[EL DEDO EN LA LLAGA] A finales de los años setenta y comienzos de la década de los ochenta, el mundo occidental vivía una mezcla de fascinación y temor ante un fenómeno inquietante: la proliferación de sectas destructivas. Grupos cerrados, liderados por figuras carismáticas, prometían iluminación espiritual, pertenencia o respuestas simples a problemas complejos. Sin embargo, detrás de muchos de estos movimientos se ocultaban dinámicas de manipulación psicológica, control coercitivo y, en los casos más extremos, tragedias de gran magnitud. El episodio que marcó de forma indeleble la percepción pública fue el suicidio-asesinato colectivo ocurrido en Guyana el 18 de noviembre de 1978, cuando más de 900 miembros del Templo del Pueblo murieron bajo las órdenes de su carismático líder, Jim Jones. Aquella escena, en la que familias enteras —incluidos niños— ingirieron cianuro disuelto en refresco Flavor Aid, dejó una herida profunda en la conciencia colectiva.

En ese contexto emergieron a inicios de los ochenta un par de representaciones cinematográficas que intentaban explicar, o al menos acercar al gran público, los procesos internos que llevan a una persona a integrarse en una secta y, eventualmente, a perder su autonomía. Me refiero a la canadiense “Ticket to Heaven” (Ralph L. Thomas, 1981) y a la estadounidense “Split Image” (Ted Kotcheff, 1982), que ofrecen retratos particularmente valiosos de los cambios mentales y físicos que experimentan los individuos atrapados en estos grupos.

Ambas películas parten de una premisa común: nadie está completamente a salvo. Los protagonistas no son retratados como personas ingenuas o débiles, sino como individuos en momentos de vulnerabilidad emocional o de transición vital. En “Split Image”, por ejemplo, el personaje principal es un joven universitario brillante, con una vida aparentemente estable, que se ve seducido por una comunidad que le ofrece propósito y claridad. Esta representación resulta clave para desmontar el estereotipo de que sólo ciertos perfiles “caen” en sectas; en realidad, cualquier persona puede ser susceptible bajo determinadas circunstancias.

Uno de los primeros cambios que se observan en los miembros de estas organizaciones es de carácter mental y emocional. Las sectas suelen emplear técnicas de persuasión intensiva —a veces denominadas “lavado de cerebro” o, en términos más técnicos, reforma del pensamiento— destinadas a debilitar la identidad previa del individuo. En “Ticket to Heaven”, esto se refleja en sesiones prolongadas de adoctrinamiento en las que se combinan discursos repetitivos, privación del sueño y una presión grupal constante. El resultado es una progresiva disolución del pensamiento crítico.

El lenguaje también desempeña un papel fundamental en este proceso. Tanto en una película como en la otra, se observa cómo los líderes introducen un vocabulario propio que redefine la realidad. Conceptos cotidianos adquieren nuevos significados, mientras que las dudas o críticas son etiquetadas como signos de debilidad o traición. Este cambio lingüístico no es superficial: transforma la manera en que los miembros interpretan sus experiencias y limita su capacidad para cuestionar la autoridad.

A medida que el control mental se intensifica, aparece otro fenómeno clave: la dependencia emocional. Los miembros comienzan a ver al líder como una figura paternal o incluso divina. En “Split Image”, el líder del grupo —interpretado por un muy convincente Peter Fonda— se presenta como alguien que posee respuestas absolutas, capaz de guiar a sus seguidores hacia una vida superior. Esta idealización extrema crea un vínculo en el que la aprobación del líder se convierte en una necesidad psicológica básica.

Paralelamente, se produce un aislamiento progresivo del entorno exterior. Amigos, familiares y cualquier influencia externa pasan a ser percibidos como amenazas. En ambas películas, este proceso se muestra con crudeza: los protagonistas rompen el contacto con sus seres queridos o reinterpretan sus intentos de ayuda como ataques. Este aislamiento refuerza la burbuja ideológica del grupo y dificulta enormemente cualquier intento de rescate.

Los cambios físicos, aunque menos visibles en un primer momento, son igualmente significativos. La vida dentro de una secta destructiva suele implicar rutinas extenuantes, dietas restrictivas y falta de descanso. En “Ticket to Heaven”, se observa cómo los miembros son sometidos a jornadas interminables de trabajo o actividades “espirituales”, con escasas horas de sueño. Este desgaste físico no es accidental: una persona agotada es más fácil de controlar y menos capaz de resistirse.

En “Split Image”, estos efectos corporales adquieren una dimensión especialmente inquietante cuando empiezan a manifestarse en funciones biológicas íntimas. El protagonista, inmerso en un régimen de disciplina extrema y represión de impulsos, llega a notar la desaparición de las poluciones nocturnas que antes formaban parte de su normalidad fisiológica. Este detalle, aparentemente menor, sugiere hasta qué punto el control psicológico puede extenderse al terreno corporal, afectando incluso a procesos involuntarios. De forma paralela, una de sus compañeras dentro del grupo le confiesa que ha dejado de menstruar, un cambio que, lejos de interpretarse como una señal de alarma médica, es asumido dentro de la comunidad como evidencia de purificación o de avance espiritual. Ambos casos ilustran cómo la presión psicológica, el estrés y las condiciones de vida pueden alterar profundamente el funcionamiento del cuerpo, al tiempo que el propio grupo redefine el significado de esos cambios para reforzar su narrativa.

La apariencia también puede transformarse como parte del proceso de desindividualización. Uniformes, códigos de vestimenta o incluso cambios en el peinado contribuyen a borrar la identidad personal y a reforzar la pertenencia al grupo. En “Split Image”, aunque de forma más sutil, se percibe una homogeneización en la forma de vestir y comportarse de los miembros, lo que simboliza la pérdida de singularidad.

Otro aspecto físico relevante es la respuesta al estrés. Vivir bajo un sistema de control constante genera altos niveles de ansiedad, aunque estos no siempre son reconocidos por los propios miembros. Dolores de cabeza, problemas digestivos y fatiga crónica son algunas de las manifestaciones que pueden aparecer. Sin embargo, dentro del contexto sectario, estos síntomas suelen reinterpretarse como parte de un proceso de “purificación” o crecimiento espiritual, lo que dificulta que los individuos identifiquen el daño que están sufriendo.

Uno de los elementos más perturbadores que ambas películas ponen de relieve es la transformación de la moral individual. Acciones que antes habrían sido impensables —como mentir a la familia, entregar todos los bienes materiales o participar en dinámicas abusivas— pasan a ser justificadas e incluso celebradas. Este cambio se produce de manera gradual: pequeños actos de obediencia que, con el tiempo, conducen a decisiones cada vez más extremas.

En “Split Image”, este proceso alcanza un punto crítico cuando el protagonista es incapaz de reconocer el daño que está causando a su entorno. Su percepción de la realidad ha sido completamente reconfigurada, y cualquier crítica es interpretada como ignorancia o maldad. Este fenómeno, conocido como disonancia cognitiva, permite a los miembros mantener su compromiso incluso frente a evidencias contradictorias.

La recuperación de una persona que ha estado en una secta destructiva es otro tema que ambas películas abordan, aunque de forma diferente. Salir de estos grupos no implica simplemente abandonar un espacio físico, sino reconstruir una identidad que ha sido profundamente alterada. Los exmiembros suelen experimentar confusión, culpa y dificultades para reintegrarse en la vida cotidiana.

En el caso de “Ticket to Heaven”, se muestra el impacto duradero que la experiencia tiene en los personajes, subrayando que las secuelas no desaparecen de inmediato. Por su parte, “Split Image” explora el papel de la familia y de los profesionales en el proceso de desprogramación, destacando tanto las posibilidades como las limitaciones de estas intervenciones.

A más de cuatro décadas de su estreno, estas películas siguen siendo relevantes porque capturan dinámicas que, aunque han adoptado nuevas formas, continúan presentes en distintos contextos. Las sectas destructivas no han desaparecido; simplemente han evolucionado, adaptándose a nuevas tecnologías y entornos sociales.

Lo que “Ticket to Heaven” y “Split Image” consiguen, cada una a su manera, es humanizar a las personas atrapadas en estas dinámicas. Lejos de presentar a sus personajes como meras víctimas pasivas, muestran la complejidad de sus decisiones y los procesos graduales que conducen a la pérdida de autonomía.

Yo tuve la oportunidad de ver la película “Split Image” doblada al español —bajo el sugestivo título de “Las dos caras de la moneda”— en algún momento de los años noventa, después de haber salido de una comunidad sodálite, aunque todavía no había roto los lazos mentales que me unían al Sodalicio. Sin ninguna duda, el film contribuyó a que diera otro paso hacia la libertad, al permitirme identificar muchas semejanzas con el estilo de vida que se llevaba en las comunidades sodálites. La desaparición de las poluciones nocturnas durante varios meses, que yo interpreté como una señal positiva de estar caminando hacia la santidad, era en realidad parte del paquete sectario: una transformación física que tenía su correlato en una transformación mental que me alejaba de mi verdadera identidad y me impedía ser verdaderamente libre. Y eso no deja de tener consecuencias, como se verá a continuación.

En una encuesta a 101 sobrevivientes y exmiembros de las tres instituciones de vida consagrada de la Familia Sodálite —Sodalicio de Vida Cristiana, Fraternidad Mariana de la Reconciliación y Siervas del Plan de Dios—, realizada por Sandra Álvarez y Camila T. Alvim, dos exfraternas, y publicada el 1° de diciembre de 2024 en un blog, se resaltan los siguientes resultados:

40 reconocieron haber sufrido cuadros de depresión y ansiedad. Un número menor manifestó diagnósticos de bipolaridad (10), trastorno obsesivo compulsivo (4), esquizofrenia (2) y adicción (1). Otros sobrevivientes indican haber padecido estrés postraumático e insomnio (27), cansancio crónico (16) y trastorno de pánico (15). En menor medida aparecen diagnósticos de agorafobia (6), trastorno límite de la personalidad o borderline (4) e hipersensibilidad o semi-autismo (1).

En cuanto a enfermedades físicas, destacan la migraña y los cuadros de gastritis (43); problemas de espalda (29); fibromialgia (22); problemas de colon (19); tendinitis (18); dolor crónico (14); presión ocular por estrés (8); desórdenes alimenticios como bulimia y anorexia (5); apnea del sueño (1); asma (3); anemia (1), además de enfermedades hormonales como obesidad (13), endometriosis (7), alopecia (6), acné hormonal y prediabetes (1), así como enfermedades autoinmunes como celiaquía (3), lupus (1), Hashimoto (2), leucopenia (1) e intolerancia al gluten (1). Una exconsagrada manifestó haber desarrollado un cáncer reactivo (1).

