[CIUDADANO DE A PIE] A escasas semanas de las elecciones del 12 de abril, las preferencias electorales empiezan a moverse tras semanas de relativo estancamiento. A la izquierda del espectro político, el socialdemócrata Alfonso López Chau, de Ahora Nación, aparece como la opción con mayores posibilidades de pasar a una segunda vuelta. En la derecha, en cambio, el panorama es más complejo: Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori aparecen técnicamente empatados en la punta, mientras José Williams Zapata, de Avanza País, otra de las figuras clave del parlamentarismo de facto que ha gobernado el Perú en los últimos años, figura bastante más rezagado.

Fuerza Popular, Avanza País y Renovación Popular, aunque compiten entre sí, pertenecen a un mismo bloque político, unidos por los intereses que representan, las políticas que defienden y su forma de entender el ejercicio del poder. Estas tres fuerzas constituyen lo que en España se denominó un “trifachito”: tres expresiones de una misma derecha radicalizada que compiten entre sí sin dejar de pertenecer al mismo campo político.

A este triada radical le ha surgido un rival inesperado en la persona de Wolfgang Grozo, candidato de Integridad Democrática. Su acelerado crecimiento en las encuestas podría desbaratar planes de segunda vuelta. La pregunta inevitable es si Wolfgang Grozo representa una verdadera alternativa al trifachito o si no es más de lo mismo con una envoltura de novedad.

Dios los cría y ellos se juntan: el Foro Madrid

La extrema derecha contemporánea ya no opera encerrada en fronteras nacionales, sino a través de redes transnacionales que comparten discursos, enemigos y estrategias. El Foro Madrid, impulsado por el partido neofascista español VOX, se ha convertido en el principal espacio de articulación que reúne a las derechas radicales iberoamericanas.

En el Perú, ese espacio ha encontrado adherentes y colaboradores entusiastas en dirigentes —y hoy candidatos— del trifachito y grupos afines: Keiko Fujimori, Luis Galarreta, Alejandro Muñante, Jorge Montoya, José Cueto, Patricia Chirinos, Adriana Tudela y, de manera especialmente activa, Rafael López Aliaga, anfitrión en Lima del II Encuentro Regional del Foro Madrid en marzo de 2023. Se trata, en el fondo, del mismo horizonte ideológico: una derecha reaccionaria que combina autoritarismo, guerra cultural y fantasías de reconquista bajo el emblema neocolonial de la “Iberoesfera”.

¿Cuántos más, mejor?

El refrán “cuantos más, mejor” sugiere que una tarea compartida entre varios tiene mayores posibilidades de éxito. Ese no es el caso de la política peruana, donde el “cuantos más” se ha traducido en una saturación de siglas que, lejos de favorecer un sano pluralismo de ideas, produce en el elector perplejidad y confusión al decidir su voto.

Las derechas —entendidas desde el centro liberal hasta el radicalismo — se presentan en al menos una decena de planchas presidenciales y listas parlamentarias. ¿Existen diferencias significativas que justifiquen tal fragmentación? No es el caso de los partidos que componen el trifachito, pues los tres han adoptado, en mayor o menor medida, los discursos y consignas de la actual ola reaccionaria mundial, cuyos principales rasgos son:

La guerra cultural permanente: lejos de traducirse en una defensa efectiva de la “libertad” que pregonan, su accionar político apunta a restringir derechos. Toda agenda o política pública asociada a la igualdad, la educación sexual, el feminismo o los derechos reproductivos son el blanco de sus estridentes cruzadas morales.

El integrismo religioso: a diferencia de su referente VOX, apoyado por grupos ultraconservadores católicos como el Opus Dei y El Yunque, en el Perú el respaldo más visible al trifachito —en especial a Renovación Popular— proviene de corrientes evangélicas neopentecostales. Estas iglesias viven hoy en un matrimonio de conveniencia con sectores católicos ultraconservadores que durante años las menospreciaron. Juntos buscan imponer sus convicciones religiosas al conjunto de la sociedad mediante leyes y políticas públicas, atentando contra la separación entre la Iglesia y el Estado propia de las democracias avanzadas. Paradójicamente, algunos de sus líderes y candidatos no son precisamente modelos de cumplimiento de la moral que predican.

El autoritarismo punitivo: culto a las soluciones de “mano dura” frente a problemas tan complejos y multifactoriales como la delincuencia. Promesas de megacárceles, militarización de la seguridad ciudadana, endurecimiento de castigos y reintroducción de la pena de muerte resultan atractivas en un país que enfrenta niveles de criminalidad nunca antes vistos. Pero el discurso del trifachito es una estafa, pues mientras sus candidatos proponen la “bukelización” del país, sus actuales bancadas han elaborado y promulgado un paquete de leyes procrimen que se resisten a derogar. ¿Podemos razonablemente esperar rectificaciones por parte de sus nuevos electos cargados, en muchos casos, con un prontuario delictivo difícil de ignorar?

El populismo maniqueo: a falta de un proyecto nacional inclusivo capaz de aglutinar a las grandes mayorías, el trifachito recurre a lo que Taguieff llama la «manufactura del odio»: la deshumanización y demonización de grupos a los que se atribuyen todos los males de la sociedad. Es un recurso recurrente de la ultraderecha, que convierte la política no en diálogo y gestión de los conflictos, sino en un enfrentamiento regido por la lógica militar del “amigo-enemigo”. Una guerra en la que el bien, que ellos encarnan, debe destruir al mal: sus oponentes. En el Perú, el trifachito ha designado como enemigo a “los caviares”, un cajón de sastre en el que se coloca a cualquier persona o grupo que convenga a sus intereses. La figura del caviar resulta particularmente útil, ya que —a diferencia de otras latitudes— el trifachito no puede asignar ese papel a las élites económicas y sociales, de las que forma parte y cuyos intereses defiende.

Capitalismo sin rostro humano: sectores pertenecientes al fujimorismo, pero principalmente a Avanza País, plantean una agenda económica de desregulación profunda, reducción radical del Estado, mayor flexibilización laboral, ampliación de las privatizaciones y disminución de la carga impositiva. Se trata de un recetario típico del neoliberalismo radical (Stiglitz) que persigue el beneficio del capital privado en desmedro de la protección social. Pero a ese “menos Estado” que predican, lo acompañan invariablemente con un “más Estado” represor que defienda sus intereses, tal como quedó claramente demostrado en su apoyo a las ejecuciones extrajudiciales del gobierno Boluarte en 2022/2023.

¿Más vale trifachito conocido que outsider por conocer?

Algunos analistas políticos se han mostrado sorprendidos ante el persistente apoyo electoral que reúnen Fuerza Popular y Renovación Popular, y aunque este apoyo parece haber alcanzado su techo e incluso mostrar cierto declive, lo cierto es que uno de cada cinco peruanos está ahora mismo dispuesto a votar por una de estas agrupaciones.

La sorpresa de estos analistas sería menor si tomaran en cuenta algunos datos relevantes: dos tercios de los peruanos consideran necesario contar con un “líder fuerte” que ponga orden (IDEA/Ipsos), más de la mitad apoyaría a un líder que acabe con la delincuencia, aunque no respete los derechos humanos (IEP), y a casi un tercio de nuestros compatriotas le da lo mismo vivir bajo un régimen democrático o no (IDEA/Ipsos). A la vista de estas opiniones, lo sorprendente es más bien que el trifachito no tenga una intención de voto mucho mayor.

Pero los peruanos no nos acostamos demócratas una noche y nos levantamos autoritarios la mañana siguiente. Nuestro país ha venido sufriendo desde hace años una “desdemocratización acelerada” que afecta gravemente la capacidad de gobierno, la representación ciudadana, la protección de derechos y el balance de poderes (Vergara, Barnechea), pero es la gravísima crisis de seguridad ciudadana la que actualmente capta prioritariamente nuestra atención. Cuando la población siente que su vida corre peligro al salir de casa cada día, la democracia y sus instituciones se convierten en un lujo irrelevante. Es en ese clima que el discurso de “mano dura” adquiere enorme importancia, aunque su aplicación signifique el abandono de las formas democráticas: el autoritarismo deja de ser una amenaza y se convierte en una tabla de salvación.

