, presión al Vaticano y colaboración en comisiones de la verdad (Australia, Francia, Alemania). Han impulsado cambios legislativos (imprescriptibilidad en algunos países) y denuncias ante la ONU.

Sin embargo, algunos críticos, incluyendo algunos sobrevivientes y analistas, señalan que priorizan la Iglesia católica sobre otros contextos de abuso (escuelas, familias, otras religiones), lo que puede percibirse como sesgo anticatólico o agenda ideológica más que protección universal de menores.

No han faltado en esas asociaciones conflictos internos y crisis de liderazgo. Algunas voces, incluyendo sobrevivientes que encontraron sanación en la Iglesia, critican que ciertos grupos parecen más enfocados en atacar la institución eclesiástica que en sanar a víctimas o colaborar constructivamente. Muchas operan con donaciones y voluntarios, lo que restringe su alcance, especialmente en regiones pobres o con fuerte influencia eclesial.

Además, muchos de quienes hemos sido víctimas de abusos por parte de personal clerical o religioso de la Iglesia católica —en mi caso, en el Sodalicio de Vida Cristiana— creemos que los abusos sexuales son sólo el síntoma de un problema más profundo. Y que la lucha contra los abusos sexuales no podrá tener éxito si no se atacan las raíces mismas, que radican en el abuso de poder y abuso de conciencia que practican sistemas de rasgos autoritarios e instituciones de características sectarias.

SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), la más antigua asociación de víctimas de la Iglesia católica, fundada en 1988 por Barbara Blaine (1956-2017), una sobreviviente de abusos, sufrió entre 2016 y 2017 una crisis de liderazgo, la cual llevó a renuncias masivas. En diciembre de 2016, David Clohessy, director nacional durante décadas y figura pública clave, renunció abruptamente, citando conflictos internos y preocupaciones por su salud. Clohessy era una de las voces más visibles de SNAP en medios y audiencias. En febrero de 2017, Barbara Blaine, fundadora y presidenta, también renunció, dejando a la organización sin sus líderes históricos en un corto período. Estas salidas ocurrieron en medio de una convulsión institucional, con reportes de divisiones internas, pérdida de confianza y cambios en la dirección, pues Barbara Dorris asumió como nueva líder.

En enero de 2017, Gretchen Hammond, una exempleada administrativa había presentado una denuncia alegando que SNAP tenía un esquema de comisiones o pagos de retorno con abogados que representaban a sobrevivientes en demandas contra la Iglesia. Según la denuncia, SNAP aceptaba comisiones financieras —en forma de “donaciones”— de abogados que representaban a víctimas de abuso sexual. A cambio, SNAP refería o dirigía a sobrevivientes como clientes potenciales a esos abogados, quienes luego presentaban demandas contra la Iglesia Católica, a menudo con acuerdos millonarios. SNAP negó las acusaciones, afirmando que aceptaba donaciones de abogados pero no dirigía clientes. Más de la mitad de las donaciones anuales de SNAP provendrían en ese momento de abogados litigantes, e incluso se mencionaba un abogado de Minnesota que habría donado alrededor de un millón de dólares. Esto convertía a a SNAP en una “operación comercial” que “entregaba” víctimas a abogados para beneficio mutuo. La demanda generó escrutinio mediático y contribuyó directamente a las renuncias de Clohessy y Blaine. El caso se resolvió posteriormente en 2018 con un acuerdo extrajudicial, sin admisión de culpa por parte de SNAP, y Clohessy regresó regresó parcialmente a SNAP en 2018 como portavoz voluntario.

Problemas internos de otro tipo también han afectado a Ending Clergy Abuse (ECA).

Este proyecto había sido concebido en agosto de 2017 por Barbara Blaine, poco antes de su muerte inesperada en septiembre de 2017, junto a Timothy Law, abogado de Seattle, y otros activistas, con el nombre inicial de The Accountability Project (TAP). Esta iniciativa se convirtió rápidamente en Ending Clergy Abuse (ECA). Surgió como respuesta a la necesidad de una red internacional unificada de sobrevivientes y activistas contra el abuso sexual clerical en la Iglesia Católica, donde los casos de encubrimiento y falta de rendición de cuentas eran —y siguen siendo— un problema sistémico global. La organización se presentó públicamente en junio de 2018 en Ginebra (Suiza), con una conferencia de prensa el 7 de junio de 2018. En ese momento, ya contaba con más de 25 sobrevivientes y activistas de 15 países y 4 continentes. El anuncio coincidió estratégicamente con la visita del Papa Francisco a Ginebra (21 de junio de 2018), para presionar por mecanismos centrales de rendición de cuentas de obispos y una política global de tolerancia cero.

ECA ha organizado manifestaciones de resonancia mediática, a fin de visibilizar el problema de abusos en la Iglesia católica, entre los cuales se cuentan la “March to Zero Tolerance”, que tuvo su epicentro en Roma a fines de septiembre de 2023. También tuvieron resonancia la reunión de la junta directiva de ECA con el Papa León XIV el 20 de octubre de 2025, y la Cumbre Global ECA en Buenos Aires (16 de diciembre de 2025), que fue el primer evento internacional dedicado exclusivamente a alegaciones de abusos institucionales, coerción y explotación en el Opus Dei, centrado en testimonios de sobrevivientes y acceso a la justicia.

Pero más allá eventos mediáticos, ECA no puede ostentar ningún logro significativo en la lucha contra el abuso clerical. El éxito que han tenido algunos miembros de ECA en su lucha para que los responsables rindan cuentas se debe exclusivamente a iniciativas personales que no fueron apoyadas institucional ni financieramente por la asociación. Por ejemplo, fue la labor de Pedro Salinas, hasta hace poco miembro destacado de ECA, junto con la de otras víctimas y periodistas, la que contribuyó a la disolución definitiva del Sodalicio de Vida Cristiana.

También es conveniente mencionar que hubo otros integrantes de ECA a lo largo de su breve historia que renunciaron a la asociación, desilusionados ante la manera en que se manejaban los asuntos internos, en ocasiones muy similar a la manera autoritaria en que se manejan muchos asuntos dentro de la Iglesia católica.

En diciembre de 2025, ECA contaba oficialmente con 45 miembros. Ese mismo mes 8 de esos miembros —entre los cuales me cuento yo mismo desde la campaña en Roma en septiembre de 2023— decidimos renunciar a la asociación debido a una serie de circunstancias y acciones por parte de miembros de la junta directiva, que ponían en tela de juicio el talante democrático de la asociación. La junta directiva se negó a proporcionarnos información transparente sobre el proceso de expulsión de un miembro de ECA que había participado en las jornadas de septiembre de 2023 en Roma. Se nos quiso imponer un código de conducta más apropiado para instituciones donde los abusos sexuales eran probables y frecuentes. Se quiso implementar la obligatoriedad de entrenamientos (que debíamos pagar nosotros mismos) en el tema de abusos, además de cuotas en dinero para asociados.

He aquí lo que expresamos los renunciantes:

«Aun cuando ECA tenga fines justos y nobles por los cuales siempre lucharemos personalmente, consideramos sin embargo que a muchos no nos ha traído ningún beneficio verificable pertenecer a la organización, pero sí podríamos tener problemas en el futuro debido a una mala gobernanza que se ha inclinado hacia un autoritarismo inaceptable.

Durante los últimos años, muchos miembros de ECA han expresado su profundo descontento con la gestión de la organización por parte de la junta directiva, gestión marcada por el autoritarismo, la negativa a escuchar la opinión de las bases y la imposición de decisiones desde arriba. Hemos utilizado todos los mecanismos disponibles en una organización democrática para fomentar el debate sobre la buena gobernanza democrática. La junta directiva se ha negado repetidamente a permitir que este debate se lleve a cabo. ECA ha dejado de ser una organización democrática.

Las bases no tienen derechos, sólo obligaciones arbitrarias establecidas por la junta directiva. Se nos pide que contribuyamos con nuestro esfuerzo y trabajo a una organización donde no tenemos voz. El autoritarismo con el que opera ECA hoy en día se asemeja mas a la Iglesia católica que a una organización de derechos humanos. Se ha permitido que prospere un ambiente tóxico. Permanecer en dicha organización infligiría daño moral a cualquier activista de derechos humanos que se precie. Por todas estas razones, no queremos formar parte de ECA y hemos decidido renunciar a nuestra membresía».

En un solo mes ECA ha perdido el 18% de sus miembros. Los renunciantes son originarios de España, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y El Salvador. Por eso mismo, decíamos también en uno de nuestros escritos a la junta directiva:

«Agotamos todos los mecanismos a nuestro alcance para obtener respuestas y propiciar un cambio de actitud; sin embargo, una y otra vez nos encontramos con una negativa sistemática que impidió, cuando menos, recibir respuestas claras y serias a los planteamientos expresados.

Durante este proceso cuestionamos, nos quejamos y también propusimos alternativas que permitieran dar un giro a la verticalidad impuesta. No obstante, todos nuestros intentos fueron ignorados u opacados. Por el contrario, fuimos calificados como un “pequeño grupo”, “disidentes” o “latinoamericanos”».

La lucha contra los abusos sigue siendo una de nuestras banderas. Esperamos que las organizaciones que siguen abocadas a esta causa aprendan de sus errores y no socaven sus legítimas batallas con actitudes similares a las que están en la raíz de los abusos mismos.

[El dedo en la llaga] El 10 de enero de 2026 murió en Suiza, a los 90 años de edad, el autor de bestsellers Erich von Däniken (1935-2026), cuyos libros “Recuerdos del futuro” (1968) y “Regreso a los estrellas” (1970) devoré con ahínco en mi infancia. Los adquirí con mis propinas en la desaparecida Librería Castro Soto que quedaba en la calle Miguel Dasso, a la cual me iba en bicicleta desde mi casa en la calle Julio Becerra 155, situada a espaldas del Inmaculado Corazón, colegio privado de primaria sólo para varones. Incluso mis padres me llevaron al cine a ver el documental basado sobre el primero de los libros, que fue estrenado —si no me falla la memoria— en el legendario Cine Roma.