El estudio de estos cambios mentales y físicos no sólo permite entender mejor el funcionamiento de las sectas destructivas, entre las cuales debería incluirse al disuelto Sodalicio de Vida Cristiana y grupos afines, sino también reflexionar sobre la naturaleza de la influencia, la identidad y la libertad individual. Porque la línea que separa la elección consciente de la manipulación puede ser mucho más difusa de lo que nos gustaría admitir.

 

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 1° de abril de 2026, la Conferencia Episcopal Peruana dio a conocer un comunicado de monseñor Jordi Bertomeu Farnós, comisario apostólico a cargo del proceso de liquidación de las sociedades de vida apostólica Sodalitium Christianae Vitae y Fraternidad Mariana de la Reconciliación, y de las asociaciones de fieles Siervas del Plan de Dios y Movimiento de Vida Cristiana.

En él se señalan los objetivos que se pretende alcanzar:

  1. a) Asumir la representación legal de las mencionadas instituciones suprimidas o conferirla a personas de su confianza.
  2. b) Disponer los procedimientos para comprobar cualquier tipo de violencia y/o abuso sufrido por miembros o ex miembros de las instituciones suprimidas y atribuido con certeza al Sr. Luis Fernando Figari y/o a miembros o ex miembros de las instituciones fundadas por él.
  3. c) Definir y resarcir equitativamente los daños sufridos por las víctimas (conforme al canon 128 del Código de Derecho Canónico), teniendo en cuenta para esos efectos el valor consolidado de los bienes muebles y los ingresos obtenidos por la enajenación de los bienes inmuebles pertenecientes a las instituciones mencionadas.
  4. d) Regularizar (conforme al canon 265 del Código de Derecho Canónico) la situación jurídica de los clérigos que estuvieron incardinados en el Sodalitium Christianae Vitae.

A continuación se detallan en el escrito los pasos a dar para conseguir estos fines, entre los que destaca la apertura de un «canal de primera escucha» que funcionará del 4 al 22 de mayo de 2026 en la sede de la Nunciatura Apostólica en Lima.

Algunos aspectos de este protocolo ya han despertado recelos y críticas. La Asociación por la Verdad, Justicia y Reparaciones (que reúne a varias víctimas del Sodalicio y asociaciones vinculadas) ha expresado preocupación, mientras que la Red de Sobrevivientes Perú, dirigida por José Enrique Escardó, ha adoptado un tono más duro y confrontacional. Se trata de críticas que no necesariamente comparten todas las víctimas del Sodalicio.

Algunas de estas observaciones podrían tener fundamento. Por ejemplo, que el período para que las víctimas presenten sus casos sea muy acotado (solo del 4 al 22 de mayo) y que no se podrán presentar denuncias después de este lapso. O que la documentación a presentar sea exhaustiva, lo cual no significaría mayor esfuerzo para quienes ya han presentado sus casos ante la Misión Especial Scicluna-Bertomeu, pero podría constituir una barrera burocrática para quienes recién se atreven a contar por primera vez los abusos sufridos en alguna de las entidades de la Familia Sodálite. Asimismo, no queda suficientemente claro si la reparación se limitará a una compensación económica o incluirá también una reparación simbólica con pedido de disculpas, aunque en el mismo comunicado se incluye una petición de perdón del papa Francisco «por los ilícitos canónicos intolerables que, más allá del escándalo suscitado a nivel internacional, desfiguran la misión evangelizadora de la Iglesia y menoscaban severamente su credibilidad».

Otras críticas provienen de sectores defensores del Sodalicio. El Centro de Estudios Jurídicos Santo Tomás Moro, un nido de ultraconservadores críticos de varios aspectos de la enseñanza del papa Francisco, publicó una carta abierta al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, solicitando la destitución de monseñor Jordi Bertomeu por motivos carentes de solidez y objetividad. En el texto de la carta se dice expresamente:

«Debemos manifestarles que lo que sí nos ha causado mayor dolor y tristeza, razón por la cual nos manifestamos en esta carta abierta, es el manifiesto abandono de millares de familias, laicos y fieles católicos peruanos y extranjeros que pertenecieron y vivieron el evangelio en torno a la familia espiritual del Sodalicio de Vida Cristiana».

A lo cual añaden lo siguiente, exagerando dramáticamente las cifras sin vergüenza alguna:

«Centenares de miles de peruanos y extranjeros que recibieron la primera formación en la fe y en la moral católicas, que han sido abandonados sin mayor explicación y hasta ahora no se les explica que va a suceder con ellos, a dónde deben ir y cómo deben enfrentar cuestiones tan difíciles de comprender como es la manera como operan los carismas de Dios en las comunidades católicas y que es lo que deben hacer ahora frente a su comunidad disuelta, así haya tenido o no haya tenido carisma fundacional».

Resulta sintomático que en la extensa carta apenas se mencione a las víctimas.

En la misma línea, aunque con un estilo más agresivo y bilioso, el exsodálite y pseudoperiodista Alejandro Bermúdez publicó el 2 de abril en la red social X un artículo titulado «Guárdate tus amenazas Bertomeu, porque LAS VAS A PAGAR».

Respecto a las incardinaciones de sacerdotes, Bermúdez afirma, convirtiendo un chisme en un supuesto facto: «El objetivo de Bertomeu es claro: que ningún sacerdote sodálite pueda ser recibido en una diócesis». Ignora que, ante la escasez de vocaciones, la Iglesia difícilmente puede prescindir de sacerdotes formados, especialmente si son buenos. Remata su texto con la siguiente amenaza:

«Quiero que te quede claro, Bertomeu: estás en la mira ahora más que nunca, y lo seguirás estando; no por odio ni por venganza, sino por justicia. Porque un sujeto tan corrupto e inmoral como tú no solo no debería tener la responsabilidad que hoy ostenta, sino que ni siquiera debería haber accedido al sacramento del orden sacerdotal».

¿Qué más se puede decir sobre el proceso de reparaciones?

Existe una forma de razonar errada muy frecuente, denominada «falacia de la solución perfecta» (también conocida como «falacia de la perfección» o «falacia del nirvana»), muy contraproducente, pues impide que se hagan efectivas decisiones que hay que implementar. Consiste en rechazar una propuesta, solución o política simplemente porque no es perfecta, ignorando que puede representar una mejora significativa respecto a la situación previa o a las alternativas reales disponibles. Se compara la propuesta con un ideal utópico (“el nirvana”) y, al no alcanzarlo, se descarta por completo, aunque sea claramente mejor que lo que ha habido hasta entonces.

Y esta falacia es la que parecen estar cometiendo algunos de los que critican el actual proceso de reparaciones.

Ya anteriormente ha habido varios procesos similares de reparación a víctimas de abusos en la Iglesia católica. El caso del Sodalicio destaca por ser un proceso centralizado y final gestionado directamente por un comisario apostólico del Vaticano, que utiliza bienes incautados de la propia institución suprimida para indemnizar no solo abusos físicos y/o sexuales, sino también espirituales, de conciencia, de autoridad y económicos. Lo excepcional —que sienta un valioso precedente— es la supresión total de una sociedad de vida apostólica de derecho pontificio.

Este modelo combina investigación canónica, liquidación institucional y reparación económica de forma centralizada. Aunque reduce algunas garantías procesales para las víctimas (no queda claro si se admitirán apelaciones), agiliza las cosas y evita esperas indefinidas. Las reparaciones se financian exclusivamente con bienes del Sodalicio incautados, sin que la Santa Sede ponga dinero propio.

No obstante sus limitaciones, este proceso resulta necesario y es mejor que lo habido hasta ahora por varios motivos:

  • Independencia y autoridad externa: Los procesos anteriores fueron gestionados por el propio Sodalicio (Oficina de Escucha y Asistencia y acuerdos extrajudiciales). Las víctimas los criticaban por falta de imparcialidad. Ahora interviene directamente el Vaticano con poder de liquidación.
  • Reconocimiento más amplio de abusos: Incluye explícitamente no sólo abusos físicos y/o sexuales, sino también abusos espirituales, de conciencia, de autoridad y económicos.
  • Cierre institucional definitivo: Forma parte de la supresión total de la «familia espiritual sodálite», ofreciendo mayores garantías de no repetición.
  • Montos potencialmente mayores: Según información oficial del Sodalicio, hasta fines de 2024 se destinaron 5.348.000 dólares a la reparación de 83 víctimas (media aproximada de unos 64.000 dólares por persona, incluyendo terapias). Con la liquidación de bienes que realiza actualmente el comisario apostólico, el fondo disponible podría ser superior.

El proceso de reparaciones abierto por monseñor Jordi Bertomeu es imperfecto. Presenta deficiencias que merecen ser señaladas con claridad y, en la medida de lo posible, corregidas o complementadas. Sin embargo, también es necesario y constituye un avance real y significativo respecto a los mecanismos internos previos gestionados por el propio Sodalicio.

Para las víctimas que aún no han sido resarcidas adecuadamente, este «canal de primera escucha» puede ser la última oportunidad concreta de obtener un resarcimiento antes de que el caso se archive definitivamente. Apoyar el proceso —sin dejar de exigir mejoras en su ejecución— parece la actitud más razonable y constructiva en este momento.

La justicia perfecta no existe en este mundo. Pero la justicia posible, aunque imperfecta, es preferible a la perpetuación de la impunidad o la espera indefinida.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 19 de marzo de este año tuvo lugar la Catholic Prayer for America Gala 2026 (Gala de Oración Católica por América 2026 —entiéndase por América sólo Estados Unidos—) en el hotel Waldorf Astoria (antiguo Hotel Trump) en Washington, D.C., que se inició con un mensaje de vídeo enviado por el cardenal Gerhard Müller, exprefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Este evento fue organizado por Catholics for Catholics (Católicos por los Católicos), una organización estadounidense sin fines de lucro fundada en 2022. Se presenta como un movimiento católico conservador que busca restaurar la presencia pública de la fe católica en la esfera pública estadounidense, combinando devoción religiosa con un fuerte patriotismo. Su misión principal es inspirar una “nueva ola de catolicismo” y amor por Estados Unidos; educar sobre la doctrina católica y analizar las posiciones de líderes católicos en temas de política pública, legislación y bienestar social; elevar a Cristo a la vida pública estadounidense, sin ocultar la fe; apoyar a quienes defienden la fe católica y los valores tradicionales en la cultura y la política. Ni que decir, se trata de una organización que ha apoyado abiertamente —sin ningún atisbo de vergüenza— al presidente Donald Trump.

Y uno de sus aliados y embajadores, quien también participó con un breve discurso en esta gala ultraconservadora y fue galardonado con el Catholic Champion Award 2026 (Premio Campeón Católico 2026), está Eduardo Verástegui, un actor mexicano que se ha convertido en una figura emblemática para los católicos conservadores del ámbito latinoamericano. El premio se le otorgó por su compromiso en la protección de los niños y la lucha contra la trata de personas, y por su trabajo como productor de la película “Sound of Freedom”, que habría ayudado a visibilizar la crisis de la trata infantil a nivel nacional e internacional.

