[MIGRANTE AL PASO] Comenzaba a oscurecerse el teatro, la orquesta del foso ya daba señales de preparación: silencio absoluto y oscuridad; no puedes ni verte las manos. De pronto comienza la música y el movimiento en el escenario. Desde chicos nos llevaban seguido a ver óperas; mi madre y mi abuela son fanáticas. Después de varias veces que me quedé dormido o me movía ansioso, le agarré el gusto.
No iba hacía muchos años; recordaba el Teatro Municipal mucho más grande y antiguo. Una vez estaba tan ansioso que salí con mi padre en mitad de la obra al baño, con la excusa de que tenía que ir urgente. Con mi hermano vimos Aida en el Coliseo de Verona, impresionante. El Colón y el Metropolitan. No soy un gran conocedor, pero me defiendo.
Esta vez vimos Cavalleria Rusticana, una de mis favoritas. El Intermezzo está dentro de mis canciones más escuchadas de Spotify. Después del primer acto, suena la famosa melodía mientras transcurre una escena. Son dos minutos en los que pareces estar elevado; en vivo se magnifica.
Es demasiado potente lo que puede generar una canción. Esa, particularmente, me sacude el alma y la llena de nostalgia. A diferencia de otras que son bastante tristes, esta tiene un toque más conmovedor y de ternura. Me sentía reconciliado más que devastado; los pensamientos habían desaparecido de mi cabeza.
Por esos dos minutos no estaba escuchando la música ni pensando en ella. Tampoco estaba pensando en mí. Simplemente estaba ahí. Pensé en aquel niño que alguna vez salió del teatro con su padre porque no podía soportar quedarse quieto. Qué extraño y curioso que, tantos años después, estuviera sentado en el mismo lugar sin querer que aquellos dos minutos terminaran. Ya no había ansiedad ni necesidad de escapar. Solo la música.
Desapareció algo que normalmente está siempre presente: yo mismo. Extraño, porque justamente era el presente lo que más estaba apreciando en ese momento cumbre. Pensaba que esto era lo más cercano a lo que músicos o atletas llaman flow state: un estado en el que la concentración y la atención son tan grandes que todo lo demás se desvanece y solo actúas. Se pierde el filtro intermedio entre sentir y actuar. Sin mente.

No creo haber llegado a ese estado en algún momento de mi vida, pero sí a algo cercano, escribiendo, jugando, haciendo deporte o leyendo. Imagino la posibilidad de poder vivir así eternamente.
Lo contrario a ese estado casi mágico sea la vida cotidiana. Pasamos demasiado tiempo preguntándonos si debemos hacer lo que sabemos que queremos hacer. Hasta para cosas absurdamente pequeñas necesitamos negociar con nosotros mismos. Suena la alarma y, antes de levantarnos para ir al gimnasio, ya estamos pensando si realmente vale la pena, si dormimos suficiente, si mañana será mejor. Frente a un correo electrónico de trabajo ocurre algo parecido: lo leemos, pensamos cómo responder, releemos lo escrito, dudamos si el tono es correcto y, cuando finalmente lo enviamos, ya estamos pensando en la respuesta que recibiremos. Vivimos anticipándonos. Tal vez porque todo se ha vuelto demasiado inmediato. Las cosas están muy alborotadas, pero se siente aburrido.
Por eso es difícil encontrar algo que me haga estar presente. Siempre viene algo y suele sentirse malo. Todo nos enseña que vas a tener que pagar algo o que algo va a suceder, pero no es cierto. Esos pequeños momentos en los que desaparece todo, entiendes que, si existe un momento así, no tiene por qué venir algo negativo. La culpa, una maldición de nuestra cultura, parece siempre estar presente. Cuando todo está yendo bien, mi propia cabeza se autosabotea y me pongo ansioso de pensar que falta algo, algo malo.
Por eso, cuando pienso en aquella noche, vuelvo siempre al principio. A ese momento en que el teatro comienza a oscurecerse y poco a poco desaparece todo lo que está alrededor. Ya no ves las caras, los teléfonos, los detalles de la sala. Apenas sabes que hay cientos de personas sentadas contigo, esperando. No ha comenzado la música todavía y, sin embargo, ya ocurrió algo: por unos segundos no hay nada que hacer. No hay que responder, decidir, avanzar ni anticiparse. Solo esperar.
Después comienza la música y el escenario aparece frente a nosotros. Pero me gusta pensar en esos segundos anteriores, cuando todavía no sucede nada. Ahí está una parte de lo que estaba buscando aquella noche.