Estamos hablando de otra época, de una era predigital donde los libros eran para nosotros, menores de edad entonces, mundos que descubrir, e ir al cine era una experiencia colectiva que no se comparaba con lo que nos ofrecía una televisión con tubos de rayos catódicos e imágenes en blanco y negro. Y donde hasta un documental en colores podía ser una experiencia fascinante.

Erich von Däniken fue mi primer guía intelectual en el descubrimiento del mundo antiguo con sus ruinas misteriosas, monumentos gigantescos y figuras crípticas, cargadas de un arte y una escritura que necesitaban ser descifradas e interpretadas dentro un contexto histórico que se escapaba a nuestra comprensión. Y este autor suizo traía consigo una interpretación de estos datos que no solamente era novedosa, sino que desafiaba lo que las ciencias habían podido descubrir hasta entonces: las huellas arqueológicas nos daban indicios de la presencia de extraterrestres en nuestro mundo desde épocas ancestrales.

Por supuesto, se trataba de un embuste creado por la imaginación de alguien que no era arqueólogo ni aplicaba un método científico. Era un autodidacta empedernido que nunca tuvo estudios académicos, pues los únicos oficios que aprendería son el de cocinero y el de hotelero.

Erich von Däniken nació como el cuarto de cinco hijos del fabricante de ropa Otto von Däniken y de su esposa Magdalena en Zofingen (Suiza). Pasó su etapa escolar en las localidades suizas de Niedererlinsbach, Rabius, Schaffhausen y Friburgo. Allí asistió, a partir de los trece años, al Kollegium St. Michael de la orden jesuita. Durante ese tiempo se interesó especialmente en la filosofía, la teología y la arqueología. Posteriormente completó un aprendizaje como cocinero.

Mientras trabajaba como aprendiz de hotelería en el Hotel Schweizerhof de Berna, realizó en 1954 su primer viaje a Egipto y comenzó a buscar traducciones de textos cuneiformes. Le siguieron empleos en varios hoteles. Tras un breve paso por la fábrica de sopas Knorr, von Däniken se convirtió en gerente del restaurante Mirabeau en Berna. En 1964 asumió la dirección del Hotel Rosenhügel, un hotel de temporada de invierno en Davos.

A finales de 1968, von Däniken fue detenido en Viena a instancias de la fiscalía del cantón de los Grisones (Suiza), acusado y condenado el 13 de febrero de 1970 a tres años y medio de prisión por falsificar registros financieros, malversación y fraude, al engañar a instituciones para obtener préstamos. Utilizó este dinero para financiar su costoso estilo de vida y los viajes de investigación para su primer libro, “Recuerdos del futuro”. Antes de este gran proceso, ya contaba con condenas en la década de 1950 por robo y fraude. Durante el juicio de 1970, un informe psiquiátrico lo describió como un “mentiroso notorio” con una fuerte necesidad de reconocimiento.

Von Däniken pudo abandonar la prisión tras 18 meses, gracias a la computación de la prisión preventiva y por buena conducta. En 1982, el Tribunal Cantonal de los Grisones anuló la sentencia y rehabilitó a von Däniken. Durante su prisión, el libro “Recuerdos del futuro” fue adaptado al cine por Harald Reinl. La película recibió una nominación al Óscar.

Von Däniken terminaría abandonando el negocio hotelero y dedicándose por completo a la pseudo-ciencia bautizada con el nombre de paleoastronáutica (o pre-astronáutica). Esta afición le traería ingresos millonarios, gracias a la venta de los más de 40 libros que publicó en vida, muchos de los cuales serían traducidos a 32 idiomas.

Por lo menos a partir de 2003, sus libros fueron publicados por la editorial Kopp, a la que el renombrado periódico alemán Die Welt califico como una «empresa especializada en esoterismo, teorías de la conspiración y desinformación».

¿Pero en qué consistía el método de von Däniken, que lo llevaba a la conclusión de que los extraterrestres tuvieron un rol muy importante en el desarrollo de las civilizaciones antiguas?

Su “investigación” consistía en:

  1. Viajar mucho y observar directamente los sitios.
  2. Fotografiar y describir lo que veía.
  3. Plantear preguntas retóricas del tipo “¿cómo pudieron hacer esto sin ayuda externa?”
  4. Proponer la intervención extraterrestre como la explicación más “lógica” cuando la arqueología convencional no daba —según él— respuestas suficientes.

Tomaba fotos de monumentos, relieves, estatuas y objetos antiguos, y luego los reinterpretaba como representaciones de astronautas, naves espaciales, cascos, trajes o tecnología avanzada (por ejemplo, la losa de Palenque que interpreta como un astronauta en una cápsula, o las líneas de Nazca como pistas de aterrizaje). Interpretaba pasajes de la Biblia (especialmente Ezequiel y sus “carros de fuego”), mitos sumerios, hindúes, sudamericanos, africanos, etc., como recuerdos distorsionados de contactos con extraterrestres. No hacía análisis filológico o histórico profundo, sino comparaciones superficiales y especulativas. Destacaba objetos o construcciones que, según él, eran demasiado precisos o avanzados para la tecnología de la época (pirámides, baterías de Bagdad, pilar de hierro de Delhi, etc.), aunque muchas de estas “anomalías” ya tenían explicaciones científicas aceptadas que él ignoraba o rechazaba.

A esto se suma una subestimación etnocéntrica y discriminatoria de las capacidades de las culturas antiguas, al asumir que no pudieron tener ciertos logros sin ayuda externa. Proyectaba tecnología moderna (naves, cascos, trajes espaciales) sobre arte y mitos antiguos, ignorando su simbolismo religioso y cultural. Nunca presentaba artefactos inequívocamente extraterrestres, ADN alienígena, tecnología no terrestre o pruebas físicas directas. Sus “evidencias” eran siempre reinterpretaciones subjetivas de objetos humanos conocidos.

La comunidad científica considera su trabajo pseudociencia porque no seguía estándares rigurosos, seleccionaba evidencias de forma sesgada, no citaba fuentes fiables de manera adecuada y no sometía sus ideas a verificación o crítica seria. Sin embargo, su método de “ir al lugar y verlo con mis propios ojos” fue clave para el atractivo popular de sus libros y teorías.

Así lo recuerda un compañero de clase mío del Colegio Alexander von Humboldt, el cual tenía una casa de vacaciones en la bahía de Paracas. Me contó una vez que conoció personalmente a von Däniken, en una de sus visitas al Perú. El suizo pidió que lo llevaran en bote a ver el candelabro de Paracas. Me cuenta mi amigo que llegó, lo vio, tomó unas cuantas fotografías y eso fue todo. En sus libros ese geoglifo sobre una colina de arena que da al mar sería interpretado como una señal para naves extraterrestres que apuntaba hacia las líneas de Nazca, que les habrían servido de pistas de aterrizaje.

A esto se suma que la idea de la presencia de extraterrestres en los albores de la civilización ni siquiera es original de von Däniken. El autor francés Robert Charroux (1909-1978), en su libro “Historia desconocida de los hombres” (1963), ya presentaba muchas de las pruebas y argumentos (como el de las líneas de Nazca) que von Däniken utilizaría más tarde en “Recuerdos del futuro”. De hecho, von Däniken fue acusado de plagio y su editorial tuvo que incluir a Charroux en la bibliografía de ediciones posteriores para evitar demandas legales. Los escritores franceses Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-1978), en su popular libro “El retorno de los brujos” (1960), especularon sobre la posibilidad de visitas extraterrestres en la antigüedad y de conocimientos perdidos. El “investigador” estadounidense Charles Fort (1874-1932) recopiló, a principios del siglo XX, miles de fenómenos inexplicables y sugirió en obras como “El libro de los condenados” (1919) que la humanidad podría estar bajo la observación o control de seres de otros mundos. En la ficción, la teoría de “alienígenas” que habitaron hace millones de años la Tierra constituye la base de varios relatos del escritor H.P. Lovecraft (1890-1937).

Antes de ser escritor de bestsellers, Erich von Däniken fue un embaucador que cometió delitos financieros. Descubrió que le iba a ir mejor si embaucaba —no sé si con buenas o malas intenciones— a millones de lectores con teorías extravagantes sobre la presencia de extraterrestres en el pasado humano. Lo que logró como efecto colateral benéfico es despertar en muchos un inmenso interés por la arqueología, lo cual difícilmente se hubiera logrado con escritos científicos y académicos sobre el tema. Y aprendimos a no tomar en serio sus interpretaciones fantásticas, así como tampoco creemos en las explicaciones conspirativas oficiales que nos dan algunos sobre datos y hechos, cuya veracidad ha sido demostrada fehacientemente o que hemos visto con nuestros propios ojos.

[EL DEDO EN LA LLAGA] En 1995, Umberto Eco publicó su ensayo “Eternal Fascism” (“El fascismo eterno”), identificando 14 características típicas de esta ideología, la cual él también denomina ur-fascismo, es decir, el fascismo primordial, arquetípico o eterno, es decir, una forma esencial y subyacente del fascismo que trasciende las manifestaciones históricas concretas (como el fascismo italiano de Mussolini o el nazismo alemán). Según Eco, el ur-fascismo no es un sistema ideológico rígido y coherente, sino una nebulosa de actitudes, impulsos y características que pueden aparecer en combinaciones variables y que sobreviven al fascismo histórico del siglo XX. Estas características pueden manifestarse en movimientos políticos modernos, incluso bajo apariencias inocentes o democráticas, sin que necesariamente se declare abiertamente fascista.