Sin embargo, aquí es donde comienza el doble rasero, pues el film sensacionaliza el tema al enfocarse en rescates dramáticos en selvas y “carteles extranjeros”, lo que podría dar la impresión errónea de que el tráfico sexual infantil es principalmente un problema que se origina fuera de las fronteras de Estados Unidos, aunque el destino final de consumo de esos niños “de afuera” sean los mismos Estados Unidos. En realidad, el tráfico y la explotación sexual de menores ocurre en todos los países, incluido en los 50 estados del país norteamericano. Dentro de Estados Unidos, la mayoría de los casos de explotación sexual infantil involucran a menores estadounidenses —muchas veces facilitados por conocidos, familiares o a través de Internet—, no sólo víctimas importadas.

Verástegui también ha omitido mencionar posteriormente las acusaciones contra Tim Ballard, fundador de Operation Underground Railroad (OUR) — la organización que inspiró la película—, interpretado por Jim Caviezel en el film. Ballard enfrentó desde finales de 2023 múltiples acusaciones de acoso sexual, agresión sexual y manipulación espiritual por parte de varias mujeres que trabajaron o colaboraron con él en operaciones encubiertas. Si bien estos hechos se conocieron después de realizada la película, Verástegui ha optado por guardar silencio al respecto. De este modo, por esos azares del destino, “Sound of Freedom” termina convirtiéndose en la exaltación heroica de un abusador sexual.

El mismo Eduardo Verástegui ha estado muy cerca de uno de los mayores pederastas de la historia de la Iglesia. A través del sacerdote Juan Gabriel Guerra, integrante de los Legionarios de Cristo, llegó a conocer personalmente al P. Marcial Maciel. el cuál habría facilitado un encuentro del papa Juan Pablo II con el actor mexicano en noviembre de 2004, de lo cual da testimonio una fotografía, donde también se ve al P. Maciel.

Recién el 31 de agosto de 2025, Verástegui haría declaraciones públicas sobre los abusos de Maciel —aun cuando esos abusos ya eran conocidos desde hace años y el actor mexicano habría preferido guardar silencio cómplice—:

«Acabo de ver el documental “El lobo de Dios”. Primero que nada, el título no me gustó. Creo que hubiera sido más honesto llamarlo “El lobo disfrazado de oveja” o, mejor aún, “El lobo del diablo”.

Más allá del título, el documental revela las perversidades de un hombre que hizo un enorme daño a la Iglesia y a muchas víctimas inocentes. Eso hay que decirlo con todas sus letras: fue un criminal y un traidor al Evangelio. El mal debe ser condenado, las víctimas escuchadas y recompensadas, y los culpables investigados, procesados, juzgados y encarcelados».

Verástegui también se ha pronunciado sobre el caso de Jeffrey Epstein, considerando que «es uno de los fracasos morales y criminales más graves de nuestro tiempo. Epstein dirigió una red de abuso sexual sistemático de menores». Ha preguntado públicamente: «¿Quién más de México aparece en la lista de Jeffrey Epstein? Si alguien abusó de un niño, sea quien sea, debe caer». Pero este rasero no aplica cuando quien aparece cientos de veces en la lista de Epstein es Donald Trump, a quien el actor considera su amigo y defiende apasionadamente. «El presidente Donald Trump es el mejor presidente que ha tenido México», publicó el 21 de enero en la red social X.

Verástegui se presenta como parte del movimiento conservador global alineado con Trump (estilo MAGA, Make America Great Again). Lo ve como un líder fuerte contra el “globalismo”, el comunismo, los cárteles y las agendas progresistas. Ha actuado como una especie de puente o “vocero” informal de Trump en círculos latinos y mexicanos conservadores. Sus elogios son abiertos y sin matices negativos hacia Trump; no se le conocen críticas públicas importantes al presidente estadounidense. Ni siquiera ha dicho nada contra las atroces políticas migratorias que atentan contra derechos humanos, sobre todo de los migrantes latinoamericanos, como sí lo han hecho en declaraciones públicas los obispos estadounidenses e incluso el papa León XIV. Verástegui parece seguir en este punto una agenda propia, que no es la de la Iglesia católica.

El día 21 de abril de 2025, cuando murió el papa Francisco, Verástegui publicó este texto. «Hoy despedimos al Papa Francisco. Oremos por el eterno descanso de su alma. Que el Señor lo reciba en su infinita misericordia». Son palabras respetuosas que, sin embargo, no muestran ningún entusiasmo por lo que significó el pontificado del papa argentino. Son palabras muy similares a las que publicó Alejandro Bermúdez, pseudo-periodista expulsado del Sodalicio y furioso detractor de Francisco, quien se considera a sí mismo “amigo” de Verástegui: «Concédele Señor el descanso eterno, y brille para el Papa Francisco la luz perpetua. Descanso eterno conceda a él el Señor, y brille para él la luz perpetua. Descanse en paz. Amén».

Contrastan estos mensajes con lo que Verástegui publicó el 9 de mayo de 2025: «Dios nos ha regalado un nuevo Pastor: el Papa León XIV. Un hombre de fe, de oración, de servicio, con un corazón profundamente hispano, mariano y profundamente enamorado de Jesucristo y de su Iglesia. La Iglesia vive un momento de gracia. ¡Que viva el Papa León XIV!» Nunca se expresó en términos parecidos del Papa Francisco. Saquen sus conclusiones.

También es conocida su admiración por Mel Gibson, católico ultraderechista que rechaza el Concilio Vaticano II y que ha puesto en duda la legitimidad de los papas posteriores a ese concilio. Verástegui suele mencionar con entusiasmo y gratitud la película de Gibson “The Passion of the Christ” (“La Pasión de Cristo”), la recomienda explícitamente y la usa como ejemplo de cine que defiende la fe sin concesiones. Sin embargo, no tiene en cuenta que esa película se basa mucho más sobre las visiones de la religiosa alemana Anna Katharina Emmerick y sobre leyendas cristianas, que sobre los Evangelios mismos. Si consideramos que esa visiones fueron descartadas en el Vaticano por la Congregación para las Causas de los Santos debido a que no podían considerarse auténticas (cardenal José Saraiva Martins: «las “visiones” […] fueron anotadas, reelaboradas con gran libertad y sin control alguno, por el escritor alemán Clemens Brentano»), y si a eso le sumamos los detalles que fueron inventados por el guionista para sustentar determinadas interpretaciones de la fe, podemos concluir que nos hallamos ante una obra de teología-ficción salpicada de sadismo y espectacularidad sangrienta, y no ante una narración sobria, fiel a la esencia de los Evangelios.

A eso le podemos añadir otras posiciones doctrinales personales muy cuestionables de Verástegui, quien se considera pro-vida por su rechazo al aborto, pero está a favor de la pena de muerte. En un post del 7 de febrero de 2026 en la red social X decía lo siguiente:

«Conclusión católica, clara y honesta

La pena de muerte no ha sido condenada dogmáticamente por la Iglesia.

Fue considerada lícita durante siglos por santos, doctores y el Magisterio. La modificación del Catecismo no es infalible.

Es legítimo afirmar, con respeto y fidelidad a la Tradición, que el Papa pudo haberse equivocado en este punto. Defender esta postura no es herejía, ni desobediencia, ni ruptura con la fe católica. Es, sencillamente, pensar como la Iglesia ha pensado durante dos mil años».

No resistí la tentación de responderle con un post del 9 de febrero de 2026:

«Dogmáticamente la Iglesia tampoco ha condenado la esclavitud, la tortura ni la guerra. Pero la primera fue declarada moralmente ilícita recién en el siglo XIX, y las demás en el siglo XX. ¿Un católico puede estar a favor de la esclavitud, la tortura y la guerra?

Evidentemente, no.

Y tampoco a favor de la pena de muerte, aunque la postura de la Iglesia recién haya cambiado en el siglo XXI.

La Iglesia tuvo esclavos, torturó a “herejes” e inició “guerras santas”.

¿A esos tiempos quieres regresar, Verástegui?»

Si eso le sumamos su evidente homofobia, sus críticas a las luchas legítimas de las mujeres por sus derechos, su oposición al multiculturalismo unida a la discriminación de ciertos grupos poblacionales y su admiración por la cristiandad medieval, parece que efectivamente quisiera regresarnos a épocas superadas del pasado. Y eso es lo que menos necesita una Iglesia católica que ha estado sumida en graves crisis en los últimos tiempos.

[El dedo en la llaga] Alemania tiene leyes muy estrictas contra el extremismo de derecha, sobre todo el nacionalsocialismo o nazismo, debido a lo que ocurrió durante el régimen de Adolf Hitler entre 1933 y 1945. Durante ese periodo, Alemania se convirtió en una dictadura que provocó el asesinato sistemático de unos 6 millones de judíos en lo que se conoce como el Holocausto, así como la persecución de muchas otras personas (gitanos, discapacitados, homosexuales, opositores al régimen, comunistas, etc.). También ocasionó la Segunda Guerra Mundial, que causó la muerte de entre 70 y 85 millones de personas. Después de la derrota de la Alemania nazi en 1945, el país quedó devastado y hubo un consenso fuerte de que algo así no podía volver a ocurrir. Los alemanes también aprendieron que Adolf Hitler llegó al poder utilizando el sistema democrático de la República de Weimar y luego eliminó las libertades y derechos ciudadanos. Por eso se decidió crear una democracia que pudiera defenderse de movimientos antidemocráticos.

La constitución alemana actual, llamada oficialmente Ley Fundamental para la República Federal de Alemania (en alemán: Grundgesetz für die Bundesrepublik Deutschland), permite, por eso mismo, prohibir organizaciones que quieran destruir la democracia, castigar la propaganda nazi, vigilar a grupos extremistas. A esto se le llama “democracia militante” o “democracia defensiva”.

En ese sentido, el Código Penal alemán prohíbe, por ejemplo:

  • Usar símbolos nazis como la esvástica, el emblema de las SS (Schutzstaffel), el símbolo de la SA (Sturmabteilung) o banderas o insignias del partido nazi.
  • Hacer el saludo nazi o difundir propaganda del Tercer Reich.
  • Negar o justificar el Holocausto.

Todas estas acciones pueden constituir delito penal. Ciertamente, hay excepciones si el uso de símbolos se hace con fines educativos, artístico o históricos, siempre y cuando quede claro que no se está defendiendo la ideología que está detrás de esos símbolos.

Una reciente investigación del semanario WELT AM SONNTAG, publicada este domingo 8 de marzo, revela una realidad preocupante. El número de incidentes de extrema derecha en las escuelas ha aumentado fuertemente en los últimos años.