El crecimiento acelerado de Wolfgang Grozo tampoco debería sorprender, pues responde a las mismas causas, con un factor adicional: López Aliaga, Fujimori Higuchi y Williams Zapata no representan ninguna novedad, sino que forman parte del desprestigiado establishment político actual. Cada uno de ellos tiene un lastre que dificulta su crecimiento: a López Aliaga lo apoyan principalmente los varones de más de 50 años de las clases acomodadas capitalinas, Fujimori Higuchi tiene un monumental antivoto y Williams Zapata, como el resto de militares retirados del actual Congreso, solo parece haber tenido una agenda corporativa de dos puntos: impunidad y mejoras salariales (Rosa María Palacios dixit).

Wolfgang Grozo ha sabido captar las simpatías del electorado más joven, encarnando una opción novedosa de “mano dura”, aliada a las habilidades propias de los servicios de inteligencia. Sus promesas de hacer que Bukele parezca “un niño de pecho” a su lado y pacificar al país en menos de seis meses, no podían sino seducir a una ciudadanía que exige resultados inmediatos en materia de seguridad. Por lo demás, Grozo tiene planteamientos bastante similares a los del trifachito en temas de conservadurismo moral, neoliberalismo radical, populismo maniqueo y terruqueo. Nada que pueda realmente desencantar a amplios sectores de la derecha, incluidos los más radicales. Todo lo contrario.

¿Logrará Grozo mantener su tendencia ascendente? Ya algunos nubarrones ensombrecen su horizonte electoral: un discurso que se modula o contradice según el auditorio al que se dirija, más propio del cálculo político que de verdadera convicción, y una imagen de outsider sin tacha que se desdibuja por su acercamiento a cuestionables personajes como Zamir Villaverde y Tomás Aladino Gálvez… El tiempo —muy breve — responderá esta pregunta.

[Música Maestro] El estreno, a finales de febrero, de Do the impossible (Christine Turner, 2026) para la serie American Masters de la plataforma de streaming PBS trajo de regreso a los medios culturales y especializados en música, a la enigmática e inescrutable figura de Sun Ra, uno de los compositores de jazz vanguardista menos mencionado entre los titanes del género.

Aun cuando los conocedores equiparan su capacidad en el piano a la de Thelonious Monk, su sentido del riesgo y la experimentación a Miles Davis o sus dotes de arreglista y director de ensambles a Duke Ellington, es prácticamente imposible encontrar títulos suyos en el canon de standards -si pertenecen a esa exclusiva minoría que le dedica tiempo a leer esta columna, ya saben perfectamente qué es un “standard” cuando hablamos de jazz-, a pesar de que lanzó más de un centenar de discos entre 1955 y 1993, año en que falleció a los 79 años.

También es verdad que, por momentos, la cacofonía producida por la línea de metales que organizaba, entre saxofones, trombones, clarinetes, trompetas y oboes, es un caos controlado que se hace difícil de escuchar, aun para el oído experto. Es como tener a diez Eric Dolphy (1928-1964) juntos haciendo solos de hard-bop con pitos agudos de Arturo Sandoval de fondo y Pharoah Sanders (1940-2022) soplando tres saxos al mismo tiempo, todo a la vez. Mientras eso pasa, Sun Ra, con los ojos extraviados, hace señas y se recuesta sobre los teclados, a veces lanzando arácnidos arpegios de be-bop y otras, simplemente, aporreando los acordes como su colega Cecil Taylor (1929-2018).

En esos instantes -eventualmente, bastante largos- las fanfarrias de Frank Zappa y The Mothers Of Invention entre 1967-1969, sus arrestos de estrafalaria big-band con The Grand Wazoo/The Petit Wazoo Orchestras (1972) o las oleadas de ruido eléctrico de Miles Davis en su periodo Bitches brew -como las del álbum en vivo Pangaea (1969)- quedan como ejercicios de educación inicial frente a todo este desmadre sonoro. Es que la música de Sun Ra era, literalmente, de otro planeta.

El jazz no tiene límites

La primera vez que leí algo acerca de Sun Ra fue hace un cuarto de siglo, en una entrevista a George Clinton. Hasta ese momento, yo estaba seguro de que el cantante, productor y compositor que llevó al espacio exterior al funk de James Brown y al soul de Sly & The Family Stone era el creador de esa imaginería entre espacial y africanista que, posteriormente, fueron marca registrada de Earth, Wind & Fire y, en algunos momentos -sobre todo en vivo- de Prince.

En la conversa que, si mal no recuerdo, fue publicada por la revista Rolling Stone, el líder de la pandilla Parliament-Funkadelic menciona a Sun Ra pero no como una influencia directa, sino con sorpresa cuando, al escucharlo a mediados de los setenta, descubrió que ambos venían alimentándose de las mismas fuentes de inspiración para levantar el orgullo afroamericano, en una época dura para ese grupo racial, ligándolo a cuestiones extraterrestres y todo lo que eso implica -libertad, estigmatización, prejuicio-. “Íbamos al mismo restaurante y, sin cruzarnos entre nosotros, comíamos lo mismo”, dijo esa vez.

Sun Ra llevó ese concepto, el de la alienación en un mundo hostil y reprimido por distintas fronteras -culturales, sociales, políticas, religiosas, psicológicas- al máximo de su capacidad expresiva. Sus largas y confusas suites no son el resultado de arranques de liberación motivados por una coyuntura, que podría ser una moda o un específico momento de su vida personal. Son la materialización sonora de su ruptura con todo lo convencional, seguro de que algo o alguien le encomendó la misión de dar a conocer ese mensaje diferente a una humanidad que le es ajena, que está incapacitada para comprenderlo porque ese mensaje proviene del espíritu, esa dimensión mística que el ser humano occidental tiene olvidada desde hace décadas.

Ser negro, norteamericano y, como sugieren tímidamente algunos, asexuado -para no decir sin tapujos lo que hasta hoy, treinta años después de su muerte, sigue siendo solo una sospecha- fueron para Sun Ra los motores que dispararon la necesidad de inventarse una vida distinta a la del resto, una elección que en términos de “lo normal” puede verse como cierta especie de locura, una delusión ocasionada por traumas o problemas mentales surgidos de su propia genética humana. De pertenecer a todas las minorías pasó a convertirse en una entidad única, inasible. Por ello la oficialidad del jazz le dio la espalda.

Sun Ra inventó el afrofuturismo

A pesar de esa postergación -Frank Tirro, por ejemplo, en su célebre libro The history of jazz (1977), no lo menciona ni una sola vez en sus más de 400 páginas- el extravagante pianista contribuyó tanto como el saxofonista Ornette Coleman (1930-2015) o The Art Ensemble of Chicago a la aceptación del free-jazz como subgénero de la vanguardia musical norteamericana, con álbumes como los dos volúmenes de The heliocentric worlds of Sun Ra (1965) que, de alguna manera, pueden servir de puerta de ingreso y resumen para un catálogo mucho más extenso y retador.

Su verdadero nombre fue Herman Poole Blunt, pero decidió cambiarlo por Le Sony’r Ra -en alusión a la divinidad solar egipcia- como un acto de rebeldía ocasionada por la discriminación que padeció durante sus años juveniles. La nueva identidad quedó comprimida, poco tiempo después, a Sun Ra, que se convirtió en su nombre legal a inicios de los años cincuenta, en una movida similar a la que hiciera una década después el boxeador Muhammed Ali, otro icono del “poder negro”, movimiento de reivindicación racial en medio de la lucha por derechos civiles.

Había nacido en 1914 en la ciudad de Birmingham (Alabama, Estados Unidos) y, desde su adolescencia mostró serias aptitudes para la música, tocando en el piano melodías completas de oído. Su carrera en el jazz se inició mucho tiempo antes de reinventar su personalidad, en tríos y conjuntos de Chicago y Nueva York, puliendo su estilo virtuoso como pianista hasta que, en algún lugar entre los años treinta y cuarenta le ocurrió algo extraordinario.