Las reflexiones del filósofo italiano revisten suma actualidad, y nos sirven para identificar los diferentes fascismos que han tomado carta de ciudadanía no sólo en la política actual a nivel mundial, sino también en el ámbito religioso.

Ya hace 30 años, Eco alertaba sobre el peligro de estas corrientes de pensamiento:

«El ur-fascismo sigue entre nosotros, a veces en ropa de civil. Sería mucho más fácil para nosotros si apareciera en la escena mundial alguien que dijera: “Quiero reabrir Auschwitz, quiero que las Camisas Negras vuelvan a desfilar por las plazas italianas”. La vida no es tan sencilla. El ur-fascismo puede regresar bajo los disfraces más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y señalar con el dedo cada una de sus nuevas manifestaciones —todos los días, en todas las partes del mundo—. Merece la pena recordar las palabras de Franklin Roosevelt del 4 de noviembre de 1938: “Me atrevo a afirmar, desafiando a quien corresponda, que si la democracia estadounidense deja de avanzar como una fuerza viva, buscando día y noche por medios pacíficos mejorar la suerte de nuestros ciudadanos, el fascismo crecerá en fuerza en nuestra tierra”. La libertad y la liberación son una tarea interminable».

Las palabras del presidente Roosevelt son proféticas y parecen haberse cumplido en el presente bajo la administración del presidente Donald Trump. Pero quizás lo que más nos puede interesar es cómo se plasman esas características del “fascismo eterno” en asociaciones religiosas, sobre todo las que forman parte de la Iglesia católica. Para ello voy a ir enumerando esas características, comentando cómo se plasmaban en el Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica que fue suprimida el 14 de abril de 2025 por el Papa Francisco y a la cual yo estuve vinculado durante treinta años.

  1. El culto a la tradición. El fascismo eterno se basa en un sincretismo cultural que rechaza la innovación y ve la verdad como ya revelada en un pasado mítico.

En el Sodalicio se veneraba la Antigüedad Cristiana y la Edad Media como épocas de plasmación perfecta de los valores cristianos en la sociedad —lo que conocemos como la cristiandad occidental— y se veía el desarrollo de las ideas a partir del Renacimiento como un declive en decadencia continua que conducía a la configuración de la sociedad moderna

  1. El rechazo de la modernidad. Ve la Ilustración y la razón moderna como el origen de la decadencia, aunque pueda aceptar avances tecnológicos superficiales.

El mundo actual era visto como un ente en absoluta decadencia, producto de la Reforma protestante, la Ilustración y la Revolución Francesa, todos ellos sucesos que desembocaron en la sociedad moderna, donde no existiría ningún pensamiento ni sistema ideológico rescatable.

  1. El culto a la acción por la acción. La acción se valora por sí misma, sin reflexión; pensar es una forma de debilidad. Se asocia al irracionalismo y al antiintelectualismo.

Si bien en el Sodalicio se insistía en que uno debía tener un pensamiento racional y desconfiar de los sentimientos, no se permitía ser crítico con los postulados ideológicos de la institución. Más bien, se debía actuar sin pensar cuando un superior daba una orden.

  1. El desacuerdo es traición. La crítica o el desacuerdo se consideran traición; no se tolera el debate racional.

En el Sodalicio quien criticaba el pensamiento único imperante o manifestaba discrepancias era considerado un traidor, al cual se le tenía que disciplinar y castigar.

  1. El miedo a la diferencia. Explotación del temor a lo diferente; el primer enemigo son los “intrusos”. Por definición, es racista.

La frase “un sodálite sólo puede ser amigo de otro sodálite” que repetía Luis Fernando Figari, el fundador del Sodalicio, expresaba la desconfianza que se debía tener hacia todo el que fuera ajeno a la institución. “Un cholo nunca podrá ser un buen sodálite”, otra frase suya, expresaba el desprecio que tenía hacia todo aquel que tuviera ancestros indígenas.

  1. Apelación a la frustración social. Surge de la frustración individual o colectiva, especialmente de clases medias amenazadas por crisis económicas o presión de grupos inferiores.

El Sodalicio buscó al principio a sus adeptos entre jóvenes de clases medias y altas, frustrados por la falta de perspectivas en el Perú, que pasó por una dictadura militar en los setenta, y por graves crisis económicas y sociales en los ochenta, a las cuales se sumó la amenaza terrorista en los ochenta y noventa.

  1. Obsesión por el complot. Los seguidores se sienten asediados por enemigos internos y externos; la vida nacional se ve como una conspiración permanente.

En los años setenta y ochenta se nos hablaba en el Sodalicio de la conspiración judeo-masónica para dominar el mundo. A eso se sumó la amenaza que constituía el comunismo y su supuesto socio, la teología de la liberación, que presuntamente no era otra cosa que la infiltración del marxismo dentro de la Iglesia. Y al Plan de Dios se contraponía el plan del demonio para descristianizar a la sociedad.

  1. El enemigo es a la vez demasiado fuerte y demasiado débil. Los enemigos son humillados, pero al mismo tiempo se les presenta como invencibles para justificar la lucha eterna.

Se nos inculcaba a los sodálites que teníamos la fuerza para vencer al mal en el mundo, pero a la vez este mal era sumamente poderoso y omnipresente, de modo que necesitábamos de la ayuda constante de Dios.

  1. La vida es lucha permanente. La paz es vista como una conspiración; se prepara para una batalla final apocalíptica (como el Armagedón o la guerra racial).

“La vida es milicia”, frase atribuida a José Antonio Primo de Rivera, era uno de los lemas que se nos repetía, refrendado por una cita del libro de Job en la versión de la Biblia de Jerusalén: “¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra?” (Job 7, 1). Las lecturas obligadas de libros de ciencia ficción distópica —como “1984” de George Orwell y “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, entre otros— alimentaban en nosotros la conciencia de que los tiempos apocalípticos estaban cerca.

  1. El desprecio por los débiles (elitismo popular). Se fomenta un elitismo de masas: cada ciudadano desprecia a los inferiores, pero admira a un líder superior.

Los sodálites se concebían como una élite que iba a reformar y salvar a la Iglesia, bajo la guía de su líder Figari, mientras que se tenía en menos a las demás asociaciones y órdenes religiosas —se decía que eran relajadas y poco exigentes— y también a los católicos de a pie, a los cuales se denostaba con el término despectivo de “parroquieros”.

  1. El culto al heroísmo y a la muerte. Se educa en el heroísmo; el héroe aspira al martirio, y la muerte es glorificada.

Aquí es pertinente citar dos estrofas del “Himno sodálite a Cristo Rey”, cantado solamente en ocasiones solemnes a puerta cerrada:

Soy de Cristo soldado escogido,

su bandera he jurado seguir,

lucharé por la fe decidido

aunque sea preciso morir,

aunque sea preciso morir.

 

Es María y Cristo que llaman,

nos convocan a una lucha sin par.

Cristo Rey, tus sodálites te aman

y desean morir por tu ley,

y desean morir por tu ley.

  1. El machismo y el culto al arma. Transferencia de la voluntad de poder a la esfera sexual (machismo, condena de costumbres no convencionales) y al manejo de armas.

Figari solía hablar del “estilo viril que nos caracteriza” y también nos inculcaba una misoginia profunda: “A la mujer, ¡con la punta del zapato!” Más aún, cuando alguien mostraba desaliento o tenía un momento de debilidad, se le comparaba con las mujeres: “Pareces una hembrita con tetas y todo”.

  1. Populismo cualitativo. El líder interpreta la “voluntad del pueblo” de forma selectiva; el parlamento o las instituciones democráticas se rechazan por no representar la verdadera voz popular.

NI que decir, los mecanismos democráticos eran totalmente ajenos al Sodalicio. Se consideraba la democracia en cuanto sistema político como una muestra de la decadencia de Occidente. Y al interior del Sodalicio, el único que representaba la voluntad de los sodálites era Figari, a quien todos debían obediencia incondicional.

  1. Uso de la neolengua. Empleo de un vocabulario pobre y sintaxis simplificada para limitar el pensamiento crítico y complejo.

Como ya lo he señalado en mi libro Las Líneas Torcidas (Lima 2025), “en el Sodalicio se fue creando un léxico propio, que debía ser vehículo de expresión de la espiritualidad sodálite y al cuál debían ceñirse todos los sodálites”. El control del lenguaje era una herramienta para controlar los pensamientos.

Lamentablemente, estas características del “fascismo eterno” también serían identificables en otras asociaciones católicas. No debemos parar en denunciar y señalar este mal, que constituye un peligro no sólo para las personas vinculadas a ellas, sino para la sociedad en general.

[EL DEDO EN LA LLAGA] En el año 2002, el Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge (Asociación Alemana para el Cuidado de las Tumbas de Guerra) —una organización humanitaria fundada el 16 de diciembre de 1919, cuya misión principal es localizar, mantener y cuidar las tumbas de los soldados y víctimas alemanas de guerras y tiranías, principalmente fuera de las fronteras del país germano— publicó el libro “Weihnachtsgeschichten aus schwerer Zeit” (“Historias de Navidad en tiempos difíciles”), donde recogía testimonios de experiencias navideñas, principalmente durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, una época donde el hambre, la angustia, el sufrimiento y la muerte eran omnipresentes, tanto entre los soldados que participaron de la guerra como entre los civiles, que sufrieron las acciones bélicas —muchas de ellas criminales y genocidas— de los Aliados, las cuales eran frecuentemente ellas mismas una respuesta a las acciones criminales y genocidas de los ejércitos alemanes. Sí, porque en tiempos de guerra no hay buenos y malos, sino seres humanos atrapados en medio de un conflicto sin sentido. Pero en medio de este fracaso de la humanidad por parte de ambos bandos enfrentados, siempre quedaban rasgos de humanidad, resaltados en estas historias, muchas de las cuales no se pueden leer sin que las lágrimas asomen a los ojos.

