[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] El 23 de agosto de 1960 al canciller Raúl Porras Barrenechea casi se le acababa la vida pero ello no le impidió hacer uso de la palabra en la VII Reunión de Cancilleres de la OEA que se llevó a cabo en Costa Rica, bajo auspicio de Estados Unidos y con la deliberada intención de expulsar a Cuba de la organización, luego del triunfo de su revolución y su acercamiento al régimen socialista de Moscú.

La presión y hegemonía norteamericanas surtieron efecto en la sesión: todas las delegaciones votaron a favor de la expulsión de Cuba o se abstuvieron con excepción de dos, la peruana y la cubana, directamente perjudicada con la medida. Esta historia trae más que esto, Porras actuó desobedeciendo la orden de su gobierno, el de Manuel Prado. Fue el acto principista de un hombre que se moría y que antepuso su dignidad por sobre cualquiera otra consideración.  Y Porras no era socialista, por algo era canciller del conservador Prado, sencillamente creía en el americanismo y en la libre determinación de los pueblos.

Aquél día, en su célebre y recordado discurso señaló que la <<base del sistema democrático debía ser la promoción del desarrollo económico de nuestros pueblos, la elevación del nivel de vida de los trabajadores latinoamericanos continuamente acechada por la agresión económica que significa la política de cuotas y subsidios, y la instauración de un nuevo interamericanismo contrario a todas las formas de explotación, que promueva el mayor adelanto industrial y el amplio disfrute, por parte de nuestros pueblos, de sus riquezas naturales>>.

De esta manera, desde premisas desarrollistas que clamaban por la mejora material de la condición humana en nuestro continente, a través del integracionismo, Porras planteó alcanzar el bienestar compartido, para, al final de su alocución, abogar por una solución pacífica a las divergencias surgidas entre Cuba y Estados Unidos.

He querido rescatar la proactividad de Porras, su capacidad de iniciativa y de enfrentar con propuestas los grandes desafíos regionales porque cobran relevancia en tiempos en los que Donald Trump amenaza abiertamente a la región con repotenciar la vieja doctrina Monroe para defender los intereses de Estados Unidos, aparentemente amenazados por China y eventualmente los BRICS. El viejo y conservador líder tiene motivos por los cuales preocuparse: los chinos son el mayor socio comercial de la mitad de nuestros países y acaban de inaugurar el mega puerto de Chancay con lo cual ya cuentan con una cabecera de puente en la región para sus operaciones comerciales.

Pero también recordaba a Porras debido al tenor quejumbroso de ciertos sectores respecto de las políticas trumpistas que no son novedad,  y no lo son, como el mismo señala, desde que en 1823 su lejano antecesor James Monroe plantease la doctrina a la que hoy se recuerda por su nombre. A primera vista, la intención de esa antigua geopolítica era defender el continente de la agresión de potencias europeas pero, a reglón seguido, quedó claro que la idea, más que altruista, buscaba reservar América Latina como zona de influencia de Estados Unidos, allí donde filibusteros como William Walker pudiesen hacer realidad sus sueños imperialistas más excéntricos.

Después vinieron los demás. A inicios del siglo XX, Theodore Rooselvelt comprendió que el imperio americano no podía estar en manos de aventureros e instituyó el Big Stick para intervenir donde quisiese cada vez que fuese necesario solo que con marines y ya no con corsarios desvariados. Ocho décadas después, las cosas habían cambiado poco.  En 1989, George H. W. Bush invadió Panamá con 27.000 marines y logró que el dictador Manuel Noriega se entregue a las fuerzas de ocupación americanas luego de buscar asilo en la sede episcopal del istmo.

Ahora es el turno de Donald Trump: entre supuestos narco-botes hundidos con misiles teledirigidos, reiteradas amenazas a la soberanía venezolana, aranceles por las nubes y la evocación a James Monroe para expulsar a los chinos de la región, el inefable líder mundial cavila una nueva y gran aventura imperialista sobre América Latina.

Pero a mí lo que me molestan son las lamentaciones. Los Estados Unidos no son el malo del cuento, mucho menos el bueno: es un hegemón que actúa como tal. A pesar de algunos periodos de acercamiento con la región como la Buena Vecindad de F.D. Roosevelt o la Alianza para el Progreso de J.F.Kennedy, el hegemón seguirá siendo tal -léase un imperio- que velará por sus intereses y por los de nadie más. China hace los mismo, pero es más sutil, la diplomacia de Xi Jinping hacia el Tercer Mundo es la mano extendida, pero es hegemón al fin y al cabo, salvo que los orientales, en virtud de su cosmovisión del mundo, le den una vuelta de tuercas a las teorías sobre el poder y la razón de Estado que manejamos desde los tiempos de Nicolás Maquiavelo y Tomas Hobbes. Pero la historia dice otra cosa.

