[INFORME] No tienen cargos oficiales en el gobierno, pero se han convertido en las encargadas de visitar ministerios y hasta rinden cuentas en Palacio. Sudaca pudo identificar a quienes integrarían el gabinete en las sombras de Keiko Fujimori.

La luna de miel no pudo ser más corta para Keiko Fujimori. Tras alcanzar la presidencia, su objetivo político durante cuatro procesos electorale, la lideresa de Fuerza Popular se encontró con duras críticas que no sólo provienen de la oposición de izquierda. Incluso los miembros de Renovación Popular, a quienes esperaba contar como aliados, vienen demostrando que no facilitarán demasiado estas primeras semanas de gobierno fujimorista.

Pero este panorama adverso también lo están potenciando los mismos integrantes del gabinete naranja. En las últimas semanas se pudo ver un enfrentamiento público entre Alberto Beingolea, ministro de Cultura, y Ernesto Álvarez, ministro de Justicia, por la administración del Lugar de la Memoria. A ello se le sumó que, recientemente, Álvarez tomó la insólita decisión de utilizar las redes sociales para exigirle a la presidenta que acceda a sus propuestas.

Ante este escenario de cuestionamientos externos e internos, se esperaría que Keiko Fujimori busque apoyo en Luis Galarreta, quien como jefe del gabinete debería ser la mano derecha de la mandataria. Sin embargo, Fujimori Higushi parece haber conformado un gabinete en las sombras que está sosteniendo sospechosas reuniones en diversos ministerios y hasta con la propia presidenta.

VISITAS SIN TÍTULO

El pasado 30 de julio, apenas dos días después del inicio del gobierno de Keiko Fujimori, se produjo una reunión en la sede del Ministerio de Educación que llamó la atención. Rut Huamán Coronel, quien fue funcionaria del Minedu durante el gobierno de José María Balcázar y estaba próxima a abandonar dicho puesto, sostuvo una breve reunión de trabajo con Luisa María Cuculiza Torre, quien fue ministra durante el mandato de Alberto Fujimori y mantiene un vínculo muy cercano con Keiko Fujimori.

Esta reunión incluyó a una tercera integrante llamada Rosa del Rosario Salinas Beteta. Aunque este encuentro duró poco menos de veinte minutos, el vínculo entre estos tres nombres marcaría el inicio de una extraña sucesión de visitas a ministerios y hasta al despacho presidencial por parte de un grupo de personas que, oficialmente, no tienen cargos que lo justifiquen.

Para empezar, apenas un día después del encuentro que tuvo lugar en las oficinas del Ministerio de Educación, Cuculiza Torre visitó la sede de la Presidencia del Consejo de Ministros para sostener lo que quedó registrado como una “visita personal” a Lourdes Tapia, secretaria general de la PCM.

Esta línea de tiempo continuaría el martes 4 de agosto cuando Huamán Coronel, quien para entonces ya no ejercía ningún cargo de forma oficial, reapareció en la sede del Ministerio de Educación para una reunión de trabajo con Luis Alemán Nakamine, quien actualmente se desempeña en el puesto de viceministro de gestión institucional del Minedu.

Tan sólo un día después, Cuculiza, Salinas y Huamán volvieron a aparecer en los registros de un ministerio. En esta oportunidad, este peculiar grupo visitó el despacho de Alberto Beingolea en el Ministerio de Cultura. No es un dato menor que esta visita, que duró cerca de una hora, también se hizo a título personal.

EL ENCUENTRO CON KEIKO

Al término de este encuentro con el ministro de Cultura, Luisa María Cuculiza, Rosa Salinas y Rut Huamán acudieron juntas a otra reunión a la que una vez más se presentaron a título personal. En esta oportunidad, la visita fue a la presienta Keiko Fujimori y permanecieron en su despacho cerca de veinte minutos.

Luisa María Cuculiza parece ser la voz más activa de este grupo de asiduas visitantes a los ministerios. Por ello, dos días después, la exministra de Alberto Fujimori acudió nuevamente a un despacho ministerial. En esta oportunidad, su visita fue para tener una reunión de trabajo con Ernesto Álvarez, ministro de Justicia.

La agenda de Cuculiza y su grupo continuó unos días después en la sede del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. El martes de la semana pasada, Luisa María Cuculiza se acercó en compañía de Rut Huamán Coronel para una “visita personal” a Ana Grimanesa Reátegui Ñapuri, jefa del gabinete de asesores del ministerio que lidera Rafael Rey.

Esta etapa de visitas a ministerio se completó el pasado miércoles 12 de abril cuando Luisa María Cuculiza acudió a una reunión de trabajo con María Seminario Marón, actual titular del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. El encuentro se prolongó por más de una hora.

Mientras empiezan a conocerse versiones sobre discrepancias naranjas entre Miguel Torres, presidente del Senado, y el premier Luis Galarreta, estos registros invitan a preguntarse quién estaría actuando como el verdadero nexo de la presidenta Keiko Fujimori con sus ministerios y si es que acaso estamos, una vez más, ante la existencia de un gabinete en las sombras.

 

[NOTA] La magna ceremonia por el 79° Aniversario de la GUE Bartolomé Herrera, hoy Institución Educativa Emblemática IEE, realza las celebraciones cuya programación continuará durante toda la semana y que terminará el 24 de agosto, fecha que se celebra en honor al 218° natalicio del sacerdote y político Bartolomé Herrera Vélez.

Junto con autoridades castrenses, docentes y exdocentes, alumnos y exalumnos, madres y padres de familia, delegaciones de centros educativos, de instituciones cívicas y vecinos, inició el programa con el paseo e izamiento de nuestra bandera. Luego vinieron las palabras del exalumno Eduardo Pinto, a nombre de la promoción de 1976 Jesús Sotomayor Abarca, que celebra este año sus Bodas de Oro, saludando al inicio al General AP César Astudillo, senador de la República y ministro del Interior, integrante también de esa promoción 1976. El programa continuó con el Himno Herreriano y el Himno de la Marina de Guerra, y de cierre, un desfile de escoltas y batallones.

Junto a las autoridades presentes estuvieron, en el palco de honor, integrantes del Comando Chavín de Huántar, representando a quien en vida fuera el coronel EP Juan Valer, exalumno Herreriano de la promoción 1974. En primera fila, el recordado auxiliar e instructor de Educación Pre Militar Víctor Chacón Montoya, un símbolo del “Bartolo”, entonando con energía el himno del colegio, compuesto a mediados de la década de los años cincuenta por José Antonio Lora Olivares (1904-1968), profesor de música y violinista chiclayano durante la gestión del educador Jorge Castro Harrinson, quien fuera el primer director del colegio.

San Miguel, Lima. 19 de agosto del 2026

[INFORME] En sus primeras semanas al frente del Ministerio de la Mujer, María Seminario está recibiendo numerosas visitas de integrantes de Renovación Popular y activistas de movimientos ultraconservadores. Sudaca pudo conocer las historias detrás de estos nombres que podrían condicionar la gestión de la nueva ministra.

Una reciente investigación periodística de RPP dio a conocer que  el número de feminicidios (el homicidio de una mujer cometido por razones de género) se había multiplicado por seis durante los últimos diez años. Este impactante informe también reveló que, sólo en los cuatro primeros meses del presente año, existen más de trescientas denuncias vinculadas con este delito.

Se podría esperar que esta alarmante cifra lleve a que el nuevo gobierno ponga especial atención en el trabajo del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables y demande acciones concretas e inmediatas por parte de la ministra María Magdalena Seminario Marón para frenar una tendencia que está costando cada vez más vidas.