“Todo mi cuerpo se transformó, podía ver a través de mí mismo, no tenía forma humana. Me teletransportaron y estaba en un escenario con ellos. Ellos me hablaron”, cuenta su biógrafo John Szwed en Space is the place: The lives and times of Sun Ra (1997), libro en el que se revelaron, por primera vez, varios aspectos de su infancia, adolescencia e inicios en la música. Como queda claro, Sun Ra describe, en este pasaje, una abducción. Según el músico, fue secuestrado por seres extraterrestres que se lo llevaron nada menos que a Saturno, a mil cuatrocientos millones de kilómetros de distancia de aquí.

A partir de ese extraño y poco comprobable evento, Sun Ra adoptó una personalidad mística y distante, como si todo el tiempo estuviera en un plano diferente. Para sus músicos, era además de director, una especie de gurú espiritual, un maestro. En sus entrevistas, abundaban las divagaciones entre lo metafísico y lo onírico. Y en sus conciertos, él y sus músicos se presentaban con coloridas vestimentas hechas de materiales sencillos que influenciaron a toda una generación, a través de una estética musical y artística que integra elementos de identidad racial con una combinación entre historia de la cultura negra ancestral, tecnología y ciencia ficción que, años más tarde, terminó llamándose “afrofuturismo”.

The Sun Ra Arkestra: sus discípulos

Después de algunos años fuera de todo circuito musical, quizás recuperándose de aquella inverosímil experiencia y ordenando los encargos que recibió “desde el espacio exterior”, Sun Ra reapareció, en la segunda mitad de los años cincuenta, con tres álbumes de jazz más o menos convencional –Jazz by Sun Ra (1957), Super-sonic jazz (1958) y Jazz in silhouette (1959)- con los que presentó en sociedad a su propia orquesta, un conglomerado de colaboradores que lo acompañó de manera casi permanente durante las tres décadas y media siguientes.

Siempre en esa onda entre lo esotérico y lo religioso, Sun Ra bautizó a su grupo como “The Arkestra”. El nombre une los vocablos “Orchestra” y “Ark”. Este último –“arca” en español- hace alusión a dos objetos de fuerte significado para el judaísmo, presentes en el Antiguo Testamento. Por un lado, la mítica embarcación que Noé construyó, por mandato divino, para proteger a las especies del castigo diluviano y, por el otro, el Arca de la Alianza, el contenedor de madera recubierto de oro donde Moisés guardó las tablas de la ley.

Los músicos de The Arkestra se entregaban por completo a la filosofía de Sun Ra, convirtiéndose en constantes aprendices de aquello que aprendió en Saturno. En el documental A joyful noise (Robert Mugge, 1980) pueden verse entrevistas a varios de ellos, describiendo el proceso creativo de Sun Ra y sus cósmicos conceptos que influyeron profundamente en sus carreras. Para entender la relación entre Sun Ra y las múltiples configuraciones de su Arkestra, este largometraje -junto a Space is the place (John Coney, 1974), cuya banda sonora se convirtió en uno de sus álbumes más celebrados- son excelentes muestras de ese liderazgo, entre paternalista e hipnótico, que Sun Ra ejercía en quienes ingresaban a su órbita.

Aunque la mayoría de sus álbumes oficiales estuvieron firmados como Sun Ra and His Arkestra, el colectivo recibió a lo largo del tiempo distintos sobrenombres que aumentaban su conexión con lo galáctico. Así, el álbum When sun comes out (1963), uno de los primeros que lanzó con su propio sello, convenientemente llamado El Saturn Records, tiene en sus créditos a la Myth Science Arkestra; mientras que lanzamientos setenteros como Atlantis (1970) o Pathways to unknown worlds (1975), bajo el nombre de Astro-Infinity Arkestra o variaciones que incluían frases como “universo azul”, “intergaláctica astral” y otras marcianadas de ese estilo.

The Arkestra sin Sun Ra: Un legado vivo

Para la década de los noventa, Sun Ra and His Arkestra tenían un amplio y muy bien ganado prestigio, como pioneros del afrofuturismo, una corriente musical que, de forma equivalente a la blaxpoitation del cine setentero, generó fuertes dosis de orgullo en la comunidad afroamericana en épocas de intensas luchas sociales y como portadores de una idiosincrasia sonora arriesgada y experimental, al punto que una banda en apariencia tan distinta como Sonic Youth los tuvo de teloneros durante varios conciertos promocionales de su noveno álbum oficial, el influyente Dirty (1992), un evento que Lee Ranaldo, guitarrista de los iconos del indie-rock calificó de “memorable”.

Un año después de aquella insospechada colaboración, Sun Ra falleció a los 79 años, de múltiples dolencias orgánicas tras una larga convalecencia y rodeado de su familia en Alabama. El saxofonista John Gilmore asumió la dirección de The Arkestra hasta su propia muerte en 1995, a los 63, de un enfisema pulmonar. Su lugar fue ocupado por otro de los más cercanos colaboradores de Sun Ra, Marshall Allen, también saxofonista. Ambos, junto a la vocalista June Tyson (1936-1992), el saxofonista Danny Ray Thompson (1947-2020), el bajista Ronnie Boykis (1935-1980) o el percusionista Stanley Morgan, conocido como Atakatune (1953-2018), estuvieron entre los más identificados con la filosofía artística de Sun Ra.

El caso de Marshall Allen es verdaderamente notable. A sus 102 años, sigue haciendo sonar su saxo alto a impresionantes volúmenes, manteniendo intacta su vocación por la experimentación sonora y el catálogo de Sun Ra, que enriquece con sus propias composiciones. Bajo su dirección, The Arkestra ha seguido adelante como uno de los actos en vivo más coloridos, desafiantes e innovadores en una escena de jazz que también padece los rigores de la homogeneización que prima en la industria musical. Junto con trompetista Ray Anthony (104), el único sobreviviente de la big-band de Glenn Miller (1904-1944), Marshall Allen -que el año 2024 lanzó un disco nuevo, titulado New dawn– debe ser el músico de jazz más longevo y activo.

Un ruido agradable

Hubo épocas en que los músicos de pop-rock tenían cosas qué decir, relevantes, trascendentes. Podía ser con melodías accesibles y simples, como en el caso de los Beatles y los Rolling Stones o de arcanas armonías intrincadas y complejas, como pasaba con Genesis o Frank Zappa. En el mundo del jazz, se podía ser convencional como Frank Sinatra y sus orquestas melódicas o contracultural como Miles Davis, espiritual como John Coltrane, social como Charles Mingus. Pero el patrón se repetía. Con simplicidad o en medio de complicaciones, la música transmitía cosas que iban más allá del mensaje superficial o políticamente correcto.

Con el correr de los años, una crisis de contenidos que comenzó en la década de los ochenta fue haciendo retroceder a aquellos artistas conscientes de su rol social, convirtiéndolos en placer para minorías. Donde antes el mensaje marcaba la tendencia, hoy reina la ligereza, el reduccionismo de fórmulas vendedoras. No hay discursos, solo eslóganes.

Por eso, la presencia del legado artístico y sonoro de Sun Ra, imperceptible y a la vez perenne, como el aire que respiramos, es un hecho que debe conocerse y, en la medida de lo posible, difundirse. Y su trabajo sostenido junto a reconocidas bandas de indie-rock como Clap Your Hand And Say Yeah o Yo La Tengo -con quienes estuvieron de gira el año pasado-, una muestra del valor que tiene para quienes siguen aferrados a hacer música no solo para estimular los sentidos sino también para ponerlos a prueba y expandirlos.

Escuchar álbumes clásicos como el alucinante Live at Montreaux (1976) o los sonidos menos enredados de títulos como Lanquidity (1978), Visits planet earth (1966) o Some blues but not the kind that’s blue (1977), o ver la tocada que hizo, en el año 2014, The Sun Ra Arkestra en los Tiny Desk Concerts de la NPR, permite entrar en contacto con una propuesta difícil pero fresca a la vez, un rotundo manifiesto de personalidad musical ante la ausencia de riesgos que toman muchos músicos modernos, más preocupados en hacerse famosos rápidamente que en construir un legado que resista la prueba del tiempo, como en su momento lo hizo Sun Ra.