La verdadera pregunta, en medio de tantas lamentaciones, es qué estamos dispuestos a hacer para cambiar la historia de América Latina y obtener nuestro lugar en el mundo, porque el hegemón no va a cambiar, así como en la naturaleza de un depredador estará siempre serlo

Y no me refiero a revoluciones trasnochadas, ni a bloques regionales endebles y temporales que se sostuvieron en los altos precios del petróleo en los mercados internacionales. Me refiero a cómo integrar mercados, a cómo integrar economías, a cómo integrar tecnologías, con quién hacerlo y hasta qué punto, pensando en la funcionalidad del proyecto. Estoy pensando en llevar la Alianza del Pacífico, tan golpeada recién por los conflictos con México, al plano del desarrollo de la industria y la tecnología, estoy pensando en la propia China y en Corea del Sur hace setenta años, cuando eran países tan tercermundistas cómo nosotros. Algo hicieron al respecto ¿verdad? Y lo hicieron solos, por iniciativa propia, y lograron que el mundo juegue a su favor.

Pero nosotros ni siquiera nos detenemos a pensar en ello, ¿es que no hay en América Latina cuatro o cinco líderes capaces de idear un camino desarrollista de mediano plazo? El triunfo de la patria chica tiene el rostro del  fracaso colectivo mientras que  el hegemón lo seguirá siendo, y no hace falta llorarlo ante nadie.

Imagen: Recordado diplomático Raúl Porras Barrenechea, defendió el interamericanismo, como camino hacia el desarrollo y bienestar compartidos

[OPINIÓN] En mis casi 50 años de vida compartiendo en el siempre pintoresco ambiente político-comunicacional, he visto pasar de todo: iluminados, charlatanes, desleales, mesías y estrategas de PowerPoint. Pero jamás —y repito, jamás— había conocido una mezcla tan peculiar como la que ofrece Avanza País. Una verdadera ensalada rusa: fría, desordenada y con ingredientes que uno preferiría no identificar.

El presidente de la agrupación es un personaje singular: una especie de gnomo político sin historia ni brillo, cuyo mayor mérito es estar allí… parado, respirando y firmando documentos. Su único “talento”, si cabe el término, es justamente ese, ser el presidente.

El Secretario General, en cambio, es un abogado buena gente, simpático, conversador y siempre ocupado mientras sueña seguramente con una curul.

Más abajo están los secretarios, tesoreros, administradores y delegados: casi todos miembros de una misma familia, y no necesariamente política. Son, literalmente, parientes de los anteriores. Una cofradía. Un club privado. Un árbol genealógico con espíritu partidario.

Y como toda regla tiene su excepción, corresponde señalarla: el General Williams, la congresista Tudela y el alcalde Francis Allison. Tres personas de valía metidas en esta comparsa.

Hace unos años, aquello fue la chacra del buen Hernando de Soto, que no logró ni un tercio de lo que prometía, pero sí consiguió levantar el apoyo suficiente para promover con eficiencia su desventura electoral. Después de eso, la agrupación, por simple inercia y algo de fortuna, consiguió en 2022 algunas alcaldías y un gobierno regional. Mérito real: cero.

Ahora, rumbo al 2026, pretenden repetir el milagro, esta vez sostenidos por un candidato, con talento, buena imagen, voluntad y decencia, pero siempre sin organización política y esta vez, además, sin un mango.

Por eso y muchas cosas más… 🎶

No te inmoles, Sabelón. ¡Sal corriendo, mi hermano! Talento tienes. Espera paciente un tren con destino seguro y mejor compañía.

Avanza País es un fogonazo más en el folclore político nacional. Una aparición fugaz, de esas que uno alcanza a ver sin tiempo siquiera para pedir un deseo… consejo hasta de un conejo.

A propósito de la publicación del Reportafur “Los Encorbatados de Lima Norte” publicado el 11 de octubre de 2025, los Sres: Ricardo Miagusuku Higa y Francisco Miyasato Oshiro nos han remitido una carta rectificatoria, la misma que a continuación publicamos.