Hace tres años, en el estado federado de Postdam, se hizo pública la carta abierta de dos profesores sobre incidentes de extrema derecha en una escuela de Burg im Spreewald. Los dos profesores fueron amenazados tras su escrito y tildados de “traidores”. Ya entonces, WELT AM SONNTAG tuvo acceso a los documentos del Ministerio de Educación en Potsdam. Desde entonces, se han añadido cientos de notificaciones más. Los incidentes más recientes permiten, de forma selectiva, una visión de cuán profundo es el problema. Muestran que en muchos casos no se trata solo de provocaciones adolescentes, sino de propaganda nazi en toda regla, y en parte se trata de niños que ya en edad temprana entran en contacto con ideologías radicales.

El estado federado de Brandeburgo registra los incidentes de manera sistemática y detallada. A nivel federal, el estado ocupa una posición pionera al respecto. Cuando el reportero de WELT AM SONNTAG solicitó inspeccionar todos los expedientes en febrero, tuvieron que ser traídos con un trolley, debido a lo abundante del material. Las notificaciones provienen por igual de escuelas primarias, escuelas secundarias, institutos y escuelas profesionales. «El extremismo de derecha es un fenómeno que cubre todo el territorio», dice una fuente familiarizada con los procedimientos.

Un caso llama la atención. Alumnos de un instituto en Herzberg visitan el memorial del antiguo subcampo de concentración en Schlieben. Pocas horas después, dos de ellos están en el paradero del autobús y entonan la línea de una canción: «Turcos, árabes, griegos, ya no podemos oler esta escoria». El texto proviene de la canción «Kanake verrecke» de la banda neonazi de punk rock Landser, declarada “organización criminal” y prohibida por un tribunal alemán en el año 2003 y cuyos integrantes fueron sentenciados a diversas penas por Incitación al odio y difusión de propaganda nazi. Ante la pregunta del profesor, los jóvenes explican que el video con la canción se les apareció «simplemente así» en TikTok y que era «muy pegadiza».

No es un caso aislado. Hoja tras hoja, incidentes menores y mayores de los últimos tres años llenan los expedientes. Un alumno de la escuela secundaria en Bad Liebenwerda hace el saludo hitleriano en el pasillo de la escuela. En Schwedt, un alumno de octavo grado levanta repetidamente el brazo. Ante la clase dice: «Vamos a follarnos a los judíos y también a gasear a los negros». Más tarde, relativiza su declaración ante la dirección del centro educativo. Además, afirma no saber qué significa el saludo hitleriano. En la escuela secundaria de Rathenow, una alumna aparece en clase de biología con una camiseta que dice: «Estudio de bronceado 88 – Aun sin sol, marrón». El número 88 alude a las letras «HH» de «Heil Hitler», el marrón al color de los uniformes de las fuerzas paramilitares de choque conocidas como SA.

En otros casos, los profesores documentaron que en las escuelas se encontraron pegatinas de partidos neonazis como «Dritter Weg» («Tercera Vía»), su organización juvenil «Nationalrevolutionäre Jugend» («Juventud Nacionalrevolucionaria») o el grupo de extrema derecha «Deutsche Jugend Voran» (DJV, «Juventud Alemana Adelante»). El DJV es considerado en círculos de seguridad como un grupo de rápido crecimiento y orientado a la acción, dirigido a un público joven y afín a internet. A través de tales grupos, también se introduce en el ámbito neonazi a jóvenes que antes no tenían ningún contacto con temas políticos.

Llama la atención que también muchas escuelas primarias aparecen en los expedientes. En una escuela primaria en Potsdam, un alumno de segundo año corre por el patio con el brazo en alto. Cuando se le pregunta, dice que conoce el significado del gesto y lo hace «a propósito». En una escuela primaria en Dosse, un alumno de cuarto año pinta en un trabajo de clase sobre Alemania los contornos del país con los colores de la bandera del Tercer Reich. El padre del niño es un conocido integrante de los «Reichsbürger», un movimiento extremista cuyos miembros sostienen que el Estado alemán actual no es legítimo. En la nota del profesor se dice lacónicamente que contactar a los padres resulta en vano, ya que en el pasado hubo amenazas de parte de ellos.

En Brandeburgo se registra todo lo que notifican las escuelas, incluso lo que no llega al nivel de punible. En el año escolar 2022/2023 se registraron 117 casos. Un año después fueron 560, casi el quíntuple. En 2024/2025 la cifra fue de 386. Para el año escolar en curso 2025/2026, el ministerio registra hasta ahora 109 casos en el primer semestre.

En Renania del Norte-Westfalia, en cambio, se recogen datos policiales, es decir, delitos penales registrados, y se observa una dinámica similar. En 2023, la policía registró 277 delitos políticamente motivados ocurridos en «escuela/universidad», en 2024 ya fueron 452. Para 2025 hay 461 casos. El espectro va desde delitos de propaganda como mostrar el saludo hitleriano, hasta incitación al odio contra determinadas minorías de la población, insultos y hasta lesiones corporales. Los investigadores observan además que los contenidos de extrema derecha se difunden cada vez más en chats de clase y grupos.

Casos similares también aparecen en los expedientes de Brandeburgo. En capturas de pantalla de un chat de clase se encontró, por ejemplo, la foto de una nube de humo con la inscripción: «retrato de familia judío». En otra laptop escolar, un alumno había guardado una foto de Adolf Hitler y una imagen con el lema «Ausländer raus» («extranjeros fuera»).

También Sajonia informa de cifras en aumento. En 2023 se registraron 149 incidentes de extrema derecha, 155 en 2024, y en 2025 ya eran 245. La base son «incidentes especiales» que notifican las direcciones de los centros, como «influencias políticas o religiosas extremistas» o «incidentes racistas o antisemitas». Según el ministro de cultura de Sajonia, Conrad Clemens (CDU), «el extremismo de derecha es nuestro mayor problema social». Hay muchas iniciativas importantes de prevención, pero el terreno para el extremismo se prepara allí donde las afirmaciones misantrópicas y antidemocráticas no se cuestionan, «ya sea en el patio del recreo, en el club deportivo o en el entorno privado».

Otros estados federados también informan de aumentos significativos. En Turingia, el número de casos aumentó de 95 en el año 2023 a 174 en el año 2025. En Hesse, la cifra de incidentes extremistas de derecha denunciados creció de 39 en en el año 2023 a 159 en el año 2025, en Berlín de 74 en el año 2023 a 126 en el año 2025, en Renania-Palatinado de 25 en el año 2023 a 78 en el año 2025. Mecklemburgo-Pomerania Occidental registró en el año escolar 2024/2025 235 notificaciones relacionadas con antecedentes extremistas o símbolos anticonstitucionales, un claro aumento respecto al año anterior.

En Sajonia-Anhalt, los delitos de derecha registrados por la policía en escuelas aumentaron de 74 en el año 2023 a 192 en el año 2024, lo que supone un aumento de casi el triple. La ministra del interior de este estado federado, Tamara Zieschang (CDU), declaró a WELT AM SONNTAG: «Los incidentes extremistas de derecha en escuelas primarias son especialmente preocupantes. Muestran lo importante que es transmitir valores democráticos desde temprana edad, algo que debe comenzar no sólo en la escuela, sino también —y especialmente— en el hogar de la familia».

El experto en extremismo de derecha David Begrich, de la asociación «Miteinander» en Magdeburgo, identifica tres factores que contribuyen al aumento de incidentes en las escuelas. En primer lugar, la visibilidad general de contenidos de este tipo en los medios digitales ha aumentado considerablemente. En segundo lugar, existe un «regreso del placer de probar hasta dónde se puede llegar». En tercer lugar, especialmente en Alemania del Este, la Alternativa ara Alemania (AfD) ha contribuido a que las posiciones extremistas de derecha se normalicen aun más. «La diferencia con los años 90 es que ya no existe una cultura juvenil de derecha específica que se pueda delimitar claramente», afirma Begrich. Hoy en día, favorecido por internet, se trabaja mucho más con fragmentos de diferentes ámbitos.

Esto significa que quien, por ejemplo, escucha a la banda neonazi Landser porque se la recomienda el algoritmo de TikTok y le gusta, no necesariamente tiene que ser un extremista de derecha consolidado. En los años 90 era diferente. Quien entonces escuchaba a Landser era «con mayor probabilidad un neonazi consolidado», «porque era mucho más difícil acceder a ese material». En el trato con alumnos llamativos, Begrich aboga por un enfoque «situacional-comunicativo». «Antes de que la escuela llame a la policía, hay que hablar con los alumnos. En la gran mayoría de los casos, no se trata de visiones del mundo ideológicamente consolidadas».

Sea como sea, es un problema preocupante. Pues una sociedad dominada por ideologías extremistas termina siendo caldo de cultivo de los peores crímenes que la humanidad es capaz de cometer: crímenes de lesa humanidad.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El caso de la red criminal construida por el infame magnate de las finanzas Jeffrey Epstein, si bien resulta escandaloso, no constituye ninguna novedad en la historia del género humano, plagada de atrocidades innombrables que muchos prefieren seguir ignorando.

Epstein armó una red de tráfico sexual sistemático de menores. Se calcula que unas mil niñas y adolescentes fueron reclutadas con promesas de dinero por “masajes” que derivaban en abusos sexuales. Testimonios detallan cómo Epstein y su cómplice Ghislaine Maxwell abusaban sexualmente de las menores en sus propiedades (Nueva York, Palm Beach, isla privada Little St. James, Nuevo México, París). Hay alegatos, algunos en documentos del FBI de 2019 a 2025, de que Epstein “prestaba” sus víctimas a hombres poderosos y adinerados. Esta red involucraba modelos, empleados, pilotos y asistentes que ayudaban a transportar y atraer a chicas jóvenes de distintos países. También hay testimonios aislados aún no corroborados de asesinatos, mutilaciones, sacrificios rituales, cercenamiento de bebés, intestinos removidos y consumo de excrementos (coprofagia) o carne humana (canibalismo) en yates o propiedades de Epstein.

Expertos independientes del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas declararon en febrero de 2026 que los archivos publicados sobre el caso Epstein contienen “evidencia perturbadora y creíble” de abuso sexual sistemático a gran escala, tráfico y explotación de mujeres y niñas, hasta el punto de constituir crímenes de lesa humanidad (esclavitud sexual, prostitución forzada, tortura, etc.), cometidos en un contexto de misoginia extrema, racismo y corrupción.

Hay quienes han querido ver una premonición de lo que recién está saliendo a la luz en la película “Ojos bien cerrados” (“Eyes Wide Shut”, 1999) de Stanley Kubrick, sobre todo en la escena central de la orgía enmascarada en una mansión remota, con máscaras venecianas, rituales formales, contraseñas, jerarquías y un ambiente de poder absoluto. Uno de los temas que la película explora es cómo el dinero y el estatus permiten acceder a mundos prohibidos donde las mujeres son cosificadas, y donde se garantiza la impunidad de los participantes. No es sólo sexo; es control y degradación, esa dinámica de élites que usan su posición para explotar a personas vulnerables sin temer ninguna consecuencia.