 

[OPINIÓN] La advertencia del embajador estadounidense Bernie Navarro —»el dinero chino barato cuesta soberanía»— merece análisis crítico desde perspectivas que el discurso oficial silencia. ¿Dónde está la soberanía peruana cuando el FMI condiciona política fiscal, o cuando la DEA opera en territorio nacional sin supervisión parlamentaria efectiva? La retórica selectiva aplica estándares exclusivos a inversión asiática mientras se aceptan condicionantes occidentales en defensa y financiamiento. La base espacial de Tahuantinsuyo, cooperación civil con China, genera alarma en Washington; pero EE.UU. mantiene 76 bases militares en América Latina, algunas en países donde la población desconoce su alcance operativo. En Ecuador, hace poco, 76% de la poblacion en un referendum exigio la salida de la base militar de Manta.

La falsa dicotomía «romper con China» ignora complementariedad económica estructural. Desde 2014, Pekín es primer socio comercial del Perú, impulsado , no por la ideología , sino por demanda real de cobre y crecimiento del 141.8% en exportaciones no tradicionales. Romper este vínculo sería irracional económicamente. Pero presentarlo como dependencia omite que Estados Unidos mantiene relaciones comerciales masivas con China —superior a cualquier otro país— pese a retórica confrontacional. La «dependencia» es relativa: ¿es China dependiente de mercados occidentales u occidente de manufacturas chinas?

El «equilibrio» diplomático propuesto por el canciller Hugo de Zela asume implícitamente que el perjuicio siempre derivará de responder a Washington, nunca de sus acciones unilaterales. La realidad contradictoria: EE.UU. es destino clave para agroexportaciones peruanas, pero mantiene subsidios agrícolas que vulneran competencia leal, mientras exige «acceso equitativo» a mercados latinoamericanos. Las «tensiones políticas» no deberían derivar en aranceles punitivos contra agricultores peruanos; pero tampoco deberían impedir que Lima cuestione prácticas comerciales desleales del norte.

Desde Pekín, la narrativa distingue cuidadosamente infraestructura de desarrollo de instalaciones militares. Chancay opera bajo legislación peruana, con concesión temporal, no propiedad absoluta, y puertos similares con inversión china funcionan en territorio estadounidense mismo. La comparación es incomoda para Washington: ¿quién representa mayor «influencia» extranjera medida en presencia militar desplegada, bases operativas y operaciones de inteligencia?

Aquí cobran relevancia las experiencias del bloque progresista democrático latinoamericano. Brasil, bajo Lula, negoció cláusulas de transferencia tecnológica en infraestructura con inversión china que el Perú no exigió en sus contratos, permitiendo desarrollo de capacidades locales en ingeniería portuaria. México, bajo presión similar de EE.UU. durante el T-MEC, mantuvo soberanía energética nacionalizando litio mientras expandía comercio con ambas potencias globales, demostrando que «neutralidad» no es equidistancia pasiva sino negociación activa desde intereses nacionales definidos. Bolivia y Honduras han diversificado socios comerciales sin rupturas dramáticas, priorizando industrialización primaria sobre exportación bruta de recursos.

La Unión Europea, particularmente los gobiernos socialdemócratas de Alemania y España, ofrecen marcos regulatorios aplicables. Su estrategia de «inversión sostenible» exige estándares laborales, ambientales y de gobernanza a capitales extranjeros —incluidos chinos y de EEUU— sin prohibir la inversión, creando competencia por calidad en lugar de veto geopolítico. El mecanismo de «diligencia debida» empresarial, que responsabiliza a inversionistas por cadenas de suministro, podría adaptarse al Perú para garantizar que Chancay cumpla estándares peruanos, no solo comerciales chinos ni de seguridad estadounidenses.

La conclusión no debe ser ser un Peru «puente» donde competidores globales se enfrenten, metáfora que asume que el Perú carece de agenda propia más allá de facilitar la bronca ajena. La estrategia latinoamericanista exige ser jugador con reglas propias: industrializar el cobre antes de exportarlo (valor agregado que Chile aplica al litio), exigir contrapartidas tecnológicas a toda inversión extranjera sin distinción de origen, y rechazar tajantemente que la «seguridad» de cualquier potencia defina que es «infraestructura peruana crítica». El desarrollo nacional no está en juego en la rivalidad Sino-Americana; ambas potencias deben adaptarse a parámetros que Lima defina unilateralmente para beneficio soberano. La verdadera independencia no es equidistancia, es capacidad de imponer condiciones. Solo hay que votar, este 14 de abril, por los candidatos que revisen agenda del Canciller de Zela, con acelerada entrega del pais a una potencia extranjera, restituyendo la soberania economica y militar del Peru. Mal calculo subordinarse a EEUU, la guerra con Iran lo cambia todo, al ser posiblemente derrotada la ultima guerra unipolar ,por una estrategia asimetrica de resistencia cuya efectividad hace obsoleta la teoria del » patio trasero» del Imperio. Una China fortalecida, sin disparar un solo misil o construir una sola base militar, es un mejor socio comercial que EEUU. O no?

[Migrante al paso] Trabajar. Me había olvidado lo bien que se siente llegar al fin de semana. Que sea viernes, después de un día productivo, comprarte una Coca-Cola helada, sentarte frente al televisor y prender tu PlayStation. Suena infantil, lo sé, pero créeme que ahora los viejos también pasan el rato y más en estas consolas mágicas. Una mezcla de nostalgia, nuevas aventuras y notar cuánto hemos mejorado desde que somos niños. Algo curioso ocurre cuando vuelves a jugar después de varios años: reconoces los mundos, los sonidos, los personajes, pero tú ya no eres exactamente el mismo. Aunque no crean, todos esos personajes, de todo tipo, me sirven como motivación para hacer ejercicio en las mañanas y trabajar. Por no mencionar todos los beneficios. Hay algo en esas historias de héroes que salen a recorrer mundos, enfrentar peligros y seguir avanzando que se queda contigo incluso cuando apagas la consola.

Hoy domingo estaba aburrido. Había pasado todo el fin de semana metido en mi casa. Ya le perdí el gusto a las fiestas y al alcohol, no creo que sea vejez porque apenas tengo 32 años. Va más por el lado del cansancio. Me pone tenso tener que socializar sin significado, no porque me parezca mal. Es por el hecho de que sean desconocidos. El 90% de lo que converso con mis amigos son tonterías, la diferencia es que con ellos me agrada hacerlo. Hay una tranquilidad en ese tipo de conversaciones que no exige nada, que simplemente fluye. A veces basta con sentarse, bromear un rato y dejar que el tiempo pase sin pensar demasiado en lo demás.

“Pancho, sale un súper smash con Jota y Joaco”, me llega un mensaje de WhatsApp. Es un juego especial que ha creado vínculos en casi todos los grupos de amigos que conozco, muchos de los que me leen lo entenderán. Dudé, incluso dije que no iba a poder. No estaba haciendo nada. Sentado mirando la nada me pareció escuchar unos ruidos extraños y carismáticos con subtítulos en mi cabeza: “¡Es peligroso ir solo! Toma esto”. Es lo que le dicen al personaje que uso cada vez que comenzará su aventura. El ahora mítico Link, de la saga de Zelda. Mi niño interior estaba llamando, pero demasiada estructura me hacía difícil escucharlo. A veces uno se llena de horarios, metas y pendientes hasta que ese niño queda enterrado bajo capas de responsabilidad. En este momento de calma dominical lo escuché.

