Iglesia

El 15 de marzo de este año el Vaticano, a través de su órgano inquisitorial, la Congregación para la Doctrina de la Fe, emitió un comunicado sobre la siguiente pregunta: «¿La Iglesia dispone del poder para impartir la bendición a uniones de personas del mismo sexo?» La respuesta fue negativa. Aunque indignante, era de de esperarse, dada la tradicional postura discriminatoria y anticientífica que la Iglesia mantiene sobre la homosexualidad.

Lo más irritante, incluso para muchos creyentes católicos, fue la manera de fundamentar esta decisión: «no es lícito impartir una bendición a relaciones, o a parejas incluso estables, que implican una praxis sexual fuera del matrimonio (es decir, fuera de la unión indisoluble de un hombre y una mujer abierta, por sí misma, a la transmisión de la vida), como es el caso de las uniones entre personas del mismo sexo. La presencia en tales relaciones de elementos positivos, que en sí mismos son de apreciar y de valorar, todavía no es capaz de justificarlas y hacerlas objeto lícito de una bendición eclesial, porque tales elementos se encuentran al servicio de una unión no ordenada al designio de Dios». La Iglesia «no bendice ni puede bendecir el pecado: bendice al hombre pecador, para que se reconozca como parte de su designio de amor y se deje cambiar por Él».

En otras palabras, la orientación homosexual, que la psicología moderna sacó desde hace ya tiempo del catálogo de trastornos o enfermedades mentales, sigue siendo considerada por la Iglesia como una anomalía en el mundo creado por Dios. O peor aún, como algo que el mismo Dios rechaza.

Se trata de una doctrina basada en un puñado de textos bíblicos interpretados sin considerar el contexto histórico y social de su época. Aplicando la misma metodología deberíamos considerar no sólo la homofobia, sino también la misoginia, la esclavitud, la pena de muerte, el genocidio de pueblos enteros como cosas queridas por Dios sólo porque en tiempos bíblicos se consideraban como normales y aceptables.

Y no es que el texto de esta declaración vaticana incite explícitamente al odio y a la discriminación de los homosexuales. Sin embargo, el lenguaje suave y aterciopelado que emplea no da lugar a confusiones. Con su llamado a la comunidad cristiana y a los Pastores «a acoger con respeto y delicadeza a las personas con inclinaciones homosexuales» se nos da a entender que ser homosexual es para la Iglesia un problema, una aberración, una mancha en ese espejo de perfección y pureza que debería ser la Iglesia según la jerarquía católica. Es claro que para esta gerontocracia —o gobierno de carcamales— los homosexuales no merecen un trato normal —como el que se le concede a cualquier hijo de vecino— sino que, además del respeto debido, deben ser tratados con “delicadeza”, es decir, con un cuidado especial que sólo revela la hipocresía de quienes dicen practicarlo.

El problema abarca mucho más que la simple homosexualidad. El meollo está en la moral sexual de la Iglesia católica, que se ha quedado anclada en esa visión ya superada de que las relaciones sexuales sólo son lícitas, no sólo si expresan amor, sino también si incluyen una necesaria vinculación o apertura a la reproducción del género humano. Todo lo que se salga de este parámetro reproductivo, por más que sea expresión de amor y comunión humana, es condenado como pecado, olvidando que el libro más sexual de la Biblia, un poema de amor apasionado conocido como el Cantar de los Cantares, no menciona para nada la reproducción humana en sus imágenes cargadas de explícito erotismo.

Para completar el cuadro de la infamia, se debe tener en cuenta lo que el periodista francés Frédéric Martel señala en su libro de investigación periodística “Sodoma: Poder y escándalo en el Vaticano” (2019): que un alto porcentaje del clero católico —incluyendo presbíteros, obispos y cardenales— es homosexual, no sólo plátonico sino practicante. De lo cual se puede concluir que los dardos de la actual doctrina católica sobre la homosexualidad sólo se dirigen hacia aquellos gays que han salido del clóset. Mientras eso no ocurra, se puede escalar posiciones en la jerarquía católica, manteniendo los amores prohibidos ocultos detrás de la fastuosidad de los ritos y de las proclamas a favor de la familias compuestas exclusivamente por padre y madre unidos en santo matrimonio y, en lo posible, abiertas a una progenie numerosa. Lo cual deja al margen a una inmensa multitud de seres humanos, que han formado familias que no se ajustan al modelo tradicional pero que se asientan sobre un amor auténtico y sincero.

Como respuesta a esa ceguera de la cúpula vaticana ante el hecho positivo y enriquecedor de las uniones homosexuales, ha surgido en Alemania el movimiento “Liebe gewinnt” (“El amor gana”), que comenzó organizando el 10 de mayo una maratón de servicios religiosos en alrededor de 100 iglesias de toda Alemania para impartir a todas las parejas que se presentaran —tanto hetero como homosexuales— la bendición de Dios. A este proyecto se han unido muchos párrocos y obispos, que mantienen una legítima objeción de conciencia ante la retrógrada e injustificada decisión tomada en el Vaticano.

La página oficial de esta iniciativa resume así su visión, expresada en una declaración oficial: «Ante la negativa de la Congregación para la Doctrina de la Fe de bendecir uniones de parejas homosexuales, elevamos nuestra voz y decimos: Bendeciremos y también acompañaremos de aquí en adelante a personas que se comprometen en una unión vinculante. No les negamos la celebración de una bendición. Hacemos esto dentro de nuestra responsabilidad como agentes pastorales, que les prometemos a seres humanos en momentos importantes de su vida la bendición que sólo Dios obsequia. Respetamos y apreciamos su amor, y creemos, además, que la bendición de Dios está con ellos. Ha habido intercambio abundante de argumentos teológicos y de nuevos conocimientos. No aceptamos que una moral sexual discriminatoria y anticuada sea puesta sobre las espaldas de las personas y socave nuestra trabajo pastoral con las almas».

Ya el Papa Francisco parecería haber tomado distancia, tímida aunque clara, del pronunciamiento de la Congregación para la Doctrina de la Fe en una carta del 23 de abril dirigida al P. Michael Brehl, Superior General de la Congregación del Santísimo Redentor, con ocasión del 150 aniversario de la proclamación de San Alfonso María de Ligorio como Doctor de la Iglesia, donde dice que «el anuncio del Evangelio en una sociedad que cambia rápidamente requiere la valentía de escuchar la realidad, para educar las conciencias a pensar de manera diferente, en discontinuidad con el pasado».

¿Podrá dar la Iglesia católica ese paso de discontinuidad con un pasado  salpicado de abusos, discriminaciones y crímenes que ponen en duda su pretensión de ser santa? Eso recién lo veremos en el futuro. Mientras tanto, muchos pastores de almas en Alemania ya han dado el primer paso al bendecir las uniones homosexuales de personas que quieren dar testimonio de un amor sincero y participar de una comunidad cristiana que los acepte tal como son.

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Catolicismo, Iglesia, Religión