Sin embargo, en las oficinas del ministerio ubicado en Jirón Camaná las prioridades y el enfoque que se le podría dar al rol de la mujer en el Perú podría estar tomando una polémica dirección. Sudaca pudo conocer la lista de personajes que están rodeando a la ministra Seminario y podrían condenar a la mujer peruana a un rol todavía más vulnerable.

CONSERVADURISMO POTENCIADO

Aunque la presidenta Keiko Fujimori ha intentado mostrarse como una alternativa de derecha con una mirada más actualizada con respecto al rol de la mujer en la sociedad e incluso una de sus senadoras apoyó el proyecto de ley sobre la unión civil, no todos en su gabinete parecen convencidos de marcar distancia con los sectores que todavía defienden una visión arcaica sobre la mujer y las minorías.

Paradójicamente, el primer lugar donde se podría estar abriendo la puerta del nuevo gobierno al conservadurismo es en el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. En los días recientes, la titular del sector, María Magdalena Seminario Marón, ha visto su agenda acaparada por visitas de integrantes del partido Renovación Popular.

Como lo han demostrado en sus discursos y acciones, la agrupación política liderada por Rafael López Aliaga se ha convertido en el vocero de los sectores más religiosos y ultraconservadores del país. Aunque no lograron llegar a Palacio de Gobierno, parecen dispuestos a utilizar su influencia en el Congreso para forzar al Ministerio de la Mujer a defender sus ideales y para lograr este objetivo no han tardado en presentar ante la ministra Seminario a quienes han estado detrás de las posturas y proyectos más arcaicos del último periodo parlamentario.

Quien aparece es la siguiente imagen es Eber Alfredo Pallarco Yachi y durante el último periodo (2021 – 2026) logró convertirse en la mano derecha del parlamentario Alejandro Muñante, quien también aparece en la foto entregándole un reconocimiento por trabajar junto a él.

Pero Eber Pallarco no era un trabajador más en las oficinas del Congreso. Su evidente cercanía con el parlamentario de Renovación Popular se forjó por el vínculo de ambos con la religión evangélica, más precisamente con el Movimiento Misionero Mundial que tiene a Pallarco como un miembro muy activo.

Durante los últimos cinco años, el congresista Muñante se encargó de dejar muy claro, con sus discursos en el hemiciclo, declaraciones ante la prensa y proyectos de ley, que la comunidad LGTBI y las mujeres que defienden sus derechos reproductivos encontrarían en él a un aguerrido enemigo, y su fiel escudero, Eber Pallarco, comparte y defiende estas mismas posturas, tal como lo demuestra en sus redes sociales.

Aunque controversiales, este tipo de posturas no encenderían ninguna alarma de mantenerse en el ámbito personal de un trabajador. Sin embargo, durante los últimos días, Pallarco Yachi y sus ideas andan rondando las oficinas del Ministerio de la Mujer para sostener una reunión de trabajo a título personal con la ministra Seminario.

Pero Pallarco no es el único representante del conservadurismo que está teniendo un acercamiento con el Ministerio de la Mujer. Carol Villavicencio Lizárraga, quien comparte en sus redes sociales publicaciones contra el enfoque de género y demanda mayor presencia de la religión en la educación, también integra la lista de personajes que vienen sosteniendo reuniones de trabajo con la nueva ministra.

Villavicencio, quien a diferencia de Pallarco no es cercana a la religión evangélica sino a la católica, no es un nombre nuevo en estos círculos políticos. En el año 2022, el portal Wayka la identificó como una de las asesoras de la comisión de Educación vinculada con el colectivo “Con Mis Hijos No Te Metas” que estuvo detrás de un proyecto de ley contra la educación sexual en los colegios. El mismo medio expuso que, además, Villavicencio contó con el respaldo de Christian Rosas, líder del cuestionado colectivo conservador, cuando intentó convertirse en congresista en el año 2020.

Pero existe un tercer nombre involucrado en estas reuniones que podría considerarse como el responsable de acercar a estos representantes del conservadurismo religioso a la nueva encargada del Ministerio de la Mujer. Quien aparece en la siguiente foto con Villavicencio es Aldo Bravo,  actual diputado del partido Renovación Popular.

Aldo Bravo es una de las nuevas y más ruidosas voces del partido de Rafael López Aliaga en el Legislativo. Además de haberse hecho conocido por ser uno de los integrantes del partido celeste que pretendía instalar que había ocurrido un fraude electoral en las elecciones del mes de abril, Bravo ha demostrado compartir con Pallarco y Villavicencio una visión ultraconservadora que también estaría intentado llevar al Ministerio de la Mujer.

MARCANDO AGENDA

Por supuesto, en esta especie de comité de bienvenida a la ministra Seminario no podía faltar la pastora evangélica y actual senadora Milagros Jaúregui. Quien también integra las filas de Renovación Popular adquirió notoriedad por sus polémicas opiniones con respecto a la mujer, como ocurrió en un evento en el cual señala que la mujer fue creada para “ser ayudas idóneas de nuestro esposo”.

 

Jaúregui también fue la responsable de presentar un proyecto de ley que pretendía eliminar el delito de feminicidio y, en los últimos meses se vio involucrada en un escándalo luego que se conociera que el refugio evangélico fundado por esta senadora y su esposo mostraba con orgullo a niñas que habían sido forzadas a continuar con embarazos producto de abusos sexuales.

Sospechosamente, la senadora Jaúregui, cuyo cuestionado albergue evangélico recibía menores con la anuencia del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, ha sido una de las más primeras integrantes del Legislativo en buscar esta reunión de trabajo con la ministra Seminario.

Pero los encuentros vinculados con grupos religiosos continuaron en el Ministerio de la Mujer y, una vez más, Renovación Popular se encargó de ser el nexo. El martes de la semana pasada, Fabiola Morales Castillo (teniente alcaldesa de la Municipalidad de Lima), Germán Paz Sáenz (hombre de confianza de Morales) y Víctor Juárez Carmona (jefe de la Oficina de Cooperación Técnica Internacional de la Municipalidad de Lima) acudieron, a título personal, a una reunión de trabajo con la ministra Seminario.

Pero no asistieron solos. Estas personas cercanas a Renovación Popular y con cargos vigentes en la gestión municipal incluyeron en su reunión de trabajo al padre Lorenzo Cupperi, monseñor Giorgio Barbetta y Richer Obregón Chávez, quien es uno de los apoderados de la Diócesis de Huari.

Ante este escenario, estará en manos de la presidenta Keiko Fujimori demostrar si llevará a los hechos su intención de ser una derecha moderna que empodera a la mujer o si cederá a las presiones de Renovación Popular, su aliado en el Congreso, y les permitirá profundizar el avance del conservadurismo religioso contra las mujeres y minorías.

[Música Maestro] Hace una semana se produjo un hecho que muchos fanáticos del rock clásico creíamos ya imposible. Ritchie Blackmore (81) se subió a un escenario, por primera vez desde hace más de tres décadas, con sus ex compañeros de Deep Purple, Ian Gillan (80), Ian Paice (78) y Roger Glover (80), a quienes cariñosamente llamó “los viejos muchachos” en la información que él mismo filtró un día antes a varios medios especializados que, de inmediato, propalaron el acuerdo.