El Volksbund siempre ha estado empeñado, desde una perspectiva antibélica y a favor de la paz, en mostrar el lado humano de los alemanes que se vieron involucrados en la guerra. Ejemplo de ello son los dos volúmenes titulados “Menschen wie wir…” (“Gente como nosotros…”), publicados en los años 2000 y 2001 respectivamente, que incluye reseñas biográficas de alemanes que murieron o desaparecieron durante el conflicto bélicos, muchas de ellos acompañadas con fotografías, escritas por amigos y parientes de esas personas, bajo el lema “¡El recuerdo no debe perderse!”

Pero no sólo la población alemana, otra víctima de la guerra, es mostrada de manera humana y comprensiva, sino también aquellos que combatieron a la Alemania gobernada por el régimen nazi, como se evidencia en la compilación navideña de relatos testimoniales —donde también aparecen soldados británicos, estadounidenses y rusos—, a la cual le seguirían dos volúmenes más en los años 2004 y 2006. En esas narraciones no hay santos y pecadores, sino seres desarraigados buscando migajas de amor y de paz en medio de una tragedia generalizada.

El Dr. Martin Dodenhoeft, pedagogo vinculado al Volksbund desde 1988, escribe en el prólogo del segundo volumen de esta compilación de historias lo siguiente:

«Paz en la tierra: eso estaba muy lejos para las personas en la época de las guerras mundiales y, para muchos, también después, en la patria enajenada, durante la huida y el desplazamiento forzado. Pero también los soldados en el frente, los prisioneros en los campos, los desplazados y despojados de derechos, los que sufrían y pasaban hambre, conservaban en sus corazones el anhelo de la paz navideña, de paz en la tierra. Intentaban mantener vivas las antiguas tradiciones con los medios más modestos: una rama como árbol de Navidad, un cabo de vela quemado y sucio como luz de la paz, los regalos más humildes… Hombres en el frente, que día y noche tenían que luchar por su vida, volvían por breves instantes a ser niños. A prisioneros miserables en campos lejanos, físicamente al borde del fin, el pensamiento de la Navidad los mantenía con vida. Mujeres que el día de Navidad recibían la noticia de la muerte del marido o del hijo encontraban en sus hijos la fuerza para seguir viviendo. Los niños sabían que no debían esperar grandes regalos; para ellos eso importaba menos que la alegría de que el padre regresara a casa o la satisfacción de poder entregar a otros un pequeño obsequio cargado de cariño. Los gestos humildes cuentan tanto más cuanto que se ve claramente que vienen del corazón; hoy, cuando casi todo se puede comprar, resulta cada vez más difícil descubrirlos. […] Que las generaciones de posguerra no olviden que la Navidad no es una fiesta del consumo, de expectativas de regalos cada vez más grandes y caros, de la huida del “estrés navideño” en viajes a tierras lejanas, sino la posibilidad de recogerse en uno mismo, la oportunidad de aferrarse a lo más importante que nosotros, los seres humanos, podemos dar y conservar en todo tiempo: amor y paz».

A esto hay que añadir lo que Dodenhoeft escribió en el prólogo de la primera compilación del año 2002, palabras que siguen revistiendo tremenda actualidad:

«A pesar de toda la alegría anticipada, en los pensamientos sobre la Navidad se mezcla una gota de amargura. Porque también en Navidad, también este año, en algún lugar del mundo se dispara y se bombardea. También en Navidad son expulsadas personas de su patria, perseguidas, asesinadas. También en Navidad viven personas en la miseria y el sufrimiento, se hallan en fuga, se hallan solas y abandonadas en algún lugar lejos de su familia, lejos de su hogar».

Los tiempos difíciles, ¿han quedado atrás? Sería una irresponsable ceguera moral creer eso.

Aproximadamente el 16% de la población mundial vive en zonas cercanas a conflictos armados o expuesta a violencia relacionada con ellos, según datos actualizados a finales de 2025 del Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED). Esto equivale a cerca de 831 millones de personas que vivieron “muy cerca” de acontecimientos violentos relacionados con conflictos durante el período analizado (diciembre 2024 a noviembre 2025). ACLED define esta exposición considerando la proximidad geográfica a eventos de violencia política, incluyendo batallas, represión y ataques a civiles.

Entre el 30% y 40% de la población mundial estaría afectada por la pobreza multidimensional, concepto que captura las múltiples privaciones simultáneas que enfrentan las personas en aspectos esenciales de la vida, como salud, educación y condiciones de vida. Según el Informe Global del Índice de Pobreza Multidimensional 2025, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Iniciativa de Pobreza y Desarrollo Humano de Oxford (OPHI), aproximadamente el 18.3% de la población analizada vive en situación de pobreza multidimensional aguda.

La celebración de la Navidad en un contexto burgués nos lleva a olvidar que esas reuniones familiares —donde muchos creyentes celebran el nacimiento de Jesús en medio de relativa abundancia, y con ellos muchos no creyentes una festividad marcada por la paz y la reconciliación o por cualquier otro significado— son oasis en medio de un mundo desolado. Y no pocas veces son oasis de egoísmo social, de indiferencia hacia los más pobres.

Pues así como la Navidad brilló en tiempos difíciles pasados con su significado de esperanza, de anhelo de una paz duradera, de reconciliación en situaciones trágicas, así debería brillar actualmente como la estrella de Belén para quienes viven en situaciones semejantes. Sólo llevando algo de esa luz a los desposeídos y vulnerables de esta tierra los creyentes podemos hacer creíble nuestra fe en un Dios que se hizo hombre para traer la auténtica liberación a los hombres.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 20 de noviembre de 2020 el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich, suprimió canónicamente la Katholische Integrierte Gemeinde (KIG, Comunidad Católica Integrada) en su arquidiócesis, como medida final tras una exhaustiva investigación iniciada en 2019. Seguirían las supresiones en las diócesis de Paderborn, Augsburgo, Münster y Rottenburg-Stuttgart, la última en febrero de 2023.

El detonante fueron “graves acusaciones” de antiguos miembros sobre “prácticas abusivas” en la comunidad, incluyendo manipulación psicológica, dependencia emocional y violaciones a la libertad personal, no de manera eventual y esporádica, sino como parte de un “sistema de abuso espiritual” estructural. Estas quejas, que se acumulaban desde los años setenta y fueron ignoradas entonces, se intensificaron en 2018-2019, en paralelo al escándalo de abusos sexuales en Alemania.

En el documental “Geknechtet unterm Kreuz – Leben in einer katholischen Sekte” (“Esclavizados bajo la cruz: Vida en una secta católica”), emitido el 30 de noviembre de 2021 por Bayerischer Rundfunk, una cadena de televisión bávara, se detallan los principales tipos de abusos basados en testimonios de exmiembros e informes eclesiásticos.

Abuso espiritual y psicológico

Manipulación y control totalitario: La comunidad imponía un “sistema de dependencia psíquica” donde la disidencia se equiparaba a un “pecado contra el Espíritu Santo”. Los líderes, agrupados en torno a la fundadora Traudl Wallbrecher, fomentaban un “culto a la personalidad” e indoctrinación, presentando a la Comunidad Católica Integrada como una “élite salvadora de la Iglesia”. Exmiembros describen procedimientos que pueden catalogarse como “lavado de cerebro” y aislamiento de familiares y amigos externos, con sanciones como el ostracismo para quienes cuestionaban las decisiones de las autoridades de la comunidad.

Abuso del sacramento de la penitencia: Se usaba la confesión para control disciplinario y psicológico, obligando a revelaciones íntimas que se compartían en asambleas comunitarias, violando la privacidad y generando vergüenza en los miembros que eran sometidos a esta humillación pública.

Interferencia en relaciones personales: La asamblea comunitaria decidía sobre matrimonios, separaciones y hasta la procreación —hasta el extremo de prohibir tener hijos u obligar a tenerlos, según fuera “útil para la comunidad”—. Esto incluía romper parejas o matrimonios contra la voluntad de los involucrados.

Abuso financiero y económico

Explotación económica: Los miembros debían entregar sus ingresos, herencias y propiedades a la comunidad, que los usaba para proyectos como “casas de integración” o la adquisición en 1995 y posterior acondicionamiento de la Villa Cavalletti, una histórica villa del siglo XVI ubicada en Grottaferrata cerca de Roma, utilizada brevemente como un centro teológico y de formación. No había transparencia en el manejo de fondos, y se presionaba para abandonar profesiones estables en favor de “compromisos totales” en beneficio de la institución.

Dependencia financiera: Se promovía la renuncia a la autonomía económica, en aras de una “obediencia evangélica”, lo que dejaba a muchos de los que se iban de la comunidad sin recursos y en estado de relativa pobreza.

Abuso en perjuicio niños

Separación de niños de padres: En las “casas de integración”, que funcionaban como una especie de comunas, los hijos eran separados frecuentemente de sus padres para ser educados colectivamente, generando traumas y negligencia emocional. Exmiembros relatan que se se sintieron crecer “como huérfanos” en un entorno de control ideológico.

Peligro para el bienestar infantil, con presiones psicológicas sobre familias que violaban normas básicas de la comunidad.

Abuso sexual

Aunque menos central, hay indicios de “casos individuales de abuso sexual” de hace más de 40 años, durante las décadas de los setenta y ochenta, posiblemente por parte de miembros o sacerdotes vinculados.