Mientras jugábamos recordaba que por años en primaria regresábamos mis amigos y los de mi hermano, todos a mi casa. Nunca faltaba una pizza o un pollo a la brasa. Terminábamos de almorzar apurados contando travesuras escolares. Subíamos, nos acomodábamos en el cuarto, cada uno un control, alguien insertaba el casete pesado en el Nintendo 64 y el cubo negro se llenaba de colores. Nuestros ojos se iluminaban y jugábamos como si se tratara de un mundial. El mismo juego que estoy jugando hoy con otros amigos. Podíamos pasar todo el día ahí pegados. Solo nos podía desprender algo de comer o jugar fútbol. Es un juego con muchos personajes. En la versión que teníamos de niños solo se podían 8, ahora hay más de 50. En ese entonces cada nuevo personaje desbloqueado era casi una celebración. Es gracioso pensar en la relación de cada persona con su personaje. Es como si escogieran un alter ego. El mío siempre es Link, el héroe del tiempo. Es el clásico héroe que sale en una aventura y vuelve, en algunas de manera trágica, en otras cómicas. Un personaje silencioso que, sin decir mucho, siempre termina avanzando.

Ahorita que todos estamos rodeados de caos, el mundo de cabeza, no se puede entender bien qué pasa ni se puede confiar en nadie. Todos los ídolos cayendo de a pocos y los símbolos o pilares de inspiración se van derrumbando. En mi caso, crecí viendo a Messi, sin embargo, regalé la camiseta que tenía. Simplemente hay cosas que son intolerables. Dentro de toda esta amalgama, darse un espacio para relajarse, tomar perspectiva de que el mundo no se está acabando, espero, y poder respirar. A veces ese espacio aparece en lugares simples: una tarde tranquila, una conversación sin importancia o un videojuego que te devuelve por un rato a una versión más liviana de ti mismo.

Por más que sea un mundo tembloroso e inestable, no deja de ser nuestro mundo y al jugar videojuegos también aprendes que las aventuras se encuentran afuera. Desde a la vuelta de la esquina hasta un país a miles de kilómetros. No importa que el mundo parezca cada vez más pequeño o simplemente dé la apariencia de que hay menos cosas en él. Aún hay mucho que descubrir y que vale la pena explorar. Y, a veces, basta una partida con amigos para recordarlo.

[OPINIÓN] Cada cinco años el Perú vive un fenómeno curioso: antes de las elecciones, el sentido común se toma vacaciones y la gente corre a refugiarse en las encuestas. No importa que la historia haya demostrado, una y otra vez, que en el Perú las encuestadoras descubren la verdad recién cuando faltan quince días para la elección. Antes de eso, son más bien un ejercicio de imaginación… o de financiamiento.

Ocurrió en 2016. Ocurrió en 2021. Y probablemente volverá a ocurrir ahora.

Pero igual la gente necesita creer. Es una cuestión casi espiritual.

Hoy, el candidato que más ruido produce es Rafael López Aliaga. Nadie puede negar que su despliegue comunicacional es el mayor de todos: redes sociales, entrevistas amistosas, encuestas generosas y un entusiasmo económico que, según él mismo, sale de su propio bolsillo.

El problema no es el ruido. El problema es su temperamento.

En su vocabulario político, “corrupto”, “imbécil” o “ladrón” aparecen con una naturalidad admirable. Los militares —según él— hacen “estupideces en los cuarteles”, las culebras shushupe son las indicadas para combatir la inseguridad, y cualquiera que discrepe entra rápidamente en la categoría de idiota. El candidato se presenta como un casto salvador, benefactor y millonario providencial. Sin embargo, la gestión municipal que debería ser su principal vitrina luce más bien como un inventario de promesas incumplidas: trenes abandonados en un parque, obras a medio hacer y una municipalidad con demandas internacionales serias y financieramente comprometida por años. Todo esto pronto le pasará la factura.

Pero claro, eso, por ahora, también tiene remedio: un periodista amigo o una encuesta adecuada.

En la otra orilla aparece Keiko Fujimori. Su partido mantiene un electorado estable y, para bien o para mal, es la organización política más persistente de los últimos quince años. Sus adversarios han intentado liquidarla judicial y mediáticamente durante una década, sin éxito. Hoy la candidata reaparece libre, políticamente rehabilitada y, como suele ocurrir en el Perú, otra vez en la conversación final.

Las encuestas, sin embargo, prefieren tratar ese dato con tibia prudencia. No vaya a ser que la realidad incomode demasiado al relato.

Luego está el resto del zoológico electoral.

Carlos Álvarez ocupa el espacio del entretenimiento político: votos que nacen de la risa y mueren en la reflexión. César Acuña conserva su sólida chacra norteña, fertilizada durante años con beneficios, favores y una universidad que educa… más o menos. López Chau parece condenado a vivir eternamente de su cuota de izquierda —entre el cinco y el siete por ciento—, porcentaje que difícilmente le alcanzará para pasar a mayores. Y el general Grozo —novedad reciente de las redes— disfrutó un breve destello juvenil que se apagó con la misma velocidad con que suelen apagarse las mentiras, sobre todo cuando vienen acompañadas de disculpas.

Todo lo demás, francamente, es voto perdido. Ni los demás generales ni el joven fantasma del Apra con aspiraciones épicas parecen destinados a alterar el tablero.

Pero aún falta en la ecuación el gran protagonista silencioso de esta elección: la cédula de votación.

Un documento tan complejo que rivaliza con un crucigrama dominical de alto nivel. Muchos ciudadanos necesitarán una hora para descifrarla. Otros simplemente renunciarán en el intento. Votos nulos, cédulas rotas, errores involuntarios: un cuarenta por ciento de incertidumbre que ninguna encuesta logra medir, y menos aún incluir en su vaticinio semanal.

Así que volvamos al viejo y desprestigiado sentido común.

Ese mismo que sugiere que López Aliaga difícilmente será presidente, que Keiko Fujimori tiene altas probabilidades de pasar a segunda vuelta y que, llegado ese escenario, buena parte de los votos dispersos terminarán alineándose con la opción que al menos conversa con todos, incluso con sus adversarios más furibundos.

Pero no arruinemos la fiesta.

Sigamos creyendo en las encuestas. Gracias a ellas, muchos votarán convencidos de que el ganador ya está decidido. Y ese pequeño espejismo puede ser, paradójicamente, lo que termine llevando a alguien a la segunda vuelta.

Donde, como suele ocurrir en la política peruana, la realidad llega tarde… pero llega.

Salvo, claro, que me equivoque.

Aunque el sentido común —ese viejo mañoso— me dice que no.

Y ya saben, parafraseando al amigo Armas:

“Ojo de loca no se equivoca”

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Pocos libros me inspiraron tanto como Más Allá del Estado Nacional, de Jürgen Habermas, publicado en 1998. La democracia, los derechos del hombre, los fundamentales, por fin habían triunfado en el planeta. Por fin los nacionalismos y las ideologías totalitarias no reclamarían más su cuota de sangre al ciudadano, por la patria, por el centímetro de territorio que se defiende con la vida, por la lucha contra el adversario  nacional o ideológico.

Más allá del Estado Nación fue una interpretación del nuevo paradigma emergente, menos superficial, más filosófica y, básicamente, más humanista que la de Francis Fukuyama en su El fin de la Historia (1992), estridente y fantasiosa apología neoliberal.

Inevitablemente, el elemento utópico estaba presente en la obra de Habermas, como lo está en toda obra que analiza, no solo el presente sino un periodo de transición. Lo cierto es que el mundo de la igualdad, y de los derechos fundamentales, anunciado en 1948 por la Declaración Universal de los Derechos Humanos nunca llegó.

La década milenio fue de absoluta incertidumbre, la de los diez marcó otro tránsito, de polos ideológicos signados por una mirada estructural, comunismo vs. capitalismo, por otra con énfasis en la impronta cultural, magas vs wokes, y en este escenario nos encontramos hasta hoy.

La segunda gestión presidencial de Donald Trump complica aún más las cosas.  Si el orden jurídico internacional instaurado en 1945, léase la ONU y adláteres, pocas veces se impuso a las apetencias de las grandes potencias, el mandatario americano ha decretado, en los hechos, el fin de dicho orden, y el inicio de otro caracterizado por la Real Politik, por el poder del más fuerte, de otro análogo a los que antecedieron, en el siglo XX, a las dos grandes guerras mundiales.