Fue solo una canción al final de un concierto en el anfiteatro de Jones Beach, una de las arenas más populares de New York. Más que suficiente para que estos extraordinarios músicos limen públicamente sus asperezas en esta etapa de sus avanzadas y fructíferas vidas. El evento no pasó desapercibido entre los amantes del rock, pues son muy conocidas las tensas dificultades existentes entre Blackmore y el resto de la banda, enconos que impidieron incluso que tocaran juntos en su inducción al Rock And Roll Hall of Fame, ocurrida hace una década, en el 2016.

Como recordamos, el guitarrista nacido en la ciudad sureña de Somerset, donde se realiza anualmente el conocido Festival de Glastonbury, fue noticia el año pasado tras sufrir un infarto -encuentro cercano con la muerte que quizás haya activado su voluntad de tocar de nuevo con sus viejos camaradas-. Ese grave evento lo obligó a cancelar varios compromisos pactados con Blackmore’s Night, el grupo que armó con su cuarta esposa, la norteamericana Candice Knight, un cuarto de siglo menor que él, en 1997, cuatro años después de su accidentada salida de la banda con la que compuso y grabó clásicos como Highway star, Space truckin’ o Smoke on the water.

Una reunión inesperada

Precisamente fue esa canción, tema principal de su sexto álbum en estudio Machine head (1972) y uno de los riffs más conocidos en la historia del rock, la que Blackmore tocó con sus recuperados amigos el pasado 12 de agosto, ante el asombro del público. En sus redes sociales, el guitarrista confesó un par de días antes que estaba muy nervioso pues no cambiaba las cuerdas de su Fender Stratocaster desde hacía casi treinta años –“he estado tocando únicamente guitarras acústicas”- y que fue él quien tomó la iniciativa, a través de un emisario cibernético, para escribirle a Ian Gillan sobre la posibilidad de juntarse “por los viejos tiempos”.

Ritchie Blackmore se alejó en dos oportunidades de Deep Purple. La primera fue en 1974, tras la gira mundial del LP Stormbringer, el noveno de su discografía. Su lugar fue ocupado por un joven y talentoso guitarrista, Tommy Bolin, quien falleció prematuramente debido a sus serias adicciones apenas un año después del único disco que grabó con el grupo, el rítmico Come taste the band (1975). Blackmore entonces formó Rainbow con el vocalista Ronnie James Dio mientras que Deep Purple entró en un largo receso.

Una década después, en 1984, la formación más laureada de Deep Purple -Blackmore, Gillan, Lord, Paice y Glover- se reunió para grabar el extraordinario Perfect strangers. Los siguientes once años fueron de idas y vueltas, discusiones y desencuentros que terminaron en Finlandia en un accidentado concierto en que Blackmore, conocido por su mal temperamento, abandonó al grupo. De emergencia, Joe Satriani lo reemplazó por un breve lapso y en 1994, el integrante de una subestimada banda de jazz-rock y blues, The Dixie Dregs, Steve Morse, tomó la posta.

Un pretexto para volverlos a escuchar

Desde entonces, muchos intentos se dieron para volver a juntar a la que, dentro de la terminología propia de Deep Purple, se conoce como la “Mark II”. Ian Gillan fue siempre quien se mostró más reticente a una reunión con Ritchie Blackmore, a pesar de haberse reconciliado plenamente y “estar en contacto todo el tiempo”, como declaró hace años el cantante que nació en los escenarios encarnando a Jesucristo en la versión original de la recordada ópera rock Jesus Christ Superstar (Andrew Lloyd Webber, 1970).

Los fans de Deep Purple, que se cuentan por millones en el mundo entero, celebraron este acontecimiento y pocas horas después del concierto, las redes sociales rockeras fueron inundadas con clips de quienes registraron, con sus teléfonos, el histórico momento. A las 9 de la mañana del jueves 13 de agosto, el día siguiente, cada video subido a YouTube, Facebook, Twitter (X) e Instagram tenía ya decenas de miles de vistas -hoy, a una semana, las reproducciones ya son millones- e interminables cadenas de comentarios emocionados por el reencuentro.

Incluso hay quienes ya sueñan con que esto no quede allí y especulan con la posibilidad de un nuevo disco o próximas apariciones públicas. Nada de eso ha sido confirmado por las partes, desde luego. Y no importa si no ocurre, la buena noticia es que pudimos verlos y escucharlos juntos otra vez. Jon Lord, quien falleció el 2012, debe haberlos acompañado con sus portentosos teclados desde el más allá.

Aprovechando la gran noticia, me puse a reescuchar a la banda en sus distintas encarnaciones y derivados como Rainbow, la banda Gillan, Whitesnake, los Dixies, etc. De esa sobredosis de Deep Purple, les comparto algunos que están entre mis favoritos:

Deep Purple in rock (Harvest Records, 1970)

Después de editar el impresionante disco en vivo Concerto for group and orchestra (1969), la formación clásica de Deep Purple -Ian Gillan (voz), Ritchie Blackmore (guitarra), Roger Glover (bajo), Jon Lord (teclados) e Ian Paice (batería)- entró a los estudios para grabar juntos por primera vez.

El resultado fueron siete canciones que no dejan respirar por el alto nivel compositivo, los agudos gritos de Gillan -entonces de 25 años- y los intercambios instrumentales, casi en plan de competencia, entre Blackmore y Lord, un estilo que marcó todo el período dorado de la banda hasta 1973.

La icónica carátula, una de las más famosas de la historia del rock, está inspirada en las monumentales esculturas de granito que se encuentran en el Monte Rushmore, Dakota del Sur (EE.UU.), que representan a cuatro de sus históricos presidentes: George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln.

El álbum arranca con un explosivo minuto de Blackmore en guitarra, introducción de Speed king, vertiginoso homenaje a los pioneros del rock and roll, con menciones a Little Richard, Elvis Presley y Chuck Berry. Musicalmente, Lord y Blackmore realizan el primero de sus célebres jams grabados, con intercambios y contrapuntos de guitarra y teclados que desafían todas las leyes posibles de velocidad, improvisación y lectura musical.

La figura se repite en otros temas como Flight of the rat, Hard lovin’ man, la estremecedora Bloodsucker y, por supuesto, Child in time, épica canción de tonalidades oscuras y misteriosas. Mientras el inicio es pausado y sinuoso, el intermedio es una ráfaga de blues acelerado -donde Blackmore y Lord agarran a latigazos al oyente con sus instrumentos- y culmina con unas escalas cromáticas medio orientales que conducen inevitablemente hacia un clímax caótico y orgásmico.

Por su parte, Living wreck es un potente tema rockero que inicia con bombazos de Ian Paice que se van acercando, desde lejos, para encontrarse con una pared de Hammond B-3 y un ritmo pesado marcado por Blackmore y Glover. En esa época la banda lanzó un exitoso single, Black night, que no alcanzó un lugar en el disco y tuvo que esperar hasta 1995, cuando fue incluida en la edición por el 25 aniversario de Deep Purple in rock.

Perfect strangers (Polydor Records/Mercury Records, 1984)

Los cinco integrantes de la formación clásica de Deep Purple se reunieron once años después para lanzar este poderoso disco que se inscribió de inmediato en su rica historia. Este fue, además, el primer trabajo en estudio del grupo tras su desbande definitivo ocurrido en 1976.

En el álbum, el quinteto recupera la magia de sus años dorados con canciones como Perfect strangers, Knockin’ at your backdoor, A gypsy’s kiss y la balada Wasted sunsets en los que se nota claramente un retorno a las raíces que definieron el prestigio de Deep Purple en la historia del rock, pero sin dejar de lado las nuevas tendencias.

