[OPINIÓN] Ninguna conspiración sobrevive a esta diferencia. Sin drama: con resultados al 95%, el país votó así: 70% entre derecha y centro, 30% entre izquierda e izquierda radical. Eso no es ideología. Es aritmética.
Y sin embargo, aparece la sorpresa de siempre: gente que, viendo ese mapa, decide que el resultado “no cuadra”. Que hay algo raro. Y de paso, aprovecha para instalar el viejo argumento: que Keiko es perdedora, que siempre pierde, que esta vez no va a ser distinto. Un relato conveniente para quienes necesitan que no lo sea.
Hay diagnósticos que la ciencia llama heurísticas sesgadas: atajos mentales que alguna vez fueron útiles pero que el cerebro se niega a actualizar aunque la evidencia los contradiga. “Keiko perdedora” es exactamente eso. Un reflejo condicionado, no un análisis. El porcentaje de peruanos que carga ese prejuicio como certeza ha caído dramáticamente. Lo que antes era una convicción del 70 u 80% de la población hoy es residual, sostenido apenas por inercia tribal. Y cuando llegue la hora de marcar la cédula, ese residuo se evapora al ritmo en que la gente recuerda lo que tiene en el bolsillo.
El dato es este: Keiko Fujimori gana porque está parada donde está la mayoría. No hay mucha ciencia. Al frente, Roberto Sánchez representa un espacio que, sumando todo, con suerte pasa del tercio. Pretender que ese tercio sea mayoría no es análisis político. Es un acto de fe, de terquedad, o de mala leche para crear confusión ante una derrota que para muchos es vergonzosa, pero 100% razonable.
La candidata que hoy compite no es la de hace diez años. Se le nota en la cara: serena, segura de sí misma, con una tranquilidad que transmite sin esfuerzo. Proyecta algo que no se ensaya fácilmente —una presencia que genera confianza, no distancia. Y detrás de eso hay historia real: ha sufrido en carne propia la injusticia, la persecución y la prisión. Esa experiencia le ha dado una templanza y una visión que, bien aplicadas, son garantía de que ciertas cosas no vuelvan a suceder. Tiene además partido, cuadros, estructura y presencia nacional. No es poca cosa en un país donde muchos candidatos no tienen ni comité en su distrito.
El Perú de hoy tampoco es el de hace cinco ni diez años. La gente está trabajando, generando ingresos, mirando hacia adelante. El votante peruano —ese que la teoría política subestima sistemáticamente— es mucho más pragmático que sus comentaristas. No vota por simbolismos; vota por estabilidad. Y el contexto regional confirma la tendencia: el ciclo populista en América Latina está en retirada. Los experimentos radicales, incluyendo el colapso del propio Castillo —una advertencia que el electorado procesó en tiempo real— han dejado una lección cara. Cuando el caos tiene nombre y apellido, la estabilidad deja de ser un argumento abstracto para convertirse en un voto concreto.
Del otro lado, mucho relato y poca consistencia.
Y luego están los que no aceptan el resultado —no porque tengan pruebas de irregularidades, sino porque su candidato no llegó. Rafael López Aliaga, que fracasó de manera estruendosa y demostró una debilidad política y una fragilidad psicológica que le resta simpatías diariamente, tiene operadores dispuestos a explorar la salida creativa: anulemos todo, repitamos la elección, a ver si esta vez la realidad coopera. Y mientras tanto, seguir alimentando la idea de que ella no puede ganar. Que su victoria es anomalía, accidente, error. Una ilusión bastante más allá de lo que permite la ley del sentido común, la moral y la decencia.
La realidad no coopera. Pensar que en una repetición alguien sacaría más de lo que ya sacó es un optimismo difícil de sostener.
¿Errores en el proceso? Seguro, como en toda elección. Se corrigen. Pero no reescribiendo resultados porque no gustan.
El problema no es electoral. Es cultural. Treinta y cinco candidatos compitiendo en lo que pareció más un casting para una novela que un debate no elevan precisamente el nivel de la discusión.
Así que a los que todavía musitan “Keiko perdedora” como quien reza un rosario: actualicen el software. El país cambió. El electorado cambió. El contexto cambió. El sesgo de confirmación es gratis. Las elecciones, no.
En resumen: 70 contra 30. Ninguna conspiración sobrevive a esa diferencia. El 28 de julio jurará una mujer. No por casualidad. Por votos.







