Lerner, Roberto

Los Chipis

"Hay que esperar para ver si las características de este grupo son las de una generación en especial o las de cualquier generación que hace sus primeros pasos."   

Suena a Hippies y también es una forma de denotar a parte de los integrantes de una generación. Estos eran jovencitos que se entregaron a la paz y el amor, a romper las convenciones alrededor de la ropa, la música y la sexualidad, a rebelarse contra lo establecido sin mucha idea de cómo reemplazarlo. Parte de los baby boomers. Terminaron reemplazando a sus mayores en directorios y gerencias generales. 

Los del título, los Chipis, con Ch, no H, son chiquillos iliberales y progresistas, parte de una cohorte que tiene entre 14 y 24 años, el grueso de la generación Z, que representa el 16% de la población. Ya son consumidores, producen contenidos en las redes sociales, no pocos son influencers y, además, muchos eligen autoridades políticas. 

Iliberales y progresistas. ¿Rara la combinación, no? Es que tienen muy poca paciencia con quienes no creen lo que ellos, no los quieren escuchar y, por lo tanto, se esmeran por  impedir que quienes los incomodan —por lo que dicen y como lo dicen, o dijeron alguna vez; por lo que hacen y como lo hacen, o hicieron alguna vez— hablen. Pero, al mismo tiempo, sostienen posiciones que se identifican como avanzadas y progresistas alrededor de diversidad sexual y cultural, del clima, de la alimentación.

Todos los miembros de esa generación han pasado un porcentaje de sus vidas en reclusiones parciales o totales debidas a la pandemia, y una parte importante de sus vivencias interpersonales se dan en el marco de las redes sociales, los más chicos desde que tienen uso de razón y los mayores desde su ingreso en la adolescencia. Me gusta, no me gusta, comparto, cancelo, escandalizo, sigo, me someto.

En Nueva Zelanda y en los Estados Unidos los resultados son convergentes: los estudiantes universitarios están cada vez más renuentes a expresar sus opiniones en clase, frente a sus compañeros, en primer lugar en referencia a política, en segundo lugar con respecto a la religión y, finalmente, alrededor de preferencias sexuales y género. Ni hablar ni dejar hablar. Justo cuando, se trate de Elois Musk comprando Twiter o los múltiples actos de cancelación en los campus de educación superior en el mundo, la libertad de expresión —¿o expresión gratuita?— es un tema recurrente.

Según algunas encuestas hasta 60% de esa cohorte considera que el mejor tipo de liderazgo político, el más eficiente, el que logra más objetivos, es el que ejerce un personaje fuerte y decidido que no tiene que lidiar ni negociar con parlamentos o jueces o depender de electores y elecciones, o tomar en cuenta opiniones públicas, sobre todo si difieren de las suyas.

Finalmente, es un grupo preocupado, podría decirse obsesionado con la, bueno, su salud mental. Están estresados, casi la mitad de ellos, mucho más que los milenials, casi todo el tiempo. ¿Las razones? Fuera de la sobrecarga en trabajos y estudios, la situación económica, la incertidumbre por el futuro, el calentamiento global y el acoso sexual… por el estrés y sus estados emocionales. Un verdadero círculo vicioso.

Desconcertante esta especie de altruismo egoísta y laissez faire autoritario, ejercidos a través de y en redes sociales que parecen estar a punto de entrar en redefiniciones tecnológicas y empresariales importantes.

Hay que esperar para ver si las características de este grupo son las de una generación en especial o las de cualquier generación que hace sus primeros pasos.   

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