El ritmo del disco es sólido y orientado a los clásicos intercambios instrumentales entre el Hammond B-3 de Lord y las Fender de Blackmore, aun cuando el formato de las canciones es más comprimido -salvo Knockin’ at your backdoor que sobrepasa los 7 minutos de duración- para ir a tono con la tendencia de los ochenta. De los temas menos difundidos, Under the gun, Nobody’s home y Hungry daze destacan por ese vértigo que los hizo tan conocidos en la década anterior.

Para promocionarlo, se grabaron excelentes videos de Knockin’ at your backdoor y Perfect strangers. El primero es en alucinante clave futurista, con instrumentos musicales desenterrados en un planeta tierra devastado por el desastre nuclear que, según entendidos, está cada vez más cerca. Y el segundo los muestra en plan relajado, compartiendo sus tradicionales partidos de fulbito, sonriéndose mutuamente en el estudio de grabación y sin dar señales del nuevo divorcio que se venía.

En posteriores ediciones del álbum se incluyó el instrumental Son of Alerik, en clave de blues, que apareció originalmente como Lado B del disco 45rpm de Perfect strangers. Esta misma formación de Deep Purple lanzó, tres años después, The house of blue light -que aportó dos éxitos más a su canon oficial, Call of the wild y Bad attitude-, su penúltima grabación en estudio hasta el quiebre definitivo que llegó en la gira del siguiente disco, The battle rages on (1993).

Concerto for group and orchestra (Harvest Records/Tetragrammaton Records, 1969)

Si me pidieran hacer una lista con fechas memorables en la historia del rock, el 24 de septiembre de 1969 estaría en una posición privilegiada. Esa noche se produjo un evento musical sin precedentes. Deep Purple con un espectáculo extremadamente arriesgado, vanguardista y novedoso. En tiempos en que el hippismo norteamericano y la resaca de la invasión británica dominaban las ondas radiales, el quinteto se presentó junto a la Royal Philharmonic Orchestra para estrenar una composición sinfónica de su tecladista y fundador, Jon Lord.

La estructura de la obra, titulada Concerto for group and orchestra -que apareció en video por primera vez en el año 2002-, está organizada en tres movimientos que integraban en vivo, de una manera nunca antes hecha, un ensamble sinfónico completo con un quinteto de rock, que funcionaba en esta oportunidad como el instrumento solista. Frank Zappa -quien años después sería también parte de la mitología Deep Purple como protagonista de Smoke on the water- lo había hecho previamente, en estudio, en sus álbumes Freak out! (1966) y Lumpy gravy (1967).

Tres meses después del recital llevado a cabo en el Royal Albert Hall de Londres, apareció este álbum, el primero en vivo de Deep Purple. Lord, pianista de formación clásica, acababa de cumplir 28 años cuando se decidió a estrenar su obra, compuesta entre sesión y sesión de los tres primeros álbumes de su banda -Shades of Deep Purple (1968), The book of Talyesin (1968) y Deep Purple (1969)- que desplegaban un sonido con fuertes influencias en el blues y el r’n’b, además algunas muy bien logradas versiones de temas ajenos como Hush (Joe South) o Kentucky woman (Neil Diamond).

Para el estreno de esta pieza, Deep Purple también estrenó a dos nuevos miembros, en lo que constituye la primera aparición grande en público de su formación más conocida. Meses después de la aparición al mercado del tercer álbum de la banda, el vocalista Rod Evans y el bajista Nick Simper fueron despedidos y reemplazados por Ian Gillan (voz) y Roger Glover (bajo), cuyos estilos y talentos calzaron a la perfección con las intenciones musicales de Lord y Blackmore, orientadas al virtuosismo.

Este recital fue la prueba de fuego para aquella conjunción de destrezas que asombraría al mundo de la música con su mezcla de rock, blues, psicodelia y texturas barrocas. La legendaria orquesta estuvo bajo la dirección del compositor británico Malcolm Arnold, quien escribió la Symphony No. 6, Op. 95, con la que se abrió el recital en el Royal Albert Hall.

Pioneros del rock en vivo con orquesta

El primer movimiento, Moderato-Allegro, se inicia con un crescendo de violines muy sutil que va evolucionando hasta convertirse en la línea central de la obra completa, con la banda interviniendo de manera intensa a la mitad del desarrollo melódico. El segundo movimiento, Andante, una balada épica, permite la total integración de grupo y orquesta, sobre la base de una melodía apacible con letras escritas por Ian Gillan, en su mejor momento vocal. Durante el movimiento final, Vivace-Presto, se luce la sección de percusión de la RPO. Timbales, tarolas y vibráfonos se entrecruzan con los cornos en un contrapunto de enorme fuerza, marco perfecto para el solo de batería de Ian Paice, uno de los momentos más notables de la obra.

En la última parte, orquesta y quinteto de rock se unen en final apoteósico, como si se tratara de un organismo único y no dos componentes por separado. En el disco se incluyen tempranas versiones en vivo de Wring that neck, Hush y Child in time. Este concierto demarcó la ruta para innumerables bandas de rock que se unieron a orquestas para espectáculos similares en décadas posteriores -los famosos discos “sinfónicos” como el de Metallica (S&M, 1999) o Kiss (Alive IV, 2003)-, aunque no todos con el mismo nivel de calidad y credibilidad que en su momento consiguió el fabuloso quinteto británico.

12 de agosto del 2026: El día histórico

“Para mí es un absoluto placer tener aquí en el escenario al fundador, al legendario, al inmortal… ¡Ritchie Blackmore! Muchas gracias, amigo, nos vemos en el bar…” dijo, visiblemente emocionado por lo que acababa de pasar, Ian Gillan cuando los últimos acordes de Smoke on the water dieron paso al rugido del público presente en el Jones Beach Amphitheater neoyorquino. “Hace un par de días -comenzó- recibí un mensaje de un vecino de esta zona: estoy viviendo a la vuelta de la esquina ¿estaría bien si subo a tocar con ustedes?”

Roger Glover e Ian Paice estaban al lado, sonrientes, mientras Ritchie, el hombre que en 1974 estuvo a punto de quemar el escenario en el festival California Jam solo porque no los pusieron al final del cartel, le preguntaba a su compinche de toda una vida: “¿Cómo es que ahora eres mucho más alto que yo?” Gillan, con la confianza que los ha unido durante décadas, respondió: “Todo da vueltas, hermano. Te estás encogiendo”. Fue como el reencuentro de viejos amigos de promoción. Las caras, el lenguaje corporal de los cuatro, reflejan una atmósfera de camaradería, de profunda amistad. Más lejos, Don Airey (teclados) y Simon McBride (guitarra) contemplan la escena, conscientes de que están siendo testigos de un momento histórico.

Ritchie Blackmore ha pasado a la posteridad no solo como inspiración de otros geniales intérpretes de la guitarra eléctrica como Eddie Van Halen, Yngwie Malmsteen o Steve Vai, sino también como una de las personalidades más díscolas e intratables del mundo de la música popular. Por eso, fue conmovedor verlo amable y hasta humilde, conversando con sus amigos de siempre y tocando una de las canciones que ayudó a definir el rock como expresión artística del siglo XX.

[MIGRANTE AL PASO]  Comenzaba a oscurecerse el teatro, la orquesta del foso ya daba señales de preparación: silencio absoluto y oscuridad; no puedes ni verte las manos. De pronto comienza la música y el movimiento en el escenario. Desde chicos nos llevaban seguido a ver óperas; mi madre y mi abuela son fanáticas. Después de varias veces que me quedé dormido o me movía ansioso, le agarré el gusto.