Carta Notarial Juan Carlos Tafur Rivera – Diligenciada 18.11.2025 (1) by Lili Gilvonio

[CIUDADANO DE A PIE] En los últimos años, las encuestadoras latinoamericanas han errado de manera constante y significativa al intentar anticipar resultados electorales. Los sonados fracasos en Perú (2021), Brasil (2022), Argentina (2023 y 2025), Ecuador (2023 y 2025) y Bolivia (2025) son algunos ejemplos ilustrativos. Pero el caso más significativo acaba de ocurrir en las elecciones del 16 de noviembre en Chile. Franco Parisi, el economista que hizo campaña por Zoom desde los Estados Unidos, obtuvo un “sorprendente” tercer lugar en la competencia con el 19,7 % de la votación, a pesar de que las principales encuestas le atribuían un puntaje inferior en al menos 8 puntos. La reacción fue inmediata: Parisi denunció la existencia de un “terrorismo de encuestas”, acusando a las encuestadoras de manipular deliberadamente sus cifras para hundirlo y direccionar el voto útil hacia los candidatos del establishment. Miembros de su equipo han incluso propuesto una ley que tipifica la “especulación en encuestas electorales” como delito, imponiendo penas de prisión a los responsables.  Con estas referencias, y frente a las encuestas de todo pelaje que serán nuestra inevitable compañía hasta las elecciones de abril, urge plantearnos, sin rodeos, tres preguntas fundamentales con respecto a ellas: ¿Son fiables? ¿Sirven como instrumentos de manipulación? ¿Promueven realmente el ejercicio del voto informado y responsable?

¿Son fiables?

Realizar una encuesta electoral no es tarea sencilla. Hace falta mucho dinero, una muestra verdaderamente representativa del universo de votantes, preguntas bien diseñadas, entrevistadores capacitados, una modalidad adecuada (cara a cara es la más precisa) y un procesamiento estadístico impecable. Si todo se hace bien, los resultados deberían acercarse bastante a la realidad, cosa que rara vez ocurre actualmente. Destacados especialistas en la materia (Gelman, Moreno, Vidal Díaz de Rada) señalan como responsable de esta situación al “error de cobertura”. Es decir, la existencia de miles de electores que sencillamente no son elegibles para ninguna encuesta debido a factores como lugar de residencia poco accesible (zonas rurales), carencia de telefonía e internet, falta de integración a los circuitos de la economía de mercado. Estos votantes “invisibles” para las encuestadoras tienen hoy una doble relevancia electoral: pueden abarcar un porcentaje significativo de la población (lo que menoscaba la representatividad de las encuestas) y, lo más importante, en tiempos de malestar social, como los actuales, son los electores con el mayor potencial de voto disruptivo (Alberto Mayol). En estas circunstancias, las encuestas se asemejan más a un juego de azar que a un procedimiento científico, en el que los “márgenes de error” son pura ficción.

¿Sirven como instrumentos de manipulación?

En el Perú esta pregunta no admite debate. Los “Vladivideos” de Montesinos entregando sumas millonarias a dueños y directores de encuestadoras, a cambio de inflar la intención de voto de Alberto Fujimori en las elecciones del 2000, son un argumento irrebatible en favor de una respuesta afirmativa. “Las encuestas son el termómetro de la opinión pública, y si uno controla el termómetro, controla la fiebre”, afirmó el condenado asesor durante su juicio. En efecto, la difusión de encuestas electorales fraudulentas, “cocinadas” con muestras amañadas, preguntas dirigidas y datos inventados, puede llegar a incidir de manera importante en el voto. Fue el caso de la victoria fujimorista del 2000, pues según el propio Montesinos, sin el bombardeo de encuestas falsas, Fujimori habría perdido en primera vuelta con apenas el 38-42 % de los votos. El mecanismo que explica este éxito es conocido: las encuestas manipuladas orientan la opinión pública a favor de ciertos candidatos debido al “efecto arrastre” (Druckman, Leibenstein), que condiciona subconscientemente a los indecisos a votar —sin respaldo racional— por el que “va ganando”, para evitar terminar en el bando de los perdedores. Más de dos décadas después, pareciera que aún somos vulnerables a este efecto: en Puno, solo 1 de cada 10 votantes cree en la veracidad de las encuestas… ¡Pero casi la mitad vota por el que va primero y otro cuarto por el que “sube”! (Pacori y Rodríguez).

¿Promueven realmente el voto informado y responsable?

Aun pasando por alto los errores de las encuestas electorales y asumiendo que se trata únicamente de defectos procedimentales sin ninguna intención oculta de engaño ni manipulación —algo que podría sonar a inocentada en el reino de la posverdad—, la respuesta es un rotundo no.

Ha sido demostrado hasta la saciedad que cuando los medios saturan a los ciudadanos con encuestas electorales repetitivas, lo único que consiguen es convertir la política en espectáculo, una carrera de caballos donde las propuestas de gobierno son lo que menos importa (Patterson, Hall Jamieson, Rosen, Lawrence, Aalberg). El resultado: votantes menos informados, menos reflexivos y mucho más proclives al efecto arrastre.