La Integrierte Gemeinde (IG, Comunidad Integrada) fue fundada en 1965. Sus orígenes se remontan a 1945, cuando la iniciadora, Traudl Wallbrecher, desarrolló la idea de un nuevo comienzo en la Iglesia conectado con las raíces judeocristianas como respuesta al Holocausto. Tras su matrimonio con el abogado Herbert Wallbrecher, surgió el núcleo de lo que luego sería la Comunidad Integrada. El grupo se estableció a finales de los años sesenta en Múnich. Durante un tiempo se la consideró un esperanzador impulso renovador en la Iglesia católica y, según su propia descripción, quería ser “un lugar para un cristianismo ilustrado e íntegro”. Su orientación espiritual y teológica se basaba en la exégesis moderna, el movimiento litúrgico y ecuménico, las raíces judías del cristianismo, y la filosofía y literatura de posguerra —entre otros, los existencialistas franceses—.

Los miembros de la Comunidad Integrada se entendían como una gran familia formada por matrimonios y solteros, sacerdotes y laicos, ancianos y jóvenes. Vivían repartidos por todo Múnich en comunidades conocidas como “casas de integración”. Un fuerte sentimiento elitista y el comportamiento percibido por exmiembros como adoctrinamiento y culto a la personalidad de la fundadora Traudl Wallbrecher marcaron la convivencia.

La jerarquía eclesiástica se mostró inicialmente reservada y cautelosa respecto a esta iniciativa. Ya en 1973 constaban en actas acusaciones de restricción de la libertad de los miembros y prácticas de abusivas por parte de la dirección de la comunidad.

A partir de 1976 se estableció un contacto más estrecho con Joseph Ratzinger, quien poco después sería nombrado arzobispo de Múnich y cardenal de la Iglesia. Ratzinger aprobó eclesiásticamente la Comunidad Integrada en su arquidiócesis en 1978; ese mismo año también fue reconocida en Paderborn por el arzobispo Johannes Degenhardt. A la comunidad se incorporaron varios teólogos de renombre que, gracias a la cercanía con Ratzinger, le otorgaron considerable prestigio. Rudolf Pesch reclutó a numerosos miembros de su comunidad estudiantil de Fráncfort para la Comunidad Integrada y en 1984 abandonó su cátedra. En 1977 se trasladó con su familia a una “casa de integración” y en 1996 su hija se casó con un hijo del matrimonio fundador; la boda fue oficiada en Roma por el cardenal Ratzinger. También se incorporaron el renombrado biblista Norbert Lohfink y su hermano Gerhard, teólogo, quien en 1986 igualmente dejó su cátedra y se mudó a la comunidad. La Comunidad Integrada se hizo presente y fue aprobada en otras diócesis de Alemania, Austria, Tanzania e Italia, o se destinaron sacerdotes de la comunidad a parroquias de esas diócesis.

En 1994 se fundó la comunidad sacerdotal vinculada a la Comunidad Integrada. Posteriormente ésta cambió su nombre por Katholische Integrierte Gemeinde (KIG, Comunidad Católica Integrada) y se convirtió en un grupo de católicos comprometidos, principalmente del sur de Alemania, que gracias a su posición especial como entorno familiar y de amistad de Joseph Ratzinger ganó influencia tanto en el ámbito eclesial interno como en la curia romana.

El vínculo con Ratzinger quedó ampliamente documentado en el libro “30 Jahre Wegbegleitung: Joseph Ratzinger/Papst Benedikt XVI. und die Katholische Integrierte Gemeinde” (“30 años de acompañamiento en el camino: Joseph Ratzinger/Papa Benedicto XVI y la Comunidad Católica Integrada”), publicado por la misma comunidad y que consiste en un recuento de encuentros, cartas y fotos inéditas. Ratzinger habría visto en el grupo un «impulso esperanzador» para la Iglesia post-Vaticano II, en un contexto de crisis eclesial. La comunidad, con su énfasis en la liturgia renovada, el ecumenismo y las raíces judías del cristianismo, encajaba en las ideas de Ratzinger sobre una “Iglesia como comunión” y sobre la recuperación de lo esencial de la fe.

La Comunidad Católica Integrada se convirtió en un “entorno familiar y de amistad” para Ratzinger, quien la describió como una “comunidad de contraste” con el mundo, que actuaba como “sal de la tierra” en una sociedad secularizada. A partir de 1981, ya como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger continuó respaldándola, al punto de que en 1985 fue erigida como “asociación de derecho público” de acuerdo al canon 301 del Código de Derecho Canónico. La influencia de Ratzinger fue clave en la expansión Comunidad Católica Integrada, la cual fundó la Academia para la Teología del Pueblo de Dios en la Villa Cavalletti (Roma) en 2003, con un mensaje extenso de felicitación de Ratzinger, quien definió su misión como una reflexión interdisciplinar sobre el “Pueblo de Dios” de judíos y cristianos.

Tras su elección como Papa en 2005, concedió audiencias privadas al equipo directivo de la Comunidad Católica Integrada en el Vaticano (febrero de 2006) e invitó a una delegación a Castel Gandolfo ese mismo año, reforzando su rol como “promotor y amigo de larga data”.

Como ya se ha señalado, desde 1973 constaban actas con denuncias de restricciones a la libertad de los miembros y liderazgo abusivo. En 2000, un alto representante de una diócesis alemana informó a Ratzinger de quejas de exmiembros, incluyendo interferencias en matrimonios, confesiones públicas y presiones psicológicas. Ratzinger, según informes, no se sorprendió mucho, pero prefirió defender y acompañar a la comunidad en lugar de investigarla, argumentando que los testimonios de desertores tenían “credibilidad limitada”. Exmiembros lo contactaron directamente, pero él priorizó la lealtad al grupo.

En octubre de 2020, tras el informe final de la investigación encargada por el cardenal Marx, Benedicto XVI se distanció públicamente en una declaración a la revista Herder Korrespondenz: lamentó “profundamente” haber sido “informado insuficientemente” o “engañado” sobre aspectos internos de la Comunidad Católica Integrada, y negó haber avalado todas sus actividades como arzobispo. Afirmó que su aprobación se limitaba a iniciativas específicas, no a las “graves distorsiones de la fe” que habían sido denunciadas.

Eso no lo excusa ni le quita responsabilidad. Según el periodista Hanspeter Oschwald (1943-2015) en su libro “Im Namen des Heiligen Vaters: Wie fundamentalistische Mächte den Vatikan steuern”

(“En nombre del Santo Padre: Cómo las fuerzas fundamentalistas controlan el Vaticano”), publicado en 2010, quienes más influencias tenían sobre Benedicto XVI eran su secretario Georg Gänswein y el secretario de estado vaticano Tarcisio Bertone, seguidos de la Comunidad Católica Integrada. A continuación venían el Opus Dei y los tradicionalistas.

No debe extrañarnos que durante el pontificado de Ratzinger ninguna sociedad religiosa haya sido suprimida por motivos de abusos y falta de carisma, pues él mismo tuvo una vinculación muy cercana con una institución católica, aprobada canónicamente, que presentaba evidentes características sectarias y donde había un sistema de abusos. Por eso mismo, se entiende que entonces no haya tomado medidas más drásticas contra los Legionarios de Cristo, la Comunidad de las Bienaventuranzas y el Sodalicio de Vida Cristiana, por mencionar algunos ejemplos.

Tiene razón Alejandro Bermúdez cuando cree que durante el pontificado de Benedicto XVI no se hubiera suprimido al Sodalicio de Vida Cristiana, como no se suprimió a los Legionarios de Cristo. Pero eso no se debería a las virtudes de Ratzinger, sino más bien a su irresponsable ingenuidad que le llevó a prestarle todo su apoyo a una secta católica, la cual nunca hubiera tenido la expansión e influencia que logró si no es por su amistad con el Papa alemán.

[EL DEDO EN LA LLAGA]  El jueves 18 de septiembre de 2025 tuvo lugar la presentación de mi libro “Las líneas torcidas. 30 años en el Sodalicio de Vida Cristiana” en la Librería el Virrey, en Miraflores (Lima). Estuvieron presentes conmigo en la mesa de presentación Rosa María Palacios, Patricia del Río y Jorge Bruce, todos ellos con comentarios muy agudos y profundos sobre este libro, que pretende no sólo dar un testimonio de lo vivido en una organización de características sectarias, sino también describir de manera completa cómo estaba estructurada la organización, tanto ideológica como disciplinariamente, y sobre todo cómo se realizaba el lavado de cerebro de sus miembros a través de prácticas abusivas e invasoras de la conciencia.

El libro está a la venta en las librerías El Virrey y Sur, y también puede ser adquirido en el stand 53 Paradero La Cultura en la Feria del Libro Ricardo Palma, en el Parque Kennedy de Miraflores.

Con mucha generosidad, Rosa María Palacios me ha cedido el texto de su ponencia, que ahora publico.

* * *

Librería el Virrey, 18 de septiembre de 2025

Quiero empezar agradeciendo a Martin por su generosidad. Esta noche nos hemos conocido por primera vez en persona. Sin embargo, tengo muchos años leyéndolo en el blog Las Líneas Torcidas, cuyo título toma para el libro que presentamos hoy. Hay que ser muy generoso para abrir con este detalle la intimidad personal a una desconocida y, por cierto, a todos ustedes. Los recuerdos de su reclutamiento, tránsito, crisis, salida y vida fuera de la comunidad y luego, finalmente, fuera del Sodalicio, los tenía yo registrados a grandes brochazos por estas lecturas previas que él puso a disposición del público desde Alemania, en el lejano 2012. El abuso, no reconocido, del sacerdote Jaime Baertl, es un episodio terrible del que hay amplia información en varios textos de lo que Pedro Salinas llama la “biblioteca Sodalicio”.