No iba hacía muchos años; recordaba el Teatro Municipal mucho más grande y antiguo. Una vez estaba tan ansioso que salí con mi padre en mitad de la obra al baño, con la excusa de que tenía que ir urgente. Con mi hermano vimos Aida en el Coliseo de Verona, impresionante. El Colón y el Metropolitan. No soy un gran conocedor, pero me defiendo.

Esta vez vimos Cavalleria Rusticana, una de mis favoritas. El Intermezzo está dentro de mis canciones más escuchadas de Spotify. Después del primer acto, suena la famosa melodía mientras transcurre una escena. Son dos minutos en los que pareces estar elevado; en vivo se magnifica.

Es demasiado potente lo que puede generar una canción. Esa, particularmente, me sacude el alma y la llena de nostalgia. A diferencia de otras que son bastante tristes, esta tiene un toque más conmovedor y de ternura. Me sentía reconciliado más que devastado; los pensamientos habían desaparecido de mi cabeza.

Por esos dos minutos no estaba escuchando la música ni pensando en ella. Tampoco estaba pensando en mí. Simplemente estaba ahí. Pensé en aquel niño que alguna vez salió del teatro con su padre porque no podía soportar quedarse quieto. Qué extraño y curioso que, tantos años después, estuviera sentado en el mismo lugar sin querer que aquellos dos minutos terminaran. Ya no había ansiedad ni necesidad de escapar. Solo la música.

Desapareció algo que normalmente está siempre presente: yo mismo. Extraño, porque justamente era el presente lo que más estaba apreciando en ese momento cumbre. Pensaba que esto era lo más cercano a lo que músicos o atletas llaman flow state: un estado en el que la concentración y la atención son tan grandes que todo lo demás se desvanece y solo actúas. Se pierde el filtro intermedio entre sentir y actuar. Sin mente.

No creo haber llegado a ese estado en algún momento de mi vida, pero sí a algo cercano, escribiendo, jugando, haciendo deporte o leyendo. Imagino la posibilidad de poder vivir así eternamente.

Lo contrario a ese estado casi mágico sea la vida cotidiana. Pasamos demasiado tiempo preguntándonos si debemos hacer lo que sabemos que queremos hacer. Hasta para cosas absurdamente pequeñas necesitamos negociar con nosotros mismos. Suena la alarma y, antes de levantarnos para ir al gimnasio, ya estamos pensando si realmente vale la pena, si dormimos suficiente, si mañana será mejor. Frente a un correo electrónico de trabajo ocurre algo parecido: lo leemos, pensamos cómo responder, releemos lo escrito, dudamos si el tono es correcto y, cuando finalmente lo enviamos, ya estamos pensando en la respuesta que recibiremos. Vivimos anticipándonos. Tal vez porque todo se ha vuelto demasiado inmediato. Las cosas están muy alborotadas, pero se siente aburrido.

Por eso es difícil encontrar algo que me haga estar presente. Siempre viene algo y suele sentirse malo. Todo nos enseña que vas a tener que pagar algo o que algo va a suceder, pero no es cierto. Esos pequeños momentos en los que desaparece todo, entiendes que, si existe un momento así, no tiene por qué venir algo negativo. La culpa, una maldición de nuestra cultura, parece siempre estar presente. Cuando todo está yendo bien, mi propia cabeza se autosabotea y me pongo ansioso de pensar que falta algo, algo malo.

Por eso, cuando pienso en aquella noche, vuelvo siempre al principio. A ese momento en que el teatro comienza a oscurecerse y poco a poco desaparece todo lo que está alrededor. Ya no ves las caras, los teléfonos, los detalles de la sala. Apenas sabes que hay cientos de personas sentadas contigo, esperando. No ha comenzado la música todavía y, sin embargo, ya ocurrió algo: por unos segundos no hay nada que hacer. No hay que responder, decidir, avanzar ni anticiparse. Solo esperar.

Después comienza la música y el escenario aparece frente a nosotros. Pero me gusta pensar en esos segundos anteriores, cuando todavía no sucede nada. Ahí está una parte de lo que estaba buscando aquella noche.

[OPINIÓN] Comencemos por lo primero: no le creo a la encuesta de Datum. Hace tiempo aprendí que las encuestas son fotografías que dependen de quién toma la foto y a quién decide enfocar.

Pero supongamos que tiene razón. Supongamos que López Aliaga encabeza hoy la intención de voto con 16%. Entonces el problema no es Datum. El problema somos nosotros.

Porque antes de hablar de obras a medias, trenes inservibles o demandas millonarias, hay un hecho más simple: López Aliaga es un coleccionista de renuncias. Ganó la Alcaldía de Lima y, faltando a su palabra, la abandonó a medio camino para ir tras la presidencia. Perdió, pero sus fervientes seguidores lo premiaron con un escaño de senador al que, siguiendo su costumbre, renunció antes de jurar. Ahora quiere la alcaldía otra vez, tras tratar a cuestionadores, jueces, periodistas y empresarios con la agresividad que ya le conocemos. Ese es el patrón completo: gana, promete, insulta a quien lo cuestiona, y se va… para regresar.

Como la Constitución le prohíbe la reelección inmediata, encontró el truco: inscribirse como primer regidor. Los abogados podrán explicarlo en tres horas. A mí me toma tres segundos: es una trampa. Una maniobra indecente para entrar por la ventana donde la Constitución le cerró la puerta.

Y aun así, 16 de cada 100 limeños ya piensan dárselo otra vez. Hay una larga lista de mejores opciones —Bruce, Allison, Daza, Tejada—: nadie está obligado a votar de nuevo por quien ya le falló.

Y aquí ya no hay solo un problema político. Hay algo más incómodo de decir: Lima, francamente, quedó hecha un desastre: tráfico infernal, inseguridad, desorden, cuentas por pagar y demandas millonarias en una Municipalidad cuya verdadera herencia recién conoceremos.

Negar eso no es discutir política: es negar la evidencia. Y solo puede explicarse por debilidad cognitiva, o por una lealtad que ya dejó de distinguir entre los hechos y la fe.

Si esto ocurre, y Porky sale elegido —Dios no quiera—, no busquemos explicaciones en el JNE, en la Constitución ni en los vacíos legales. La explicación estará completa en ese 16% —y en todo lo que sume después— construido con incautos, ignorantes e idiotas dispuestos a premiar, otra vez, a un coleccionista de renuncias, fracasos y mentiras. Y Lima no heredará el alcalde que necesita: heredará el que sus votantes deciden merecer.

[INFORME] Luego de ser vacada por intentar adueñarse de la rectoría de la Universidad Nacional de Ingeniería mediante irregularidades e ignorando los estatutos de la casa de estudios, una  exvicerrectora se ha convertido en una de las personas escuchadas por el ministro José Antonio Chang.

“No podemos dar resultados en quince días. Pido paciencia y que confíen en este gobierno”, fueron las palabras de la presidenta Keiko Fujimori ante los cuestionamientos que está recibiendo tras sus primeras semanas en la presidencia. Pero, aunque el pedido de la mandataria suena razonable, algunas de las críticas al Ejecutivo tampoco parecen ser inmerecidas.

La designación de ministros con nula trayectoria en los sectores que hoy tienen bajo su responsabilidad desde el 28 de julio generaron las primeras críticas al nuevo gobierno fujimorista. Pero incluso aquellos integrantes del gabinete con más experiencia están rodeándose de personajes que representan continuidad y hasta tuvieron un accionar que los llevó a recibir graves sanciones.