Sin embargo, la película que, a mi parecer, mejor retrata esa realidad es “Saló o los 120 días de Sodoma” (“Salò o le 120 giornate di Sodoma”, 1975) de Pier Paolo Pasolini, una adaptación de una obra del Marqués de Sade que el cineasta e intelectual italiano convierte en una alegoría del fascismo. En el film, cuatro libertinos fascistas (el duque, el presidente, el obispo y el magistrado) secuestran a un grupo de jóvenes y los llevan a un castillo remoto durante 120 días, donde crean un régimen totalitario de placeres sádicos. Las víctimas (jóvenes vírgenes, hijos/hijas de los propios libertinos) son tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva (desde humillaciones hasta abuso sexual, coprofagia, tortura y asesinato).

Los cuatro libertinos establecen reglas, contratos y rituales precisamente para afirmar su poder absoluto sobre la ley y la moral. Pasolini lo presenta como la lógica íntima del fascismo/capitalismo desatado: el placer máximo deriva del control total y la degradación ajena sin castigo. El verdadero “producto” no es el sexo, sino la impunidad. Los cuatro poderosos (representando poder económico, político, religioso y judicial) se vigilan y refuerzan entre sí.

“Saló” es ficción alegórica extrema, diseñada para ser insoportable y denunciar el fascismo como posibilidad permanente del poder. Por la crudeza de sus imágenes, no obstante su valor artístico, el film fue prohibido o censurado en decenas de países, entre ellos Italia, Reino Unido, Alemania Occidental, Suecia, Nueva Zelanda y Canadá

Los paralelos con el caso Epstein son evidentes. Tanto en el film como en el caso que nos atañe había un espacio aislado y “extraterritorial”, donde las víctimas eran tratadas como objetos para trueque, contratos y experimentos de degradación progresiva. La isla Little St. James, de propiedad de Epstein, funcionaba como un enclave aislado, accesible solo por avión privado o yate, donde se alega que ocurrían abusos sistemáticos sin interferencia externa. Los archivos del caso Epstein muestran una red de contactos entre multimillonarios, políticos y figuras influyentes, donde la participación o el conocimiento mutuo creaba una barrera de silencio y protección.

Mientras que Pasolini filmaba para provocar y diagnosticar la corrupción del poder, lo de Epstein ocurrió en una sociedad democrática con leyes, pero con fallas institucionales que permitieron la impunidad por décadas. Pero tanto en el film como en la realidad se constata que la concentración extrema de riqueza y poder puede generar espacios de impunidad donde la explotación se convierte en sistema.

Las semejanzas van más allá de los contextos históricos. Pues Pasolini concebía el fascismo no como un régimen histórico puntual, el de Benito Mussolini, sino como una posibilidad permanente y estructural del capitalismo avanzado, lo que algunos llaman “capitalismo filofascista”, “neofascismo consumista”, “fascismo tardocapitalista” o “fascismo total” en su forma más sutil y depredadora.

Pasolini lo dijo explícitamente en sus ensayos de los años 70: que el consumismo masivo y el neocapitalismo no son opuestos al fascismo; son su evolución más eficaz y menos visible. Mientras el fascismo clásico usaba uniformes, marchas y propaganda nacionalista abierta, el “nuevo fascismo” (el del capital desregulado) homogeneiza culturalmente, anula la diversidad, reduce al ser humano a objeto de consumo y crea espacios de impunidad absoluta para las élites.

Esto se aplica perfectamente a la red de Epstein. El capitalismo filofascista se manifiesta en la cosificación extrema de las víctimas (niñas tratadas como mercancía intercambiable, reclutadas en red piramidal), la protección mutua entre poderosos (contactos cruzados que crean silencio cómplice) y la degradación antropológica (aquí, por la explotación sexual sistemática de personas vulnerables). No se trata de ideología explícita, sino de una lógica fascistoide inherente al poder desnudo. Cuando la acumulación ilimitada de riqueza elimina cualquier freno ético o legal, surge un “fascismo de mercado” o “anarquía del poder” donde las élites crean micro-totalitarismos privados. Pasolini lo llamó «fascismo total» porque penetra hasta en lo corporal y lo íntimo.

Así lo expresaba en sus “Escritos corsarios”, una recopilación de artículos periodísticos y ensayos breves escritos entre 1973 y 1975:

«Creo profundamente que el verdadero fascismo es lo que los sociólogos han llamado con demasiada buena voluntad “la sociedad de consumo”. […] Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, ha transformado profundamente a los jóvenes, los ha tocado en lo íntimo, les ha dado otros sentimientos, otros modos de pensar, de vivir, otros modelos culturales. No se trata ya de una regulación superficial, escenográfica, como en la época mussoliniana, sino de una regulación real que les ha robado y cambiado el alma. […] La “civilización del consumo” es una civilización dictatorial. En suma, si la palabra fascismo significa la prepotencia del poder, la “sociedad de consumo” ha realizado bien el fascismo».

Epstein no era un “perverso aislado”; era el gestor de un enclave extraterritorial (la isla, el jet, las mansiones) donde elites capitalistas experimentaban la impunidad total. El placer máximo no viene del sexo en sí, sino de violar todas las leyes humanas sin consecuencias, igual que en “Saló”, donde el sadismo se ritualiza para afirmar el poder absoluto.

De este modo, “Saló” no es sólo una comparación estética o de atrocidades. Es una premonición ideológica que Pasolini lanzó contra el capitalismo consumista, y los archivos de Epstein la hacen sonar proféticamente acertada. Muestra cómo el poder absoluto, cuando se desliga de cualquier rendición, tiende a reproducir dinámicas fascistas, no por nostalgia mussoliniana, sino por la lógica interna del capital sin frenos.

[EL DEDO EN LA LLAGA]  La película “Grâce à Dieu” (“Gracias a Dios”, 2018) del cineasta francés François Ozon nos muestra las dificultades que tienen que afrontar las víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica. Allí se nos cuenta un drama basado en hechos reales que denuncia el escándalo de abusos sexuales en perjuicio de menores cometido por el sacerdote Bernard Preynat en Lyon (Francia), entre los años setenta y noventa, principalmente en campamentos de scouts. Está confirmado que Preynat abusó de por lo menos 70 menores de edad, aunque se estima que el número de víctimas llegaría a las 400, y las autoridades de la Iglesia católica encubrieron los hechos durante décadas.

El film se centra en la historia de tres víctimas:

  • Alexandre Guérin, un banquero exitoso, católico practicante, casado y padre de cinco hijos.
  • François Debord, un ateo furioso y activista, que canaliza su rabia en acciones directas.
  • Emmanuel Thomassin, un hombre más atormentado y emocionalmente inestable, cuya vida ha sido profundamente marcada por el trauma.

Los tres, los cuales inicialmente no se conocen entre sí, terminan uniéndose a través de la asociación “La Parole Libérée” (“La Palabra Liberada”, fundada por sobrevivientes reales como François Devaux y Alexandre Hezez), que recopila testimonios, crea una red de apoyo y presiona judicial y mediáticamente para que se levante el secreto y se haga justicia. Se muestran sus luchas personales, el impacto del trauma en sus vidas (familia, fe, identidad), las respuestas evasivas o insuficientes de la Iglesia (incluyendo el famoso lapsus del cardenal Barbarin, arzobispo de Lyon: “La mayoría de los hechos, gracias a Dios, están prescritos”), y cómo forman una comunidad para romper el silencio y buscar reparación.

Pero también se muestran los conflictos internos que aquejan a una asociación de víctimas. Mientras unos quieren ir más allá de sus casos individuales y denunciar el sistema eclesiástico que permite que clérigos cometan abusos, sistema que luego los encubre y protege, otros se contentan con que los responsables paguen sus culpas, y también hay víctimas que se niegan a unirse a las denuncias porque están tan afectadas por el trauma, que se sienten incapaces de soportar la presión pública que significa exponer abiertamente sus casos, o simplemente no logran reunir el valor para unirse a esta lucha. Porque hay algo muy cierto: el activismo abierto contra la pederastia eclesial suele traer consigo un alto costo personal y no pocos problemas individuales y sociales.

Ciertamente, las asociaciones de víctimas de abuso sexual en la Iglesia católica han jugado un papel muy importante en la visibilización de los abusos y la ruptura del silencio. Han sido fundamentales para exponer encubrimientos sistémicos a nivel global, forzando la agenda pública y mediática. Ofrecen redes de apoyo mutuo, grupos de sanación, recursos psicológicos/emocionales y conexiones legales. Muchas son lideradas por sobrevivientes, lo que genera empatía y credibilidad entre víctimas que desconfían de instituciones eclesiales o estatales.

Han logrado avances concretos: listas públicas de clérigos acusados (en EE.UU. y otros países), políticas de “tolerancia cero” en algunas diócesis, presión al Vaticano y colaboración en comisiones de la verdad (Australia, Francia, Alemania). Han impulsado cambios legislativos (imprescriptibilidad en algunos países) y denuncias ante la ONU.

Sin embargo, algunos críticos, incluyendo algunos sobrevivientes y analistas, señalan que priorizan la Iglesia católica sobre otros contextos de abuso (escuelas, familias, otras religiones), lo que puede percibirse como sesgo anticatólico o agenda ideológica más que protección universal de menores.

No han faltado en esas asociaciones conflictos internos y crisis de liderazgo. Algunas voces, incluyendo sobrevivientes que encontraron sanación en la Iglesia, critican que ciertos grupos parecen más enfocados en atacar la institución eclesiástica que en sanar a víctimas o colaborar constructivamente. Muchas operan con donaciones y voluntarios, lo que restringe su alcance, especialmente en regiones pobres o con fuerte influencia eclesial.

Además, muchos de quienes hemos sido víctimas de abusos por parte de personal clerical o religioso de la Iglesia católica —en mi caso, en el Sodalicio de Vida Cristiana— creemos que los abusos sexuales son sólo el síntoma de un problema más profundo. Y que la lucha contra los abusos sexuales no podrá tener éxito si no se atacan las raíces mismas, que radican en el abuso de poder y abuso de conciencia que practican sistemas de rasgos autoritarios e instituciones de características sectarias.

SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), la más antigua asociación de víctimas de la Iglesia católica, fundada en 1988 por Barbara Blaine (1956-2017), una sobreviviente de abusos, sufrió entre 2016 y 2017 una crisis de liderazgo, la cual llevó a renuncias masivas. En diciembre de 2016, David Clohessy, director nacional durante décadas y figura pública clave, renunció abruptamente, citando conflictos internos y preocupaciones por su salud. Clohessy era una de las voces más visibles de SNAP en medios y audiencias. En febrero de 2017, Barbara Blaine, fundadora y presidenta, también renunció, dejando a la organización sin sus líderes históricos en un corto período. Estas salidas ocurrieron en medio de una convulsión institucional, con reportes de divisiones internas, pérdida de confianza y cambios en la dirección, pues Barbara Dorris asumió como nueva líder.