¿Qué de nuevo hay entonces en este texto? Para entender el que creo es el propósito del autor, es útil intentar una clasificación de la obra. ¿Es solo una autobiografía? ¿Un libro de memorias de ciertos hechos? ¿Un testimonio de parte en un proceso de reparación? Es eso, pero no sólo eso. Creo que esta obra es un intento muy exitoso de tratar de satisfacer algunas preguntas que se hace el autor —que se ha hecho por décadas— y nos hacemos aún hoy todos nosotros. Porque, mas allá del morbo y de la espectacularidad que puede traer la denuncia periodística sobre abusos sexuales en la Iglesia, lo que realmente importa saber es: ¿cómo es que logras vaciar la conciencia y la voluntad de jóvenes para que se sometan a la voluntad de otro? Con enorme minuciosidad, Martin va hilvanando los recuerdos de hechos que describe con mucha prolijidad y rigor en una línea de tiempo, y los une a los sentimientos que tuvo en cada uno de esos momentos ya tan lejanos, pero tremendamente vívidos en estas páginas. En estos hechos y en esas emociones trata de encontrar respuestas a su conducta, a la conducta de sus pares y a la conducta de los superiores en la comunidad. Es un trabajo muy difícil y duro recordar no solo lo que pasó sino también qué sentía una versión muy joven y distinta de él mismo.

En ese camino de introspección, que hay que decirlo es muy honesto —descarnada y detalladamente honesto—, Martin va entendiendo cómo era la maquinaria del lavado mental. Cómo se recluta con la adulación de un proyecto revolucionario para una vida que no ha vivido nada y que aspira a vivirlo todo. Cómo se inspira terror y culpa, para terminar normalizando algo tan irracional como el culto a un líder muy mediocre. Desde que Pedro Salinas comenzó a publicar sobre el Sodalicio, mi gran preocupación ha sido ese tema. Porque criar fanáticos es algo que se puede hacer bajo cualquier fachada de presunto interés noble.

Las técnicas se refinan, se especializan. Las herramientas se modifican. Las plataformas pueden ser diversas: una secta terrorista o una religiosa. Pero hay lineas matrices que se repiten una y otra vez. En la página 340 se recoge una buena definición de este secuestro del libre albedrío: es el control. Control del comportamiento, control del pensamiento, control emocional y control de la

información. Con esos cuatro, despojas de humanidad a cualquiera.

La otra pregunta, que está en estas páginas, es por qué alguien le haría algo tan monstruoso a otro ser humano como quitarle el libre albedrío para convertirlo en un zombi feliz. La respuesta es siempre la misma: por poder. La dominación de Figari sobre estos jóvenes es finalmente la fuente de su placer. En todo sentido. Diseñó y encontró, valiéndose de las vulnerabilidades de sus víctimas y de las debilidades de la Iglesia católica, un esquema de opresión que le dio todo el culto a sí mismo, que lo valida como un dictador, mientras se hacía rico a costa del trabajo y las donaciones de sus víctimas. Su conducta sexual perversa no es más que el ejercicio del poder sobre los que él oprime.

;Por qué no podían resistirse? Esa pregunta está bien contestada en este relato. Para alguien como Martin, que milagrosamente no ha perdido la fe, el castigo era el infierno. El ser un fracasado. Su autoestima fue paulatina y milimétricamente destruida, como la de tantos otros. ¿Qué lo salvo? El arte, a través de la música y el cine, es decir, la riqueza de espíritu que intentaron quitarle una y otra vez, y su conciencia moral. Ese pensamiento crítico, esa resistencia que nunca perdió. Tal vez el contacto con alumnos en esos años puede haber preservado su capacidad de razonar.

¿Cómo sucedieron tantos ataques sexuales sin que muchos no vieran nada? Este libro da cuenta de una serie de estrategias primero de dominación y luego, de encubrimiento. Este último amparado en la arquitectura de las comunidades y la sumisión absoluta a los superiores que hacía que una puerta cerrada fuera imposible de abrir para quien era un simple peón en la maquinaria. El culto al líder y a la obediencia absoluta, la falta de transparencia hasta en lo elemental, hacían el resto.

Me ha sorprendido que pese a las justas críticas que el autor hace a los perversos sujetos con los que tuvo que convivir y a sus encubridores, tenga también en cada ocasión palabras de aprecio para personas puntuales a las que, pese a la distancia o a que abandonaron el Sodalicio antes o después que él, fueron compañeros de infortunio que no tenían conciencia de éste y que, pese a todo, tuvieron gestos de amabilidad y humanidad.

Sin embargo, de todos los relatos de este libro me quedo con el homenaje a su madre. Nos recuerda que los padecimientos de las victimas no estuvieron nunca solos. Familias enteras fueron afectadas, pero fue la fortaleza de esas madres, padres, hermanos, la que nunca defraudó en las horas más tristes. La que estuvo ahí cuando el Sodalicio se convertía en una maquinaria de la que costaba tanto liberarse. Cuando, después de haber negado a los suyos, los hijos volvían a abrazar a esas madres que siempre dejaron el camino abierto para volver. El sufrimiento de las familias, porque donde hay amor se sufre con los que se ama, encuentra en estas páginas, a través de estas líneas (esas sí) derechas al corazón de su madre, un reconocimiento que creo que faltaba.

Me alegro de que nos acompañen Patricia del Rio, que hará los honores al esfuerzo literario que hay en esta prosa pausada, que se pierde en los laberintos de memorias que se superponen ; y Jorge Bruce, que puede explicar mejor que nadie los mecanismos de sumisión, el sufrimiento que crean y las posibilidades de liberación. Porque ésta es una historia, finalmente, de libertad. De encontrar un camino de esperanza y amor por la vida, sin perder la fe en un Dios verdadero.

Muchas gracias.

[EL DEDO EN LA LLAGA] Mons. Javier del Río Alba, arzobispo de Arequipa, ha sido nombrado comisario apostólico adjunto «para llevar a término las disposiciones vinculadas a la supresión de las sociedad de vida apostólica Sodalitium Christianae Vitae y Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la asociación pública de fieles Siervas del Plan de Dios y la asociación privada de fieles Movimiento de Vida Cristiana», como indica una nota de prensa del Arzobispado de Arequipa fechada el 6 de noviembre de 2025. Con el mismo título y encargo también han sido nombrados por el Dicasterio para los Institutos de de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica el empresario César Arriaga Pacheco y el abogado Juan Velásquez Salazar, ambos arequipeños.

En una video-entrevista con el medio arequipeño El Búho, publicada el 19 de abril de 2017, esto es lo que decía Mons. Del Río sobre el caso de Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio:

«Hasta donde yo tengo entendido en el proceso seguido ante la Santa Sede no se ha probado la violación, o sea, delitos sexuales. Creo —porque no he tenido acceso a las actas— que no se ha llegado a probar. […] La Santa Sede no lo ha mandado a Luis Fernando Figari a una cárcel dorada como se dice. La Santa Sede lo ha mandado a que viva recluido. Ahora, corresponde al Sodalicio ver dónde está recluido. Cuando sale el tema Figari, yo me he pronunciado ante los medios, en entrevistas. […] En honor a la gente buena que hay, yo diría que no es todo el movimiento. Sí, que Luis Fernando Figari ha cometido actos abominables. Que hay algunos más, sin duda».

[Pregunta de la entrevistadora] En un movimiento tan fundamentalista como el Sodalicio que el líder fundador guía espiritual y los principales estén involucrados significa pues que toda la línea que de ahí se desprende pues estaría de alguna manera contaminada. ¿No le parece? Porque si fuera uno que no influye mucho en el movimiento, se le saca.

No, pero es que hay diversas generaciones. Hay sodálites que a Luis Fernando lo han visto una vez en la vida o dos. […] Uno de mis vicarios es sodálite. Yo he consultado con uno de los denunciantes luego con otras personas que se han salido del Sodalicio. Les he dicho: Mira, estoy pensando en este sacerdote, tú qué piensas, tú que lo conoces que has sido sodálite, ¿tiene algo? Me ha dicho: no, no tiene nada; es un buen hombre. O sea, no todo está… […] Yo creo que todavía el Sodalicio tiene que recorrer un camino muy largo. Esto tiene para rato. Mucha gente se está saliendo del Sodalicio, mucha gente está saliendo del Movimiento de Vida Cristiana o están escandalizados por lo que ha pasado. Yo pienso que con toda razón».

El sacerdote sodálite mencionado es el P. Alberto Ríos Neyra y hasta el día de hoy sigue ocupando el cargo de vicario general de la curia arquidiocesana de Arequipa.

En diciembre de 2024, El Búho recoge estas declaraciones de Mons. Del Río que van en la misma línea que las anteriores:

«Es posible que una institución haya estado corrompida en sus cúpulas, pero eso no quita que haya miembros de bien, gente que reza y trabaja sinceramente. Lamentablemente, algunos de ellos también han sufrido las consecuencias de estos hechos».

Se sigue de ello que para el arzobispo de Arequipa no era la institución la que estaba mal, sino solamente algunos miembros de su cúpula y, por lo tanto, la supresión sería una medida exagerada. Bastaría con extirpar a la cúpula corrupta, y problema solucionado.

Lamentablemente, la realidad no es así. Como ha precisado la Santa Sede, el Sodalicio carecía de carisma espiritual. Y, por lo tanto, lo que se construyó fue un sistema institucional que no solamente hizo daño a muchos de sus integrantes, sino también les enseñó a aplicar medidas disciplinarias que terminarían haciendo daño a otros, aunque hicieran esto de buena voluntad y sin malas intenciones. Los “miembros de bien” que se quedaron en el Sodalicio hasta el final también están contaminados, se volvieron cómplices de los abusadores, callaron por obediencia —en todos los colores del arco iris— lo que sabían y lo que habían visto y nunca tuvieron la mas mínima empatía con las víctimas, a muchas de las cuales las tacharon de enemigas de la Iglesia. Como hizo la cúpula misma. No se sabe de disidencias al interior del Sodalicio. Y si las hubo, fueron acalladas apelando a la obediencia o a la ley tácita de la omertà que siempre ha practicado la institución.