Pero el daño más severo —y el más ignorado— es otro: las encuestas violan uno de los principios fundamentales de la democracia representativa, consagrado en prácticamente todas las constituciones, incluida la nuestra (artículo 31): el secreto del voto. El secreto del voto no es un detalle banal ni un capricho jurídico. Es la muralla protectora de la libertad ciudadana, la única garantía real de la disidencia democrática y de la alternancia en el gobierno.

Al apremiar al ciudadano a declarar por adelantado sus preferencias electorales, el voto deja de ser secreto ya en su etapa de gestación. Y cuando eso ocurre, se termina exponiendo a la sociedad a todo tipo de maniobras, amenazas y chantajes por parte de los grupos de poder que buscan defender sus intereses y no están dispuestos a perderlos por mandato popular.

En términos llanos: cuando el secreto del voto se debilita, la democracia se debilita. No en vano reconocidos juristas y pensadores sociales han abogado por la prohibición total de las encuestas electorales (Rubio Llorente, Bourdieu, Bidart Campos, Rodotà). Esta sería la medida más radical y, sin duda, la más eficaz contra el “terrorismo de encuestas”, pero también la más difícil de implementar. En todo caso, va siendo hora de que evitemos el dejarnos deslumbrar por el circo de las encuestas y el “bailecito sin deliberación” (Juan De la Puente), y más importante aún, no apostar más por tinkas electorales, en las que la inmensa mayoría de peruanos invariablemente resultamos perdedores. Elijamos a nuestros representantes con la máxima conciencia y libertad posibles, basados en propuestas reales y no en proyecciones engañosas. Esta podría ser nuestra última oportunidad.

[Música Maestro] Un pasado lleno de buenas voces

Quienes fuimos niños/adolescentes entre 1980 y 1990 tuvimos la suerte de que, al encender la radio, sin importar en qué emisora se encontrara el dial, solo escuchábamos buenas voces. La mayoría de ellas eran simple y llanamente eso, buenas voces, con entrenamiento o sin él, pero con la capacidad elemental de respetar tiempos, inflexiones, recursos técnicos aprendidos con la práctica, con el ensayo, con la determinación para producir grabaciones de calidad.

Y, en esas estaciones de radio, también nos encontrábamos con algunas voces extraordinarias, que iban más allá de lo que un cantante promedio podía lograr. Hombres y mujeres con una destreza especial -única, en varios casos- para utilizar su voz como un instrumento más, con signos de haber atravesado por alguna escuela pública -un conservatorio- o privada, con profesores de canto expertos en solfeo, en afinación, en técnicas líricas o casi líricas que les ayudaron a desarrollar su talento natural para reproducir secuencias de notas con precisión, transmitir emociones, cambiar intensidades, modular, pasar del susurro que expresa romance, calma, tensión o misterio al potente sostenido que explota de alegría, de desesperación, de éxtasis.

La emoción musical que buscaban los cantantes cuyas canciones sonaban en las radios que escuchábamos en casa, solos, con nuestros padres, madres y hermanos, dejaban para la conversación coloquial -con sus músicos, en entrevistas, sin micrófonos ni sistemas de grabación al lado- los carraspeos, tosidos, balbuceos, onomatopeyas y muletillas que hoy son insumo de los grandes ídolos del reggaetón. Las cantantes no necesitaban hacer de cada presentación en público un despliegue de exhibicionismo o un desfile de pasarelas -muchas veces grotesco, de mal gusto- para mostrar su coquetería, belleza y/o sensualidad.

En ambos casos, lo central era el poder comunicativo de las voces, en un tiempo en que los videoclips recién comenzaban a aumentar su presencia e importancia como herramienta publicitaria e impulso de carreras emergentes. La mayoría de estos artistas vocales de la música popular provenían de otro pasado, uno más antiguo y menos audiovisual.

En un periodo de cuatro décadas -entre los años treinta y setenta del siglo pasado- muchos de esos cantantes se daban a conocer a través de discos, los circuitos teatrales y el cine, con países como Estados Unidos, México, Cuba, España y Argentina como principales fuentes de lo que llegó a nuestros jóvenes oídos. La noción de que para lograr fama y reconocimiento del público era requisito indispensable “cantar bien” o “tener oído” la aprendimos escuchando a los mejores.

Ejemplos concretos, del bolero al heavy metal

En la más reciente temporada del sintonizado programa de televisión Yo Soy, el premio mayor se lo llevó un joven cajamarquino por imitar a un cantante mexicano fallecido hace casi setenta años en un trágico accidente aéreo. Pedro Infante, con su aterciopelada y romántica voz de tenor, grabó decenas de boleros y rancheras entre los años 1939 y 1957, tanto en discos de vinilo como en películas entrañables. También hubo otros en ese tiempo -Jorge Negrete, Pedro Vargas, Javier Solís, Antonio Aguilar- pero la popularidad actual de canciones como Flor sin retoño o Angelitos negros no dejan lugar a dudas. Infante fue el mejor de su tiempo.