En enero de 2017, Gretchen Hammond, una exempleada administrativa había presentado una denuncia alegando que SNAP tenía un esquema de comisiones o pagos de retorno con abogados que representaban a sobrevivientes en demandas contra la Iglesia. Según la denuncia, SNAP aceptaba comisiones financieras —en forma de “donaciones”— de abogados que representaban a víctimas de abuso sexual. A cambio, SNAP refería o dirigía a sobrevivientes como clientes potenciales a esos abogados, quienes luego presentaban demandas contra la Iglesia Católica, a menudo con acuerdos millonarios. SNAP negó las acusaciones, afirmando que aceptaba donaciones de abogados pero no dirigía clientes. Más de la mitad de las donaciones anuales de SNAP provendrían en ese momento de abogados litigantes, e incluso se mencionaba un abogado de Minnesota que habría donado alrededor de un millón de dólares. Esto convertía a a SNAP en una “operación comercial” que “entregaba” víctimas a abogados para beneficio mutuo. La demanda generó escrutinio mediático y contribuyó directamente a las renuncias de Clohessy y Blaine. El caso se resolvió posteriormente en 2018 con un acuerdo extrajudicial, sin admisión de culpa por parte de SNAP, y Clohessy regresó regresó parcialmente a SNAP en 2018 como portavoz voluntario.

Problemas internos de otro tipo también han afectado a Ending Clergy Abuse (ECA).

Este proyecto había sido concebido en agosto de 2017 por Barbara Blaine, poco antes de su muerte inesperada en septiembre de 2017, junto a Timothy Law, abogado de Seattle, y otros activistas, con el nombre inicial de The Accountability Project (TAP). Esta iniciativa se convirtió rápidamente en Ending Clergy Abuse (ECA). Surgió como respuesta a la necesidad de una red internacional unificada de sobrevivientes y activistas contra el abuso sexual clerical en la Iglesia Católica, donde los casos de encubrimiento y falta de rendición de cuentas eran —y siguen siendo— un problema sistémico global. La organización se presentó públicamente en junio de 2018 en Ginebra (Suiza), con una conferencia de prensa el 7 de junio de 2018. En ese momento, ya contaba con más de 25 sobrevivientes y activistas de 15 países y 4 continentes. El anuncio coincidió estratégicamente con la visita del Papa Francisco a Ginebra (21 de junio de 2018), para presionar por mecanismos centrales de rendición de cuentas de obispos y una política global de tolerancia cero.

ECA ha organizado manifestaciones de resonancia mediática, a fin de visibilizar el problema de abusos en la Iglesia católica, entre los cuales se cuentan la “March to Zero Tolerance”, que tuvo su epicentro en Roma a fines de septiembre de 2023. También tuvieron resonancia la reunión de la junta directiva de ECA con el Papa León XIV el 20 de octubre de 2025, y la Cumbre Global ECA en Buenos Aires (16 de diciembre de 2025), que fue el primer evento internacional dedicado exclusivamente a alegaciones de abusos institucionales, coerción y explotación en el Opus Dei, centrado en testimonios de sobrevivientes y acceso a la justicia.

Pero más allá eventos mediáticos, ECA no puede ostentar ningún logro significativo en la lucha contra el abuso clerical. El éxito que han tenido algunos miembros de ECA en su lucha para que los responsables rindan cuentas se debe exclusivamente a iniciativas personales que no fueron apoyadas institucional ni financieramente por la asociación. Por ejemplo, fue la labor de Pedro Salinas, hasta hace poco miembro destacado de ECA, junto con la de otras víctimas y periodistas, la que contribuyó a la disolución definitiva del Sodalicio de Vida Cristiana.

También es conveniente mencionar que hubo otros integrantes de ECA a lo largo de su breve historia que renunciaron a la asociación, desilusionados ante la manera en que se manejaban los asuntos internos, en ocasiones muy similar a la manera autoritaria en que se manejan muchos asuntos dentro de la Iglesia católica.

En diciembre de 2025, ECA contaba oficialmente con 45 miembros. Ese mismo mes 8 de esos miembros —entre los cuales me cuento yo mismo desde la campaña en Roma en septiembre de 2023— decidimos renunciar a la asociación debido a una serie de circunstancias y acciones por parte de miembros de la junta directiva, que ponían en tela de juicio el talante democrático de la asociación. La junta directiva se negó a proporcionarnos información transparente sobre el proceso de expulsión de un miembro de ECA que había participado en las jornadas de septiembre de 2023 en Roma. Se nos quiso imponer un código de conducta más apropiado para instituciones donde los abusos sexuales eran probables y frecuentes. Se quiso implementar la obligatoriedad de entrenamientos (que debíamos pagar nosotros mismos) en el tema de abusos, además de cuotas en dinero para asociados.

He aquí lo que expresamos los renunciantes:

«Aun cuando ECA tenga fines justos y nobles por los cuales siempre lucharemos personalmente, consideramos sin embargo que a muchos no nos ha traído ningún beneficio verificable pertenecer a la organización, pero sí podríamos tener problemas en el futuro debido a una mala gobernanza que se ha inclinado hacia un autoritarismo inaceptable.

Durante los últimos años, muchos miembros de ECA han expresado su profundo descontento con la gestión de la organización por parte de la junta directiva, gestión marcada por el autoritarismo, la negativa a escuchar la opinión de las bases y la imposición de decisiones desde arriba. Hemos utilizado todos los mecanismos disponibles en una organización democrática para fomentar el debate sobre la buena gobernanza democrática. La junta directiva se ha negado repetidamente a permitir que este debate se lleve a cabo. ECA ha dejado de ser una organización democrática.

Las bases no tienen derechos, sólo obligaciones arbitrarias establecidas por la junta directiva. Se nos pide que contribuyamos con nuestro esfuerzo y trabajo a una organización donde no tenemos voz. El autoritarismo con el que opera ECA hoy en día se asemeja mas a la Iglesia católica que a una organización de derechos humanos. Se ha permitido que prospere un ambiente tóxico. Permanecer en dicha organización infligiría daño moral a cualquier activista de derechos humanos que se precie. Por todas estas razones, no queremos formar parte de ECA y hemos decidido renunciar a nuestra membresía».

En un solo mes ECA ha perdido el 18% de sus miembros. Los renunciantes son originarios de España, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela y El Salvador. Por eso mismo, decíamos también en uno de nuestros escritos a la junta directiva:

«Agotamos todos los mecanismos a nuestro alcance para obtener respuestas y propiciar un cambio de actitud; sin embargo, una y otra vez nos encontramos con una negativa sistemática que impidió, cuando menos, recibir respuestas claras y serias a los planteamientos expresados.

Durante este proceso cuestionamos, nos quejamos y también propusimos alternativas que permitieran dar un giro a la verticalidad impuesta. No obstante, todos nuestros intentos fueron ignorados u opacados. Por el contrario, fuimos calificados como un “pequeño grupo”, “disidentes” o “latinoamericanos”».

La lucha contra los abusos sigue siendo una de nuestras banderas. Esperamos que las organizaciones que siguen abocadas a esta causa aprendan de sus errores y no socaven sus legítimas batallas con actitudes similares a las que están en la raíz de los abusos mismos.

[El dedo en la llaga] El 10 de enero de 2026 murió en Suiza, a los 90 años de edad, el autor de bestsellers Erich von Däniken (1935-2026), cuyos libros “Recuerdos del futuro” (1968) y “Regreso a los estrellas” (1970) devoré con ahínco en mi infancia. Los adquirí con mis propinas en la desaparecida Librería Castro Soto que quedaba en la calle Miguel Dasso, a la cual me iba en bicicleta desde mi casa en la calle Julio Becerra 155, situada a espaldas del Inmaculado Corazón, colegio privado de primaria sólo para varones. Incluso mis padres me llevaron al cine a ver el documental basado sobre el primero de los libros, que fue estrenado —si no me falla la memoria— en el legendario Cine Roma.

Estamos hablando de otra época, de una era predigital donde los libros eran para nosotros, menores de edad entonces, mundos que descubrir, e ir al cine era una experiencia colectiva que no se comparaba con lo que nos ofrecía una televisión con tubos de rayos catódicos e imágenes en blanco y negro. Y donde hasta un documental en colores podía ser una experiencia fascinante.

Erich von Däniken fue mi primer guía intelectual en el descubrimiento del mundo antiguo con sus ruinas misteriosas, monumentos gigantescos y figuras crípticas, cargadas de un arte y una escritura que necesitaban ser descifradas e interpretadas dentro un contexto histórico que se escapaba a nuestra comprensión. Y este autor suizo traía consigo una interpretación de estos datos que no solamente era novedosa, sino que desafiaba lo que las ciencias habían podido descubrir hasta entonces: las huellas arqueológicas nos daban indicios de la presencia de extraterrestres en nuestro mundo desde épocas ancestrales.

Por supuesto, se trataba de un embuste creado por la imaginación de alguien que no era arqueólogo ni aplicaba un método científico. Era un autodidacta empedernido que nunca tuvo estudios académicos, pues los únicos oficios que aprendería son el de cocinero y el de hotelero.

Erich von Däniken nació como el cuarto de cinco hijos del fabricante de ropa Otto von Däniken y de su esposa Magdalena en Zofingen (Suiza). Pasó su etapa escolar en las localidades suizas de Niedererlinsbach, Rabius, Schaffhausen y Friburgo. Allí asistió, a partir de los trece años, al Kollegium St. Michael de la orden jesuita. Durante ese tiempo se interesó especialmente en la filosofía, la teología y la arqueología. Posteriormente completó un aprendizaje como cocinero.

Mientras trabajaba como aprendiz de hotelería en el Hotel Schweizerhof de Berna, realizó en 1954 su primer viaje a Egipto y comenzó a buscar traducciones de textos cuneiformes. Le siguieron empleos en varios hoteles. Tras un breve paso por la fábrica de sopas Knorr, von Däniken se convirtió en gerente del restaurante Mirabeau en Berna. En 1964 asumió la dirección del Hotel Rosenhügel, un hotel de temporada de invierno en Davos.

A finales de 1968, von Däniken fue detenido en Viena a instancias de la fiscalía del cantón de los Grisones (Suiza), acusado y condenado el 13 de febrero de 1970 a tres años y medio de prisión por falsificar registros financieros, malversación y fraude, al engañar a instituciones para obtener préstamos. Utilizó este dinero para financiar su costoso estilo de vida y los viajes de investigación para su primer libro, “Recuerdos del futuro”. Antes de este gran proceso, ya contaba con condenas en la década de 1950 por robo y fraude. Durante el juicio de 1970, un informe psiquiátrico lo describió como un “mentiroso notorio” con una fuerte necesidad de reconocimiento.

Von Däniken pudo abandonar la prisión tras 18 meses, gracias a la computación de la prisión preventiva y por buena conducta. En 1982, el Tribunal Cantonal de los Grisones anuló la sentencia y rehabilitó a von Däniken. Durante su prisión, el libro “Recuerdos del futuro” fue adaptado al cine por Harald Reinl. La película recibió una nominación al Óscar.