En esta oportunidad, Sudaca pudo conocer los nombres que hoy merodean las oficinas del Ministerio de Educación y encontró historias que inspiran todo menos confianza sobre este círculo que rodea al ministro José Antonio Chang durante sus primeras semanas al frente del sector.

DE LA VACANCIA AL DESPACHO

Que la educación peruana debe ser uno de los temas prioritarios para el nuevo gobierno es un tema que está fuera de discusión. Las precarias condiciones de numerosos establecimientos educativos a nivel nacional sumadas a los alarmantes resultados de diversas pruebas para medir la calidad del aprendizaje exigen medidas urgentes.

Sin embargo, el despacho de José Antonio Chang Escobedo, quien fue ministro de Educación durante el segundo gobierno de Alan García, no parece estar recibiendo a las personas idóneas para llevar a cabo estos cambios que el país necesita y así evitar que el sector educativo siga en crisis.

Quien aparece en la siguiente imagen es Shirley Emperatriz Chilet Cama y es una de las personas a quienes el ministro Chang estuvo escuchando durante sus primeros días en su regreso al Ministerio de Educación. Como se observa en la imagen, Chilet tiene una historia con la Universidad Nacional de Ingeniería, pero no tuvo el mejor final.

Desde noviembre del año 2021, Shirley Chilet Cama había sido designada como vicerrectora académica para el periodo 2021 – 2026. Pero el clima en esta reconocida universidad cambiaría cuando se produjo la renuncia del rector Alfonso López Chau, quien dejó su puesto para incursionar en la política como candidato presidencial.

Acorde al estatuto que rige para esta casa de estudios, la renuncia del rector exigía que se lleve a cabo una votación entre los vicerrectores para elegir al sustituto de López Chau. Este procedimiento se llevó a cabo, tal como relata un informe de Contraloría que Sudaca pudo revisar, y arrojó a Arturo Talledo, vicerrector de investigación, como el elegido para cumplir con el periodo en curso.

Sin embargo, Shirley Chilet no quedó conforme con este resultado y acudió a la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu) exigiendo que se aplique un artículo del estatuto universitario que tiempo atrás había quedado en desuso pero la favorecía para que, por ser vicerrectora académica, se le nombre como rectora interina.

Como lo señala la propia Contraloría, el artículo (57) que pretendía utilizar Chilet Cama no debía ser tenido en cuenta dado que, meses atrás, la modificación de otro artículo (55) había establecido que no existiría un nombramiento automático, sino que la Asamblea Universitaria debía realizar una elección entre los vicerrectores.

Aunque inexplicablemente la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria había dado luz verde a la exigencia de Shirley Chilet, una revisión más cuidadosa de los estatutos universitarios llevó a que se respete la designación de Arturo Talledo como rector e incluso la contraloría advirtió “indicios de irregularidad” por parte de Sunedu al haber ignorado un artículo vigente.

El accionar de Chilet llevó a que se le inicie un procedimiento de vacancia a su cargo de vicerrectora académica por lo que fue considerado como una falta grave. Desconocer de facto la elección de rector, inducir al error a una entidad pública y suscribir documentos oficiales sin tener la competencia legal llevaron a que el 30 de junio del año pasado se termine por concretar la vacancia de Shirley Chilet.

Pese a estos graves antecedentes, hoy las puertas del Ministerio de Educación, y en específico del despacho ministerial, se abren para Shirley Chilet Cama e invitan a preguntarse en qué le puede aportar a la gestión de José Antonio Chang una persona que intentó apropiarse de un cargo que no le correspondía.

VIEJOS AMIGOS

Pero Chilet no llegó sola al Ministerio de Educación. Sudaca pudo comprobar que, en su reciente visita al nuevo ministro, también estuvo involucrado un personaje que compartió mucho tiempo con José Antonio Chang cuando ambos formaron parte del gobierno de Alan García. Tal como se aprecia en la siguiente imagen, la reunión de trabajo que Shirley Chilet sostuvo con Chang coincidió con la presencia de Aurelio Pastor.

Aurelio Pastor estuvo a cargo del Ministerio de Justicia durante el segundo gobierno de García Pérez y recibió fuertes cuestionamientos por temas como el cuestionado indulto a José Enrique Crousillat, el poderoso empresario televisivo que recibió varios millones de soles de Vladimiro Montesinos para favorecer al gobierno de Alberto Fujimori. Como se recuerda, el exdirectivo de América Televisión había alegado que padecía graves problemas de salud. No obstante, tras ser indultado, no tenía reparos en mostrarse disfrutando del verano en el balneario de Asia.

Por estos días, el gobierno entrante pide tiempo para que los cambios empiecen a notarse. Sin embargo, resulta inevitable preguntarse qué tipos de cambios se pueden producir si las personas que rodean a un ministro han mostrado un desvergonzado oportunismo para conseguir poder.

 

[El dedo en la llaga] Hay políticos que gobiernan en nombre de una Constitución, otros en nombre de una ideología y otros que, con bastante más ambición, parecen querer gobernar en nombre de Dios. Donald Trump, presidente de Estados Unidos; José Antonio Kast, presidente de Chile; Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia; y Keiko Fujimori, presidenta del Perú, pertenecen, con matices muy diferentes, a esta última categoría. Los cuatro han encontrado en Dios, la familia, la vida y los «valores cristianos» elementos particularmente eficaces de su discurso político. ¿Se trata de convicciones religiosas auténticas que simplemente trasladan a la esfera pública? Es posible. ¿O estamos ante una forma particularmente rentable de convertir la religión en capital electoral? La pregunta no es impertinente. Y resulta especialmente pertinente cuando el nombre de Dios empieza a aparecer con demasiada frecuencia allí donde se disputan votos, poder e influencia. Conviene recordar, por tanto, algo bastante elemental: Dios no es candidato, el Evangelio no es programa electoral y Jesucristo no necesita un partido político que lo represente.

No sabemos qué tan sincera es la fe de cada uno. Trump puede creer sinceramente en Dios; Kast puede ser un católico convencido; De la Espriella puede haber vivido una auténtica conversión; Keiko Fujimori puede profesar sinceramente sus convicciones religiosas. Nada de eso resulta incompatible con la posibilidad de que la religión sea utilizada políticamente. La sinceridad personal no constituye un certificado de inocencia política. Un político puede rezar sinceramente y, al mismo tiempo, descubrir que rezar ante una cámara resulta electoralmente conveniente; puede creer en Dios y, sin embargo, presentar sus propias decisiones como si tuvieran una legitimidad superior por proceder de sus convicciones religiosas; puede defender la familia y convertir, de paso, su particular definición política de la familia en una frontera entre los buenos y los malos. El problema, por tanto, no es que estos políticos crean en Dios. El problema aparece cuando Dios comienza a funcionar como aval de sus proyectos políticos. Y ahí conviene empezar a sospechar.

Trump: Dios bendiga al presidente

Donald Trump constituye el ejemplo más espectacular. El hombre que convirtió su nombre en una marca, que hizo del ego una plataforma política y de la confrontación una forma de liderazgo terminó siendo considerado por una parte importante del evangelicalismo conservador estadounidense como una especie de instrumento providencial para salvar a Estados Unidos. La paradoja resulta difícil de ignorar: sectores cristianos que predican humildad, dominio de sí, verdad, misericordia y amor al enemigo encontraron en Trump al político más adecuado para defender el cristianismo.