Pero por todo lo dicho, la utopía incumplida de Habermas parece comenzar a abrirse paso en nuestro indecible presente que tanto nos acongoja con incertidumbres de guerra, con violencia, con la prevalencia sin atenuantes del más fuerte. La república, la democracia, ya no constituyen más el régimen dominante a nivel global, el orden político que regula, en su interior, la lucha por el poder, pero retorna convertido  en Tercera Vía. Y comienza a hacerlo desde izquierdas democráticas que vuelven a percibir el compromiso social, ante las grandes carencias materiales ciudadanas, como la primera de las agendas en una lucha por reinstaurar la vigencia de los derechos fundamentales.

Veamos un momento al Perú, finalmente. Menos de un mes nos separa de las justas electorales del 12 de abril. Existen, enhorabuena y en medio del infernal zumbido de la corrupción, apuestas por la recuperación del Estado, arrebatándoselo a las coaliciones de mafias que se han apoderado de él, lo que limita sensiblemente su capacidad de servicio al ciudadano.

Pero el Perú es también identitario: lo demostró el inesperado triunfo de Pedro Castillo en 2021, de pésima gestión y debemos señalarlo, muy aparte de muchas otras consideraciones. Pero Pedro Castillo fue presidente porque representó el grito secular de los desposeídos, un grito que entona notas étnicas y socioculturales, porque, mal que a algunos les pese que esto se diga, en el Perú aún existen millones de ciudadanos que estarían en una situación igual o muy parecida si diésemos un salto en el tiempo y nos situásemos a fines del siglo XIX, y aún si diésemos otro salto y nos situásemos en la era colonial.

Miremos pues al Perú serrano rural y al Perú amazónico, y exijamos del Estado peruano, en primer lugar, el perdón por su secular abandono, y que implica inclusión y reconocimiento, así como sus servicios, en el más alto nivel, en el que se merecen todos los ciudadanos nacidos en el país.

Jürgen Habermas sobrevivió la Alemania Nazi, vio alzarse y derrumbarse el muro de Berlín, fue espectador privilegiado del principio y el fin de la Guerra Fría. Lo que no vivió Habermas fue al Perú y sus complejidades. En el Perú, la democracia no se entiende sin reconocimiento, inclusión y justicia social. Téngalo presente quienes sueñan con la Promesa Peruana de Basadre y la Utopía Republicana de Carmen Mc Evoy.

En la imagen, IA de Jürgen Habermas en los andes peruanos junto a mujer andina.

[INFORME] Uno de los candidato al senado de Wolfgang Grozo fue  parte de la campaña del supuesto fraude en las elecciones del 2021. Este miembro de Integridad Democrática pidió a la justicia la nulidad de las elecciones señalando, entre otras acusaciones conspirativas, que más de trescientos mil fallecidos participaron.

En una campaña electoral donde los primeros puestos parecen estancados en los mismos porcentajes que registraron varios meses atrás, la mesa parece servida para que un candidato inesperado, el famoso «outsider», pueda pasar en poco tiempo a convertiré en uno de los serios animadores de la contienda.

Uno de los que ha querido colgarse este cartel ha sido Wolfgang Mario Grozo Costa, un general en retiro que supo integrar las filas de la Fuerza Aérea del Perú. Con un discurso que lo mostraba como un crítico tanto de la derecha como la izquierda, Grozo empezó a figurar entre los principales aspirantes a la presidencia respaldado, especialmente, por el votante juvenil.

Sin embargo, esta creciente popularidad se ha convertido en un arma de doble filo para este candidato. Si bien le ha permitido que más peruanos lo conozcan, también se ha colocado a él mismo y a su partido, Integridad Democrática, bajo los reflectores y un escrutinio público que puede ser angustiante cuando hay un historial cuestionable y sobre el cual no hay explicaciones claras.

Hasta la fecha se ha podido conocer diversos episodios controversiales sobre Wolfgang Grozo, como su cercanía con el fiscal Tomás Gálvez y el empresario Zamir Villaverde. Pero, en esta oportunidad, Sudaca ha podido conocer el polémico historial de una de las personas que acompaña a Grozo Costa en su aventura política y no lo muestran como alguien precisamente lejano a la clase política de la que dice ser distante.

OTRO MILITANTE DEL FRAUDE

Cuando Pedro Castillo Terrones ganó las elecciones en junio del 2021, un sector de la clase política y la sociedad, principalmente limeña, se negó a aceptar que el candidato de Perú Libre iba a usar la banda presidencial. Esta incapacidad para asumir la derrota llevó a que se difunda una teoría conspirativa que acusaba a los organismos del sistema electoral de estar detrás de un fraude.

Lo que se podría denominar como la campaña del fraude llevó a que se vean situaciones insólitas que iban desde pedidos para que las Fuerzas Armadas intervengan hasta viajes de congresistas electos a las oficinas de la OEA (Organización de los Estados Americanos) pidiendo una intervención. En esta lista de personajes que intentaron revertir el resultado de un proceso democrático figura el nombre de una persona que hoy intenta llegar al senado de la mano de Wolfgang Grozo y su partido.

Juan José Rodríguez Andonaire es el nombre de este candidato que pretende convertirse en uno de los integrantes de nuevo senado como parte de Integridad Democrática. Acorde a la información disponible, este aspirante a senador no cuenta con historial político y apenas registra un pasado de pocos años como comerciante en el rubro textil.

Pero no es lo único que aparece en su historial. Sudaca pudo acceder a una sentencia del Tribunal Constitucional  que expone la insólita postura del ahora candidato al senado de Wolfgang Grozo e Integridad Democrática tras conocerse los resultados de las elecciones del año 2021.

Esta sentencia del Tribunal Constitucional, que data del año pasado, atiende un recurso de agravio constitucional interpuesto por el abogado de Rodríguez Andonaire contra una resolución de la Segunda Sala Constitucional de la Corte Superior de Justicia de Lima que años atrás había declarado improcedente la demanda presentada por Rodríguez.

La demanda en cuestión se presenta un 15 de julio del 2021, a menos de dos semanas de la investidura presidencial de Castillo Terrones, y es en contra del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC) y el Ministerio Público.

El objetivo no era otro que solicitar la nulidad de proceso electoral que había dado por ganador a Pedro Castillo. La demanda de Rodríguez Andonaire hablaba de una vulneración manifiesta de derechos fundamentales que, mediante un fraude, tuvieron incidencia en el derecho electoral.

ACUSACIONES SIN PRUEBAS

La demanda interpuesta por el actual candidato al senado no aportaba pruebas alegando que “los hechos vulneratorios de sus derechos son públicos” y hasta acusaba al entonces presidente, Francisco Sagasti, de incumplir con el principio de neutralidad. Para Rodríguez Andonaire, los órganos del sistema electoral habían avalado una serie de actos fraudulentos.

Con un discurso casi idéntico al que se propagaba desde el bunker de Fuerza Popular, la demanda de Rodríguez repetía que las firmas de las actas electorales eran falsas, hacía mención de una inclusión de menores de edad en el padrón electoral y hasta señalaba que trecientos mil fallecidos participaron de las elecciones.

La inexplicable inclusión del Ministerio Público entre las partes demandadas llevó a que su procurador público señale que no se había precisado qué acto cometido por un fiscal justificaba dicha demanda pero que, si consideraba que se había cometido algún acto ilícito, contaba con las vías correspondientes para denunciar. Ante esta respuesta, y tan sólo unos días después, Rodríguez Andonaire desistiría de la demanda al Ministerio Público.

Finalmente, el noviembre del 2021, la demanda a la ONPE, Jurado Nacional de Elecciones y RENIEC sería declarada improcedente. La resolución al respecto señala que no se habían aportado suficientes medios probatorios, como dice la propia demanda no se presentó ninguno, para corroborar las afirmaciones realizadas por Juan José Rodríguez Andonaire.

Wolfgang Grozo y su partido, Integridad Democrática, se han enfocado en marcar tanta distancia como sea posible de los políticos que han estado cerca al poder durante los últimos años. Sin embargo, el accionar de Rodríguez Andonaire en 2021 demuestra que no son tan diferentes ni están tan distantes de las agrupaciones políticas a las que han criticado en campaña y despertando una duda razonable sobre cómo reaccionarían ante un resultado adverso en las urnas el próximo mes de abril.