Von Däniken terminaría abandonando el negocio hotelero y dedicándose por completo a la pseudo-ciencia bautizada con el nombre de paleoastronáutica (o pre-astronáutica). Esta afición le traería ingresos millonarios, gracias a la venta de los más de 40 libros que publicó en vida, muchos de los cuales serían traducidos a 32 idiomas.

Por lo menos a partir de 2003, sus libros fueron publicados por la editorial Kopp, a la que el renombrado periódico alemán Die Welt califico como una «empresa especializada en esoterismo, teorías de la conspiración y desinformación».

¿Pero en qué consistía el método de von Däniken, que lo llevaba a la conclusión de que los extraterrestres tuvieron un rol muy importante en el desarrollo de las civilizaciones antiguas?

Su “investigación” consistía en:

  1. Viajar mucho y observar directamente los sitios.
  2. Fotografiar y describir lo que veía.
  3. Plantear preguntas retóricas del tipo “¿cómo pudieron hacer esto sin ayuda externa?”
  4. Proponer la intervención extraterrestre como la explicación más “lógica” cuando la arqueología convencional no daba —según él— respuestas suficientes.

Tomaba fotos de monumentos, relieves, estatuas y objetos antiguos, y luego los reinterpretaba como representaciones de astronautas, naves espaciales, cascos, trajes o tecnología avanzada (por ejemplo, la losa de Palenque que interpreta como un astronauta en una cápsula, o las líneas de Nazca como pistas de aterrizaje). Interpretaba pasajes de la Biblia (especialmente Ezequiel y sus “carros de fuego”), mitos sumerios, hindúes, sudamericanos, africanos, etc., como recuerdos distorsionados de contactos con extraterrestres. No hacía análisis filológico o histórico profundo, sino comparaciones superficiales y especulativas. Destacaba objetos o construcciones que, según él, eran demasiado precisos o avanzados para la tecnología de la época (pirámides, baterías de Bagdad, pilar de hierro de Delhi, etc.), aunque muchas de estas “anomalías” ya tenían explicaciones científicas aceptadas que él ignoraba o rechazaba.

A esto se suma una subestimación etnocéntrica y discriminatoria de las capacidades de las culturas antiguas, al asumir que no pudieron tener ciertos logros sin ayuda externa. Proyectaba tecnología moderna (naves, cascos, trajes espaciales) sobre arte y mitos antiguos, ignorando su simbolismo religioso y cultural. Nunca presentaba artefactos inequívocamente extraterrestres, ADN alienígena, tecnología no terrestre o pruebas físicas directas. Sus “evidencias” eran siempre reinterpretaciones subjetivas de objetos humanos conocidos.

La comunidad científica considera su trabajo pseudociencia porque no seguía estándares rigurosos, seleccionaba evidencias de forma sesgada, no citaba fuentes fiables de manera adecuada y no sometía sus ideas a verificación o crítica seria. Sin embargo, su método de “ir al lugar y verlo con mis propios ojos” fue clave para el atractivo popular de sus libros y teorías.

Así lo recuerda un compañero de clase mío del Colegio Alexander von Humboldt, el cual tenía una casa de vacaciones en la bahía de Paracas. Me contó una vez que conoció personalmente a von Däniken, en una de sus visitas al Perú. El suizo pidió que lo llevaran en bote a ver el candelabro de Paracas. Me cuenta mi amigo que llegó, lo vio, tomó unas cuantas fotografías y eso fue todo. En sus libros ese geoglifo sobre una colina de arena que da al mar sería interpretado como una señal para naves extraterrestres que apuntaba hacia las líneas de Nazca, que les habrían servido de pistas de aterrizaje.

A esto se suma que la idea de la presencia de extraterrestres en los albores de la civilización ni siquiera es original de von Däniken. El autor francés Robert Charroux (1909-1978), en su libro “Historia desconocida de los hombres” (1963), ya presentaba muchas de las pruebas y argumentos (como el de las líneas de Nazca) que von Däniken utilizaría más tarde en “Recuerdos del futuro”. De hecho, von Däniken fue acusado de plagio y su editorial tuvo que incluir a Charroux en la bibliografía de ediciones posteriores para evitar demandas legales. Los escritores franceses Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-1978), en su popular libro “El retorno de los brujos” (1960), especularon sobre la posibilidad de visitas extraterrestres en la antigüedad y de conocimientos perdidos. El “investigador” estadounidense Charles Fort (1874-1932) recopiló, a principios del siglo XX, miles de fenómenos inexplicables y sugirió en obras como “El libro de los condenados” (1919) que la humanidad podría estar bajo la observación o control de seres de otros mundos. En la ficción, la teoría de “alienígenas” que habitaron hace millones de años la Tierra constituye la base de varios relatos del escritor H.P. Lovecraft (1890-1937).

Antes de ser escritor de bestsellers, Erich von Däniken fue un embaucador que cometió delitos financieros. Descubrió que le iba a ir mejor si embaucaba —no sé si con buenas o malas intenciones— a millones de lectores con teorías extravagantes sobre la presencia de extraterrestres en el pasado humano. Lo que logró como efecto colateral benéfico es despertar en muchos un inmenso interés por la arqueología, lo cual difícilmente se hubiera logrado con escritos científicos y académicos sobre el tema. Y aprendimos a no tomar en serio sus interpretaciones fantásticas, así como tampoco creemos en las explicaciones conspirativas oficiales que nos dan algunos sobre datos y hechos, cuya veracidad ha sido demostrada fehacientemente o que hemos visto con nuestros propios ojos.

[EL DEDO EN LA LLAGA] En 1995, Umberto Eco publicó su ensayo “Eternal Fascism” (“El fascismo eterno”), identificando 14 características típicas de esta ideología, la cual él también denomina ur-fascismo, es decir, el fascismo primordial, arquetípico o eterno, es decir, una forma esencial y subyacente del fascismo que trasciende las manifestaciones históricas concretas (como el fascismo italiano de Mussolini o el nazismo alemán). Según Eco, el ur-fascismo no es un sistema ideológico rígido y coherente, sino una nebulosa de actitudes, impulsos y características que pueden aparecer en combinaciones variables y que sobreviven al fascismo histórico del siglo XX. Estas características pueden manifestarse en movimientos políticos modernos, incluso bajo apariencias inocentes o democráticas, sin que necesariamente se declare abiertamente fascista.

Las reflexiones del filósofo italiano revisten suma actualidad, y nos sirven para identificar los diferentes fascismos que han tomado carta de ciudadanía no sólo en la política actual a nivel mundial, sino también en el ámbito religioso.

Ya hace 30 años, Eco alertaba sobre el peligro de estas corrientes de pensamiento:

«El ur-fascismo sigue entre nosotros, a veces en ropa de civil. Sería mucho más fácil para nosotros si apareciera en la escena mundial alguien que dijera: “Quiero reabrir Auschwitz, quiero que las Camisas Negras vuelvan a desfilar por las plazas italianas”. La vida no es tan sencilla. El ur-fascismo puede regresar bajo los disfraces más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y señalar con el dedo cada una de sus nuevas manifestaciones —todos los días, en todas las partes del mundo—. Merece la pena recordar las palabras de Franklin Roosevelt del 4 de noviembre de 1938: “Me atrevo a afirmar, desafiando a quien corresponda, que si la democracia estadounidense deja de avanzar como una fuerza viva, buscando día y noche por medios pacíficos mejorar la suerte de nuestros ciudadanos, el fascismo crecerá en fuerza en nuestra tierra”. La libertad y la liberación son una tarea interminable».

Las palabras del presidente Roosevelt son proféticas y parecen haberse cumplido en el presente bajo la administración del presidente Donald Trump. Pero quizás lo que más nos puede interesar es cómo se plasman esas características del “fascismo eterno” en asociaciones religiosas, sobre todo las que forman parte de la Iglesia católica. Para ello voy a ir enumerando esas características, comentando cómo se plasmaban en el Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica que fue suprimida el 14 de abril de 2025 por el Papa Francisco y a la cual yo estuve vinculado durante treinta años.

  1. El culto a la tradición. El fascismo eterno se basa en un sincretismo cultural que rechaza la innovación y ve la verdad como ya revelada en un pasado mítico.

En el Sodalicio se veneraba la Antigüedad Cristiana y la Edad Media como épocas de plasmación perfecta de los valores cristianos en la sociedad —lo que conocemos como la cristiandad occidental— y se veía el desarrollo de las ideas a partir del Renacimiento como un declive en decadencia continua que conducía a la configuración de la sociedad moderna

  1. El rechazo de la modernidad. Ve la Ilustración y la razón moderna como el origen de la decadencia, aunque pueda aceptar avances tecnológicos superficiales.

El mundo actual era visto como un ente en absoluta decadencia, producto de la Reforma protestante, la Ilustración y la Revolución Francesa, todos ellos sucesos que desembocaron en la sociedad moderna, donde no existiría ningún pensamiento ni sistema ideológico rescatable.

  1. El culto a la acción por la acción. La acción se valora por sí misma, sin reflexión; pensar es una forma de debilidad. Se asocia al irracionalismo y al antiintelectualismo.

Si bien en el Sodalicio se insistía en que uno debía tener un pensamiento racional y desconfiar de los sentimientos, no se permitía ser crítico con los postulados ideológicos de la institución. Más bien, se debía actuar sin pensar cuando un superior daba una orden.

  1. El desacuerdo es traición. La crítica o el desacuerdo se consideran traición; no se tolera el debate racional.

En el Sodalicio quien criticaba el pensamiento único imperante o manifestaba discrepancias era considerado un traidor, al cual se le tenía que disciplinar y castigar.

  1. El miedo a la diferencia. Explotación del temor a lo diferente; el primer enemigo son los “intrusos”. Por definición, es racista.

La frase “un sodálite sólo puede ser amigo de otro sodálite” que repetía Luis Fernando Figari, el fundador del Sodalicio, expresaba la desconfianza que se debía tener hacia todo el que fuera ajeno a la institución. “Un cholo nunca podrá ser un buen sodálite”, otra frase suya, expresaba el desprecio que tenía hacia todo aquel que tuviera ancestros indígenas.

  1. Apelación a la frustración social. Surge de la frustración individual o colectiva, especialmente de clases medias amenazadas por crisis económicas o presión de grupos inferiores.

El Sodalicio buscó al principio a sus adeptos entre jóvenes de clases medias y altas, frustrados por la falta de perspectivas en el Perú, que pasó por una dictadura militar en los setenta, y por graves crisis económicas y sociales en los ochenta, a las cuales se sumó la amenaza terrorista en los ochenta y noventa.

  1. Obsesión por el complot. Los seguidores se sienten asediados por enemigos internos y externos; la vida nacional se ve como una conspiración permanente.