Mons. Del Río se ha reunido con algunas víctimas del Sodalicio en privado —según él mismo afirma—, pero en público lo ha hecho en varias ocasiones con miembros prominentes del Sodalicio y con personas vinculadas a la institución. Una de estas ocasiones es descrita en el boletín oficial del arzobispado de Arequipa “En camino” (Nº 700, 10 de diciembre de 2021), con ocasión del quincuagésimo aniversario de la fundación del Sodalicio:

«La familia sodálite en Arequipa se reunió para celebrar los 50 años de fundación del Sodalicio de Vida Cristiana. La Misa fue presidida por Mons. Javier Del Río Alba y concelebrada por sacerdotes de la comunidad y sacerdotes cercanos a la familia espiritual, en el campus San Lázaro de la Universidad Católica San Pablo (UCSP), donde también estuvieron presentes el Superior General del Sodalicio, José David Correa; el Rector de la UCSP, Germán Sánchez Contreras y toda la familia espiritual. La celebración eucarística se realizó el miércoles 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

La noche anterior el Arzobispo visitó a la comunidad sodálite presente en nuestra Arquidiócesis, para expresarle su saludo y aliento en el apostolado que realizan en la Universidad Católica San Pablo, el Instituto del Sur, el Asilo San José, varias capillas y diversas obras sociales en nuestra ciudad».

En ese entonces ya se sabía de los abusos cometidos por varios miembros del Sodalicio y la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, convocada por el mismo Sodalicio ante el escándalo producido por la publicación de “Mitad monjes, mitad soldados” de Pedro Salinas y Paola Ugaz, ya había publicado su informe final (abril de 2016), donde se decía claramente:

«En los años iniciales de su fundación, el SCV estableció una cultura interna, ajena y contraria a los principios establecidos en sus Constituciones, […] en la que la disciplina y la obediencia al superior se forjaron sobre la base de exigencias físicas extremas, y castigos también físicos, configurando abusos que atentan contra los derechos fundamentales de las personas, universalmente reconocidos y consagrados en la Constitución Política del Perú».

Se trataba de una “cultura particular” presente en toda la institución, que permitía y fomentaba los abusos, y no de de unas cuantas “manzanas podridas”.

Incluso el mismo Mons. Del Río había tenido que lidiar con un caso de abusos, precisamente el del sacerdote sodálite Luis Ferroggiaro Dentone, entonces capellán de la Universidad Católica San Pablo (UCSP), quien fue acusado en abril de 2016 por el padre de un niño de 7 años, con quien habría sido “cariñoso” en exceso. Ferroggiaro ya había tenido anteriormente una denuncia de acoso sexual en el distrito portuario El Callao, interpuesta por un joven. Mons. Del Río pidió el retiro inmediato del sacerdote acusado, lo que derivó en su alejamiento del cargo que ostentaba y de la ciudad de Arequipa. Ferroggiaro sería expulsado del Sodalicio por orden del Papa Francisco en octubre de 2024. Actualmente estaría residiendo en los Estados Unidos.

En agosto de 2023, tras la llegada al Perú de la Misión Especial enviada por el Papa —integrada por Mons. Charles Scicluna y Mons. Jordi Bertomeu—, el tema volvió a tocarse. Así lo cuenta el portal El Búho:

«Miguel Salazar, superior del SVC en Arequipa, había reunido a los docentes de la Universidad San Pablo para tranquilizarlos sobre los resultados de esa investigación. Según dijo, ante un auditorio repleto y ansioso, “todo estaba en orden” y nada hacía prever que habría sanciones o disolución del Sodalicio. Entonces, lo confrontó un docente que llamaremos Roldán. Le reprochó que no se hubiera investigado el caso contra Ferroggiaro, que él conocía de cerca. Y habló en voz alta, por primera vez, de los abusos que cometió el Sodalicio, fuera y dentro de la universidad. Como era de esperarse, Roldán terminó rápidamente despedido de la UCSP».

En el año 2024 Miguel Salazar Steiger, José Ambrozic Velezmoro y Juan Carlos Len Álvarez serían expulsados del Sodalicio por disposición de la Santa Sede. Los tres, además de ser sodálites de alto rango, eran miembros de la Asamblea General de la Universidad —compuesta por seis miembros— y una de sus tareas era elegir al rector de la Universidad. El rector en funciones de la universidad era —y lo es hasta ahora— Alonso Quintanilla Pérez-Wicht, quien en la década de los ochenta aspiraba a ser sodálite consagrado de comunidad y estuvo un tiempo en las casas de formación de San Bartolo (al sur de Lima), donde no sólo fue testigo de los abusos que allí se cometían, sino que también él mismo los sufrió en carne propia, como yo mismo —fiel a mis recuerdos— puedo atestiguar.

Las ambigüedades de Mons. Javier del Río son evidentes, lo cual explica los recelos despertados en las víctimas a raíz de su nombramiento. Por una parte, dice estar de acuerdo con todas las medidas tomadas por la Santa Sede en relación con el Sodalicio, por otra parte parecía no estar de acuerdo en que se llegara al extremo de una supresión. Por un lado, toma medidas contra un sacerdote sodálite acusado de abuso, por otro lado mantiene lazos de cercanía con el Sodalicio —hasta el punto de tener a un sacerdote sodálite como vicario general de la arquidiócesis—y aprueba las labores apostólicas de la institución, sin ver —o sin querer ver— que hay detrás una cultura de abuso que no se limita a unos cuantos miembros.

¿Por qué ha sido él el elegido para “administrar” la supresión del Sodalicio y demás asociaciones fundadas por Figari? Tal vez porque, a ojos de las autoridades y miembros del suprimido Sodalicio, no tiene el perfil de una “figura enemiga”, y sería improbable que los remanentes sodálites inicien una campaña de desprestigio contra él, como sí lo han hecho contra los cardenales Carlos Castillo, Pedro Barreto e incluso Robert Prevost, el actual Papa León XIV.

Sólo espero que los responsables vaticanos no se hayan equivocado. Y a Mons. Del Río se le presenta ahora la oportunidad de redimirse de sus ambigüedades pasadas, que tanto malestar han ocasionado entre las víctimas.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El P. Jean Pierre Teullet es recordado porque, siendo aún sacerdote sodálite, tramitó un pedido de investigación contra Luis Fernando Figari —quien fuera Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana— ante el Tribunal Eclesiástico Interdiocesano de Lima. Esto ocurrió el 25 de octubre de 2013 y eran cuatro los agraviados que denunciaban haber sufrido diversos abusos, entre ellos abusos sexuales, abusos de poder, acciones contra la integridad física e interceptación ilícita de correspondencia. Esto se dio después de que el pedido de investigación hubiera sido presentado internamente en sendas ocasiones a otros dos superiores generales del Sodalicio —Eduardo Regal (en mayo de 2012) y Alessandro Moroni (en abril de 2013)—, siendo desestimada esta petición por parte de ambos superiores. Teullet tampoco contó con el apoyo y la aprobación de los miembros del Consejo Superior. Se convirtió así en una voz solitaria, y ad intra fue tachado por varios de traidor.

Esto traería consigo consecuencias. El 28 de mayo de 2014 el P. Teullet fue obligado a dejar su cargo como párroco de la Parroquia Nuestra Señora de la Cruz en la diócesis de Chosica, al este de Lima. Habría sido sometido a la disciplina de la obediencia y relegado a otro puesto sin mayor responsabilidad. Y obligado a guardar silencio.

Aún así, poco después de la publicación del libro “Mitad monjes, mitad soldados” de los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz en octubre de 2015, circuló en redes sociales una carta del P. Teullet fechada el 20 de octubre, dirigida a Fernando Vidal, entonces asistente de comunicaciones del Sodalicio, donde lo encaraba por las falsedades del comunicado oficial del Sodalicio del 19 de octubre, en respuesta al escándalo de abusos revelado por el libro.

El 29 de febrero de 2016 el P. Teullet tomaría posesión de la Parroquia Divino Niño, en el distrito de La Molina (Lima), siendo arzobispo de Lima el cardenal Juan Luis Cipriani. Pero como ocurre con todos aquellos miembros que no bajan la cabeza ante las autoridades sodálites, el P. Teullet terminaría desvinculándose definitivamente de la institución en diciembre de 2018 y pasaría a formar parte del clero secular.

Ciertamente es encomiable lo que hizo el P. Teullet, a quien muchos consideraron un héroe por haber actuado en conciencia, haberse negado a encubrir a Figari y haberse atrevido a enfrentarse a las propias autoridades del Sodalicio por las falsedades que estaban difundiendo. Sin embargo, ya en ese momento había algo de ambigüedad en las acciones del P. Teullet, comenzando porque siempre se negó a colaborar con los periodistas que investigaban al Sodalicio. Me remito a un artículo de su autoría, “¿Qué hay detrás de los abusos sexuales?”, publicado el 19 de marzo de 2014 en InfoVaticana.

Si bien allí Teullet considera el abuso sexual por parte de miembros de la Iglesia como «algo terrible y sin justificación», tratará de minimizar su alcance afirmando que menos del 0.5% de los sacerdotes han cometido este tipo de abusos, cuando los estudios independientes realizados recientemente hablan de una cifra que oscila entre el 4% y el 7%, cifra que está por encima del porcentaje de abusadores en la sociedad civil. Luego señala que no son sólo víctimas quienes han sufrido abuso sexual, sino también los acusados injustamente (de los cuales dice exageradamente que «no son pocos») y la Iglesia como institución.