Las armonías vocales de bandas como The Mamas & The Papas y su versión en español, los vascos Mocedades, competían con las de los Bee Gees y los Beach Boys. Si bien es cierto no todas eran voces que pudieran catalogarse de prodigiosas -especialmente en el caso de los últimos dos- sí tenemos en sus grabaciones profusos ejemplos de una capacidad superior al promedio para cantar en afinación y armonía, construyendo bloques sonoros de múltiples líneas vocales que funcionaban a la perfección gracias al gran oído musical de sus ejecutantes.

Si uno ponía Radio Mar, a cualquier hora del día, lograba escuchar a cantantes notables como Andy Montañez, Jerry Rivas o Charlie Aponte -todos en El Gran Combo de Puerto Rico-, Rubén Blades o Cheo Feliciano, Óscar de León o Gilberto Santa Rosa. En Ritmo Romántica, la lista de nombres es inacabable. Desde Raphael y Camilo Sesto hasta Emmanuel y Luis Miguel, desde Rocío Dúrcal y Valeria Lynch hasta Pandora y Laura Pausini. En todos los ejemplos, el común denominador era que no cualquiera podía tomar un micrófono, emitir sonidos y ya. Más allá del estilo -voces delgadas, rasposas, profundas, potentes-, eran personas que cantaban bien.

Y ni hablar si nos ocupamos del rock de los setenta y ochenta. Pensemos, por ejemplo, en Freddie Mercury. Sin importar si la conversación es entre conocedores o radioescuchas comunes y corrientes, existe pleno consenso para considerar al líder, cantante, compositor y pianista de Queen como el más grande vocalista de todos los tiempos. Pero hubo muchos otros, como Steve Perry (Journey), Bobby Kimball (Toto), Lou Gramm (Foreigner) o Dennis de Young (Styx), solo por mencionar unos cuantos, cuyas voces han estremecido a multitudes durante décadas, en estudios y en conciertos, sin manipulación tecnológica -el autotune que hoy usan todos- y combinando destreza vocal con actitud rockera sin comprometer su autenticidad.

Joey Belladonna, vocalista de la banda neoyorquina de thrash metal Anthrax, es una de las mejores voces de la historia del rock –aquí lo escuchamos haciendo un cover de Don’t stop believin’ de Journey. Antes que él, cantantes virtuosos como Bruce Dickinson (Iron Maiden), Rob Halford (Judas Priest), Paul Stanley (Kiss) o Ronnie James Dio (Rainbow, Black Sabbath) también pusieron sus poderosos registros al servicio del hard-rock y el heavy metal. Y antes que ellos, no podemos dejar de mencionar a Robert Plant (Led Zeppelin) o Ian Gillan (Deep Purple), quien incluso fue escogido, cuando tenía 25 años, para el papel principal en la primera versión, la original, de la ópera-rock de Andrew Lloyd Webber, Jesucristo Superstar (1970).

Cantantes expresivos con no muy buena voz

Frente a voces innegablemente buenas como Jim Morrison (The Doors, rock), Ismael Miranda (salsa), David Bowie (rock) o José Luis Rodríguez “El Puma” (baladas) también ha habido en la historia de la música popular, intérpretes cuyas voces, aun cuando no puedan ser consideradas “buenas” en términos estrictamente musicales, han destacado tanto y/o más que los cantantes técnicamente bien dotados por su expresividad, particularidad y carisma.

Por ejemplo, casos como los de Bob Dylan, Mick Jagger, Lou Reed (The Velvet Underground), Héctor Lavoe, Luis Alberto Spinetta, Billy Corgan o José Luis Perales -otra vez, solo por poner unos cuantos nombres sobre la mesa- difícilmente podrían defenderse ante un tribunal encargado de determinar si son buenos cantantes o no. Sin embargo, aunque sus cuerdas vocales no sean las mejores, poseen una musicalidad y un carisma sonoro que los hace especiales. Todos ellos, además -con excepción de Lavoe- escribían lo que cantaban, abriendo una categoría distinta, la de cantautores, que merece en sí misma un análisis propio por todo lo que implica.

Tradicionalmente, quienes nos criamos en esa época de oro para la música -tanto la popular como la académica, la folklórica y la no comercial- asociamos a la idea de “buen cantante” a aquellas personalidades que hacían un despliegue notable de su capacidad vocal. Por ejemplo, cómo no pensar en Frank Sinatra -a quien durante muchos años se le conoció como, precisamente, “La Voz”- y todos sus coetáneos, desde Tony Bennett hasta Perry Como, integrantes de la generación de los “crooners”. Sin embargo, rockeros ochenteros como Robert Smith (The Cure), Morrissey (The Smiths) o Bono (U2) son también excelentes cantantes y poseen una personalidad, un color de voz, una actitud vocal que los hace distintos unos de otros, ajenos al canto formal o lírico.