Quizá la explicación sea menos teológica de lo que parece. Trump no necesita parecerse demasiado a Cristo; basta con que combata con eficacia a quienes sus seguidores consideran enemigos de Cristo. Aborto, inmigración, derechos LGBT, secularización, educación, identidad nacional y libertad religiosa se convierten en trincheras de una guerra cultural en la que el carácter del candidato parece importar menos que su utilidad. Si derrota al enemigo correcto, algunas de sus contradicciones pueden ser toleradas. Si protege las causas correctas, determinadas conductas que en otro contexto serían consideradas moralmente problemáticas adquieren una sorprendente elasticidad.

La operación es bastante ingeniosa: la imperfección moral del líder deja de ser un inconveniente y puede convertirse incluso en prueba de que Dios lo está utilizando. Trump no es un santo, reconocen sus defensores; precisamente por eso Dios puede servirse de él. El argumento tiene un precedente bíblico: Dios, ciertamente, se sirve de pecadores. Lo que suele omitirse es que también los juzga. David fue elegido y, sin embargo, el profeta Natán tuvo que señalarlo. Su elección no lo hizo inmune al juicio moral; lo hizo más responsable.

El problema aparece cuando se invierte la relación entre fe y poder: el Evangelio deja de ser el criterio con el que se juzga al gobernante y el gobernante empieza a convertirse en el criterio con el que se selecciona qué parte del Evangelio resulta conveniente. Si miente, hay una explicación; si insulta, es que es fuerte; si humilla, es que combate; si desprecia al adversario, es que no se deja intimidar. La virtud cristiana parece reducirse entonces a una virtud bastante menos evangélica: ganar. Jesús, en cambio, habló de los pobres, los misericordiosos y los que trabajan por la paz; mandó amar al enemigo y lavó los pies de sus discípulos. No parece sencillo encontrar en esa pedagogía del servicio una justificación para convertir al adversario político en enemigo moral.

Kast: Dios, patria, familia y la santificación política

José Antonio Kast, presidente de Chile, presenta un caso menos estridente. Su catolicismo forma parte de su trayectoria y él mismo ha afirmado: «Primero soy católico, después soy político». La frase parece impecable. Precisamente por eso conviene tomarla en serio. Si primero es católico y después político, habrá que preguntarse qué significa ser católico cuando se ejerce el poder sobre una sociedad plural en la que no todos comparten sus convicciones.

Kast ha hablado reiteradamente de Dios, patria, familia, vida y valores cristianos. En 2017 llegó a afirmar ante representantes evangélicos que a Chile «le hace falta Dios». La frase suena piadosa, pero plantea una pregunta incómoda: ¿qué significa exactamente que a un país le «falte Dios»? ¿Que se seculariza? ¿Que modifica determinadas leyes? ¿Que reconoce derechos que algunos cristianos rechazan? ¿O que sus ciudadanos dejan de vivir de acuerdo con el Evangelio? Porque quizá a Chile no le falte Dios. Quizá le falte algo bastante menos solemne y mucho más difícil: cristianos dispuestos a aplicar el Evangelio también cuando deja de resultar políticamente rentable.

Es relativamente sencillo convertir la religión en un inventario de prohibiciones sexuales y familiares. Mucho más complicado es llevar las palabras de Jesús al ejercicio cotidiano del poder: recordar que el extranjero también es prójimo, que el pobre no es una estadística, que el adversario político no es un enemigo moral y que el gobernante tampoco está por encima de aquellos a quienes gobierna.

La cuestión no es si Kast puede defender la vida. Naturalmente que puede. La cuestión es si esa defensa puede reducirse casi exclusivamente a la protección del niño no nacido. Para el cristianismo, la dignidad de la vida humana continúa después del nacimiento y alcanza al pobre, al enfermo, al anciano, al migrante, al preso y a todo ser humano vulnerable. Defender la vida antes de nacer es una exigencia cristiana; convertir esa defensa en sustituto de la preocupación por la vida de quienes ya han nacido es reducir considerablemente el alcance del mensaje cristiano.

Si Kast quiere gobernar como católico, tendrá que aceptar una de las partes menos cómodas del catolicismo: la fe no solo permite juzgar a los adversarios; también obliga a dejarse juzgar por esa misma fe.

De la Espriella: cuando Dios llega a la Casa de Nariño

Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia, ofrece un caso todavía más llamativo: una identidad política fuertemente acompañada de referencias religiosas. Su experiencia de fe puede ser completamente auténtica. Pero conviene desconfiar de una inferencia bastante habitual: que una conversión religiosa sincera convierte automáticamente en cristianas las posiciones políticas posteriores.

De la Espriella ha pronunciado una frase que resume el problema: «Hay que poner a Dios en el centro de cada decisión». Difícilmente podría sonar más piadosa. Pero precisamente por eso cabe formular la pregunta que suele quedar convenientemente escondida: ¿quién determina cuál es la decisión que Dios quiere? ¿El Evangelio? ¿La Iglesia? ¿La conciencia? ¿La Constitución? ¿O el propio gobernante? Porque si un presidente puede presentar sus decisiones políticas como expresión de la voluntad divina, sus adversarios quedan en una posición bastante incómoda: ya no estarían simplemente discrepando con el presidente, sino —al menos retóricamente— con Dios.

Colombia es un Estado laico. Eso no significa expulsar a Dios de la sociedad ni pedirle al creyente que deje su fe en la puerta del palacio presidencial. Significa algo bastante más sencillo: que el Estado no pertenece a ninguna religión. Un presidente puede rezar, asistir a misa y pedir la bendición de Dios. Lo que resulta mucho más discutible es convertir sus convicciones religiosas en una especie de Constitución paralela.

Y aquí aparece otra cuestión incómoda. ¿Por qué el discurso sobre los «valores cristianos» encuentra tanta facilidad para hablar de familia, aborto, sexualidad, género, orden y autoridad, y tanta dificultad para mantener la misma intensidad cuando aparecen pobres, migrantes, presos, enfermos, ancianos abandonados o víctimas de la violencia? El Evangelio, por cierto, no parece compartir esa distribución de prioridades. Tal vez porque la guerra cultural produce bastante más rédito electoral que la misericordia.

Keiko Fujimori: Dios, familia y votos

Keiko Fujimori, presidenta del Perú, representa la dimensión más abiertamente electoral de esta relación entre religión y política. El vínculo del fujimorismo con sectores evangélicos conservadores viene de lejos, pero durante sus campañas se hizo particularmente visible mediante compromisos políticos relacionados con el aborto, la unión civil, la adopción por parejas del mismo sexo y la defensa de la familia tradicional.

El mecanismo tampoco tiene demasiado misterio: el candidato promete defender aquello que determinados grupos religiosos consideran «valores cristianos»; dirigentes religiosos movilizan a sus comunidades; el político obtiene votos y las organizaciones religiosas consiguen influencia. ¿Todos ganan? Quizá. Pero hay algo que puede perderse en el intercambio: la independencia de la religión frente al poder. Cuando una comunidad religiosa necesita al político para defender la fe y el político necesita a la comunidad religiosa para ganar elecciones, la frontera entre convicción religiosa y conveniencia política empieza a volverse sospechosamente borrosa.

Keiko puede defender la familia y puede oponerse al aborto. Nada hay intrínsecamente incompatible entre esas posiciones y el cristianismo. Pero si quiere presentarse como representante de los valores cristianos tendrá que aceptar que el cristianismo tiene la incómoda costumbre de preguntar también por la verdad, la corrupción, la justicia, los pobres, la dignidad humana, el abuso del poder y el trato al adversario. No existe un cristianismo a la carta que permita defender la familia mientras se relativiza la verdad, defender la vida mientras se desprecia al débil o hablar de Dios mientras se justifica cualquier abuso del poder en nombre de una causa superior.