¿Qué explicación encuentra Teullet para los abusos? Expresa una perogrullada más que evidente para cualquier creyente, pero la que menos razones comprensibles y prácticas da para entender este fenómeno. Dice que es la acción de Satanás, que quiere destruir la Iglesia. Se desvía el foco de la responsabilidad humana —que Teullet no niega— y se le da más peso a una acción sobrenatural maligna, a algo que está fuera de cualquier medida práctica que se pueda aplicar para solucionar el problema. Partiendo de un dato falso —que los abusos sexuales en la Iglesia católica como fenómeno masivo ocurrieron sólo entre los años 60 y 90—, Teullet afirma lo siguiente:

«Nunca en sus dos mil años la Iglesia Católica había sufrido esta aberrante situación; de repente sucedieron durante la historia cosas aisladas fruto de pecados personales, pero una hondonada tan grande de abusos sexuales, jamás. No estamos entonces ante hechos fortuitos. Como segundo argumento quisiera que veamos el dónde han sucedido estos casos: mayoritariamente: en comunidades sanas y florecientes. La Iglesia de Estados Unidos o de Irlanda eran comunidades florecientes; varias comunidades religiosas que han sufrido esto en los años 60, eran comunidades florecientes. Y en los últimos años los casos que hemos ido encontrando curiosamente son de comunidades nuevas o nuevos movimientos religiosos, sanos y buenos en doctrina, fieles a la Iglesia y en pleno crecimiento. Es el caso de los Legionarios de Cristo (en México), de Karadima (en Chile) y algunas otras comunidades más».

Entre esas «otras comunidades más» suponemos que debe hallarse el Sodalicio, cuya legitimidad y supuesto carisma nunca han sido cuestionados por Teullet. Más aún, de lo dicho se llegaría a la conclusión absurda de que la ocurrencia de abusos sexuales en determinadas comunidades católicas sería una señal de que son «comunidades sanas y florecientes», pues la acción de Satanás se centra precisamente en las que son las mejores. Según esto, el P. Teullet habría considerado que los abusos sexuales en el Sodalicio se restringirían a unos cuantos abusadores, entre los cuales destacaba Figari, y que el problema no estaba en la institución, en un sistema de abusos inherente a ella, sino en unas cuantas “manzanas podridas”.

Sus declaraciones del 9 de abril de 2019 ante el congresista Alberto de Belaúnde, presidente de la Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores de Edad en Organizaciones, del Congreso de la República del Perú, son reveladoras. Según Teullet, el Sodalicio fue fundado dos veces, la primera vez en 1971 por varias personas —entre las cuales, además de Figari, se encontraban el abogado Sergio Tapia, de ideología fascista, y el sacerdote marianista Gerald Haby— y la segunda vez por Figari en 1973 con un grupo de escolares adolescentes principalmente del Colegio Santa María (Marianistas), al que Figari denominó la “generación fundacional”. Figari se apropiaría del Sodalicio una vez que Tapia se retiró del proyecto y el P. Haby tuvo que regresar a Estados Unidos. Y ese Sodalicio inicial de 1971 sería para Teullet el auténtico, no el que “secuestró” Figari. Un Sodalicio que en la actualidad, aún habiendo sido suprimido, él seguiría idealizando. Como lo hizo ante Alberto de Belaúnde cuando se le preguntó por los centros de formación en San Bartolo, una localidad costera a unos 50 km al sur de Lima, donde ocurrieron los peores abusos psicológicos y físicos:

«No era una maquinaria hecha para una monstruosidad. Hubo excesos seguramente pero la formación era militar. Tú entrabas para ser soldado de Cristo, hay que ser la élite de la Iglesia, hay que reformarla. Como formador yo nadaba con los chicos, por ejemplo».

Y de Jean Pierre Teullet como formador, hay varios que guardan recuerdos ingratos y no dudan en calificarlo como un abusador. Uno de esos recuerdos es el testimonio de Félix Neyra incluido en el Informe Final de la Comisión De Belaúnde:

«Él [Félix] era el encargado del perro en la comunidad de San Bartolo. En una ocasión se olvidó de limpiar su plato de comida y Jean Pierre Teullet lo obligó a dormir con el plato sucio por dos semanas. “Yo era encargado del perro de la casa. Una vez dejé el plato de comida sucio. Tuve que dormir con el plato sucio por dos semanas al costado de mi almohada”».

Teullet también declaró sobre el caso de Daniel Murguía, quien, cuando aún era sodálite, fue sorprendido el 27 de octubre de 2007 por la policía en en el cuarto de un hotelucho del centro de Lima, junto con un niño de la calle semidesnudo. Murguía residía habitualmente en la comunidad sodálite de Santiago de Chile y se encontraba de paso en Lima, alojado en la comunidad Madre de la Fe (distrito de San Isidro), que estaba temporalmente a cargo de Teullet. Según relata éste, entre las pertenencias de Murguía en la comunidad había una computadora portátil, un USB y la tarjeta de una cámara fotográfica. Antes de entregar estos objetos al superior general Eduardo Regal, quien los había solicitado e iba a pasar por la comunidad a recogerlos, Teullet decidió revisar el contenido de la memoria USB. Según declaró ante la Comisión De Belaúnde, «con lo que hay ahí, que se lo entregué a Regal, efectivamente Murguía probablemente debería ir al paredón. Eran cosas muy, muy complicadas». Teullet tuvo la tentación de sacar una copia, por si acaso, pero finalmente la desechó. «..dije pucha, sabes que era tan escabroso que dije: mira, al final ya está en la cárcel. Sabe Dios lo que pasará», aseguró. ¿Se trataba de fotos que Murguía solamente tomaba o se veía también a Murguía participando de los actos? Teullet confirmó que también se veía a Murguía participando de esas turbias y oscuras acciones.

Fuera de este detalle y de la sensación subjetiva que le causó, hasta el día de hoy Teullet nunca ha descrito con precisión lo que vio en la memoria perteneciente a Murguía, el cual sería finalmente absuelto al no haber pruebas de delito. Las que había, tanto en Lima como en Santiago, fueron convenientemente destruidas por las autoridades sodálites del momento. Y Teullet, no obstante lo declarado ante Alberto de Belaúnde, sigue siendo hasta ahora encubridor del delito. No debería extrañarnos, pues fue él el designado por Figari para visitar regularmente en la cárcel a Murguía y encargarse de que no hable y comprometa al Sodalicio.

El P. Teullet también habría visitado posteriormente a Keiko Fujimori, la lideresa del partido fujimorista Fuerza Popular, cuando estaba en prisión preventiva. Este partido se opuso a la creación de una comisión parlamentaria que investigara exclusivamente el caso Sodalicio, y la comisión que finalmente se creó tenía un espectro más amplio, donde los abusos del Sodalicio eran sólo uno de tres casos a investigar. En el plano ideológico, el conservadurismo ultraderechista del fujimorismo es afín a la doctrina sodálite, por lo cual ad intra de las asociaciones vinculadas al Sodalicio siempre se ha recomendado votar por Keiko Fujimori en las elecciones políticas.

En la Escuela Naranja, una plataforma digital de formación política promovida por el partido Fuerza Popular, hay una entrevista al P. Teullet posteada el 19 de agosto de 2023, sobre el tema del derecho a la vida (entiéndase esto sólo como condena del aborto). Para participar de esta plataforma se requiere estar en sintonía con las ideas y los fines de uno de los partidos más autoritarios, antidemocráticos y corruptos que hay en el Perú.

No mucho tiempo después el P. Teullet colgaría los hábitos. Se casaría con la bióloga María Fe Rizo Patrón Herrera, quien, además de haber sido profesora de matemáticas y ciencias en 2012 en el Colegio Villa Caritas, gestionado por la rama femenina del Sodalicio,  es integrante de Avanzada Católica, un movimiento laico vinculado a Pro Ecclesia Sancta, institución católica peruana que también ha sido acusada de abusos psicológicos por parte de Lucía Zegarra-Ballón, una exmonja arequipeña que fue una de los diez jóvenes que participaron en el documental “Amén. Francisco responde” (2023).

Teullet se ha afincado aún más en la órbita del fujimorismo, uno de los aliados políticos del Sodalicio de Vida Cristiana. A partir de febrero de 2024 lo encontramos como director de Voluntariado Ciudadano, un programa de participación ciudadana creado en el Congreso de la República por iniciativa del partido Fuerza Popular. Los jueves participa en el programa del periodista ultraderechista Diego Acuña, transmitido por YouTube, con la sección “¿Y si pensamos?”. Y ha dictado cursos en la USIL (Universidad San Ignacio de Loyola) y en la Universidad ESAN (Escuela de Negocios para Graduados), esta última afín al fujimorismo.

El discurso conservador de Teullet —que busca promover a través de su Asociación Integrus, activa desde octubre de 2022— es idéntico a lo que se enseñaba doctrinalmente dentro del Sodalicio. Al igual que el pseudoperiodista Alejandro Bermúdez, expulsado del Sodalicio con la firma del Papa Francisco, hace suyo el tema de la batalla cultural, difunde teorías de la conspiración, es anticientífico, homofóbico, intolerante, antidemocrático y esgrime las banderas del lema fascista por excelencia: “Dios, patria y familia”. En conversaciones mantenidas con exsodálites les niega la condición de víctimas a muchos de los que sufrieron abusos no sexuales. Sigue creyendo que el Sodalicio fue una institución inspirada por el Espíritu Santo. Y cree que Pedro Salinas y Paola Ugaz tienen como fin destruir la Iglesia.

Jean Pierre Teullet Márquez, quien alguna vez fue considerado un traidor en el Sodalicio por insistir en denunciar a Figari y por ponerse del lado de las víctimas, por hacer lo correcto, se ha puesto del lado de la institución victimaria y de sus aliados, haciendo propias y difundiendo las mismas ideas que sostenían ese proyecto sectario. Y así ha traicionado a las numerosas víctimas del Sodalicio, que habían confiado en su presunta valentía, la cual resultó siendo sólo un pasajero gesto de oropel.

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