Stevie Wonder, por ejemplo. Qué gran cantante. Cuando él tenía 35 años, solo cuatro más que el más famoso “cantante” de hoy, Bad Bunny, entonaba a la perfección -con alma, con técnica, con afinación y ondulaciones controladas a su pleno antojo- una preciosista balada llamada Overjoyed (LP In square circle, 1985). Uno de nosotros encendía la radio -Stereo 100 o Telestereo- y, con una edad que iba entre los 10 y los 15 años, escuchaba esa maravillosa viñeta. Además, Wonder no solo la compuso y cantó, sino que tocó prácticamente todos los instrumentos -salvo la guitarra, a cargo de Earl Klugh, otro grande del smooth jazz-. Eso sin mencionar que es invidente. Aun hoy, a sus 75 años, sigue sorprendiendo a quien desee escucharlo. Un genio.

Los gritantes: Pura emoción

Los géneros extremos del rock han producido grandes “gritantes” -¿o debería decir gritadores?-, a quienes tampoco podríamos incluir en ningún listado de lo que venimos describiendo como “buenas voces”, desde un punto de vista tradicional, clásico, formal o conservador.

Sin embargo, a diferencia de los balbuceos reggaetoneros, las adelgazadas vocecitas de Romeo Santos y afines o los homogéneos sonidos vocales de los ídolos del R&B y del hip-hop -todos ayudados por el autotune-, los gritantes balancean sus supuestas limitaciones con una potencia emotiva descontrolada y sumamente afinada, además, sin ayudas electrónicas. Por otro lado, está demostrado que esa forma gutural o gritada de cantar también es resultado de diversas técnicas sin las cuales sería imposible de ejecutar sin sufrir daños físicos.

Tom Araya, bajista y cantante de Slayer, es una de las mejores muestras de ese estilo vocal enfocado en un ataque feroz, en el que hay más gritos que líneas estilizadas. Al escuchar, por ejemplo, el alarido de casi doce segundos que inicia uno de sus temas emblemáticos, Angel of death (LP Reign in blood, 1986) podemos entender sin mayores explicaciones que no estamos ante la misma sensación que nos producen Pablo Milanés, Susana Baca, Björk o Paul McCartney. Tampoco de cantantes menos prolijos pero muy expresivos, como por ejemplo Mark Knopfler (Dire Straits), Tom Waits o Kurt Cobain (Nirvana). Hay en estos y muchos otros casos, emociones -rabia, dolor, humor, indignación- y hay musicalidad, pero no precisamente una buena voz.

Otro tipo de grito es el que encontramos en algunos cantantes de nuestra música criolla, para dar el salto hacia un espectro totalmente diferente, con características, intenciones y sensibilidades propias. Óscar Avilés, el genial guitarrista y cantautor, lanzaba sus enérgicas e inconfundibles llamadas –“¡toma! ¡andar andar! ¡segunda!”- en marineras limeñas y valses picados y eran, estrictamente hablando, gritos. Limpios y muy agudos, estos criollazos latigazos poseen también una musicalidad que, colocados correctamente -como hacía don Óscar- aportan emoción y alegría a las estrofas en las que vienen insertados, con naturalidad y gracia. No cualquiera puede hacerlo.

En los folklores regionales de Hispanoamérica tenemos también ejemplos de gritos con función musical, que se acomodan al oído y al estilo interpretado, cuando se realizan en el tiempo y las veces adecuadas, sin caer en la repetición que cansa y termina siendo odiosa, como son odiosas las permanentes interjecciones de Bad Bunny o la obsesión de los cumbiamberos con repetir una y otra vez el nombre de sus orquestas, lugares de procedencia y cantantes.

Por ejemplo, es común oír en los huaynos del centro -los que se tocan con orquestas y conjuntos de saxofones- a cantantes mayormente femeninas lanzar gritos muy agudos en medio de las comparsas y pasacalles. También lo hacen los bailarines de danzas como el huaylarsh o las morenadas y caporales, en medio del frenesí de su presentación. Hace poco lo pude apreciar también en un conjunto de danzas típicas de Bujará, en Uzbekistán (Asia Central), en que jóvenes cantantes y bailarinas lanzan agudas voces como para darse ánimo, exactamente la misma función que en nuestras expresiones andinas.

