República

Al finalizar el año del Bicentenario

A estas alturas ya resulta una perogrullada señalar, parafraseando a Alberto Vergara, que el Bicentenario nos pilla con más ciudadanos que República. Como en todas las flamantes repúblicas latinoamericanas, de la segunda y tercera década del siglo XIX, la modernidad y la utopía del ágora ciudadana deliberando por el bien común constituyeron la senda que todos juramos seguir, pero el camino ha resultado más sinuoso de lo que imaginaron los padres fundadores.

Si pensamos en aquellas metas, y las proyectamos doscientos años, apreciamos, en la superficie, que en el Perú una ciudadanía consciente es capaz de movilizarse cuando entiende que sus representantes se salen de los causes del contrato social, como sucedió tras la nominación del Presidente Manuel Merino por el Congreso Nacional en 2020, legal, pero no legítima a ojos de las grandes mayorías. Por otro lado, aunque disfuncionales, las instituciones generan equilibrio entre sí y más de una vez, en los últimos 20 años, nos han librado de apetitos autoritarios.

La gran ausente, 200 años después, es la clase política, los partidos políticos. A Platón no le gustaría nada. Hemos devenido, por una parte, en un país informal que se rige por dos sentidos comunes que pueden llegar a representar, también, dos legalidades y mundos paralelos también -será porque nacimos así en 1821, como dos mundos en lugar de uno- y por la otra en un país sin representantes cabales, cuya mayoría carece de las mínimas calidades para ser tal y cuya motivación reside en intereses particulares, en algunos casos de los más oscuros, antes que en el bien común o la representación de una ideología política o modelo de sociedad. En estas condiciones, la Utopía Republicana de Carmen Mc Evoy no hará más que aplazarse indefinidamente pues no existe quien se encuentre en condiciones de ponerla en práctica. 

Por otro lado, doscientos años después persisten las venas abiertas, como decía Galeano, mucho más evidentes ahora que un peruano de Los Andes, maestro de escuela y líder sindical es el Presidente del Perú. Desde su investidura, la gestión de Pedro Castillo se ha caracterizado más por el error que por el acierto, pero la versión perversa del viejo juego infantil que rezaba “juguemos a la ronda mientras el lobo no está”,  aplicado a la vacancia presidencial, como si se tratase de una espada de Damocles que se yergue contra cualquier gobernante, es un elemento francamente antirrepublicano que atenta contra cualquier atisbo de estabilidad necesario para construir eso que proyectaron los padres fundadores.

Pero hablaba de las venas abiertas. ¿Cuántos Perú existen? El Perú urbano conservador y el Perú informal finalmente conviven, interactúan, se conocen, se han acostumbrado el uno al otro. Más interrogantes me suscita el Perú andino rural. Hace 50 años, un eufórico general, Juan Velasco Alvarado, realizó una radical reforma agraria para acabar con el servilismo del campesino peruano. Cincuenta años después, ese mismo Perú rural andino elige como presidente a un maestro y campesino protestando por su absoluto abandono por parte del Estado. El Perú a veces evoca El Mito del Eterno Retorno del rumano Mircea Eliade: pase lo que pase volvemos al mismo punto, a pesar de Velasco y todas sus reformas. 

Una vez, hace mucho tiempo, leí un antropólogo que hablaba, no del tiempo circular sino del tiempo espiral. Decía que nunca se volvía al mismo punto, sino a otro muy parecido. Pues bien, estamos en un punto muy parecido al 28 de julio de 1821. La parte de nuestra sociedad hispanizada disfruta de la modernidad. Tenemos -y esto es lo nuevo – una sociedad y una inmensa economía informales al medio, y tenemos, en la sierra rural, el mundo andino que reclama la modernidad negada, pero en sus propios términos y desde su propia cosmovisión. 

Una República sigue buscando un nuevo punto de partida para integrar sus partes y encontrar la ruta hacia el desarrollo, al concluir el año de su Bicentenario. 

 

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Palacio de Gobierno, Pedro Castillo, Presidente del Perú, República

Normalmente, las redacciones periodísticas y columnas de opinión, suelen incluir en sus balances de fin de año, la elección de un ciudadano o ciudadana que simboliza lo mejor de esos 365 días y, en esa medida, es elegido como el o la personaje central del periodo mencionado.

Es muy difícil hacerlo en esta oportunidad. Lo normal hubiese sido que, estrenado un nuevo gobierno a mitad de año, el personaje de marras hubiese sido el elegido Presidente de la República, Pedro Castillo. Pero es tal la cantidad de entuertos, gazapos, estropicios y cuchipandas que este señor ha desplegado desde el poder, que su elección, más bien, es negativa. Es el antipersonaje del año. El símbolo perfecto de aquello que nunca debió ocurrir en el año que está a punto de culminar.

Ya sabíamos que era un personaje precario, poco preparado, sin experiencia administrativa alguna, cargado de prejuicios ideológicos radicales -la peor combinación de todas las habidas y por haber-, pero, a la vez, pensábamos, ingenuamente, que la capacidad influyente del ejercicio del poder iba a permitir que el sujeto de marras se imbuyese de la gravedad presidencial, que tuviera un upgrade personal-político, que le permitiera aprender rápidamente, en curso acelerado, cómo administrar el poder palaciego.

Nada de eso ha ocurrido. Por el contrario, el poder parece haber tenido el efecto perverso de hacerle creer al señor Castillo, que goza de absoluta impunidad. La circulina lo ha mareado. Así, cree que sucesos como los de Sarratea son normales y por eso no da, siquiera, explicaciones a la opinión pública de los estropicios que allí se han perpetrado (por cierto, no solo en Breña, también en Palacio, como ha sido revelado periodísticamente).

Pedro Castillo ha devaluado la investidura presidencial a niveles pocas veces vistos en nuestra República, y eso que hemos tenido personajes impresentables o demenciales ocupando Palacio. No ha sido capaz de armar gabinetes viables, no responde a la prensa, protagoniza conflictos de interés y negociaciones ilícitas sin empacho ni rubor, no toma las riendas del Estado para evitar el colapso minero, ni siquiera conduce -como fue revelado- los mediocres gabinetes ministeriales que ha armado, reacciona con sorprendente y punible lentitud ante los sucesivos escándalos que explotan casi a diario, en suma, un desastre mayúsculo. Es lo peor que nos ha pasado este atribulado año.

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