Cuatro presidentes y la misma tentación

Trump en Estados Unidos, Kast en Chile, De la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú representan, con todas sus diferencias, una tentación bastante antigua: poner a Dios al servicio de la política en lugar de poner la política bajo el juicio de Dios. No hace falta atribuirles una conspiración ni cuestionar la sinceridad de su fe para advertir el problema. Basta observar qué ocurre cuando la religión se convierte en una fuente de legitimidad política y cuando determinadas posiciones partidarias empiezan a presentarse como si fueran la consecuencia natural de la fe cristiana.

Trump convierte la religión en combustible de una guerra cultural; Kast corre el riesgo de convertir su identidad católica en una identidad política; De la Espriella sitúa a Dios en el centro de sus decisiones hasta dejar abierta la pregunta sobre quién interpreta esa voluntad divina; y el fujimorismo muestra cómo la alianza entre religión conservadora y política electoral puede convertirse en una eficaz maquinaria de movilización.

Los cuatro pueden ser creyentes sinceros. Y los cuatro pueden, al mismo tiempo, beneficiarse políticamente de esa identificación entre religión y proyecto político. La contradicción no está en creer y hacer política. Está en invocar a Cristo para legitimar un ejercicio del poder que puede tener muy poco de cristiano.

Por eso, cuando un político promete defender los «valores cristianos», la pregunta realmente interesante no es cuánto habla de Dios, sino qué queda del Evangelio cuando desaparece la retórica religiosa. ¿Quedan misericordia, verdad, justicia, humildad, preocupación por los pobres, respeto por el adversario y capacidad de reconocer los propios errores? Si no quedan, quizá no estemos ante una política inspirada por el cristianismo, sino ante algo bastante más prosaico: una ideología política que ha descubierto que el lenguaje religioso también puede ser electoralmente rentable.

El peligro comienza cuando el creyente deja de preguntarse si el político actúa cristianamente y empieza a pensar que, por presentarse como cristiano, todo lo que hace debe ser defendido. Entonces la fe deja de juzgar al poder y el poder empieza a utilizar la fe para juzgar a sus enemigos. El gobernante adquiere una especie de inmunidad religiosa: cuestionarlo parece atacar a Dios; derrotarlo, traicionar los valores de la fe.

El Jesús de los Evangelios no construyó su movimiento alrededor de enemigos culturales, no prometió restaurar una grandeza nacional perdida ni enseñó a sus discípulos a conquistar el Estado. Les enseñó a servir, a perdonar, a amar al enemigo y a reconocer al extranjero como prójimo. Y en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo dejó un criterio particularmente incómodo para cualquier gobernante: el juicio sobre la manera en que se trató al hambriento, al sediento, al extranjero, al desnudo, al enfermo y al preso.

En cambio, cuando la fe sirve para que el poderoso parezca moralmente intocable, ya no estamos ante una defensa del cristianismo. Estamos ante su instrumentalización.

[Migrante al paso]  Los niños son el verdadero rey, proponen algunos animes, pues está en ellos la labor de continuar la voluntad de fuego y está en nosotros transmitirla. Otras figuras nos alertan que tenemos que tener como recordatorio que los jóvenes nos están observando y que ellos son los mensajes vivientes que enviamos al futuro. En unos meses nacerá mi ahijada, así que serán meses felices y de expectativa. ¿Le gustarán los animes? Me pregunto con mi hermano. Tiene que saber pelear, también comentamos. Fantasías que ilusionan, pero no dejan de ser especulaciones. Estas pequeñas personas al final siempre toman su propio camino y, creo, que lo único que puedo hacer es transmitir que la vida, al fin y al cabo, es buena. Muchas veces las expectativas se vuelven cargas inintencionadas. Buscar ser el ejemplo perfecto, al final, tampoco es lo correcto. Felizmente, el tema de la crianza no es mi labor principal. Yo sueño con viajes, visitar las pirámides y conocer templos en Japón con mi sobrina. Creo que por irresponsable aún no me gano la confianza, pero aún soy joven. No está en mis planes tener hijos ni asentarme en un lugar permanente, así que mi hogar finalmente estará donde esté mi hermano con su familia. ¿Tengo que ser el mejor tío? Le decía a mi hermano hace años, quien me respondía que ya lo iba a hacer sin tener que hacer nada.

Recuerdo un cuento que leí recién saliendo del colegio, sin barba ni altura. Un adulto iba a ser ejecutado públicamente por un grave delito. Entre la multitud que pedía a gritos un asesinato, aparece un pequeño niño que reconoce al prisionero y se le acerca inocentemente, después de todo, era su padre. Con un diminuto gesto de inocencia se disuadió la situación y demuestra cómo el poder de la infancia vuelve susceptible a cualquier adulto. De ahí el nombre del cuento corto de Tolstói. Nos recuerda a esa pureza que todos tuvimos y que en algún momento perdimos; ese niño probablemente también la olvidará en algún momento. Cada vez que pienso en la infancia me viene ese relato a la mente y es algo que he estado pensando últimamente. Después de todo, se acerca mi primera sobrina y se siente que muchas cosas cambiarán para bien. Es algo que anhelo desde hace mucho. Pensaba en qué le puedo transmitir, porque plata no tengo aún, así que me basta con mis viajes, aventuras y estilo de vida. Tal vez con la llegada de la pequeña toda mi rebeldía, despreocupación e irresponsabilidad se transformen en sabiduría, que hasta el momento orgullosamente carezco.

Al final sucederá lo más probable, que es que ella me cambiará más a mí de lo que yo a ella. Igual, mi interés tampoco es cambiarla. Entonces: ¿qué es ser un buen tío? Quizá basta con solo ser alguien con quien pueda conversar y reírse, alguien con quien no se tenga que tomar las cosas tan en serio. Un ejemplo perfecto no lo he sido nunca y jamás lo seré. Pensaba en cómo mi estilo de vida puede interrumpirlo: muchos viajes, planes de irme un buen tiempo, negocios y turbulencias podrían evitar que pase el tiempo que quiero pasar con ella. Pero, regresando a lo que es un ejemplo, no ser auténtico y fiel a mi modo de ser sería mostrarle algo que no quisiera demostrar jamás, que es no ser tú mismo.

Hablaba con un amigo que vive en Europa. Su hermano mayor ya tuvo dos hijos y me comenta que las ha visto solo unas cuantas veces. Noto un poco de pena y temor a perderse momentos, pero no arrepentimiento. Definitivamente le gustaría estar ahí en cumpleaños y Navidades, pero tiene que seguir con lo suyo; eso es lo mejor que se puede transmitir. Comparto esos miedos y aún no nace mi querida ahijada. Ya me perderé todo el proceso de embarazo. Me gustaría estar ahí y tocar la barriga de María Angela, mi apreciada cuñada. Pero me quedo con escuchar a mi hermano emocionado. No me perderé muchos momentos porque ese deseo ya forma parte de mi futuro. Siempre estaré ahí, por lo menos en espíritu. Tal cual el cuento, basta con la aparición de la criatura para que todo cambie y se aligere el ambiente. Nace un vínculo inquebrantable que de ahora en adelante estará constantemente en mi mente, no como una atadura, sino como un empuje a mejorar sin perderme. De esta manera, llegará Aurora y, haciendo honor a su nombre, en algún momento hablaré con ella en un lugar remoto y congelado. Tal vez yo seguiré fumando, pero me imagino a ambos apreciando las luces de neón en el cielo que llevan su mismo nombre.

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