Los argentinos, en sus zambas y chacareras, hacen lo propio, con llamadas más sobrias a la segunda y tercera estrofa, lo que en términos de nuestra marinera limeña se llamaría “canto de jarana”. Una repasada a las grabaciones de Los Chalchaleros o Los Fronterizos bastan como ejemplos. Y, por supuesto, tenemos los tremebundos y agudos gritos, desbordados de emoción y en las antípodas de sus varoniles voces de barítono o tenor, que pueden lanzar los cantantes de rancheras, al frente del conjunto mariachi, capaces de hacer saltar a quien los escuche de manera sorpresiva.

¿Qué pasa con los cantantes actualmente?

La música moderna, venga de donde venga, aun tiene espacio para buenos cantantes. Sin embargo, la tendencia comercial de la actualidad privilegia lo que suelo llamar un “paquete” dentro del cual la música o algunos de sus elementos -ciertos ritmos, instrumentos, melodías- forman parte pero no son, en muchos casos, lo principal. Por eso lo que predomina en rankings o premiaciones determinadas por volúmenes de ventas y preferencias masivas no tiene mucho que ver con la interpretación musical en sí misma, sino con las otras cosas en las que viene envuelta.

Hasta entrados los años noventa, las masas todavía premiaban a las buenas voces, quizás como rezago de lo que habían aprendido en sus niñeces y adolescencias. Artistas como Andrea Bocelli (Italia) o Sarah Brightman (Inglaterra), principales exponentes de ese subgénero conocido como “crossover” -cruce de lo clásico con lo pop- se unían a las preferencias de públicos que podían escuchar, sin escandalizarse, a bandas grunge como Pearl Jam o Soundgarden, cuyos cantantes -Eddie Vedder y Chris Cornell- poseen voces sobresalientes aplicadas a contextos influenciados por el hard-rock.

Sin embargo, desde finales de esa década hasta la actualidad, las buenas voces han pasado a segundo plano en los gustos populares, que pueden hasta llegar a apreciarlas pero como algo del pasado, un anacronismo o exceso de sofisticación, resultado de la precarización de los controles de calidad que antes ejercían los públicos compradores de discos y asistentes a conciertos -algo de eso tocamos la semana pasada en este mismo espacio-, una nueva y sesgada interpretación de la estética DIY –el “do it yourself” o “hazlo tú mismo” que sentó las bases del punk- promovida desde las redes sociales y la hipersexualización que llega tanto del R&B y el hip-hop afroamericanos como del latin-pop/reggaetón y sus respectivos divos y divas.

Quizás un buen ejemplo de cómo diferenciar entre voces expertas y voces cumplidoras sea la versión en español de Reach, composición de la cubana Gloria Estefan que, bajo el nombre de Puedes llegar, se grabó para los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. En esa canción escuchamos, en un mismo contexto, una voz extraordinaria -Plácido Domingo-, varias voces buenas –“El Puma”, Patricia Sosa, Alejandro Fernández-, dos expresivas -Roberto Carlos, Julio Iglesias- y un par comunes y corrientes -Carlos Vives, Ricky Martin- que ingresan a esa subcategoría de artistas que hoy lideran todas las preferencias pues, además de canciones presentan otras ofertas “de valor” -estatus, diversión, modas- como resumiría algún marketero del siglo XXI.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Acabo de ver la película Megalópolis, última entrega del reconocido director Francis Ford Coppola estrenada en 2024. El estreno resultó en un rotundo fracaso, la cinta vino acompañada de innumerables críticas y la asistencia a las salas de cine fue exigua. Luego, siempre han existido libros, obras de arte, autores, pintores  que no fueron comprendidos en su tiempo pero sí después como es el caso de Vincent Van Gogh y como creo que lo será  esta obra de Coppola. Lo digo porque me ha dado la impresión de asistir a la presentación de una utopía en tiempo distópicos,  en tiempos en donde el gran público y la gran producción se han volcado hacia la distopía.

La actual predilección por la distopía puede deberse a los tiempos de incertidumbre que vivimos. Por una parte, con las redes sociales hemos transgredido todos los límites y parámetros morales que antes limitaban nuestras acciones y orientaban nuestra convivencia. Solían existir ciertas líneas que jamás se cruzaban y que hoy se cruzan con absoluta normalidad.  Hemos caído en una decadencia cultural en la que se han normalizado las peores bajezas y las descalificaciones más innombrables. Antes se decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios hoy podría decirse que las redes sociales constituyen la continuación de la política por otros medios y que estos pueden ser tan o más obscenos que los de la guerra. En pocas palabras, nos hemos quedado sin paradigmas, acertaron los posmodernos en 1989.