[Música Maestro] El soundtrack de mi adolescencia

La semana pasada se cumplieron exactamente cuarenta años del lanzamiento de esta obra maestra de la música agresiva, casi una hora de catarsis en la que cuatro muchachos que no llegaban todavía a los 25 años consolidaron una propuesta corrosiva e inteligente a la vez, que marcaría un antes y un después en el rock duro, construyendo sus épicas y elaboradas canciones con tanto entusiasmo y calidad que se convirtieron en el buque insignia de uno de los géneros de metal extremo más admirados, el thrash.

Deben haber sido miles las veces que he escuchado el Master of puppets, desde ese verano limeño de 1987-1988, en que llegó a mis manos por primera vez, en la forma de un cassette pirata comprado en el mercado negro del centro y me sigue erizando la piel hasta ahora. El LP había aparecido en el Estados Unidos un año antes, el 3 de marzo de 1986 y era toda una sensación en el circuito subterráneo de música popular en inglés.

En plena era del rock de los ochenta y sus cientos de opciones populares -desde Bon Jovi hasta Madonna- y cuando en el Perú se cocinaba el rock subterráneo en nuestra tugurizada capital, a escondidas, casi de forma clandestina, uno tenía que agenciarse de otras maneras el acceso a este disco, el tercero de Metallica, cuyas canciones jamás iba a sonar en radios convencionales o en las fiestecitas de nuestro barrio, allá en la quinta etapa de Pando en San Miguel, donde lo que bailábamos era Soda Stereo, The Cure y Hombres G.

Una banda que revolucionó el metal

Metallica inventó el thrash, dicen algunos. Y aunque siempre es difícil dar crédito absoluto a esta clase de aseveraciones, en este caso no está muy lejos de la realidad. Como lo han contado en más de una oportunidad los dos miembros fundadores, James Hetfield y Lars Ulrich, en la inmensa cantidad de documentales que se han producido sobre ellos, desde que se conocieron en California siendo unos adolescentes, se la pasaban horas de horas escuchando discos de bandas como Budgie, Black Sabbath, Diamond Head, Thin Lizzy, Venom y Motörhead, sazonadas con oceánicas cantidades de alcohol, exageradas para sus cortas edades.

En ese entonces, en que se juntaban a tocar con sus amigos -entre ellos Dave Mustaine y Ron McGovney, guitarra y bajo originales del grupo- inspirados en los vinilos de la New Wave Of British Heavy Metal que el incendiario baterista nacido en la fría Dinamarca coleccionaba compulsivamente, solo se trataba de emular a sus ídolos. Pero algo pasó y sus sensibilidades de chicos callejeros, inconformes con los convencionalismos de su tiempo, generaron sonidos nuevos que recogieron todo ese aprendizaje y lo transformaron en un vehículo para expresar y desahogar sus propios sentimientos de alienación frente a las presiones sociales de la época, que podían llegar a ser emocionalmente nocivas y hasta fatales.

Eso, sumado a los ensayos obsesivos en los que se enfrascaban con el único objetivo de convertirse en el grupo más rápido y agresivo del mundo, hizo de la carrera de Metallica una verdadera revolución en la escena metalera, que inició su camino hacia la conquista del mundo en 1983 con Kill’em all, un potente álbum debut que fue entendido solo por unos cuantos visionarios. Un año después, Ride the lightning (1984), demostró una vertiginosa evolución en la forma de componer de James Hetfield (voz, guitarra) y Lars Ulrich (batería).

Mientras, la llegada de Kirk Hammett en reemplazo del hiper talentoso pero díscolo Dave Mustaine dio un ritmo diferente a los solos que se complementó a la perfección con el bajo virtuoso de Cliff Burton, quien había sustituido a McGovney. Para cuando viajaron a los estudios Sweet Silence, en Dinamarca, para grabar su nueva selección de temas bajo la batuta del productor Flemming Rasmussen, en septiembre de 1985, Metallica ya era una máquina imposible de detener.

Lado A: Adrenalina pura

Desde los primeros acordes de guitarras acústicas, uno puede sentir la oscuridad, el misterio, el ambiente cargado de tensión. Pero nadie que escuche el álbum por primera vez podría adivinar lo que viene después de esos cuarenta segundos de espectral calma. Las guitarras de Hammett y Hetfield parecen hachazos que cortan la respiración, con el furioso riff de Battery y la descomunal descarga de velocidad de la sección rítmica de Burton-Ulrich.

Este llamado a las armas -Metallica cultivó desde su primer disco la idea de que sus seguidores conformamos un ejército, con temas como Whiplash o Metal militia- termina y, casi sin respirar, nos lanza de cabeza al universo distópico del tema-título, Master of puppets. Ocho minutos y medio de una espiral esquizofrénica con un intermedio melódico de guitarras gemelas que tiene el efecto de un poderoso calmante. Es un breve descanso de minuto y medio antes de que la pesadilla vuelva, como esos tramos rectos y lentos de las montañas rusas que separan a una caída libre de la otra. Las pesadillescas risas del final es estremecedor y placentero a la vez.

Antes del que quizás sea el mejor tema del álbum -por temática y creatividad instrumental-, Welcome home (Sanitarium), nos encontramos con una canción atípica en esta etapa auroral de Metallica, The thing that should not be, fuertemente influenciada por Black Sabbath. Rotunda y oscura, parece una pisada destructora de la criatura de horror inventada por el norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937) que ya les había servido de inspiración en el disco anterior con un alucinante instrumental, The call of Ktulu.

Lado B: Velocidad y brillo

Los frenéticos quiebres de Disposable heroes muestran a un dúo de guitarristas -Hetfield y Hammett- capaces de llevar todo lo que aprendieron durante sus años formativos a un nuevo nivel de intensidad, con armonías en guitarras dobles a toda velocidad, como si Brian Robertson y Scott Gorham (Thin Lizzy) hubiesen recibido una descarga eléctrica en las manos. Robert Trujillo, bajista de Metallica desde el año 2003, dice que esta es su canción favorita, desde el punto de vista de un oyente y seguidor del grupo.

Este furibundo arranque del segundo lado del vinilo original es seguido por Leper Messiah, de ritmo cortante en guitarras y un tono más pesado, faceta que la banda ya había desplegado plenamente en su álbum anterior Ride the lightning, con el que comparte más de una similitud en cuanto a la estructura de sus contenidos -inicio con plácidas guitarras seguido de tormentosas canciones y temas de medio tiempo que matizan la velocidad predominante. Como The thing that should not be, este tema ha envejecido bien. Si antes parecía un inesperado bajón, ahora ambos temas funcionan como balance.

Orion continúa la costumbre del Metallica de los primeros años, de colocar un instrumental en cada disco. Definido de principio a fin por el virtuosismo de Cliff Burton en las cuatro cuerdas, es uno de las mejores composiciones en el catálogo del grupo por la contundencia de sus diferentes partes, el peso de cada músico tanto en los melódicos solos como en las armonías de fondo que son casi orquestaciones, la atmósfera de arrollador poderío que, tras ocho minutos y media, se aleja dejando devastación detrás de sí, una aplanadora. Y para cerrar, otra brillante descarga de agresividad con Damage Inc., que comienza con un bajo procesado al revés que simula, nada menos, que una melodía de Johann Sebastian Bach del siglo XVIII.

Cliff Burton: el arma secreta

Un tema recurrente ente quienes escuchamos este disco desde nuestra adolescencia es cómo la pobre mezcla original de 1986 ocultó las líneas de bajo de Cliff Burton, para dar mayor protagonismo a las guitarras o a la voz de Hetfield. Una envidia sana recorre mi cerebro cada vez que pienso en aquellos contemporáneos nuestros que, en California o en alguna de las ciudades de Europa por las que pasaron, pudieron ver al prodigioso bajista hacer lo suyo en vivo. Como hemos podido redescubrir en ediciones más recientes del disco, remezcladas con la tecnología del siglo XXI, es simplemente estremecedor de lo bien que suena.