En los años setenta y ochenta se nos hablaba en el Sodalicio de la conspiración judeo-masónica para dominar el mundo. A eso se sumó la amenaza que constituía el comunismo y su supuesto socio, la teología de la liberación, que presuntamente no era otra cosa que la infiltración del marxismo dentro de la Iglesia. Y al Plan de Dios se contraponía el plan del demonio para descristianizar a la sociedad.

  1. El enemigo es a la vez demasiado fuerte y demasiado débil. Los enemigos son humillados, pero al mismo tiempo se les presenta como invencibles para justificar la lucha eterna.

Se nos inculcaba a los sodálites que teníamos la fuerza para vencer al mal en el mundo, pero a la vez este mal era sumamente poderoso y omnipresente, de modo que necesitábamos de la ayuda constante de Dios.

  1. La vida es lucha permanente. La paz es vista como una conspiración; se prepara para una batalla final apocalíptica (como el Armagedón o la guerra racial).

“La vida es milicia”, frase atribuida a José Antonio Primo de Rivera, era uno de los lemas que se nos repetía, refrendado por una cita del libro de Job en la versión de la Biblia de Jerusalén: “¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra?” (Job 7, 1). Las lecturas obligadas de libros de ciencia ficción distópica —como “1984” de George Orwell y “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, entre otros— alimentaban en nosotros la conciencia de que los tiempos apocalípticos estaban cerca.

  1. El desprecio por los débiles (elitismo popular). Se fomenta un elitismo de masas: cada ciudadano desprecia a los inferiores, pero admira a un líder superior.

Los sodálites se concebían como una élite que iba a reformar y salvar a la Iglesia, bajo la guía de su líder Figari, mientras que se tenía en menos a las demás asociaciones y órdenes religiosas —se decía que eran relajadas y poco exigentes— y también a los católicos de a pie, a los cuales se denostaba con el término despectivo de “parroquieros”.

  1. El culto al heroísmo y a la muerte. Se educa en el heroísmo; el héroe aspira al martirio, y la muerte es glorificada.

Aquí es pertinente citar dos estrofas del “Himno sodálite a Cristo Rey”, cantado solamente en ocasiones solemnes a puerta cerrada:

Soy de Cristo soldado escogido,

su bandera he jurado seguir,

lucharé por la fe decidido

aunque sea preciso morir,

aunque sea preciso morir.

 

Es María y Cristo que llaman,

nos convocan a una lucha sin par.

Cristo Rey, tus sodálites te aman

y desean morir por tu ley,

y desean morir por tu ley.

  1. El machismo y el culto al arma. Transferencia de la voluntad de poder a la esfera sexual (machismo, condena de costumbres no convencionales) y al manejo de armas.

Figari solía hablar del “estilo viril que nos caracteriza” y también nos inculcaba una misoginia profunda: “A la mujer, ¡con la punta del zapato!” Más aún, cuando alguien mostraba desaliento o tenía un momento de debilidad, se le comparaba con las mujeres: “Pareces una hembrita con tetas y todo”.

  1. Populismo cualitativo. El líder interpreta la “voluntad del pueblo” de forma selectiva; el parlamento o las instituciones democráticas se rechazan por no representar la verdadera voz popular.

NI que decir, los mecanismos democráticos eran totalmente ajenos al Sodalicio. Se consideraba la democracia en cuanto sistema político como una muestra de la decadencia de Occidente. Y al interior del Sodalicio, el único que representaba la voluntad de los sodálites era Figari, a quien todos debían obediencia incondicional.

  1. Uso de la neolengua. Empleo de un vocabulario pobre y sintaxis simplificada para limitar el pensamiento crítico y complejo.

Como ya lo he señalado en mi libro Las Líneas Torcidas (Lima 2025), “en el Sodalicio se fue creando un léxico propio, que debía ser vehículo de expresión de la espiritualidad sodálite y al cuál debían ceñirse todos los sodálites”. El control del lenguaje era una herramienta para controlar los pensamientos.

Lamentablemente, estas características del “fascismo eterno” también serían identificables en otras asociaciones católicas. No debemos parar en denunciar y señalar este mal, que constituye un peligro no sólo para las personas vinculadas a ellas, sino para la sociedad en general.

[EL DEDO EN LA LLAGA] En el año 2002, el Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge (Asociación Alemana para el Cuidado de las Tumbas de Guerra) —una organización humanitaria fundada el 16 de diciembre de 1919, cuya misión principal es localizar, mantener y cuidar las tumbas de los soldados y víctimas alemanas de guerras y tiranías, principalmente fuera de las fronteras del país germano— publicó el libro “Weihnachtsgeschichten aus schwerer Zeit” (“Historias de Navidad en tiempos difíciles”), donde recogía testimonios de experiencias navideñas, principalmente durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, una época donde el hambre, la angustia, el sufrimiento y la muerte eran omnipresentes, tanto entre los soldados que participaron de la guerra como entre los civiles, que sufrieron las acciones bélicas —muchas de ellas criminales y genocidas— de los Aliados, las cuales eran frecuentemente ellas mismas una respuesta a las acciones criminales y genocidas de los ejércitos alemanes. Sí, porque en tiempos de guerra no hay buenos y malos, sino seres humanos atrapados en medio de un conflicto sin sentido. Pero en medio de este fracaso de la humanidad por parte de ambos bandos enfrentados, siempre quedaban rasgos de humanidad, resaltados en estas historias, muchas de las cuales no se pueden leer sin que las lágrimas asomen a los ojos.

El Volksbund siempre ha estado empeñado, desde una perspectiva antibélica y a favor de la paz, en mostrar el lado humano de los alemanes que se vieron involucrados en la guerra. Ejemplo de ello son los dos volúmenes titulados “Menschen wie wir…” (“Gente como nosotros…”), publicados en los años 2000 y 2001 respectivamente, que incluye reseñas biográficas de alemanes que murieron o desaparecieron durante el conflicto bélicos, muchas de ellos acompañadas con fotografías, escritas por amigos y parientes de esas personas, bajo el lema “¡El recuerdo no debe perderse!”

Pero no sólo la población alemana, otra víctima de la guerra, es mostrada de manera humana y comprensiva, sino también aquellos que combatieron a la Alemania gobernada por el régimen nazi, como se evidencia en la compilación navideña de relatos testimoniales —donde también aparecen soldados británicos, estadounidenses y rusos—, a la cual le seguirían dos volúmenes más en los años 2004 y 2006. En esas narraciones no hay santos y pecadores, sino seres desarraigados buscando migajas de amor y de paz en medio de una tragedia generalizada.

El Dr. Martin Dodenhoeft, pedagogo vinculado al Volksbund desde 1988, escribe en el prólogo del segundo volumen de esta compilación de historias lo siguiente:

«Paz en la tierra: eso estaba muy lejos para las personas en la época de las guerras mundiales y, para muchos, también después, en la patria enajenada, durante la huida y el desplazamiento forzado. Pero también los soldados en el frente, los prisioneros en los campos, los desplazados y despojados de derechos, los que sufrían y pasaban hambre, conservaban en sus corazones el anhelo de la paz navideña, de paz en la tierra. Intentaban mantener vivas las antiguas tradiciones con los medios más modestos: una rama como árbol de Navidad, un cabo de vela quemado y sucio como luz de la paz, los regalos más humildes… Hombres en el frente, que día y noche tenían que luchar por su vida, volvían por breves instantes a ser niños. A prisioneros miserables en campos lejanos, físicamente al borde del fin, el pensamiento de la Navidad los mantenía con vida. Mujeres que el día de Navidad recibían la noticia de la muerte del marido o del hijo encontraban en sus hijos la fuerza para seguir viviendo. Los niños sabían que no debían esperar grandes regalos; para ellos eso importaba menos que la alegría de que el padre regresara a casa o la satisfacción de poder entregar a otros un pequeño obsequio cargado de cariño. Los gestos humildes cuentan tanto más cuanto que se ve claramente que vienen del corazón; hoy, cuando casi todo se puede comprar, resulta cada vez más difícil descubrirlos. […] Que las generaciones de posguerra no olviden que la Navidad no es una fiesta del consumo, de expectativas de regalos cada vez más grandes y caros, de la huida del “estrés navideño” en viajes a tierras lejanas, sino la posibilidad de recogerse en uno mismo, la oportunidad de aferrarse a lo más importante que nosotros, los seres humanos, podemos dar y conservar en todo tiempo: amor y paz».

A esto hay que añadir lo que Dodenhoeft escribió en el prólogo de la primera compilación del año 2002, palabras que siguen revistiendo tremenda actualidad:

«A pesar de toda la alegría anticipada, en los pensamientos sobre la Navidad se mezcla una gota de amargura. Porque también en Navidad, también este año, en algún lugar del mundo se dispara y se bombardea. También en Navidad son expulsadas personas de su patria, perseguidas, asesinadas. También en Navidad viven personas en la miseria y el sufrimiento, se hallan en fuga, se hallan solas y abandonadas en algún lugar lejos de su familia, lejos de su hogar».

Los tiempos difíciles, ¿han quedado atrás? Sería una irresponsable ceguera moral creer eso.

Aproximadamente el 16% de la población mundial vive en zonas cercanas a conflictos armados o expuesta a violencia relacionada con ellos, según datos actualizados a finales de 2025 del Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED). Esto equivale a cerca de 831 millones de personas que vivieron “muy cerca” de acontecimientos violentos relacionados con conflictos durante el período analizado (diciembre 2024 a noviembre 2025). ACLED define esta exposición considerando la proximidad geográfica a eventos de violencia política, incluyendo batallas, represión y ataques a civiles.

Entre el 30% y 40% de la población mundial estaría afectada por la pobreza multidimensional, concepto que captura las múltiples privaciones simultáneas que enfrentan las personas en aspectos esenciales de la vida, como salud, educación y condiciones de vida. Según el Informe Global del Índice de Pobreza Multidimensional 2025, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Iniciativa de Pobreza y Desarrollo Humano de Oxford (OPHI), aproximadamente el 18.3% de la población analizada vive en situación de pobreza multidimensional aguda.

La celebración de la Navidad en un contexto burgués nos lleva a olvidar que esas reuniones familiares —donde muchos creyentes celebran el nacimiento de Jesús en medio de relativa abundancia, y con ellos muchos no creyentes una festividad marcada por la paz y la reconciliación o por cualquier otro significado— son oasis en medio de un mundo desolado. Y no pocas veces son oasis de egoísmo social, de indiferencia hacia los más pobres.

Pues así como la Navidad brilló en tiempos difíciles pasados con su significado de esperanza, de anhelo de una paz duradera, de reconciliación en situaciones trágicas, así debería brillar actualmente como la estrella de Belén para quienes viven en situaciones semejantes. Sólo llevando algo de esa luz a los desposeídos y vulnerables de esta tierra los creyentes podemos hacer creíble nuestra fe en un Dios que se hizo hombre para traer la auténtica liberación a los hombres.

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