Vivimos entonces en una sociedad sin referentes morales. De una parte, un líder como Donald Trump puede abiertamente humillar a cualquiera otro, ya sea que hablemos de un individuo o de un colectivo, y admitir abiertamente que lo hace porque tiene el poder para hacerlo pero, del otro lado, el wokismo no ha querido quedarse atrás y las cancelaciones y cacería de brujas sobre seres humanos, muchas veces inocentes, escrachados por la turba cibernética a base de acusaciones falsas, han transgredido flagrantemente una serie de derechos que antes se consideraban inalienables. Lo más paradójico es que quienes así proceden dicen obrar en defensa de dichos derechos.

Podría continuar largo con esta reflexión que abarca muchos otros temas globales y sociales. Recién hemos asistido, y probablemente sigamos asistiendo, a una redición del holocausto nazi paradójicamente protagonizada por Israel en Gaza. Por otro lado, vivimos en un mundo obsesionado por reducir a la especie humana a la simple condición de consumidor en el mercado. La distopía ya está aquí y lo que nos ofrecen las grandes productoras hollywoodenses son proyecciones perversas y retorcidas de una realidad que ya vivimos, lo cual ha convertido a la utopía en la última y más incierta víctima de la cultura de la cancelación.

Hoy el hombre debe dejar de serlo para transformarse en mero consumidor,  debe convertirse en masa, debe ser pobre, apretujarse en barrios marginales y enfrentarse a otros hombres para subsistir sin plantearse ninguna cuestión existencial. Pensemos en las sagas sobre zombis, ¿no son los zombis la proyección de nosotros mismos? ¿qué son los zombis al fin y al cabo sino una apretujada y acrítica masa de consumidores de carne humana?

De tal modo que la película de Coppola sorprende porque trae un mensaje concreto, un mensaje claro, casi una moraleja, y desde esa premisa, que parece obsoleta, se plantea cuestiones fundamentales. La cinta presenta dos características contradictorias pero sinérgicas: la complejidad y la simpleza. La puesta en escena es básicamente enrevesada, se fusionan en el escenario la New York contemporánea y la antigua Roma, tanto en la arquitectura como en los diálogos y las filosofías políticas. El resultado no siempre es  armónico, la idea central es evidente.

No voy a comentar el  desarrollo de la trama pero sí voy a decir algo, y lo advierto, acerca del final de la cinta. Entre la Antigua Roma y el Mundo Contemporáneo, en el desenlace de Megalópolis resplandece El Renacimiento. Coppola coloca de nuevo al hombre en el centro del universo, al ser humano en el centro de la gravedad newtoniana. Y le dice a la sociedad presente que cuenta con suficientes recursos como para hacernos felices a todos, como para construir un mundo rememorando la Utopía de Tomás Moro. En Utopía, o en Megalópolis,  el ser  humano será valorado por lo que es, por esa materia y espíritu capaces de soñar y de crear lo que nadie más ha creado. Finalmente no utilizar la genialidad y el talento para vivir mejor, para vivir más armónicamente, para procurar la felicidad, no es más que una mala decisión política.

[OPINIÓN] La Municipalidad de Barranco anunció, sin el menor pudor, que la Costa Verde volverá a cerrarse tres veces más: miércoles 3, viernes 5 y sábado 6 de diciembre. No es un aviso, es una advertencia: los vecinos y los ciudadanos deberán soportar otro round de caos porque a algún pelotudo se le ocurrió que 50 atletas merecen paralizar media ciudad.

Mientras tanto, cientos de miles de personas que necesitan trabajar o estudiar tendrán que meterse nuevamente por las calles frágiles de Barranco, hechas polvo desde hace años por absorber semejante carga. Las pocas vías que aún resisten simplemente seguirán cediendo. Todo porque los organizadores de los Juegos Bolivarianos no hicieron su trabajo y el Gobierno Regional de Ayacucho no construyó nada pese a haber recibido los fondos. Resultado: la competencia que debía realizarse allá termina improvisada acá.

Lo curioso es la tranquilidad con la que lo informan. Como si fuese normal cerrar una vía vital tres veces en una semana. Como si los limeños no estuviéramos hartos de que nuestro tiempo y paciencia sean deleznables. Como si no supiéramos que todo esto responde a la incapacidad de una cadena completa de funcionarios pelotudos que no entienden la ciudad que administran.

Y esto no es nuevo. Durante dos años, Porky y sus aliados en Miraflores, Barranco y San Isidro ya nos habían dejado bien entrenados: tráfico interminable, obras sin orden y una planificación urbana digna de una comedia negra. Nada cambió. Solo se confirmó que la improvisación es política pública y que la ciudadanía sirve como pera de boxeo.

Así que tomen nota: este fin de semana pueden mirar el sol, pero la playa no es opción. La Costa Verde estará cerrada otra vez, gracias al mismo grupo de pelotudos iluminados que insiste en recordarnos que la ciudad está en manos de gente que no debería administrar ni un semáforo.

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