Hagan la prueba y busquen en YouTube, por ejemplo, las pistas aisladas del bajo original de Orion. Cada fraseo es diferente, los solos demuestran un manejo técnico impresionante de las pedaleras y su digitación natural trae a la memoria tanto a Geezer Butler (Black Sabbath) como a Steve Harris (Iron Maiden) y a Geddy Lee (Rush). Por supuesto, ya lo habíamos notado en el instrumental Anesthesia (Pulling teeth) o en la introducción de For whom the bell tolls, de los álbumes previos, pero sus grabaciones en Master of puppets lo dejan clarísimo. El tipo era un genio, el arma secreta de Metallica.

Ocurre lo mismo con las demás canciones del disco, aunque a título personal prefiero detenerme en sus sorprendentes arreglos para Disposable heroes, Master of puppets (la canción) y Welcome home (Sanitarium). El amplio rango de recursos de Cliff Burton lo alejan del rol básicamente rítmico del bajo para convertirse en pieza fundamental de la contundencia del conjunto, casi como un tercer guitarrista, con furiosa velocidad, inventiva para los fraseos y precisión virtuosa. Tristemente, la fatalidad del destino cortó una vida que prometía mucho más en el mundo de la música en general, y del heavy metal en particular.

Cuarenta años de una tragedia

El aniversario 40 del Master of puppets también trae a la memoria un horrible accidente. Para promocionar el disco, Metallica se embarcó en una ambiciosa gira mundial llamada The Damage Inc. Tour, que comenzó pocas semanas después de lanzado el álbum. Luego de 58 conciertos en los Estados Unidos – entre ellos la conocida participación como teloneros de Ozzy Osbourne en la que el público terminaba aplaudiéndolos más a ellos que al “Príncipe de la Oscuridad”-, la banda partió hacia Europa, donde ya eran considerados estrellas del metal por las tres visitas previas que habían hecho al viejo continente.

El 26 de septiembre de 1986, después de tocar en Estocolmo (Suecia), la banda tomó la carretera rumbo a Copenhague (Dinamarca), para el concierto número 91 de la gira. Como a las 7 de la mañana del 27, el chofer perdió el control de la camioneta y se volcó completamente. Cliff venía dormido en la parte delantera, asiento que le ganó a Kirk Hammett en un juego de azares -unos dicen que fueron las cartas, otros dicen que Burton escogió el palito más largo-. El impacto lo sacó disparado por una de las ventanas y, a renglón seguido, el pesado auto cayó encima de él. Fue muerte instantánea. Tenía solo 24 años y un brillante futuro musical por delante.

Este hecho podría haber significado el final para Metallica, justo después de sacar su disco más logrado hasta ese momento. En medio del dolor por la pérdida de tan importante miembro -y de las investigaciones que terminaron liberando de cargos al conductor-, Hetfield, Hammett y Ulrich decidieron seguir adelante y tras un exigente proceso de selección, contrataron a Jason Newsted, entonces de 23 años, para cubrir el lugar dejado por Cliff. Cada vez que uno escucha Master of puppets o ve los videos de Cliff durante ese periodo previo a su prematura muerte, es imposible no pensar qué habría sido del grupo si esa noche hubiera sido diferente.

Letras inteligentes en contextos metaleros

Desde las historias fantasmagóricas de Black Sabbath o los cuentos medievales de Iron Maiden, las letras del heavy metal siempre se han caracterizado por ser bastante interesantes. Metallica se nutrió de esas enseñanzas para generar su propia imaginería, con elementos que iban de lo bíblico -como en The four horsemen (Kill’em all, 1983) o Creeping death (Ride the lightning, 1984) a lo bélico, de la esquizofrenia al sentimiento gregario de las comunidades metaleras.

En su tercer disco, Metallica refinó aun más sus temáticas, convirtiéndose en verdaderos narradores de historias, pero a grito pelado y distorsión. La capacidad para generar imágenes metafóricas complejas y realistas alcanza su máximo esplendor en el tema central, Master of puppets. Si bien es cierto ya todo el mundo tiene claro que se trata de la voz de las drogas describiendo cómo es capaz de acabar con la vida de una persona, sus versos e intenciones sonoras retratan cualquier tipo de adicción o incluso de manipulación, por lo que es más vigente que nunca habida cuenta la crisis sociopolítica y la desinformación que cunden en el mundo moderno.

Mientras que Welcome home (Sanitarium) narra en primera persona el drama del interno en un manicomio que, para escapar, decide acabar con todos -inspirada por la novela sesentera de Ken Kesey que a su vez sirvió de base para una extraordinaria película de 1975, One flew over the cuckoo’s nest, más conocida por su título en español, Atrapado sin salida, dirigida por el checoslovaco Miloš Forman (1932-2018) y protagonizada por Jack Nicholson (88); Disposable heroes incorpora duras críticas al enrolamiento de jóvenes en el ejército para ser carne de cañón en guerras que ni siquiera entienden.

En Leper Messiah, dirigen sus dardos a la corrupción de los tele-evangelistas, una problemática muy en boga en Estados Unidos en esos años. Por mi parte, yo dedicaría la retahíla furiosa que lanza Hetfield al final de este tema –“Lie! Lie! Lie! Lie!”-, así como la letra completa de Damage Inc., cargada de diatribas al poder y su vocación por la mentira descarada, a los principales candidatos a la presidencia peruana. La pondría de fondo en cada entrevista o spot de la mañosa franja electoral. El disco de la espectacular carátula pintada por el artista Don Brautigam fue el primero de heavy metal ingresado a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por ser “cultural, estética e históricamente significativo”.

 

[OPINIÓN] Rafael López Aliaga ha decidido que el Perú necesita una nueva capital. Nada de reformas al Estado, descentralización seria o planes regionales de desarrollo. No. Su última genialidad de campaña: mudarla a Junín. O sea, con suerte, a Huancayo.

La idea suena audaz, pero huele a improvisación total. Trasladar una capital no es un capricho de mitin; implica mover ministerios, Congreso, Poder Judicial, embajadas y toda la maquinaria logística del Estado. En el mundo, eso toma décadas y fortunas. Para Porky, en cambio, basta un micrófono y un arranque de entusiasmo.

El problema va más allá de la inviabilidad: es la nula estrategia política electoral. ¿Qué pensarán en Arequipa, Cusco, Piura, Trujillo o Chiclayo? ¿Por qué Huancayo y no ellos? ¿Cuándo consultaron a las demás regiones para avisarles que la capital se mudaría al valle del Mantaro?

No hace falta ser genio para oler el despropósito de empatía pre electoral tras este mensaje.

Y como si la propuesta no fuera suficiente, el propio candidato decidió agregar un ingrediente más al espectáculo. En un mitin en Satipo, también en Junín, afirmó que los militares peruanos pasan el tiempo “haciendo estupideces en los cuarteles”.

Un comentario gratuito contra una institución del Estado que confirma lo que ya se viene observando: una campaña cada vez más desordenada y llena de exabruptos. Insultar a periodistas, empresarios, adversarios y ahora a las Fuerzas Armadas parece haberse convertido en un estilo.

Al parecer el señor ya no escucha a nadie. Convencido de su supuesto éxito electoral, pasa por encima de cualquier títere con cabeza que se le ponga al frente.

Y ni hablemos del detalle que la memoria no perdona: Lima aún espera ser esa “potencia mundial” que López Aliaga prometió al asumir la alcaldía —a la que juró no abandonar—. y lo hizo sin pestañar, dejando como herencia 90 trenes viejos y abandonados, las carreteras norte y sur sin operadores responsables, una Vía Expresa Sur a medio hacer y llena de problemas y, para distraernos, a su segundo al mando inaugurando cada 100 metros de la interminable Ramiro Prialé.

Una Lima donde su único legado evidente es el tráfico infernal las demandas internacionales en marcha y una inseguridad imparable.

Pero ahí va el autoproclamado billonario benefactor de los pobres, recorriendo el país con soluciones milagrosas: aeropuertos fabulosos por docenas, prisiones con shushupes y cocodrilos a cargo… que convertirían ahora a ¿Huancayo? “potencia mundial”.

O, lo más probable, una parada más en su decadencia electoral, que ya parece inevitable.

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